XXXIII. - EL ROSARIO AL AMANECER.
(PARA MI DOLORES CUANDO TENGA DIEZ AÑOS.)
El recuerdo sagrado de mi padre viene siempre acompañado para mí
de un perfume de religiosa piedad que el alma respira contenta, y
que le deja después una dulce melancolía, en consonancia con mis
inclinaciones á la tristeza, pero amante de lo bello y apasionada
por la contemplación. Su memoria despierta más bien el amor que la
amargura: es como el culto de Dios, á quien se ofrendan flores y
perfumes, pero que acepta las lágrimas y que santifica el corazón
de aquel que le consagra una hora de silencio ó la fe de una
oración.
La cara de mi padre, tan parecida á la de Aristídes el Justo,
estaba siempre como velada por el pensamiento interior ó por la
tristeza que el incierto porvenir de la familia derramaba en su
alma; y sólo se despejaba cuando, levantada la frente y la mirada
en el cielo, oraba á Dios. Él oraba, oraba con fe y oraba con
frecuencia, más bien como un descanso que como una obligación; y
por esto, sin duda, cuando algo religioso y poético conmueve mi
alma, su imagen querida viene siempre á mi memoria.
Cuando yo era niño, en esa edad á que alcanza el recuerdo como
un rayo de sol al través de la niebla de una mañana de Diciembre,
mi padre era ya víctima de la mala suerte, que siempre mató sus
esperanzas y destruyó sus empresas, y que implacable persigue aún á
cada uno de sus hijos; pero el infortunio en él, sólo había logrado
encorvar su cuerpo, todavía joven, y estampar en su noble faz la
resignación y la tristeza, jamás el desaliento ni la
desesperación.
Tenía yo diez años cuando mi padre resolvió llevarme á pasar mis
últimos días de Diciembre en una pequeña estancia que tenía en
Yomasa; una tarde, después de un fuerte aguacero, salímos de
Bogotá, él adelante, callado y reflexivo, y yo dichoso y feliz,
quedándome siempre atrás para tener después tiempo de soltar la
carrera á mi caballo, llamado el ruanito de Dolores.
No es posible pintar mi alegría viendo el campo abierto á mis
ojos verde y cubierto todavía con las gotas de agua de la lluvia;
los potreros llenos de caballos, que creía míos, porque los miraba
sueltos y á sus anchas; las vacas con terneritos tan lindos como
los de los cuentos con que mi madre me dormía, y las ovejas que
parecían conocerme porque balaban cuando yo pasaba. Yo gozaba con
el viento que agitaba mi sombrero, con el agua que saltaba á las
pisadas del caballo y con el canto de las ranas, que, alegres con
la lluvia, chillaban en todas las zanjas. El amor sublime de la
naturaleza, con sus inmensos goces, sólo existe en el niño: es un
destello de la divinidad que, como la inocencia, se empaña con los
años y se extingue con el vicio.
Al anochecer llegámos á Yomasa, y mis ojos contemplaron con
supremo deleite la magnífica égloga que el campo ofrecía á esa
hora: los ganados viniendo sueltos al corral, los trabajadores, de
vuelta de sus tareas, desunciendo los bueyes y soltándolos á
pastar; las mujeres recibiendo el trigo que debían limpiar al día
siguiente; las gallinas con inmenso trabajo y espantoso aleteo
subiendo al gallinero; los muchachos encerrando las ovejas, y
caminando con los pies descalzos entre el barro; el campo
cubriéndose de sombras y el sol muriendo en medio de arreboles.
La casa á que llegamos, y en la cual fuimos recibidos con cariño
y alegría por sus moradores, era grande, pajiza, con un patio
interior en donde había varias matas de clavel, un naranjo y una
retama, y estaba rodeada por las huertas y por los corrales de
cercas de piedra y de madera, en donde dormía el ganado.
Mi padre y yo fuimos alojados en un pequeño aposento, separado
del en que dormían las gentes de la casa por una sala común, y que
tenía una ventana que daba al corral; y apenas caí sobre mi lecho,
compuesto de ruanas y el cojinete de la silla, me quedé dormido
soñando con la felicidad.
En medio del sueño escuché un rumor indefinible de voces
armónicas, que jamás había oído, y me pareció tan bello, que soñé
con los angeles; pero la voz de mi padre me despertó, y supe que
era que rezaban el "Rosario del amanecer."
Las vacas bramaban en el corral, los copetones y chisgas
principiaban á cantar; y en mi niña imaginación comprendía que todo
hablaba en la naturaleza al amanecer. El rosario me pareció tan
lindo como el canto de los pájaros y como todo lo que deslumbraba
mi imaginación.
Mi padre rezaba con fervor, y yo principié á hacerlo con la
misma alegría con que de antemano me proponía disfrutar de todos
los placeres del campo; pero á medida que pensaba en salir por la
mañana alegre á juguetear con los niños de mi edad, á enlazar los
terneros y á coger flores, mis ojos se iban cerrando poco á poco, y
al cadente són de «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el
cielo,» me dormí niño y feliz.
¡Mucho he dormido! ¡Cuánto he soñado! Pero se escucha aún el
murmullo del rosario, y dicen: «Dános, Señor, buena vida y buena
muerte;» y los pájaros están aún cantando y las vacas braman en el
corral. Estoy triste, ¿por qué? No he despertado bien. ¡Ay! ¿Quién
arrancó de mis sienes la hermosa cabellera?
¡Padre! ¡ padre!
Nadie me responde!
Estoy todavía dormido. ¡Esto es un sueño! ¡Han pasado treinta
años! Mi padre duerme en el seno de Dios. ¡Yo soy un viejo!
El rosario se escucha aún; pero no es yá el himno de la mañana
que oí en Yomasa, sino que en Casas-Viejas velan á un muerto.
¡Ay! qué horrible despertar!
Sólo á la naturaleza da Dios su eterna juventud.