XXXI. - EL COMERCIANTE.
Hace no sé cuánto, dijo no sé quién, que el mundo es una comedia
en que cada cual representa su papel; y dominado por este
pensamiento, hace largos años que hago mis ensayos en todas las
profesiones para ver si en alguna me toca hacer de Rey, y en todas
me he encontrado sólo de comparsa, siendo de mi cuenta los costos.
Baste decir que como abogado nunca pasé de serlo de los pobres;
como hombre público fuí nombrado vigésimo sexto suplente (tal fué
mi popularidad); como empleado serví de meritorio; y como escritor
público, mis artículos fueron considerados por los periodistas como
los avisos de píldoras y ungüentos, y en consecuencia me cobraron
por la impresión y los pusieron á lo último; y por el público,
peores que las dichas píldoras, pues éstas diz que son purgantes, y
mis artículos fueron universalmente declarados indigestos.
Abatido por tantas decepciones, resolví poner fin á mis tristes
días, y escogí la horca, por ser el género de suicidio más barato;
y ya tenía la viga señalada y el lazo preparado, cuando el demonio
de las reformas y las innovaciones me sugirió la idea de cambiar de
papel en la comedia, y ahorcar a prójimo en vez de ahorcarme; y
para llevar á cabo mi proyecto me hice comerciante, con tan sanas
intenciones como las de un gobernante el día que se hace cargo del
mando.
He encontrado en la profesión lo que nadie creerá, poesía,
encantos, excitación y poder; y no la dejaría sino por servir á mi
patria haciendo una revolución, ó para escribir un periódico
hidrofóbico. De otro modo, cómo iría yo á abandonar mis mercancías,
que acaricio, arreglo y clasifico con el mismo placer que lo hace
un botánico con sus plantas, un cura con sus feligreses, una
coqueta con sus adornos, ó un general con sus batallones viendo en
ellas, como el botánico, mi porvenir de gloria, como el cura, mi
riqueza, como la coqueta, mis poderosos medios de engañar, y como
el general los instrumentos con que he de satisfacer mi pequeña
ambición?
Mi vida, en apariencia tan árida y monótona, es, bien al
contrario animada y poética. Desde las siete de la mañana estoy en
acecho de lo compradores, con la misma inquietud, ansiedad y
vigilancia con que cierto partido acecha la libertad; apenas pasa
alguno, le clavo la mirada con una fuerza magnética, dominadora, y
lo detengo como el boa al animal que quiere devorar, hasta que á su
pesar lo traigo frente de mi mostrador. Entonces, con una
amabilidad celestial, lo saludo, le estrecho la mano, le muestro
todos los géneros, le abro todas las cajas, y si veo que en algo se
fija por casualidad, despliego todos los artificios de que se vale
una mujer voluptuosa para hacer concebir un deseo ardiente, y con
tales bases principio el negocio, entablándose entre el comprador y
yo una lucha más formidable que la de los dos partidos en Colombia,
él dominado por la miseria, yo por la avaricia; él con ánimo firme
de no dejarse engañar, yo con el deseo ardiente de engañarlo;
empleando cada beligerante toda la táctica, todas las estrategias y
todas las astucias de los grandes políticos.
Mis armas son ofensivas y defensivas: las primeras son las
facturas falsas, los derechos de importación y la odiosa
contribución directa. Apenas me preguntan el precio de un artículo,
apelo á las facturas, muestro lo que ha costado en París, lo que he
pagado al fabricante, al comisionista, al asegurador, al
enfardelador, al carretero y por flete de mar: luégo, lo que valen
los derechos de importación, y el anclaje, enfardelaje y ladronaje
de la costa, y concluyo lamentándome de la ruinosa contribución
directa, que hace subir tánto las mercancías; y es casi seguro que
el contrario no resiste tan formidable ataque, y que lleva el
artículo por doble de su valor, y con la convicción de que se lo he
dado por menos de lo que me cuesta, y esto sólo por ser á él, por
quien tengo las mayores consideraciones y las más vivas simpatías.
Pero si aun se mantiene firme y me objeta que la cosa es cara, ó
que ha visto del mismo género más barato, entonces apelo á las
defensivas. Observe usted la calidad; le digo: es riquísima, no
puede compararse con ninguna otra. ¡Ah! es preciso pagar la moda y
esta es la rigurosa, ha venido por el último paquete; yo tengo de
moda pasada á muy bajo precio; pero supongo que usted no quiere
nada viejo. La elegancia y buen gusto lo hacen todo; así es que
usted no debe vacilar en pagar un poco más caro, porque es lo
fascionable. Y con ésta y otras frases parecidas le doy siempre el
coup de grâce.
Un amante á los pies de su querida pidiéndole la felicidad,
jurándole ferviente amor, constancia eterna y un porvenir de dicha
y de ventura hasta que consigue que ella, pálida, temblorosa y
avergonzada, á pesar de su virtud y de sus creencias, consume su
desgracia, es nada ante la elocuencia, la fascinación y el
entusiasmo que empleo para dominar el corazón del comprador y
obligarlo á que, á pesar de su miseria y de sus creencias,
vacilante y atemorizado, consume su desgracia, comprando algo de lo
que llamamos muérganos.
Mis corbatas son siempre á la Garibaldi, i levitas á la Bismark,
los trajes de señora á la Bayadere, y siempre busco nombres
brillantes, y nunca feos, porque la humanidad se paga de los
nombres: si no, ahí estuvo un hombre sentado en el trono de
Francia, porque se llamó Napoleón.
Si una señorita del pueblo, de boca de coral y mejillas
rubicundas, quiere un traje, y yo no tengo más que uno verde, llamo
en mi auxilio el "Lenguaje de colores," para demostrarle que le
conviene mucho, porque significa esperanza, y que ella, tan linda,
tiene mucho que esperar poniéndose el traje, pues quedará como una
rosa sobre el verde follaje ; mas si no lo quiere, y luégo entra
una aristocrática, de frente pálida y de esbelto talle, me vuelvo
romántico, doy un suspiro, le digo que con uno igual está
representada una heroina de Byron, y que ella quedaría con él tan
modestamente interesante, como el pálido jazmín sobre su enhiesto
tallo; y si la rosa se me escapó, el jazmín cae. Si la niña tiene
un amante, de una manera disimulada le hago comprender que á él le
pareció divino: si una rival, que á ella precioso, pero muy caro:
si es pobre, le pondero la duración y si es rica, halago su vanidad
y su lujo, y le digo que es el único faustoso que ha venido á
Bogotá, y ella la única que puede llevarlo. En una palabra, todo,
todo lo empleo para deslumbrar la imaginación de las mujeres, para
excitar su corazón é inspirarles deseos, sueños, ambición: todos
esos monstruos de la coquetería con dientes de diamante, y que
hacen que los más tiernos afectos de la mujer sean por los trajes y
sus más apasionados deseos por las joyas, entrando despues á
retaguardia sus amantes y sus maridos.
Arrogándome los derechos de la policía, me introduzco hasta el
seno de las familias, mas no como ella, á llevarles el terror y el
espanto, sino llana y simplemente á saber si la niña se casa, ó el
padre muere. En el primer caso, aprovecho la feliz ocasión que se
me presenta para dar á la mamá los parabienes y ponderar hasta el
cielo las cualidades del novio, á quien no conozco; y poco á poco
la llevo á mi almacén á que vea los trajes blancos, los velos de
gasa y las coronas de azahar. En el segundo, asisto á las exequias,
acompaño el cadáver hasta el cementerio, ruego por su alma y
después de cumplir con todos los deberes de mi piedad religiosa, a
volverme con los dolientes eternamente reconocidos, les anuncio que
tengo merino negro, muselina y pañolones para luto, y les pido que
ocurran por todo lo que se le ofrezca á la familia, de cuyo justo
dolor yo participo. Todo esto lo hago, porque la experiencia me ha
enseñado que en tiempos de júbilo y de desgracia no se repara en
precios, y que en tales ocasiones es que se puede sacar el vientre
de mal año.
Se ha despertado en mi alma un espíritu público inagotable y tan
desinteresado como el fervor religioso de mis paisanos; quisiera
que el pueblo estuviera siempre en fiestas y diversiones, motivo
por el cual ando siempre persiguiendo al Gobernador para que
celebre el 20 de Julio, y cuando lo consigo, apunto en mis libros:
«Manteletas, trajes y gorras recargados con un 25 por 100.»
Orgulloso de las glorias de mi patria, no quiero que ningún
aniversario pase olvidado, quiero centenarios, conciertos el día de
San Simón, bailes el 7 de Agosto; y en todo caso escribo: «Gasas,
linones y muselinas han tenido una alza considerable.»
Creo que nadie se queja de mi generosidad ni de mi
galantería.
-Puede usted llevar la gorra, y me manda el dinero cuando usted
quiera, le digo á una señora.
-Usted no necesita de dinero, le digo á un caballero. Vea si la
levita le gusta, y tómela, el precio lo arreglarémos después.
Pero apenas salen, mando al criado con la cuenta, tanto más
subida cuanto más galante he sido; y más les valiera no haber
nacido, ó haber escrito como liberal, que haber aceptado mi
generosidad, porque les saco la plata ó el sol del cuerpo. Hay, sin
embargo, algunos tan duros, que no es posible que paguen un
cuartillo, y entonces van al «Libro de picos.»
Cuando abro este libro y lentamente voy pasando hojas, leyendo
nombres y sumando números, siento un placer, un orgullo tan grande
como el que sentiría Napoleón mirando sus ejércitos, y exclamo
lleno de vanidad: ¡Todos estos deudores me pertenecen, todos son
mis esclavos!
Prescindiendo de la ley que nos quitó el derecho de
perseguirlos, vejarlos y encarcelarlos como criminales, que ha sido
fatal para el comercio, ¿cuánto poder no nos queda aún sobre los
que nos deben? ¿Cuántas sonrisas de una linda niña no me ha valido
la manteleta que lleva sobre sus blancos hombros, y que todavía no
me ha pagado? ¿A cuántas tertulias no he sido convidado con la
tácita condición de no cobrar una cuenta vieja? ¿Cuántas alabanzas
de mi talento no me ha prodigado un escritor que tuvo el suficiente
para sacarme una levita fiada? ¿Cuántas veces no he visto ceder á
empleados incorruptibles al solo recuerdo de lo que su esposa gastó
en un baile? Precisamente por esto me opongo al sufragio secreto, y
estoy por el bisexual; porque así sería yo el hombre más popular, y
desafiaría á los demagogos con sus discursos, y á los populares con
sus sociedades, á que luchasen conmigo, una vez sentado en la mesa
electoral y con el «Libro de picos» en la mano.
He visto agitarse mucho á los círculos políticos por el
nombramiento de miembros al Congreso, á la Asamblea, &c.,
&c., viendo en cada elección el triunfo ó la derrota de su
partido, la muerte ó la glorificación de sus ideas; y no saben que
éstos son siempre nombrados sobre un mostrador, por un círculo de
comerciantes; y que los nombrados no representan los principios
radicales, las ideas conservadoras ni las tendencias liberales,
sino los intereses de X y C.ª ó el contrato de N. & C.ª
Por supuesto que á tal poder no he llegado yo, que sólo soy un
pichón de comerciante, ó, como si dijéramos, un rico en crisálida,
y esto sólo lo consiguen los venerables de la profesión; pero allá
llegaré, pues ya he adoptado su máxima política, que es: «explotar
el orden existente y aprovecharse de las innovaciones.»
Mucho se habla de la vida sedentaria de los comerciantes, y hay
quienes la creen enfermiza por falta de ejercicio; pero los que tal
dicen no han puesto atención en el mucho ejercicio que se hace, ya
arreglando las zarazas y liencillos en forma de pirámides, de
murallas, de castillos, de cualquier manera que llamen la atención
y formen un espectáculo que atraiga al inocente indio; ya
alcanzando todos los géneros que pide una impertinente señora
(alias matrona), que concluye por no tomar nada; y ya, en fin,
midiendo eterna y constantemente varas, en cada una de las cuales
falta siempre una pulgada, debido á que unos usamos la vara
granadina, otros la española; unos la nueva y otros la vieja, lo
que forma un nuevo ramo de aprovechamientos.
Le he tomado tanto amor á mi tienda, como el beduino al
desierto, y cuando excitado por mis amigos salgo hasta el
paréntesis, en donde están colocadas para mí las columnas de
Hércules con su correspondiente non plus ultra, siento que se me
oprime el corazón y síntomas de una negra nostalgia, y vuelvo
corriendo á derramar sobre mis fulas tan tiernas lágrimas, como el
proscrito perdonado sobre las playas de su patria.
No todo en la vida del comerciante es virtud, hay que
confesarlo; él como todo hombre, tiene pasiones que lo arrastran á
los vicios, y el nuéstro es el juego. Los Congresos, que á todo
atienden, desde tiempo atrás, han hecho de la República una inmensa
casa de juego, en la que todos jugamos al agiotaje, y en la cual
entran también á perder sus sueldos los miserables empleados; y en
este juego pasamos la vida en la Calle Real, teniendo, entre otras,
dos ventajas: la primera, que por una feliz casualidad nunca se ve
que el comerciante pierda; y la segunda que siendo el Gobierno
quien pone la casa de juego, es también quien paga los gastos de
los jugadores: pero esto, como todo lo bueno, se nos está
acabando.
Sólo tiene la vida del comercio una pequeña é insignificante
dificultad, y es la de que es preciso renunciar á tener una esposa
y á formar una familia; porque el comerciante es una tabla de
logaritmos, todo números multiplicaciones é intereses, y la mujer
necesita algo de sentimiento, algo de poesía que encante su alma ó
algún perfume que halague su espíritu y su vanidad; y cuando esto
falta, se marchita como una flor agostada. Yo veo á las esposas de
mis vecinos, á unas arrastrar una vida miserable y triste entre la
gran casa lujosamente amueblada en que las han colocado, como un
pájaro en una gran jaula, con lo cual se dice que las tratan muy
bien, sin que nunca empleen con ellas sus maridos esas dulces
ternuras, esas deliciosas caricias, esas atenciones sociales que
hacen el todo del corazón de la mujer; y á otras, hastiadas de la
imaginación aritmética de sus esposos, aceptar las trovas de un
poeta que ha llevado un rayo de consuelo á su alma desolada, ó las
atenciones de un caballero que las ha hecho brillar en una sociedad
que nunca les habían proporcionado sus esposos. Ambas cosas son un
poco desagradables; por esta razón algunos hombres juiciosos hemos
formado un club de solterones, y pasamos la vida, de día
trabajando, y de noche paseándonos por las galerías y hablando
contra las mujeres, ya que no podemos hacer otra cosa más útil.
Como no es posible renunciar enteramente á los viejos hábitos,
el otro día quise hacer una composición, y como era natural
principiar por el título, me puse á pensar en uno nuevo y bien
romántico, como «Hojas perdidas,» «El arpa del proscrito,» «Las
horas del prescito» ó «Los ecos del alma,» y, absorto en mi
pensamiento, escribía maquinalmente: «géneros á la moda,»
«imitación de cachemira,» «libros de oropel, » «juguetes para
muchachos»; pero vuelto de mi arrobamiento, noté que mis títulos
eran tan ridículos como los otros, mas poco usados; y desesperado
de no encontrar ni para esto inspiración, me fuí á buscar alivio en
mi agonía, contando el dinero de las ventas del día, siendo su
vista un bálsamo consolador para mi pecho adolorido; y mientras lo
iba contando y reparándolo bien, iba repitiendo entre dientes este
otro título: «El dinero es mi ilusión» y estos versos
macarrónicos
Con diez cajones por banda,
Mucha ropa y caja fuerte,
No espero, busco la suerte
En mi querido almacén:
Bazar pirata que llaman
Por lo carero el temido,
En Bogotá conocido
Por los cachacos muy bien.
Y yo el tendero pirata
Contemplo alegre la ropa
Que me ha venido de Europa
Entre bayetón azul.
Las fulas miro en el centro,
Las lanas en los estantes,
En un lado los bramantes
Y al frente gasas y tul.
Me censuran por carero,
Yo me río;
Que tenga siempre dinero,
Y al mismo que me censura
Lo cogeré con la usura
En el propio bazar mío.
Y si quiebro,
¿Qué es la tienda
Si mi hacienda
Tengo aquí?
En mi pecho
Sin conciencia,
Que es la ciencia
Que aprendí.
A la voz de «á comprar vengo,»
Es de ver
Cómo giro y me prevengo
Toda la tienda á mostrar,
Que mi vida es engañar
Y mi pericia vender.
Con mis socios
Yo divido
Lo cogido
Por igual;
Sólo pido,
Sólo quiero
Ser tendero
Sin rival.
Adelante, bazar mío
Sin temor,
Que ni extranjero judío,
Ni de tenderos la alianza
A torcer tu venta alcanza,
Ni á quitarte un comprador.
Mil negocios
Hemos hecho
A despecho
De un traidor,
Y han traído
Sus condores
Compradores
Por mayor.
Y no hay niña,
Linda ó fea,
Sea cual sea
Su esplendor,
Que no compre
Alguna cosa,
Y gozosa
Dé el valor.
Que es mi tienda, mi tesoro,
Es mi ley, el menudear,
Mi Dios, la plata y el oro,
Mi única dicha, engañar.