II. - EMILIO EL DOCTOR.
Aquí en Bogotá, en donde todos nos conocemos por nuestros pelos
y señales, y en donde reina la mayor fraternidad, así entre Florido
el sacristán y el venerable de la logia, como entre la aristócrata
Doña Mariana, que da recibos, y la Abondano, que hace los colchones
para todos los novios; aquí, en donde todo se sabe de las personas,
menos cómo viven, y en donde no hay más extranjeros que dos ó tres,
más santafereños y marrajos que nosotros mismos; aquí, digo, me
parece extravagante é inútil la moda de las "presentaciones" que
quieren establecer los que vienen de Europa. Ridículo es el
contraste entre la refinada etiqueta de Luís Bonis, que acaba de
llegar, y la impertinente naturalidad de mi tía Casimira, á quien
lo presenté hace pocos días. Imagínense que dándome el aire más
elegante, la dije con toda gravedad: - « Tía, el señor Luís Bonis,
venido de París»-- «Señor Bonis, la señora…….» y
olvidándoseme el apellido del marido de mi tía (cosa que á ella
también le ha sucedido), tuve que decirle simplemente: «la señora
mi tía.» Preparábase yá mi amigo á hacer la más cumplida cortesía
con una mano en el pecho y otra en la costura del pantalón, cuando
mi tía, con una rudeza imperdonable, exclamó:
- « Luisito ¿cómo te va? Qué grande estás! Ya volvistes? Mirá,
veni acá, hala, contáme ¿y vos vistes al Gran Turco ?»
Enemigo, pues, como soy, de las presentaciones, y conociendo el
público á Emilio tanto como conoce á la torre de la Catedral, no
empezaré presentándoselo, sino contándole de llano en llano su
angustiosa situación desde que es doctor.
Pero ¿cuál doctor Emilio? preguntará alguno, porque hay tántos.
Yo había determinado designarlo por su nombre propio más bien que
por su apellido, porque no me sucediese lo que á mi señora madre,
que teniendo cuatro hijos doctores (más le convendría tener cuatro
serpientes), sin contar uno que es pichón de leguleyo, siempre que
preguntan á la puerta por el doctor, tiene que empezar la infeliz
como rezando letanía mayor. ¿Cuál de ellos? ¿El doctor Régulo? ¿El
doctor Bradamante? ¿El doctor Lacordaire, ó el doctor Renegado? Y
no se admiren de estos nombres, porque aquí ya no hay Juanes, ni
Pedros, ni Mónicas, ni Gaspares, sino Washingtones, Ricaurtes,
Bolivias y Corinas.
Y pues tengo que contestar de qué Emilio hablo, empezaré
diciendo - si es una hermosa quien pregunta - que Emilio es el que
pasa á las cinco y media por su casa, elegantemente vestido, con
aire noble y sonrisa inteligente; el mismo que bailó con ella en la
tertulia anterior un vals á tres tiempos, tan rápido y acompasado
como poético y aéreo; y el mismo, en fin, con quien estuvo hablando
sobre las «Dos Dianas» y el «Tulipán negro,» y cuyas opiniones
sobre la literatura moderna y la emancipación de la mujer tánto le
gustaron.
Si es un político quien interroga, le contestaré que Emilio es
ese joven que se preocupa con la necesidad de una reforma social:
uno de esos jóvenes generosos que amando la libertad con
entusiasmo, no pueden creer que los viejos rezagados sean los
llamados á gobernar la República.
A los demás no puedo decirles de quién hablo, pues él ni es
comerciante ni….. abogado iba á decir, con mengua de su
título; pero sí diré, ni abogado con clientes, por más sociedades
jurídicas que ha formado y anuncios que ha puesto al público;
Emilio vive de incógnito.
Emilio es mi amigo, pero no tan íntimo como aquel que escribió
sus memorias; y nos queremos como hermanos, lo que quiere decir
que, como ellos, tenemos frecuentes y reñidas contiendas, y esta
amistad me da derecho á que él ocurra á mí de preferencia en todas
sus cuitas y á que me cuente todas sus conquistas amorosas, por lo
cual conozco á fondo su excelente carácter, que no se parece al de
mis otros amigos sino en que, como el de ellos, siempre es más
dulce, amable y complaciente cuando me necesita que cuando yo lo
necesito.
Cuando Emilio concluyó su carrera, es decir, cuando pensó en
seguir alguna, siendo ya doctor, se quedó mirando para San Felipe,
sin tener ocupación ni oficio (cosa que no inquieta á muchos de
nuestros paisanos), y sin saber en qué emplear su vasta erudición.
Y esto de la erudición no es mentira, porque Emilio sabe
Jurisprudencia, Economía política, Sociología, Derecho
constitucional, y pudiera dar la Constitución más liberal del mundo
(no siendo para gobernar, se entiende). Mas con toda esta leña come
crudo, porque no tiene más economía que arreglar que la de su
bolsillo, más pleitos que los que le vienen como abogado de pobres
(honor que ha merecido por dos veces), ni más problema para
resolver que el de cómo almorzará mañana.
Emilio tiene un deseo insaciable de brillar de todas maneras:
sueña con presentarse un día arrancando una víctima inocente á la
sociedad, haciendo resonar su atronadora voz en el foro, y por esto
sigue adelante en lo que él llama árida chicana: los triunfos del
genio lo embriagan, y él también se pone á hacer versos: la
política le parece que es el todo para llegar á la gloria, y se
hace diputado á la barra del Congreso, en donde siempre discute con
calor y energía. Quisiera ser apóstol, legislador, reformista, y
por eso estudia la historia, la filosofía, la legislación, y tan
pronto se instruye útilmente con la «Historia de la Nueva Granada»
por el eminente escritor Plaza, como se deja arrebatar por las
perniciosas obras de Proudhon y de Lerrux ; y estudia inglés con el
mismo interés que pasa una mañana arreglando su hermosa cabellera,
porque para él, lo mismo es ser el más hábil estadista que el más
elegante en un salón ; en todo ve un triunfo, un placer, un mundo
de ilusiones.
Pero ¡ay! ésta es su desgracia, porque la filosofía no es
suficiente para convencer á Doña Rufina (la señora del hotel) de
que lo debía mantener gratis, como periódico de candidatura; y la
historia, que siempre paga las deudas de gratitud á los héroes que
fueron, no se encarga de pagar las suyas y como él tiene necesidad
de brillar, tiene también dramas y romances con los sastres y
zapateros, que no ven en él al apóstol del pueblo (¡son tan
estúpidos!) sino al cachaco estafador; y cada vez que alguno
anuncia que va á publicar los nombres de sus deudores, Emilio se
pone pálido, tembloroso, y se suicidaría si yo no lo sacase del
apuro.
Hace tres días que fuí á pagarle una visita que él me hizo, ó
mejor dicho, que hizo á mi bolsillo, y lo encontré en su lindo y
embalsamado cuarto, envuelto en una bata de cachemira, y con un
gorro y unas chinelas que le había regalado su novia. Estaba
sentado delante de la mesa, en actitud de escribir, y con aire
entre meditabundo y distraído; mientras que un muchacho con cara
sucia é impertinente esperaba á la puerta. Emilio levantó la cabeza
al verme, y con aspecto de mártir me señaló lo que estaba
escribiendo, y al muchacho, que yá se había entrado á la pieza.
¡Señal muda pero significativa! Estaba escribiendo un poema
titulado «El fin del mundo,» y el muchacho, que no tenía para qué
aguardar á que el poema se concluyese, le exigía, á nombre del
despiadado zapatero, el valor de los lucientes botines que se había
estrenado el domingo anterior.
Mientras que Emilio se arreglaba con el mozuelo, que parecía muy
obstinado, me puse á examinar los papeles que estaban sobre la mesa
en horrible confusión, y encontré un drama, «Diana,» acto I.°,
escena I.ª , en blanco. «Traducción de las obras completas de Lord
Byron, » carta I.ª á la señorita Pegote, en blanco. Poema « El
último creyente,» canto I.º
"Con rudo golpe las arterias laten,
Hierve mi sangre como ardiente lava,
La aguda espina del dolor se clava
En mi ardorosa y palpitante sien;
Sin fe ni amor "(Interrumpido). " Extracto de las leyes de
partida." "Advertencia." En blanco.
- ¡Bravo! le dije, si así seguimos, ni el Tostado. Se sacaron la
rifa los impresores, y yá no tienen que buscar las impresiones del
gobierno para vivir; ¿y quién paga todas estas obras? - No te
burles, me contestó; mira, hace tres días que no salgo ni á ver á
la gentil Pepita, y paso las horas delante de la mesa, sin dormir
siquiera, pensando en escribir para ganarme un nombre; pero
principio, formo mi plan, cierro los ojos, descubro un mundo
hermoso, voy á pintarlo, y encuentro delante de mí á la lavandera,
que viene á pedirme los tres y medio de la ropa; y entonces huyen
de mí mis fantásticas concepciones. Empiezo otra obra, con objeto
distinto, y entonces es el niñito de la casa que viene de parte de
su mamá á decirme que yá han corrido dos meses sin pagarle, y que
necesita el dinero: y cayendo así desencantado de las fantásticas
regiones de la ciencia al inmundo lodo de estas mezquindades de la
vida material, maldigo esta sociedad corrompida que esteriliza en
mí el genio y ahoga la virtud.
-Bonito discurso para una sociedad democrática; pero es preciso
ser razonable: dime francamente, ¿qué tiene que ver la sociedad con
tu lavandera, ni con tus cuitas, ni con que te pases el tiempo en
necedades, en vez de trabajar?
-Oh, qué vulgar vienes! me contestó. ¿En qué quieres que
trabaje? ¿Quieres que sea comerciante? No tengo capital.
¿Agricultor? No tengo hacienda. ¿Empleado? No depende de mi
voluntad buscarme un destino que me dé con qué vivir dignamente,
que sea de aquellos que no tienen una servil sujeción, y que me
deje libertad para estudiar.
-Es decir, le interrumpí, un destino con sueldo y sin funciones.
Así no se puede servir en este país.
-Estás qué impertinente, replicó. ¿Qué dices de escribir un
periódico político y de costumbres? Tú sabes que Emilio Girardín,
con sólo la redacción de "La Prensa," se hizo poderoso; y yo me
siento como inspirado para eso.
-Este proyecto sólo tiene tres inconvenientes, contesté: 1.º Que
entonces las cuitas se extenderán hasta los impresores, y esto
complicará la situación y no podrás dominarla; 2.º Que no hay en
este país más política que la de estar abajo ó estar en el
gobierno, es decir, ser oposicionista ó ministerial ; 3.º Que aquí
todos están contentos con lo que se usa, y no gustan de las
censuras, por lo cual no se venderá tu periódico.
- ¡Eres muy pesado! me contestó. Contigo no se puede hablar nada
serio; dame cuatro pesos (esto sí que era serio) para salir de ese
monstruo de zapatero, y aguarda á que me vista para que vamos á dar
un paseo.
Díle á mi pesar los cuatro pesos, con lo cual desapareció de su
frente una línea sombría, y surgió para él la alegría y el
contento. Se vistió y salió lleno de alborozo; pero al llegar á la
esquina de la calle real se mostró como atacado de cólico, y dió un
salto para tomar la acera opuesta ; era que por el otro lado venía
un comerciante á quien debía el sombrero que llevaba ; pero éste
pasó de largo, y Emilio, recobrando su serenidad, siguió hablando
de las ventajas de establecer Bancos en Bogotá, y de los
hipotecarios de Alemana, hasta que llegamos donde estaba Pepita,
que lo esperaba en el balcón seductora y amable.
Emilio se quedó en dulces coqueteos con su amada, y olvidado de
sus propias obras, sus cuitas, su porvenir y su lavandera ; y yo me
retiré pensando en ese infeliz joven inteligente y virtuoso que,
ansioso de trabajar, se veía condenado á vivir, como un perdido, en
las calles de Bogotá; y que la misma suerte corren infinidad de
jóvenes que envían de los Estados á educarse en la Universidad, que
conquistan ciencia y el título de doctores, y que no queriendo
volver á sus pueblos, se quedan aquí, llevando una vida inútil y
siendo un verdadero obstáculo para la sociedad.