UN ALBACEA
I
AG***, pequeña población de Cundinamarca, situada en la orilla
oriental del Magdalena, se acercaba una tarde, en 1860, un joven
que llegaba de Bogotá. Su caballo daba muestras de no seguir
adelante, pues estaba muy cansado y, sobre todo, sumamente flaco.
Iba solo el joven: un enorme sombrero de Jipijapa, con el ala
delantera un tanto gacha, le defendía el rostro de los rayos
oblicuos del sol, que en aquellos momentos descendía ardoroso.
Observemos á nuestro viajero. Su barba, abundante y negra, era
dividida en dos por el soplo de las brisas; sus mejillas estaban
algo quemadas por los soles de tres días de fatigoso camino; era
agradable su fisonomía, pero lo más notable de ella eran unos ojos
negros y chispeantes, por demás habladores y llenos de pasión. El
que tiene esa señal, nada equívoca, de un alma soñadora, es digno
de lástima, porque ¿cuál mayor tormento que llevar á todas horas
dentro de esta frágil máquina que llamamos el cuerpo un volcán en
continua actividad?.... ¡Pobre Pepita! con razón su alma inocente
se encendió en breves momentos.
Llegó el joven á una casita situada cerca del pueblo. Los dueños
de casa se negaron á darle posada; pero fueron tan tenaces las
instancias de un muchacho, hijo de éstos, que por fin consintieron
en que se desmontara. Si el futuro fuera visible, no hubiera tomado
tanto empeño. El viajero estaba admirado. "¿Por qué me
manifiesta tanto afecto este niño?" se decía en sus
adentros. Estaba, con efecto, por demás atencioso: le ayudó á
desensillar, le dio agua luego al caballo y lo colocó en buen
pasto.
La noche cubrió la tierra. Jorge, que tal era el nombre del
apuesto joven, se apoyó de codos en una barandita, y se puso á
silbar un trozo de la
|Norma. ¿Pensaba en alguna hermosa,
vista por primera vez en el coliseo? Tal vez sí: su fisonomía, como
ya dijimos, revelaba ser dueño de un alma apasionada. El que
después de un día de penosa fatiga, en vez de recogerse á
descansar, se pone á enviar al aire melancólicas notas, tiene algo
en el corazón.
Al fin se tendió en un poyo no muy simpático para sus espaldas,
y se durmió profundamente.
El comedido muchacho, que lo estaba espiando, luego que lo vio
dormido, se dirigió al paraje donde estaba la montura. Tan fina
amabilidad con el recién llegado, no carecía de motivo: fue que al
notar que traía las alforjas llenas, concibió proyectos de
piratería. Abriólas con mucho tiento, y encontró.... en la una un
par de pistolas, y en la otra un paquete de cartuchos.
Afortunadamente no sacó las pistolas, pues tal vez se hubiera
herido: eran
|de
|pelo, como llaman á las muy
delicadas. Que lo diga el finado D. Julián....
Los dueños de casa se mostraban huraños con su huésped, porque
lo juzgaban un rufián aventurero, visto lo raquítico de su
cabalgadura; pero habiendo hablado Jorge, por una distracción, de
su tío Bonifacio, sus hoscos semblantes se tornaron de súbito
risueños.
II
Cábese que en toda población pequeña reinan siempre ciertos amos
llamados caciques: sus mandatos son leyes, y sus menores caprichos
son acatados con veneración. Tal vez en ninguno de los pueblos que
tienen la desgracia de ser dominados por tales reyezuelos, ha
habido un amo más imperioso que en el pobre lugarejo en que pasó
nuestra historia. Ese señor feudal era D. Bonifacio Mantilla, quien
á veces dividía el cetro con su compadre D. Julián, leguleyo
versado como pocos en los secretos de la triquiñuela.
La historia de D. Bonifacio merece que le consagremos algunas
líneas.
Era natural de Buga. Allí, desde pequeño, se dio á la
agricultura; y como fue infatigable en el trabajo, y además tenía á
su lado á su hermano menor Antonio, no menos activo que él, en
pocos años se hicieron dueños de un buen capital. Por unos
garrotazos dados á un sirviente, fueron ambos sumariados. Temerosos
de las consecuencias, se retiraron al pronto del suelo natal, no
sin algunas pérdidas considerables; y habiendo pasado el río
Magdalena, se establecieron en G*** Allí en breve restauraron lo
perdido, y acrecieron el antiguo capital. Uno y otro resolvieron
casarse, hecho lo cual, se dividieron su haber, y tocaron á cada
uno cosa de treinta mil pesos, suma que haría reír de lástima á un
acaudalado
|yankee; pero que entre nosotros es una
fortuna.
La esposa de D. Bonifacio fue una desgraciada mártir, pues las
economías de su consorte eran excesivas. Baste decir que se recogía
en su lecho aun no cerrada la noche, por temor de gastar
lumbre.
Pasaron tres años. La desgraciada mujer cada día estaba más
flaca, lo que atribuía D. Bonifacio al mal clima, sin que por eso
las gentes dejasen de decirse por lo bajo: "¡Infeliz
mujer! ¡cómo se muere de hambre!" Por fin la muerte tuvo
de ella compasión, -si es que alguna vez la muerte se compadece de
sus víctimas,- y al dar á luz el único fruto de su matrimonio,
cortó la trama de su penosa existencia.
La niñita, á quien dieron el nombre de Julia, nombre que más
tarde cambiaron en Pepita, por la mucha semejanza que tenia con su
madre, fue criada por D. Bonifacio, hagámosle justicia, con ternura
y con esmero- ¡Quién lo creyera! El tacaño D. Bonifacio procuró á
su hija una rara educación, más rara si se atiende al estado
intelectual de aquel atrasado pueblo.
No mucho tiempo después de la muerte de la madre de Pepita,
murió también D. Antonio, dejando dos pequeñuelos, Jorge y Juan, el
primero de cinco años, y el segundo de unos tres. Nombró de
albaceas á su esposa y á D. Bonifacio. Hubo pronto entre los dos
reñidas disputas; mas á poco tiempo D. Bonifacio quedó en pacífica
posesión del albaceazgo por muerte casi repentina de su insurgente
competidora, sobre lo cual los vecinos no dejaron de tener algunas
malas sospechas. Aquel fue un día de regocijo para el buen señor
encerróse en su cuarto para dar rienda suelta á sus transportes de
jubilo, y verificó allí á solas evoluciones gimnásticas por cierto
portentosas, atendido el volumen de su respetable abdomen.
Fácil es de presumir que desde luego su capital ascendió á
considerable número de miles; mas no por eso dejó de ser un
cicatero de los de marca. Nunca pagaba en dinero los jornales de
los peones, fundándose en que lo empleaban en borracheras
escandalosas, con deterioro de su salud y con quebranto de la ley
de Dios: tenía una tenducha compuesta de mantas, lienzos de la
tierra, pañuelos
|rabo de gallo y sombreros de palma, todo lo
cual le servía para pagar los jornales, poniendo á los infelices
arrendatarios tales mercaderías á precios exagerados, sin dejar de
acariciarlos con palabras de esta estofa: "Esto por ser
para ti; pero te advierto que no lo digas á nadie."
Era su vida metódica en sumo grado: no fumaba, porque á su
juicio era pecado mortal convertir en humo inútil su sudor y su
trabajo. Su compadre D. Julián era su único comensal; quien, dicho
sea de paso, amaba la casa de su compadre, más que por él, por
Pepita. Habíase ésta desarrollado precozmente, y era la chica más
bella en muchas leguas á la redonda.
Sólo un sentimiento noble animaba el empedernido pecho de D.
Bonifacio, -un afecto entrañable por su hija: amábala con
ternura.
III
Una tarde, la misma en que Jorge llegó al pueblo, estaban los
dos compadres sentados en un banquito fijo en el corredor que daba
frente á la plaza.
D. Julián le dijo á D. Bonifacio alguna cosa en voz baja. Éste
palideció, y murmuró entre dientes:
-Eso, compadre, me costaría la vida.
-No es para tanto, compadre. Supóngase que llegue el doctorcito.
Careciendo de pruebas, ¿qué puede sacar de todas sus leyes?
-¿Y el testamento?
-No nos faltará manera de apoderarnos de él.
-i0h! si usted, compadre, me sacara de este enredo, yo le daría
lo que me pidiera.
-Si usted me promete darme lo que le pida, yo le ofrezco
desplegar todas mis habilidades, usted sabe muy bien que aunque no
soy abogado, ninguno me echa la pata, y donde pongo la mano, pleito
concluido.
-Compadre, le dijo D. Bonifacio, tomándole las manos con cariño,
le daré lo que me pida.
-¿Hasta lo que ama más sobre la tierra?
-Hasta la salvación de mi alma.
-Pues bien: si me da á Pepita por esposa, le juro por Dios y el
diablo....
D. Bonifacio calló. Era padre, y no podía sacrificar la ventura
de su idolatrada hija.
-Lo pensaremos, compadre, le dijo después de un rato de
silencio.
-¡Qué pensar ni qué alforja! Si León me dijo que el doctor debía
Alegar esta tarde; y hablé con él, y le aseguró que lo mandaría á
usted preso para Bogotá.
-¡La Virgen Santísima me favorezca! dijo D. Bonifacio
despavorido.
-Y que también se llevará á Pepita, atada á la cola de su
caballo.
-Favorézcame, compadre; y que ella sea su esposa.
-Bien: le juro que triunfaremos.
Pepita se presentó á la sazón en la plaza. Venía de corretear en
la vega, lo cual hacía casi todas las tardes. El ejercicio le había
sonrosado las mejillas, de ordinario algo pálidas. Estaba por demás
encantadora: un sombrerito de caña le cubría la cabeza; los
cabellos destrenzados le velaban parte del pecho; sus ojos grandes
y azules, vistos á alguna distancia parecían negros, haciendo un
bello contraste con su rubia cabellera. Así sonrosada, resaltaba su
color blanco-perla. Y como traía el pañolón caído sobre la falda,
dejaba ver su talle flexible y esbelto. Bañábale el sol el rostro,
rodeándolo de una auréola de luz de oro pálido.
D. Julián la miraba enajenado. Al notarlo Pepita, se ruborizó y
dejó caer una rosa que traía en la boca.
Cuando hubo llegado, se arrodilló á los pies de D. Bonifacio, y
poniendo los codos sobre las rodillas de éste, le pasaba los dedos
por entre la barba.
-¿Está bravito mi viejo? le dijo con voz colmada de dulzura. D.
Bonifacio suspiró.
-Yo también, continuó Pepita, fingiendo una gravedad que sus
ojos desmentían. ¿El que se ponga más serio?
Sonrióse el viejo, y la dulce niña soltó una carcajada.
-¡Te gané! ¡te gané! gritó palmeteando.
Entróse luego corriendo, tan ágil como una ardilla.
IV
Dejamos a Jorge en su posada, ya muy agasajado por sus
huéspedes, merced al descubrimiento de sus lazos de familia con D.
Bonifacio. A las once de la mañana sintióse abrumado por el calor,
y resolvió darse un baño. Bajando la falda que cae al Magdalena,
iba recordando los amargos días de su infancia, y cómo se consolaba
de su dura esclavitud recorriendo las orillas de aquel majestuoso
río, enriquecido por los encantos de una naturaleza virgen.
De súbito vio correr hacia él una señorita, la cual, tropezando
con una piedra, cayó de bruces. Jorge voló en el momento á
prestarle su ayuda.
-¿Qué ha sucedido á usted? señorita, preguntóle, mirándola sin
pestañear, como quien examina una fisonomía de la cual el tiempo no
ha dejado en su memoria sino perfiles confusos.
-una serpiente que estaba.... ¡Dios mío! ¡qué horrible
monstruo!
-No se afane, señorita. A mi lado, ningún monstruo le hará
mal.
-Gracias, caballero.
-¿Podría usted, señorita, decirme si vive en el pueblo D.
Bonifacio Mantilla? Le preguntó el joven por salir de dudas.
-¿Mi padre?
-¡Pepita! ¿ya no se acuerda usted de Jorge?
-¡Jorge! repuso ella, poniéndose al punto encendida como grana.
Pasados unos momentos» palideció.
Ni uno ni otro tenían por qué conocerse, pues cuando Jorge
partió para Bogotá, Pepita tendría á lo sumo unos ocho años.
Luego que hubo pasado su primera sorpresa, siguieron conversando
familiarmente, en dirección al pueblo, con la jovial franqueza que
junta dos corazones unidos por los recuerdos de la niñez y por las
relaciones de la sangre.
Sorprendióse Pepita al saber que Jorge no se había hospedado en
su casa y mayor fue su sorpresa cuando éste le suplicó que ocultase
á su padre su llegada. Ella ignoraba del todo la historia de su
familia.
Habiéndola dejado cerca del pueblo, él emprendió de nuevo su
marcha para el río.
Si aquella naturaleza decía tantas cosas antes á su alma, ¿qué
no sería después de haber brillado ante ella una luz
resplandeciente? En las grandes ciudades el bullicio nos aturde:
los ojos, llamados á puntos distintos, no pueden fijarse por largo
espacio en la mujer que nos llama la atención con sus gracias; el
corazón se evapora en la atmósfera cargada de fútiles vanidades. No
así en la soledad, y menos en aquella que arrullan con sus cantares
las selvas abruptas: cuando encontramos un ser digno del culto de
nuestro corazón, su imagen se graba profundamente en el alma; en
las bellezas de la escena se refleja esa visión; en los arrullos
del bosque creemos escuchar su voz; en las auras perfumadas se
respira su aliento.
Jorge continuó hacia el río pensando en su hermosa prima, á
quien tantas veces había tenido en sus brazos, siendo niño, y cuya
precoz belleza lo había deslumbrado. Hubiera dado con gusto
cualquier cosa por que le fuese posible desligar en su mente al
padre, de la hija; al tirano de su infancia, de su prima
encantadora.
V
Retrocedamos algunos años para aclarar varios puntos de nuestra
historia.
D. Bonifacio, ya dueño por sí y ante sí de los bienes del
finado, vio que lo único que podía asegurárselos era mantener a sus
dos tiernos pupilos sumidos en la ignorancia. Dedicólos, pues, á
los oficios más bajos, y los trataba cruelmente, á palo y látigo.
Hubiérase dicho que les procuraba una muerte lenta.
Antes del fallecimiento de su padre, aprendió Jorge á leer y
algunos rudimentos de primeras letras. Hay nobles inteligencias que
por sí mismas se buscan alguna luz, aun en medio de las más densas
tinieblas; y él fue de este valeroso aunque reducido numero. Leía
con entusiasmo, á hurtadillas, algunos libros que le daba el
párroco, quien le profesaba un cariño paternal. Comprendió por sus
lecturas que no pocos de los hombres de cuyas glorias se
enorgullecen naciones adelantadas, tuvieron una infancia miserable
y combatida por la adversidad. Tal noticia engendró en él una
ambición generosa. Se pasaba horas enteras sentado á orillas del
río, á la sombra de una ceiba, suspirando por la dicha que la
gloria trae consigo. Recurrió al Cura, quien tuvo compasión del
pobre niño, cuyos raros alcances admiraba. Le suplicó con lágrimas
que le diera recursos para ir á Bogotá, y le prometió ser su hijo
en actos de gratitud, y ser el amparo de su vejez, si le era Dios
propicio. El buen sacerdote auxilió á Jorge para su viaje, sin que
lo supiera D. Bonifacio, cuyos torcidos planes penetraba.
Jorge partió á media noche. No quiso Juan seguirle, prefiriendo
irse Para el Chocó, "á buscar la vida," como le
dijo á su hermano al despedirse.
El valeroso joven,-que tal calificativo se merece bien el que
así se lanza en la espinosa vía de la ciencia, solo, sin un brazo
que le empuje en sus horas de desaliento, sin una voz que le
infunda confianza y ardor,- el valeroso joven hizo prodigios de
perseverancia. Estudió con tezón; aprovechó con esmero; sufrió
resignado las humillaciones que trae consigo una vida de afanes y
privaciones; y coronó con brillo, por fin, su carrera. ¡Eso es
luchar!
Por desgracia, el deseo de vengarse de su tío se apoderó de su
corazón. Creía no vivir tranquilo mientras no lo redujera á una
miseria absoluta; y si no le era posible esto, lo mataría como á un
perro, como se mata un monstruo que hace mal al mundo. Con tan
negras intenciones llegó al pueblo de su nacimiento.
Por entonces la República ardía en la hoguera de la guerra
civil. Ya en el Norte habían corrido torrentes de sangre. El Cauca
se levantó en auxilio de los vencidos en Santander. Juan se alistó
en las filas de las fuerzas caucanas. En la época de esta historia,
hacía ya algunos días que el Estado de Cundinamarca estaba invadido
por fuerzas de la revolución.
VI
Pepita llegó a casa pensativa. Notólo D. Bonifacio; pero ella le
refirió su encuentro con la serpiente, lo cual causó en él suma
inquietud.
Esa tarde se volvieron á encontrar Pepita y Jorge en el mismo
sitio. Ambos, sin saber por qué, habíanse dirigido otra vez á la
vega. ¿Cómo, cuándo y por qué germinan en el alma esas vagas
emociones, preludios de la pasión?....
Al verse, sin esperarlo quizás ninguno, se inmutaron ambos; pero
á poco sus manos se estrechaban amigas, y conversaban con tanta
familiaridad como antes. Apoyada Pepita en el brazo de su primo, se
internaron poco á poco bajo aquellos inmensos pabellones formados
por las copas colosales de los caracolíes, conversando cual lo
hubiera hecho una hermana que viera, tras una ausencia larga, á su
hermano mayor. Sin darse cuenta de ello, ya se tuteaban, como si
hubiesen vuelto de súbito á aquellos tiempos de infantil inocencia
en que los dos retozaban á la sombra de los árboles, sobre los
mullidos céspedes de aquellas mismas riberas.
-¡Qué feo te parecerá todo esto, después de haber vivido en
Bogotá! le dijo Pepita, entre tímida y risueña.
-No
|, Pepita: lejos del suelo que vio nuestra cuna, se
experimenta un vacío que nada puede llenar; uno se considera
siempre como extranjero, y en los demás no ve sino gentes
extrañas.
-Mas son tantas las cosas que cuentan de allá.... Dicen que todo
es lujo, fiestas y placer.
-¿Y qué puede gozar en estas fiestas el que se siente en ellas
aislado, sinun tierno afecto que se las haga amables?
Estas palabras sonaron dulces en los oídos de Pepita. Su alegría
se pinté en su semblante.
Notólo Jorge con íntimo gozo. Ese celo delicado era para él un
indicio elocuente.
-Estos montes, continuó él; estas flores, las brisas del río, la
misma austeridad de estas breñas solitarias, tienen más encantos
para mi pecho que aquellos salones con sus armonías, con su luz y
sus aromas. Tal vez tú habrás soñado con los placeres de las
ciudades, que vistas de lejos tanto alucinan; pero ojalá, Pepita,
que nunca los saborees, porque sólo dejarían amargura en tu alma y
hastío en tu corazón.
-Pero es que dicen.... Se detuvo sonrojada.
-¿Qué dicen?
-Nada.
-¿Cómo nada, si algo me ibas á decir?
-Sí, pero ahora no.
-¿Cuándo?
-Después.
-¿Aquí mismo?
Ella bajó los ojos y quedó pensativa. Carlos sintió temblar en
el suyo el brazo de Pepita.
-¿Conque te gusta más esto que el coliseo?
Si al hacerle Pepita esta pregunta, le hubiera alzado á mirar,
habría notado su emoción y su sorpresa. Esto nos recuerda la noche
en que el joven viajero silbó un trozo de
|Norma.
-Las almas gastadas, le dijo Jorge, nada tienen, nada, de
semejante á la tuya: ellas carecen de la candidez que embellece tu
frente, de la dulce inocencia que respiran tus palabras. Aquello
fue apenas el loco delirio de un corazón solitario que buscaba un
ideal que ya cree haber hallado, y que será de hoy más su solo
tesoro, su único bien.
-No he comprendido eso, le dijo Pepita con candidez.
Arrepintióse Jorge de haberle hablado así. Fue que se vio
sorprendido por la pregunta de ella, y la juzgó sabedora de ciertos
devaneos.
-Explícame eso, continuó ella.
-¿Para qué? Son sandeces mías.
-¡Mírenlo qué curioso! La de las sandeces seré yo.
-Sí, es ciertamente muy bello todo esto, dijo Jorge, con la mira
de desviar la conversación.
-¿Me creerás una cosa?
-¿Qué?
-Que antes no me lo parecía. ¿Será porque nadie me lo había
dicho, ó porque era necesario que me lo dijeras tú, estando yo así
contigo? ¿Por qué solo ahora percibo tanta belleza?
-Porque eso mismo me sucede á mí.
-¡Eh, repuso ella con marcada impaciencia. Ya vuelves con tu
empeño de no hacerte comprender. Pero no tienes la culpa: es que yo
soy ignorante, y tu Sabes mucho. ¡Qué hiciera yo para no ser
así!
-¡Dios te guarde así, Pepita!
-¿Si, eh? ¿para reírte de mí á tu amaño?.... Dicen que las
bogotanas saben mucho: debes, pues, despreciarme por mi ignorancia.
Pero mira, Jorge; no es culpa mía, sino sólo de mi padre, que no
quiso mandarme allá como á ti. Y como además son tan.... era eso lo
que te iba á decir antes...
-¿como son tan lindas.
Jorge no hallaba qué responderle: sentíase abrumado por tanta
inocencia. Al propio tiempo se embelesaba amando á aquella criatura
tan candorosa y tan bella, con la casta belleza de los ángeles de
Dios.
-Me voy, porque ya mi padre me estará esperando. ¿Cuándo vas?
Jorge le hizo compañía, lo mismo que en la mañana, hasta bien cerca
del pueblo. Ibale entre tanto refiriendo varias cosas de Bogotá, y
ella le escuchaba atenta y sonriente. ¡Cuándo habían de pensar que
alguien estuviese espiándolos y proyectando vengarse!
Jorge suplicó otra vez á Pepita que nada, absolutamente nada,
dijese á D. Bonifacio acerca de su llegada; mas éste ya la sabía
por boca de D. Julián.
VII
En una casucha de aspecto miserable, situada en la acera
superior de la plaza, paseábase un hombre con inquietad. Sus raros
ademanes semejaban los de un loco. Era casi media noche. Un huracán
impetuoso, acompasado de nutrida lluvia, hacía crujir á intervalos
el maderamen. Alambraba la pieza la luz soñolienta de una vela
negra, enclavada en la juntura de dos adobes de un poyo. De súbito
un relámpago colmó de luz el cuarto, y el estampido del trueno
retumbó sordo.
-La noche me es propicia, se dijo el hombre. Sólo esta fuerte
lluvia no me parece bien; mas como el verano ha sido tan largo y
ardoroso, la paja debe de estar reseca.
Sacó luego de debajo de una estera un manojo hecho de cáñamo
cubierto de cera negra; echóse al bolsillo una caja de fósforos; se
calzó un par de enormes zapatones de suela; se echó encima un
bayetón y se puso un sombrero de Jipijapa; ciñóse un puñal, y salió
á toda prisa.
A poco rato llegó a una casita. Examinóla en contorno; y,
convencido de que estaba todo en silencio, puso fuego al encerado,
y luego á la casa, por las cuatro esquinas. Ocultóse después entre
la maleza, y allí, en cuclillas, se puso en acecho.
Los habitantes de la casita se despertaron con el ruido del
fuego, y salieron espantados. Era la posada de Jorge. Este, al oír
el alboroto, temió un atentado, pues tenía para ello sus razones;
tomó sus pistolas y salió también. Viendo su casa toda incendiada,
las pobres gentes corrieron para una estancia vecina á pedir
socorro. Jorge se mantuvo quieto en mitad del patiecito, sin saber
á dónde irse ni qué partido tomar. Sentía honda compasión por
aquellos infelices, á quienes alguna funesta casualidad iba a
reducir de pronto á la mayor miseria dejándolos sin un techo que
los defendiese de la intemperie, y acaso sin un andrajo que
cubriese sus carnes.
El muchachito que tanto sirvió á Jorge, volvió á poco rato,
gimiendo á gritos.
-¡Maldito sea el muchacho! se dijo el incendiario. Pero caiga
también él, que poco se perderá.
Corría el niño como loco al rededor de la casa, exhalando agudos
gritos. Tropezó de repente con un bulto, y dijo todo asustado:
-¿Quién está aquí?
-¡Silencio, patojo, ó te mato!
-¡Uno aquí!.... ¡uno aquí!.... ¡uno aq....
Y no pudo decir más, porque cayó, traspasado el corazón. Tan
sólo tuvo aliento para decir: "¡Ay! ¡me
mata....!" Jorge voló allí, con su pistola preparada. El
asesino avanzó hacia él, con el puñal levantado, cuyos reflejos vio
Jorge á la lumbre del incendio. Éste hizo fuego, y el bulto cayó;
mas luego se levantó y abrió carrera hacia el pueblo.
No le era posible al joven comprender estos sucesos.
"¿Quién puso fuego á la casa, y dio la muerte después á
este inocente muchacho? ¿Habrá sido todo esto una trama urdida
solamente contra mí?" Preguntábase así, sin dar con la
respuesta.
De repente la techumbre se desplomó. La lluvia causaba, al
apagar las llamas, un ruido siniestro. Embravecióse la tempestad;
los relámpagos juntaban su lúgubre luz á la cárdena lumbre de la
hoguera; el trueno retumbaba, y resonaban los ecos en el seno de
aquellas montañas profundas.
Jorge se acercó al muchacho, quien estaba boca abajo. Pensando
que acaso todavía pudiera prestarle ayuda, levantóle en los brazos,
y lo aproximó á la luz: estaba ya muerto.
El herido tuvo fuerzas para llegar á su casa, y se recogió en su
lecho; bien pronto le sobrevino un síncope mortal. Era D.
Julián.
Jorge pensó que allí ya nada tenía que hacer. A tientas, y á las
veces rodando, se encaminó como pudo para el pueblo. No
atreviéndose a golpear en ninguna habitación, por lo avanzado de la
hora, resolvió aguardar el día bajo el alar de una casa. Algo de
funesto que presentía, no le permitió un momento de
tranquilidad.
La tormenta amainó, y á poco rato apareció la aurora entre
celajes de púrpura y oro, lujosa de luz. Viose entonces Jorge solo,
sentado allí sobre un poyo, empapados sus vestidos y todo lleno de
barro. Empezó bien pronto el ruido de las gentes que se levantaban,
un hombre pasó por cerca, y le fijó la vista en la pechera de la
camisa. Miróse él al punto, y notó manchas de sangre: entonces
sintió temor, y pensó en salir huyendo; mas comprendió que esto
seria agravar su situación. A pocos minutos y estaba rodeado de
curiosos que observaban su camisa ensangrentada. Su situación se
complicaba momento por momento.
-¡Aquí va la sangre! gritó alguno de los circunstantes,
dirigiéndose a la puerta.
Entonces se oyeron gritos en el patio de la casa, y después una
muchacha se asomó á la puerta diciendo que su amo había sido
muerto.
¡Golpe de la fatalidad! Habíase acogido Jorge precisamente al
alar de la casa de D. Julián!
El infeliz se aturdió. Movido por el instinto que nos impulsa á
salvarnos en los peligros extremos, echó á correr; pero pronto lo
aprehendieron y lo entregaron á la autoridad. Fue reducido á
prisión.
VIII
En todo el pueblo no se hablaba luego sino del horrible
acontecimiento. ¿Quién era ese joven? ¿De dónde había llegado? ¿Por
qué habría muerto á D. Julián? Todos preguntaban, y nadie
respondía. Las gentes, como sucede siempre en casos semejantes, se
daban explicaciones por demás disparatadas. Era aquello un caos de
absurdos y misterios.
Bien pronto se presentó en el pueblo una mujer dando agudos
alaridos. Los curiosos fijaron en ella la atención. Cuando se supo
que su casita había sido incendiada y asesinado su hijo por un
perverso á quien ella había otorgado hospedaje, todos temblaron de
horror; y más cuando ella mostró el puñal ensangrentado que había
encontrado cerca del cadáver del niño.
La triste madre corrió á la cárcel, y al ver á Jorge, tiróle
piedras y lo maldijo. El infeliz se ocultó tras el muro, abrumado
de dolor.
¿Cómo defenderse? Las pruebas eran irrecusables. Cuando le
hubieron quitado las pistolas, y hallaron que la una estaba
descargada, no quedó dada alguna: parecía imposible que este
perverso hubiese en una noche perpetrado tantos crímenes. Las
madres no permitían que sus hijos se acercasen á la cárcel, por
temor de que el horrendo monstruo los devorase.
Solamente una persona compadecía al infeliz en cuya frente
pesaban tan tremendos cargos: era Pepita. Sabedora de los crímenes
que se imputaban á Jorge, no podía convencerse de que fuese
culpable. En nada se apoyaba su incredulidad; mas hubiera ella
jurado que Jorge era inocente. La tierna niña pasaba gran parte del
día llorando; pero á solas, donde nadie pudiera ver sus lágrimas,
porque temía la indignación de su padre.
En esos días llegaron á G*** algunas tropas del Cauca. Sabedor
el comandante, por D. Bonifacio, de los crímenes de Jorge, ordenó
que fuera éste custodiado con rigor.
Jorge se creyó perdido. Ya ni un rayo de esperanza brillaba á
sus ojos entre las densas tinieblas que le envolvían: sentíase
víctima de un destino airado. No pensaba ya sino en el cadalso.
Durante su sueño veía fantasmas, incendios y sangre: despertaba
entonces sobresaltado, y poniéndose en pie, con los brazos
extendidos, exclamaba: "¡Dios mío, soy inocente!"
En el fondo de su corazón se entregaba en manos de la Providencia
con la fe de un niño y con la efusión de un santo. Hacía mucho
tiempo que sus labios no oraban, que no brillaba en su mente un
pensamiento divino: el bullicio de la sociedad, los arranques del
orgullo y el pérfido incentivo de los placeres, habían secado en su
pecho la fuente de la plegaria. Mas al sentirse azotado por el
infortunio, acogió en su mente con ardor y fe la idea de la
Providencia. ¿Por qué el mortal sólo cuando padece se hace amigo de
Dios? Y renegamos á veces cuando somos desgraciados, como si el
dolor no fuera un llamamiento del cielo!
Nada lo angustiaba más que la idea de que Pepita le tuviera por
un hipócrita que la había engañado. Morir sin verla, sin
justificarse á sus ojos, execrado por ella; por ella, que en su
pecho supo encender la llama de un amor inmaculado; inocente
paloma; ángel en cuya alma sorprendió albergadas la inocencia y la
pasión; mensajero de paz que casi logró extinguir su deseo de
venganza, largo tiempo alimentado ... ¡Y morir odiado por ella,
como un monstruo que sólo inspira horror!.... Eso era lo que
arrancaba lágrimas á sus ojos y sollozos á su pecho.
Había entre los soldados uno que á veces se ocultaba de sus
enmaradas, para llorar á solas sin avergonzarse. Cuando los otros
hablaban de aquel bribón á quien pronto deberían fusilar, y en su
charla mezclaban chistes y burlas, como lo hacen aquellos á quienes
ya la muerte, por serles familiar, no inspira horror alguno, él
permanecía taciturno y serio, y á veces fingía limpiarse el sudor
de las mejillas, por enjugarse al descuido lágrimas
silenciosas.
IX
El anciano párroco, á causa de hallarse enfermo, no había tenido
noticia de lo ocurrido en esos días: sólo supo que había un preso
en la cárcel, á quien pensaban arcabucear. Solícito el buen hombre
por el bien de las almas, quiso visitar al reo, con la mira de
hablarle de sus últimos deberes. No sin algún trabajo, obtuvo
entrada á la cárcel, y no sin algunas bromas de la soldadesca pudo
pasar por entre la guardia. Cerróse la puerta al punto tras el.
Jorge estaba á la sazón profundamente dormido sobre su lecho de
paja. El anciano, por no estar todavía acostumbrado á las tinieblas
del calabozo, no le vio desde luego. Con voz casi apagada le dijo
al entrar:
-Salud, amigo. Nadie le respondió.
-Nada tema usted. No vengo á hacerle mal. Acaso logre más bien
prestarle algunos consuelos. El silencio continuaba.
Fijó entonces el oído, y percibió en un rincón la respiración
del preso, y comprendió que dormía. Se acercó á él, levantóle la
cabeza, y le llamó suavemente.
-¡Me ahogo!.... ¡me ahogo!.... ¡Apaguen esas llamas!.... gritó
Jorge, poniéndose en pie de un salto. ¿Por qué has muerto á ese
niño? Incendiario, tú has venido á arruinar una familia infeliz,
desamparada...
Ya cayó el miserable.... se ha levantado, y huye.
Jorge corría, y el anciano estaba mudo de espanto, viéndose á
solas con un energúmeno.
Los soldados alzaban carcajadas estrepitosas; menos uno que
lloraba, pudiendo acallar apenas los sollozos que lo ahogaban.
-¡Cómo me empapa la lluvia!.... ¡Insensato! á tus espaldas, sin
saberlo tú, está agonizando ese hombre.... continuaba Jorge
diciendo a gritos.
Luego se tranquilizó, y empezó á despertar bien. Cuando estuvo
en el pleno uso de sus sentidos, fijó su mirada en el anciano, que
permanecía de pie, como adherido á la tierra.
-¡Padre mío! ¡padre mío! exclamó el pobre joven, y postrándose
a
-¿No me conoce, señor? Soy Jorge.
El cura retrocedió; y sin el apoyo de la pared, habría caído.
Jorge dio un salto, y lo tomó en sus brazos.
Hubo entonces un rato de silencio. Oíase tan sólo el golpe de
sus corazones.
Pasada la sorpresa, Jorge refirió al anciano todo lo que había
ocurrido en aquella noche fatal. Este prometióle, en nombre de
Dios, que sería salvado.
-Las pruebas son terribles, le dijo. Mas no desesperes, Jorge;
que la Providencia nos protegerá. Díme: ¿por qué no viniste
inmediatamente á casa?
-Porque usted ha ejercido siempre influencia irresistible sobre
mi corazón. Yo, le confieso, traía intenciones negras: anhelaba por
venganza; tenía sed de sangre, y temí que usted apagara mi encono.
Ese hombre fue el verdugo infame de mi niñez; redújonos á mí
hermano y á mí á la condición de esclavos, y como á tales nos trató
por largo tiempo. Esta trama infernal, no lo dudo, es exclusiva
obra suya. ¡Ah, señor! aunque veo la cuchilla de la muerte
suspendida sobre mí, no he podido mitigar este odio que me devora,
esta sed de venganza que me atormenta: quisiera despedazarlo, y
luego morir.
-¡Silencio, insensato! gritóle el anciano con semblante severo.
¿Son estos los sentimientos de un corazón generoso? ¿Son ésos los
que debe abrigar quien no sabe si dentro de pocas horas estará en
la eternidad? Jorge,-continuó, asumiendo la ternura de una
madre,-si me amas, si crees que me debes algo, júrame calmar tu
enojo y olvidar los males que te haya hecho tu tío, por más graves
que ellos sean. Jorge guardó silencio.
-¡Ah! si tú cometieras tamaño crimen, el hondo remordimiento de
haber sido yo tal vez el autor de él, por haberte ayudado á
ilustrar tu mente, me arrastraría con violencia por la senda de la
tumba. Más valiera que hubieras quedado ciego, pero sencillo;
ignorante, pero bueno. El joven permanecía silencioso.
-Hijo mío, prométemelo por tu Dios y por tu padre. Jorge cayó de
rodillas, y ocultó el rostro en las manos.
-¡Sí, Dios mío, padre mío, le perdono! El cura lo levantó y lo
estrechó en sus brazos.
-¿Lo juras?
-Lo juro.
-¿No sólo perdonarlo, sino hacerle todo bien?
-Hacerle todo bien, como un hijo amante, como un esclavo
sumiso.
X
Don Bonifacio á sus solas estaba regocijado: todo marchaba á
medida de sus inicuos deseos. Estaba el sumario muy adelantado, y
el comandante activaba todo con rara energía. Algunas dádivas había
costado al buen albacea tanta actividad de parte de los empleados;
pero ¿qué eran unos reales en cambio de un capital? Filipo de
Macedonia decía que toda plaza podía rendirse con tal que en ella
lograra penetrar un asno cargado de oro.
El malvado hacía creer que, no obstante hallarse su vida
amenazada, no podía dejar de sentir la muerte de su sobrino.
-¡Desgraciado viejo! decía á sus amigos: me estaba reservado
este dolor para mis últimos días. Es muy amargo ver uno manchada su
limpia sangre cuando ya tiene ambos pies hundidos en el sepulcro. Y
que tenga este malvado que morir, como un cualquiera, en un cadalso
infamante!.... Esto es lo que más me duele. ¡Ay! Dios mío, así
castigas mis grandísimos pecados!
Al ver su rostro lloroso, todos le compadecían. Las lágrimas de
Pepita no cesaban de correr. Casi no salía del templo, porque allí
podía llorar al pie de la Dolorosa, tan simpática de suyo para las
almas atribuladas. Hermosos cirios ardían, y lucían bellas flores
en el altar de la Virgen, cuidadas y renovadas por la afligida
muchacha. La ausencia embellecía á los ojos de su alma la imagen de
Jorge, y el infortunio animaba la llama, naciente apenas, pero ya
abrasadora, de su amor.
Cada vez que las gentes la veían pasar para el templo, se
admiraban de verla tan triste y tan pálida, y algunos temían que
estuviese enferma. Y tenían razón: una enfermedad minaba su
delicado organismo; mas no de esas que el vulgo padece, no de esas
que curan la ciencia ó los climas: era aquella enfermedad cuyos
misterios sólo Dios conoce; dolor vago, pero agudo; ansiedad
matadora, enfermedad sagrada.
El cura la vio pasar una tarde para el templo, y se fue en pos
de ella. El sabía ya la simpatía de Pepita por Jorge, quien se lo
había contado todo.
-Debemos salvar á Jorge, le dijo el cura al oído. Pepita se
estremeció, y dejó caer al suelo un bellísimo ramo de azucenas que
estaba poniendo al pie de la imagen de la virgen.
-¿Podremos? le preguntó, mirándolo tímida con ojos aguados.
-Si nos ayuda el Señor.... Y nos ayudará, hija mía, porque Jorge
es inocente.
-Eso lo sabía yo.
-¿Quién te lo había dicho?
-Alguien.... aquí.... le repuso, poniéndose la mano sobre el
corazón.
Sonrióse el anciano con esa sonrisa indulgente y generosa de
quien sabe respetar los transportes de la juventud.
-No tengo esperanza ya sino en ti, pues tu padre se ha mostrado
inflexible y testarudo. Así, cualquier cosa que haga, ha de ser sin
que él la sepa.
Con efecto, tan pronto como el anciano hubo salido de la
prisión, entró á la casa de D. Bonifacio con el fin de suplicarle
que intercediera por Jorge.
-¡usted es un hipócrita! le gritó D. Bonifacio. No contento con
haberme sonsacado á ese muchacho, y con haberlo mandado á perderse
por allá, quiere ahora que me asesine, como hizo con mi compadre el
difunto D. Julián, sin que siquiera se haya sabido los motivos que
tuviera, usted ha entrado en convenios con él para que me mate, y
poder luego los dos repartirse mis bienecitos, estas cuatro mechas
que el Señor me dio.
-No se enfade, D. Bonifacio, le dijo el cura, poniéndole
suavemente la mano sobre el hombro: no digo que yo no sea
hipócrita, pero eso que usted afirma no es verdad.
-¿No fue usted quien me lo robó siendo niño? ¿No ha venido ese
malvado á quitarme lo que tengo, y tal vez á asesinarme, sin
respeto por mi sangre y por mis canas?
-No será tanto así. Lo que importa por ahora es que los dos lo
salvemos; y luego verá usted que ha sido mal informado.
-¡ Que lo sal vemos! ¡Y me viene con esas! Primero consentiría
en perder hasta mi nombre,
-Pero señor....
-Se acabó. Si me sigue hablando sobre este asunto, sabrá el
viejo taimado cuánto vale mi brazo.
-Pues bien: yo lo salvaré. Comprendo cuál es el plan de estos
acontecimientos, y diviso á usted haciendo el papel principal. No
se haría impunemente la justicia de Dios. Jorge me lo ha dicho
todo. D. Bonifacio se puso energúmeno, y el cura le volteó la
espalda.
-¡Este hombre me va á perder! díjose cayendo sobre un poyo y
pasándose la mano por la frente. Es preciso dar un paso decisivo.
Asomóse á la ventana y corrió para la calle. Al primer soldado que
encontró le dijo:
-¿No fue usted el que esta mañana le dio agua á mi caballo?
-No, señor; sería otro.
-Fue usted: yo le conozco, y le estoy agradecido. Al decirle
esto, le tomó la mano, y le puso una moneda. Los ojos del agraciado
chispearon de placer.
-Quiero, continuó D. Bonifacio, que me haga otro mandadito.
Vamos, pues, á casa.
Fácil es de presumir que el soldado no se hizo de rogar. Ambos
adentro, torció llave D. Bonifacio á la puerta de su cuarto.
Allí á solas, tuvieron un largo rato de conversación. Al salir
el soldado, le dijo D. Bonifacio:
-Mañana la otra mitad. Veré qué tal se maneja. Dejamos á Pepita
conversando con el cura. Después se fue para su casa. Al pasar por
un portón, vio sentado en el umbral un soldado, que tenía apoyada
la frente en ambas manos, y la mírala fija en el suelo.
-¡Pobre Jorge!.... y no hallar medio ninguno de salvarle....
dijo el soldado en voz baja; mas no tanto que Pepita no alcanzase á
oírlo bien. Ella se detuvo al punto, y le dijo, también en voz
baja:
-¿Habla usted de Jorge?
-No, mi señora; tal vez ha oído usted mal.
-Le he oído perfectamente; y habló usted de salvarle. El soldado
palideció.
-Nada tema, señor. ¡Qué dichosa fuera yo si pudiéramos salvar á
ese joven inocente!
-¿Es usted la hija de D. Bonifacio?
-Sí.
-Pepita, yo soy Juan.
Siguiéronse las preguntas y respuestas precipitadas que tienen
siempre lugar en semejantes reconocimientos. Después de citarse
para la casa del cura, se separaron, llevando cada uno un tesoro de
esperanzas.
XI
Eran como las ocho de la noche. En la cárcel, que hacía veces de
cuartel, estaban alborotados. Alrededor de una mesa improvisada en
una ancha tabla sobre dos pares de adobes, había algunos soldados
entre los cuales figuraba Juan como el jefe de la bulla. Habían
tendido sobre la tabla una ruana, y Jugaban á los naipes. Aunaban
todos de ver el súbito cambio de aquel cámarada que en esos días
había estado dándola de hombre grave.
-Es chispa, decían unos.
-Algún triunfo amoroso, decían otros.
-¿Dónde encontraría la
|guaca? Tiene dinero para dar y
convidar
Con efecto, Juan sacaba puñado, de dinero; pero los perdía bien
pronto.
-¿Qué será? le dijo al oído un soldado á otro que estaba de pie
á su lado. Tiene rey, y no lo echó ahora que le convenía. No queda
duda.
La Noticia de que Juan estaba perdiendo mucho dinero, atrajo al
grupo á todos los demás. Él una veces cantaba, otras reía con
estrépito, otras estaba violento, pero haciendo siempre un ruido
escandaloso. Cuando hubo notado que era numerosa la concurrencia,
empezó a ganar, mas no con la rapidez con que había estado
perdiendo
-Se le está espantando, decían algunos. ¡Lo que hace el
susto!
Dos mujeres se presentaron con la cena para el preso.
-¿De dónde es? les preguntó el cabo de guardia.
-De casa de mi amo Nicasio.
-Nicasio.... Nicasio.... No conozco; pero ¡adentro!
El preso les dijo que no quería cenar.
-Pero sí la libertad que te traigo; le dijo Pepita al oído.
-¡Pepita! gritó Jorge, sin cuidarse de que pudieran oírlo
-¡Silencio! que te pierdes, le dijo Pepita, tapándole la boca
con la mano.
El cabo, al oír el grito, se lanzó al calabozo; pero habiendo
recordado que ese día, cuando entró el cura, también lo había
recibido con estrepitosos gritos, salió riendo á carcajadas del
infeliz maniático.
-Para que veas el peligro de que nos escapamos, imprudente.
-Y cómo querías, le repuso con voz mejor medida, que
permaneciera mudo al verte así de repente, después de una ausencia
tan dolorosa?
-No pierdas tiempo. Póntelo volando. Y le entregó un vestido de
mujer. Cuando estuvo disfrazado, se preparaba para salir; mas
notando que Pepita se quedaba,
-¿Qué piensas hacer? le preguntó.
-Vete pronto.
-¿Y no me sigues?
-Calla y vete.
-¡Cómo! ¿huir dejándote aquí? ¿salvarme quizás á costa de tu
existencia?.... ¡Jamás!
-Vete, te digo. No corro ningún peligro. El cura y tu
hermano
Juan son los autores de todo: mal pudieran ellos
sacrificarme.
-¿Juan está aquí?
-Es soldado de los de la guardia. Vio Jorge en todo esto un plan
providencial, y comprendió que debía por su parte obedecer.
Al separarse tomó las manos de Pepita y las acercó á sus labios,
humedeciéndolas con sus lágrimas.
-¡Bendita seas, criatura angelical!
-Adiós, mi sargento, dijo el centinela, admirado de la estatura
de una de las dos mujeres. La compañera de Jorge soltó una
carcajada en celebración del chiste, y éste la imitó, fingiendo la
voz.
Juan había perdido ya el dinero que le dio el cura, y no hallaba
cómo entretener á sus camaradas.
-¡A dormir! gritó el cabo de guardia, que había sido el más
ganancioso, y temía el desquite.
Juan estaba muy inquieto; pero se tranquilizó tan pronto como
supo que le habían traído de cenar al preso.
-Mi cabo, lo convenido, le dijo al cabo de guardia el soldado
que esa tarde había hablado con D. Bonifacio. A pocos momentos
estaba de centinela.
El centinela saliente se reía á carcajadas contando el chiste
con su sargento.
-Bobo, le dijo Juan, podiendo apenas reprimir su gozo; yo en tu
lugar la habría cogido para recluta. ¿O le tuviste miedo?
-Alguito, porque me pareció que había crecido es pocos momentos.
Pasaron algunas horas. Todo se hallaba en silencio. Todos dormían,
excepto Juan y el centinela. Pepita, á quien tenían fatigada los
insomnios de las noches pasadas y los afanes del día, sintióse
vencida también por el sueño.
Cuando creyó el centinela llegada la hora propicia, se entró al
calabozo. Juan sintió un gemido, y se lanzó también, arrastrado por
un pensamiento siniestro.
El asesino estaba de espaldas contra la puerta. A la pálida luz
del candil que pendía del techo del zaguán, Juan le vio el rostro
lívido y los labios temblorosos: empuñaba en una mano la bayoneta
teñida de sangre. Sin pensaren que era oído, murmuraba entre
dientes:
-Esa voz.... No era él!
-¡Malvado! le dijo Juan, asiéndolo por el cuello con fuerza
capaz de ahogarlo; has muerto á esa desgraciada! El soldado
permanecía mudo de estupor.
Juan tomó el candil, entró y encontró á Pepita lívida y
ensangrentada. La ira sucedió en su pecho al dolor y á la sorpresa:
quiso inmolar al vil asesino allí mismo, al lado del cadáver de la
generosa libertadora de su hermano; pero él había huido ya.
Bien pronto se hizo público este lamentable caso. D. Bonifacio
quedó aterrado: su conciencia le decía que él había sacrificado á
su hija: su amor paternal recobró nuevo ardor, y estalló en
copiosos torrentes de lágrimas. Al ver á Pepita desfigurada y
exánime, su razón se extravió, y en un acceso de delirio dijo
cuanto había pasado: su pacto con D. Julián para asesinar á Jorge;
sus negras maquinaciones para hacer recaer sobre éste el peso de la
justicia, y el compromiso que el soldado contrajo con él de
asesinarlo esa noche. Las gentes se indignaban al oír tales cosas.
El comandante temió una asonada del pueblo, y dispuso que la tropa
marchase inmediatamente. Juan quedó oculto en la casa del cura.
Pepita fue conducida á la casa. Don Bonifacio lloraba como un
niño, y se arrancaba los cabellos, culpándose de todo á sí mismo.
Si no hubiera sido por esa nube sagrada que todo gran dolor tiene
en torno suyo, tal vez el pueblo lo habría acometido: ¡tanto fue el
horror que les causó su relato!
El cura y Jorge estuvieron pronto al lado de Pepita, quien había
vuelto de su desmayo: las enérgicas y eficaces aplicaciones que le
administraron le habían hecho recobrar completamente el sentido. Al
abrir los ojos, encontró los de Jorge, y sus mejillas, antes
cubiertas de mortal palidez, se tiñeron al punto de un ligero
sonrosado, cual si se hubiese extendido sobre su rostro una tela de
púrpura. Volvió luego á cerrar los ojos, y al través de sus
pestañas brotaron dos gruesas lágrimas. Jorge cayó de rodillas al
pie del lecho, y alzando al cielo una mirada profunda, murmuro en
voz baja una plegaria.
Pepita á pocos momentos se sintió restablecida y con fuerzas
suficientes para hablar con entereza. Examinada la herida, resultó
no ser mortal.
D. Bonifacio, al ver á Jorge, postróse á sus pies, y le pidió
perdón entre sollozos y lágrimas. Éste encontró la mirada
amonestadora del cura se acordó de su promesa, y levantó á D.
Bonifacio y le echó al cuello los brazos; pero él permanecía mudo,
con la boca entreabierta y los ojos fijos: estaba loco.
Días después el cura, Jorge, Juan y Pepita rodeaban el lecho en
que agonizaba D. Bonifacio. Algunos momentos antes de expirar,
recobró la razón.
-Jorge, Juan, perdonadme por amor de Dios! les dijo con voz
trémula
-Esté usted tranquilo: ya lo hemos perdonado, respondióle Jorge,
estrechándole las manos.
-Haz feliz á Pepita; hazle tanto bien como mal te he hecho
yo.... Hijos míos, recibid mi bendición.
Los dos jóvenes amantes se pusieron de rodillas, y recibieron la
bendición del anciano.
-Ahora, señor cura, perdóneme usted en nombre de Dios. Estas
palabras fueron apenas inteligibles.
Pronunció el sacerdote en alto la absolución, y su voz era
ahogada por el estertor de la agonía. El moribundo expiró. Cerróle
Pepita piadosamente los ojos; y luego, apoyando la frente sobre el
pecho de Jorge, lloró por largo rato su dolor y su. orfandad. Así
una paloma, al caer el árbol en cuyas ramas había armado sunido, se
acoge al follaje de otro, no sin gemir desde allí por su antigua
morada.
Pasado que hubo el tiempo del duelo, el sacerdote bendijo el
amor de los dos jóvenes. Han sido dichosos, tan dichosos cuanto
pueden y merecen serlo los que se aman con un amor nacido en el
infortunio, fortificado por heroicos sacrificios y alimentado por
la gratitud.