INDICE




UN MANUSCRITO

 

I

A orillas del L*** había, hace algunos años, una casa magnífica, situada allí como para completar la belleza de aquel paisaje el mas risueño y pintoresco que en mi vida he visto. Detrás de la casa se elevaba un alto cerro cuya cumbre, coronada de árboles, se proyectaba en el cielo, y sobre el cual aparecía por las mañanas el sol, altivo como un monarca en triunfo, risueño como una virgen en los días de sus amores y limpio como una gota de rocío. Siguiendo del patio hacia el occidente, por entre dos hileras de hermosos rosales, se llegaba al río, en cuyas aguas descendían allí formando pequeñas cascadas á lo largo de un piso de roca entrecortado á trechos, y luego se detenían en un remanso circular sombreado de arrayanes hojosos. Al sur había un bosque, al cual acudían todas las mañanas parejas de |guacharacas á saludar al sol con sus gritos monótonos y ruidosos, y tal cual turpial, cuyo dulce canto contrastaba con los roncos graznidos de aquéllas.

En esa casa vivía una dichosa familia. En ella todo era contento, paz y placer. Las horas se deslizaban suavemente, tranquilas como las brisas que juegan en un jardín. Hubiérase dicho que en aquel hogar el tiempo á su paso derramaba flores. El padre de familia, llamado D. Carlos, era un venerable anciano: serio y afable á la vez, era, como los patriarcas, un santuario de amable gravedad. Toda vez que se iba á visitar sus campos, estrechaba en su pecho con ternura á su esposa, y daba á sus hijos un beso en la frente. Estos alborotaban la casa de continuo con su trisca y gritería. Eran tres: Julio, Emilio y Arturo. Su ocupación en los días festivos consistía en recorrer las orillas del río, pescando con anzuelos sardinas color de plata; y cuando ya tenían un acopio regular, se lanzaban al agua á jugar en los remansos como buenos nadadores. La siguiente escena ha quedado grabada hondamente en mi memoria. Un día, después de la pesca, estaban los tres chicuelos listos para dar principio á sus juegos de costumbre. Emilio fue el primero en lanzarse al agua. No sé por qué accidente se fue al fondo. Los otros dos se llenaron de estupor cuando, después de esperar largo rato, vieron que no parecía. Corrió Arturo á dar aviso; y Julio lanzóse al río, y tras una lucha tenaz y arriesgada, en que estuvo al canto de perecer, logró sacar á Emilio, quien no daba ya señal alguna de vida. Hacía largo rato que estaba sentado sobre una piedra, junto al cadáver, llorando á gritos, cuando llegó la madre jadeante y lívida, en compañía de Arturo, quien temblaba como azogado. Ella al punto se arrojó sobre Emilio; lo levantó y le puso la mano en el corazón. Cuando se hubo convencido de la horrible realidad, alzó al cielo una mirada llena de lágrimas: su corazón y su alma se asomaron á sus ojos, su alma para gemir, su corazón para orar. Después juntó sus labios á los de Emilio, y estrechándolo luego contra su seno, así permaneció por largo rato. Fuese obra del calor materno, ese calor que siempre da vida; fuese que hubiese Dios oído la súplica de la pobre madre, Emilio dio un suspiro. AI oírlo, la señora se estremeció de placer y so puso á sacudirle y á soplarle sin descanso, hasta que el chico abrió los ojos y exhaló un débil grito. Entonces hubo grande alboroto; los otros chicos gritaban, palmoteaban y reían con un regocijo loco.

-Yo lo saqué, dijo bailando Julio.

-Yo llamó á mamá; y ella fue la que lo resucitó, le respondió Arturo.

-No, mi hijito, le dijo ella: quien lo resucitó fue la Virgen, para que aprendamos á  amarla.

-Entonces, dijo Arturo, todos los días recogeré flores en el jardín para embellecer su altar.

Entre tanto Emilio iba acabando de recobrar el sentido, y su amorosa madre se lo comía á besos, y lo estrechaba contra su corazón, como para preservarlo de las garras de la muerte, que tan de cerca le había pasado.

Alegres todos y bendiciendo á Dios, se encaminaron para la casa, donde por todo aquel día no se habló de otra cosa que de la aventura de Emilio, á quien todos prodigaron caricias y regalos. D. Carlos llegó por la noche, y cuando tuvo noticia de lo ocurrido, reprendió severamente á los chicos por atolondrados, y les prohibió volver al río sin su aquiescencia.

Sinsabores y afanes de la infancia, ¡cuan dulces y leves sois comparados con los afanes y sinsabores de la juventud! Juegos y halagos de la, niñez, en nada os parecéis á las borrascas que más tarde combaten, el alma, y á las falsas sonrisas que en la edad de los engaños prodigamos y líos prodigan. Como las brisas de una tarde calmada acarician blandamente la rama en que el mirlo gime recordando su amor infortunado, las memorias de mi infancia vienen en horas de vagos ensueños á acariciar mi mente dolorida. Aliméntate, alma mía, con las memorias, gratas siempre, de tu hogar, y gime sobre el árbol que vestiste con las flores de tus ilusiones, y que el vicio y el dolor deshojaron despiadados.

Si Emilio hubiera muerto ese día, siquiera su cadáver hubiera sido depositado entre los huesos de sus mayores; y hoy, cuando el huérfano, abrumado de dolor, va á postrarse sobre el túmulo que guarda las cenizas de sus padres, al escuchar los gemidos de las brisas en los sauces, creería que aquella lira, tan joven y tan tierna, modulaba todavía las blandas armonías inspiradas por su genio. Cuando tiendo mi vista á mi pasado, la vergüenza me oprime el corazón y agolpa á mis ojos lágrimas inútiles ya, porque no podrán borrar mis errores y mis faltas, ni calmar benignas mi agudo dolor.

 

II

Pasaron algunos años. Julio había cumplido diez y seis, Emilio doce y Arturo frisaba con los once. D. Carlos vio llegado el tiempo oportuno de procurar á sus hijos una educación lo más acabada que posible le fuera, en lo cual tenía intención de invertir su crecido capital. Pensaba tenerlos algunos años estudiando en Bogotá, y luego enviarlos a Europa á coronar su carrera. Una noche los reunió en su cuarto, y les dijo:

-Vosotros me habéis visto, á pesar de mis años y mis achaques, trabajar sin descanso, ¿no es verdad?

-Sí, señor.

-Pues bien: si yo viviera solo en el mundo, hubiera procurado, va para largos años, gozar tranquilamente de mi holgado capital. ¿A qué someterme á tareas penosas y á privaciones ajenas de mi posición, cual lo hiciera un codicioso que se desviviera por amontonar riquezas sin objeto racional, como si ellas lo hubieran de acompañar y servir más allá del sepulcro? Vosotros veis que soy rico, y á pesar de esto trabajo, y seguiré trabajando mientras resistan mis fuerzas. Estas fatigas son, hijos míos, por vosotros tan sólo. Mas no debéis pensar que mis deseos se reduzcan y | hacer de vosotros unos hacendados; mi anhelo es formaros hombres de elevada posición social y miembros útiles de vuestra patria. Ya pasó para vosotros la edad de los juegos, esa edad en que se vive tan sólo para el presente: es preciso que penséis ya con seriedad en el porvenir; que tendáis en cuenta la necesidad en que estáis de cultivar vuestra inteligencia. Si se hubiera siempre de vivir en la infancia, y si la sombra paterna no hubiera de huir jamás, la vida sería una fiesta, sería un sueño delicioso. Pero llega, hijos míos, una época en la existencia, por desgracia la más larga, en que á las ilusiones sucede la realidad; y si con tiempo el hombre no ha cultivado su inteligencia y formado su corazón, de súbito se encuentra rodeado de tinieblas que, velando los abismos de que está sembrado el mundo, hacen que en ellos se precipite cuando menos lo presuma. Dentro de pocos días estaremos en Bogotá, y os dejaré en un colegio, no para que empleéis el tiempo en fútiles bagatelas, sino para que lo aprovechéis con el juicio y constancia que tengo derecho á esperar de vosotros. ¿Me prometéis que corresponderéis á mis esperanzas?

-Sí, señor, dijeron todos.

-Creo que no seré engañado. ¿Y cómo había de temerlo? Imposible que vosotros me hagáis traición, robándome el fruto de mis desvelos.

Quedóse callado por breves instantes; tomó luego un libro de sobre la mesa, y les dijo:

-Dejemos ya eso. Entretengámonos leyendo alguna cosa. Y les leyó en voz alta una hermosa poesía. Cuando hubo concluido, les dirigió una mirada examinadora; y notando á Emilio con los ojos humedecidos,

-¿Qué tienes? le dijo. ¿Te han hecho algo Arturo y Julio?

-No, papá.

-Y entonces ¿por qué estás lloroso?

-Es que he sentido al oír eso no sé qué cosa. Emilio tenía, pues, vocación de poeta.

D. Carlos abrió después su reloj de sobremesa y se retiró fingiendo buscar algo en el estante. Inmediatamente Arturo aplicó el oído al reloj, y se quedó mirándolo con profunda atención; alzó luego un esparto y se puso á hurgar por un lado y por otro con suma curiosidad. Más tarde sobresalió en las artes mecánicas.

Julio se reía entre tanto de ver el interés con que su hermano examinaba esa cosa que á él ni siquiera le llamaba la atención, y aun más se burlaba de Emilio, quien absorto hojeaba las poesías. Hizo D. Carlos durante algunos días diversas pruebas para conocer las disposiciones intelectuales de Julio; mas no pudo saber para qué tendría talento: nada le, llamaba la atención: mirábalo todo con inerte indiferencia.

 

III

Poco tiempo después, una mañana del mes de Enero de 184.... la casa estaba en revolución. Emilio, Arturo y yo (Julio) hacíamos un ruido espantoso aparejando nuestras monturas; mi madre, en unión de las sirvientas, preparaba el avío; mi padre gritaba, dando órdenes sobre multitud de cosas. Emilio, luego que hubo arreglado su montura, se acomodo sus zamarritos nuevos y se puso á pasearse á lo largo del corredor, con la ruana al hombro, dándose ínfulas de sujeto formal. Arturo luchaba con |Mararay, que no quería dejarse poner el freno: aquello era una baraúnda.

Mi madre nos llamó á señas desde la puerta de la sala, y nos introdujo en el oratorio. Hízonos arrodillar al pie de la Virgen, y haciendo ella lo mismo, nos abrazó á todos tres, uniendo con sus brazos nuestras cabezas, y oró largo rato con voz perceptible apenas. Sentía yo correr por  mis cabellos sus lágrimas. Entre lo mucho que dijo á la Virgen, percibí  estas palabras: "Madre de la inocencia, si se han de perder para el cielo, quítamelos así niños."

La voz de mi padre, que nos llamó en ese instante, interrumpió aquella escena. Apresuróse mi madre á enjugarnos los ojos, y poniéndonos en el cuello escapularios del Carmen, nos dijo:

-Acordaos de vuestras dos madres, la del cielo y la de la tierra.

Nosotros nos apresuramos á acudir al llamamiento de mi padre, que repetía sus gritos.

Cuando eran las nueve estábamos listos para marchar. Mi madre se nos ocultó, y no pudimos decirle adiós; mas cuando coronamos el cerrito del sur yo volví á mirar, y la divisé apoyada contra una hoja del portón, cubiertos los ojos con una mano, y bendiciéndonos con la otra.

Algunas horas después, ya estábamos contentos, porque el gusto de emprender por vez primera un viaje, ahogó en nosotros la pena que nos causó el dejar á nuestra madre y los sitios testigos de nuestros juegos de infancia. A los tres días estuvimos en Bogotá.

 

IV

El colegio en que nos colocó mi padre gozaba por aquel tiempo de reputación ruidosa.

En los primeros días estuvimos huraños y corridos; mas cuando hubimos contraído algunas relaciones, ya respiramos con más libertad. Emilio, de acuerdo con las indicaciones que mi padre le hizo al Rector, entro á las clases de literatura, y Arturo á las de matemáticas. A poco tiempo adquirieron fama de buenos estudiantes.

Yo no encontraba placer alguno en las tareas del estudio, y malgastaba el tiempo en fútiles diversiones con Teodoro N., con quien contraje una amistad íntima. Él me llevaba pocos años de edad, y ya conocía mas mundo que un hombre de treinta. Era joven muy buen mozo: frente elevada y ancha, coronada por abundantes cabellos crespos; ojos color de cielo, sombreados por pestañas grifas y largas; nariz fina y recta, un poco recortada hacia la punta; boca pequeña, adornada por dentadura bellísima. Mas dentro de tan bello cuerpo se encerraba un alma ruin, lo que por desgracia mía no vine á conocer sino demasiado tarde. Sus consejos me perdieron, porque logró hacer de mí un fiel trasunto suyo: inspiróme en poco tiempo su envenenado carácter.

Mi falta de aplicación me acarreé, como era justo, el desprecio da mis maestros. Cada castigo que me aplicaban me infundía un odio profundo á aquellos que yo reputaba como mis crueles verdugos. Esto, agregado á las insinuaciones de Teodoro, me arrastró en línea recta por la senda del mal. Profundo conocedor délos secretos del mundo, me asió por la mano y me llevó á la cumbre que ya había coronado, y mostrándome desde allí las pompas del placer, me inspiró amor al vicio y me lancé en el mal.

Perdí el primer año: los demás nada me dejaron. Como notase yo la simpatía casi unánime de que gozaban Emilio y Arturo, debida á la exactitud en el cumplimiento de sus deberes, nació en mi pecho la envidia, ese sentimiento ruin, hijo del convencimiento de la propia nulidad. ¿Y cómo no habían de ser estimados ellos? El talento y la virtud siempre se ciñen coronas. Emilio hacía progresos en el cultivo de las letras, y empezaba ya á arrancar de su arpa, inocente y dulce, acentos que revelaban un futuro poeta; y Arturo desplegaba su talento matemático, cuyo carácter es la tendencia á la investigación.

Un día llegó á mis manos un canto de Emilio. Nuestros bosques estaban tan bien pintados en aquellos hermosos versos; sentíase en ellos tan dulce el perfume de nuestros prados, que no pude menos de conmoverme con el recuerdo de mi infancia. Teodoro notó mi emoción.

-Este Emilio, me dijo, te está haciendo un grave mal. Si estuviera yo en tu lugar....

-No te comprendo, le respondí.

-¿No ves que con su talento nos obliga á todos á compararlo contigo y á deducir consecuencias depresivas para ti?

Teodoro tocó la fibra más delicada de mi alma. La envidia me mordió con alevosa cólera. Reflexione unos momentos, y tomé mis medidas para vengarme de Emilio, quien no me había hecho otro mal que dirigir sus recuerdos á nuestro suelo nativo. Presénteme al otro día en la pieza de estudio del doctor M., profesor de literatura, y le dije:

-¿En la clase que usted regenta está permitido el robo literario?

-No, me respondió. ¿Por qué me hace usted esa pregunta?

-Esta composición, le dije mostrándosela, lleva el nombre de Emilio; y yo la vi en un libro en casa de mi padre.

-No puede ser, repuso fijando en mí una mirada investigadora. Sin embargo, déjeme usted esa composición.

Salí, satisfecho de mi felonía, á contar á los demás la pillería de Emilio.

Algunas horas después fui llamado á la clase de literatura. Hice lo posible por mantenerme sereno. Interrogado por el doctor M., repetí lo que le había dicho. Emilio se sonrojó; sus compañeros soltaron una hiriente risotada al ver humillado de esta manera á aquel que tanta sombra les hacía. Enjugóse Emilio los ojos, humedecidos por la indignación; y asumiendo de súbito un continente altivo, habló con elocuencia tan fácil y sencilla, que el doctor M. no pudo disimular su entusiasmo, y lo aplaudió con calor. Yo entre tanto me mordía los labios.

-Permítame, señor, le dijo Emilio. Voy á traer la prueba de mi justificación.

Volvió pasado un rato, trayendo el borrador de sus versos. Las enmiendas y supresiones hicieron conocer que aquello era una producción original. Yo estaba mudo. El doctor M. me lanzó una mirada en que se encerraba todo el desprecio que yo merecía. Abrumado de vergüenza y poseído de furor, salí á toda prisa.

Pocos momentos después se me presentó Emilio, y echándome los brazos al cuello, humildemente me pidió perdón por la conducta que se había visto obligado á observar para conmigo. Yo lo rechacé con brusquedad.

-Iba á ser blanco del ridículo, me dijo, v no tuve valor para soportarlo; pero si he hecho mal, olvida tal cosa, y sé mi amigo siquiera

-¡Enemigo hasta la muerte! le grité; y le volví la espalda.

-No seas ingrato conmigo. Julio. Yo he salvado tu reputación á los ojos de mi padre: multitud de cartas dirigidas á él por el Rector, las he interceptado, faltando así por tu amor á la confianza de él. No te digo esto por enrostrártelo, sino por ganarte para mi amistad. ¿No somos hermanos? ¿Por qué me odias tanto? ¿Qué mal te he hecho yo? Julio, por nuestros padres, por Dios, te ruego que rompas relaciones con Teodoro, porque al fin te perderá.

Tanta hidalguía y nobleza, lejos de vencerme, excitaron mi cólera. Lánceme sobre él, le desgarré los vestidos y le di de bofetadas hasta bañarlo en sangre. Estando ultrajando tan villanamente al generoso Emilio, se presentó el doctor M., atraído por el ruido. Ese mismo día se me expulsó del colegio.

Más tarde supe que Emilio suplicó á los superiores me perdonaran, pretextando que yo había tenido razón en ultrajarlo, pues él me había cometido una falta de suma gravedad. ¡Corazón hidalgo! ¡hubieras perfumado mi vida con el aroma de tu virtud!

Teodoro se retiró al punto del colegio, porque no podía, me dijo, vivir sin mí. Agradecíle con toda mi alma tanto cariño. Él tenía una tía que le amaba mucho: á su casa me llevó, diciéndole al presentarme que yo era hijo de un amigo de su padre, á quien había prestado servicios importantes. Esto bastó para que la señora me cobrase cariño.

Fue extrema mi alegría al ver tan fácil y felizmente resuelto el problema que tanto me había preocupado desde mi expulsión, á saber: ¿qué haría yo en Bogotá, sin dinero, sin profesión, y sin relaciones? En la efusión de mi gratitud, le besé las manos á mi generoso amigo, prometiéndole eterna amistad y el sacrificio de lo que fuese más caro para mí, cuando él me lo exigiese. En tan dulce situación, le di en mi interior las gracias al doctor M. por el favor que me había hecho quitándome de los hombros el peso de obligaciones que no podía cumplir, y abriéndome de par en par las puertas de la libertad.

 

V

Pocos días habían pasado. Yo era feliz, completamente feliz. El cariño de mi amigo, las atenciones de su buena tía, los paseos por la ciudad, las noches de holganza... todo contribuía á dar á mi ánimo dulce expansión, una noche, para colmo de ventura, me condujo Teodoro á un garito. El brillo de las onzas, los gritos de alegría de los gananciosos, las conversaciones francas y calurosas aquí, los brindis allí.... todo trastornó mi fantasía, naturalmente entusiasta por el bullicio: el desorden ha sido mi elemento. Estimulado por la sed del oro, puse en apuesta mi reloj, única finca que poseía. Al rodar los dados sentí una ansiedad extraordinaria. Favorecióme la suerte: guardé mi reloj, y recogí cuarenta pesos en que había sido puesto. Seguí jugando, y la suerte sonriéndome: hice esa noche una gran ganancia.

El cariño de Teodoro hacia mí se hizo más intenso, y el mío hacia él más espontáneo. Sin duda que él vio en mí desde luego mayores cualidades, y yo me sentí con más libertad en mis relaciones amistosas, porque ya no me torturaba la idea de ser considerado por él como su favorecido.

Esa noche, á tiempo de acostarnos, le dije á Teodoro, soltando una carcajada estrepitosa y sacudiendo mis bolsillos llenos de onzas:

-¡Qué contentos estarán Emilio y Arturo, apegados á sus libros! iQué sueño y qué hambre!

-¡Pobres tontos! repuso Teodoro. Recuerda lo que te decía cuando hablábamos de la enojosa tarea de los estudiantes. Que los misántropos ó los viejos se entreguen á habérselas con runflas de libros, á riesgo de que se les seque el cerebro como á D. Quijote, vaya; pero que un joven, lleno de vida y de esperanzas lo haga, es solemne tontería.

Esa noche soné con palacios encantados, mujeres donosas y banqueas opíparos.

Continué frecuentando los garitos. La fortuna me siguió sonriendo, y el dinero me atrajo numerosos amigos. Compré soberbios caballos y lujosos vestidos. Recliné mis sienes en los almohadones del placer, y me adormí arrullado por armonías celestiales.

  

VI

Estaba una noche en una tertulia, a la cual fui invitado por uno de los amigos más estimados por mí. Nunca he olvidado esa noche, la más hermosa de las noches de mi juventud. Las alfombras apagaban el ruido de los pasos, la atmósfera perfumada embriagaba los sentidos, las armonías de la música elevaban el alma. Entre las parejas había una cuya belleza la singularizaba, no obstante la sencillez de sus adornos. Invítela á bailar una pieza. Algunas palabras que cambié con ella me revelaron su modestia y candidez, cualidades no siempre unidas á la hermosura. Llamábase Laura.

Al día siguiente fui presentado en casa de Laura por un amigo, quien hizo de mí desmedidos elogios. La madre de ella aceptó gustosa la oferta de mis relaciones y amistad. Pasado algún tiempo, esas relaciones ya eran estrechas. Encontraba cada día nuevas cualidades en esa hermosa mujer, cuya imagen fue más tarde el encanto de mis sueños y oí lenitivo de mis amarguras. Como los aromas de la noche en que la conocí, como las luces de aquel salón aristocrático, su recuerdo es todavía el perfume de mi existencia y la antorcha que brilla en mi oscuridad.

La pasión que me inspiré Laura me elevó el corazón. Como la aurora ahuyenta las sombras de la noche, ese sentimiento purificó mi alma de toda afición vulgar. Desde luego concebí cierta aversión hacia mis amigos de garito, y mis visitas á tales lugares fueron menos frecuentes, no obstante que la fortuna continuaba halagándome. Acaso por vez primera, dirigí una mirada escudriñadora al fondo de mi conciencia, y me avergoncé de mi mismo al compararme con ella.

Por varias circunstancias, de ésas que se escapan á ser relatadas, comprendí que Laura me amaba. Su madre lo adivinó todo. El ojo de las mujeres es adivino, y baja derecho al fondo del alma de aquel á quien miran, aunque no sea sino de paso. ¿Qué será, pues, cuando aquel á quien miran es su hijo, un rayo de sus almas? Ella no manifestaba serle desagradable nuestra naciente pasión, sin dada porque tenía de mí buen concepto, así por los elogios que me tributó el amigo que á ellas me había presentado, como porque yo desplegué, desde que empecé á tratarlas, carácter caballeroso. Eso me infundió valor. Al cabo me declaré, y fui aceptado con gusto. Mi dicha llegó á su colmo. Yo había ocultado a Teodoro mis relaciones con Laura, pues aunque nada tenía reservado para él, esta vez mi corazón se rebeló contra mi amistad. Era mi pasión seria y profunda; y cuando amamos así, nos concentramos en nosotros mismos para gozar á solas de nuestra ventura: cualquier mano extraña que se introdujera en nuestro corazón, ajaría con su contacto nuestro sagrado secreto. Teodoro me ocultaba también alguna cosa. Encontróle una vez en la Administración de correos, y comprendí que al verme se había inmutado. Díjole al administrador en voz baja estas palabras: "Ahora no me las entregue." Se hablaba de ciertas cartas.

Como he dicho, la fortuna me seguía protegiendo: era yo, puede decirse, ya un capitalista; y en tal virtud, el círculo de mis relaciones se iba ensanchando más cada día; mis amigos me prodigaban atenciones y halagos. ¡Cuan hermoso se ostentaba el porvenir á mis ojos! El amor de Laura, que dentro de pocos meses iba á ser mi esposa, era el faro que me guiaba al puerto de la dicha. Cada día me cautivaba más su carácter sencillo y generoso; y la dignidad con que ella y su madre sobrellevaban su pobreza, me imponía profundo respeto.

  

VII

Qué había sido entre tanto de Emilio y Arturo? una noche de certámenes fui disfrazado al colegio. Esa noche había sesión literaria. El concurso era magnífico. Hablaron varios de mis antiguos condiscípulos, algunos con elocuencia; mas no me sentí conmovido. Cerca de mí dos señoras conversaban en voz baja.

-¿Esta noche no hablará Emilio?

-¡Qué chasco sería! No he venido sino por oírle. El doctor M. asegura que ese joven honrará al país.

-Míralo en  la tribuna.

-¡Cabal!

Yo dirigí mi vista á la tribuna, y al ver a  Emilio sentí una mezcla rara de amor y de envidia. El tema de su discurso fue: "Ama a tus enemigos".  En hermosos y fluidos versos pintó la agonía del redentor en la cruz, y la rabia del pueblo deicida, ese pueblo que había gritado:"¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!". Cuando comentó las palabras del Salvador, habló con tal ternura, con tan dulce elocuencia, que sus frases me herían profundamente el alma, trayéndome a la memoria los ultrajes que le hice y la noble generosidad con que de mí se vengó. Este recuerdo humedeció mis ojos. Su triunfo fue espléndido: á cada estrofa resonaban ruidosos aplausos y repetidos |Bravos al joven poeta. Cuando bajó, el doctor M. lo recibió en sus brazos.

Esa misma noche oí hablar con elogio de los conocimientos científicos de Arturo. ¡Ay! pero de Julio nada se decía.

Me fui muy triste para la casa. En comparación del buen nombre de mis hermanos, nada valían para mí mis ganancias de garito y las lisonjas de mis compañeros. No se me ocultaba que esas ganancias me serían deshonrosas, y que mis amigos huirían de mí tan pronto como la suerte borrase mi nombre de la lista de sus escogidos. Un recuerdo me asaltó, como enviado á mi mente por un genio enemigo, para completar mi angustia. Me paseaba una tarde por la alameda del norte: se me acercó un joven haraposo, pero de noble fisonomía, y me pidió un real para comer algo, porque ya se sentía desfallecer de hambre: le di lo que me pedía. Sus hermosas facciones, y las palabras nada vulgares con que me dio las gracias, me lo hicieron simpático, por lo cual conversé largo rato con el.

Supe su historia. Su padre fue rico; mas quedó arruinado por la mala fe de un sujeto, quien le ganó toda su fortuna en unas pocas noches de juego, "Cuando veo á ese señor, me dijo el joven, vestido con lujo y montando soberbios caballos, pongo á Dios por testigo de que todo eso es mío."

Al recordar eso, yo me decía: Así estarán pensando muchos de mí. ¡Oh! ¡maldito caudal el que he ganado !

Llegué á la casa profundamente triste. Pregunté por Teodoro, y me dieron un billetico que decía:

"Mi querido Julio:

Estoy arruinado. He perdido más de lo que tenía. Si no tuviera confianza en tí, ya me habría dado un balazo. Vén á socorrerme. Trae cuanto dinero puedas recoger. Tuyo hasta la muerte.

TEODORO."

Inmediatamente abrí mis cofres y saqué todo el dinero que contenían. Al salir de la casa un relámpago me deslumbró, y un bulto negro pasó por delante de mis ojos. Casi aterrorizado llegué al Hotel ***. Teodoro andaba loco en busca de dinero. Al verme, me abrazó con ternura llamándome su salvador. Dile una suma en oro, y se puso á jugar. A poco tiempo lo había perdido todo.

-La suerte me ha cogido ojeriza. Vén tú, Julio.

Al punto ocupé su asiento. Puse unas cuantas onzas. ¡Suertes! Mi entrada, pues, fue brillante. Teodoro dio un salto, loco de entusiasmo, y me abrazó la cabeza. Continué jugando y amontonando dinero. Mas de repente me estremecí, cual si la muerte me hubiera bañado con su aliento. Intenté levantarme, pero los tahúres hicieron brillar á mis ojos sus puñales, jurando sacrificarme si me movía de allí. Había yo visto pasar, rozando mi frente, el bulto negro que poco antes me había llenado de miedo. Aturdido, seguí jugando; y comencé desde luego á perder cuanto apostaba. A las dos horas estaba sin un centavo.

Como el dueño del hotel sabía que yo era dueño de magníficos caballos y de fincas de valor, condescendió en prestarme una cantidad, mas con previo documento. La fortuna me dio de puntapiés.... ¡en breves momentos todo lo perdí!

Aquella noche el sueño rehusó tocarme los párpados. El recuerdo de la gloria de mis hermanos; la previsión de mi ruina, pues mis bienes bastarían apenas para cubrir mi deuda á favor del dueño del Hotel, ruina que descargaría sobre mi frente el desprecio de aquellos mismos que me adulaban; el dulce amor de Laura, perdido ya para mí, porque en manera alguna me atrevería á presentarme á sus ojos, destituido como estaba de medios para cumplir mis juramentos á ella... todo se agrupó en mi mente aquella noche horrible de amargos presentimientos.

Pasaron algunos días. Mi miseria fue extrema. Como lo había previsto, mis más caros amigos me voltearon la espalda. ¡Ay! hasta Teodoro se me mostró indiferente, y llegó á darme á entender que le era yo gravoso. En tal virtud, resolví retirarme de su casa. Al sacar de mi cuarto la ropa, noté sobre la mesa un lío de cartas. Vi el sobrescrito de la primera, y era para mí; las otras también. Estas cartas me habían sido dirigidas por mis padres, y era Teodoro quien las había interceptado. Recordé entonces la vez que le hallé en la oficina de correos. Con los ojos nublados y el pecho oprimido, leí algunas de esas cartas. En ellas me suplicaba mi padre que abandonara la senda que había tomado; y no abreviara los días que le restaban de vida, gastados en trabajar para el bien de sus hijos.

No había sabido hasta entonces que él estuvo varias veces en Bogotá, y deduje del sentido de algunas de sus cartas, que Teodoro lo había extraviado de la casa que yo habitaba. Guardé aquellas cartas, reliquia sagrada del amor de mis padres, y salí de la casa de mi amigo Teodoro en busca de alojamiento. A duras penas logré conseguir hospedaje en una casucha de los afueras de la ciudad.

Nunca volví á casa de Laura: no me sentía con valor para acercarme á sus puertas como lo hiciera un mendigo.

Estaba yo una tarde en la catedral elevando mis preces al Dios de los desgraciados. El infortunio me había enseñado á levantar al cielo mi corazón. De repente vi á Laura. Ella también oraba. ¿Qué le pedía á Dios? ¿qué la vengara del amante pérfido que había hecho brotar en su alma virgen las flores de una ilusión hermosa, para hollarlas luego con planta sacrílega? ¿ó bien que le perdonara y le otorgara una compañera capaz de labrar su dicha?.... Conocí por sus facciones que había sufrido mucho. Las lágrimas que brotaban de sus ojos y rodaban por sus mejillas enflaquecidas; su actitud reverente, su rostro pálido, bañado por un rayo oblicuo de sol; y, más que todo, el recuerde de mis ensueños de amor... todo la transformaba á mis ojos en un ángel. Hubiérame al punto postrado á sus pies en demanda de perdón; la vergüenza me contuvo: la fetidez que exhalaba mi triste miseria habría ahuyentado de mí aquella visión celestial.

Abrumado de dolor, salí del templo y me dirigí á la casucha que me servía de albergue, en busca de soledad y de silencio. El ruido de las gentes me hería el corazón, como hiere la luz los ojos enfermos. Tenía necesidad de llorar á solas, de llorar como un niño. En la calle encontré á Teodoro, acompañado de otros jóvenes, todos en caballos magníficos. Al pasar á mi lado, su caballo me enlodó el rostro. De Emilio y Arturo no había vuelto á saber.

Estaba un día en la calle que hoy llaman de |Florián, sentado a solas en el umbral de un portón. Vi acercarse una persona que no sé por qué me llamó la atención. A medida que se aproximaba, más distinguía sus facciones: me covencí por completo.... ¡era mi padre! No supe de mí en aquel momento: trastornado por un vértigo, crucé los brazos sobre las rodillas, y en ellos escondí la cabeza. La aparición de un fantasma en una noche medrosa, de esas que los relámpagos alumbran á intermitencias no me hubiera ocasionado emoción más pavorosa que el encuentro con mi padre Cuando levanté los ojos, ya había desaparecido: corrí á alcanzarle, á tener el consuelo de verle siquiera de lejos; más fue en vano ya.

Supe después que mi padre, en vista de que mis hermanos habían obtenido una instrucción suficiente en Bogotá, había determinado separarlos del colegio Al marchar se le escaparon, hablando de mí, las palabras "ingrato y malvado".

Tuve noticia más tarde de que Arturo había marchado para Europa a dar la última mano á sus estudios científicos. "Cada uno en su puesto, me dije a mi mismo: Arturo ha ido á buscar las fuentes de la ciencia; Emilio se ha sentado á la sombra del techo paterno á arrullar su alma de cisne con las castas armonía que solo las brisas del bosque nativo saben modular; en tanto que yo me he tendido bajo el árbol de mi miseria á maldecir de mi mismo!" Al pensar así, me mesaba los cabellos con desesperada ira.

 

VIII

El 17 de Abril de 1854 amaneció. Sentíase en Bogotá general alarma. Todos preguntaban, y nadie respondía. Un soldado atrevido, sin nombre y sin títulos, se proclamó á sí mismo jefe del país. El Presidente de la República fue reducido á prisión, en lo cual se traslucía una farsa concertada. Los sostenedores del régimen legal se dispersaron al punto, con el fin de preparar elementos de ofensa. Rumores siniestros de próximas desgracias resonaban sordos: la guerra civil asomaba su faz ensangrentada. No me fue simpática la revolución; mas, agobiado por la miseria, resolví enrolarme en las filas de Melo, siquiera por ganar mi triste sustento. Rompió su marcha la rebelión con un brío y una arrogancia tal vez no vistos antes en esta tierra. Los batallones del Dictador estaban perfectamente abastecidos de soldados, pertrechos y dinero. Y no faltaba opinión -que es el brazo oculto de las revoluciones,- pues hasta altos funcionarios estaban comprometidos. La Constitución de 1853 contaba con enemigos numerosos y fuertes, y estaban sus defensores enmudecidos por la sorpresa.

Á pocos días de estallada la revolución marchamos para Zipaquirá á defender esta plaza de la invasión de las fuerzas llamadas legitimistas. Como se supo que los generales Herrera y Franco se acercaban al frente de un ejército brillante, compuesto casi todo de los valientes hijos del Norte, nosotros nos preparamos con bien construidas trincheras.

Cuando empezó el ataque, el terror invadió de pronto nuestras filas, pues éramos un puñado en frente del ejército de Franco y Herrera. No obstante, desde el principio nos favoreció la suerte. Yo admiré la osadía de Franco, en los momentos en que logré contemplarlo en medio de la refriega. ¡Cómo manejaba su lanza terrible! Era un tigre poseído de inquebrantable bravura. Cuando vi que entró á la plaza, me llené de espanto, desconfié del éxito de nuestras armas. Un negro que estaba á mi lado, me dijo: "Encomiéndeme á Dio, branco, porque le estoy apuntando á aquel condenao"

El tiro partió al punto: vi al valiente Franco bambolearse y caer. El negro, loco de alegría, salió corriendo para la calle. Algunas horas después lo vi muerto al lado de su víctima. La muerte de Franco desalentó completamente á los legitimistas: desde luego se desbandaron, é hicimos en ellos terribles destrozos.

Yo recorría las calles con otros compañeros, rechazando á aquellos que aun resistían. De súbito oí un ¡ay! pronunciado cerca de mí....

Lector, quienquiera que seas, si tu me vieras en este momento!..... Los sollozos me ahogan, y mis lágrimas gotean una á una en el papel. Estas lágrimas serán quizás las últimas que viertan mis ojos: he derramado tantas! ¡No quiera Dios que se agoten antes de faltarme el soplo de la vida! Aprende en mí á respetar la inexorable justicia del cielo.

Cuando vi á Emilio tendido boca abajo, una mejilla hundida en una charca de sangre, y una mano puesta sobre el fusil, me pareció que me tomaban por los cabellos y me mecían sobre un abismo sin fondo. Lánceme al punto sobre él; lo levanté con trabajo, y vi que abrió los ojos y los fijó en mi rostro.

-¡Ay, Julio, en qué momento nos volvemos á ver! me dijo con voz apenas perceptible.

-¡Emilio, no te mueras, que yo ya soy bueno! le grité, besando su frente teñida de sangre.

-¡Adiós para siempre. Julio! Vuela á socorrer á nuestra pobre madre.... Mi padre murió de pena... largo tiempo te aguardó, como a otro hijo pródigo, y tu no llegaste....

Dichas estas palabras, se estremeció. Rodaron dos lágrimas por sus mejillas, y quedó tranquilo.... tranquilo para siempre!

 

IX

Era una tarde de Abril de 186... un solitario estaba sentado á orillas de un río. El sol se hundía en su ocaso; las brisas de la tarde gemían en los follajes; las aguas murmuraban quejosos adioses; la naturaleza daba su despedida á aquel día, que iba á hundirse para siempre en la noche de los siglos; por el oriente asomaban nubarrones oscuros como las sombras que cubren un alma acuchillada por profundas dolencias y por hondos recuerdos de ilusiones evaporadas. Con la frente apoyada en ambas manos, el solitario fijaba sus miradas absortas en las ondas que huían arrastrando hojas muertas, á perderse fugaces en desiertos ignorados. De ese modo habían huido los días de su juventud; y así sus esperanzas habían sido arrebatadas por las olas implacables del infortunio.

Ese solitario era yo. Recordaba escenas de mi niñez en aquel mismo paisaje en que algunos años antes había tantas veces jugado con mis hermanos; en donde un día salvé á Emilio y vi á mi madre levantar al cielo su más ardiente plegaria en una mirada suya velada por sus lágrimas. ¡Ay! entonces la inocencia abrigaba con su manto mi alma pura, y hoy está manchada por el lodo del vicio; entonces las horas volaban en torno mío cargadas de melodías, impregnadas de perfumes, y hoy cada una que pasa deja en mi frente una arruga y destila en mi pecho una gota de hiél.

En la noche que siguió á aquella tarde, dormí en el corredor exterior de la casa de mis padres: otros dueños la habitaban. Allí, temblando de frío, esperé que la aurora me otorgase su luz para continuar mi viaje á regiones lejanas.

Al dejar aquellos sitios, llenos de caros recuerdos, humedecí con mis lágrimas la tierra que guarda los huesos de mis padres, y estreché contra mi pecho la cruz que avisa al viajero que allí reposan hijos de Cristo. ¡Si durmiese mi último sueño debajo de aquellos céspedes!"

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