EL DIOS DEL SIGLO
I
EL CASTILLO DEL PALMAR
A orillas del Lobregat, no lejos de Barcelona, y á pocas millas
de la costa que baña el Mediterráneo, ostentábase, va para largos
años, un imponente castillo, de severo aspecto, así por sus altas
torres como por su aire vetusto. El Lobregat pasaba acariciando sus
muros, y arrullando con sus pausados rumores á los habitantes de la
sombría morada: parecía que allí se quejaba, acaso porque presentía
la cercanía de su tumba. El castillo era triste, puede decirse que
lóbrego: ni una voz humana sonaba allí casi nunca; rara vez se
percibía algún ser viviente cruzar por el vasto patio, ó asomarse
al portón de hojas de hierro, única salida de la tétrica
mansión.
Aquel silencio, aquella soledad; los lamentos de las ondas del
Lobregat; el color ceniciento de los muros; las torres musgosas,
donde moraban algunos buhos pensativos, -todo daba á aquel castillo
el aspecto de una tumba.
Tres eran las criaturas racionales que habitaban el lúgubre
edificio: un anciano sombrío y achacoso, una vieja amojamada y un
hombre cuarentón, de mirada siempre esquiva y pronunciación
pausada. He aquí al opulento Conde del Palmar y á sus dos
sirvientes, Graciliana y Pastor. Fama tenía el Conde de poseer
mucho oro oculto á toda mirada humana; mas se daba al propio tiempo
una vida miserable, indigna de su alto rango. He aquí su aspecto
físico: estatura mediana; espaldas un tanto levantadas; las piernas
algo encogidas; andar dificultoso; cabeza encanecida y pobre ya de
cabellos; rostro delgado y moreno; barba escasa; los ojos de color
indefinible, velados por anteojos claros, engastados en oro. Era su
conversación pesada y sin variedad, de esas que llaman el
sueño.
Era Graciliana una antigua esclava de la familia del Conde.
Pesaba sobre sus hombros una respetable suma de años. Por todo
refunfuñaba, y casi siempre estaba hablando á solas consigo.
Encorvada, de paso lento y dificultoso, tan flaca como un espectro,
cabellera enmarañada y escasa, color cetrino, frente estrecha,
nariz roma, boca grande y desprovista por completo de
dentadura,-tal era el ama del solitario castillo. Como ella fue
quien crió al Conde y á la única hermana de éste, creíase revestida
de autoridad absoluta, de la cual usaba á veces hasta causar
empalago: no soportaba á su lado á ninguna otra sirvienta; era el
tormento de todas.
Era Pastor un jayán fornido. Hipócrita y astuto, era capaz de
engañar al hombre más avisado, y de hacerse pasar por buen sujeto a
un á juicio de gentes desconfiadas. Tratábalo el Conde con suma
confianza, y puede decirse que hasta con respeto: conocíase
fácilmente que los mantenía unidos el vínculo inquebrantable de
secretos delicados. Pastor iba á Barcelona con frecuencia, pues
proveía la familia (si aquello podía llamarse
|familia) de
todo lo necesario, y era quien desempeñaba los raquíticos negocios
del Conde del Palmar.
Graciliana conservaba en su alma un afecto noble: una especie de
culto á la memoria de su amada Margarita, hermana menor del Conde.
Cuando se hallaba de mal humor, lo cual era casi siempre, poníase á
hablar á solas, en voz alta, de las virtudes de aquella noble y
piadosa señora, que tan buena había sido para con ella, y cuya
suerte no había correspondido á tan excelentes prendas. No estaba
la esclava bien enterada de ciertos pormenores; sabía tan sólo lo
que era público: de manera que el hablar de su Margarita, como ella
decía, ignoraba que ofendía con sus lamentos la sensibilidad de sus
dos compañeros de habitación. Dio en comprender que el aspecto del
Conde era más sombrío cuando ella lloraba por su Margarita, y
procuró moderarse, ó ser á lo menos más circunspecta.
II
LA HERMANA DEL CONDE
Margarita era viuda. Su esposo, hombre bueno, mas no de ilustres
abuelos, abrazó desde temprano la carrera de las armas, y murió por
su patria con el denuedo de un héroe. Dejó dos hijos pequeños:
Manuel y Eloísa.
Estando aun soltera, hubo entre ella y su hermano un pleito
ruidoso por la herencia y el título de sus padres. Su astuto y
osado contendor logró probar que él era el único hijo legítimo; y
con tal motivo el pleito se sentenció en favor de
|éste.
Desde luego la infeliz abandonó la mansión donde corrió su niñez; y
arrastró una existencia de tristeza y privaciones. Era bella y
virtuosa. El Capitán Margallo se apasionó de ella, y la tomé por
esposa. Su situación desde luego mejoró notablemente al lado de
aquel generoso caballero, que la amaba con ternura.
Cuando hubo quedado viuda, tentó en vano cuantos medios juzgó
que podían mover el corazón de so hermano en favor de sus dos
hijos. Hizo un día que una amiga se los presentara al Conde, por si
la vista de las dos inocentes criaturas lograba enternecerlo; mas
todo fue en vano. El avaro persistió en negar que Margarita fuese
hermana suya, y despidió bruscamente á los dos niños.
Manuel no pudo adquirir una educación completa, porque su madre
no tenía recursos para dársela. Era inteligente, vivo y simpático.
Eran sus sentimientos impetuosos; su carácter, altivo y
dominante.
Era Eloísa criatura angelical. En sus ojos azules, que velaban
pestañas sedosas, se reflejaba el candor de su alma apacible.
Completábase su belleza á medida que el tiempo desarrollaba sus
formas. Su carácter era tímido y dulce, y tan sumiso, que su
voluntad se rendía sin esfuerzo á la voluntad ajena.
Hizo Margarita todo género de sacrificios por colocar á su hijo
en un colegio, tan pronto como estuvo en edad de educarse. Allí
contrajo Manuel la más estrecha amistad con un joven llamado
Antonio Yepes, de más años que él, y de pésimos principios. Era
Yepes mozo de relevantes talentos, y tan astuto, que á cualquiera
convencía de que lo blanco era negro y que lo negro era blanco.
Los recursos de que podía la viuda disponer, no le alcanzaron
para Sostener á su hijo por mas de dos años en el colegio. Salió,
pues, el joven instruido á medias, y maleado por completo por los
pérfidos consejos y los ejemplos de Yepes. La madre se sorprendió
cuando vino á conocer á fondo el estado del corazón de su hijo,
cuya inocencia había por largos años cuidado con esmero sin igual.
Causóle esto más dolor que los rudos golpes con que la suerte había
herido cruelmente su angustiosa existencia. Puso en juego los
recursos de su inteligencia, que no era vulgar, y toda la ternura
de su corazón de madre, para volverlo al camino, ya olvidado, del
deber, y á la candida fe de su niñez; mas todo fue en vano: lo más
que pudo fue hacerlo hipócrita. Resolvióse él á fingir, para no
amargar la vida de su madre, sobrado infeliz ya, y también para
evitarse los sinsabores que le causaban sus ruegos y sus lágrimas.
Creyó ella haberlo vencido, y el vencedor era él.
Cuando hubo llegado el joven á los diez y ocho años, había
alcanzado un desarrollo físico superior á su edad. Era muy hermoso:
sus ojos negros y grandes resaltaban en el fondo de su pálido
rostro; el húmedo coral de sus labios hacía juego con el blanco
mate de sus mejillas; crespos cabellos sombreaban su frente ancha y
despejada. Cuando sonreía, lo que hacía muy rara vez, brillaba su
dentadura igual y simétrica, comunicando á su rostro una expresión
delicada de encantadora dulzura. Su hermosa fisonomía causóle grave
daño: halló francas á su paso las sendas del vicio.
III
VENCIDA EN SU TERRENO
Habitaba en Barcelona una familia honrada, compuesta de una
respetable matrona, doña Isabel, parienta muy cercana del Conde del
Palmar, y dos hijas de ésta, Juliana y Amalia. Después de su
hermana, cuyas relaciones no reconocía, no contaba el Conde con más
miembros de familia que Isabel y sus dos hijas.
De cuándo en cuándo las visitaba, siempre que su mal humor ó sus
achaques se lo permitían. Eran las dos señoritas excelentes y
hermosas criaturas. Juliana, la mayor, tenía atractivos
irresistibles, provenientes, sobre todo, de las nobles virtudes que
adornaban su corazón. Pronta siempre al sacrificio, cuándo se
trataba del bien ajeno, jamás pensaba en sí misma, sino en las
penas de los demás. ¡Noble alma! tu debías ceñirte la corona del
martirio....
Doña Isabel quedó, muy joven todavía, viuda de un señor Brial,
comerciante, quien apenas le dejó una fortuna mediana. Pero su
grande alma no se acobardó: emprendió resueltamente la faena de la
vida, y logró no sólo sostener su hogar honrado, sino que dio á sus
hijas una educación completa. Si ellas podían obtener la palma del
vencedor en un salón aristocrático en que exhibiese el arte sus
primores, también podían desempeñar tareas menos poéticas, pero más
conformes con las exigencias de la vida cuotidiana.
La existencia del Conde del Palmar era cada día más triste. Era
su palacio algo como un cementerio: el silencio y el hielo de las
tumbas habitaban allí como en morada propia. Graciliana, con su
tétrico semblante, su constante rezongar y su humor siempre
insufrible, era el buho de aquella tumba; y Pastor, taciturno de
continuo, con los ojos tenazmente inclinados á tierra, como si su
alma temiese ser vista por los demás, y con sus maneras ásperas
como las de un presidiario, parecía el sepulturero.
Jamás una velada de familia,-esas veladas de amor y de expansión
delicada, en que el alma se entrega sin reservas al ardor de su
cariño por seres que la comprenden, y se halla en su región, la del
amor y la fe en personas amantes y amadas;-nunca una palabra dulce,
de ésas que alivian el corazón de los golpes recibidos en el
combate del mundo; jamás una muestra de tierno cariño, ése que nos
arranca del frío egoísmo y nos levanta á regiones puras, alumbradas
por la luz de las virtudes sencillas. ¿Qué más? la vida había huido
de aquel recinto helado por la avaricia.
El Conde frisaba ya con los setenta años. Comprendió al fin que
su vida era apenas soportable. Quizás esta inspiración, que baja
muy rara vez al corazón del avaro, le vino de ver la dicha, el
cariño y la alegría que reinaban en el hogar de su prima Isabel,
aunque ésta no contaba con grandes recursos, y tenía que trabajar,
en unión de sus hijas, para poder atender á las necesidades de su
posición. Por vez primera en su vida comprendió que el oro no es la
felicidad, y que el alma necesita amar, como necesita la planta luz
y calor.
Si á esta revolución efectuada en las ideas del Conde se añade
que las gracias de Juliana eran á la verdad irresistibles, se
comprenderá por qué en aquel corazón frío y dado al culto del oro,
brotó, espontánea, ardorosa, la llama del amor. Dio el anciano en
frecuentar la casa de su parienta; tuvo á veces para con ella
inauditos rasgos de generosidad, consistentes en regalos de frutos
y de verduras cosechadas en los hermosos huertos de su palacio.
A los ojos de Isabel no se escapó el objeto á que iban
encaminadas las pretensiones de su pariente. Su primera impresión
fue de espanto: pensó casi con horror en la desdicha que traen
consigo los matrimonios desiguales, y más si quien los inspira es
una codicia baja; y resolvió poner punto á su amistad con el Conde.
Mas ¿cómo romper de súbito? Él no había cometido en su casa falta
alguna; ni aun había pronunciado una palabra expresiva de su amor á
Juliana. Además, ella y sus hijas, pobres é indefensas, no tenían
para ante el mundo otra sombra que la muy valiosa del Conde;
romper, pues, con él, era privar á sus hijas de esa única sombra; y
era, por otra parte, echar sobre ellas el odio de un poderoso
enemigo. ¿Qué podría la debilidad en pugna con la fuerza? Hubo,
pues, de resolverse á sufrir con paciencia las visitas y obsequios
de su primo.
Lo que más repugnaba á la buena señora, de parte del Conde, era
el verlo dominado por la avaricia, una alma generosa, como era la
de Isabel, puede avenirse hasta con el crimen, cuando éste se
reviste de cierta hidalguía; pero nunca con la pasión que convierte
al oro en un objeto de culto. El Conde, que era hombre astuto,
comprendió el estado de ánimo de su prima respecto de él, y
resolvió combatirla sobre su mismo terreno. Suplicóle un día que le
concediese una entrevista privada.
-Prima, le dijo luego que estuvieron solos; usted me ha hablado
repetidas veces de la triste situación en que se halla la viuda de
Peralta...,
-¡Ay! repuso Isabel interrumpiéndole; en este instante vengo de
hacerle una visita. Aquello parte el alma. Figúrese usted una mujer
tullida, rodeada de cinco hijas, pequeñas todas, y en la más
espantosa miseria. Tengo yo momentos en que quisiera ser rica. ¡Qué
dulce será llevar la dicha a una familia desgraciada!...Mas quizá
si lo fuera …
-Yo no soy, prima, como algunos me juzgan: gusto de hacer el
bien en cuanto puedo. Sólo que, como busco el silencio y las
sombras para mis obras de caridad, no brillan ni suenan como las de
los hipócritas; y por eso se me tiene por un hombre sin entrañas.
Con usted tengo confianza, porque es mujer de secreto: nadie sabe
en Barcelona cuántas son las familias que viven de mi bolsillo,
entre tanto que las gentes me miran con el desprecio que se merecen
los hombrea de corazón insensible. Pero mejor, ¿no? Como Dios me
pague, me importa bien poco la estimación del mundo.
Isabel estaba sorprendida. Este desengaño era tan dulce para su
alma, que no acertaba á salir de su sorpresa. Había creído que el
Conde era incapaz por completo de todo sentimiento delicado, y lo
hallaba de pronto en el terreno de la más encantadora de las
virtudes.
-Recuerdo este caso, prima, prosiguió el Conde. Era cura de una
parroquia no distante de Barcelona, un anciano que tenía fama de
avaro y de cruel para con las gentes pobres: nadie se atrevía á
acercársele á pedirle una limosna, porque siempre contestaba con
expresiones duras y con modales groseros. Hubo en el mismo lugar,
por algún tiempo, un individuo que, disfrazado de Nazareno,
recorría en altas horas de la noche los hogares infelices,
repartiendo en todos ellos inmensos beneficios. ¡Cómo se
multiplicaba aquel ángel de bondad! Para unas familias tenía
dinero; para otras, medicinas; para otras, palabras de paz que
llevaban la concordia á matrimonios desavenidos; para otras, sabios
consejos que aliviaban los pesares ó calmaban las pasiones. Nadie
sabía quién era aquel hombre. Sucedió que un día murió el Cura del
lugar. El del pueblito vecino acudió al punto á celebrar las
exequias de su colega. Subió al pulpito, y entre sollozos dijo:
"Señores, el Nazareno ha muerto!" Fácil es de comprender cuánta
sería la sorpresa de aquellas sencillas gentes al saber que su
párroco, á quien tenían por avaro y por alma endurecida, era el
mismo que, de incógnito, había esparcido por largo tiempo entre
ellos los benéficos favores de la Providencia; y cuál sería su
dolor al ver tendido en un féretro á aquel ángel de piedad que
había enjugado sus lágrimas, aliviado sus pesares y calmado sus
dolencias. Un lamento unánime resonó por las bóvedas del templo, y
torrentes de lágrimas cayeron á humedecer las losas del
pavimento.
Señora, mal podemos los hombres vulgares compararnos con los
héroes sublimes de la virtud; mas lo cierto es que es muy dulce
hacer el bien sin que nadie lo sepa, ni aun lo sospeche.
Estaba Isabel hondamente conmovida; tenía los ojos humedecidos.
El Conde vio llegado el momento que anhelaba.
-No he encontrado medio, continuó, de socorrer en secreto á la
viuda de Peralta. Pero he pensado en usted. ¿Quiere usted servirme
de instrumento para esta obra?
-¿No he de querer? señor, repuso la señora con voz temblorosa.
Le agradeceré esto más que si lo hiciera conmigo. Va usted á dar la
vida á un hogar que estaba á punto de extinguirse para siempre.
-¿Pero puedo estar seguro de un absoluto secreto?
-Se lo prometo, señor: no lo sabrán ni mis hijas.
-Bien. Tome usted estos billetes; son mil reales, con los cuales
creo que haya para los primeros gastos. Cada semana daré á usted lo
necesario para que nada le falte á esa familia infeliz.
-¡Gracias, señor! ¡gracias! ¡Que Dios lo bendiga! dijo Isabel
enternecida, al recibir los billetes. Y besó y humedeció con sus
lágrimas la mano que se los daba.
En aquel momento su corazón se reconcilió con el anciano, y su
antiguo desvío se convirtió en afecto y noble admiración. ¡Qué
desengaño tan dulce! El árido pedernal resultó ser blanda cera.
Cumplió el Conde su palabra. La familia de Peralta recibía lo
necesario de las manos de Isabel, y bendecía agradecida al
protector incógnito que así le daba el sustento.
El Conde notó que el trato de su prima había cambiado
completamente para con él: hallaba en ella respeto, deferencia,
casi amor. Había, pues, tocado la más simpática de sus fibras.
Otras muchas obras de caridad llevó á cabo por conducto de su
prima. Cada día se formaba ella más favorable concepto de su noble
corazón. Entre tanto, él se ungía indiferente respecto de las
gracias de Juliana.
IV
TRIUNFAR SIN HUMILLARSE
Isabel enfermó de gravedad. El Conde manifestaba hallarse muy
afligido. De continuo acompañaba á la enferma, y atendía á los
subidos gastos de la familia.
Conoció la viuda que se acercaba su último día. Lo que más la
atormentaba era pensar que quedaban desamparadas sus hijas, tan
jóvenes y tan bellas. El Conde la tranquilizaba con la promesa de
que él sería su protector.
-Mas, no, le dijo una vez: tan pronto como las gentes viesen que
yo protegía á las dos pobres huérfanas, perdería la fama que tengo
de hombre duro. Acuérdese usted del Nazareno. ¿No peligraría,
además, el honor de las muchachas, al verlas solas las gentes, y
protegidas por un pariente lejano? La moribunda rompió á
llorar.
-No llore, Isabel, le dijo el Conde, tomando una de sus manos.
Hay remedio para todo. ¿No se le ocurre á usted uno en estas
circunstancias?
-Encuentro uno, uno solo; mas tan difícil,… si no
imposible.... y además, tal vez sería un sacrificio para usted.
-Comprendo su pensamiento. No tenga usted cuidado. Juliana no
será para mí una esposa, sino una hija; y una hija será también
Amalia. Querrá decir tan sólo que al fin de mis días habré
encontrado dos hijas que endulcen las amarguras de mi vida
solitaria.
-Bien, señor. Así ya puedo morir tranquila. Sí no conociera yo
el corazón de usted; si tuviera todavía la, opinión que de usted me
hube formado otro tiempo, preferiría, para mis pobres hijas una
existencia de fatiga y privaciones, á una menos azarosa, pero al
lado de un hombre descorazonado. Hoy hablaré con Juliana.
El Conde se despidió. Iba satisfecho de su habilidad. Su triunfo
había sido espléndido. Todo lo había conseguido sin sacrificar su
orgullo. Isabel hizo llamar á Juliana.
-Hija, le dijo; puede que me salve de esta enfermedad; mas puede
también que en ella sucumba. Yo no temo la muerte sino por
vosotras…
Pero óyeme tranquila; enjuga esas lágrimas. De ti. Juliana, de
un sacrificio tuyo, va á depender tu suerte, también la de
Amalia.
-¿La suerte de Amalia? preguntó Juliana, levantando el rostro
cubierto de lágrimas. Hable usted, mamá; exíjame lo que quiera.
-Yo, que te conozco más que tú á ti misma, sabía que sin vacilar
harías cualquier sacrificio por la dicha de tu hermana. Bien, pues:
tendréis en el Conde un protector, más que un padre; pero siempre
que tu... La joven se estremeció, cubriéndose el rostro con ambas
manos.
-Comprendo, dijo. ¿Mas eso podrá asegurar acaso la felicidad de
Amalia? ¿Qué beneficio se puede esperar de ese hombre avaro?
-Estás, hija, equivocada respecto del Conde, como también yo lo
estuve por largo tiempo.
Y le hizo una detallada relación de las virtudes que en éste
había descubierto.
Quedóse Juliana pensativa. Después, hablando en voz baja, como
si estuviera sola, "Ella será más feliz, se dijo: la
posición que yo le podré dar le proporcionará un partido que haga
su felicidad. No hay más remedio: debo obrar así." Y,
fijando sus ojos aguados en oí rostro de su madre, le dijo con faz
serena:
-Pierda usted cuidado. Estoy resuelta á todo. Lloraba Isabel de
ternura al contemplar la noble abnegación de su generosa hija.
Juliana le echó los brazos; y las lágrimas de entrambas se
mezclaron en silencio.
La enfermedad de Isabel se agravó rápidamente. El facultativo
que la asistía se manifestó impotente para salvarlo.
El Conde observó en esta vez una conducta verdaderamente noble:
no se separaba un punto del lado de la enferma, prodigándole
afectuoso toda suerte de cuidados. Hubiérase dicho que era un padre
que asistía á los últimos momentos de su idolatrada hija.
Fácilmente se explica esto: amaba el anciano ardientemente á
Juliana; su alma se había despertado por primera vez á un noble,
generoso sentimiento, y un amor de tal especie inspira siempre de
suyo pensamientos elevados.
Sintió Juliana gratitud profunda por el hombre que se mostraba
tan amoroso para con su madre; y la virtud que acababa de hallar en
su corazón, que había creído ella estar empedernido, le inspiró de
súbito admiración hacia él. La gratitud y la admiración bastan á
comprometer la afición de una alma noble. La invencible repugnancia
que le inspiraba el anciano, se convirtió en respetuosa y apacible
simpatía, en un sentimiento delicado y tierno, algo así como el
cariño de una hija por su padre.
Llegó el momento postrero de Isabel. Un anciano sacerdote, de
rodillas al pie del lecho mortuorio, rezaba las oraciones que la fe
cristiana eleva á Dios por los moribundos. El Conde, con un cirio
en la mano, oraba también de rodillas; por su arrugada faz corrían
gruesas lágrimas, tal vez las primeras quo brotaban de sus ojos, no
sensibles hasta entonces sino al reflejo del oro. Juliana y Amalia
exhalaban de su pecho sollozos entrecortados.
La moribunda hizo un esfuerzo como para incorporarse, y les
indico á sus hijas que se acercasen. Las jóvenes se postraron al
pie del lecho, Alzó Isabel la enflaquecida mano, y con voz que ya
apenas se entendía les dio su despedida y las bendijo. A pocos
instantes cesó la agonía. Las huérfanas exhalaron al punto agudos
gemidos, y lanzándose al lecho, besaban las mejillas de su madre,
besándole la frente con sus lágrimas. Los circunstantes
presenciaban conmovidos aquellos desahogos del amor filial, privado
ya del objeto de su angelical ternura.
¡Una madre!.... ¡Ah! más tarde, cuando hemos recorrido la escala
de la vida, y hemos bebido á tragos en la copa del amor,-el amor
conyugal, el amor paterno, el amor en sus múltiples
manifestaciones,-sentimos en nuestra alma un hondo vacío que nada
en torno nuestro puede colmar, y volvemos los ojos del corazón á
las lejanas riberas de nuestra infancia, y evocamos las caricias,
las sonrisas, loa cantares, los consejos y las reprensiones de
aquella dulce mujer que nos amó con amor sin rival en el mundo, y
nos dio con su sangre y sus lágrimas la vida del cuerpo y del alma.
Bien podremos apartarnos, en la hora maldita de la tentación, del
sendero del honor, y hundirnos en el abismo sin fondo del mal; pero
mientras conservemos en el corazón la imagen de una madre
idolatrada, y en el alma sus consejos y las plegarias que nos
enseñó al pie del ara santa, aun no está todo perdido: tarde que
temprano, volveremos al camino abandonado del bien, y amaremos la
virtud, y alzaremos al cielo los ojos iluminados par la antorcha de
la fe.
Mas el vínculo que une á la madre y á la hija, es todavía más
estrecho: el alma de la una transmitióse á la otra, sin reserva,
sin medida; y sus ideas y sus gustes, sus sentimientos y hasta sus
caprichos, son en un todo unos mismos. El varón se aleja pronto de
su madre, y va á buscar en el mundo otros entretenimientos y
delicias y placeres que no son los del hogar. No así la mujer, que
vive la vida de su familia: su única amiga es su madre; es ella su
maestra, su consejera, el espejo de sus obras....
¡Hija mía, goza, mientras puedas, del amor de tu generosa madre:
más tarde nadie podrá devolverte ese afecto celestial, como nadie
podría devolverle á una flor los tiernos pétalos que el viento le
arrebató!
V
TRANSFORMACIÓN DEL CASTILLO
Pasaron algunos meses después del fallecimiento de Isabel.
Nadie, excepto sushijas, volvióse á acordar de ella: la capa del
olvido cubrió su tumba.
Un día en el castillo del Conde del Palmar se sintió ruido y se
vieron algunas gentes extrañas. Aquello fue para todos una
sorprendente novedad, algo á modo de un escándalo; era como si en
un cementerio se escuchasen de repente alegres, cantares y
carcajadas. Andaba Graciliana por aquí, por allí, como aturdida,
atendiendo á las faenas y refunfuñando siempre: aunque estaban
aquel día bajo sus órdenes dos excelentes sirvientas venidas de la
ciudad, se quejaba del trabajo y daba á mil demonios los
extravagantes caprichos del amo. Pastor no salía ni un punto de su
paso: con su hipócrita sonrisa y sus miradas esquivas, andaba por
uno y por otro lado, observándolo todo y renegando á sus solas.
Aquel día tuvo lugar, en la triste capilla del palacio, el
enlace del Conde con Juliana. No eran muchos los convidados; pero
hubo cordialidad y la posible alegría. La hermosa novia ostentaba
en sus sonrisas y en sus palabras un contento que estaba muy lejos
de sentir: su palidez y las sombras que rodeaban sus ojos,
denunciaban el combate de que era víctima su alma. El sacrificio
estaba consumado. Mas Amalia mostrábase contenta, y eso colmaba sus
nobles deseos.
Pocos días habían pasado, y ya se notaba en el castillo una
completa transformación. Las telarañas, que antes invadían á su
sabor los ángulos de los muros y desaparecieron como por encanto;
los enlucidos perdieron aquel color ceniciento que antes los
entristecía; los pisos estaban limpios, como si hubiesen los
alfombrados sufrido un cambio absoluto. El silencio sepulcral que
reinaba días antes en el castillo, inspirando tristeza, causando
miedo, era interrumpido por el canto de multitud de pájaros
aprisionados en jaulas de alambre suspendidas de los techos.
Vistosas flores oreaban, en tazones guarnecidos de círculos color
de oro, los barandajes, las columnatas y la copiosa fuente del
patio.
Aquel edificio, tétrico cual la mansión de los muertos, adquirió
de súbito vida y movimiento: la poesía lo engalanó con sus risueños
encantos, y tal parecía que un lampo de felicidad había ahuyentado
la brumosa sombra de melancolía que poco antes lo cobijaba con sus
alas tenebrosas. Juliana y Amalia lo hermoseaban todo, dejando aquí
y allí el sello de la belleza de su alma soñadora.
El Conde era dichoso. Cada día adivinaba nuevos encantos en el
corazón de la angelical criatura que le había consagrado su
existencia. Su carácter, antes áspero, se dulcificaba momento por
momento. Comprendió al fin que la vida es bella cuando el amor la
perfuma con su aliento y la alumbra con sus resplandores.
¡Cosa rara! la joven esposa ablandó bajo el calor de su mano
aquel corazón, duro antes como roca a las desgracias ajenas:
débiles reflejos de caridad empezaron á disipar la hosca noche de
egoísmo que lo cubría con su manto negro y frío como la
muerte". Enternecíase cuando Juliana le pintaba, con aquel
su lenguaje peculiar, impregnado de suave melancolía, la situación
de familias que la estrechez abrumaba, y hasta á veces consentía en
que les distribuyese algunos dineros, aunque imponiendo siempre
límites, en ocasiones más que prudentes, á su bondad generosa.
El Conde dio en notar que su esposa se ausentaba del castillo
algunas tardes. No dejó esto de causarle alguna vaga inquietud:
sábese que un marido anciano, y más si su esposa es joven y bella,
adolece del achaque de los celos, más que algún otro mortal. Una
tarde la siguió con prudentes precauciones, de manera que ella se
creyese sola. Viola entrar á una casita no distante del castillo; y
apresuró el paso, para ponerse en atisbo de lo que iba á hacer
allí. Escondido detrás de unos árboles que daban sombra á la casa,
quedé en acecho á sus anchas: podía allí verlo y escucharlo todo.
Una mujer escuálida, rodeada de cuatro pequeñuelos, estaba en un
lecho de aspecto miserable. La Condesa sostenía la cabeza de la
enferma, y la obligaba á tomar los sabrosos alimentos que le
llevaba. Puso después en sus manos un puñado de monedas. La enferma
se echó á gemir, y besaba las manos de su bienhechora,
humedeciéndolas con sus lágrimas.
-Que Dios se lo pague, ángel de caridad! díjole con voz
interrumpida por sollozos apagados. ¡Ay! si antes de ahora hubiese
habitado en el castillo esta mujer, esta santa, mis días se habrían
prolongado. ¡Cuántas veces golpeé en vano allí, en solicitud de un
pan para estas pobres criaturas, y sólo obtuve en respuesta los
ladridos de dos mastines, que querían despedazarme! Pero hoy....
hoy muero tranquila: sé que un noble corazón cuidará de mis
hijitos, y que no morirán de hambre: Dios les ha dado una madre que
tendrá compasión de ellos.
Por las rosadas mejillas de la joven Condesa rodaban brillantes
lágrimas. Así era más hermosa. Jamás se ostenta más fresca y más
pura una flor, que cuando el sol naciente abrillanta las gotas de
rocío que depositó la noche en sus pétalos de raso.
El Conde se enterneció: el amor no le dejó ni tiempo para pensar
que aquellas obras de caridad eran un atentado contra sus cofres.
Púsose de repente en presencia de su esposa. La aparición del
anciano causó una impresión de susto en la enferma y también en la
Condesa. El abrazó á la joven, y dos lágrimas esquivas asomaron á
sus párpados. Juliana echóle sobre el cuello el brazo izquierdo, y
con la mano derecha le señalaba aquel cuadro de luto y
desolación.
A otro rato se fueron los dos para el castillo. El anciano iba
apoyado en el hombro de la joven. Se hubiera dicho que una hija
había sacado á su padre á tomar el sol del campo.
De esta manera, Juliana iba ganando ascendiente irresistible en
el alma de su esposo. Era aquello, sin duda, un milagro. ¿Pero
acaso el amor no hace milagros? El calor de los rayos del sol acaba
por derretir los carámbanos que cubren la cima de un alto
peñón.
Por lo demás, todo era alegría en el castillo. Por primera vez
sonaban en sus cóncavas bóvedas las armonías de la música. Juliana
y Amalia tocaban el piano maravillosamente, y cantaban como dos
turpiales. Sentábase por las noches el Conde en su poltrona, no
lejos del piano, y se embelesaba oyendo selectos trozos de música,
tocados á cuatro manos, y canciones melodiosas. Las gentes vecinas
decían que los ángeles se habían dignado venir á habitar en el
castillo, morada poco antes de los demonios.
La vida ordinaria del Conde del Palmar había sufrido un cambio
completo. Antes comía lo que buenamente le daba la esclava, lo cual
hacía a solas y en un triste pasadizo que conducía á la cocina.
Juliana hizo preparar convenientemente para comedor una pieza que
miraba al patio principal: todo quedó arreglado con gusto el más
exquisito. Los alimentos del Conde eran cual correspondían á su
edad y posición; y como las horas de comedor eran sazonadas por la
alegría, alimentábase con apetito y con juvenil placer. Pronto se
vio rejuvenecido al antes enclenque anciano. Y lo que parece
increíble, los gastos ordinarios de familia habían aumentado en
poco: la economía más prudente se compaginaba allí, con el
bienestar y el gusto. Faltaba antes en aquella casa el alma
previsora y delicada de una mujer diligente.
Salía por las tardes el Conde á pasear con sus dulces
compañeras. Llevábanle en medio, prestándole apoyo, y haciéndole
deliciosos los momentos del paseo. Cuando se sentía cansado.
Juliana lo hacía sentar al pie de un árbol umbroso, y embargaba su
ánimo con lecturas amenas, Amalia, entre tanto, corría por la
pradera como toquilla, jugando con los corderitos, ó bien se
internaba por los matorrales buscando flores silvestres ó pichones
de palomas. A puestas del sol, tornaban al castillo.
¿Era Juliana feliz? Al verla siempre festiva, hubiérase pensado
que era una mujer dichosa; mas tal vez en su interior había dolor y
amargura. Necesitaba á las veces llorar á solas; mas siempre lo
hacía en secreto: nadie sorprendió una de sus lágrimas. Un
pensamiento aliviaba su corazón,- el ver la dicha de Amalia y el
contento del anciano. Almas como la suya no se pertenecen: viven de
la dicha que esparcen en torno suyo, como aquellos árboles
desprovistos de follaje, que regalan sus jugos á las plantas
parásitas que se adhieren á su tronco.
VI
CONQUISTA DE UNA ALMA
La salud del Conde empezó á resentirse profundamente. Una
afección de pecho que años hacía lo mortificaba, adquirió de pronto
alarmante desarrollo. No podía permanecer fuera del lecho sino
durante las horas más calurosas del día. Juliana lo acompañaba
constantemente, distrayéndolo de mil modos, prodigándole consuelos.
Una hija cariñosa no hubiera sido más tierna con su anciano padre,
sometido á los tormentos de una enfermedad de muerte.
Hubo de llamarse á un facultativo. Remedios enérgicos
consiguieron aliviar al paciente, mas no arrancar de raíz la tenaz
enfermedad. El médico opinó que sólo un clima ardiente podría
prolongar la débil existencia del anciano. Resolvióse, en
consecuencia, en consejo de familia, emprender viaje á la
Habana.
A la sazón una enfermedad grave atacó á Graciliana. La Condesa
consagraba al cuidado de la enferma los ratos que le dejaban libres
los achaques de su esposo. La esclava, que hasta entonces había
mirado con malos ojos á su joven señora, por celos que le inspiraba
el verla gobernando por propia cuenta el castillo, que era antes de
su dominio inmediato, comenzó ahora á tomarle cariño. Revelóle
secretos de familia; contóle lo que sabía de la suerte de la
infeliz Margarita. Juliana, horrorizada, procuraba apoderarse de
todos estos secretos. Comprendió la desgraciada que el pasado de su
esposo encerraba misterios infames. Mas no por eso desfalleció:
pensó en que Dios acaso la había destinado á ella á satisfacer
aquellas horrorosas injusticias. Ni esto fue parte á apagar en su
noble corazón la llama de cariño respetuoso que abrigaba por aquél
á quien miraba como padre de Amalia, y que había dado alivio á las
últimas amarguras de su madre. Concibió profunda lástima, más no
rencor ni desprecio, por el infeliz anciano, víctima acaso de
errores y extravíos que él no tuvo fuerza para poder dominar.
Graciliana espiró en brazos de la Condesa. El Conde se afligió
por la muerte de la anciana, que había acompañado desde pequeña á
su familia. Hiciéronse a la esclava magníficas exequias, y Juliana,
el Conde y Amalia acompañaron el féretro basta la última morada. La
salud delicada del Conde erigía un pronto cambio de atmósfera.
En consecuencia, se hicieron preparativos de viaje, y á pocos
días estuvo la familia lista para emprender camino.
No hubo en la navegación accidente desgraciado. Pronto el Conde
se sintió restablecido, merced alas benéficas brisas del mar.
Amalia y la Condesa sentíanse complacidas con la notable mejoría de
la salad del anciano, y así podían entregarse á los placeres que
proporciona al espirita el bello espectáculo del Océano. Las almas
dotadas del sentimiento poético, dón que de ordinario ignoran ellas
mismas, no pueden permanecer impasible ante las grandes escenas que
les brinda la creación en todo el esplendor de sus encantos.
Los primeros días de su permanencia en la calurosa Antilla,
fueron muy benéficos para la salud del Conde: llegó hasta á pensar
hallarse yá bueno.
La sociedad habanera se mostraba cada día más atenciosa con las
bellas españolas, quienes con su trato afable y con sus dotes nada
comunes de cuerpo y alma, supieron captarse sin mayor trabajo las
simpatías generales. Las más aristocráticas familias empeñábanse en
cultivar con ella relaciones de amistad, y en hacer su permanencia
allí lo más agradable que les era posible. Espléndidos bailes,
paseos magníficos, ricos banquetes: cuanto forma los encantos de la
alta sociedad, celebrábase sólo por tributar agasajos á estas
simpáticas jóvenes. Cuanto á ellas, no salían de su sorpresa:
habían pensado que Cuba sería un país atrasado, acaso semi salvaje,
y hallaron, por el contrario, que la hermosa Antilla podía muy
fácil competir en cultura con lo más aventajado de la sociedad de
España. Hallaban por todas partes la riqueza y el esplendor de las
más hermosas ciudades de la Península.
El Conde, por su parte, también estaba encantado. Tan finas
atenciones, tan galantes obsequios, tributados á su esposa y á su
cuñada, colmaban su pecho de dulce gratitud. Tampoco había
imaginado encontrar tanta cultura en aquella colonia de su
patria.
Como él asistía en persona á las reuniones que les eran
dedicadas, dio en descuidarse un tanto respecto de las
prescripciones impuestas por su médico, y su salud empezó á
resentirse de nuevo. Reapareció á pocos días con mayor intensidad,
su grave afección de pecho. La enfermedad adquirió un desarrollo
alarmante. Agotó la ciencia sus recursos todos, y acabé por
declararse impotente á salvarlo.
Juliana pasaba los días y las noches al lado del enfermo,
cuidándolo infatigable con tierna solicitud. Admirábanse las gentes
de ver cómo aquella hermosa joven se consagraba, con el empeño que
sólo puede inspirar el amor, á cuidar de la existencia del anciano
moribundo; y la contemplaban con hondo respeto, como á una heroína
del deber de esposa. Esto acabó de captarle las simpatías
generales. Hasta entonces habían conocido á la dama distinguida, á
la mujer bondadosa: conocían ahora a la abnegada mártir que de
grado sacrificaba su salud y su belleza en aras de obligaciones
impuestas por la virtud.
No sólo se consagró á alimentar la llama, casi apagada ya, de la
existencia física del Conde: al propio tiempo emprendió, mas con
toda la prudencia de un corazón delicado, la noble tarea de
purificar su espíritu. Poco á poco fue insinuándolo en la
contemplación de las cosas suprasensibles, con tacto tan fino, que
el enfermo no supo presentar resistencia, pues no pudo percibir el
amago del golpe. El lenguaje del amor, de la ternura, de la
gratitud, fue el arma de que se sirvió esta mujer singular para
rendir aquella alma, empedernida de tiempo atrás en el vil culto
del oro, obligándola á arrancarse de los cuidados del mundo, y á
levantar sus anhelos á las regiones sublimes de las verdades
eternas.
Una noche Juliana velaba á la cabecera del lecho de su esposo.
La luz de una bujía, que amortiguaba á medias una pantalla, apenas
dejaba distinguir los objetos de la alcoba. Estaba todo en
silencio: tan sólo se percibía la respiración anhelosa del enfermo.
Al inclinarse Juliana sobre él, á ver si dormía, una lágrima suya
cayó sobre la frente del anciano. Éste al punto abrió los ojos, y
los fijó sorprendido en el pálido rostro de la hermosa
enfermera.
-¿Lloras? ángel mío, le dijo con voz ya apenas perceptible. ¿Es
pues cierto que nos vamos á separar para siempre?
-Eso depende de tu voluntad, repuso ella, componiéndolos
cobertores del lecho.
-¿De mi voluntad?¡Ay! ¡quién pudiera no separarse jamás de ti!
¿No sabes que yo no vivo sino desde el día que uní mi suerte á la
tuya?
-Depende de ti tan sólo que sea eterna nuestra ausencia, ó que
pronto nos volvamos á juntar, y para siempre. Postra tu corazón á
los pies del Dios misericordioso; sumerge tu alma en la fuente del
arrepentimiento; y... créeme, amado esposo, dulce padre mío....
créeme: te juntarás pronto á esta mujer que te ama en su Dios y por
su Dios.
-¡Ah! si supieras.... dijo el Conde estremeciéndose; si
supieras.... un abismo me separa de tu Dios, santa, angelical
criatura!
-Todo lo sé, repuso Juliana con viveza; todo: no tienes para qué
explicarme nada. Causaste la ruina de tu infeliz hermana.
-¿Conque todo lo sabias, y no me has aborrecido?
-¿Aborrecerte? ¿porqué? Una pasión desarreglada inspira lástima,
no odio. Pero nada está perdido: aun tienes tiempo de reparar el
daño que causaste. Démosle lo suyo á cada cual, y así podremos
después darle i Dios el corazón.
-¿Pero no sabes que quedarías casi pobre? La parte mayor de mis
bienes pertenece á mi hermana. No me puedo conformar con que des
riendas del rango elevado que mereces.
-He pensado en todo eso, y me hallo determinada. ¡Que se cumpla
en mi hermana y en mí la generosa voluntad de Dios! ¿La riqueza
merece por ventura el sacrificio de la dicha eterna?
-Alma noble, alma sublime, haz conmigo lo que quieras. Deseo
morir en tu fe, porque debe ser muy bueno el Dios que crió tu
alma.-Sólo una cosa te exijo: que Margarita no sepa nunca.... Tú te
ingeniarás de modo que se lleve á cabo la restitución, sin que
ella, ni nadie, sospeche nada.
-No te inquietes, querido: todo eso lo he pensado.
La Condesa, postrada de rodillas, estrechaba entre las suyas la
mano del enfermo, bañándola con sus lágrimas, las más dulces
lágrimas que había llorado en su vida. El anciano sollozaba, y el
llanto inundaba su rostro á torrentes. La noble mujer había rendido
el alma de aquel hombre endurecido.
Al día siguiente el Conde recibió el Viático. Durante la
ceremonia, Juliana y Amalia permanecieron de hinojos al pie del
lecho. Con los ojos cerrados, la cabeza inclinada sobre el pecho,
el rostro cubierto de gotas de llanto, trémulos los labios, oraban
silenciosas, inmóviles ambas como dos efigies. El Conde las
contemplaba, y creyó que dos ángeles habían venido á prestarle
compañía en aquellos momentos de augusta solemnidad.
Una hora después.... estaba todo concluido. Juliana, que había
cobrado á su esposo el cariño de una hija, lloróse huérfana,
doblemente huérfana, y juntó en su corazón el recuerdo de su madre
al recuerdo de su esposo, para rendirles el culto de su doble
dolor.
La sociedad habanera se esmeró en manifestar á la Condesa sus
simpatías y respetos, y en tributar á los restos del finado el
homenaje debido á su memoria.
VII
LA RESTITUCIÓN
Juliana y Amalia tan pronto como hubieron cumplido con sus
deberes de amistad y gratitud, se volvieron para España. La noble
viuda demostraba en su exterior la tristeza que abrumaba su corazón
solitario. No era su duelo de pura fórmula: nacía del fondo de su
alma dolorida.
Había, por aquel entonces, en Barcelona un anciano sacerdote que
gozaba renombre de varón justo y sabio: era el padre Velarde.
Tina tarde presentóse en su casa de habitación la Condesa del
Palmar. Llevaba cubierto el rostro, porque no quería ser conocida
de nadie.
Sintió el sacerdote no poca sorpresa al ver en su pobre vivienda
una noble señora.
Hízole Juliana una relación completa de en vida y también de la
de su esposo; y le explicó largamente lo relativo á los bienes de
su hermana Margarita.
- He venido por tratar con usted de los medios conducentes á una
completa restitución. Debo advertirle, eso sí, que mi esposo me
exigió hubiese en este punto una absoluta reserva, de suerte que ni
su hermana misma comprendiese nada del caso.
-Bien, señora: nada tema usted. Lo que se ha servido á confiar
mi lealtad, será un secreto sagrado que no saldrá de mi pecho.
-No abrigo desconfianza respecto de usted: sé bien á quién me
dirijo. Mas es el caso que la devolución debe hacerse por mano de
usted, sin que suene mi nombre ni tampoco el de mi esposo.
-¿Y cómo podremos lograr eso?
-Usted dirá á Margarita que de un país extranjero ha llegado una
persona con encargo de traerle una suma que legó á su favor un
moribundo; y que ese legado se hará por partes, en época
indefinida. Por primera remesa, pondrá en sus manos los veinte mil
reales que en billetes contiene esta cartera. En seguida, mes por
mes, se le irán entregando nuevas cantidades. Mas creo que conviene
retardar siquiera por unos dos meses la primera entrevista de usted
con Margarita, no sea que ella, que sin duda sabe ya la muerte del
Conde y mi regreso á este país, adivine nuestro plan.
-Bien, señora: así lo haré.
Despidióse Juliana del padre Velarde. Desde luego se hicieron
muy buenos amigos: sus almas se comprendieron al primer golpe de
vista.
Juliana vivía en el castillo con Amalia, dos sirvientas y
Pastor. Era su vida por demás modesta. Dominábala la idea del bien
de los desgraciados: era la Providencia de la comarca. Estableció
en la planta baja del edificio una escuela primaria para niñas
pobres. Acudían diariamente machas niñas, que no sólo recibían el
pan del alma, sino también el del cuerpo. Era de verse á aquella
noble mujer rodeada de muchachas de diversa» condiciones,
dictándoles enseñanzas con más interés que el que hubiera
desplegado una maestra asalariada. Para todas tenía el cariño de
una madre. A las nueve de la mañana una campanilla daba la señal de
que era hora de entrar á la escuela, y á las cuatro de la tarde
anunciaba la de la salida. Las niñas, satisfechas y alegres, se
dispersaban por la llanura, en dirección de sus residencias:
parecían mariposas que revoloteasen en las verdes orillas de un
arroyo.
Amalia ayudaba á la Condesa en sus faenas de caridad; pero á las
veces la dejaba sola, porque su salad venía resintiéndose desde su
vuelta de Cuba.
Loa sábados se daba asueto á las niñas. Ese día se juntaban en
los corredores bajos unos cuantos labriegos. Juliana les explicaba
varios puntos de moral tocantes á sus deberes como jefes de
familia, y al despedirlos repartía algunas limosnas á los enfermos
y á los ancianos.
La paz, la dulce paz que sólo da la virtud, reinaba en el
castillo: conocíase que allí habitaban almas justas.
La Condesa consagraba al cultivo de sus flores los ratos que le
dejaban libres sus ocupaciones. El castillo era un jardín: las
flores adornaban los patios y los muros, y esparcían sus perfumes
por aquel recinto oloroso á cielo.
VIII
SE INICIAN RELACIONES
Volvamos la vista á otra parte.
Margarita supo la muerte de su hermano, y concibió esperanza de
recuperar lo suyo. No tenía por qué saber las nobles intenciones de
Juliana. Conocedora de la buena reputación de abogado que tenía
Antonio Yepes, condiscípulo y amigo íntimo de Manuel, se lo hizo
presentar, y empezó á trabar con él relaciones de amistad.
Manifestábase Yepes un amigo nobilísimo.
Eloísa se hallaba ya completamente desarrollada, y su belleza,
por cierto deslumbradora, había alcanzado toda su plenitud.
Manuel llevaba, entre tanto, una vida disipada. Las enseñanzas
de Yepes habían destruido en su corazón todo germen de piedad, y
compañeros vulgares lo habían lanzado en el vicio.
Margarita consultó con Yepes lo relativo á su herencia,
haciéndolo sabedor de secretos de familia. Al propio tiempo le
manifestó que se había fijado en él para nombrarle abogado en la
litis que había resuelto iniciar. Yepes aceptó gustoso la honrosa
designación, prometiéndole esforzarse por obtener buen éxito. Pidió
unos días de plazo para estudiar el asunto.
Llegó á noticia de Margarita el género de conducta que observaba
la viuda de su hermano, y su noble carácter y raras virtudes.
Impulsada por la simpatía que despierta la bondad en las almas
elevadas, envióle su tarjeta de saludo en señal de duelo por la
muerte del Conde. Juliana se sorprendió con agrado al ver abierto
el camino para entrar en relaciones de amistad con su cuñada y
parienta: había hasta entonces hallado los medios de restituir
intereses materiales; ahora se le presentaba el de pagar las
deudas, no menos sagradas, del corazón.
Días después, la Condesa, eficazmente ayudada por el padre
Velarde, consiguió ver en su casa á Margarita y Eloísa. El trato
amistoso se facilitó una vez que Juliana les manifestó ser ellas
sus parientas inmediatas. Respecto del Conde, ni una palabra se
escapó de sus labios: bien sabía el ruidoso pleito que había
Margarita sostenido con su hermano, en el cual él había obtenido la
victoria.
Graves secretos de honor, que no quería Juliana penetrar, debía
de haber en estos misteriosos asuntos.
Creyóse Manuel autorizado por los lazos del parentesco para
presentarse de visita en el castillo. Fue recibido muy bien:
expresóle la Condesa deseos de que la tratara con la intimidad que
imponen los vínculos de familia.
Ya hemos dicho que Manuel era un gallardo mozo; y si á esto se
agrega que sus modales eran sumamente finos, se comprenderá por qué
era simpático joven: era algo más, peligroso.
Fácilmente se ganó la estimación de Amalia y la Condesa. Una vez
adquirida suficiente confianza, dio en frecuentar el castillo. A la
vuelta de algunos días, Amalia comenzó á sentirse impresionada:
jamás había abrigado en su alma inclinación por ningún hombre; el
amor la sorprendió de súbito, sin dejarle tiempo para darse cuenta
de sus nuevas emociones. Manuel desde luego no comprendió lo que
pasaba, respecto de él, en el corazón de Amalia: amaba á una
señorita de la alta sociedad barcelonesa; mas el estado de su
fortuna no le permitía pensar en dirigírsele abiertamente. La
pobreza era á sus ojos el obstáculo mayor para realizar sus
sueños
IX
LA SEDUCCION
Yepes percibió el proyecto de hacerse dueño de los bienes que
fueron del Conde del Palmar.
Hemos visto que cultivaba desde joven relaciones amistosas con
Manuel. Como le era superior en talento y en ciencia, lo dominaba á
su grado. Tributábale éste algo como culto: admiraba sus talentos,
simpatizaba con sus principios.
Manuel estaba una noche en el cuarto de su amigo. Hizo éste
rodar la conversación sobre el delicado asunto de la mortuoria del
Conde. Es de advertirse que el joven ignoraba en absoluto los
secretos de su familia: Margarita, temerosa del carácter fogoso y
ligero de su hijo, había procurado tenerlo todo en oculto, no fuese
que, exacerbadas sus pasiones, cometiese algún acto inconveniente.
Cuando trató con Yepes de estos secretos, le exigió reserva para
con sus hijos, hasta que ella juzgase oportuno rasgar el velo que
había ocultado tales misterios.
Al contar el abogadea su amigo tales cosas, también le exigió le
guardase el secreto para con Margarita. Enardecíase Manuel al paso
que iba conociendo á fondo la historia de su familia, y prorrumpía
en amenazas y en gritos propios de su carácter.
-Calma, calma, demonio de loco, le dijo Yepes, golpeándole el
hombro con la mano, y sonriendo dulcemente. Estas cosas no se
arreglan con movimientos de rabia. Nunca he podido persuadirte á
fondo de que la fuerza toda del hombre consiste en el cálculo frío
y reposado. Nada de impetuosidades: dejemos los movimientos
dramáticos para las almas pueriles.
Manuel instantáneamente moderó su cólera. ¡Tanto era el poder
que sobre él ejercía este hombre del frío cálculo!
-Ya sabes, dijo Yepes, que eres hombre poderoso, que eres hombre
rico.... uno de los hombres más ricos de España.... ¡Y pensar que
este señor lleve una vida afanosa, cuando con sólo alargar el brazo
puede atraer á sus arcas tesoros inmensos!....
-Tienes que activar el pleito, repuso Manuel. Por fortuna, está
en tus manos. Trabaja con tesón infatigable, que también quedarás
rico
-No veo la cosa tan hacedera como tu la ves. Los pleitos son un
juego de suerte y azar. La justicia en estos casos hace un papel de
suyo muy secundario: las influencias de fortuna y posición lo
pueden á veces todo. Tu familia no cuenta con nada; y doña Juliana
puede disponer de inagotables recursos para pagar abogados, para
ganarse los jueces. En este pícaro mundo siempre el triunfo es del
más fuerte. Por otra parte, una vea que la Condesa comprenda que la
van á enredar en un litigio, ficticiamente enajenará cuanto tiene,
y entonces nos quedaremos con un palmo de narices. Además, aunque
ganemos la cuestión, lo cual es bien problemático, apenas
recibiremos una parte, la que á tu madre corresponde. El golpe
maestro será que tu te quedes con todo.
-¿Pero cómo? preguntó Manuel con viva ansiedad.
-Allá voy. En mi camino encuentro sólo un obstáculo: que
comiences tu con escrúpulos de monja.
-No te comprendo.
-Hay que aventurarlo todo. Cuando se trata de un gran porvenir,
de una elevada posición social, de los fáciles placeres de una vida
regalada, se hace cualquier sacrificio. ¿No juega su vida un
militar por hacerse á un vano renombre, ó por ganar un poco de pan
para su vejez? ¿No la juega de continuo el marinero, tan sólo por
buscar un miserable mendrugo para sus hijos?..... El mundo es de
los valientes. Se trata, amigo mío, se trata de millones, y en el
mundo los millones lo son y serán todo. El oro, querido mío, el oro
es el
|Dios del siglo. Bien sé que no eres tan simple para
creer en las patrañas de los fanáticos. Este mundo es una lucha en
que la suerte corona al más listo. La vida es gozar: lo demás son
teorías ilusorias y falaces. La fuente del goce es el oro. El que
tiene oro, todo lo tiene: halagos y atenciones, amor y gloria; la
riqueza es talento, hermosura, virtud.... todo. Seamos, pues,
ricos; y dejemos á los necios divertirse con chascarrillos de
brujas.
-Todo eso es verdad. ¿Pero á dónde te diriges?
-Cuando estén en tu poder los millones de tu tío, verás cómo el
porvenir abre á tus ojos sus vastos y espléndidos horizontes.
¿Pretendes figurar en la política, que te estimen los grandes, que
los nobles te acaten, que te tiemblen los plebeyos? Sé rico ante
todo. ¿Aspiras á la mano de Rosaura? Sé rico ante todo. Yo sé que
la amas mucho; sé que padeces torturas insoportables al verte
alejado de ella por el abismo sin fondo que llaman
|diferencia de
fortunas. ¡Pobre joven! eres seductor, hermoso; eres dulce,
inteligente; mas ¿de qué sirve todo eso si no eres digno de alzar
los ojos á su altura, porque eres un pobre diablo? Ser pobre es ser
nulidad, es ser un cero á la izquierda en el vasto guarismo de
seres humanos, en estos tiempos ser uno pobre, es como si estuviera
tocado de lepra.
-¡Acaba, por Dios, Antonio! ¡Qué sacrificios no hiciera por el
amor de Rosaura!.... Varias veces he pensado que gustoso daría mi
existencia por ser dueño de su amor siquiera por una hora. Exígeme
lo que quieras: soy capaz de todo.
-Así te quiero, muchacho; así, determinado, franco y resuelto.
Estas acorralado en un dilema: ó eliminas á la Condesa y su
hermana; ó seguirás arrastrando una vida miserable. Lo que ellas
tienen es usurpado, usurpado infamemente á tu familia y á ti. No
harás, pues, otra cosa que recuperar lo tuyo.
Manuel bajé la cabeza, y se quedó pensativo.
-Es arduo el problema, dijo pasado un rato: se trata de una cosa
demasiado seria. Me causa horror el pensaren mancharme con un
crimen.
-¡Bah!.... repuso Yepes, riéndose á carcajadas. ¿Estamos todavía
con escrúpulos de monja? Un crimen es un error de cálculo, nada
más. Sal á la calle, y pregúntale á aquel sujeto que pasa
recibiendo de todos homenajes, si le causa mucho horror el deber su
capital á la ruina solapada de una familia candida. Pregúntale á
aquél que ocupa un alto puesto oficial, merced á bajezas y á
adulaciones, no á merecimientos de ninguna especie, si cuando
atrapa sus pingües sueldos, y recibe adulaciones de gentes viles
como él, le acomete la vergüenza al pensar que ha formado en las
filas de todos los partidos, y sido infame con todos. Pregunta a
aquel personaje de la alta nobleza, si cuando se oye ensalzar y se
mira obedecer, siente agudos remordimientos al pensar que de
cadáveres humanos formó la escala que lo condujo á su excelsa
posición.... Déjate de escrúpulos, chiquillo. Lo que importa es
subir y gozar. Más tarde, hasta la memoria se nos educa: ni
siquiera se acuerda uno de las manchas del pasado. Nada merecen los
simples: dejémosles el reino de los cielos, y quedémonos nosotros
con el reino de la tierra.
-Bien, dijo Manuel con viveza, alzando los ojos al rostro de
Yepes: ¿me acompañas tú? Es bueno que compartamos ganancias y
pérdidas.
-No hay inconveniente alguno. Desde que hice el plan del drama,
pensé ser actor en él.
-¿Qué plan es el tuyo?
-Vas á saberlo. Tú seguirás tratando, esmerándote cuanto puedas
en cariño y atenciones, á nuestras presuntas víctimas; y estudias
bien, entre tanto, las condiciones de localidad. Yo me encargo de
buscar un buen compañero, fiel, resuelto y hábil. Se me ha ocurrido
una idea: he pensado en el hombre que les sirve de paje. Soy algo
fisonomista; y ese sujeto me parece magnifico. ¿Cómo es su
nombre?
-Pastor.
-Pastor es una alhaja. Desde el primer momento en que le vi, me
|
encantó. Creo que nos podrá servir á las mil maravillas. Me
encargo de su conquista. Con Pastor de nuestra parte, puedo
responder de todo.
-¿Y si se descubre el plan? ¿Si un traidor, si una
infidencia?.
-Deja, déjate guiar; presta obediencia á mis órdenes; confía en
mí ciegamente, y te respondo del éxito. Cuando te digo que quiero
ser actor en la tragedia.... ¿Piensas por ventura que un hombre
como yo, un hombre calculador, se pudiera lanzar en una empresa
incierta y descabellada? Todo lo tengo previsto, hasta el caso del
mal éxito; y siempre nos saldremos con la nuestra. Te exijo tan
sólo docilidad y obediencia: sé tú el dócil brazo, y yo seré la
cabeza. Procura tener fe en mí, y no te detengas á investigar el
porqué de mis medidas; que eso seria malgastar el tiempo. El
soldado no discute los mandatos de su jefe. Desde que éramos
muchachos, yo te hice mi amigo, algo como mi
|alter ego:
seamos ahora los dos una sola alma en esta empresa, que significa
un porvenir venturoso.
-Soy tuyo, amigo mío, como siempre lo he sido, repuso el pobre
joven, bajando humildemente la cabeza.
Ya hemos dicho que Yepes ejercía sobre Manuel completa
dominación: teníalo fascinado, como la voraz serpiente fascina á la
avecilla.
X
SE ENTIENDEN
En la noche de ese día hallábase Yepes en su cuartito de
estudio. Estaba en espera de alguien.
Entró por fin el individuo aguardado. Era Pastor. Saludó con
humildad al personaje que lo esperaba allí á solas, con misterioso
sigilo. Yepes le correspondió con sonrisa halagadora; y le tendió
los brazos, come si los dos hubiesen sido conocidos de antemano.
Hízolo luego sentar, de modo que la luz de la bujía que estaba en
la mesa, le bañase el rostro; y él se colocó de espaldas, evitando
el reflejo de la lumbre.
Se trató por largo rato de cosas indiferentes. Pero Yepes fue
sesgando la conversación hacia puntos relativos á la familia del
Conde; y logró conocer cosas que le interesaron mucho: que desde el
día en que Juliana entró al castillo. Pastor había perdido gran
parte délas influencias que antes ejerciera en el ánimo del Conde,
lo cual lo tenía un poco disgustado; que más de una vez el Conde,
quien estaba interesado en que él le guardase algunos secretillos
de familia, le había prometido hacerlo dueño de parte de sus
bienes, promesa que se frustró desde que al Conde le vino el
capricho de casarse, y nadie le cumpliría, pues la Condesa se
manifestaba muy poco adicta á él; que se le trataba allí de manera
como si fuese sólo un sirviente vulgar, siendo así que el señor
Conde le dispensaba afable trato de amigo; y que él, en virtud de
tales razones, estaba determinado á buscar colocación al lado de
algún sujeto que le inspirase carita, y del cual pudiese sacar
mayores ventajas.
No cabía Yepes en sí de gozo: veía marchar su proyecto mejor de
lo que se había podido prometer. Púsose de humor tan bueno, que
invitó á su visitante á apurar con él un trago de excelente
|cognac.
|-Bien, bien, amigo Pastor, le dijo, golpeándole el hombro
con familiar agasajo: he simpatizado mucho con usted desde que le
conocí, por lo cual tenía deseos de tratarlo. Bien sabía yo, cuando
usted estaba al lado del Conde del Palmar, que era no sólo su
compañero, sino su amigo, su hermano casi. He deseado ardientemente
contar con un compañero con quien poder compartir mis proyectos,
haciéndolo poseedor de mi absoluta confianza. Pajes vulgares, los
encuentra uno al doblar la primera esquina que halle; pero un amigo
como usted, una persona que se interese por uno, es cosa muy rara.
El objeto que me propuse al indicarle á Manuel que deseaba ver á
usted, era insinuarle que yo aspiraba á que entrase usted en mi
servicio. Conmigo, nada le faltará: partiremos mi pan como
hermanos. Pronto seré yo rico, pues espero recibir de un día para
otro una herencia de un tío que murió en Inglaterra, va ya para
algunos meses; y entonces usted se dará á mi lado la vida de un
príncipe. Otra vez le golpeó el hombro con dulce amabilidad.
Sonreíase Pastor con sus tímidos ojos bajos. Los gruesos labios
dejaban ver sus dientes enormes. Parecía aquella sonrisa el gesto
de un mastín que gruñe amenazante.
Estudiaba, entre tanto, Yepes su falsa fisonomía, y más se
afirmaba en sus esperanzas.
-Soy suyo, señor, le dijo humildemente Pastor. Yo no sirvo para
nada: pero sé ser hombre fiel, y sumiso y consecuente. El señor
Conde (á quien tenga Dios en gloria) decía que mi pecho era un
cofre asegurado con cien fuertes cerraduras.
-Eso precisamente es lo que yo necesito. De cuándo en cuándo
también tengo mis secretillos, como aquél, tan importante, que
usted le guardó al Conde, si bien no tanto, que yo no lo llegase á
saber. Abrió al punto Pastor tamaños ojos; sus gruesos labios
temblaron. No so inmute, amigo mío; que mi pecho también es un
cofre asegurado con cien fuertes cerraduras. Quiere decir que nos
une á los dos un nuevo vínculo, el interés de un secreto.
-¿Mas qué va á saber? señor: sólo dos hombres estaban en el
secreto; y el uno murió ya, y el otro ahora está hablando con usted
por vez primera.
|-Ya verá usted, amigo. Le daré algunas puntadas, nada
más; porque al buen entendedor.... El Conde tenía una hermana,
llamada Margarita. Concibió el audaz proyecto de quedarse con la
herencia.... Para ello era necesario robar unos documentos..... Tal
vez alguien le sirvió de instrumento á maravilla..... Los preciosos
documentos fueron á manos del Conde; y....
-¡Basta, señor! exclamó Pastor, tendiéndole la mano para pedirle
silencio. ¿No merezco yo un presidio?.... Pero usted es mi amigo; y
yo haré cuanto me mande para merecer su aprecio: le serviré de
rodillas si usted me lo exigiere.
-No hablemos más de esto, querido Pastor. Dígame: si de repente
encontrase la ocasión de hacerse rico, muy rico, tan sólo con dar
un paso que no exige sino un poco de atrevimiento y reserva, ¿la
aprovecharía usted?
-Por supuesto: estoy cansado de esta vida de miseria, y quiero
comprar, á costa de un sacrificio cualquiera, algo de tranquilidad
para terminar mis
días.
-Se trata, pues, dijo Yepes, después de haber observado que
nadie estaba en la puerta, y de haber torcido la llave de nuevo; se
trata de hacernos dueños del gran caudal del Conde, que pasó
indebidamente á manos de una mujer cuyos encantos artificiosos
convirtieron al pobre hombre en dócil maniquí de sus caprichos....
A usted, amigo mío, que eficazmente ayudó al buen Conde en sus
empresas, de justicia le toca parte no pequeña en su caudal.
-No le comprendo bien, repuso Pastor, cuyos ojos chispearon de
codiciosa alegría.
-Por supuesto que usted no podrá olvidar jamás que en mi pecho
está un secreto suyo de suma importancia: yo poseo el arte de la
venganza. El plan es muy sencillo: hay que sacar de en medio á las
dos advenedizas que se han usurpado el oro del Conde del
Palmar.
-¡Oh! ¡viva el hombre que yo buscaba! dijo Pastor, sin poder
moderar su regocijo.
-Más bajo, amigo, le dijo Yepes, dirigiéndose otra vez á la
puerta, y observando si alguien había por allí. Hablemos más bajo,
que nos pueden oír. No siempre las paredes son dignas de
confianza.
-¡Bien! ¡bien! continuó Pastor. Como viese usurpados mis
derechos, varias veces había cruzado por mi mente tal idea. Mas,
señor, ¿qué podía hacer un infeliz hombre solo, sin apoyo, sin
persona que lo guiase con sus luces y lo alentase con sus consejos?
Por firme que el brazo sea, nada puede sin cabeza que lo
inspire.
-¡Venga acá esa mano! dijo Yepes, alargándole la suya. Y se
dieron un apretón, en señal de haberse los dos comprendido.
En seguida, apuraron otra copa.
Quedaba, pues, concertado el plan del negro crimen. El enemigo
de las presuntas víctimas estaba con ellas dentro del hogar,
comiendo su mismo pan, como el pérfido amigo de Jesús.
XI
AMOR Y CODICIA
Retrocedamos algunos pasos en nuestra historia.
Sabemos ya que Eloísa, la hija de Margarita, era una criatura
angelical por su singular belleza y por su noble carácter.
Había en Barcelona un joven, llamado Gonzalo Heredia,
distinguido caballero que á sus buenas partes físicas juntaba
nobles virtudes. Gonzalo amaba á Eloísa. No ignoraba Margarita los
intentos del joven, ni el estado de ánimo de su hija, quien se
hallaba también impresionada; y aprobaba esta pasión, precursora de
buenos resaltados.
Antonio Yepes, autorizado por su amistad con Manuel, obtuvo
entrada en la casa, y logró tratar á Eloísa, cuyos encantos le
inspiraron una ardiente pasión. La figura de este hombre era
antipática, á lo cual se agregaban sus maneras repugnantes y sus
sentimientos bajos, que no lograba disimular aunque más se
esforzaba por disfrazarlos con arranques estudiados de generosa
hidalguía. Eloísa sintió por él, desde el principio, una aversión
invencible. En vano fue que Manuel hiciese, en presencia de ella y
de Margarita, desmedidos encomios del talento, la instrucción y la
nobleza de carácter de su amigo y condiscípulo: apenas pudo
alcanzar de ellas que le dispensasen las atenciones de fórmula que
exige la cortesía. Eloísa experimentaba, al tratarlo, algo como
miedo.
Yepes era bastante perspicaz para comprender que no era
simpático á los ojos de su amada; y demasiado orgulloso para
exponerse de grado á una repulsa humillante. Ocultó, pues, su
pasión; de suerte que ni Manuel mismo pudo sospecharla. Aguardó
mejores tiempos, y empezó á estudiar su plan tenebroso. Dos
pasiones lo inspiraban: el amor y la codicia; y las enlazó de tal
modo, que las hizo converger á un mismo punto las dos.
Gonzalo logró ser recibido en casa de Margarita. Las simpatías
que en madre é hija inspiraba su presencia, no fueron un misterio
para él. Alentado por dulces esperanzas, continuó cultivando
relaciones con ellas, y declaró sus propósitos al cabo de algunos
días. Fue aceptado: Eloísa le amaba.
Días de dicha se siguieron á esta declaración. Los dos jóvenes
amantes se entregaban sin reserva á los halagos de la esperanza,
seguros del porvenir. Gonzalo no era rico; pero amaba el trabajo, y
tenía reputación de intachable probidad. Su fe en su estrella era
ciega, y alentábalo su amor á emprender resueltamente y á brazo
partido, lucha con la azarosa fortuna. Se hallaba en aquella edad
en que nada nos arredra, y el imposible es para nosotros un vocablo
sin sentido: la esperanza y la fe nos sostienen, y alumbran á
nuestros ojos las sendas del porvenir. Y si a la fe y la esperanza
se agrega el amor, el alma se siente con fuerzas bastantes para
desafiar la suerte. ¡Fe, esperanza, amor! he aquí la trinidad que
creó la dicha, y sostiene su existencia, así en la tierra como en
el cielo!
No era Eloísa de esas mujeres egoístas para quienes el amor es
un negocio vulgar: amaba; eso para ella era todo. No cruzaba por su
mente la idea de que al unirse á Gonzalo iba á cambiar de fortuna ó
posición. Criada en la mayor modestia, puede decirse que en la
pobreza, se acostumbró desde luego á las penas inherentes á la
falta de recursos. Reflexiva por carácter, había conocido el mundo
antes de lanzarse en él, y sabía qué significan los honores que se
tributan al oro, honores de suyo falsos, que se rinden igualmente á
un ángel que á un demonio. Sus firmes convicciones religiosas
mantenían su espíritu elevado por sobro los intereses pasajeros.
Había amado tan sólo á su madre y á su hermano. Su afecto por
Manuel era extremado: era capaz de cualquier sacrificio en
tratándose de la dicha de él. Había sorprendido en Gonzalo
condiciones hermosas de inteligencia y carácter, y eran éstas las
que á sus ojos le hacían amable.
Era de aquellas nobles mujeres capaces de llegar al sacrificio
en su heroica abnegación: jamás el amor propio llevado al
exclusivismo; jamás el culto idolátrico, cuanto estéril, que á sí
mismas se tributan las almas que nada ven más allá de vulgares
conveniencias.
Los dos tiernos amantes estrecharon los vínculos de su corazón
con promesas dignas de las bendiciones del cielo. No tenían desde
luego secretos el uno para el otro; su amor no era un misterio; sus
proyectos de ventura eran discutidos de común acuerdo; uníanse sus
esperanzas en un mismo pensamiento.
Ninguna época en la vida más venturosa que aquella en que,
seguros ya del corazón de la mujer adorada, nos entregamos con fe á
los dulces halagos de la esperanza, sin temer que otro mortal venga
á turbar nuestra dicha. Vivir por ella y para ella; luchar á brazo
partido con la suerte, confortados por la savia del amor, que es la
más poderosa de todas las fuerzas; sonar con ideales de casta
ternura; aspirar á la práctica sublime del bien, por hacernos
dignos de su afecto; padecer con su dolor, ser dichosos con su
dicha.... eso es vivir siglos en rápidos días, es columbrar con el
ojo del alma la inmensidad de las venturas del cielo!
Gonzalo todas las noches visitaba á su prometida. Eran inocentes
sus conversaciones, cual lo son las de dos niñas que juegan con sus
muñecas. Contábanse el uno al otro su historia desde pequeños, sin
ocultarse nada, gozando infinitamente al encontrar en sus almas
perfecta conformidad de aspiraciones é ideas, y al hallar en su
pasado sólo inocencia y candor. Conversaciones de tal especie
versan casi siempre sobre temas que harían reír á un extraño, y se
componen de palabras sin sentido para aquél que no conoce las
tiernas puerilidades de que el amor se alimenta; porque ellas son
enigmas de corazones que buscan los arcanos del misterio, y son
signos de un idioma que se forma de los íntimos cuchicheos de dos
almas. Si se pudiesen fijar en el papel las palabras de una madre á
su chiquillo, se verían despropósitos desprovistos de sentido
racional.
Los ojos de azul de cielo de la espiritual Eloísa hablaban más
que sus labios: una tímida mirada suya, tierna, angelical, era un
haz de pensamientos.
XII
UNA VISITA
Brillaba una tarde del mes de Abril. La naturaleza ostentaba
todo el lujo de sus días de dicha y juventud: los prados
reverdecidos; los arbustos cubiertos de flores; los árboles
poblados de avecillas, que no podían estarse calladas ni
tranquilas; el cielo vestido de velos azules: todo revelaba la
alegría de la primavera.
En el castillo de la Condesa del Palmar había un corredor, tan
ancho como una sala, que miraba al occidente. Era allí donde
Juliana y Amalia pasaban sus horas de trabajo manual y las de
reposo. El corredor había sido adornado con primor por las dos
soñadoras habitantes del castillo. Enormes tazones de porcelana
contenían matas de flores; un gran bastidor de vidrios lo defendía
de las brisas y lo inundaba de luz; el empapelado representaba
paisajes campestres de la isla de Cuba, y la alfombra parecía un
primoroso jardín que ostentara todo el lujo de sus hojas y sus
flores.
Allí conversaban aquella tarde las dos hermanas, ya un tanto
fatigadas de las faenas del día.
El paisaje exterior era soberbio: el mar cubría el espacio que
el ojo podía abarcar, hasta perderse en las líneas indecisas de un
horizonte lejano, velado por gasas de azul profundo. El Lobregat
ostentaba sus corrientes, abrillantadas á trechos por la luz
moribunda de la tarde, é iba á hundirse en las tranquilas aguas del
Mediterráneo. La ciudad se divisaba en toda su extensión, y se
percibía á intervalos el ruido de las gentes en movimiento. Tal
cual buque asomaba á distancia en busca del puerto.
Juliana y Amalia, de codos en una celosía practicada en el
bastidor, conversaban en voz baja, contemplando la inmensa
perspectiva que se mostraba á sus ojos. Hablaban de los días de su
niñez, y de su buena madre. En el huertecillo que el mirador
dominaba, estaba en aquel momento Pastor podando unos
árboles.
Sentíase Juliana melancólica: se quedaba á las veces pensativa,
con sus miradas fijas en el mar, y apoyada la frente en la
mano.
-¿Por qué estás hoy triste, más que de costumbre? preguntóle
Amalia sonriendo. Esta hermosa tarde de primavera no es para
inspirar á el alma ideas de melancolía. Hace días que te noto con
el ánimo apagado.
-No acierto, repuso Juliana, suspirando y mirándola con ojos
humedecidos; no acierto á explicarte qué es lo que pasa en mí.
Cualquiera que me vea en este gran castillo, rodeada de objetos de
lujo, poseedora de un caudal envidiable, y en la flor de la
existencia, pensará que es muy dichosa la Condesa del Palmar.
"¡Qué vida la suya! (dirá en su interior): no tiene ni el
trabajo de formar deseos; con sólo querer, lo encuentra todo
hecho."
Todo eso será cierto; pero yo sufro mucho: una tristeza vaga,
sin causa sensible, me mina el corazón. No acierto á descifrarla. A
veces pienso que eso proviene de que jamás he amado con los
transportes supremos que alimentan el amor. Amaba á mi esposo, es
cierto; pero como ama una hija á su padre anciano, enfermo; más por
razón y deber, que por espontáneo instinto: yo sentía por aquel
buen hombre respeto, gratitud, acaso lástima; pero no el arrebato
de la pasión.
Tú siquiera, hermana mía, no te hallas en este caso: tu no
tienes por qué sacrificar los nobles arranques de tu corazón á lo
que el mundo llama
|conveniencias; tú puedes amar en
obediencia á los instintos librea de tu alma. ¡Ay! ¡que seas
dichosa! Y tal vez cuando yo vea arder en tu pecho el fuego de una
pasión generosa, pasión espontánea y libre; y que tu seno palpita
lleno de vida y ventura, participe de tu dicha, y me sienta
satisfecha al verte amada á mi lado. ¿No será, como el dolor,
contagiosa la ventura?.. .. Pero yo.... así como nuestras
miradas se pierden en ese vasto horizonte sin confines, mi alma no
encuentra dónde fijarse: es semejante al proscrito á quien nada
consuela en torno suyo, y que alivia dirigiendo sus ojos á las
montañas azules del suelo nativo. ¿O será que en el mundo nada
basta á la vaga inmensidad de los deseos de nuestra alma? ¿Será que
en la tierra el hombre es un infeliz proscrito? Por mi parte, yo
comprendo que mi tristeza es nostalgia, honda nostalgia de cielo:
yo tengo sed de amor; y Dios tan sólo podrá saciarla."
En este momento un paje anunció á Manuel. Amalia se estremeció;
Juliana sintió temblar en la suya la mano de su hermana. Ella ya
había adivinado su naciente inclinación: y sentía placer en verla
sometida á un sentimiento que nunca había conmovido las fibras de
su alma. A su juicio, era Manuel un joven bueno y simpático.
Fue conducido al lugar donde estaban las señoras: como ya tenían
con él relaciones de amistad, se le recibía en las piezas de
habitación ordinaria.
Al presentarse Manuel, asumió Amalia cierto aire de gravedad que
le era característico. Juliana le recibió con sonrisa cariñosa, y
estrechó su mano con amistosa confianza.
-Qué milagro, le dijo al brindarle asiento cerca del que ella
ocupó; que milagro ver á usted por aquí. Los habitantes déla ciudad
gustan poco de pasearse por el campo. Ya se ve: debe de parecerles
todo esto muy melancólico.
-No, Condesa, repuso él: donde ustedes habitan, nunca podrá
haber tristeza. Donde reina la luz, no moran las tinieblas. Los
ojos de Amalia chispearon de alegría.
-Además, continuó el joven, todo es aquí muy bello: ¡qué campos!
¡qué paisajes!.... He venido encantado contemplando las bellezas
que abundan al rededor.
-Esta vista es primorosa, dijo Juliana. Por eso cuando la tarde
está despejada, Amalia y yo permanecemos aquí hasta que la noche
cubre con sus sombras la campiña. Salgamos al mirador: va usted á
convencerse de que es cierto lo que digo.
De pie los tres, y apoyados en el antepecho de la celosía,
pusiéronse á contemplar el variado panorama que se ofrecía á sus
ojos. Estuvieron por un rato admirando enmudecidos tan espléndida
belleza. El mar estaba tranquilo, y los últimos fulgores del sol,
medio hundido ya, vareteaban su inmensa llanura azul. En los
confines del horizonte, nubecillas de oro y ópalo reposaban .sobre
el mar, orlando el círculo oscuro que unía al cielo con la tierra,
como las pestañas rubias de una hurí orlan sus párpados y hacen
resaltar el azul de sus ojos. Algunas aves viajeras cruzaban la
inmensidad, para ir á perderse en el abismo del cielo. Las brisas
apenas movían los follajes de los árboles del patio, y perfumaban
la estancia con los aromas que robaban á las flores. Canarios
aprisionados en jaulas de alambres dorados, mezclaban sus gorjeos.
Los ruidos de la ciudad, que agitaban las faenas de los
trabajadores al levantar obra, se oían á intervalos, traídos por
las brisas del Océano. Algunos labradores atravesaban la pedería
tarareando aires sencillos; y antecogían los pastores sus ganados,
que exhalaban de continuo bramidos melancólicos.
-Tiene usted, Condesa, sobrada razón, dijo Manuel con voz un
tanto trémula: en verdad que esto es muy bello. ¡Dichoso de aquél
que pueda gozar de esta perspectiva toda vez que le venga en
voluntad! Esta mansión bastaría á hacer la ventura de una
existencia.
Los ojos de Amalia volvieron á brillar de alegría. Permanecía
silenciosa: hablaba quizá con su corazón, agitado de dulces
emociones.
Manuel se fijó en Pastor, á quien acometió una tosecilla
particular. Estaba en aquel momento arreglando los sarmientos de
una parra que se apoyaba en el muro que daba al exterior; acomodó
una escalera; trepó por ella, y se puso á fijar en el muro algunos
gajos: uno de éstos cayó sobre la pared, quedando pendiente en
parte por el lado de afuera. Aquí el golpe de la tos fue más
sostenido que antes. Manuel observaba todas las maniobras del hábil
horticultor, en tanto que llamaba la atención de sus interlocutoras
hacia los buques que entonces entraban al puerto.
-¡Cuánta dicha no vendrá en cada uno de esos baques! decíales
entre tanto. Quizás corazones á quienes había separado la ausencia
por largo tiempo, vayan en este momento á darse el ósculo dulce de
la bienvenida. Recuerdo estos versos de uno de nuestros poetas:
Yá llegamos al puerto; yá sumisa
Da fondo en él la afortunada nave
Columpiándose al soplo de la brisa;
Ya recoge sus alas como el ave
Que al nido llega; y con ingenua risa
Saluda el marinero enternecido,
Como el ave también, su patrio nido.
¡Feliz mil veces él! ¡Cuan placentera
Con blando afán, en la cercana orilla,
Le aguardará quizás su compañera,
Inocente como él, como él sencilla!....
¡Ay! ¿quién me espera á mí?. ...
El silencio sucedió á la recitación de estos versos.
Amalia jamás había oído de los labios del hermoso joven acentos
tan deliciosos: no había juzgado que fuese capaz de emociones
delicadas; y hallaba que sabía sentir la casta ternura de las
creaciones ideales. Enjugóse la bella, al descuido, dos lágrimas
que asomaron de súbito á sus párpados.
-¡Ay! dijo la Condesa, interrumpiendo el silencio: también puede
suceder que en alguno de esos buques venga alguien que haya dejado
en tierra extraña los huesos de un ser querido. Siendo así, ¿para
qué vuelve á supatria? La patria está donde está la vida del
corazón.
-Ya llega la noche, dijo Manuel, tomando su sombrero; y no es
muy agradable andar en la oscuridad.
Con fina amabilidad despidióse de sus amigas, deseándoles las
|buenas noches.
Sentíase Amalia indispuesta, por lo cual le manifestó á Juliana
deseos de recogerse temprano.
XIII
LA PARTIDA
La noche de la tarde en que tuvo lagar la agradable visita de
Manuel, un personaje se hallaba entregado á una ocupación extraña
del todo á su profesión y á la delicadeza de sus mimadas manos: era
Yepes. Solo
|, á la luz de una opaca bujía, y ayudado de una
barra y de una azada, excavaba con infatigable empeño una fosa en
una de las piezas interiores de la caga que habitaba. ¿Qué objeto
tenía esa fosa? ¿Buscaba algún tesoro?.... Pero ante todo
observemos esta singular morada.
Vivía Antonio Yepes solo: tomaba los alimentos en una fonda
situada no lejos de su vivienda. Ésta se hallaba en uno de los
barrios más retirados del centro de la ciudad, puede decirse que en
los suburbios. Componíase la casa de dos piezas de regular aspecto,
con celosías á la calle. En una de éstas dormía, y la otra era su
escritorio y gabinete de estudio. Un estrecho pasadizo conducía á
un patiecito interior, en el cual había dos piezas, por demás
oscuras y húmedas, que no servían para nada. El aspecto de la casa
era de lo más desapacible: estaba casi en ruinas. Veíase allí
reflejada el alma dé este hombre sombrío y tenebroso: sin una flor,
sin un objeto de adorno, sin nada que revelase sentimientos de amor
ó ternura, su morada armonizaba con su lóbrega conciencia.
Yepes tenía por costumbre acostarse y levantarse sumamente
tarde: gran parte de la noche la pasaba entregado al estudio. Vimos
ya que poseía un talento muy notable; y si á esto se agrega que
estudiaba de continuo, se comprenderá por qué, á pesar de no ser
viejo, tenía alta reputación de hombre ilustrado. Una hora antes de
acostarse, se paseaba á lo largo de la pieza en que dormía, fumando
y hablando consigo mismo: en alta voz discutía entonces sus asuntos
importantes; á las veces hablaba con calor, como si le replicase
alguno, y movía los brazos, dando golpes en la mesa. Si un
individuo del vulgo le hubiese observado, en estas horas de
soliloquios, hubiera creído que estaba loco, ó que tenía relaciones
con espíritus malignos.
Como vimos en otra ocasión, él amaba á la hermana de Manuel; y
como había comprendido serle imposible de todo punto obtener el
amor de ella, pues sabía que tenía compromisos con Gonzalo, el
amartelado niño, como lo llamaba Yepes, resolvió arrancar por
fuerza, si no el cariño espontáneo, siquiera la posesión de la
encantadora niña.
Por otra parte, su codicia era insaciable: quería hacerse
millonario por cualesquiera caminos, sin detenerse en los medios
que á tal fin le condujesen. Inspirado por estas dos pasiones,
nunca faltaba materia á su mente para sus discusiones solitarias.
Qué de cosas hubiera descubierto el que le hubiese escuchado,
cuando en altas horas de la noche, sin más luz que una bujía
desmayada, recorría á largos pasos su aposento, discurriendo con
toda formalidad, cual si hablase con su sombra! Este hombre
caliginoso pensaba en voz alta estando solo, y encerraba sus ideas
dentro de un cofre de hierro, cuando salía á la luz libre del
mundo.
La figura de Yepes era en extremo desagradable: cabeza enorme,
escasa de cabellos; rostro redondo, de color cetrino; barba pobre,
formada de pelos gruesos; nariz roma; boca grande, que dejaba, al
sonreír, ver unos dientes agudos; cuerpo elevado y macizo; pies
grandes, patiestevado. Tan repugnante figura encerraba un alma
ruin, todavía más repugnante: quien hubiese penetrado en su
interior, habría temblado de miedo. Mas conocía á fondo el arte de
saberse acomodar á la manera de ser y sentir de las personas que
trataba: creía con los creyentes; blasfemaba con los blasfemos;
reía con los alegres; mostrábase grave con los hombres serios, con
los ligeros superficial; sabio con los ilustrados, mofador con los
bribones; sensible á los encantos de la virtud, si trataba con
personas de conciencia delicada: poseía á maravilla el arte del
buen vivir; tenía acopio de recursos para cualquier situación. Esto
lo hacía muy simpático, y le daba la manera de lucirse en los
círculos sociales. Su admirable habilidad lo hacía sobresalir en
todas las ocasiones: en sociedad con mujeres, se llevaba la palma
hablando de cosas ligeras; en una reunión de sabios, eran sus
opiniones acertadas, y se elevaba su mente á los puntos más
abstrusos.
Tal era, pues, el amigo, el maestro del aturdido Manuel, sobre
el cual llegó á adquirir un predominio absoluto, irresistible,
despótico. Así el boa fascina con sus miradas y somete con su
aliento á la avecilla que cae al alcance de su influencia.
Inspiróle sus ideas, transmitióle su carácter, hizo de él casi una
máquina.
Estaba, pues, la noche aquella excavando Yepes una fosa en una
de las piezas interiores de su sombría morada. El sudor inundaba su
frente; su pecho se levantaba jadeante. De cuándo en cuándo se
sentaba á descansar en un poyo de ladrillos verdosos y húmedos; y
entonces se quedaba pensativo, con la frente apoyada en una mano,
fijos los ojos en la excavación que ya tenía practicada. Una
sonrisa helada desplegaba sus labios á las veces, y un rayo de
alegría iluminaba sus ojos. Cuando había recuperado sus fuerzas en
el reposo, volvía con mayor empeño á continuar su tarea. La luz
opaca de la bujía proyectaba en los muros sombras movibles, que
semejaban espectros: hubiérase dicho que habitantes del abismo
estaban acompañando al nocturno personaje.
Eran las once. Yepes oyó de repente cuatro golpecitos dados en
el portón.
"Ya viene, se dijo: esto marcha."
Arreglóse al momento los vestidos; se enjugó el sudor del
rostro; lavóse las manos, y salió á abrir.
El sujeto que había dado los golpecitos entróse de rondón. Yepes
se sorprendió al hallarse con un desconocido, y dio dos pasos
atrás; con la bujía en la mano izquierda, y extendida la derecha á
la altura de los ojos, contemplaba al hombre que tenía delante. No
pudo dejar de reír tan pronto como le hubo conocido. Era
Manuel.
-¡Magnifico! dijo Yepes, sin dejar de reír: por cierto que estás
encantador. No te conociera ahora ni la que te echó á este mundo.
Esa peluca está primorosa: se te pudiera tomar por un viejo
encanecido sobre sus gordas talegas. Y esa rara vestimenta.. .
¿cómo te pusiste en ella?
-¿Conque de veras no me conocías? repuso Manuel, sonriendo con
cierta satisfacción. Te ibas asustando al verme. Pero, hombre, como
que eres un tanto trascordado: los cuatro consabidos golpecitos no
pudo haberlos dado otro que yo.
-Es cierto, señor Conde del Palmar. ¿Pero qué quieres? tronera:
uno aquí solo.... á estas horas.... cuando vamos á llevar á cima
tan gran proyecto....
Entraron luego á la sala, y tomaron asiento. Pidióle Yepes
informes sobre lo que había ocurrido esa tarde en su visita al
castillo.
-Todo va á pedir de boca, le dijo Manuel sonriendo. ¿Qué te
parece? hasta estuve algo poeta: pondéreles las bellezas del
paisaje que divisábamos desde el mirador; hablamos encantadoras y
patéticas ternezas; hasta les dije unos versos, que vinieron á
propósito. Sólo faltó que lloraran de ternura las sentimentales
dueñas de mi castillo.
-Vas aprendiendo, muchacho, dijo Yepes, asumiendo su gravedad de
costumbre. El que pretenda medrar tiene que aprender á fondo muchos
idiomas. La lingüística es la llave que franquea los corazones:
cada cual en este mundo tiene su lenguaje propio; hay, pues, que
saber entenderlos todos. ¿Y Pastor?
-Es maravilloso el hombre. No me figuraba yo que debajo de esa
pasta de majadero habitase tanta astucia. Mientras nos
entreteníamos mis primas y yo con tan poéticos idilios, desempeñaba
Pastor sus tareas de jardinero con una gravedad filosófica
admirable. Tal parecía no cuidarse para nada de nosotros. Luego
apoyó contra el muro que mira al campo exterior una escalera; trepó
por ella, y fingió arreglar los bejucos de una parra que hay allí;
y dejó descolgar uno hacia la parto de afuera. Una locuaz tosecilla
me dijo claro estas cosas: "Aquí lanzará usted su cuerda,
en tanto que yo estaré por este lado, y la sabré
asegurar." ¿Qué te parece nuestro hombrecito?
-Tengo la inmensa fortuna de no equivocarme nunca en mis
pronósticos sobre los hombres. ¡Cómo adiviné á Pastor debajo de esa
pasta de majagranzas, como tú dices! ¿A qué hora piensas partir?
Poco nos falta para las doce.
Tal dijo Yepes á tiempo que miraba su reloj.
-Ahora mismo, pues Pastor debe dé estar ya listo: si conté bien,
fueron doce los golpecitos de tos de su, último acceso laríngeo.
Marchemos, pues, al momento.
-No hay inconveniente alguno: no te quejarás de mí.
Apagó la bujía Yepes, y se marcharon los dos. Al salir, se
cercioró el dueño de casa de que la cerradura del portón estaba
firme.
La noche estaba oscura, cual convenía al plan horrendo.
Llegaron sin novedad al pie del muro. Merced á la luz de un
fósforo, descubrió Manuel el punto donde colgaba un bejuco de la
parra consabida, y por ahí lanzó su cuerda.
-Feliz suceso, querido, dijo Yepes á Manuel, apoyándole el brazo
sobre el hombro.
-¡Cómo! ¿luego tu no me acompañas? dijo Manuel sorprendido.
-Déjate guiar, déjate guiar, tronera. La cabeza es la que
piensa, y el brazo el que obra. Debemos preverlo todo. Yo creo que
saldremos bien; y que nadie, ni el demonio, llegará á descubrir
nada. Mas es prudente tomar todas las salidas. Si esto llegase á
saberse; si tú fueses sometido á un proceso criminal, ¿quién te
sacaría del paso? Yo seria tu salvador, te lo juro, amigo mío:
sería capaz de embaucar al mismísimo demonio. Pero es necesario que
yo quede afuera; que nadie sospeche de mí; que pueda yo defenderte
apareciendo imparcial. Déjate guiar: tu piloto sabe burlar las
tormentas y conducir la nave á puerto seguro.
Estremecióse Manuel: tal vez cruzó por su mente alguna vaga
sospecha; pero ya no podía retroceder. La avecilla había caído en
la garganta del boa.
XIV
COMIENZA LA RESTITUCION
Esa misma noche, temprano todavía, presentóse en la casa de
Margarita el padre Velarde.
No hallaba la señora á qué atribuir aquella rara visita; y mayor
fue su sorpresa cuando el padre le indicó deseos de tener con ella
una conferencia á solas.
-Bien, señora, dijo el padre, luego que se hubo instalado en el
asiento que ella le señaló: nuestro ministerio tiene muy amargos
sinsabores; pero también á las veces nos concede satisfacciones
gratísimas: ora gemimos sobre la suerte de una alma endurecida, y
palpamos con nuestras manos las llagas de la pobre humanidad, y faz
á faz contemplamos el crimen enmascarado, en toda su horrorosa
desnudez; ora gozamos á solas de una dicha celestial, al sorprender
secretos pudorosos de conciencias inocentes, y aspiramos los aromas
escondidos de la virtud recatada, y contemplamos, sin velos, los
misterios inefables y arrobadores del bien. El objeto que me trae á
su casa es de los más placenteros: vengo con una misión que me es
sumamente grata. Una cosa sí le exijo: que no me pregunte nada;
hallaría usted en mí una pared sorda y muda. Alguna persona que
vive lejos, muy lejos de aquí, y más todavía, muy lejos de España,
y que guarda no comprendo qué secretos con relación á usted, estuvo
en mi casa va para largo tiempo, y me rogó que en la fecha en que
hoy nos encontramos, pusiera en sus manos esta cartera, que
contiene valores considerables. Antes de ponerla en manos de usted,
me permito suplicarle, á nombre del donador, que á nadie le diga
nada, sin permitírselo yo; á nadie, ni aun á sus hijos.
La señora comprendió que aquello significaba una de tantas
limosnas que de ordinario se dan á los pobres vergonzantes, y se
ruborizó, un tanto encolerizada: su orgullo de noble se resentía al
verse tratada como una mendiga.
-¿Cuándo he dado, señor, lugar para?....
|-Comprendo, le replicó el prudente religioso: yo jamás
habría aceptado para ante usted, cuyos precedentes no me son
desconocidos, la comisión que supone: habríame resistido á ser el
instrumento de un ultraje. El Pensamiento de la persona en
referencia, es más alto. En prueba ello, lo que hay aquí no es una
limosna: asciende á la sama de veinte mil reales.
-¡Ah! dijo la señora estupefacta: adivino lo que es esto. ¿Ha
estado usted alguna vez en la isla de Cuba? Sólo así....
-Jamás. Como allí murió el Conde del Palmar, usted podría tal
vez creer que proviene de su mano esta suma, señora. Aleje de su
mente el pensamiento de semejante sospecha. Yo apenas conocí de
vista al señor Conde, y jamás tuve en mi vida el alto honor de
tratarle.
-¿Entonces?....
-Repito á usted que soy sordo y mudo. Esta suma es el principio
de otras que me irán llegando de ultramar para usted.
-¡Ay! repuso Margarita: entonces no me queda más recurso que
bendecir á Dios por esta dicha. Hace días preocupábame la suerte de
mi pobre hija, que va bien pronto á dar un paso decisivo, sin que
yo en manera alguna pudiera asegurar su porvenir. La Providencia ha
venido á visitar esta casa, esta familia infeliz, hace largo tiempo
víctima de monstruosas injusticias.
Y al punto rompió á llorar, procurando reprimir los sollozos que
la ahogaban.
-Señora, díjole el padre con acento el más solemne: cuando se
levanta al cielo el alma, debe estar limpia de todo pensamiento que
no sea digno de Dios: debemos antes arrancar de raíz las malas
plantas del odio. No se puede bendecir cuando no se ha
perdonado.
La señora cayó de rodillas. El padre, extendiendo sobre ella las
manos, alzó los ojos al cielo y murmuró en voz baja una plegaria
por el alma del Conde del Palmar. La reconciliación daba principio
en aquel grato momento.
Pasados breves instantes, se despidió el religioso; y, á
instancias de Margarita, convino en volver con frecuencia á la
casa. El buen hombre sentíase dichoso: había por su parte
contribuido á llevar el bienestar á aquella noble familia.
Abrió Margarita al punto la cartera, y encontró en ésta la suma
de veinte mil reales. No se atrevía, en s dicha, á dar crédito á
sus ojos: aquello le parecía una ilusión de su corazón de madre.
Momentos antes había meditado con tristeza en cómo podría atender á
los gastos del matrimonio de su hija; y se encontraba de súbito con
capital suficiente para presentarla según su rango social. En un
instante de ferviente gratitud, se postró de rodillas, y dio
gracias al Señor con toda la efusión de su tierna alma. Se acordó
de las palabras del padre Velarde, y perdonó de corazón á su
hermano.
Pocos momentos después llegó de visita Gonzalo. Cuando Margarita
oyó su voz, salió á recibirle. Tenía ella tal alegría en el rostro,
que el joven se sorprendió, pues era de ordinario melancólica.
-Está usted de un humor exquisito, dijo sonriendo Gonzalo. ¡Cuan
grato me es verla así!
-Gracias, Gonzalo. No todo ha de ser tristeza.
-¿Eloísa dónde está? Hoy le traigo una noticia que tal vez no le
disguste. Deseo hablar con ella, si no hubiere inconveniente.
-Ninguno, repuso Margarita; y se levantó, y llamó á su hija
desde la puerta.
Eloísa se presentó, radiante de belleza como siempre, y
exhalando ventura por sus parleros ojos. Cuando se hubo instalado
en un asiento, contiguo al que ocupaba Gonzalo, dijo á los dos,
fijando sus ojos en Margarita:
-Os noto muy placenteros esta noche á entrambos. ¿Qué es?
-Lo mismo le dije yo tan pronto como la hube saludado, repuso
Gonzalo. ¿Y tú? también como que estás de buen humor. Hoy te traigo
una noticia híuv plausible para mí.
-Veámosla. Si para ti es plausible, debe serlo igualmente para
mí.
-He conseguido el empleo de que otras veces te he hablado; y por
consiguiente ya no me faltarán recursos. Veo que la Providencia me
lo facilita todo.
-Yo siempre te estoy diciendo que no seas tan desconfiado, que
tengas un poco de fe.
-Está, pues, continuó el joven, ahora sí todo allanado. Quiero,
si vosotras consentís, que el matrimonio tenga lugar dentro de unos
quince días.
-¡Ay! no: ¿tan pronto? Si nada hemos preparado.
-Sino hay más inconveniente, le dijo Margarita, pierde cuidado,
que yo me encargo de los arreglos. Tendrás dentro de ocho días todo
lo que necesites.
-Siendo así, yo me declaro vencida: sea lo que quiera Gonzalo.
El buen joven no cabía de gozo, pues iba á ver realizados los
ensueños de su alma amorosa: iba pronto á verse dueño de aquel
tesoro de belleza y de virtud, que él creía no merecer.
Entre tanto, Margarita fingía leer en un libro, á alguna
distancia de ellos. No quería que su presencia fuese un obstáculo
para que los venturosos jóvenes se entregasen á la dicha de su
inocente pasión.
Tomó Gonzalo la mano de Eloísa, y estrechóla entre las suyas.
Ella le correspondía con miradas de la más casta ternura estas
muestras de su amor.
Una sirvienta anunció que estaba la cena servida. Dirigiéronse
los tres para el comedor. Eloísa extrañó no poco hallar mejor el
servicio que lo acostumbrado en casa. Ignoraba que ya había
recursos en la familia. Una vez colocados en sus asientos, Gonzalo
preguntó por Manuel.
-Quien sabe á qué horas vendrá, le contestó Margarita: me dijo
que había esta noche una reunión en la casa de un su amigo, por lo
cual vendría algo tarde.
Terminada la cena, fueron levantados los manteles, y la
sirvienta puso en la mesa el tablero de ajedrez. Gonzalo y Eloísa
acostumbraban jugar unas dos partidas todas las noches. Margarita,
que les había enseñado este juego, lo sabía con admirable destreza:
divertíase la señora viéndolos jugar; reía de las jugadas hechas
sin tino, y hacia burla al jugador atolondrado; mas nunca les decía
los movimientos que debían ejecutar. Siempre que se daba un mate;
había gracioso bullicio: el infeliz perdidoso tenía que soportar
los regaños, fingidamente severos, de la buena Margarita, quien le
explicaba los disparates á que debía su fracaso.
Otras noches tomaba la guitarra Margarita, muy hábil en el
manejo de este instrumento, el más dócil á todo género de
emociones; y la joven cantaba algunos aires en boga entonces,
acompañada á veces de Gonzalo, quien tenía una voz de bajo
magnífica, y entendía alguna cosa de música. La voz fina y
apasionada de Eloísa formaba con la grave de Gonzalo un contraste
encantador.
¡Dulces veladas aquellas! todo era entonces cordialidad y amor.
Las horas revolaban sin sentirse por sobre aquellos tiernos
corazones, arrullados al compás de las notas de la dicha, únicas
que saben vencer el tiempo. Cuando ya estaba la noche, demasiado
avanzada, daba Margarita la voz de dispersión, á despecho de
Gonzalo, que entonces la acusaba de soñolienta.
XV
LA EXPIACIÓN
Aquella misma noche, en horas muy avanzadas, había en el
castillo del Palmar una velada también, mas de género distinto.
Amalia estaba sufriendo un accidente de carácter serio, cuyos
síntomas había comenzado á sentir al dar principio la noche. Un
síncope privóla de sentido un poco antes de las once. Juliana
velaba al pie del lecho de la paciente, y con ansiosa mirada
espiaba las circunstancias del ataque. A las veces el pecho de la
enferma se alzaba para formar un sollozo, y exhalaba apenas débiles
suspiros.
Juliana sentía una profunda tristeza, y de cuándo en cuándo se
enjugaba los ojos. En uno de los ángulos de la pieza, una lámpara,
velada por una pantalla azul, y colocada al pie de un hermoso
crucifijo, que había el padre Velarde regalado ala Condesa,
repartía su tenue luz por el aposento.
Amalia quedó tranquila: parecía su sueño descanso reparador. A
veces se escapaban de sus labios palabras inconexas, como las de un
niño que suena. Juliana alcanzó á distinguir el nombre de Manuel.
"¡Pobre niña! se dijo: ama, y oculta su naciente
pasión."
Pocos momentos después, juzgando que Amalia había entrado en
reposo, postróse á los pies del crucifijo, y se puso en oración.
Con las manos cruzadas sobre el pecho, la cabeza inclinada hacia
adelante, y los ojos cerrados, semejaba una efigie de marfil. Sus
labios se movían como agitados por ligero temblor, y en sus
pestañas brillaba una lágrima.
En este momento se abrió la puerta. Ella volteó la cabeza,
sorprendida por el súbito ruido, y vio entrar á dos hombres de
aspecto amenazador. Pasóse al punto en pie, y dirigióse al lecho de
la enferma, y, sin dar muestra alguna de temor, cual si no la
preocupase sino la vida de ésta, con la mano izquierda se la mostró
á los dos advenedizos, y con el dedo índice de la derecha puesto en
los labios, les indicaba que debían guardar silencio. Manuel se
sintió conmovido ante aquella actitud de presencia de alma.
-El dinero ó la vida! dijo Pastor.
La Condesa se sonrió con suave apacibilidad. Con esta sonrisa
significaba que ningún mal se le haría con quitarle unos valores; y
que solo se inquietaba por la salud de la enferma. Dirigióse en
seguida á la pieza inmediata. La siguieron los dos.
Pastor se arrojó de súbito hacia ella, y asiéndola por el
cuello, no le dio tiempo ni para exhalar un grito. La Condesa cayó
á tierra, y el infame le hincó las rodillas en el pecho, y con
empeño mayor le apretaba la garganta.
Pocos instantes después.... el ángel voló al cielo. ¡Estaba
consumada la expiación!
En este momento se oyeron golpes muy fuertes en el portón.
-¡Huyamos! dijo Pastor: aquellos golpes son dados con armas.
Inmediatamente corrieron, y se escaparon por donde había entrado
Manuel. A favor de las tinieblas de la noche, desaparecieron los
asesinos. Las sirvientas, cuya pieza de dormir había Pastor
asegurado con llave por taparte de afuera, despertaron con los
golpes dados en el portón; mas, hallándose encerradas, se pusieron
á gritar. Nadie respondía á sus voces, ni venía á abrir la
puerta.
XVI
SECRETO ENTRE TRES
Acercábase la hora a hora del amanecer. Yepes aun no había
tomado el lecho: había pasado las horas hablando consigo mismo. De
súbito oyó los consabidos golpes en el portón.
-Ya están aquí, se dijo. Y salió á abrir, sin cuidarse de llevar
consigo luz.
Entraron los dos personajes, fatigados, jadeantes, porque habían
corrido mucho. Yepes los llevó á su cuarto; y una vez los tres
allí, los abrazó con cariño, tributándoles elogios por su valor y
destreza. Refirióle Manuel todo lo que había ocurrido. Al saber
Yepes que Amalia había quedado con vida, dio con el pie un golpe en
el suelo, y exclamó:
-¡Pardiez! hicisteis las cosas á medias. Esa muchacha va á ser
un estorbo á nuestros planes.... Mas no hay que desesperar: veremos
manera de arreglar eso también.
-¿Pero qué quieres? repuso Manuel: de repente unos golpes, dados
con armas en el portón, nos llenaron de terror. Gracias á que
pudimos escapar á tiempo.
Yepes saltó de su asiento, trémulo y pálido; corrió al punto á
la ventana, y puso en ella el oído. Permaneció allí largo rato,
hasta cerciorarse bien de que no se sentía ruido.
-Me has dado tamaño susto.... dijo, afectando serenidad. Pero no
puedo explicarme el origen de esos golpes. ¿Estáis bien seguros de
que nadie siguió vuestros pasos?
-En todo el camino no hallamos á nadie, ni percibimos un ruido.
El amigo Pastor, que conoce muy bien la localidad, me ha asegurado
que nadie pudo habernos seguido.
-Respondo, dijo Pastor lacónicamente, con acento gutural y con
los ojos bajos.
Yepes, repuesto de su sorpresa, asumió su aire ordinario de
alegría y satisfacción.
-Y bien, dijo frotándose las manos en señal de regocijo: todo ha
salido á pedir de boca. Este mi amigo Pastor ha obrado con un
acierto que merece una corona. El asesino sonrió.
-Pero no ha echado usted, amigo, en saco roto tan oportunos
servicios: de hoy más, su fortuna va á tomar un nuevo rumbo; á una
vida pobre é inquieta va á suceder, se lo juro, el más perfecto
reposo.... Hagamos nuestras cuentas, continuó, fijando los ojos en
Manuel. Tú eres ya, querido, eres Conde del Palmar; tus riquezas
son cuantiosas; tu dicha está asegurada. ¿Qué harás, pues, con
nosotros?.... Lo digo por Pastor; que lo que es yo.... tú y yo
somos una misma cosa. Opino que debes darle una respetable suma
para que haga lo que quiera: puede vivir contigo, ó tomar posición
independiente, ó irse á dar un paseo por el otro mundo.... quiero
decir.... por América.
-Se hará, repuso Manuel, lo que vosotros mandéis: mi voluntad es
la vuestra.
-¡Bravo! exclamó Yepes, echándole el brazo al joven. Así
proceden los buenos amigos. ¡Qué triunfo hemos alcanzado, y á costa
de poco esfuerzo! La vida, señores, es una lucha, en la cual no
triunfa sino el más fuerte ó más hábil. Dejemos á las gentes que
nacieron para ser el escabel ó las víctimas de los que llama el
destino á ocupar el primer puesto, el consolarse de su miseria con
esperanzas absurdas, con resignación estéril: prosigamos nosotros
adelante, alta la frente, cerrado el puño, fijos los ojos en el
único objeto de la existencia, cual es gozar de ella. El oro es el
representante del placer: he aquí el Dios de nuestro culto. Con
oro, abriremos toda puerta, removeremos obstáculos, subiremos á la
altura; con oro, tendremos poder, tendremos gloria y amor. El siglo
ha simplificado la gran cuestión de los cultos, diseminados antaño
entre innumerables ídolos: su único Dios es el oro. Exige también
sacrificios, á las veces dolorosos. Ya le ofrecimos nosotros uno; y
quién sabe todavía.... Pero con tanto filosofar, me olvidaba de
vosotros, magnánimos héroes de esta gran jornada. Estaréis muy
fatigados: vamos á tomar algún refrigerio; única cosa que puede
ofreceros este pobre solitario. Abrió una cómoda, sacó unas
colaciones y una botella de brandy. No se hicieron de rogar los
invitados: necesitaban realmente tomar algún alimento.
Una vez servido el brandy, volvió Yepes á la cómoda, y trajo dos
grandes copas de vino.
-Olvidaba, les dijo, obsequiaros con un poco de este excelente
|Lacrima Cristi.
Manuel y Pastor apuraron con avidez las dos copas de vino.
-¡Excelente! dijo Manuel: este néctar es capaz de resucitar un
muerto.
-O de matar un vivo, repuso Yepes sonriendo. Todo es según, como
enseña el refrán: si de este néctar abusa un vivo, bien puede
suceder que encuentre en él la muerte, Pastor continuó menudeando
tragos de brandy, y á pocas vueltas dio muestras de hallarse ebrio
por completo. Cuando Yepes lo vio casi inerte, lleno de brandy su
copa, y haciendo otro tanto con las de sus conmilitones, dijo:
-Propongo un brindis, señores. Por los fieles amigos que saben
guardar un silencio eterno. Por el talento de los que saben hacerse
poderosos por medio de golpes certeros. Por la invencible fidelidad
de la tumba, única que sabe sernos siempre consecuente.
Sus encapotados ojos se fijaron en Pastor, quien estaba ya
dormido, apoyados los brazos sobre la mesa, y escondida la cabeza
entre éstos.
|-Requiescat in pace, dijo mirando á Manuel, y señalando á
Pastor con el índice de la mano izquierda. Así lo quería yo:
tranquilo y callado.... callado para siempre.
-¿Qué ha sucedido, pues? preguntó el joven, lleno de
sorpresa.
-Lo que ves, repuso Yepes, con una calma inmutable: la copa de
vino nos ha privado de un amigo peligroso. Secreto entre tres,
difícil es de guardar.
Manuel palideció, y palpóse con las manos instintivamente el
pecho, como para cerciorarse de que existía en realidad. Esto hizo
sonreír á Yepes.
-Nada temas por ti, le dijo: ¿no te he dicho que los dos somos
una misma cosa? Ya el señor Conde no tiene sino un solo confidente.
Será inviolable el secreto de hoy más para los dos: intereses
comunes nos ligarán para siempre.
-¿Y ahora qué hacemos con el cadáver? preguntó el joven, de cuya
frente aun no se había borrado la palidez del espanto.
-Estaba previsto todo. Ayúdame á conducirlo. Tomó Yepes á Pastor
por las manos, y Manuel por los pies, y lo condujeron á la fosa
preparada de antemano por el jefe de la empresa. Cuando el cuerpo
cayó en el hoyo, un suspiro sordo anunció el último aliento de la
vida. Pusiéronse al punto á colmar la fosa. Apenas habían arrojado
una capa de tierra, apisonábanla, ayudados de gruesos trozos de
viga. Una bujía moribunda prestaba su opaca lumbre á aquella escena
siniestra. Cuando hubieron penetrado los rayos primeros del día en
aquel antro sombrío, apisonaban los sepultureros la última capa de
tierra.
XVII
EL FÉRETRO
Dos horas hacía que había amanecido. Volvió Amalia de su
letargo, y sintióse bastante despejada. Notó, por la luz del sol
que entraba por las rehendijas y proyectaba en el suelo círculos
brillantes, que estaba avanzado el día, y llamó á Juliana en voz
baja. Nadie le respondió. Tan sólo se oían los trinos de las
avecillas aprisionadas en las jaulas del corredor ancho. Vio que el
lecho de su hermana estaba vacío, y pensó que ya se habría
levantado. Púsose en pie, se vistió y salió al corredor. Sintió
voces y golpes en la planta baja del edificio, y fue á ver qué era
aquello. Abrió la puerta del cuarto de las sirvientas, que eran las
que hacían tal ruido, y supo de boca de éstas que alguien las había
encerrado, y que un poco después de media noche las habían
despertado fuertes golpes dados en el portón.
Pastor no parecía, por más que Amalia lo llamaba á gritos.
Juliana no respondía á los llamamientos, cada vez más altos, de su
hermana. Aquello era un misterio. Un pensamiento siniestro cruzó
por la mente de la joven, y empalideció sus mejillas. Subió
precipitadamente la escalera, y abrió la puerta del aposento, sin
dejar de llamar á Juliana. Cuando hubo penetrado en la pieza
contigua, la vio tendida en tierra: el rostro estaba cubierto de
palidez violácea; la cabellera en desorden le cubría parte del
pecho. Postróse de rodillas al lado de su hermana, y la llamó
varias veces, no pudiendo convencerse de la negra realidad. Cuando
le palpó el rostro y el pecho, y la halló fría, exhaló un gemido
agudo, que resonó por el cóncavo artesonado. Al oír este gemido,
las sirvientas acudieron. No se oían bien pronto en el castillo
sino clamores que anunciaban á los habitantes de las alquerías
vecinas haber sucedido allí una gran desgracia. Una sirvienta abrió
el portón, y al punto entraron algunas gentes que anhelaban saber
lo que había ocurrido. La sorpresa embargaba los ánimos. Hacíanse
comentarios sobre el hecho. Todos convenían en que el asesino era
Pastor, quien se había escapado por la escalera que fue hallada en
la pared del jardín.
Extendióse la noticia con rapidez por las habitaciones
esparcidas á los alrededores del castillo. Las gentes acudían á ver
aquella desgracia. Los pobres gemían á las puertas del castillo por
su bienhechora, su consuelo, su madre, una joven de unos catorce
años se lloraba doblemente huérfana, pues aquella misma coche había
muerto su madre. En las angustias de la agonía, había ésta
manifestado ardientes deseos de hablar con la señora Condesa, sin
lo cual no podría morir en paz. La joven corrió al castillo,
resuelta á hacer ir á la señora, y golpeó largo rato, valiéndose de
un guijarro. Tales fueron los golpes que oyeron los asesinos.
Pronto se supo en la ciudad lo ocurrido. "¡La Condesa del Palmar
ha sido asesinada!" pasaba de boca en boca, causando impresión
profunda en los ánimos: la buena señora era altamente estimada de
todos los círculos sociales. Algunos amigos y no pocos curiosos
vinieron al castillo. Había alarma general, y se hacían comentarios
sobre los medios, los autores y los propósitos del crimen.
Fue colocado el cadáver en la sala principal: paños negros y
algunos cirios completaban el fúnebre aparato. Amalia, de píe á la
cabecera del féretro, bañaba con lagrimas silenciosas la frente de
su hermana. Un grave sacerdote rezaba en un libro al lado del
cadáver; de cuándo en cuándo una lágrima brillaba en sus párpados:
era el padre Velarde.
Margarita y Eloísa estaban consternadas. Viendo que Amalia no se
hallaba en estado de pensar en nada que no fuese su terrible
desgracia, tomaron las dos á su cargo el cuidado doméstico del
castillo.
Llegó el Prefecto de Policía. Manuel lo acompañó en el registro
que hizo del castillo; y le fue explicando la manera cómo, en su
concepto, se había efectuado el crimen.
-¡Infame! le decía: era el único guardián de estas infelices.
Desde que lo conocí, no me fue simpático; y aun recuerdo haber
manifestado á la Condesa sospechas respecto de ese hombre; mas la
angelical criatura, que de nadie podía pensar mal, no se figuraba
que quien había acompañado á su esposo por largos años, y había
recibido de ella muestras de ciega confianza y beneficios sin
cuento, viniese á ser su verdugo. Tenemos que buscarlo hasta el
centro de la tierra, si allí se ha ocultado. Mil muertes no serian
castigo suficiente para semejante crimen.
El Prefecto, después de haber levantado el acta de su visita, y
tomado estricta cuenta de todas las circunstancias que á su juicio
tenían importancia, regresó a la ciudad, acompañado de Manuel.
Llegó la hora de conducir á la ciudad el cadáver. Una multitud
de aldeanos siguió el convoy fúnebre, exhalando gemidos. Una fila
de niñas iba adelante: eran los discípulos de la Condesa. Hilos de
lágrimas corrían por las mejillas de aquellas tiernas criaturas,
que se veían privadas de la mejor de las madres. El padre Velarde
iba al pie del féretro, murmurando plegarias y contemplando aquella
ovación que la gratitud tributaba ala Caridad.
XVIII
CRIMEN INÚTIL
Estaba Gonzalo profundamente afligido: comprendía que por lo
bajo el público murmuraba malévolas sospechas respecto de la
familia de Margarita, No por eso sus visitas á Eloísa se hicieron
menos frecuentes: cada día la amaba más. A virtud del doloroso
acontecimiento, hubo de diferirse el matrimonio.
Por aquel tiempo apareció en Barcelona una peste que hizo
estragos en la ciudad: llamóla el pueblo la
|fiebre negra. En
pocos meses diezmó la población.
Estaba Gonzalo, como de costumbre, una noche, en casa de
Margarita.
-¿Qué hay de nuevo? preguntóle ésta.
-Hay alarma general. Está tomando la
|fiebre negra
proporciones espantosas. Necesítase un hospital fuera de la ciudad,
y se ha pensado tomar para el efecto el castillo de la finada
Condesa.
-Me parece á propósito, repuso Margarita: no se hallaría en la
ciudad edificio que ofreciese mayores comodidades. ¿Se adelanta
alguna cosa respecto de la captura del asesino?
-Absolutamente nada: como si la tierra lo hubiese devorado.
Presentóse en ese instante el padre Velarde. Gonzalo comprendió que
algún objeto de suma gravedad llevaba allí al religioso, y halló
por conveniente retirarse.
Una vez solos el padre y Margarita, él dio principio á la
conversación.
-¡Qué cosas las de este mundo! dijo el padre exhalando un
suspiro. Cuando la virtud emprende su generosa tarea, preséntase el
crimen y todo lo frustra. Nadie podía conocer mejor que yo de
cuanto era capaz la Condesa del Palmar.
-¡Ay, señor! repuso Margarita: ¡cuánto he sufrido! -Otra vez
manifesté á usted, le dijo el padre, que era yo depositario de un
secreto respecto de usted. Creo que ha llegado la hora de
revelarlo: la muerte me ha absuelto de mi compromiso; y cosas hay
que no deben quedar ocultas. Supo la Condesa, yo no sé cómo, la
conducta que su esposo había observado para con usted; y se propuso
salvarlo, resarciendo los males que le había cansado. A tiempo de
morir el Conde, inspiróle la buena señora ideas de arrepentimiento,
y obtuvo de él el permiso de devolver á usted los bienes que le
correspondían.
-¡Ella!.... exclamó Margarita, llevándose al rostro las manos.
¡Y se manifestaba un tanto retraída respecto de mí, y no poco
indiferente á mis largos sufrimientos!... Sospeché algo cuando
usted puso en mis manos aquella suma; mas la extraña conducta de
Juliana extravió por completo mi juicio.
Eso entraba en su plan generoso. Exigióle el Conde que llevase á
cabo la restitución sin que nadie sospechase siquiera el origen de
ésta. La Condesa pensaba ir poniendo poco á poco en poder de usted
sus bienes, y retirarse luego á llevar una vida solitaria. No le
permitió la muerte sino dar el primer paso.
Margarita rompió á llorar: los sollozos le ahogaban la voz.
-Oigame usted, señora, con la posible tranquilidad. Un deber me
ha obligado á romper el silencio que prometí guardar. Creo de
justicia que la restitución se lleve siempre á cabo, lo cual será
sin duda grato á aquella angelical criatura, de quien la tierra no
fue digna. He creído deber poner en noticia de usted la intención
de la Condesa, á fin de que pueda hacer efectivos sus derechos. Por
mi parte, estoy dispuesto á decir lo que me consta. Puede, pues,
usted revelar á sus hijos lo ocurrido, sin reserva ninguna: esto es
ya asunto de familia, y ha de tratarse en familia. Yo volveré por
acá, por si hubiere alguna cosa en que pueda serles útil.
Margarita quedó pensativa: tantas emociones se habían sucedido
en su alma en pocos momentos, que le parecía estar soñando. Pasar
de repente de la pobreza á la opulencia, de una posición humilde á
un puesto elevado en la jerarquía social; ver de súbito á sus hijos
ascender á una alta cumbre; la sublime virtud de Juliana, á quien
ella había juzgado como que era un alma dura, egoísta, indiferente:
estas cosas agitaban violentamente su espíritu. Pasados breves
momentos, sacudió la cabeza, se puso en pie, y saliendo á la
puerta, llamé á una sirvienta.
-¿Ya vino Manuel?
-Sí, señora: lo vi entrar á su cuarto.
-Díle que venga inmediatamente, y lo mismo á Eloísa.
Pocos momentos después, estaba reunida la familia. La señora,
asumiendo la gravedad que pedía la situación, dijo:
-Asuntos de alta importancia van, hijos míos, á ocupar vuestra
atención. Por fortuna, ya vosotros sois capaces de estudiar y
dirigir con acierto vuestros propios intereses. Noto con gusto,
Manuel, que estás entrando ya en juicio: he estado observando, sin
saberlo tu, que no eres el calavera de otros días. Tú, Eloísa, de
quien no tengo queja alguna, vas á tomar estado, y ya posees el
juicio de una mujer formada. Creo llegada la ocasión de enseñaros
un secreto que hace largos años yace oculto en mi corazón, y que
había cuidado de que no llegase á noticia vuestra, temerosa de
sembrar en vuestra alma odiosidades de familia que amargasen
vuestra inocente existencia, e irritasen desde liego vuestro
carácter. No me arrepiento de tal conducta: habéis vivido hasta
ahora libres de negros rencores, que son la hiél de la vida; y la
Providencia obraba, sin que yo lo sospechase, en favor de nuestra
causa. El representante de la Providencia ha sido nuestra parienta,
la noble, la generosa, la virtuosa Condesa del Palmar.
El joven palideció, y un ligero temblor agitó sus labios. Fingió
un fuerte golpe de tos, y á poco rato logró disimular su
emoción.
-Yo, continuó Margarita, soy hermana del Conde del Palmar. Una
serie de sucesos, que no hay para qué revelaros, sembraron la
discordia entre nosotros dos; y el resultado fue que él, como más
fuerte que yo y más conocedor de los secretos del mundo, triunfó
completamente. Despojóme de todos mis derechos, pues consiguió
demostrar que yo no era hermana suya. Hálleme desprovista de medios
de defensa, porque mi hermano, tomando por instrumento al miserable
que acaba de asesinar á su esposa, me arrebató los documentos que
abonan mis derechos. Vosotros sabéis que el Conde, en edad avanzada
ya, tomó por esposa á Juliana. Esta, sabedora, no sé por que
conducto, de los secretos de su marido, se propuso obligarlo á
resarcir el mal que me había hecho; y en el lecho de muerte le
arrancó permiso para devolverme mis bienes. El Conde le exigió que
procediese en el particular con absoluta cautela, de suerte que yo
ni siquiera sospechase nada. Juliana lo hizo así: valióse del padre
Velarde para que hiciese llegar á mi poder, poco á poco, las sumas
que para mí ella le fuese entregando. Él puso en mis manos veinte
mil reales, y me anunció que después me iría dando más dinero.
Hízolo con tacto tan fino, que yo llegué á comprender que se me
estaba entregando alguna herencia imprevista. Vosotros recordáis
que varias veces hablamos de la dureza con que Juliana miraba mi
angustiosa situación, y hasta llegamos á acusarla de egoísta. Tal
conducta entraba en su generoso plan. El padre Velarde acaba de
revelármelo todo, y quiere que vosotros seáis sabedores de lo
ocurrido. El cree que yo debo hacer valer mis derechos, y está
determinado á revelar ante la justicia, si ello fuere necesario, el
secreto de que es dueño. Ha llegado, pues, la hora de que vosotros
sepáis cuál es vuestra posición en la jerarquía social, y entréis
en el goce de vuestros derechos. Si hubiere necesidad de llevar el
asunto al tribunal de la ley, me siento dispuesta á hacerlo. Don
Antonio Yepes recibió de mí, hace ya algún tiempo, el encargo de
defender mi derecho. Exigíle completa reserva para con vosotros:
repito que no quería sembrar en vuestra alma las semillas del
rencor. Yo creo que él es el llamado á continuar el trabajo, porque
ya tiene en sus manos los primeros hilos de la misteriosa trama.
¿Qué os parece?
Eloísa manifestó hallarse de acuerdo con lo dispuesto por su
madre. Manuel callaba: tal parecía no haber oído la pregunta.
-¿Pero qué tienes? Manuel, le dijo la señora: te has quedado
absorto.
El joven se estremeció, como si ella hubiese sorprendido su
secreto, y disimulando cuanto pudo su emoción, dijo:
-Me ha causado honda impresión lo que usted nos ha revelado:
¡hay coincidencias tan misteriosas!... ¿Qué me decía usted?
-¿Quieres que Yepes sea nuestro abogado?
-¿No he de querer? no encontraríamos otro mejor. Concluida la
conferencia. Margarita y Eloísa se fueron á continuar sus trabajos
cuotidianos. Quedóse Manuel allí, y cerró por dentro la puerta:
necesitaba llorar. "¡Qué fatalidad¡ decíase: he cometido un crimen
horroroso é innecesario, en momentos en que aquella víctima
inocente estaba llevando á cabo su resolución sublime. Y no hay
remedio ya. ¡Ay! ¡quién pudiera volver atrás!.... ¡Cómo arrancar de
mi pecho este agudo dardo que lo despedaza!" Y se mesaba los
cabellos, y se apretaba la cabeza con ambas manos. Sentía necesidad
de compartir con alguien su dolor, y salió á toda prisa, en busca
de Yepes.
XIX
LA FIEBRE NEGRA
Estaba aterrada la ciudad. La
|fiebre negra había
adquirido proporciones horrorosas. Las precauciones que se habían
tomado eran inútiles ya. La peste hacía estragos en la clase pobre,
y estaba invadiendo los hogares de los ricos. Por todas las calles
cruzaban carros que conducían cadáveres al Campo santo, ó enfermos
al hospital. Aquí y allí se oían gemidos que anunciaban la muerte
de seres amados. La policía era impotente para atender á todo: no
era raro ver cadáveres tirados en las calles, ó casas abandonadas á
puerta abierta ó habitadas tan sólo por algunos moribundos, que
espiraban al lado de cadáveres infectos. El terror y el egoísmo se
habían apoderado de los ánimos. No era cosa extraña ver á
individuos atacados de la epidemia, en completo abandono de los
suyos: en vano el padre clamaba por el hijo, la esposa por el
esposo, el hijo por el padre. Las gentes atribuían esta espantosa
calamidad al crimen cometido en la persona de la noble Condesa del
Palmar.
Los agentes de la policía andaban aquí y allí, rondando los
domicilios, en busca de enfermos, porque las familias ricas no
querían que miembros suyos fuesen llevados al hospital. Abusos de
todas clases sucedían en tales casos, porque la autoridad no podía
vigilar en todo á un tiempo, y la atención del público estaba
embargada por el peligro general. En todo grave conflicto que
interesa al mayor número, almas infames aprovechan la ocasión para
saciar á mansalva sus apetitos brutales. Así los buitres medran á
sus anchas en un campo de batalla sembrado de cadáveres.
Como se ha dicho, Manuel se fue á la casa de Yepes. Iba tan
absorto en sus pensamientos, que no vio un cadáver tendido en la
calle; tropezó con él, y cayó á su lado. Un invencible terror se
apoderó de su espíritu; sintió correr por sus venas el aliento de
la muerte.
Llegó á casa de su amigo, dominado por impresiones aciagas. Dio
los consabidos golpes, é inmediatamente Yepes salió á abrir la
puerta.
-Traes cara de susto, le dijo á Manuel, con su risa
acostumbrada. El joven no contestó, y se dirigió á la sala. Yepes,
después de pasar el cerrojo del portón, le siguió, no sin temor,
pues el semblante del joven anunciaba novedades.
Refirióle Manuel cuanto Margarita le había revelado; y, dando
algunos pasos precipitados, dijo entre dientes:
-He aquí, pues, un crimen completamente inútil. Siento vergüenza
y horror; me mata el remordimiento.
-Ja.... ja .., ja..., Ya viene con sus pueriles escrúpulos el
chiquillo timorato, dijo, ó más bien rió, el imperturbable Yepes.
Oyeme, tronera: las cosas se ponen á pedir de boca. No hay un solo
documento que compruebe los derechos de tu familia á la sucesión
del Conde; y hoy se nos viene á las manos una magnífica prueba,-la
declaración del padre, quien está pronto á rendirla de una manera
espontánea. Yo temía todo perdido, pues la herencia era de Amalia.
Había ideado un medio: como una vez me dijiste que notabas en la
joven inclinación hacia ti, pensé que no era difícil el que
obtuvieras su mano, y así quedaría todo en casa. Pero entonces
yo.... tú no me podrías negar que he adquirido derechos
indisputables á los productos de nuestro negocio.... Además, yo no
quería que tú sacrificases tu corazón, que pertenece á Rosaura:
estás en el caso de honor de vencer el orgullo de esa hermosa. No
hay satisfacción sin triunfo, como no hay triunfo sin lucha. El
amor sin obstáculos es una pura pamplina. Ahora veo todo allanado:
tomas pacíficamente la herencia del Conde, que entonces será tuya,
no ya de tu mujer; te casas con Rosaura, y.... ¡abur, amigo! ¡á
disfrutar de la vida!....
Era tal la influencia que ejercía Yepes sobre Manuel, que sus
palabras calmaron, como por ensalmo, los remordimientos de éste.
Pocos momentos después, ya se reía de sí mismo, de su tristeza y su
horror, de su interés por su víctima.
-¡Qué diablo de tronera! continuó Yepes, dándole palmaditas en
el hombro. Déjate guiar, déjate guiar, te repito una vez más: tú
sabes poco del mundo, y yo lo conozco á palmos; tú no puedes
prescindir de tus escrúpulos, porque tuviste una madre que te
infundiera desde niño preocupaciones femeniles; yo no tuve padre ni
madre, ignoro á quién debo el ser. Cuando me conocí, vivía á
expensas de una mujer que me crió por caridad, ó á lo que creo más
bien, por satisfacer un capricho. La pobre mujer murió
maldiciéndome y acusándome de ingrato, porque le jugué una partida,
y luego la abandoné. Mira: á nadie he amado jamás
|....si te
exceptúo á ti y también á tu familia; detesto á la humanidad, como
aquel excelente emperador romano que se lamentaba de que ésta no
tuviese una sola cabeza, para cortarla de un tajo. Si yo alguna vez
sintiera remordimiento, sería de no hacer el mal que la ocasión me
ofreciese. Y oye, y grábalo bien en tu memoria: son así todos los
hombres; sólo que hay unos más hipócritas que otros, y saben cubrir
sus odios bajo la máscara del amor. ¡Qué fuera del mundo si leyese
cada cual en las conciencias ajenas!
Manuel escuchaba con embeleso las enseñanzas del maestro; mas no
dejó de afligirse al ver el mundo al través del prisma que le ponía
ante los ojos. El alma humana tiene necesidad de creer en el bien:
sin ese noble instinto ¿qué fuera de la vida?
-Explotemos á nuestros semejantes siempre que podamos, que ellos
á su vez nos explotarán cuando puedan; y si en nuestro camino
hallamos obstáculos, arrollémoslos sin reparar en los medios. El
éxito saldará nuestras cuentas: si fuere éste bueno, lo tendremos
todo,-delicias y honores, aplausos y dicha;-si fuere malo,
soportaremos el chasco con frente serena, ó tomaremos por otra vía.
Los que hoy llamamos héroes, y á quienes la fama tributa sus
laureles y su incienso, no pasarían de ser unos calaveras ó unos
criminales, si la suerte les hubiese sido menos propicia. Si
hubiese Catilina salido bien en su soberana empresa, hoy su nombre
brillaría al par del de Julio César. He aquí la justicia de la
humanidad. ¡Y todavía nos dejamos detener por escrúpulos, cuando se
trata de conquistar una posición brillante! Todavía nos horrorizan
algunas gotas de sangre que nos vemos obligados á derramar, cuando
queremos abrirnos amplio camino! Los héroes han levantado sobre
osamentas humanas los monumentos de su gloria; y la humanidad,
colmada de gratitud y entusiasmo, los ha deificado y venera sus
nombres. No serían muchos los remordimientos quo sintieron al
pensar en la sangre y en las lágrimas con que empaparon la tierra.
Te he hablado en estos términos, porque te vi conmovido cuando me
referiste lo que el padre Velarde reveló á tu madre. El pobre
fraile nos va á servir á maravilla; está haciéndonos el juego con
rara oportunidad.
Estas últimas palabras acabaron de borrar de la conciencia del
joven hasta el último vestigio de remordimiento: parecíale su
crimen tan natural como una acción inocente.
-¿Sabes, preguntóle Yepes, si se ha adelantado algo respecto de
|
las pesquisas de la policía?
-Nada absolutamente: ahora, con los estragos de la
|fiebre
negra, nadie está para pensar en nada que no sea la
epidemia.
-Sin embargo, comprendo, repuso Yepes, que ya sospechan algo de
ti..., No te
asustes
|.... conjeturas
|.... algún por si
acaso
|.... qué sé yo..... Mas siempre es bueno que estés
prevenido. Si la policía llegare á arrestarte, mantente firme,
negando absolutamente todo. Pierde cuidado: estando yo fuera, no
corres peligro alguno. ¡Que prueben! ¡que prueben! Dicen las gentes
que nada hay oculto: veremos en esta vez la exactitud de la
máxima.
Terminada esta entrevista, Manuel se volvió á su casa. Iba
tranquilo, casi regocijado: el contacto con su maestro había
ahuyentado su pena.
XX
DELACIÓN
En la noche de ese día, Yepes, solitario como de costumbre,
imprimió unos centenares de hojas sueltas. Salió después á la
calle; dejó ejemplares en todos los puntos de más concurrencia;
fijó unos en las esquinas y en las puertas de los templos.
A la mañana siguiente, Gonzalo, luego que abrió el postigo de su
alcoba, vio al pie de la puerta una carta cerrada: tomóla
inmediatamente, y dentro de la cubierta halló un impreso. A medida
que lo iba leyendo, se pintaban en su rostro las emociones de su
alma.
-¡Qué golpe! se dijo, dejándose caer de súbito en el sofá. ¡Y
cuando ya se acercaba el día de mi matrimonio!.... ¡Pobre Eloísa!
sin dada es ella inocente; mas ¿si no lo es su familia?....
Largo rato quedóse pensativo, apoyada la frente en ambas manos.
Volvió á tomar el papel; varias veces lo leyó, y á cada nueva
lectura, era mayor su emoción.
-No queda duda, decíase: hay en esto un misterio horroroso. Y yo
que era tan feliz, que mimaba tan dulces esperanzas!.... ¡que la
amo tanto, tanto!....
Tornó otra vez á quedarse pensativo. Lágrimas copiosas corrían,
por sus mejillas y goteaban sobre el suelo. Al fin estalló su dolor
en roncos sollozos que ahogaban su pecho. La hoja decía así:
"Va para algunos días se cometió, á las puertas mismas de la
ciudad, el crimen más horroroso que registra nuestra historia. Hubo
al principio alarma, hubo espanto general; después ha venido la
indiferencia á ahogarlos sentimientos que en la conciencia del
pueblo despertó el horrendo crimen. Tal es el alma humana.
"Pero la justicia eterna no duerme, y hace valer sus
derechos con señales inequívocas de su augusta indignación. La
peste que nos devora ¿no será la muestra clara de la cólera del
cielo?.... La inocente y santa víctima clama por justicia; y ya que
duerme la de la tierra, la de Dios se hace sentir de una manera
espantosa.
"Abramos, pues, los ojos, y veamos lo que pasa. El
asesino de la Condesa del Palmar no aparece: ¿se lo comería la
tierra? Ha investigado la autoridad por su paradero, y cree haber
cumplido ya con su deber. ¡Ciegos! no han querido ver que en el
horrible crimen hay una segunda mano. Acaso el llamado Pastor fue
tan sólo un instrumento inconsciente de gentes interesadas en la
muerte de la víctima.
"Que hubo fuera del castillo individuos que tomaron
activa parte en el crimen, es cosa indubitable. Pastor no pudo
haber dado muerte á la infeliz Condesa, sino sólo por robarla.
¿Cómo no se ha echado menos ninguna alhaja valiosa, de las muchas
que allí había? Es esto ciertamente misterioso, mas no en tan alto
grado, que no se descubra en torno alguna huella de luz. Falta, eso
sí, que queramos verla.
"Hay una familia á quien interesa grandemente la muerte
de la Condesa: la familia Margallo. Sábese que el Conde del Palmar
sostuvo en un tiempo un pleito con la señora Margarita de Margallo,
quien se decía hermana suya. Ganó el Conde el pleito, por lo cual
se apodero de los bienes y títulos de la familia. ¿Pero esta señora
quedaría conforme con el fallo de la justicia? No; esto no es de
suponerse.
"una vez muerto el Conde, su viuda era el único
obstáculo para que la familia Margallo se presentase á reivindicar
sus derechos. Esto no deja dada; es tan claro como el día.
"Hay un joven llamado Manuel, hijo de la señora de
Margallo, cuyo género de vida no es por cierto edificante. Creemos
con buenas razones que éste fue el compañero de Pastor en el
espantoso crimen, su deber de conciencia nos obliga á denunciar á
la autoridad esto, que creemos muy digno de escrupulosa
investigación. Llámese á juicio, pues, á la familia Margallo, y se
sabrán secretos importantes.
Esta hoja, que apareció fijada en los más públicos puntos de la
ciudad, causó profunda impresión. Ese día la voz general acusó á la
familia Margallo de cómplice en el delito que tenía en alarma la
ciudad.
La situación de Margarita era espantosa: veíase acusada, con sus
hijos, del inaudito crimen; y tenían las presunciones incontestable
apariencia de verdad. ¿Qué hacer? ¿qué partido tomar?.... Encerrada
en un cuarto con Eloísa, pasó la tarde gimiendo y orando: las
infelices pusieron su suerte en manos de Dios. Esa noche Gonzalo no
fue á visitarlas. Eloísa comprendió que su amante también la
juzgaba criminal: este golpe fue para ella más duro que los demás.
Como á las diez de la noche la atacó una fuerte afección nerviosa:
empezó por una risa tenaz y aguda, que terminó en convulsiones
incesantes. Una hora después parecía un cadáver; no había más señal
de vida que una respiración apenas perceptible. Tendida en el
lecho; la abundosa cabellera esparcida por el seno á medio cubrir;
el rostro empalidecido, la nariz afilada, la boca entreabierta, los
ojos cerrados, semejaba una estatua que representase la imagen de
una virgen recién muerta. Margarita, poseída de ansiosa angustia,
estaba de rodillas al pie del lecho, teniendo entre las suyas,
bañándola con su llanto, una de las manos de la enferma.
El padre Velarde, á quien la pobre madre había hecho llamar,
llegó pocos momentos después de principiada la privación de la
joven. Sentado en una butaca, no lejos del lecho, unas veces oraba
en voz baja, otras decía á Margarita alguna palabra de
consuelo.
-No se angustie, señora: son inocentes, ¿no es cierto? Ponga
toda en confianza en Dios, que no deja perecer la inocencia. El
corazón me dice que veremos disipadas las tinieblas que oscurecen
la verdad
De esta manera el buen religioso exprimía en el corazón de la
desolada madre el bálsamo del consuelo, y elevaba su alma á Dios,
única fuente de resignación en situaciones extremas.
Poco á poco fue calmando la angustia de Margarita. Alzando al
cielo los ojos, exclamó:
-¡Señor! en tus manos está nuestra suerte. Tu sabes que somos
víctimas de alguna equivocación ó de una negra injusticia. ¡Hágase
en nosotros tu voluntad. Dios mío!
Dichas estas palabras, un torrente de lágrimas descendió por las
mellas de la angustiad matrona. Sintióle luego aliviada: la
esperanza le inspiro valor y resignación.
Un débil suspiro de Eloísa anunció que el síncope estaba tocando
á su fin. Palabras incompresibles se escapaban de sus labios, entre
las cuales se distinguía á las veces el nombre de Gonzalo.
Margarita, sentada en el lecho, besábale la frente, y la llamaba
con voz amorosa. Cuando vio al padre Velarde, exhaló un
sollozo.
-Somos inocentes, señor, exclamó; somos inocentes. Dígaselo así
a Gonzalo. Júrele que nosotras no hemos tenido participación alguna
que; ignoramos todo; que somos inocentes cuanto puede serlo él.
No le permitieron los sollozos continuar
Hízole el padre oportunas reflexiones, inspirándole confianza en
la protección divina. La Joven escuchaba las palabras del buen
hombre con los ojos clavados en su rostro, y la boca entreabierta:
bebía la desgraciada con avidez en la fuente de consuelo que le
ofrecía el sacerdote.
XXI
LA PRISIÓN
Al día siguiente fueron reducidos á prisión Manuel, Margarita y
Eloisa. Privóseles desde luego de comunicación, y se les recibió
indagatoria. Las declaraciones de ellas resultaron contestes, y
mostraban su inocencia. Era imposible que tanta ingenuidad cupiese
en personas que hubiesen tomado parte alguna en el delito. No así
la indagatoria de Manuel: cuando se le preguntó en dónde se hallaba
la noche en que tuvo lugar el asesinato, contestó con subterfugios,
sin determinar el punto en que estuvo: lo cierto era que no había
pasado la noche en su casa.
Yepes, entre tanto, se regocijaba de ver cómo su plan marchaba
viento en popa. Sabía que Gonzalo estaba hondamente impresionado, y
que no había vuelto á visitar á Eloísa. Tenía tan ciega confianza
en que obedecería Manuel sus mandatos, que no temía de su parte
delación ni inconsecuencia. Había que perder al joven y conquistar
la mano de su hermana. Eso era todo. Dirigíase su propósito, en
primer lagar, á denigrar, á los ojos de Gonzalo, á las dos
inocentes mujeres. Su ingenio era inagotable, y él tenía fe en sí
mismo. Una vez alejado el amante, y deshonradas la madre y la hija
ante el mundo, él se les presentaría prometiéndoles salvar á Manuel
del cadalso y á ellas de la infamia. Esto le abriría camino á la
posesión de Eloísa. Después.... después el terreno se allanaría
fácilmente: haría creer á Manuel que él estaba defendiéndolo, á
tiempo mismo en que de una manera solapada haría llegar á oídos de
la justicia noticias importantes. El plan era atrevido; pero el
malvado sabía muy bien que la fortuna ayuda á los audaces. Además,
él jugaba el todo por el todo; y bien merecía, á sus ojos, el
arriesgar la existencia, la perspectiva de una gran fortuna.
La
|fiebre negra, invadió la cárcel publica. A instancias
del padre Velarde, quien había comprometido á dos sujetos
conspicuos á presentarse como fiadores de Margarita y Eloísa, se
permitió á éstas salir de la prisión, mas siempre que tuviesen, su
casa por cárcel.
Gonzalo, entre tanto, recibió una carta anónima, cuya lectura
llevó á un alma el convencimiento de que Eloísa y Margarita habían
tomado parte en la muerte de Juliana. El desengaño que sufrió el
honrado joven causó en su conciencia profundo trastorno moral. Lo
que más le encantaba de Eloísa era la pureza angelical de su alma,
era la hidalguía de su corazón. Si la dulce criatura, que tan noble
é inocente se había mostrado á sus ojos, resultaba criminal, si era
una mujer capaz de haber tomado cartas en un plan infame, ¿dónde y
en quién buscar virtud alguna en la tierra? ¿qué corazón, desde
luego, merecería ser amado?.... Todas sus ilusiones, toda la fe de
su alma, convertíanse en helado escepticismo, al pensar que la
mujer cuyas virtudes lo habían cautivado, resultaba ser sólo una
hipócrita, sólo una víbora que ocultaba su veneno bajo los bellos
colores de su piel y las miradas halagadoras de sus ojos traidores.
Quitad toda fe en la virtud, matad hasta las semillas de las
ilusiones bellas, y habréis hecho de la vida un esqueleto
asqueroso; y del mundo un carnaval en que los hombres se gozan en
engañarse vilmente; y del amor, un instinto material de los
sentidos, indigno de la ternura con que el alma lo cultiva.
|¡Creer, esperar! he aquí la necesidad del alma, la sustancia
de la vida del corazón.
La carta anónima le decía que Margarita y Eloísa habían
resultado de súbito, sin saberse cómo, y precisamente después del
asesinato de la Condesa, poseedoras de recursos de que carecían
poco antes. En este momento recordó Gonzalo las palabras que
Margarita dijo á Eloísa la noche en que se habló de acortar el
plazo del matrimonio: "Dentro de ocho días tendrás lo necesario." Y
con efecto, ¿de dónde habría podido sacar con qué hacer los gastos
que antes eran superiores á sus escasos recursos? ¡Ay! ¿qué
misterio era éste? ¿no sería que la malvada contaba con las
ganancias que pensaba derivar del delito concertado de antemano con
su hijo? ¿Y jugaban así con su amor? ¿Preparábanle un lecho de
flores, y ocultaban bajo éstas una víbora, pronta á inocular en su
alma la ponzoña del delito?.....
Estas dudas mantenían al joven en un estado de profundo
abatimiento. Reclinado en un sofá, apoyada la frente en una mano, y
con la otra apretando la carta fatal, como si fuese su intento
anonadar esta hoja que había acabado de hundir su alma en la
desesperación, hallábase embebecido en hondas meditaciones: hilos
de lágrimas corrían por sus mejillas y humedecían, sus
vestidos.
-¡Dios mío! perderla, perderla para siempre, á tiempo en que ya
mi mano tocaba la meta de la felicidad, cuando estaban, á punto de
realizarse loa castos sueños de mi alma! Perderla anonadada, no por
obra de la muerte, que santifica el dolor déla eterna separación,
sino por el deshonor, que va á mancillar su frente con el borrón
del más negro y cobarde de los crímenes!.... ¿Qué haré. Dios mío?
¿Cómo arrancar de mi pecho esta pasión, que hace parte de mi
existencia, que colma mi corazón, que ha transformado mi ser?....
Ya la vida para mí no será sino un vacío, y mis días correrán sin
objeto, semejantes á las hojas muertas que un arroyo arrastra á la
soledad sin límites del desierto. ¡Ay! ¿para qué vivir? ¿merecerá
por ventura una existencia vacía, sin fuego y sin luz, la pena de
soportarla? Cuando sepa que Eloísa yace en una inmunda cárcel,
entre viles criminales, y expuesta tal vez á caer en las infamias
del vicio, ¿qué haré con la imagen suya, la imagen de la virgen sin
mancilla, que no podré borrar de mi corazón? Y cuando la vea
marchar al cadalso, ¡ay! ¿dónde me esconderé? ¿quién enjugará mis
lágrimas? ¿cómo me le acercaré á pronunciaren su oído mi eterno
adiós, y á besar sus manos por ultima vez, y á cuidar de que los
ojos impuros del populacho no profanen su pudor?....
Hallábase absorto en estas meditaciones, cuando sintió dos
golpes en la puerta. Sobresaltado levantó el rostro, y se puso en
pie. Quiso no darse por entendido de que era buscado, y hacer creer
con su silencio que no se hallaba en su cuarto. Mas los golpes
continuaban con mayor insistencia; y una voz desconocida le llamó
suavemente por su nombre. Arreglóse los cabellos como pudo; se
enjugó las lágrimas, y abrió la puerta. La presencia del padre
Velarde lo sorprendió y le causó algo como espanto. ¿Este hombre
sería portador de su último desengaño?
-Perdone usted, señor D. Gonzalo, le dijo el religioso al tomar
asiento: he venido á interrumpirle tal vez en momentos en que
deseaba estar solo. Los viejos tenemos el privilegio de poder á las
veces prescindir de las reglas de la etiqueta; y si es ese viejo al
propio tiempo un sacerdote que se ha impuesto la tarea de consolar
corazones heridos por la desgracia, todo, señor, se le puede
dispensar. Es usted muy desgraciado: todo lo sé. Veo en sus
mejillas las huellas de sus lágrimas; en su semblante descubro el
cruel tormento de su, alma.
-¿Todo lo sabe usted? señor. Soy ciertamente muy desgraciado, el
más desgraciado de los mortales. Ya usted lo sabe todo: debe, pues,
compadecerme.
-Por eso he venido: soy médico de almas; y sé que la suya está
atribulada. Una sola palabra calmará su dolor: doña Margarita y
Eloísa son inocentes.
-¿De veras? dijo el joven poniéndose en pie. ¡Repítalo,
repítalo! ¡Sepa yo que ella no es criminal, y aunque la muerte
después me la arranque para siempre!
-Es imposible que el crimen quepa en esas nobles almas.
-Pero esta carta.... dijo Gonzalo, levantándola del suelo y
poniéndola en manos del religioso. Léala, señor: es una
revelación.
El padre leyó en voz baja el documento que el joven le presento.
A medida que leía, la indignación se pintaba en su semblante.
Cuando hubo concluido, exclamó: -¡Qué calumnia tan infame! Ya no me
queda duda: hay alguien, interesado en perder á esas pobres
señoras. El autor de este libelo es el mismo, sin duda, que lanzó
al público la hoja acusatoria.
Refirióle luego todo lo ocurrido respecto de Margarita y la
Condesa. Cuando le explicó el origen de la suma de dinero de que
había sido aquélla de súbito poseedora, Gonzalo exclamó:
-¡Bendito sea Dios! Aquello era para mí una prueba irrecusable.
Recuerdo que esa noche me pareció la señora más festiva que de
costumbre; y hasta me atreví á decírselo.
-¡Pobrecita! dijo el padre: veía asegurado el porvenir de su
hija; y esto colmaba de gozo su alma... No sabe usted, continuó
tras una pausa, cuánto ha sido el dolor de la pobre niña al pensar
que usted las juzgaba criminales: llegué á temer que muriera. Para
la noble criatura la opinión del mundo es nada; la de usted lo es
todo: que sea inocente á sus ojos, y bien poco le importa lo demás.
¡Lo que puede el amor cuando se ha apoderado de una alma pura! Sólo
puedo decir á usted que juro ante Dios que esas dos infelices
mujeres son inocentes. Tenga lástima á su amada, que es tan digna
de su amor; y no la atormente más con esa ausencia que la está
matando.
-¿Se me permitirá, pues, entrar á la prisión? preguntó Gonzalo,
cuyo rostro había recobrado su aire de habitual tranquilidad.
-Ya están en su casa. Pude alcanzar que se les permitiese
permanecer allí, bajo fianza, en tanto que se aclara lo que haya de
verdad en el asunto.
-¡Gracias, gracias, señor! dijo Gonzalo, besándolas manos al
buen hombre.
Salió inmediatamente, y, acompañado del padre Velarde, dirigióse
á la casa de Eloísa. Cuando hubieron llegado, madre é hija se
hallaban en el oratorio, elevando á Dios sus preces con lágrimas y
gemidos. Entró el padre hasta allí, é interrumpiólas diciéndoles
gracejos y burlándose de ellas.
-Por fin os derretiréis á fuerza de llorar, cabeciduras. Más fe,
hijas mías; más fe. Os ha sometido Dios á una prueba: bendecid su
voluntad. El corazón me avisa que esto no durará muchos días. Tú,
chica, le dijo á Eloísa, poniéndole la mano en la cabeza; si sigues
en este tema de llorar y más llorar, acabarás por perder la
brillantez de esos ojos que tanto cautivan á cierto sujeto, que te
ama hoy más que nunca, y que te aguarda en la sala para pedirte
perdón.
Eloísa exhaló un débil grito, y sus mejillas se encendieron. El
padre siguió bromeando, y acompañó á las señoras á la sala. Al ver
á Gonzalo, Eloísa recobró su aire habitual de alegría. De veras que
para ella la opinión de su amante lo era todo. El padre condujo á
Margarita á un ángulo de la pieza.
-Dejémoslos reconciliarse, le dijo sonriendo: ¡pobres los
pichones! ¡cuánto han sufrido! Debemos los viejos respetar las
pasiones de los jóvenes, cuando son como el amor de estos dos
ángeles.
Después en voz baja contó á Margarita, punto por punto, su
entrevista con Gonzalo; y le mostró la carta que le había dado
éste. Ella no pudo, al leerla, moderar su indignación.
-No le parece, le dijo el padre, que esta carta nos puede servir
de mucho?
-No comprendo, repuso Margarita.
-Vea usted: muchas veces una calumnia se cura con otra calumnia,
como un veneno se cura con otro veneno. Esta carta prueba que hay
algún infame interesado en perderlas á ustedes, particularmente á
los ojos de Gonzalo. Sospecho que es alguno que no puede
conformarse con que Eloísa ame á Gonzalo. Yo pienso presentar este
documento á la autoridad, y decir lo que me consta. Quizás tengamos
ya la punta de la hebra del ovillo.
-¡Gracias, señor! ¿Qué fuera de nosotras sin su generoso apoyo?
El padre se levantó para despedirse. Dirigiéndose á Gonzalo y
Eloísa, que en el ángulo opuesto de la sala estaban conversando con
tanta alegría como si hubiesen de súbito vuelto al tiempo de su
pacífica dicha, les dijo sonriente:
-Así me gusta, pichones. No hay cosa más fácil que tal
reconciliación. La buena voluntad todo lo allana. Días vendrán en
que veáis despejado de nubes el cielo de vuestra tierna esperanza.
Amaos, y confiad en Dios.
Dirigiéndose luego á Margarita, le dijo con alegría:
-En esta casa queda prohibida toda expresión de tristeza: no más
llantos ni gemidos. El amor no consiente en torno suyo lágrimas,
porque él es ventura, fe y esperanza.
-¡Qué hombre! dijo Gonzalo, tan pronto como el padre hubo
salido. Lleva consigo el consuelo. Yo no sé qué hubiera sido de mí
si no se me hubiese presentado tan á tiempo: no tenía más esperanza
que la muerte.
Cuando tras una noche de tempestad, el sol aparece en un cielo
sereno, y desde el cerro oriental esparce por la pradera su
resplandor generoso, sonríe la naturaleza al recibir á su rey: las
aves saltan de rama en rama; regalan al ambiéntelas flores sus
aromas; el limpio azul del cielo hierve de luz. Así en aquel hogar,
en que había el dolor tendido una nube de tristeza, la presencia
del buen hombre convirtió en paz y alegría la angustia y la
amargura que invadían los corazones. Tal parecía haber desaparecido
toda causa de temor. Había dejado tras sí una huella luminosa de
consuelo y esperanza.
XXII
DELIRIO
La
|fiebre negra atacó á Manuel. El médico ordenó que
fuese inmediatamente conducido al hospital. Colocósele en un carro
con otros dos enfermos, y se emprendió camino para el castillo del
Palmar.
El infeliz comprendió á dónde se le llevaba, y se estremeció de
espanto. Hubiera preferido de buen grado ser conducido al patíbulo;
mas nada podía decir, porque cualquier palabra en el particular
comprometería á su amigo.
El lecho que le fue destinado estaba precisamente en el punto
donde tuvo lugar la muerte de la Condesa. Manuel vio en esto un
golpe de la fatalidad.
Una hermana de la Caridad andaba de pieza en pieza, atendiendo á
los enfermos. Cuando entró á la en que estaba Manuel, éste la
conoció, y estuvo á punto de exhalar un grito. Recogióse en el
lecho, y se cubrió la cabeza con las mantas, fingiendo que dormía.
Acércesele ella, sin hacer ruido; mas viendo que dormía, se retiró
á pasos quedos, para no despertarle.
Pocos momentos después llegó el padre Velarde, quien iba al
hospital todas las noches, á prestar sus servicios á los
moribundos.
Aquella misma noche, fuese que su enfermedad se hubiese agravado
con motivo de su brusca traslación de la ciudad al castillo; fuese
que las rudas emociones que había sufrido esa tarde le hubiesen
afectado el cerebro, una fiebre intensa se apoderó del joven,
sumiéndolo en hondo letargo.
Eran como las once de la noche, y la Hermana, después de haber
visitado á los enfermos que estaban más graves, entró al aposento
en donde se hallaba Manuel. En una mano traía una linterna pequeña,
y con la otra se hacía sombra. Aproximóse al lecho del joven, y le
acercó la luz al rostro. Lanzó un débil grito, y dejó caer la
linterna. Sentada en una poltrona, no lejos de la cama del enfermo,
temblaba acometida de espanto. Era Amalia.
Pocos momentos después entró el padre Velarde, quien andaba
igualmente visitando á los enfermos. Amalia se le acercó, y en voz
perceptible apenas, le dijo quién era aquel enfermo. El padre
quedóse pensativo, fijos los ojos en el rostro de Manuel.
Estaban los dos sentados, á un lado y otro del lecho, cuando
empezó Manuel á despertar. El padre hizo ademán á Amalia de que no
se moviese de su asiento. Manuel abrió los ojos, y los fijo en el
rostro del padre: su mirada era espantosa; tal parecía que los ojos
se le salían de las órbitas. El rostro, encendido por el calor de
la fiebre, presentaba el aspecto de un energúmeno. Temblaba su
cuerpo de modo tal, que hacía estremecer la cama.
-¡Sáquenme de este infierno! esclamó con voz cavernosa y
trémula. Prefiero el patíbulo.... mil veces el patíbulo.. ¿A qué
sometérseme á semejante tormento? Con quitárseme la vida quedaba
cubierta mi deuda... Sentóse, y hacía esfuerzos por arrojarse del
techo. Aterrado miraba en torno suyo.
-¡No se levante, no se levante, por Dios! mire que eso le haría
mal, le dijo Amalia con voz dulce y trémula, acercándose
asustada.
-Esa voz.... esa voz.... exclamó el enfermo, fijando la mirada
en el rostro de la joven. En seguida, cubriéndose los ojos con las
manos, bregaba por escaparse; pero el padre lo obligaba, asiéndolo
por los brazos, á continuar en el lecho.-¡Espectros vengadores!
matadme, matadme pronto; pero no me castiguéis vertiendo gota á
gota en mi alma el veneno de la cólera de Dios!
Amalia intentó interrumpirlo con algunas reflexiones; pero el
padre le puso en la boca la palma de la mano, y con gesto
imperativo le mandó guardar silencio.
El joven había dejado doblar la cabeza sobre el pecho, y caer
los brazos sobre las mantas, como rendido por el cansancio. El
sudor le inundaba la frente; las venas de las sienes palpitaban con
violencia. Hilos de lágrimas bajaban por sus mejillas.
-Aquí, aquí.... continuó gritando, aquí hay fuego..... el fuego
vengador de la justicia divina.... Yepes, me engasaste, haciéndome
creer que todo termina aquí, en esta vida engañosa.... ¿Y qué
hacer, di, malvado, qué hacer
|fon esta serpiente que me roe
el corazón?....-Calló un momento. Sus dientes sonaban, al chocar
unos con otros.-He oído su dulce voz: el eco ha quedado en mi alma;
la voz de esa otra criatura inocente, angelical.... Pastor,
apresurémonos á estrangularla también, porque Yepes lo mandó; y las
cosas no deben hacerse á medias.... Pero mira cómo duerme tranquila
la pobrecita: no la despiertes... acaso suena conmigo, sin
sospechar la suerte de su hermana.... Aquí, aquí mismo.... aun se
estremece bajo tu mano.... Amalia exhaló un sollozo, y se postró de
rodillas. El padre corrió al lecho de uno de los enfermos que
yacían en el mismo aposento, y lo sacudió con fuerza.
-¿Qué es? dijo el enfermo, sentándose sobresaltado.
-¿Oye usted? preguntóle el padre en voz baja.
-Sí, lo he oído todo. ¿Ese joven está loco?
-Está delirando.... Pero oiga usted, y sabrá cosas curiosas.
Cuando tornó al lecho de Manuela éste estaba bregando por
levantarse, clavados los ojos en Amalia, quien yacía de rodillas, y
procuraba en vano sofocar sus sollozos.
-¡Quieto! le dijo el padre, asiéndolo con fuerza por los
brazos.
-Ya está quieta: ¿no la ves? dijo el joven, fijando su mirada
espantosa en el rostro del padre,
|¿No la ves? ha muerto sin
exhalar una queja. No sigas oprimiendo su garganta, pues no respira
ya. Tu férreo puno la ahogó sin hacer mayor esfuerzo.....
Volvió á callar, y luego, fijando de nuevo los ojos en Amalia,
que había levantado el rostro, y con la boca entreabierta é inmóvil
la mirada, espiaba las palabras del delirante, continuó:
-Pastor, mátala tú; que no me siento con fuerzas para tarea
semejante.... No, todavía no la ahogues.... mira qué bella está...
cuan tranquila duerme.... Me ama, y mi corazón no es insensible á
sus encantos. ... Mas ¿qué golpes son esos?..... Estamos
descubiertos: huyamos al punto!.....
Volvió á quedar en reposo por unos breves momentos. De los ojos
de Amalia, inmóviles como los de una estatua, descendían gotas de
llanto, que abrillantaba la luz de una lámpara, pendiente del
abovedado techo. El padre Velarde respiraba apenas: quería no
perder sílaba de las palabras del joven. Éste continuó en voz baja,
como quien
|se hace á sí mismo la relación de un suceso:
-Hemos logrado salvar el muro sin novedad. Corramos, no sea que
alguno nos siga.. .. ¿Qué te parece, Yepes? hicimos cuanto
mandaste; sólo que Amalia quedó con vida, porque á deshora unos
golpes, dados en el portón como con armas, nos obligaron á huir....
Bebamos, bebamos: ahoguemos en el licor estas rudas emociones que
nos desgarran el alma. ¿Pero por qué duerme Pastor
así?-
|Requiescat in pace. Así lo quería yo: callado, y
callado para siempre.-¿Qué has hecho, Yepes?-Ya lo ves, querido; la
copa de vino nos ha privado de un amigo peligroso. Secreto entre
tres, difícil es de guardar.-Pesa el infeliz; ¿ó será que aun estoy
fatigado de tanto correr? ... Ya cayó en la fosa que Yepes tenía
preparada de antemano.... Como que respira aún.... Echemos
tierra.... pero pronto, pronto; que la tierra sí sabe guardar
secretos.
Quedó en reposo, cerrados los ojos, la respiración fatigosa. El
padre Velarde, juntas las manos sobre el pecho, tenía los ojos
levantados al cielo. Su cabeza, emblanquecida como la de un nevado,
se destacaba en el fondo oscuro que lo rodeaba.
-Malvados, no las acuséis, continuó el enfermo sin abrir los
ojos: son inocentes. No hay en el mundo sino dos hombres que sepan
el secreto: Antonio Yepes y yo. Mi madre.... tan noble, tan santa,
que jamás nos reveló la conducta del Conde para con ella, ¿cómo
había de consentir en tamaña iniquidad? ¡Pobrecita! Yepes me enseñó
á manejar la falsía, y yo la tengo engañada: me cree un hombre
bueno, tal vez un justo.... ¡Y Eloísa! esa paloma, tan inocente,
tan pura.... ¡Callad, calumniadores! no manchéis el velo de la
virtud con vuestra ponzoña inmunda.... Antonio Yepes, maldito seas!
me perdiste desde niño; me has hundido en un abismo: ya no puedo
salir de él.... Apartad, apartad, espectros vengadores... ..
Matadme, y huid de aquí!
Palabras ininteligibles continuaban escapándose de los trémulos
labios del infeliz, y su voz se iba apagando gradualmente,
semejante al retumbo de un trueno lejano que se pierde poco a poco
en la inmensidad del cielo.
A pocos momentos estaba tranquilo, sólo que de cuándo en cuándo
algún estremecimiento hacía agitar sus miembros.
El padre Velarde acercóse á Amalia, quien seguía de rodillas,
llorando en silencio.
-Vamos, hija, le dijo su voz suave; no llores más. El corazón se
equivoca; pero nada se ha perdido cuando Dios nos abre los ojos á
tiempo. Toda vez que presenciamos un golpe providencial, debemos
admirar y bendecir; no debemos llorar. Aquí se ve patente la mano
de Dios: adoremos, hija mía!.... Pero este desgraciado, continuó,
fijando los ojos en el rostro de Manuel; este desgraciado ha sido
la víctima de una infamia; ha sido empujado al abismo por un brazo
más fuerte que el suyo: es más infeliz que malvado. Déjame solo con
él. Ya es bueno que reposes, pues va á amanecer.
Amalia se retiró, pero no á reposar. Tenía el corazón colmado de
dolor: necesitaba un alivio. Postrada de rodillas delante de un
crucifijo, precisamente el mismo á cuyos pies exhaló la Condesa su
plegaria postrera, permaneció largo rato absorta, derramando en
silencio copiosas lágrimas. ¿Qué diría en su íntima oración? Un
horrible desengaño había arrancado de raíz sus mimadas ilusiones:
su amor era profundo, por lo mismo que estaba oculto bajo el velo
del misterio; jamás había amado: era ésta su primera pasión, que
había despertado á una nueva existencia su alma virginal. ¡Y ver de
súbito desvanecido el hermoso sueño de su corazón! ¡ver á aquél en
quien había creído hallar sentimientos delicados, convertido de
pronto en un infame, en un monstruo de iniquidad! ¡descubrir,
cuando menos lo esperaba, que el objeto de su amor era un refinado
hipócrita, que hasta última hora las había engañado á ella y á su
hermana con palabras halagadoras, con modales seductores.... ¡Ah!
un desengaño tan brusco, tan cruel, tiene que causar profundo
desaliento, y enfriar el alma tal vez para siempre.
El padre Velarde velaba al lado de su enfermo, espiando los
menores movimientos suyos. Cuando empezó á amanecer, el joven abrió
los ojos. El padre corrió á un armario que había en la pieza
contigua; tomó un frasquito, é hizo que apurase su contenido el
enfermo, quien daba señales de hallarse despejado. Conoció al
religioso, y le dijo con voz desfallecida:
-Padre Velarde, ¿usted aquí? ¿Desde cuándo está á mi lado?
-Desde que empezó la noche. Has estado muy inquieto, y vi que debía
cuidarte.
-Gracias, señor. ¡He tenido sueños espantosos! ¡Cuánto padezco!
¡cómo deseo ya la muerte!
-¿No tienes necesidad de un corazón amigo en quien depositar
confiado las angustias de tu alma? Los que hemos vivido muchos
años, volvemos en cierto modo á la época de la infancia; y por eso
gustamos de la amistad de los jóvenes.
Diciendo esto, le pasaba la mano por la frente, como una madre
cuando acaricia á su hijo, no pequeñuelo ya.
-Hablemos un rato como viejos amigos, continuó el religioso.
Quiero que aprovechemos estos momentos lúcidos: después volverá el
ataque, acaso con mayor intensidad que el de esta noche. Estás muy
malo, hijo mío. Yo, merced á mi experiencia en esta clase de
enfermedades, he llegado á conocerlas: sé muy bien lo que te
digo.
-¿Piensa usted asustarme? Está muy equivocado, repuso el joven
con ásperos ademanes. ¿No le he dicho que anhelo morir?
-¿Cómo había de pretender asustarte? Yo sé que la muerte es un
bien, porque ella es el camino hacia una vida mejor. Perdóname si
te dije tal vez una necedad: los viejos somos necios por
naturaleza. ¿Qué quieres, hijo mío? el largo uso de la vida lo
vuelve á uno así. SÍ tu supieras los desengaños que venimos
cosechando á medida que avanzamos en la vía de la existencia!....
Si te contara mi historia, te hiciera acaso llorar. Fui víctima de
pasiones atolondradas. Un amigo de juventud, que ejerció sobre mí
influencia irresistible, me precipitó en errores funestos,
irremediables: llegué á no creer en nada que no fuese la materia.
Engañé al mundo; engañé á mi misma madre, santa, angelical mujer,
porque mi malvado amigo me enseñó por principios el arte de la
falsía.
Una noche.... ¡noche espantosa que quisiera borrar de mi
memoria! una noche puse el pie en la senda del delito: mi amigo me
había lanzado en el abismo. Alguien quiso interponerse entre mi
víctima y yo, lo cual dio lugar á una sangrienta reyerta; salí
mortalmente herido. Se me llevó al hospital, donde estuve varios
días á las puertas del sepulcro. Mi madre oraba, sin duda, por mí.
Lo cierto es que en la calma de mi espíritu, alojado del ruido del
mundo, pudo la reflexión venir á mi mente: pensé en el negro vacío
que deja la saciedad de las pasiones indómitas; en la infamia de la
vida de placer; en las tiernas enseñanzas que de niño recibí de los
labios de mi madre; en tantas... tantas cosas que acuden al
espíritu cuando se halla uno al borde de la tumba; y tuve vergüenza
de mí mismo, y alcé mi corazón al Dios de mi madre, y lágrimas
dulces aliviaron mi atribulada conciencia.
Después... ¿á qué referirte los incidentes todos de mi vida?
Héme aquí cubierto de un tosco sayal: esto te lo explica todo. Y
eso, hijo, que yo también fui un mozo seductor: mi presencia era
agradable; tenía talento; era instruido; amé, y fui
correspondido.... Pero ¿á dónde me llevan mis chocheces? Perdóname,
amigo mío: los viejos no podemos decir nada sin incurrir por fuerza
en pesadas digresiones. Todo esto sirve á probarte que si acaso te
he dicho alguna necedad, quizá ofensiva, debes tú achacarla, no á
voluntad de mi parte, sino á la debilidad de juicio que traen
consigo los grandes dolores del alma....
¡Dichoso tal en la flor de la edad.... Yo contaría, poco mas ó
menos, los años que tú, cuando la muerte golpeó en las puertas de
mi conciencia. No fui sordo, y por ello bendigo á Dios. ¡Ay! con
sólo haber visto feliz á mi madre, después de haber yo manchado su
nombre con mis infamias; con sólo eso, me daría por más que
recompensado del pequeño sacrificio que me costó mi retorno á la
vía de la verdad. ¡Pobres madres! ¿no, hijo mío? nos dan su sangre,
sus lágrimas, su vida, su corazón; en nosotros cifran toda su
ventura, y su orgullo y su esperanza.... Y les pagamos después
siendo los viles verdugos, no sólo de su paz, sino hasta de su
honra. Nuestros errores van de rechazo á manchar su frente, antes
pura, inmaculada ... Mas vuelvo á mis digresiones: ¡maldita manía
de los viejos!
¡Dichoso tú, hijo mío! en la flor de la edad; limpias tus manos
del fango del mundo, porque has seguido el camino que te señaló tu
madre; aun frescas tus ilusiones; viva la fe que tu madre sembró en
tu corazón.... Si mueres ahora, lo cual temo, puedes cerrar los
ojos en paz.... El corazón de este anciano, purificado por largos
años de austeridad, pronto está á servirte de ara de plegaria y
sacrificio, y su llanto lavará tu joven frente del tizne que
siempre deja la polvareda del mundo.
Volvió á acariciar la frente joven. Oraba, entre tanto, en el
santuario de su alma.
Sentíase Manuel conmovido. Las emociones que había sufrido desde
la tarde anterior; el recuerdo de la heroica virtud de su víctima;
las palabras del anciano, que habían sacudido su alma; el pensar
que su madre y su hermana se hallaban, por culpa suya, bajo el peso
abrumador de una acusación injusta; la idea de que sólo una mano
misteriosa podía haberlo traído á morir allí, allí, en el lugar del
crimen.... se agolpaba todo eso á su espíritu, agitándolo con
poderosa violencia.
-Padre, dijo con voz enronquecida; ¿pudiera obtener perdón de
Dios?
-¡Vaya! repuso el religioso, en cuyos ojos brilló un relámpago
de dicha. Supon el crimen más negro: la bondad del Señor no tiene
límites. ¿Qué punto del globo no ha sido bailado por la sangre
preciosa de Jesucristo?. ...
Y tomando las manos del joven, bañábalas con sus lágrimas y las
estrechaba contra su corazón.
-Hijo mío, continuo: levanta á Dios tu alma, y dile: ¡Padre mío,
pequé contra el cielo y contra ti: no soy digno de ser llamado hijo
tuyo! El Señor te aguarda, abiertos los brazos: lánzate en
ellos!
El pobre joven lloraba sobre el pecho del anciano. Las lágrimas
de los dos se mezclaban y caían en gruesas gotas al suelo.
Un rato después.... las lágrimas de Manuel no eran ya de
despecho, eran de dulce ternura: la paz había descendido al fondo
de su conciencia; el rocío del cielo había bañado su corazón.
Como lo había previsto el padre, se repitió el acceso más fuerte
que antes. Después de un rato de delirio, el enfermo cayó en
completa postración: la fiebre lo devoraba. Pocos momentos después
el padre recibió su postrer suspiro y le cerró los ojos.
XXIII
RESIGNACIÓN Y SACRIFICIO
Aquel mismo día, por la tarde, Yepes, encerrado y solitario,
como de costumbre, preparaba otra hoja anónima, con el fin de
repartirla esa noche en la ciudad, No desistía de su empeño de
perder á Manuel y difamar á Margarita y Eloísa. Como lo hacía toda
vez que un pensamiento serio lo preocupaba, de cuándo en cuándo
paseábase, hablando consigo mismo.
-Hasta ahora va todo bien, se decía. Manuel no saldrá de la
prisión sino para ir al patíbulo; pero antes de eso Eloísa,
deshonrada ante las gentes, despreciada por Gonzalo, no encontrará
más recurso que el de lanzarse en los brazos del hombre que se ha
atrevido á presentarse como defensor de ella, su madre y su
hermano. El que está á punto de ahogarse, echa mano de un
espino.... La ley favorece mis planes: hay que invocarla ante el
público.
Diciendo así, se paseaba y se frotaba las manos.
Entre tanto, el padre Velarde se presentó en casa de Margarita.
Su rostro estaba pálido, más que de ordinario; y en sus ojos
hundidos se veían las huellas del insomnio, y las rudas emociones
que habían combatido su alma.
-Señora, dijo, tomando asiento; no sé cómo dar principio alo que
vengo á tratar: no sé si deba empezar por las noticias buenas ó por
las malas.
Ella fijé con espanto los ojos en el rostro del religioso.
Veíalo tan desfigurado, que presintió algo terrible. Temblorosa y
lívida, aguardaba en silencio que él continuase hablando.
-Siempre que leo la parábola del Hijo Pródigo, envidio á aquel
padre que vertió lágrimas de gozo al ver á su hijo resucitado:
estaba muerto, y tornó á la vida; se había perdido, y fue hallado.
¿No es el cielo la vida del alma? ¿no es su resurrección?
La señora no entendía lo que le quería decir: aquello era un
misterio. -¿Qué es? señor: ¿qué es? preguntóle con viva
ansiedad.
-Señora, bendiga á Dios: jamás había ostentado mejor su
misericordia para con usted, que en la presente ocasión. Relatóle
luego todo lo ocurrido aquella noche.
La infeliz temblaba como en presencia de la muerte. Ahogábanla
los sollozos en tanto que el religioso le refería el delirio de
Manuel.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamaba; ¿por qué no murió este
desgraciado cuando aun estaba en la cuna?
Mas cuando le hizo el relato del género de su muerte, la
desesperación de la pobre madre se tornó en dolor tranquilo, casi
alegre, si puede decirse así. Lloraba, porque era madre; mas sus
lágrimas corrían silenciosas, y sus ojos se levantaban al
cielo.
-¡Hombre generoso! exclamó, elevando las manos con el más tierno
ademán. ¿Como pagar á usted beneficios tan valiosos? ha salvado mi
honor y el de mi hija; ha salvado también á mi desgraciado hijo....
¡Dios le pague tanto bien!
Llamó en seguida á Eloísa, y en breves palabras le refirió el
crimen y la muerte de Manuel. Pasaba la joven de impresión en
impresión al oír el espantoso relato de labios de su madre; mas
cuando ésta le habló de los últimos momentos del joven, el ceno de
espanto y horror que contraía el rostro de la hermosa, cambióse al
punto en una expresión indefinible de resignada ternura. En el
llanto de las dos reflejábase el iris de la esperanza.
-Ahora lo comprendo todo, dijo Eloísa, repuesta de su primera
emoción. Ya sé quién es el autor de la hoja acusatoria y de la
carta dirigida á Gonzalo.
-¿Quién? preguntóle Margarita con expresión de sorpresa.
-Yepes, repuso Eloísa con aire de completa seguridad. El padre,
que había estado pensativo, alzó la cabeza al oír este nombre de
boca de Eloísa, y fijó los ojos en el rostro de ésta.
-Ya me explico el plan de Yepes, continuó la joven con una
gravedad propia de una mujer de larga experiencia. Hace algún
tiempo noté de parte de ese malvado inclinación hacia mí, lo cual
me causó cierto instintivo sentimiento de terror. O fuese que le
hubiera parecido muy altiva, pues con efecto, aunque aquí se le
trataba con muestras de estimación y respeto, no podía yo vencer la
repugnancia que ese hombre me inspiraba, y hubo momentos en que,
viendo los ojos del monstruo fijos en mi semblante, lo repelí con
miradas de altivo desdén; fuese que él no pudiese soportar mi amor
á Gonzalo, y se hubiese propuesto hacérmele odiosa,-eso hombre es,
sin duda, el autor de nuestras penas. Quizá sea mucha mi
suspicacia, agregó después de un corto silencio, y ruborizándose al
caer en la cuenta de que había hablado mucho; pero.... no sé.... á
veces el corazón le dice á una cosas....
-Tienes razón, hija mía, le dijo el padre como inspirado por una
súbita revelación. Yo voy más allá que tú: ese infame no sólo
pretendía mancharte con el inmundo borrón del crimen, para ver de
rebajarte á su nivel, y apoderarse luego á su sabor de su víctima,
como el boa cubre primero de sucia baba la suya, y se la engulle
después,-sino que llevaba sus pretensiones á hacerse dueño de los
bienes del Conde del Palmar. Con su hoja solapada logró revelar á
la autoridad al autor dé la muerte de la Condesa; con su carta á
Gonzalo te perdía á los ojos de tu amante. Una vez que estuvieses
tú unida á él, y que tu hermano hubiese sido sacrificado, ¿quién
hubiera podido detener el curso natural de los sucesos? Ese hombre
es un monstruo. ¡Y tal era el abogado en cuyas manos había
depositado usted la suerte de su familia!...¡Pobre Manuel! no era
un malvado; no fue sino débil; y desde niño se apoderó el monstruo
de su alma indefensa, No saben las pobres madres que, en tanto que
ellas cuidan con amorosa solicitud del corazón de sus hijos, y los
juzgan inocentes, porque han aprendido á ser falsos, amigos de
quienes ellas nodesconfían, en quienes acaso ven consejeros leales,
están envenenando esa alma incauta, y empujándola con mano suave
cuanto traidora, por la senda florida del vicio. ¡Ah amistades
juveniles! se os debe más mal que á todos los furores juntos de las
pasiones del corazón!.... Calló por un momento, y agregó luego:
-Ya que hablamos de las riquezas del finado Conde, creo deber
recordaros que el curso de los sucesos ha puesto en claro vuestros
derechos. Debéis presentar en forma vuestra reclamación.
-¡Jamás! exclamó Margarita, encendida como grana. ¡Jamás! Usted,
señor, comprende mi pensamiento. ¿A qué explicarle lo que en este
momento pasa por mí?
-¿Y tú qué dices? paloma.
-Exactamente lo mismo.
-Autorizo á usted, continuó Margarita, para que, en mi nombre y
en el de mi hija, ponga en conocimiento de la autoridad que,
cualesquiera que sean nuestros derechos en la mortuoria del Conde
del Palmar, los cedemos para que se funde y sostenga un hospital de
apestados.
-Así, así os quería ver, repuso el religioso, estrechando las
manos de las dos nobles mujeres. Veces hay en que la vista del
crimen nos obliga á bajar los ojos avergonzados; pero otras,
sentimos deseos de levantarlos al cielo. En ese momento entró
Gonzalo.
-A buen tiempo has llegado, pícamelo, dìjole el padre, en cuyo
rostro brillaba inefable alegría. ¡Dichoso tú que has hallado un
ángel que te acompase en la vida! Y le refirió lo que habían
hablado.
-¿Qué dices tú respecto de la calaverada de Doña Margarita?
preguntóle sonriendo. Te lo digo, porque tú tendrás bien pronto
incontestables derechos....
-Por mi parte, repuso Gonzalo, aplaudo el pensamiento de la
señora, que ha interpretado fielmente el mío.
-Ahora, dijo el religioso, asumiendo un aire de solemne
gravedad; ahora que veo descender sobre vosotros el rocío del bien,
bendigamos al Señor.
Y se puso en pie. Sus ojos relampagueaban; por su frente,
cubierta de copos de nieve, se veían pasar las sombras del
pensamiento divino. Margarita y los jóvenes cayeron de rodillas á
las plantas del anciano.
-Ahora, dijo éste, tendiendo las manos sobre ellos y levantando
los ojos; ahora.... ¡paz sea en esta casa! ¡La misericordia de Dios
descienda sobre estas almas y las inunde en su gracia!
Calló. Por sus mejillas corrían gruesas lágrimas. Margarita
sollozaba. Gonzalo y Eloísa, entrelazadas las manos, fijaban los
ojos en el rostro del hombre que había traído á sus almas paz y
esperanza, y á tiempo que el llanto inundaba los suyos, una sonrisa
los iluminaba, anunciadora de inefable dicha.
XXIV
HABLA EL TERCERO
Habíamos dejado á Yepes paseándose á lo largo de su cuarto, y
entregado á uno de aquellos soliloquios que acostumbraba cuando
algún asunto importante preocupaba su espíritu. Ora escribía
algunas líneas, ora volvía á sus paseos y á su conversación
solitaria.
Haces de luz solar, penetrando por la celosía que miraba al
patio y daba sobre su mesa de estudio, trazaban en ésta círculos
brillantes. Las partículas de polvo que el sombrío personaje
levantaba al pasearse, brillaban, como moléculas de oro, al
atravesar las rectas líneas de luz. Así brillan fugitivos los
sueños de dicha que el mal brinda á la mente, para luego ir á
perderse en la noche del desengaño y del remordimiento sin
misericordia.
De súbito fuertes golpes dados en el portón lo hicieron salir de
sus meditaciones. Asomóse sobresaltado á una de las ventanas, y vio
que los que golpeaban eran agentes de la policía.
-¿Qué se ofrece? señores, dijo sin moverse de la ventana. -La
ronda, repuso uno de los agentes.
-Vaya, no hay cuidado, díjose en tanto que iba á abrir: vienen
en busca de apestados. ¡El susto que me han dado estos
majaderos!
Una vez adentro loa ministriles. Yepes los hizo seguir, á su
pieza de estudio, haciéndoles amables atenciones. Ya hemos dicho
que era un hombre fino, de ésos cuyos corteses modales encubren el
veneno de la serpiente.
-¿Y qué querían ustedes de mí? preguntó al que parecía ser jefe
de la patrulla.
-Que nos dé franca la casa, repuso éste.
-No hay inconveniente. Pero es tan grande, agregó sonriendo, que
sabe Dios si acabarán de registrarla hoy. Tengo todo un hospital de
apestados.
Los agentes, acompasados del amable dueño de casa se dirigieron
á las piezas interiores.
-¡Hola! aquí hay imprenta, dijo uno de ellos, al ver una pequeña
prensa en uno de los ángulos de la pieza menos oscura y húmeda de
las dos interiores.
-Un amigo, dijo Yepes, me la dejó á guardar esos objetos, que
harto estorbo me hacen por cierto.
Entraron á la otra pieza. El jefe, luego que hubo, con el mayor
disimulo, observado el suelo, dijo á Yepes, dirigiendo la vista á
un caño que pasaba por la mitad del patio y entraba por debajo del
quicio de la puerta:
-Hay que examinar esta cañería, porque en la casa vecina se
quejan de que por ella les llegan a veces inmundicias. ¿Puede usted
prestarnos una barra?
-Con el mayor placer, repuso Yepes. Nada hay más cómodo que las
vecindades.
Presentóse á poco rato con el objeto que se le pedía. Uno de los
agentes se puso, por orden del jefe, á cavar la tierra en el punto
que este le indicó.
- Pero por ahí no pasa la cañería, observó Yepes.
-Deje usted obrar, repuso el jefe, golpeándole el hombro con
amable sonrisa, como hacía. Yepes siempre que pretendía vencer
alguna resistencia. Puede que allí encontremos un tesoro. Usted
comprende que el dueño de casa no será defraudado en sus derechos.
Vea la tierra floja. No hay duda: encontraremos algo. Yepes estaba
lívido.
-No continúen cavando, dijo con voz trémula. Confieso mi pecado.
Ahí sepulté un cadáver. ¿Qué quiere usted? era mi paje. La fiebre
lo devoró en pocos días, y tuve que enterrarlo aquí, porque la
descomposición era espantosa.
-De todos modos queda usted preso, repuso el jefe, entregándolo
á sus subalternos. Voy, agregó á tiempo que se dirigía al cuarto de
estudio, voy á sacar mi sombrero para que marchemos
inmediatamente.
Entró al cuarto, y tomó los papeles que había sobre la mesa. Uno
de éstos era un manuscrito inconcluso. Decía así:
"Volvemos á decir que el vil asesinato ejecutado en la Condesa
del Palmar, tiene irritado al cielo. ¿Estamos ciegos? La epidemia
no cede un punto, y pronto seremos todos sus víctimas. Pueblo
barcelonés, hazte justicia, si la autoridad continua sorda á las
palabras de los que, imparciales, y sólo moví dos por sentimientos
patrióticos y justicieros, alzamos la voz para denunciar á los
autores del crimen.
"Hace pocos días fueron reducidas á prisión la madre y la
hermana del asesino, quienes, no hay duda, son sus cómplices. Hemos
sabido con no poca sorpresa que se les ha permitido salir con
fianza, y se les ha señalado por cárcel su casa de habitación. ¿Con
qué derecho se ha procedido así? ¿Es que una mujer joven y bella no
puede ser reducida al lugar de los delincuentes, tan sólo porque el
blando corazón de algún juez es demasiado sensible á los encantos
de la belleza? Ante la justicia y la ley no hay romanticismos que
valgan. La ley es terminante en este punto. La autoridad la ha
infringido, y está en el caso de revocar su desavisada resolución.
De lo contrario, pediremos a voz en cuello, ante el augusto
tribunal de la opinión pública, que se conceda A los asesinos que
yacen en la cárcel, esperando su sentencia definitiva, derecho para
salir, mediante fianza, á morar en sus hogares. La justicia debe
ser igual para todos: el rico y el pobre, la hermosa y la fea,
todos debemos estar sometidos a una misma medida. Ante la ley y la
justicia, toda excepción es odiosa.
"¡Pobre pueblo! en vano luchas incesantemente por defender tus
libertades sacratísimas y tus augustos derechos; en vano derramas
tu sangre generosa cuando hay que defender los fueros del suelo
patrio; en vano! la ley penal no se hizo sino para ti. Para ti son
las cárceles, los panópticos, los patíbulos, porque sólo tus
crímenes merecen castigo. Cuando el delito, por negro ó infame que
sea, es obra de individuos de la clase noble, todo al punto cambia
de aspecto: entonces se ablanda el corazón romántico de un juez, y
concede al delincuente toda suerte de consideraciones; hasta le
permite salir de la prisión á que lo reduce la ley, é ir á su casa
á gozar con sus amigos, acaso sus cómplices, del fruto de su
delito."
"¿Hace registrado la habitación de la señora Margarita de
Margallo? ¿Hace averiguado el origen de los fondos que han
resultado en su poder, cuando á todos nos consta que su estado de
pobreza nodistaba mucho de la miseria ?....
"El Ser Supremo, que lee en el fondo de nuestra
conciencia, y pesará en su balanza la intención que nos guía en
este delicado asunto; él, que ha descargado visiblemente su brazo
vengador sobre esta infeliz ciudad, manchada con el más infame y
cruel de los crímenes; él sabe que procedemos por amor á la
justicia, al denunciar el abuso que ha cometido la autoridad,
movida, sin duda, por intereses que no son los de la sociedad,
ultrajada en sus leyes y en sus derechos."
Iba aquí nuestro personaje en el borrador de la hoja anónima que
pensaba lanzar al público el día, siguiente. Hubiérala fijado en
los lugares más concurridos, hasta en las puertas de los templos; y
hubiérala hecho llegar, bajo cubierta, á las manos de Gonzalo.
XXV
JUSTICIA
Pasaron algunos meses.
El padre Velarde bendijo la unión de Gonzalo y Eloísa. Lo más
escogido de la sociedad concurrió á la ceremonia: los
acontecimientos recientes habían llamado la atención pública hacia
aquella amable pareja, tan digna de ser feliz. La belleza de Eloísa
ostentábase en todo su esplendor: sus mejillas habían recobrado la
frescura de sus días de felicidad, y en sus ojos azules chispeaba
la dicha, como en el fondo profundo de un cielo sin nubes,
reverbera el sol en toda su majestad. El dulce
|sí unió
aquellos corazones, nacidos para amarse, para transfundirse en un
mismo sentimiento, para levantarse juntos á las regiones de la
ventura sin término.
Aquel mismo día, á eso de las cuatro de la tarde, la ciudad
entera concurrió a presenciar la ejecución de Antonio Yepes. Una
detonación anunció á los habitantes del nuevo hogar el terrible
castigo. Gonzalo y Eloísa se miraron en silencio. "¡Dios le haya
perdonado como le perdonamos nosotros!" murmuró Doña
Margarita; y todos tres, en pie, rezaron un
|padrenuestro por
el alma de su gratuito enemigo.