XV. - DON ZACARÍAS.
- ¿Cuál es su gracia de usted, señor articulista? me preguntaba
el otro día un sujeto: dígamela usted, porque no es corriente que
lance sus envenenados tiros contra todos, cubierto con el cobarde
velo del anónimo.
-Mi nombre, dirá usted, le contesté, porque gracia, maldita la
que tengo, y esto me huele á indirecta; mi nombre no lo sabrá
usted, y abrigo para ello mis razones, como el Gobierno las tiene
para errar siempre. Es la primera, que si mis artículos salen tan
malos como es de esperarse, tendré que buscarles padre que cargue
con ellos; la segunda, que poner un nombre es inútil aquí, donde
todo se sabe; pues ya ve usted que los pesos y reales falsos no
llevan el nombre de su autor, y sin embargo usted y la policía y
todos saben por quién y dónde son fabricados; y la tercera y
última, que todos los nombres traen alguna responsabilidad, por
lejana que sea, con la cual no quiero cargar. Imagínese usted que
yo me llamara Alcalde, por ejemplo; pues aquel que se rompiera la
crisma de noche contra una ventana, aquel que se descompusiera un
pie en nuestro malísimo empedrado, ó aquel á quien se le perdiera
una alhaja, exclamaría furioso : ¡Maldito Alcalde!
-Sospecho, me dijo, que usted tiene otra razón más poderosa, y
es la de ser empleado, por temor de que, dando su nombre á luz, el
Gobierno lo remueva en el acto.
-Se equivoca usted, le contesté; ésta sería razón para poner mi
nombre al pie de los artículos, siempre que principiase hablando
del dulce carácter de uno de los secretarios, de la admirable
elocuencia de otro, y así con los demás fuera repartiendo
laudatorias: refiriendo la inimitable maestría de C, la fecunda
gracia de D, la valiente pluma de E, y concluyera siempre por echar
contra los oposicionistas enemigos del reposo público.
-Eso no deja de ser exacto, replicóme; pero dígame, ¿usted cree
que sólo los empleados sostienen hoy á los Gobiernos en
Sur-América?
-En cuanto á esto, nada sé; mas ya que la cuestión ha venido á
versar sobre empleados, voy á contar á usted y al público la vida
de Don Zacarías.
Había en esta ciudad, en el año de 18……. un joven
que para nada servía, que nada sabía y que nada quería aprender; y
daba por razón que el mucho estudio mata el ingenio, como el mucho
soplar apaga el fuego; y que el mundo es el gran libro de las
ciencias, que todos deben consultar sin ir á los colegios; motivo
por el cual él pasaba su vida azotando calles, pagando visitas,
formando corrillos y concurriendo á las fondas para conocer el
único mundo que estaba á su alcance; pero, necesitando recursos
para sostenerse, y siendo completamente inútil para el trabajo, no
encontró otra puerta abierta que la de los empleos, ancho y
suntuoso templo sostenido por la Patria para sus servidores, y que
á veces llega á ser hospital de inválidos para el mantenimiento de
algunos inhábiles, perezosos é ignorantes.
Instalado yá Don Zacarías en un modesto destino, que le sirvió
de base, se propuso sacar de la diplomacia mayor utilidad de la que
el gobierno reporta de todos sus cónsules y ministros; y desplegó
tal ingenio, tino y tacto para conocer á los hombres, y medios
tales de tocar el corazón de ellos, que no hubo quien se le
resistiese, situación de que no sacase provecho, ni acontecimiento
que no le fuese favorable.
Talleyrand decía que un diplomático es un personaje que las
cortes se envían mutuamente, con la loable intención de espiarse y
explotarse en la mejor ocasión; y de Don Zacarías podemos decir que
es un diplomático acreditado cerca de todos los Secretarios y de
los que pueden ser lo, de sus mujeres, de sus rivales, de los que
tienen ó pueden tener alguna influencia en la política; que á todos
los halaga, adula y explota para conservar su puesto; y que cuando
está sentado delante de la mesa de su oficina, pudiera decir con
toda propiedad, como alguno : «Estoy sentado sobre una roca, con el
libro de la humanidad en la mano.»
Para Don Zacarías no hay favorecidos ni proscritos, con tal que
sean hombres políticos y valgan algo, pues no olvida los siguientes
versos, de que no se acuerdan los sabios:
« ¡Oh! vanidad común, mudanza cierta,
¿Quién habrá que en sus males no te espere?
¿Quién habrá que en sus bienes no te tema? »
Así es que á unos les dice: « Ustedes están regenerando el país,
consolidando el orden afirmando las garantías; jamás los negocios
públicos fueron manejados con tan diestra mano ;» y á otros: «
Amigos, aquí no se premia el mérito, las inteligencias están
anuladas, yo no puedo conformarme con que ustedes, patriotas,
honrados é ilustrados, estén fuera del Gobierno, mientras que los
ignorantes están figurando.» Por su puesto que, cuando los primeros
están mandando, no les disgusta la aprobación, y cuando á los otros
les llega su turno, no pueden olvidarse de tan antiguos y
desinteresados elogios.
Tengo para mi capote que don Zacarías es
monarquista-legitimista, y que no acepta la República ni los
Napoleones; y esto, no por amor á los Borbones, sino porque si tal
gobierno se estableciera entre nosotros, él no tendría que verle la
cara más que al rey y al ministro; mientras que hoy tiene que andar
de personaje en personaje. Sin embargo, él manifiesta tener
opiniones muy decididas y que á todos gustan mucho. «Yo amo la
libertad,» dice, «pero una libertad racional, y no el anárquico y
desenfrenado libertinaje: quiero la democracia, pero condeno la
perversión, el levantamiento de las masas y los crímenes que se
cometen en su nombre: deseo las reformas. Vamos adelante,
enhorabuena; pero no tan aprisa que caigamos en un abismo.» ¿Quién,
sea conservador ó liberal, no estaría con él? ¿Quién no querría lo
mismo que él quiere? La dificultad está en la explicación que se dé
á esas frases, y eso lo deja Don Zacarías al cuidado del que le
escucha.
Don Zacarías es de carácter chistoso, alegre y festivo; pero
cuando se acerca la hora de las elecciones ó hay un cambio de
ministerio, su frente se anubla, la sonrisa muere en sus labios, se
pone sombrío y meditabundo, hasta que, pasada la tempestad, se
encuentra firme en su destino.
Cuando N. N. estaba de Presidente, Don Zacarías era su amigo de
confianza, el confidente de sus empresas y proyectos, y su poeta
favorito: para él compuso un discurso que principiaba así:
«Vuestro nombre, N. N., lo inmortalizará la historia,» y le
decía en un convite: «Señor, hasta el cielo ha venido á rendiros el
tributo de su granizo, Para que tuviérais en vuestra mesa helados
mejores que los de Chuquisaca.»
La época de las elecciones era la de las agonías y afanes para
Don Zacarías, quien no sabía qué camino tomar. ¿Haríase liberal?
¿haríase conservador? ¿Quiénes ganarían? Todo era para él
oscuridad, dudas y confusión. Pero ilumine Dios á los políticos
como iluminó á Don Zacarías, y verán cómo todos vivimos en paz.
Llegó el día de la elección: la ciudad entera estaba en
movimiento, la suerte de la República iba á decidirse, y el temor y
la esperanza estaban pintados en todos los semblantes. Don Zacarías
sólo pensaba en comer de todos modos del pavo presidencial. El
señor fué elegido Presidente. Zacarías apenas dijo que estaba
contento, porque era su amigo: lo mismo habría dicho si cualquiera
otro hubiese triunfado.
El 1.º de Abril, día de la posesión del nuevo Presidente, el
Palacio estaba colmado de gente, y Don Zacarías se hallaba allí,
esperando la ocasión de felicitar á aquel magistrado, lo que
verificó en zalamero discurso, capaz de redimirlo de todas las
remociones venideras, y que hubo de colocarlo en las filas de los
fervorosos ministeriales; pero él, que no es tonto, no se olvidó
del Presidente que salía, y volviéndose hacia éste, le dijo: «Yo
saludo también al sol en Occidente. »
Desde entonces se instaló en la camarilla de Palacio; comenzó á
calificar á los amigos de puros ó sospechosos, y conservó su
destino no como una gracia, sino como una recompensa por los
servicios prestados á la causa de los principios del gobernante, y
por su adhesión ardiente á la nueva administración.
Así ha pasado Don Zacarías muchos años, subiendo como espuma, y
sin otra inquietud que la de ganarse la voluntad de cuantos, en su
concepto, podían ser Presidentes, y halagando á los que habían de
serlo. Al que triunfa le dedica siempre aquel discurso que empieza:
« Vuestro nombre, X X, lo inmortalizará la historia.»
Y no solamente hace esto, sino que, para quitar toda duda, los
imprime con tintas de colores, con lo cual está tan seguro en su
destino, como yo lo estoy de las críticas y censuras que me han de
caer.
La vida privada de Don Zacarías ha sido un modelo de virtudes:
estuvo solterón hasta los treinta años, tocando guitarra, yendo á
todos los bailes y dando serenata á los Diputados que sostenían las
pensiones y el aumento de los sueldos; pero á aquella edad empezó
yá á sentir el hastío, y se casó, haciendo, eso sí, padrino de su
matrimonio al Presidente.
Su cara mitad le ayuda desde entonces muchísimo: va á visitar á
la mujer del nuevo Presidente y á la del nuevo Secretario; les
manda flores lindísimas; les compra los encajes en la Calle Real;
las acompaña á casa de la modista; y, en fin, se hace su íntima, su
indispensable amiga; porque Don Zacarías sabe muy bien aquello de
que «la mujer quiere lo que quiere el General.»
Pero no todas son glorias en este mundo: no todo es tortas y pan
pintado: no hay quien no tenga sus penas, que valle de lágrimas
llaman á la tierra. Y Don Zacarías no deja de verter algunas al ver
que si su mujer le ayuda á brujulear el empleito, le ayuda aun más
á gastar el sueldecito, y que cuando le pagan en la Tesorería yá no
le alcanza para cubrir la cuenta de la modista ni lo que debe en el
almacén del peluquero. Y ¡ay! infeliz de él si le echa en cara su
lujo, porque ella le contesta: ¿Qué quieres que haga? Me exiges que
visite, que trate á todo el mundo, y yo no puedo presentarme
vestida de lana. En adelante no me empeñaré con nadie, y si te
quitan el destino, tú sabrás cómo mantienes la familia.
Contestación poco grata para Don Zacarías; y como él no puede
decir como el gobierno
«Quien manda, manda,
Cartuchera en el cañón,»
tiene que callarse y resignarse con su suerte, viendo delante de
sí un déficit enorme, que lo obliga á ser más asíduo en la tarea de
conservar el destino.
Tal es la existencia de esa planta que llaman empleado, en los
tiempos caliginosos que atravesamos: planta azotada siempre por
contrarios vientos, y que, como las nacidas en los páramos, tiene
que estar siempre doblada para uno ú otro lado.