INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
XVII. - CRÍTICA

 

SOBRE LOS VICIOS DE LA CAPITAL.

 

La ciudad capital, residencia de los altos poderes y centro á donde concurren de los Estados todos los ricos que quieren descansar, y todos los que sin fortuna ni profesión quieren vivir; donde se ostentan suntuosos palacios y donde el lujo supera á la grandeza; la villa de las tiendas inmundas, sin luz y sin ventilación, donde el pueblo vive sin salud; la mansión de los agiotistas opulentos y de los empleados cesantes; la morada de los ricos propietarios y de los mendigos harapientos; el lugar de las cortesanas elegantes y de las monjas exclaustradas; el teatro donde se aglomeran comerciantes fallidos, cantores sin ópera, sacristanes sin misas y sin procesiones, militares licenciados, viudas monumentales y jugadores de mala fe; Bogotá, en fin, es un infierno, y la condición moral de su población llena de profundo dolor al amigo de la humanidad.

Varias causas favorecen su desarrollo, al mismo tiempo que matan todo germen de prosperidad en la población, y forman una gran ciudad en medio de los desiertos y un pueblo miserable en un país rico, fértil y privilegiado. Su admirable situación sobre los Andes, con un clima dulce y una sabana abundosa, favorece el desarrollo de la población; pero esta misma situación, tan lejos de la costa y sin caminos, impide todo progreso agrícola é industrial, y que llegue hasta ella el ruido de la civilización. El Gobierno gasta una parte de su riqueza en ejércitos, sueldos y pensiones, con lo cual da á Bogotá una vida artificial; pero este mismo Gobierno monopoliza los veneros de sal que están en sus alrededores, retrae de la industria á muchos hombres útiles para hacerlos empleados, recluta á los trabajadores y somete la ciudad á los torbellinos de la política, que en cada uno de sus cambios mata una industria, entierra una esperanza y destruye una manera de vivir establecida. El lujo fomenta una multitud de pequeñas industrias de que viven los pobres; pero arruina á muchas familias, destruye los ahorros, aniquila á los empleados y no deja nada para el porvenir. Su civilización, sus colegios, sus placeres, atraen mucha población, pero esta población consume y no produce, y sólo sirve para aumentar los conflictos del día siguiente. La religión, en fin, levanta suntuosos templos y sostiene un culto fastuoso; pero esto no mejora la condición del pueblo.

Recorramos todos los grados de la escala social y veremos que en todos se encuentra hoy el malestar, la miseria encubierta ó desnuda, la inseguridad para el porvenir, el desaliento para el trabajo, que los gastos son superiores á las rentas, y que la ruina amenaza todas las fortunas.

Los ricos son los privilegiados de la tierra, y los males sociales les alcanzan, como el rumor del mar agitado al que está en puerto seguro; pero aun ellos se encuentran mal en Bogotá, porque no habiendo empresas útiles de ninguna clase, tienen que ser usureros ó agiotistas, y aunque parezcan muy halagüeñas estas dos profesiones, ellas encierran, sin embargo, en su seno mil espinas que no se descubren en la superficie. El usurero vive con la convicción de que todo cuanto acumula lo hace con los despojos de la fortuna ajena, porque en Bogotá la industria no da renta suficiente para dividir entre el que presta y el que recibe un capital á interés para trabajar. El agiotista lleva una vida agitada, tiene que sufrir el vaivén de la política, y está expuesto á que una revolución inesperada, una ley inconsulta, ó una combinación financiera, reduzcan su fortuna á la mitad. Por otra parte, los ricos ven crecer á sus hijos en un país en donde no les queda otro camino que ser ricos, sea cual fuere la educación que les den, y á sus hijas obligadas á contrariar sus afectos, y á no volver la mirada á la virtud, porque allí está la pobreza. Cargan con el odio de todos los miserables, tienen que ocultar sus goces para no despertar la envidia de los que sufren, y se ven hostigados por los mendigos decentes que les piden prestado, y por bandadas de pordioseros que los persiguen sin misericordia.

Las antiguas familias de Bogotá, las que conservaban tradiciones de virtud y buenas costumbres, y que poseían propiedades raíces, han caído. La razón es clara: las propiedades producen apenas el 5 por 100 anual y el interés del dinero, con hipoteca, es el 18 por 100. En todas las circunstancias de la vida en que han necesitado dinero, han hipotecado sus fincas por la tercera parte de su valor, los arrendamientos no han alcanzado á cubrir los intereses, y las fincas han ido saliendo de su poder á bajo precio. La pobreza las ha sorprendido, sin poder renunciar de repente á sus hábitos de lujo y de comodidad, y para satisfacer estas necesidades imperiosas, un hijo se extravía por el sendero del vicio y una hija pierde las tradiciones de la virtud.

Bogotá es, dicen, una constelación de sabios: allí brillan los escritores eminentes, los hábiles financistas, los políticos profundos y los consumados literatos. ¿De qué viven estos hombres? De la política. ¿Qué les da la política? Un destino, cuando el partido á que pertenecen triunfa.

Pintar la vida del empleado en Bogotá, sería trazar un cuadro bien triste, y no siendo éste nuestro ánimo, nos limitamos á observar que siendo dos los partidos en que está dividida la República, mientras que el uno triunfa, están sin destino, sin ocupación y sin pan los hombres públicos del otro; y que sus familias, que pertenecen siempre á la mejor sociedad, para no perder su posición, se ven obligadas á ocultar su miseria, su desnudez y su hambre á los ojos del público. ¿Y cuántos sacrificios no exige esto?

De aquí nacen muchas veces la intolerancia y la exacerbación de los escritores de la oposición; de aquí nace la necesidad de que todo régimen claudique; y lo más triste aún para la República, de aquí depende que el poder encuentre siempre viles servidores, y que se hagan populares las dictaduras, en que, sin ley ni principio reconocido, el tesoro público se reparta entre los favoritos, y que con destinos se compre á todos los de la oposición.

La vida en Bogotá es cara, los sueldos pequeños y el pago en la Tesorería incierto. El empleado va con anticipación devorando su renta, y el día de la remoción es el del hambre; el día de su muerte, el en que empieza la disolución y la pérdida de una familia para la virtud; porque en ese día no tiene pan, y el camino del vicio es más fácil que el del trabajo para el que ha vivido siempre de rentas.

La juventud de Bogotá, llena de entusiasmo, de generosos instintos de nobles aspiraciones, pero ansiosa de placeres, sedienta de felicidad y sin encontrar trabajo, sin resignación para salir de aquí y sin tener dinero para gastar; teniendo delante la tentación del vicio, y sin poder levantar su mirada al cielo del amor puro, del cual lo aparta la pobreza; la juventud busca la ganancia en el juego, el placer en la embriaguez, y consume su sensibilidad y su vigor en el amor bastardo.

¿Es mejor la condición de las jóvenes?

Cándidas flores guardadas por el pudor y la inocencia, las jóvenes de Bogotá se marchitan lentamente, teniendo por perspectiva un mundo que las deslumbra y sin poder descubrir sus emociones, hasta que llegan á la vejez sin encontrar esposo. A veces traicionadas, á veces sin haber tenido una ilusión, siempre mártires de una sociedad en donde el matrimonio es sólo una vanidad de los ricos.

En efecto, en Bogotá, ¿qué joven que no ha heredado una fortuna puede casarse? El matrimonio es costoso, y dos pobres que se casan, tienen la seguridad de llevar una vida infeliz y formar una familia miserable.

¡Qué sociedad!

El comercio de Bogotá está reducido á proveer de artículos muy caros el consumo improductivo de la ciudad y sus alrededores, y en tan pequeña escala, que los mismos importadores expenden por menor los artículos que les llegan de Europa. Aquí no hay grandes casas de comercio, donde los jóvenes entren como dependientes para ser despues socios y empresarios; ni este comercio da, como en otros países, ocupación á multitud de personas que en una cadena indefinida, desde el importador hasta el buhonero, van sacando una renta proporcional.

Pero hay más aún. En un país próspero, todo el que compra al fiado para negociar, tiene seguridad de una ganancia, y todo el que compra para consumir, tiene seguridad de adquirir con qué pagar; y así el crédito, teniendo base, favorece á infinidad de personas que trabajan sin capital. En un país miserable sucede lo contrario: el comerciante por menor que tiene que proveer al empleado sin sueldo, al militar licenciado, á la mujer aventurera y al joven jugador, generalmente pierde lo que da fiado, y no puede á su turno cumplir con sus compromisos en el día convenido. El comerciante por mayor, que tiene que negociar unas veces con hombres de mala fe, y otras con hombres honrados que son víctimas de los explotadores, concluye por no abrir crédito á nadie, muriendo así la industria de todos los que trabajan sin capital.

De esto y de las revoluciones, que paralizan los negocios, nacen las quiebras frecuentes y casi periódicas del comercio de Bogotá; de esto depende que todos los comerciantes por mayor tengan en cartera una existencia siempre considerable de documentos incobrables, y el detallador una gran lista de deudores insolventes; de esto depende que el comercio sea tan inactivo y que sólo se puedan dedicar á él los que tienen capital, estando expuestos á perderlo en una de esas quiebras que, como la de Landínez, arrastran consigo la fortuna de millares de familias y consumen los ahorros de una generación.

Volver la mirada hacia las clases trabajadoras de la capital, es como leer una de esas novelas socialistas que presentan siempre al pobre luchando inútilmente contra el vicio, al hambre como recompensa del trabajo y la honradez; á la prostitución como el único camino abierto á la mujer; á la miseria devorando las familias, y á la sociedad desplomándose en un abismo.

En Bogotá no hay mar ni ríos navegables, en donde una parte de la población se ocupe en las necesidades del comercio. No hay fábricas á donde vayan las masas de obreros á ganar su jornal. No hay empresas industriales en que los obreros, ayudando á la obra de la producción, deduzcan un legítimo salario. En Bogotá las clases laboriosas están destinadas á producir artículos para el consumo improductivo del resto de la población, y esto hace que su situación sea más miserable que la de todos los obreros del mundo.

Los artesanos no producen más que artículos de uso personal, y tienen que luchar con los inconvenientes que les presentan la pobreza de los consumidores y lo limitado del consumo, el atraso de las otras industrias y el alto precio de las primeras materias, la falta de capitales para trabajar, y la competencia con artículos mejores venidos de Europa, todo lo cual hace infructuosa su laboriosidad, su genio artístico, su virtud y su amor á la familia, á la patria y al trabajo.

La mayor parte de la población de Bogotá no se viste, no se calza ni tiene muebles, y por lo mismo los artesanos no encuentran compradores para los artículos ordinarios y baratos, que en todo país forman la base de la industria y que podrían dejarles una renta regular. La parte pequeña, rica y acomodada que se viste, calza y tiene muebles, quiere artículos finos, perfectos y acabados, y los extranjeros proveen á sus necesidades mejor que los del país.

Los artesanos, para montar sus talleres con la elegancia que el buen gusto ha introducido, toman capitales al enorme precio del mercado, ó más caros aún, porque no tienen hipoteca que dar. Como los consumos son limitados en sus establecimientos, apenas alcanzan á vender artículos suficientes para pagar los géneros y atender á los obreros, y mientras tanto los intereses los van devorando, hasta que caen taller, empresario é industria en completa ruina.

El industrioso zapatero que pasa toda una semana haciendo un par de botas con materiales del país, recorre el sábado todas las calles de la ciudad ofreciéndolas, y no encuentra compradores. El albañil, el herrero, el campesino, el criado, no las compran, porque ellos no usan botas; el caballero no las compra, porque son muy feas, de cordobán, de pita floja y de suela cruda, y al fin el pobre hombre vuelve á su casa sin pan para sus hijos. El dueño de un elegante taller hace esfuerzos inauditos para imitar las obras extranjeras, y para fabricar un par de botas compra á subido precio cuero inglés, resortes franceses y pita extranjera; y cuando ha concluído, encuentra que el valor de los materiales extranjeros y el jornal del obrero valen $8, y que al frente se venden botas de Malpell á $7. ¡Tormento horrible! ¡Trabajar sin descanso y encontrar siempre perdido el sudor de su frente!

En tan cruel situación el artesano, unas veces oye las pérfidas insinuaciones de sus falsos amigos, que le aconsejan el desorden y la revolución con lo cual se establece la desconfianza, se aleja el comercio y empeora su situacion; pide á la sociedad otras veces que lo proteja fijando un precio artificial á sus artículos, prohibiendo la introducción de los extranjeros, con lo cual empobrece la sociedad que lo mantiene, arruina á sus hermanos, que tienen á su turno que pagar más caros otros artículos, funda su industria sobre una base deleznable, y prepara una terrible crisis para el porvenir; y otras, se hace matar en los campos de batalla, donde nunca triunfa la causa del pueblo.

¡Admirable virtud la de los artesanos de Bogotá! Dos veces en diez años han sido dueños de la capital y se han constituído en guardianes de la propiedad. Han sido muchas veces vencedores; y sin botín de guerra, sin despojos y sin recompensas, han vuelto á sus miserables tiendas á continuar su vida de trabajos, de hambre y de angustias.

La clase jornalera es la verdaderamente infeliz en Bogotá; porque el jornal es barato, los alimentos caros, el vestido superior á sus esfuerzos, las habitaciones incómodas, y el trabajo incierto. El jornalero trabaja mientras tiene fuerzas, y el día que se le acaban, sigue de mendigo. El jornal es de un real, no le alcanza para vestirse, y si viste con harapos, no le alcanza para mantener mujer é hijos, y el que los tiene, vive de la estafa ó los manda á mendigar. El jornal es de un real por doce horas de trabajo, y un real se consigue de limosna en un momento; y de aquí nacen esas bandadas de hombres y mujeres que esperan en la calle el pan, no del trabajo, sino de la casualidad. La falta de estímulo en el trabajo hace á los jornaleros ociosos, porque perder un día, no es perder más que un real; la ociosidad los lleva al vicio y á la degradación, y de aquí la informalidad de todos, el abandono y relajación de muchos, y el que algunos vayan á engrosar las filas de los rateros que infestan la ciudad, y contra las cuales toda medida es ineficaz y toda autoridad impotente.

Si el trabajo de los hombres es poco productivo, ya se deja ver cuál será la suerte de las pobres mujeres del pueblo, sin tener maridos que las sostengan ni hermanos que las ayuden, y viéndose obligadas á ganar la vida con rudos trabajos ó industrias miserables.

Las que pueden trabajar independientemente, viven aglomeradas de á diez y doce, en pequeñas tiendas, y en medio de cerdos, gallinas y perros; trabajan catorce horas diarias y duermen luégo en el mismo recinto, donde hay licores fermentados ó un fuego permanente. Éstas jamás pueden casarse; si tienen familia, son doblemente infelices, ó la abandonan: tienen vejez prematura y mueren mendigando.

El servicio doméstico ofrece á las mujeres un asilo seguro mientras pueden trabajar; pero su condición es muy parecida á la de los antiguos esclavos, pues tienen que renunciar para siempre á una voluntad diferente de la de sus señores, á descansar alguna vez, y á casarse y formar una familia; y este asilo les dura sólo mientras tienen salud y robustez. ¿Qué señora consentiría en su casa una criada achacosa? ¿Quién consentiría en que su sirvienta tuviera relaciones con el hombre que pudiera ser su esposo? ¿Qué criada encontraría colocación para ella, su marido y tres niños? Entre los negros se permitían y aun se fomentaban los matrimonios; los criados de Bogotá deben ser morales, y el matrimonio les es imposible.

Las más desgraciadas de las mujeres del pueblo, las que son hermosas, se prostituyen cuando jóvenes, mendigan y roban cuando viejas. Los clérigos las amenazan con Satanás, y las autoridades las encierran y las azotan; pero ellas, cantando unas veces, llorando otras, cumplen su destino.

En resumen, Bogotá y la sabana están pobladas de gentes miserables para quienes toda mejora es imposible, toda moral una irrisión, la familia una desgracia y la riqueza un sueño.

Bogotá es una ciudad mágica en la mente de las muchachas bonitas de todos los Estados, la ciudad donde se rinde culto á la belleza y se pasa la vida en incesante placer; donde hay semana santa y las mujeres lucen ricas sayas y costosas blondas; óperas en que, á la luz de las lámparas de gas, ostentan sus encantos ante una inmensa concurrencia:  y sobre todo, bailes, bailes suntuosos, en donde se bailan las piezas que acaban de llegar de Europa, con una música que llaman el «sesteto Achiardi,» dulce como la de los ángeles y embriagadora como el amor, y en que las mujeres, con trajes vaporosos, el seno descubierto y los brazos desnudos, cruzan en brazos de sus amantes suntuosos salones adornados de espejos y cubiertos de flores.

Las muchachas de los Estados suspiran por la vida de Bogotá, y la que llevan en sus respectivos lugares les parece triste, monótona y cansada; porque ellas sólo escuchan las relaciones que les hacen los jóvenes que vienen al Congreso con buena renta y con ánimo de disfrutar de todo durante el tiempo de las sesiones, y que por supuesto sólo liban la copa y jamás apuran las heces de la vida en Bogotá; porque las muchachas no leen el folleto del señor Miguel Samper «La miseria en Bogotá,» obra demasiado seria, demasiado grave, y prefieren el «Lenguaje de las flores»; y porque Bogota es como ese fantasma que cuentan que se les presentaba por la noche á los enamorados en la «Calle del Arco,» en figura de hermosa y engalanada muchacha que, al ir á besarla, se convertía en esqueleto.

A las muchachas que, llevando una vida tranquila, en un hogar modesto, y en un lugar retirado, envidian la vida de Bogotá, y ven con pesar que sus años pasan y su juventud se marchita sin haber saboreado los placeres, podríamos contarles la historia de muchas niñas de familia honorable y acomodada, las cuales, puras y respetadas en un principio luégo que deslumbradas por el lujo de la capital, han visto perdido su patrimonio y con él su posición en la sociedad, no han podido volver á su país y llevan aquí una vida de miseria y lágrimas. Pero esas son novelas de una imaginación acalorada, dirán ellas; y no nos darán crédito. Así, pues, nos limitaremos á contarles lo que estamos presenciando desde nuestra ventana.

El Ilustrísimo señor Arzobispo Herrán, que sólo se hacía notar en Bogotá por sus beneficios, y que sólo se veía en los lugares donde había lágrimas que enjugar, dejó abundantes limosnas para repartir á los pobres en dos días de la semana: los viernes, como hoy, á las mujeres, y los sábados á los hombres; y en esos días se llenan las tres cuadras que hay en la plaza, hasta la casa de la señora que da las limosnas, de mendigos de todas clases y condiciones, que van á extender la mano para recoger la limosna que dejó el caritativo prelado: á recibir un real.

Hoy es viernes, son las doce del día, y ya empieza á desfilar la larga procesión de mujeres harapientas por el frente de nuestra casa: unas van envueltas en viejos pañolones de color y trajes claros, desgarrados y mugrosos, y arrastrando unos despedazados zapatos, que apenas pueden llevar en los pies; otras van de saya y de, mantilla tan viejas, que es imposible asegurar si era negro su primitivo color; y las más, las del pueblo con despojos de vestidos que solo alcanzan á cubrir su desnudez, y que presentan un aspecto repugnante á los ojos y apestan el lugar por donde pasan.

Entre estas mujeres van muchas de las antiguas señoras de Bogotá que se mecieron en cuna de oro y de marfil, y á quienes no queda más de su antigua grandeza que recuerdos hermosos que les hacen más triste su situación; van muchas que ayer conocimos jóvenes y hermosas y hoy se presentan extenuadas por la miseria ; otras llevan niños flacos, enfermizos, y estampado en su cara el sello del hambre; y muchas niñas de catorce á veinte años, mal vestidas, con las facciones marchitas yá por la disolución, y cuyas miradas revelan el vicio.

Este cortejo de la miseria se aumenta todos los días: ayer con la viuda de un militar muerto en la última guerra; mañana con la hermana de un empleado que murió en la miseria; hoy vino á ser parte de él una ora que perdió en la quiebra de N. N. el último resto de su fortuna; y llegan en tropel todos los días las mujeres de los artesanos que sólo ganan un jornal diario y que para el día de la enfermedad y de la muerte nada han podido guardar; las mujeres industriosas que cuando enferman tienen que mendigar, y las bonitas, á quienes la prostitución y las enfermedades han quitado sus encantos.

El sábado desfilará el cortejo que los hombres hacen á la miseria, y, como hoy, se verán representadas todas las edades y clases de la sociedad: los inválidos de la industria; los inutilizados en las guerras civiles; los hebetados por el vicio; y, en fin, una infinidad de ancianos que lentamente y con trabajo se arrastran hasta la puerta de la familia del caritativo sacerdote, para conseguir algo con qué prolongar su mísera existencia.

Bogotá presenta un aspecto desconsolador y triste; y nada bueno se puede augurar para esta pobre ciudad sin industria, sin comercio, sin fábricas y poblada por 80.000 habitantes que escasamente ganan el pan de hoy, y que no están seguros de ganarlo mañana.

Los bogotanos somos tan amigos de nuestra pobre tierra, que, encontrándonos impotentes para remediar sus males, queremos al menos cerrar los ojos para no verlos; y cuando alguno viene á gritarnos al oído que los abramos si no queremos llegar á una completa ruina, nos disgustamos y maldecimos al importuno que así mata nuestras ilusiones.

A Bogotá venían antes de 1859 los ricos de otras partes á llevar una vida honorable, y sus riquezas, espléndidamente gastadas, repartían el bienestar á toda la sociedad: hoy vienen á Bogotá los arruinados en otras partes á buscar asilo, y su presencia es un nuevo embarazo para la sociedad: antes las casas de comercio de exportación de tabaco y de quinas tenían su asiento en Bogotá y le daban vida y animación; hoy esas casas se han cerrado, y han venido á Bogotá, en busca de trabajo, todos los que sembraban tabaco ó cortaban quinas; antes la sabana enviaba á las prósperas riberas del Magdalena sus inagotables productos, y era rica; hoy el Magdalena manda á la sabana sus ganados, y la tiene arruinada; antes la abundancia de capitales había paralizado los estragos de la usura; hoy la usura reina en Bogotá como un déspota, é impone á la sociedad el rigor de sus cínicas leyes.

Y el malestar, si no la pobreza, alcanza á todas las clases, y todas van bajando en la categoría social de tal manera, que el que ayer era rico hoy tiene afanes; el que ayer era acomodado, hoy es pobre, y éste ha pasado á mendigo, y mendigo que no tiene á quién pedir, porque nadie tiene qué darle.

En medio de tanta miseria, el Gobierno reparte algunos miles, que producen el efecto de los cuartillos que algunos padrinos arrojan en los bautizos á la multitud de muchachos que aguarda ansiosa á la puerta del templo; una algazara inmensa, gritos de aprobación y de censura, y por último, riñas encarnizadas disputándose estos cuartillos. Esta es la causa de que todo cambio político se celebre con entusiasmo y al día siguiente se mire con enojo, y de que adquiera popularidad el que prometa otro cambio. Este es el motivo de tanta agitación y de tan variadas faces como toma la política en Bogotá, y que en vano procurarían explicarse en otras Naciones; ésta es, en fin, la razón por que los negocios políticos no se tratan con la madurez y reflexión que ellos demandan, sino con la rabia que infunde la desesperación.

La política es la ocupación preferente, casi única, de Bogotá: de política hablan los corrillos que en las esquinas de la Calle Real hay á todas horas; de política tratan en todas las tiendas de comercio, ya que nada negocian; de política se habla en los talleres á falta de obra para los artesanos; y, cosa espantosa! la política es también la ocupación de muchas mujeres á quienes faltan paseos, bailes y teatro.

Pero la política aquí es apasionada, violenta y enteramente personal: todo contrario es un enemigo, y contra él se muestran implacables todos, con tanto mayor razón, cuanto que ocupa el empleo que se quiere ó solicita la colocación que se tiene, y que él es el único recurso de una numerosa familia; y los círculos más antipáticos y los hombres de opiniones más diversas, se encuentran de repente unidos por el hambre común y la necesidad de derribar al que está en el poder, porque no los deja participar del Tesoro nacional.

En el «Diario Oficial» nadie lee las leyes sobre Aduanas. ¿Aquí quién introduce? ¿Qué importancia se dará al crédito público donde pocos se interesan por el personal, ni á la navegación, donde viven encerrados hiriéndose los unos á los otros? Lo que se lee es la lista de los empleados removidos y que da alguna esperanza de colocación; ó cuando más, las resoluciones del Gobierno que puedan traer algún cambio favorable en algo para la situación individual.

Cuando Alejandro fué á visitar á Diógenes en su inmundo tonel, le preguntó qué quería, qué deseaba, qué le pedía. «Que no me quitéis mi sol» le contestó el cínico, haciéndole observar que se había colocado en un lugar donde le interceptaba un rayo de sol que iba á calentar su estrecha morada.

En Bogotá, no por filosofía, sino por necesidad, nos contentamos ya con un rayo de sol que nos caliente, disputamos á todos el derecho de recibirlo, y nos parece que otro más poderoso ha de venir á interponerse y á privarnos de su calor. El egoísmo se ha apoderado de todos los corazones; y no estamos seguros de que éste, y el temor de que otros vengan á disputarnos en una esquina nuestro rayo de sol, no han tenido mucha parte en el sombrío cuadro que hemos trazado al principiar esta revista.

El señor Aníbal Fernandez fué un empleado laborioso y honrado que, consagrado á los deberes de su oficina, perdió la energía que todo hombre debe tener para buscar fortuna y formarse una existencia independiente; así fué que cuando, por consecuencia de uno de esos infinitos cambios que se suceden en la política y en el Gobierno, perdió su destino, quedóse con los brazos cruzados, y teniendo que hacer frente á los gastos de su señora enferma y de los cuatro niños nacidos de su matrimonio.

Al principio, los restos de su pasada grandeza; el reloj de oro que tenía; un aderezo de la señora; algunas fincas de plata heredadas de su antigua familia, y llevadas á la Moneda para ser selladas, alcanzaron escasamente para los más urgentes gastos; con lo cual no se sintió por algún tiempo la miseria.

Después apeló al crédito conseguido con muchos años de probidad y exactitud; pero éste empezó á faltarle poco á poco, y su vida se convirtió en una era de afanes, angustias y penalidades para conseguir habitación, Vestidos y alimentos para la familia.

No tener calzado para presentarse delante de sus amigos aquel que siempre ha vivido decentemente; ver la levita ya rapada y los pantalones raídos, es bien duro para el que siempre ha estado bien vestido; pedir prestado el que jamás ha necesitado: pedir fiado el que sabe que no tiene con que pagar al día siguiente; verse rechazado el que antes era atendido, sólo porque ha caído en la pobreza, es bien triste para el hombre de honor y de delicadeza.

Querer trabajar y no encontrar en qué; saber que su hija tiene necesidades y no poder satisfacerlas; que los niños no tienen vestidos, y no poder llevárselos; salir de la casa todos los días con la esperanza de encontrar pan en la calle, y volver á ella con las manos vacías, cuando todos los hijos tienen hambre, esto es bien cruel.

Pero el dolor supremo está en ver á la mujer querida enferma, y no tener con qué llevar un médico ni pagar los remedios.

Dejóle Dios por consuelo al señor Fernandez en sus tribulaciones a Inés, su hija, joven de diez y ocho años, modesta, inteligente, dulce y oficiosa que cuida á su madre, vela á su lado, asea á los niños y hace con su virtud olvidar el hambre, las penas, el dolor y la miseria.

Inés era la prometida del Coronel Escobedo, joven del Estado de ***, establecido en Bogotá desde la última revolución; hombre caballeroso, amable, que gastaba dinero, y que logró conquistar el corazón de aquélla á fuerza de atenciones y esmero.

Tienen por única criada en la casa de Fernandez á una mujer de mal carácter, tanto más exigente, cuanto más necesaria es, y que á cada momento amenaza con dejarlos.

Un día en que, como de costumbre, salió el señor Fernandez á solicitar un destino para el porvenir y algo de dinero para el presente, pasaron en su casa las siguientes escenas:

-Mi señora Inesita, decía la criada, yo me voy.

-Imposible, Jacinta. ¿Cómo nos dejas, mi mamá muy mala, y los niñitos que te quieren tanto?

-Sí será, pero yo no vivo de amor; y ya me deben tres meses de salarios.

-Pero te vamos á pagar muy pronto. Mi papá va á recibir dinero en estos días.

-Cuentos! Al amo no le liga ya la suerte.

-Ya verás. Ya verás. Paciencia, hija.

-Pero la tendera de la esquina no la tiene, y todos los días me cobra el pan que fió en la semana pasada.

-Eso no es nada. De un momento á otro vuelve papá á su destino, y verás qué fiestas vamos á tener en casa; pero mamá está llamando. Acába tú de lavar esta camisa de Juanito. Voy! Voy, mamá!

La criada se queda refunfuñando, con los brazos cruzados, y los niños juegan en el corredor.

Entretanto llega un criado con varias cajas de cartón y un ramo de flores, preguntando por la señorita Inés; y la criada, curiosa y atrevida, va destapando las cajas una á una, dejando descubiertos varios trajes de seda y un brillante aderezo.

- ¿Para quién es esto? pregunta la criada.

-Para la señorita Inés.

- ¿De veras?

-De veras, es la cuelga que le manda el Coronel.

-Es verdad que hoy es el santo de la niña; pero este año sí que no ha tenido mi amo con qué celebrarlo.

Llaman á Inés, quien, al ver las cosas, no puede menos de lanzar una exclamación de sorpresa.

- Le manda á decir mi Coronel Escobedo, dice el criado, que ahí le manda de cuelga esas cositas que se sacó en una rifa.

-Dígale usted al señor Escobedo que todo es bellísimo; pero que sólo acepto el ramo, dándole mil gracias por su recuerdo.

El criado no comprendió; la criada se quedó pasmada; y el chino del zapatero, que había ocurrido á la curiosidad, se iba cayendo para atrás.

Inés corrió para adentro, como huyendo á la tentación.

-Eso es, dijo la criada cuando Inés se había entrado y el criado había partido; mucho orgullo y no me pagan mi jornal!

A los pocos instantes entra el señor Fernandez, padre de Inés, y la llama.

-Mi hija, le dice, no hay esperanza, los destinos están provistos y hay mil como yo, que asedian al Presidente en solicitud de un puesto. ¿Cómo está tu mamá?

-Está ahora aliviada, y ha preguntado muchas veces por usted.

- ¿Vino el médico?

-No señor.

-Tiene razón, no he podido pagarle su cuenta del año pasado.

- ¿Trajeron el láudano?

-No señor, porque………

-Porque en la botica ya no me fían.

- ¿Los niños?

-Han estado entretenidos, y ahora les van á dar algo de comer.

-He perdido el día miserablemente. Voy á vender un libro para que comamos todos. No le digas á tu mamá que he entrado; pues quiero que no nos coja la noche sin tener siquiera para luz.

No tardó mucho rato en presentarse un joven elegantemente vestido, perfumado, con aire distinguido y maneras exquisitas; era el Coronel Escobedo. Ines lo recibe con complacencia, le abre la sala y lo invita á que se siente á su lado.

-Ha rechazado usted mi cuelga, Inés, le dijo éste, después de un rato de amena conversación; ¿por qué ha hecho usted esto?

-He aceptado las flores, que es lo único que usted ha debido mandarme.

-Pero ¿no es usted mi prometida? ¿No debemos á la vuelta de mi viaje unirnos para siempre? Todo lo mío no debe ser de usted?

Inés bajó la vista ruborizada.

-Tengo que pedir á usted un servicio importante, que espero no me lo negará. La realización de unos documentos que he recibido de mi país, me ha puesto en posesión de una fuerte suma que tengo aquí en oro y que no quiero ni puedo llevar á casa. Hágame usted el favor de guardármela, pues no tengo en Bogotá nadie más de quien hacer confianza.

-No, por Dios, Escobedo! Esto me da miedo. Yo jamás he tenido oro en mis manos: désela usted á guardar á mi papá.

-Está muy bien, entréguesela usted apenas venga; pero ahora recíbamela usted y guárdela. Yo no puedo aguardarme hasta que él venga.

Le entregó unos paquetes con onzas, que Inés puso en el cajón de una cómoda; y siguieron en sabrosa plática, formando proyectos para el porvenir.

Media hora había transcurrido sin que los venturosos amantes lo sintieran, cuando el señor Fernandez entró con aire de espanto y gritando:

- ¿Qué es esto, señor Escobedo? mi casa está rodeada de agentes de policía y el Juez pregunta por usted!

El coronel palideció y trató de huir.

En el acto entró el juez á la sala y con voz severa, y dirigiéndose al dueño de la casa, le dijo

-Este señor ha falsificado una gran cantidad de documentos públicos que ha logrado colocar, engañando á varios comerciantes. En nombre de la justicia lo tomo preso, y pido á usted mil perdones por hacerlo en su casa.

Un rayo hubiera herido menos cruelmente el corazón de Inés.

Escobedo estaba cortado, nada contestaba; y cuando lo obligaron á salir, se acercó á Inés y la dijo al oído

-Guarde usted para su familia el oro que le he dejado.

Entonces Inés corrió á la cómoda, tiró el cajón y sacando el oro, le gritó al juez:

-Señor! este caballero acababa de suplicarme que le dijera á papa que le guardara este oro. Ahí lo tiene usted!

Mientras que el vicio se cubra la faz en presencia de la sociedad y avergonzado se retire á los lugares no frecuentados por la virtud, la sociedad puede salvarse pero cuando se ostenta descarado, cuando los buenos lo toleran y sus cínicas leyes se imponen con igual sanción que las de la moral, la sociedad está perdida, el esfuerzo individual es impotente para luchar, y al fin sucumbe.

¿Por qué en Bogotá no hay familia que no deplore los estragos del juego, ó que no tiemble de ser arruinada al día siguiente?

Oídlo:

Ese magnífico palacio ante el cual se pára la muchedumbre á escuchar la alegre música que dentro de sus salones resuena, que arroja torrentes de luz por los balcones y en el cual se da un espléndido banquete, al que asiste la sociedad escogida y elegante de la capital; ese palacio está levantado sobre la ruina de muchas familias despojadas de su fortuna en el juego por un caballero á quien la sociedad acata y reverencia.

Ese joven elegante, de rubia cabellera encrespada y bigote retorcido, que calza guantes habanos y usa lente; ese á quien las actrices dedican sus funciones y de quien reciben, entre flores, relojes de oro y aderezos de brillantes; ese que baila con las más bonitas muchachas y es el ídolo de la sociedad, ése es un jugador que ayer era un mendigo.

Ese diputado que arranca aplausos estrepitosos á la barra, defendiendo la moral y sosteniendo la propiedad, ha pasado la noche en una casa de juego, en donde, con naipes falsos, ha ganado á los incautos.

Recorred por las noches la lóbrega ciudad: todas las puertas están cerradas, todos los balcones sin luz, todas las habitaciones silenciosas; sólo veréis la puerta abierta y las piezas iluminadas, y oiréis bullicio y animación, donde haya una casa de juego.

La ruleta se ha instalado en Bogotá como una sirena engañadora, Y llama á sí, con atractivo irresistible, al joven estudiante deslumbrado con los montones de oro que ve delante; al labrador que espera recoger allí lo que no le darían diez cosechas; al artesano que envidia una fortuna que jamás alcanzará á fuerza de labor y de constancia, y al adolescente que se escapa del hogar paterno deseoso de libertad y la encuentra allí confundida con el vicio.

Es deuda de honor la deuda de juego, y para pagarla el hombre tiene que dejar sin pan, á sus hermanas expuestas á la prostitución, y á su madre pidiendo limosna.

Oh! de tal manera están confundidos en Bogotá el vicio y la virtud, que no solamente ésta se marchita con el inmundo contacto de aquél, sino que muchas veces sufre inmensos dolores, encontrándose herida por la corrupción que se tolera y por faltas que ella no comete.

Elena, la más rica heredera de Bogotá, llena de abnegación y de amor, se casó con un joven á quien entregó, hace apenas dos años, su corazón y su fortuna; pero este joven era jugador, y habiendo perdido toda la riqueza, no hace mucho que la insultó, porque no le daba un medallón de diamantes donde guardaba pelo de su madre, para jugarlo también.

Elena es la amiga íntima de Felisa, flor preciosa brotada en Bogotá y cuidadosamente preservada del contacto con el vicio, como esas camelias producidas en el jardín de Casiano Salcedo en un invernáculo de cristales á las que la menor brisa del mes de Junio haría marchitar y morir.

Felisa es una joven de diez y ocho años, de ojos negros, lánguidos y hermosos, de fisonomía dulce y apacible, color de perla, cintura esbelta y cabellera abundosa; pero tímida, delicada é inocente, como si tuviera siete años, con el candor de una santa y la más absoluta ignorancia del mundo, como se educan las virgenes cristianas en Oriente.

Viendo á. Felisa, aun los viejos soñamos; y los jovenes se deslumbran como en presencia de esas visiones celestiales que á los peregrinos rendidos de fatiga, sedientos y devorados por la fiebre, se les aparecen en medio del desierto, y con sus místicas sonrisas los animan para seguir en el camino que les muestran.

Luis se enamoró de Felisa locamente en el baile del ministro ***, y se hizo presentar en la casa el domingo siguiente, donde fué recibido con cordialidad, bien fuera por ignorancia de la conducta de este joven, ó por una incauta condescendencia con los vicios sociales.

Luis tiene atractivos, talento, fácil y culta conversación, maneras sueltas, está en buena sociedad y es audaz; pero es jugador, y el juego ha prostituido su alma hasta hacerlo capaz de las más viles acciones.

Felisa, educada en el retiro, sin más sociedad que sus flores, su piano, sus dibujos y sus propios poéticos sentimientos, escuchó la voz de Luis ruborizándose, pero con un secreto, misterioso encanto que la hacía feliz: temblaba en su presencia, pero deseaba verlo; y una mezcla indefinible de placer y de miedo la arrastraba hacia él. Si este es amor, Felisa lo amó.

Cuando Elena vió las solícitas atenciones de Luis, tembló por su amiga. Su propia dolorosa experiencia le aconsejó ir á prevenirle un horrible mal, y en una de esas íntimas confidencias, tan gratas para los jovenes, le dijo:

- ¿Sabes que Luis es jugador?

- Y eso ¿qué es? le contestó Felisa con esa casta ignorancia que hace adorables á las jovenes bogotanas.

-Eso quiere decir que Luis vive de lo que quita á otros; que cuando seas su esposa y pases delante de alguno con joyas que te ha regalado, ése dirá: -esas joyas son mías; que cuando tengas algún goce en tu hogar, este goce irá acibarado por el pensamiento de que tus placeres han costado lágrimas á otra familia.

-Ah! eso es horrible! Eso no puede ser! contestó Felisa temblando de pies á cabeza.

Elena conoció que había llegado tarde, pero no desmayó en su propósito.

Desde aquel día Felisa languidece, se pone sombría, y parece imposible que resista á la terrible lucha que se traba entre su pobre, virgen corazón y su horror instintivo al vicio.

El afortunado en amores es desgraciado en el juego, dice el refrán, razón, sin duda, por la cual Luis ha estado de malas en estos últimos tiempos. Pero él se propuso parar los golpes de la suerte y enmendarla apelando á los dados falsos, y así ha logrado seguir ganando.

No hace muchas noches que fué sorprendido por un caballero á quien había ganado yá una fuerte suma con dados falsos; éste lo vió, se calló, y juró una sangrienta venganza.

Al efecto, se entendió con las otras personas á quienes Luis había ganado y que tenían sospechas de su mala fe, y convinieron en promover para el domingo pasado una gran partida, numerosa, pública, en donde le cogerían la mano en el acto de cambiar los dados, en presencia de todos, y lo acusarían por ladrón.

El marido de Elena había sido una de las víctimas de Luis; estaba irritado, furioso, y como en desagravio le refirió á su esposa el plan de su venganza y las esperanzas que tenía de rescate.

Elena estuvo el domingo en casa de su amiga, y queriendo curarla de su funesta pasión, le refirió lo que iba á pasar á Luis.

Felisa experimentó en su alma lo que la sensitiva al roce de la serpiente; pero volvió por efecto de una reacción poderosa y enérgica y le preguntó á Elena:

- ¿Sabes dónde es la casa de juego?

- ¿Quién no sabe en Bogotá dónde son las casas de juego? pero ¿por cuál de ellas preguntas?

-Por la en que juega Luis ahora.

-En ***

-Vamos allá, ahora mismo.

- Estás loca, Felisa?

-No, no; pero quiero que vayamos.

Eran las nueve de la noche, la luna estaba espléndida é iluminaba las calles por donde cruzaron Elena y Felisa, ésta temblorosa, exánime, y agonizante, pero marchando adelante, y aquélla siguiéndola asombrada, hasta que llegaron á la gran puerta de***

- Qué pretendes? dijo Elena cuando llegaron.

-Yá lo verás.

Atravesaron el oscuro zaguán, y en la segunda puerta dijeron a portero:

-Llámanos á Don Luis Quiñones.

-Imposible ahora: está empeñado en un gran juego.

-Llámalo, y te pagamos muy bien.

-Imposible, porque está rodeado de muchísima gente.

-Anda á decirle que dos señoras lo esperan, y toma este regalo.

-Bueno, pues; pero si se pone bravo, yo no respondo.

-Mucho le amas! dijo Elena.

A los pocos momentos volvió el muchacho, y dijo:

-Que nada tiene que hacer con señoras.

-Vámonos, por Dios, Felisa!

-Espérame, dijo ésta, y escribió unas pocas palabras en su tarjeta.

-Toma, le dijo al criado, acércate á él, y entrégala en su mano.

El criado se fué, y no había pasado mucho tiempo, cuando salió Luis avergonzado, quizás por primera vez, de ser encontrado en la casa de juego.

-Señorita ¿en qué puedo servir á usted? ¿ha sucedido algo á su familia?

-No señor: vengo solamente á pedir á usted los dados falsos con que va á jugar.

-Ah! usted me insulta!

-No, Luis, lo salvo. Hay un convenio para sorprenderlo en el momento en que vaya á emplearlos: démelos usted

-Ahí los tiene. ¿Con qué podré pagar tan inmenso servicio?

-Con olvidar que yo he venido hasta aquí, como yo sabré olvidar que lo he conocido á usted. ¡Adios!

Al retirarse á su casa desfalleciente y llorosa, dijo á su amiga

-Lo he salvado! Ultimo sacrificio que haré á su amor. Ahora

Dios me dará fuerzas para luchar contra la funesta inclinación que me llevaba á los brazos de un jugador.

Luis jugó limpio, nadie sospechó lo que había pasado, y su crédito se ha restablecido; pero Felisa se extingue, la fiebre la devora, la memoria de esa noche terrible la persigue sin cesar, y en su delirio suelta palabras misteriosas que llenan de asombro á su familia. Felisa muere víctima del juego!

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El vicio en París toma formas poéticas para seducir y arrastrar á la juventud.  Es después de la ópera cuando hombres y hermosas mujeres toman asiento en torno del festín, en medio de flores y de luces que seducen y embriagan, teniendo al frente manjares esquisitos y vinos abundantes que convidan á la alegría y al placer. La galantería francesa, el espíritu picante y chistoso que principió en Rabelais y que no concluyó en Beranger, brota de todos los labios; y el champaña, el vino de la alegría por excelencia, la ambrosía del calembur, se sube á todas las cabezas para hacer de la fiesta una mágica escena, á la cual no falta ni el fuego del amor ni el encanto de los versos.

Pero en Bogotá el vicio tiene formas odiosas, un aspecto repugnante; y el hombre que se deja arrastrar por él, embruteciéndose de día en día, pasa una miserable existencia sin una hora de placer, sin alegría, sin fiesta, hasta que el fatal tósigo, después de haberle dementizado, lo lleva á la muerte.

La hermosa galería de Arrubla ha tomado el nombre de el salón de los achispados,  y es allí donde los jóvenes, reclinados sobre un mostrador, tétricos, mudos, sombríos, consumen su existencia apurando el venenoso brandy, que les desgarra las entrañas, los devora por dentro y los consume moralmente; y esto sin bulliciosa alegría, y como si se tomaran más bien un narcótico que los privara de sentir la vida.

Sin embargo, el vicio avanza, avanza todos los días: las tiendas de licores aumentan en la ciudad en la proporción que decaen los útiles establecimientos, y el vicio hace sus conquistas, ya en un militar que concluida la campaña se ha quedado sin oficio y busca en la bebida algo que distraiga su fatal hastío; ya en un joven desgraciado que ahoga en el vaso u funesto amor; ya en un comerciante arruinado que quiere olvidar su caída, y los hermosos días de prosperidad; y ya, en fin, hace estragos en la juventud que, ansiosa de placer y sedienta de goces, busca en la bebida las emociones que no encuentra en otra parte.

 

Nosotros comprendemos bien que la falta de un trabajo moralizador y constante, la ociosidad forzosa á que se ven condenados los jóvenes en esta ciudad, al mismo tiempo que les faltan placeres y diversiones propias de su edad, contribuyen sobre manera á empujarlos en la senda del vicio; pero no encontramos disculpable la conducta de algunos que teniendo familia y hogar, lo abandonan todo para ir á buscar placeres que sólo debían hallar en el asilo doméstico.

¿Quién creería que en la culta Bogotá y en la sociedad elegante, los jóvenes que van á los bailes más aristocráticos toman brandy? ¿Quién creería que en los intermedios de la danza, apuran fuertes tragos, y que después van medio ebrios á tomar una linda y perfumada niña y arrojan sobre ella los vapores del licor? Y, sin embargo, esto no se mira con horror, ni hay quien se queje de este horrible martirio á que se sujeta á las púdicas y encantadoras señoritas.

Toda la ciudad recuerda á ese joven espiritual, el más chistoso de los bogotanos, que tenía genio, corazón, y á quien el licor arrebató en pocos años!

¿Qué fué de ese poeta que tenía arranques sublimes como Byron, y que componía los versos cadenciosos y dulces que todos repiten hoy con placer?

Había en Bogotá un joven cuya piedad filial, cuyo amor á su madre lo hubieran divinizado en Grecia; y este joven dejó por el vicio á su madre y hoy está en el cementerio.

Uno de los más habiles artesanos, joven aún y vigoroso, está mendigo, y atruena la ciudad con los acentos de su fúnebre canto.

Los hijos del hombre más acaudalado de Bogotá, que recibieron una educación brillante y fueron en un tiempo obsequiados y mimados por la sociedad, hoy extienden la mano para pedir un real para beber aguardiente.

El Presidente, general Mosquera, dió un decreto en que amenaza con la remoción á los ebrios; y sin embargo, el decreto no pudo cumplirse, porque encontró á hombres importantísimos á quienes esta disposición iba á herir de muerte.

Los talentos más distinguidos, los escritores más eminentes, los sabios más profundos se han extinguido en estos últimos años, consumidos por el vicio.

El señor Hinojosa era una persona respetable de esta ciudad, comerciante acreditado y padre de una preciosa familia que supo educar en el amor de la virtud y en el santo temor de la sanción moral; mas, desgracias en sus negocios, ocultas penas ó amigos malos, lo lanzaron en el sendero del vicio; y desde entonces, la alegría desapareció de su hogar, su antes feliz esposa no tuvo ya bastantes lágrimas para llorar su desventura, y la pobreza no tardó en presentarse para siempre en el seno de la familia.

Los esfuerzos incansables de la virtuosa madre lograron, sin embargo mantener el fuego del hogar, la respetabilidad de la familia y que nada perdiera á los ojos de la sociedad la linda é inocente Carolina, que continuó siendo el encanto de sus amigas y la ambición de ardientes corazones.

Félix la amaba con respeto, con ternura, como se ama á la mujer que, llenando nuestras aspiraciones y realizando nuestros sueños, elegimos por esposa, seguros de que el pudor y la inocencia adornan su sien, y de que su alma tiene la energía bastante para ayudarnos á llevar el peso del destino y apurar con nosotros nuestra ración de lágrimas; pero Félix había olvidado el vicio en que cayó el padre de Carolina, ó no creía que pudiera ser un obstáculo para su enlace.

Al principio de las relaciones amorosas entre los dos jóvenes, el señor Hinojosa no pareció fijarse en ellos; más luégo, siempre que encontraba á Félix en su casa, lo trataba con aspereza y no dejaba de atormentar á Carolina, llegando hasta prohibirle sériamente que tratase con él, y previniendo á su esposa que no volviese á recibirlo.

La embriaguez produce una especie de demencia, y tiene, como ésta, sus manías. El señor Hinojosa se apasionó por la política, y fué tal el odio que profesó á Félix, por pertenecer éste al partido contrario, que no quería que entrase en su familia ni que fuese el esposo de su hija.

Félix es de carácter altivo, de orgullo indomable y de profundas convicciones, y lo hirió vivamente el rechazo del señor Hinojosa; pero amaba con delirio á Carolina, ella lo quería también, y no creyó justo sacrificarla á su orgullo ofendido.

Los amantes tienen siempre medios de verse y de comunicarse, y Félix y Carolina no podían dejar de encontrarlos; los amantes son los únicos que tienen fe, y la fe allana las montañas; y ellos también lograron que a madre se interesara por su amor y que venciese los inconvenientes que había para la unión.

Si hay algo sublime, tierno y conmovedor en la vida, es el cuidado con que una madre prepara la ropa con que su hija debe salir de la casa, el esmero con que arregla su traje de novia, y el empeño que tiene en dar aire de fiesta á la ceremonia con que se separa para siempre de ella; lo que hace en medio de un mar de lágrimas y dando los últimos besos á su hija.

La madre de Carolina, con solícito cuidado y haciendo esfuerzos inauditos, había logrado aplacar al padre y arreglar el matrimonio. Habían sido invitadas á la fiesta las familias de ambos novios y los amigos comunes.

Era de noche: la sala estaba llena de convidados elegantemente vestidos, de mujeres hermosas cubiertas de diamantes, y radiante de luces y de flores; pero se notaba la ausencia del señor Hinojosa. Carolina, temblorosa y pálida, rebosaba de felicidad, y estrechaba por primera vez la mano de Félix, que hacía votos de fidelidad.

El sacerdote interrogaba á cada uno de los desposados. Reinaba ese silencio solemne que preside siempre á la ceremonia sagrada, y Carolina acababa de contestar si, cuando apareció en el fondo de la sala la figura pálida y espantosa de su padre, con el pelo erizado, la mirada extraviada y gritando: - No; yo digo que no!

El terror se apoderó de todos los convidados.

Hinojosa se dirigió á Carolina y la tomó por un brazo; pero ésta, guiada por un secreto instinto, se refugió al lado de Félix y se puso bajo su amparo. Este la defendió como á su esposa; y entonces el padre, ebrio, irritado con la resistencia, disparó sobre aquél su revólver y le atravesó un brazo.

Félix, sin mirar siquiera la herida, que brotaba sangre, le dijo al sacerdote

-Servíos, señor, concluir la ceremonia. Y éste, sin vacilar, bendijo en nombre del cielo, entre las lágrimas de la madre, el espanto de los concurrentes y las maldiciones de un ebrio, la unión de Félix y Carolina.

 

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Todo reposa, todo duerme en la capital; sólo la muerte redobla su actividad llevando la desolación y el dolor á las familias. La mortalidad se ha aumentado horriblemente en esta capital en los últimos tiempos; la estadística del cementerio arroja datos bien tristes acerca de la salubridad. Sin embargo, nadie se preocupa con esto, lo que prueba una gran filosofía en sus habitantes, pero una filosofía musulmana, que se resigna al destino porque la vida y la muerte están en las manos de Alá.

Nosotros creemos que esta mortalidad no es una desgracia ni un castigo, sino que depende de la atmósfera corrompida en que vivimos y del lujo de inmundicia que se ostenta por todas partes. La ciudad es sucia, inmunda, y presenta un aspecto asqueroso y repugnante.

A lo lejos y al divisar sus elevadas torres desde la extensa sabana, se ve la ciudad envuelta en un vapor espeso que no es más que la reunión de los miasmas fétidos que exhala, demasiado pesados para levantarse y confundirse con la atmósfera. Al entrar, un olor acre, repelente, como el que sale de las ciudades apestadas de Oriente, rechaza al viajero le advierte que Bogotá es la mansión de muchas enfermedades y de la muerte. Los arroyos que corren por las calles se ven llenos de animales muertos, y de restos de alimentos en putrefacción, que no alcanzan á ser arrastrados, y que duran al frente de las casas hasta que el agua y el sol completan la disolución. En cada esquina se levanta una pirámide de basura, y á las siete de la noche es imposible atravesar por sus lóbregas calles.

Esto en cuanto al público, que en cuanto á las familias, las causas de insalubridad se aumentan de día en día. Un centenar de familias viven en  casas altas, espaciosas, cómodas y elegantes; el resto mora en tiendas húmedas, oscuras y estrechas, á donde no llega ni un rayo de sol ni una ráfaga de viento purificador; y aglomeradas de á ocho ó diez personas en cada pieza, pieza que sirve de taller para el trabajo, de cocina, de comedor, de alcoba y para todas las necesidades de la vida, hasta para establo de cerdos y corral de gallinas.

Después de haber estado aplanchando ó preparando la chicha hasta las diez de la noche, la familia cierra la única puerta por donde entra el aire, y duerme en medio de una atmósfera sufocante, inmunda y enfermiza, y al lado de las vasijas del licor, de las sucias camas de los chiquillos, que jamás se ventilan, y de algunos animales domésticos.

A veces la asfixia los sorprende en el sueño; pero esto no es lo más frecuente, es el tifo el que diariamente invade el recinto y barre la familia; ó es la pulmonía la que hiere á dos ó tres de los niños, cuando por la mañana se abre la puerta y el viento frío los ataca sobre su lecho inmundo.

La sociedad pasa indiferente sobre estos acontecimientos, porque son los pobres los que así mueren; sin reparar que la responsabilidad es solidaria: que los vapores que exhalan esas tiendas inmundas van precisamente á dar á las alcobas altas de los ricos: que el tifo es misteriosamente contagioso y se transmite en un átomo de brisa; y que los hijos de los ricos, cuyos órganos son más delicados, están más expuestos á enfermar con los miasmas pestilentes, que los hijos de los pobres, que nacen, viven y se desarrollan entre la mugre.

En cuanto al aspecto moral de la ciudad, nada hay más triste que ver esta inmensa población condenada así: las mujeres á la prostitución, los hombres á la ociosidad y al vicio. Porque las mujeres no tienen con quién ni como casarse, y los hombres no encuentran un jornal remunerador; y desde niños se acostumbran á errar por las calles en busca de una limosna, de alegres pasatiempos ó de alguna casa descuidada donde haya algo que hurtar.

Triste, muy triste es la condición de la mujer en Oriente, y la poligamia y los serrallos influyen, sin duda, poderosamente en el retardo de la civilización en aquellas regiones ; pero que vengan á ver esta ciudad cristiana, y digan si hay condición más triste que la de esa infinita multitud de mujeres que ganan el pan con la prostitución, y un pan incierto que depende de su hermosura; pan que tienen que ganar abriendo sus tiendas á los jóvenes inexpertos ó inundando las calles por la noche, con un descaro repugnante y un cinismo espantoso. Que vengan á ver qué puede esperar la moral, la civilización y el porvenir de una sociedad constituida así, en la que la mujer no es esclava de un hombre sino esclava de vicio, y no está destinada para el placer y la voluptuosidad de un Sultán, sino para el de todos los que le arrojan una moneda, que ella recoge entre la más vil prostitución.

La sociedad pasa también indiferente delante de estos hechos, por que la clase pobre es la que sufre los estragos del vicio; pero se olvida de que la prostitución es también contagiosa como el tifo, y que se transmite con la atmósfera: que los ricos no pueden preservar á sus inocentes hijas de presenciar las escenas que en las tiendas bajas de la casa pasan con frecuencia, ni que sus hijos caigan en las redes que les tienden esas huríes perversas, que se cruzan por todas partes para seducirlos.

Hace algunos días que circuló en la ciudad el rumor de que á las orillas del rio San Francisco se encontró un cadáver de mujer descuartizado: este rumor ha crecido y se asegura que este cadáver es el de una muchacha muy conocida en Bogotá y de quien se refieren las siguientes anécdotas, que corren en boca del pueblo.

Esta muchacha era insinuante, despierta, audaz y eminentemente mala y corrompida. A las casas se introducía prestando oportunos servicios, y ganándose, por su expedición, inteligencia y buenas maneras, la voluntad de los amos; pero siempre con el siniestro fin de ser la mensajera de galantes billetes para las señoritas, y de obtener de ellas prendas que los jóvenes le pagaban á precio de oro.

Un joven de familia distinguida cayó en sus redes, luégo la abandonó, y el joven murió poco tiempo después. Le dió bebedizo, dice el pueblo.

No hubo casa en Bogotá donde esa serpiente no se deslizara.

Si este horrible asesinato es cierto, él no es más que desenlace de una  cadena de crímenes que hace mucho tiempo se están cometiendo en Bogotá. Él está relacionado con el robo cuantioso que hace algunos años se cometió en la casa de una respetable señora de la capital y en el cual la opinión ha marcado á personas de mucha fortuna. Él está relacionado con el homicidio, que no ha sido castigado, de un hombre; y él, en fin, no es más que una muestra del estado moral de esta ciudad.

   Esta mujer había recorrido en pocos años la carrera del delito y había hecho grandes progresos, aplicando los recursos de su funesta inteligencia, y haciendo servir alternativamente el amor para el delito, y mezclando el delito en sus amorosas relaciones.

¿Hay verdad en lo que se cuenta? Un pobre y joven estudiante se apasionó de tal mujer, quien le hizo saborear los placeres de una vida ociosa y de comodidades por algún tiempo, y olvidar su carrera y mezclarse en la sociedad de los perversos que ella frecuentaba, y que lo acabaron de lanzar en el piélago de los vicios.

Hasta dónde llegó, nadie lo sabe; pero se dice que una tarde se oyeron voces en la casa de la muchacha, y que ésta decía: « Bien! yo lo diré y lo denunciaré todo, si me abandonas.

Esa noche salieron juntos, como de costumbre; pero ninguno de los dos volvió………

 

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Decididamente, Bogotá es una deliciosa mansión, por la actividad de los negocios, lo rico de su comercio y sus variados y repetidos placeres, sin hablar, por supuesto, del aseo de sus calles y su magnífico alumbrado por las noches.

-Maldonado, ¿ya está mi reloj?

-.Mañana mismo se lo entrego; pero ¿qué dice usted? ¿que se firman las leyes? Nada! Se burlan del Congreso.

-Patricio, ¿pudiera usted dorarme un cristal?

-Por supuesto; casualmente estaba haciendo uno como usted lo quiere, el día en que salió el decreto del Presidente contra el Congreso; ¿ha Visto usted cosa semejante?

Por en medio de un numeroso corrillo que obstruye la puerta de una tienda me abro campo para llegar hasta donde está el comerciante, á mi paso dice uno:

 "¡Chito, que es godo!" El otro: "Siempre tendremos que fregar los liberales" Otro, á media voz: "Pero no ha de quedar uno solo de estos pícaros;" y así llego al frente del mostrador.

-Señor ¿me compra usted unas resmas de papel florete?

-Ahora, imposible. Mientras que no calmen estas cosas, no se puede hacer negocio. ¿No ve usted cómo vino el Congreso á trastornarlo todo? ¡Tan bien como lo llevaba el Presidente!

Deslízome como puedo, y al retirarme oigo detrás de mí el de la cólera contenida con mi presencia y que, si más me tardo, hubiera hecho explosión como el Cotacachi.

-Beso los pies de usted, mi señora.

-Adiós, caballero.

- Para qué le contestas á ése, que es godo?

Esto lo alcanzo á oír, porque la señora que lo dice quiere que y lo oiga.

Sigo haciendo mis diligencias y paso por el frente de un grande almacén, en donde están contando dinero sobre el mostrador, y le pregunto al primero que pasa

- Este es el Banco?

-No señor, me contesta, es el punto donde se recoge la contribución voluntaria de los oposicionistas para la guerra.

- Tiene usted botines para mi pié? pregunto en una tienda.

-No señor, pero tengo un famoso revólver y usted debe andar preparado, porque los liberales lo detestan.

Llego á ótra en busca de mis botines.

-Venga usted, sáquenos de una duda; me dice el tendero. ¿Es cierto que el Gobierno general tiene los hilos de una gran conspiración?

La política, sólo la política ocupa los instantes de esta gran ciudad, y ella invade los talleres, alcanza á todas las clases y forma una atmósfera que ahoga; y por la noche, se duerme uno y sueña con dictadores, conspiraciones, &c.

La criada va por pan y se tarda una hora, dando por disculpa que estaban leyendo un papel muy bueno contra cierto círculo, y que no pudo menos que pararse á oír.

El criado se deserta para ir á la democrática, y á media noche y muerto de frio tiene uno que aguardar en la puerta de la calle á que el cindano oficioso pronuncie su última perorata contra la tiranibería de los conserveros.

Manda uno remendar una levita, y al día siguiente va por ella.

- El maestro?

- Cuál maestro?

-Munévar.

-El Coronel, dirá usted, le contesta la mujer haciéndole mala cara.

 Se fué para Guasca.

- ¿Y mi levita?

- Es decir que se había de ir de ruana?  Pues se equivoca mucho usted; tan caballero es él como usted; Y ahora sí vamos á saber si hay ó no manos muertas.

__Tan_cataplán-plan-plan! Bando en que se promulgan las leyes de la Asamblea.

Tan_cataplán-plan Bando del Presidente en que se desconocen las leyes de la Asamblea, y se dice que los Alcaldes son nombrados como á aquél le parezca.

Tan-cataplán-Plan! Bando del Alcalde en que se desconoce el decreto del Presidente, y se dice que él es el verdadero Alcalde.

Tan-cataplán-plan! Bando del Agente de policía en que se desconoce al Alcalde.

Tan-cataplán! Bando del Tribunal en que se desconoce al Agente de policía, y se manda juzgar á todos los que le obedezcan.

- A quién llevan preso?

-Al Prefecto.

- Por orden de quién?

-Del Tribunal.

-Allí traen otro preso, ¿quién es?

-El Juez.

- Por órden de quién?

-Del Prefecto.

No hay quien entienda

La algarabía

De la Alcaldía

En discusión;

Todos disponen

Distinta cosa,

¡Es espantosa

La situación

Hay un gran cartel en la esquina de la plaza; leamos:

« PROCLAMA.

¡Cundinamarqueses!»

- ¿De quién es?

-Del Directorio.

- ¿Contra quién?

-Contra el Gobernador.

 

"PROCLAMA.

¡Cundinamarqueses!"

- ¿De quién es?

-Del Gobernador.

- ¿Contra quién?

-Contra el Directorio.

No hay teatro y todos están encerrados en sus casas.

- ¿Por qué?

-Porque esta noche sí es deveras.

- ¿Qué?

-La revolución.

- ¿Quién la hace?

-El Gobernador.

-Mentira, que es el Directorio.

Díganme ustedes ahora si no es deliciosa la vida de Bogotá.

 

 

______

 

El pueblo romano, degradado por los Emperadores, empobrecido por los nobles y corrompido por las conquistas, indolente y perezoso, pasaba la vida anhelando por la guerra, tomando baños en las hermosas termas con que lo obsequiaba cada uno de sus amos, esperando las galeras que ya del Egipto, ya de las Galias debían traer el tributo de aceite y trigo para la ciudad de Roma, y ansioso de emociones, concurría frenético á los espectáculos sangrientos que se le daban en el circo, para deleitarse viendo los miembros palpitantes de un hombre desgarrado por un león, ó el combate de gladiadores en que morían hasta diez mil para divertir al pueblo-rey.

¿Tiene el pueblo siempre necesidad de fuertes emociones, y busca ansioso algo que lo conmueva y que lo agite?

Bogotá, empobrecida por las revoluciones, degradada por la miseria, sucia, hambrienta y corrompida, también anhela por la guerra; y no teniendo comercio, ni juegos, ni espectáculos, busca las emociones en la política, hace de ella una ocupación, una necesidad, un placer, y la agita, la acalora, la envenena, para tener con qué llenar todos los instantes de su vida fastidiosa.

Y Bogotá tiene también sus gladiadores que van á hacerse matar en Guasca ó en el Tolima; y cuando allá se derraman torrentes de sangre, la ciudad, festiva, sigue con ansiedad los detalles del combate, celebra los triunfos de los que quedan victoriosos, sin cuidarse de los que mueren; y matronas niñas toman parte en la relación sangrienta, con el mismo interés con que las damas romanas asistían al circo y hacían morir sin misericordia al que no había sabido caer con elegancia.

Gustan en Bogotá los oradores que inflaman las pasiones, que avivan los recuerdos dolorosos, que mantienen el fuego de los odios y que, calificando las leyes con ofensivos dictados, preparan un gran combustible de odios, de rencores y de venganzas para mantener la guerra en el porvenir.

Gustan en Bogotá los periódicos que hieren, ofenden, destrozan y vilipendian á los enemigos; los que escritos con hiel y sangre, hiel y sangre han de derramar en la República; y los que aconsejan siempre la resistencia, la rebeldía y la guerra, porque la guerra es el espectáculo que se desea.

Gustan en Bogotá los hombres públicos, energúmenos, fanáticos, violentos, que preparen conflictos y exacerben todas las cuestiones; que odien con violencia á sus contrarios y que pidan cadalsos y persecuciones; que no discutan sino que ofendan, y que todo lo resuelvan con la guerra, porque la guerra es la situación en que hay emociones.

Gusta en Bogotá una época de agitación, en que se abandonan todas las ocupaciones, en que todos los días hay una nueva emoción, en que se ocupa la barra del Congreso desde temprano para formar tumulto y promover desórdenes, en que las esperanzas de paz ó de guerra se renuevan á cada instante, en que las malas pasiones vuelven á tomar su rechinante voz, y en que los gladiadores se muestran prontos, anuncian públicamente su partida, y se ofrecen en espectáculo.

Gustan en Bogotá los trastornadores de todos los días, los que ayer se ofrecían para una conspiración con el objeto de salvar un principio, y hoy se ofrecen para una revolución contra ese principio.

Gusta en Bogotá la guerra, en fin, por más que contra ella se hable con cierto fingido pudor; á ella contribuyen todos activamente, ó de ella se hacen cómplices por sus decididas simpatías y su tolerancia con los promovedores. Y si esto no fuera así, ¿cómo podría explicarse el que la guerra dependa no de la voluntad de un Emperador ó del Czar de Rusia, como en Europa, sino de la de uno o dos hombres que se proponen no obedecer las leyes? ¿Cómo podría explicarse el hecho de que la tranquilidad toda y el porvenir entero de la Nación los decida el que se levante ó no una guerrilla de hombres desautorizados?

Esta fiebre política de todos los instantes y que invade todas las clases de la sociedad, es un efecto, pero al mismo tiempo contribuye á mantener el estancamiento de la industria, la paralización en las empresas y la miseria espantosa que reina en el país. Los capitalistas que siguen vivamente los vaivenes de la política, gastan al fin sus capitales esperando el desenlace; los acomodados consumen sus ahorros sin buscar una industria; los pobres pierden toda esperanza de trabajo y se lanzan a la guerra y mientras que se debaten las cuestiones políticas, mientras que todos los círculos deciden sobre el éxito de la guerra, la miseria, como una inmensa ola, avanza, y todo lo devora y lo consume.

¿Piensa el Gobierno de la Unión en el fomento del gran territorio de San Martín, y en emplear los ahorros, producto de una severa economía en su Administración, en abrir camino al Meta, para hacer cambiar como por encanto las míseras poblaciones del interior en poblaciones ricas y felices y preparar un nuevo porvenir industrial á la República? ¡Alto! le grita la política tormentosa de la capital, piense el Gobierno en su propia salvación, en organizar fuerzas y en esperar el combate; y esos ahorros destínelos para balas y pólvora.

¿Piensan los hombres industriosos en cubrir de café nuestras tierras calientes, en abatir las selvas para convertirlas en prados, en sembrar quina y artículos de exportación que den vida al pueblo hambriento y haraposo? ¡Alto! les grita la política de la capital, de hoy á mañana habrá un conflicto á que es preciso atender.

Hace pocos días se nos presentó un artesano preguntándonos si en nuestra oficina era donde se había abierto una suscrición para auxiliar á los que se iban á pelear.

-No, amigo, le contestamos. ¿Y usted por qué se va á hacer matar?

-Porque los liberales son la causa de nuestras desgracias; porque el pueblo no puede sufrir más su dominio, y es preciso poner término á los males de la patria que ellos, hace tanto tiempo, están causando.

-Reflexiónelo usted bien, y acuérdese de su familia al partir.

Nuestra conversación fué interrumpida por una mujer pálida, extenuada y mal vestida, pero en cuyas facciones se descubría todavía el resto de una pasada belleza: llevaba dos niños de la mano y uno en los brazos.

-Una limosna, señor, para estos pobrecitos, que son hijos de un buen liberal, nos dijo al entrar.

- Y dónde está su padre? le preguntamos con interés.

-Murió en una acción, pues se fué al Tolima á defender la libertad

- ¿Y la dejó á usted y á sus hijos?

-Sí señor, porque el pueblo no puede soportar ya á los conservadores, que maquinan incansablemente, y son la causa de todas las desgracias de la patria.

- Quién era su esposo?

-El maestro Elías Sarmiento.

-Era mi hermano! dijo el que había venido á solicitar fondos para irse á pelear contra los liberales.

-Cuide usted de esa mujer abandonada, le repliqué, de sus hijos huérfanos, y éste será el servicio más grato á Dios y á la patria.

 

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Las abejas están de moda: las niñas, en vez de cuidar micos y guacamayas, como antes, cuidan hoy colmenas que se propagan con fecundidad admirable, y dentro de poco las habrá en todas las casas; pero se ha observado que los zánganos que devoran la miel y destruyen la cera, se propagan en Bogotá más que en ninguna otra parte, y que si esto no tiene algún remedio, habrá que abandonar toda esperanza de aclimatar esta industria.

La sociedad es una inmensa colmena en donde infatigables abejas trabajan día y noche para aumentar la riqueza pública; pero un enjambre de usureros indolentes y perezosos devora la miel y hace imposible toda industria. Bogotá está llena de estos individuos que viven de sangre, y que sin embargo se revisten de un carácter honorable á los ojos de la multitud que hacen creer que son honrados y que no viven sino explotando la miseria la ignorancia ó la credulidad de los demás, y que aumentan sus riquezas á proporción que la industria decae, el comercio languidece y la sociedad se arruina. Las grandes fortunas se han hecho con la usura, y la revolución, la ruina de las empresas y el fracaso de todas las especulaciones no han hecho más que fecundarlas.

Levantar la voz en nombre de la sociedad para castigar los vicios que se le quieren imponer; defender la moral contra los que de antemano han conquistado posición bastante elevada para despreciarla impunemente y retratar al crimen tal como es para que no engañe á la multitud y no se le tributen las distinciones que sólo se deben á la virtud y á la probidad, es un deber de la prensa, como es un deber del sacerdote erigir su cátedra sagrada en medio del vicio, atacarlo frente a frente; y mientras más soberbio y más poderoso se muestre, herirlo con más energía.

Como en Bogotá no hay un solo banco que fije la rata baja del interés y que adelante capitales á los hombres industriosos bajo su única responsabilidad, éstos tienen que ocurrir al usurero, que en un contrato privado, midiendo de antemano la necesidad urgente del prestador y explotando sin misericordia la situación, le exige intereses que pasmarían al mundo comercial, y que llevan al industrioso inevitablemente á la ruina; eventualidad que ha previsto el usurero, el cual ha tomado de antemano sus seguridades á fin de duplicar con ella su capital.

Cuando uno es niño, se figura al usurero como á un viejo judío, de barba negra, ojos penetrantes, faz odiosa, avaro, mal vestido, y pasando la vida en el antro en donde tiene oculto y bien guardado su oro. ¡Que engaño! El usurero de Bogotá es un caballero que vive honorablemente tiene una familia respetable, habita una decente casa, educa á sus hijos en Europa, lleva á sus hijas á la sociedad, se viste con elegancia, y no se distingue del resto de los humanos sino por sus instintos feroces y sus predicaciones permanentes en favor de la propiedad.

Pero ¿qué decimos? ¿puede pintarse acaso al usurero, cuando la ciudad encierra tántos, y este vicio domina yá en todos los rangos de la sociedad; cuando hay usureros que dan mil pesos para recibir dos mil, y usureros que dan un peso para recoger un cuartillo por día; cuando el usurero es comerciante, es propietario, es fullero, es mujer, es clérigo, es ministro, y es chichera ; cuando, en fin, la aspiración constante en Bogotá es tener algo para ponerlo á premio?

Para nosotros, que en las grandes catástrofes miramos con igual sentimiento arruinar el palacio del rico propietario de Quito que la choza de barro del pobre indio de Imbabura ; para nosotros es el mismo hombre el que en medio del lujo y avanzando capitales ha ido acumulando en una sola mano las grandes haciendas de la sabana, y el que detrás de un mostrador mugroso ha ido recogiendo todas las fincas de oro de las pobres familias; uno y otro han ejecutado una industria infame, y uno y otro han sido una funesta calamidad para el país.

«Establézcase como regla de moral que el contrato de dinero á interés se reputa como una compañía entre el prestador y el prestamista, en el que el uno da el capital y el otro pone la industria, teniendo derecho á la mitad de la utilidad probable», ha dicho un ilustrado escritor, y esta es la verdadera regla de moral, la única manera de que el préstamo á interés no sea un hecho profundamente infame, un robo autorizado por la ley y de funestas consecuencias para la sociedad.

Si se quieren ejemplos, Bogotá los ofrece á millares. Aquí se ven todos los grandes especuladores arruinados, todos los hombres industriosos arruinados, todos los artesanos arruinados; los unos por las revoluciones, los otros por la crisis comercial ; éstos por las malas cosechas, aquéllos por la penuria general. Pero sobre todos ellos levanta su altiva cabeza el usurero, para quien nunca hay ni malas cosechas, ni estación funesta, ni acontecimiento alguno que pare por un instante el reloj del terrible interés. Sobre las ruinas y desolación de Ibarra levantaría, si tal desgracia hubiera sucedido á Bogotá, levantaría, decimos, su sereno dominio el usurero, porque todo se habría arruinado, pero él habría salvado sus pagarés, y al día siguiente de la catástrofe pediría ejecución.

¿Lo dudáis? Un hombre de aquellos á quienes Emiro Kastos llamaba atletas de la industria, dejó sus propiedades en la Sabana, y se fué al Magdalena á trabajar para fecundar esas regiones, para derramar la civilización y el bienestar entre los trabajadores y para dar al país exportación, riqueza y porvenir. Este hombre tomó capitales á interés. Como á todos los que trabajaron en el Magdalena, la suerte le fué aciaga; y cuando volvió, sus propiedades de la sabana estaban embargadas y á poco tiempo fueron rematadas.

Un caballero, cuyo nombre debe ser grato para los amigos del progreso, era dueño de una rica hacienda; pero su genio era emprendedor, y para otra especulación tomó dinero á interés y murió antes de ver concluída su obra. ¿Qué fué de su hacienda? ¿Qué fué de su familia?

Dejemos á los ricos, cuyas desgracias no nos interesan, y vamos á una tienda que se encuentra á poca distancia de la Calle Real, porque allí es donde los pobres llevan los despojos de la miseria para saciar el hambre feroz de un usurero.

En esta tienda debióse en algún tiempo vender algo, porque tiene estante y mostrador; pero hoy está casi vacía y sólo se ven en espantosa confusión, sillas de montar, usadas, imágenes de santos, relojes de sobre mesa, sofás, varios libros y una enorme caja de madera, de donde Don Antoñito, su dueño, va sacando infinidad de fincas de oro, cada una con un papelito, ó cubiertos de plata y relojes de bolsillo.

Allí van todas las pobres madres de familia los jueves en la tarde á buscar para el mercado del día siguiente, llevando para empeñar los restos de la pasada fortuna, los zarcillos de oro de la hija y el cubierto de plata de la abuela; y reciben dos ó tres pesos, al módico interés de un cuartillo por peso diario, con la expresa condición de que si al mes no los devuelven, as fincas serán de Don Antoñito.

Allí va el infeliz artesano á empeñar su obra sin concluir, por pan para sus hijos, y se compromete á devolver el doble de lo que recibe, ó queda la obra como de Don Antoñito.

Allí va el jugador perdido y deja un aderezo en fincas por una onza de oro con que va á desquitarse, pagando á real por hora; pero si la suerte le es adversa, el aderezo es de Don Antoñito.

Allí va el elegante cachaco y deja su reloj y su leontina de oro por un condor para un caso de honor imprevisto, para pagar un ramillete á Casiano Salcedo, y ofrecérselo á una actriz la noche de su beneficio; este condor gana un real diario, y si el cachaco se descuida, el reloj y la leontina son de Don Antoñito.

Allí va el pobre cachifo y empeña su libro por dos reales para comprar dulces con sus condiscípulos; pero éstos también se duplican: el cachifo no puede reunir ni en una ni en dos semanas tanto dinero, y el libro viene á ser de Don Antoñito.

¿Qué hace Don Antoñito con esos zarcillos, galápagos, relojes y libros?

Los dota.

Cuando alguno va muy urgido por dinero, él se lo da, pero á condición de que tome un muérgano por tanto, dotado con tanto, y ganando el todo el módico interés de tanto.

No es creíble, pero es verdad, que á Don Pio, el mejor cristiano de los que matan ganado, le obligó el otro día á tomar Las Ruinas de Palmira, La Nueva Eloísa y la Moral de Holbach, por cien pesos, dotados con otros ciento, para salir de un apuro que tenía, por no haber podido vender la carne el viernes anterior.

Que al elegante Aristídes, por diez pesos, para una comida á escote en el Casino, un día en que estaba sin blanca, le obligó á tomar un rosario de granates con crucero y pasadores de oro, firmando un pagaré por veinticinco pesos.

A Doña Consolación, la beata, le dió un anteojo de teatro: al doctor Pacífico un rifle y á nosotros un birlocho.

El usurero también tiene sus contrariedades en la vida, ¿cómo no? él también puede decir con Terencio:

« Humanu sum humani nihil a me allienum potu.»

No hace cuatro días que sucedió esto. Muerto un caballero honrado y puntual, que no pudo arreglar sus deudas, y aunque dejó bastante haber, entre los acreedores se dividieron la túnica, y á un usurero, como acreedor de mejor derecho, le tocó la casa en que había vivido.

Consiguió auto de lanzamiento contra la viuda, y el día en que fue á expulsarla, encontró su cadáver extendido en la sala y cinco niños llorando á su alrededor. ¡Qué contrariedad! Tuvo que aguardar veinticuatro horas, mientras sacaban el cadáver.

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