INDICE




UN ALBACEA

 

I

 AG***, pequeña población de Cundinamarca, situada en la orilla oriental del Magdalena, se acercaba una tarde, en 1860, un joven que llegaba de Bogotá. Su caballo daba muestras de no seguir adelante, pues estaba muy cansado y, sobre todo, sumamente flaco. Iba solo el joven: un enorme sombrero de Jipijapa, con el ala delantera un tanto gacha, le defendía el rostro de los rayos oblicuos del sol, que en aquellos momentos descendía ardoroso.

Observemos á nuestro viajero. Su barba, abundante y negra, era dividida en dos por el soplo de las brisas; sus mejillas estaban algo quemadas por los soles de tres días de fatigoso camino; era agradable su fisonomía, pero lo más notable de ella eran unos ojos negros y chispeantes, por demás habladores y llenos de pasión. El que tiene esa señal, nada equívoca, de un alma soñadora, es digno de lástima, porque ¿cuál mayor tormento que llevar á todas horas dentro de esta frágil máquina que llamamos el cuerpo un volcán en continua actividad?.... ¡Pobre Pepita! con razón su alma inocente se encendió en breves momentos.

Llegó el joven á una casita situada cerca del pueblo. Los dueños de casa se negaron á darle posada; pero fueron tan tenaces las instancias de un muchacho, hijo de éstos, que por fin consintieron en que se desmontara. Si el futuro fuera visible, no hubiera tomado tanto empeño. El viajero estaba admirado. "¿Por qué me manifiesta tanto afecto este niño?" se decía en sus adentros. Estaba, con efecto, por demás atencioso: le ayudó á desensillar, le dio agua luego al caballo y lo colocó en buen pasto.

La noche cubrió la tierra. Jorge, que tal era el nombre del apuesto joven, se apoyó de codos en una barandita, y se puso á silbar un trozo de  la |Norma. ¿Pensaba en alguna hermosa, vista por primera vez en el coliseo? Tal vez sí: su fisonomía, como ya dijimos, revelaba ser dueño de un alma apasionada. El que después de un día de penosa fatiga, en vez de recogerse á descansar, se pone á enviar al aire melancólicas notas, tiene algo en el corazón.

Al fin se tendió en un poyo no muy simpático para sus espaldas, y se durmió profundamente.

El comedido muchacho, que lo estaba espiando, luego que lo vio dormido, se dirigió al paraje donde estaba la montura. Tan fina amabilidad con el recién llegado, no carecía de motivo: fue que al notar que traía las alforjas llenas, concibió proyectos de piratería. Abriólas con mucho tiento, y encontró.... en la una un par de pistolas, y en la otra un paquete de cartuchos. Afortunadamente no sacó las pistolas, pues tal vez se hubiera herido: eran |de |pelo, como llaman á las muy delicadas. Que lo diga el finado D. Julián....

Los dueños de casa se mostraban huraños con su huésped, porque lo juzgaban un rufián aventurero, visto lo raquítico de su cabalgadura; pero habiendo hablado Jorge, por una distracción, de su tío Bonifacio, sus hoscos semblantes se tornaron de súbito risueños.

 

II

Cábese que en toda población pequeña reinan siempre ciertos amos llamados caciques: sus mandatos son leyes, y sus menores caprichos son acatados con veneración. Tal vez en ninguno de los pueblos que tienen la desgracia de ser dominados por tales reyezuelos, ha habido un amo más imperioso que en el pobre lugarejo en que pasó nuestra historia. Ese señor feudal era D. Bonifacio Mantilla, quien á veces dividía el cetro con su compadre D. Julián, leguleyo versado como pocos en los secretos de la triquiñuela.

La historia de D. Bonifacio merece que le consagremos algunas líneas.

Era natural de Buga. Allí, desde pequeño, se dio á la agricultura; y como fue infatigable en el trabajo, y además tenía á su lado á su hermano menor Antonio, no menos activo que él, en pocos años se hicieron dueños de un buen capital. Por unos garrotazos dados á un sirviente, fueron ambos sumariados. Temerosos de las consecuencias, se retiraron al pronto del suelo natal, no sin algunas pérdidas considerables; y habiendo pasado el río Magdalena, se establecieron en G*** Allí en breve restauraron lo perdido, y acrecieron el antiguo capital. Uno y otro resolvieron casarse, hecho lo cual, se dividieron su haber, y tocaron á cada uno cosa de treinta mil pesos, suma que haría reír de lástima á un acaudalado |yankee; pero que entre nosotros es una fortuna.

La esposa de D. Bonifacio fue una desgraciada mártir, pues las economías de su consorte eran excesivas. Baste decir que se recogía en su lecho aun no cerrada la noche, por temor de gastar lumbre.

Pasaron tres años. La desgraciada mujer cada día estaba más flaca, lo que atribuía D. Bonifacio al mal clima, sin que por eso las gentes dejasen de decirse por lo bajo: "¡Infeliz mujer! ¡cómo se muere de hambre!" Por fin la muerte tuvo de ella compasión, -si es que alguna vez la muerte se compadece de sus víctimas,- y al dar á luz el único fruto de su matrimonio, cortó la trama de su penosa existencia.

La niñita, á quien dieron el nombre de Julia, nombre que más tarde cambiaron en Pepita, por la mucha semejanza que tenia con su madre, fue criada por D. Bonifacio, hagámosle justicia, con ternura y con esmero- ¡Quién lo creyera! El tacaño D. Bonifacio procuró á su hija una rara educación, más rara si se atiende al estado intelectual de aquel atrasado pueblo.

No mucho tiempo después de la muerte de la madre de Pepita, murió también D. Antonio, dejando dos pequeñuelos, Jorge y Juan, el primero de cinco años, y el segundo de unos tres. Nombró de albaceas á su esposa y á D. Bonifacio. Hubo pronto entre los dos reñidas disputas; mas á poco tiempo D. Bonifacio quedó en pacífica posesión del albaceazgo por muerte casi repentina de su insurgente competidora, sobre lo cual los vecinos no dejaron de tener algunas malas sospechas. Aquel fue un día de regocijo para el buen señor encerróse en su cuarto para dar rienda suelta á sus transportes de jubilo, y verificó allí á solas evoluciones gimnásticas por cierto portentosas, atendido el volumen de su respetable abdomen.

Fácil es de presumir que desde luego su capital ascendió á considerable número de miles; mas no por eso dejó de ser un cicatero de los de marca. Nunca pagaba en dinero los jornales de los peones, fundándose en que lo empleaban en borracheras escandalosas, con deterioro de su salud y con quebranto de la ley de Dios: tenía una tenducha compuesta de mantas, lienzos de la tierra, pañuelos |rabo de gallo y sombreros de palma, todo lo cual le servía para pagar los jornales, poniendo á los infelices arrendatarios tales mercaderías á precios exagerados, sin dejar de acariciarlos con palabras de esta estofa: "Esto por ser para ti; pero te advierto que no lo digas á nadie."

Era su vida metódica en sumo grado: no fumaba, porque á su juicio era pecado mortal convertir en humo inútil su sudor y su trabajo. Su compadre D. Julián era su único comensal; quien, dicho sea de paso, amaba la casa de su compadre, más que por él, por Pepita. Habíase ésta desarrollado precozmente, y era la chica más bella en muchas leguas á la redonda.

Sólo un sentimiento noble animaba el empedernido pecho de D. Bonifacio, -un afecto entrañable por su hija: amábala con ternura.

 

III

Una tarde, la misma en que Jorge llegó al pueblo, estaban los dos compadres sentados en un banquito fijo en el corredor que daba frente á la plaza.

D. Julián le dijo á D. Bonifacio alguna cosa en voz baja. Éste palideció, y murmuró entre dientes:

-Eso, compadre, me costaría la vida.

-No es para tanto, compadre. Supóngase que llegue el doctorcito. Careciendo de pruebas, ¿qué puede sacar de todas sus leyes?

-¿Y el testamento?

-No nos faltará manera de apoderarnos de él.

-i0h! si usted, compadre, me sacara de este enredo, yo le daría lo que me pidiera.

-Si usted me promete darme lo que le pida, yo le ofrezco desplegar todas mis habilidades, usted sabe muy bien que aunque no soy abogado, ninguno me echa la pata, y donde pongo la mano, pleito concluido.

-Compadre, le dijo D. Bonifacio, tomándole las manos con cariño, le daré lo que me pida.

-¿Hasta lo que ama más sobre la tierra?

-Hasta la salvación de mi alma.

-Pues bien: si me da á Pepita por esposa, le juro por Dios y el diablo....

D. Bonifacio calló. Era padre, y no podía sacrificar la ventura de su idolatrada hija.

-Lo pensaremos, compadre, le dijo después de un rato de silencio.

-¡Qué pensar ni qué alforja! Si León me dijo que el doctor debía Alegar esta tarde; y hablé con él, y le aseguró que lo mandaría á usted preso para Bogotá.

-¡La Virgen Santísima me favorezca! dijo D. Bonifacio despavorido.

-Y que también se llevará á Pepita, atada á la cola de su caballo.

-Favorézcame, compadre; y que ella sea su esposa.

-Bien: le juro que triunfaremos.

Pepita se presentó á la sazón en la plaza. Venía de corretear en la vega, lo cual hacía casi todas las tardes. El ejercicio le había sonrosado las mejillas, de ordinario algo pálidas. Estaba por demás encantadora: un sombrerito de caña le cubría la cabeza; los cabellos destrenzados le velaban parte del pecho; sus ojos grandes y azules, vistos á alguna distancia parecían negros, haciendo un bello contraste con su rubia cabellera. Así sonrosada, resaltaba su color blanco-perla. Y como traía el pañolón caído sobre la falda, dejaba ver su talle flexible y esbelto. Bañábale el sol el rostro, rodeándolo de una auréola de luz de oro pálido.

D. Julián la miraba enajenado. Al notarlo Pepita, se ruborizó y dejó caer una rosa que traía en la boca.

Cuando hubo llegado, se arrodilló á los pies de D. Bonifacio, y poniendo los codos sobre las rodillas de éste, le pasaba los dedos por entre la barba.

-¿Está bravito mi viejo? le dijo con voz colmada de dulzura. D. Bonifacio suspiró.

-Yo también, continuó Pepita, fingiendo una gravedad que sus ojos desmentían. ¿El que se ponga más serio?

Sonrióse el viejo, y la dulce niña soltó una carcajada.

-¡Te gané! ¡te gané! gritó palmeteando.

Entróse luego corriendo, tan ágil como una ardilla.

 

IV

Dejamos a Jorge en su posada, ya muy agasajado por sus huéspedes, merced al descubrimiento de sus lazos de familia con D. Bonifacio. A las once de la mañana sintióse abrumado por el calor, y resolvió darse un baño. Bajando la falda que cae al Magdalena, iba recordando los amargos días de su infancia, y cómo se consolaba de su dura esclavitud recorriendo las orillas de aquel majestuoso río, enriquecido por los encantos de una naturaleza virgen.

De súbito vio correr hacia él una señorita, la cual, tropezando con una piedra, cayó de bruces. Jorge voló en el momento á prestarle su ayuda.

-¿Qué ha sucedido á usted? señorita, preguntóle, mirándola sin pestañear, como quien examina una fisonomía de la cual el tiempo no ha dejado en su memoria sino perfiles confusos.

-una serpiente que estaba.... ¡Dios mío! ¡qué horrible monstruo!

-No se afane, señorita. A mi lado, ningún monstruo le hará mal.

-Gracias, caballero.

-¿Podría usted, señorita, decirme si vive en el pueblo D. Bonifacio Mantilla? Le preguntó el joven por salir de dudas.

 -¿Mi padre?

-¡Pepita! ¿ya no se acuerda usted de Jorge?

-¡Jorge! repuso ella, poniéndose al punto encendida como grana. Pasados unos momentos» palideció.

Ni uno ni otro tenían por qué conocerse, pues cuando Jorge partió para Bogotá, Pepita tendría á lo sumo unos ocho años.

Luego que hubo pasado su primera sorpresa, siguieron conversando familiarmente, en dirección al pueblo, con la jovial franqueza que junta dos corazones unidos por los recuerdos de la niñez y por las relaciones de la sangre.

Sorprendióse Pepita al saber que Jorge no se había hospedado en su casa y mayor fue su sorpresa cuando éste le suplicó que ocultase á su padre su llegada. Ella ignoraba del todo la historia de su familia.

Habiéndola dejado cerca del pueblo, él emprendió de nuevo su marcha para el río.

Si aquella naturaleza decía tantas cosas antes á su alma, ¿qué no sería después de haber brillado ante ella una luz resplandeciente? En las grandes ciudades el bullicio nos aturde: los ojos, llamados á puntos distintos, no pueden fijarse por largo espacio en la mujer que nos llama la atención con sus gracias; el corazón se evapora en la atmósfera cargada de fútiles vanidades. No así en la soledad, y menos en aquella que arrullan con sus cantares las selvas abruptas: cuando encontramos un ser digno del culto de nuestro corazón, su imagen se graba profundamente en el alma; en las bellezas de la escena se refleja esa visión; en los arrullos del bosque creemos escuchar su voz; en las auras perfumadas se respira su aliento.

Jorge continuó hacia el río pensando en su hermosa prima, á quien tantas veces había tenido en sus brazos, siendo niño, y cuya precoz belleza lo había deslumbrado. Hubiera dado con gusto cualquier cosa por que le fuese posible desligar en su mente al padre, de la hija; al tirano de su infancia, de su prima encantadora.

 

V

Retrocedamos algunos años para aclarar varios puntos de nuestra historia.

D. Bonifacio, ya dueño por sí y ante sí de los bienes del finado, vio que lo único que podía asegurárselos era mantener a sus dos tiernos pupilos sumidos en la ignorancia. Dedicólos, pues, á los oficios más bajos, y los trataba cruelmente, á palo y látigo. Hubiérase dicho que les procuraba una muerte lenta.

Antes del fallecimiento de su padre, aprendió Jorge á leer y algunos rudimentos de primeras letras. Hay nobles inteligencias que por sí mismas se buscan alguna luz, aun en medio de las más densas tinieblas; y él fue de este valeroso aunque reducido numero. Leía con entusiasmo, á hurtadillas, algunos libros que le daba el párroco, quien le profesaba un cariño paternal. Comprendió por sus lecturas que no pocos de los hombres de cuyas glorias se enorgullecen naciones adelantadas, tuvieron una infancia miserable y combatida por la adversidad. Tal noticia engendró en él una ambición generosa. Se pasaba horas enteras sentado á orillas del río, á la sombra de una ceiba, suspirando por la dicha que la gloria trae consigo. Recurrió al Cura, quien tuvo compasión del pobre niño, cuyos raros alcances admiraba. Le suplicó con lágrimas que le diera recursos para ir á Bogotá, y le prometió ser su hijo en actos de gratitud, y ser el amparo de su vejez, si le era Dios propicio. El buen sacerdote auxilió á Jorge para su viaje, sin que lo supiera D. Bonifacio, cuyos torcidos planes penetraba.

Jorge partió á media noche. No quiso Juan seguirle, prefiriendo irse Para el Chocó, "á buscar la vida," como le dijo á su hermano al despedirse.

El valeroso joven,-que tal calificativo se merece bien el que así se lanza en la espinosa vía de la ciencia, solo, sin un brazo que le empuje en sus horas de desaliento, sin una voz que le infunda confianza y ardor,- el valeroso joven hizo prodigios de perseverancia. Estudió con tezón; aprovechó con esmero; sufrió resignado las humillaciones que trae consigo una vida de afanes y privaciones; y coronó con brillo, por fin, su carrera. ¡Eso es luchar!

Por desgracia, el deseo de vengarse de su tío se apoderó de su corazón. Creía no vivir tranquilo mientras no lo redujera á una miseria absoluta; y si no le era posible esto, lo mataría como á un perro, como se mata un monstruo que hace mal al mundo. Con tan negras intenciones llegó al pueblo de su nacimiento.

Por entonces la República ardía en la hoguera de la guerra civil. Ya en el Norte habían corrido torrentes de sangre. El Cauca se levantó en auxilio de los vencidos en Santander. Juan se alistó en las filas de las fuerzas caucanas. En la época de esta historia, hacía ya algunos días que el Estado de Cundinamarca estaba invadido por fuerzas de la revolución.

 

VI

Pepita llegó a casa pensativa. Notólo D. Bonifacio; pero ella le refirió su encuentro con la serpiente, lo cual causó en él suma inquietud.

Esa tarde se volvieron á encontrar Pepita y Jorge en el mismo sitio. Ambos, sin saber por qué, habíanse dirigido otra vez á la vega. ¿Cómo, cuándo y por qué germinan en el alma esas vagas emociones, preludios de la pasión?....

Al verse, sin esperarlo quizás ninguno, se inmutaron ambos; pero á poco sus manos se estrechaban amigas, y conversaban con tanta familiaridad como antes. Apoyada Pepita en el brazo de su primo, se internaron poco á poco bajo aquellos inmensos pabellones formados por las copas colosales de los caracolíes, conversando cual lo hubiera hecho una hermana que viera, tras una ausencia larga, á su hermano mayor. Sin darse cuenta de ello, ya se tuteaban, como si hubiesen vuelto de súbito á aquellos tiempos de infantil inocencia en que los dos retozaban á la sombra de los árboles, sobre los mullidos céspedes de aquellas mismas riberas.

-¡Qué feo te parecerá todo esto, después de haber vivido en Bogotá! le dijo Pepita, entre tímida y risueña.

-No |, Pepita: lejos del suelo que vio nuestra cuna, se experimenta un vacío que nada puede llenar; uno se considera siempre como extranjero, y en los demás no ve sino gentes extrañas.

-Mas son tantas las cosas que cuentan de allá.... Dicen que todo es lujo, fiestas y placer.

-¿Y qué puede gozar en estas fiestas el que se siente en ellas aislado, sinun tierno afecto que se las haga amables?

Estas palabras sonaron dulces en los oídos de Pepita. Su alegría se pinté en su semblante.

Notólo Jorge con íntimo gozo. Ese celo delicado era para él un indicio elocuente.

-Estos montes, continuó él; estas flores, las brisas del río, la misma austeridad de estas breñas solitarias, tienen más encantos para mi pecho que aquellos salones con sus armonías, con su luz y sus aromas. Tal vez tú habrás soñado con los placeres de las ciudades, que vistas de lejos tanto alucinan; pero ojalá, Pepita, que nunca los saborees, porque sólo dejarían amargura en tu alma y hastío en tu corazón.

-Pero es que dicen.... Se detuvo sonrojada.

-¿Qué dicen?

-Nada.

-¿Cómo nada, si algo me ibas á decir?

-Sí, pero ahora no.

-¿Cuándo?

-Después.

-¿Aquí mismo?

Ella bajó los ojos y quedó pensativa. Carlos sintió temblar en el suyo el brazo de Pepita.

-¿Conque te gusta más esto que el coliseo?

Si al hacerle Pepita esta pregunta, le hubiera alzado á mirar, habría notado su emoción y su sorpresa. Esto nos recuerda la noche en que el joven viajero silbó un trozo de |Norma.

-Las almas gastadas, le dijo Jorge, nada tienen, nada, de semejante á la tuya: ellas carecen de la candidez que embellece tu frente, de la dulce inocencia que respiran tus palabras. Aquello fue apenas el loco delirio de un corazón solitario que buscaba un ideal que ya cree haber hallado, y que será de hoy más su solo tesoro, su único bien.

-No he comprendido eso, le dijo Pepita con candidez.

Arrepintióse Jorge de haberle hablado así. Fue que se vio sorprendido por la pregunta de ella, y la juzgó sabedora de ciertos devaneos.

-Explícame eso, continuó ella.

-¿Para qué? Son sandeces mías.

-¡Mírenlo qué curioso! La de las sandeces seré yo.

-Sí, es ciertamente muy bello todo esto, dijo Jorge, con la mira de desviar la conversación.

-¿Me creerás una cosa?

-¿Qué?

-Que antes no me lo parecía. ¿Será porque nadie me lo había dicho, ó porque era necesario que me lo dijeras tú, estando yo así contigo? ¿Por qué solo ahora percibo tanta belleza?

-Porque eso mismo me sucede á mí.

-¡Eh, repuso ella con marcada impaciencia. Ya vuelves con tu empeño de no hacerte comprender. Pero no tienes la culpa: es que yo soy ignorante, y tu Sabes mucho. ¡Qué hiciera yo para no ser así!

-¡Dios te guarde así, Pepita!

-¿Si, eh? ¿para reírte de mí á tu amaño?.... Dicen que las bogotanas saben mucho: debes, pues, despreciarme por mi ignorancia. Pero mira, Jorge; no es culpa mía, sino sólo de mi padre, que no quiso mandarme allá como á ti. Y como además son tan.... era eso lo que te iba á decir antes...

-¿como son tan lindas.

Jorge no hallaba qué responderle: sentíase abrumado por tanta inocencia. Al propio tiempo se embelesaba amando á aquella criatura tan candorosa y tan bella, con la casta belleza de los ángeles de Dios.

-Me voy, porque ya mi padre me estará esperando. ¿Cuándo vas? Jorge le hizo compañía, lo mismo que en la mañana, hasta bien cerca del pueblo. Ibale entre tanto refiriendo varias cosas de Bogotá, y ella le escuchaba atenta y sonriente. ¡Cuándo habían de pensar que alguien estuviese espiándolos y proyectando vengarse!

Jorge suplicó otra vez á Pepita que nada, absolutamente nada, dijese á D. Bonifacio acerca de su llegada; mas éste ya la sabía por boca de D. Julián.

  

VII

En una casucha de aspecto miserable, situada en la acera superior de la plaza, paseábase un hombre con inquietad. Sus raros ademanes semejaban los de un loco. Era casi media noche. Un huracán impetuoso, acompasado de nutrida lluvia, hacía crujir á intervalos el maderamen. Alambraba la pieza la luz soñolienta de una vela negra, enclavada en la juntura de dos adobes de un poyo. De súbito un relámpago colmó de luz el cuarto, y el estampido del trueno retumbó sordo.

-La noche me es propicia, se dijo el hombre. Sólo esta fuerte lluvia no me parece bien; mas como el verano ha sido tan largo y ardoroso, la paja debe de estar reseca.

Sacó luego de debajo de una estera un manojo hecho de cáñamo cubierto de cera negra; echóse al bolsillo una caja de fósforos; se calzó un par de enormes zapatones de suela; se echó encima un bayetón y se puso un sombrero de Jipijapa; ciñóse un puñal, y salió á toda prisa.

A poco rato llegó a una casita. Examinóla en contorno; y, convencido de que estaba todo en silencio, puso fuego al encerado, y luego á la casa, por las cuatro esquinas. Ocultóse después entre la maleza, y allí, en cuclillas, se puso en acecho.

Los habitantes de la casita se despertaron con el ruido del fuego, y salieron espantados. Era la posada de Jorge. Este, al oír el alboroto, temió un atentado, pues tenía para ello sus razones; tomó sus pistolas y salió también. Viendo su casa toda incendiada, las pobres gentes corrieron para una estancia vecina á pedir socorro. Jorge se mantuvo quieto en mitad del patiecito, sin saber á dónde irse ni qué partido tomar. Sentía honda compasión por aquellos infelices, á quienes alguna funesta casualidad iba a reducir de pronto á la mayor miseria dejándolos sin un techo que los defendiese de la intemperie, y acaso sin un andrajo que cubriese sus carnes.

El muchachito que tanto sirvió á Jorge, volvió á poco rato, gimiendo á gritos.

-¡Maldito sea el muchacho! se dijo el incendiario. Pero caiga también él, que poco se perderá.

Corría el niño como loco al rededor de la casa, exhalando agudos gritos. Tropezó de repente con un bulto, y dijo todo asustado:

-¿Quién está aquí?

-¡Silencio, patojo, ó te mato!

-¡Uno aquí!.... ¡uno aquí!.... ¡uno aq....

Y no pudo decir más, porque cayó, traspasado el corazón. Tan sólo tuvo aliento para decir: "¡Ay! ¡me mata....!" Jorge voló allí, con su pistola preparada. El asesino avanzó hacia él, con el puñal levantado, cuyos reflejos vio Jorge á la lumbre del incendio. Éste hizo fuego, y el bulto cayó; mas luego se levantó y abrió carrera hacia el pueblo.

No le era posible al joven comprender estos sucesos. "¿Quién puso fuego á la casa, y dio la muerte después á este inocente muchacho? ¿Habrá sido todo esto una trama urdida solamente contra mí?" Preguntábase así, sin dar con la respuesta.

De repente la techumbre se desplomó. La lluvia causaba, al apagar las llamas, un ruido siniestro. Embravecióse la tempestad; los relámpagos juntaban su lúgubre luz á la cárdena lumbre de la hoguera; el trueno retumbaba, y resonaban los ecos en el seno de aquellas montañas profundas.

Jorge se acercó al muchacho, quien estaba boca abajo. Pensando que acaso todavía pudiera prestarle ayuda, levantóle en los brazos, y lo aproximó á la luz: estaba ya muerto.

El herido tuvo fuerzas para llegar á su casa, y se recogió en su lecho; bien pronto le sobrevino un síncope mortal. Era D. Julián.

Jorge pensó que allí ya nada tenía que hacer. A tientas, y á las veces rodando, se encaminó como pudo para el pueblo. No atreviéndose a golpear en ninguna habitación, por lo avanzado de la hora, resolvió aguardar el día bajo el alar de una casa. Algo de funesto que presentía, no le permitió un momento de tranquilidad.

La tormenta amainó, y á poco rato apareció la aurora entre celajes de púrpura y oro, lujosa de luz. Viose entonces Jorge solo, sentado allí sobre un poyo, empapados sus vestidos y todo lleno de barro. Empezó bien pronto el ruido de las gentes que se levantaban, un hombre pasó por cerca, y le fijó la vista en la pechera de la camisa. Miróse él al punto, y notó manchas de sangre: entonces sintió temor, y pensó en salir huyendo; mas comprendió que esto seria agravar su situación. A pocos minutos y estaba rodeado de curiosos que observaban su camisa ensangrentada. Su situación se complicaba momento por momento.

-¡Aquí va la sangre! gritó alguno de los circunstantes, dirigiéndose a la puerta.

Entonces se oyeron gritos en el patio de la casa, y después una muchacha se asomó á la puerta diciendo que su amo había sido muerto.

¡Golpe de la fatalidad! Habíase acogido Jorge precisamente al alar de la casa de D. Julián!

El infeliz se aturdió. Movido por el instinto que nos impulsa á salvarnos en los peligros extremos, echó á correr; pero pronto lo aprehendieron y lo entregaron á la autoridad. Fue reducido á prisión.

 

VIII

En todo el pueblo no se hablaba luego sino del horrible acontecimiento. ¿Quién era ese joven? ¿De dónde había llegado? ¿Por qué habría muerto á D. Julián? Todos preguntaban, y nadie respondía. Las gentes, como sucede siempre en casos semejantes, se daban explicaciones por demás disparatadas. Era aquello un caos de absurdos y misterios.

Bien pronto se presentó en el pueblo una mujer dando agudos alaridos. Los curiosos fijaron en ella la atención. Cuando se supo que su casita había sido incendiada y asesinado su hijo por un perverso á quien ella había otorgado hospedaje, todos temblaron de horror; y más cuando ella mostró el puñal ensangrentado que había encontrado cerca del cadáver del niño.

La triste madre corrió á la cárcel, y al ver á Jorge, tiróle piedras y lo maldijo. El infeliz se ocultó tras el muro, abrumado de dolor.

¿Cómo defenderse? Las pruebas eran irrecusables. Cuando le hubieron quitado las pistolas, y hallaron que la una estaba descargada, no quedó dada alguna: parecía imposible que este perverso hubiese en una noche perpetrado tantos crímenes. Las madres no permitían que sus hijos se acercasen á la cárcel, por temor de que el horrendo monstruo los devorase.

Solamente una persona compadecía al infeliz en cuya frente pesaban tan tremendos cargos: era Pepita. Sabedora de los crímenes que se imputaban á Jorge, no podía convencerse de que fuese culpable. En nada se apoyaba su incredulidad; mas hubiera ella jurado que Jorge era inocente. La tierna niña pasaba gran parte del día llorando; pero á solas, donde nadie pudiera ver sus lágrimas, porque temía la indignación de su padre.

En esos días llegaron á G*** algunas tropas del Cauca. Sabedor el comandante, por D. Bonifacio, de los crímenes de Jorge, ordenó que fuera éste custodiado con rigor.

Jorge se creyó perdido. Ya ni un rayo de esperanza brillaba á sus ojos entre las densas tinieblas que le envolvían: sentíase víctima de un destino airado. No pensaba ya sino en el cadalso. Durante su sueño veía fantasmas, incendios y sangre: despertaba entonces sobresaltado, y poniéndose en pie, con los brazos extendidos, exclamaba: "¡Dios mío, soy inocente!" En el fondo de su corazón se entregaba en manos de la Providencia con la fe de un niño y con la efusión de un santo. Hacía mucho tiempo que sus labios no oraban, que no brillaba en su mente un pensamiento divino: el bullicio de la sociedad, los arranques del orgullo y el pérfido incentivo de los placeres, habían secado en su pecho la fuente de la plegaria. Mas al sentirse azotado por el infortunio, acogió en su mente con ardor y fe la idea de la Providencia. ¿Por qué el mortal sólo cuando padece se hace amigo de Dios? Y renegamos á veces cuando somos desgraciados, como si el dolor no fuera un llamamiento del cielo!

Nada lo angustiaba más que la idea de que Pepita le tuviera por un hipócrita que la había engañado. Morir sin verla, sin justificarse á sus ojos, execrado por ella; por ella, que en su pecho supo encender la llama de un amor inmaculado; inocente paloma; ángel en cuya alma sorprendió albergadas la inocencia y la pasión; mensajero de paz que casi logró extinguir su deseo de venganza, largo tiempo alimentado ... ¡Y morir odiado por ella, como un monstruo que sólo inspira horror!.... Eso era lo que arrancaba lágrimas á sus ojos y sollozos á su pecho.

Había entre los soldados uno que á veces se ocultaba de sus enmaradas, para llorar á solas sin avergonzarse. Cuando los otros hablaban de aquel bribón á quien pronto deberían fusilar, y en su charla mezclaban chistes y burlas, como lo hacen aquellos á quienes ya la muerte, por serles familiar, no inspira horror alguno, él permanecía taciturno y serio, y á veces fingía limpiarse el sudor de las mejillas, por enjugarse al descuido lágrimas silenciosas.

 

IX

El anciano párroco, á causa de hallarse enfermo, no había tenido noticia de lo ocurrido en esos días: sólo supo que había un preso en la cárcel, á quien pensaban arcabucear. Solícito el buen hombre por el bien de las almas, quiso visitar al reo, con la mira de hablarle de sus últimos deberes. No sin algún trabajo, obtuvo entrada á la cárcel, y no sin algunas bromas de la soldadesca pudo pasar por entre la guardia. Cerróse la puerta al punto tras el.

Jorge estaba á la sazón profundamente dormido sobre su lecho de paja. El anciano, por no estar todavía acostumbrado á las tinieblas del calabozo, no le vio desde luego. Con voz casi apagada le dijo al entrar:

-Salud, amigo. Nadie le respondió.

-Nada tema usted. No vengo á hacerle mal. Acaso logre más bien prestarle algunos consuelos. El silencio continuaba.

Fijó entonces el oído, y percibió en un rincón la respiración del preso, y comprendió que dormía. Se acercó á él, levantóle la cabeza, y le llamó suavemente.

-¡Me ahogo!.... ¡me ahogo!.... ¡Apaguen esas llamas!.... gritó Jorge, poniéndose en pie de un salto. ¿Por qué has muerto á ese niño? Incendiario, tú has venido á arruinar una familia infeliz, desamparada...

Ya cayó el miserable.... se ha levantado, y huye.

Jorge corría, y el anciano estaba mudo de espanto, viéndose á solas con un energúmeno.

Los soldados alzaban carcajadas estrepitosas; menos uno que lloraba, pudiendo acallar apenas los sollozos que lo ahogaban.

-¡Cómo me empapa la lluvia!.... ¡Insensato! á tus espaldas, sin saberlo tú, está agonizando ese hombre.... continuaba Jorge diciendo a gritos.

Luego se tranquilizó, y empezó á despertar bien. Cuando estuvo en el pleno uso de sus sentidos, fijó su mirada en el anciano, que permanecía de pie, como adherido á la tierra.

-¡Padre mío! ¡padre mío! exclamó el pobre joven, y postrándose a

-¿No me conoce, señor? Soy Jorge.

El cura retrocedió; y sin el apoyo de la pared, habría caído. Jorge dio un salto, y lo tomó en sus brazos.

Hubo entonces un rato de silencio. Oíase tan sólo el golpe de sus corazones.

Pasada la sorpresa, Jorge refirió al anciano todo lo que había ocurrido en aquella noche fatal. Este prometióle, en nombre de Dios, que sería salvado.

-Las pruebas son terribles, le dijo. Mas no desesperes, Jorge; que la Providencia nos protegerá. Díme: ¿por qué no viniste inmediatamente á casa?

-Porque usted ha ejercido siempre influencia irresistible sobre mi corazón. Yo, le confieso, traía intenciones negras: anhelaba por venganza; tenía sed de sangre, y temí que usted apagara mi encono. Ese hombre fue el verdugo infame de mi niñez; redújonos á mí hermano y á mí á la condición de esclavos, y como á tales nos trató por largo tiempo. Esta trama infernal, no lo dudo, es exclusiva obra suya. ¡Ah, señor! aunque veo la cuchilla de la muerte suspendida sobre mí, no he podido mitigar este odio que me devora, esta sed de venganza que me atormenta: quisiera despedazarlo, y luego morir.

-¡Silencio, insensato! gritóle el anciano con semblante severo. ¿Son estos los sentimientos de un corazón generoso? ¿Son ésos los que debe abrigar quien no sabe si dentro de pocas horas estará en la eternidad? Jorge,-continuó, asumiendo la ternura de una madre,-si me amas, si crees que me debes algo, júrame calmar tu enojo y olvidar los males que te haya hecho tu tío, por más graves que ellos sean. Jorge guardó silencio.

-¡Ah! si tú cometieras tamaño crimen, el hondo remordimiento de haber sido yo tal vez el autor de él, por haberte ayudado á ilustrar tu mente, me arrastraría con violencia por la senda de la tumba. Más valiera que hubieras quedado ciego, pero sencillo; ignorante, pero bueno. El joven permanecía silencioso.

-Hijo mío, prométemelo por tu Dios y por tu padre. Jorge cayó de rodillas, y ocultó el rostro en las manos.

-¡Sí, Dios mío, padre mío, le perdono! El cura lo levantó y lo estrechó en sus brazos.

-¿Lo juras?

-Lo juro.

-¿No sólo perdonarlo, sino hacerle todo bien?

-Hacerle todo bien, como un hijo amante, como un esclavo sumiso.

 

X

Don Bonifacio á sus solas estaba regocijado: todo marchaba á medida de sus inicuos deseos. Estaba el sumario muy adelantado, y el comandante activaba todo con rara energía. Algunas dádivas había costado al buen albacea tanta actividad de parte de los empleados; pero ¿qué eran unos reales en cambio de un capital? Filipo de Macedonia decía que toda plaza podía rendirse con tal que en ella lograra penetrar un asno cargado de oro.

El malvado hacía creer que, no obstante hallarse su vida amenazada, no podía dejar de sentir la muerte de su sobrino.

-¡Desgraciado viejo! decía á sus amigos: me estaba reservado este dolor para mis últimos días. Es muy amargo ver uno manchada su limpia sangre cuando ya tiene ambos pies hundidos en el sepulcro. Y que tenga este malvado que morir, como un cualquiera, en un cadalso infamante!.... Esto es lo que más me duele. ¡Ay! Dios mío, así castigas mis grandísimos pecados!

Al ver su rostro lloroso, todos le compadecían. Las lágrimas de Pepita no cesaban de correr. Casi no salía del templo, porque allí podía llorar al pie de la Dolorosa, tan simpática de suyo para las almas atribuladas. Hermosos cirios ardían, y lucían bellas flores en el altar de la Virgen, cuidadas y renovadas por la afligida muchacha. La ausencia embellecía á los ojos de su alma la imagen de Jorge, y el infortunio animaba la llama, naciente apenas, pero ya abrasadora, de su amor.

Cada vez que las gentes la veían pasar para el templo, se admiraban de verla tan triste y tan pálida, y algunos temían que estuviese enferma. Y tenían razón: una enfermedad minaba su delicado organismo; mas no de esas que el vulgo padece, no de esas que curan la ciencia ó los climas: era aquella enfermedad cuyos misterios sólo Dios conoce; dolor vago, pero agudo; ansiedad matadora, enfermedad sagrada.

El cura la vio pasar una tarde para el templo, y se fue en pos de ella. El sabía ya la simpatía de Pepita por Jorge, quien se lo había contado todo.

-Debemos salvar á Jorge, le dijo el cura al oído. Pepita se estremeció, y dejó caer al suelo un bellísimo ramo de azucenas que estaba poniendo al pie de la imagen de la virgen.

-¿Podremos? le preguntó, mirándolo tímida con ojos aguados.

-Si nos ayuda el Señor.... Y nos ayudará, hija mía, porque Jorge es inocente.

-Eso lo sabía yo.

-¿Quién te lo había dicho?

-Alguien.... aquí.... le repuso, poniéndose la mano sobre el corazón.

Sonrióse el anciano con esa sonrisa indulgente y generosa de quien sabe respetar los transportes de la juventud.

-No tengo esperanza ya sino en ti, pues tu padre se ha mostrado inflexible y testarudo. Así, cualquier cosa que haga, ha de ser sin que él la sepa.

Con efecto, tan pronto como el anciano hubo salido de la prisión, entró á la casa de D. Bonifacio con el fin de suplicarle que intercediera por Jorge.

-¡usted es un hipócrita! le gritó D. Bonifacio. No contento con haberme sonsacado á ese muchacho, y con haberlo mandado á perderse por allá, quiere ahora que me asesine, como hizo con mi compadre el difunto D. Julián, sin que siquiera se haya sabido los motivos que tuviera, usted ha entrado en convenios con él para que me mate, y poder luego los dos repartirse mis bienecitos, estas cuatro mechas que el Señor me dio.

-No se enfade, D. Bonifacio, le dijo el cura, poniéndole suavemente la mano sobre el hombro: no digo que yo no sea hipócrita, pero eso que usted afirma no es verdad.

-¿No fue usted quien me lo robó siendo niño? ¿No ha venido ese malvado á quitarme lo que tengo, y tal vez á asesinarme, sin respeto por mi sangre y por mis canas?

-No será tanto así. Lo que importa por ahora es que los dos lo salvemos; y luego verá usted que ha sido mal informado.

-¡ Que lo sal vemos! ¡Y me viene con esas! Primero consentiría en perder hasta mi nombre,

-Pero señor....

-Se acabó. Si me sigue hablando sobre este asunto, sabrá el viejo taimado cuánto vale mi brazo.

-Pues bien: yo lo salvaré. Comprendo cuál es el plan de estos acontecimientos, y diviso á usted haciendo el papel principal. No se haría impunemente la justicia de Dios. Jorge me lo ha dicho todo. D. Bonifacio se puso energúmeno, y el cura le volteó la espalda.

-¡Este hombre me va á perder! díjose cayendo sobre un poyo y pasándose la mano por la frente. Es preciso dar un paso decisivo. Asomóse á la ventana y corrió para la calle. Al primer soldado que encontró le dijo:

-¿No fue usted el que esta mañana le dio agua á mi caballo?

-No, señor; sería otro.

-Fue usted: yo le conozco, y le estoy agradecido. Al decirle esto, le tomó la mano, y le puso una moneda. Los ojos del agraciado chispearon de placer.

-Quiero, continuó D. Bonifacio, que me haga otro mandadito. Vamos, pues, á casa.

Fácil es de presumir que el soldado no se hizo de rogar. Ambos adentro, torció llave D. Bonifacio á la puerta de su cuarto.

Allí á solas, tuvieron un largo rato de conversación. Al salir el soldado, le dijo D. Bonifacio:

-Mañana la otra mitad. Veré qué tal se maneja. Dejamos á Pepita conversando con el cura. Después se fue para su casa. Al pasar por un portón, vio sentado en el umbral un soldado, que tenía apoyada la frente en ambas manos, y la mírala fija en el suelo.

-¡Pobre Jorge!.... y no hallar medio ninguno de salvarle.... dijo el soldado en voz baja; mas no tanto que Pepita no alcanzase á oírlo bien. Ella se detuvo al punto, y le dijo, también en voz baja:

-¿Habla usted de Jorge?

-No, mi señora; tal vez ha oído usted mal.

-Le he oído perfectamente; y habló usted de salvarle. El soldado palideció.

-Nada tema, señor. ¡Qué dichosa fuera yo si pudiéramos salvar á ese joven inocente!

-¿Es usted la hija de D. Bonifacio?

-Sí.

-Pepita, yo soy Juan.

Siguiéronse las preguntas y respuestas precipitadas que tienen siempre lugar en semejantes reconocimientos. Después de citarse para la casa del cura, se separaron, llevando cada uno un tesoro de esperanzas.

 

XI

Eran como las ocho de la noche. En la cárcel, que hacía veces de cuartel, estaban alborotados. Alrededor de una mesa improvisada en una ancha tabla sobre dos pares de adobes, había algunos soldados entre los cuales figuraba Juan como el jefe de la bulla. Habían tendido sobre la tabla una ruana, y Jugaban á los naipes. Aunaban todos de ver el súbito cambio de aquel cámarada que en esos días había estado dándola de hombre grave.

-Es chispa, decían unos.

-Algún triunfo amoroso, decían otros.

-¿Dónde encontraría la |guaca? Tiene dinero para dar y convidar

Con efecto, Juan sacaba puñado, de dinero; pero los perdía bien pronto.

-¿Qué será? le dijo al oído un soldado á otro que estaba de pie á su lado. Tiene rey, y no lo echó ahora que le convenía. No queda duda.

La  Noticia de que Juan estaba perdiendo mucho dinero, atrajo al grupo á todos los demás. Él una veces cantaba, otras reía con estrépito, otras estaba violento, pero haciendo siempre un ruido escandaloso. Cuando hubo notado que era numerosa la concurrencia, empezó a ganar, mas no con la rapidez con que había estado perdiendo

-Se le está espantando, decían algunos. ¡Lo que hace el susto!

Dos mujeres se presentaron con la cena para el preso.

-¿De dónde es? les preguntó el cabo de guardia.

-De casa de mi amo Nicasio.

-Nicasio.... Nicasio.... No conozco; pero ¡adentro!

El preso les dijo que no quería cenar.

-Pero sí la libertad que te traigo; le dijo Pepita al oído.

-¡Pepita! gritó Jorge, sin cuidarse de que pudieran oírlo

-¡Silencio! que te pierdes, le dijo Pepita, tapándole la boca con la mano.

El cabo, al oír el grito, se lanzó al calabozo; pero habiendo recordado que ese día, cuando entró el cura, también lo había recibido con estrepitosos gritos, salió riendo á carcajadas del infeliz maniático.

-Para que veas el peligro de que nos escapamos, imprudente.

-Y cómo querías, le repuso con voz mejor medida, que permaneciera mudo al verte así de repente, después de una ausencia tan dolorosa?

-No pierdas tiempo. Póntelo volando. Y le entregó un vestido de mujer. Cuando estuvo disfrazado, se preparaba para salir; mas notando que Pepita se quedaba,

-¿Qué piensas hacer? le preguntó.

-Vete pronto.

-¿Y no me sigues?

-Calla y vete.

-¡Cómo! ¿huir dejándote aquí? ¿salvarme quizás á costa de tu existencia?.... ¡Jamás!

-Vete, te digo. No corro ningún peligro. El cura y tu hermano

Juan son los autores de todo: mal pudieran ellos sacrificarme.

-¿Juan está aquí?

-Es soldado de los de la guardia. Vio Jorge en todo esto un plan providencial, y comprendió que debía por su parte obedecer.

Al separarse tomó las manos de Pepita y las acercó á sus labios, humedeciéndolas con sus lágrimas.

-¡Bendita seas, criatura angelical!

-Adiós, mi sargento, dijo el centinela, admirado de la estatura de una de las dos mujeres. La compañera de Jorge soltó una carcajada en celebración del chiste, y éste la imitó, fingiendo la voz.

Juan había perdido ya el dinero que le dio el cura, y no hallaba cómo entretener á sus camaradas.

-¡A dormir! gritó el cabo de guardia, que había sido el más ganancioso, y temía el desquite.

Juan estaba muy inquieto; pero se tranquilizó tan pronto como supo que le habían traído de cenar al preso.

-Mi cabo, lo convenido, le dijo al cabo de guardia el soldado que esa tarde había hablado con D. Bonifacio. A pocos momentos estaba de centinela.

El centinela saliente se reía á carcajadas contando el chiste con su sargento.

-Bobo, le dijo Juan, podiendo apenas reprimir su gozo; yo en tu lugar la habría cogido para recluta. ¿O le tuviste miedo?

-Alguito, porque me pareció que había crecido es pocos momentos. Pasaron algunas horas. Todo se hallaba en silencio. Todos dormían, excepto Juan y el centinela. Pepita, á quien tenían fatigada los insomnios de las noches pasadas y los afanes del día, sintióse vencida también por el sueño.

Cuando creyó el centinela llegada la hora propicia, se entró al calabozo. Juan sintió un gemido, y se lanzó también, arrastrado por un pensamiento siniestro.

El asesino estaba de espaldas contra la puerta. A la pálida luz del candil que pendía del techo del zaguán, Juan le vio el rostro lívido y los labios temblorosos: empuñaba en una mano la bayoneta teñida de sangre. Sin pensaren que era oído, murmuraba entre dientes:

-Esa voz.... No era él!

-¡Malvado! le dijo Juan, asiéndolo por el cuello con fuerza capaz de ahogarlo; has muerto á esa desgraciada! El soldado permanecía mudo de estupor.

Juan tomó el candil, entró y encontró á Pepita lívida y ensangrentada. La ira sucedió en su pecho al dolor y á la sorpresa: quiso inmolar al vil asesino allí mismo, al lado del cadáver de la generosa libertadora de su hermano; pero él había huido ya.

Bien pronto se hizo público este lamentable caso. D. Bonifacio quedó aterrado: su conciencia le decía que él había sacrificado á su hija: su amor paternal recobró nuevo ardor, y estalló en copiosos torrentes de lágrimas. Al ver á Pepita desfigurada y exánime, su razón se extravió, y en un acceso de delirio dijo cuanto había pasado: su pacto con D. Julián para asesinar á Jorge; sus negras maquinaciones para hacer recaer sobre éste el peso de la justicia, y el compromiso que el soldado contrajo con él de asesinarlo esa noche. Las gentes se indignaban al oír tales cosas. El comandante temió una asonada del pueblo, y dispuso que la tropa marchase inmediatamente. Juan quedó oculto en la casa del cura.

Pepita fue conducida á la casa. Don Bonifacio lloraba como un niño, y se arrancaba los cabellos, culpándose de todo á sí mismo. Si no hubiera sido por esa nube sagrada que todo gran dolor tiene en torno suyo, tal vez el pueblo lo habría acometido: ¡tanto fue el horror que les causó su relato!

El cura y Jorge estuvieron pronto al lado de Pepita, quien había vuelto de su desmayo: las enérgicas y eficaces aplicaciones que le administraron le habían hecho recobrar completamente el sentido. Al abrir los ojos, encontró los de Jorge, y sus mejillas, antes cubiertas de mortal palidez, se tiñeron al punto de un ligero sonrosado, cual si se hubiese extendido sobre su rostro una tela de púrpura. Volvió luego á cerrar los ojos, y al través de sus pestañas brotaron dos gruesas lágrimas. Jorge cayó de rodillas al pie del lecho, y alzando al cielo una mirada profunda, murmuro en voz baja una plegaria.

Pepita á pocos momentos se sintió restablecida y con fuerzas suficientes para hablar con entereza. Examinada la herida, resultó no ser mortal.

D. Bonifacio, al ver á Jorge, postróse á sus pies, y le pidió perdón entre sollozos y lágrimas. Éste encontró la mirada amonestadora del cura se acordó de su promesa, y levantó á D. Bonifacio y le echó al cuello los brazos; pero él permanecía mudo, con la boca entreabierta y los ojos fijos: estaba loco.

Días después el cura, Jorge, Juan y Pepita rodeaban el lecho en que agonizaba D. Bonifacio. Algunos momentos antes de expirar, recobró la razón.

-Jorge, Juan, perdonadme por amor de Dios! les dijo con voz trémula

-Esté usted tranquilo: ya lo hemos perdonado, respondióle Jorge, estrechándole las manos.

-Haz feliz á Pepita; hazle tanto bien como mal te he hecho yo.... Hijos míos, recibid mi bendición.

Los dos jóvenes amantes se pusieron de rodillas, y recibieron la bendición del anciano.

-Ahora, señor cura, perdóneme usted en nombre de Dios. Estas palabras fueron apenas inteligibles.

Pronunció el sacerdote en alto la absolución, y su voz era ahogada por el estertor de la agonía. El moribundo expiró. Cerróle Pepita piadosamente los ojos; y luego, apoyando la frente sobre el pecho de Jorge, lloró por largo rato su dolor y su. orfandad. Así una paloma, al caer el árbol en cuyas ramas había armado sunido, se acoge al follaje de otro, no sin gemir desde allí por su antigua morada.

Pasado que hubo el tiempo del duelo, el sacerdote bendijo el amor de los dos jóvenes. Han sido dichosos, tan dichosos cuanto pueden y merecen serlo los que se aman con un amor nacido en el infortunio, fortificado por heroicos sacrificios y alimentado por la gratitud.

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