XXV. - EL DESTINO.
El hombre en sus desgracias busca siempre á quien hacer
responsable de ellas, ya para alejar de sí la culpa, ya para tener
sobre quién vengarse de los males que experimenta y ya, en fin, por
un sentimiento innato de orgullo que le hace creerse superior al
resto de los seres de la creación.
Siempre se le oye acusar la traición de un amigo, la
indiferencia de los suyos, la maldad de sus contrarios, el egoísmo
de la sociedad, la perversidad humana; y cuando á nadie en el mundo
puede culpar yá, entonces acusa al Destino; deidad implacable y
fatal que preside sus actos, contraría sus designios y se complace
en sus desgracias. Todo esto no es más que orgullo.
El hombre cree que nació para ser amado, temido, adorado por los
suyos, por la sociedad, por la creación entera, por Dios mismo; y
quisiera que en todos los instantes le estuviesen presentando los
tributos de esta adoración, y que el sol parase su carrera cuando
él quisiera, y la lluvia cayera á su capricho: que la sociedad se
detuviera á contemplarlo, y que todo, en fin, reconociese su
dominio; cuando esto no sucede, cuando la marcha inevitable del
tiempo ó el curso de los acontecimientos contraría sus intereses ó
su capricho, grita ¡Desgracia! Fatalidad!
Esto no es más que orgullo.
Hay algo más cruel que la desgracia y á lo cual el insensato
jamás quiere sujetarse, este algo es el sentimiento de la propia
nulidad; y contra esto lucha hasta el instante en que muere,
halagándose con pensar que sus días estaban contados y que ha
llegado el de la muerte.
El olvido es la manifestación espléndida que el mundo da al
hombre de su poco valer, y para ahorrarse esta manifestación por
algún tiempo los hombres hacen grandes sacrificios, buscan una
muerte gloriosa ó logran que se les erijan monumentos. El olvido
durante la vida es todavía terrible; y por esto todo hombre
prefiere ver siempre amenazante la ira de sus enemigos, la cuchilla
de la justicia ó el rigor del Destino.
Así, nada satisface, nada halaga tanto la vanidad como la fe
ciega en el Destino.
El Destino es Dios, que ha creado las estrellas para que el
hombre naciese bajo su buena ó maléfica influencia; y antes de que
viese la luz, el universo ya, por misteriosas combinaciones,
trabajaba al través de los siglos para fijar el instante de su
nacimiento.
Después, el hilo de su vida está tejido con venturas ó
desgracias siempre por la Divinidad; y el Destino va paso á paso
con él, siguiendo sus menores sentimientos, inspirándole las
menores acciones y guiándolo por un sendero inevitable hasta que lo
lleva al fin de su carrera.
«Nada temas, llevas los destinos de César,» decía éste á los
marineros, amedrentados en una recia tempestad.
Luis XVI vivía preocupado con el destino de Carlos I de
Inglaterra.
Napoleón se creía llamado á grandes destinos.
«Si mi destino hubiera sido ser honrado,» decía el famoso ladrón
Cartuche, «yo hubiera sido una gran cosa.»
«Maldito sea mi destino,» le hemos oído decir á un mendigo al
dar contra una piedra su ulcerado pié.
Todo esto no es más que orgullo.
Id á decir á Napoleón, á César ó al mendigo: las hormigas
humanas llevan un mismo camino, y cada una lleva su carga; las unas
la toman ligera, las otras pesada; éstas llegan pronto á su cueva
para descansar, y aquéllas tropiezan con el tronco de un árbol; las
unas van y vuelven, pero á las otras las aplasta el casco de un
caballo al pasar; y os dirán que esto es más terrible que morir á
puñaladas por Bruto, de tedio en Santa Elena, ó que arrostrar una
vida miserable, ¿por qué? Porque esto mata el orgullo humano, tan
grande en Napoleón como en el mendigo, pues uno y otro creen en su
Destino.
El paganismo, que más que religión era poesía, y que poblaba de
divididades el Olimpo, reconocía la Suerte, el Destino y el Hado; y
era este último Dios el que invocaban en sus canciones los
amantes.
El tolerante Júpiter romano, que acogía todos los dioses, así
los griegos como los egipcios, y que al lado del templo de la
Victoria permitía á los vencidos erigir templos para adorar á sus
dioses patrios, no excluyó del Capitolio á la Suerte; pero á la
verdad, los romanos poco creían en ella, y aunque se consultaban
los oráculos, y los augurios examinaban las entrañas de las
víctimas, sin embargo, sus generales en campaña obraban con tanto
cuidado y tal ciencia, que nada confiaban al acaso; y los otros
hombres, en los negocios públicos y privados, obraban de manera que
el éxito correspondiese á sus esfuerzos, lo que prueba
evidentemente que los romanos no creían en el Destino.
No así los mahometanos, para quienes el fatalismo es la base de
su religión y una creencia más poderosa que el instinto de
conservación, y el móvil de las grandes acciones y de los crimenes
más espantosos. Al fatalismo debió Mahoma todas sus conquistas, y
al fatalismo debe el imperio turco su paralización y su ruina. La
vida y la muerte están en la mano de Alá, lo que ha de suceder
sucede siempre, dice el turco; y lleno de fe y de fanatismo se
lanza á los combates donde ha de triunfar la Media-luna, ó
permanece mudo y soñoliento, por siglos enteros, á la puerta de su
bazar, y entregado á los deleites en su poblado serrallo.
Mas creer en la suerte es para el verdadero cristiano una
impiedad, nombrarla, una blasfemia; y sin embargo, cuán pocos son
los que logran sustraerse á esta superstición!
Y es que el curso del tiempo dentro del cual deben cumplirse los
acontecimientos, conforme á leyes que sólo Dios conoce y que el
hombre quiere adivinar, es limitado; es que el término más ó menos
largo, pero siempre inevitable, de la vida humana, parece marcado;
es que una serie de casualidades pueden repetirse muchas veces; es,
en fin, que el orgullo humano contribuye á dar alimento á esta
creencia, que se arraiga en el alma á pesar de la reflexión y del
buen sentido.
En la edad media y hasta principios del siglo pasado, la
creencia en el Destino fué casi igual á la que tienen los
mahometanos. La astrología, la magia y la adivinación eran ciencias
en que se ocupaba seriamente la humanidad: y adivinar el porvenir,
y decir á cada uno su destino, era la ocupación de los sabios que
decían contemplaban los astros en el espacio, y el oficio de los
gitanos que examinaban las líneas de la mano.
El hombre cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer,
ha dicho Larra; y, con perdón de tan agradable escritor, nosotros
decimos: El hombre cree mentiras siempre. Las verdades no necesitan
de fe, ellas tienen demostración y convencen el entendimiento; pero
hay una tendencia terrible en la humanidad á creer, abdicando la
razón, cómo hay inclinación al vicio; y entre las creencias más
generalmente admitidas está la del Destino, porque ella halaga
mucho nuestro orgullo.
Cuando la creencia en el Destino se nos presenta horrible, como
en el teatro antiguo, arrastrando á la familia del Rey Layo al
crimen, y vinculando el adulterio y el asesinato en los Edipos de
una manera inevitable entonces queremos rechazarla; y el
sentimiento cristiano predomina en nosotros, y comprendemos que la
virtud no es obra de la casualidad, sino una fuerza de nuestra alma
para practicar el bien y amar lo bello, y que el vicio es la
relajación de las leyes morales y obra de nuestra voluntad, pero
que Dios nos ha dejado libertad para escoger el sendero buscando la
felicidad.
Cuando la suerte se nos presenta repartiendo dones y derramando
con pródiga mano la riqueza de un lado, mientras que del otro sólo
deja caer enfermedades, miseria y dolores; entonces, todos creemos
en ella, y por poca que sea nuestra desventura, nos hacemos siempre
su víctima; y en todas nuestras contrariedades vemos un golpe de su
mano, el poder que nos aplasta, ó el rayo inevitable que nos
hiere.
Todo esto es orgullo.
El jugador que ve pasar á su lado los montones de oro, porque el
dado impulsado por su mano ha presentado repetidas veces una misma
faz se cree protegido por la Suerte; y sin embargo, hay hábiles
jugadores que saben fabricarse esa suerte falsificando dados que
caen siempre por las suertes. Así sucede con todo. Hay leyes en
virtud de las cuales se verifican los acontecimientos, leyes que no
conoce el hombre, que muchas veces contraría y cuya infracción le
trae un mal, que él interpreta por rigor de la suerte. Siempre por
orgullo.
La creencia en el Destino, como todo error, debe ser combatida,
pues produce males inmensos al individuo y á la sociedad.
Ella es la que da aliento á los usurpadores, á los tiranos que,
sintiéndose destinados para dominar la sociedad, imponen su
voluntad y su capricho como una ley providencial, juzgan rebeldes á
los que se les oponen, y enseñan al fin el cesarismo como una
doctrina social.
Ella es la que, fascinando á algunos hombres, los hace acometer
empresas superiores á sus fuerzas, creyéndose apoyados en la fuerza
del destino, para caer después triste y miserablemente.
Ella la que disculpa al criminal ante los ojos de la multitud,
haciéndolo aparecer arrastrado por el Destino.
Y sobre todo, cuando el hombre laborioso y honrado ha trabajado
sin éxito, cuando ha visto contrariadas sus empresas ó han
naufragado sus esperanzas, la creencia en su mala suerte es
funesta; porque el desaliento se apodera de su ánimo, mira como
inútiles todos los esfuerzos, y, víctima de la desesperación, ve
consumar la ruina de su familia sin más esfuerzos y sin levantar la
mirada al cielo, en busca de esperanza.
Si en vez de entregarse al abatimiento que la creencia en el
Destino engendra, el que ha sido desgraciado se consagra á buscar
las causas de la contrariedad para remover los obstáculos, él ó su
sucesor recogerá los frutos cambiará en buena su mala suerte. El
navegante que se encontraba entre Scila y Caribdis no tenía otra
cosa que hacer que resignarse á morir sometiéndose á su destino;
hoy los navegantes pasan por allí con seguridad y se burlan del
miedo que los griegos tenían á esos escollos. Así sucede con
todo.
La íntima creencia de que una Divinidad fatal interviene en las
acciones humanas y en el curso de los acontecimientos para hacerlos
á su capricho rigurosamente felices ó desgraciados, es perniciosa;
porque el hombre deja de poner los medios que la naturaleza y la
ocasión le ofrecen para conseguir el fin que se propone. El que ha
sido picado por una serpiente y aguarda á saber cuál es el fallo
del Destino, casi siempre es sentenciado á muerte. El que toma el
contraveneno y busca en la tierra las leyes de la naturaleza, á que
es preciso atender, casi siempre es absuelto.
Trabajemos, pues, constantemente y sin desmayar en la mejora de
nuestra condición, porque esta es una ley de Dios; y cuando seamos
contrariados, en vez de blasfemar con orgullosa presunción,
redoblemos nuestros esfuerzos, y hagámonos superiores á los
obstáculos que se nos presentan. Si sucumbimos, dejemos la tarea á
nuestros hijos, que ellos la cumplirán; por que el Destino de la
humanidad es luchar, vencer y avanzar.