INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAlMA.

 

Hay en toda ruina un encanto misterioso que deleita al hombre más que las sublimes bellezas de la creación ó la suntuosidad de las obras humanas cuando están en todo su esplendor; encanto que le hace abandonar las ciudades modernas adornadas de soberbios monumentos, para ir á contemplar las ruinas de Palmira y los desiertos donde estuvieron situadas Nínive y Babilonia; por el cual prefiere al bullicio y la alegría de París el silencio pavoroso del Coliseo Romano; y que puebla de viajeros el Oriente para buscar las reliquias que á su paso dejaron los Faraones, la India para visitar las magníficas pagodas, y la América, no para contemplar su cielo hermoso y su vegetación gigantesca, sino en busca de las ruinas que pueblos desconocidos, en edades ignoradas, dejaron en Chiapas y el Palenque.

Y este amor inexplicable á lo pasado, le hace buscar con ansiedad las tradiciones históricas, exigir de la esfinge la revelación de su eterno secreto, arrancar á los sepulcros la historia de los que allí reposan, ó adivinar el misterioso sentido de los geroglíficos: desarrollar los quemados pergaminos de Herculano de Pompeya, conocer las costumbres de dos pueblos que murieron el mismo día y á la misma hora; y buscar de toda nación, de todo lugar las tradiciones, llenas siempre de fábulas y de hechos que al través de los siglos toman un carácter maravilloso, como tomaron para los griegos los de sus primeros pobladores, llegando hasta hacerlos dioses a quienes rendían adoración.

¿Quién al contemplar los rotos chapiteles de un templo abandonado no siente el alma absorta por un secreto estupor y el espíritu entregado á la contemplación? ¿Quién no siente profunda melancolía al ver les depojos que ha dejado el tiempo de un esplendor pasado, de una grandeza que ya concluyó? ¿Quién no goza al escuchar las viejas tradiciones, transmitidas de boca en boca, sobre la historia de los abuelos de nuestros padres, sobre los fundadores de nuestras ciudades? Y cuando el tiempo ó alguna catástrofe ha hecho caer un pueblo, ¿quién no desea saber por quiénes fué habitado y cuál la causa de su destrucción? Todo cuanto la poesía tiene de sueños, de horrores, de funesto, se agolpa entonces á la imaginación, puebla esas ruinas, anima á los que hace siglos descansan bajo la tierra, y levanta con su vara mágica otra vez esa ciudad y le da de nuevo movimiento, vida, pasiones y virtudes, hasta que la acompaña á caer en la catástrofe que la derribó, al través de los siglos.

Cuando el hacha civilizadora de mi hermano abatía las montañas seculares del Peñón, para convertirlas en prados artificiales y entregar así estas regiones á la industria y á la civilización, se encontraron las ruinas de un pueblo, y todavía se ven los pisos enlosados de las habitaciones y los empedrados de las calles.

Este pueblo era la antigua ciudad de Tocaima; la tradición refería así la historia de la ruina de aquel pueblo:

Gonzalo Jiménez de Quesada, después de su famosa conquista del reino de los Chibchas y de haber fundado la ciudad de Santafé, lleno de riquezas pero acometido por una enfermedad desconocida para los moradores del Nuevo Mundo, pensó regresar á España, y dispuso que en el puerto de Guataquí se preparasen los bergantines necesarios para una expedición que, además de él, Belalcázar, Fredeman y los muchos españoles que volvían á su patria, se componía de naturales que llevaba como esclavos; de las inmensas riquezas que á él y á sus compañeros correspondían; de los quintos del Rey religiosamente custodiados; de infinidad de animales, como papagallos y monos, llevados como raros para sorprender á la Península y, en fin, de las provisiones necesarias para bajar el desierto Magdalena poblado de enfermedades y lleno de tigres, mosquitos y serpientes, contra todo lo cual era preciso prevenirse.

Largos meses gastaron en la construcción de los bergantines, y cuando ya estuvieron concluídos, se dispuso Quesada á partir para Guataquí con el inmenso tren de tiendas de campaña y equipajes al través de las selvas de Tena, que, desde la caída de la altiplanicie hasta el Magdalena, no eran interrumpidas sino por la llanura de La Mesa, en donde hizo una larga mansión, buscando indios que á la espalda condujeran los equipajes; porque todos los de la sabana se le fugaron en la noche que llegó allí, temerosos de ser conducidos como esclavos á España, ó por no internarse en las regiones hasta entonces para ellos desconocidas, que eran habitadas por los Panches, sus mortales enemigos.

Atravesando la elevada cordillera que separa este valle, descendió por la orilla del Pití ó Bogotá y llegó á un punto en donde creyó que era preciso atravesarlo y no dando vado, obligó á los viajeros á construir, al estilo de los indígenas, una tosca canoa del tronco de uno de los enormes árboles que crecían á las orillas; y así empezaron á pasar el variado cargamento, con tanta lentitud, que emplearon muchos días.

Quesada, que había pasado primero, atormentado por su enfermedad y hostigado por el calor, quería tomar unos baños, y no atreviéndose á hacerlo en el río, porque la experiencia le había enseñado que las aguas de los ríos crecidos eran siempre funestas, guiado por algunos naturales, se dirigió á un pequeño riachuelo, que corría cristalino por enmedio de ambuques y guayacanes, y que era conocido con el nombre de "Catarnica." ¡Admirable fuente! su piel empezó á suavisarse, los dolores cesaron, los miembros parecían adquirir nueva agilidad á cada baño, las fuerzas y la salud se presentaban de nuevo al gran capitán á ofrecerle una larga y tranquila vida. Quesada, que llevaba en el corazón el corroedor tormento de verse atacado de esa enfermedad funesta, que sabía que era incurable, y que lo iba á proscribir de la sociedad en el momento en que tenía nombre y porvenir, gloria y riquezas, lleno de júbilo, creyó haber encontrado la fuente de la vida que Ponce de León buscaría más tarde inútilmente en los bosques de la Florida, y determinó fundar una ciudad á la orilla del riachuelo milagroso.

Estaba en este proyecto, cuando una noche su improvisada cabaña de hojas de palmera fué acometida por un sin número de indios que bajaban de la cordillera occidental, y hubiera perecido si, valiente y acostumbrado á los peligros, no se hubiese hecho campo con su formidable espada por en medio de los indios, que á sus golpes cedían, como la cebada se abre y da campo al paso del segador, hasta que llegó á donde estaban los suyos, que en el acto se armaron y rechazaron el ataque con el denuedo y la bizarría que eran comunes en aquellos tiempos y en aquellos hombres.

El combate duró hasta que salió el sol; y entonces la chusma de los indios huyó dejando muchos muertos y gran número de prisioneros en manos de los españoles.

Entre aquellos había caído la reina de los indios, llamada Guacaná, hija del casique Tocaima, de ágiles miembros, de formas duras y no deformes facciones pero que se pintaba, según creían los españoles, con un color azulado que hacía visos.

Esta mujer, como sucedió muy frecuentemente durante la Conquista, despues de prisionera y esclava, se apasionó de uno de los españoles y fué de grande utilidad para Quesada. Ella le aconsejó que no situase la ciudad en la orilla occidental del río, porque estaba expuesta á las invasiones de infinidad de pueblos que vivían en Copó, Lutaima y toda la cordillera, sino en la oriental, pues así estaba resguardada por el río, al que los indígenas tenían miedo; y trajo su tribu á situarse en la margen del río.

Grande fué la sorpresa de los españoles al notar que no sólo la reina, sino la mayor parte de los indios, tenía ese mismo color con diversos matices, color que era natural y se llamaba carate; teniéndose por hermosas las mujeres cuanto más brillante era este barniz y más escamosa la piel; y que para una madre era una verdadera desgracia el que sus hijas llegasen á cierta edad con la cutis despejada y tersa.

Por largo tiempo hubiera querido permanecer allí Quesada; pero negocios de la mayor importancia lo llamaban con urgencia á la Corte, para donde partió, dejándole por regalo de despedida á Guacaná, que ya había sido bautizada, dos cerdos de los que Fedremán había traído atravesando los llanos, hasta encontrarse con Gonzalo en Santafé; y tuvo que marchar á España sin fundar la ciudad.

Poco tiempo después el Adelantado del Nuevo Reino de Granada, Don Alonso Luís de Luque, pensando en el descubrimiento de las afamadas minas de Neiva y en la conquista de los Panches, dispuso su fundación, para la que comisionó al Capitán Hernán Venegas Carrillo, caballero cordovés.

Los españoles eran valientes como crueles, religiosos y devotos, y sus conquistas fueron una serie de hazañas, de proezas y actos heróicos ejecutados por la más sórdida codicia ó el más sincero celo por la fe cristiana, y sus obras llevan por todas partes el sello de la religión y la intervención del cielo.

El día 13 de Abril de 1544, Hernán Carrillo, vestido de grande uniforme y después de haber oído la misa cantada, que debajo de los cauchos de Portillo dijeron los Capellanes Antonio de la Peña y Lope de Acuña, erigió la nueva ciudad de San Jacinto de Tocaima; y nombró por primeros alcaldes á Juan de Salinas y á Diego Hinestrosa, y por regidores á Miguel de Gamboa, Juan Ortiz y Juan de Corros; alguacil mayor á Miguel de Oviedo, y escribano á Miguel de Morales, siendo primer cura el padre Fray Andrés Mendez de los Ríos.

Después la ciudad de Tocaima lucía á la orilla del Bogotá, alegre como un pueblo oriental, y brillaban á los rayos del sol los techos de sus casas de teja, de una iglesia mayor, de dos capillas y del convento de dominicanos. Había obtenido el título de noble y un escudo de armas, que era un águila de dos cabezas sobre fondo azul y un río que dividía el escudo por mitad. Habían establecido allí la muy ilustre orden de caballeros de San Jacinto, y era la residencia de todos los españoles viejos y achacosos, que no podían soportar el riguroso frio de Tunja ó de Santafé, y de otros que habían adquirido esa enfermedad que la América encerraba en su seno, y que los españoles recibieron como castigo de sus iniquidades, transmitiéndola despues á los franceses, cuyo nombre tomó y que se perpetúa de generación en generación.

Era sobre todo notable en la ciudad la Casa grande de Juan Díaz, construída con toda la suntuosidad que en aquel siglo podía obtenerse. Espaciosa, sólida y fuerte como un castillo, y para la cual se habían hecho venir desde Santafé muchos materiales; y desde España los azulejos con que estaba embaldosada, las rejas de hierro para las ventanas y los más faustosos adornos.

Juan Díaz, llamado el sevillano, había llegado de España con Fedremán, precedido de una mala reputación, y, como muchos otros, había venido á buscar fortuna sin tener profesión; pero como no era noble, ni traía empleo del Rey, su tarea parecía más difícil, á no ser que se dedicase á descubrir y conquistar nuevas tierras por medio del valor y de la audacia de la guerra; mas el sevillano era muy cobarde é incapaz de soportar las penalidades, y se afligía profundamente con los rigores del calor y las otras privaciones á que todos los españoles estaban entonces sujetos.

Su fisonomía era común; pero la manera de cerrar los ojos era como la de la serpiente cuando quiere pasar por dormida; el labio superior levantado, como el del perro cuando va á morder, y un aire de fanfarrón con que disfrazaba su cobardía.

Juan Díaz, el sevillano, despues de haber recorrido varias ciudades, había concluído por fijarse en Tocaima, despreciado de los nobles, mal mirado por los industriosos y viviendo sin saberse de qué.

Pero la suerte, que se burla siempre de los cálculos humanos, se propuso hacerlo poderoso por medio de la casualidad, y la tradición cuenta así el hecho.

Juan Díaz tenía un negro que le servía y que lo acompañaba en todas las expediciones, y estando en una de ellas sentado el negro Domingo cerca de un hormiguero, reparó que la arena que las hormigas sacaban era brillante: aproximóse examinarla y vió que era polvo de oro; escarvó la tierra y encontró que era una inmensa mina. Lleno de alegría fué á participar tan fausta nueva á su amo, pidiéndole en cambio de tantas riquezas como le ofrecía, su libertad. Juan Díaz lo llamó su amigo, su compañero, y le ofreció la libertad y que dividiría con él la fortuna pero despues que vió la rica mina, de la cual se podía extraer el oro sin trabajo ninguno, movido por la avaricia y temeroso de que Domingo fuese á contar á alguno el descubrimiento, lo mató de un arcabuzaso por detrás.

En la época á que nos referimos, cuenta la tradición, que era tan rico, que medía el oro en polvo por celemines: su hacienda, situada en una mesa que después tomó su nombre, estaba llena de ganados, su casa era suntuosa y en su bodega se encontraban los mejores vinos de España y toda especie de rancho.

Su posición era tan elevada, que los nobles concurrían á su casa jugar á al dado todas las noches y á saborear sus esquisitos vinos; muchos españoles lo habían hecho su compadre; disponía de los votos del Cabildo, y nada se hacía en Tocaima sin la voluntad del sevillano; y sin embargo, nadie lo quería, todos murmuraban contra él, y nobles y ricos, y el pueblo todo, hubieran celebrado con júbilo su muerte.

¿De dónde había sacado tantas riquezas? De su mina de oro, que nadie sabía dónde estaba situada, porque él guardaba un profundo secreto; nadie lo había acompañado á ella, nadie había ido á trabajar allí, y hasta hoy se ha conservado la estupenda fama de la mina de Juan Díaz, pero en vano ha sido ésta buscada.

Muchos nobles le habían cedido sus encomiendas, sin duda á cambio de oro; muchas de las casas del lugar habían pasado á ser suyas, y sus antiguos dueños no tenían hogar; muchos hacendados le eran deudores, y le temían como á enemigo mortal, y todos los padres recomendaban á sus hijos que no sé asociasen con él, y sin embargo los jóvenes buscaban su compañía y frecuentaban su casa.

El rumor sordo que se levantaba contra Juan Díaz le acusaba de las lúbricas abominaciones de Babilonia, de muertes dadas á sus dependientes y de haber hecho pacto con el diablo á cambio de oro, no solo vendiéndole su alma, sino también encargándose de comprar las de los buenos cristianos.

Las justicias de Santafé habían enviado despachos á las de Tocaima para que se averiguaran los hechos sobre la mala conducta del sevillano, cuya reputación había llegado hasta allí; pero las de Tocaima habían dado, bajo su influencia, los mejores informes, y últimamente el sevillano, cargado de oro resolvió ir á Santafé, la capital del Nuevo Reino, de donde volvió lleno e recomendaciones de las autoridades.

Entonces, de amable, obsequioso y comedido que era, se hizo altivo, insolente y despótico: maltrataba en público á sus esclavos, ofendía á los nobles como para vengarse de sus antiguas humillaciones, y se hizo intolerable y cruel para todos; pero todos sufrian resignados, porque los unos eran sus deudores, los otros vivían en casas de su propiedad: éstos temían sus maquinaciones secretas, aquéllos sus artes diabólicas, y ninguno se atrevía á arrostrar su enojo ni á oponérsele de frente.

Llegó por este tiempo á Tocaima el Capitán Hernán González, valiente español que había perdido una pierna en uno de los muchos combates que tuvo con los indios, casado en Facatativá con la india Firavita, que tomó el nombre de Teresa Espinosa por su madrina, padre de una hermosa niña criolla de 15 años; quien enfermo y viejo ya, había recibido del Rey, en premio de sus servicios y como donación, una grande extensión de tierras en la Vega del Bogotá. A este capitán, hombre quisquilloso en materia de honor, de carácter vivo é irritable, de cuerpo pequeño, delgado y ágil cuando joven, lo habían llamado en su regimiento Gonzalico, y con tal sobrenombre era conocido en América, y la vega del Bogotá lleva hoy aquel nombre.

Todo su amor, toda su dicha, todo su porvenir, estaba cifrado en Doña Elvira, su hija; y él, hombre de cuartel, inflexible en la disciplina, severo con todos, parecía un niño con su hija, participando de sus alegrías, secundando sus caprichos, yendo donde ella quería, á pesar de su cojera, y pasando noches enteras sentado al pié de su camilla de juncos para darla fresco y evitar que la picasen los zancudos.

¡Cáscaras! decía al contemplarla, que si su majestad la Reina supiese la perla que encierra la América, Doña Elvira González sería la primera dama de palacio!

Y en efecto, Doña Elvira era una linda muchacha, que había sacado toda la gracia andaluza, el pié pequeño y los ojos vivos de las españolas, al mismo tiempo que las formas voluptuosas de las americanas, un color de rosa despejado, y una rica y suntuosa cabellera.

Nacida y creada en la sabana, sentíase languidecer bajo el clima abrasador de Tocaima, pero amaba tanto á su padre, que jamás se quejaba, y cuando él decía- «Cáscaras, que el calor está insufrible!» ella le hacía creer que estaba fresca y que el clima le sentaba admirablemente.

La llegada de Gonzalico y su hija á la pequeña ciudad fué un grato acontecimiento, así para los viejos, que encontraron con quien hablar de España y de sus tiempos, de las noticias que cada seis meses llegaban de la Península y del calor que hacía como para los jóvenes, cuyos corazones había inflamado esta graciosa beldad.

Una noche, mientras que Gonzalico y su hija tomaban el fresco en el corredor de su casa, se presentó Juan Díaz á visitarlos por primera vez; y fué recibido con cordialidad, pero con la dignidad con que los españoles han sabido tratar siempre á los que consideran inferiores. Esto ofendió á Díaz, acostumbrado á recibir toda especie de homenajes; pero estuvo disimulando y llenó de ofrecimientos á la nueva familia, poniendo todas sus riquezas á su disposición.

- ¡Cáscaras! y que son inmensas, le contestó Gonzalico, según es fama.

- Exageraciones, señor capitán; apenas tengo con qué comprar un infantado en España.

-Y pensais formalmente en esto?

- Ni por pienso; pues aquí soy más que el Rey.

- Silencio, villano, que hasta ahora nadie en mi presencia había osado hablar en tales términos de Su Magestad, mi amo y señor Don Carlos V, Emperador de Austria y Rey de España, á quien Dios guarde!

- No se enfade usted, padre mio, le dijo Elvira, esto le hará á usted daño. El señor es disculpable, porque no parece acostumbrado á la sociedad de los caballeros, viviendo siempre en estas soledades.

Dos heridas había recibido el sevillano en su amor propio, y él jamás olvidaba.

Una tarde que el sol se ocultaba en Occidente entre una nube de ópalo y de oro, y la atmósfera estaba cargada de los perfumes de las flores del bosque y la naturaleza se mostraba espléndida y serena, Elvira se bañaba en el caudaloso Pití y se sentía feliz, alegre y satisfecha, viendo correr las ondas y contemplando el cielo.

Fué arrancada de su arrobamiento por el ruido que hacía un caballo herrado sobre los guijarros de la orilla del río y que se iba acercando poco á poco al lugar donde ella estaba bañándose cubierta por un payandé. Su instinto pudoroso la inspiró un movimiento rápido para ocultarse á la mirada del atrevido que allí se dirigía; pero no teniendo ya tiempo para salir á tomar su ropa, se vió precisada á cubrirse con las ondas del río, sobre las cuales levantaba su linda cabeza, dejando flotante su hermosa cabellera.

El que llegaba era un extranjero que iba á dar de beber en el río á su brioso y sudado palafrén: llevaba sombrero de caña de anchas alas, poncho ó ruana blanca de listas encarnadas y enorme espada á la cintura: era joven, español y hermoso. Al mirar á Elvira quedó absorto, como si acabase de ver una divinidad, y por mucho rato estuvo persuadido de que era una de esas sirenas deque hablan los cuentos populares, que hechizaban con su voz y su hermosura, porque en aquella época, para los españoles, la América contenía todas las maravillas imaginables.

- Por Dios, caballero! le gritó ella con una voz más dulce que la de las sirenas, tened la bondad de retiraros.

- Perdón, señora, replicó el extranjero, si he sido importuno: escusadme; ignoraba primero que estuviéseis aquí, y después, al veros tan hermosa no he podido alejarme de este sitio.

Volvió rienda á su caballo y se dirigió á la ciudad, llevando presente la imagen de la divinidad que había sorprendido en medio de las ondas.

El extranjero era don Rodrigo Peñalver, hijo del Oidor de este nombre, de la Audiencia de Santafé, quien, habiendo muerto pocos meses antes, sólo le había dejado un nombre honorable que mantener; y que venía de aquella ciudad á Tocaima á servir de agente en los numerosos negocios de Juan Díaz.

Habiendo sido su padre antiguo amigo del capitán Gonzalico, éste apenas supo su llegada, mandó á saludarlo y á ofrecerle su casa, motivo por el cual Rodrigo se apresuró á venir á darle las gracias. Mas, cuál fué su sorpresa al reconocer en la linda castellana que salió á recibirle la visita, á la misma divinidad del río, pero embellecida por una gracia sin igual y una urbanidad franca, sencilla y esmerada!

Empezaron por comprenderse los dos jóvenes, simpatizando en placeres, inclinaciones y afectos; y después de muchas noches en que juntos habían contemplado la luna en silencio; de gratos paseos, en que siempre cogía Rodrigo una nueva flor silvestre para obsequiar á Elvira, y de haber ésta escuchado distraída las canciones que, acompañado de la guitarra, entonaba Peñalver en su presencia, una y otro comprendieron que se amaban, pero ambos guardaron el secreto en el fondo del alma.

Gonzalico lo había adivinado, y cuando los oía cuchichear y veía á Elvira ponerse colorada, decía para sí: ¡Cáscaras! y qué linda pareja seria ésta. Voy á darle en dote a mi hija la Vega de Gonzalico, que tarde ó temprano ha de valer como valen las tierras en Castilla.

Pero ni Gonzalico ni los amantes habían contado con que Juan Díaz estaba enamorado de Elvira, y que, audaz en sus empresas, obstinado en sus empeños, perverso y sagaz, emplearía todos los medios para obtener su posesión.

La primera noticia que de su amor tuvieron fué un golpe terrible para Rodrigo, quien fué llamado por Juan Díaz á su pieza particular y para que escribiese en nombre de éste una carta á Gonzalico, solicitando su hija en matrimonio.

Jamás hombre alguno fué más torturado que Rodrigo al escribir las frases que Juan Díaz le dictaba. Mil veces pensó despedazar la carta y arrojársela á la cara; pero ¿quién era él para tener tal derecho? ¿Sabía acaso si Elvira lo amaba? Y debía él, pobre aventurero, entrar en lucha con un español rico y lleno de poder y de influencia? No hubo remedio: tuvo que resignarse á su martirio, y escribir en nombre de su rival y al padre de su amada.

Por fortuna para los enamorados, Gonzalico era el tipo del caballero español, incorruptible, indomable y altanero.

¡Cáscaras! que es atrevimiento en un hombre que no ha recibido ni el don, el pretender casarse con la hija de un Capitán de Dragones de mi amo el Rey, dijo al leer la carta; y sin más reflexión, en una cuartilla de papel grueso y con caractéres que solo él podía descifrar, contestó:

« JUAN DÍAZ: No seas osado. No pretendas á mi hija, que es hija de noble.-HERNÁN GONZÁLEZ. »

Se puede herir impunemente un león, y el moribundo animal quizás olvida al agresor; pero jamás se pisa una serpiente sin que se vuelva furiosa á morder con su diente envenenado al infeliz que la ofende.

Juan Díaz, despreciado, sintió crecer su amor con la venganza; y poseer á la hija y humillar al padre fué ya toda su ambición, todo su empeño.

Rodrigo lo comprendía así, pero se creía impotente para romper sus tramas, y además tuvo la desgracia de que Diaz lo hiciese confidente de su amor, sin que él se atreviese á confesarle el suyo, creyendo que era una profanación revelar las íntimas escenas de cordialidad y de ternura que habían pasado entre los dos amantes y que no le daban el derecho de creer que Elvira lo amaba; y se resolvió á permanecer silencioso, aguardando que los acontecimientos tuvieran algún desenlace.

Juan Díaz principió por querer conquistar el cariño de Elvira con suntuosos regalos, que ella siempre rechazaba, y otra infinidad de demostraciones que empezaron por hacerlo ridículo á sus ojos y concluye por hacerlo odioso; pero Juan Díaz no desmayó por eso, y acostumbrado a vencer todos los obstáculos por medio de la astucia, el oro y la corrupción, resolvió emplear sus habituales instrumentos en esta empresa, en la cual estaban interesados su corazón, su vanidad y su venganza.

Valióse de los nobles que le debían dinero para que favoreciesen sus pretensiones con Gonzalico; pero éste, con un desprecio por la riqueza desconocido en nuestro siglo, permaneció inflexible. Valióse de algunas mujeres para que insinuasen su amor en el corazón de Elvira; pero encontró allí una roca. Entonces, perdiendo su acostumbrada habilidad, resolvió apelar á la violencia y robarse á Doña Elvira, como medio seguro de casarse con ella, para que el padre pudiese salvar su honra.

Con oro y con maldad, entonces como ahora, las cosas eran fáciles.

Juan Díaz encontró quien ejecutase el acto sin que lo comprometiera en caso de ser descubierto.

Una tarde, cuando Doña Elvira atravesaba el sendero de matas de piñones y de pencas que conducía de su casa al rio, salieron dos hombres fornidos, y como quien levanta una paloma, la tomó el uno en sus brazos, mientras el otro se puso en asecho para evitar el ser sorprendidos. Pero quien ama, vela. Rodrigo iba todas las tardes á ver de lejos á Elvira, y oculto en la maleza permanecía hasta que ella regresaba del baño. Al ver la infame acción ejecutada por esos villanos, se lanzó sobre ellos, y con la rabia de un tigre y la fuerza de un gigante les arrebató la joven, maltratándoles terriblemente y obligándoles á huir.

Este acontecimiento llenó de terror á Elvira, de espanto á su padre y de cólera á Rodrigo. Cuando Juan Díaz supo lo acontecido, soltó una feroz carcajada, y dijo: - ¿Con que teníamos un rival en Rodrigo, y al traidor había yo confiado mi secreto? Bueno! á éste también alcanzará mi venganza!          

Pocos días después tuvo necesidad Juan Díaz de remitir á las cajas reales el entero que debía hacer como rematador de los ramos de alcabala y aguardientes, que montaba á más de 4,000 patacones; y como á la persona de más confianza confió á Rodrigo su conducción.

La víspera del viaje estuvieron hasta las seis de la noche pesando, en presencia de varios amigos, castellano por castellano, todo el oro que Rodrigo debía conducir, y después de que lo acomodaron en pequeños caones forrados en cuero, que fueron colocados en el cuarto de Rodrigo, Juan Díaz, haciéndole firmar el competente recibo, se despidió de él hasta la vuelta porque se iba á pasar la noche en el campo, debiendo aquél madrugar.

Rodrigo, que tenía su pensamiento en otra parte, sólo deseaba que se concluyese la enojosa tarea de recibir el dinero para ir á donde su Elvira, que impaciente y llorosa lo esperaba. Cerró la puerta de su cuarto y se fué á verla.

¡Oh! momentos supremos para los amantes; lágrimas que revelan al fin un amor no confesado, tiernas despedidas, juramentos de amor y de constancia, sublime amalgama de supremo dolor y de inefable dicha, cuán veloces sois! Rodrigo y Elvira, estrechándose la mano, se dieron el último adios.

Al mismo tiempo concluía Juan Díaz una operación que no era tan poética, pero no menos interesante que la escena de los amantes. Apenas salió Rodrigo, entró por una puerta excusada, descosió algunos de los zurrones estrajo el oro y lo sustituyó con hierros; volvió á cerrarlos y se retiró después de haberse robado su propio caudal.

Lo que después pasó es fácil de prever: el oro no llegó á Santafé; Rodrigo, que no daba razón de su pérdida, fué detenido y encarcelado, pocos días después entraba á Tocaima maniatado, para ser juzgado como ladrón de la Real Hacienda, por lo cual debía ser ahorcado.

Su entrada fué el primer placer de Juan Díaz.

-Cáscaras! de la que se libertó mi hija, decía Gonzalico: de haber tenido por marido á un ahorcado!

Sólo Elvira tenía fe en la inocencia de su amante; lloraba por él, y pedía al cielo su libertad.

Después de varios trámites y de haberse interrogado á todos los testigos que vieron recibir el oro, Rodrigo fué condenado por la audiencia de Santafé á ser ahorcado en la plaza de Tocaima.

Este fué el segundo placer de Juan Díaz.

Elvira, desesperada, loca, en su horrible dolor, en su tormento, resuelta á buscar todos los medios de salvar á su amante, habiendo implorado á los jueces, se acordó de Juan Díaz, y le escribió suplicándole que en nombre de ese amor que tantas veces le había jurado, hiciese algo por salvar á Rodrigo.

Este fué el tercer placer de Juan Díaz.

El sevillano, que conocía el amor de Elvira, no le quitó toda esperanza; fué atormentándola con bellas y lisonjeras ilusiones, que al día siguiente hacía desvanecer; fué arrancando promesas, inspirando confianza, tomándose libertades, haciendo exigencias, hasta que formó de ella un débil instrumento que manejaba como quería, con sólo aumentar los terrores ó animar las esperanzas.

Entre tanto el día señalado para la ejecución, que era el martes después de Pascua, se acercaba yá, y ninguna esperanza había sobre la tierra.

El Jueves santo sacaba el estandarte del Cristo Juan Díaz, y se preparaba una procesión tan suntuosa como jamás se había dado en Tocaima, y digna de las riquezas del sevillano. Elvira, lánguida, agonizante y cadavérica, había convenido en asistir á la procesión, á pesar de su situación, por tenerlo grato; y Rodrigo, que estaba en la rejilla de fierro de la cárcel, debía presenciado todo.

A las tres de la tarde la multitud se agolpaba á las puertas de la iglesia; un paso había salido yá, y la procesión avanzaba por en medio de la gente, cuando se presentó Juan Díaz en la puerta á recibir el estandarte de la cruz; apenas lo tomó, un rayo cruzó la atmósfera y un trueno formidable retumbó en el cielo. La multitud se paró aterrada: y al mismo tiempo se deshizo una furiosa tempestad que impidió que saliese la procesión.

Juan Díaz, lleno de rabia, se dió á maldecir, con escándalo de la multitud espantada.

El Viernes santo, día guardado siempre con religiosa solemnidad entre los católicos, era en aquellos tiempos de una severidad y rigidez extrema. Nadie comía carne, todos ayunaban, y los más religiosos se mantenían con pan, agua y ajenjos. Ni un grito, ni una voz, ni una campana se oía en la ciudad, y el día y la noche se pasaban en las ceremonias sagradas ó en la meditación de la pasión y muerte de Nuestro Señor.

Pues bien; Juan Díaz, por una extravagancia incomprensible, resolvió dar una espléndida cena en su casa la noche del Viernes santo, día 9 de Abril, después de la procesión de la Soledad; y logró que algunos jóvenes disolutos le acompañasen y que muchos nobles sus deudores se comprometiesen á asistir.

Su casa estaba resplandeciente: el pueblo que había asistido á la procesión se dirigía á la Casa grande, y al ver el aparato de la fiesta, Principiaba á murmurar contra tamaña profanación del más grande de los días; pero Juan Díaz se había ganado á algunos hombres, y por medio de ellos empezó á repartir aguardiente, y al cabo de dos horas el pueblo se olvidaba de que era Viernes santo y se entregaba á la orgía.

Entre tanto los disolutos principiaban á entrar, y los nobles se deslizaban entre la multitud, avergonzados y temerosos de ser conocidos, y ganaban el portón lo más pronto que podían.

Juan Díaz, que estaba radiante, orgulloso y satisfecho haciendo los honores de la fiesta, había hecho decir á Elvira:

«Rodrigo es inocente, pero está ya condenado y morirá sin falta. Podeis salvarlo si os prestais á ir á rescatarlo á la prisión, mientras yo distraigo en mi casa á las autoridades. Os envío una llave de la cárcel. De allí lo llevareis á casa por una puerta excusada y así estará en salvo. Si vacilais, va á morir. »

Elvira asistió á la procesión de la Soledad y se perdió entre la gente. Fué á la prisión, rescató á su amante y por una calle excusada se dirigió la puerta del solar de la Casa grande. Allí una persona les dijo: -"Entrad por aquí, y esperad un momento.» Los condujeron por un pasadizo oscuro á una pieza que estaba igualmente en las tinieblas, y donde se escuchaba el rumor y bullicio que había en el salón.

Gonzalico, que había perdido á su hija en la procesión, la buscó en vano. Volvió á su casa y la encontró vacía; se dirigió al acaso, á donde iba la gente, y llegó á casa de Juan Díaz; preguntaba á todos por ella, y nadie le daba razón. Guiado por un fatal presentimiento, entró á la casa y se quedó abismado al oír la algazara y el bullicio que reinaba en el festín.

-Bienvenido seais, Capitán Hernán González, le dijo Juan Díaz; para vos hay un lugar predilecto en este banquete.

-Mi hija es lo que busco, contestó Gonzalico.

-Voy á traérosla.

Entonces Juan Díaz se retiró, entró á la pieza en donde estaba Elvira, y tomándola de la mano, levantó una cortina y la presentó en el festín.

-Vedla todos, dijo. Ella misma ha venido á mi casa.

El viejo Gonzalico se quedó como herido por un rayo los convidados echaron vivas á Juan Díaz y apuraron sus copas.

-Maldito seais, Juan Díaz! dijo el viejo. Malditas sean tus riquezas!

-Ni Dios puede quitármelas, dijo Juan Díaz, ni Dios puede quitarme á Elvira!

Entonces un vago rumor empieza á oirse; la multitud grita espantada en la calle, el ruido se aumenta y se hace atronador y terrible, un viento colosal apaga todas las luces, y una ola de agua invade el salón y se lleva todo cuanto se le opone.

Una inmensa creciente del Bogotá se llevó con Juan Díaz la Casa grande y la ciudad de Tocaima el día 9 de Abril del año de 1460.

Al día siguiente sólo se encontraron los dos cadáveres de los amantes abrazados en la playa, y la imagen de San Jacinto, que flotaba sobre las ondas.

San Jacinto es el patrono de la ciudad actual.

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