INDICE




ALMA-ANGEL

 

I

 

LA LLEGADA AL HOGAR PATERNO 

"La mirada del corazón se llama |Poesía. ¡Felices los que la conservan y entretejen en la vida práctica, en la que se la cree inútil y aun nociva por los que no la comprenden, siendo un don del cielo!" 

Los viajeros, ambos jóvenes, cabalgando sendas mulas, llegaron una tarde, á puestas del sol, á una triste casucha, donde pidieron permiso para pasar la noche. Tendría el menor unos veinticinco años. Su semblante pensativo y á las veces melancólico, bien dejaba comprender que en su corta vida había hecho dos cosas muy buenas, que hacen al hombre grande por su alma y amable por su corazón: pensar y sufrir.

Era el otro un pobre diablo que no merecía siquiera una mirada examinadora, y menos allí en presencia del interesante Ignacio.

Luego como hubieron desensillado sus mulas, sentáronse los dos en una piedra grande, vueltos sus rostros hacia el occidente. Ignacio suspiró, diciendo en seguida:-He amado siempre esta hora. Siendo yo niño aun, salíamos por las tardes mi padre y yo al poyo del corredor; y allí, en presencia de la naturaleza dormida, sin hablarnos, sin mirarnos casi, fácilmente adivinábamos lo que pasaba en nosotros: él pensaba en su Carlota, y yo pensaba en mi madre. Estas brisas tibias é inquietas, que traen en sus alas sonidos y aromas; esa lumbre indecisa, que bien pudiera llamarse el mutuo saludo del día y de la noche; esas nubes irisadas, que aun conservan en sus pliegues el oro del sol.... Oye cómo resuena allá arriba la montaña, repitiendo en sus senos los ladridos de los perros: oye allá abajo los cantares de los labradores que alzan ya de obra. Las tardes de estas tierras son todas así: bellas como ésta y lujosas de arreboles; armoniosas y melancólicas. Casi siempre sorprendía en los ojos de mi padre lágrimas tímidas, y yo rompía en sollozos, que él acallaba con tiernas caricias. Una tarde-nunca la he olvidado-le dije á tiempo que me besaba:

-Yo quiero ir á mi madre: reguémosle á Custodio que me lleve. Mi padre palideció, y tomándome en sus brazos, me estrechó contra su pecho, mirando con espanto en derredor, cual si temiera que alguno pretendiese arrebatármele.

-Hijo, cuidado con volver á pensar en Custodio. Desde entonces no volví á pronunciar su nombre en presencia de mi padre; pero el recuerdo del presidiario no se apartaba de mi memoria, impresionada hondamente por la historia singular que María, la sirvienta de la casa, me refirió una noche acariciándome en su regazo.

Ignacio quedóse pensativo, golpeando con su bordón una matita que tenía á sus pies. Su compañero nada le dijo. ¿Y qué podía decirle? Dicho se está que era un pobre diablo. Mas el debía de sentir algo, porque estaban sus ojos humedecidos.

-Tú sabes, continuó Ignacio, mi dolorosa historia: tú sabes cuántas lágrimas han goteado en mi corazón, y cuántas fatigas han humedecido mi frente. Mi pobre padre, á pesar de hallarse anciano y enfermo, se resolvió á separarme de su lado para que fuera á correr los lances de la fortuna y á labrarme un porvenir; y hoy, después de tanto tiempo, vuelvo á él con las manos casi vacías. Vendado por la inocencia, me lancé en el mundo. Sin duda que la sombra de mi madre fue la que me salvó de encallar en alguno de los mil escollos que erizan ese abismo, pero ¡ay! he salido con el pecho desgarrado, como aquellos náufragos que, cuando logran ganar la costa, llevan sus vestiduras deshilachadas.

Las sombras de la noche invadían ya la campiña. Los dos viajeros entraron á la pequeña sala de la casucha. Alumbrábala con luz amarillenta una vela enclavada en un candelero de barro amarillo, y colocada sobre una tabla que, sostenida por un par de cuerdas pendientes del techo, hacía alero á la puerta que conducía á la alcobita. De la tabla arriba había un facsímile de altar, cuya principal efigie era una cruz vestida con ramas de arrayán, que sirvió en sus mocedades de |angelito en la graciosa fiesta de Mayo.

Los pasajeros tendieron sus bayetones en un cañizo, y se acostaron, porque estaban cansados. A poco rato comenzaron á oír quejidos casi imperceptibles, que salían de la alcobita, y poco después sollozos comprimidos.

-Perdonen sus mercedes el ruido, les dijo el patrón desde la puerta de la alcoba; mi mujer se nos quiere morir. Ignacio dio un salto al suelo.

-¿Se ofrece algo? buen hombre. Nosotros les serviremos con buena voluntad.

Cuando hubo dicho la última palabra, estaba ya en la puerta, como si alguien le empujase. Sí, alguien le empujaba: la caridad, que del alma de su madre pasó á su alma inocente en la postrera plegaria de ella. Su compañero siguiólo, y cuando llegó á la puerta, lo vio apretando con ambas manos la frente de una mujer, cuyo color amarillo y cuyas facciones demudadas revelaban que era aquella la postrera agonía. Ignacio estaba pálido, y sus labios temblaban.

-¿Desde cuándo está enferma? amigo,-le preguntó al labriego.

-Desde esta tarde, mi amo.

-¿Qué causa ha habido?

-Es que hoy hemos comido poco y trabajado mucho. Ignacio salió al punto, y luego volvió trayendo sus alforjas, de las cuales sacó un poco de pan, carne y chocolate, que era todo el avío que llevaba.

-Tome usted, buen hombre; vaya en este momento á prepararle algo. Ignacio mismo le hizo tomar á la enferma los alimentos, y luego siguió cuidándola con tierna solicitud.

Su compañero sentía en sus ojos lágrimas dulces y en su corazón latidos. La atmósfera del bien deposita su rocío en los ojos que toca.

Cuando la enferma gozaba ya de un sueño tranquilo, se acostaron de nuevo los dos viajeros.

Al día siguiente Ignacio puso en manos del jornalero, á tiempo de montar, una parte del dinero que llevaba, y espoleó su cabalgadura, sin esperarse á recibir las bendiciones que el infeliz le gritaba.

A medio día los viajeros se encontraban en una montaña espesa. Aquella robusta vegetación les decía que ya se hallaban en tierra muy caliente. Ignacio, contra su modo de ser ordinario, iba alegre, hasta propasarse á cantar estos versos en voz alta, cuyos acentos se prolongaban por entre la montaña, como llevados por las brisas á las grutas silenciosas de aquellas profundidades:

Alzan las aves cantos armoniosos

Que alegran la apacible soledad;

Logra el rayo del sol entre la selva

Esparcir misteriosa claridad.

Así mi corazón eleva al cielo

Entre suspiros tímido clamor;

Y baja un rayo que ilumina mi alma

Con invisible, místico fulgor.

-¿Quién compuso esos versos? Ignacio.

-Ja... ja.... ja ... ¿Esos llamas tú versos? SÍ te oyera un literato, se reiría de ti, hombre.

La majestad de la naturaleza le obligaba á cantar, porque ella le hablaba al corazón. ¿Hacía él versos siempre? No. ¿Era poeta? Tal vez. Quien con emoción recuerda á su madre que está en el cielo, y á su padre ausente, y los juegos de su niñez, y las fatigas de su juventud, al ver al sol que se hunde y á la naturaleza que se enluta; quien de rodillas al pie del lecho de una mujer desconocida y pobre, le prodiga socorros y consuelos; quien en una selva abrupta se siente de súbito inspirado, y modula cantares no ensayados, no hay duda que abriga en su alma tierna poesía. Por la tarde, ya el calor era casi insoportable. Al coronar una altura, en cuya cúspide vieron los viajeros suspendido el sol cuando la empezaban á ascender, Ignacio paró su mula y dirigió una mirada tierna hacia el poblado que tenía delante: era el lugar de su nacimiento. La torre relucía al recibir los postreros rayos del sol, y los pocos tejados que allí había, se cubrían de lampos de oro.

Querer pintar el contento de D. Juan al recibir en sus brazos á su hijo; decir cómo repetían sus abrazos, y cómo se sucedían sus preguntas y respuestas, sería pretender algo como un imposible. Quien haya visto á un anciano y á un joven llorar á lágrima viva al tenerse entre sus brazos, y haya adivinado por esas lágrimas lo que pasaba en sus corazones, podrá comprender la escena que presenció enternecido el compañero de Ignacio.

 

II

 

UN PATRIOTA

"Tal vez dure aún la moda de encontrar ridículo al que se entusiasma al nombre de la patria.... pero quien no comprende ese entusiasmo, merece ser esclavo."

Cuando en 1810 se dio en Bogotá el grito de independencia, que tan simpáticos ecos encontró en los corazones que habitaban por entonces esta hermosa tierra-quizás reservada por la Providencia para altos destinos,-había en esta ciudad un anciano rico, y de alta posición, no tanto por sus riquezas cuanto por su inteligencia, en verdad nada común.

Sus cabellos ya eran canoa, mas en esa cabeza plateada no había conseguido el hielo de los años extinguir la llama del entusiasmo, como en ígneas montanas la nieve sólo disimula el fuego que dentro hierve. Cuando pensaba en el yugo que soportaba supatria, y presenciaba en silencio los ultrajes que recibían quienes osaban pronunciar el nombre vedado de libertad, rebosaba de ira su altivo corazón. Cuando en Julio de 1813 los representantes del pueblo cundinamarqués proclamaron con franqueza el rompimiento formal con la madre patria, él fue uno de los primeros y más entusiastas sostenedores de la revolución. Juró desde luego, ante Dios y su patria, ser fiel á su cansa; y cumplió su juramento: dio sus bienes á su patria, y á pesar de su edad avanzada, se le vio, cuando fue necesario, formar en las filas de los patriotas como un humilde soldado.

¡Bendito una y mil veces ese fuego sagrado que la Providencia prende en las almas generosas cuando quiere que un pueblo sea libre!

-Pero, Jorge,- decíale un día su esposa- ¿por fin quedaremos en la miseria ? todo al cabo lo gastarás en mantener soldados.

-¿Qué quieres ? hija: mis bienes son de mi patria. Dios nos dará la debida recompensa, si no en este mundo, en el otro.

-Siempre me sales con esas, porque me conoces bien. Basta que me digas: "lo hago por Dios," para que yo apruebe al punto tus mayores desatinos. Mas si triunfan los españoles, ¿qué harás?

-Morir.

El patriota pronunció esta palabra con tanta frialdad como si hubiera dicho: "echarme un trago y acostarme a dormir".

-¿Qué dices? ¿morir tú, el compañero de mi vejez, y única sombra de mi hijo?

El anciano la abrazó, y al descuido se enjugó una lágrima importuna. "¿Un patriota llorando? ¡Qué vergüenza!" decíase para si.

-Rogarías á Dios mucho por mí, ¿no?

-Cállate, embromón. Esto lo dices por verme afanada.

D. Jorge tomó por la mano á Doña Dolores, y la llevó á su escritorio. Allí desplegó á suvista un papel lleno de firmas, la mayor parte ilegibles, como si hubiesen sido trazadas con un esparto.

-Mira aquí la mía.

En efecto, la matrona distinguió, al través de un enrejado que apellidaba él "su rúbrica," |Jorge de Aguilar.

|-¿Cuál es el objeto de este papel?

-Que todos los defensores de la patria hemos jurado libertarla ó perecer. Para eterno testimonio ante la posteridad, hemos inscrito aquí nuestros nombres.

-¡Ay, Dios mío! ¡qué triste presentimiento me da el corazón!

-Porque yo también lo tengo, es por lo que me he atrevido á hablarte con claridad. Si es la voluntad de Dios que este compromiso me sea funesto, yo moriré tranquilo y satisfecho de mi, porque mi sangre pertenece á mi patria. ¡Pero mi hijo!.... Sé su guía; háblale de su padre, que amó su deber hasta el sacrificio; alimenta su tierna alma con lecciones de virtud. Ahí en esa alacena cubierta dejo un caudal suficiente para la educación de Juanito.

La señora echó sus brazos al cuello de su esposo, ahogada por los sollozos.

-No te irás.... no te irás.... Nadie podrá arrancarte de mis brazos. Hacía algunos instantes que Luis, esclavo de la familia, estaba de pie en la puerta, oyendo aquella conversación. Cuando D. Jorge lo alzó á, mirar, el esclavo le dijo que la cena estaba servida.

Sentados los dos esposos, Juan, que en aquel momento acababa de atar á la pata de la mesa su |caballo negro, que consistía en una cana terminada por uno de sus extremos en algo como cara de caballo, con boca, crines y ojos rojos, se encaramó en las rodillas de su padre, lo que tenía por costumbre.

-Papá, le dijo en un lenguaje apenas inteligible, ¿cuándo me compra una lanza para andar en, mi caballo como los soldados?

Los esposos se miraron. Don Jorge extendió la mano entre sus ojos y la bujía, y mandé que retirasen esa luz de allí, porque le causaba impresión en la vista. Otra lágrima importuna había asomado á sus párpados. Luis, que servía la mesa, esquivaba con empeño sus ojos á las miradas de su amo, cuando éste le dirigía la palabra, como una muchacha tímida esquiva los suyos cuando comprende que los que la observan alaban sus gracias. ¿Temería el esclavo que su amo pudiese leer en sus ojos lo que en aquel instante pasaba en su pensamiento?

Al día siguiente la casa estaba en, consternación. La señora y las esclavas lloraban, y hasta Juanito, de ver á su madre, lloraba también. Era que los patriotas habían dejado esa noche la ciudad, ahuyentados por el ejército realista, que se aproximaba, y D. Jorge había marchado también.

Un día, después de algún tiempo de hallarse ausente D, Jorge, un jefe español mandó le diesen franca la casa. La pobre señora, aterrada, le envió las llaves, y se ocultó con Juan en un escondrijo. Algunos compañeros del jefe, en vez de fusiles llevaban barras, y con ellas procedieron, inmediatamente á abrir la alacena en que el |insurgente había ocultado sus tesoros. Un desconocido habría pensado que aquellos hombres adivinaban tesoros; pero se habría explicado el hecho quien hubiese distinguido á Luis entre los soldados, vestido también de militar.

Después de algunos meses.... las fuerzas de los patriotas fueron vencidas en todas partea. La sangre de los mártires corrió en muchos patíbulos. El crimen enfurecido paseóse triunfante con sus ropajes ensangrentados. Ni las canas de la anciana, ni el pudor de la doncella inspiraban compasión. Los huérfanos y las viudas lloraban en secreto, porque el grito de la naturaleza y los afectos del alma eran un crimen en aquella fatal época de luto y desolación.

 

III

 

SUFRIMIENTO Y RECOMPENSA

"Al plan oculto de Dios en las cosan humanas, se le llamó |casualidad. Hoy lo llamamos |Providencia, nombre más inteligible, más religioso y más paternal."

Hase dicho con razón que el amor obra milagros. Cuando presenciéis y un hecho de heroica abnegación, si queréis hallar su causa, buscadla en una alma amante. Por esto, una madre está siempre lista á todo sacrificio por la ventura de su hijo, y hace milagros y vence obstáculos que se creían insuperables.

Doña Dolores, al verse viuda y reducida á la miseria, pensó con ansiedad en la muerte; pero el amor á su hijo encendió en su corazón el amor por la vida. La venerable matrona vendió las alhajas que salvó del naufragio, y con los pocos recursos que pudo reunir se sometió á un trabajo indigno de su clase. ¿Y para qué? No para ella, porque cuando supo la muerte de su esposo, su primer pensamiento fue el de la muerte: trabajaba noche y día como lo hiciera una esclava, fija su mente ansiosa en el porvenir de su hijo, para subvenir a los gastos de su educación en un colegio de fama por aquel tiempo.

Ella no olvidó jamás la recomendación de su esposo respecto de su hijo: con el sudor de su frente pagó las ciencias que le enseñaron, y con sus lágrimas, sudor del corazón, fecundó en el de su hijo las virtudes que solícita sembraba.

El joven hizo buenos estudios, y salió un cumplido caballero. Desgraciadamente, su organización era enfermiza, y las tareas del estadio deterioraron casi por completo su salud.

Cuando la santa madre bajó á la tumba, el joven se encontró solo, pobre y enfermo. La imposibilidad de ganar la vida en la ciudad, lo obligó á retirarse á R.***

Hacía algunos años que había llegado á R.*** una señora con su hija, fruto único de un matrimonio desgraciado. La niña era bella, principalmente por su alma, que se mostraba en sus ojos de azul profundo, como Dios se revela á la mente tras el palio cerúleo del cielo; por su candor infantil, que teñía de rosa sus mejillas cuando los jóvenes de la parroquia, al verla salir de misa los domingos, se agrupaban ansiosos á mirarla, por su amor á los pobres, á quienes hacía entrar á su casita, á la hora de comer, y ella misma les servía del escaso pan de que su madre y ella se alimentaban.

La vida de la señora Rosalía y de Carlota era dichosa. El trabajo de sus manos les daba un pan más sabroso que los manjares del opulento, que las más de las veces amarga el hastio. En su casita no había redomas de cristal, ni estatuas de mármol, ni divanes de seda, ni relucientes consolas; pero si frescas flores, lindos pajaritos y mucho aseo. Pasado el zaguán, se entraba al patio, que hacía de jardín: en cada columna había una tabla, y sobre ella una taza de flores, frescas como las mejillas de la hermosa jardinera, y airosas y alegres como ella un cordón de madreselva pasaba haciendo arcos de columna en columna, y al soplo del viento se mecía como el columpio de un niño. En cada esquina había una jaula, y en ella alborotaban pájaros cantores. Pasado el primer corredor se daba á la puerta de la casa, y luego, tomando á la derecha, se entraba á un cuartito muy blanco, y cuyo esterado brillaba de puro limpio, y en cuya pared frontera había una imagen de la Virgen del Rosario, adornada de flores artificiales para el tacto, pero no para la vista. Aquel cuartito era el retrete de costura y estudio de Carlota.

Triste es para quien ha visto una habitación lujosa de dicha y de paz, verla después desierta y silenciosa. Carlota, muy joven todavía, se vio sola en el mundo. Su belleza era un peligro, y su pobreza era un escollo en este mar alborotado que llamamos |sociedad.

Perversos que en la virtud de la casta joven encontraron un muro de bronce, quisieron vengarse de ella por medio de la calumnia. Las gentes antes amigas, empezaron á mirarla con desvío y á tratarla con desprecio. Madres hubo que prohibiesen á sus hijas la amistad con ella, ¡con ella, la mujer más pura!

Un domingo hablaban varios individuos en un corro formado en el atrio del templo. Uno de ellos dijo:

-Estoy arrepentido de lo que les dije anoche respecto de Carlota. Cuando me separé de ustedes, la encontré allí en la esquina. Fingí seguir adelante, y luego seguí tras ella, con la precaución debida. ¿A dónde se figuran ustedes que entró? A casa de |ña Beatriz, que está agonizando. Logré, sin ser visto, penetrar hasta la alcoba. Carlota sacó de debajo de su mantilla una ollita; dio de comer á la enferma; se sentó luego á sus pies, y le prodigaba alivios. Sentí profundo respeto, y me vino á la memoria lo que me atreví á decir á ustedes sin otro fundamento que simples conjeturas.

Quiso la |casualidad que el recién llegado al corro no reparase en que había allí un forastero. Era este un sujeto de aspecto respetable. La misma caprichosa |casualidad volvió á querer que en aquel momento acertara á pasar Carlota. Iba vestida sencillamente; pero esa misma sencillez hacía resaltar su belleza, no ajada aun por los sufrimientos.

|¡La |casualidad! ¿Que quiere decir eso? El ateo le atribuye la formación del universo, y todos á cada paso echamos mano de tal muletilla para explicar lo que no comprendemos, mientras no acertamos con el hallazgo de una causa inteligente. Mejor y más simpática suena en mi alma la voz |Providencia, "nombre más inteligible, más religioso y más paternal."

A pocos días D. Joan Aguilar, que tal era el forastero, pidió á Carlota su mano, prendado de sus virtudes.

Un gran filósofo antiguo decía que las almas habían sido creadas de dos en dos, y que, separadas al venir al mundo, se buscaban con ansiedad hasta encontrar su respectiva compañera. ¿Qué es el amor del corazón sino la ansiedad de unificarse dos almas, haciendo idénticos sus pensamientos, sus afectos y su dolor? D. Juan y Carlota habían sido creados el uno para el otro.

No podía creer ella que siendo una pobre huérfana sin amparo, mereciese el amor de tan noble caballero. Eso le pareció inexplicable mientras no pensó en la Providencia.

Como llevada en alas de los vientos, la noticia del matrimonio de Carlota con un |doctor recién llegado de la capital, voló con rapidez por todo el vecindario, unos admiraban el poder de Dios, que cuando menos se espera concede sus favores; otros desconfiaban de la sinceridad del forastero. Entre tanta bulla, sólo Carlota permanecía impasible, como si aquello no le interesase tan de cerca. Su alma estuvo siempre en paz, lo mismo cuando sufría los horrores de la miseria y era víctima del insulto y la calumnia, que cuando halló en su camino un generoso compañero que le ofreció su apoyo.

La tarde de la boda los vecinos principales se presentaron de gala. |D. Nicolás, magnate de la parroquia, se puso ese día sus gemelos de oro de los jueves santos. Doña Pastora, su esposa, también concurrió. La tal señora tenía una figura en verdad poco romántica: era chica |y gordiflona; y en su rostro circular y terminado por una papada mórbida, resaltaban algunas manchas azules, que las gentes decían ser carato, sin perjuicio de que ella las atribuyera á la melancolía.

Doña Pastora debajo de tan mala pasta abrigaba una alma buena, bien al contrario de ciertas bellezas encantadoras que encubren almas ruines. D. Nicolás adolecía de sus defectillos de magnate, como una necia presunción y mucha golosina de mando; pero en el fondo era bueno, quizás porque era dócil á los consejos de su esposa. Era conce perpetuo, de lo cual contrajo la manía de perorar: desvivíase por las ocasiones propicias para discurrir. Cuando, esa tarde, le vio D. Juan perorando, con una gran copa llena de licor nacional, tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no soltar una imprudente carcajada.

En toda la tarde no hubo más novedad que unos cuantos puñetazos que Custodio dio á un muchacho porque no quería descubrirse al pronunciar el negro el nombre de Bolívar. Al ruido salió Carlota, y Custodio se descubrió respetuoso, saludándola con el sobrenombre que le había puesto de "mi Virgen del Pilar," por la semejanza que decía haber entre Carlota y una imagen que él vio en Caracas, ó en no sé qué infierno. Custodio vivía siempre ebrio, y en ese estado á nadie respetaba, excepto á Carlota, quien lo salvó una vez de una grave enfermedad. Las autoridades le temblaban al negro, que había hecho la campaña en la guerra de la Independencia; había estado algunos años en presidio, y en prueba de sus hazañas ó de sus crímenes, tenía el rostro marcado por dos profundas cortadas. La presencia de Custodio era casi aterradora, con ana labios gruesos, su nariz aplastada, su piel aceitunada, sus ojos de rapiña y sus cabellos grifos; pero cuando se dejaba llevar por sus continuos arrebatos de ira, y al que primero se le acercaba le tiraba con lo que había á la mano, y mugía, y echaba espuma por la boca y por los ojos llamas, era el tal hombre verdaderamente aterrador. Mas ¡cosa rara! bastaba para calmarle en tales casos una sola palabra de Carlota, su "Virgen del Pilar."

La dicha de Carlota era completa: su única aspiración había sido siempre unir su existencia á la de un hombre honrado. ¡Alma generosa! aquel día de triunfo recibió en sus brazos, con demostraciones del más tierno cariño, á aquellas mismas |amigas que la trataron con desprecio y casi con insulto en los días de su infortunio.

 

IV

 

EL HOGAR

"Coronada de flores y cantando La alegre juventud viene á la vida: No halla una zarza su flotante manto, Ni su planta ligera halla una espina."

Pasado el día del regocijo, D. Juan y Carlota pensaron casi con miedo en el porvenir.

D. Juan, aquel aprovechado joven que entre doscientos compañeros de estudio tuvo rivales, pero no superiores; que siempre se distinguió por su carácter caballeroso; que hizo una carrera de notable lucimiento; él ¿qué profesión creéis que tomó? La de maestro de escuela.

Pocos habrá que no recuerden con emoción los felices días de colegio, en que tan hermosos castillos se fabrican en el aire. El alma soñadora del joven entrevé el porvenir al través de un velo matizado de púrpura y oro. Poco le importa ver asomarse desvergonzados sus dedos por entre sus rotos zapatos; poco se le da cuando el día de vacaciones recibe el flaco rocín que de su casa le envían para el regreso á la familia. ¿Qué es todo eso, y más, para una fantasía poblada de imágenes risueñas, y que entrevé riquezas, honores y gloria? ¡Dichosa la juventud! SÍ nunca el hombre pasara de ella, habría en el mundo felicidad. Entonces se ama con ardor, se siente con emoción, se espera con fe. Por cierto que D. Juan jamás pudo figurarse, en sus ensueños de gloria, venir á parar en un triste maestro de escuela.

La pobreza de los nuevos esposos era causa más que suficiente para que cualquiera juzgase no muy halagüeña su nueva situación; mas las virtudes de Carlota ahuyentaban de su hogar la desdicha, y el amor esparcía allí sus flores y sus brisas cargadas de aromas. Era de verse esa paz, esa armonía de voluntades, esa tierna solicitud con que Carlota cuidaba de su esposo enfermo, y con que le prodigaba dulces alivios, esas caricias revestidas de respeto y castidad que se cambiaban los amorosos cónyuges. La felicidad no está lejos de nosotros: está en el fondo de nuestro ser, en el santuario secreto que habita la virtud.

 

V

 

UN ALMA PARA DIOS 

" La puerta del cielo está cerrada al pecador; el aldabón es el arrepentimiento, iLe tengo asido! déjame que golpee, para que me oigan los hombres y rueguen por. mí; y me oiga Dios y me acoja."

Pasaron algunos años. Dios había completado la dicha de D. Juan y Carlota dándoles un hermoso niño, tan hermoso como su madre.

A mano derecha de la entrada de la casa había un cuartito limpio y blanco como el resto de la vivienda. Una tarde tuvo lugar entre D. Juan y Carlota, cerca de la puerta del cuartito, el siguiente diálogo:

-Pero, mujer, ese bribón nos va á hacer una roncha. Suponte que se aliente y quiera hacer aquí su casa. ¿Quién lo podría sufrir? Bien ves que el pueblo entero ha sido víctima de sus criminales desórdenes.

-Déjame, gruñón. Ustedes los hombres tanto es lo que calculan para hacer algo en bien de un desgraciado, que al fin, ó nada hacen, ó todo lo echan á perder. Nosotras no calculamos: vemos una desgracia; sentimos un vuelco en el corazón, y nos decimos: "¡adelante!" Suponte que ese bribón se agravara entre gentes sin conciencia, y que muriera sin haber oído una palabra de Dios: ¡qué sería del pobrecito! Conque déjame, porque en esta ocasión no te podré obedecer.

-Siempre te sales con las tuyas. Al fin acabarás por hacer de la casa un hospital.

-¡Oye cómo se queja aquel pobre! Mal haya que ya me está buscando Ignacio. Patojo más inquieto.... voy á traerlo para que lo entretengas Mientras yo me entro aquí un ratico, no sea que se le pegue la calentura.

D. Juan se quedó cargado de espaldas contra la pared, bendiciendo de todo corazón á su santa mujer. Carlota volvió con el chico.

-Dámelo, le dijo D. Juan, abriendo los brazos para recibirlo. Carlota dio al niño un sonoro beso, y luego se lo alargó á D. Juan, quien le dio otro y lo apretó contra su pecho, yéndose en seguida con él para la sala.

La señora asió la mano al enfermo, y le preguntó si quería tomar una agüita fresca que le tenía preparada.

-Mí Virgen del Pilar, yo me muero. Y me ha metido susto la |hue* sosa, y eso que le hice la gambeta en Boyacá, donde me dejé como cosa de desprecio. ¡Ocurrencias del diablo! él supo lo que hizo cuando no nao cargó desde ese día, para que yo le prestara algunos otros servicios. Buenas cuentas le tengo.

Carlota palideció, y el presidiario continuó echando blasfemias como un endemoniado.

-¿Quieres la agüita? eso te hará bien.

-Y que tengo la jeta que ni estopa.

-¡Antonia! gritó Carlota en la puerta; tráeme el tarrito que dejé en el fogón.

La sirvienta trajo la vasija, y la señora, después que hubo enfriado el agua, la echó en un vaso, la probó y se la dio al enfermo.

-Si me la cambiara su merced por |chimpin, mejor sería.

-Después te daré también de eso. Tómala, que está muy sabrosa.

-¡A la salud de los españoles, que me robaron mi hallazgo, y de todos los demonios de este mundo y el otro! Y apuró la bebida.

A pocos momentos el negro se durmió profundamente, y Carlota se sentó á la cabecera del lecho sobre una butaca. Por el movimiento de sus labios y sus ojos, se conocía que rezaba.

-¡Hijos de una! gritó el negro. El amo no lo dejó para ustedes, ladrones de los demonios!.... uno.... dos.... ; fuego cerrado! Carlota, trémula de terror, se puso en pie, y le llamó en voz baja.

-¡Me mataron!.... ¡y me llevaron los diablos!-exclamó Custodio, incorporándose á medias.

-¿Qué tienes?

-Estaba en Boyacá. Yo caí entre los muertos, y vi cosas feas. ¡Mi amo y Señor me perdone!

Era la primera vez que Carlota oía de esos labios blasfemos el nombre del Señor. Un rayo de alegría brilló en sus ojos.

-Custodio, escúchame! Tu vas á morir. Es cierto que has sido muy malo; pero para Dios nada hay imperdonable. El arrepentimiento todo lo borra, todo, hasta el crimen. Tu Virgen del Pilar, que te quiere tanto, es quien te ruega que te arrepientas y mueras en los brazos del Señor.

-¿Y me podrá perdonar? Su merced no sabe, niña, las que yo debo.

-Cuando Jesús agonizaba en la cruz, un ladrón condenado á muerte por sus delitos, tocado por la gracia alzó sus ojos a Cristo, y fue perdonado, y su alma entró en la bienaventuranza.

Custodio se puso á llorar como un chiquillo. Carlota cayó de hinojos, y oró, llorando también.

Esa noche la buena mujer no se apartó del enfermo. Ora le preparaba bebidas, ora le frotaba los pies, ora le leía instrucciones para la recepción de los sacramentos.

Al otro día el negro tuvo la mente un poco más despejada, y pudo escuchar mejor las lecciones de Carlota. El desgraciado gemía al pensar en sus delitos, y en voz alta clamaba por perdón.

En la mañana siguiente el cuarto del moribundo estaba adornado de cortinajes vistosos, y cubierto de flores el pavimento: se aguardaba ala Majestad. Las gentes se sorprendieron al saber que el presidiario quería morir como cristiano, y muchos acompasaron la administración, algunos. devotos y curiosos, otros nada más que curiosos.

Hizo despejar el sacerdote la pieza y cerrar la puerta, para oír la confesión del moribundo, la que duró más de una hora. Cuando la puerta se abrió, el negro estaba de rodillas, y corrían por su rostro hilos de lágrimas. La gente colmó la pieza, y entonces Custodio pidió en voz alta perdón por sus escándalos. Hablaba con elocuencia, él, el ebrio, el aturdido!

-Amo Juan, venga su merced acá, que para recibir al Señor no me falta ya sino el perdón de su merced.

Abrióse paso D. Juan por entre la muchedumbre. El negro le asió la mano y besándosela la mojaba con sus lágrimas.

-Amito mío, su merced ya no se acuerda de su negro Luis. El caballero retrocedió un paso, como si hubiese visto una víbora.

-No me niegue su merced su misericordia, ahora que tanto la necesito. Yo denuncié el tesoro que mi amo Jorge dejó en la alacena, por pura maldad y codicia. El Señor me castigó, pues yo nada disfruté de ese caudal, del cual ellos dispusieron. Yo en venganza me fugué y me sé á los patriotas. Su merced verá si deja morir á este desgraciado sin darle su perdón.

-Te perdono, Cus.... Luis, de todo corazón; te perdono por mi madre y por mí. No tenga Dios en cuenta el mal que nos hiciste, que doy por no sucedido.

En los ojos de todos veíanse gruesas lágrimas. La vuelta súbita al bien de aquel hombre que arrastraba sus plantas en el fango del delito; los sollozos del soldado, que pedía misericordia ante el Señor y los hombres; la publicación de un crimen oculto hasta entonces, hecha por boca del criminal; el velo tendido sobre el pasado por aquel que perdonaba; Dios allí presente á los ojos de la fe, en ese drama de las cosas humanas...  todo eso llenaba de religiosa emoción los corazones.

Cuando aquello hubo concluido, Carlota quedóse sola al lado del moribundo. A pocos momentos la agonía dio principio.

-Señorita mía, Virgen mía del Pilar, ruegue su merced por mí! El señor le ha de pagar el inmenso bien que me ha hecho.

-iRogarás tu por nosotros? Custodio...Que el Señor me escuche cuando su merced me llame.

Se estremeció fuertemente, y luego perdió la voz. Pocos momentos después estuvo todo concluido; pero en paz, en dulce paz, como cuando mueren los que envía a Dios su postrer aliento

 

VI

 

UNA PROMESA RECORDADA

"iAquilones! yo soy marchita rama: ¡ Venid, llevadme; un infeliz os llama!"

En el vecindario entero resonó, cual dulce música en las sinuosidades de un subterráneo, la historia de aquellos acontecimientos. Los aldeanos, fáciles de creer y sencillos, como lo es siempre el pueblo, no dudaron del milagro de la |Virgen del Pilar, nombre que desde el principio encontró buena acogida entre aquellas gentes, porque les pareció simpático y adecuado á Carlota, por la bondad y nobleza de su alma.

Siendo yo muy niño, me dijo una vieja, á quien las vecinas denominaban la |bruja, que la muerte se |ranchaba. No comprendí entonces lo que esto significaba; hoy lo sé, y demasiado lo sabe mi corazón, que vio huir, uno en pos de otro, seres amados!

D. Juan se agravó de tal manera, que todos, y él el primero, llegaron á temer por su vida. En tales circunstancias la pobre señora veía sentada en su hogar la miseria, huraña, escuálida, llorosa; y el enfermo necesitaba medicinas, y el niño le pedía pan. Ella no se afligía, sino confiaba en la Providencia, con tan firme seguridad, que á los labios de un escéptico habría asomado una sonrisa burlona al ver cómo aquella mujer aguardaba, sin saber de dónde, un súbito socorro.

Doña Pastora llamó á D. Nicolás á la alcoba, y le dijo, apoyando supintada mano en el hombro del consorte:

-Ya estás muy viejo y chicharronudo, hombre. Je.... je.... je.... Pobre la chica, tan fresca y tan rosadota! repuso D. Nicolás, con una risa capaz de sacar de sus casillas al mismo paciente Job.

-Mi persona no dice que es joven. Ambos estamos ya viejos: pronto tendremos que estirar la pata, y ahí se quedará todo el haber para que otros hagan fandango.

-Ya te veo venir, mujer. ¿Alguna limosnita? -un socorro para aquella pobre niña Carlota, que tiene á su esposo enfermo, y no hay en la casa ni con qué prender candela. -Justo es. Toma la llave, y llévales algo.

Doña Pastora, excediéndose tal vez de la voluntad de su marido, le dio á Carlota en secreto una cantidad suficiente para sus gastos. La señora dio con lágrimas las gracias á doña Pastora, á quien tuvo por un instrumento de Aquél que alimenta lo mismo al opulento en su palacio que al mendigo en su barraca.

Pero D. Juan seguía de mal en peor. Ya casi no había esperanza. Carlota, más amorosa que nunca, pasaba las noches al pie del lecho de en esposo, llorando en silencio y orando en su corazón.

Era una tarde. El sacerdote recibía la confesión del paciente, y Carlota, en su oratorio, exhalaba toda su alma á los pies de un crucifijo. Ignacio entró á pasos quedos, sin ser sentido por ella, absorta como estaba en el dolor: cuando sintió de repente que alguien estaba á su lado, volvió la cabeza. El niñito, con las manos puestas y de rodillas, fijaba sus ojos en el crucifijo, como si su alma orase también. Ella lo tomó en sus brazos, y elevándolo como una ofrenda al Señor, dijo exhalando un sollozo:

-¡Dios mío, no le quites a su padre!

El sol introducía por la celosía entreabierta un rayo recto, en que volaban millares de átomos de polvo, lucientes como chispas de oro, rápidos como las ventaras del mundo. Como daba en el rostro de Carlota, abrillantaba sus lágrimas, como platea en la mañana el rocío de las flores.

Una hora después, Carlota estaba en el cementerio, y de rodillas en la sepultura de Custodio, le recordaba la promesa que le hizo de acordarse de ella. Las brisas agitaban su cabellera, y el sol, medio hundido ya, dibujaba su sombra en el césped herboso. Hubiérase dicho que era el ángel de las tumbas, evocado por la campana de la aldea, que en aquel momento llamaba á oración.

 

 VII

 

UNA VICTIMA VOLUNTARIA

Y si, lector, dijerdes ser comento, Como me lo contaron te lo cuento.

Cuando Carlota volvió á la casa, lo primero que hizo fue borrar las letras del ataúd preparado para D. Juan.

Esa noche sus amigas aguardaban la muerte del caballero, y extrañaban la frescura con que Carlota veía venir el fatal momento: unas la atribuían á su santidad, otras á falta de corazón. A las doce de la noche un síncope lo dejó exánime.

-¡Ya!

-¡Murió!

-¡Dios le dé su gloria!

-¡Pobrecita señora.... Y que ha estado tan tranquila! Así decían en voz baja las amigas de Carlota, procurando que no llegase la noticia á sus oídos. Sin embargo, ella notó algo, y llegó por un momento á tener alguna desconfianza.

-Y le despierta, niña; le dijo doña Pastora, empeñada en que Carlota pensase que estaba dormido.

D. Juan exhaló un suspiro. Carlota dio un grito, y salió del lecho llena de alegría: reía sin miramiento, y abrazaba á sus amigas, quienes llegaron á creer que había perdido el juicio. Luego corrió para el oratorio y se postró á los pies del crucifijo. Doña Pastora, temiendo que intentase hacer algún disparate, tomó una luz y la siguió, no sin algún terror.

-¿No le dije, niña, que estaba dormido? Allá se las avenga: él se molestó, porque le fue á quitar el sueño. Era falso: D. Juan no había dicho una palabra.

-¡Él me oyó, él me oyó! exclamó Carlota, sonriendo como un niño, y mostrando con la mano extendida la imagen de Cristo. ¡ Y le oyó á Custodio!....

D. Juan ge restableció en pocos días, con sorpresa general, pues todos habían creído inevitable su muerte. Hubo mucha alegría, pues era muy amado el caballero.

-Cuando yo me muera, buscaras una novia joven y bella, ¿no? decíale á D. Juan un día Carlota, acariciando á Ignacio en su regazo, y jugando con los cabellos de éste.

-Si yo me hubiera muerto, ya habrías tú celebrado nuevas nupcias, repúsole el sonriendo.

-Como nosotras no somos como ustedes los hombres, que mujer á la tumba, y mujer al altar.

-¡Y dices eso con seriedad! Mírame. ¿Te has enojado conmigo? ¿Por qué palideces?

-Si yo no estoy enojada. ¿No me ves riendo? Y Carlota sonreía, sin caer en la cuenta de que sus ojos estaban aguados.

-¡Y lo dices llorando! ¿Qué es, Carlota? ¿Estás celosa?

-¡Ay el tunante! ¿Celos yo?

-¿Celebras con lágrimas mi vuelta á la vida? ¿Tuve acaso yo la culpa de no haberme muerto?

Carlota exhaló un grito, y se llevó las manos al rostro. D. Juan se las tomó con ternura.

-No llores, Carlota, por Dios!

-Tu me juzgas así, y quieres que permanezca impasible. ¿Qué motivo te he dado yo para ello?

-Perdóname, amada mía, que no pensé lo que dije. Ignacio, que se había retirado un instante, volvió con su carita de pascua, y se lanzó en el regazo de Carlota. D. Juan, puesto de rodillas, le hacía caricias al niño, sin perjuicio de que algunas fuesen para ella; pero hechas con respeto, con la casta timidez del amor primero.

En la noche de ese día, Carlota permaneció en el oratorio más tiempo que de costumbre. D. Juan, cansado ya de esperarla, fuese en su busca, y la encontró llorosa, con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza inclinada.

-Díme, Carlota, ¿qué tienes? ¿Por qué has estado hoy tan tonta? Vén á acostarte, que ya es media noche, é Ignacio ha llorado.

-¡Alma mía del negrito! habrá llorado por su mamá. Lo cuidarás mucho, ¿no? ¡Ay! ¡Qué fuera del pobrecito sin un padre como tu!

-¿Qué es, por Dios? ¿Qué es? ¿Por qué hablas así? Carlota, puesta de pie, apoyó la frente sobre el pecho de D. Juan, y le dijo con voz firme:

-No te lo quería decir; mas es ya tiempo de que lo sepas: es que me voy á morir.

-¡Calla! que Dios nos puede castigar.

-Si yo lo sé desde el día en que tu enfermedad hizo crisis.

-No te comprendo. ¿Quién te lo pudo haber dicho?

-Custodio. D, Juan sintió temblar la mano de Carlota, que tenía entre las suyas.

Algo como una nube negra pasó por sus ojos, y algo como un tañido metálico hirió sus oídos.

Momentos después Carlota estaba atacada de una fiebre abrasadora. D. Juan, sofocado por el calor de la pieza, y más aún por las angustias de su corazón, habíase salido al corredor á tomar el fresco de la madrugada. De codos en la baranda, quedóse pensativo, fija la vista en el oriente. En aquel momento la cúspide del cerro se doró, y detrás de él brotaban sucesivamente ráfagas de luz; un gran copo de nubes, suspendido á poca distancia del cerro, se abovedó, dejando en su centro un círculo brillante. Los mirlos de las jaulas concertaban sus cantares.

D. Juan, indiferente á esta belleza, fijaba sólo su pensamiento en la desgracia que iba á descargarse sobre su existencia.

Carlota dio á su hijo un beso humedecido con lágrimas; recibió sonriente la última bendición del sacerdote, y moviendo los labios en silencio, se durmió para siempre, tranquila, risueña y hermosa. Su alma voló al cielo, como un perfume de la mañana, en los rayos primeros de la aurora.

D. Juan, en presencia del cadáver de su amada, se mantuvo de pie, fijos en ella los ojos, sin exhalar un sollozo, sin verter una lágrima.

Tres horas después, Carlota, vestida con el humilde hábito de la Virgen del Carmen, y colocada en el ataúd que había sido preparado para D. Juan, fue expuesta en la sala, entre ocho cirios, cuya luz tenue y movible esparcía sobre su rostro sombras inquietas. D. Juan le hacía compañía sentado á sus pies en una poltrona. De hito en hito contemplábala con mirada serena, y luego, escondiendo el rostro entre las manos, quedábase embebecido en honda meditación.

Ignacio entró á pasos quedos; tomó un esparto, y con sonrisa picarona se puso á hacerle á Carlota cosquillasen el rostro. Cuando D. Juan lo vio, exhaló un grito:

-¡Hijo de mi alma, inocente criatura! exclamó, tomándolo en sus brazos y estrechándolo contra su pecho. La fuente de sus lágrimas, hasta entonces estancada, brotó en raudales. El niño reclinó su cabecita en el pecho de su padre, como cuando se dormía en los brazos de Carlota. Las lágrimas del caballero rodaban á lo largo de los cabellos de su hijo.

Cuando hubieron sacado de allí el cadáver, D Juan, de cuyos brazos había doña Pastora quitado á Ignacio, volvió á su primera tranquilidad, siniestro estado del alma en los dolores extremos. Un pensamiento infernal cruzó de súbito por su mente…

Ignacio, que había logrado escaparse de los brazos de Doña Pastora, entró dando brínquitos al galope.

-Papacito, tengo hambre, y mamá se fue: déme pan. D. Juan abrió la cómoda y le dio pan. El niño salió con sus brinquitos al galope.

El caballero volvió á sentarse en su poltrona, y á entregarse á sus meditaciones. Ignacio volvió á otro rato.

-Papacito, tengo sed; y mamá no ha vuelto. D. Juan hizo traer agua, y le dio de beber. El niño volvió á salir con sus brinquitos al galopo. D. Juan vislumbró en su espíritu un débil rayo de luz. El chico no tardó en volver.

-Papacito, tengo sueño; y no está mamá. D. Juan lo tomó en sus brazos, y lo abrigó. El niño se durmió como un cachorrito.

El caballero, fijos los ojos en el rostro de su hijo, pensó en la suerte de la inocente criatura si llegaba á quedar sola, sin quien le alargase un pan, sin quien calmase su sed, sin quien le diese un abrigo; y se reconcilió con la vida y con su dolor.

Dicen que los niños dormidos tienen visiones del cielo: su sonrisa angelical nunca se dibuja en otros labios, aunque los haya cerrado el sueño al acabar de beber en el cáliz del deleite. Don Juan contemplaba con íntima ternura el rostro de su hijo, apacible y festivo, como si no se hubiese descargado sobre él el azote de la orfandad.

 

VIII

 

UN CEMENTERIO DE ALDEA

"¡OH! si dormir pudiera como duermen Bajo la alfombra de olorosa grama En ese silencioso campo-santo Los que el penoso viaje concluyeron En este valle de dolor y llanto!...."

Huésped por algunos días de D. Juan y de Ignacio, presencié con intima delicia la felicidad del anciano, hija de sus virtudes y de las de su hijo. El alma de Carlota se encarnó en ese noble joven, dulce, amoroso y caritativo. El anciano bajaba á la tumba con paso lento y firme, apoyado en su hijo, y feliz en su vejez, como Abraham, encorvado bajo el peso de los años, descansaba en el hombro de Isaac.

una tarde fui á visitar el cementerio de la aldea. Era éste una especie de huerto rodeado por paredes de césped. Allí no blanqueaban mausoleos de mármol, ni atraían las miradas de los curiosos lápidas lujosas, en que la vanidad del hombre profana tantas veces el nombre de la virtud. Rectas hileras de sauces sombreaban el gramal, alfombrado á trechos por las flores de la capuchina, y las zarzas y la cambronera formaban grupos vistosos, de en medio de los cuales se destacaban cruces de guaduas carcomidas. Las brisas de la tarde mecían los follajes del saucedal, y el sol dibujaba sus sombras inquietas sobre el césped felposo.

En aquella pacífica mansión de la muerte, pensé con emoción en la dicha de los que moraban allí, bajo un ligero césped entapizado de flores. La inocencia de los sencillos labriegos santificaba en mi alma aquel recinto sagrado. Las grandezas del mundo me parecieron entonces un sueño vano, del cual se despierta en el umbral de la tumba.

De improviso vi á una mujer que cogía flores, y antes de echarlas á su cesto, las acercaba á los labios. Aproximóme á ella y le pregunté para qué las quería.

-Para curar á mi hijito.

-¿Esas flores tienen virtud curativa?

-¿No ve, caballero, que son las de la santa?

Fijé mi vista en una lata pendiente de la unión de los brazos de ana cruz de madera labrada, y distinguí, casi borrado, el nombre de CARLOTA.

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