XXXV. - EL TOCHECITO.
El amor á las flores y á las aves es el único amor
desinteresado, espontáneo y puro: los demás tienen una causa
secreta, un motivo especial ó egoísta: se ama á la mujer porque en
sus brazos somos felices; á la madre, por gratitud y
reconocimiento, y porque su amor nos recuerda siempre las dulces
ilusiones de la niñez, en que ella era nuestro ángel de consuelo;
al padre, porque él representa todo lo santo, todo lo bueno, todo
lo benéfico que hemos conocido en la vida; á la patria, porque es
nuéstra, porque ella nos dió luz, aire, pan, seguridad y amparo; á
la humanidad, porque somos uno de sus miembros y porque sentimos
placer y orgullo en ver á la gran familia levantarse feliz del seno
de la miseria y de la esclavitud. Pero se ama á las flores y á las
aves, sin gratitud, sin temor y sin esperanza, y para decirlo de
una vez, se las ama con el amor gólgota de la vieja escuela.
Por esto las mujeres, que son el tipo de la abnegación y la
generosidad, siempre más apasionadas por las flores y las aves, y
por esto también mi hermana, en un viaje que hicimos á Villeta, se
enamoró locamente de un lindo toche que sabía cantar la diana y el
capotico; y tan locamente se enamoró, que le dió á su dueño por él
anillos, pañuelos, plata, y, lo que fué peor, los anteojos de mi
abuela á que se aficionó el maldito hombre. Y como mi abuela no
puede ver con otros, se ha quedado desde ese día, como nuestros
sabios, a oscuras de lo que pasa en el mundo.
Desde el día de su adquisición, la niña no volvió á coser, ni á
escribir, ni á hacer nada, pensando en dar de comer al tochecito,
en acostar al tochecito, en buscar al tochecito, en hacer cariños y
mimar al tochecito.
Para traerlo de Villeta fué preciso buscar peón, jaula y frazada
para cubrirla, y como la niña no quería abandonarlo un momento,
tuvimos que venir paso á paso y lentamente, llegando tarde á las
posadas, sufriendo sol, comiendo mal y aguantando aguaceros, de
resultas de los cuales me atacó un reumatismo que todavía me hace á
media noche celebrar las gracias del tochecito.
En casa no se oyen más que regaños porque no le han dado de
comer á tiempo al tochecito, porque no le ponen agua limpia al
tochecito porque no guardan temprano el tochecito: en la mesa no es
posible que haya orden: el tochecito salta de cabeza en cabeza,
come en todos los platos, lo ensucia todo, y esto hace el encanto
de la familia. Por su seguridad se proscribió el gato; y los
ratones, viendo el campo abandonado, se han apoderado de la casa, y
hacen lo que algunos ejércitos en campaña destruyen lo que no se
pueden comer. De tal manera han causado daños, que el expediente de
un intrincado pleito que tenía en mi poder, lo despedazaron, y lo
que nadie creerá, hoy perderé un valioso patrimonio, gracias al
tochecito.
Como las criadas no cuidan dignamente del tochecito, la familia
no sale á ninguna parte, pues que no puede llevarlo ni dejarlo
solo; no pudo por esto ir á ver á un tío rico que llegó muy enfermo
del campo; él se puso furioso, testó en favor de otros sobrinos,
murió, y hoy estamos privados de su cuantiosa herencia, gracias al
tochecito.
Mi hermana le lleva todos los días cerezas á la jaula, y el
tochecito, con una gracia admirable, la da violentos picotazos, y
sucedió que el otro día mi otra hermanita se acercó á hacerle
cariños, y el tochecito, tomando uno de sus negros ojos por cereza,
le dió un picotazo y se lo reventó; gracias del tochecito.
Cuando se sale de la jaula y vuela, hay una confusión espantosa,
llantos, gritos, alarma; y los criados parecen Secretarios de
Estado, averiguando el paradero del prófugo. No ha quedado teja
buena ni canal en su lugar; y no ha parado en esto: junto á mi casa
vivía un matrimonio feliz, porque el marido era rico y poco se
cuidaba de su esposa, respetable matrona que admitía los románticos
y espirituales obsequios de un galán. Fué el caso que una noche
lluviosa se notó que el tochecito faltaba, y el muchacho, que ya
sabía su deber, subió al tejado para ver si estaba dormido en
alguna canal, se resbaló y fué rodando al patio de la otra casa.
Ladrones! gritaron unos ; el diablo! decían otros; el muchacho
lloraba, y el esposo, que nunca salía de su cuarto, salió y
encontró á su esposa con el romántico, por lo cual pidió separación
y hoy son ambos desgraciados, gracias al tochecito.
Tenía mi hermana un novio á pedir de boca, porque era acomodado
i majaderón; mas quiso la desgracia que en una ocasión, al ir á
saludarla, dió un pisotón al tochecito: ella, impensadamente, le
dijo ¡animal! bruto! estúpido! y, de la ira del humilde me libre
Dios, fué tanto lo que mi futuro cuñado se indignó, que no ha
vuelto ni á pasar por casa, y mi hermana se quedó solterona,
gracias al tochecito.
A pesar de haber buscado cirujano y secretario de los fomentos y
de las cataplasmas, no hubo remedio, el tochecito se quedó cojo del
pisón y camina como un doctor abogado que vive en frente de casa;
las muchachas le han puesto ese nombre, y á cada instante están con
«Mi lindo doctor Tancredo,» «Cuiden al doctor Tancredo,» « ¿Dónde
está el doctor Tancredo?» Y el vecino, que se oye nombrar á cada
instante, cree que se burlan de él, nos ha cogido un odio profundo,
y para vengarse ha conseguido que la justicia declare que nuestra
casa no es nuestra sino de él, fundado en no sé qué. De manera que
mañana no tendremos en qué vivir, gracias al tochecito.
Tan funesto ha sido para mí y para los míos el tal tochecito,
que por las noches, dominado por su fatal recuerdo, me pongo á
hacer, lo peor que hacer pudiera, versos, y me ha inspirado los
siguientes:
El pueblo de Sodoma corrompido
Por su impúdico trato fué proscrito,
Y en cenizas y polvo convertido;
Yo me río del castigo; hubiera sido
Un castigo más cruel el tochecito.
Cuando la santa inquisición paseaba
Los herejes, llevando un sambenito,
Cuando en cárceles negras encerraba
O con crueles suplicios los mataba,
¿Por qué no se acordó de un tochecito?
Y aquel que tiene vocación de santo,
El que ayuna con agua y pan bendito,
En vez de darse rejo y verter llanto,
En vez de usar cilicio y rezar tanto
¿Por qué más bien no busca un tochecito?
Allá en Venecia la tudesca gente,
Llevando la opresión á lo infinito,
Legislando y obrando torpemente,
No fué tan cruel, no amigos, ciertamente,
Pues no tuvo la idea del tochecito.
Le quita al pobre la Nación su renta,
Se la quita el Estado y el Distrito
Se calla el pobre y nunca se lamenta,
Y es que el pobre, señores, se contenta
Con que no hay en su casa un tochecito.
Por tanto, ya de muerte, el infrascrito
Declara descargando su conciencia:
Que es la pura verdad cuanto está escrito
Y que muere contento y con paciencia
Por salir del odioso tochecito.