XXX. - DOLORES.
I.
Al pié de dos cerros pertenecientes á la cordillera de los Andes
se levanta, como en un nido de musgo, la lejana ciudad de Bogotá;
ciudad española, mística y alegre, que embellece sus fiestas con el
prestigio religioso, y da á la religión una pompa que arrastra á la
multitud y que tiene encantos para el que cree y adora los
misterios, para el que goza en los placeres inocentes y sencillos
del pueblo, y para el que entre el humo del incienso y el perfume
de las flores va á recoger bellos recuerdos, olvidadas creencias y
sueños dorados de una juventud que se extinguió.
En una mañana del alegre Diciembre en Bogotá, cuando el sol se
levantaba suntuoso detrás de la cordillera cubierta de laurel que
domina la ciudad, y sus rayos iban á lo lejos á iluminar la
espléndida llanura, envuelta aun por copos de niebla que suavemente
se levantaban para desvanecerse en el cielo: cuando los copetones y
cucaracheros lanzaban sus más sabrosos cantos, y el rocío, que es
como el llanto místico de la noche, se mecía sobre el prado y
brillaba como diamantes al reflejo de la luz; en una de esas
mañanas en que la naturaleza ríe, canta y enamora, predisponiendo
todos los corazones para la alegría y el placer, subían á la
risueña ermita de Egipto, á la misa de aguinaldo, dos mujeres
lujosamente vestidas, aunque con el traje nacional de saya y de
mantilla, aprisa, porque ya habían dado el segundo repique,
conversando alegres y con aire de asistir á una fiesta más bien que
á una Ceremonia religiosa.
Eran madre é hija.
La primera tenía una noble y distinguida fisonomía, grandes ojos
negros, rasgados, de esos que revelan el alma al través de un
océano de ternura: la cara blanca, pálida, como la de las madonas
de mármol que se encuentran en capillas descubiertas en los caminos
de Italia y que el pueblo adora por su belleza: boca grande, labios
delgados, donde se dibuja siempre una sonrisa dulce y celestial, y
una frente donde se ostentaba el pensamiento; pero ya no era
joven.
Al marchar por el inclinado sendero de cerezos y borracheros que
conduce al pié de la pequeña capilla, y donde en espléndido
panorama se presenta la llanura verde y alegre, la laguna de
Fontibón que refleja la luz y el horizonte limitado por los azules
cerros de Occidente, la madre extendió una mirada por todas partes,
y luégo la fijó en su hija con inefable placer y con supremo
orgullo, como si dijese en su corazón: ¡No; ni el sol, ni el cielo,
nada hay igual á mi hija!
Ay! Tenía razón. ¡Cuán bella era Dolores!
Solo en América pueden encontrarse esas mujeres de tez de nieve
y cútis suave como el de las inglesas, pero con ojos chispeantes y
la mirada profunda de las que ha embellecido el sol del medio día;
sólo aquí se encuentra esa suavidad de la niñez de quince años con
ese fuego que hace latir el corazón de las hijas de Arabia; sólo en
Bogotá hay esa belleza sobrehumana, que al puro aristocrático tipo
europeo, une la gentileza y gallardía de la América; pero sólo en
el cielo se hallarán esos seres que como una visión suelen aparecer
en los sueños de rosa de la juventud para volar después, dejando su
recuerdo una huella luminosa en nuestra alma, como la estela del
buque en medio del océano. Así era Dolores.
La mantilla de terciopelo negro se le había rodado de la cabeza,
y dejaba ver sus rubios, suavísimos crespos, que, ondulantes, caían
hasta su cuello de cisne; unas formas magníficas estaban veladas
por el estrecho corpiño de seda que las ceñía dibujándolas; y al
levantar la flotante falda de la saya para no pisarla, se veía un
lindo pié, que movía con una delicadeza y una gracia que haría la
envidia de las andaluzas y que jamás tuvieron las vestales.
-Ay! mamá, qué hermosa mañana ! ¡Qué aire tan puro! Que sabrosos
repiques! Qué feliz me siento!
-Sólo tu papá nos falta para pasar alegres el Diciembre; pero
tengo esperanza de que no principie el nuevo año sin que lo hayamos
abrazado. Ya está en la Costa, de regreso de Jamaica.
-Yo le escribí que viniera para la noche buena y pidiéndole mis
aguinaldos. Si llega, ¡qué contentas vamos á estar!
-Cuando llegue el piano haremos una tertulia para
estrenarlo.
Al llegar al pié de la pendiente escalera que conduce á la
capillita, interrumpieron su diálogo las dos mujeres, porque el
atrio estaba lleno de elegantes, entre los cuales se escuchó un
murmullo de admiración al contemplar á Dolores; y sobre su cabeza
cayó una lluvia de ramos de flores de los que los alféreces de la
misa arrojaban desde el campañario á las concurrentes.
Dolores bajó la mirada pudorosa, se cubrió parte de la faz con
la mantilla, y, temblorosa, se deslizó entre la fila de jovenes que
obstruía la puerta de la iglesia, yendo á arrodillarse al pie del
altar de Santa Orocia, humilde y devota, llena de unción y pensando
sólo en Dios.
La fiesta era espléndida, los alféreces habían adornado la
iglesia con lujo y toda la plazuela y el atrio estaban llenos de
arcos de laurel; durante la misa resonaban estrepitosos fuegos
artificiales en el exterior, y del coro se lanzaban palomas llenas
de cintas. Guarín había llevado su piano, y sus armonías llegaban
al cielo con las oraciones del sacerdote, el humo del incienso y el
perfume de las flores.
En esta historia tropezaremos con muchos muertos, esto le sucede
al que visita los cementerios, y el corazón del hombre, cuando pasa
la juventud, es un cementerio donde yacen, hacinados y confundidos,
bellos recuerdos de extinguida gloria, suspiros de dolor, besos
helados con el frío de la muerte y lágrimas que conservan su
tristeza y su amargura; pero hay placer en pasearse á la sombra de
los laureles que nacen sobre la tumba de los hombres que, más
felices que nosotros, murieron dejando un recuerdo de gloria; y su
eterna calma nos invita á tributarles el testimonio de nuestra
admiración, sin miedo á su grandeza, y gozando de ese amor místico
y sagrado que, al través de los años, une al grande artista con el
poeta que lo admira.
Por esto hablamos de Guarín; porque vivir en la memoria de los
que aman y esperan, es el último estímulo para los artistas, para
esos hombres que llevan una vida de amargura y de miseria, que
soportan resignados un presente fatigoso, consagrados á las duras
fatigas de su profesión, y que solo aspiran á dejar un recuerdo
grato y una corona para su tumba.
Al través de la tormenta revolucionaria muchos nombres de héroes
se han proclamado al estampido del cañón, que el eco ha llevado á
lo lejos, y que se han ido perdiendo y extinguiendo como el humo de
la pólvora; pero el nombre de Guarín, ese artista que tuvo una vida
modesta y resignada, no se ha perdido aún, porque el genio lo cubre
con sus alas y el corazón se complace en recordarlo.
A los hijos desheredados del pueblo, la Providencia les concede
á veces una chispa del fuego celestial y hace de ellos bardos que
encantan existencia, que inspiran las grandes pasiones y que
conservan la memoria de la virtud, ó grandes artistas que, como
Guarín, con celestiales armonías derraman un mar de emociones sobre
los que alcanzan á oírlos, ó dejan para el porvenir melodías
encantadoras, como el canto del ave gemebunda que oye el viajero
atravesando el desierto.
La pobreza, siempre compañera de la virtud de los artistas, y
que lleva á los hombres débiles á la desesperación, es santa y
benéfica para las naturalezas privilegiadas, porque los aparta de
esos placeres que enervan y adormecen el alma, y los obliga á
buscar en su arte la felicidad y los medios de proveer á su
existencia, y así es que éstos encuentran fuentes de inspiración
que sólo ellos conocen. Guarín, hijo del pueblo, pobre siempre, fué
un músico eminente.
Durante toda la misa estuvo alternando el piano de Guarín con
una música de viento que tocaba piezas alegres y bulliciosas; pero
al tiempo de la consagración se levantó del coro una voz armoniosa,
magnífica, sublime, que hacía resonar los arcos de la pequeña
capilla, y que parecía impregnada de ese aire místico que envuelve
los misterios de Dios, y que sólo los ángeles pueden interpretar en
sus eternas alabanzas.
Era la voz de Rafael Martínez, artista cantor, amigo de Guarín,
con genio como él, pero más desgraciado ; porque el nombre, la
gloria y la fortuna no vienen siempre, y Rafael se extinguió sin
conseguirlos, como esas flores que nacen en medio del bosque, cuyo
perfume trasciende á lo lejos, pero cuya hermosura nadie ha
conocido.
Al escuchar esta voz, Dolores sintió un algo desconocido que
corría por sus venas y moría en el corazón: un extremecimiento
magnético que le producía un deleite supremo y embriagador, al
mismo tiempo que su alma, abierta á nueva luz y nuevos horizontes,
entreveía el cielo, gozaba de sus delicias y se sentía arrastrada
en el vuelo fantástico del ángel.
Dolores sintió amor.
Sintió amor por el desconocido; pero demasiado inocente para
conocerlo, su pecho conservó sólo de aquel momento un raro, extraño
recuerdo, mezcla de santidad, de dicha y de deleite místico; y
desde entonces se sintió más inclinada á la piedad, su genio alegre
se hizo soñador, y con frecuencia pasaba horas enteras sin saberse
si oraba, si soñaba ó si pedía.
Para formar una idea exacta del carácter de Dolores, es preciso
saber que, educada en el aislamiento de la familia, no había
recibido más lecciones que las de su padre y las de su madre: aquél
un antiguo militar, dedicado después al comercio, y que le había
mostrado todo lo que podía elevar su alma cuanto tiene la virtud de
noble y de sublime y lo que se debe al honor y al respeto á la
sociedad; mientras que la madre cultivaba en su corazón todos los
sentimientos tiernos y dulces, el encanto de la modestia, de la
piedad y del pudor, y cuanto tiene la virtud de consolador y de
amable. Del concurso de estos cuidados resultó un carácter valeroso
y sensible, á la par que extraordinaria energía y angélica dulzura;
fué á la vez altiva como todo lo que viene del honor, y tierna,
consagrada, mansa y apacible, como todo lo que viene del amor.
Pero sobre las cualidades adquiridas por la educación, dominaba
una naturaleza nerviosa, extremadamente sensible, que la hacía
capaz de todo en un momento de fiebre eléctrica; pero después de la
cual sobrevenía una languidez y una extenuación que parecían
concluir con sus fuerzas.
Las afecciones tiernas y profundas son las que se concentran en
pocos objetos; así Dolores, que no conocía más que á sus padres, no
amaba más que á ellos; los amaba con pasión, con delirio, y eran
todo para ella en el mundo-los protectores de su debilidad y los
compañeros de sus juegos. No sabía sino lo que ellos le habían
enseñado: sus goces, sus comodidades, sus talentos, todo le venía
de ellos; y persuadida de que todo lo santo y todo lo bueno era lo
que ellos le mandaban, se acostumbró á una dependencia moral
absoluta, y su espíritu obedecía ciegamente y con profunda fe
cuanto le mandaban, lo que influyó poderosamente en el cumplimiento
de su fatal destino.
Cuando contó á su madre las dulces, extrañas emociones que el
canto de la misa de aguinaldo había despertado en su alma, su madre
nada pudo adivinar, creyó que eran sueños de niña, éxtasis sublimes
de la inocencia, y la dejó seguir en la vida un tanto mística que
desde ese día abrazó con ardor, sin que por esto la dulce sonrisa
desapareciese de sus lindos labios, y sin que la felicidad dejase
un instante de batir sus alas sobre el grupo hermoso de las dos
mujeres.
II.
Cuando esto pasaba en Bogotá, dos hombres subían penosamente el
rio Magdalena, en un champán cargado de mercancías; y después de
veinte días de navegación, cerca de San Pablo, sentados sobre la
cubierta, tenían este amistoso diálogo:
-Me parece que no llego: la lentitud de este viaje me desespera.
Estoy loco por volver á respirar el aire puro de mis montañas, y
abrazar mi dulce esposa y á mi linda hija.
- ¿Amas mucho á tu hija?
- Ah! mucho! mucho! Creo verla en este momento con su traje
blanco y una cinta negra al cuello, venir á besar mi arrugada
frente. Todas las amarguras de la ausencia se disipan ante la dulce
esperanza de volverla á estrechar entre mis brazos. Ella es mi
ilusión, mi sueño, mi ventura como su madre ha sido el ángel que me
ha guiado en todos mis trabajos. Estoy seguro de que sus plegarias
me acompañan en este momento ¿Tú tienes alguna hija?
- ¿Me crees tan viejo que pueda tener hijos?
- Ah! entonces no sabes lo que es la felicidad. Tener una
esposa, es tener siempre un hogar risueño, y en la desgracia, quien
divida nuestras amarguras y enjugue nuestras lágrimas, sin que ella
pida jamás otra cosa que ternura y amor. Y tener una hija, es
poseer una flor cuyo perfume sólo se exhala para nosotros y cuya
belleza hace el encanto de la vida.
- Poco me han gustado las mujeres. Son pájaros que deslumbran
con sus plumas como los papagayos, pero que á los dos días
atolondran con sus gritos y se desea regalarlos al primero que
pase. En cuanto á los hijos, jamás he oído llorar un muchacho sin
que me dé gana de cojerlo por el pescuezo y tirarlo á la mitad de
un rio.
- ¿Cuál es, según tú, la felicidad de la vida?
-Ganar dinero; y como el medio más fácil de obtenerlo es
jugando, en el juego paso la vida, porque éste me da también otro
placer, el de ver llorar á los que pierden.
- ¿Jamás has amado?
- ¿Por qué me haces esa pregunta?
-Por nada.
Los que así hablaban eran el Coronel Julio Blanco, dedicado al
comercio, que venía de Jamaica con mercancías, padre de Dolores, y
Juan Montealegre, su compañero de viaje.
Este era un hombre de mediana edad, de frente achatada, de ojos
azulosos, vivos y penetrantes, nariz aguda y rostro enjuto; que
tenía algo de ave de rapiña, modales fáciles, aire suelto y sonrisa
profundamente irónica.
Después de esta conversación, el Coronel guardó silencio y
Montealegre alegre lo miraba con una sonrisa diabólica y
despreciativa; y cuando aquél se quedó dormido, agobiado por el
calor, éste exclamó:
- ¡Imbécil! Me pregunta si he amado, y no comprende que su hija
me desespera, me irrita y me enfurece de amor. Que quisiera
poseerla, aunque después viniera una eterna condenación. Que
quisiera abrazarla no una, sino mil veces, estrecharla hasta
hacerla morir en mis brazos, y morir yo también respirando el
perfume de su seno.
Pocos días después los viajeros llegaban á «Buenavista, » pero
el Coronel no pudo saltar á tierra, y dos bogas tuvieron que
sacarlo alzado del champán y conducirlo á una choza, porque le
había dado la fiebre del Magdalena y venía moribundo.
Una vez á la sombra, abrió los ojos y pidió agua; después,
haciendo un grande esfuerzo, llamó á Montealegre, quien vino á
sentarse á la orilla del lecho de guaduas en donde lo habían
colocado.
-Me siento morir, le dijo el Coronel, y voy á morir sin abrazar
á mi esposa y bendecir á mi hija.
-No tengas aprensión, la fiebre pronto desaparece; mas si
quieres disponer algo, yo haré en todo tu voluntad, contestóle
Montealegre.
-Sí, amigo, me muero, y confío á ti la suerte de mi mujer y el
porvenir de mi hija. Júrame, Montealegre, que como hombre de honor
cumplirás la voluntad de un infeliz padre moribundo.
-Así lo ofrezco.
- Toda mi fortuna, el producto de muchos años de trabajo mío y
de la economía de mi esposa, está en este negocio de mercancías que
llevo, cuyas facturas te doy, haciéndote depositario, para que las
entregues á mi mujer.
-Oh! yo haré todo, todo lo que convenga.
-Otro servicio: toma papel y pluma, y escribe mi último adios á
mi mujer y á mi Dolores.
Montealegre hizo lo que se le pedía, preparó los útiles de
escritorio, y se puso á obedecer al moribundo, quien, sentándose
penosamente en el lecho, le dictó, lenta y pausadamente, esta
carta, interrumpida á veces por los sollozos y las lágrimas:
"Querida esposa mía:
¡Cuán corta ha sido nuestra vida de casados, y ya tengo que
abandonarte! Te amo hoy tanto como el día de nuestra unión; y al
separarme de ti en la tierra, quiero que sepas que sólo me has dado
días de felicidad.
«Dolores ¡hija mía! Muero sin darte un abrazo y sin que sepas
dónde está mi huesa, para que vengas á llorar sobre ella! Conserva
tu virtud, que es mi encanto, y recuerda que tu padre, como viejo
soldado, sacrificó todo al honor. Yo te bendigo, y con la mía te
cubrirá la bendición del cielo.
«Montealegre queda encargado de llevar á mi esposa el negocio
que traía y las facturas que también le entrego. Si él cumple, como
confío lo ha prometido, le deberán ustedes mucho, y espero que no
serán ingratas.
¡Adios esposa! ¡Adios hija! hasta la eternidad.»
Cuando hubo acabado, dijo á Montealegre:
-Traémela para firmarla y ponerle yo mismo el sobrescrito.
Montealegre se la alcanzó; el Coronel la firmó con mano
temblorosa, y después de doblarla en cuatro, escribió encima:
« A mi señora Elena Gómez de Blanco» : la besó repetidas veces,
lloró, y se quedó postrado por la emoción, con la carta en la
mano.
Montealegre se la quitó con un placer indecible, y en un extremo
de la choza se puso á leerla de nuevo. La carta había quedado
escrita así
«Querida esposa mía:
«¡Cuán corta ha sido nuestra vida de casados, y ya tengo que
abandonarte! Te escribo para exigirte el cumplimiento de un
juramento tan sagrado como el que hiciste el día de nuestra unión:
y quiero que sepas que en él está cifrada tu felicidad.
«Dolores hija mía! Muero sin darte un abrazo y sin que pueda á
la voz decirte mi última voluntad. Te he prometido á Montealegre
como esposa: recuerda que tu padre, como viejo soldado, sacrificó
todo al honor.
«Yo te bendigo, y si cumples lo que he prometido, te cubrirá la
bendición del cielo.
«Montealegre me ha socorrido, pues muero miserable, y si él
socorre á ustedes, como yo confío y él me lo ha prometido, le
deberán ustedes mucho, y espero que no sean ingratas."
Pocas horas después el cadáver del Coronel, presentando siempre
el aspecto marcial que lo había distinguido en vida, estaba tendido
en la mitad de la choza y los bogas le habían colocado cuatro
velas.
Montealegre, contemplándolo impávido, decía:
-He logrado mi objeto: ya nadie se opondrá á mis deseos. Soy
rico, y esta carta me hace dueño de Dolores!
-Muchachos! dijo á los bogas, ¿cuántos días hay de aquí á
Honda?
-Seis.
-Doble paga si llegamos en tres días, y marchemos en el
acto!
- ¿Y no enterramos al Coronel?
-No hay tiempo para eso. -
-Eso no; gritó el patrón del champán: eso no se hace ni con un
perro; y yo no me voy sin haberle dado sepultura, rezado un
padrenuestro y puesto una cruz en el lugar en que se quede, para
que siempre que pase por aquí el champán recemos por su alma.
Así lo hicieron: en una improvisada barbacoa condujeron al
Coronel al pié de un caucho, abrieron la huesa, y llorando los
bogas por tan buen blanco, la cubrieron de arena y colocaron una
cruz que el tiempo había respetado hasta 1854.
III.
Las herraduras de un caballo que se paraba á la puerta de una
casa situada en la calle de los Carneros, hicieron salir gritando
¡papá! ¡papá! á una hermosa niña, quien, viendo la figura de
Montealegre, se quedó parada y temblorosa, como temiendo una
desgracia.
- ¿Papá dónde está? le preguntó al cabo de un momento.
Montealegre no contestó; y Dolores, que era la niña, empezó á
dar gritos y á derramar un torrente de lágrimas.
El corazón de Montealegre se sintió conmovido en presencia de
tan profundo dolor, y parecía vacilar en sus funestos proyectos;
pero la vista de esa mujer encendió de nuevo en su alma la
volcánica pasión que lo devoraba, y dijo:
-Su padre, señorita, ha muerto!
En este instante apareció la infeliz madre en el umbral de la
puerta, y cayó herida como por un rayo.
El dolor, la desolación y la miseria fueron desde entonces los
huéspedes inseparables del antes feliz hogar; y el amor entre la
madre y la hija se hizo más estrecho, como para presentar así
unidas un solo grupo á los tiros de la suerte.
El corazón no resiste el seguirlas en su carrera de infortunio,
en sus tristes, solitarios días, en sus noches eternas, en que toda
palabra traía un recuerdo doloroso y toda conversación terminaba
con lágrimas, en que, sin embargo, no se hablaba más que del
Coronel, y á él eran dirigidas todas las oraciones de la madre y de
la hija.
Los amigos fueron desapareciendo; el lujo de la casa se fué
desvaneciendo, consumido por las necesidades; de un hogar cómodo
fueron a otro más estrecho, y de ahí fueron rodando, impulsadas por
la miseria, á una pequeña casa en la calle del Panteón de las
Niéves, desmantelada y sin más que un lecho en donde se recogían la
madre y la hija.
Aquélla, debilitada por los sufrimientos, parecía extinguirse; y
llevando en el rostro las huellas del dolor, pálida, ojerosa y
acongojada, tenía alguna semejanza con las Dolorosas pintadas por
Vásquez. La hija no dejaba de llorar sino para trabajar en
costuras, con cuyo producto tenía que hacer frente á la
miseria.
Una noche, sentadas al rededor de una mesita donde había una
vela moribunda, la hija cosiendo y la madre llorando, dominadas
siempre por el mismo pensamiento, ésta dijo
-Leeme otra vez su carta.
Dolores se levantó y tomó del canastico de su costura un papel
gastado yá, en el cual leyó, interrumpiéndose á cada momento para
enjugar el llanto, la carta del Coronel.
La madre, bañada aún en lágrimas y con voz desfalleciente,
preguntó á Dolores
- ¿Qué dices, hija mía?
-Ay! mamá, que eso es imposible! Papá no ha podido querer mi
sacrificio. Ese hombre me inspira aversión invencible.
Un profundo silencio, interrumpido apenas por prolongados
suspiros, reinó toda esa noche entre las dos mujeres.
Hay un tormento cruel á que los ricos sujetan con frecuencia á
las mujeres pobres, presentándoles el mágico embeleso del lujo y
del placer, para exigir de ellas un sacrificio moral, las primicias
de su virtud, un amor que se vende ó la esclavitud de los afectos,
durante la vida entera, de un matrimonio. En este tormento en que
el corazón sufre como sufrían los miembros rotos en el tormento
físico, muchas mujeres sucumben y manchan su frente, ó se venden
como las sircasianas por las telas de Oriente: otras resisten, pero
llevan después la imagen de ese mundo fantástico que se reveló á
sus ojos cuando quisieron ser buenas.
Montealegre, hombre de mundo, conocía muy bien el poder que la
riqueza le daba, y no dejó un solo día de ir á aplicar el tormento
moral á las dos abandonadas mujeres, solicitando la mano de
Dolores; pero la naturaleza privilegiada de ésta le hacía soportar
con orgullo, y casi con el placer de un mártir, las agonías lentas
pero terribles de la pobreza.
Su madre era víctima de una doble tortura, porque tenía que
luchar entre la promesa hecha por su esposo al tiempo de morir y la
repulsión invencible de su hija; pero esa lucha la devoraba por
dentro, y cuando caía postrada, creía ver la imponente sombra de su
esposo, de ese esposo á quien siempre había obedecido, que le
exigía el cumplimiento de su palabra dada. Y cuando volvía, refería
á Dolores esos fatales sueños lo que agravaba la situación de la
pobre niña.
El corazón de la mujer es una lámpara que el amor vivifica y
embellece, y cuando el amor falta, la luz vacila, el valor la
alimenta por algunos instantes, la vida se prolonga entre lágrimas
y recuerdos, pero pronto se extingue. La madre había sido feliz con
el amor del Coronel, muerto el cual, había sentido el alma
desgarrada, el corazón se le enfriaba y la vida era sólo llama
flotante que al menor soplo muere.
Una noche del mes de Octubre, la lluvia, recia y continuada,
batía las paredes de la pequeña casa con ruido melancólico y
triste: el viento que soplaba de Oriente, al introducirse por las
rendijas de la desvencijada puerta, silbaba aterrador, y los
relámpagos, que se sucedían á cada instante, aumentaban el horror
de la escena. Las dos mujeres estaban solas y á oscuras, porque no
habían tenido con qué comprar una vela. La madre estaba tendida en
el lecho, con la frente reclinada, y Dolores, de rodillas en el
suelo, le tenía los yertos pies entre sus lindas manos para
calentárselos.
- ¡Qué frio, hija!
Dolores se levantó, buscó algo por todas partes en la desierta
morada, y no encontró nada con qué aumentar el calor de la madre;
pero, como si dé repente hubiera caído en la cuenta de algo que
antes no se le había ocurrido y por lo cual se hacía un cargo, se
quitó apresuradamente una chaqueta raída de terciopelo, resto de su
antiguo lujo, y la echó sobre las rodillas de la madre, quedándose
ella tiritando de frío en el húmedo cuarto.
-Dame tu mano, Dolores.
La moribunda la tomó, la llevó á los helados labios y luégo la
puso sobre su corazón, que palpitaba lenta y pausadamente como la
péndola de un reloj al acabársele la cuerda, que á cada instante
oscila con más calma.
-Voy á dejarte.
- Ah! no, no mamá, gritó la niña. Eso es imposible, y la
devoraba á besos.
-Sí, voy á morir. ¡Pobre de mi hija! Hermosa y en la miseria
¿quién la amparará?
- Dios, madre mía
- Oyeme, Dolores, tengo miedo de encontrarme con tu padre y que
en vez de estrecharme lleno de amor entre sus brazos, con la faz
imponente y severa me diga: - ¿Por qué no cumplistes mi última
voluntad? Esposa desobediente, estarás separada de mí por toda la
eternidad!
- ¡Madre mía!
- Yo no te exijo nada : nada te pido ; pero comprende bien que
ha sido la única vez que mi esposo no fue obedecido, y que es
horrible presentarme á él para ser rechazada.
-Madre mía! madre mía! Tranquilízate, la voluntad de mi padre
será cumplida. Seré la esposa de Montealegre.
La madre estrechó más vivamente la mano de su hija contra el
seno, y se sentó para besarla.
Cuando lo hizo, dijo: Ay! ay! me vuelve el dolor. ¿Queda algo de
láudano?
-Sí, mamá.
Dolores la dejó un momento para alcanzar del poyo de la ventana
el frasco, y cuando volvió, la madre yá no estaba sentada. La llamó
y no contestó, tentó en la oscuridad y encontró el rostro rígido y
yerto; buscó la boca para darle el láudano, y la halló cerrada y
trabada, puso la mano sobre el corazón, y yá no latía.
- ¡Murió! dijo, lanzando un grito que debió de lastimar el
corazón de Dios; y se arrojó sobre el cadáver, dando alaridos y
bañándolo en llanto.
La noche que pasó Dolores en presencia del cadáver de su madre,
sola y desamparada, no puede describirse. Al día siguiente unas
mujeres caritativas la sacaron de esa mansión de lágrimas y muerte,
sin que ella llevase más que el frasco de láudano que
instintivamente había tenido asido toda la noche.
IV.
Dolores vivía pocos años después con su esposo Juan Montealegre
en la quinta de Guanacas; quinta que en otro tiempo fué el teatro
de los devaneos de Doña Manuela Sáenz, á quien el vulgo llamaba la
Libertadora; quinta de fiestas, de bailes y de banquetes, donde
aquella mujer extraordinaria ostentaba toda su gracia varonil y
toda la pompa de una reina; donde se hacían combinaciones
bolivianas que habían de decidir del porvenir de la América, y
donde los jóvenes Representantes de Colombia, ebrios de amor, de
placer y de vino, olvidaban las cadenas de oro de la patria: quinta
que fué perdiendo su opulencia, que fué arruinándose, y que en la
época de esta historia no conservaba yá de su esplendor sino los
recuerdos: espaciosos jardines abandonados, salones arruinados,
pero cuyas paredes conservaban todavía los dorados papeles de otro
tiempo, y algunas piezas desamuebladas, que eran las habitaciones
de los dos esposos.
El hogar de Dolores era triste; á los primeros raptos de amor de
Montealegre había sucedido la tibieza de una larga posesión, tan
natural en los hombres á quienes sólo anima el fuego de los
sentidos y para quienes la saciedad quita el encanto del objeto que
se posee. Después había venido el fastidio de escenas iguales,
jamás iluminadas por el sol de esa ternura que hace comunes el
placer y la desgracia; y últimamente, el encono del esposo por la
tristeza habitual de Dolores, y las recriminaciones por no haberlo
amado siempre.
Dolores sufría resignada y humilde.
Montealegre había buscado fuera de su hogar el placer, y había
encontrado la ruina de su fortuna en el juego; y esto había acabado
de agriar su carácter, haciéndolo cruel con su pobre mujer. Llegaba
siempre indiferente, la trataba con dureza, le exigía todo con
altanería; y luégo la dejaba hasta tarde de la noche, en que venía
de la casa de juego, frecuentemente renegando de su mala
fortuna.
La arruinada quinta tenía mal nombre en la vecindad, porque en
ella espantaban. Los criados no duraban, porque decían que sentían
entrar tarde de la noche personajes misteriosos que se iban con el
alba: que se oían con frecuencia pisadas en los vastos aposentos y
las puertas abrirse y cerrarse espontáneamente toda la noche.
Todo esto era mentira, y Montealegre así lo conocía y se burlaba
cruelmente de su esposa cuando se lo refería; pero la infeliz tenía
miedo de estar sola en la desierta casa, y pasaba largas noches de
soledad, crispada, temblorosa, los ojos extraviados, escuchando
todos los ruidos, oyendo silbar el viento y espantada de sus
propios movimientos.
Una noche se levantó en medio del silencio una voz armoniosa
que, al compás de la guitarra, cantaba dulcemente en la calle, al
pié de la ventana.
¡El mismo canto de Egipto! gritó Dolores en medio de su
sorpresa; y no pudiendo contenerse, abrió la ventana, y á la pálida
luz de la luna vió á un joven de aire melancólico y distraído, que,
con la guitarra en la mano y flotante la negra cabellera, tenía los
ojos levantados al cielo y en actitud suplicante. Dolores había
conocido á este hombre, ¿en dónde? En sus sueños de amor
desvanecidos.
Este canto vino á renovar en su alma un fuego que no se había
extinguido; y trajo á su memoria la imagen de esos días de
inocencia, de felicidad, de perfumes y de luz, que para siempre
habían huido; y asociándola en su imaginación al recuerdo de su
madre y á las ilusiones venturosas que anidaba su corazón el día de
la misa de aguinaldo, le hizo verter abundante llanto, pero llanto
dulce, como el que se derrama al volver á encontrar á una persona
querida.
Después todas las noches y á la misma hora el canto cadencioso
se escuchaba siempre. Ya Dolores no se sentía sola; el miedo había
desaparecido: anhelante esperaba que llegase la hora del canto, y
escuchándolo se quedaba dormida.
Pero el que así cantaba era un loco.
¿Por qué razón iba allí á cantar? ¿Había amado á Dolores? ¿Esta
mujer había tenido alguna influencia en su locura? Misterio.
Es el genio centella celestial que iluminando quema: sus
creaciones que al mundo deslumbran, son la pálida imagen del
trabajo incesante de un cerebro ardiente; una chispa más, y el
cerebro se calcina y la locura viene. Tasso, inspirado del cielo,
fué un sublime demente.
¿Quién que se haya dejado arrastrar por una fogosa fantasía,
encantado con las bellezas luminosas de la poesía, no ha recorrido
un mundo imaginario, aéreo y hermoso, donde todo es armonía, y
donde el alma aspira perfumes desconocidos y el corazón adivina el
amor? Ese mundo es la región donde reina la locura; y cuando el
poeta vuelve de un vértigo y siente que la sien palpita, viene de
ese mundo á contemplar la realidad de la vida.
Rafael, artista desgraciado, sintiendo en su seno bullir el
entusiasmo, lleno de fe en el porvenir, abrazó con calor una
carrera que no le había de dar más que miserias y desprecio; á cada
decepción su alma se irritaba, y á cada espina que pisaba cuando
buscaba flores, el dolor extremecía su corazón. Y empezando por
huir de una sociedad que lo mortificaba, la soledad exaltó su
fantasía, y se hizo ocioso y soñador; luégo fué indiferente á los
estímulos del placer y la ambición, é irritado por la burla y el
escarnio, se volvió loco.
Montealegre, informado del canto misterioso que todas las noches
iba á interrumpir el silencio pavoroso de Guanacas, tuvo celos,
única pasión que el amor alcanza á encender en los corazones
endurecidos, pero que, como el fuego que alcanza á penetrar en el
corazón de los troncos de guayacán que resisten al hacha, los
devora por dentro y es inextinguible; tuvo celos, y esta pasión no
le sirvió para comprender el mérito de Dolores y para amarla cual
debía, sino que lo irritó más, llevándolo hasta la violencia y
poniéndolo sediento de sangre y de crímenes.
Montealegre espiaba á Dolores: fingía ausentarse y llegaba de
repente con la esperanza de encontrarla con su amante y poderla
matar con licencia de la ley; pero salían fallidos sus proyectos.
Una noche llego hasta ponerle un puñal en el seno, amenazando
matarla si no le revelaba el nombre de su amante.
La tranquila inocencia de Dolores era á sus ojos una profunda
hipocresía, un refinamiento en el vicio que hacía impotentes sus
esfuerzos y sus amenazas; y entonces resolvió echarla de su casa,
previniéndose con una acusación como adúltera en caso de que ella
se presentase á la justicia por reparación.
-Nada tragiste á mi casa, le dijo al despedirla, nada
sacarás.
A Dolores le pareció que así debía ser; pero al llegar al umbral
de la puerta, recordó que había traído el frasco de láudano que
había servido á su madre moribunda, y que era su única propiedad, y
se volvió á sacarlo.
Arrojada del hogar, desechada de su esposo, pobre, hermosa y
pesando sobre su frente el anatema de una sospecha, Dolores sólo
encontraba abierto el camino del vicio: del vicio que en Bogota
tiene un asilo en cada calle para las mujeres desgraciadas, altares
donde los jovenes van á quemar incienso, y un mundo de placeres y
de obsequios, vedado siempre á la virtud que espera; pero Dolores,
santamente ignorante de los senderos que, cubiertos de flores,
conducen á la prostitución, se refugió en casa de los señores
E…… , antigua familia de la aristocracia bogotana, que,
como todas las otras, había caído de su esplendor, pero que
conservaba las tradiciones de honradez y el instinto de la
beneficencia.
Vivía esta familia en la quinta de paja que estaba edificada en
medio de un solar al frente del puente nuevo, y que en la época á
que nos referimos estaba descubierta, rodeada sólo por una tapia
baja y dominada por el puente y la calzada, que estaban á una
altura de diez metros sobre el piso de la quinta. A Dolores se le
dió uno de los cuarticos que están en el corredor alto que daba
hacia el puente, y que tenía una reja de cristales.
Dolores no dormia, velaba, oraba ó trabajaba; y la luz de su
cuarto se veía brillar toda la noche por los que atravesaban el
puente á diversas horas.
A pocas noches de vivir allí Dolores, se oyó la voz del cantor
de Egipto, que desde encima del puente cantaba, como siempre,
armoniosamente.
Dolores no pudo contenerse é instintivamente se asomó á la reja
de cristales y vió, iluminado por la luna que le caía de frente,
reclinado contra la muralla, a Rafael, que tenia algo de divino,
pero algo de terrible, como los griegos inspirados por el fuego de
las cavernas donde iban á consultar á los dioses.
Lo que Dolores sentía al escuchar ese canto nada tenía del amor
común á los mortales, era una mezcla de gratitud, de fe, de
embriaguez que enajenaba su alma; y el cantor llegó á ser para ella
un ente misterioso, un ser como la estrella que preside el destino
de la criatura y la acompaña al través del desierto de la vida.
Pero ay! un día, desde su ventana, vió que aquel hombre
desgreñado, pálido y enfurecido se debatía entre dos gendarmas que
lo arrastraban por la fuerza; y vió que la multitud agrupada se
reía; y oyó que los niños gritaban : Es un loco! es un loco! es un
loco que llevan á la jaula!
El corazón de la infeliz Dolores dió un vuelco y dejó de latir
por unos instantes. ¿Qué le quedaba ya en la vida?
Montealegre no sentía ya por Dolores amor, sino odio, como
sucede á los seres á quienes Dios ó la naturaleza ha ligado para
siempre, y que encuentran de repente roto el vínculo que unía sus
corazones, pero firme la cadena que liga sus destinos. Nada hay más
terrible que el odio de dos hermanos como don Pedro y don Enrique
de Castilla; nada más cruel y más común que el aborrecimiento de
dos esposos que se juraron eterno amor. Montealegre no había
renunciado al derecho de perseguir á Dolores, pues era una
necesidad de su alma; y fué á la casa donde se había refugiado
Dolores á sembrar la inquietud y á infundir sospechas sobre la
conducta de su esposa.
Una noche el loco escapado de la jaula fué al frente de la casa
de Dolores á cantar, y como la luz no aparecía en la reja,
principió á llamarla: sus voces despertaron á la señora de la casa,
quien, habiéndose levantado, fué al cuarto de aquélla y la encontró
despierta y vestida.
Las sospechas estaban confirmadas: Dolores, profanando el asilo
que le habían dado, recibía á un hombre en la quinta.
La indignación natural en una madre que ve deshonrada su casa y
expuesto el nombre de sus hijas de la maledicencia, estalló en la
señora, y en medio de la indignación dijo:
-Dolores, mañana, en vez de una familia virtuosa, tendrás por
compañeras á las mujeres del divorcio.
El divorcio es la prisión de mujeres donde, aglomeradas y en
espantosa confusión, se encuentran en Bogotá las más inmundas
prostitutas, las ladronas y las envenenadoras, con las pobres
sindicadas de algún delito leve ó con las que han cometido alguna
falta en el hogar doméstico; y de donde las sacan en medio de
gendarmas armados de látigo, para hacerlas trabajar en afrentosa
vergüenza, á la presencia de todos, á desherbar las calles
públicas.
Dolores nada contestó; se arrodilló, tomó la mano de la señora,
la bañó con sus lágrimas y la besó con humildad.
V.
La multitud al día siguiente se agrupaba á la puerta de la
quinta con esa ansiedad y ese entusiasmo que demuestra siempre
cuando hay algún acontecimiento extraordinario ó algún espectáculo
sangriento; pero la puerta permanecía cerrada y sólo se oían en el
interior voces de duelo, y de vez en cuando á algunas mujeres que
lloraban.
Por en medio de la gente y abriéndose campo con grande esfuerzo,
se presentó un joven magistrado que, en nombre de la justicia,
mandó abrir la puerta; pero al penetrar él, la turba,
atropellándolo todo, invadió la quinta y se precipitó en tropel
hasta el interior.
Dolores se aparecía á los ojos de la multitud, tendida en el
suelo, con un frasco de láudano casi agotado, en la mano, y la
rubia cabellera suelta en mil rizos, formándole aureola; pálida,
como el lirio que, fresco aún, la tempestad ha tronchado por la
noche, una sonrisa triste dibujada en los labios y una lágrima
brillando todavía entre sus largas pestañas.
Se mató! se suicidó! se envenenó! repetían todas las bocas; y
oleadas de gente se sucedían unas á otras para venir á contemplar
el cadáver de Dolores, con esa agitación que bulle siempre en el
corazón del hombre en presencia de una gran desgracia; y las
mujeres lloraban, los hombres manifestaban indignación y los niños
se burlaban de unas y otros.
El rumor de la muerte de Dolores, extendido por toda la ciudad,
llegó hasta Montealegre, quien se apresuró á ir á verla, y en
presencia del cadáver dijo
Adúltera y suicida: que la lleven á LAS TAPIAS DE PILATOS.
En toda ciudad hay un lugar de horror para los niños, de
siniestros antecedentes para el pueblo, que lo mira siempre con
aversión y con espanto, y cuyo nombre va trasmitiéndose de
generación en generación, como si fuese la maldición de Caín
impuesta sobre un pedazo de terreno. En Bogotá ese lugar lo llaman
las tapias de Pilatos: está situado en un rincón entre las breñas
de uno de los altos cerros que coronan la ciudad, no tiene ni un
árbol, ni una planta, y hay en él el resto de un edificio que nadie
sabe quién edificó y que el tiempo ha respetado. Este lugar lo
señalan de lejos los niños, cuando van á bañarse á los Laches: las
lavanderas á quienes sorprende la noche, pasan por cerca de él
rezando; y el vulgo refiere cosas extraordinarias que allí
pasan.
LAS TAPIAS DE PILATOS eran, desde tiempo inmemorial, el lugar á
donde se arrojaban los cadáveres de los suicidas, á quienes la
misericordia de Dios quizás había perdonado, pero á quienes los
hombres siempre implacables, negaban un puesto en el asilo común,
queriendo echar sobre el inanimado cuerpo la infamia y la
deshonra.
El joven magistrado se sintió indignado al escuchar las palabras
de Montealegre, lo hizo salir de la pieza mortuoria, y lleno de
compasión por la víctima, mandó retirar á la multitud, y dispuso
que el cadáver fuese trasladado de noche y en silencio al
anfitreatro del hospital de San Juan de Dios, para hacerle la
auptosia.
Era de noche, muy tarde ya, y el anfiteatro estaba apenas
iluminado por una débil luz que dejaba oscuros los extremos del
salón; el cadáver de Dolores yacía sobre una mesa, y á su rededor
se hallaban dos viejos cirujanos: los doctores Pardo y Vargas,
Emilio Pereira, joven estudiante y el magistrado que presidía.
- ¿No hay ningún síntoma de envenenamiento? dijo uno de los
cirujanos.
-No se halla el láudano en ninguna parte, dijo Emilio
Pereira.
-Examinen ustedes bien, dijo el magistrado.
-Rompa usted el pecho.
Siguió un silencio profundo que la solemnidad de la escena hacía
pavoroso.
Una voz que parecía salir del fondo de la tierra cantaba
melancólica y dulcemente.
Era la de Rafael Martínez, que cantaba desde su jaula de loco,
colocada en la parte baja del edificio de San Juan de Dios.
El cadáver pareció extremecerse; era que la mano de Emilio había
temblado al introducir el escalpelo.
La disección continuó en silencio; se oían los latidos de todos
los corazones, y nadie osaba pronunciar una palabra.
Al fin Emilio dijo:
-Es evidente; esta mujer no ha muerto envenenada. Vean ustedes
este corazón, está endurecido, y una parte de él agangrenada: hacía
mucho tiempo que vivía enferma. Esta mujer ha muerto de dolor!
- ¿Juran ustedes, preguntó el magistrado, que esta mujer no ha
muerto envenenada?
Sí juramos, contestaron á una los tres cirujanos.
El magistrado hizo entonces conducir á Dolores al cementerio
cristiano de los pobres, y él mismo colocó sobre su huesa una
flor.
Este magistrado era amigo nuestro.