INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
XIII. - JACINTA.

 

I

 

Hay un país poético y hermoso, situado en el corazón de la fértil América, bajo un cielo azul, brillante, deslumbrador, y bañado por un sol de fuego como el de Oriente. Este país es la región magnífica del Alto Magdalena; del Magdalena, que cruza el territorio de Colombia, y que, como una serpiente de plata, se desliza entre bosques de ceibas seculares que elevan sus copas hasta perderse en el éter transparente; mientras que al Occidente el horizonte se extiende y la vista contempla una hermosa llanura, que hace olas como el desierto de Sahara; y más lejos los Andes gigantescos de la cordillera central, azules, aéreos y fantásticos; las cimas de los nevados, que devuelven la luz y los colores, y dominando sobre todas el Tolima, la más suntuosa obra de Dios; á la cual dejó la grandeza de su pensamiento, la majestad de su trono y el brillo eterno de su mirada portentosa.

En esa región de luz, de fuego, de serpientes, de palmas y de flores, donde el alma adora y no canta, porque el labio enmudece y la poesía que a torrentes se derrama no encuentra un eco que se atreva á interrumpir el majestuoso silencio de las soledades; entre sus habitantes, que han perdido la libertad y la independencia del salvaje, y sólo han recibido de la civilización la ponzoña de los vicios y la dote común del infortunio, pasó la historia que voy á referir; historia sencilla como la flor de zarza, llorosa como la madre sobre la cuna vacía; porque triste está mi alma, y en el dolor hay descanso cuando las lágrimas que inundan nuestros ojos revelan nuestros infortunios, y porque la desgracia tiene un lecho común y un supremo amor para todos los que sufren; la historia de una mujer las ardientes playas del Magdalena; sin que me detenga la pobreza del pensamiento, ni la soledad del teatro donde los hechos pasan, porque el sentimiento es como la luz de Bengala, que todo lo suaviza con su colorido melancólico.

La vida del pobre es un poema escrito con lágrimas sobre el inmenso desierto de la tierra. La pobreza en el hombre es el tormento de cada instante, el castigo para el que jamás ha delinquido, el remordimiento para el inocente; y nada hay igual á esa lucha eterna, constante y sin descanso del pobre contra su destino! Pero Dios ha dado al hombre inteligencia y fuerzas para combatir, y lucha y vence. Mas ¡ay! la pobreza en la mujer, sensible, hermosa, delicada y sencilla, la hace morir en la agonía ó la conduce de la inocencia al vicio.

Jacinta, llamada la mosquita, cuya historia cuento, había nacido en las altas regiones de este país, en un clima frio, cerca de la linda ciudad de Bogotá, y era hija de un soldado veterano arrojado por la ola revolucionaria al desierto Magdalena, donde vivía desterrado y proscrito por la política. El amor de Jacinta embellecía las horas del anciano, como la hermosa enredadera cubre de flores los viejos muros de un templo abandonado. Ella trabajaba para él, y aliviaba sus dolores. Muerto su padre, le cerró los ojos, puso una cruz sobre su tumba y guardó como una reliquia la medalla que como única herencia, la dejó al morir.

Jacinta era bonita: su blanco cuello y sus mejillas frescas la distinguían de todas sus compañeras, quienes, por efecto del temperamento, eran de color bronceado. Tenía pié pequeño, talle flexible y mirada tierna; y el pudor, ese fuego místico que embellece las formas de la mujer como la luz de una lámpara la copa de alabastro; el pudor bañaba todo su sér y la hacia preferible á las muchachas calentanas, que se exhiben siempre con toda la salvaje rusticidad de la naturaleza.

Sus compañeras la querían en extremo ó la aborrecían de muerte, porque todas las que se le acercaban recibían de ella una pequeña atención, una costura para sus hijos, un remedio para sus enfermedades ó algún consuelo para sus desgracias; pero otras, hurañas y esquivas como jabalíes no le perdonaban su bondad, el que no las acompañase á esas tunas en que, ébrias y disolutas, prodigan su salud y su vida; y sobre todo, el mágico influjo que su belleza ejercía sobre los hombres.

Débil y delicada, no podía soportar las rudas fatigas de la tierra caliente: el sol la abrasaba; la ardiente arena hacía brotar sangre de sus pequeños pies, y su talle se doblaba bajo el peso de una carga, como una parra al peso de sus propios racimos. Por eso su vida era más difícil, y su miseria mayor que la de las otras; pero resignada y buena, trabajaba incansablemente para hacer frente á sus gastos, y á fin de procurarse algunos ahorros para volver á su pueblo.

La patria es el mágico embeleso del proscrito: la palabra de felicidad que encierra todos los goces, todas las alegrías; es la juventud, la familia, la amistad, la riqueza, que se presentan de repente á sus ojos para deslumbrarlo; es la tierra de promisión, de verdes campos y murmurantes arroyos, y á cuyo recuerdo vierte lágrimas el que, impávido, vió morir hombres y pueblos.

Para la mujer, proscrita siempre por el infortunio, la patria no es la nación cuyas leyes ignora; es el pueblo en donde, jugando con alegres compañeras, pasó su niñez inocente, y que vive en su alma, con el recuerdo de la fuente en que llenaba su cántaro á la caída del día; del cerezo colocado junto á la humeante cocina, y á la sombra del cual dividió con sus hermanos las frutas robadas en la huerta vecina; del hogar en donde su madre le daba ardientes besos, y donde su padre, al volver del trabajo, sentándola sobre sus rodillas, le enseñaba una oración; y del sencillo templo en que, escuchando las armonías del órgano, recibió su primera comunión. La mujer ama su patria como el árabe el desierto; y lejos de ella, y durante el sueño, la mira entre neblinas; mas al despertar y ver la realidad, lanza un suspiro de dolor y desencanto.

Esto echaba un velo de tristeza sobre la frente de la mosquita, que sufría inmensamente, no sólo por los rigores del clima, sino también por la diferencia de hábitos, costumbres, inclinaciones y placeres.

Sólo una vez al día se veía á Jacinta alegre, festiva y risueña: á la hora del baño. Soltando entonces al viento su hermosa cabellera negra, y envuelta en un traje que, corto, apenas cubría sus delicadas formas, como el capullo de verdes hojas que nunca cubre el botón naciente de la rosa, se arrojaba al Magdalena con bullicioso estruendo. Iba como un cisne nadando hasta la mitad del río; allí, atemorizada, se volvía presurosa y llegaba a orilla, palpitante y rendida; pero como gozase en desafiar el peligro y vencerlo siempre, volvía otra vez, y mil más, hasta que las fuerzas la abandonaban y el cansancio se apoderaba de sus miembros.

Allí la había visto muchas veces Julián, y aquella belleza había encendido en su alma una pasión vehemente y ardorosa.

Julián era vaquero; triste oficio que no puede formar un héroe de novela, pero que da al hombre el carácter libre y altivo del que está habituado á jugar con los peligros. El vaquero lleva una vida agreste y vagabunda, sin más amigo que su caballo ni más ley que su rejo y su garrocha; contento con su suerte, lidiando con los toros de día, y entonando por la noche alegres trovas, acompañado de la bandola y al compás del eterno galerón.

Notábase en Julián, antes mozo decidor y alegre, el primero en las tunas y el más audaz con las cosecheras, desde hacía algún tiempo, que no alegraba los bailes con sus cantos, ni daba una paliza á sus amigos, ni cortejaba á las muchachas de la hacienda; y todos decían : ¡Pobre Julián! Si lo habrá lastimado algún novillo!

¡Ay! era que Julián amaba, y el amor en todas las condiciones de la vida es un fuego que quema el corazón y enferma el alma. Julián amaba, y sin esperanzas, porque Jacinta no lo quería; pero él la amaba con adoración, con ese delicado sentimiento del alma que nada exige de la mujer querida, que vive para tributarle lágrimas y amarguras como leves ofrendas, y que se detiene tímido á sus pies, como un niño á las puertas de un templo que teme profanar con sus retozos.

 

II

 

Tendido en una hamaca, agobiado por el calor, y en ese estado de languidez y postración en que se encuentra el cuerpo al mediodía en estas regiones tropicales y en que se apodera del ánimo un sopor semejante al sueño, pero que no trae sus dulzuras ni su descanso, estaba Don Patricio, el dueño de la hacienda, cuando Jacinta llamó á su puerta un día para ofrecerle una camisa que acababa de coser. Tan hermosa le pareció, que la tomó por una fantasía de su cerebro adormecido aún, y haciendo esfuerzos para despertarse, la hizo entrar y la trató con una finura á que tan poco acostumbrada estaba la pobre muchacha, que quedó agradecida en su humilde corazón.

Era Don Patricio un rico propietario, de instintos salvajes y feroces, como los de todos los que viven en la soledad; que dividía su tiempo entre las rudas faenas del trabajo y la embriaguez y los placeres; sin que jamás la ambición hubiera hecho palpitar su pecho, ni la virtud embalsamado su alma. Contento con su fortuna y acostumbrado á dominarlo todo con el dinero, vivía sin deseos, con un corazón estéril y, como la mayor parte de los egoístas, sin una esposa y una familia que encantara el porvenir.

Jacinta deslumbró á Don Patricio con su hermosura é hizo rugir en el pecho de éste la ambición del tigre; y con su inocencia encendió en su alma un fuego volcánico.

La inocencia! -flor púdica del paraíso que trae hasta nosotros el aliento de los ángeles; rayo del cielo que derrama poesía sobre la tierra, y que hace renacer á la vida el corazón marchito, cuando éste siente que aquélla se anida en el pecho de una mujer hermosa.

La inocencia de Jacinta era una terrible tentación para los deseos de Don Patricio, y desde aquel día las mujeres que antes había querido le parecieron feas, el licor no le embriagaba yá, y con frecuencia abandonaba los trabajos por ir á verla y pintarle su pasión. Todo cuanto se puede emplear para pervertir un corazón de diez y ocho años-halagos, protestas, juramentos, oro y esperanzas - todo fué empleado por él sin descanso.

Jacinta no le amaba; al verlo, una gota fría caía sobre su corazón, sus mejillas palidecían, su cuerpo temblaba, y sus ojos, avergonzados, se cerraban.

Jacinta estaba sola, aislada, sin nadie que velara por ella: sin una madre que le mostrara el precipicio; sin un hermano que le diera sus consejos, ni una amiga á quien comunicar sus temores. En la soledad el ánimo se abate, el espíritu flaquea, y el corazón, oprimido, acongojado, sucumbe, sin que una voz le sirva de consuelo. Jacinta tuvo la debilidad de permitir que Don Patricio hiciera públicos sus deseos, sin ausentarse del lugar.

Aquí, donde la moral jamás ha estampado su benéfica planta: donde la mujer no aspira siquiera al rango que le conceden en Oriente; donde el vicio y la prostitución pasan de madre á hija, sin lágrimas, sin penas y sin remordimientos; donde jamás un ejemplo de virtud puede deslumbrar como un relámpago los ojos de una niña en la noche del vicio para poderla salvar; donde los pobres jamás oyen el Evangelio, y donde los ricos emplean su tiempo y su dinero en corromper al pueblo; aquí, ser preferida por el dueño de una hacienda, es una distinción que llena de alegría á la mujer que llega á merecerla.

Cuando una muchacha tiene esta fortuna, las rudas faenas terminan para ella; descuella orgullosa sobre todas sus amigas, como si su frente no estuviera manchada; á sus antiguos y mal traídos vestidos, sustituye alegres y variados trajes, y va á la hacienda á ser la primera criada de su señor, y la señora del resto de los criados.

La vanidad con su velo deslumbrador y el placer con su prestigio mágico se unían para cegar á Jacinta; pero ella, santa é inocente por instinto, resistía todas las seducciones, y con llanto copioso respondía á Don Patricio cuando, tomándola en sus brazos y estrechándola contra su corazón, le preguntaba si lo quería.

- Yo no amaré jamás sino á mi esposo.

Las muchachas de la hacienda no podían comprender tamaña resistencia, y los hombres se indignaban de que una mujer viniese á despreciar al amo. Sólo Julian, meditabundo y triste, nada decía, y en altas horas de la noche iba al caney de Jacinta, y acorde con los acentos suavísimos de su bandola, y en el tono cadencioso del bambuco, cantaba versos que eran una muestra de su pasión y su cariño.

Bello es el bambuco: es la música del pobre; alegre, festiva para el que feliz la escucha, melancólica y tierna para el que la oye en la soledad. El bambuco- que recorre todas las notas del alma, expresa los sentimientos, hiere las fibras y halaga las pasiones; que imita la risa burlona y picante de la muchacha alegre que huye provocando á su amante, y el ¡ay! de muerte prolongado y triste de la mujer perdida; que vierte en el corazón del pobre arrullos de una armonía sencilla como la inocencia, hermosa como la juventud y mágica como la mirada de la mujer que se ama,-el bambuco tiene las melodías del genio, de la esperanza, los suspiros del ángel de los recuerdos, y es la sóla joya con que se complace el orgullo de los colombianos.

Sus notas para la pobre Jacinta eran crueles como un presentimiento; y sin amar á Julián, estaba dispuesta á llamarle y gritarle: hermano, sálvame de mi propia debilidad! Pero se detenía ante las consecuencias de una rivalidad entre los dos amantes; ante el amor apasionado de Julián, que no podía premiar, y sobre todo, ante su misma timidez, que ligaba sus pies y enmudecía sus labios.

Una noche, al ruido estruendoso del tamboril, sintió latir su corazón de joven, é instada por sus compañeras, fué á un baile, en donde, al suave compás del torbellino, parecía que había olvidado sus antiguos dolores y que con nueva vida se entregaba al placer. Alegre por la música, desvanecida por los aplausos, y confiada en los que la rodeaban, tomó una copa de licor que le brindó una amiga. Su entusiasmo y su alegría crecieron, y á pocos instantes aceptó otra; su razón se turbó, bailaba como una maga, reía con estrépito, y á lo último yá no sabía dónde estaba; los objetos giraban en torno suyo, sentía que la arrastraban, que de la luz había pasado á las tinieblas; luégo no sintió nada; estaba ebria. Cuando despertó, un torrente de lágrimas brotó de sus ojos.

¡Ay del seductor! ¡Ay del que arrancó de sus sienes de virgen su corona de azahares!

 

III

 

Pálida, triste y acongojada, vagaba Jacinta por la orilla del rio, ocultándose á todos para que no viesen su infeliz estado; pero el amor, que todo lo adivina, reveló á Julián el crimen; y acercándose á ella donde nadie lo pudiera oír, la dijo:

- Jacinta no es por celos por lo que quiero matar á Don Patricio, es por vengar el mal que te ha hecho. ¿Quieres que lo haga?

- ¡No, por Dios! contestó Jacinta. No más delitos. Es el padre de mi hijo, quizás lo amará, y su ternura le obligará á borrar la infamia que ha cometido. Si le matas, yo quedaré para siempre deshonrada, y mi hijo sin padre.

- No, yo te haré mi esposa y seré el padre de tu hijo.

-Te engañas, noble Julián, ya tú no puedes amarme, porque he sido de otro. Mi hijo te representaría siempre á tu rival, y jamás perdonaría al asesino de su padre. En nombre de ese amor que me profesas, te suplico que abandones tus siniestros proyectos.

- Sea, dijo Julián, como tú quieres; pero yo no le perdonaré jamás el que te hubiera embriagado para seducirte.

- Tu indignación es justa, pero, óyeme Julián: sólo los tigres gozan cuando matan á sus contrarios. Los hombres tienen á Dios por juez, y por verdugo á los remordimientos.

Don Patricio encontraba todavía hermosa á Jacinta, la visitaba con frecuencia, y al solicitar de ella nuevos favores, dejaba entrever lejanas esperanzas de legitimar su unión y ella, sin indignación, sin rabia, llorando y abrazándole las rodillas, le suplicaba siempre que la salvara de la vergüenza antes de que viniese al mundo un sér tan querido para ella, y á quien nunca la sociedad le permitiría llamar hijo.

La fiebre de Ambalema, reina del Magdalena, con su espantosa faz y su inmenso séquito de cadáveres, de lágrimas y horrores, se presentó en la hacienda, y Jacinta fué herida de muerte. Don Patricio huyó despavorido, y Jacinta quedó sola en la casa, tirada en un cuero de res, y sin quien se atreviese á llegar á su puerta por miedo del contagio.

¿Has estado alguna vez, amable lector, en un lugar infestado? ¿Has visto cuánto cieno inmundo encierra el corazón humano? ¿Has visto el egoísmo, seco y severo, romper los tiernos lazos de la familia y del amor? ¿Has presenciado el horrible espectáculo de un hijo que huye aterrado del hogar, donde el padre se revuelca entre las angustias de la muerte? ¿Has visto las casas desiertas, y las calles solitarias, cruzadas apenas por hombres que llevan la muerte en los labios y el espanto en el corazón? ¿Has visto el horror con que se cuentan uno, dos ó mas casos de enfermedad y de muerte? ¿Has visto, en fin, que el miedo se olvida, que el espanto huye, que la muerte se hace familiar y que los hombres pasan indiferentes junto á un moribundo, brindan por la peste y se mofan de los cadáveres?

Sólo así podrías tener idea de lo que pasó en la hacienda durante la visita de la fiebre, y del abandono, desamparo y miseria de Jacinta. En medio de la noche, devorada por la sed y abrasada por una horrible calentura, deliraba con que, volviendo á su pueblo fatigada y rendida, veía el arroyo donde tantas veces se había bañado; que lo tenía á sus pies, pero que apenas acercaba sus labios al agua, ésta huía y se alejaba, y, presa del delirio, gritaba agua! ¡agua! Entonces una sombra blanca se deslizaba en medio de la oscuridad, y acercaba á sus labios un cántaro de agua fresca y pura. Era Julián, que velaba como la Providencia, para adivinar sus deseos y aliviar sus dolores.

La fiebre pasó, Don Patricio volvió á su hacienda, y pareciéndole Jacinta ya fea, se olvidó de ella: jamás le ocurrió el pensamiento de que tenía un hijo.

La maternidad, que revela en la mujer ese amor inmenso, sublime, único, de la madre por su hijo: esa fuente inagotable de placer y orgullo para una esposa, que en el fruto de su seno se extasía, se goza, se deleita, encontrándole siempre hermoso, siempre seductor, como el renuevo de su primer amor: la maternidad se había presentado para Jacinta triste y desconsoladora, porque su seno no brotaba leche para los labios del niño, por que no tenía una cuna para dormirlo ni una tela que arrojar sobre su tierno cuerpo. Pero lo amaba tánto, que á su lado era feliz en los momentos que podía consagrarle; y entre risas y besos, halagos y caricias pasó un año, ahogando el recuerdo del mal que había sufrido. Por la noche acostaba á su hijo sobre su seno, espiaba su respiración, velaba su despertar; y cuando el sueño era muy prolongado, inquieta, ponía su oído en el pecho del niño, y al oír los latidos suaves y tranquilos de su inocente corazón, satisfecha y contenta, elevaba al cielo una ferviente plegaria por la virtud de su hijo.

¡Pobre Jacinta! Una mañana, obligada por la necesidad, lo dejó durmiendo, para ir al trabajo, con la esperanza de poder volver antes de que despertase, y no sin haberle dado antes mil besos y pasado largo rato contemplando gozosa su apacible sueño. Mas ¡ay! apenas se había alejado, entró una enorme culebra que, atraída por el suave calor de la cama, fué á enroscarse al lado del hermoso niño, y así ambos durmieron por largo rato. El niño despertó llorando, y, extendiendo sus manecitas como para llamar á su madre, á quien siempre encontraba á su lado, tocó la serpiente, la que, desenroscándose, principió á caminar sobre el cuerpo del niño, quien, lleno de placer como con un lindo juguete, tomó la cabeza con las dos manos la llevó á su boca. La serpiente, enfurecida, le mordió horriblemente, y en medio del dolor, estrechándola más contra el pecho, la irritó de tal manera, que el animal se cebó en él hasta dejarlo exánime. Entonces, como para gozarse en su triunfo, envolvió en sus mil pliegues el cuerpo del niño, y levantando la cabeza agitada y flexible, se mantuvo en asecho.

Jacinta entra, lo ve, y sin vacilar, sin temor, como toda madre lo haría, toma el reptil por la garganta con tal fuerza, que lo desenvuelve del cuerpo amoratado de su hijo, y lo arroja lejos. Mas ¡ay! el niño estaba bañado en sangre, yá había muerto. Jacinta aplica sus labios á las mordeduras para extraer el veneno: quiere con su aliento devolverle la vida; le da palmaditas para que vuelva á mirarla como antes; y cuando ve que todo es inútil, cae desmayada, teniéndolo sobre su corazón.

Jugando al dado estaba Don Patricio con otros amigos, poseído de esa fiebre que reina siempre al rededor de una carpeta verde, y que hace que el jugador mire con total indiferencia todo lo que no es suerte y apuestas, cuando entró Julián, y con voz conmovida le dijo:

-Señor, el hijo de Jacinta ha muerto.

-Treses! exclamó Don Patricio con manifiesto gozo, viendo los que acababa de echar y que le valían una gran suma. Luégo, volviéndose á Julián, como quien despide á un importuno, le dijo

-Esas no son cuentas mías.

-Esas cuentas, dijo Julián entre dientes, yo las llevo, y pronto vendré á ajustarlas.

Mientras Jacinta continuaba desmayada, las mujeres, creyendo hacer una buena acción, le quitaron el niño, lo vistieron y lo adornaron para bailar el angelito. Ella vuelve en sí, pregunta por su hijo idolatrado, se informa de que lo están bailando, se desespera con este horrible sarcasmo del dolor, vuela á la casa donde lo tienen, lo arrebata y se dirige con él al interior del bosque.

Julián estaba allí, y á la pálida luz de la luna en Occidente, entre los dos abrieron una pequeña fosa, y Jacinta con sus propias manos echó tierra sobre el cadáver de su hijo.

La mansión de los muertos es en todas partes un lugar misterioso, santificado por la religión, consagrado por la ley, respetado por los vivos y adornado con soberbios monumentos ó con fúnebres flores; y allí es conducido el que muere, cuando no con suntuoso aparato, con solo las preces conmovedoras de algún sacerdote. El cementerio aquí es un inmenso bosque á la orilla del río, donde algunas rústicas cruces marcan los sepulcros recientes; y el cortejo fúnebre lo componen dos enterradores y el perro de la choza, que con tristes aullidos se despide de su amo.

La existencia del hombre es como un vaso donde la hiel cae gota á gota; cuando la medida se colma, el vaso estalla, ó la razón sucumbe. Jacinta no pudo soportar tanta desgracia, y perdió el juicio. Pálida, desgreñada, la mirada fija y soltando á veces carcajadas hirientes y terribles como una caricia de los Borgias, pasaba los días y las noches en el cementerio, velando la tumba de su hijo; allí, con voz lúgubre, como un eco perdido de la eternidad, entonaba las alegres canciones de su pueblo, y como un espantoso contraste con su destino, repetía sin cesar estos versos, que sin duda había oído cantar á algún estudiante de su pueblo en tiempo de vacaciones, ó á algún militar al volver de la campaña:

«Grato es volver al adorado suelo,
En donde el sol de la niñez brilló:
Y ver de nuevo el transparente cielo,
Que alegre y bello nuestra infancia vió;

 
Para el proscrito que cruzó sediento,
Y el pie desnudo el cálido arenal,
Y perdido entre el polvo, sin aliento,
Vióse arrastrar del rudo vendabal;

 
Para el que halló doquier seca la fuente
Y un sol de fuego siempre abrasador,
Y vió del sauce la graciosa frente
Abatirse á su influjo destructor;

 
Para el que vió su perro, el compañero
Que quiso fiel al mísero seguir,
Exhalar un aullido lastimero,
Y su cola batiéndole morir;


Para el que triste, de marchar rendido
A la puerta llamó de extraño hogar,
Y sin piedad ni amor fué despedido
Y su marcha sin fin volvió á empezar;

 
Para el que hambriento, en lágrimas bañado,
Amargo pan se puso á mendigar,
Y su plegaria, al rico despiadado,
Vió con risas é insultos contestar…….

 
Oh! cuán bello, cuán dulce es al proscrito,
De sus padres volver al santo hogar,
Y en el carrillo pálido y marchito
De la madre, mil besos estampar.

 
Y como envuelve madreselva amante
Al viejo sauce con su hermosa flor,
Verse así envuelto el viejo caminante
De la familia en el celeste amor.

 
Ver otra vez llorando aquel asilo
En que guarda sus prendas el dolor;
Y en donde duerme plácido y tranquilo
Nuestro padre, dejar fragante flor.

 
Ver el llano, la selva, la colina
Como amigos que guardan el hogar,
Y la libre graciosa golondrina
En mil vueltas alegre juguetear.

 
Escuchar el murmurio de la fuente,
Al correr apacible entre el juncal,
Y apagar otra vez la sed ardiente,
En sus ondas de nítido cristal. »

 

Su locura era cruel. Creía que la tumba era un templo que Dios le había encargado que cuidase, y en el cual su hijo vendría á santificar su unión; pero que unas mujeres intentaban ir á profanarlo con impúdicos bailes, y á hacerle perder así su esperanza y su alegría.

Jamás dormía; pasaba los días recogiendo flores para adornar la fosa, y las noches alarmada, inquieta, vigilante, espiando detrás de los árboles á las mujeres que debían llegar, y dando espantosos alaridos cuando sentía algún ruido semejante al rumor de los pasos humanos sobre las hojas secas de la montaña.

Al principio todos se compadecían de la loca; después se acostumbraron á sus cantos, y los muchachos se divertían oyendo su extravío y tirándole piedras para enfurecerla.

Sólo Don Patricio no podía escuchar el eco lejano de su canto sin temblar y palidecer. ¿Era por miedo de Julián, ó por temor de su conciencia ante los efectos espantosos del crimen?

Don Patricio había sentido llegar la hora terrible del desencanto, en que el hombre sin amor tiene que buscar algo bueno por consuelo, ó el suicidio por remedio. Sentía apoderarse de su alma la negra melancolía que sigue á la saciedad en el deleite, se inclinaba al peso del recuerdo, hastiado del placer, se encontraba solo y sin afectos.

¡Cuán hermosa le parecía entonces la época lejana en que marchitó los encantos de Jacinta! ¡Cuán triste ahora su posición y su aislamiento! ¿Por qué haber desgarrado el manto seductor de la inocencia de aquella joven, en vez de unir á ella su vida, y dejarse así arrastrar por el vuelo fantástico del angel? A la manera que aves carnívoras y voraces hienden el aire, atraídas por el deseo, y con alas mustias se paran sobre el corazón palpitante de un moribundo, y con placer feroz clavan su garra y arrancan pedazos ensangrentados, así los cantos de Jacinta atravesaban el aire y llegaban terribles á desgarrar el corazón cansado de Don Patricio, y á hacerle sentir que el remordimiento del seductor es siempre más cruel que grata la dicha que disfrutó el amante.

Estaba avergonzado, temeroso, afligido, por la ventura perdida; pero el arrepentimiento, que es la conquista de la virtud sobre el vicio, no reinaba aún sobre su pecho de acero.

Una noche, Dios devolvió la razón á Jacinta, y como la lámpara que al extinguirse ilumina de repente con un vivo, último resplandor y muere, así Jacinta sintió la vida volver á su pecho, reconoció la tumba de su hijo, derramó tiernas lágrimas, vió á Julián, y extendiéndole la mano, le habló, como si la esencia divina de su alma, pronta á escaparse yá, bajara por sus labios.

-Julián, le dijo, la venganza es el tributo que al crimen pagan los corazones sanguinarios, y el tuyo, que es noble y generoso, no debe buscarla. La desgracia de una mujer es irreparable; y del seductor, la justicia sólo exige la expiación que purifica y no la sangre que eterniza la afrenta. ¡Adios! Perdono á Don Patricio, perdónalo tú también; y siempre que hagas algo bueno, acuérdate de mí.

Se arrodilló, oró á Dios, y con la última plegaria, su alma se desprendió, y su cadáver quedó reclinado sobre la tumba de su hijo.

Julián fué á la casa de Don Patricio, lo condujo frente al cadáver iluminado por la luz vacilante de las estrellas, y con un aire severo y terrible le dijo:

- ¿La conoces?

- ¡Jacinta!

-Sí, Jacinta muerta, y ¿por quién?

- ¡Perdón!

-Te tengo perdonado, porque ella me lo exigió, pero este cuchillo que debía atravesarte el corazón, me garantiza de que de hoy en adelante serás bueno como has sido perverso, y que irás descontando tus malas acciones con acciones buenas ; y ¡ay! de ti si pretendes escaparte! Ahora, prepárate para casarte.

- ¿Con quién? preguntó aterrado don Patricio.

-Con la muerta. Toma esta mano, estréchala, y dime: ¡Juras que Jacinta es tu esposa, y que en su nombre aceptas todas las mujeres desgraciadas que puedas socorrer ?

-Sí juro.

-Apresúrate á cavar la tierra, saca el cadáver de tu hijo.

- ¡Piedad!

- ¿La tuviste tú con él? Adelante!

Despues de este espantoso desposorio, lo obligó á cavar la tierra hasta que encontraron el esqueleto del niño, y presentándole la hueca y descarnada calavera

- ¡Bésalo! le dijo, que era tu hijo; y contéstame: ¿Juras en su nombre adoptar á todos los niños desamparados que te pidan socorro?

-Sí juro, contestó Don Patricio como un autómata, y lleno de espanto y de terror.

Después, colocando el esqueleto sobre el seno frio de la madre, abrió una fosa común y depositó con los cadáveres sus sueños de ventura, sus esperanzas para el porvenir, y su felicidad sobre la tierra.

 

IV

 

Julián veía volar su juventud; sus ilusiones habían desaparecido al soplo de la desgracia, como la neblina se desvanece al soplo del huracán, y el mundo para él ya no tenía encantos; pero le quedaba su corazón y su amor, su amor vivo y ardiente por Jacinta en la tumba, como cuando era hermosa; y su alma encontraba un místico placer en soñar que ese amor estaba destinado á retoñar vivaz en otra parte, y se consagró á la memoria de Jacinta. Creía volverla á encontrar al través de los muros del sepulcro, y quería llevarle el arrepentimiento del malvado como una ofrenda, como un incienso digno de quemarse en sus aras y en la mansión de Dios.

Desde entonces se hizo el compañero inseparable de Don Patricio, la sombra muda, impasible, pero severa y tenaz que le seguía á todas partes. Unas veces, como el demonio de los remordimientos, emponzoñando sus placeres, arrebatándolo en medio de la orgía para llevarlo al sepulcro de Jacinta, y otras, como el ángel de las misericordias, presentándole un niño enfermo, y pidiéndole una limosna en nombre de su hijo.

¡Admirable poder el de una alma decidida! Don Patricio, al principio, resistió, se esforzó, luchó por desprenderse del dominio terrible de Julián; pero todo en vano: al fin tuvo que someterse resignado á su querer; y aquél se complacía en ver que hasta en sueños el nombre de Jacinta se escapaba de los labios del seductor.

Don Patricio se embriagaba para aliviar su agonía; era ya víctima del delirium tremens, y en él veía el esqueleto de su hijo por todas partes, extendiéndole sus descarnados brazos y gritándole ¡padre! ¡padre! y que presentándole la deforme calavera, le pedía un beso. Horrorizado con la visión, la mirada espantada, el pelo erizado y los miembros contraídos por el terror, huía; pero le parecía que la visión le seguía á todas partes, hasta que caía sin sentido y arrojando espuma por la boca.

Cuando la embriaguez pasaba, se sentía extenuado y se ponía á llorar; y sus lágrimas caían benéficas sobre su corazón. Julián, que lo contemplaba, volvía su mirada al cielo, como para encontrar la de Jacinta, porque adivinaba que el arrepentimiento vendría pronto, pues el malvado nunca llora.

Después, menos tétrico, menos sombrío, acompañaba Don Patricio á Julian en su tarea de socorrer á los desgraciados; y el nombre de Jacinta, que éste bendecía siempre al dar la limosna, fué perdiendo su espantoso eco, y haciéndose dulce y armonioso á su oído.

La miseria que una civilización adelantada pero viciosa como la de la vieja Europa, arroja sobre algunos infelices, presenta escenas desgarradoras que afligen el corazón y conmueven el alma ; pero la miseria que pesa sobre toda una clase, en una civilización principiante, en un país pobre y salvaje y en un clima deletéreo, es tan horrible, que la imaginación se resiste á pintarla, como la mirada se resiste á contemplar á un hombre carcomido por la lepra. Así, en presencia de la realidad es como puede juzgarse de la suerte de los trabajadores en el Magdalena.

Por eso aquí la caridad, esa maga cristiana que con su dedo cura todas las llagas que la miseria, el vicio y la injusticia humana labran: la caridad tiene un vasto y espacioso campo en donde ejercer su benéfico imperio; y Julián, con la riqueza de Don Patricio, con sus solícitos cuidados, con su amor á los infelices y su constante pensamiento de hacer útil la existencia de aquel que sólo había causado males á sus semejantes, tenía una labor constante, y parecía que un nuevo sol, menos quemante y destructor, había nacido para los trabajadores.

Julián había triunfado sin hacer derramar una gota de sangre. El seductor estaba arrepentido, lloraba la ventura perdida por su causa, y principiaba á sentir el supremo deleite que la virtud difunde en el alma; cuando la suerte, que aquí viene siempre pronto, hirió á Don Patricio, no dejándole más tiempo que el necesario para legar, en nombre de Jacinta, todos sus bienes para el socorro de los desgraciados.

La misión benéfica de Julián estaba concluída; pero le quedaba un triste deber que llenar: el de conducir los restos de Jacinta al pueblo donde ésta había brotado á la vida. Este deber se lo imponían su amor á Jacinta y la creencia que tenía de que la soledad y el destierro aumentan los horrores de la tumba; de que la tierra de las montañas frías sería más ligera para el cadáver de Jacinta que las ardientes arenas del Magdalena, y de que ella hubiera deseado reposar al lado de su madre y al pie de un sauce que la cubriese con su sombra. Así, pues, arrostrando la horrible prueba de ver la muerte con todos sus horrores, convertida en polvo á la mujer que había amado, y reducida á descarnados huesos la belleza cuyos encantos le hablan seducido, cavó la huesa, y colocando sobre sus espaldas los restos humanos de Jacinta, emprendió la triste peregrinación de conducirlos al cementerio donde estaba sepultada la madre de ésta. Como á Chactas, le tocó atravesar los desiertos bosques de América, cargado con el peso de su Atala, para cumplir un deber de religiosa piedad y de supremo amor.

Después de depositar los restos de su amada en el humilde cementerio de la aldea, volvió al Magdalena á luchar con los toros y á pensar en Jacinta.

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