UN MANUSCRITO
I
A orillas del L*** había, hace algunos años, una casa magnífica,
situada allí como para completar la belleza de aquel paisaje el mas
risueño y pintoresco que en mi vida he visto. Detrás de la casa se
elevaba un alto cerro cuya cumbre, coronada de árboles, se
proyectaba en el cielo, y sobre el cual aparecía por las mañanas el
sol, altivo como un monarca en triunfo, risueño como una virgen en
los días de sus amores y limpio como una gota de rocío. Siguiendo
del patio hacia el occidente, por entre dos hileras de hermosos
rosales, se llegaba al río, en cuyas aguas descendían allí formando
pequeñas cascadas á lo largo de un piso de roca entrecortado á
trechos, y luego se detenían en un remanso circular sombreado de
arrayanes hojosos. Al sur había un bosque, al cual acudían todas
las mañanas parejas de
|guacharacas á saludar al sol con sus
gritos monótonos y ruidosos, y tal cual turpial, cuyo dulce canto
contrastaba con los roncos graznidos de aquéllas.
En esa casa vivía una dichosa familia. En ella todo era
contento, paz y placer. Las horas se deslizaban suavemente,
tranquilas como las brisas que juegan en un jardín. Hubiérase dicho
que en aquel hogar el tiempo á su paso derramaba flores. El padre
de familia, llamado D. Carlos, era un venerable anciano: serio y
afable á la vez, era, como los patriarcas, un santuario de amable
gravedad. Toda vez que se iba á visitar sus campos, estrechaba en
su pecho con ternura á su esposa, y daba á sus hijos un beso en la
frente. Estos alborotaban la casa de continuo con su trisca y
gritería. Eran tres: Julio, Emilio y Arturo. Su ocupación en los
días festivos consistía en recorrer las orillas del río, pescando
con anzuelos sardinas color de plata; y cuando ya tenían un acopio
regular, se lanzaban al agua á jugar en los remansos como buenos
nadadores. La siguiente escena ha quedado grabada hondamente en mi
memoria. Un día, después de la pesca, estaban los tres chicuelos
listos para dar principio á sus juegos de costumbre. Emilio fue el
primero en lanzarse al agua. No sé por qué accidente se fue al
fondo. Los otros dos se llenaron de estupor cuando, después de
esperar largo rato, vieron que no parecía. Corrió Arturo á dar
aviso; y Julio lanzóse al río, y tras una lucha tenaz y arriesgada,
en que estuvo al canto de perecer, logró sacar á Emilio, quien no
daba ya señal alguna de vida. Hacía largo rato que estaba sentado
sobre una piedra, junto al cadáver, llorando á gritos, cuando llegó
la madre jadeante y lívida, en compañía de Arturo, quien temblaba
como azogado. Ella al punto se arrojó sobre Emilio; lo levantó y le
puso la mano en el corazón. Cuando se hubo convencido de la
horrible realidad, alzó al cielo una mirada llena de lágrimas: su
corazón y su alma se asomaron á sus ojos, su alma para gemir, su
corazón para orar. Después juntó sus labios á los de Emilio, y
estrechándolo luego contra su seno, así permaneció por largo rato.
Fuese obra del calor materno, ese calor que siempre da vida; fuese
que hubiese Dios oído la súplica de la pobre madre, Emilio dio un
suspiro. AI oírlo, la señora se estremeció de placer y so puso á
sacudirle y á soplarle sin descanso, hasta que el chico abrió los
ojos y exhaló un débil grito. Entonces hubo grande alboroto; los
otros chicos gritaban, palmoteaban y reían con un regocijo
loco.
-Yo lo saqué, dijo bailando Julio.
-Yo llamó á mamá; y ella fue la que lo resucitó, le respondió
Arturo.
-No, mi hijito, le dijo ella: quien lo resucitó fue la Virgen,
para que aprendamos á amarla.
-Entonces, dijo Arturo, todos los días recogeré flores en el
jardín para embellecer su altar.
Entre tanto Emilio iba acabando de recobrar el sentido, y su
amorosa madre se lo comía á besos, y lo estrechaba contra su
corazón, como para preservarlo de las garras de la muerte, que tan
de cerca le había pasado.
Alegres todos y bendiciendo á Dios, se encaminaron para la casa,
donde por todo aquel día no se habló de otra cosa que de la
aventura de Emilio, á quien todos prodigaron caricias y regalos. D.
Carlos llegó por la noche, y cuando tuvo noticia de lo ocurrido,
reprendió severamente á los chicos por atolondrados, y les prohibió
volver al río sin su aquiescencia.
Sinsabores y afanes de la infancia, ¡cuan dulces y leves sois
comparados con los afanes y sinsabores de la juventud! Juegos y
halagos de la, niñez, en nada os parecéis á las borrascas que más
tarde combaten, el alma, y á las falsas sonrisas que en la edad de
los engaños prodigamos y líos prodigan. Como las brisas de una
tarde calmada acarician blandamente la rama en que el mirlo gime
recordando su amor infortunado, las memorias de mi infancia vienen
en horas de vagos ensueños á acariciar mi mente dolorida.
Aliméntate, alma mía, con las memorias, gratas siempre, de tu
hogar, y gime sobre el árbol que vestiste con las flores de tus
ilusiones, y que el vicio y el dolor deshojaron despiadados.
Si Emilio hubiera muerto ese día, siquiera su cadáver hubiera
sido depositado entre los huesos de sus mayores; y hoy, cuando el
huérfano, abrumado de dolor, va á postrarse sobre el túmulo que
guarda las cenizas de sus padres, al escuchar los gemidos de las
brisas en los sauces, creería que aquella lira, tan joven y tan
tierna, modulaba todavía las blandas armonías inspiradas por su
genio. Cuando tiendo mi vista á mi pasado, la vergüenza me oprime
el corazón y agolpa á mis ojos lágrimas inútiles ya, porque no
podrán borrar mis errores y mis faltas, ni calmar benignas mi agudo
dolor.
II
Pasaron algunos años. Julio había cumplido diez y seis, Emilio
doce y Arturo frisaba con los once. D. Carlos vio llegado el tiempo
oportuno de procurar á sus hijos una educación lo más acabada que
posible le fuera, en lo cual tenía intención de invertir su crecido
capital. Pensaba tenerlos algunos años estudiando en Bogotá, y
luego enviarlos a Europa á coronar su carrera. Una noche los reunió
en su cuarto, y les dijo:
-Vosotros me habéis visto, á pesar de mis años y mis achaques,
trabajar sin descanso, ¿no es verdad?
-Sí, señor.
-Pues bien: si yo viviera solo en el mundo, hubiera procurado,
va para largos años, gozar tranquilamente de mi holgado capital. ¿A
qué someterme á tareas penosas y á privaciones ajenas de mi
posición, cual lo hiciera un codicioso que se desviviera por
amontonar riquezas sin objeto racional, como si ellas lo hubieran
de acompañar y servir más allá del sepulcro? Vosotros veis que soy
rico, y á pesar de esto trabajo, y seguiré trabajando mientras
resistan mis fuerzas. Estas fatigas son, hijos míos, por vosotros
tan sólo. Mas no debéis pensar que mis deseos se reduzcan y
|
hacer de vosotros unos hacendados; mi anhelo es formaros hombres de
elevada posición social y miembros útiles de vuestra patria. Ya
pasó para vosotros la edad de los juegos, esa edad en que se vive
tan sólo para el presente: es preciso que penséis ya con seriedad
en el porvenir; que tendáis en cuenta la necesidad en que estáis de
cultivar vuestra inteligencia. Si se hubiera siempre de vivir en la
infancia, y si la sombra paterna no hubiera de huir jamás, la vida
sería una fiesta, sería un sueño delicioso. Pero llega, hijos míos,
una época en la existencia, por desgracia la más larga, en que á
las ilusiones sucede la realidad; y si con tiempo el hombre no ha
cultivado su inteligencia y formado su corazón, de súbito se
encuentra rodeado de tinieblas que, velando los abismos de que está
sembrado el mundo, hacen que en ellos se precipite cuando menos lo
presuma. Dentro de pocos días estaremos en Bogotá, y os dejaré en
un colegio, no para que empleéis el tiempo en fútiles bagatelas,
sino para que lo aprovechéis con el juicio y constancia que tengo
derecho á esperar de vosotros. ¿Me prometéis que corresponderéis á
mis esperanzas?
-Sí, señor, dijeron todos.
-Creo que no seré engañado. ¿Y cómo había de temerlo? Imposible
que vosotros me hagáis traición, robándome el fruto de mis
desvelos.
Quedóse callado por breves instantes; tomó luego un libro de
sobre la mesa, y les dijo:
-Dejemos ya eso. Entretengámonos leyendo alguna cosa. Y les leyó
en voz alta una hermosa poesía. Cuando hubo concluido, les dirigió
una mirada examinadora; y notando á Emilio con los ojos
humedecidos,
-¿Qué tienes? le dijo. ¿Te han hecho algo Arturo y Julio?
-No, papá.
-Y entonces ¿por qué estás lloroso?
-Es que he sentido al oír eso no sé qué cosa. Emilio tenía,
pues, vocación de poeta.
D. Carlos abrió después su reloj de sobremesa y se retiró
fingiendo buscar algo en el estante. Inmediatamente Arturo aplicó
el oído al reloj, y se quedó mirándolo con profunda atención; alzó
luego un esparto y se puso á hurgar por un lado y por otro con suma
curiosidad. Más tarde sobresalió en las artes mecánicas.
Julio se reía entre tanto de ver el interés con que su hermano
examinaba esa cosa que á él ni siquiera le llamaba la atención, y
aun más se burlaba de Emilio, quien absorto hojeaba las poesías.
Hizo D. Carlos durante algunos días diversas pruebas para conocer
las disposiciones intelectuales de Julio; mas no pudo saber para
qué tendría talento: nada le, llamaba la atención: mirábalo todo
con inerte indiferencia.
III
Poco tiempo después, una mañana del mes de Enero de 184.... la
casa estaba en revolución. Emilio, Arturo y yo (Julio) hacíamos un
ruido espantoso aparejando nuestras monturas; mi madre, en unión de
las sirvientas, preparaba el avío; mi padre gritaba, dando órdenes
sobre multitud de cosas. Emilio, luego que hubo arreglado su
montura, se acomodo sus zamarritos nuevos y se puso á pasearse á lo
largo del corredor, con la ruana al hombro, dándose ínfulas de
sujeto formal. Arturo luchaba con
|Mararay, que no quería
dejarse poner el freno: aquello era una baraúnda.
Mi madre nos llamó á señas desde la puerta de la sala, y nos
introdujo en el oratorio. Hízonos arrodillar al pie de la Virgen, y
haciendo ella lo mismo, nos abrazó á todos tres, uniendo con sus
brazos nuestras cabezas, y oró largo rato con voz perceptible
apenas. Sentía yo correr por mis cabellos sus lágrimas. Entre lo
mucho que dijo á la Virgen, percibí estas palabras: "Madre de la
inocencia, si se han de perder para el cielo, quítamelos así
niños."
La voz de mi padre, que nos llamó en ese instante, interrumpió
aquella escena. Apresuróse mi madre á enjugarnos los ojos, y
poniéndonos en el cuello escapularios del Carmen, nos dijo:
-Acordaos de vuestras dos madres, la del cielo y la de la
tierra.
Nosotros nos apresuramos á acudir al llamamiento de mi padre,
que repetía sus gritos.
Cuando eran las nueve estábamos listos para marchar. Mi madre se
nos ocultó, y no pudimos decirle adiós; mas cuando coronamos el
cerrito del sur yo volví á mirar, y la divisé apoyada contra una
hoja del portón, cubiertos los ojos con una mano, y bendiciéndonos
con la otra.
Algunas horas después, ya estábamos contentos, porque el gusto
de emprender por vez primera un viaje, ahogó en nosotros la pena
que nos causó el dejar á nuestra madre y los sitios testigos de
nuestros juegos de infancia. A los tres días estuvimos en
Bogotá.
IV
El colegio en que nos colocó mi padre gozaba por aquel tiempo de
reputación ruidosa.
En los primeros días estuvimos huraños y corridos; mas cuando
hubimos contraído algunas relaciones, ya respiramos con más
libertad. Emilio, de acuerdo con las indicaciones que mi padre le
hizo al Rector, entro á las clases de literatura, y Arturo á las de
matemáticas. A poco tiempo adquirieron fama de buenos
estudiantes.
Yo no encontraba placer alguno en las tareas del estudio, y
malgastaba el tiempo en fútiles diversiones con Teodoro N., con
quien contraje una amistad íntima. Él me llevaba pocos años de
edad, y ya conocía mas mundo que un hombre de treinta. Era joven
muy buen mozo: frente elevada y ancha, coronada por abundantes
cabellos crespos; ojos color de cielo, sombreados por pestañas
grifas y largas; nariz fina y recta, un poco recortada hacia la
punta; boca pequeña, adornada por dentadura bellísima. Mas dentro
de tan bello cuerpo se encerraba un alma ruin, lo que por desgracia
mía no vine á conocer sino demasiado tarde. Sus consejos me
perdieron, porque logró hacer de mí un fiel trasunto suyo:
inspiróme en poco tiempo su envenenado carácter.
Mi falta de aplicación me acarreé, como era justo, el desprecio
da mis maestros. Cada castigo que me aplicaban me infundía un odio
profundo á aquellos que yo reputaba como mis crueles verdugos.
Esto, agregado á las insinuaciones de Teodoro, me arrastró en línea
recta por la senda del mal. Profundo conocedor délos secretos del
mundo, me asió por la mano y me llevó á la cumbre que ya había
coronado, y mostrándome desde allí las pompas del placer, me
inspiró amor al vicio y me lancé en el mal.
Perdí el primer año: los demás nada me dejaron. Como notase yo
la simpatía casi unánime de que gozaban Emilio y Arturo, debida á
la exactitud en el cumplimiento de sus deberes, nació en mi pecho
la envidia, ese sentimiento ruin, hijo del convencimiento de la
propia nulidad. ¿Y cómo no habían de ser estimados ellos? El
talento y la virtud siempre se ciñen coronas. Emilio hacía
progresos en el cultivo de las letras, y empezaba ya á arrancar de
su arpa, inocente y dulce, acentos que revelaban un futuro poeta; y
Arturo desplegaba su talento matemático, cuyo carácter es la
tendencia á la investigación.
Un día llegó á mis manos un canto de Emilio. Nuestros bosques
estaban tan bien pintados en aquellos hermosos versos; sentíase en
ellos tan dulce el perfume de nuestros prados, que no pude menos de
conmoverme con el recuerdo de mi infancia. Teodoro notó mi
emoción.
-Este Emilio, me dijo, te está haciendo un grave mal. Si
estuviera yo en tu lugar....
-No te comprendo, le respondí.
-¿No ves que con su talento nos obliga á todos á compararlo
contigo y á deducir consecuencias depresivas para ti?
Teodoro tocó la fibra más delicada de mi alma. La envidia me
mordió con alevosa cólera. Reflexione unos momentos, y tomé mis
medidas para vengarme de Emilio, quien no me había hecho otro mal
que dirigir sus recuerdos á nuestro suelo nativo. Presénteme al
otro día en la pieza de estudio del doctor M., profesor de
literatura, y le dije:
-¿En la clase que usted regenta está permitido el robo
literario?
-No, me respondió. ¿Por qué me hace usted esa pregunta?
-Esta composición, le dije mostrándosela, lleva el nombre de
Emilio; y yo la vi en un libro en casa de mi padre.
-No puede ser, repuso fijando en mí una mirada investigadora.
Sin embargo, déjeme usted esa composición.
Salí, satisfecho de mi felonía, á contar á los demás la pillería
de Emilio.
Algunas horas después fui llamado á la clase de literatura. Hice
lo posible por mantenerme sereno. Interrogado por el doctor M.,
repetí lo que le había dicho. Emilio se sonrojó; sus compañeros
soltaron una hiriente risotada al ver humillado de esta manera á
aquel que tanta sombra les hacía. Enjugóse Emilio los ojos,
humedecidos por la indignación; y asumiendo de súbito un continente
altivo, habló con elocuencia tan fácil y sencilla, que el doctor M.
no pudo disimular su entusiasmo, y lo aplaudió con calor. Yo entre
tanto me mordía los labios.
-Permítame, señor, le dijo Emilio. Voy á traer la prueba de mi
justificación.
Volvió pasado un rato, trayendo el borrador de sus versos. Las
enmiendas y supresiones hicieron conocer que aquello era una
producción original. Yo estaba mudo. El doctor M. me lanzó una
mirada en que se encerraba todo el desprecio que yo merecía.
Abrumado de vergüenza y poseído de furor, salí á toda prisa.
Pocos momentos después se me presentó Emilio, y echándome los
brazos al cuello, humildemente me pidió perdón por la conducta que
se había visto obligado á observar para conmigo. Yo lo rechacé con
brusquedad.
-Iba á ser blanco del ridículo, me dijo, v no tuve valor para
soportarlo; pero si he hecho mal, olvida tal cosa, y sé mi amigo
siquiera
-¡Enemigo hasta la muerte! le grité; y le volví la espalda.
-No seas ingrato conmigo. Julio. Yo he salvado tu reputación á
los ojos de mi padre: multitud de cartas dirigidas á él por el
Rector, las he interceptado, faltando así por tu amor á la
confianza de él. No te digo esto por enrostrártelo, sino por
ganarte para mi amistad. ¿No somos hermanos? ¿Por qué me odias
tanto? ¿Qué mal te he hecho yo? Julio, por nuestros padres, por
Dios, te ruego que rompas relaciones con Teodoro, porque al fin te
perderá.
Tanta hidalguía y nobleza, lejos de vencerme, excitaron mi
cólera. Lánceme sobre él, le desgarré los vestidos y le di de
bofetadas hasta bañarlo en sangre. Estando ultrajando tan
villanamente al generoso Emilio, se presentó el doctor M., atraído
por el ruido. Ese mismo día se me expulsó del colegio.
Más tarde supe que Emilio suplicó á los superiores me
perdonaran, pretextando que yo había tenido razón en ultrajarlo,
pues él me había cometido una falta de suma gravedad. ¡Corazón
hidalgo! ¡hubieras perfumado mi vida con el aroma de tu virtud!
Teodoro se retiró al punto del colegio, porque no podía, me
dijo, vivir sin mí. Agradecíle con toda mi alma tanto cariño. Él
tenía una tía que le amaba mucho: á su casa me llevó, diciéndole al
presentarme que yo era hijo de un amigo de su padre, á quien había
prestado servicios importantes. Esto bastó para que la señora me
cobrase cariño.
Fue extrema mi alegría al ver tan fácil y felizmente resuelto el
problema que tanto me había preocupado desde mi expulsión, á saber:
¿qué haría yo en Bogotá, sin dinero, sin profesión, y sin
relaciones? En la efusión de mi gratitud, le besé las manos á mi
generoso amigo, prometiéndole eterna amistad y el sacrificio de lo
que fuese más caro para mí, cuando él me lo exigiese. En tan dulce
situación, le di en mi interior las gracias al doctor M. por el
favor que me había hecho quitándome de los hombros el peso de
obligaciones que no podía cumplir, y abriéndome de par en par las
puertas de la libertad.
V
Pocos días habían pasado. Yo era feliz, completamente feliz. El
cariño de mi amigo, las atenciones de su buena tía, los paseos por
la ciudad, las noches de holganza... todo contribuía á dar á mi
ánimo dulce expansión, una noche, para colmo de ventura, me condujo
Teodoro á un garito. El brillo de las onzas, los gritos de alegría
de los gananciosos, las conversaciones francas y calurosas aquí,
los brindis allí.... todo trastornó mi fantasía, naturalmente
entusiasta por el bullicio: el desorden ha sido mi elemento.
Estimulado por la sed del oro, puse en apuesta mi reloj, única
finca que poseía. Al rodar los dados sentí una ansiedad
extraordinaria. Favorecióme la suerte: guardé mi reloj, y recogí
cuarenta pesos en que había sido puesto. Seguí jugando, y la suerte
sonriéndome: hice esa noche una gran ganancia.
El cariño de Teodoro hacia mí se hizo más intenso, y el mío
hacia él más espontáneo. Sin duda que él vio en mí desde luego
mayores cualidades, y yo me sentí con más libertad en mis
relaciones amistosas, porque ya no me torturaba la idea de ser
considerado por él como su favorecido.
Esa noche, á tiempo de acostarnos, le dije á Teodoro, soltando
una carcajada estrepitosa y sacudiendo mis bolsillos llenos de
onzas:
-¡Qué contentos estarán Emilio y Arturo, apegados á sus libros!
iQué sueño y qué hambre!
-¡Pobres tontos! repuso Teodoro. Recuerda lo que te decía cuando
hablábamos de la enojosa tarea de los estudiantes. Que los
misántropos ó los viejos se entreguen á habérselas con runflas de
libros, á riesgo de que se les seque el cerebro como á D. Quijote,
vaya; pero que un joven, lleno de vida y de esperanzas lo haga, es
solemne tontería.
Esa noche soné con palacios encantados, mujeres donosas y
banqueas opíparos.
Continué frecuentando los garitos. La fortuna me siguió
sonriendo, y el dinero me atrajo numerosos amigos. Compré soberbios
caballos y lujosos vestidos. Recliné mis sienes en los almohadones
del placer, y me adormí arrullado por armonías celestiales.
VI
Estaba una noche en una tertulia, a la cual fui invitado por uno
de los amigos más estimados por mí. Nunca he olvidado esa noche, la
más hermosa de las noches de mi juventud. Las alfombras apagaban el
ruido de los pasos, la atmósfera perfumada embriagaba los sentidos,
las armonías de la música elevaban el alma. Entre las parejas había
una cuya belleza la singularizaba, no obstante la sencillez de sus
adornos. Invítela á bailar una pieza. Algunas palabras que cambié
con ella me revelaron su modestia y candidez, cualidades no siempre
unidas á la hermosura. Llamábase Laura.
Al día siguiente fui presentado en casa de Laura por un amigo,
quien hizo de mí desmedidos elogios. La madre de ella aceptó
gustosa la oferta de mis relaciones y amistad. Pasado algún tiempo,
esas relaciones ya eran estrechas. Encontraba cada día nuevas
cualidades en esa hermosa mujer, cuya imagen fue más tarde el
encanto de mis sueños y oí lenitivo de mis amarguras. Como los
aromas de la noche en que la conocí, como las luces de aquel salón
aristocrático, su recuerdo es todavía el perfume de mi existencia y
la antorcha que brilla en mi oscuridad.
La pasión que me inspiré Laura me elevó el corazón. Como la
aurora ahuyenta las sombras de la noche, ese sentimiento purificó
mi alma de toda afición vulgar. Desde luego concebí cierta aversión
hacia mis amigos de garito, y mis visitas á tales lugares fueron
menos frecuentes, no obstante que la fortuna continuaba
halagándome. Acaso por vez primera, dirigí una mirada escudriñadora
al fondo de mi conciencia, y me avergoncé de mi mismo al compararme
con ella.
Por varias circunstancias, de ésas que se escapan á ser
relatadas, comprendí que Laura me amaba. Su madre lo adivinó todo.
El ojo de las mujeres es adivino, y baja derecho al fondo del alma
de aquel á quien miran, aunque no sea sino de paso. ¿Qué será,
pues, cuando aquel á quien miran es su hijo, un rayo de sus almas?
Ella no manifestaba serle desagradable nuestra naciente pasión, sin
dada porque tenía de mí buen concepto, así por los elogios que me
tributó el amigo que á ellas me había presentado, como porque yo
desplegué, desde que empecé á tratarlas, carácter caballeroso. Eso
me infundió valor. Al cabo me declaré, y fui aceptado con gusto. Mi
dicha llegó á su colmo. Yo había ocultado a Teodoro mis relaciones
con Laura, pues aunque nada tenía reservado para él, esta vez mi
corazón se rebeló contra mi amistad. Era mi pasión seria y
profunda; y cuando amamos así, nos concentramos en nosotros mismos
para gozar á solas de nuestra ventura: cualquier mano extraña que
se introdujera en nuestro corazón, ajaría con su contacto nuestro
sagrado secreto. Teodoro me ocultaba también alguna cosa.
Encontróle una vez en la Administración de correos, y comprendí que
al verme se había inmutado. Díjole al administrador en voz baja
estas palabras: "Ahora no me las entregue." Se hablaba de ciertas
cartas.
Como he dicho, la fortuna me seguía protegiendo: era yo, puede
decirse, ya un capitalista; y en tal virtud, el círculo de mis
relaciones se iba ensanchando más cada día; mis amigos me
prodigaban atenciones y halagos. ¡Cuan hermoso se ostentaba el
porvenir á mis ojos! El amor de Laura, que dentro de pocos meses
iba á ser mi esposa, era el faro que me guiaba al puerto de la
dicha. Cada día me cautivaba más su carácter sencillo y generoso; y
la dignidad con que ella y su madre sobrellevaban su pobreza, me
imponía profundo respeto.
VII
Qué había sido entre tanto de Emilio y Arturo? una noche de
certámenes fui disfrazado al colegio. Esa noche había sesión
literaria. El concurso era magnífico. Hablaron varios de mis
antiguos condiscípulos, algunos con elocuencia; mas no me sentí
conmovido. Cerca de mí dos señoras conversaban en voz baja.
-¿Esta noche no hablará Emilio?
-¡Qué chasco sería! No he venido sino por oírle. El doctor M.
asegura que ese joven honrará al país.
-Míralo en la tribuna.
-¡Cabal!
Yo dirigí mi vista á la tribuna, y al ver a Emilio sentí una
mezcla rara de amor y de envidia. El tema de su discurso fue: "Ama
a tus enemigos". En hermosos y fluidos versos pintó la agonía del
redentor en la cruz, y la rabia del pueblo deicida, ese pueblo que
había gritado:"¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros
hijos!". Cuando comentó las palabras del Salvador, habló con tal
ternura, con tan dulce elocuencia, que sus frases me herían
profundamente el alma, trayéndome a la memoria los ultrajes que le
hice y la noble generosidad con que de mí se vengó. Este recuerdo
humedeció mis ojos. Su triunfo fue espléndido: á cada estrofa
resonaban ruidosos aplausos y repetidos
|Bravos al joven
poeta. Cuando bajó, el doctor M. lo recibió en sus brazos.
Esa misma noche oí hablar con elogio de los conocimientos
científicos de Arturo. ¡Ay! pero de Julio nada se decía.
Me fui muy triste para la casa. En comparación del buen nombre
de mis hermanos, nada valían para mí mis ganancias de garito y las
lisonjas de mis compañeros. No se me ocultaba que esas ganancias me
serían deshonrosas, y que mis amigos huirían de mí tan pronto como
la suerte borrase mi nombre de la lista de sus escogidos. Un
recuerdo me asaltó, como enviado á mi mente por un genio enemigo,
para completar mi angustia. Me paseaba una tarde por la alameda del
norte: se me acercó un joven haraposo, pero de noble fisonomía, y
me pidió un real para comer algo, porque ya se sentía desfallecer
de hambre: le di lo que me pedía. Sus hermosas facciones, y las
palabras nada vulgares con que me dio las gracias, me lo hicieron
simpático, por lo cual conversé largo rato con el.
Supe su historia. Su padre fue rico; mas quedó arruinado por la
mala fe de un sujeto, quien le ganó toda su fortuna en unas pocas
noches de juego, "Cuando veo á ese señor, me dijo el joven, vestido
con lujo y montando soberbios caballos, pongo á Dios por testigo de
que todo eso es mío."
Al recordar eso, yo me decía: Así estarán pensando muchos de mí.
¡Oh! ¡maldito caudal el que he ganado !
Llegué á la casa profundamente triste. Pregunté por Teodoro, y
me dieron un billetico que decía:
"Mi querido Julio:
Estoy arruinado. He perdido más de lo que tenía. Si no tuviera
confianza en tí, ya me habría dado un balazo. Vén á socorrerme.
Trae cuanto dinero puedas recoger. Tuyo hasta la muerte.
TEODORO."
Inmediatamente abrí mis cofres y saqué todo el dinero que
contenían. Al salir de la casa un relámpago me deslumbró, y un
bulto negro pasó por delante de mis ojos. Casi aterrorizado llegué
al Hotel ***. Teodoro andaba loco en busca de dinero. Al verme, me
abrazó con ternura llamándome su salvador. Dile una suma en oro, y
se puso á jugar. A poco tiempo lo había perdido todo.
-La suerte me ha cogido ojeriza. Vén tú, Julio.
Al punto ocupé su asiento. Puse unas cuantas onzas. ¡Suertes! Mi
entrada, pues, fue brillante. Teodoro dio un salto, loco de
entusiasmo, y me abrazó la cabeza. Continué jugando y amontonando
dinero. Mas de repente me estremecí, cual si la muerte me hubiera
bañado con su aliento. Intenté levantarme, pero los tahúres
hicieron brillar á mis ojos sus puñales, jurando sacrificarme si me
movía de allí. Había yo visto pasar, rozando mi frente, el bulto
negro que poco antes me había llenado de miedo. Aturdido, seguí
jugando; y comencé desde luego á perder cuanto apostaba. A las dos
horas estaba sin un centavo.
Como el dueño del hotel sabía que yo era dueño de magníficos
caballos y de fincas de valor, condescendió en prestarme una
cantidad, mas con previo documento. La fortuna me dio de
puntapiés.... ¡en breves momentos todo lo perdí!
Aquella noche el sueño rehusó tocarme los párpados. El recuerdo
de la gloria de mis hermanos; la previsión de mi ruina, pues mis
bienes bastarían apenas para cubrir mi deuda á favor del dueño del
Hotel, ruina que descargaría sobre mi frente el desprecio de
aquellos mismos que me adulaban; el dulce amor de Laura, perdido ya
para mí, porque en manera alguna me atrevería á presentarme á sus
ojos, destituido como estaba de medios para cumplir mis juramentos
á ella... todo se agrupó en mi mente aquella noche horrible de
amargos presentimientos.
Pasaron algunos días. Mi miseria fue extrema. Como lo había
previsto, mis más caros amigos me voltearon la espalda. ¡Ay! hasta
Teodoro se me mostró indiferente, y llegó á darme á entender que le
era yo gravoso. En tal virtud, resolví retirarme de su casa. Al
sacar de mi cuarto la ropa, noté sobre la mesa un lío de cartas. Vi
el sobrescrito de la primera, y era para mí; las otras también.
Estas cartas me habían sido dirigidas por mis padres, y era Teodoro
quien las había interceptado. Recordé entonces la vez que le hallé
en la oficina de correos. Con los ojos nublados y el pecho
oprimido, leí algunas de esas cartas. En ellas me suplicaba mi
padre que abandonara la senda que había tomado; y no abreviara los
días que le restaban de vida, gastados en trabajar para el bien de
sus hijos.
No había sabido hasta entonces que él estuvo varias veces en
Bogotá, y deduje del sentido de algunas de sus cartas, que Teodoro
lo había extraviado de la casa que yo habitaba. Guardé aquellas
cartas, reliquia sagrada del amor de mis padres, y salí de la casa
de mi amigo Teodoro en busca de alojamiento. A duras penas logré
conseguir hospedaje en una casucha de los afueras de la ciudad.
Nunca volví á casa de Laura: no me sentía con valor para
acercarme á sus puertas como lo hiciera un mendigo.
Estaba yo una tarde en la catedral elevando mis preces al Dios
de los desgraciados. El infortunio me había enseñado á levantar al
cielo mi corazón. De repente vi á Laura. Ella también oraba. ¿Qué
le pedía á Dios? ¿qué la vengara del amante pérfido que había hecho
brotar en su alma virgen las flores de una ilusión hermosa, para
hollarlas luego con planta sacrílega? ¿ó bien que le perdonara y le
otorgara una compañera capaz de labrar su dicha?.... Conocí por sus
facciones que había sufrido mucho. Las lágrimas que brotaban de sus
ojos y rodaban por sus mejillas enflaquecidas; su actitud
reverente, su rostro pálido, bañado por un rayo oblicuo de sol; y,
más que todo, el recuerde de mis ensueños de amor... todo la
transformaba á mis ojos en un ángel. Hubiérame al punto postrado á
sus pies en demanda de perdón; la vergüenza me contuvo: la fetidez
que exhalaba mi triste miseria habría ahuyentado de mí aquella
visión celestial.
Abrumado de dolor, salí del templo y me dirigí á la casucha que
me servía de albergue, en busca de soledad y de silencio. El ruido
de las gentes me hería el corazón, como hiere la luz los ojos
enfermos. Tenía necesidad de llorar á solas, de llorar como un
niño. En la calle encontré á Teodoro, acompañado de otros jóvenes,
todos en caballos magníficos. Al pasar á mi lado, su caballo me
enlodó el rostro. De Emilio y Arturo no había vuelto á saber.
Estaba un día en la calle que hoy llaman de
|Florián,
sentado a solas en el umbral de un portón. Vi acercarse una persona
que no sé por qué me llamó la atención. A medida que se aproximaba,
más distinguía sus facciones: me covencí por completo.... ¡era mi
padre! No supe de mí en aquel momento: trastornado por un vértigo,
crucé los brazos sobre las rodillas, y en ellos escondí la cabeza.
La aparición de un fantasma en una noche medrosa, de esas que los
relámpagos alumbran á intermitencias no me hubiera ocasionado
emoción más pavorosa que el encuentro con mi padre Cuando levanté
los ojos, ya había desaparecido: corrí á alcanzarle, á tener el
consuelo de verle siquiera de lejos; más fue en vano ya.
Supe después que mi padre, en vista de que mis hermanos habían
obtenido una instrucción suficiente en Bogotá, había determinado
separarlos del colegio Al marchar se le escaparon, hablando de mí,
las palabras "ingrato y malvado".
Tuve noticia más tarde de que Arturo había marchado para Europa
a dar la última mano á sus estudios científicos. "Cada uno en su
puesto, me dije a mi mismo: Arturo ha ido á buscar las fuentes de
la ciencia; Emilio se ha sentado á la sombra del techo paterno á
arrullar su alma de cisne con las castas armonía que solo las
brisas del bosque nativo saben modular; en tanto que yo me he
tendido bajo el árbol de mi miseria á maldecir de mi mismo!" Al
pensar así, me mesaba los cabellos con desesperada ira.
VIII
El 17 de Abril de 1854 amaneció. Sentíase en Bogotá general
alarma. Todos preguntaban, y nadie respondía. Un soldado atrevido,
sin nombre y sin títulos, se proclamó á sí mismo jefe del país. El
Presidente de la República fue reducido á prisión, en lo cual se
traslucía una farsa concertada. Los sostenedores del régimen legal
se dispersaron al punto, con el fin de preparar elementos de
ofensa. Rumores siniestros de próximas desgracias resonaban sordos:
la guerra civil asomaba su faz ensangrentada. No me fue simpática
la revolución; mas, agobiado por la miseria, resolví enrolarme en
las filas de Melo, siquiera por ganar mi triste sustento. Rompió su
marcha la rebelión con un brío y una arrogancia tal vez no vistos
antes en esta tierra. Los batallones del Dictador estaban
perfectamente abastecidos de soldados, pertrechos y dinero. Y no
faltaba opinión -que es el brazo oculto de las revoluciones,- pues
hasta altos funcionarios estaban comprometidos. La Constitución de
1853 contaba con enemigos numerosos y fuertes, y estaban sus
defensores enmudecidos por la sorpresa.
Á pocos días de estallada la revolución marchamos para Zipaquirá
á defender esta plaza de la invasión de las fuerzas llamadas
legitimistas. Como se supo que los generales Herrera y Franco se
acercaban al frente de un ejército brillante, compuesto casi todo
de los valientes hijos del Norte, nosotros nos preparamos con bien
construidas trincheras.
Cuando empezó el ataque, el terror invadió de pronto nuestras
filas, pues éramos un puñado en frente del ejército de Franco y
Herrera. No obstante, desde el principio nos favoreció la suerte.
Yo admiré la osadía de Franco, en los momentos en que logré
contemplarlo en medio de la refriega. ¡Cómo manejaba su lanza
terrible! Era un tigre poseído de inquebrantable bravura. Cuando vi
que entró á la plaza, me llené de espanto, desconfié del éxito de
nuestras armas. Un negro que estaba á mi lado, me dijo:
"Encomiéndeme á Dio, branco, porque le estoy apuntando á aquel
condenao"
El tiro partió al punto: vi al valiente Franco bambolearse y
caer. El negro, loco de alegría, salió corriendo para la calle.
Algunas horas después lo vi muerto al lado de su víctima. La muerte
de Franco desalentó completamente á los legitimistas: desde luego
se desbandaron, é hicimos en ellos terribles destrozos.
Yo recorría las calles con otros compañeros, rechazando á
aquellos que aun resistían. De súbito oí un ¡ay! pronunciado cerca
de mí....
Lector, quienquiera que seas, si tu me vieras en este
momento!..... Los sollozos me ahogan, y mis lágrimas gotean una á
una en el papel. Estas lágrimas serán quizás las últimas que
viertan mis ojos: he derramado tantas! ¡No quiera Dios que se
agoten antes de faltarme el soplo de la vida! Aprende en mí á
respetar la inexorable justicia del cielo.
Cuando vi á Emilio tendido boca abajo, una mejilla hundida en
una charca de sangre, y una mano puesta sobre el fusil, me pareció
que me tomaban por los cabellos y me mecían sobre un abismo sin
fondo. Lánceme al punto sobre él; lo levanté con trabajo, y vi que
abrió los ojos y los fijó en mi rostro.
-¡Ay, Julio, en qué momento nos volvemos á ver! me dijo con voz
apenas perceptible.
-¡Emilio, no te mueras, que yo ya soy bueno! le grité, besando
su frente teñida de sangre.
-¡Adiós para siempre. Julio! Vuela á socorrer á nuestra pobre
madre.... Mi padre murió de pena... largo tiempo te aguardó, como a
otro hijo pródigo, y tu no llegaste....
Dichas estas palabras, se estremeció. Rodaron dos lágrimas por
sus mejillas, y quedó tranquilo.... tranquilo para siempre!
IX
Era una tarde de Abril de 186... un solitario estaba sentado á
orillas de un río. El sol se hundía en su ocaso; las brisas de la
tarde gemían en los follajes; las aguas murmuraban quejosos
adioses; la naturaleza daba su despedida á aquel día, que iba á
hundirse para siempre en la noche de los siglos; por el oriente
asomaban nubarrones oscuros como las sombras que cubren un alma
acuchillada por profundas dolencias y por hondos recuerdos de
ilusiones evaporadas. Con la frente apoyada en ambas manos, el
solitario fijaba sus miradas absortas en las ondas que huían
arrastrando hojas muertas, á perderse fugaces en desiertos
ignorados. De ese modo habían huido los días de su juventud; y así
sus esperanzas habían sido arrebatadas por las olas implacables del
infortunio.
Ese solitario era yo. Recordaba escenas de mi niñez en aquel
mismo paisaje en que algunos años antes había tantas veces jugado
con mis hermanos; en donde un día salvé á Emilio y vi á mi madre
levantar al cielo su más ardiente plegaria en una mirada suya
velada por sus lágrimas. ¡Ay! entonces la inocencia abrigaba con su
manto mi alma pura, y hoy está manchada por el lodo del vicio;
entonces las horas volaban en torno mío cargadas de melodías,
impregnadas de perfumes, y hoy cada una que pasa deja en mi frente
una arruga y destila en mi pecho una gota de hiél.
En la noche que siguió á aquella tarde, dormí en el corredor
exterior de la casa de mis padres: otros dueños la habitaban. Allí,
temblando de frío, esperé que la aurora me otorgase su luz para
continuar mi viaje á regiones lejanas.
Al dejar aquellos sitios, llenos de caros recuerdos, humedecí
con mis lágrimas la tierra que guarda los huesos de mis padres, y
estreché contra mi pecho la cruz que avisa al viajero que allí
reposan hijos de Cristo. ¡Si durmiese mi último sueño debajo de
aquellos céspedes!"