XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
Entre los griegos la familia se perdía en el gran círculo de la
patria, y los filósofos, como Platón, querían que desapareciese
enteramente, para que no hubiese más que buenos ciudadanos. En Roma
reconquistó sus derechos, y las familias patricias formaron el
ornato de la República y la gloria de sus tradiciones. En España
fué sacrificada al orgullo del nombre, y mientras que el
primogénito vivía en medio de los honores y de la riqueza, los
otros miembros vegetaban tristemente en el claustro, ó iban á morir
en la guerra contra los moros; pero en América, como si
instintivamente los hombres hubiesen conocido la necesidad de
unirse para hacer frente á los combates de la naturaleza y á la
guerra con sus semejantes, la familia ha sido un vínculo sagrado,
mantenido por el amor y fortalecido por la autoridad.
La familia se extendía entre nosotros á todos los que tenían una
gota de la propia sangre, y el título de hermano se daba á los más
remotos parientes, siendo un reclamo de afecto, de amistad y de
mutuas consideraciones. Esto, como todo lo bueno del pasado, se ha
extinguido, sin que se haya sustituido lo bueno del porvenir, pues
dicen que estamos en la época de transición. ¡Desgraciada
generación, siempre condenada á vivir como crisálida, porque sus
padres fueron gusanos, y sin poder levantar el vuelo ni gozar de
libertad!
Por mi parte declaro, sometiéndome á pasar por aristócrata, que
la .familia es todo mi universo; que no siento nada parecido al
patriotismo de Bruto; que me deleito contemplando el cuadro de la
familia de Darío en presencia de Alejandro, pues hasta para llorar
en la desgracia quiero estar con los míos; y que si Dios me diera
el imperio del mundo, haría lo que Napoleón - levantar una familia
de reyes.
¿En qué estábamos? ¡Ay! qué caída! Convinieron una vez mi padre,
el tío Perucho, el tío Juan y todas las madres de mi extensa
familia en que, con el objeto de reunirla algunas veces, para
mantener el cariño entre los primos, y corno medio de economía, se
comprasen algunas cosas por mayor para distribuirlas después y de
común acuerdo en las diversas casas; y para dar principio,
resolvieron comprar una vaca gorda, matarla en casa del tío
Perucho, reunir allí la familia por la mañana, y que después de
almorzar, cada cual se llevase su porción de carne para la casa,
más bajo precio de lo que la hubiera comprado en el mercado.
Fijóse el jueves próximo para la reunión; y la agradable noticia
se difundió por todas las casas, se hizo el objeto de todas las
conversaciones de los muchachos y de las reflexiones más serias de
los viejos, acerca de los benéficos resultados del proyecto.
El día anunciado llegó, y por supuesto que nadie pensó en
escuela ni colegio; y á las seis de la mañana todos los muchachos,
sin licencia de nuestros padres, marchamos á encontrar la vaca
prometida! Cual fué hasta los ejidos, cual hasta el paréntesis; y
yo, montado en los pretiles del puente de San Victorino, y
haciéndome ilusiones de que era un famoso caballo, esperé hasta que
pasó la vaca, y luégo seguí detrás de ella con los otros muchachos,
gritando y alarmando la ciudad.
La policía, atraída por el bullicio, y viendo atravesar por la
calle de San Juan de Dios una vaca brava, á dos rejos, se presentó
á impedirlo y prohibió formalmente que se matase dentro de la
ciudad. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas! Pero la influencia del
tío Juan, persona de importancia que, como él decía, se gloriaba de
haber sido siete veces juez parroquial y una rematador, y que
desempeñaba entonces el primer destino; su influencia, digo, logró
que la víctima marchase á su fatal destino, devolviendo así la
alegría á todos los corazones infantiles. ¡Cuántas veces en el
mundo se necesita de una víctima para la felicidad de la
multitud¡
Si mis lectores quieren conocer al tío Juan, recuerden que el
estilo es el hombre, y lean el siguiente aviso que puso de su puño
y letra en la puerta de una de sus tiendas:
«Aviso:
«La persona ó individuo que desee ó quiera tomar en
arrendamientó ó alquiler esta tienda ó almacén, hable con su dueño
ó propietario, que es el que abajo firma, y que vive ó mora en la
calle que cruza, al volver de la esquina.-El infrascrito, Juan
Asturias. »
Estaban aguardando la vaca en la puerta de la calle todas las
mujeres de la familia: las madres teniendo de la mano á las
muchachitas; las criadas con los niños alzados, y las viejas con
las sayas remangadas y con anteojos para presenciar mejor el
espectáculo.
- ¡Ahí viene! gritaron todos al divisarla á dos cuadras de
distancia, y todos corrieron para adentro, atropellándose. Una
criada se tropezó, i el pobre niño salió rodando por el empedrado;
á una de las señoritas le desgarraron el traje; y, por último, una
criada estúpida y miedosa cerró el portón, dejando en la calle, y
expuestas á las cornadas, á mamá Tomasa y á la Lugo, dos viejas
octogenarias que se dieron por muertas, y que, arrodilladas y con
las manos en ademán suplicante, pedían perdón á la vaquita de haber
deseado que la mataran.
La empresa de entrar una vaca brava por un portón estrecho, era
más ardua que la de someter la indómita República á la dictadura; y
llamó la atención de toda la vecindad, y atrajo á todos los chinos
de la ciudad, que con gritos, silbidos y qué feos, animaban á los
vaqueros.
Como siempre he sido tímido, para ver la función con toda
seguridad, subíme á la ventana de la casa del frente; pero en mi
entusiasmo accionaba con los pies, ya que no podía con las manos, y
en un rapto, mi calcañal le dió á un cristal, el que saltó hecho
pedazos. La señora de la casa que tal oyó, abrió furiosa la
vidriera y me dió un empellón, del que fuí á caer junto á los
cuernos de la vaca. ¡Ah susto!
La parte sentimental de la reunión estaba representada por
Luisa, mi prima, y Natalia, mi hermana, niñas románticas, si las
hubo, y que apenas vieron atada la vaca para matarla, principiaron
á llorar y á pedir, en nombre de Chateaubriand y Lamartine, perdón
para la infeliz víctima. Sus poéticos ruegos conmovieron á las
demás mujeres, y principió un concierto de llanto que atronaba la
casa; pero la cuchilla ultriz no se detuvo, la vaca murió, y el
último bramido que dió, fué la señal terrible. Natalia cayó
desmayada por un lado y Luisa por otro; las otras mujeres se
taparon los oídos, y las viejas encomendaron á San Antonio el alma
de la pobrecita.
Por mi parte confieso que también estaba conmovido y que la
escena me inspiró horror y lástima; pero un sentimiento de
curiosidad me retenía absorto, hasta que un muchacho malévolo y,
entonces, para mí cruel, cogió sangre y nos bañó á todos, manchando
nuestros vestidos de domingo, que teníamos puestos.
Eran las diez de la mañana y nadie había almorzado, porque el
proyecto era almorzar carne fresca asada; la tía Inés tenía ya
jaqueca; vinieron a llamar al tío Juan para el juzgado; las
románticas, después de la privación, se sentían débiles, y todos
principiaban á estar de mal humor; porque el hambre es una especie
de rabia, y si nó, que lo digan lo oposicionistas sin empleo.
Separóse lo que llaman sobrebarriga, ó mejor dicho, el bocado de
presidente. Eramos cuarenta los aspirantes, y todos pedíamos; pero
empezóse por los mayores, por los que ya no tenían dientes para
mascar, quien la encontraron dura y desabrida, mientras que á los
que teníamos las mandíbulas llenas y bastante vigor, nos dejaron
sin parte. Siempre sucede lo mismo.
El muchacho malévolo que nos había ensangrentado y que estaba
llamado por su audacia á grandes destinos en el porvenir, al ver
que se iba á quedar sin parte, estiró el brazo del uno al otro
extremo de la mesa, y á estilo de General sur-americano, se
arrebató la presa, manchando al hacerlo todo el mantel y llevándose
por delante botellones y vasos; pero él, que nada respetó, comió
bien, y los otros niños que allí estábamos, por bien educados, nada
probamos. Después nos ha pasado lo mismo en el mundo.
Las personas respetables se enojaron de tanta insolencia, y
varias se levantaron de la mesa: pero después de muchos ¡cálmense
ustedes! que no haya molestia! hágalo por la paz! &c.
&c., volvieron á sus sillas, y continuó el parcial
almuerzo. Entretanto el muchacho, detrás de una vidriera, hacía
señales de pedir perdón, y señas tan graciosas, que todos, aun los
más enojados, soltaron la risa, y él volvió á la mesa en medio de
ovación como las que se hacen á los Generales desterrados.
Mis hermanos y yo éramos los pobres de la familia, lo que quiere
decir que éramos los mejores y los más olvidados; pero mi madre,
amante y solícita, hizo notar la odiosa preferencia, y al fin
protestó en nombre de la justicia.
¿Quién tal dijo? Las otras madres tomaron esto como un ataque a
las tradiciones de la familia, y hubo dimes y diretes: hablóse,
gritóse y peleóse, y mientras tanto nosotros peristan. Este fué un
compendio de la Historia: el pobre pueblo reclama, pide y protesta;
los privilegiados de la tierra gritan: -anarquía, impiedad y
comunismo! se habla, se discute y hasta se pelea, y la familia
humana sigue en su carrera y el pueblo siempre humillado y
hambriento.
Después de esta escena, el almuerzo continuó triste y sombrío, y
cada cual se fué levantando de la mesa con diversos pretextos; y
apenas el comedor estuvo sólo, el endiablado primo se subió á la
mesa y principió á movernos guerra con los restas de la comida.
Nosotros nos defendimos, y entonces nos tiró á la cara vasos,
platos y cubiertos, hasta que les entró miedo á algunos con la
llegada del tío Perucho, quien echó en general un famoso regaño, y
dió parte á mi padre, el cual á su turno nos reprendió, mientras
que mi primo se asilaba en los cerezos de la huerta.
Divididos estaban caballeros y escuderos, dice Cervantes; y ese
día asaba en la casa lo mismo, pues mientras que las señoras
conversaban en el comedor, las criadas, y sobre todo las amas,
platicaban en la cocina; y como la vanidad es el pecado del hombre,
ésta era también entre las indias el tema de la conversación.
-Niña Reyes, le preguntaba la una á la otra, á busté le han
puesto cajé?
-De juerza, contestó la interrogada.
- ¿Y come en loza jina?
-Luego!
-Pazque no le dan chicha, á sigún la niña está tan viche.
-Mí come como las señoras, y en las casas grandes no beben
chicha, y si la niña está flaca, jué que tuvo la hipocresía al
pecho, y en un ainas es angelito.
-Mi niño sí que es alentao, y á yo sí que me dan misteque y
hasta cajé.
- ¡Pus! su niño sí que es jiero, que ni un mascarón de pila.
-Ti no sabes lo que decís.
-Ti serás vos; y fué tirándole con el plato que tenía en la
mano.
La otra se levantó furiosa y la agarró por las trenzas,
trabándose un formidable combate, mientras que los niños, sus
ídolos, rodaban entre la ceniza y la niña lloraba quemada en un
bracito.
-Guerra de República. Viva la libertad! dicen los unos. Viva la
religión! dicen los otros. Se agarran, pelean, se destrozan, y
entre tanto la libertad y la religión yacen por el suelo, y todos
profanan los ídolos motivo de la pelea.
Los otros criados ponen los gritos en el cielo, y es tal la
algazara, que todos corren, creyendo que se ha prendido la cocina.
Las madres preguntan por sus niños, los hombres traen escaleras,
Luisa y Natalia vuelven á desmayarse, y los muchachos salimos á la
calle gritando: fuego! fuego! que se quema la casa! que se quema la
ciudad!, lo que atrae á la multitud á la puerta de la casa.
La tempestad pasó y la gente se disipó, pero sin disgusto del
público, pues mis lectores habrán observado que en una ciudad como
Bogotá, que carece de espectáculos, un incendio, un asesinato en la
Calle Real ó una pelea de caballeros son espectáculos que interesan
vivamente á todos y que producen verdadero alborozo; y cuando el
incendio se apaga sin que hayan desocupado las casas, cuando el
asesino no acierta el tiro, ó no hay sangre en la pelea, el público
se cree chasqueado y se retira con disgusto.
Calmado el bullicio, el tío Juan apareció en la escena con la
romana en la mano, como la estatua de la justicia, y ocupado en
pesar la carne de la vaca para distribuirla entre las diversas
familias. Marino experimentado él había sabido dominar por largos
años las tempestades del juzgado parroquial y salvado la nave; pero
¡ay! el templo de la justicia había sido invadido por el amor, y el
tío Juan prevaricaba.
Estaba enamorado de Luisa y, como caballero galante, agasajaba á
Natalia. ¿Cómo complacer á ambas madres, de cuya buena voluntad
esperaba su porvenir y su ventura? ¿Cómo aplacar la cólera y las
protestas de las otras madres, perjudicadas en la distribución?
El conflicto llegó á ser como la cuestión de los Estados
danubianos, entre Rusia, Alemania y Austria: las madres
privilegiadas no pudieron avenirse; y las potencias de segundo
orden protestaron, se armaron hasta los dientes, y se retiraron
apelando ante la Europa civilizada.
Inútilmente se mandaron embajadores de casa en casa, llevando
varias presas de carne que les correspondían; de todas fueron
rechazadas, hasta que la carne se perdió para todos; dando por
resultado que en casa no comimos esa semana; que el tío Juan perdió
su reputación de justo y se quedó sin ninguna de las dos sobrinas,
y que todos supimos que no hay nada más peligroso que una reunión
de la familia.