XIII. - JACINTA.
I
Hay un país poético y hermoso, situado en el corazón de la
fértil América, bajo un cielo azul, brillante, deslumbrador, y
bañado por un sol de fuego como el de Oriente. Este país es la
región magnífica del Alto Magdalena; del Magdalena, que cruza el
territorio de Colombia, y que, como una serpiente de plata, se
desliza entre bosques de ceibas seculares que elevan sus copas
hasta perderse en el éter transparente; mientras que al Occidente
el horizonte se extiende y la vista contempla una hermosa llanura,
que hace olas como el desierto de Sahara; y más lejos los Andes
gigantescos de la cordillera central, azules, aéreos y fantásticos;
las cimas de los nevados, que devuelven la luz y los colores, y
dominando sobre todas el Tolima, la más suntuosa obra de Dios; á la
cual dejó la grandeza de su pensamiento, la majestad de su trono y
el brillo eterno de su mirada portentosa.
En esa región de luz, de fuego, de serpientes, de palmas y de
flores, donde el alma adora y no canta, porque el labio enmudece y
la poesía que a torrentes se derrama no encuentra un eco que se
atreva á interrumpir el majestuoso silencio de las soledades; entre
sus habitantes, que han perdido la libertad y la independencia del
salvaje, y sólo han recibido de la civilización la ponzoña de los
vicios y la dote común del infortunio, pasó la historia que voy á
referir; historia sencilla como la flor de zarza, llorosa como la
madre sobre la cuna vacía; porque triste está mi alma, y en el
dolor hay descanso cuando las lágrimas que inundan nuestros ojos
revelan nuestros infortunios, y porque la desgracia tiene un lecho
común y un supremo amor para todos los que sufren; la historia de
una mujer las ardientes playas del Magdalena; sin que me detenga la
pobreza del pensamiento, ni la soledad del teatro donde los hechos
pasan, porque el sentimiento es como la luz de Bengala, que todo lo
suaviza con su colorido melancólico.
La vida del pobre es un poema escrito con lágrimas sobre el
inmenso desierto de la tierra. La pobreza en el hombre es el
tormento de cada instante, el castigo para el que jamás ha
delinquido, el remordimiento para el inocente; y nada hay igual á
esa lucha eterna, constante y sin descanso del pobre contra su
destino! Pero Dios ha dado al hombre inteligencia y fuerzas para
combatir, y lucha y vence. Mas ¡ay! la pobreza en la mujer,
sensible, hermosa, delicada y sencilla, la hace morir en la agonía
ó la conduce de la inocencia al vicio.
Jacinta, llamada la mosquita, cuya historia cuento, había nacido
en las altas regiones de este país, en un clima frio, cerca de la
linda ciudad de Bogotá, y era hija de un soldado veterano arrojado
por la ola revolucionaria al desierto Magdalena, donde vivía
desterrado y proscrito por la política. El amor de Jacinta
embellecía las horas del anciano, como la hermosa enredadera cubre
de flores los viejos muros de un templo abandonado. Ella trabajaba
para él, y aliviaba sus dolores. Muerto su padre, le cerró los
ojos, puso una cruz sobre su tumba y guardó como una reliquia la
medalla que como única herencia, la dejó al morir.
Jacinta era bonita: su blanco cuello y sus mejillas frescas la
distinguían de todas sus compañeras, quienes, por efecto del
temperamento, eran de color bronceado. Tenía pié pequeño, talle
flexible y mirada tierna; y el pudor, ese fuego místico que
embellece las formas de la mujer como la luz de una lámpara la copa
de alabastro; el pudor bañaba todo su sér y la hacia preferible á
las muchachas calentanas, que se exhiben siempre con toda la
salvaje rusticidad de la naturaleza.
Sus compañeras la querían en extremo ó la aborrecían de muerte,
porque todas las que se le acercaban recibían de ella una pequeña
atención, una costura para sus hijos, un remedio para sus
enfermedades ó algún consuelo para sus desgracias; pero otras,
hurañas y esquivas como jabalíes no le perdonaban su bondad, el que
no las acompañase á esas tunas en que, ébrias y disolutas, prodigan
su salud y su vida; y sobre todo, el mágico influjo que su belleza
ejercía sobre los hombres.
Débil y delicada, no podía soportar las rudas fatigas de la
tierra caliente: el sol la abrasaba; la ardiente arena hacía brotar
sangre de sus pequeños pies, y su talle se doblaba bajo el peso de
una carga, como una parra al peso de sus propios racimos. Por eso
su vida era más difícil, y su miseria mayor que la de las otras;
pero resignada y buena, trabajaba incansablemente para hacer frente
á sus gastos, y á fin de procurarse algunos ahorros para volver á
su pueblo.
La patria es el mágico embeleso del proscrito: la palabra de
felicidad que encierra todos los goces, todas las alegrías; es la
juventud, la familia, la amistad, la riqueza, que se presentan de
repente á sus ojos para deslumbrarlo; es la tierra de promisión, de
verdes campos y murmurantes arroyos, y á cuyo recuerdo vierte
lágrimas el que, impávido, vió morir hombres y pueblos.
Para la mujer, proscrita siempre por el infortunio, la patria no
es la nación cuyas leyes ignora; es el pueblo en donde, jugando con
alegres compañeras, pasó su niñez inocente, y que vive en su alma,
con el recuerdo de la fuente en que llenaba su cántaro á la caída
del día; del cerezo colocado junto á la humeante cocina, y á la
sombra del cual dividió con sus hermanos las frutas robadas en la
huerta vecina; del hogar en donde su madre le daba ardientes besos,
y donde su padre, al volver del trabajo, sentándola sobre sus
rodillas, le enseñaba una oración; y del sencillo templo en que,
escuchando las armonías del órgano, recibió su primera comunión. La
mujer ama su patria como el árabe el desierto; y lejos de ella, y
durante el sueño, la mira entre neblinas; mas al despertar y ver la
realidad, lanza un suspiro de dolor y desencanto.
Esto echaba un velo de tristeza sobre la frente de la mosquita,
que sufría inmensamente, no sólo por los rigores del clima, sino
también por la diferencia de hábitos, costumbres, inclinaciones y
placeres.
Sólo una vez al día se veía á Jacinta alegre, festiva y risueña:
á la hora del baño. Soltando entonces al viento su hermosa
cabellera negra, y envuelta en un traje que, corto, apenas cubría
sus delicadas formas, como el capullo de verdes hojas que nunca
cubre el botón naciente de la rosa, se arrojaba al Magdalena con
bullicioso estruendo. Iba como un cisne nadando hasta la mitad del
río; allí, atemorizada, se volvía presurosa y llegaba a orilla,
palpitante y rendida; pero como gozase en desafiar el peligro y
vencerlo siempre, volvía otra vez, y mil más, hasta que las fuerzas
la abandonaban y el cansancio se apoderaba de sus miembros.
Allí la había visto muchas veces Julián, y aquella belleza había
encendido en su alma una pasión vehemente y ardorosa.
Julián era vaquero; triste oficio que no puede formar un héroe
de novela, pero que da al hombre el carácter libre y altivo del que
está habituado á jugar con los peligros. El vaquero lleva una vida
agreste y vagabunda, sin más amigo que su caballo ni más ley que su
rejo y su garrocha; contento con su suerte, lidiando con los toros
de día, y entonando por la noche alegres trovas, acompañado de la
bandola y al compás del eterno galerón.
Notábase en Julián, antes mozo decidor y alegre, el primero en
las tunas y el más audaz con las cosecheras, desde hacía algún
tiempo, que no alegraba los bailes con sus cantos, ni daba una
paliza á sus amigos, ni cortejaba á las muchachas de la hacienda; y
todos decían : ¡Pobre Julián! Si lo habrá lastimado algún
novillo!
¡Ay! era que Julián amaba, y el amor en todas las condiciones de
la vida es un fuego que quema el corazón y enferma el alma. Julián
amaba, y sin esperanzas, porque Jacinta no lo quería; pero él la
amaba con adoración, con ese delicado sentimiento del alma que nada
exige de la mujer querida, que vive para tributarle lágrimas y
amarguras como leves ofrendas, y que se detiene tímido á sus pies,
como un niño á las puertas de un templo que teme profanar con sus
retozos.
II
Tendido en una hamaca, agobiado por el calor, y en ese estado de
languidez y postración en que se encuentra el cuerpo al mediodía en
estas regiones tropicales y en que se apodera del ánimo un sopor
semejante al sueño, pero que no trae sus dulzuras ni su descanso,
estaba Don Patricio, el dueño de la hacienda, cuando Jacinta llamó
á su puerta un día para ofrecerle una camisa que acababa de coser.
Tan hermosa le pareció, que la tomó por una fantasía de su cerebro
adormecido aún, y haciendo esfuerzos para despertarse, la hizo
entrar y la trató con una finura á que tan poco acostumbrada estaba
la pobre muchacha, que quedó agradecida en su humilde corazón.
Era Don Patricio un rico propietario, de instintos salvajes y
feroces, como los de todos los que viven en la soledad; que dividía
su tiempo entre las rudas faenas del trabajo y la embriaguez y los
placeres; sin que jamás la ambición hubiera hecho palpitar su
pecho, ni la virtud embalsamado su alma. Contento con su fortuna y
acostumbrado á dominarlo todo con el dinero, vivía sin deseos, con
un corazón estéril y, como la mayor parte de los egoístas, sin una
esposa y una familia que encantara el porvenir.
Jacinta deslumbró á Don Patricio con su hermosura é hizo rugir
en el pecho de éste la ambición del tigre; y con su inocencia
encendió en su alma un fuego volcánico.
La inocencia! -flor púdica del paraíso que trae hasta nosotros
el aliento de los ángeles; rayo del cielo que derrama poesía sobre
la tierra, y que hace renacer á la vida el corazón marchito, cuando
éste siente que aquélla se anida en el pecho de una mujer
hermosa.
La inocencia de Jacinta era una terrible tentación para los
deseos de Don Patricio, y desde aquel día las mujeres que antes
había querido le parecieron feas, el licor no le embriagaba yá, y
con frecuencia abandonaba los trabajos por ir á verla y pintarle su
pasión. Todo cuanto se puede emplear para pervertir un corazón de
diez y ocho años-halagos, protestas, juramentos, oro y esperanzas -
todo fué empleado por él sin descanso.
Jacinta no le amaba; al verlo, una gota fría caía sobre su
corazón, sus mejillas palidecían, su cuerpo temblaba, y sus ojos,
avergonzados, se cerraban.
Jacinta estaba sola, aislada, sin nadie que velara por ella: sin
una madre que le mostrara el precipicio; sin un hermano que le
diera sus consejos, ni una amiga á quien comunicar sus temores. En
la soledad el ánimo se abate, el espíritu flaquea, y el corazón,
oprimido, acongojado, sucumbe, sin que una voz le sirva de
consuelo. Jacinta tuvo la debilidad de permitir que Don Patricio
hiciera públicos sus deseos, sin ausentarse del lugar.
Aquí, donde la moral jamás ha estampado su benéfica planta:
donde la mujer no aspira siquiera al rango que le conceden en
Oriente; donde el vicio y la prostitución pasan de madre á hija,
sin lágrimas, sin penas y sin remordimientos; donde jamás un
ejemplo de virtud puede deslumbrar como un relámpago los ojos de
una niña en la noche del vicio para poderla salvar; donde los
pobres jamás oyen el Evangelio, y donde los ricos emplean su tiempo
y su dinero en corromper al pueblo; aquí, ser preferida por el
dueño de una hacienda, es una distinción que llena de alegría á la
mujer que llega á merecerla.
Cuando una muchacha tiene esta fortuna, las rudas faenas
terminan para ella; descuella orgullosa sobre todas sus amigas,
como si su frente no estuviera manchada; á sus antiguos y mal
traídos vestidos, sustituye alegres y variados trajes, y va á la
hacienda á ser la primera criada de su señor, y la señora del resto
de los criados.
La vanidad con su velo deslumbrador y el placer con su prestigio
mágico se unían para cegar á Jacinta; pero ella, santa é inocente
por instinto, resistía todas las seducciones, y con llanto copioso
respondía á Don Patricio cuando, tomándola en sus brazos y
estrechándola contra su corazón, le preguntaba si lo quería.
- Yo no amaré jamás sino á mi esposo.
Las muchachas de la hacienda no podían comprender tamaña
resistencia, y los hombres se indignaban de que una mujer viniese á
despreciar al amo. Sólo Julian, meditabundo y triste, nada decía, y
en altas horas de la noche iba al caney de Jacinta, y acorde con
los acentos suavísimos de su bandola, y en el tono cadencioso del
bambuco, cantaba versos que eran una muestra de su pasión y su
cariño.
Bello es el bambuco: es la música del pobre; alegre, festiva
para el que feliz la escucha, melancólica y tierna para el que la
oye en la soledad. El bambuco- que recorre todas las notas del
alma, expresa los sentimientos, hiere las fibras y halaga las
pasiones; que imita la risa burlona y picante de la muchacha alegre
que huye provocando á su amante, y el ¡ay! de muerte prolongado y
triste de la mujer perdida; que vierte en el corazón del pobre
arrullos de una armonía sencilla como la inocencia, hermosa como la
juventud y mágica como la mirada de la mujer que se ama,-el bambuco
tiene las melodías del genio, de la esperanza, los suspiros del
ángel de los recuerdos, y es la sóla joya con que se complace el
orgullo de los colombianos.
Sus notas para la pobre Jacinta eran crueles como un
presentimiento; y sin amar á Julián, estaba dispuesta á llamarle y
gritarle: hermano, sálvame de mi propia debilidad! Pero se detenía
ante las consecuencias de una rivalidad entre los dos amantes; ante
el amor apasionado de Julián, que no podía premiar, y sobre todo,
ante su misma timidez, que ligaba sus pies y enmudecía sus
labios.
Una noche, al ruido estruendoso del tamboril, sintió latir su
corazón de joven, é instada por sus compañeras, fué á un baile, en
donde, al suave compás del torbellino, parecía que había olvidado
sus antiguos dolores y que con nueva vida se entregaba al placer.
Alegre por la música, desvanecida por los aplausos, y confiada en
los que la rodeaban, tomó una copa de licor que le brindó una
amiga. Su entusiasmo y su alegría crecieron, y á pocos instantes
aceptó otra; su razón se turbó, bailaba como una maga, reía con
estrépito, y á lo último yá no sabía dónde estaba; los objetos
giraban en torno suyo, sentía que la arrastraban, que de la luz
había pasado á las tinieblas; luégo no sintió nada; estaba ebria.
Cuando despertó, un torrente de lágrimas brotó de sus ojos.
¡Ay del seductor! ¡Ay del que arrancó de sus sienes de virgen su
corona de azahares!
III
Pálida, triste y acongojada, vagaba Jacinta por la orilla del
rio, ocultándose á todos para que no viesen su infeliz estado; pero
el amor, que todo lo adivina, reveló á Julián el crimen; y
acercándose á ella donde nadie lo pudiera oír, la dijo:
- Jacinta no es por celos por lo que quiero matar á Don
Patricio, es por vengar el mal que te ha hecho. ¿Quieres que lo
haga?
- ¡No, por Dios! contestó Jacinta. No más delitos. Es el padre
de mi hijo, quizás lo amará, y su ternura le obligará á borrar la
infamia que ha cometido. Si le matas, yo quedaré para siempre
deshonrada, y mi hijo sin padre.
- No, yo te haré mi esposa y seré el padre de tu hijo.
-Te engañas, noble Julián, ya tú no puedes amarme, porque he
sido de otro. Mi hijo te representaría siempre á tu rival, y jamás
perdonaría al asesino de su padre. En nombre de ese amor que me
profesas, te suplico que abandones tus siniestros proyectos.
- Sea, dijo Julián, como tú quieres; pero yo no le perdonaré
jamás el que te hubiera embriagado para seducirte.
- Tu indignación es justa, pero, óyeme Julián: sólo los tigres
gozan cuando matan á sus contrarios. Los hombres tienen á Dios por
juez, y por verdugo á los remordimientos.
Don Patricio encontraba todavía hermosa á Jacinta, la visitaba
con frecuencia, y al solicitar de ella nuevos favores, dejaba
entrever lejanas esperanzas de legitimar su unión y ella, sin
indignación, sin rabia, llorando y abrazándole las rodillas, le
suplicaba siempre que la salvara de la vergüenza antes de que
viniese al mundo un sér tan querido para ella, y á quien nunca la
sociedad le permitiría llamar hijo.
La fiebre de Ambalema, reina del Magdalena, con su espantosa faz
y su inmenso séquito de cadáveres, de lágrimas y horrores, se
presentó en la hacienda, y Jacinta fué herida de muerte. Don
Patricio huyó despavorido, y Jacinta quedó sola en la casa, tirada
en un cuero de res, y sin quien se atreviese á llegar á su puerta
por miedo del contagio.
¿Has estado alguna vez, amable lector, en un lugar infestado?
¿Has visto cuánto cieno inmundo encierra el corazón humano? ¿Has
visto el egoísmo, seco y severo, romper los tiernos lazos de la
familia y del amor? ¿Has presenciado el horrible espectáculo de un
hijo que huye aterrado del hogar, donde el padre se revuelca entre
las angustias de la muerte? ¿Has visto las casas desiertas, y las
calles solitarias, cruzadas apenas por hombres que llevan la muerte
en los labios y el espanto en el corazón? ¿Has visto el horror con
que se cuentan uno, dos ó mas casos de enfermedad y de muerte? ¿Has
visto, en fin, que el miedo se olvida, que el espanto huye, que la
muerte se hace familiar y que los hombres pasan indiferentes junto
á un moribundo, brindan por la peste y se mofan de los
cadáveres?
Sólo así podrías tener idea de lo que pasó en la hacienda
durante la visita de la fiebre, y del abandono, desamparo y miseria
de Jacinta. En medio de la noche, devorada por la sed y abrasada
por una horrible calentura, deliraba con que, volviendo á su pueblo
fatigada y rendida, veía el arroyo donde tantas veces se había
bañado; que lo tenía á sus pies, pero que apenas acercaba sus
labios al agua, ésta huía y se alejaba, y, presa del delirio,
gritaba agua! ¡agua! Entonces una sombra blanca se deslizaba en
medio de la oscuridad, y acercaba á sus labios un cántaro de agua
fresca y pura. Era Julián, que velaba como la Providencia, para
adivinar sus deseos y aliviar sus dolores.
La fiebre pasó, Don Patricio volvió á su hacienda, y
pareciéndole Jacinta ya fea, se olvidó de ella: jamás le ocurrió el
pensamiento de que tenía un hijo.
La maternidad, que revela en la mujer ese amor inmenso, sublime,
único, de la madre por su hijo: esa fuente inagotable de placer y
orgullo para una esposa, que en el fruto de su seno se extasía, se
goza, se deleita, encontrándole siempre hermoso, siempre seductor,
como el renuevo de su primer amor: la maternidad se había
presentado para Jacinta triste y desconsoladora, porque su seno no
brotaba leche para los labios del niño, por que no tenía una cuna
para dormirlo ni una tela que arrojar sobre su tierno cuerpo. Pero
lo amaba tánto, que á su lado era feliz en los momentos que podía
consagrarle; y entre risas y besos, halagos y caricias pasó un año,
ahogando el recuerdo del mal que había sufrido. Por la noche
acostaba á su hijo sobre su seno, espiaba su respiración, velaba su
despertar; y cuando el sueño era muy prolongado, inquieta, ponía su
oído en el pecho del niño, y al oír los latidos suaves y tranquilos
de su inocente corazón, satisfecha y contenta, elevaba al cielo una
ferviente plegaria por la virtud de su hijo.
¡Pobre Jacinta! Una mañana, obligada por la necesidad, lo dejó
durmiendo, para ir al trabajo, con la esperanza de poder volver
antes de que despertase, y no sin haberle dado antes mil besos y
pasado largo rato contemplando gozosa su apacible sueño. Mas ¡ay!
apenas se había alejado, entró una enorme culebra que, atraída por
el suave calor de la cama, fué á enroscarse al lado del hermoso
niño, y así ambos durmieron por largo rato. El niño despertó
llorando, y, extendiendo sus manecitas como para llamar á su madre,
á quien siempre encontraba á su lado, tocó la serpiente, la que,
desenroscándose, principió á caminar sobre el cuerpo del niño,
quien, lleno de placer como con un lindo juguete, tomó la cabeza
con las dos manos la llevó á su boca. La serpiente, enfurecida, le
mordió horriblemente, y en medio del dolor, estrechándola más
contra el pecho, la irritó de tal manera, que el animal se cebó en
él hasta dejarlo exánime. Entonces, como para gozarse en su
triunfo, envolvió en sus mil pliegues el cuerpo del niño, y
levantando la cabeza agitada y flexible, se mantuvo en asecho.
Jacinta entra, lo ve, y sin vacilar, sin temor, como toda madre
lo haría, toma el reptil por la garganta con tal fuerza, que lo
desenvuelve del cuerpo amoratado de su hijo, y lo arroja lejos. Mas
¡ay! el niño estaba bañado en sangre, yá había muerto. Jacinta
aplica sus labios á las mordeduras para extraer el veneno: quiere
con su aliento devolverle la vida; le da palmaditas para que vuelva
á mirarla como antes; y cuando ve que todo es inútil, cae
desmayada, teniéndolo sobre su corazón.
Jugando al dado estaba Don Patricio con otros amigos, poseído de
esa fiebre que reina siempre al rededor de una carpeta verde, y que
hace que el jugador mire con total indiferencia todo lo que no es
suerte y apuestas, cuando entró Julián, y con voz conmovida le
dijo:
-Señor, el hijo de Jacinta ha muerto.
-Treses! exclamó Don Patricio con manifiesto gozo, viendo los
que acababa de echar y que le valían una gran suma. Luégo,
volviéndose á Julián, como quien despide á un importuno, le
dijo
-Esas no son cuentas mías.
-Esas cuentas, dijo Julián entre dientes, yo las llevo, y pronto
vendré á ajustarlas.
Mientras Jacinta continuaba desmayada, las mujeres, creyendo
hacer una buena acción, le quitaron el niño, lo vistieron y lo
adornaron para bailar el angelito. Ella vuelve en sí, pregunta por
su hijo idolatrado, se informa de que lo están bailando, se
desespera con este horrible sarcasmo del dolor, vuela á la casa
donde lo tienen, lo arrebata y se dirige con él al interior del
bosque.
Julián estaba allí, y á la pálida luz de la luna en Occidente,
entre los dos abrieron una pequeña fosa, y Jacinta con sus propias
manos echó tierra sobre el cadáver de su hijo.
La mansión de los muertos es en todas partes un lugar
misterioso, santificado por la religión, consagrado por la ley,
respetado por los vivos y adornado con soberbios monumentos ó con
fúnebres flores; y allí es conducido el que muere, cuando no con
suntuoso aparato, con solo las preces conmovedoras de algún
sacerdote. El cementerio aquí es un inmenso bosque á la orilla del
río, donde algunas rústicas cruces marcan los sepulcros recientes;
y el cortejo fúnebre lo componen dos enterradores y el perro de la
choza, que con tristes aullidos se despide de su amo.
La existencia del hombre es como un vaso donde la hiel cae gota
á gota; cuando la medida se colma, el vaso estalla, ó la razón
sucumbe. Jacinta no pudo soportar tanta desgracia, y perdió el
juicio. Pálida, desgreñada, la mirada fija y soltando á veces
carcajadas hirientes y terribles como una caricia de los Borgias,
pasaba los días y las noches en el cementerio, velando la tumba de
su hijo; allí, con voz lúgubre, como un eco perdido de la
eternidad, entonaba las alegres canciones de su pueblo, y como un
espantoso contraste con su destino, repetía sin cesar estos versos,
que sin duda había oído cantar á algún estudiante de su pueblo en
tiempo de vacaciones, ó á algún militar al volver de la
campaña:
«Grato es volver al adorado suelo,
En donde el sol de la niñez brilló:
Y ver de nuevo el transparente cielo,
Que alegre y bello nuestra infancia vió;
Para el proscrito que cruzó sediento,
Y el pie desnudo el cálido arenal,
Y perdido entre el polvo, sin aliento,
Vióse arrastrar del rudo vendabal;
Para el que halló doquier seca la fuente
Y un sol de fuego siempre abrasador,
Y vió del sauce la graciosa frente
Abatirse á su influjo destructor;
Para el que vió su perro, el compañero
Que quiso fiel al mísero seguir,
Exhalar un aullido lastimero,
Y su cola batiéndole morir;
Para el que triste, de marchar rendido
A la puerta llamó de extraño hogar,
Y sin piedad ni amor fué despedido
Y su marcha sin fin volvió á empezar;
Para el que hambriento, en lágrimas bañado,
Amargo pan se puso á mendigar,
Y su plegaria, al rico despiadado,
Vió con risas é insultos contestar…….
Oh! cuán bello, cuán dulce es al proscrito,
De sus padres volver al santo hogar,
Y en el carrillo pálido y marchito
De la madre, mil besos estampar.
Y como envuelve madreselva amante
Al viejo sauce con su hermosa flor,
Verse así envuelto el viejo caminante
De la familia en el celeste amor.
Ver otra vez llorando aquel asilo
En que guarda sus prendas el dolor;
Y en donde duerme plácido y tranquilo
Nuestro padre, dejar fragante flor.
Ver el llano, la selva, la colina
Como amigos que guardan el hogar,
Y la libre graciosa golondrina
En mil vueltas alegre juguetear.
Escuchar el murmurio de la fuente,
Al correr apacible entre el juncal,
Y apagar otra vez la sed ardiente,
En sus ondas de nítido cristal. »
Su locura era cruel. Creía que la tumba era un templo que Dios
le había encargado que cuidase, y en el cual su hijo vendría á
santificar su unión; pero que unas mujeres intentaban ir á
profanarlo con impúdicos bailes, y á hacerle perder así su
esperanza y su alegría.
Jamás dormía; pasaba los días recogiendo flores para adornar la
fosa, y las noches alarmada, inquieta, vigilante, espiando detrás
de los árboles á las mujeres que debían llegar, y dando espantosos
alaridos cuando sentía algún ruido semejante al rumor de los pasos
humanos sobre las hojas secas de la montaña.
Al principio todos se compadecían de la loca; después se
acostumbraron á sus cantos, y los muchachos se divertían oyendo su
extravío y tirándole piedras para enfurecerla.
Sólo Don Patricio no podía escuchar el eco lejano de su canto
sin temblar y palidecer. ¿Era por miedo de Julián, ó por temor de
su conciencia ante los efectos espantosos del crimen?
Don Patricio había sentido llegar la hora terrible del
desencanto, en que el hombre sin amor tiene que buscar algo bueno
por consuelo, ó el suicidio por remedio. Sentía apoderarse de su
alma la negra melancolía que sigue á la saciedad en el deleite, se
inclinaba al peso del recuerdo, hastiado del placer, se encontraba
solo y sin afectos.
¡Cuán hermosa le parecía entonces la época lejana en que
marchitó los encantos de Jacinta! ¡Cuán triste ahora su posición y
su aislamiento! ¿Por qué haber desgarrado el manto seductor de la
inocencia de aquella joven, en vez de unir á ella su vida, y
dejarse así arrastrar por el vuelo fantástico del angel? A la
manera que aves carnívoras y voraces hienden el aire, atraídas por
el deseo, y con alas mustias se paran sobre el corazón palpitante
de un moribundo, y con placer feroz clavan su garra y arrancan
pedazos ensangrentados, así los cantos de Jacinta atravesaban el
aire y llegaban terribles á desgarrar el corazón cansado de Don
Patricio, y á hacerle sentir que el remordimiento del seductor es
siempre más cruel que grata la dicha que disfrutó el amante.
Estaba avergonzado, temeroso, afligido, por la ventura perdida;
pero el arrepentimiento, que es la conquista de la virtud sobre el
vicio, no reinaba aún sobre su pecho de acero.
Una noche, Dios devolvió la razón á Jacinta, y como la lámpara
que al extinguirse ilumina de repente con un vivo, último
resplandor y muere, así Jacinta sintió la vida volver á su pecho,
reconoció la tumba de su hijo, derramó tiernas lágrimas, vió á
Julián, y extendiéndole la mano, le habló, como si la esencia
divina de su alma, pronta á escaparse yá, bajara por sus
labios.
-Julián, le dijo, la venganza es el tributo que al crimen pagan
los corazones sanguinarios, y el tuyo, que es noble y generoso, no
debe buscarla. La desgracia de una mujer es irreparable; y del
seductor, la justicia sólo exige la expiación que purifica y no la
sangre que eterniza la afrenta. ¡Adios! Perdono á Don Patricio,
perdónalo tú también; y siempre que hagas algo bueno, acuérdate de
mí.
Se arrodilló, oró á Dios, y con la última plegaria, su alma se
desprendió, y su cadáver quedó reclinado sobre la tumba de su
hijo.
Julián fué á la casa de Don Patricio, lo condujo frente al
cadáver iluminado por la luz vacilante de las estrellas, y con un
aire severo y terrible le dijo:
- ¿La conoces?
- ¡Jacinta!
-Sí, Jacinta muerta, y ¿por quién?
- ¡Perdón!
-Te tengo perdonado, porque ella me lo exigió, pero este
cuchillo que debía atravesarte el corazón, me garantiza de que de
hoy en adelante serás bueno como has sido perverso, y que irás
descontando tus malas acciones con acciones buenas ; y ¡ay! de ti
si pretendes escaparte! Ahora, prepárate para casarte.
- ¿Con quién? preguntó aterrado don Patricio.
-Con la muerta. Toma esta mano, estréchala, y dime: ¡Juras que
Jacinta es tu esposa, y que en su nombre aceptas todas las mujeres
desgraciadas que puedas socorrer ?
-Sí juro.
-Apresúrate á cavar la tierra, saca el cadáver de tu hijo.
- ¡Piedad!
- ¿La tuviste tú con él? Adelante!
Despues de este espantoso desposorio, lo obligó á cavar la
tierra hasta que encontraron el esqueleto del niño, y presentándole
la hueca y descarnada calavera
- ¡Bésalo! le dijo, que era tu hijo; y contéstame: ¿Juras en su
nombre adoptar á todos los niños desamparados que te pidan
socorro?
-Sí juro, contestó Don Patricio como un autómata, y lleno de
espanto y de terror.
Después, colocando el esqueleto sobre el seno frio de la madre,
abrió una fosa común y depositó con los cadáveres sus sueños de
ventura, sus esperanzas para el porvenir, y su felicidad sobre la
tierra.
IV
Julián veía volar su juventud; sus ilusiones habían desaparecido
al soplo de la desgracia, como la neblina se desvanece al soplo del
huracán, y el mundo para él ya no tenía encantos; pero le quedaba
su corazón y su amor, su amor vivo y ardiente por Jacinta en la
tumba, como cuando era hermosa; y su alma encontraba un místico
placer en soñar que ese amor estaba destinado á retoñar vivaz en
otra parte, y se consagró á la memoria de Jacinta. Creía volverla á
encontrar al través de los muros del sepulcro, y quería llevarle el
arrepentimiento del malvado como una ofrenda, como un incienso
digno de quemarse en sus aras y en la mansión de Dios.
Desde entonces se hizo el compañero inseparable de Don Patricio,
la sombra muda, impasible, pero severa y tenaz que le seguía á
todas partes. Unas veces, como el demonio de los remordimientos,
emponzoñando sus placeres, arrebatándolo en medio de la orgía para
llevarlo al sepulcro de Jacinta, y otras, como el ángel de las
misericordias, presentándole un niño enfermo, y pidiéndole una
limosna en nombre de su hijo.
¡Admirable poder el de una alma decidida! Don Patricio, al
principio, resistió, se esforzó, luchó por desprenderse del dominio
terrible de Julián; pero todo en vano: al fin tuvo que someterse
resignado á su querer; y aquél se complacía en ver que hasta en
sueños el nombre de Jacinta se escapaba de los labios del
seductor.
Don Patricio se embriagaba para aliviar su agonía; era ya
víctima del delirium tremens, y en él veía el esqueleto de su hijo
por todas partes, extendiéndole sus descarnados brazos y gritándole
¡padre! ¡padre! y que presentándole la deforme calavera, le pedía
un beso. Horrorizado con la visión, la mirada espantada, el pelo
erizado y los miembros contraídos por el terror, huía; pero le
parecía que la visión le seguía á todas partes, hasta que caía sin
sentido y arrojando espuma por la boca.
Cuando la embriaguez pasaba, se sentía extenuado y se ponía á
llorar; y sus lágrimas caían benéficas sobre su corazón. Julián,
que lo contemplaba, volvía su mirada al cielo, como para encontrar
la de Jacinta, porque adivinaba que el arrepentimiento vendría
pronto, pues el malvado nunca llora.
Después, menos tétrico, menos sombrío, acompañaba Don Patricio á
Julian en su tarea de socorrer á los desgraciados; y el nombre de
Jacinta, que éste bendecía siempre al dar la limosna, fué perdiendo
su espantoso eco, y haciéndose dulce y armonioso á su oído.
La miseria que una civilización adelantada pero viciosa como la
de la vieja Europa, arroja sobre algunos infelices, presenta
escenas desgarradoras que afligen el corazón y conmueven el alma ;
pero la miseria que pesa sobre toda una clase, en una civilización
principiante, en un país pobre y salvaje y en un clima deletéreo,
es tan horrible, que la imaginación se resiste á pintarla, como la
mirada se resiste á contemplar á un hombre carcomido por la lepra.
Así, en presencia de la realidad es como puede juzgarse de la
suerte de los trabajadores en el Magdalena.
Por eso aquí la caridad, esa maga cristiana que con su dedo cura
todas las llagas que la miseria, el vicio y la injusticia humana
labran: la caridad tiene un vasto y espacioso campo en donde
ejercer su benéfico imperio; y Julián, con la riqueza de Don
Patricio, con sus solícitos cuidados, con su amor á los infelices y
su constante pensamiento de hacer útil la existencia de aquel que
sólo había causado males á sus semejantes, tenía una labor
constante, y parecía que un nuevo sol, menos quemante y destructor,
había nacido para los trabajadores.
Julián había triunfado sin hacer derramar una gota de sangre. El
seductor estaba arrepentido, lloraba la ventura perdida por su
causa, y principiaba á sentir el supremo deleite que la virtud
difunde en el alma; cuando la suerte, que aquí viene siempre
pronto, hirió á Don Patricio, no dejándole más tiempo que el
necesario para legar, en nombre de Jacinta, todos sus bienes para
el socorro de los desgraciados.
La misión benéfica de Julián estaba concluída; pero le quedaba
un triste deber que llenar: el de conducir los restos de Jacinta al
pueblo donde ésta había brotado á la vida. Este deber se lo
imponían su amor á Jacinta y la creencia que tenía de que la
soledad y el destierro aumentan los horrores de la tumba; de que la
tierra de las montañas frías sería más ligera para el cadáver de
Jacinta que las ardientes arenas del Magdalena, y de que ella
hubiera deseado reposar al lado de su madre y al pie de un sauce
que la cubriese con su sombra. Así, pues, arrostrando la horrible
prueba de ver la muerte con todos sus horrores, convertida en polvo
á la mujer que había amado, y reducida á descarnados huesos la
belleza cuyos encantos le hablan seducido, cavó la huesa, y
colocando sobre sus espaldas los restos humanos de Jacinta,
emprendió la triste peregrinación de conducirlos al cementerio
donde estaba sepultada la madre de ésta. Como á Chactas, le tocó
atravesar los desiertos bosques de América, cargado con el peso de
su Atala, para cumplir un deber de religiosa piedad y de supremo
amor.
Después de depositar los restos de su amada en el humilde
cementerio de la aldea, volvió al Magdalena á luchar con los toros
y á pensar en Jacinta.