SRA. ROSA GROOT DE RIVAS
Amada mía:
En el 5.° volumen de la « Revista de Colombia » te escribía yo
en 1874:
« Mi querida Rosa:
En los años que cuenta la colección de este periódico hemos
vivido juntos y amándonos; y de tal manera sus páginas están
identificadas con nuestro hogar, que á tu lado he escrito las
novelas, tú has inspirado muchos de los versos, y has dividido
también la amargura que inundaba mi alma cuando era insultado por
los artículos sobre política que ella contiene.
Guarda esta colección como un recuerdo de esta época; y cuéntale
á mis hijos que, ocupado mi pensamiento en la grandeza de la
República, y mi corazón con tu amor y el de ellos, muchas veces,
escribiendo, dejaba la pluma para hacerles cariños ó para darte un
beso.
MEDARDO.»
Tú has sido Kerima, Pichilí, el amor de Los peregrinos, el sueño
de El ajusticiado, la Rosa de mis versos, la maga de mis novelas
melancólicas, y la madre de la Mirrilín. A ti consagro este libro
de recuerdos.
Tu amante amigo,
MEDARDO RIVAS
PRÓLOGO
SR. DR. MEDARDO RIVAS.
DESPUÉS de algunos años en que usted se ha olvidado
absolutamente de nosotros, venimos hoy á reclamar los vínculos
indisolubles que con usted nos unieron en su juventud, y á invocar
los servicios que entonces le prestamos, para contarle nuestra
situación y pedirle un importante servicio.
Es el caso….. Pero antes queremos manifestar á usted lo
que el inolvidable padre Alpha nos refirió una noche con esa amable
seriedad que hacía tan agradable su conversación, y que en vano
trataría de imitarse en los escritos.
Nos contaba que en Lima, - donde no hay la libertad de
costumbres que entre nosotros autoriza á escribirlo y á publicarlo
todo, sin más sanción que la de la propia dignidad, - hay en toda
redacción de periódico un editor-sable, que es un militar con aire
de matón, sombrero ladeado y bigote retorcido, encargado de hacer
frente á todas las reclamaciones, de recibir los carteles de
desafío y de salir al campo cuando la naturaleza de los artículos
publicados en el periódico así lo requiere.
Es el caso, pues, que nosotros, al presentarnos al público con
nuestros Viejos y mal zurcidos vestidos, tenemos un miedo cerval, y
pretendemos que usted sea nuestro editor-sable, y haga frente á
todas las críticas y censuras á que dé lugar nuestra aparición en
público.
Animo, pues, amigo nuestro; valor, que para eso es General; y si
le faltare á la mejor del tiempo, para animarlo, vamos á contarle
dos anécdotas y á darle un consejo, ya que con el valor no podemos
ayudarle.
Discutían en París dos bonapartistas sobre la bondad relativa
del reinado de Napoleón I, que había deslumbrado á la Francia con
la gloria, pero atraído dos invasiones sobre su territorio; y el de
Napoleón III, que había mantenido á la Nación en paz por veinte
años de despotismo, pero que había traído á Sedán, y ocasionado la
tercera invasión del territorio.
-El mejor reinado para la Francia, interrumpió Rochefort, fué el
de Napoleón II, y yo conservo para éste toda mi admiración,
-Bárbaro, le replicaron los bonapartistas, si no hubo tal
reinado, por que Napoleón II murió en Viena, niño aún.
-Precisamente por eso ha sido para la Francia el mejor reinado.
Va la segunda.
Presentóle á Quevedo un literato dos sonetos, para que le dijese
con franqueza y verdad cuál era el mejor. Quevedo tomó al acaso uno
de ellos, lo leyó en voz alta, y apenas hubo acabado, dirigiéndose
al literato, dijo.
-El otro es el mejor. Va el consejo.
Anuncie usted que sus obras están así divididas
PARTE PRIMERA
Novelas, artículos de costumbres, variedades, poesías
PARTE SEGUNDA
Juicios críticos, traducciones, biografías, memorias
PARTE TERCERA
Dramas, comedias y sainetes
PARTE CUARTA
Viajes por Inglaterra, Francia y Alemania
PARTE QUINTA
Conferencias sobre educación de la mujer
Dando usted á luz como suyos nuestros artículos, si las otras
obras no aparecieren, no por eso habrán de dejar de ser las
mejores, como el reinado de Napoleón II ó el soneto inédito del
cuento de Quevedo.
Sus viejos y leales amigos,
EMIR- OMAR. - TRASÍBULO - EMILIO SOUVESTRE