XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
A MI QUERIDA ESPOSA.
La necesidad de implorar el hombre el auxilio de la Divinidad
cuando va á emprender alguna obra, se ha sentido en todo el mundo,
y en todas las épocas los pueblos han invocado á Dios al principiar
la guerra ó al hacer la paz; y los cristianos piden su bendición en
todos los acontecimientos solemnes de la vida y hasta al principiar
las tareas por la mañana.
No quiero pasar á tus ojos por piadoso, ni rebosando en una fe
extrema que no poseo, sino simplemente contarte que yo también he
sentido esa necesidad, y decirte que he comprendido por qué la nave
que gallarda y gentil se balancea en el puerto y que acaba de salir
del astillero, hermosa y galana como una novia al salir de su
hogar, antes de ser confiada á las olas del Océano y exponerla al
furor de las tempestades, es bendecida por un sacerdote, á cuya
ceremonia asisten humildes los rudos marineros, la rodilla en
tierra, la cabeza descubierta y la mirada en el cielo.
Yo sé que Dios cubre con su mirada protectora á todas sus
criaturas, y derrama sus bendiciones como derrama la luz; pero la
ceremonia me parece poética y hermosa, satisface una necesidad del
alma, é inspira aliento y da fuerza. Y es que el hombre se siente
débil para esperar el incierto porvenir y desafiar las
contrariedades del destino, y en su debilidad ocurre á Dios, á
quien cree poderoso.
En la soledad el orgullo humano se abate, y no escuchándose el
ruido que en la vida social hacen las pasiones, el hombre se mira
pequeño, débil é impotente en presencia de la naturaleza. El que ha
estado en alta mar mirando en todas partes agua y cielo, y un mar y
un cielo inmensos, en cuyo centro flota sobre las ondas la cáscara
de nuez que lo conduce, por altivo que sea, ha experimentado este
sentimiento y que á mediodía en un bosque del Magdalena contempla
por todas parte la soledad y sólo ve árboles que, agitados por el
viento, producen un rumor sordo y prolongado, no sólo siente esto,
sino que un vago terror se apodera de su alma.
Yo creo que en uno de mis versos hay este pensamiento:
«Dios en la soledad con voz solemne
Se deja oír, y el alma lo comprende.»
Y él representa el estado en que el ánimo se pone después de
algún tiempo de soledad, en que el pensamiento de un inmenso poder
creador y destructor y de su presencia por todas partes, es de cada
instante y viene á ser el compañero del solitario.
El hombre en la soledad no discute hasta dónde llega la
influencia de Dios sobre la suerte del lagarto que se arrastra en
la arena, sino que siente que él le da la vida y le envía los rayos
de sol que reflejan sobre su verde escama y lo hacen venturoso;
mientras que, por otra parte, el ánimo abatido desconfía de sus
fuerzas y nada espera de su propio aliento.
Si á esto agregas tantas contrariedades como he sufrido en mis
empresas, y tantas decepciones como ha soportado el corazón, y que
me han hecho preocupar hasta creer en mi mala suerte ó que siempre
obro víctima del error, comprenderás el miedo con que principio
todas mis obras y la ansiedad de mi alma en algunos instantes.
Ayer se iba á estrenar el potrero de «Las Rosas,» al que puse tu
nombre, porque cuando lo estaban haciendo, todas mis esperanzas
iban unidas á tu recuerdo, y como un augurio de felicidad; ayer se
le iba á echar ganado por primera vez, y al abrir la puerta, mi
mano temblaba y hubiera querido el amparo de Dios.
Estaba solo, completamente solo; el potrero desierto, delante de
mi ondeándose el pasto como las olas en un pequeño lago; no había
en el cielo una nube ni en la naturaleza una voz, y mi corazón
palpitante elevo esta plegaria:
Dios mío! te pido que pongas á cubierto de la desgracia este
potrero, al que he dado el nombre de una mujer buena, cuya suerte
está unida á mi destino, y cuyo porvenir depende del éxito de mis
empresas. Bendícelo, Señor!