INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
XXX. - DOLORES.

 

I.

 

Al pié de dos cerros pertenecientes á la cordillera de los Andes se levanta, como en un nido de musgo, la lejana ciudad de Bogotá; ciudad española, mística y alegre, que embellece sus fiestas con el prestigio religioso, y da á la religión una pompa que arrastra á la multitud y que tiene encantos para el que cree y adora los misterios, para el que goza en los placeres inocentes y sencillos del pueblo, y para el que entre el humo del incienso y el perfume de las flores va á recoger bellos recuerdos, olvidadas creencias y sueños dorados de una juventud que se extinguió.

En una mañana del alegre Diciembre en Bogotá, cuando el sol se levantaba suntuoso detrás de la cordillera cubierta de laurel que domina la ciudad, y sus rayos iban á lo lejos á iluminar la espléndida llanura, envuelta aun por copos de niebla que suavemente se levantaban para desvanecerse en el cielo: cuando los copetones y cucaracheros lanzaban sus más sabrosos cantos, y el rocío, que es como el llanto místico de la noche, se mecía sobre el prado y brillaba como diamantes al reflejo de la luz; en una de esas mañanas en que la naturaleza ríe, canta y enamora, predisponiendo todos los corazones para la alegría y el placer, subían á la risueña ermita de Egipto, á la misa de aguinaldo, dos mujeres lujosamente vestidas, aunque con el traje nacional de saya y de mantilla, aprisa, porque ya habían dado el segundo repique, conversando alegres y con aire de asistir á una fiesta más bien que á una Ceremonia religiosa.     

Eran madre é hija.

La primera tenía una noble y distinguida fisonomía, grandes ojos negros, rasgados, de esos que revelan el alma al través de un océano de ternura: la cara blanca, pálida, como la de las madonas de mármol que se encuentran en capillas descubiertas en los caminos de Italia y que el pueblo adora por su belleza: boca grande, labios delgados, donde se dibuja siempre una sonrisa dulce y celestial, y una frente donde se ostentaba el pensamiento; pero ya no era joven.

Al marchar por el inclinado sendero de cerezos y borracheros que conduce al pié de la pequeña capilla, y donde en espléndido panorama se presenta la llanura verde y alegre, la laguna de Fontibón que refleja la luz y el horizonte limitado por los azules cerros de Occidente, la madre extendió una mirada por todas partes, y luégo la fijó en su hija con inefable placer y con supremo orgullo, como si dijese en su corazón: ¡No; ni el sol, ni el cielo, nada hay igual á mi hija!

Ay! Tenía razón. ¡Cuán bella era Dolores!

Solo en América pueden encontrarse esas mujeres de tez de nieve y cútis suave como el de las inglesas, pero con ojos chispeantes y la mirada profunda de las que ha embellecido el sol del medio día; sólo aquí se encuentra esa suavidad de la niñez de quince años con ese fuego que hace latir el corazón de las hijas de Arabia; sólo en Bogotá hay esa belleza sobrehumana, que al puro aristocrático tipo europeo, une la gentileza y gallardía de la América; pero sólo en el cielo se hallarán esos seres que como una visión suelen aparecer en los sueños de rosa de la juventud para volar después, dejando su recuerdo una huella luminosa en nuestra alma, como la estela del buque en medio del océano. Así era Dolores.

La mantilla de terciopelo negro se le había rodado de la cabeza, y dejaba ver sus rubios, suavísimos crespos, que, ondulantes, caían hasta su cuello de cisne; unas formas magníficas estaban veladas por el estrecho corpiño de seda que las ceñía dibujándolas; y al levantar la flotante falda de la saya para no pisarla, se veía un lindo pié, que movía con una delicadeza y una gracia que haría la envidia de las andaluzas y que jamás tuvieron las vestales.

-Ay! mamá, qué hermosa mañana ! ¡Qué aire tan puro! Que sabrosos repiques! Qué feliz me siento!

-Sólo tu papá nos falta para pasar alegres el Diciembre; pero tengo esperanza de que no principie el nuevo año sin que lo hayamos abrazado. Ya está en la Costa, de regreso de Jamaica.

-Yo le escribí que viniera para la noche buena y pidiéndole mis aguinaldos. Si llega, ¡qué contentas vamos á estar!

-Cuando llegue el piano haremos una tertulia para estrenarlo.

Al llegar al pié de la pendiente escalera que conduce á la capillita, interrumpieron su diálogo las dos mujeres, porque el atrio estaba lleno de elegantes, entre los cuales se escuchó un murmullo de admiración al contemplar á Dolores; y sobre su cabeza cayó una lluvia de ramos de flores de los que los alféreces de la misa arrojaban desde el campañario á las concurrentes.

Dolores bajó la mirada pudorosa, se cubrió parte de la faz con la mantilla, y, temblorosa, se deslizó entre la fila de jovenes que obstruía la puerta de la iglesia, yendo á arrodillarse al pie del altar de Santa Orocia, humilde y devota, llena de unción y pensando sólo en Dios.

La fiesta era espléndida, los alféreces habían adornado la iglesia con lujo y toda la plazuela y el atrio estaban llenos de arcos de laurel; durante la misa resonaban estrepitosos fuegos artificiales en el exterior, y del coro se lanzaban palomas llenas de cintas. Guarín había llevado su piano, y sus armonías llegaban al cielo con las oraciones del sacerdote, el humo del incienso y el perfume de las flores.

En esta historia tropezaremos con muchos muertos, esto le sucede al que visita los cementerios, y el corazón del hombre, cuando pasa la juventud, es un cementerio donde yacen, hacinados y confundidos, bellos recuerdos de extinguida gloria, suspiros de dolor, besos helados con el frío de la muerte y lágrimas que conservan su tristeza y su amargura; pero hay placer en pasearse á la sombra de los laureles que nacen sobre la tumba de los hombres que, más felices que nosotros, murieron dejando un recuerdo de gloria; y su eterna calma nos invita á tributarles el testimonio de nuestra admiración, sin miedo á su grandeza, y gozando de ese amor místico y sagrado que, al través de los años, une al grande artista con el poeta que lo admira.

Por esto hablamos de Guarín; porque vivir en la memoria de los que aman y esperan, es el último estímulo para los artistas, para esos hombres que llevan una vida de amargura y de miseria, que soportan resignados un presente fatigoso, consagrados á las duras fatigas de su profesión, y que solo aspiran á dejar un recuerdo grato y una corona para su tumba.

Al través de la tormenta revolucionaria muchos nombres de héroes se han proclamado al estampido del cañón, que el eco ha llevado á lo lejos, y que se han ido perdiendo y extinguiendo como el humo de la pólvora; pero el nombre de Guarín, ese artista que tuvo una vida modesta y resignada, no se ha perdido aún, porque el genio lo cubre con sus alas y el corazón se complace en recordarlo.

A los hijos desheredados del pueblo, la Providencia les concede á veces una chispa del fuego celestial y hace de ellos bardos que encantan existencia, que inspiran las grandes pasiones y que conservan la memoria de la virtud, ó grandes artistas que, como Guarín, con celestiales armonías derraman un mar de emociones sobre los que alcanzan á oírlos, ó dejan para el porvenir melodías encantadoras, como el canto del ave gemebunda que oye el viajero atravesando el desierto.

La pobreza, siempre compañera de la virtud de los artistas, y que lleva á los hombres débiles á la desesperación, es santa y benéfica para las naturalezas privilegiadas, porque los aparta de esos placeres que enervan y adormecen el alma, y los obliga á buscar en su arte la felicidad y los medios de proveer á su existencia, y así es que éstos encuentran fuentes de inspiración que sólo ellos conocen. Guarín, hijo del pueblo, pobre siempre, fué un músico eminente.

Durante toda la misa estuvo alternando el piano de Guarín con una música de viento que tocaba piezas alegres y bulliciosas; pero al tiempo de la consagración se levantó del coro una voz armoniosa, magnífica, sublime, que hacía resonar los arcos de la pequeña capilla, y que parecía impregnada de ese aire místico que envuelve los misterios de Dios, y que sólo los ángeles pueden interpretar en sus eternas alabanzas.

Era la voz de Rafael Martínez, artista cantor, amigo de Guarín, con genio como él, pero más desgraciado ; porque el nombre, la gloria y la fortuna no vienen siempre, y Rafael se extinguió sin conseguirlos, como esas flores que nacen en medio del bosque, cuyo perfume trasciende á lo lejos, pero cuya hermosura nadie ha conocido.

Al escuchar esta voz, Dolores sintió un algo desconocido que corría por sus venas y moría en el corazón: un extremecimiento magnético que le producía un deleite supremo y embriagador, al mismo tiempo que su alma, abierta á nueva luz y nuevos horizontes, entreveía el cielo, gozaba de sus delicias y se sentía arrastrada en el vuelo fantástico del ángel.

Dolores sintió amor.

Sintió amor por el desconocido; pero demasiado inocente para conocerlo, su pecho conservó sólo de aquel momento un raro, extraño recuerdo, mezcla de santidad, de dicha y de deleite místico; y desde entonces se sintió más inclinada á la piedad, su genio alegre se hizo soñador, y con frecuencia pasaba horas enteras sin saberse si oraba, si soñaba ó si pedía.

Para formar una idea exacta del carácter de Dolores, es preciso saber que, educada en el aislamiento de la familia, no había recibido más lecciones que las de su padre y las de su madre: aquél un antiguo militar, dedicado después al comercio, y que le había mostrado todo lo que podía elevar su alma cuanto tiene la virtud de noble y de sublime y lo que se debe al honor y al respeto á la sociedad; mientras que la madre cultivaba en su corazón todos los sentimientos tiernos y dulces, el encanto de la modestia, de la piedad y del pudor, y cuanto tiene la virtud de consolador y de amable. Del concurso de estos cuidados resultó un carácter valeroso y sensible, á la par que extraordinaria energía y angélica dulzura; fué á la vez altiva como todo lo que viene del honor, y tierna, consagrada, mansa y apacible, como todo lo que viene del amor.

Pero sobre las cualidades adquiridas por la educación, dominaba una naturaleza nerviosa, extremadamente sensible, que la hacía capaz de todo en un momento de fiebre eléctrica; pero después de la cual sobrevenía una languidez y una extenuación que parecían concluir con sus fuerzas.

Las afecciones tiernas y profundas son las que se concentran en pocos objetos; así Dolores, que no conocía más que á sus padres, no amaba más que á ellos; los amaba con pasión, con delirio, y eran todo para ella en el mundo-los protectores de su debilidad y los compañeros de sus juegos. No sabía sino lo que ellos le habían enseñado: sus goces, sus comodidades, sus talentos, todo le venía de ellos; y persuadida de que todo lo santo y todo lo bueno era lo que ellos le mandaban, se acostumbró á una dependencia moral absoluta, y su espíritu obedecía ciegamente y con profunda fe cuanto le mandaban, lo que influyó poderosamente en el cumplimiento de su fatal destino.

Cuando contó á su madre las dulces, extrañas emociones que el canto de la misa de aguinaldo había despertado en su alma, su madre nada pudo adivinar, creyó que eran sueños de niña, éxtasis sublimes de la inocencia, y la dejó seguir en la vida un tanto mística que desde ese día abrazó con ardor, sin que por esto la dulce sonrisa desapareciese de sus lindos labios, y sin que la felicidad dejase un instante de batir sus alas sobre el grupo hermoso de las dos mujeres.

 

II.

 

Cuando esto pasaba en Bogotá, dos hombres subían penosamente el rio Magdalena, en un champán cargado de mercancías; y después de veinte días de navegación, cerca de San Pablo, sentados sobre la cubierta, tenían este amistoso diálogo:

-Me parece que no llego: la lentitud de este viaje me desespera. Estoy loco por volver á respirar el aire puro de mis montañas, y abrazar mi dulce esposa y á mi linda hija.

- ¿Amas mucho á tu hija?

- Ah! mucho! mucho! Creo verla en este momento con su traje blanco y una cinta negra al cuello, venir á besar mi arrugada frente. Todas las amarguras de la ausencia se disipan ante la dulce esperanza de volverla á estrechar entre mis brazos. Ella es mi ilusión, mi sueño, mi ventura como su madre ha sido el ángel que me ha guiado en todos mis trabajos. Estoy seguro de que sus plegarias me acompañan en este momento ¿Tú tienes alguna hija?

- ¿Me crees tan viejo que pueda tener hijos?

- Ah! entonces no sabes lo que es la felicidad. Tener una esposa, es tener siempre un hogar risueño, y en la desgracia, quien divida nuestras amarguras y enjugue nuestras lágrimas, sin que ella pida jamás otra cosa que ternura y amor. Y tener una hija, es poseer una flor cuyo perfume sólo se exhala para nosotros y cuya belleza hace el encanto de la vida.

- Poco me han gustado las mujeres. Son pájaros que deslumbran con sus plumas como los papagayos, pero que á los dos días atolondran con sus gritos y se desea regalarlos al primero que pase. En cuanto á los hijos, jamás he oído llorar un muchacho sin que me dé gana de cojerlo por el pescuezo y tirarlo á la mitad de un rio.

- ¿Cuál es, según tú, la felicidad de la vida?

-Ganar dinero; y como el medio más fácil de obtenerlo es jugando, en el juego paso la vida, porque éste me da también otro placer, el de ver llorar á los que pierden.

- ¿Jamás has amado?

- ¿Por qué me haces esa pregunta?

-Por nada.

Los que así hablaban eran el Coronel Julio Blanco, dedicado al comercio, que venía de Jamaica con mercancías, padre de Dolores, y Juan Montealegre, su compañero de viaje.

Este era un hombre de mediana edad, de frente achatada, de ojos azulosos, vivos y penetrantes, nariz aguda y rostro enjuto; que tenía algo de ave de rapiña, modales fáciles, aire suelto y sonrisa profundamente irónica.

Después de esta conversación, el Coronel guardó silencio y Montealegre alegre lo miraba con una sonrisa diabólica y despreciativa; y cuando aquél se quedó dormido, agobiado por el calor, éste exclamó:

- ¡Imbécil! Me pregunta si he amado, y no comprende que su hija me desespera, me irrita y me enfurece de amor. Que quisiera poseerla, aunque después viniera una eterna condenación. Que quisiera abrazarla no una, sino mil veces, estrecharla hasta hacerla morir en mis brazos, y morir yo también respirando el perfume de su seno.

Pocos días después los viajeros llegaban á «Buenavista, » pero el Coronel no pudo saltar á tierra, y dos bogas tuvieron que sacarlo alzado del champán y conducirlo á una choza, porque le había dado la fiebre del Magdalena y venía moribundo.

Una vez á la sombra, abrió los ojos y pidió agua; después, haciendo un grande esfuerzo, llamó á Montealegre, quien vino á sentarse á la orilla del lecho de guaduas en donde lo habían colocado.

-Me siento morir, le dijo el Coronel, y voy á morir sin abrazar á mi esposa y bendecir á mi hija.

-No tengas aprensión, la fiebre pronto desaparece; mas si quieres disponer algo, yo haré en todo tu voluntad, contestóle Montealegre.

-Sí, amigo, me muero, y confío á ti la suerte de mi mujer y el porvenir de mi hija. Júrame, Montealegre, que como hombre de honor cumplirás la voluntad de un infeliz padre moribundo.

-Así lo ofrezco.

- Toda mi fortuna, el producto de muchos años de trabajo mío y de la economía de mi esposa, está en este negocio de mercancías que llevo, cuyas facturas te doy, haciéndote depositario, para que las entregues á mi mujer.

-Oh! yo haré todo, todo lo que convenga.

-Otro servicio: toma papel y pluma, y escribe mi último adios á mi mujer y á mi Dolores.

Montealegre hizo lo que se le pedía, preparó los útiles de escritorio, y se puso á obedecer al moribundo, quien, sentándose penosamente en el lecho, le dictó, lenta y pausadamente, esta carta, interrumpida á veces por los sollozos y las lágrimas:

"Querida esposa mía:

 

¡Cuán corta ha sido nuestra vida de casados, y ya tengo que abandonarte! Te amo hoy tanto como el día de nuestra unión; y al separarme de ti en la tierra, quiero que sepas que sólo me has dado días de felicidad.

«Dolores ¡hija mía! Muero sin darte un abrazo y sin que sepas dónde está mi huesa, para que vengas á llorar sobre ella! Conserva tu virtud, que es mi encanto, y recuerda que tu padre, como viejo soldado, sacrificó todo al honor. Yo te bendigo, y con la mía te cubrirá la bendición del cielo.

«Montealegre queda encargado de llevar á mi esposa el negocio que traía y las facturas que también le entrego. Si él cumple, como confío lo ha prometido, le deberán ustedes mucho, y espero que no serán ingratas.

¡Adios esposa! ¡Adios hija! hasta la eternidad.»

Cuando hubo acabado, dijo á Montealegre:

-Traémela para firmarla y ponerle yo mismo el sobrescrito.

Montealegre se la alcanzó; el Coronel la firmó con mano temblorosa, y después de doblarla en cuatro, escribió encima:

« A mi señora Elena Gómez de Blanco» : la besó repetidas veces, lloró, y se quedó postrado por la emoción, con la carta en la mano.

Montealegre se la quitó con un placer indecible, y en un extremo de la choza se puso á leerla de nuevo. La carta había quedado escrita así

«Querida esposa mía:

«¡Cuán corta ha sido nuestra vida de casados, y ya tengo que abandonarte! Te escribo para exigirte el cumplimiento de un juramento tan sagrado como el que hiciste el día de nuestra unión: y quiero que sepas que en él está cifrada tu felicidad.

«Dolores hija mía! Muero sin darte un abrazo y sin que pueda á la voz decirte mi última voluntad. Te he prometido á Montealegre como esposa: recuerda que tu padre, como viejo soldado, sacrificó todo al honor.

«Yo te bendigo, y si cumples lo que he prometido, te cubrirá la bendición del cielo.

«Montealegre me ha socorrido, pues muero miserable, y si él socorre á ustedes, como yo confío y él me lo ha prometido, le deberán ustedes mucho, y espero que no sean ingratas."

Pocas horas después el cadáver del Coronel, presentando siempre el aspecto marcial que lo había distinguido en vida, estaba tendido en la mitad de la choza y los bogas le habían colocado cuatro velas.

Montealegre, contemplándolo impávido, decía:

-He logrado mi objeto: ya nadie se opondrá á mis deseos. Soy rico, y esta carta me hace dueño de Dolores!

-Muchachos! dijo á los bogas, ¿cuántos días hay de aquí á Honda?

-Seis.

-Doble paga si llegamos en tres días, y marchemos en el acto!

- ¿Y no enterramos al Coronel?

-No hay tiempo para eso.      -

-Eso no; gritó el patrón del champán: eso no se hace ni con un perro; y yo no me voy sin haberle dado sepultura, rezado un padrenuestro y puesto una cruz en el lugar en que se quede, para que siempre que pase por aquí el champán recemos por su alma.

Así lo hicieron: en una improvisada barbacoa condujeron al Coronel al pié de un caucho, abrieron la huesa, y llorando los bogas por tan buen blanco, la cubrieron de arena y colocaron una cruz que el tiempo había respetado hasta 1854.

 

III.

 

Las herraduras de un caballo que se paraba á la puerta de una casa situada en la calle de los Carneros, hicieron salir gritando ¡papá! ¡papá! á una hermosa niña, quien, viendo la figura de Montealegre, se quedó parada y temblorosa, como temiendo una desgracia.

- ¿Papá dónde está? le preguntó al cabo de un momento.

Montealegre no contestó; y Dolores, que era la niña, empezó á dar gritos y á derramar un torrente de lágrimas.

El corazón de Montealegre se sintió conmovido en presencia de tan profundo dolor, y parecía vacilar en sus funestos proyectos; pero la vista de esa mujer encendió de nuevo en su alma la volcánica pasión que lo devoraba, y dijo:

-Su padre, señorita, ha muerto!

En este instante apareció la infeliz madre en el umbral de la puerta, y cayó herida como por un rayo.

El dolor, la desolación y la miseria fueron desde entonces los huéspedes inseparables del antes feliz hogar; y el amor entre la madre y la hija se hizo más estrecho, como para presentar así unidas un solo grupo á los tiros de la suerte.

El corazón no resiste el seguirlas en su carrera de infortunio, en sus tristes, solitarios días, en sus noches eternas, en que toda palabra traía un recuerdo doloroso y toda conversación terminaba con lágrimas, en que, sin embargo, no se hablaba más que del Coronel, y á él eran dirigidas todas las oraciones de la madre y de la hija.

Los amigos fueron desapareciendo; el lujo de la casa se fué desvaneciendo, consumido por las necesidades; de un hogar cómodo fueron a otro más estrecho, y de ahí fueron rodando, impulsadas por la miseria, á una pequeña casa en la calle del Panteón de las Niéves, desmantelada y sin más que un lecho en donde se recogían la madre y la hija.

Aquélla, debilitada por los sufrimientos, parecía extinguirse; y llevando en el rostro las huellas del dolor, pálida, ojerosa y acongojada, tenía alguna semejanza con las Dolorosas pintadas por Vásquez. La hija no dejaba de llorar sino para trabajar en costuras, con cuyo producto tenía que hacer frente á la miseria.

Una noche, sentadas al rededor de una mesita donde había una vela moribunda, la hija cosiendo y la madre llorando, dominadas siempre por el mismo pensamiento, ésta dijo

-Leeme otra vez su carta.

Dolores se levantó y tomó del canastico de su costura un papel gastado yá, en el cual leyó, interrumpiéndose á cada momento para enjugar el llanto, la carta del Coronel.

La madre, bañada aún en lágrimas y con voz desfalleciente, preguntó á Dolores

- ¿Qué dices, hija mía?

-Ay! mamá, que eso es imposible! Papá no ha podido querer mi sacrificio. Ese hombre me inspira aversión invencible.

Un profundo silencio, interrumpido apenas por prolongados suspiros, reinó toda esa noche entre las dos mujeres.

Hay un tormento cruel á que los ricos sujetan con frecuencia á las mujeres pobres, presentándoles el mágico embeleso del lujo y del placer, para exigir de ellas un sacrificio moral, las primicias de su virtud, un amor que se vende ó la esclavitud de los afectos, durante la vida entera, de un matrimonio. En este tormento en que el corazón sufre como sufrían los miembros rotos en el tormento físico, muchas mujeres sucumben y manchan su frente, ó se venden como las sircasianas por las telas de Oriente: otras resisten, pero llevan después la imagen de ese mundo fantástico que se reveló á sus ojos cuando quisieron ser buenas.

Montealegre, hombre de mundo, conocía muy bien el poder que la riqueza le daba, y no dejó un solo día de ir á aplicar el tormento moral á las dos abandonadas mujeres, solicitando la mano de Dolores; pero la naturaleza privilegiada de ésta le hacía soportar con orgullo, y casi con el placer de un mártir, las agonías lentas pero terribles de la pobreza.

Su madre era víctima de una doble tortura, porque tenía que luchar entre la promesa hecha por su esposo al tiempo de morir y la repulsión invencible de su hija; pero esa lucha la devoraba por dentro, y cuando caía postrada, creía ver la imponente sombra de su esposo, de ese esposo á quien siempre había obedecido, que le exigía el cumplimiento de su palabra dada. Y cuando volvía, refería á Dolores esos fatales sueños lo que agravaba la situación de la pobre niña.

El corazón de la mujer es una lámpara que el amor vivifica y embellece, y cuando el amor falta, la luz vacila, el valor la alimenta por algunos instantes, la vida se prolonga entre lágrimas y recuerdos, pero pronto se extingue. La madre había sido feliz con el amor del Coronel, muerto el cual, había sentido el alma desgarrada, el corazón se le enfriaba y la vida era sólo llama flotante que al menor soplo muere.

Una noche del mes de Octubre, la lluvia, recia y continuada, batía las paredes de la pequeña casa con ruido melancólico y triste: el viento que soplaba de Oriente, al introducirse por las rendijas de la desvencijada puerta, silbaba aterrador, y los relámpagos, que se sucedían á cada instante, aumentaban el horror de la escena. Las dos mujeres estaban solas y á oscuras, porque no habían tenido con qué comprar una vela. La madre estaba tendida en el lecho, con la frente reclinada, y Dolores, de rodillas en el suelo, le tenía los yertos pies entre sus lindas manos para calentárselos.

- ¡Qué frio, hija!

Dolores se levantó, buscó algo por todas partes en la desierta morada, y no encontró nada con qué aumentar el calor de la madre; pero, como si dé repente hubiera caído en la cuenta de algo que antes no se le había ocurrido y por lo cual se hacía un cargo, se quitó apresuradamente una chaqueta raída de terciopelo, resto de su antiguo lujo, y la echó sobre las rodillas de la madre, quedándose ella tiritando de frío en el húmedo cuarto.

-Dame tu mano, Dolores.

La moribunda la tomó, la llevó á los helados labios y luégo la puso sobre su corazón, que palpitaba lenta y pausadamente como la péndola de un reloj al acabársele la cuerda, que á cada instante oscila con más calma.

-Voy á dejarte.

- Ah! no, no mamá, gritó la niña. Eso es imposible, y la devoraba á besos.

-Sí, voy á morir. ¡Pobre de mi hija! Hermosa y en la miseria ¿quién la amparará?

- Dios, madre mía

- Oyeme, Dolores, tengo miedo de encontrarme con tu padre y que en vez de estrecharme lleno de amor entre sus brazos, con la faz imponente y severa me diga: - ¿Por qué no cumplistes mi última voluntad? Esposa desobediente, estarás separada de mí por toda la eternidad!

- ¡Madre mía!

- Yo no te exijo nada : nada te pido ; pero comprende bien que ha sido la única vez que mi esposo no fue obedecido, y que es horrible presentarme á él para ser rechazada.

-Madre mía! madre mía! Tranquilízate, la voluntad de mi padre será cumplida. Seré la esposa de Montealegre.

La madre estrechó más vivamente la mano de su hija contra el seno, y se sentó para besarla.

Cuando lo hizo, dijo: Ay! ay! me vuelve el dolor. ¿Queda algo de láudano?

-Sí, mamá.

Dolores la dejó un momento para alcanzar del poyo de la ventana el frasco, y cuando volvió, la madre yá no estaba sentada. La llamó y no contestó, tentó en la oscuridad y encontró el rostro rígido y yerto; buscó la boca para darle el láudano, y la halló cerrada y trabada, puso la mano sobre el corazón, y yá no latía.

- ¡Murió! dijo, lanzando un grito que debió de lastimar el corazón de Dios; y se arrojó sobre el cadáver, dando alaridos y bañándolo en llanto.

La noche que pasó Dolores en presencia del cadáver de su madre, sola y desamparada, no puede describirse. Al día siguiente unas mujeres caritativas la sacaron de esa mansión de lágrimas y muerte, sin que ella llevase más que el frasco de láudano que instintivamente había tenido asido toda la noche.

 

IV.

 

Dolores vivía pocos años después con su esposo Juan Montealegre en la quinta de Guanacas; quinta que en otro tiempo fué el teatro de los devaneos de Doña Manuela Sáenz, á quien el vulgo llamaba la Libertadora; quinta de fiestas, de bailes y de banquetes, donde aquella mujer extraordinaria ostentaba toda su gracia varonil y toda la pompa de una reina; donde se hacían combinaciones bolivianas que habían de decidir del porvenir de la América, y donde los jóvenes Representantes de Colombia, ebrios de amor, de placer y de vino, olvidaban las cadenas de oro de la patria: quinta que fué perdiendo su opulencia, que fué arruinándose, y que en la época de esta historia no conservaba yá de su esplendor sino los recuerdos: espaciosos jardines abandonados, salones arruinados, pero cuyas paredes conservaban todavía los dorados papeles de otro tiempo, y algunas piezas desamuebladas, que eran las habitaciones de los dos esposos.

El hogar de Dolores era triste; á los primeros raptos de amor de Montealegre había sucedido la tibieza de una larga posesión, tan natural en los hombres á quienes sólo anima el fuego de los sentidos y para quienes la saciedad quita el encanto del objeto que se posee. Después había venido el fastidio de escenas iguales, jamás iluminadas por el sol de esa ternura que hace comunes el placer y la desgracia; y últimamente, el encono del esposo por la tristeza habitual de Dolores, y las recriminaciones por no haberlo amado siempre.

Dolores sufría resignada y humilde.

Montealegre había buscado fuera de su hogar el placer, y había encontrado la ruina de su fortuna en el juego; y esto había acabado de agriar su carácter, haciéndolo cruel con su pobre mujer. Llegaba siempre indiferente, la trataba con dureza, le exigía todo con altanería; y luégo la dejaba hasta tarde de la noche, en que venía de la casa de juego, frecuentemente renegando de su mala fortuna.

La arruinada quinta tenía mal nombre en la vecindad, porque en ella espantaban. Los criados no duraban, porque decían que sentían entrar tarde de la noche personajes misteriosos que se iban con el alba: que se oían con frecuencia pisadas en los vastos aposentos y las puertas abrirse y cerrarse espontáneamente toda la noche.

Todo esto era mentira, y Montealegre así lo conocía y se burlaba cruelmente de su esposa cuando se lo refería; pero la infeliz tenía miedo de estar sola en la desierta casa, y pasaba largas noches de soledad, crispada, temblorosa, los ojos extraviados, escuchando todos los ruidos, oyendo silbar el viento y espantada de sus propios movimientos.

Una noche se levantó en medio del silencio una voz armoniosa que, al compás de la guitarra, cantaba dulcemente en la calle, al pié de la ventana.

¡El mismo canto de Egipto! gritó Dolores en medio de su sorpresa; y no pudiendo contenerse, abrió la ventana, y á la pálida luz de la luna vió á un joven de aire melancólico y distraído, que, con la guitarra en la mano y flotante la negra cabellera, tenía los ojos levantados al cielo y en actitud suplicante. Dolores había conocido á este hombre, ¿en dónde? En sus sueños de amor desvanecidos.

Este canto vino á renovar en su alma un fuego que no se había extinguido; y trajo á su memoria la imagen de esos días de inocencia, de felicidad, de perfumes y de luz, que para siempre habían huido; y asociándola en su imaginación al recuerdo de su madre y á las ilusiones venturosas que anidaba su corazón el día de la misa de aguinaldo, le hizo verter abundante llanto, pero llanto dulce, como el que se derrama al volver á encontrar á una persona querida.

Después todas las noches y á la misma hora el canto cadencioso se escuchaba siempre. Ya Dolores no se sentía sola; el miedo había desaparecido: anhelante esperaba que llegase la hora del canto, y escuchándolo se quedaba dormida.

Pero el que así cantaba era un loco.

¿Por qué razón iba allí á cantar? ¿Había amado á Dolores? ¿Esta mujer había tenido alguna influencia en su locura? Misterio.

Es el genio centella celestial que iluminando quema: sus creaciones que al mundo deslumbran, son la pálida imagen del trabajo incesante de un cerebro ardiente; una chispa más, y el cerebro se calcina y la locura viene. Tasso, inspirado del cielo, fué un sublime demente.

¿Quién que se haya dejado arrastrar por una fogosa fantasía, encantado con las bellezas luminosas de la poesía, no ha recorrido un mundo imaginario, aéreo y hermoso, donde todo es armonía, y donde el alma aspira perfumes desconocidos y el corazón adivina el amor? Ese mundo es la región donde reina la locura; y cuando el poeta vuelve de un vértigo y siente que la sien palpita, viene de ese mundo á contemplar la realidad de la vida.

Rafael, artista desgraciado, sintiendo en su seno bullir el entusiasmo, lleno de fe en el porvenir, abrazó con calor una carrera que no le había de dar más que miserias y desprecio; á cada decepción su alma se irritaba, y á cada espina que pisaba cuando buscaba flores, el dolor extremecía su corazón. Y empezando por huir de una sociedad que lo mortificaba, la soledad exaltó su fantasía, y se hizo ocioso y soñador; luégo fué indiferente á los estímulos del placer y la ambición, é irritado por la burla y el escarnio, se volvió loco.

Montealegre, informado del canto misterioso que todas las noches iba á interrumpir el silencio pavoroso de Guanacas, tuvo celos, única pasión que el amor alcanza á encender en los corazones endurecidos, pero que, como el fuego que alcanza á penetrar en el corazón de los troncos de guayacán que resisten al hacha, los devora por dentro y es inextinguible; tuvo celos, y esta pasión no le sirvió para comprender el mérito de Dolores y para amarla cual debía, sino que lo irritó más, llevándolo hasta la violencia y poniéndolo sediento de sangre y de crímenes.

Montealegre espiaba á Dolores: fingía ausentarse y llegaba de repente con la esperanza de encontrarla con su amante y poderla matar con licencia de la ley; pero salían fallidos sus proyectos. Una noche llego hasta ponerle un puñal en el seno, amenazando matarla si no le revelaba el nombre de su amante.

La tranquila inocencia de Dolores era á sus ojos una profunda hipocresía, un refinamiento en el vicio que hacía impotentes sus esfuerzos y sus amenazas; y entonces resolvió echarla de su casa, previniéndose con una acusación como adúltera en caso de que ella se presentase á la justicia por reparación.

-Nada tragiste á mi casa, le dijo al despedirla, nada sacarás.

A Dolores le pareció que así debía ser; pero al llegar al umbral de la puerta, recordó que había traído el frasco de láudano que había servido á su madre moribunda, y que era su única propiedad, y se volvió á sacarlo.

Arrojada del hogar, desechada de su esposo, pobre, hermosa y pesando sobre su frente el anatema de una sospecha, Dolores sólo encontraba abierto el camino del vicio: del vicio que en Bogota tiene un asilo en cada calle para las mujeres desgraciadas, altares donde los jovenes van á quemar incienso, y un mundo de placeres y de obsequios, vedado siempre á la virtud que espera; pero Dolores, santamente ignorante de los senderos que, cubiertos de flores, conducen á la prostitución, se refugió en casa de los señores E…… , antigua familia de la aristocracia bogotana, que, como todas las otras, había caído de su esplendor, pero que conservaba las tradiciones de honradez y el instinto de la beneficencia.

Vivía esta familia en la quinta de paja que estaba edificada en medio de un solar al frente del puente nuevo, y que en la época á que nos referimos estaba descubierta, rodeada sólo por una tapia baja y dominada por el puente y la calzada, que estaban á una altura de diez metros sobre el piso de la quinta. A Dolores se le dió uno de los cuarticos que están en el corredor alto que daba hacia el puente, y que tenía una reja de cristales.

Dolores no dormia, velaba, oraba ó trabajaba; y la luz de su cuarto se veía brillar toda la noche por los que atravesaban el puente á diversas horas.

A pocas noches de vivir allí Dolores, se oyó la voz del cantor de Egipto, que desde encima del puente cantaba, como siempre, armoniosamente.

Dolores no pudo contenerse é instintivamente se asomó á la reja de cristales y vió, iluminado por la luna que le caía de frente, reclinado contra la muralla, a Rafael, que tenia algo de divino, pero algo de terrible, como los griegos inspirados por el fuego de las cavernas donde iban á consultar á los dioses.

Lo que Dolores sentía al escuchar ese canto nada tenía del amor común á los mortales, era una mezcla de gratitud, de fe, de embriaguez que enajenaba su alma; y el cantor llegó á ser para ella un ente misterioso, un ser como la estrella que preside el destino de la criatura y la acompaña al través del desierto de la vida.

Pero ay! un día, desde su ventana, vió que aquel hombre desgreñado, pálido y enfurecido se debatía entre dos gendarmas que lo arrastraban por la fuerza; y vió que la multitud agrupada se reía; y oyó que los niños gritaban : Es un loco! es un loco! es un loco que llevan á la jaula!

El corazón de la infeliz Dolores dió un vuelco y dejó de latir por unos instantes. ¿Qué le quedaba ya en la vida?

Montealegre no sentía ya por Dolores amor, sino odio, como sucede á los seres á quienes Dios ó la naturaleza ha ligado para siempre, y que encuentran de repente roto el vínculo que unía sus corazones, pero firme la cadena que liga sus destinos. Nada hay más terrible que el odio de dos hermanos como don Pedro y don Enrique de Castilla; nada más cruel y más común que el aborrecimiento de dos esposos que se juraron eterno amor. Montealegre no había renunciado al derecho de perseguir á Dolores, pues era una necesidad de su alma; y fué á la casa donde se había refugiado Dolores á sembrar la inquietud y á infundir sospechas sobre la conducta de su esposa.

Una noche el loco escapado de la jaula fué al frente de la casa de Dolores á cantar, y como la luz no aparecía en la reja, principió á llamarla: sus voces despertaron á la señora de la casa, quien, habiéndose levantado, fué al cuarto de aquélla y la encontró despierta y vestida.

Las sospechas estaban confirmadas: Dolores, profanando el asilo que le habían dado, recibía á un hombre en la quinta.

La indignación natural en una madre que ve deshonrada su casa y expuesto el nombre de sus hijas de la maledicencia, estalló en la señora, y en medio de la indignación dijo:

-Dolores, mañana, en vez de una familia virtuosa, tendrás por compañeras á las mujeres del divorcio.

El divorcio es la prisión de mujeres donde, aglomeradas y en espantosa confusión, se encuentran en Bogotá las más inmundas prostitutas, las ladronas y las envenenadoras, con las pobres sindicadas de algún delito leve ó con las que han cometido alguna falta en el hogar doméstico; y de donde las sacan en medio de gendarmas armados de látigo, para hacerlas trabajar en afrentosa vergüenza, á la presencia de todos, á desherbar las calles públicas.

Dolores nada contestó; se arrodilló, tomó la mano de la señora, la bañó con sus lágrimas y la besó con humildad.

 

V.

 

La multitud al día siguiente se agrupaba á la puerta de la quinta con esa ansiedad y ese entusiasmo que demuestra siempre cuando hay algún acontecimiento extraordinario ó algún espectáculo sangriento; pero la puerta permanecía cerrada y sólo se oían en el interior voces de duelo, y de vez en cuando á algunas mujeres que lloraban.

Por en medio de la gente y abriéndose campo con grande esfuerzo, se presentó un joven magistrado que, en nombre de la justicia, mandó abrir la puerta; pero al penetrar él, la turba, atropellándolo todo, invadió la quinta y se precipitó en tropel hasta el interior.

Dolores se aparecía á los ojos de la multitud, tendida en el suelo, con un frasco de láudano casi agotado, en la mano, y la rubia cabellera suelta en mil rizos, formándole aureola; pálida, como el lirio que, fresco aún, la tempestad ha tronchado por la noche, una sonrisa triste dibujada en los labios y una lágrima brillando todavía entre sus largas pestañas.

Se mató! se suicidó! se envenenó! repetían todas las bocas; y oleadas de gente se sucedían unas á otras para venir á contemplar el cadáver de Dolores, con esa agitación que bulle siempre en el corazón del hombre en presencia de una gran desgracia; y las mujeres lloraban, los hombres manifestaban indignación y los niños se burlaban de unas y otros.

El rumor de la muerte de Dolores, extendido por toda la ciudad, llegó hasta Montealegre, quien se apresuró á ir á verla, y en presencia del cadáver dijo

Adúltera y suicida: que la lleven á LAS TAPIAS DE PILATOS.

En toda ciudad hay un lugar de horror para los niños, de siniestros antecedentes para el pueblo, que lo mira siempre con aversión y con espanto, y cuyo nombre va trasmitiéndose de generación en generación, como si fuese la maldición de Caín impuesta sobre un pedazo de terreno. En Bogotá ese lugar lo llaman las tapias de Pilatos: está situado en un rincón entre las breñas de uno de los altos cerros que coronan la ciudad, no tiene ni un árbol, ni una planta, y hay en él el resto de un edificio que nadie sabe quién edificó y que el tiempo ha respetado. Este lugar lo señalan de lejos los niños, cuando van á bañarse á los Laches: las lavanderas á quienes sorprende la noche, pasan por cerca de él rezando; y el vulgo refiere cosas extraordinarias que allí pasan.

LAS TAPIAS DE PILATOS eran, desde tiempo inmemorial, el lugar á donde se arrojaban los cadáveres de los suicidas, á quienes la misericordia de Dios quizás había perdonado, pero á quienes los hombres siempre implacables, negaban un puesto en el asilo común, queriendo echar sobre el inanimado cuerpo la infamia y la deshonra.

El joven magistrado se sintió indignado al escuchar las palabras de Montealegre, lo hizo salir de la pieza mortuoria, y lleno de compasión por la víctima, mandó retirar á la multitud, y dispuso que el cadáver fuese trasladado de noche y en silencio al anfitreatro del hospital de San Juan de Dios, para hacerle la auptosia.

Era de noche, muy tarde ya, y el anfiteatro estaba apenas iluminado por una débil luz que dejaba oscuros los extremos del salón; el cadáver de Dolores yacía sobre una mesa, y á su rededor se hallaban dos viejos cirujanos: los doctores Pardo y Vargas, Emilio Pereira, joven estudiante y el magistrado que presidía.

- ¿No hay ningún síntoma de envenenamiento? dijo uno de los cirujanos.

-No se halla el láudano en ninguna parte, dijo Emilio Pereira.

-Examinen ustedes bien, dijo el magistrado.

-Rompa usted el pecho.

Siguió un silencio profundo que la solemnidad de la escena hacía pavoroso.

Una voz que parecía salir del fondo de la tierra cantaba melancólica y dulcemente.

Era la de Rafael Martínez, que cantaba desde su jaula de loco, colocada en la parte baja del edificio de San Juan de Dios.

El cadáver pareció extremecerse; era que la mano de Emilio había temblado al introducir el escalpelo.

La disección continuó en silencio; se oían los latidos de todos los corazones, y nadie osaba pronunciar una palabra.

Al fin Emilio dijo:

-Es evidente; esta mujer no ha muerto envenenada. Vean ustedes este corazón, está endurecido, y una parte de él agangrenada: hacía mucho tiempo que vivía enferma. Esta mujer ha muerto de dolor!

- ¿Juran ustedes, preguntó el magistrado, que esta mujer no ha muerto envenenada?

Sí juramos, contestaron á una los tres cirujanos.

El magistrado hizo entonces conducir á Dolores al cementerio cristiano de los pobres, y él mismo colocó sobre su huesa una flor.

Este magistrado era amigo nuestro.

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