XXI. - MI SOBRINA.
Todos los cachacos conocen en Bogotá á Adela, pues su belleza
oriental, su frescura de rosa, su juventud risueña y su coquetería
encantadora la hacen la muchacha más popular y más obsequiada de la
ciudad, con gran placer de mi hermana Tránsito y orgullo mío, que
soy su tío, aun que les pese á los cachacos.
Pero como en otras partes no la conocen, y yo quiero extender su
fama, voy á pintarla, pidiendo perdón al público de mi nepotismo,
tan natural como el que en otro tiempo se inculpaba á la corte de
Roma; por que si uno no trata de los individuos de su familia,
¿quién ha de tratar de ellos sino para hacerles mal ó
desacreditarlos?
Adela es preciosa y ha recibido la mejor educación que se da en
Bogotá. Estuvo cinco años en el colegio de doña Bibiana, llamado de
la «Transfiguración,» que es el más acreditado, y en efecto la
transfiguraron. Qué adelantos! qué progreso! Sabe hacer cálculos de
memoria hasta por setecientos mil trillones, sumar (también por
cálculo) todas las cantidades que acaben por quince, las otras no,
y dividir las que acaben en cero; con otros juegos de cálculo que
nos tienen fascinados. Es verdad que no le han enseñado á escribir
los números ni á practicar las cuatro vulgares operaciones por el
método común, porque esto es muy retrógrado.
Sabe también mi sobrina todo el Fleury, el catecismo de
controversias, y de memoria unos versos que principian:
«Con v se escriben válvula, vaca,
Vanagloria, vasija, venero,
Vaticinio, valor, vocinglero,
Vegetando, volar, vacilar ;»
versos que ella declama admirablemente, dando su expresión á
cada pensamiento, y enterneciéndose en donde el asunto lo
requiere.
Item más: ha aprendido á hacer frivolité, y otras obras de mano
primorosas, según he podido observar por varias que tiene
principiadas, pero que jamás acaba.
Su maestro es Sindichi, y canta, dicen, como una alondra los
pasajes más difíciles de La Norma en el papel de Adaljisa. Esto nos
priva de que la oigamos con frecuencia, porque para ello se
necesita que estén reunidos el maestro que la acompaña; la niña que
le haga primo, pues ella sólo hace segundo; el libro donde está la
música, y el piano de su casa, que es el que armoniza con su voz,
pues los otros, ó están muy altos, ó muy bajos.
En cuanto á la parte moral, mi sobrina es buena; pero algunos
defectillos no dejan conocer todo su mérito, tales como ser algo
beata, estar envanecida á causa de su hermosura, y saber que en su
casa domina como una sultana, lo que perjudica su modestia
encantadora.
Algún trabajo le cuesta á mi hermana hacerla levantar temprano
para ir á misa; pero al fin Adela, linda como la aurora y fresca
como la amapola, se pone de pié; se mira al espejo que tiene al
frente; se pasa las manos por la cabeza para sentar los rizos de su
rubia cabellera; toma un buche de agua del vaso de cristal que, con
otros mil adornos, forma el servicio de noche ; se pone á toda
prisa la saya y se envuelve en la mantilla, con lo que queda más
gentil y más coqueta que una andaluza. A esto está reducido su
tocador por la mañana; advirtiendo que el agua de la boca la arroja
al llegar á la puerta de la calle.
Después de misa se queda de saya entre la casa, ó en un más
sencillo negligé, pasa la mañana tarareando canciones ó jugando con
sus pescaditos, canarios, turpiales, conejos, perros y gatos.
Pues la casa de mi hermana es un verdadero jardín zoológico, y
un día de éstos voy á encontrar allí rinocerontes y dromedarios,
debido á que ahora es moda en Bogotá regalar á las señoritas toda
especie de bichos, ya como recuerdo de viajes, ya como aguinaldos,
cuelgas, &c., &c. El hecho es que, según el lugar
que los caballeros ocupan en el corazón de mi sobrina, ese ocupan
las jaulas de los pájaros en el patio; y aquél es un trajín de
sacar y meter, de rezagar y de dar de alta, que los criados se
desesperan, y mi hermana está casi al volverse loca.
Una noche rompió la bomba de cristal que encerraba una docena de
pescaditos de oro, que Mr. Cóket le había traído de Londres, y los
animalitos fueron á nadar en la estera. Otra vez arrojó á «
Recuerdo» por el balcón, lindo perro de los que llaman del «Rey
Carlos» y que antes le había visto besar y llevar á todas partes.
Ahora el esmero lo tiene con un caimancito que le trajeron de
Honda, y que se conserva vivo á virtud de sus cuidados.
El cuarto de Adela bien merece pintarse. Las paredes están
cubiertas con los figurines de la «Moda elegante» en línea de
batalla; y en el un extremo el retrato de mi cuñado, pendiente de
un clavo romano, pero velado por los aros de la nueva crinolina,
que han merecido este puesto de cuidado; y en el otro extremo la
«Rosa Padilla,» sostenida sólo por un alfiler, pues los otros tres
los ha arrancado Adela en los momentos de afán.
Hay un sofá que no sirve para sentarse y descansar, porque sobre
él están extendidos los trajes de seda y las enaguas bordadas,
recién almidonadas y aplanchadas.
Lo que hay sobre la mesa exige una factura, y para describirla
necesitaría que me pusiesen dietas como á los Diputados al
Congreso, para pasar el tiempo en fruslerías. Sólo diré que junto
al saco de los libros místicos está un zapatico de raso blanco: más
allá, abierta la caja de un aderezo, un pupitre de nácar, los
burujos y crepé de pelo con que se forma los bucles, y un
camisolín; y del otro lado un álbum, un ramo de flores artificiales
y un frasco de esencia; en fin, todo cuanto sirve para el vestido,
el adorno, el placer ó el capricho de una mujer, en espantosa
confusión.
El bañador de caoba, que ocupa el otro extremo del cuarto, está
igualmente tan colmado de cosas, que con frecuencia Adela tiene que
colocar sobre un asiento de paja la taza para lavarse la cara, lo
que ha hecho que éste pierda su barniz.
Andan por el suelo, una tabla de dibujo, sobre la que está un
loro á medio acabar y que trajo en ese estado Adela del colegio
para concluir; un bastidor con un par de chinelas de paño rojo,
principiadas á bordar con acero, y que fueron para el «Bazar de los
pobres» de hace tres años, fueron para el pasado y para el
presente, y serán para el venidero, sin que haya esperanza de que
los pobres alivien con ellas sus necesidades; y un cojín de
terciopelo con borlas. He dicho que andan, porque, en efecto, la
enorme cola de Adela, que á cada momento tropieza ó se enreda con
estos objetos, los tiene siempre de aquí para allí.
Mi hermana no deja á Adela leer novelas para que no se pervierta
con las lecturas francesas, y esto ha hecho que se quede sin nada
en la cabeza y sin nada en el corazón; pero en historia es muy
fuerte. Nadie como ella se hace el peinado «á la María Stuart,» «á
la Dubarri,» y á la Capul». Conoce perfectamente el origen,
progresos é historia del Guarda Infante ó crinolina, desde las más
remota antigüedad.
Conoce el francés bastante bien para saber lo que es bouquet,
perfumerie, toilette, crepé, trousó y souvenir, y jamás nombra
estas cosas ni los adornos de los trajes en español.
- ¡Virginia!
-i Mi señora!
- ¿Dónde está mi corsé?
-Voy á buscarlo, porque su merced como que lo dejó en la sala
anoche cuando se quedó dormida.
- ¡Virginia, Virginia!
- ¡Mi señora!
- ¡No me has puesto la talvina!
-Ya está lista y voy á llevársela á su merced.
- ¡Virginia!
- ¡Mi señora!
-A ver mi cepillito de dientes.
-Sobre la baranda lo puso su merced.
- ¡Virginia! ¡Virginia! ¡ah demonio! que me hace desesperar!
-j Mi señora!
-Te vas sin acabarme de calzar y me dejas una hora
esperando!
Diálogos semejantes, á voz en cuello, preceden siempre al tocado
diario de Adela, que principia á la una del día; pero que se
prolonga indefinitivamente, porque jamás parecen las cosas, y que
muchas veces no termina, porque se pone colérica, y á la hora de
comer se presenta todavía desgreñada.
Esto en cuanto al tocado diario, que el del domingo principia
más temprano y es más tranquilo; porque ese día viene peluquero
francés y hay traje nuevo que, con todo lo necesario, le tienen
preparado yá, lo que no obsta, sin embargo, para que haya rabietas
de cuando en cuando, porque el traje le hace más ó menos ancha la
cintura y porque el colorete no le queda bien en la cara. Pero yo
he logrado que éstas vayan minorando, desde que le hice observar
que el color se le encendía y los ojos se le hinchaban, lo que
indudablemente la desperfeccionaba.
- ¿Cómo te va, china?
- ¡China mía, querida!
Así se saludaban Adela y su amiga Elena el otro día que ésta
vino á visitarla, y dándose abrazos y besos.
- ¿Cómo te fué de sermón?
- Muy bien. Yo me encanto con el doctor Perilla.
- Yo también soy furiosa perillista; y no sé cómo hay algunas
que oyen con paciencia al doctor Amézquita.
- Allá te ví coqueteando con Lisandro.
¡Embustera! ¿Y qué hay de Octavio?
Ya eso no anda.
- ¿De veras?
- De veras china, logré descartarme del piringo, me tenía
aburrida.
- ¿Y ahora?
- No te cuento, porque tú eres muy reservada conmigo.
- ¡Cuéntame!
- Pues bien, me caso.
- ¿Deveras? ¿Con quién?
- Por fin con Don Camilo.
- ¿El dueño de San José? Dicen que es muy rico.
-Y muy caballero. Mi papá está muy contento. Ha comprado la casa
de Enrique París. Allí sí que hemos de tener tertulias.
- ¿Quieres fumar un cigarrillo?
- ¿Y si tu mamá nos pilla?
-Vámonos al jardín y allá podemos fumar y conversar sin que nos
vean.
Ayer la encontré como una Dolorosa, ó mejor dicho, como una
Magdalena, en medio de sus galas y joyas.
- ¿Qué hay, Adela? dime ¿qué ha sucedido?
- ¡Ay, tío! soy muy desgraciada!
- ¿Qué te ha pasado? ábreme tu corazón. Confíaselo todo á tu
viejo tío.
- ¡Que no tengo polvos de diamante!
- ¿Qué, qué, qué?
- ¡Que no tengo polvos de diamante para la tertulia de esta
noche, y Tulia lleva!
- ¿Y para qué quieres esos polvos?
- Pues para el pelo, tío; es la última moda. Han llegado unas
pocas cajas, pero cuando mamá fué, ya se habían acabado! ¡Qué hago
yo!
- ¿Y tú sabes que haya de eso, en efecto, en Bogotá?
- Sí, tío, si el peluquero que peinó á Tulia á las ocho de la
mañana para la tertulia de esta noche, y que vino aquí á las once,
me dijo que ella estaba ya empolvada. Pero por mí nadie se
interesa! nadie me quiere! soy muy desgraciada y tornó á
llorar.
- No llores, mi bien, que si hay en Bogotá, yo te prometo
conseguirte los polvos de diamante.
A la hora me presenté con los polvos, y volví la vida y la
felicidad á mi sobrina.
Hace más de un año que Alfredo, joven abogado y sumamente
estimable por sus modales y su comportamiento, está perdidamente
enamorado de Adela; y ésta ha hecho por él algunas cosas que no son
pruebas de amor, sino de coquetería loca y atolondrada, como
regalarle flores, y creo que hasta recibirle un billetico.
Por otra parte, Don Patricio, rico hacendado, tosco y vulgar, le
ha hecho á mi cuñada formales proposiciones sobre la mano de
Adela.
Hoy me mandó llamar mi sobrina muy temprano con su china
Virginia, que, sea dicho de paso, no pára un momento y anda todo el
día de casa de la modista á la del jardinero, de allí á la de una
amiga y de la de ésta á la calle real á buscarle botines y guantes,
cintas y abalorio.
Tomé á toda prisa mi sombrero y me puse en camino.
Cuando llegué, Adela me aguardaba en el descanso de la escalera:
estaba pálida, ojerosa y triste.
Qué nuevos polvos se le habrán ocurrido hoy á mi sobrina? dije
para mí al verla.
Ella me extendió la mano, me condujo á su pieza, y allí,
soltando un mar de lágrimas, me dijo
- ¡Alfredo no me quiere!
- ¡Vaya. Esas son tonterías! Como hoy no tienes nada
extravagante que desear, te has puesto á atormentarte con esto.
Alfredo te quiere mucho.
- No; anoche en la tertulia creí deslumbrarlo. Me puse mi mas
rico aderezo; el traje estaba magnífico, y los polvos para la cara
que usted me trajo me han servido mucho; sin embargo, apenas me
miró á la entrada; después no me habló en toda la noche y no quiso
bailar.
- ¿Y tú quieres de veras á Alfredo?
- Sí, tío, se lo confieso á usted, éste ha sido mi único amor,
lo quiero mucho!
- ¿Más que á Don Patricio?
- ¡Ah! no se burle usted de mí! ¿Acaso pudiera yo hacer lo que
Elena, sacrificarse al dinero?
- ¿Lo quieres más que á tus trajes, á tus joyas y á los polvos
de diamante?
- ¡Lo quiero más que á todo en el mundo!
- Pues yo creía lo contrario, y él debe haber creído lo mismo
que yo.
- ¿El! por qué?
- Porque tú dabas pruebas de otra cosa.
- ¿Yo? ¿Dar pruebas de otra cosa?
- Sí, de preferir casarte con Don Patricio!
- ¡Jamás!
- Escúchame un momento, y después dime si él y yo teníamos razón
de creer que tu preferías á Don Patricio; y está segura de que la
conducta de Alfredo no ha tenido otra causa que la de ver sus
esperanzas desvanecidas y sus más bellos sueños destruídos por tu
conducta. Alfredo es honrado, instruido, noble y generoro, pero
pobre; y al amarte te había creído digna de ir á embellecer su
hogar sagrado pero modesto, donde recibirías diariamente los
testimonios de su amor y de su admiración. El no te puede dar
joyas, trajes ni fiestas, como tú necesitas; y tú serías por esto
desgraciada con él.
- Pero si esos trajes y esas joyas las quiero yo para parecerle
á él hermosa, ¿qué me importan si él me ha de amar sin ellos?
- Oyeme, pues, y arregla tu conducta. Cada traje ostentoso, cada
capricho de lujo y vanidad, te aparta un paso de Alfredo y te
arrastra por una pendiente rápida hácia Don Patricio el rico: sigue
como vas, y al fin tendrás que hacer, á tu pesar, lo que hace
Elena-casarse por dinero.
Adela tiene hermosos instintos; una alma apasionada y ama mucho
á Alfredo; y entre esto y los vicios de su educación y las tontas
exigencias de la sociedad, se ha establecido desde hoy una lucha á
muerte.
Veremos qué triunfa.