XI. - OVIDIO.
Es Bogotá patria del aburrido, imperio de los hastiados y
convento de los desesperados, nadie está contento, nadie se
divierte, nadie se distrae: todos se quejan, todos reniegan y todos
exclaman á úna y sin cesar: ¡Qué vida! ¿Qué harémos? Y á fe que no
tienen razón, pues aquí no faltan diversiones: yá una acalorada
discusión en el Congreso, yá una riña en la calle del comercio,
dada gratis por nuestra benéfica policía, para que el pueblo se
divierta, con lo cual se pasa una tarde deliciosa: y por la noche
no hay más que dedicarse á andar por esas calles de Dios, que
siempre están en tinieblas, para hallar entretenidas aventuras.
Sea de esto lo que fuere, el hecho es que aquí todo el mundo
está aburrido, excepto dos personas, Ovidio y yo: él, porque los
amores, las conquistas, las citas y los chascos no le dejan tiempo;
y yo, porque me divierto atormentando al prójimo con mis
artículos.
La vida sin amores es para Ovidio lo que para liberales y
conservadores la causa de los principios sin empleos: un árido
desierto, valle de tumbas que pasando vemos; y así como aquéllos
sacrifican independencia, dignidad y virtud en el altar de la
política, así aquél sacrifica su salud, su tranquilidad y su vida
en el altar de los amores. Querer y ser querido, hé ahí su
ambición, su gloria; el sueño dorado de su fantasía, la imagen
risueña que lo seduce lo embriaga. Su amor es inmenso, infinito;
ama con pasión, con frenesí, con delirio, á…….. todas
las bonitas por turno, y á todas les ofrece como ofrenda su corazón
de fuego.
Si el tiempo que Ovidio ha gastado en los amores lo hubiese
empleado en estudiar finanzas, yá hoy comprendería el estado del
Tesoro nacional; y no se crea que en esto hay exageración, pues por
confuso y enmarañado que esté el Tesoro, estoy seguro de que diez
años de constancia y asiduidad bastarían para sondearlo, y este es
precisamente el tiempo que lleva Ovidio en el amor, que es el
objeto de sus pensamientos cuando está despierto y de sus sueños
cuando duerme.
Ovidio es empleado en la Secretaría de Hacienda, y allí divide
su tiempo dulcemente entre el Gobierno, su señor, y la señora de
sus pensamientos: haciéndole á aquél cuadros y modelos para las
Salinas, y á aquélla cantos y versos, modelados por Zorrilla. Pero
dió en robarle al Gobierno la parte de tiempo que le tenía
asignada, para consagrársela á su amada, y el Jefe de sección en
reprenderlo por esto, hasta que un día en que se le dió á copiar
una comunicación urgente, después de haberla rotulado, le dió la
viaraza de los versos, y en el mismo papel siguió escribiendo:
«Como blanca visión consoladora
Te mostraste á mis ojos cariñosa,
Pura, inocente, perfumada rosa,
Conjuro á ser de mi fatal dolor.»
Como iba diciendo, la comunicación era urgente, y el Secretario,
cansado de aguardar, fué á pedirla en persona, y le dijo: ¿por qué
se tarda usted tanto?
Ovidio, todavía bajo la influencia poética, le contestó:
-«Por que tú encantas mi existencia, Julia,
Tú que disipas mi mortal hastío;
Por ti latió mi corazón yá frio,
Y él te ofreció su inspiración y amor.»
Oír esta extravagante contestación el Secretario, ver lo que
estaba escribiendo Ovidio, y echarlo de allí con cajas
destempladas, fué todo obra de un momento.
Enamorado Ovidio perdidamente de la púdica Cleotilde, y no
teniendo cómo ir á la casa ni cómo verla, hizo confidente de sus
amores á una criada, quien, mediante algunos reales, convino en
tomarlo bajo su protección y llevarle algunas cartas, á una tarifa
tan alta, que la que menos le costaba dos pesos. La maldita criada
jamás entregó tales cartas á la niña, pero le traía siempre al
pobre gratos recuerdos, y no solamente hacía esto, sino que le
traía también una trenza de pelo y le pedía á su nombre dinero para
dulces, su retrato, un anillo, y otras bagatelas que ponían á
Ovidio loco de contento, porque todo esto era una manifestación de
amor. Pasáronse así los meses: la criada robaba á la niña la
reputación, y á Ovidio los reales; y aunque algunas veces observaba
éste que no era posible que se mostrase tan fría é indiferente en
público la que en secreto era tan amorosa y franca, la astuta
criada disipaba todas sus inquietudes con respuestas mañosas y
estudiadas. Entre tanto casóse Cleotilde con otro, huyóse la
criada, y Ovidio quedó desesperado y limpio.
Desde entonces su situación de enamorado se ha hecho muy
embarazosa: unas veces no tiene con qué pagar la contribución á un
baile á que está invitada su pretendida, y para verla tiene que
pasar la noche colgado de la ventana de la sala del baile, apurando
el cáliz de la amargura: otras no tiene calzado para hacerle la
visita dominical, y hasta ¡oh Dios! convidado por Camila para ir á
concierto con su mamá, y habiéndoles prometido estar á las siete de
la noche en su casa, las dejó esperando, porque no pudo conseguir
los doce reales multiplicados por tres que necesitaba para la
entrada. Camila creyó que era por burlarlas, y se enfureció; y él,
lleno de angustia, sin poder satisfacerla, principió una
composición cuya primera estrofa recuerdo que era ésta:
«Maldición sobre ti: nunca consuelo,
Fué del destino la tremenda voz,
Cuando á este mundo de miseria y duelo
Vine á cumplir con mi suplicio atroz.»
Las gracias seductoras de Amelia hechizaron á Ovidio; resolvió
tener amores con ella, y esto sin llevar más contingente que su
frenética pasión y sus tintes de poeta; y ella, ducha en la
materia, lo aceptó también, por llevar un adorador más atado á su
carro de triunfos; pero con la decidida intención de deshacerse de
él en la primera ocasión. Estaba una mañana con el cabello suelto,
el pecho descubierto y voluptuosamente reclinada en un sofá, á
tiempo que entró Ovidio; y éste, arrebatado de amor, le dijo: -
¡Amelia, un beso, y después, condenación eterna! - NUESTRA SEÑORA
DE PARÍS, página 13, le contestó ella, con una carcajada que le
hizo helar la sangre.
Esa noche no pudo dormir Ovidio delirando con Amelia y
componiéndole versos; pero nada le parecía digno de ella, nada
pintaba la violencia de su pasión, hasta que yá á las dos de la
mañana se sintió inspirado y comenzó á escribir:
« ¡Oh, qué mano fatal me arranca el sueño!..........
¿Qué imagen me persigue á todas horas?»……...
Y así siguió componiendo versos tan sueltos, tan sublimes, que
él mismo se admiraba de su genio, atribuyéndolo todo al misterioso
influjo del amor.
Al día siguiente, satisfecho y contento, envió su composición á
Amelia; mas, cuál fué su sorpresa cuando por la tarde recibió un
billetito perfumado, de su amada, concebido en estos términos:
«Copiado con letra clara
He recibido «El Desvelo»
De Gabriel García Tassara,
Mas te digo sin recelo,
La ofrenda pasa de rara.
A una niña de estos días
(Lo sabes tú, mi querido),
Habiendo confiterías,
No se remiten poesías,
Porque ese es tiempo perdido.
Un frenético cariño,
Una violenta pasión,
Se prueban, mi amable niño,
Con una capa de armiño
O un traje de la Gautrón.
Hoy los gentiles amantes
No mandan versos sentidos,
Sino docenas de guantes;
Y, para ser preferidos,
Aderezos de brillantes.
Si un ambicioso rival
Te disputa una hermosura;
¡Ay de ti, si por tu mal
No la pruebas tu ternura
Comprándole el mejor chal!
No hay despiadada mujer
Que á su amante no se rinda,
Embriagada de placer,
Cuando su galán le brinda
Un piano y un neceser.
El amor de los poetas
Es de otra generación;
Más que las dulces cuartetas,
El tañir de las pesetas
Hoy nos toca el corazón.
Abandona tu laud,
Mi amoroso trovador,
Vive yá sin inquietud,
Que si dar es tu virtud,
Constante será mi amor.
Mas si eres limpio, bien mio,
Estamos muy mal los dos;
Yo lo dejo á tu albedrío,
O de riquezas un río,
O adios! trovador ¡adios!»
Espantosa fué la desesperación de Ovidio al ver que el ángel
fantástico á quien adoraba era más positivo que un antioqueño, y en
su dolor añadió esta otra estrofa á la poesía que antes había
comenzado:
«Pasé sin goces mis primeros años,
Fué flor marchita mi primera edad.
Miro hoy en torno sólo desengaños,
Vil interés y horrible mezquindad.»
La herida de Ovidio fué fácil de curar; y á los pocos días
estaba enamorado de Pachita, muchacha alegre, burlona y graciosa, y
quien, después de seis meses de coqueteos estériles, convino en
hablar con él un momento, á las diez de la noche, en el portón de
su casa. Llega Ovidio á la hora citada, la puerta se abre y sale la
negra cocinera á botar la basura. Ovidio ve una persona, no duda
que es su Pachita, se acerca temblando, la abraza, la besa.
- Mi bien! la dice, ¡cuán feliz soy! ¡Oh momento delicioso!
Déjame besar tu linda boca, no escondas tu divina cara.
La negra quería correr de miedo, y él, estrechándola, decía:
-No, hija, mi bien, nada temas, yo respetaré tu virtud y déjame
reclinar mi ardiente sien sobre tu blanco seno.
-Si es negro, le gritó la Pachita tras el portón, donde estaba
escondida con cuatro amigas más, y encendiendo al mismo tiempo un
fósforo para quitarle toda duda al infeliz Ovidio, que,
avergonzado, ridiculizado, se retiró á su casa, perseguido por la
espantosa imagen de la negra, y allí añadió á la composición yá
dicha:
«Si en mi entusiasmo á demandar me atrevo
Gozar en el amor dulce placer,
Negro baldón tan sólo entonces bebo,
Donde el deleite imaginé beber.»
¿Han estado ustedes en tiempo de diversiones en alguna parte
donde no haya un pepito? Estoy seguro que no; pues bien, esta
circunstancia es la única que tiene de común Ovidio con los
pepitos, la de estar en todas partes, -en las iglesias, en los
entierros, en los bailes, en la ciudad, en el campo, en donde
quiera que haya muchachas: parece que se multiplica, y yo
aseguraría que hay muchos Ovidios enamorados en Bogotá, como
aseguro que hay muchas muchachas bonitas.
Mas como iba de mi cuento, Ovidio vió en Santo Domingo una
beatica picante oyendo misa, se apasionó de ella, la siguió y supo
que vivía en la calle de Palacé, y que era casada; pero éste era un
pequeñísimo inconveniente para él, que se creía un Antony, y así
determinó sitiarla hasta vencerla. Serenatas, versos, flores, todo
(excepto dinero) lo empleó para seducirla, y al fin consiguió que
su constancia y su finura le valieran una cita con ella en la
ventana.
Era una noche tranquila y apacible; la luna reinaba majestuosa
en el horizonte y derramaba sus rayos de plata sobre la blanca
figura de una mujer, que, sentada á la ventana á esa hora, en medio
del silencio imponente de la naturaleza, parecía la virgen de la
meditacion. Un hombre misterioso se aproximó á ella, la extendió la
mano y dijo:
- ¡Angel de luz! Al fin puedo hablarte.
Pero, qué horror! en vez de la blanca mano de la deidad, una
nervuda y callosa estrechó la suya, y el silencio de la noche fué
interrumpido por los gritos de ¡traición! ¡infamia! Si el principio
de la escena fué romántico, no lo fué la conclusión, pues mientras
que Ovidio (el personaje misterioso) luchaba en vano por deshacerse
de esa tenaza de hierro, dos hombres salieron de la casa, y con
mucha paciencia, y á vista de la maligna beatica, le dieron una
terrible azotaina, repitiéndole, para mayor dolor, á cada latigazo,
uno de los versos que él había compuesto en horas afortunadas.
Considérese al pobre Ovidio atravesando la plazuela de San
Victorino á esa hora, adolorido y muerto de frío, y veráse si tenía
razón para escribir al día siguiente (de pie, por el dolor de las
asentaderas) estos versos más, en su comenzada composición:
« ¿Y mi vida pasar en desconsuelo
Fué la misión que el Cielo me trazó?
¿No puede mi alma remontar su vuelo,
Gozar también como el mortal gozó?
«En la virtud hallar dulce contento,
Una corona para orlar mi sien:
O el placer que nos da el remordimiento
¿Porqué no puedo disfrutar también ?»
Cansado yá de sufrir Ovidio, que no podía dejar de querer, se
imaginó que las muchachas no lo aceptaban, por tener el pelo y la
barba colorados, compró un frasco de cosmético y se embadurnó bien;
pero ¡ay! esto fué para él peor que una nueva desgracia, pues el
pelo se le puso, en vez de negro, verde, tan verde como la
esperanza de un buen Gobierno para Colombia; y como su figura es
tan ridícula que todo el mundo se ríe cuando le ve, se ha encerrado
en su casa y ha concluido su antigua composición con estos
dolorosísimos versos:
« ¡Ay! ¡Ay! que siempre viviré proscrito,
Maldecida por siempre es mi misión,
Y en mi pobre ataud verán escrito,
En vez de amantes frases, ¡Maldición! »