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EL DIOS DEL SIGLO

 

I

 

EL CASTILLO DEL PALMAR

A orillas del Lobregat, no lejos de Barcelona, y á pocas millas de la costa que baña el Mediterráneo, ostentábase, va para largos años, un imponente castillo, de severo aspecto, así por sus altas torres como por su aire vetusto. El Lobregat pasaba acariciando sus muros, y arrullando con sus pausados rumores á los habitantes de la sombría morada: parecía que allí se quejaba, acaso porque presentía la cercanía de su tumba. El castillo era triste, puede decirse que lóbrego: ni una voz humana sonaba allí casi nunca; rara vez se percibía algún ser viviente cruzar por el vasto patio, ó asomarse al portón de hojas de hierro, única salida de la tétrica mansión.

Aquel silencio, aquella soledad; los lamentos de las ondas del Lobregat; el color ceniciento de los muros; las torres musgosas, donde moraban algunos buhos pensativos, -todo daba á aquel castillo el aspecto de una tumba.

Tres eran las criaturas racionales que habitaban el lúgubre edificio: un anciano sombrío y achacoso, una vieja amojamada y un hombre cuarentón, de mirada siempre esquiva y pronunciación pausada. He aquí al opulento Conde del Palmar y á sus dos sirvientes, Graciliana y Pastor. Fama tenía el Conde de poseer mucho oro oculto á toda mirada humana; mas se daba al propio tiempo una vida miserable, indigna de su alto rango. He aquí su aspecto físico: estatura mediana; espaldas un tanto levantadas; las piernas algo encogidas; andar dificultoso; cabeza encanecida y pobre ya de cabellos; rostro delgado y moreno; barba escasa; los ojos de color indefinible, velados por anteojos claros, engastados en oro. Era su conversación pesada y sin variedad, de esas que llaman el sueño.

Era Graciliana una antigua esclava de la familia del Conde. Pesaba sobre sus hombros una respetable suma de años. Por todo refunfuñaba, y casi siempre estaba hablando á solas consigo. Encorvada, de paso lento y dificultoso, tan flaca como un espectro, cabellera enmarañada y escasa, color cetrino, frente estrecha, nariz roma, boca grande y desprovista por completo de dentadura,-tal era el ama del solitario castillo. Como ella fue quien crió al Conde y á la única hermana de éste, creíase revestida de autoridad absoluta, de la cual usaba á veces hasta causar empalago: no soportaba á su lado á ninguna otra sirvienta; era el tormento de todas.

Era Pastor un jayán fornido. Hipócrita y astuto, era capaz de engañar al hombre más avisado, y de hacerse pasar por buen sujeto a un á juicio de gentes desconfiadas. Tratábalo el Conde con suma confianza, y puede decirse que hasta con respeto: conocíase fácilmente que los mantenía unidos el vínculo inquebrantable de secretos delicados. Pastor iba á Barcelona con frecuencia, pues proveía la familia (si aquello podía llamarse |familia) de todo lo necesario, y era quien desempeñaba los raquíticos negocios del Conde del Palmar.

Graciliana conservaba en su alma un afecto noble: una especie de culto á la memoria de su amada Margarita, hermana menor del Conde. Cuando se hallaba de mal humor, lo cual era casi siempre, poníase á hablar á solas, en voz alta, de las virtudes de aquella noble y piadosa señora, que tan buena había sido para con ella, y cuya suerte no había correspondido á tan excelentes prendas. No estaba la esclava bien enterada de ciertos pormenores; sabía tan sólo lo que era público: de manera que el hablar de su Margarita, como ella decía, ignoraba que ofendía con sus lamentos la sensibilidad de sus dos compañeros de habitación. Dio en comprender que el aspecto del Conde era más sombrío cuando ella lloraba por su Margarita, y procuró moderarse, ó ser á lo menos más circunspecta.

 

II

 

LA HERMANA DEL CONDE

Margarita era viuda. Su esposo, hombre bueno, mas no de ilustres abuelos, abrazó desde temprano la carrera de las armas, y murió por su patria con el denuedo de un héroe. Dejó dos hijos pequeños: Manuel y Eloísa.

Estando aun soltera, hubo entre ella y su hermano un pleito ruidoso por la herencia y el título de sus padres. Su astuto y osado contendor logró probar que él era el único hijo legítimo; y con tal motivo el pleito se sentenció en favor de |éste. Desde luego la infeliz abandonó la mansión donde corrió su niñez; y arrastró una existencia de tristeza y privaciones. Era bella y virtuosa. El Capitán Margallo se apasionó de ella, y la tomé por esposa. Su situación desde luego mejoró notablemente al lado de aquel generoso caballero, que la amaba con ternura.

Cuando hubo quedado viuda, tentó en vano cuantos medios juzgó que podían mover el corazón de so hermano en favor de sus dos hijos. Hizo un día que una amiga se los presentara al Conde, por si la vista de las dos inocentes criaturas lograba enternecerlo; mas todo fue en vano. El avaro persistió en negar que Margarita fuese hermana suya, y despidió bruscamente á los dos niños.

Manuel no pudo adquirir una educación completa, porque su madre no tenía recursos para dársela. Era inteligente, vivo y simpático. Eran sus sentimientos impetuosos; su carácter, altivo y dominante.

Era Eloísa criatura angelical. En sus ojos azules, que velaban pestañas sedosas, se reflejaba el candor de su alma apacible. Completábase su belleza á medida que el tiempo desarrollaba sus formas. Su carácter era tímido y dulce, y tan sumiso, que su voluntad se rendía sin esfuerzo á la voluntad ajena.

Hizo Margarita todo género de sacrificios por colocar á su hijo en un colegio, tan pronto como estuvo en edad de educarse. Allí contrajo Manuel la más estrecha amistad con un joven llamado Antonio Yepes, de más años que él, y de pésimos principios. Era Yepes mozo de relevantes talentos, y tan astuto, que á cualquiera convencía de que lo blanco era negro y que lo negro era blanco.

Los recursos de que podía la viuda disponer, no le alcanzaron para Sostener á su hijo por mas de dos años en el colegio. Salió, pues, el joven instruido á medias, y maleado por completo por los pérfidos consejos y los ejemplos de Yepes. La madre se sorprendió cuando vino á conocer á fondo el estado del corazón de su hijo, cuya inocencia había por largos años cuidado con esmero sin igual. Causóle esto más dolor que los rudos golpes con que la suerte había herido cruelmente su angustiosa existencia. Puso en juego los recursos de su inteligencia, que no era vulgar, y toda la ternura de su corazón de madre, para volverlo al camino, ya olvidado, del deber, y á la candida fe de su niñez; mas todo fue en vano: lo más que pudo fue hacerlo hipócrita. Resolvióse él á fingir, para no amargar la vida de su madre, sobrado infeliz ya, y también para evitarse los sinsabores que le causaban sus ruegos y sus lágrimas. Creyó ella haberlo vencido, y el vencedor era él.

Cuando hubo llegado el joven á los diez y ocho años, había alcanzado un desarrollo físico superior á su edad. Era muy hermoso: sus ojos negros y grandes resaltaban en el fondo de su pálido rostro; el húmedo coral de sus labios hacía juego con el blanco mate de sus mejillas; crespos cabellos sombreaban su frente ancha y despejada. Cuando sonreía, lo que hacía muy rara vez, brillaba su dentadura igual y simétrica, comunicando á su rostro una expresión delicada de encantadora dulzura. Su hermosa fisonomía causóle grave daño: halló francas á su paso las sendas del vicio.

 

III

 

VENCIDA EN SU TERRENO

Habitaba en Barcelona una familia honrada, compuesta de una respetable matrona, doña Isabel, parienta muy cercana del Conde del Palmar, y dos hijas de ésta, Juliana y Amalia. Después de su hermana, cuyas relaciones no reconocía, no contaba el Conde con más miembros de familia que Isabel y sus dos hijas.

De cuándo en cuándo las visitaba, siempre que su mal humor ó sus achaques se lo permitían. Eran las dos señoritas excelentes y hermosas criaturas. Juliana, la mayor, tenía atractivos irresistibles, provenientes, sobre todo, de las nobles virtudes que adornaban su corazón. Pronta siempre al sacrificio, cuándo se trataba del bien ajeno, jamás pensaba en sí misma, sino en las penas de los demás. ¡Noble alma! tu debías ceñirte la corona del martirio....

Doña Isabel quedó, muy joven todavía, viuda de un señor Brial, comerciante, quien apenas le dejó una fortuna mediana. Pero su grande alma no se acobardó: emprendió resueltamente la faena de la vida, y logró no sólo sostener su hogar honrado, sino que dio á sus hijas una educación completa. Si ellas podían obtener la palma del vencedor en un salón aristocrático en que exhibiese el arte sus primores, también podían desempeñar tareas menos poéticas, pero más conformes con las exigencias de la vida cuotidiana.

La existencia del Conde del Palmar era cada día más triste. Era su palacio algo como un cementerio: el silencio y el hielo de las tumbas habitaban allí como en morada propia. Graciliana, con su tétrico semblante, su constante rezongar y su humor siempre insufrible, era el buho de aquella tumba; y Pastor, taciturno de continuo, con los ojos tenazmente inclinados á tierra, como si su alma temiese ser vista por los demás, y con sus maneras ásperas como las de un presidiario, parecía el sepulturero.

Jamás una velada de familia,-esas veladas de amor y de expansión delicada, en que el alma se entrega sin reservas al ardor de su cariño por seres que la comprenden, y se halla en su región, la del amor y la fe en personas amantes y amadas;-nunca una palabra dulce, de ésas que alivian el corazón de los golpes recibidos en el combate del mundo; jamás una muestra de tierno cariño, ése que nos arranca del frío egoísmo y nos levanta á regiones puras, alumbradas por la luz de las virtudes sencillas. ¿Qué más? la vida había huido de aquel recinto helado por la avaricia.

El Conde frisaba ya con los setenta años. Comprendió al fin que su vida era apenas soportable. Quizás esta inspiración, que baja muy rara vez al corazón del avaro, le vino de ver la dicha, el cariño y la alegría que reinaban en el hogar de su prima Isabel, aunque ésta no contaba con grandes recursos, y tenía que trabajar, en unión de sus hijas, para poder atender á las necesidades de su posición. Por vez primera en su vida comprendió que el oro no es la felicidad, y que el alma necesita amar, como necesita la planta luz y calor.

Si á esta revolución efectuada en las ideas del Conde se añade que las gracias de Juliana eran á la verdad irresistibles, se comprenderá por qué en aquel corazón frío y dado al culto del oro, brotó, espontánea, ardorosa, la llama del amor. Dio el anciano en frecuentar la casa de su parienta; tuvo á veces para con ella inauditos rasgos de generosidad, consistentes en regalos de frutos y de verduras cosechadas en los hermosos huertos de su palacio.

A los ojos de Isabel no se escapó el objeto á que iban encaminadas las pretensiones de su pariente. Su primera impresión fue de espanto: pensó casi con horror en la desdicha que traen consigo los matrimonios desiguales, y más si quien los inspira es una codicia baja; y resolvió poner punto á su amistad con el Conde. Mas ¿cómo romper de súbito? Él no había cometido en su casa falta alguna; ni aun había pronunciado una palabra expresiva de su amor á Juliana. Además, ella y sus hijas, pobres é indefensas, no tenían para ante el mundo otra sombra que la muy valiosa del Conde; romper, pues, con él, era privar á sus hijas de esa única sombra; y era, por otra parte, echar sobre ellas el odio de un poderoso enemigo. ¿Qué podría la debilidad en pugna con la fuerza? Hubo, pues, de resolverse á sufrir con paciencia las visitas y obsequios de su primo.

Lo que más repugnaba á la buena señora, de parte del Conde, era el verlo dominado por la avaricia, una alma generosa, como era la de Isabel, puede avenirse hasta con el crimen, cuando éste se reviste de cierta hidalguía; pero nunca con la pasión que convierte al oro en un objeto de culto. El Conde, que era hombre astuto, comprendió el estado de ánimo de su prima respecto de él, y resolvió combatirla sobre su mismo terreno. Suplicóle un día que le concediese una entrevista privada.

-Prima, le dijo luego que estuvieron solos; usted me ha hablado repetidas veces de la triste situación en que se halla la viuda de Peralta...,

-¡Ay! repuso Isabel interrumpiéndole; en este instante vengo de hacerle una visita. Aquello parte el alma. Figúrese usted una mujer tullida, rodeada de cinco hijas, pequeñas todas, y en la más espantosa miseria. Tengo yo momentos en que quisiera ser rica. ¡Qué dulce será llevar la dicha a una familia desgraciada!...Mas quizá si lo fuera …

-Yo no soy, prima, como algunos me juzgan: gusto de hacer el bien en cuanto puedo. Sólo que, como busco el silencio y las sombras para mis obras de caridad, no brillan ni suenan como las de los hipócritas; y por eso se me tiene por un hombre sin entrañas. Con usted tengo confianza, porque es mujer de secreto: nadie sabe en Barcelona cuántas son las familias que viven de mi bolsillo, entre tanto que las gentes me miran con el desprecio que se merecen los hombrea de corazón insensible. Pero mejor, ¿no? Como Dios me pague, me importa bien poco la estimación del mundo.

Isabel estaba sorprendida. Este desengaño era tan dulce para su alma, que no acertaba á salir de su sorpresa. Había creído que el Conde era incapaz por completo de todo sentimiento delicado, y lo hallaba de pronto en el terreno de la más encantadora de las virtudes.

-Recuerdo este caso, prima, prosiguió el Conde. Era cura de una parroquia no distante de Barcelona, un anciano que tenía fama de avaro y de cruel para con las gentes pobres: nadie se atrevía á acercársele á pedirle una limosna, porque siempre contestaba con expresiones duras y con modales groseros. Hubo en el mismo lugar, por algún tiempo, un individuo que, disfrazado de Nazareno, recorría en altas horas de la noche los hogares infelices, repartiendo en todos ellos inmensos beneficios. ¡Cómo se multiplicaba aquel ángel de bondad! Para unas familias tenía dinero; para otras, medicinas; para otras, palabras de paz que llevaban la concordia á matrimonios desavenidos; para otras, sabios consejos que aliviaban los pesares ó calmaban las pasiones. Nadie sabía quién era aquel hombre. Sucedió que un día murió el Cura del lugar. El del pueblito vecino acudió al punto á celebrar las exequias de su colega. Subió al pulpito, y entre sollozos dijo: "Señores, el Nazareno ha muerto!" Fácil es de comprender cuánta sería la sorpresa de aquellas sencillas gentes al saber que su párroco, á quien tenían por avaro y por alma endurecida, era el mismo que, de incógnito, había esparcido por largo tiempo entre ellos los benéficos favores de la Providencia; y cuál sería su dolor al ver tendido en un féretro á aquel ángel de piedad que había enjugado sus lágrimas, aliviado sus pesares y calmado sus dolencias. Un lamento unánime resonó por las bóvedas del templo, y torrentes de lágrimas cayeron á humedecer las losas del pavimento.

Señora, mal podemos los hombres vulgares compararnos con los héroes sublimes de la virtud; mas lo cierto es que es muy dulce hacer el bien sin que nadie lo sepa, ni aun lo sospeche.

Estaba Isabel hondamente conmovida; tenía los ojos humedecidos. El Conde vio llegado el momento que anhelaba.

-No he encontrado medio, continuó, de socorrer en secreto á la viuda de Peralta. Pero he pensado en usted. ¿Quiere usted servirme de instrumento para esta obra?

-¿No he de querer? señor, repuso la señora con voz temblorosa. Le agradeceré esto más que si lo hiciera conmigo. Va usted á dar la vida á un hogar que estaba á punto de extinguirse para siempre.

-¿Pero puedo estar seguro de un absoluto secreto?

-Se lo prometo, señor: no lo sabrán ni mis hijas.

-Bien. Tome usted estos billetes; son mil reales, con los cuales creo que haya para los primeros gastos. Cada semana daré á usted lo necesario para que nada le falte á esa familia infeliz.

-¡Gracias, señor! ¡gracias! ¡Que Dios lo bendiga! dijo Isabel enternecida, al recibir los billetes. Y besó y humedeció con sus lágrimas la mano que se los daba.

En aquel momento su corazón se reconcilió con el anciano, y su antiguo desvío se convirtió en afecto y noble admiración. ¡Qué desengaño tan dulce! El árido pedernal resultó ser blanda cera.

Cumplió el Conde su palabra. La familia de Peralta recibía lo necesario de las manos de Isabel, y bendecía agradecida al protector incógnito que así le daba el sustento.

El Conde notó que el trato de su prima había cambiado completamente para con él: hallaba en ella respeto, deferencia, casi amor. Había, pues, tocado la más simpática de sus fibras.

Otras muchas obras de caridad llevó á cabo por conducto de su prima. Cada día se formaba ella más favorable concepto de su noble corazón. Entre tanto, él se ungía indiferente respecto de las gracias de Juliana.

 

 IV

 

TRIUNFAR SIN HUMILLARSE

Isabel enfermó de gravedad. El Conde manifestaba hallarse muy afligido. De continuo acompañaba á la enferma, y atendía á los subidos gastos de la familia.

Conoció la viuda que se acercaba su último día. Lo que más la atormentaba era pensar que quedaban desamparadas sus hijas, tan jóvenes y tan bellas. El Conde la tranquilizaba con la promesa de que él sería su protector.

-Mas, no, le dijo una vez: tan pronto como las gentes viesen que yo protegía á las dos pobres huérfanas, perdería la fama que tengo de hombre duro. Acuérdese usted del Nazareno. ¿No peligraría, además, el honor de las muchachas, al verlas solas las gentes, y protegidas por un pariente lejano? La moribunda rompió á llorar.

-No llore, Isabel, le dijo el Conde, tomando una de sus manos. Hay remedio para todo. ¿No se le ocurre á usted uno en estas circunstancias?

-Encuentro uno, uno solo; mas tan difícil,… si no imposible.... y además, tal vez sería un sacrificio para usted.

-Comprendo su pensamiento. No tenga usted cuidado. Juliana no será para mí una esposa, sino una hija; y una hija será también Amalia. Querrá decir tan sólo que al fin de mis días habré encontrado dos hijas que endulcen las amarguras de mi vida solitaria.

-Bien, señor. Así ya puedo morir tranquila. Sí no conociera yo el corazón de usted; si tuviera todavía la, opinión que de usted me hube formado otro tiempo, preferiría, para mis pobres hijas una existencia de fatiga y privaciones, á una menos azarosa, pero al lado de un hombre descorazonado. Hoy hablaré con Juliana.

El Conde se despidió. Iba satisfecho de su habilidad. Su triunfo había sido espléndido. Todo lo había conseguido sin sacrificar su orgullo. Isabel hizo llamar á Juliana.

-Hija, le dijo; puede que me salve de esta enfermedad; mas puede también que en ella sucumba. Yo no temo la muerte sino por vosotras…

Pero óyeme tranquila; enjuga esas lágrimas. De ti. Juliana, de un sacrificio tuyo, va á depender tu suerte, también la de Amalia.

-¿La suerte de Amalia? preguntó Juliana, levantando el rostro cubierto de lágrimas. Hable usted, mamá; exíjame lo que quiera.

-Yo, que te conozco más que tú á ti misma, sabía que sin vacilar harías cualquier sacrificio por la dicha de tu hermana. Bien, pues: tendréis en el Conde un protector, más que un padre; pero siempre que tu... La joven se estremeció, cubriéndose el rostro con ambas manos.

-Comprendo, dijo. ¿Mas eso podrá asegurar acaso la felicidad de Amalia? ¿Qué beneficio se puede esperar de ese hombre avaro?

-Estás, hija, equivocada respecto del Conde, como también yo lo estuve por largo tiempo.

Y le hizo una detallada relación de las virtudes que en éste había descubierto.

Quedóse Juliana pensativa. Después, hablando en voz baja, como si estuviera sola, "Ella será más feliz, se dijo: la posición que yo le podré dar le proporcionará un partido que haga su felicidad. No hay más remedio: debo obrar así." Y, fijando sus ojos aguados en oí rostro de su madre, le dijo con faz serena:

-Pierda usted cuidado. Estoy resuelta á todo. Lloraba Isabel de ternura al contemplar la noble abnegación de su generosa hija. Juliana le echó los brazos; y las lágrimas de entrambas se mezclaron en silencio.

La enfermedad de Isabel se agravó rápidamente. El facultativo que la asistía se manifestó impotente para salvarlo.

El Conde observó en esta vez una conducta verdaderamente noble: no se separaba un punto del lado de la enferma, prodigándole afectuoso toda suerte de cuidados. Hubiérase dicho que era un padre que asistía á los últimos momentos de su idolatrada hija. Fácilmente se explica esto: amaba el anciano ardientemente á Juliana; su alma se había despertado por primera vez á un noble, generoso sentimiento, y un amor de tal especie inspira siempre de suyo pensamientos elevados.

Sintió Juliana gratitud profunda por el hombre que se mostraba tan amoroso para con su madre; y la virtud que acababa de hallar en su corazón, que había creído ella estar empedernido, le inspiró de súbito admiración hacia él. La gratitud y la admiración bastan á comprometer la afición de una alma noble. La invencible repugnancia que le inspiraba el anciano, se convirtió en respetuosa y apacible simpatía, en un sentimiento delicado y tierno, algo así como el cariño de una hija por su padre.

Llegó el momento postrero de Isabel. Un anciano sacerdote, de rodillas al pie del lecho mortuorio, rezaba las oraciones que la fe cristiana eleva á Dios por los moribundos. El Conde, con un cirio en la mano, oraba también de rodillas; por su arrugada faz corrían gruesas lágrimas, tal vez las primeras quo brotaban de sus ojos, no sensibles hasta entonces sino al reflejo del oro. Juliana y Amalia exhalaban de su pecho sollozos entrecortados.

La moribunda hizo un esfuerzo como para incorporarse, y les indico á sus hijas que se acercasen. Las jóvenes se postraron al pie del lecho, Alzó Isabel la enflaquecida mano, y con voz que ya apenas se entendía les dio su despedida y las bendijo. A pocos instantes cesó la agonía. Las huérfanas exhalaron al punto agudos gemidos, y lanzándose al lecho, besaban las mejillas de su madre, besándole la frente con sus lágrimas. Los circunstantes presenciaban conmovidos aquellos desahogos del amor filial, privado ya del objeto de su angelical ternura.

¡Una madre!.... ¡Ah! más tarde, cuando hemos recorrido la escala de la vida, y hemos bebido á tragos en la copa del amor,-el amor conyugal, el amor paterno, el amor en sus múltiples manifestaciones,-sentimos en nuestra alma un hondo vacío que nada en torno nuestro puede colmar, y volvemos los ojos del corazón á las lejanas riberas de nuestra infancia, y evocamos las caricias, las sonrisas, loa cantares, los consejos y las reprensiones de aquella dulce mujer que nos amó con amor sin rival en el mundo, y nos dio con su sangre y sus lágrimas la vida del cuerpo y del alma. Bien podremos apartarnos, en la hora maldita de la tentación, del sendero del honor, y hundirnos en el abismo sin fondo del mal; pero mientras conservemos en el corazón la imagen de una madre idolatrada, y en el alma sus consejos y las plegarias que nos enseñó al pie del ara santa, aun no está todo perdido: tarde que temprano, volveremos al camino abandonado del bien, y amaremos la virtud, y alzaremos al cielo los ojos iluminados par la antorcha de la fe.

Mas el vínculo que une á la madre y á la hija, es todavía más estrecho: el alma de la una transmitióse á la otra, sin reserva, sin medida; y sus ideas y sus gustes, sus sentimientos y hasta sus caprichos, son en un todo unos mismos. El varón se aleja pronto de su madre, y va á buscar en el mundo otros entretenimientos y delicias y placeres que no son los del hogar. No así la mujer, que vive la vida de su familia: su única amiga es su madre; es ella su maestra, su consejera, el espejo de sus obras....

¡Hija mía, goza, mientras puedas, del amor de tu generosa madre: más tarde nadie podrá devolverte ese afecto celestial, como nadie podría devolverle á una flor los tiernos pétalos que el viento le arrebató!

 

V

 

TRANSFORMACIÓN DEL CASTILLO

Pasaron algunos meses después del fallecimiento de Isabel. Nadie, excepto sushijas, volvióse á acordar de ella: la capa del olvido cubrió su tumba.

Un día en el castillo del Conde del Palmar se sintió ruido y se vieron algunas gentes extrañas. Aquello fue para todos una sorprendente novedad, algo á modo de un escándalo; era como si en un cementerio se escuchasen de repente alegres, cantares y carcajadas. Andaba Graciliana por aquí, por allí, como aturdida, atendiendo á las faenas y refunfuñando siempre: aunque estaban aquel día bajo sus órdenes dos excelentes sirvientas venidas de la ciudad, se quejaba del trabajo y daba á mil demonios los extravagantes caprichos del amo. Pastor no salía ni un punto de su paso: con su hipócrita sonrisa y sus miradas esquivas, andaba por uno y por otro lado, observándolo todo y renegando á sus solas.

Aquel día tuvo lugar, en la triste capilla del palacio, el enlace del Conde con Juliana. No eran muchos los convidados; pero hubo cordialidad y la posible alegría. La hermosa novia ostentaba en sus sonrisas y en sus palabras un contento que estaba muy lejos de sentir: su palidez y las sombras que rodeaban sus ojos, denunciaban el combate de que era víctima su alma. El sacrificio estaba consumado. Mas Amalia mostrábase contenta, y eso colmaba sus nobles deseos.

Pocos días habían pasado, y ya se notaba en el castillo una completa transformación. Las telarañas, que antes invadían á su sabor los ángulos de los muros y desaparecieron como por encanto; los enlucidos perdieron aquel color ceniciento que antes los entristecía; los pisos estaban limpios, como si hubiesen los alfombrados sufrido un cambio absoluto. El silencio sepulcral que reinaba días antes en el castillo, inspirando tristeza, causando miedo, era interrumpido por el canto de multitud de pájaros aprisionados en jaulas de alambre suspendidas de los techos. Vistosas flores oreaban, en tazones guarnecidos de círculos color de oro, los barandajes, las columnatas y la copiosa fuente del patio.

Aquel edificio, tétrico cual la mansión de los muertos, adquirió de súbito vida y movimiento: la poesía lo engalanó con sus risueños encantos, y tal parecía que un lampo de felicidad había ahuyentado la brumosa sombra de melancolía que poco antes lo cobijaba con sus alas tenebrosas. Juliana y Amalia lo hermoseaban todo, dejando aquí y allí el sello de la belleza de su alma soñadora.

El Conde era dichoso. Cada día adivinaba nuevos encantos en el corazón de la angelical criatura que le había consagrado su existencia. Su carácter, antes áspero, se dulcificaba momento por momento. Comprendió al fin que la vida es bella cuando el amor la perfuma con su aliento y la alumbra con sus resplandores.

¡Cosa rara! la joven esposa ablandó bajo el calor de su mano aquel corazón, duro antes como roca a las desgracias ajenas: débiles reflejos de caridad empezaron á disipar la hosca noche de egoísmo que lo cubría con su manto negro y frío como la muerte". Enternecíase cuando Juliana le pintaba, con aquel su lenguaje peculiar, impregnado de suave melancolía, la situación de familias que la estrechez abrumaba, y hasta á veces consentía en que les distribuyese algunos dineros, aunque imponiendo siempre límites, en ocasiones más que prudentes, á su bondad generosa.

El Conde dio en notar que su esposa se ausentaba del castillo algunas tardes. No dejó esto de causarle alguna vaga inquietud: sábese que un marido anciano, y más si su esposa es joven y bella, adolece del achaque de los celos, más que algún otro mortal. Una tarde la siguió con prudentes precauciones, de manera que ella se creyese sola. Viola entrar á una casita no distante del castillo; y apresuró el paso, para ponerse en atisbo de lo que iba á hacer allí. Escondido detrás de unos árboles que daban sombra á la casa, quedé en acecho á sus anchas: podía allí verlo y escucharlo todo. Una mujer escuálida, rodeada de cuatro pequeñuelos, estaba en un lecho de aspecto miserable. La Condesa sostenía la cabeza de la enferma, y la obligaba á tomar los sabrosos alimentos que le llevaba. Puso después en sus manos un puñado de monedas. La enferma se echó á gemir, y besaba las manos de su bienhechora, humedeciéndolas con sus lágrimas.

-Que Dios se lo pague, ángel de caridad! díjole con voz interrumpida por sollozos apagados. ¡Ay! si antes de ahora hubiese habitado en el castillo esta mujer, esta santa, mis días se habrían prolongado. ¡Cuántas veces golpeé en vano allí, en solicitud de un pan para estas pobres criaturas, y sólo obtuve en respuesta los ladridos de dos mastines, que querían despedazarme! Pero hoy.... hoy muero tranquila: sé que un noble corazón cuidará de mis hijitos, y que no morirán de hambre: Dios les ha dado una madre que tendrá compasión de ellos.

Por las rosadas mejillas de la joven Condesa rodaban brillantes lágrimas. Así era más hermosa. Jamás se ostenta más fresca y más pura una flor, que cuando el sol naciente abrillanta las gotas de rocío que depositó la noche en sus pétalos de raso.

El Conde se enterneció: el amor no le dejó ni tiempo para pensar que aquellas obras de caridad eran un atentado contra sus cofres. Púsose de repente en presencia de su esposa. La aparición del anciano causó una impresión de susto  en la enferma y también en la Condesa. El abrazó á la joven, y dos lágrimas esquivas asomaron á sus párpados. Juliana echóle sobre el cuello el brazo izquierdo, y con la mano derecha le señalaba aquel cuadro de luto y desolación.

A otro rato se fueron los dos para el castillo. El anciano iba apoyado en el hombro de la joven. Se hubiera dicho que una hija había sacado á su padre á tomar el sol del campo.

De esta manera, Juliana iba ganando ascendiente irresistible en el alma de su esposo. Era aquello, sin duda, un milagro. ¿Pero acaso el amor no hace milagros? El calor de los rayos del sol acaba por derretir los carámbanos que cubren la cima de un alto peñón.

Por lo demás, todo era alegría en el castillo. Por primera vez sonaban en sus cóncavas bóvedas las armonías de la música. Juliana y Amalia tocaban el piano maravillosamente, y cantaban como dos turpiales. Sentábase por las noches el Conde en su poltrona, no lejos del piano, y se embelesaba oyendo selectos trozos de música, tocados á cuatro manos, y canciones melodiosas. Las gentes vecinas decían que los ángeles se habían dignado venir á habitar en el castillo, morada poco antes de los demonios.

La vida ordinaria del Conde del Palmar había sufrido un cambio completo. Antes comía lo que buenamente le daba la esclava, lo cual hacía a solas y en un triste pasadizo que conducía á la cocina. Juliana hizo preparar convenientemente para comedor una pieza que miraba al patio principal: todo quedó arreglado con gusto el más exquisito. Los alimentos del Conde eran cual correspondían á su edad y posición; y como las horas de comedor eran sazonadas por la alegría, alimentábase con apetito y con juvenil placer. Pronto se vio rejuvenecido al antes enclenque anciano. Y lo que parece increíble, los gastos ordinarios de familia habían aumentado en poco: la economía más prudente se compaginaba allí, con el bienestar y el gusto. Faltaba antes en aquella casa el alma previsora y delicada de una mujer diligente.

Salía por las tardes el Conde á pasear con sus dulces compañeras. Llevábanle en medio, prestándole apoyo, y haciéndole deliciosos los momentos del paseo. Cuando se sentía cansado. Juliana lo hacía sentar al pie de un árbol umbroso, y embargaba su ánimo con lecturas amenas, Amalia, entre tanto, corría por la pradera como toquilla, jugando con los corderitos, ó bien se internaba por los matorrales buscando flores silvestres ó pichones de palomas. A puestas del sol, tornaban al castillo.

¿Era Juliana feliz? Al verla siempre festiva, hubiérase pensado que era una mujer dichosa; mas tal vez en su interior había dolor y amargura. Necesitaba á las veces llorar á solas; mas siempre lo hacía en secreto: nadie sorprendió una de sus lágrimas. Un pensamiento aliviaba su corazón,- el ver la dicha de Amalia y el contento del anciano. Almas como la suya no se pertenecen: viven de la dicha que esparcen en torno suyo, como aquellos árboles desprovistos de follaje, que regalan sus jugos á las plantas parásitas que se adhieren á su tronco.

 

 VI

 

CONQUISTA DE UNA ALMA

La salud del Conde empezó á resentirse profundamente. Una afección de pecho que años hacía lo mortificaba, adquirió de pronto alarmante desarrollo. No podía permanecer fuera del lecho sino durante las horas más calurosas del día. Juliana lo acompañaba constantemente, distrayéndolo de mil modos, prodigándole consuelos. Una hija cariñosa no hubiera sido más tierna con su anciano padre, sometido á los tormentos de una enfermedad de muerte.

Hubo de llamarse á un facultativo. Remedios enérgicos consiguieron aliviar al paciente, mas no arrancar de raíz la tenaz enfermedad. El médico opinó que sólo un clima ardiente podría prolongar la débil existencia del anciano. Resolvióse, en consecuencia, en consejo de familia, emprender viaje á la Habana.

A la sazón una enfermedad grave atacó á Graciliana. La Condesa consagraba al cuidado de la enferma los ratos que le dejaban libres los achaques de su esposo. La esclava, que hasta entonces había mirado con malos ojos á su joven señora, por celos que le inspiraba el verla gobernando por propia cuenta el castillo, que era antes de su dominio inmediato, comenzó ahora á tomarle cariño. Revelóle secretos de familia; contóle lo que sabía de la suerte de la infeliz Margarita. Juliana, horrorizada, procuraba apoderarse de todos estos secretos. Comprendió la desgraciada que el pasado de su esposo encerraba misterios infames. Mas no por eso desfalleció: pensó en que Dios acaso la había destinado á ella á satisfacer aquellas horrorosas injusticias. Ni esto fue parte á apagar en su noble corazón la llama de cariño respetuoso que abrigaba por aquél á quien miraba como padre de Amalia, y que había dado alivio á las últimas amarguras de su madre. Concibió profunda lástima, más no rencor ni desprecio, por el infeliz anciano, víctima acaso de errores y extravíos que él no tuvo fuerza para poder dominar.

Graciliana espiró en brazos de la Condesa. El Conde se afligió por la muerte de la anciana, que había acompañado desde pequeña á su familia. Hiciéronse a la esclava magníficas exequias, y Juliana, el Conde y Amalia acompañaron el féretro basta la última morada. La salud delicada del Conde erigía un pronto cambio de atmósfera.

En consecuencia, se hicieron preparativos de viaje, y á pocos días estuvo la familia lista para emprender camino.

No hubo en la navegación accidente desgraciado. Pronto el Conde se sintió restablecido, merced alas benéficas brisas del mar. Amalia y la Condesa sentíanse complacidas con la notable mejoría de la salad del anciano, y así podían entregarse á los placeres que proporciona al espirita el bello espectáculo del Océano. Las almas dotadas del sentimiento poético, dón que de ordinario ignoran ellas mismas, no pueden permanecer impasible ante las grandes escenas que les brinda la creación en todo el esplendor de sus encantos.

Los primeros días de su permanencia en la calurosa Antilla, fueron muy benéficos para la salud del Conde: llegó hasta á pensar hallarse yá bueno.

La sociedad habanera se mostraba cada día más atenciosa con las bellas españolas, quienes con su trato afable y con sus dotes nada comunes de cuerpo y alma, supieron captarse sin mayor trabajo las simpatías generales. Las más aristocráticas familias empeñábanse en cultivar con ella relaciones de amistad, y en hacer su permanencia allí lo más agradable que les era posible. Espléndidos bailes, paseos magníficos, ricos banquetes: cuanto forma los encantos de la alta sociedad, celebrábase sólo por tributar agasajos á estas simpáticas jóvenes. Cuanto á ellas, no salían de su sorpresa: habían pensado que Cuba sería un país atrasado, acaso semi salvaje, y hallaron, por el contrario, que la hermosa Antilla podía muy  fácil competir en cultura con lo más aventajado de la sociedad de España. Hallaban por todas partes la riqueza y el esplendor de las más hermosas ciudades de la Península.

El Conde, por su parte, también estaba encantado. Tan finas atenciones, tan galantes obsequios, tributados á su esposa y á su cuñada, colmaban su pecho de dulce gratitud. Tampoco había imaginado encontrar tanta cultura en aquella colonia de su patria.

Como él asistía en persona á las reuniones que les eran dedicadas, dio en descuidarse un tanto respecto de las prescripciones impuestas por su médico, y su salud empezó á resentirse de nuevo. Reapareció á pocos días con mayor intensidad, su grave afección de pecho. La enfermedad adquirió un desarrollo alarmante. Agotó la ciencia sus recursos todos, y acabé por declararse impotente á salvarlo.

Juliana pasaba los días y las noches al lado del enfermo, cuidándolo infatigable con tierna solicitud. Admirábanse las gentes de ver cómo aquella hermosa joven se consagraba, con el empeño que sólo puede inspirar el amor, á cuidar de la existencia del anciano moribundo; y la contemplaban con hondo respeto, como á una heroína del deber de esposa. Esto acabó de captarle las simpatías generales. Hasta entonces habían conocido á la dama distinguida, á la mujer bondadosa: conocían ahora a la abnegada mártir que de grado sacrificaba su salud y su belleza en aras de obligaciones impuestas por la virtud.

No sólo se consagró á alimentar la llama, casi apagada ya, de la existencia física del Conde: al propio tiempo emprendió, mas con toda la prudencia de un corazón delicado, la noble tarea de purificar su espíritu. Poco á poco fue insinuándolo en la contemplación de las cosas suprasensibles, con tacto tan fino, que el enfermo no supo presentar resistencia, pues no pudo percibir el amago del golpe. El lenguaje del amor, de la ternura, de la gratitud, fue el arma de que se sirvió esta mujer singular para rendir aquella alma, empedernida de tiempo atrás en el vil culto del oro, obligándola á arrancarse de los cuidados del mundo, y á levantar sus anhelos á las regiones sublimes de las verdades eternas.

Una noche Juliana velaba á la cabecera del lecho de su esposo. La luz de una bujía, que amortiguaba á medias una pantalla, apenas dejaba distinguir los objetos de la alcoba. Estaba todo en silencio: tan sólo se percibía la respiración anhelosa del enfermo. Al inclinarse Juliana sobre él, á ver si dormía, una lágrima suya cayó sobre la frente del anciano. Éste al punto abrió los ojos, y los fijó sorprendido en el pálido rostro de la hermosa enfermera.

-¿Lloras? ángel mío, le dijo con voz ya apenas perceptible. ¿Es pues cierto que nos vamos á separar para siempre?

-Eso depende de tu voluntad, repuso ella, componiéndolos cobertores del lecho.

-¿De mi voluntad?¡Ay! ¡quién pudiera no separarse jamás de ti! ¿No sabes que yo no vivo sino desde el día que uní mi suerte á la tuya?

-Depende de ti tan sólo que sea eterna nuestra ausencia, ó que pronto nos volvamos á juntar, y para siempre. Postra tu corazón á los pies del Dios misericordioso; sumerge tu alma en la fuente del arrepentimiento; y... créeme, amado esposo, dulce padre mío.... créeme: te juntarás pronto á esta mujer que te ama en su Dios y por su Dios.

-¡Ah! si supieras.... dijo el Conde estremeciéndose; si supieras....  un abismo me separa de tu Dios, santa, angelical criatura!

-Todo lo sé, repuso Juliana con viveza; todo: no tienes para qué explicarme nada. Causaste la ruina de tu infeliz hermana.

-¿Conque todo lo sabias, y no me has aborrecido?

-¿Aborrecerte? ¿porqué? Una pasión desarreglada inspira lástima, no odio. Pero nada está perdido: aun tienes tiempo de reparar el daño que causaste. Démosle lo suyo á cada cual, y así podremos después darle i Dios el corazón.

-¿Pero no sabes que quedarías casi pobre? La parte mayor de mis bienes pertenece á mi hermana. No me puedo conformar con que des riendas del rango elevado que mereces.

-He pensado en todo eso, y me hallo determinada. ¡Que se cumpla en mi hermana y en mí la generosa voluntad de Dios! ¿La riqueza merece por ventura el sacrificio de la dicha eterna?

-Alma noble, alma sublime, haz conmigo lo que quieras. Deseo morir en tu fe, porque debe ser muy bueno el Dios que crió tu alma.-Sólo una cosa te exijo: que Margarita no sepa nunca.... Tú te ingeniarás de modo que se lleve á cabo la restitución, sin que ella, ni nadie, sospeche nada.

-No te inquietes, querido: todo eso lo he pensado.

La Condesa, postrada de rodillas, estrechaba entre las suyas la mano del enfermo, bañándola con sus lágrimas, las más dulces lágrimas que había llorado en su vida. El anciano sollozaba, y el llanto inundaba su rostro á torrentes. La noble mujer había rendido el alma de aquel hombre endurecido.

Al día siguiente el Conde recibió el Viático. Durante la ceremonia, Juliana y Amalia permanecieron de hinojos al pie del lecho. Con los ojos cerrados, la cabeza inclinada sobre el pecho, el rostro cubierto de gotas de llanto, trémulos los labios, oraban silenciosas, inmóviles ambas como dos efigies. El Conde las contemplaba, y creyó que dos ángeles habían venido á prestarle compañía en aquellos momentos de augusta solemnidad.

Una hora después.... estaba todo concluido. Juliana, que había cobrado á su esposo el cariño de una hija, lloróse huérfana, doblemente huérfana, y juntó en su corazón el recuerdo de su madre al recuerdo de su esposo, para rendirles el culto de su doble dolor.

La sociedad habanera se esmeró en manifestar á la Condesa sus simpatías y respetos, y en tributar á los restos del finado el homenaje debido á su memoria.

 

VII

 

LA RESTITUCIÓN

Juliana y Amalia tan pronto como hubieron cumplido con sus deberes de amistad y gratitud, se volvieron para España. La noble viuda demostraba en su exterior la tristeza que abrumaba su corazón solitario. No era su duelo de pura fórmula: nacía del fondo de su alma dolorida.

Había, por aquel entonces, en Barcelona un anciano sacerdote que gozaba renombre de varón justo y sabio: era el padre Velarde.

Tina tarde presentóse en su casa de habitación la Condesa del Palmar. Llevaba cubierto el rostro, porque no quería ser conocida de nadie.

Sintió el sacerdote no poca sorpresa al ver en su pobre vivienda una noble señora.

Hízole Juliana una relación completa de en vida y también de la de su esposo; y le explicó largamente lo relativo á los bienes de su hermana Margarita.

- He venido por tratar con usted de los medios conducentes á una completa restitución. Debo advertirle, eso sí, que mi esposo me exigió hubiese en este punto una absoluta reserva, de suerte que ni su hermana misma comprendiese nada del caso.

-Bien, señora: nada tema usted. Lo que se ha servido á confiar mi lealtad, será un secreto sagrado que no saldrá de mi pecho.

-No abrigo desconfianza respecto de usted: sé bien á quién me dirijo. Mas es el caso que la devolución debe hacerse por mano de usted, sin que suene mi nombre ni tampoco el de mi esposo.

-¿Y cómo podremos lograr eso?

-Usted dirá á Margarita que de un país extranjero ha llegado una persona con encargo de traerle una suma que legó á su favor un moribundo; y que ese legado se hará por partes, en época indefinida. Por primera remesa, pondrá en sus manos los veinte mil reales que en billetes contiene esta cartera. En seguida, mes por mes, se le irán entregando nuevas cantidades. Mas creo que conviene retardar siquiera por unos dos meses la primera entrevista de usted con Margarita, no sea que ella, que sin duda sabe ya la muerte del Conde y mi regreso á este país, adivine nuestro plan.

-Bien, señora: así lo haré.

Despidióse Juliana del padre Velarde. Desde luego se hicieron muy buenos amigos: sus almas se comprendieron al primer golpe de vista.

Juliana vivía en el castillo con Amalia, dos sirvientas y Pastor. Era su vida por demás modesta. Dominábala la idea del bien de los desgraciados: era la Providencia de la comarca. Estableció en la planta baja del edificio una escuela primaria para niñas pobres. Acudían diariamente machas niñas, que no sólo recibían el pan del alma, sino también el del cuerpo. Era de verse á aquella noble mujer rodeada de muchachas de diversa» condiciones, dictándoles enseñanzas con más interés que el que hubiera desplegado una maestra asalariada. Para todas tenía el cariño de una madre. A las nueve de la mañana una campanilla daba la señal de que era hora de entrar á la escuela, y á las cuatro de la tarde anunciaba la de la salida. Las niñas, satisfechas y alegres, se dispersaban por la llanura, en dirección de sus residencias: parecían mariposas que revoloteasen en las verdes orillas de un arroyo.

Amalia ayudaba á la Condesa en sus faenas de caridad; pero á las veces la dejaba sola, porque su salad venía resintiéndose desde su vuelta de Cuba.

Loa sábados se daba asueto á las niñas. Ese día se juntaban en los corredores bajos unos cuantos labriegos. Juliana les explicaba varios puntos de moral tocantes á sus deberes como jefes de familia, y al despedirlos repartía algunas limosnas á los enfermos y á los ancianos.

La paz, la dulce paz que sólo da la virtud, reinaba en el castillo: conocíase que allí habitaban almas justas.

La Condesa consagraba al cultivo de sus flores los ratos que le dejaban libres sus ocupaciones. El castillo era un jardín: las flores adornaban los patios y los muros, y esparcían sus perfumes por aquel recinto oloroso á cielo.

  

VIII

 

SE INICIAN RELACIONES

Volvamos la vista á otra parte.

Margarita supo la muerte de su hermano, y concibió esperanza de recuperar lo suyo. No tenía por qué saber las nobles intenciones de Juliana. Conocedora de la buena reputación de abogado que tenía Antonio Yepes, condiscípulo y amigo íntimo de Manuel, se lo hizo presentar, y empezó á trabar con él relaciones de amistad. Manifestábase Yepes un amigo nobilísimo.

Eloísa se hallaba ya completamente desarrollada, y su belleza, por cierto deslumbradora, había alcanzado toda su plenitud.

Manuel llevaba, entre tanto, una vida disipada. Las enseñanzas de Yepes habían destruido en su corazón todo germen de piedad, y compañeros vulgares lo habían lanzado en el vicio.

Margarita consultó con Yepes lo relativo á su herencia, haciéndolo sabedor de secretos de familia. Al propio tiempo le manifestó que se había fijado en él para nombrarle abogado en la litis que había resuelto iniciar. Yepes aceptó gustoso la honrosa designación, prometiéndole esforzarse por obtener buen éxito. Pidió unos días de plazo para estudiar el asunto.

Llegó á noticia de Margarita el género de conducta que observaba la viuda de su hermano, y su noble carácter y raras virtudes. Impulsada por la simpatía que despierta la bondad en las almas elevadas, envióle su tarjeta de saludo en señal de duelo por la muerte del Conde. Juliana se sorprendió con agrado al ver abierto el camino para entrar en relaciones de amistad con su cuñada y parienta: había hasta entonces hallado los medios de restituir intereses materiales; ahora se le presentaba el de pagar las deudas, no menos sagradas, del corazón.

Días después, la Condesa, eficazmente ayudada por el padre Velarde, consiguió ver en su casa á Margarita y Eloísa. El trato amistoso se facilitó una vez que Juliana les manifestó ser ellas sus parientas inmediatas. Respecto del Conde, ni una palabra se escapó de sus labios: bien sabía el ruidoso pleito que había Margarita sostenido con su hermano, en el cual él había obtenido la victoria.

Graves secretos de honor, que no quería Juliana penetrar, debía de haber en estos misteriosos asuntos.

Creyóse Manuel autorizado por los lazos del parentesco para presentarse de visita en el castillo. Fue recibido muy bien: expresóle la Condesa deseos de que la tratara con la intimidad que imponen los vínculos de familia.

Ya hemos dicho que Manuel era un gallardo mozo; y si á esto se agrega que sus modales eran sumamente finos, se comprenderá por qué era simpático joven: era algo más, peligroso.

Fácilmente se ganó la estimación de Amalia y la Condesa. Una vez adquirida suficiente confianza, dio en frecuentar el castillo. A la vuelta de algunos días, Amalia comenzó á sentirse impresionada: jamás había abrigado en su alma inclinación por ningún hombre; el amor la sorprendió de súbito, sin dejarle tiempo para darse cuenta de sus nuevas emociones. Manuel desde luego no comprendió lo que pasaba, respecto de él, en el corazón de Amalia: amaba á una señorita de la alta sociedad barcelonesa; mas el estado de su fortuna no le permitía pensar en dirigírsele abiertamente. La pobreza era á sus ojos el obstáculo mayor para realizar sus sueños

 

IX

 

LA SEDUCCION

Yepes percibió el proyecto de hacerse dueño de los bienes que fueron del Conde del Palmar.

Hemos visto que cultivaba desde joven relaciones amistosas con Manuel. Como le era superior en talento y en ciencia, lo dominaba á su grado. Tributábale éste algo como culto: admiraba sus talentos, simpatizaba con sus principios.

Manuel estaba una noche en el cuarto de su amigo. Hizo éste rodar la conversación sobre el delicado asunto de la mortuoria del Conde. Es de advertirse que el joven ignoraba en absoluto los secretos de su familia: Margarita, temerosa del carácter fogoso y ligero de su hijo, había procurado tenerlo todo en oculto, no fuese que, exacerbadas sus pasiones, cometiese algún acto inconveniente. Cuando trató con Yepes de estos secretos, le exigió reserva para con sus hijos, hasta que ella juzgase oportuno rasgar el velo que había ocultado tales misterios.

Al contar el abogadea su amigo tales cosas, también le exigió le guardase el secreto para con Margarita. Enardecíase Manuel al paso que iba conociendo á fondo la historia de su familia, y prorrumpía en amenazas y en gritos propios de su carácter.

-Calma, calma, demonio de loco, le dijo Yepes, golpeándole el hombro con la mano, y sonriendo dulcemente. Estas cosas no se arreglan con movimientos de rabia. Nunca he podido persuadirte á fondo de que la fuerza toda del hombre consiste en el cálculo frío y reposado. Nada de impetuosidades: dejemos los movimientos dramáticos para las almas pueriles.

Manuel instantáneamente moderó su cólera. ¡Tanto era el poder que sobre él ejercía este hombre del frío cálculo!

-Ya sabes, dijo Yepes, que eres hombre poderoso, que eres hombre rico.... uno de los hombres más ricos de España.... ¡Y pensar que este señor lleve una vida afanosa, cuando con sólo alargar el brazo puede atraer á sus arcas tesoros inmensos!....

-Tienes que activar el pleito, repuso Manuel. Por fortuna, está en tus manos. Trabaja con tesón infatigable, que también quedarás rico

-No veo la cosa tan hacedera como tu la ves. Los pleitos son un juego de suerte y azar. La justicia en estos casos hace un papel de suyo muy secundario: las influencias de fortuna y posición lo pueden á veces todo. Tu familia no cuenta con nada; y doña Juliana puede disponer de inagotables recursos para pagar abogados, para ganarse los jueces. En este pícaro mundo siempre el triunfo es del más fuerte. Por otra parte, una vea que la Condesa comprenda que la van á enredar en un litigio, ficticiamente enajenará cuanto tiene, y entonces nos quedaremos con un palmo de narices. Además, aunque ganemos la cuestión, lo cual es bien problemático, apenas recibiremos una parte, la que á tu madre corresponde. El golpe maestro será que tu te quedes con todo.

-¿Pero cómo? preguntó Manuel con viva ansiedad.

-Allá voy. En mi camino encuentro sólo un obstáculo: que comiences tu con escrúpulos de monja.

-No te comprendo.

-Hay que aventurarlo todo. Cuando se trata de un gran porvenir, de una elevada posición social, de los fáciles placeres de una vida regalada, se hace cualquier sacrificio. ¿No juega su vida un militar por hacerse á un vano renombre, ó por ganar un poco de pan para su vejez? ¿No la juega de continuo el marinero, tan sólo por buscar un miserable mendrugo para sus hijos?..... El mundo es de los valientes. Se trata, amigo mío, se trata de millones, y en el mundo los millones lo son y serán todo. El oro, querido mío, el oro es el |Dios del siglo. Bien sé que no eres tan simple para creer en las patrañas de los fanáticos. Este mundo es una lucha en que la suerte corona al más listo. La vida es gozar: lo demás son teorías ilusorias y falaces. La fuente del goce es el oro. El que tiene oro, todo lo tiene: halagos y atenciones, amor y gloria; la riqueza es talento, hermosura, virtud.... todo. Seamos, pues, ricos; y dejemos á los necios divertirse con chascarrillos de brujas.

-Todo eso es verdad. ¿Pero á dónde te diriges?

-Cuando estén en tu poder los millones de tu tío, verás cómo el porvenir abre á tus ojos sus vastos y espléndidos horizontes. ¿Pretendes figurar en la política, que te estimen los grandes, que los nobles te acaten, que te tiemblen los plebeyos? Sé rico ante todo. ¿Aspiras á la mano de Rosaura? Sé rico ante todo. Yo sé que la amas mucho; sé que padeces torturas insoportables al verte alejado de ella por el abismo sin fondo que llaman |diferencia de fortunas. ¡Pobre joven! eres seductor, hermoso; eres dulce, inteligente; mas ¿de qué sirve todo eso si no eres digno de alzar los ojos á su altura, porque eres un pobre diablo? Ser pobre es ser nulidad, es ser un cero á la izquierda en el vasto guarismo de seres humanos, en estos tiempos ser uno pobre, es como si estuviera tocado de lepra.

-¡Acaba, por Dios, Antonio! ¡Qué sacrificios no hiciera por el amor de Rosaura!.... Varias veces he pensado que gustoso daría mi existencia por ser dueño de su amor siquiera por una hora. Exígeme lo que quieras: soy capaz de todo.

-Así te quiero, muchacho; así, determinado, franco y resuelto. Estas acorralado en un dilema: ó eliminas á la Condesa y su hermana; ó seguirás arrastrando una vida miserable. Lo que ellas tienen es usurpado, usurpado infamemente á tu familia y á ti. No harás, pues, otra cosa que recuperar lo tuyo.

Manuel bajé la cabeza, y se quedó pensativo.

-Es arduo el problema, dijo pasado un rato: se trata de una cosa demasiado seria. Me causa horror el pensaren mancharme con un crimen.

-¡Bah!.... repuso Yepes, riéndose á carcajadas. ¿Estamos todavía con escrúpulos de monja? Un crimen es un error de cálculo, nada más. Sal á la calle, y pregúntale á aquel sujeto que pasa recibiendo de todos homenajes, si le causa mucho horror el deber su capital á la ruina solapada de una familia candida. Pregúntale á aquél que ocupa un alto puesto oficial, merced á bajezas y á adulaciones, no á merecimientos de ninguna especie, si cuando atrapa sus pingües sueldos, y recibe adulaciones de gentes viles como él, le acomete la vergüenza al pensar que ha formado en las filas de todos los partidos, y sido infame con todos. Pregunta a aquel personaje de la alta nobleza, si cuando se oye ensalzar y se mira obedecer, siente agudos remordimientos al pensar que de cadáveres humanos formó la escala que lo condujo á su excelsa posición.... Déjate de escrúpulos, chiquillo. Lo que importa es subir y gozar. Más tarde, hasta la memoria se nos educa: ni siquiera se acuerda uno de las manchas del pasado. Nada merecen los simples: dejémosles el reino de los cielos, y quedémonos nosotros con el reino de la tierra.

-Bien, dijo Manuel con viveza, alzando los ojos al rostro de Yepes: ¿me acompañas tú? Es bueno que compartamos ganancias y pérdidas.

-No hay inconveniente alguno. Desde que hice el plan del drama, pensé ser actor en él.

-¿Qué plan es el tuyo?

-Vas á saberlo. Tú seguirás tratando, esmerándote cuanto puedas en cariño y atenciones, á nuestras presuntas víctimas; y estudias bien, entre tanto, las condiciones de localidad. Yo me encargo de buscar un buen compañero, fiel, resuelto y hábil. Se me ha ocurrido una idea: he pensado en el hombre que les sirve de paje. Soy algo fisonomista; y ese sujeto me parece magnifico. ¿Cómo es su nombre?

-Pastor.

-Pastor es una alhaja. Desde el primer momento en que le vi, me | encantó. Creo que nos podrá servir á las mil maravillas. Me encargo de su conquista. Con Pastor de nuestra parte, puedo responder de todo.

-¿Y si se descubre el plan? ¿Si un traidor, si una infidencia?.

-Deja, déjate guiar; presta obediencia á mis órdenes; confía en mí ciegamente, y te respondo del éxito. Cuando te digo que quiero ser actor en la tragedia.... ¿Piensas por ventura que un hombre como yo, un hombre calculador, se pudiera lanzar en una empresa incierta y descabellada? Todo lo tengo previsto, hasta el caso del mal éxito; y siempre nos saldremos con la nuestra. Te exijo tan sólo docilidad y obediencia: sé tú el dócil brazo, y yo seré la cabeza. Procura tener fe en mí, y no te detengas á investigar el porqué de mis medidas; que eso seria malgastar el tiempo. El soldado no discute los mandatos de su jefe. Desde que éramos muchachos, yo te hice mi amigo, algo como mi |alter ego: seamos ahora los dos una sola alma en esta empresa, que significa un porvenir venturoso.

-Soy tuyo, amigo mío, como siempre lo he sido, repuso el pobre joven, bajando humildemente la cabeza.

Ya hemos dicho que Yepes ejercía sobre Manuel completa dominación: teníalo fascinado, como la voraz serpiente fascina á la avecilla.

 

X

 

SE ENTIENDEN

En la noche de ese día hallábase Yepes en su cuartito de estudio. Estaba en espera de alguien.

Entró por fin el individuo aguardado. Era Pastor. Saludó con humildad al personaje que lo esperaba allí á solas, con misterioso sigilo. Yepes le correspondió con sonrisa halagadora; y le tendió los brazos, come si los dos hubiesen sido conocidos de antemano. Hízolo luego sentar, de modo que la luz de la bujía que estaba en la mesa, le bañase el rostro; y él se colocó de espaldas, evitando el reflejo de la lumbre.

Se trató por largo rato de cosas indiferentes. Pero Yepes fue sesgando la conversación hacia puntos relativos á la familia del Conde; y logró conocer cosas que le interesaron mucho: que desde el día en que Juliana entró al castillo. Pastor había perdido gran parte délas influencias que antes ejerciera en el ánimo del Conde, lo cual lo tenía un poco disgustado; que más de una vez el Conde, quien estaba interesado en que él le guardase algunos secretillos de familia, le había prometido hacerlo dueño de parte de sus bienes, promesa que se frustró desde que al Conde le vino el capricho de casarse, y nadie le cumpliría, pues la Condesa se manifestaba muy poco adicta á él; que se le trataba allí de manera como si fuese sólo un sirviente vulgar, siendo así que el señor Conde le dispensaba afable trato de amigo; y que él, en virtud de tales razones, estaba determinado á buscar colocación al lado de algún sujeto que le inspirase carita, y del cual pudiese sacar mayores ventajas.

No cabía Yepes en sí de gozo: veía marchar su proyecto mejor de lo que se había podido prometer. Púsose de humor tan bueno, que invitó á su visitante á apurar con él un trago de excelente |cognac.

|-Bien, bien, amigo Pastor, le dijo, golpeándole el hombro con familiar agasajo: he simpatizado mucho con usted desde que le conocí, por lo cual tenía deseos de tratarlo. Bien sabía yo, cuando usted estaba al lado del Conde del Palmar, que era no sólo su compañero, sino su amigo, su hermano casi. He deseado ardientemente contar con un compañero con quien poder compartir mis proyectos, haciéndolo poseedor de mi absoluta confianza. Pajes vulgares, los encuentra uno al doblar la primera esquina que halle; pero un amigo como usted, una persona que se interese por uno, es cosa muy rara. El objeto que me propuse al indicarle á Manuel que deseaba ver á usted, era insinuarle que yo aspiraba á que entrase usted en mi servicio. Conmigo, nada le faltará: partiremos mi pan como hermanos. Pronto seré yo rico, pues espero recibir de un día para otro una herencia de un tío que murió en Inglaterra, va ya para algunos meses; y entonces usted se dará á mi lado la vida de un príncipe. Otra vez le golpeó el hombro con dulce amabilidad. Sonreíase Pastor con sus tímidos ojos bajos. Los gruesos labios dejaban ver sus dientes enormes. Parecía aquella sonrisa el gesto de un mastín que gruñe amenazante.

Estudiaba, entre tanto, Yepes su falsa fisonomía, y más se afirmaba en sus esperanzas.

-Soy suyo, señor, le dijo humildemente Pastor. Yo no sirvo para nada: pero sé ser hombre fiel, y sumiso y consecuente. El señor Conde (á quien tenga Dios en gloria) decía que mi pecho era un cofre asegurado con cien fuertes cerraduras.

-Eso precisamente es lo que yo necesito. De cuándo en cuándo también tengo mis secretillos, como aquél, tan importante, que usted le guardó al Conde, si bien no tanto, que yo no lo llegase á saber. Abrió al punto Pastor tamaños ojos; sus gruesos labios temblaron. No so inmute, amigo mío; que mi pecho también es un cofre asegurado con cien fuertes cerraduras. Quiere decir que nos une á los dos un nuevo vínculo, el interés de un secreto.

-¿Mas qué va á saber? señor: sólo dos hombres estaban en el secreto; y el uno murió ya, y el otro ahora está hablando con usted por vez primera.

|-Ya verá usted, amigo. Le daré algunas puntadas, nada más; porque al buen entendedor.... El Conde tenía una hermana, llamada Margarita. Concibió el audaz proyecto de quedarse con la herencia.... Para ello era necesario robar unos documentos..... Tal vez alguien le sirvió de instrumento á maravilla..... Los preciosos documentos fueron á manos del Conde; y....

-¡Basta, señor! exclamó Pastor, tendiéndole la mano para pedirle silencio. ¿No merezco yo un presidio?.... Pero usted es mi amigo; y yo haré cuanto me mande para merecer su aprecio: le serviré de rodillas si usted me lo exigiere.

-No hablemos más de esto, querido Pastor. Dígame: si de repente encontrase la ocasión de hacerse rico, muy rico, tan sólo con dar un paso que no exige sino un poco de atrevimiento y reserva, ¿la aprovecharía usted?

-Por supuesto: estoy cansado de esta vida de miseria, y quiero comprar, á costa de un sacrificio cualquiera, algo de tranquilidad para terminar mis días.                                                 

-Se trata, pues, dijo Yepes, después de haber observado que nadie estaba en la puerta, y de haber torcido la llave de nuevo; se trata de hacernos dueños del gran caudal del Conde, que pasó indebidamente á manos de una mujer cuyos encantos artificiosos convirtieron al pobre hombre en dócil maniquí de sus caprichos.... A usted, amigo mío, que eficazmente ayudó al buen Conde en sus empresas, de justicia le toca parte no pequeña en su caudal.

-No le comprendo bien, repuso Pastor, cuyos ojos chispearon de codiciosa alegría.

-Por supuesto que usted no podrá olvidar jamás que en mi pecho está un secreto suyo de suma importancia: yo poseo el arte de la venganza. El plan es muy sencillo: hay que sacar de en medio á las dos advenedizas que se han usurpado el oro del Conde del Palmar.

-¡Oh! ¡viva el hombre que yo buscaba! dijo Pastor, sin poder moderar su regocijo.

-Más bajo, amigo, le dijo Yepes, dirigiéndose otra vez á la puerta, y observando si alguien había por allí. Hablemos más bajo, que nos pueden oír. No siempre las paredes son dignas de confianza.

-¡Bien! ¡bien! continuó Pastor. Como viese usurpados mis derechos, varias veces había cruzado por mi mente tal idea. Mas, señor, ¿qué podía hacer un infeliz hombre solo, sin apoyo, sin persona que lo guiase con sus luces y lo alentase con sus consejos? Por firme que el brazo sea, nada puede sin cabeza que lo inspire.

-¡Venga acá esa mano! dijo Yepes, alargándole la suya. Y se dieron un apretón, en señal de haberse los dos comprendido.

En seguida, apuraron otra copa.

Quedaba, pues, concertado el plan del negro crimen. El enemigo de las presuntas víctimas estaba con ellas dentro del hogar, comiendo su mismo pan, como el pérfido amigo de Jesús.

XI

 

AMOR Y CODICIA

Retrocedamos algunos pasos en nuestra historia.

Sabemos ya que Eloísa, la hija de Margarita, era una criatura angelical por su singular belleza y por su noble carácter.

Había en Barcelona un joven, llamado Gonzalo Heredia, distinguido caballero que á sus buenas partes físicas juntaba nobles virtudes. Gonzalo amaba á Eloísa. No ignoraba Margarita los intentos del joven, ni el estado de ánimo de su hija, quien se hallaba también impresionada; y aprobaba esta pasión, precursora de buenos resaltados.

Antonio Yepes, autorizado por su amistad con Manuel, obtuvo entrada en la casa, y logró tratar á Eloísa, cuyos encantos le inspiraron una ardiente pasión. La figura de este hombre era antipática, á lo cual se agregaban sus maneras repugnantes y sus sentimientos bajos, que no lograba disimular aunque más se esforzaba por disfrazarlos con arranques estudiados de generosa hidalguía. Eloísa sintió por él, desde el principio, una aversión invencible. En vano fue que Manuel hiciese, en presencia de ella y de Margarita, desmedidos encomios del talento, la instrucción y la nobleza de carácter de su amigo y condiscípulo: apenas pudo alcanzar de ellas que le dispensasen las atenciones de fórmula que exige la cortesía. Eloísa experimentaba, al tratarlo, algo como miedo.

Yepes era bastante perspicaz para comprender que no era simpático á los ojos de su amada; y demasiado orgulloso para exponerse de grado á una repulsa humillante. Ocultó, pues, su pasión; de suerte que ni Manuel mismo pudo sospecharla. Aguardó mejores tiempos, y empezó á estudiar su plan tenebroso. Dos pasiones lo inspiraban: el amor y la codicia; y las enlazó de tal modo, que las hizo converger á un mismo punto las dos.

Gonzalo logró ser recibido en casa de Margarita. Las simpatías que en madre é hija inspiraba su presencia, no fueron un misterio para él. Alentado por dulces esperanzas, continuó cultivando relaciones con ellas, y declaró sus propósitos al cabo de algunos días. Fue aceptado: Eloísa le amaba.

Días de dicha se siguieron á esta declaración. Los dos jóvenes amantes se entregaban sin reserva á los halagos de la esperanza, seguros del porvenir. Gonzalo no era rico; pero amaba el trabajo, y tenía reputación de intachable probidad. Su fe en su estrella era ciega, y alentábalo su amor á emprender resueltamente y á brazo partido, lucha con la azarosa fortuna. Se hallaba en aquella edad en que nada nos arredra, y el imposible es para nosotros un vocablo sin sentido: la esperanza y la fe nos sostienen, y alumbran á nuestros ojos las sendas del porvenir. Y si a la fe y la esperanza se agrega el amor, el alma se siente con fuerzas bastantes para desafiar la suerte. ¡Fe, esperanza, amor! he aquí la trinidad que creó la dicha, y sostiene su existencia, así en la tierra como en el cielo!

No era Eloísa de esas mujeres egoístas para quienes el amor es un negocio vulgar: amaba; eso para ella era todo. No cruzaba por su mente la idea de que al unirse á Gonzalo iba á cambiar de fortuna ó posición. Criada en la mayor modestia, puede decirse que en la pobreza, se acostumbró desde luego á las penas inherentes á la falta de recursos. Reflexiva por carácter, había conocido el mundo antes de lanzarse en él, y sabía qué significan los honores que se tributan al oro, honores de suyo falsos, que se rinden igualmente á un ángel que á un demonio. Sus firmes convicciones religiosas mantenían su espíritu elevado por sobro los intereses pasajeros. Había amado tan sólo á su madre y á su hermano. Su afecto por Manuel era extremado: era capaz de cualquier sacrificio en tratándose de la dicha de él. Había sorprendido en Gonzalo condiciones hermosas de inteligencia y carácter, y eran éstas las que á sus ojos le hacían amable.

Era de aquellas nobles mujeres capaces de llegar al sacrificio en su heroica abnegación: jamás el amor propio llevado al exclusivismo; jamás el culto idolátrico, cuanto estéril, que á sí mismas se tributan las almas que nada ven más allá de vulgares conveniencias.

Los dos tiernos amantes estrecharon los vínculos de su corazón con promesas dignas de las bendiciones del cielo. No tenían desde luego secretos el uno para el otro; su amor no era un misterio; sus proyectos de ventura eran discutidos de común acuerdo; uníanse sus esperanzas en un mismo pensamiento.

Ninguna época en la vida más venturosa que aquella en que, seguros ya del corazón de la mujer adorada, nos entregamos con fe á los dulces halagos de la esperanza, sin temer que otro mortal venga á turbar nuestra dicha. Vivir por ella y para ella; luchar á brazo partido con la suerte, confortados por la savia del amor, que es la más poderosa de todas las fuerzas; sonar con ideales de casta ternura; aspirar á la práctica sublime del bien, por hacernos dignos de su afecto; padecer con su dolor, ser dichosos con su dicha.... eso es vivir siglos en rápidos días, es columbrar con el ojo del alma la inmensidad de las venturas del cielo!

Gonzalo todas las noches visitaba á su prometida. Eran inocentes sus conversaciones, cual lo son las de dos niñas que juegan con sus muñecas.  Contábanse el uno al otro su historia desde pequeños, sin ocultarse nada, gozando infinitamente al encontrar en sus almas perfecta conformidad de aspiraciones é ideas, y al hallar en su pasado sólo inocencia y candor. Conversaciones de tal especie versan casi siempre sobre temas que harían reír á un extraño, y se componen de palabras sin sentido para aquél que no conoce las tiernas puerilidades de que el amor se alimenta; porque ellas son enigmas de corazones que buscan los arcanos del misterio, y son signos de un idioma que se forma de los íntimos cuchicheos de dos almas. Si se pudiesen fijar en el papel las palabras de una madre á su chiquillo, se verían despropósitos desprovistos de sentido racional.

Los ojos de azul de cielo de la espiritual Eloísa hablaban más que sus labios: una tímida mirada suya, tierna, angelical, era un haz de pensamientos.

 

XII

 

UNA VISITA

Brillaba una tarde del mes de Abril. La naturaleza ostentaba todo el lujo de sus días de dicha y juventud: los prados reverdecidos; los arbustos cubiertos de flores; los árboles poblados de avecillas, que no podían estarse calladas ni tranquilas; el cielo vestido de velos azules: todo revelaba la alegría de la primavera.

En el castillo de la Condesa del Palmar había un corredor, tan ancho como una sala, que miraba al occidente. Era allí donde Juliana y Amalia pasaban sus horas de trabajo manual y las de reposo. El corredor había sido adornado con primor por las dos soñadoras habitantes del castillo. Enormes tazones de porcelana contenían matas de flores; un gran bastidor de vidrios lo defendía de las brisas y lo inundaba de luz; el empapelado representaba paisajes campestres de la isla de Cuba, y la alfombra parecía un primoroso jardín que ostentara todo el lujo de sus hojas y sus flores.

Allí conversaban aquella tarde las dos hermanas, ya un tanto fatigadas de las faenas del día.

El paisaje exterior era soberbio: el mar cubría el espacio que el ojo podía abarcar, hasta perderse en las líneas indecisas de un horizonte lejano, velado por gasas de azul profundo. El Lobregat ostentaba sus corrientes, abrillantadas á trechos por la luz moribunda de la tarde, é iba á hundirse en las tranquilas aguas del Mediterráneo. La ciudad se divisaba en toda su extensión, y se percibía á intervalos el ruido de las gentes en movimiento. Tal cual buque asomaba á distancia en busca del puerto.

Juliana y Amalia, de codos en una celosía practicada en el bastidor, conversaban en voz baja, contemplando la inmensa perspectiva que se mostraba á sus ojos. Hablaban de los días de su niñez, y de su buena madre. En el huertecillo que el mirador dominaba, estaba en aquel momento Pastor podando unos árboles.

Sentíase Juliana melancólica: se quedaba á las veces pensativa, con sus miradas fijas en el mar, y apoyada la frente en la mano.

-¿Por qué estás hoy triste, más que de costumbre? preguntóle Amalia sonriendo. Esta hermosa tarde de primavera no es para inspirar á el alma ideas de melancolía. Hace días que te noto con el ánimo apagado.

-No acierto, repuso Juliana, suspirando y mirándola con ojos humedecidos; no acierto á explicarte qué es lo que pasa en mí. Cualquiera que me vea en este gran castillo, rodeada de objetos de lujo, poseedora de un caudal envidiable, y en la flor de la existencia, pensará que es muy dichosa la Condesa del Palmar.

"¡Qué vida la suya! (dirá en su interior): no tiene ni el trabajo de formar deseos; con sólo querer, lo encuentra todo hecho."

Todo eso será cierto; pero yo sufro mucho: una tristeza vaga, sin causa sensible, me mina el corazón. No acierto á descifrarla. A veces pienso que eso proviene de que jamás he amado con los transportes supremos que alimentan el amor. Amaba á mi esposo, es cierto; pero como ama una hija á su padre anciano, enfermo; más por razón y deber, que por espontáneo instinto: yo sentía por aquel buen hombre respeto, gratitud, acaso lástima; pero no el arrebato de la pasión.

Tú siquiera, hermana mía, no te hallas en este caso: tu no tienes por qué sacrificar los nobles arranques de tu corazón á lo que el mundo llama |conveniencias; tú puedes amar en obediencia á los instintos librea de tu alma. ¡Ay! ¡que seas dichosa! Y tal vez cuando yo vea arder en tu pecho el fuego de una pasión generosa, pasión espontánea y libre; y que tu seno palpita lleno de vida y ventura, participe de tu dicha, y me sienta satisfecha al verte amada á mi lado. ¿No será, como el dolor, contagiosa la ventura?.. .. Pero yo.... así como nuestras miradas se pierden en ese vasto horizonte sin confines, mi alma no encuentra dónde fijarse: es semejante al proscrito á quien nada consuela en torno suyo, y que alivia dirigiendo sus ojos á las montañas azules del suelo nativo. ¿O será que en el mundo nada basta á la vaga inmensidad de los deseos de nuestra alma? ¿Será que en la tierra el hombre es un infeliz proscrito? Por mi parte, yo comprendo que mi tristeza es nostalgia, honda nostalgia de cielo: yo tengo sed de amor; y Dios tan sólo podrá saciarla."

En este momento un paje anunció á Manuel. Amalia se estremeció; Juliana sintió temblar en la suya la mano de su hermana. Ella ya había adivinado su naciente inclinación: y sentía placer en verla sometida á un sentimiento que nunca había conmovido las fibras de su alma. A su juicio, era Manuel un joven bueno y simpático.

Fue conducido al lugar donde estaban las señoras: como ya tenían con él relaciones de amistad, se le recibía en las piezas de habitación ordinaria.

Al presentarse Manuel, asumió Amalia cierto aire de gravedad que le era característico. Juliana le recibió con sonrisa cariñosa, y estrechó su mano con amistosa confianza.

-Qué milagro, le dijo al brindarle asiento cerca del que ella ocupó; que milagro ver á usted por aquí. Los habitantes déla ciudad gustan poco de pasearse por el campo. Ya se ve: debe de parecerles todo esto muy melancólico.

-No, Condesa, repuso él: donde ustedes habitan, nunca podrá haber tristeza. Donde reina la luz, no moran las tinieblas. Los ojos de Amalia chispearon de alegría.

-Además, continuó el joven, todo es aquí muy bello: ¡qué campos! ¡qué paisajes!.... He venido encantado contemplando las bellezas que abundan al rededor.

-Esta vista es primorosa, dijo Juliana. Por eso cuando la tarde está despejada, Amalia y yo permanecemos aquí hasta que la noche cubre con sus sombras la campiña. Salgamos al mirador: va usted á convencerse de que es cierto lo que digo.

De pie los tres, y apoyados en el antepecho de la celosía, pusiéronse á contemplar el variado panorama que se ofrecía á sus ojos. Estuvieron por un rato admirando enmudecidos tan espléndida belleza. El mar estaba tranquilo, y los últimos fulgores del sol, medio hundido ya, vareteaban su inmensa llanura azul. En los confines del horizonte, nubecillas de oro y ópalo reposaban .sobre el mar, orlando el círculo oscuro que unía al cielo con la tierra, como las pestañas rubias de una hurí orlan sus párpados y hacen resaltar el azul de sus ojos. Algunas aves viajeras cruzaban la inmensidad, para ir á perderse en el abismo del cielo. Las brisas apenas movían los follajes de los árboles del patio, y perfumaban la estancia con los aromas que robaban á las flores. Canarios aprisionados en jaulas de alambres dorados, mezclaban sus gorjeos. Los ruidos de la ciudad, que agitaban las faenas de los trabajadores al levantar obra, se oían á intervalos, traídos por las brisas del Océano. Algunos labradores atravesaban la pedería tarareando aires sencillos; y antecogían los pastores sus ganados, que exhalaban de continuo bramidos melancólicos.

-Tiene usted, Condesa, sobrada razón, dijo Manuel con voz un tanto trémula: en verdad que esto es muy bello. ¡Dichoso de aquél que pueda gozar de esta perspectiva toda vez que le venga en voluntad! Esta mansión bastaría á hacer la ventura de una existencia.

Los ojos de Amalia volvieron á brillar de alegría. Permanecía silenciosa: hablaba quizá con su corazón, agitado de dulces emociones.

Manuel se fijó en Pastor, á quien acometió una tosecilla particular. Estaba en aquel momento arreglando los sarmientos de una parra que se apoyaba en el muro que daba al exterior; acomodó una escalera; trepó por ella, y se puso á fijar en el muro algunos gajos: uno de éstos cayó sobre la pared, quedando pendiente en parte por el lado de afuera. Aquí el golpe de la tos fue más sostenido que antes. Manuel observaba todas las maniobras del hábil horticultor, en tanto que llamaba la atención de sus interlocutoras hacia los buques que entonces entraban al puerto.

-¡Cuánta dicha no vendrá en cada uno de esos baques! decíales entre tanto. Quizás corazones á quienes había separado la ausencia por largo tiempo, vayan en este momento á darse el ósculo dulce de la bienvenida. Recuerdo estos versos de uno de nuestros poetas:

Yá llegamos al puerto; yá sumisa

Da fondo en él la afortunada nave

Columpiándose al soplo de la brisa;

Ya recoge sus alas como el ave

Que al nido llega; y con ingenua risa

Saluda el marinero enternecido,

Como el ave también, su patrio nido.

¡Feliz mil veces él! ¡Cuan placentera

Con blando afán, en la cercana orilla,

Le aguardará quizás su compañera,

Inocente como él, como él sencilla!....

¡Ay! ¿quién me espera á mí?. ...

El silencio sucedió á la recitación de estos versos.

Amalia jamás había oído de los labios del hermoso joven acentos tan deliciosos: no había juzgado que fuese capaz de emociones delicadas; y hallaba que sabía sentir la casta ternura de las creaciones ideales. Enjugóse la bella, al descuido, dos lágrimas que asomaron de súbito á sus párpados.

-¡Ay! dijo la Condesa, interrumpiendo el silencio: también puede suceder que en alguno de esos buques venga alguien que haya dejado en tierra extraña los huesos de un ser querido. Siendo así, ¿para qué vuelve á supatria? La patria está donde está la vida del corazón.

-Ya llega la noche, dijo Manuel, tomando su sombrero; y no es muy agradable andar en la oscuridad.

Con fina amabilidad despidióse de sus amigas, deseándoles las |buenas noches.

Sentíase Amalia indispuesta, por lo cual le manifestó á Juliana deseos de recogerse temprano.

 

 XIII

 

LA PARTIDA

La noche de la tarde en que tuvo lagar la agradable visita de Manuel, un personaje se hallaba entregado á una ocupación extraña del todo á su profesión y á la delicadeza de sus mimadas manos: era Yepes. Solo |, á la luz de una opaca bujía, y ayudado de una barra y de una azada, excavaba con infatigable empeño una fosa en una de las piezas interiores de la caga que habitaba. ¿Qué objeto tenía esa fosa? ¿Buscaba algún tesoro?.... Pero ante todo observemos esta singular morada.

Vivía Antonio Yepes solo: tomaba los alimentos en una fonda situada no lejos de su vivienda. Ésta se hallaba en uno de los barrios más retirados del centro de la ciudad, puede decirse que en los suburbios. Componíase la casa de dos piezas de regular aspecto, con celosías á la calle. En una de éstas dormía, y la otra era su escritorio y gabinete de estudio. Un estrecho pasadizo conducía á un patiecito interior, en el cual había dos piezas, por demás oscuras y húmedas, que no servían para nada. El aspecto de la casa era de lo más desapacible: estaba casi en ruinas. Veíase allí reflejada el alma dé este hombre sombrío y tenebroso: sin una flor, sin un objeto de adorno, sin nada que revelase sentimientos de amor ó ternura, su morada armonizaba con su lóbrega conciencia.

Yepes tenía por costumbre acostarse y levantarse sumamente tarde: gran parte de la noche la pasaba entregado al estudio. Vimos ya que poseía un talento muy notable; y si á esto se agrega que estudiaba de continuo, se comprenderá por qué, á pesar de no ser viejo, tenía alta reputación de hombre ilustrado. Una hora antes de acostarse, se paseaba á lo largo de la pieza en que dormía, fumando y hablando consigo mismo: en alta voz discutía entonces sus asuntos importantes; á las veces hablaba con calor, como si le replicase alguno, y movía los brazos, dando golpes en la mesa. Si un individuo del vulgo le hubiese observado, en estas horas de soliloquios, hubiera creído que estaba loco, ó que tenía relaciones con espíritus malignos.

Como vimos en otra ocasión, él amaba á la hermana de Manuel; y como había comprendido serle imposible de todo punto obtener el amor de ella, pues sabía que tenía compromisos con Gonzalo, el amartelado niño, como lo llamaba Yepes, resolvió arrancar por fuerza, si no el cariño espontáneo, siquiera la posesión de la encantadora niña.

Por otra parte, su codicia era insaciable: quería hacerse millonario por cualesquiera caminos, sin detenerse en los medios que á tal fin le condujesen. Inspirado por estas dos pasiones, nunca faltaba materia á su mente para sus discusiones solitarias. Qué de cosas hubiera descubierto el que le hubiese escuchado, cuando en altas horas de la noche, sin más luz que una bujía desmayada, recorría á largos pasos su aposento, discurriendo con toda formalidad, cual si hablase con su sombra! Este hombre caliginoso pensaba en voz alta estando solo, y encerraba sus ideas dentro de un cofre de hierro, cuando salía á la luz libre del mundo.

La figura de Yepes era en extremo desagradable: cabeza enorme, escasa de cabellos; rostro redondo, de color cetrino; barba pobre, formada de pelos gruesos; nariz roma; boca grande, que dejaba, al sonreír, ver unos dientes agudos; cuerpo elevado y macizo; pies grandes, patiestevado. Tan repugnante figura encerraba un alma ruin, todavía más repugnante: quien hubiese penetrado en su interior, habría temblado de miedo. Mas conocía á fondo el arte de saberse acomodar á la manera de ser y sentir de las personas que trataba: creía con los creyentes; blasfemaba con los blasfemos; reía con los alegres; mostrábase grave con los hombres serios, con los ligeros superficial; sabio con los ilustrados, mofador con los bribones; sensible á los encantos de la virtud, si trataba con personas de conciencia delicada: poseía á maravilla el arte del buen vivir; tenía acopio de recursos para cualquier situación. Esto lo hacía muy simpático, y le daba la manera de lucirse en los círculos sociales. Su admirable habilidad lo hacía sobresalir en todas las ocasiones: en sociedad con mujeres, se llevaba la palma hablando de cosas ligeras; en una reunión de sabios, eran sus opiniones acertadas, y se elevaba su mente á los puntos más abstrusos.

Tal era, pues, el amigo, el maestro del aturdido Manuel, sobre el cual llegó á adquirir un predominio absoluto, irresistible, despótico. Así el boa fascina con sus miradas y somete con su aliento á la avecilla que cae al alcance de su influencia. Inspiróle sus ideas, transmitióle su carácter, hizo de él casi una máquina.

Estaba, pues, la noche aquella excavando Yepes una fosa en una de las piezas interiores de su sombría morada. El sudor inundaba su frente; su pecho se levantaba jadeante. De cuándo en cuándo se sentaba á descansar en un poyo de ladrillos verdosos y húmedos; y entonces se quedaba pensativo, con la frente apoyada en una mano, fijos los ojos en la excavación que ya tenía practicada. Una sonrisa helada desplegaba sus labios á las veces, y un rayo de alegría iluminaba sus ojos. Cuando había recuperado sus fuerzas en el reposo, volvía con mayor empeño á continuar su tarea. La luz opaca de la bujía proyectaba en los muros sombras movibles, que semejaban espectros: hubiérase dicho que habitantes del abismo estaban acompañando al nocturno personaje.

Eran las once. Yepes oyó de repente cuatro golpecitos dados en el portón.

"Ya viene, se dijo: esto marcha."

Arreglóse al momento los vestidos; se enjugó el sudor del rostro; lavóse las manos, y salió á abrir.

El sujeto que había dado los golpecitos entróse de rondón. Yepes se sorprendió al hallarse con un desconocido, y dio dos pasos atrás; con la bujía en la mano izquierda, y extendida la derecha á la altura de los ojos, contemplaba al hombre que tenía delante. No pudo dejar de reír tan pronto como le hubo conocido. Era Manuel.

-¡Magnifico! dijo Yepes, sin dejar de reír: por cierto que estás encantador. No te conociera ahora ni la que te echó á este mundo. Esa peluca está primorosa: se te pudiera tomar por un viejo encanecido sobre sus gordas talegas. Y esa rara vestimenta.. . ¿cómo te pusiste en ella?

-¿Conque de veras no me conocías? repuso Manuel, sonriendo con cierta satisfacción. Te ibas asustando al verme. Pero, hombre, como que eres un tanto trascordado: los cuatro consabidos golpecitos no pudo haberlos dado otro que yo.

-Es cierto, señor Conde del Palmar. ¿Pero qué quieres? tronera: uno aquí solo.... á estas horas.... cuando vamos á llevar á cima tan gran proyecto....

Entraron luego á la sala, y tomaron asiento. Pidióle Yepes informes sobre lo que había ocurrido esa tarde en su visita al castillo.

-Todo va á pedir de boca, le dijo Manuel sonriendo. ¿Qué te parece? hasta estuve algo poeta: pondéreles las bellezas del paisaje que divisábamos desde el mirador; hablamos encantadoras y patéticas ternezas; hasta les dije unos versos, que vinieron á propósito. Sólo faltó que lloraran de ternura las sentimentales dueñas de mi castillo.

-Vas aprendiendo, muchacho, dijo Yepes, asumiendo su gravedad de costumbre. El que pretenda medrar tiene que aprender á fondo muchos idiomas. La lingüística es la llave que franquea los corazones: cada cual en este mundo tiene su lenguaje propio; hay, pues, que saber entenderlos todos. ¿Y Pastor?

-Es maravilloso el hombre. No me figuraba yo que debajo de esa pasta de majadero habitase tanta astucia. Mientras nos entreteníamos mis primas y yo con tan poéticos idilios, desempeñaba Pastor sus tareas de jardinero con una gravedad filosófica admirable. Tal parecía no cuidarse para nada de nosotros. Luego apoyó contra el muro que mira al campo exterior una escalera; trepó por ella, y fingió arreglar los bejucos de una parra que hay allí; y dejó descolgar uno hacia la parto de afuera. Una locuaz tosecilla me dijo claro estas cosas: "Aquí lanzará usted su cuerda, en tanto que yo estaré por este lado, y la sabré asegurar." ¿Qué te parece nuestro hombrecito?

-Tengo la inmensa fortuna de no equivocarme nunca en mis pronósticos sobre los hombres. ¡Cómo adiviné á Pastor debajo de esa pasta de majagranzas, como tú dices! ¿A qué hora piensas partir? Poco nos falta para las doce.

Tal dijo Yepes á tiempo que miraba su reloj.

-Ahora mismo, pues Pastor debe dé estar ya listo: si conté bien, fueron doce los golpecitos de tos de su, último acceso laríngeo. Marchemos, pues, al momento.

-No hay inconveniente alguno: no te quejarás de mí.

 Apagó la bujía Yepes, y se marcharon los dos. Al salir, se cercioró el dueño de casa de que la cerradura del portón estaba firme.

La noche estaba oscura, cual convenía al plan horrendo.

Llegaron sin novedad al pie del muro. Merced á la luz de un fósforo, descubrió Manuel el punto donde colgaba un bejuco de la parra consabida, y por ahí lanzó su cuerda.

-Feliz suceso, querido, dijo Yepes á Manuel, apoyándole el brazo sobre el hombro.

-¡Cómo! ¿luego tu no me acompañas? dijo Manuel sorprendido.

-Déjate guiar, déjate guiar, tronera. La cabeza es la que piensa, y el brazo el que obra. Debemos preverlo todo. Yo creo que saldremos bien; y que nadie, ni el demonio, llegará á descubrir nada. Mas es prudente tomar todas las salidas. Si esto llegase á saberse; si tú fueses sometido á un proceso criminal, ¿quién te sacaría del paso? Yo seria tu salvador, te lo juro, amigo mío: sería capaz de embaucar al mismísimo demonio. Pero es necesario que yo quede afuera; que nadie sospeche de mí; que pueda yo defenderte apareciendo imparcial. Déjate guiar: tu piloto sabe burlar las tormentas y conducir la nave á puerto seguro.

Estremecióse Manuel: tal vez cruzó por su mente alguna vaga sospecha; pero ya no podía retroceder. La avecilla había caído en la garganta del boa.

  

XIV

 

COMIENZA LA RESTITUCION

Esa misma noche, temprano todavía, presentóse en la casa de Margarita el padre Velarde.

No hallaba la señora á qué atribuir aquella rara visita; y mayor fue su sorpresa cuando el padre le indicó deseos de tener con ella una conferencia á solas.

-Bien, señora, dijo el padre, luego que se hubo instalado en el asiento que ella le señaló: nuestro ministerio tiene muy amargos sinsabores; pero también á las veces nos concede satisfacciones gratísimas: ora gemimos sobre la suerte de una alma endurecida, y palpamos con nuestras manos las llagas de la pobre humanidad, y faz á faz contemplamos el crimen enmascarado, en toda su horrorosa desnudez; ora gozamos á solas de una dicha celestial, al sorprender secretos pudorosos de conciencias inocentes, y aspiramos los aromas escondidos de la virtud recatada, y contemplamos, sin velos, los misterios inefables y arrobadores del bien. El objeto que me trae á su casa es de los más placenteros: vengo con una misión que me es sumamente grata. Una cosa sí le exijo: que no me pregunte nada; hallaría usted en mí una pared sorda y muda. Alguna persona que vive lejos, muy lejos de aquí, y más todavía, muy lejos de España, y que guarda no comprendo qué secretos con relación á usted, estuvo en mi casa va para largo tiempo, y me rogó que en la fecha en que hoy nos encontramos, pusiera en sus manos esta cartera, que contiene valores considerables. Antes de ponerla en manos de usted, me permito suplicarle, á nombre del donador, que á nadie le diga nada, sin permitírselo yo; á nadie, ni aun á sus hijos.

La señora comprendió que aquello significaba una de tantas limosnas que de ordinario se dan á los pobres vergonzantes, y se ruborizó, un tanto encolerizada: su orgullo de noble se resentía al verse tratada como una mendiga.

-¿Cuándo he dado, señor, lugar para?....

|-Comprendo, le replicó el prudente religioso: yo jamás habría aceptado para ante usted, cuyos precedentes no me son desconocidos, la comisión que supone: habríame resistido á ser el instrumento de un ultraje. El Pensamiento de la persona en referencia, es más alto. En prueba ello, lo que hay aquí no es una limosna: asciende á la sama de veinte mil reales.

-¡Ah! dijo la señora estupefacta: adivino lo que es esto. ¿Ha estado usted alguna vez en la isla de Cuba? Sólo así....

-Jamás. Como allí murió el Conde del Palmar, usted podría tal vez creer que proviene de su mano esta suma, señora. Aleje de su mente el pensamiento de semejante sospecha. Yo apenas conocí de vista al señor Conde, y jamás tuve en mi vida el alto honor de tratarle.

-¿Entonces?....

-Repito á usted que soy sordo y mudo. Esta suma es el principio de otras que me irán llegando de ultramar para usted.

-¡Ay! repuso Margarita: entonces no me queda más recurso que bendecir á Dios por esta dicha. Hace días preocupábame la suerte de mi pobre hija, que va bien pronto á dar un paso decisivo, sin que yo en manera alguna pudiera asegurar su porvenir. La Providencia ha venido á visitar esta casa, esta familia infeliz, hace largo tiempo víctima de monstruosas injusticias.

Y al punto rompió á llorar, procurando reprimir los sollozos que la ahogaban.                    

-Señora, díjole el padre con acento el más solemne: cuando se levanta al cielo el alma, debe estar limpia de todo pensamiento que no sea digno de Dios: debemos antes arrancar de raíz las malas plantas del odio. No se puede bendecir cuando no se ha perdonado.

La señora cayó de rodillas. El padre, extendiendo sobre ella las manos, alzó los ojos al cielo y murmuró en voz baja una plegaria por el alma del Conde del Palmar. La reconciliación daba principio en aquel grato momento.

Pasados breves instantes, se despidió el religioso; y, á instancias de Margarita, convino en volver con frecuencia á la casa. El buen hombre sentíase dichoso: había por su parte contribuido á llevar el bienestar á aquella noble familia.

Abrió Margarita al punto la cartera, y encontró en ésta la suma de veinte mil reales. No se atrevía, en s dicha, á dar crédito á sus ojos: aquello le parecía una ilusión de su corazón de madre. Momentos antes había meditado con tristeza en cómo podría atender á los gastos del matrimonio de su hija; y se encontraba de súbito con capital suficiente para presentarla según su rango social. En un instante de ferviente gratitud, se postró de rodillas, y dio gracias al Señor con toda la efusión de su tierna alma. Se acordó de las palabras del padre Velarde, y perdonó de corazón á su hermano.

Pocos momentos después llegó de visita Gonzalo. Cuando Margarita oyó su voz, salió á recibirle. Tenía ella tal alegría en el rostro, que el joven se sorprendió, pues era de ordinario melancólica.

-Está usted de un humor exquisito, dijo sonriendo Gonzalo. ¡Cuan grato me es verla así!

-Gracias, Gonzalo. No todo ha de ser tristeza.

-¿Eloísa dónde está? Hoy le traigo una noticia que tal vez no le disguste. Deseo hablar con ella, si no hubiere inconveniente.

-Ninguno, repuso Margarita; y se levantó, y llamó á su hija desde la puerta.

Eloísa se presentó, radiante de belleza como siempre, y exhalando ventura por sus parleros ojos. Cuando se hubo instalado en un asiento, contiguo al que ocupaba Gonzalo, dijo á los dos, fijando sus ojos en Margarita:

-Os noto muy placenteros esta noche á entrambos. ¿Qué es?

-Lo mismo le dije yo tan pronto como la hube saludado, repuso Gonzalo. ¿Y tú? también como que estás de buen humor. Hoy te traigo una noticia híuv plausible para mí.

-Veámosla. Si para ti es plausible, debe serlo igualmente para mí.

-He conseguido el empleo de que otras veces te he hablado; y por consiguiente ya no me faltarán recursos. Veo que la Providencia me lo facilita todo.

-Yo siempre te estoy diciendo que no seas tan desconfiado, que tengas un poco de fe.

-Está, pues, continuó el joven, ahora sí todo allanado. Quiero, si vosotras consentís, que el matrimonio tenga lugar dentro de unos quince días.

-¡Ay! no: ¿tan pronto? Si nada hemos preparado.

-Sino hay más inconveniente, le dijo Margarita, pierde cuidado, que yo me encargo de los arreglos. Tendrás dentro de ocho días todo lo que necesites.

-Siendo así, yo me declaro vencida: sea lo que quiera Gonzalo. El buen joven no cabía de gozo, pues iba á ver realizados los ensueños de su alma amorosa: iba pronto á verse dueño de aquel tesoro de belleza y de virtud, que él creía no merecer.

Entre tanto, Margarita fingía leer en un libro, á alguna distancia de ellos. No quería que su presencia fuese un obstáculo para que los venturosos jóvenes se entregasen á la dicha de su inocente pasión.

Tomó Gonzalo la mano de Eloísa, y estrechóla entre las suyas. Ella le correspondía con miradas de la más casta ternura estas muestras de su amor.

Una sirvienta anunció que estaba la cena servida. Dirigiéronse los tres para el comedor. Eloísa extrañó no poco hallar mejor el servicio que lo acostumbrado en casa. Ignoraba que ya había recursos en la familia. Una vez colocados en sus asientos, Gonzalo preguntó por Manuel.

-Quien sabe á qué horas vendrá, le contestó Margarita: me dijo que había esta noche una reunión en la casa de un su amigo, por lo cual vendría algo tarde.

Terminada la cena, fueron levantados los manteles, y la sirvienta puso en la mesa el tablero de ajedrez. Gonzalo y Eloísa acostumbraban jugar unas dos partidas todas las noches. Margarita, que les había enseñado este juego, lo sabía con admirable destreza: divertíase la señora viéndolos jugar; reía de las jugadas hechas sin tino, y hacia burla al jugador atolondrado; mas nunca les decía los movimientos que debían ejecutar. Siempre que se daba un mate; había gracioso bullicio: el infeliz perdidoso tenía que soportar los regaños, fingidamente severos, de la buena Margarita, quien le explicaba los disparates á que debía su fracaso.

Otras noches tomaba la guitarra Margarita, muy hábil en el manejo de este instrumento, el más dócil á todo género de emociones; y la joven cantaba algunos aires en boga entonces, acompañada á veces de Gonzalo, quien tenía una voz de bajo magnífica, y entendía alguna cosa de música. La voz fina y apasionada de Eloísa formaba con la grave de Gonzalo un contraste encantador.

¡Dulces veladas aquellas! todo era entonces cordialidad y amor. Las horas revolaban sin sentirse por sobre aquellos tiernos corazones, arrullados al compás de las notas de la dicha, únicas que saben vencer el tiempo. Cuando ya estaba la noche, demasiado avanzada, daba Margarita la voz de dispersión, á despecho de Gonzalo, que entonces la acusaba de soñolienta.

  

XV

 

LA EXPIACIÓN

Aquella misma noche, en horas muy avanzadas, había en el castillo del Palmar una velada también, mas de género distinto. Amalia estaba sufriendo un accidente de carácter serio, cuyos síntomas había comenzado á sentir al dar principio la noche. Un síncope privóla de sentido un poco antes de las once. Juliana velaba al pie del lecho de la paciente, y con ansiosa mirada espiaba las circunstancias del ataque. A las veces el pecho de la enferma se alzaba para formar un sollozo, y exhalaba apenas débiles suspiros.

Juliana sentía una profunda tristeza, y de cuándo en cuándo se enjugaba los ojos. En uno de los ángulos de la pieza, una lámpara, velada por una pantalla azul, y colocada al pie de un hermoso crucifijo, que había el padre Velarde regalado ala Condesa, repartía su tenue luz por el aposento.

Amalia quedó tranquila: parecía su sueño descanso reparador. A veces se escapaban de sus labios palabras inconexas, como las de un niño que suena. Juliana alcanzó á distinguir el nombre de Manuel. "¡Pobre niña! se dijo: ama, y oculta su naciente pasión."

Pocos momentos después, juzgando que Amalia había entrado en reposo, postróse á los pies del crucifijo, y se puso en oración. Con las manos cruzadas sobre el pecho, la cabeza inclinada hacia adelante, y los ojos cerrados, semejaba una efigie de marfil. Sus labios se movían como agitados por ligero temblor, y en sus pestañas brillaba una lágrima.

En este momento se abrió la puerta. Ella volteó la cabeza, sorprendida por el súbito ruido, y vio entrar á dos hombres de aspecto amenazador. Pasóse al punto en pie, y dirigióse al lecho de la enferma, y, sin dar muestra alguna de temor, cual si no la preocupase sino la vida de ésta, con la mano izquierda se la mostró á los dos advenedizos, y con el dedo índice de la derecha puesto en los labios, les indicaba que debían guardar silencio. Manuel se sintió conmovido ante aquella actitud de presencia de alma.

-El dinero ó la vida! dijo Pastor.

La Condesa se sonrió con suave apacibilidad. Con esta sonrisa significaba que ningún mal se le haría con quitarle unos valores; y que solo se inquietaba por la salud de la enferma. Dirigióse en seguida á la pieza inmediata. La siguieron los dos.

Pastor se arrojó de súbito hacia ella, y asiéndola por el cuello, no le dio tiempo ni para exhalar un grito. La Condesa cayó á tierra, y el infame le hincó las rodillas en el pecho, y con empeño mayor le apretaba la garganta.

Pocos instantes después.... el ángel voló al cielo. ¡Estaba consumada la expiación!

En este momento se oyeron golpes muy fuertes en el portón.

-¡Huyamos! dijo Pastor: aquellos golpes son dados con armas. Inmediatamente corrieron, y se escaparon por donde había entrado Manuel. A favor de las tinieblas de la noche, desaparecieron los asesinos. Las sirvientas, cuya pieza de dormir había Pastor asegurado con llave por taparte de afuera, despertaron con los golpes dados en el portón; mas, hallándose encerradas, se pusieron á gritar. Nadie respondía á sus voces, ni venía á abrir la puerta.

 

 XVI

 

SECRETO ENTRE TRES

Acercábase la hora a hora del amanecer. Yepes aun no había tomado el lecho: había pasado las horas hablando consigo mismo. De súbito oyó los consabidos golpes en el portón.

-Ya están aquí, se dijo. Y salió á abrir, sin cuidarse de llevar consigo luz.

Entraron los dos personajes, fatigados, jadeantes, porque habían corrido mucho. Yepes los llevó á su cuarto; y una vez los tres allí, los abrazó con cariño, tributándoles elogios por su valor y destreza. Refirióle Manuel todo lo que había ocurrido. Al saber Yepes que Amalia había quedado con vida, dio con el pie un golpe en el suelo, y exclamó:

-¡Pardiez! hicisteis las cosas á medias. Esa muchacha va á ser un estorbo á nuestros planes.... Mas no hay que desesperar: veremos manera de arreglar eso también.

-¿Pero qué quieres? repuso Manuel: de repente unos golpes, dados con armas en el portón, nos llenaron de terror. Gracias á que pudimos escapar á tiempo.

Yepes saltó de su asiento, trémulo y pálido; corrió al punto á la ventana, y puso en ella el oído. Permaneció allí largo rato, hasta cerciorarse bien de que no se sentía ruido.

-Me has dado tamaño susto.... dijo, afectando serenidad. Pero no puedo explicarme el origen de esos golpes. ¿Estáis bien seguros de que nadie siguió vuestros pasos?

-En todo el camino no hallamos á nadie, ni percibimos un ruido. El amigo Pastor, que conoce muy bien la localidad, me ha asegurado que nadie pudo habernos seguido.

-Respondo, dijo Pastor lacónicamente, con acento gutural y con los ojos bajos.

Yepes, repuesto de su sorpresa, asumió su aire ordinario de alegría y satisfacción.

-Y bien, dijo frotándose las manos en señal de regocijo: todo ha salido á pedir de boca. Este mi amigo Pastor ha obrado con un acierto que merece una corona. El asesino sonrió.

-Pero no ha echado usted, amigo, en saco roto tan oportunos servicios: de hoy más, su fortuna va á tomar un nuevo rumbo; á una vida pobre é inquieta va á suceder, se lo juro, el más perfecto reposo.... Hagamos nuestras cuentas, continuó, fijando los ojos en Manuel. Tú eres ya, querido, eres Conde del Palmar; tus riquezas son cuantiosas; tu dicha está asegurada. ¿Qué harás, pues, con nosotros?.... Lo digo por Pastor; que lo que es yo.... tú y yo somos una misma cosa. Opino que debes darle una respetable suma para que haga lo que quiera: puede vivir contigo, ó tomar posición independiente, ó irse á dar un paseo por el otro mundo.... quiero decir.... por América.

-Se hará, repuso Manuel, lo que vosotros mandéis: mi voluntad es la vuestra.

-¡Bravo! exclamó Yepes, echándole el brazo al joven. Así proceden los buenos amigos. ¡Qué triunfo hemos alcanzado, y á costa de poco esfuerzo! La vida, señores, es una lucha, en la cual no triunfa sino el más fuerte ó más hábil. Dejemos á las gentes que nacieron para ser el escabel ó las víctimas de los que llama el destino á ocupar el primer puesto, el consolarse de su miseria con esperanzas absurdas, con resignación estéril: prosigamos nosotros adelante, alta la frente, cerrado el puño, fijos los ojos en el único objeto de la existencia, cual es gozar de ella. El oro es el representante del placer: he aquí el Dios de nuestro culto. Con oro, abriremos toda puerta, removeremos obstáculos, subiremos á la altura; con oro, tendremos poder, tendremos gloria y amor. El siglo ha simplificado la gran cuestión de los cultos, diseminados antaño entre innumerables ídolos: su único Dios es el oro. Exige también sacrificios, á las veces dolorosos. Ya le ofrecimos nosotros uno; y quién sabe todavía.... Pero con tanto filosofar, me olvidaba de vosotros, magnánimos héroes de esta gran jornada. Estaréis muy fatigados: vamos á tomar algún refrigerio; única cosa que puede ofreceros este pobre solitario. Abrió una cómoda, sacó unas colaciones y una botella de brandy. No se hicieron de rogar los invitados: necesitaban realmente tomar algún alimento.

Una vez servido el brandy, volvió Yepes á la cómoda, y trajo dos grandes copas de vino.

-Olvidaba, les dijo, obsequiaros con un poco de este excelente |Lacrima Cristi.

Manuel y Pastor apuraron con avidez las dos copas de vino.

-¡Excelente! dijo Manuel: este néctar es capaz de resucitar un muerto.

-O de matar un vivo, repuso Yepes sonriendo. Todo es según, como enseña el refrán: si de este néctar abusa un vivo, bien puede suceder que encuentre en él la muerte, Pastor continuó menudeando tragos de brandy, y á pocas vueltas dio muestras de hallarse ebrio por completo. Cuando Yepes lo vio casi  inerte, lleno de brandy su copa, y haciendo otro tanto con las de sus conmilitones, dijo:

-Propongo un brindis, señores. Por los fieles amigos que saben guardar un silencio eterno. Por el talento de los que saben hacerse poderosos por medio de golpes certeros. Por la invencible fidelidad de la tumba, única que sabe sernos siempre consecuente.

Sus encapotados ojos se fijaron en Pastor, quien estaba ya dormido, apoyados los brazos sobre la mesa, y escondida la cabeza entre éstos.

|-Requiescat in pace, dijo mirando á Manuel, y señalando á Pastor con el índice de la mano izquierda. Así lo quería yo: tranquilo y callado.... callado para siempre.

-¿Qué ha sucedido, pues? preguntó el joven, lleno de sorpresa.

-Lo que ves, repuso Yepes, con una calma inmutable: la copa de vino nos ha privado de un amigo peligroso. Secreto entre tres, difícil es de guardar.

Manuel palideció, y palpóse con las manos instintivamente el pecho, como para cerciorarse de que existía en realidad. Esto hizo sonreír á Yepes.

-Nada temas por ti, le dijo: ¿no te he dicho que los dos somos una misma cosa? Ya el señor Conde no tiene sino un solo confidente. Será inviolable el secreto de hoy más para los dos: intereses comunes nos ligarán para siempre.

-¿Y ahora qué hacemos con el cadáver? preguntó el joven, de cuya frente aun no se había borrado la palidez del espanto.

-Estaba previsto todo. Ayúdame á conducirlo. Tomó Yepes á Pastor por las manos, y Manuel por los pies, y lo condujeron á la fosa preparada de antemano por el jefe de la empresa. Cuando el cuerpo cayó en el hoyo, un suspiro sordo anunció el último aliento de la vida. Pusiéronse al punto á colmar la fosa. Apenas habían arrojado una capa de tierra, apisonábanla, ayudados de gruesos trozos de viga. Una bujía moribunda prestaba su opaca lumbre á aquella escena siniestra. Cuando hubieron penetrado los rayos primeros del día en aquel antro sombrío, apisonaban los sepultureros la última capa de tierra.

 

XVII

 

EL   FÉRETRO

Dos horas hacía que había amanecido. Volvió Amalia de su letargo, y sintióse bastante despejada. Notó, por la luz del sol que entraba por las rehendijas y proyectaba en el suelo círculos brillantes, que estaba avanzado el día, y llamó á Juliana en voz baja. Nadie le respondió. Tan sólo se oían los trinos de las avecillas aprisionadas en las jaulas del corredor ancho. Vio que el lecho de su hermana estaba vacío, y pensó que ya se habría levantado. Púsose en pie, se vistió y salió al corredor. Sintió voces y golpes en la planta baja del edificio, y fue á ver qué era aquello. Abrió la puerta del cuarto de las sirvientas, que eran las que hacían tal ruido, y supo de boca de éstas que alguien las había encerrado, y que un poco después de media noche las habían despertado fuertes golpes dados en el portón.

Pastor no parecía, por más que Amalia lo llamaba á gritos. Juliana no respondía á los llamamientos, cada vez más altos, de su hermana. Aquello era un misterio. Un pensamiento siniestro cruzó por la mente de la joven, y empalideció sus mejillas. Subió precipitadamente la escalera, y abrió la puerta del aposento, sin dejar de llamar á Juliana. Cuando hubo penetrado en la pieza contigua, la vio tendida en tierra: el rostro estaba cubierto de palidez violácea; la cabellera en desorden le cubría parte del pecho. Postróse de rodillas al lado de su hermana, y la llamó varias veces, no pudiendo convencerse de la negra realidad. Cuando le palpó el rostro y el pecho, y la halló fría, exhaló un gemido agudo, que resonó por el cóncavo artesonado. Al oír este gemido, las sirvientas acudieron. No se oían bien pronto en el castillo sino clamores que anunciaban á los habitantes de las alquerías vecinas haber sucedido allí una gran desgracia. Una sirvienta abrió el portón, y al punto entraron algunas gentes que anhelaban saber lo que había ocurrido. La sorpresa embargaba los ánimos. Hacíanse comentarios sobre el hecho. Todos convenían en que el asesino era Pastor, quien se había escapado por la escalera que fue hallada en la pared del jardín.

Extendióse la noticia con rapidez por las habitaciones esparcidas á los alrededores del castillo. Las gentes acudían á ver aquella desgracia. Los pobres gemían á las puertas del castillo por su bienhechora, su consuelo, su madre, una joven de unos catorce años se lloraba doblemente huérfana, pues aquella misma coche había muerto su madre. En las angustias de la agonía, había ésta manifestado ardientes deseos de hablar con la señora Condesa, sin lo cual no podría morir en paz. La joven corrió al castillo, resuelta á hacer ir á la señora, y golpeó largo rato, valiéndose de un guijarro. Tales fueron los golpes que oyeron los asesinos.

Pronto se supo en la ciudad lo ocurrido. "¡La Condesa del Palmar ha sido asesinada!" pasaba de boca en boca, causando impresión profunda en los ánimos: la buena señora era altamente estimada de todos los círculos sociales. Algunos amigos y no pocos curiosos vinieron al castillo. Había alarma general, y se hacían comentarios sobre los medios, los autores y los propósitos del crimen.

Fue colocado el cadáver en la sala principal: paños negros y algunos cirios completaban el fúnebre aparato. Amalia, de píe á la cabecera del féretro, bañaba con lagrimas silenciosas la frente de su hermana. Un grave sacerdote rezaba en un libro al lado del cadáver; de cuándo en cuándo una lágrima brillaba en sus párpados: era el padre Velarde.

Margarita y Eloísa estaban consternadas. Viendo que Amalia no se hallaba en estado de pensar en nada que no fuese su terrible desgracia, tomaron las dos á su cargo el cuidado doméstico del castillo.

Llegó el Prefecto de Policía. Manuel lo acompañó en el registro que hizo del castillo; y le fue explicando la manera cómo, en su concepto, se había efectuado el crimen.

-¡Infame! le decía: era el único guardián de estas infelices. Desde que lo conocí, no me fue simpático; y aun recuerdo haber manifestado á la Condesa sospechas respecto de ese hombre; mas la angelical criatura, que de nadie podía pensar mal, no se figuraba que quien había acompañado á su esposo por largos años, y había recibido de ella muestras de ciega confianza y beneficios sin cuento, viniese á ser su verdugo. Tenemos que buscarlo hasta el centro de la tierra, si allí se ha ocultado. Mil muertes no serian castigo suficiente para semejante crimen.

El Prefecto, después de haber levantado el acta de su visita, y tomado estricta cuenta de todas las circunstancias que á su juicio tenían importancia, regresó a la ciudad, acompañado de Manuel.

Llegó la hora de conducir á la ciudad el cadáver. Una multitud de aldeanos siguió el convoy fúnebre, exhalando gemidos. Una fila de niñas iba adelante: eran los discípulos de la Condesa. Hilos de lágrimas corrían por las mejillas de aquellas tiernas criaturas, que se veían privadas de la mejor de las madres. El padre Velarde iba al pie del féretro, murmurando plegarias y contemplando aquella ovación que la gratitud tributaba ala Caridad.

  

XVIII

 

CRIMEN INÚTIL

Estaba Gonzalo profundamente afligido: comprendía que por lo bajo el público murmuraba malévolas sospechas respecto de la familia de Margarita, No por eso sus visitas á Eloísa se hicieron menos frecuentes: cada día la amaba más. A virtud del doloroso acontecimiento, hubo de diferirse el matrimonio.

Por aquel tiempo apareció en Barcelona una peste que hizo estragos en la ciudad: llamóla el pueblo la |fiebre negra. En pocos meses diezmó la población.

Estaba Gonzalo, como de costumbre, una noche, en casa de Margarita.

-¿Qué hay de nuevo? preguntóle ésta.

-Hay alarma general. Está tomando la |fiebre negra proporciones espantosas. Necesítase un hospital fuera de la ciudad, y se ha pensado tomar para el efecto el castillo de la finada Condesa.

-Me parece á propósito, repuso Margarita: no se hallaría en la ciudad edificio que ofreciese mayores comodidades. ¿Se adelanta alguna cosa respecto de la captura del asesino?

-Absolutamente nada: como si la tierra lo hubiese devorado. Presentóse en ese instante el padre Velarde. Gonzalo comprendió que algún objeto de suma gravedad llevaba allí al religioso, y halló por conveniente retirarse.

Una vez solos el padre y Margarita, él dio principio á la conversación.

-¡Qué cosas las de este mundo! dijo el padre exhalando un suspiro. Cuando la virtud emprende su generosa tarea, preséntase el crimen y todo lo frustra. Nadie podía conocer mejor que yo de cuanto era capaz la Condesa del Palmar.

-¡Ay, señor! repuso Margarita: ¡cuánto he sufrido! -Otra vez manifesté á usted, le dijo el padre, que era yo depositario de un secreto respecto de usted. Creo que ha llegado la hora de revelarlo: la muerte me ha absuelto de mi compromiso; y cosas hay que no deben quedar ocultas. Supo la Condesa, yo no sé cómo, la conducta que su esposo había observado para con usted; y se propuso salvarlo, resarciendo los males que le había cansado. A tiempo de morir el Conde, inspiróle la buena señora ideas de arrepentimiento, y obtuvo de él el permiso de devolver á usted los bienes que le correspondían.

-¡Ella!.... exclamó Margarita, llevándose al rostro las manos. ¡Y se manifestaba un tanto retraída respecto de mí, y no poco indiferente á mis largos sufrimientos!... Sospeché algo cuando usted puso en mis manos aquella suma; mas la extraña conducta de Juliana extravió por completo mi juicio.

Eso entraba en su plan generoso. Exigióle el Conde que llevase á cabo la restitución sin que nadie sospechase siquiera el origen de ésta. La Condesa pensaba ir poniendo poco á poco en poder de usted sus bienes, y retirarse luego á llevar una vida solitaria. No le permitió la muerte sino dar el primer paso.

Margarita rompió á llorar: los sollozos le ahogaban la voz.

-Oigame usted, señora, con la posible tranquilidad. Un deber me ha obligado á romper el silencio que prometí guardar. Creo de justicia que la restitución se lleve siempre á cabo, lo cual será sin duda grato á aquella angelical criatura, de quien la tierra no fue digna. He creído deber poner en noticia de usted la intención de la Condesa, á fin de que pueda hacer efectivos sus derechos. Por mi parte, estoy dispuesto á decir lo que me consta. Puede, pues, usted revelar á sus hijos lo ocurrido, sin reserva ninguna: esto es ya asunto de familia, y ha de tratarse en familia. Yo volveré por acá, por si hubiere alguna cosa en que pueda serles útil.

Margarita quedó pensativa: tantas emociones se habían sucedido en su alma en pocos momentos, que le parecía estar soñando. Pasar de repente de la pobreza á la opulencia, de una posición humilde á un puesto elevado en la jerarquía social; ver de súbito á sus hijos ascender á una alta cumbre; la sublime virtud de Juliana, á quien ella había juzgado como que era un alma dura, egoísta, indiferente: estas cosas agitaban violentamente su espíritu. Pasados breves momentos, sacudió la cabeza, se puso en pie, y saliendo á la puerta, llamé á una sirvienta.

-¿Ya vino Manuel?

-Sí, señora: lo vi entrar á su cuarto.

-Díle que venga inmediatamente, y lo mismo á Eloísa.

Pocos momentos después, estaba reunida la familia. La señora, asumiendo la gravedad que pedía la situación, dijo:

-Asuntos de alta importancia van, hijos míos, á ocupar vuestra atención. Por fortuna, ya vosotros sois capaces de estudiar y dirigir con acierto vuestros propios intereses. Noto con gusto, Manuel, que estás entrando ya en juicio: he estado observando, sin saberlo tu, que no eres el calavera de otros días. Tú, Eloísa, de quien no tengo queja alguna, vas á tomar estado, y ya posees el juicio de una mujer formada. Creo llegada la ocasión de enseñaros un secreto que hace largos años yace oculto en mi corazón, y que había cuidado de que no llegase á noticia vuestra, temerosa de sembrar en vuestra alma odiosidades de familia que amargasen vuestra inocente existencia, e irritasen desde liego vuestro carácter. No me arrepiento de tal conducta: habéis vivido hasta ahora libres de negros rencores, que son la hiél de la vida; y la Providencia obraba, sin que yo lo sospechase, en favor de nuestra causa. El representante de la Providencia ha sido nuestra parienta, la noble, la generosa, la virtuosa Condesa del Palmar.

El joven palideció, y un ligero temblor agitó sus labios. Fingió un fuerte golpe de tos, y á poco rato logró disimular su emoción.

-Yo, continuó Margarita, soy hermana del Conde del Palmar. Una serie de sucesos, que no hay para qué revelaros, sembraron la discordia entre nosotros dos; y el resultado fue que él, como más fuerte que yo y más conocedor de los secretos del mundo, triunfó completamente. Despojóme de todos mis derechos, pues consiguió demostrar que yo no era hermana suya. Hálleme desprovista de medios de defensa, porque mi hermano, tomando por instrumento al miserable que acaba de asesinar á su esposa, me arrebató los documentos que abonan mis derechos. Vosotros sabéis que el Conde, en edad avanzada ya, tomó por esposa á Juliana. Esta, sabedora, no sé por que conducto, de los secretos de su marido, se propuso obligarlo á resarcir el mal que me había hecho; y en el lecho de muerte le arrancó permiso para devolverme mis bienes. El Conde le exigió que procediese en el particular con absoluta cautela, de suerte que yo ni siquiera sospechase nada. Juliana lo hizo así: valióse del padre Velarde para que hiciese llegar á mi poder, poco á poco, las sumas que para mí ella le fuese entregando. Él puso en mis manos veinte mil reales, y me anunció que después me iría dando más dinero. Hízolo con tacto tan fino, que yo llegué á comprender que se me estaba entregando alguna herencia imprevista. Vosotros recordáis que varias veces hablamos de la dureza con que Juliana miraba mi angustiosa situación, y hasta llegamos á acusarla de egoísta. Tal conducta entraba en su generoso plan. El padre Velarde acaba de revelármelo todo, y quiere que vosotros seáis sabedores de lo ocurrido. El cree que yo debo hacer valer mis derechos, y está determinado á revelar ante la justicia, si ello fuere necesario, el secreto de que es dueño. Ha llegado, pues, la hora de que vosotros sepáis cuál es vuestra posición en la jerarquía social, y entréis en el goce de vuestros derechos. Si hubiere necesidad de llevar el asunto al tribunal de la ley, me siento dispuesta á hacerlo. Don Antonio Yepes recibió de mí, hace ya algún tiempo, el encargo de defender mi derecho. Exigíle completa reserva para con vosotros: repito que no quería sembrar en vuestra alma las semillas del rencor. Yo creo que él es el llamado á continuar el trabajo, porque ya tiene en sus manos los primeros hilos de la misteriosa trama. ¿Qué os parece?

Eloísa manifestó hallarse de acuerdo con lo dispuesto por su madre. Manuel callaba: tal parecía no haber oído la pregunta.

-¿Pero qué tienes? Manuel, le dijo la señora: te has quedado absorto.

El joven se estremeció, como si ella hubiese sorprendido su secreto, y disimulando cuanto pudo su emoción, dijo:

-Me ha causado honda impresión lo que usted nos ha revelado: ¡hay coincidencias tan misteriosas!... ¿Qué me decía usted?

-¿Quieres que Yepes sea nuestro abogado?

-¿No he de querer? no encontraríamos otro mejor. Concluida la conferencia. Margarita y Eloísa se fueron á continuar sus trabajos cuotidianos. Quedóse Manuel allí, y cerró por dentro la puerta: necesitaba llorar. "¡Qué fatalidad¡ decíase: he cometido un crimen horroroso é innecesario, en momentos en que aquella víctima inocente estaba llevando á cabo su resolución sublime. Y no hay remedio ya. ¡Ay! ¡quién pudiera volver atrás!.... ¡Cómo arrancar de mi pecho este agudo dardo que lo despedaza!" Y se mesaba los cabellos, y se apretaba la cabeza con ambas manos. Sentía necesidad de compartir con alguien su dolor, y salió á toda prisa, en busca de Yepes.

 

XIX

 

LA FIEBRE NEGRA

Estaba aterrada la ciudad. La |fiebre negra había adquirido proporciones horrorosas. Las precauciones que se habían tomado eran inútiles ya. La peste hacía estragos en la clase pobre, y estaba invadiendo los hogares de los ricos. Por todas las calles cruzaban carros que conducían cadáveres al Campo santo, ó enfermos al hospital. Aquí y allí se oían gemidos que anunciaban la muerte de seres amados. La policía era impotente para atender á todo: no era raro ver cadáveres tirados en las calles, ó casas abandonadas á puerta abierta ó habitadas tan sólo por algunos moribundos, que espiraban al lado de cadáveres infectos. El terror y el egoísmo se habían apoderado de los ánimos. No era cosa extraña ver á individuos atacados de la epidemia, en completo abandono de los suyos: en vano el padre clamaba por el hijo, la esposa por el esposo, el hijo por el padre. Las gentes atribuían esta espantosa calamidad al crimen cometido en la persona de la noble Condesa del Palmar.

Los agentes de la policía andaban aquí y allí, rondando los domicilios, en busca de enfermos, porque las familias ricas no querían que miembros suyos fuesen llevados al hospital. Abusos de todas clases sucedían en tales casos, porque la autoridad no podía vigilar en todo á un tiempo, y la atención del público estaba embargada por el peligro general. En todo grave conflicto que interesa al mayor número, almas infames aprovechan la ocasión para saciar á mansalva sus apetitos brutales. Así los buitres medran á sus anchas en un campo de batalla sembrado de cadáveres.

Como se ha dicho, Manuel se fue á la casa de Yepes. Iba tan absorto en sus pensamientos, que no vio un cadáver tendido en la calle; tropezó con él, y cayó á su lado. Un invencible terror se apoderó de su espíritu; sintió correr por sus venas el aliento de la muerte.

Llegó á casa de su amigo, dominado por impresiones aciagas. Dio los consabidos golpes, é inmediatamente Yepes salió á abrir la puerta.

-Traes cara de susto, le dijo á Manuel, con su risa acostumbrada. El joven no contestó, y se dirigió á la sala. Yepes, después de pasar el cerrojo del portón, le siguió, no sin temor, pues el semblante del joven anunciaba novedades.

Refirióle Manuel cuanto Margarita le había revelado; y, dando algunos pasos precipitados, dijo entre dientes:

-He aquí, pues, un crimen completamente inútil. Siento vergüenza y horror; me mata el remordimiento.

-Ja.... ja .., ja..., Ya viene con sus pueriles escrúpulos el chiquillo timorato, dijo, ó más bien rió, el imperturbable Yepes. Oyeme, tronera: las cosas se ponen á pedir de boca. No hay un solo documento que compruebe los derechos de tu familia á la sucesión del Conde; y hoy se nos viene á las manos una magnífica prueba,-la declaración del padre, quien está pronto á rendirla de una manera espontánea. Yo temía todo perdido, pues la herencia era de Amalia. Había ideado un medio: como una vez me dijiste que notabas en la joven inclinación hacia ti, pensé que no era difícil el que obtuvieras su mano, y así quedaría todo en casa. Pero entonces yo.... tú no me podrías negar que he adquirido derechos indisputables á los productos de nuestro negocio.... Además, yo no quería que tú sacrificases tu corazón, que pertenece á Rosaura: estás en el caso de honor de vencer el orgullo de esa hermosa. No hay satisfacción sin triunfo, como no hay triunfo sin lucha. El amor sin obstáculos es una pura pamplina. Ahora veo todo allanado: tomas pacíficamente la herencia del Conde, que entonces será tuya, no ya de tu mujer; te casas con Rosaura, y.... ¡abur, amigo! ¡á disfrutar de la vida!....

Era tal la influencia que ejercía Yepes sobre Manuel, que sus palabras calmaron, como por ensalmo, los remordimientos de éste. Pocos momentos después, ya se reía de sí mismo, de su tristeza y su horror, de su interés por su víctima.

-¡Qué diablo de tronera! continuó Yepes, dándole palmaditas en el hombro. Déjate guiar, déjate guiar, te repito una vez más: tú sabes poco del mundo, y yo lo conozco á palmos; tú no puedes prescindir de tus escrúpulos, porque tuviste una madre que te infundiera desde niño preocupaciones femeniles; yo no tuve padre ni madre, ignoro á quién debo el ser. Cuando me conocí, vivía á expensas de una mujer que me crió por caridad, ó á lo que creo más bien, por satisfacer un capricho. La pobre mujer murió maldiciéndome y acusándome de ingrato, porque le jugué una partida, y luego la abandoné. Mira: á nadie he amado jamás |....si te exceptúo á ti y también á tu familia; detesto á la humanidad, como aquel excelente emperador romano que se lamentaba de que ésta no tuviese una sola cabeza, para cortarla de un tajo. Si yo alguna vez sintiera remordimiento, sería de no hacer el mal que la ocasión me ofreciese. Y oye, y grábalo bien en tu memoria: son así todos los hombres; sólo que hay unos más hipócritas que otros, y saben cubrir sus odios bajo la máscara del amor. ¡Qué fuera del mundo si leyese cada cual en las conciencias ajenas!

Manuel escuchaba con embeleso las enseñanzas del maestro; mas no dejó de afligirse al ver el mundo al través del prisma que le ponía ante los ojos. El alma humana tiene necesidad de creer en el bien: sin ese noble instinto ¿qué fuera de la vida?

-Explotemos á nuestros semejantes siempre que podamos, que ellos á su vez nos explotarán cuando puedan; y si en nuestro camino hallamos obstáculos, arrollémoslos sin reparar en los medios. El éxito saldará nuestras cuentas: si fuere éste bueno, lo tendremos todo,-delicias y honores, aplausos y dicha;-si fuere malo, soportaremos el chasco con frente serena, ó tomaremos por otra vía. Los que hoy llamamos héroes, y á quienes la fama tributa sus laureles y su incienso, no pasarían de ser unos calaveras ó unos criminales, si la suerte les hubiese sido menos propicia. Si hubiese Catilina salido bien en su soberana empresa, hoy su nombre brillaría al par del de Julio César. He aquí la justicia de la humanidad. ¡Y todavía nos dejamos detener por escrúpulos, cuando se trata de conquistar una posición brillante! Todavía nos horrorizan algunas gotas de sangre que nos vemos obligados á derramar, cuando queremos abrirnos amplio camino! Los héroes han levantado sobre osamentas humanas los monumentos de su gloria; y la humanidad, colmada de gratitud y entusiasmo, los ha deificado y venera sus nombres. No serían muchos los remordimientos quo sintieron al pensar en la sangre y en las lágrimas con que empaparon la tierra. Te he hablado en estos términos, porque te vi conmovido cuando me referiste lo que el padre Velarde reveló á tu madre. El pobre fraile nos va á servir á maravilla; está haciéndonos el juego con rara oportunidad.

Estas últimas palabras acabaron de borrar de la conciencia del joven hasta el último vestigio de remordimiento: parecíale su crimen tan natural como una acción inocente.

-¿Sabes, preguntóle Yepes, si se ha adelantado algo respecto de | las pesquisas de la policía?

-Nada absolutamente: ahora, con los estragos de la |fiebre negra, nadie está para pensar en nada que no sea la epidemia.

-Sin embargo, comprendo, repuso Yepes, que ya sospechan algo de ti..., No te asustes |.... conjeturas |.... algún por si acaso |.... qué sé yo..... Mas siempre es bueno que estés prevenido. Si la policía llegare á arrestarte, mantente firme, negando absolutamente todo. Pierde cuidado: estando yo fuera, no corres peligro alguno. ¡Que prueben! ¡que prueben! Dicen las gentes que nada hay oculto: veremos en esta vez la exactitud de la máxima.

Terminada esta entrevista, Manuel se volvió á su casa. Iba tranquilo, casi regocijado: el contacto con su maestro había ahuyentado su pena.

  

XX

 

DELACIÓN

En la noche de ese día, Yepes, solitario como de costumbre, imprimió unos centenares de hojas sueltas. Salió después á la calle; dejó ejemplares en todos los puntos de más concurrencia; fijó unos en las esquinas y en las puertas de los templos.

A la mañana siguiente, Gonzalo, luego que abrió el postigo de su alcoba, vio al pie de la puerta una carta cerrada: tomóla inmediatamente, y dentro de la cubierta halló un impreso. A medida que lo iba leyendo, se pintaban en su rostro las emociones de su alma.

-¡Qué golpe! se dijo, dejándose caer de súbito en el sofá. ¡Y cuando ya se acercaba el día de mi matrimonio!.... ¡Pobre Eloísa! sin dada es ella inocente; mas ¿si no lo es su familia?....

Largo rato quedóse pensativo, apoyada la frente en ambas manos. Volvió á tomar el papel; varias veces lo leyó, y á cada nueva lectura, era mayor su emoción.

-No queda duda, decíase: hay en esto un misterio horroroso. Y yo que era tan feliz, que mimaba tan dulces esperanzas!.... ¡que la amo tanto, tanto!....

Tornó otra vez á quedarse pensativo. Lágrimas copiosas corrían, por sus mejillas y goteaban sobre el suelo. Al fin estalló su dolor en roncos sollozos que ahogaban su pecho. La hoja decía así:

"Va para algunos días se cometió, á las puertas mismas de la ciudad, el crimen más horroroso que registra nuestra historia. Hubo al principio alarma, hubo espanto general; después ha venido la indiferencia á ahogarlos sentimientos que en la conciencia del pueblo despertó el horrendo crimen. Tal es el alma humana.

"Pero la justicia eterna no duerme, y hace valer sus derechos con señales inequívocas de su augusta indignación. La peste que nos devora ¿no será la muestra clara de la cólera del cielo?.... La inocente y santa víctima clama por justicia; y ya que duerme la de la tierra, la de Dios se hace sentir de una manera espantosa.

"Abramos, pues, los ojos, y veamos lo que pasa. El asesino de la Condesa del Palmar no aparece: ¿se lo comería la tierra? Ha investigado la autoridad por su paradero, y cree haber cumplido ya con su deber. ¡Ciegos! no han querido ver que en el horrible crimen hay una segunda mano. Acaso el llamado Pastor fue tan sólo un instrumento inconsciente de gentes interesadas en la muerte de la víctima.

"Que hubo fuera del castillo individuos que tomaron activa parte en el crimen, es cosa indubitable. Pastor no pudo haber dado muerte á la infeliz Condesa, sino sólo por robarla. ¿Cómo no se ha echado menos ninguna alhaja valiosa, de las muchas que allí había? Es esto ciertamente misterioso, mas no en tan alto grado, que no se descubra en torno alguna huella de luz. Falta, eso sí, que queramos verla.

"Hay una familia á quien interesa grandemente la muerte de la Condesa: la familia Margallo. Sábese que el Conde del Palmar sostuvo en un tiempo un pleito con la señora Margarita de Margallo, quien se decía hermana suya. Ganó el Conde el pleito, por lo cual se apodero de los bienes y títulos de la familia. ¿Pero esta señora quedaría conforme con el fallo de la justicia? No; esto no es de suponerse.

"una vez muerto el Conde, su viuda era el único obstáculo para que la familia Margallo se presentase á reivindicar sus derechos. Esto no deja dada; es tan claro como el día.

"Hay un joven llamado Manuel, hijo de la señora de Margallo, cuyo género de vida no es por cierto edificante. Creemos con buenas razones que éste fue el compañero de Pastor en el espantoso crimen, su deber de conciencia nos obliga á denunciar á la autoridad esto, que creemos muy digno de escrupulosa investigación. Llámese á juicio, pues, á la familia Margallo, y se sabrán secretos importantes.

Esta hoja, que apareció fijada en los más públicos puntos de la ciudad, causó profunda impresión. Ese día la voz general acusó á la familia Margallo de cómplice en el delito que tenía en alarma la ciudad.

La situación de Margarita era espantosa: veíase acusada, con sus hijos, del inaudito crimen; y tenían las presunciones incontestable apariencia de verdad. ¿Qué hacer? ¿qué partido tomar?.... Encerrada en un cuarto con Eloísa, pasó la tarde gimiendo y orando: las infelices pusieron su suerte en manos de Dios. Esa noche Gonzalo no fue á visitarlas. Eloísa comprendió que su amante también la juzgaba criminal: este golpe fue para ella más duro que los demás. Como á las diez de la noche la atacó una fuerte afección nerviosa: empezó por una risa tenaz y aguda, que terminó en convulsiones incesantes. Una hora después parecía un cadáver; no había más señal de vida que una respiración apenas perceptible. Tendida en el lecho; la abundosa cabellera esparcida por el seno á medio cubrir; el rostro empalidecido, la nariz afilada, la boca entreabierta, los ojos cerrados, semejaba una estatua que representase la imagen de una virgen recién muerta. Margarita, poseída de ansiosa angustia, estaba de rodillas al pie del lecho, teniendo entre las suyas, bañándola con su llanto, una de las manos de la enferma.

El padre Velarde, á quien la pobre madre había hecho llamar, llegó pocos momentos después de principiada la privación de la joven. Sentado en una butaca, no lejos del lecho, unas veces oraba en voz baja, otras decía á Margarita alguna palabra de consuelo.

-No se angustie, señora: son inocentes, ¿no es cierto? Ponga toda en confianza en Dios, que no deja perecer la inocencia. El corazón me dice que veremos disipadas las tinieblas que oscurecen la verdad

De esta manera el buen religioso exprimía en el corazón de la desolada madre el bálsamo del consuelo, y elevaba su alma á Dios, única fuente de resignación en situaciones extremas.

Poco á poco fue calmando la angustia de Margarita. Alzando al cielo los ojos, exclamó:

-¡Señor! en tus manos está nuestra suerte. Tu sabes que somos víctimas de alguna equivocación ó de una negra injusticia. ¡Hágase en nosotros tu voluntad. Dios mío!

Dichas estas palabras, un torrente de lágrimas descendió por las mellas de la angustiad matrona. Sintióle luego aliviada: la esperanza le inspiro valor y resignación.

Un débil suspiro de Eloísa anunció que el síncope estaba tocando á su fin. Palabras incompresibles se escapaban de sus labios, entre las cuales se distinguía á las veces el nombre de Gonzalo. Margarita, sentada en el lecho, besábale la frente, y la llamaba con voz amorosa. Cuando vio al padre Velarde, exhaló un sollozo.

-Somos inocentes, señor, exclamó; somos inocentes. Dígaselo así a Gonzalo. Júrele que nosotras no hemos tenido participación alguna que; ignoramos todo; que somos inocentes cuanto puede serlo él.

No le permitieron los sollozos continuar

Hízole el padre oportunas reflexiones, inspirándole confianza en la protección divina. La Joven escuchaba las palabras del buen hombre con los ojos clavados en su rostro, y la boca entreabierta: bebía la desgraciada con avidez en la fuente de consuelo que le ofrecía el sacerdote.

 

 XXI

 

LA   PRISIÓN

Al día siguiente fueron reducidos á prisión Manuel, Margarita y Eloisa. Privóseles desde luego de comunicación, y se les recibió indagatoria. Las declaraciones de ellas resultaron contestes, y mostraban su inocencia. Era imposible que tanta ingenuidad cupiese en personas que hubiesen tomado parte alguna en el delito. No así la indagatoria de Manuel: cuando se le preguntó en dónde se hallaba la noche en que tuvo lugar el asesinato, contestó con subterfugios, sin determinar el punto en que estuvo: lo cierto era que no había pasado la noche en su casa.

Yepes, entre tanto, se regocijaba de ver cómo su plan marchaba viento en popa. Sabía que Gonzalo estaba hondamente impresionado, y que no había vuelto á visitar á Eloísa. Tenía tan ciega confianza en que obedecería Manuel sus mandatos, que no temía de su parte delación ni inconsecuencia. Había que perder al joven y conquistar la mano de su hermana. Eso era todo. Dirigíase su propósito, en primer lagar, á denigrar, á los ojos de Gonzalo, á las dos inocentes mujeres. Su ingenio era inagotable, y él tenía fe en sí mismo. Una vez alejado el amante, y deshonradas la madre y la hija ante el mundo, él se les presentaría prometiéndoles salvar á Manuel del cadalso y á ellas de la infamia. Esto le abriría camino á la posesión de Eloísa. Después.... después el terreno se allanaría fácilmente: haría creer á Manuel que él estaba defendiéndolo, á tiempo mismo en que de una manera solapada haría llegar á oídos de la justicia noticias importantes. El plan era atrevido; pero el malvado sabía muy bien que la fortuna ayuda á los audaces. Además, él jugaba el todo por el todo; y bien merecía, á sus ojos, el arriesgar la existencia, la perspectiva de una gran fortuna.

La |fiebre negra, invadió la cárcel publica. A instancias del padre Velarde, quien había comprometido á dos sujetos conspicuos á presentarse como fiadores de Margarita y Eloísa, se permitió á éstas salir de la prisión, mas siempre que tuviesen, su casa por cárcel.

Gonzalo, entre tanto, recibió una carta anónima, cuya lectura llevó á un alma el convencimiento de que Eloísa y Margarita habían tomado parte en la muerte de Juliana. El desengaño que sufrió el honrado joven causó en su conciencia profundo trastorno moral. Lo que más le encantaba de Eloísa era la pureza angelical de su alma, era la hidalguía de su corazón. Si la dulce criatura, que tan noble é inocente se había mostrado á sus ojos, resultaba criminal, si era una mujer capaz de haber tomado cartas en un plan infame, ¿dónde y en quién buscar virtud alguna en la tierra? ¿qué corazón, desde luego, merecería ser amado?.... Todas sus ilusiones, toda la fe de su alma, convertíanse en helado escepticismo, al pensar que la mujer cuyas virtudes lo habían cautivado, resultaba ser sólo una hipócrita, sólo una víbora que ocultaba su veneno bajo los bellos colores de su piel y las miradas halagadoras de sus ojos traidores. Quitad toda fe en la virtud, matad hasta las semillas de las ilusiones bellas, y habréis hecho de la vida un esqueleto asqueroso; y del mundo un carnaval en que los hombres se gozan en engañarse vilmente; y del amor, un instinto material de los sentidos, indigno de la ternura con que el alma lo cultiva. |¡Creer, esperar! he aquí la necesidad del alma, la sustancia de la vida del corazón.

La carta anónima le decía que Margarita y Eloísa habían resultado de súbito, sin saberse cómo, y precisamente después del asesinato de la Condesa, poseedoras de recursos de que carecían poco antes. En este momento recordó Gonzalo las palabras que Margarita dijo á Eloísa la noche en que se habló de acortar el plazo del matrimonio: "Dentro de ocho días tendrás lo necesario." Y con efecto, ¿de dónde habría podido sacar con qué hacer los gastos que antes eran superiores á sus escasos recursos? ¡Ay! ¿qué misterio era éste? ¿no sería que la malvada contaba con las ganancias que pensaba derivar del delito concertado de antemano con su hijo? ¿Y jugaban así con su amor? ¿Preparábanle un lecho de flores, y ocultaban bajo éstas una víbora, pronta á inocular en su alma la ponzoña del delito?.....

Estas dudas mantenían al joven en un estado de profundo abatimiento. Reclinado en un sofá, apoyada la frente en una mano, y con la otra apretando la carta fatal, como si fuese su intento anonadar esta hoja que había acabado de hundir su alma en la desesperación, hallábase embebecido en hondas meditaciones: hilos de lágrimas corrían por sus mejillas y humedecían, sus vestidos.

-¡Dios mío! perderla, perderla para siempre, á tiempo en que ya mi mano tocaba la meta de la felicidad, cuando estaban, á punto de realizarse loa castos sueños de mi alma! Perderla anonadada, no por obra de la muerte, que santifica el dolor déla eterna separación, sino por el deshonor, que va á mancillar su frente con el borrón del más negro y cobarde de los crímenes!.... ¿Qué haré. Dios mío? ¿Cómo arrancar de mi pecho esta pasión, que hace parte de mi existencia, que colma mi corazón, que ha transformado mi ser?.... Ya la vida para mí no será sino un vacío, y mis días correrán sin objeto, semejantes á las hojas muertas que un arroyo arrastra á la soledad sin límites del desierto. ¡Ay! ¿para qué vivir? ¿merecerá por ventura una existencia vacía, sin fuego y sin luz, la pena de soportarla? Cuando sepa que Eloísa yace en una inmunda cárcel, entre viles criminales, y expuesta tal vez á caer en las infamias del vicio, ¿qué haré con la imagen suya, la imagen de la virgen sin mancilla, que no podré borrar de mi corazón? Y cuando la vea marchar al cadalso, ¡ay! ¿dónde me esconderé? ¿quién enjugará mis lágrimas? ¿cómo me le acercaré á pronunciaren su oído mi eterno adiós, y á besar sus manos por ultima vez, y á cuidar de que los ojos impuros del populacho no profanen su pudor?....

Hallábase absorto en estas meditaciones, cuando sintió dos golpes en la puerta. Sobresaltado levantó el rostro, y se puso en pie. Quiso no darse por entendido de que era buscado, y hacer creer con su silencio que no se hallaba en su cuarto. Mas los golpes continuaban con mayor insistencia; y una voz desconocida le llamó suavemente por su nombre. Arreglóse los cabellos como pudo; se enjugó las lágrimas, y abrió la puerta. La presencia del padre Velarde lo sorprendió y le causó algo como espanto. ¿Este hombre sería portador de su último desengaño?

-Perdone usted, señor D. Gonzalo, le dijo el religioso al tomar asiento: he venido á interrumpirle tal vez en momentos en que deseaba estar solo. Los viejos tenemos el privilegio de poder á las veces prescindir de las reglas de la etiqueta; y si es ese viejo al propio tiempo un sacerdote que se ha impuesto la tarea de consolar corazones heridos por la desgracia, todo, señor, se le puede dispensar. Es usted muy desgraciado: todo lo sé. Veo en sus mejillas las huellas de sus lágrimas; en su semblante descubro el cruel tormento de su, alma.

-¿Todo lo sabe usted? señor. Soy ciertamente muy desgraciado, el más desgraciado de los mortales. Ya usted lo sabe todo: debe, pues, compadecerme.

-Por eso he venido: soy médico de almas; y sé que la suya está atribulada. Una sola palabra calmará su dolor: doña Margarita y Eloísa son inocentes.

-¿De veras? dijo el joven poniéndose en pie. ¡Repítalo, repítalo! ¡Sepa yo que ella no es criminal, y aunque la muerte después me la arranque para siempre!

-Es imposible que el crimen quepa en esas nobles almas.

-Pero esta carta.... dijo Gonzalo, levantándola del suelo y poniéndola en manos del religioso. Léala, señor: es una revelación.

El padre leyó en voz baja el documento que el joven le presento. A medida que leía, la indignación se pintaba en su semblante. Cuando hubo concluido, exclamó: -¡Qué calumnia tan infame! Ya no me queda duda: hay alguien, interesado en perder á esas pobres señoras. El autor de este libelo es el mismo, sin duda, que lanzó al público la hoja acusatoria.

Refirióle luego todo lo ocurrido respecto de Margarita y la Condesa. Cuando le explicó el origen de la suma de dinero de que había sido aquélla de súbito poseedora, Gonzalo exclamó:

-¡Bendito sea Dios! Aquello era para mí una prueba irrecusable. Recuerdo que esa noche me pareció la señora más festiva que de costumbre; y hasta me atreví á decírselo.

-¡Pobrecita! dijo el padre: veía asegurado el porvenir de su hija; y esto colmaba de gozo su alma... No sabe usted, continuó tras una pausa, cuánto ha sido el dolor de la pobre niña al pensar que usted las juzgaba criminales: llegué á temer que muriera. Para la noble criatura la opinión del mundo es nada; la de usted lo es todo: que sea inocente á sus ojos, y bien poco le importa lo demás. ¡Lo que puede el amor cuando se ha apoderado de una alma pura! Sólo puedo decir á usted que juro ante Dios que esas dos infelices mujeres son inocentes. Tenga lástima á su amada, que es tan digna de su amor; y no la atormente más con esa ausencia que la está matando.

-¿Se me permitirá, pues, entrar á la prisión? preguntó Gonzalo, cuyo rostro había recobrado su aire de habitual tranquilidad.

-Ya están en su casa. Pude alcanzar que se les permitiese permanecer allí, bajo fianza, en tanto que se aclara lo que haya de verdad en el asunto.

-¡Gracias, gracias, señor! dijo Gonzalo, besándolas manos al buen hombre.

Salió inmediatamente, y, acompañado del padre Velarde, dirigióse á la casa de Eloísa. Cuando hubieron llegado, madre é hija se hallaban en el oratorio, elevando á Dios sus preces con lágrimas y gemidos. Entró el padre hasta allí, é interrumpiólas diciéndoles gracejos y burlándose de ellas.

-Por fin os derretiréis á fuerza de llorar, cabeciduras. Más fe, hijas mías; más fe. Os ha sometido Dios á una prueba: bendecid su voluntad. El corazón me avisa que esto no durará muchos días. Tú, chica, le dijo á Eloísa, poniéndole la mano en la cabeza; si sigues en este tema de llorar y más llorar, acabarás por perder la brillantez de esos ojos que tanto cautivan á cierto sujeto, que te ama hoy más que nunca, y que te aguarda en la sala para pedirte perdón.

Eloísa exhaló un débil grito, y sus mejillas se encendieron. El padre siguió bromeando, y acompañó á las señoras á la sala. Al ver á Gonzalo, Eloísa recobró su aire habitual de alegría. De veras que para ella la opinión de su amante lo era todo. El padre condujo á Margarita á un ángulo de la pieza.

-Dejémoslos reconciliarse, le dijo sonriendo: ¡pobres los pichones! ¡cuánto han sufrido! Debemos los viejos respetar las pasiones de los jóvenes, cuando son como el amor de estos dos ángeles.

Después en voz baja contó á Margarita, punto por punto, su entrevista con Gonzalo; y le mostró la carta que le había dado éste. Ella no pudo, al leerla, moderar su indignación.

-No le parece, le dijo el padre, que esta carta nos puede servir de mucho?

-No comprendo, repuso Margarita.

-Vea usted: muchas veces una calumnia se cura con otra calumnia, como un veneno se cura con otro veneno. Esta carta prueba que hay algún infame interesado en perderlas á ustedes, particularmente á los ojos de Gonzalo. Sospecho que es alguno que no puede conformarse con que Eloísa ame á Gonzalo. Yo pienso presentar este documento á la autoridad, y decir lo que me consta. Quizás tengamos ya la punta de la hebra del ovillo.

-¡Gracias, señor! ¿Qué fuera de nosotras sin su generoso apoyo? El padre se levantó para despedirse. Dirigiéndose á Gonzalo y Eloísa, que en el ángulo opuesto de la sala estaban conversando con tanta alegría como si hubiesen de súbito vuelto al tiempo de su pacífica dicha, les dijo sonriente:

-Así me gusta, pichones. No hay cosa más fácil que tal reconciliación. La buena voluntad todo lo allana. Días vendrán en que veáis despejado de nubes el cielo de vuestra tierna esperanza. Amaos, y confiad en Dios.

Dirigiéndose luego á Margarita, le dijo con alegría:

-En esta casa queda prohibida toda expresión de tristeza: no más llantos ni gemidos. El amor no consiente en torno suyo lágrimas, porque él es ventura, fe y esperanza.

-¡Qué hombre! dijo Gonzalo, tan pronto como el padre hubo salido. Lleva consigo el consuelo. Yo no sé qué hubiera sido de mí si no se me hubiese presentado tan á tiempo: no tenía más esperanza que la muerte.

Cuando tras una noche de tempestad, el sol aparece en un cielo sereno, y desde el cerro oriental esparce por la pradera su resplandor generoso, sonríe la naturaleza al recibir á su rey: las aves saltan de rama en rama; regalan al ambiéntelas flores sus aromas; el limpio azul del cielo hierve de luz. Así en aquel hogar, en que había el dolor tendido una nube de tristeza, la presencia del buen hombre convirtió en paz y alegría la angustia y la amargura que invadían los corazones. Tal parecía haber desaparecido toda causa de temor. Había dejado tras sí una huella luminosa de consuelo y esperanza.

  

XXII

 

DELIRIO

La |fiebre negra atacó á Manuel. El médico ordenó que fuese inmediatamente conducido al hospital. Colocósele en un carro con otros dos enfermos, y se emprendió camino para el castillo del Palmar.

El infeliz comprendió á dónde se le llevaba, y se estremeció de espanto. Hubiera preferido de buen grado ser conducido al patíbulo; mas nada podía decir, porque cualquier palabra en el particular comprometería á su amigo.

El lecho que le fue destinado estaba precisamente en el punto donde tuvo lugar la muerte de la Condesa. Manuel vio en esto un golpe de la fatalidad.

Una hermana de la Caridad andaba de pieza en pieza, atendiendo á los enfermos. Cuando entró á la en que estaba Manuel, éste la conoció, y estuvo á punto de exhalar un grito. Recogióse en el lecho, y se cubrió la cabeza con las mantas, fingiendo que dormía. Acércesele ella, sin hacer ruido; mas viendo que dormía, se retiró á pasos quedos, para no despertarle.

Pocos momentos después llegó el padre Velarde, quien iba al hospital todas las noches, á prestar sus servicios á los moribundos.

Aquella misma noche, fuese que su enfermedad se hubiese agravado con motivo de su brusca traslación de la ciudad al castillo; fuese que las rudas emociones que había sufrido esa tarde le hubiesen afectado el cerebro, una fiebre intensa se apoderó del joven, sumiéndolo en hondo letargo.

Eran como las once de la noche, y la Hermana, después de haber visitado á los enfermos que estaban más graves, entró al aposento en donde se hallaba Manuel. En una mano traía una linterna pequeña, y con la otra se hacía sombra. Aproximóse al lecho del joven, y le acercó la luz al rostro. Lanzó un débil grito, y dejó caer la linterna. Sentada en una poltrona, no lejos de la cama del enfermo, temblaba acometida de espanto. Era Amalia.

Pocos momentos después entró el padre Velarde, quien andaba igualmente visitando á los enfermos. Amalia se le acercó, y en voz perceptible apenas, le dijo quién era aquel enfermo. El padre quedóse pensativo, fijos los ojos en el rostro de Manuel.

Estaban los dos sentados, á un lado y otro del lecho, cuando empezó Manuel á despertar. El padre hizo ademán á Amalia de que no se moviese de su asiento. Manuel abrió los ojos, y los fijo en el rostro del padre: su mirada era espantosa; tal parecía que los ojos se le salían de las órbitas. El rostro, encendido por el calor de la fiebre, presentaba el aspecto de un energúmeno. Temblaba su cuerpo de modo tal, que hacía estremecer la cama.

-¡Sáquenme de este infierno! esclamó con voz cavernosa y trémula. Prefiero el patíbulo.... mil veces el patíbulo.. ¿A qué sometérseme á semejante tormento? Con quitárseme la vida quedaba cubierta mi deuda... Sentóse, y hacía esfuerzos por arrojarse del techo. Aterrado miraba en torno suyo.

-¡No se levante, no se levante, por Dios! mire que eso le haría mal, le dijo Amalia con voz dulce y trémula, acercándose asustada.

-Esa voz.... esa voz.... exclamó el enfermo, fijando la mirada en el rostro de la joven. En seguida, cubriéndose los ojos con las manos, bregaba por escaparse; pero el padre lo obligaba, asiéndolo por los brazos, á continuar en el lecho.-¡Espectros vengadores! matadme, matadme pronto; pero no me castiguéis vertiendo gota á gota en mi alma el veneno de la cólera de Dios!

Amalia intentó interrumpirlo con algunas reflexiones; pero el padre le puso en la boca la palma de la mano, y con gesto imperativo le mandó guardar silencio.

El joven había dejado doblar la cabeza sobre el pecho, y caer los brazos sobre las mantas, como rendido por el cansancio. El sudor le inundaba la frente; las venas de las sienes palpitaban con violencia. Hilos de lágrimas bajaban por sus mejillas.

-Aquí, aquí.... continuó gritando, aquí hay fuego..... el fuego vengador de la justicia divina.... Yepes, me engasaste, haciéndome creer que todo termina aquí, en esta vida engañosa.... ¿Y qué hacer, di, malvado, qué hacer |fon esta serpiente que me roe el corazón?....-Calló un momento. Sus dientes sonaban, al chocar unos con otros.-He oído su dulce voz: el eco ha quedado en mi alma; la voz de esa otra criatura inocente, angelical.... Pastor, apresurémonos á estrangularla también, porque Yepes lo mandó; y las cosas no deben hacerse á medias.... Pero mira cómo duerme tranquila la pobrecita: no la despiertes... acaso suena conmigo, sin sospechar la suerte de su hermana.... Aquí, aquí mismo.... aun se estremece bajo tu mano.... Amalia exhaló un sollozo, y se postró de rodillas. El padre corrió al lecho de uno de los enfermos que yacían en el mismo aposento, y lo sacudió con fuerza.

-¿Qué es? dijo el enfermo, sentándose sobresaltado.

-¿Oye usted? preguntóle el padre en voz baja.

-Sí, lo he oído todo. ¿Ese joven está loco?

-Está delirando.... Pero oiga usted, y sabrá cosas curiosas. Cuando tornó al lecho de Manuela éste estaba bregando por levantarse, clavados los ojos en Amalia, quien yacía de rodillas, y procuraba en vano sofocar sus sollozos.

-¡Quieto! le dijo el padre, asiéndolo con fuerza por los brazos.

-Ya está quieta: ¿no la ves? dijo el joven, fijando su mirada espantosa en el rostro del padre, |¿No la ves? ha muerto sin exhalar una queja. No sigas oprimiendo su garganta, pues no respira ya. Tu férreo puno la ahogó sin hacer mayor esfuerzo.....

Volvió á callar, y luego, fijando de nuevo los ojos en Amalia, que había levantado el rostro, y con la boca entreabierta é inmóvil la mirada, espiaba las palabras del delirante, continuó:

-Pastor, mátala tú; que no me siento con fuerzas para tarea semejante.... No, todavía no la ahogues.... mira qué bella está... cuan tranquila duerme.... Me ama, y mi corazón no es insensible á sus encantos. ... Mas ¿qué golpes son esos?..... Estamos descubiertos: huyamos al punto!.....

Volvió á quedar en reposo por unos breves momentos. De los ojos de Amalia, inmóviles como los de una estatua, descendían gotas de llanto, que abrillantaba la luz de una lámpara, pendiente del abovedado techo. El padre Velarde respiraba apenas: quería no perder sílaba de las palabras del joven. Éste continuó en voz baja, como quien |se hace á sí mismo la relación de un suceso:

-Hemos logrado salvar el muro sin novedad. Corramos, no sea que alguno nos siga.. .. ¿Qué te parece, Yepes? hicimos cuanto mandaste; sólo que Amalia quedó con vida, porque á deshora unos golpes, dados en el portón como con armas, nos obligaron á huir.... Bebamos, bebamos: ahoguemos en el licor estas rudas emociones que nos desgarran el alma. ¿Pero por qué duerme Pastor así?- |Requiescat in pace. Así lo quería yo: callado, y callado para siempre.-¿Qué has hecho, Yepes?-Ya lo ves, querido; la copa de vino nos ha privado de un amigo peligroso. Secreto entre tres, difícil es de guardar.-Pesa el infeliz; ¿ó será que aun estoy fatigado de tanto correr? ... Ya cayó en la fosa que Yepes tenía preparada de antemano.... Como que respira aún.... Echemos tierra.... pero pronto, pronto; que la tierra sí sabe guardar secretos.

Quedó en reposo, cerrados los ojos, la respiración fatigosa. El padre Velarde, juntas las manos sobre el pecho, tenía los ojos levantados al cielo. Su cabeza, emblanquecida como la de un nevado, se destacaba en el fondo oscuro que lo rodeaba.

-Malvados, no las acuséis, continuó el enfermo sin abrir los ojos: son inocentes. No hay en el mundo sino dos hombres que sepan el secreto: Antonio Yepes y yo. Mi madre.... tan noble, tan santa, que jamás nos reveló la conducta del Conde para con ella, ¿cómo había de consentir en tamaña iniquidad? ¡Pobrecita! Yepes me enseñó á manejar la falsía, y yo la tengo engañada: me cree un hombre bueno, tal vez un justo.... ¡Y Eloísa! esa paloma, tan inocente, tan pura.... ¡Callad, calumniadores! no manchéis el velo de la virtud con vuestra ponzoña inmunda.... Antonio Yepes, maldito seas! me perdiste desde niño; me has hundido en un abismo: ya no puedo salir de él.... Apartad, apartad, espectros vengadores... .. Matadme, y huid de aquí!

Palabras ininteligibles continuaban escapándose de los trémulos labios del infeliz, y su voz se iba apagando gradualmente, semejante al retumbo de un trueno lejano que se pierde poco a poco en la inmensidad del cielo.

A pocos momentos estaba tranquilo, sólo que de cuándo en cuándo algún estremecimiento hacía agitar sus miembros.

El padre Velarde acercóse á Amalia, quien seguía de rodillas, llorando en silencio.

-Vamos, hija, le dijo su voz suave; no llores más. El corazón se equivoca; pero nada se ha perdido cuando Dios nos abre los ojos á tiempo. Toda vez que presenciamos un golpe providencial, debemos admirar y bendecir; no debemos llorar. Aquí se ve patente la mano de Dios: adoremos, hija mía!.... Pero este desgraciado, continuó, fijando los ojos en el rostro de Manuel; este desgraciado ha sido la víctima de una infamia; ha sido empujado al abismo por un brazo más fuerte que el suyo: es más infeliz que malvado. Déjame solo con él. Ya es bueno que reposes, pues va á amanecer.

Amalia se retiró, pero no á reposar. Tenía el corazón colmado de dolor: necesitaba un alivio. Postrada de rodillas delante de un crucifijo, precisamente el mismo á cuyos pies exhaló la Condesa su plegaria postrera, permaneció largo rato absorta, derramando en silencio copiosas lágrimas. ¿Qué diría en su íntima oración? Un horrible desengaño había arrancado de raíz sus mimadas ilusiones: su amor era profundo, por lo mismo que estaba oculto bajo el velo del misterio; jamás había amado: era ésta su primera pasión, que había despertado á una nueva existencia su alma virginal. ¡Y ver de súbito desvanecido el hermoso sueño de su corazón! ¡ver á aquél en quien había creído hallar sentimientos delicados, convertido de pronto en un infame, en un monstruo de iniquidad! ¡descubrir, cuando menos lo esperaba, que el objeto de su amor era un refinado hipócrita, que hasta última hora las había engañado á ella y á su hermana con palabras halagadoras, con modales seductores.... ¡Ah! un desengaño tan brusco, tan cruel, tiene que causar profundo desaliento, y enfriar el alma tal vez para siempre.

El padre Velarde velaba al lado de su enfermo, espiando los menores movimientos suyos. Cuando empezó á amanecer, el joven abrió los ojos. El padre corrió á un armario que había en la pieza contigua; tomó un frasquito, é hizo que apurase su contenido el enfermo, quien daba señales de hallarse despejado. Conoció al religioso, y le dijo con voz desfallecida:

-Padre Velarde, ¿usted aquí? ¿Desde cuándo está á mi lado? -Desde que empezó la noche. Has estado muy inquieto, y vi que debía cuidarte.

-Gracias, señor. ¡He tenido sueños espantosos! ¡Cuánto padezco! ¡cómo deseo ya la muerte!

-¿No tienes necesidad de un corazón amigo en quien depositar confiado las angustias de tu alma? Los que hemos vivido muchos años, volvemos en cierto modo á la época de la infancia; y por eso gustamos de la amistad de los jóvenes.

Diciendo esto, le pasaba la mano por la frente, como una madre cuando acaricia á su hijo, no pequeñuelo ya.

-Hablemos un rato como viejos amigos, continuó el religioso. Quiero que aprovechemos estos momentos lúcidos: después volverá el ataque, acaso con mayor intensidad que el de esta noche. Estás muy malo, hijo mío. Yo, merced á mi experiencia en esta clase de enfermedades, he llegado á conocerlas: sé muy bien lo que te digo.

-¿Piensa usted asustarme? Está muy equivocado, repuso el joven con ásperos ademanes. ¿No le he dicho que anhelo morir?

-¿Cómo había de pretender asustarte? Yo sé que la muerte es un bien, porque ella es el camino hacia una vida mejor. Perdóname si te dije tal vez una necedad: los viejos somos necios por naturaleza. ¿Qué quieres, hijo mío? el largo uso de la vida lo vuelve á uno así. SÍ tu supieras los desengaños que venimos cosechando á medida que avanzamos en la vía de la existencia!.... Si te contara mi historia, te hiciera acaso llorar. Fui víctima de pasiones atolondradas. Un amigo de juventud, que ejerció sobre mí influencia irresistible, me precipitó en errores funestos, irremediables: llegué á no creer en nada que no fuese la materia. Engañé al mundo; engañé á mi misma madre, santa, angelical mujer, porque mi malvado amigo me enseñó por principios el arte de la falsía.

Una noche.... ¡noche espantosa que quisiera borrar de mi memoria! una noche puse el pie en la senda del delito: mi amigo me había lanzado en el abismo. Alguien quiso interponerse entre mi víctima y yo, lo cual dio lugar á una sangrienta reyerta; salí mortalmente herido. Se me llevó al hospital, donde estuve varios días á las puertas del sepulcro. Mi madre oraba, sin duda, por mí. Lo cierto es que en la calma de mi espíritu, alojado del ruido del mundo, pudo la reflexión venir á mi mente: pensé en el negro vacío que deja la saciedad de las pasiones indómitas; en la infamia de la vida de placer; en las tiernas enseñanzas que de niño recibí de los labios de mi madre; en tantas... tantas cosas que acuden al espíritu cuando se halla uno al borde de la tumba; y tuve vergüenza de mí mismo, y alcé mi corazón al Dios de mi madre, y lágrimas dulces aliviaron mi atribulada conciencia.

Después... ¿á qué referirte los incidentes todos de mi vida? Héme aquí cubierto de un tosco sayal: esto te lo explica todo. Y eso, hijo, que yo también fui un mozo seductor: mi presencia era agradable; tenía talento; era instruido; amé, y fui correspondido.... Pero ¿á dónde me llevan mis chocheces? Perdóname, amigo mío: los viejos no podemos decir nada sin incurrir por fuerza en pesadas digresiones. Todo esto sirve á probarte que si acaso te he dicho alguna necedad, quizá ofensiva, debes tú achacarla, no á voluntad de mi parte, sino á la debilidad de juicio que traen consigo los grandes dolores del alma....

¡Dichoso tal en la flor de la edad.... Yo contaría, poco mas ó menos, los años que tú, cuando la muerte golpeó en las puertas de mi conciencia. No fui sordo, y por ello bendigo á Dios. ¡Ay! con sólo haber visto feliz á mi madre, después de haber yo manchado su nombre con mis infamias; con sólo eso, me daría por más que recompensado del pequeño sacrificio que me costó mi retorno á la vía de la verdad. ¡Pobres madres! ¿no, hijo mío? nos dan su sangre, sus lágrimas, su vida, su corazón; en nosotros cifran toda su ventura, y su orgullo y su esperanza.... Y les pagamos después siendo los viles verdugos, no sólo de su paz, sino hasta de su honra. Nuestros errores van de rechazo á manchar su frente, antes pura, inmaculada ... Mas vuelvo á mis digresiones: ¡maldita manía de los viejos!

¡Dichoso tú, hijo mío! en la flor de la edad; limpias tus manos del fango del mundo, porque has seguido el camino que te señaló tu madre; aun frescas tus ilusiones; viva la fe que tu madre sembró en tu corazón.... Si mueres ahora, lo cual temo, puedes cerrar los ojos en paz.... El corazón de este anciano, purificado por largos años de austeridad, pronto está á servirte de ara de plegaria y sacrificio, y su llanto lavará tu joven frente del tizne que siempre deja la polvareda del mundo.

Volvió á acariciar la frente joven. Oraba, entre tanto, en el santuario de su alma.

Sentíase Manuel conmovido. Las emociones que había sufrido desde la tarde anterior; el recuerdo de la heroica virtud de su víctima; las palabras del anciano, que habían sacudido su alma; el pensar que su madre y su hermana se hallaban, por culpa suya, bajo el peso abrumador de una acusación injusta; la idea de que sólo una mano misteriosa podía haberlo traído á morir allí, allí, en el lugar del crimen.... se agolpaba todo eso á su espíritu, agitándolo con poderosa violencia.

-Padre, dijo con voz enronquecida; ¿pudiera obtener perdón de Dios?

-¡Vaya! repuso el religioso, en cuyos ojos brilló un relámpago de dicha. Supon el crimen más negro: la bondad del Señor no tiene límites. ¿Qué punto del globo no ha sido bailado por la sangre preciosa de Jesucristo?. ...

Y tomando las manos del joven, bañábalas con sus lágrimas y las estrechaba contra su corazón.

-Hijo mío, continuo: levanta á Dios tu alma, y dile: ¡Padre mío, pequé contra el cielo y contra ti: no soy digno de ser llamado hijo tuyo! El Señor te aguarda, abiertos los brazos: lánzate en ellos!

El pobre joven lloraba sobre el pecho del anciano. Las lágrimas de los dos se mezclaban y caían en gruesas gotas al suelo.

Un rato después.... las lágrimas de Manuel no eran ya de despecho, eran de dulce ternura: la paz había descendido al fondo de su conciencia; el rocío del cielo había bañado su corazón.

Como lo había previsto el padre, se repitió el acceso más fuerte que antes. Después de un rato de delirio, el enfermo cayó en completa postración: la fiebre lo devoraba. Pocos momentos después el padre recibió su postrer suspiro y le cerró los ojos.

 

 XXIII

 

RESIGNACIÓN Y SACRIFICIO

Aquel mismo día, por la tarde, Yepes, encerrado y solitario, como de costumbre, preparaba otra hoja anónima, con el fin de repartirla esa noche en la ciudad, No desistía de su empeño de perder á Manuel y difamar á Margarita y Eloísa. Como lo hacía toda vez que un pensamiento serio lo preocupaba, de cuándo en cuándo paseábase, hablando consigo mismo.

-Hasta ahora va todo bien, se decía. Manuel no saldrá de la prisión sino para ir al patíbulo; pero antes de eso Eloísa, deshonrada ante las gentes, despreciada por Gonzalo, no encontrará más recurso que el de lanzarse en los brazos del hombre que se ha atrevido á presentarse como defensor de ella, su madre y su hermano. El que está á punto de ahogarse, echa mano de un espino.... La ley favorece mis planes: hay que invocarla ante el público.

Diciendo así, se paseaba y se frotaba las manos.

Entre tanto, el padre Velarde se presentó en casa de Margarita. Su rostro estaba pálido, más que de ordinario; y en sus ojos hundidos se veían las huellas del insomnio, y las rudas emociones que habían combatido su alma.

-Señora, dijo, tomando asiento; no sé cómo dar principio alo que vengo á tratar: no sé si deba empezar por las noticias buenas ó por las malas.

Ella fijé con espanto los ojos en el rostro del religioso. Veíalo tan desfigurado, que presintió algo terrible. Temblorosa y lívida, aguardaba en silencio que él continuase hablando.

-Siempre que leo la parábola del Hijo Pródigo, envidio á aquel padre que vertió lágrimas de gozo al ver á su hijo resucitado: estaba muerto, y tornó á la vida; se había perdido, y fue hallado. ¿No es el cielo la vida del alma? ¿no es su resurrección?

La señora no entendía lo que le quería decir: aquello era un misterio. -¿Qué es? señor: ¿qué es? preguntóle con viva ansiedad.

-Señora, bendiga á Dios: jamás había ostentado mejor su misericordia para con usted, que en la presente ocasión. Relatóle luego todo lo ocurrido aquella noche.

La infeliz temblaba como en presencia de la muerte. Ahogábanla los sollozos en tanto que el religioso le refería el delirio de Manuel.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamaba; ¿por qué no murió este desgraciado cuando aun estaba en la cuna?

Mas cuando le hizo el relato del género de su muerte, la desesperación de la pobre madre se tornó en dolor tranquilo, casi alegre, si puede decirse así. Lloraba, porque era madre; mas sus lágrimas corrían silenciosas, y sus ojos se levantaban al cielo.

-¡Hombre generoso! exclamó, elevando las manos con el más tierno ademán. ¿Como pagar á usted beneficios tan valiosos? ha salvado mi honor y el de mi hija; ha salvado también á mi desgraciado hijo.... ¡Dios le pague tanto bien!

Llamó en seguida á Eloísa, y en breves palabras le refirió el crimen y la muerte de Manuel. Pasaba la joven de impresión en impresión al oír el espantoso relato de labios de su madre; mas cuando ésta le habló de los últimos momentos del joven, el ceno de espanto y horror que contraía el rostro de la hermosa, cambióse al punto en una expresión indefinible de resignada ternura. En el llanto de las dos reflejábase el iris de la esperanza.

-Ahora lo comprendo todo, dijo Eloísa, repuesta de su primera emoción. Ya sé quién es el autor de la hoja acusatoria y de la carta dirigida á Gonzalo.

-¿Quién? preguntóle Margarita con expresión de sorpresa.

-Yepes, repuso Eloísa con aire de completa seguridad. El padre, que había estado pensativo, alzó la cabeza al oír este nombre de boca de Eloísa, y fijó los ojos en el rostro de ésta.

-Ya me explico el plan de Yepes, continuó la joven con una gravedad propia de una mujer de larga experiencia. Hace algún tiempo noté de parte de ese malvado inclinación hacia mí, lo cual me causó cierto instintivo sentimiento de terror. O fuese que le hubiera parecido muy altiva, pues con efecto, aunque aquí se le trataba con muestras de estimación y respeto, no podía yo vencer la repugnancia que ese hombre me inspiraba, y hubo momentos en que, viendo los ojos del monstruo fijos en mi semblante, lo repelí con miradas de altivo desdén; fuese que él no pudiese soportar mi amor á Gonzalo, y se hubiese propuesto hacérmele odiosa,-eso hombre es, sin duda, el autor de nuestras penas. Quizá sea mucha mi suspicacia, agregó después de un corto silencio, y ruborizándose al caer en la cuenta de que había hablado mucho; pero.... no sé.... á veces el corazón le dice á una cosas....

-Tienes razón, hija mía, le dijo el padre como inspirado por una súbita revelación. Yo voy más allá que tú: ese infame no sólo pretendía mancharte con el inmundo borrón del crimen, para ver de rebajarte á su nivel, y apoderarse luego á su sabor de su víctima, como el boa cubre primero de sucia baba la suya, y se la engulle después,-sino que llevaba sus pretensiones á hacerse dueño de los bienes del Conde del Palmar. Con su hoja solapada logró revelar á la autoridad al autor dé la muerte de la Condesa; con su carta á Gonzalo te perdía á los ojos de tu amante. Una vez que estuvieses tú unida á él, y que tu hermano hubiese sido sacrificado, ¿quién hubiera podido detener el curso natural de los sucesos? Ese hombre es un monstruo. ¡Y tal era el abogado en cuyas manos había depositado usted la suerte de su familia!...¡Pobre Manuel! no era un malvado; no fue sino débil; y desde niño se apoderó el monstruo de su alma indefensa, No saben las pobres madres que, en tanto que ellas cuidan con amorosa solicitud del corazón de sus hijos, y los juzgan inocentes, porque han aprendido á ser falsos, amigos de quienes ellas nodesconfían, en quienes acaso ven consejeros leales, están envenenando esa alma incauta, y empujándola con mano suave cuanto traidora, por la senda florida del vicio. ¡Ah amistades juveniles! se os debe más mal que á todos los furores juntos de las pasiones del corazón!.... Calló por un momento, y agregó luego:

-Ya que hablamos de las riquezas del finado Conde, creo deber recordaros que el curso de los sucesos ha puesto en claro vuestros derechos. Debéis presentar en forma vuestra reclamación.

-¡Jamás! exclamó Margarita, encendida como grana. ¡Jamás! Usted, señor, comprende mi pensamiento. ¿A qué explicarle lo que en este momento pasa por mí?

-¿Y tú qué dices? paloma.

-Exactamente lo mismo.

-Autorizo á usted, continuó Margarita, para que, en mi nombre y en el de mi hija, ponga en conocimiento de la autoridad que, cualesquiera que sean nuestros derechos en la mortuoria del Conde del Palmar, los cedemos para que se funde y sostenga un hospital de apestados.

-Así, así os quería ver, repuso el religioso, estrechando las manos de las dos nobles mujeres. Veces hay en que la vista del crimen nos obliga á bajar los ojos avergonzados; pero otras, sentimos deseos de levantarlos al cielo. En ese momento entró Gonzalo.

-A buen tiempo has llegado, pícamelo, dìjole el padre, en cuyo rostro brillaba inefable alegría. ¡Dichoso tú que has hallado un ángel que te acompase en la vida! Y le refirió lo que habían hablado.

-¿Qué dices tú respecto de la calaverada de Doña Margarita? preguntóle sonriendo. Te lo digo, porque tú tendrás bien pronto incontestables derechos....

-Por mi parte, repuso Gonzalo, aplaudo el pensamiento de la señora, que ha interpretado fielmente el mío.

-Ahora, dijo el religioso, asumiendo un aire de solemne gravedad; ahora que veo descender sobre vosotros el rocío del bien, bendigamos al Señor.

Y se puso en pie. Sus ojos relampagueaban; por su frente, cubierta de copos de nieve, se veían pasar las sombras del pensamiento divino. Margarita y los jóvenes cayeron de rodillas á las plantas del anciano.

-Ahora, dijo éste, tendiendo las manos sobre ellos y levantando los ojos; ahora.... ¡paz sea en esta casa! ¡La misericordia de Dios descienda sobre estas almas y las inunde en su gracia!

Calló. Por sus mejillas corrían gruesas lágrimas. Margarita sollozaba. Gonzalo y Eloísa, entrelazadas las manos, fijaban los ojos en el rostro del hombre que había traído á sus almas paz y esperanza, y á tiempo que el llanto inundaba los suyos, una sonrisa los iluminaba, anunciadora de inefable dicha.

 

 XXIV

 

HABLA EL TERCERO

Habíamos dejado á Yepes paseándose á lo largo de su cuarto, y entregado á uno de aquellos soliloquios que acostumbraba cuando algún asunto importante preocupaba su espíritu. Ora escribía algunas líneas, ora volvía á sus paseos y á su conversación solitaria.

Haces de luz solar, penetrando por la celosía que miraba al patio y daba sobre su mesa de estudio, trazaban en ésta círculos brillantes. Las partículas de polvo que el sombrío personaje levantaba al pasearse, brillaban, como moléculas de oro, al atravesar las rectas líneas de luz. Así brillan fugitivos los sueños de dicha que el mal brinda á la mente, para luego ir á perderse en la noche del desengaño y del remordimiento sin misericordia.

De súbito fuertes golpes dados en el portón lo hicieron salir de sus meditaciones. Asomóse sobresaltado á una de las ventanas, y vio que los que golpeaban eran agentes de la policía.

-¿Qué se ofrece? señores, dijo sin moverse de la ventana. -La ronda, repuso uno de los agentes.

-Vaya, no hay cuidado, díjose en tanto que iba á abrir: vienen en busca de apestados. ¡El susto que me han dado estos majaderos!

Una vez adentro loa ministriles. Yepes los hizo seguir, á su pieza de estudio, haciéndoles amables atenciones. Ya hemos dicho que era un hombre fino, de ésos cuyos corteses modales encubren el veneno de la serpiente.

-¿Y qué querían ustedes de mí? preguntó al que parecía ser jefe de la patrulla.

-Que nos dé franca la casa, repuso éste.

-No hay inconveniente. Pero es tan grande, agregó sonriendo, que sabe Dios si acabarán de registrarla hoy. Tengo todo un hospital de apestados.

Los agentes, acompasados del amable dueño de casa se dirigieron á las piezas interiores.

-¡Hola! aquí hay imprenta, dijo uno de ellos, al ver una pequeña prensa en uno de los ángulos de la pieza menos oscura y húmeda de las dos interiores.

-Un amigo, dijo Yepes,  me la dejó á guardar esos objetos, que harto estorbo me hacen por cierto.

Entraron á la otra pieza. El jefe, luego que hubo, con el mayor disimulo, observado el suelo, dijo á Yepes, dirigiendo la vista á un caño que pasaba por la mitad del patio y entraba por debajo del quicio de la puerta:

-Hay que examinar esta cañería, porque en la casa vecina se quejan de que por ella les llegan a veces inmundicias. ¿Puede usted prestarnos una barra?

-Con el mayor placer, repuso Yepes. Nada hay más cómodo que las vecindades.

Presentóse á poco rato con el objeto que se le pedía. Uno de los agentes se puso, por orden del jefe, á cavar la tierra en el punto que este le indicó.

- Pero por ahí no pasa la cañería, observó Yepes.

-Deje usted obrar, repuso el jefe, golpeándole el hombro con amable sonrisa, como hacía. Yepes siempre que pretendía vencer alguna resistencia. Puede que allí encontremos un tesoro. Usted comprende que el dueño de casa no será defraudado en sus derechos. Vea la tierra floja. No hay duda: encontraremos algo. Yepes estaba lívido.

-No continúen cavando, dijo con voz trémula. Confieso mi pecado. Ahí sepulté un cadáver. ¿Qué quiere usted? era mi paje. La fiebre lo devoró en pocos días, y tuve que enterrarlo aquí, porque la descomposición era espantosa.

-De todos modos queda usted preso, repuso el jefe, entregándolo á sus subalternos. Voy, agregó á tiempo que se dirigía al cuarto de estudio, voy á sacar mi sombrero para que marchemos inmediatamente.

Entró al cuarto, y tomó los papeles que había sobre la mesa. Uno de éstos era un manuscrito inconcluso. Decía así:

"Volvemos á decir que el vil asesinato ejecutado en la Condesa del Palmar, tiene irritado al cielo. ¿Estamos ciegos? La epidemia no cede un punto, y pronto seremos todos sus víctimas. Pueblo barcelonés, hazte justicia, si la autoridad continua sorda á las palabras de los que, imparciales, y sólo moví dos por sentimientos patrióticos y justicieros, alzamos la voz para denunciar á los autores del crimen.

"Hace pocos días fueron reducidas á prisión la madre y la hermana del asesino, quienes, no hay duda, son sus cómplices. Hemos sabido con no poca sorpresa que se les ha permitido salir con fianza, y se les ha señalado por cárcel su casa de habitación. ¿Con qué derecho se ha procedido así? ¿Es que una mujer joven y bella no puede ser reducida al lugar de los delincuentes, tan sólo porque el blando corazón de algún juez es demasiado sensible á los encantos de la belleza? Ante la justicia y la ley no hay romanticismos que valgan. La ley es terminante en este punto. La autoridad la ha infringido, y está en el caso de revocar su desavisada resolución. De lo contrario, pediremos a voz en cuello, ante el augusto tribunal de la opinión pública, que se conceda A los asesinos que yacen en la cárcel, esperando su sentencia definitiva, derecho para salir, mediante fianza, á morar en sus hogares. La justicia debe ser igual para todos: el rico y el pobre, la hermosa y la fea, todos debemos estar sometidos a una misma medida. Ante la ley y la justicia, toda excepción es odiosa.

"¡Pobre pueblo! en vano luchas incesantemente por defender tus libertades sacratísimas y tus augustos derechos; en vano derramas tu sangre generosa cuando hay que defender los fueros del suelo patrio; en vano! la ley penal no se hizo sino para ti. Para ti son las cárceles, los panópticos, los patíbulos, porque sólo tus crímenes merecen castigo. Cuando el delito, por negro ó infame que sea, es obra de individuos de la clase noble, todo al punto cambia de aspecto: entonces se ablanda el corazón romántico de un juez, y concede al delincuente toda suerte de consideraciones; hasta le permite salir de la prisión á que lo reduce la ley, é ir á su casa á gozar con sus amigos, acaso sus cómplices, del fruto de su delito."

"¿Hace registrado la habitación de la señora Margarita de Margallo? ¿Hace averiguado el origen de los fondos que han resultado en su poder, cuando á todos nos consta que su estado de pobreza nodistaba mucho de la miseria ?....

"El Ser Supremo, que lee en el fondo de nuestra conciencia, y pesará en su balanza la intención que nos guía en este delicado asunto; él, que ha descargado visiblemente su brazo vengador sobre esta infeliz ciudad, manchada con el más infame y cruel de los crímenes; él sabe que procedemos por amor á la justicia, al denunciar el abuso que ha cometido la autoridad, movida, sin duda, por intereses que no son los de la sociedad, ultrajada en sus leyes y en sus derechos."

Iba aquí nuestro personaje en el borrador de la hoja anónima que pensaba lanzar al público el día, siguiente. Hubiérala fijado en los lugares más concurridos, hasta en las puertas de los templos; y hubiérala hecho llegar, bajo cubierta, á las manos de Gonzalo.

 

XXV

 

JUSTICIA

Pasaron algunos meses.

El padre Velarde bendijo la unión de Gonzalo y Eloísa. Lo más escogido de la sociedad concurrió á la ceremonia: los acontecimientos recientes habían llamado la atención pública hacia aquella amable pareja, tan digna de ser feliz. La belleza de Eloísa ostentábase en todo su esplendor: sus mejillas habían recobrado la frescura de sus días de felicidad, y en sus ojos azules chispeaba la dicha, como en el fondo profundo de un cielo sin nubes, reverbera el sol en toda su majestad. El dulce | unió aquellos corazones, nacidos para amarse, para transfundirse en un mismo sentimiento, para levantarse juntos á las regiones de la ventura sin término.

Aquel mismo día, á eso de las cuatro de la tarde, la ciudad entera concurrió a presenciar la ejecución de Antonio Yepes. Una detonación anunció á los habitantes del nuevo hogar el terrible castigo. Gonzalo y Eloísa se miraron en silencio. "¡Dios le haya perdonado como le perdonamos nosotros!" murmuró Doña Margarita; y todos tres, en pie, rezaron un |padrenuestro por el alma de su gratuito enemigo.

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