XVII. - CRÍTICA
SOBRE LOS VICIOS DE LA CAPITAL.
La ciudad capital, residencia de los altos poderes y centro á
donde concurren de los Estados todos los ricos que quieren
descansar, y todos los que sin fortuna ni profesión quieren vivir;
donde se ostentan suntuosos palacios y donde el lujo supera á la
grandeza; la villa de las tiendas inmundas, sin luz y sin
ventilación, donde el pueblo vive sin salud; la mansión de los
agiotistas opulentos y de los empleados cesantes; la morada de los
ricos propietarios y de los mendigos harapientos; el lugar de las
cortesanas elegantes y de las monjas exclaustradas; el teatro donde
se aglomeran comerciantes fallidos, cantores sin ópera, sacristanes
sin misas y sin procesiones, militares licenciados, viudas
monumentales y jugadores de mala fe; Bogotá, en fin, es un
infierno, y la condición moral de su población llena de profundo
dolor al amigo de la humanidad.
Varias causas favorecen su desarrollo, al mismo tiempo que matan
todo germen de prosperidad en la población, y forman una gran
ciudad en medio de los desiertos y un pueblo miserable en un país
rico, fértil y privilegiado. Su admirable situación sobre los
Andes, con un clima dulce y una sabana abundosa, favorece el
desarrollo de la población; pero esta misma situación, tan lejos de
la costa y sin caminos, impide todo progreso agrícola é industrial,
y que llegue hasta ella el ruido de la civilización. El Gobierno
gasta una parte de su riqueza en ejércitos, sueldos y pensiones,
con lo cual da á Bogotá una vida artificial; pero este mismo
Gobierno monopoliza los veneros de sal que están en sus
alrededores, retrae de la industria á muchos hombres útiles para
hacerlos empleados, recluta á los trabajadores y somete la ciudad á
los torbellinos de la política, que en cada uno de sus cambios mata
una industria, entierra una esperanza y destruye una manera de
vivir establecida. El lujo fomenta una multitud de pequeñas
industrias de que viven los pobres; pero arruina á muchas familias,
destruye los ahorros, aniquila á los empleados y no deja nada para
el porvenir. Su civilización, sus colegios, sus placeres, atraen
mucha población, pero esta población consume y no produce, y sólo
sirve para aumentar los conflictos del día siguiente. La religión,
en fin, levanta suntuosos templos y sostiene un culto fastuoso;
pero esto no mejora la condición del pueblo.
Recorramos todos los grados de la escala social y veremos que en
todos se encuentra hoy el malestar, la miseria encubierta ó
desnuda, la inseguridad para el porvenir, el desaliento para el
trabajo, que los gastos son superiores á las rentas, y que la ruina
amenaza todas las fortunas.
Los ricos son los privilegiados de la tierra, y los males
sociales les alcanzan, como el rumor del mar agitado al que está en
puerto seguro; pero aun ellos se encuentran mal en Bogotá, porque
no habiendo empresas útiles de ninguna clase, tienen que ser
usureros ó agiotistas, y aunque parezcan muy halagüeñas estas dos
profesiones, ellas encierran, sin embargo, en su seno mil espinas
que no se descubren en la superficie. El usurero vive con la
convicción de que todo cuanto acumula lo hace con los despojos de
la fortuna ajena, porque en Bogotá la industria no da renta
suficiente para dividir entre el que presta y el que recibe un
capital á interés para trabajar. El agiotista lleva una vida
agitada, tiene que sufrir el vaivén de la política, y está expuesto
á que una revolución inesperada, una ley inconsulta, ó una
combinación financiera, reduzcan su fortuna á la mitad. Por otra
parte, los ricos ven crecer á sus hijos en un país en donde no les
queda otro camino que ser ricos, sea cual fuere la educación que
les den, y á sus hijas obligadas á contrariar sus afectos, y á no
volver la mirada á la virtud, porque allí está la pobreza. Cargan
con el odio de todos los miserables, tienen que ocultar sus goces
para no despertar la envidia de los que sufren, y se ven hostigados
por los mendigos decentes que les piden prestado, y por bandadas de
pordioseros que los persiguen sin misericordia.
Las antiguas familias de Bogotá, las que conservaban tradiciones
de virtud y buenas costumbres, y que poseían propiedades raíces,
han caído. La razón es clara: las propiedades producen apenas el 5
por 100 anual y el interés del dinero, con hipoteca, es el 18 por
100. En todas las circunstancias de la vida en que han necesitado
dinero, han hipotecado sus fincas por la tercera parte de su valor,
los arrendamientos no han alcanzado á cubrir los intereses, y las
fincas han ido saliendo de su poder á bajo precio. La pobreza las
ha sorprendido, sin poder renunciar de repente á sus hábitos de
lujo y de comodidad, y para satisfacer estas necesidades
imperiosas, un hijo se extravía por el sendero del vicio y una hija
pierde las tradiciones de la virtud.
Bogotá es, dicen, una constelación de sabios: allí brillan los
escritores eminentes, los hábiles financistas, los políticos
profundos y los consumados literatos. ¿De qué viven estos hombres?
De la política. ¿Qué les da la política? Un destino, cuando el
partido á que pertenecen triunfa.
Pintar la vida del empleado en Bogotá, sería trazar un cuadro
bien triste, y no siendo éste nuestro ánimo, nos limitamos á
observar que siendo dos los partidos en que está dividida la
República, mientras que el uno triunfa, están sin destino, sin
ocupación y sin pan los hombres públicos del otro; y que sus
familias, que pertenecen siempre á la mejor sociedad, para no
perder su posición, se ven obligadas á ocultar su miseria, su
desnudez y su hambre á los ojos del público. ¿Y cuántos sacrificios
no exige esto?
De aquí nacen muchas veces la intolerancia y la exacerbación de
los escritores de la oposición; de aquí nace la necesidad de que
todo régimen claudique; y lo más triste aún para la República, de
aquí depende que el poder encuentre siempre viles servidores, y que
se hagan populares las dictaduras, en que, sin ley ni principio
reconocido, el tesoro público se reparta entre los favoritos, y que
con destinos se compre á todos los de la oposición.
La vida en Bogotá es cara, los sueldos pequeños y el pago en la
Tesorería incierto. El empleado va con anticipación devorando su
renta, y el día de la remoción es el del hambre; el día de su
muerte, el en que empieza la disolución y la pérdida de una familia
para la virtud; porque en ese día no tiene pan, y el camino del
vicio es más fácil que el del trabajo para el que ha vivido siempre
de rentas.
La juventud de Bogotá, llena de entusiasmo, de generosos
instintos de nobles aspiraciones, pero ansiosa de placeres,
sedienta de felicidad y sin encontrar trabajo, sin resignación para
salir de aquí y sin tener dinero para gastar; teniendo delante la
tentación del vicio, y sin poder levantar su mirada al cielo del
amor puro, del cual lo aparta la pobreza; la juventud busca la
ganancia en el juego, el placer en la embriaguez, y consume su
sensibilidad y su vigor en el amor bastardo.
¿Es mejor la condición de las jóvenes?
Cándidas flores guardadas por el pudor y la inocencia, las
jóvenes de Bogotá se marchitan lentamente, teniendo por perspectiva
un mundo que las deslumbra y sin poder descubrir sus emociones,
hasta que llegan á la vejez sin encontrar esposo. A veces
traicionadas, á veces sin haber tenido una ilusión, siempre
mártires de una sociedad en donde el matrimonio es sólo una vanidad
de los ricos.
En efecto, en Bogotá, ¿qué joven que no ha heredado una fortuna
puede casarse? El matrimonio es costoso, y dos pobres que se casan,
tienen la seguridad de llevar una vida infeliz y formar una familia
miserable.
¡Qué sociedad!
El comercio de Bogotá está reducido á proveer de artículos muy
caros el consumo improductivo de la ciudad y sus alrededores, y en
tan pequeña escala, que los mismos importadores expenden por menor
los artículos que les llegan de Europa. Aquí no hay grandes casas
de comercio, donde los jóvenes entren como dependientes para ser
despues socios y empresarios; ni este comercio da, como en otros
países, ocupación á multitud de personas que en una cadena
indefinida, desde el importador hasta el buhonero, van sacando una
renta proporcional.
Pero hay más aún. En un país próspero, todo el que compra al
fiado para negociar, tiene seguridad de una ganancia, y todo el que
compra para consumir, tiene seguridad de adquirir con qué pagar; y
así el crédito, teniendo base, favorece á infinidad de personas que
trabajan sin capital. En un país miserable sucede lo contrario: el
comerciante por menor que tiene que proveer al empleado sin sueldo,
al militar licenciado, á la mujer aventurera y al joven jugador,
generalmente pierde lo que da fiado, y no puede á su turno cumplir
con sus compromisos en el día convenido. El comerciante por mayor,
que tiene que negociar unas veces con hombres de mala fe, y otras
con hombres honrados que son víctimas de los explotadores, concluye
por no abrir crédito á nadie, muriendo así la industria de todos
los que trabajan sin capital.
De esto y de las revoluciones, que paralizan los negocios, nacen
las quiebras frecuentes y casi periódicas del comercio de Bogotá;
de esto depende que todos los comerciantes por mayor tengan en
cartera una existencia siempre considerable de documentos
incobrables, y el detallador una gran lista de deudores
insolventes; de esto depende que el comercio sea tan inactivo y que
sólo se puedan dedicar á él los que tienen capital, estando
expuestos á perderlo en una de esas quiebras que, como la de
Landínez, arrastran consigo la fortuna de millares de familias y
consumen los ahorros de una generación.
Volver la mirada hacia las clases trabajadoras de la capital, es
como leer una de esas novelas socialistas que presentan siempre al
pobre luchando inútilmente contra el vicio, al hambre como
recompensa del trabajo y la honradez; á la prostitución como el
único camino abierto á la mujer; á la miseria devorando las
familias, y á la sociedad desplomándose en un abismo.
En Bogotá no hay mar ni ríos navegables, en donde una parte de
la población se ocupe en las necesidades del comercio. No hay
fábricas á donde vayan las masas de obreros á ganar su jornal. No
hay empresas industriales en que los obreros, ayudando á la obra de
la producción, deduzcan un legítimo salario. En Bogotá las clases
laboriosas están destinadas á producir artículos para el consumo
improductivo del resto de la población, y esto hace que su
situación sea más miserable que la de todos los obreros del
mundo.
Los artesanos no producen más que artículos de uso personal, y
tienen que luchar con los inconvenientes que les presentan la
pobreza de los consumidores y lo limitado del consumo, el atraso de
las otras industrias y el alto precio de las primeras materias, la
falta de capitales para trabajar, y la competencia con artículos
mejores venidos de Europa, todo lo cual hace infructuosa su
laboriosidad, su genio artístico, su virtud y su amor á la familia,
á la patria y al trabajo.
La mayor parte de la población de Bogotá no se viste, no se
calza ni tiene muebles, y por lo mismo los artesanos no encuentran
compradores para los artículos ordinarios y baratos, que en todo
país forman la base de la industria y que podrían dejarles una
renta regular. La parte pequeña, rica y acomodada que se viste,
calza y tiene muebles, quiere artículos finos, perfectos y
acabados, y los extranjeros proveen á sus necesidades mejor que los
del país.
Los artesanos, para montar sus talleres con la elegancia que el
buen gusto ha introducido, toman capitales al enorme precio del
mercado, ó más caros aún, porque no tienen hipoteca que dar. Como
los consumos son limitados en sus establecimientos, apenas alcanzan
á vender artículos suficientes para pagar los géneros y atender á
los obreros, y mientras tanto los intereses los van devorando,
hasta que caen taller, empresario é industria en completa
ruina.
El industrioso zapatero que pasa toda una semana haciendo un par
de botas con materiales del país, recorre el sábado todas las
calles de la ciudad ofreciéndolas, y no encuentra compradores. El
albañil, el herrero, el campesino, el criado, no las compran,
porque ellos no usan botas; el caballero no las compra, porque son
muy feas, de cordobán, de pita floja y de suela cruda, y al fin el
pobre hombre vuelve á su casa sin pan para sus hijos. El dueño de
un elegante taller hace esfuerzos inauditos para imitar las obras
extranjeras, y para fabricar un par de botas compra á subido precio
cuero inglés, resortes franceses y pita extranjera; y cuando ha
concluído, encuentra que el valor de los materiales extranjeros y
el jornal del obrero valen $8, y que al frente se venden botas de
Malpell á $7. ¡Tormento horrible! ¡Trabajar sin descanso y
encontrar siempre perdido el sudor de su frente!
En tan cruel situación el artesano, unas veces oye las pérfidas
insinuaciones de sus falsos amigos, que le aconsejan el desorden y
la revolución con lo cual se establece la desconfianza, se aleja el
comercio y empeora su situacion; pide á la sociedad otras veces que
lo proteja fijando un precio artificial á sus artículos,
prohibiendo la introducción de los extranjeros, con lo cual
empobrece la sociedad que lo mantiene, arruina á sus hermanos, que
tienen á su turno que pagar más caros otros artículos, funda su
industria sobre una base deleznable, y prepara una terrible crisis
para el porvenir; y otras, se hace matar en los campos de batalla,
donde nunca triunfa la causa del pueblo.
¡Admirable virtud la de los artesanos de Bogotá! Dos veces en
diez años han sido dueños de la capital y se han constituído en
guardianes de la propiedad. Han sido muchas veces vencedores; y sin
botín de guerra, sin despojos y sin recompensas, han vuelto á sus
miserables tiendas á continuar su vida de trabajos, de hambre y de
angustias.
La clase jornalera es la verdaderamente infeliz en Bogotá;
porque el jornal es barato, los alimentos caros, el vestido
superior á sus esfuerzos, las habitaciones incómodas, y el trabajo
incierto. El jornalero trabaja mientras tiene fuerzas, y el día que
se le acaban, sigue de mendigo. El jornal es de un real, no le
alcanza para vestirse, y si viste con harapos, no le alcanza para
mantener mujer é hijos, y el que los tiene, vive de la estafa ó los
manda á mendigar. El jornal es de un real por doce horas de
trabajo, y un real se consigue de limosna en un momento; y de aquí
nacen esas bandadas de hombres y mujeres que esperan en la calle el
pan, no del trabajo, sino de la casualidad. La falta de estímulo en
el trabajo hace á los jornaleros ociosos, porque perder un día, no
es perder más que un real; la ociosidad los lleva al vicio y á la
degradación, y de aquí la informalidad de todos, el abandono y
relajación de muchos, y el que algunos vayan á engrosar las filas
de los rateros que infestan la ciudad, y contra las cuales toda
medida es ineficaz y toda autoridad impotente.
Si el trabajo de los hombres es poco productivo, ya se deja ver
cuál será la suerte de las pobres mujeres del pueblo, sin tener
maridos que las sostengan ni hermanos que las ayuden, y viéndose
obligadas á ganar la vida con rudos trabajos ó industrias
miserables.
Las que pueden trabajar independientemente, viven aglomeradas de
á diez y doce, en pequeñas tiendas, y en medio de cerdos, gallinas
y perros; trabajan catorce horas diarias y duermen luégo en el
mismo recinto, donde hay licores fermentados ó un fuego permanente.
Éstas jamás pueden casarse; si tienen familia, son doblemente
infelices, ó la abandonan: tienen vejez prematura y mueren
mendigando.
El servicio doméstico ofrece á las mujeres un asilo seguro
mientras pueden trabajar; pero su condición es muy parecida á la de
los antiguos esclavos, pues tienen que renunciar para siempre á una
voluntad diferente de la de sus señores, á descansar alguna vez, y
á casarse y formar una familia; y este asilo les dura sólo mientras
tienen salud y robustez. ¿Qué señora consentiría en su casa una
criada achacosa? ¿Quién consentiría en que su sirvienta tuviera
relaciones con el hombre que pudiera ser su esposo? ¿Qué criada
encontraría colocación para ella, su marido y tres niños? Entre los
negros se permitían y aun se fomentaban los matrimonios; los
criados de Bogotá deben ser morales, y el matrimonio les es
imposible.
Las más desgraciadas de las mujeres del pueblo, las que son
hermosas, se prostituyen cuando jóvenes, mendigan y roban cuando
viejas. Los clérigos las amenazan con Satanás, y las autoridades
las encierran y las azotan; pero ellas, cantando unas veces,
llorando otras, cumplen su destino.
En resumen, Bogotá y la sabana están pobladas de gentes
miserables para quienes toda mejora es imposible, toda moral una
irrisión, la familia una desgracia y la riqueza un sueño.
Bogotá es una ciudad mágica en la mente de las muchachas bonitas
de todos los Estados, la ciudad donde se rinde culto á la belleza y
se pasa la vida en incesante placer; donde hay semana santa y las
mujeres lucen ricas sayas y costosas blondas; óperas en que, á la
luz de las lámparas de gas, ostentan sus encantos ante una inmensa
concurrencia: y sobre todo, bailes, bailes suntuosos, en donde se
bailan las piezas que acaban de llegar de Europa, con una música
que llaman el «sesteto Achiardi,» dulce como la de los ángeles y
embriagadora como el amor, y en que las mujeres, con trajes
vaporosos, el seno descubierto y los brazos desnudos, cruzan en
brazos de sus amantes suntuosos salones adornados de espejos y
cubiertos de flores.
Las muchachas de los Estados suspiran por la vida de Bogotá, y
la que llevan en sus respectivos lugares les parece triste,
monótona y cansada; porque ellas sólo escuchan las relaciones que
les hacen los jóvenes que vienen al Congreso con buena renta y con
ánimo de disfrutar de todo durante el tiempo de las sesiones, y que
por supuesto sólo liban la copa y jamás apuran las heces de la vida
en Bogotá; porque las muchachas no leen el folleto del señor Miguel
Samper «La miseria en Bogotá,» obra demasiado seria, demasiado
grave, y prefieren el «Lenguaje de las flores»; y porque Bogota es
como ese fantasma que cuentan que se les presentaba por la noche á
los enamorados en la «Calle del Arco,» en figura de hermosa y
engalanada muchacha que, al ir á besarla, se convertía en
esqueleto.
A las muchachas que, llevando una vida tranquila, en un hogar
modesto, y en un lugar retirado, envidian la vida de Bogotá, y ven
con pesar que sus años pasan y su juventud se marchita sin haber
saboreado los placeres, podríamos contarles la historia de muchas
niñas de familia honorable y acomodada, las cuales, puras y
respetadas en un principio luégo que deslumbradas por el lujo de la
capital, han visto perdido su patrimonio y con él su posición en la
sociedad, no han podido volver á su país y llevan aquí una vida de
miseria y lágrimas. Pero esas son novelas de una imaginación
acalorada, dirán ellas; y no nos darán crédito. Así, pues, nos
limitaremos á contarles lo que estamos presenciando desde nuestra
ventana.
El Ilustrísimo señor Arzobispo Herrán, que sólo se hacía notar
en Bogotá por sus beneficios, y que sólo se veía en los lugares
donde había lágrimas que enjugar, dejó abundantes limosnas para
repartir á los pobres en dos días de la semana: los viernes, como
hoy, á las mujeres, y los sábados á los hombres; y en esos días se
llenan las tres cuadras que hay en la plaza, hasta la casa de la
señora que da las limosnas, de mendigos de todas clases y
condiciones, que van á extender la mano para recoger la limosna que
dejó el caritativo prelado: á recibir un real.
Hoy es viernes, son las doce del día, y ya empieza á desfilar la
larga procesión de mujeres harapientas por el frente de nuestra
casa: unas van envueltas en viejos pañolones de color y trajes
claros, desgarrados y mugrosos, y arrastrando unos despedazados
zapatos, que apenas pueden llevar en los pies; otras van de saya y
de, mantilla tan viejas, que es imposible asegurar si era negro su
primitivo color; y las más, las del pueblo con despojos de vestidos
que solo alcanzan á cubrir su desnudez, y que presentan un aspecto
repugnante á los ojos y apestan el lugar por donde pasan.
Entre estas mujeres van muchas de las antiguas señoras de Bogotá
que se mecieron en cuna de oro y de marfil, y á quienes no queda
más de su antigua grandeza que recuerdos hermosos que les hacen más
triste su situación; van muchas que ayer conocimos jóvenes y
hermosas y hoy se presentan extenuadas por la miseria ; otras
llevan niños flacos, enfermizos, y estampado en su cara el sello
del hambre; y muchas niñas de catorce á veinte años, mal vestidas,
con las facciones marchitas yá por la disolución, y cuyas miradas
revelan el vicio.
Este cortejo de la miseria se aumenta todos los días: ayer con
la viuda de un militar muerto en la última guerra; mañana con la
hermana de un empleado que murió en la miseria; hoy vino á ser
parte de él una ora que perdió en la quiebra de N. N. el último
resto de su fortuna; y llegan en tropel todos los días las mujeres
de los artesanos que sólo ganan un jornal diario y que para el día
de la enfermedad y de la muerte nada han podido guardar; las
mujeres industriosas que cuando enferman tienen que mendigar, y las
bonitas, á quienes la prostitución y las enfermedades han quitado
sus encantos.
El sábado desfilará el cortejo que los hombres hacen á la
miseria, y, como hoy, se verán representadas todas las edades y
clases de la sociedad: los inválidos de la industria; los
inutilizados en las guerras civiles; los hebetados por el vicio; y,
en fin, una infinidad de ancianos que lentamente y con trabajo se
arrastran hasta la puerta de la familia del caritativo sacerdote,
para conseguir algo con qué prolongar su mísera existencia.
Bogotá presenta un aspecto desconsolador y triste; y nada bueno
se puede augurar para esta pobre ciudad sin industria, sin
comercio, sin fábricas y poblada por 80.000 habitantes que
escasamente ganan el pan de hoy, y que no están seguros de ganarlo
mañana.
Los bogotanos somos tan amigos de nuestra pobre tierra, que,
encontrándonos impotentes para remediar sus males, queremos al
menos cerrar los ojos para no verlos; y cuando alguno viene á
gritarnos al oído que los abramos si no queremos llegar á una
completa ruina, nos disgustamos y maldecimos al importuno que así
mata nuestras ilusiones.
A Bogotá venían antes de 1859 los ricos de otras partes á llevar
una vida honorable, y sus riquezas, espléndidamente gastadas,
repartían el bienestar á toda la sociedad: hoy vienen á Bogotá los
arruinados en otras partes á buscar asilo, y su presencia es un
nuevo embarazo para la sociedad: antes las casas de comercio de
exportación de tabaco y de quinas tenían su asiento en Bogotá y le
daban vida y animación; hoy esas casas se han cerrado, y han venido
á Bogotá, en busca de trabajo, todos los que sembraban tabaco ó
cortaban quinas; antes la sabana enviaba á las prósperas riberas
del Magdalena sus inagotables productos, y era rica; hoy el
Magdalena manda á la sabana sus ganados, y la tiene arruinada;
antes la abundancia de capitales había paralizado los estragos de
la usura; hoy la usura reina en Bogotá como un déspota, é impone á
la sociedad el rigor de sus cínicas leyes.
Y el malestar, si no la pobreza, alcanza á todas las clases, y
todas van bajando en la categoría social de tal manera, que el que
ayer era rico hoy tiene afanes; el que ayer era acomodado, hoy es
pobre, y éste ha pasado á mendigo, y mendigo que no tiene á quién
pedir, porque nadie tiene qué darle.
En medio de tanta miseria, el Gobierno reparte algunos miles,
que producen el efecto de los cuartillos que algunos padrinos
arrojan en los bautizos á la multitud de muchachos que aguarda
ansiosa á la puerta del templo; una algazara inmensa, gritos de
aprobación y de censura, y por último, riñas encarnizadas
disputándose estos cuartillos. Esta es la causa de que todo cambio
político se celebre con entusiasmo y al día siguiente se mire con
enojo, y de que adquiera popularidad el que prometa otro cambio.
Este es el motivo de tanta agitación y de tan variadas faces como
toma la política en Bogotá, y que en vano procurarían explicarse en
otras Naciones; ésta es, en fin, la razón por que los negocios
políticos no se tratan con la madurez y reflexión que ellos
demandan, sino con la rabia que infunde la desesperación.
La política es la ocupación preferente, casi única, de Bogotá:
de política hablan los corrillos que en las esquinas de la Calle
Real hay á todas horas; de política tratan en todas las tiendas de
comercio, ya que nada negocian; de política se habla en los
talleres á falta de obra para los artesanos; y, cosa espantosa! la
política es también la ocupación de muchas mujeres á quienes faltan
paseos, bailes y teatro.
Pero la política aquí es apasionada, violenta y enteramente
personal: todo contrario es un enemigo, y contra él se muestran
implacables todos, con tanto mayor razón, cuanto que ocupa el
empleo que se quiere ó solicita la colocación que se tiene, y que
él es el único recurso de una numerosa familia; y los círculos más
antipáticos y los hombres de opiniones más diversas, se encuentran
de repente unidos por el hambre común y la necesidad de derribar al
que está en el poder, porque no los deja participar del Tesoro
nacional.
En el «Diario Oficial» nadie lee las leyes sobre Aduanas. ¿Aquí
quién introduce? ¿Qué importancia se dará al crédito público donde
pocos se interesan por el personal, ni á la navegación, donde viven
encerrados hiriéndose los unos á los otros? Lo que se lee es la
lista de los empleados removidos y que da alguna esperanza de
colocación; ó cuando más, las resoluciones del Gobierno que puedan
traer algún cambio favorable en algo para la situación
individual.
Cuando Alejandro fué á visitar á Diógenes en su inmundo tonel,
le preguntó qué quería, qué deseaba, qué le pedía. «Que no me
quitéis mi sol» le contestó el cínico, haciéndole observar que se
había colocado en un lugar donde le interceptaba un rayo de sol que
iba á calentar su estrecha morada.
En Bogotá, no por filosofía, sino por necesidad, nos contentamos
ya con un rayo de sol que nos caliente, disputamos á todos el
derecho de recibirlo, y nos parece que otro más poderoso ha de
venir á interponerse y á privarnos de su calor. El egoísmo se ha
apoderado de todos los corazones; y no estamos seguros de que éste,
y el temor de que otros vengan á disputarnos en una esquina nuestro
rayo de sol, no han tenido mucha parte en el sombrío cuadro que
hemos trazado al principiar esta revista.
El señor Aníbal Fernandez fué un empleado laborioso y honrado
que, consagrado á los deberes de su oficina, perdió la energía que
todo hombre debe tener para buscar fortuna y formarse una
existencia independiente; así fué que cuando, por consecuencia de
uno de esos infinitos cambios que se suceden en la política y en el
Gobierno, perdió su destino, quedóse con los brazos cruzados, y
teniendo que hacer frente á los gastos de su señora enferma y de
los cuatro niños nacidos de su matrimonio.
Al principio, los restos de su pasada grandeza; el reloj de oro
que tenía; un aderezo de la señora; algunas fincas de plata
heredadas de su antigua familia, y llevadas á la Moneda para ser
selladas, alcanzaron escasamente para los más urgentes gastos; con
lo cual no se sintió por algún tiempo la miseria.
Después apeló al crédito conseguido con muchos años de probidad
y exactitud; pero éste empezó á faltarle poco á poco, y su vida se
convirtió en una era de afanes, angustias y penalidades para
conseguir habitación, Vestidos y alimentos para la familia.
No tener calzado para presentarse delante de sus amigos aquel
que siempre ha vivido decentemente; ver la levita ya rapada y los
pantalones raídos, es bien duro para el que siempre ha estado bien
vestido; pedir prestado el que jamás ha necesitado: pedir fiado el
que sabe que no tiene con que pagar al día siguiente; verse
rechazado el que antes era atendido, sólo porque ha caído en la
pobreza, es bien triste para el hombre de honor y de
delicadeza.
Querer trabajar y no encontrar en qué; saber que su hija tiene
necesidades y no poder satisfacerlas; que los niños no tienen
vestidos, y no poder llevárselos; salir de la casa todos los días
con la esperanza de encontrar pan en la calle, y volver á ella con
las manos vacías, cuando todos los hijos tienen hambre, esto es
bien cruel.
Pero el dolor supremo está en ver á la mujer querida enferma, y
no tener con qué llevar un médico ni pagar los remedios.
Dejóle Dios por consuelo al señor Fernandez en sus tribulaciones
a Inés, su hija, joven de diez y ocho años, modesta, inteligente,
dulce y oficiosa que cuida á su madre, vela á su lado, asea á los
niños y hace con su virtud olvidar el hambre, las penas, el dolor y
la miseria.
Inés era la prometida del Coronel Escobedo, joven del Estado de
***, establecido en Bogotá desde la última revolución; hombre
caballeroso, amable, que gastaba dinero, y que logró conquistar el
corazón de aquélla á fuerza de atenciones y esmero.
Tienen por única criada en la casa de Fernandez á una mujer de
mal carácter, tanto más exigente, cuanto más necesaria es, y que á
cada momento amenaza con dejarlos.
Un día en que, como de costumbre, salió el señor Fernandez á
solicitar un destino para el porvenir y algo de dinero para el
presente, pasaron en su casa las siguientes escenas:
-Mi señora Inesita, decía la criada, yo me voy.
-Imposible, Jacinta. ¿Cómo nos dejas, mi mamá muy mala, y los
niñitos que te quieren tanto?
-Sí será, pero yo no vivo de amor; y ya me deben tres meses de
salarios.
-Pero te vamos á pagar muy pronto. Mi papá va á recibir dinero
en estos días.
-Cuentos! Al amo no le liga ya la suerte.
-Ya verás. Ya verás. Paciencia, hija.
-Pero la tendera de la esquina no la tiene, y todos los días me
cobra el pan que fió en la semana pasada.
-Eso no es nada. De un momento á otro vuelve papá á su destino,
y verás qué fiestas vamos á tener en casa; pero mamá está llamando.
Acába tú de lavar esta camisa de Juanito. Voy! Voy, mamá!
La criada se queda refunfuñando, con los brazos cruzados, y los
niños juegan en el corredor.
Entretanto llega un criado con varias cajas de cartón y un ramo
de flores, preguntando por la señorita Inés; y la criada, curiosa y
atrevida, va destapando las cajas una á una, dejando descubiertos
varios trajes de seda y un brillante aderezo.
- ¿Para quién es esto? pregunta la criada.
-Para la señorita Inés.
- ¿De veras?
-De veras, es la cuelga que le manda el Coronel.
-Es verdad que hoy es el santo de la niña; pero este año sí que
no ha tenido mi amo con qué celebrarlo.
Llaman á Inés, quien, al ver las cosas, no puede menos de lanzar
una exclamación de sorpresa.
- Le manda á decir mi Coronel Escobedo, dice el criado, que ahí
le manda de cuelga esas cositas que se sacó en una rifa.
-Dígale usted al señor Escobedo que todo es bellísimo; pero que
sólo acepto el ramo, dándole mil gracias por su recuerdo.
El criado no comprendió; la criada se quedó pasmada; y el chino
del zapatero, que había ocurrido á la curiosidad, se iba cayendo
para atrás.
Inés corrió para adentro, como huyendo á la tentación.
-Eso es, dijo la criada cuando Inés se había entrado y el criado
había partido; mucho orgullo y no me pagan mi jornal!
A los pocos instantes entra el señor Fernandez, padre de Inés, y
la llama.
-Mi hija, le dice, no hay esperanza, los destinos están
provistos y hay mil como yo, que asedian al Presidente en solicitud
de un puesto. ¿Cómo está tu mamá?
-Está ahora aliviada, y ha preguntado muchas veces por
usted.
- ¿Vino el médico?
-No señor.
-Tiene razón, no he podido pagarle su cuenta del año pasado.
- ¿Trajeron el láudano?
-No señor, porque………
-Porque en la botica ya no me fían.
- ¿Los niños?
-Han estado entretenidos, y ahora les van á dar algo de
comer.
-He perdido el día miserablemente. Voy á vender un libro para
que comamos todos. No le digas á tu mamá que he entrado; pues
quiero que no nos coja la noche sin tener siquiera para luz.
No tardó mucho rato en presentarse un joven elegantemente
vestido, perfumado, con aire distinguido y maneras exquisitas; era
el Coronel Escobedo. Ines lo recibe con complacencia, le abre la
sala y lo invita á que se siente á su lado.
-Ha rechazado usted mi cuelga, Inés, le dijo éste, después de un
rato de amena conversación; ¿por qué ha hecho usted esto?
-He aceptado las flores, que es lo único que usted ha debido
mandarme.
-Pero ¿no es usted mi prometida? ¿No debemos á la vuelta de mi
viaje unirnos para siempre? Todo lo mío no debe ser de usted?
Inés bajó la vista ruborizada.
-Tengo que pedir á usted un servicio importante, que espero no
me lo negará. La realización de unos documentos que he recibido de
mi país, me ha puesto en posesión de una fuerte suma que tengo aquí
en oro y que no quiero ni puedo llevar á casa. Hágame usted el
favor de guardármela, pues no tengo en Bogotá nadie más de quien
hacer confianza.
-No, por Dios, Escobedo! Esto me da miedo. Yo jamás he tenido
oro en mis manos: désela usted á guardar á mi papá.
-Está muy bien, entréguesela usted apenas venga; pero ahora
recíbamela usted y guárdela. Yo no puedo aguardarme hasta que él
venga.
Le entregó unos paquetes con onzas, que Inés puso en el cajón de
una cómoda; y siguieron en sabrosa plática, formando proyectos para
el porvenir.
Media hora había transcurrido sin que los venturosos amantes lo
sintieran, cuando el señor Fernandez entró con aire de espanto y
gritando:
- ¿Qué es esto, señor Escobedo? mi casa está rodeada de agentes
de policía y el Juez pregunta por usted!
El coronel palideció y trató de huir.
En el acto entró el juez á la sala y con voz severa, y
dirigiéndose al dueño de la casa, le dijo
-Este señor ha falsificado una gran cantidad de documentos
públicos que ha logrado colocar, engañando á varios comerciantes.
En nombre de la justicia lo tomo preso, y pido á usted mil perdones
por hacerlo en su casa.
Un rayo hubiera herido menos cruelmente el corazón de Inés.
Escobedo estaba cortado, nada contestaba; y cuando lo obligaron
á salir, se acercó á Inés y la dijo al oído
-Guarde usted para su familia el oro que le he dejado.
Entonces Inés corrió á la cómoda, tiró el cajón y sacando el
oro, le gritó al juez:
-Señor! este caballero acababa de suplicarme que le dijera á
papa que le guardara este oro. Ahí lo tiene usted!
Mientras que el vicio se cubra la faz en presencia de la
sociedad y avergonzado se retire á los lugares no frecuentados por
la virtud, la sociedad puede salvarse pero cuando se ostenta
descarado, cuando los buenos lo toleran y sus cínicas leyes se
imponen con igual sanción que las de la moral, la sociedad está
perdida, el esfuerzo individual es impotente para luchar, y al fin
sucumbe.
¿Por qué en Bogotá no hay familia que no deplore los estragos
del juego, ó que no tiemble de ser arruinada al día siguiente?
Oídlo:
Ese magnífico palacio ante el cual se pára la muchedumbre á
escuchar la alegre música que dentro de sus salones resuena, que
arroja torrentes de luz por los balcones y en el cual se da un
espléndido banquete, al que asiste la sociedad escogida y elegante
de la capital; ese palacio está levantado sobre la ruina de muchas
familias despojadas de su fortuna en el juego por un caballero á
quien la sociedad acata y reverencia.
Ese joven elegante, de rubia cabellera encrespada y bigote
retorcido, que calza guantes habanos y usa lente; ese á quien las
actrices dedican sus funciones y de quien reciben, entre flores,
relojes de oro y aderezos de brillantes; ese que baila con las más
bonitas muchachas y es el ídolo de la sociedad, ése es un jugador
que ayer era un mendigo.
Ese diputado que arranca aplausos estrepitosos á la barra,
defendiendo la moral y sosteniendo la propiedad, ha pasado la noche
en una casa de juego, en donde, con naipes falsos, ha ganado á los
incautos.
Recorred por las noches la lóbrega ciudad: todas las puertas
están cerradas, todos los balcones sin luz, todas las habitaciones
silenciosas; sólo veréis la puerta abierta y las piezas iluminadas,
y oiréis bullicio y animación, donde haya una casa de juego.
La ruleta se ha instalado en Bogotá como una sirena engañadora,
Y llama á sí, con atractivo irresistible, al joven estudiante
deslumbrado con los montones de oro que ve delante; al labrador que
espera recoger allí lo que no le darían diez cosechas; al artesano
que envidia una fortuna que jamás alcanzará á fuerza de labor y de
constancia, y al adolescente que se escapa del hogar paterno
deseoso de libertad y la encuentra allí confundida con el
vicio.
Es deuda de honor la deuda de juego, y para pagarla el hombre
tiene que dejar sin pan, á sus hermanas expuestas á la
prostitución, y á su madre pidiendo limosna.
Oh! de tal manera están confundidos en Bogotá el vicio y la
virtud, que no solamente ésta se marchita con el inmundo contacto
de aquél, sino que muchas veces sufre inmensos dolores,
encontrándose herida por la corrupción que se tolera y por faltas
que ella no comete.
Elena, la más rica heredera de Bogotá, llena de abnegación y de
amor, se casó con un joven á quien entregó, hace apenas dos años,
su corazón y su fortuna; pero este joven era jugador, y habiendo
perdido toda la riqueza, no hace mucho que la insultó, porque no le
daba un medallón de diamantes donde guardaba pelo de su madre, para
jugarlo también.
Elena es la amiga íntima de Felisa, flor preciosa brotada en
Bogotá y cuidadosamente preservada del contacto con el vicio, como
esas camelias producidas en el jardín de Casiano Salcedo en un
invernáculo de cristales á las que la menor brisa del mes de Junio
haría marchitar y morir.
Felisa es una joven de diez y ocho años, de ojos negros,
lánguidos y hermosos, de fisonomía dulce y apacible, color de
perla, cintura esbelta y cabellera abundosa; pero tímida, delicada
é inocente, como si tuviera siete años, con el candor de una santa
y la más absoluta ignorancia del mundo, como se educan las virgenes
cristianas en Oriente.
Viendo á. Felisa, aun los viejos soñamos; y los jovenes se
deslumbran como en presencia de esas visiones celestiales que á los
peregrinos rendidos de fatiga, sedientos y devorados por la fiebre,
se les aparecen en medio del desierto, y con sus místicas sonrisas
los animan para seguir en el camino que les muestran.
Luis se enamoró de Felisa locamente en el baile del ministro
***, y se hizo presentar en la casa el domingo siguiente, donde fué
recibido con cordialidad, bien fuera por ignorancia de la conducta
de este joven, ó por una incauta condescendencia con los vicios
sociales.
Luis tiene atractivos, talento, fácil y culta conversación,
maneras sueltas, está en buena sociedad y es audaz; pero es
jugador, y el juego ha prostituido su alma hasta hacerlo capaz de
las más viles acciones.
Felisa, educada en el retiro, sin más sociedad que sus flores,
su piano, sus dibujos y sus propios poéticos sentimientos, escuchó
la voz de Luis ruborizándose, pero con un secreto, misterioso
encanto que la hacía feliz: temblaba en su presencia, pero deseaba
verlo; y una mezcla indefinible de placer y de miedo la arrastraba
hacia él. Si este es amor, Felisa lo amó.
Cuando Elena vió las solícitas atenciones de Luis, tembló por su
amiga. Su propia dolorosa experiencia le aconsejó ir á prevenirle
un horrible mal, y en una de esas íntimas confidencias, tan gratas
para los jovenes, le dijo:
- ¿Sabes que Luis es jugador?
- Y eso ¿qué es? le contestó Felisa con esa casta ignorancia que
hace adorables á las jovenes bogotanas.
-Eso quiere decir que Luis vive de lo que quita á otros; que
cuando seas su esposa y pases delante de alguno con joyas que te ha
regalado, ése dirá: -esas joyas son mías; que cuando tengas algún
goce en tu hogar, este goce irá acibarado por el pensamiento de que
tus placeres han costado lágrimas á otra familia.
-Ah! eso es horrible! Eso no puede ser! contestó Felisa
temblando de pies á cabeza.
Elena conoció que había llegado tarde, pero no desmayó en su
propósito.
Desde aquel día Felisa languidece, se pone sombría, y parece
imposible que resista á la terrible lucha que se traba entre su
pobre, virgen corazón y su horror instintivo al vicio.
El afortunado en amores es desgraciado en el juego, dice el
refrán, razón, sin duda, por la cual Luis ha estado de malas en
estos últimos tiempos. Pero él se propuso parar los golpes de la
suerte y enmendarla apelando á los dados falsos, y así ha logrado
seguir ganando.
No hace muchas noches que fué sorprendido por un caballero á
quien había ganado yá una fuerte suma con dados falsos; éste lo
vió, se calló, y juró una sangrienta venganza.
Al efecto, se entendió con las otras personas á quienes Luis
había ganado y que tenían sospechas de su mala fe, y convinieron en
promover para el domingo pasado una gran partida, numerosa,
pública, en donde le cogerían la mano en el acto de cambiar los
dados, en presencia de todos, y lo acusarían por ladrón.
El marido de Elena había sido una de las víctimas de Luis;
estaba irritado, furioso, y como en desagravio le refirió á su
esposa el plan de su venganza y las esperanzas que tenía de
rescate.
Elena estuvo el domingo en casa de su amiga, y queriendo curarla
de su funesta pasión, le refirió lo que iba á pasar á Luis.
Felisa experimentó en su alma lo que la sensitiva al roce de la
serpiente; pero volvió por efecto de una reacción poderosa y
enérgica y le preguntó á Elena:
- ¿Sabes dónde es la casa de juego?
- ¿Quién no sabe en Bogotá dónde son las casas de juego? pero
¿por cuál de ellas preguntas?
-Por la en que juega Luis ahora.
-En ***
-Vamos allá, ahora mismo.
- Estás loca, Felisa?
-No, no; pero quiero que vayamos.
Eran las nueve de la noche, la luna estaba espléndida é
iluminaba las calles por donde cruzaron Elena y Felisa, ésta
temblorosa, exánime, y agonizante, pero marchando adelante, y
aquélla siguiéndola asombrada, hasta que llegaron á la gran puerta
de***
- Qué pretendes? dijo Elena cuando llegaron.
-Yá lo verás.
Atravesaron el oscuro zaguán, y en la segunda puerta dijeron a
portero:
-Llámanos á Don Luis Quiñones.
-Imposible ahora: está empeñado en un gran juego.
-Llámalo, y te pagamos muy bien.
-Imposible, porque está rodeado de muchísima gente.
-Anda á decirle que dos señoras lo esperan, y toma este
regalo.
-Bueno, pues; pero si se pone bravo, yo no respondo.
-Mucho le amas! dijo Elena.
A los pocos momentos volvió el muchacho, y dijo:
-Que nada tiene que hacer con señoras.
-Vámonos, por Dios, Felisa!
-Espérame, dijo ésta, y escribió unas pocas palabras en su
tarjeta.
-Toma, le dijo al criado, acércate á él, y entrégala en su
mano.
El criado se fué, y no había pasado mucho tiempo, cuando salió
Luis avergonzado, quizás por primera vez, de ser encontrado en la
casa de juego.
-Señorita ¿en qué puedo servir á usted? ¿ha sucedido algo á su
familia?
-No señor: vengo solamente á pedir á usted los dados falsos con
que va á jugar.
-Ah! usted me insulta!
-No, Luis, lo salvo. Hay un convenio para sorprenderlo en el
momento en que vaya á emplearlos: démelos usted
-Ahí los tiene. ¿Con qué podré pagar tan inmenso servicio?
-Con olvidar que yo he venido hasta aquí, como yo sabré olvidar
que lo he conocido á usted. ¡Adios!
Al retirarse á su casa desfalleciente y llorosa, dijo á su
amiga
-Lo he salvado! Ultimo sacrificio que haré á su amor. Ahora
Dios me dará fuerzas para luchar contra la funesta inclinación
que me llevaba á los brazos de un jugador.
Luis jugó limpio, nadie sospechó lo que había pasado, y su
crédito se ha restablecido; pero Felisa se extingue, la fiebre la
devora, la memoria de esa noche terrible la persigue sin cesar, y
en su delirio suelta palabras misteriosas que llenan de asombro á
su familia. Felisa muere víctima del juego!
_____
El vicio en París toma formas poéticas para seducir y arrastrar
á la juventud. Es después de la ópera cuando hombres y hermosas
mujeres toman asiento en torno del festín, en medio de flores y de
luces que seducen y embriagan, teniendo al frente manjares
esquisitos y vinos abundantes que convidan á la alegría y al
placer. La galantería francesa, el espíritu picante y chistoso que
principió en Rabelais y que no concluyó en Beranger, brota de todos
los labios; y el champaña, el vino de la alegría por excelencia, la
ambrosía del calembur, se sube á todas las cabezas para hacer de la
fiesta una mágica escena, á la cual no falta ni el fuego del amor
ni el encanto de los versos.
Pero en Bogotá el vicio tiene formas odiosas, un aspecto
repugnante; y el hombre que se deja arrastrar por él,
embruteciéndose de día en día, pasa una miserable existencia sin
una hora de placer, sin alegría, sin fiesta, hasta que el fatal
tósigo, después de haberle dementizado, lo lleva á la muerte.
La hermosa galería de Arrubla ha tomado el nombre de el salón de
los achispados, y es allí donde los jóvenes, reclinados sobre un
mostrador, tétricos, mudos, sombríos, consumen su existencia
apurando el venenoso brandy, que les desgarra las entrañas, los
devora por dentro y los consume moralmente; y esto sin bulliciosa
alegría, y como si se tomaran más bien un narcótico que los privara
de sentir la vida.
Sin embargo, el vicio avanza, avanza todos los días: las tiendas
de licores aumentan en la ciudad en la proporción que decaen los
útiles establecimientos, y el vicio hace sus conquistas, ya en un
militar que concluida la campaña se ha quedado sin oficio y busca
en la bebida algo que distraiga su fatal hastío; ya en un joven
desgraciado que ahoga en el vaso u funesto amor; ya en un
comerciante arruinado que quiere olvidar su caída, y los hermosos
días de prosperidad; y ya, en fin, hace estragos en la juventud
que, ansiosa de placer y sedienta de goces, busca en la bebida las
emociones que no encuentra en otra parte.
Nosotros comprendemos bien que la falta de un trabajo
moralizador y constante, la ociosidad forzosa á que se ven
condenados los jóvenes en esta ciudad, al mismo tiempo que les
faltan placeres y diversiones propias de su edad, contribuyen sobre
manera á empujarlos en la senda del vicio; pero no encontramos
disculpable la conducta de algunos que teniendo familia y hogar, lo
abandonan todo para ir á buscar placeres que sólo debían hallar en
el asilo doméstico.
¿Quién creería que en la culta Bogotá y en la sociedad elegante,
los jóvenes que van á los bailes más aristocráticos toman brandy?
¿Quién creería que en los intermedios de la danza, apuran fuertes
tragos, y que después van medio ebrios á tomar una linda y
perfumada niña y arrojan sobre ella los vapores del licor? Y, sin
embargo, esto no se mira con horror, ni hay quien se queje de este
horrible martirio á que se sujeta á las púdicas y encantadoras
señoritas.
Toda la ciudad recuerda á ese joven espiritual, el más chistoso
de los bogotanos, que tenía genio, corazón, y á quien el licor
arrebató en pocos años!
¿Qué fué de ese poeta que tenía arranques sublimes como Byron, y
que componía los versos cadenciosos y dulces que todos repiten hoy
con placer?
Había en Bogotá un joven cuya piedad filial, cuyo amor á su
madre lo hubieran divinizado en Grecia; y este joven dejó por el
vicio á su madre y hoy está en el cementerio.
Uno de los más habiles artesanos, joven aún y vigoroso, está
mendigo, y atruena la ciudad con los acentos de su fúnebre
canto.
Los hijos del hombre más acaudalado de Bogotá, que recibieron
una educación brillante y fueron en un tiempo obsequiados y mimados
por la sociedad, hoy extienden la mano para pedir un real para
beber aguardiente.
El Presidente, general Mosquera, dió un decreto en que amenaza
con la remoción á los ebrios; y sin embargo, el decreto no pudo
cumplirse, porque encontró á hombres importantísimos á quienes esta
disposición iba á herir de muerte.
Los talentos más distinguidos, los escritores más eminentes, los
sabios más profundos se han extinguido en estos últimos años,
consumidos por el vicio.
El señor Hinojosa era una persona respetable de esta ciudad,
comerciante acreditado y padre de una preciosa familia que supo
educar en el amor de la virtud y en el santo temor de la sanción
moral; mas, desgracias en sus negocios, ocultas penas ó amigos
malos, lo lanzaron en el sendero del vicio; y desde entonces, la
alegría desapareció de su hogar, su antes feliz esposa no tuvo ya
bastantes lágrimas para llorar su desventura, y la pobreza no tardó
en presentarse para siempre en el seno de la familia.
Los esfuerzos incansables de la virtuosa madre lograron, sin
embargo mantener el fuego del hogar, la respetabilidad de la
familia y que nada perdiera á los ojos de la sociedad la linda é
inocente Carolina, que continuó siendo el encanto de sus amigas y
la ambición de ardientes corazones.
Félix la amaba con respeto, con ternura, como se ama á la mujer
que, llenando nuestras aspiraciones y realizando nuestros sueños,
elegimos por esposa, seguros de que el pudor y la inocencia adornan
su sien, y de que su alma tiene la energía bastante para ayudarnos
á llevar el peso del destino y apurar con nosotros nuestra ración
de lágrimas; pero Félix había olvidado el vicio en que cayó el
padre de Carolina, ó no creía que pudiera ser un obstáculo para su
enlace.
Al principio de las relaciones amorosas entre los dos jóvenes,
el señor Hinojosa no pareció fijarse en ellos; más luégo, siempre
que encontraba á Félix en su casa, lo trataba con aspereza y no
dejaba de atormentar á Carolina, llegando hasta prohibirle
sériamente que tratase con él, y previniendo á su esposa que no
volviese á recibirlo.
La embriaguez produce una especie de demencia, y tiene, como
ésta, sus manías. El señor Hinojosa se apasionó por la política, y
fué tal el odio que profesó á Félix, por pertenecer éste al partido
contrario, que no quería que entrase en su familia ni que fuese el
esposo de su hija.
Félix es de carácter altivo, de orgullo indomable y de profundas
convicciones, y lo hirió vivamente el rechazo del señor Hinojosa;
pero amaba con delirio á Carolina, ella lo quería también, y no
creyó justo sacrificarla á su orgullo ofendido.
Los amantes tienen siempre medios de verse y de comunicarse, y
Félix y Carolina no podían dejar de encontrarlos; los amantes son
los únicos que tienen fe, y la fe allana las montañas; y ellos
también lograron que a madre se interesara por su amor y que
venciese los inconvenientes que había para la unión.
Si hay algo sublime, tierno y conmovedor en la vida, es el
cuidado con que una madre prepara la ropa con que su hija debe
salir de la casa, el esmero con que arregla su traje de novia, y el
empeño que tiene en dar aire de fiesta á la ceremonia con que se
separa para siempre de ella; lo que hace en medio de un mar de
lágrimas y dando los últimos besos á su hija.
La madre de Carolina, con solícito cuidado y haciendo esfuerzos
inauditos, había logrado aplacar al padre y arreglar el matrimonio.
Habían sido invitadas á la fiesta las familias de ambos novios y
los amigos comunes.
Era de noche: la sala estaba llena de convidados elegantemente
vestidos, de mujeres hermosas cubiertas de diamantes, y radiante de
luces y de flores; pero se notaba la ausencia del señor Hinojosa.
Carolina, temblorosa y pálida, rebosaba de felicidad, y estrechaba
por primera vez la mano de Félix, que hacía votos de fidelidad.
El sacerdote interrogaba á cada uno de los desposados. Reinaba
ese silencio solemne que preside siempre á la ceremonia sagrada, y
Carolina acababa de contestar si, cuando apareció en el fondo de la
sala la figura pálida y espantosa de su padre, con el pelo erizado,
la mirada extraviada y gritando: - No; yo digo que no!
El terror se apoderó de todos los convidados.
Hinojosa se dirigió á Carolina y la tomó por un brazo; pero
ésta, guiada por un secreto instinto, se refugió al lado de Félix y
se puso bajo su amparo. Este la defendió como á su esposa; y
entonces el padre, ebrio, irritado con la resistencia, disparó
sobre aquél su revólver y le atravesó un brazo.
Félix, sin mirar siquiera la herida, que brotaba sangre, le dijo
al sacerdote
-Servíos, señor, concluir la ceremonia. Y éste, sin vacilar,
bendijo en nombre del cielo, entre las lágrimas de la madre, el
espanto de los concurrentes y las maldiciones de un ebrio, la unión
de Félix y Carolina.
____
Todo reposa, todo duerme en la capital; sólo la muerte redobla
su actividad llevando la desolación y el dolor á las familias. La
mortalidad se ha aumentado horriblemente en esta capital en los
últimos tiempos; la estadística del cementerio arroja datos bien
tristes acerca de la salubridad. Sin embargo, nadie se preocupa con
esto, lo que prueba una gran filosofía en sus habitantes, pero una
filosofía musulmana, que se resigna al destino porque la vida y la
muerte están en las manos de Alá.
Nosotros creemos que esta mortalidad no es una desgracia ni un
castigo, sino que depende de la atmósfera corrompida en que vivimos
y del lujo de inmundicia que se ostenta por todas partes. La ciudad
es sucia, inmunda, y presenta un aspecto asqueroso y
repugnante.
A lo lejos y al divisar sus elevadas torres desde la extensa
sabana, se ve la ciudad envuelta en un vapor espeso que no es más
que la reunión de los miasmas fétidos que exhala, demasiado pesados
para levantarse y confundirse con la atmósfera. Al entrar, un olor
acre, repelente, como el que sale de las ciudades apestadas de
Oriente, rechaza al viajero le advierte que Bogotá es la mansión de
muchas enfermedades y de la muerte. Los arroyos que corren por las
calles se ven llenos de animales muertos, y de restos de alimentos
en putrefacción, que no alcanzan á ser arrastrados, y que duran al
frente de las casas hasta que el agua y el sol completan la
disolución. En cada esquina se levanta una pirámide de basura, y á
las siete de la noche es imposible atravesar por sus lóbregas
calles.
Esto en cuanto al público, que en cuanto á las familias, las
causas de insalubridad se aumentan de día en día. Un centenar de
familias viven en casas altas, espaciosas, cómodas y elegantes; el
resto mora en tiendas húmedas, oscuras y estrechas, á donde no
llega ni un rayo de sol ni una ráfaga de viento purificador; y
aglomeradas de á ocho ó diez personas en cada pieza, pieza que
sirve de taller para el trabajo, de cocina, de comedor, de alcoba y
para todas las necesidades de la vida, hasta para establo de cerdos
y corral de gallinas.
Después de haber estado aplanchando ó preparando la chicha hasta
las diez de la noche, la familia cierra la única puerta por donde
entra el aire, y duerme en medio de una atmósfera sufocante,
inmunda y enfermiza, y al lado de las vasijas del licor, de las
sucias camas de los chiquillos, que jamás se ventilan, y de algunos
animales domésticos.
A veces la asfixia los sorprende en el sueño; pero esto no es lo
más frecuente, es el tifo el que diariamente invade el recinto y
barre la familia; ó es la pulmonía la que hiere á dos ó tres de los
niños, cuando por la mañana se abre la puerta y el viento frío los
ataca sobre su lecho inmundo.
La sociedad pasa indiferente sobre estos acontecimientos, porque
son los pobres los que así mueren; sin reparar que la
responsabilidad es solidaria: que los vapores que exhalan esas
tiendas inmundas van precisamente á dar á las alcobas altas de los
ricos: que el tifo es misteriosamente contagioso y se transmite en
un átomo de brisa; y que los hijos de los ricos, cuyos órganos son
más delicados, están más expuestos á enfermar con los miasmas
pestilentes, que los hijos de los pobres, que nacen, viven y se
desarrollan entre la mugre.
En cuanto al aspecto moral de la ciudad, nada hay más triste que
ver esta inmensa población condenada así: las mujeres á la
prostitución, los hombres á la ociosidad y al vicio. Porque las
mujeres no tienen con quién ni como casarse, y los hombres no
encuentran un jornal remunerador; y desde niños se acostumbran á
errar por las calles en busca de una limosna, de alegres
pasatiempos ó de alguna casa descuidada donde haya algo que
hurtar.
Triste, muy triste es la condición de la mujer en Oriente, y la
poligamia y los serrallos influyen, sin duda, poderosamente en el
retardo de la civilización en aquellas regiones ; pero que vengan á
ver esta ciudad cristiana, y digan si hay condición más triste que
la de esa infinita multitud de mujeres que ganan el pan con la
prostitución, y un pan incierto que depende de su hermosura; pan
que tienen que ganar abriendo sus tiendas á los jóvenes inexpertos
ó inundando las calles por la noche, con un descaro repugnante y un
cinismo espantoso. Que vengan á ver qué puede esperar la moral, la
civilización y el porvenir de una sociedad constituida así, en la
que la mujer no es esclava de un hombre sino esclava de vicio, y no
está destinada para el placer y la voluptuosidad de un Sultán, sino
para el de todos los que le arrojan una moneda, que ella recoge
entre la más vil prostitución.
La sociedad pasa también indiferente delante de estos hechos,
por que la clase pobre es la que sufre los estragos del vicio; pero
se olvida de que la prostitución es también contagiosa como el
tifo, y que se transmite con la atmósfera: que los ricos no pueden
preservar á sus inocentes hijas de presenciar las escenas que en
las tiendas bajas de la casa pasan con frecuencia, ni que sus hijos
caigan en las redes que les tienden esas huríes perversas, que se
cruzan por todas partes para seducirlos.
Hace algunos días que circuló en la ciudad el rumor de que á las
orillas del rio San Francisco se encontró un cadáver de mujer
descuartizado: este rumor ha crecido y se asegura que este cadáver
es el de una muchacha muy conocida en Bogotá y de quien se refieren
las siguientes anécdotas, que corren en boca del pueblo.
Esta muchacha era insinuante, despierta, audaz y eminentemente
mala y corrompida. A las casas se introducía prestando oportunos
servicios, y ganándose, por su expedición, inteligencia y buenas
maneras, la voluntad de los amos; pero siempre con el siniestro fin
de ser la mensajera de galantes billetes para las señoritas, y de
obtener de ellas prendas que los jóvenes le pagaban á precio de
oro.
Un joven de familia distinguida cayó en sus redes, luégo la
abandonó, y el joven murió poco tiempo después. Le dió bebedizo,
dice el pueblo.
No hubo casa en Bogotá donde esa serpiente no se deslizara.
Si este horrible asesinato es cierto, él no es más que desenlace
de una cadena de crímenes que hace mucho tiempo se están
cometiendo en Bogotá. Él está relacionado con el robo cuantioso que
hace algunos años se cometió en la casa de una respetable señora de
la capital y en el cual la opinión ha marcado á personas de mucha
fortuna. Él está relacionado con el homicidio, que no ha sido
castigado, de un hombre; y él, en fin, no es más que una muestra
del estado moral de esta ciudad.
Esta mujer había recorrido en pocos años la carrera del
delito y había hecho grandes progresos, aplicando los recursos de
su funesta inteligencia, y haciendo servir alternativamente el amor
para el delito, y mezclando el delito en sus amorosas
relaciones.
¿Hay verdad en lo que se cuenta? Un pobre y joven estudiante se
apasionó de tal mujer, quien le hizo saborear los placeres de una
vida ociosa y de comodidades por algún tiempo, y olvidar su carrera
y mezclarse en la sociedad de los perversos que ella frecuentaba, y
que lo acabaron de lanzar en el piélago de los vicios.
Hasta dónde llegó, nadie lo sabe; pero se dice que una tarde se
oyeron voces en la casa de la muchacha, y que ésta decía: « Bien!
yo lo diré y lo denunciaré todo, si me abandonas.
Esa noche salieron juntos, como de costumbre; pero ninguno de
los dos volvió………
_____
Decididamente, Bogotá es una deliciosa mansión, por la actividad
de los negocios, lo rico de su comercio y sus variados y repetidos
placeres, sin hablar, por supuesto, del aseo de sus calles y su
magnífico alumbrado por las noches.
-Maldonado, ¿ya está mi reloj?
-.Mañana mismo se lo entrego; pero ¿qué dice usted? ¿que se
firman las leyes? Nada! Se burlan del Congreso.
-Patricio, ¿pudiera usted dorarme un cristal?
-Por supuesto; casualmente estaba haciendo uno como usted lo
quiere, el día en que salió el decreto del Presidente contra el
Congreso; ¿ha Visto usted cosa semejante?
Por en medio de un numeroso corrillo que obstruye la puerta de
una tienda me abro campo para llegar hasta donde está el
comerciante, á mi paso dice uno:
"¡Chito, que es godo!" El otro: "Siempre tendremos que fregar
los liberales" Otro, á media voz: "Pero no ha de quedar uno solo de
estos pícaros;" y así llego al frente del mostrador.
-Señor ¿me compra usted unas resmas de papel florete?
-Ahora, imposible. Mientras que no calmen estas cosas, no se
puede hacer negocio. ¿No ve usted cómo vino el Congreso á
trastornarlo todo? ¡Tan bien como lo llevaba el Presidente!
Deslízome como puedo, y al retirarme oigo detrás de mí el de la
cólera contenida con mi presencia y que, si más me tardo, hubiera
hecho explosión como el Cotacachi.
-Beso los pies de usted, mi señora.
-Adiós, caballero.
- Para qué le contestas á ése, que es godo?
Esto lo alcanzo á oír, porque la señora que lo dice quiere que y
lo oiga.
Sigo haciendo mis diligencias y paso por el frente de un grande
almacén, en donde están contando dinero sobre el mostrador, y le
pregunto al primero que pasa
- Este es el Banco?
-No señor, me contesta, es el punto donde se recoge la
contribución voluntaria de los oposicionistas para la guerra.
- Tiene usted botines para mi pié? pregunto en una tienda.
-No señor, pero tengo un famoso revólver y usted debe andar
preparado, porque los liberales lo detestan.
Llego á ótra en busca de mis botines.
-Venga usted, sáquenos de una duda; me dice el tendero. ¿Es
cierto que el Gobierno general tiene los hilos de una gran
conspiración?
La política, sólo la política ocupa los instantes de esta gran
ciudad, y ella invade los talleres, alcanza á todas las clases y
forma una atmósfera que ahoga; y por la noche, se duerme uno y
sueña con dictadores, conspiraciones, &c.
La criada va por pan y se tarda una hora, dando por disculpa que
estaban leyendo un papel muy bueno contra cierto círculo, y que no
pudo menos que pararse á oír.
El criado se deserta para ir á la democrática, y á media noche y
muerto de frio tiene uno que aguardar en la puerta de la calle á
que el cindano oficioso pronuncie su última perorata contra la
tiranibería de los conserveros.
Manda uno remendar una levita, y al día siguiente va por
ella.
- El maestro?
- Cuál maestro?
-Munévar.
-El Coronel, dirá usted, le contesta la mujer haciéndole mala
cara.
Se fué para Guasca.
- ¿Y mi levita?
- Es decir que se había de ir de ruana? Pues se equivoca mucho
usted; tan caballero es él como usted; Y ahora sí vamos á saber si
hay ó no manos muertas.
__Tan_cataplán-plan-plan! Bando en que se promulgan las leyes de
la Asamblea.
Tan_cataplán-plan Bando del Presidente en que se desconocen las
leyes de la Asamblea, y se dice que los Alcaldes son nombrados como
á aquél le parezca.
Tan-cataplán-Plan! Bando del Alcalde en que se desconoce el
decreto del Presidente, y se dice que él es el verdadero
Alcalde.
Tan-cataplán-plan! Bando del Agente de policía en que se
desconoce al Alcalde.
Tan-cataplán! Bando del Tribunal en que se desconoce al Agente
de policía, y se manda juzgar á todos los que le obedezcan.
- A quién llevan preso?
-Al Prefecto.
- Por orden de quién?
-Del Tribunal.
-Allí traen otro preso, ¿quién es?
-El Juez.
- Por órden de quién?
-Del Prefecto.
No hay quien entienda
La algarabía
De la Alcaldía
En discusión;
Todos disponen
Distinta cosa,
¡Es espantosa
La situación
Hay un gran cartel en la esquina de la plaza; leamos:
« PROCLAMA.
¡Cundinamarqueses!»
- ¿De quién es?
-Del Directorio.
- ¿Contra quién?
-Contra el Gobernador.
"PROCLAMA.
¡Cundinamarqueses!"
- ¿De quién es?
-Del Gobernador.
- ¿Contra quién?
-Contra el Directorio.
No hay teatro y todos están encerrados en sus casas.
- ¿Por qué?
-Porque esta noche sí es deveras.
- ¿Qué?
-La revolución.
- ¿Quién la hace?
-El Gobernador.
-Mentira, que es el Directorio.
Díganme ustedes ahora si no es deliciosa la vida de Bogotá.
______
El pueblo romano, degradado por los Emperadores, empobrecido por
los nobles y corrompido por las conquistas, indolente y perezoso,
pasaba la vida anhelando por la guerra, tomando baños en las
hermosas termas con que lo obsequiaba cada uno de sus amos,
esperando las galeras que ya del Egipto, ya de las Galias debían
traer el tributo de aceite y trigo para la ciudad de Roma, y
ansioso de emociones, concurría frenético á los espectáculos
sangrientos que se le daban en el circo, para deleitarse viendo los
miembros palpitantes de un hombre desgarrado por un león, ó el
combate de gladiadores en que morían hasta diez mil para divertir
al pueblo-rey.
¿Tiene el pueblo siempre necesidad de fuertes emociones, y busca
ansioso algo que lo conmueva y que lo agite?
Bogotá, empobrecida por las revoluciones, degradada por la
miseria, sucia, hambrienta y corrompida, también anhela por la
guerra; y no teniendo comercio, ni juegos, ni espectáculos, busca
las emociones en la política, hace de ella una ocupación, una
necesidad, un placer, y la agita, la acalora, la envenena, para
tener con qué llenar todos los instantes de su vida fastidiosa.
Y Bogotá tiene también sus gladiadores que van á hacerse matar
en Guasca ó en el Tolima; y cuando allá se derraman torrentes de
sangre, la ciudad, festiva, sigue con ansiedad los detalles del
combate, celebra los triunfos de los que quedan victoriosos, sin
cuidarse de los que mueren; y matronas niñas toman parte en la
relación sangrienta, con el mismo interés con que las damas romanas
asistían al circo y hacían morir sin misericordia al que no había
sabido caer con elegancia.
Gustan en Bogotá los oradores que inflaman las pasiones, que
avivan los recuerdos dolorosos, que mantienen el fuego de los odios
y que, calificando las leyes con ofensivos dictados, preparan un
gran combustible de odios, de rencores y de venganzas para mantener
la guerra en el porvenir.
Gustan en Bogotá los periódicos que hieren, ofenden, destrozan y
vilipendian á los enemigos; los que escritos con hiel y sangre,
hiel y sangre han de derramar en la República; y los que aconsejan
siempre la resistencia, la rebeldía y la guerra, porque la guerra
es el espectáculo que se desea.
Gustan en Bogotá los hombres públicos, energúmenos, fanáticos,
violentos, que preparen conflictos y exacerben todas las
cuestiones; que odien con violencia á sus contrarios y que pidan
cadalsos y persecuciones; que no discutan sino que ofendan, y que
todo lo resuelvan con la guerra, porque la guerra es la situación
en que hay emociones.
Gusta en Bogotá una época de agitación, en que se abandonan
todas las ocupaciones, en que todos los días hay una nueva emoción,
en que se ocupa la barra del Congreso desde temprano para formar
tumulto y promover desórdenes, en que las esperanzas de paz ó de
guerra se renuevan á cada instante, en que las malas pasiones
vuelven á tomar su rechinante voz, y en que los gladiadores se
muestran prontos, anuncian públicamente su partida, y se ofrecen en
espectáculo.
Gustan en Bogotá los trastornadores de todos los días, los que
ayer se ofrecían para una conspiración con el objeto de salvar un
principio, y hoy se ofrecen para una revolución contra ese
principio.
Gusta en Bogotá la guerra, en fin, por más que contra ella se
hable con cierto fingido pudor; á ella contribuyen todos
activamente, ó de ella se hacen cómplices por sus decididas
simpatías y su tolerancia con los promovedores. Y si esto no fuera
así, ¿cómo podría explicarse el que la guerra dependa no de la
voluntad de un Emperador ó del Czar de Rusia, como en Europa, sino
de la de uno o dos hombres que se proponen no obedecer las leyes?
¿Cómo podría explicarse el hecho de que la tranquilidad toda y el
porvenir entero de la Nación los decida el que se levante ó no una
guerrilla de hombres desautorizados?
Esta fiebre política de todos los instantes y que invade todas
las clases de la sociedad, es un efecto, pero al mismo tiempo
contribuye á mantener el estancamiento de la industria, la
paralización en las empresas y la miseria espantosa que reina en el
país. Los capitalistas que siguen vivamente los vaivenes de la
política, gastan al fin sus capitales esperando el desenlace; los
acomodados consumen sus ahorros sin buscar una industria; los
pobres pierden toda esperanza de trabajo y se lanzan a la guerra y
mientras que se debaten las cuestiones políticas, mientras que
todos los círculos deciden sobre el éxito de la guerra, la miseria,
como una inmensa ola, avanza, y todo lo devora y lo consume.
¿Piensa el Gobierno de la Unión en el fomento del gran
territorio de San Martín, y en emplear los ahorros, producto de una
severa economía en su Administración, en abrir camino al Meta, para
hacer cambiar como por encanto las míseras poblaciones del interior
en poblaciones ricas y felices y preparar un nuevo porvenir
industrial á la República? ¡Alto! le grita la política tormentosa
de la capital, piense el Gobierno en su propia salvación, en
organizar fuerzas y en esperar el combate; y esos ahorros
destínelos para balas y pólvora.
¿Piensan los hombres industriosos en cubrir de café nuestras
tierras calientes, en abatir las selvas para convertirlas en
prados, en sembrar quina y artículos de exportación que den vida al
pueblo hambriento y haraposo? ¡Alto! les grita la política de la
capital, de hoy á mañana habrá un conflicto á que es preciso
atender.
Hace pocos días se nos presentó un artesano preguntándonos si en
nuestra oficina era donde se había abierto una suscrición para
auxiliar á los que se iban á pelear.
-No, amigo, le contestamos. ¿Y usted por qué se va á hacer
matar?
-Porque los liberales son la causa de nuestras desgracias;
porque el pueblo no puede sufrir más su dominio, y es preciso poner
término á los males de la patria que ellos, hace tanto tiempo,
están causando.
-Reflexiónelo usted bien, y acuérdese de su familia al
partir.
Nuestra conversación fué interrumpida por una mujer pálida,
extenuada y mal vestida, pero en cuyas facciones se descubría
todavía el resto de una pasada belleza: llevaba dos niños de la
mano y uno en los brazos.
-Una limosna, señor, para estos pobrecitos, que son hijos de un
buen liberal, nos dijo al entrar.
- Y dónde está su padre? le preguntamos con interés.
-Murió en una acción, pues se fué al Tolima á defender la
libertad
- ¿Y la dejó á usted y á sus hijos?
-Sí señor, porque el pueblo no puede soportar ya á los
conservadores, que maquinan incansablemente, y son la causa de
todas las desgracias de la patria.
- Quién era su esposo?
-El maestro Elías Sarmiento.
-Era mi hermano! dijo el que había venido á solicitar fondos
para irse á pelear contra los liberales.
-Cuide usted de esa mujer abandonada, le repliqué, de sus hijos
huérfanos, y éste será el servicio más grato á Dios y á la
patria.
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Las abejas están de moda: las niñas, en vez de cuidar micos y
guacamayas, como antes, cuidan hoy colmenas que se propagan con
fecundidad admirable, y dentro de poco las habrá en todas las
casas; pero se ha observado que los zánganos que devoran la miel y
destruyen la cera, se propagan en Bogotá más que en ninguna otra
parte, y que si esto no tiene algún remedio, habrá que abandonar
toda esperanza de aclimatar esta industria.
La sociedad es una inmensa colmena en donde infatigables abejas
trabajan día y noche para aumentar la riqueza pública; pero un
enjambre de usureros indolentes y perezosos devora la miel y hace
imposible toda industria. Bogotá está llena de estos individuos que
viven de sangre, y que sin embargo se revisten de un carácter
honorable á los ojos de la multitud que hacen creer que son
honrados y que no viven sino explotando la miseria la ignorancia ó
la credulidad de los demás, y que aumentan sus riquezas á
proporción que la industria decae, el comercio languidece y la
sociedad se arruina. Las grandes fortunas se han hecho con la
usura, y la revolución, la ruina de las empresas y el fracaso de
todas las especulaciones no han hecho más que fecundarlas.
Levantar la voz en nombre de la sociedad para castigar los
vicios que se le quieren imponer; defender la moral contra los que
de antemano han conquistado posición bastante elevada para
despreciarla impunemente y retratar al crimen tal como es para que
no engañe á la multitud y no se le tributen las distinciones que
sólo se deben á la virtud y á la probidad, es un deber de la
prensa, como es un deber del sacerdote erigir su cátedra sagrada en
medio del vicio, atacarlo frente a frente; y mientras más soberbio
y más poderoso se muestre, herirlo con más energía.
Como en Bogotá no hay un solo banco que fije la rata baja del
interés y que adelante capitales á los hombres industriosos bajo su
única responsabilidad, éstos tienen que ocurrir al usurero, que en
un contrato privado, midiendo de antemano la necesidad urgente del
prestador y explotando sin misericordia la situación, le exige
intereses que pasmarían al mundo comercial, y que llevan al
industrioso inevitablemente á la ruina; eventualidad que ha
previsto el usurero, el cual ha tomado de antemano sus seguridades
á fin de duplicar con ella su capital.
Cuando uno es niño, se figura al usurero como á un viejo judío,
de barba negra, ojos penetrantes, faz odiosa, avaro, mal vestido, y
pasando la vida en el antro en donde tiene oculto y bien guardado
su oro. ¡Que engaño! El usurero de Bogotá es un caballero que vive
honorablemente tiene una familia respetable, habita una decente
casa, educa á sus hijos en Europa, lleva á sus hijas á la sociedad,
se viste con elegancia, y no se distingue del resto de los humanos
sino por sus instintos feroces y sus predicaciones permanentes en
favor de la propiedad.
Pero ¿qué decimos? ¿puede pintarse acaso al usurero, cuando la
ciudad encierra tántos, y este vicio domina yá en todos los rangos
de la sociedad; cuando hay usureros que dan mil pesos para recibir
dos mil, y usureros que dan un peso para recoger un cuartillo por
día; cuando el usurero es comerciante, es propietario, es fullero,
es mujer, es clérigo, es ministro, y es chichera ; cuando, en fin,
la aspiración constante en Bogotá es tener algo para ponerlo á
premio?
Para nosotros, que en las grandes catástrofes miramos con igual
sentimiento arruinar el palacio del rico propietario de Quito que
la choza de barro del pobre indio de Imbabura ; para nosotros es el
mismo hombre el que en medio del lujo y avanzando capitales ha ido
acumulando en una sola mano las grandes haciendas de la sabana, y
el que detrás de un mostrador mugroso ha ido recogiendo todas las
fincas de oro de las pobres familias; uno y otro han ejecutado una
industria infame, y uno y otro han sido una funesta calamidad para
el país.
«Establézcase como regla de moral que el contrato de dinero á
interés se reputa como una compañía entre el prestador y el
prestamista, en el que el uno da el capital y el otro pone la
industria, teniendo derecho á la mitad de la utilidad probable», ha
dicho un ilustrado escritor, y esta es la verdadera regla de moral,
la única manera de que el préstamo á interés no sea un hecho
profundamente infame, un robo autorizado por la ley y de funestas
consecuencias para la sociedad.
Si se quieren ejemplos, Bogotá los ofrece á millares. Aquí se
ven todos los grandes especuladores arruinados, todos los hombres
industriosos arruinados, todos los artesanos arruinados; los unos
por las revoluciones, los otros por la crisis comercial ; éstos por
las malas cosechas, aquéllos por la penuria general. Pero sobre
todos ellos levanta su altiva cabeza el usurero, para quien nunca
hay ni malas cosechas, ni estación funesta, ni acontecimiento
alguno que pare por un instante el reloj del terrible interés.
Sobre las ruinas y desolación de Ibarra levantaría, si tal
desgracia hubiera sucedido á Bogotá, levantaría, decimos, su sereno
dominio el usurero, porque todo se habría arruinado, pero él habría
salvado sus pagarés, y al día siguiente de la catástrofe pediría
ejecución.
¿Lo dudáis? Un hombre de aquellos á quienes Emiro Kastos llamaba
atletas de la industria, dejó sus propiedades en la Sabana, y se
fué al Magdalena á trabajar para fecundar esas regiones, para
derramar la civilización y el bienestar entre los trabajadores y
para dar al país exportación, riqueza y porvenir. Este hombre tomó
capitales á interés. Como á todos los que trabajaron en el
Magdalena, la suerte le fué aciaga; y cuando volvió, sus
propiedades de la sabana estaban embargadas y á poco tiempo fueron
rematadas.
Un caballero, cuyo nombre debe ser grato para los amigos del
progreso, era dueño de una rica hacienda; pero su genio era
emprendedor, y para otra especulación tomó dinero á interés y murió
antes de ver concluída su obra. ¿Qué fué de su hacienda? ¿Qué fué
de su familia?
Dejemos á los ricos, cuyas desgracias no nos interesan, y vamos
á una tienda que se encuentra á poca distancia de la Calle Real,
porque allí es donde los pobres llevan los despojos de la miseria
para saciar el hambre feroz de un usurero.
En esta tienda debióse en algún tiempo vender algo, porque tiene
estante y mostrador; pero hoy está casi vacía y sólo se ven en
espantosa confusión, sillas de montar, usadas, imágenes de santos,
relojes de sobre mesa, sofás, varios libros y una enorme caja de
madera, de donde Don Antoñito, su dueño, va sacando infinidad de
fincas de oro, cada una con un papelito, ó cubiertos de plata y
relojes de bolsillo.
Allí van todas las pobres madres de familia los jueves en la
tarde á buscar para el mercado del día siguiente, llevando para
empeñar los restos de la pasada fortuna, los zarcillos de oro de la
hija y el cubierto de plata de la abuela; y reciben dos ó tres
pesos, al módico interés de un cuartillo por peso diario, con la
expresa condición de que si al mes no los devuelven, as fincas
serán de Don Antoñito.
Allí va el infeliz artesano á empeñar su obra sin concluir, por
pan para sus hijos, y se compromete á devolver el doble de lo que
recibe, ó queda la obra como de Don Antoñito.
Allí va el jugador perdido y deja un aderezo en fincas por una
onza de oro con que va á desquitarse, pagando á real por hora; pero
si la suerte le es adversa, el aderezo es de Don Antoñito.
Allí va el elegante cachaco y deja su reloj y su leontina de oro
por un condor para un caso de honor imprevisto, para pagar un
ramillete á Casiano Salcedo, y ofrecérselo á una actriz la noche de
su beneficio; este condor gana un real diario, y si el cachaco se
descuida, el reloj y la leontina son de Don Antoñito.
Allí va el pobre cachifo y empeña su libro por dos reales para
comprar dulces con sus condiscípulos; pero éstos también se
duplican: el cachifo no puede reunir ni en una ni en dos semanas
tanto dinero, y el libro viene á ser de Don Antoñito.
¿Qué hace Don Antoñito con esos zarcillos, galápagos, relojes y
libros?
Los dota.
Cuando alguno va muy urgido por dinero, él se lo da, pero á
condición de que tome un muérgano por tanto, dotado con tanto, y
ganando el todo el módico interés de tanto.
No es creíble, pero es verdad, que á Don Pio, el mejor cristiano
de los que matan ganado, le obligó el otro día á tomar Las Ruinas
de Palmira, La Nueva Eloísa y la Moral de Holbach, por cien pesos,
dotados con otros ciento, para salir de un apuro que tenía, por no
haber podido vender la carne el viernes anterior.
Que al elegante Aristídes, por diez pesos, para una comida á
escote en el Casino, un día en que estaba sin blanca, le obligó á
tomar un rosario de granates con crucero y pasadores de oro,
firmando un pagaré por veinticinco pesos.
A Doña Consolación, la beata, le dió un anteojo de teatro: al
doctor Pacífico un rifle y á nosotros un birlocho.
El usurero también tiene sus contrariedades en la vida, ¿cómo
no? él también puede decir con Terencio:
« Humanu sum humani nihil a me allienum potu.»
No hace cuatro días que sucedió esto. Muerto un caballero
honrado y puntual, que no pudo arreglar sus deudas, y aunque dejó
bastante haber, entre los acreedores se dividieron la túnica, y á
un usurero, como acreedor de mejor derecho, le tocó la casa en que
había vivido.
Consiguió auto de lanzamiento contra la viuda, y el día en que
fue á expulsarla, encontró su cadáver extendido en la sala y cinco
niños llorando á su alrededor. ¡Qué contrariedad! Tuvo que aguardar
veinticuatro horas, mientras sacaban el cadáver.