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AMISTADES DESIGUALES

 

I

Era un Diciembre. Sábese que en Bogotá es costumbre que data de muy antiguo el salir las familias que lo pueden á mudar aires, aunque sea á lugares no distantes de la capital, durante este mes; y algunas prolongan por el siguiente su estancia campestre. En tal costumbre influyen no sólo razones higiénicas: necesita el ánimo espaciarse unos días, descansar de la vida monótona y estirada de la corte, saborear los placeres inocentes y sencillos del campo, expandirse al aire libre, viendo árboles y flores, praderas y cielo abierto.

Con razón, pues, que el día en que una familia emprende su paseo al campo, el regocijo se pinte en todos los semblantes. Sobre todo, la llegada al paraje destinado á la huelga veraniega, es alegría, casi locura: el contento de los niños no tiene medida; ¡cómo saltan en el prado; cómo corren tan sólo por el placer de moverse; cómo gritan; cómo trepan á las colinas, ansiosos de avistar nuevos paisajes! Es que el hombre necesita cultivar de cuándo en cuándo relaciones con la naturaleza libre, amplia, abierta; necesita anchos horizontes para sus miradas ávidas de vastas perspectivas; necesita aire para su pecho, ansioso del perfume de las malezas y déla frescura de las brisas; necesita sol, agua y viento, lo mismo que la planta, la flor y el ave.

En un pueblito que yace al occidente de la capital, distante de ésta unas seis leguas, ó sean, en nuestro actual sistema, unos tres miriámetros, había en Diciembre de.... varias familias que acudieron allí atraídas por la merecida fama que aquel sitio goza por sus buenas aguas, sus aires puros y el noble carácter de sus moradores. En estas familias había de todo: en unas opulencia, en otras medianía, pobreza en otras. Mas la apacible vida de campo las igualaba hasta donde es posible que en la riqueza y la estrechez quepa igualdad. Animaba la franqueza relaciones contraídas sin antecedentes y etiqueta; y la expansión de los ánimos borraba las distinciones que fijan en las ciudades las diferencias nacidas de lo que llamamos |posición, social.

De entre estas familias, nos fijaremos solamente en dos: la Ordóñez y la Polanco. Poseía la primera fortuna mediana, por lo cual llevaba vida muy modesta. La segunda, una de las más opulentas de la capital, observaba, no obstante, en su nueva residencia, hábitos sencillos, y hasta pudiera decirse que humildes. Era digna de todo elogio la cordialidad con que en su casa eran acogidas las gentes, aun las de pobre condición; y era de notarse el exquisito cuidado con que la madre y las hijas procuraban presentarse en público modestamente vestidas. Tal conducta les ganaba el cariño y gratitud de las gentes del lugar. Nada hay más antipático, y hasta ridículo, que el necio empeño que algunas gentes toman por hacer en las poblaciones pequeñas, muestras de su aristocrático lujo de corte.

Miguel, jefe de la familia Ordóñez, era un simpático joven de unos veinte años de edad. Resentíase su carácter de algo como esquivez, que no dejaban las gentes superficiales de achacar á orgullo, pero que no era sino efecto de la convicción profunda que tenía de que tan sólo la opulencia puede creerse con el derecho á captarse las simpatías generales. Era su corazón afectuoso y expansivo, lo cual no pocas veces habíale proporcionado decepciones dolorosas. Apasionado por el estudio, buscaba la sociedad en sus libros, en los cuales hallaba amigos que nunca le hacían traición, y sabios consejeros que nunca le engañaban, y contertulios que siempre divertían su espíritu. Este modo de ser lo hacía un tanto misántropo: la soledad le ofrecía halagos cuya dulzura no comprenden las gentes que sólo en el bullicio hallan distracción y goces. Los hombres como Miguel no andan á caza de amistades fáciles: si no rechazan aquellas que buenamente los buscan, tampoco mendigan las que pretenden avasallar caracteres levantados. Aunque de escasa fortuna, no se afanaba por adquirir oro, y vivía bien quisto con la suerte que la Providencia le asignó en el mundo. El sabía muy bien que para este corto viaje de la existencia no se necesita grande equipaje, que las más délas veces es un estorbo en la marcha.

El hijo mayor de la familia Polanco tenía unos veintidós años. Llamábase Ricardo. De corazón bondadoso, y educado con esmero, la riqueza no había conseguido corromperle. Eran dulces sus modales, cual si fuese su propósito agradar á los demás. Era su carácter de suyo generoso: una cualidad resaltaba en él: su compasión por las gentes desgraciadas. Poseía, además, una instrucción distinguida.

 

II

Varias veces se encontraron Miguel y Ricardo en el riachuelo que pasa no lejos del caserío, y al cual concurren las gentes á tomar sabrosos baños. La gravedad de Miguel, y su silencio un tanto melancólico, llamaron desde luego la atención de Ricardo, quien comprendió ser aquel joven poseedor de prendas no vulgares. Agradábale hasta su esquivez; achacábala á la pudorosa dignidad que mantiene á las almas delicadas un tanto retraídas, por temor de que se juzgue que mendigan relaciones interesadas. Poco á poco fue acercándosele, hasta que al fin consiguió trabar conversación con él. Este primer ensayo lo dejó plenamente satisfecho; no estaba equivocado: era poseedor Miguel de condiciones valiosas; su esquivez no era orgullo; era tan sólo noble modestia.

Las relaciones de los dos jóvenes adquirieron en breve cordial intimidad. Sorprendido de su hallazgo, notaba Miguel que su amigo no paraba mientes en los bienes de fortuna cuando era cuestión de apreciar las condiciones de un hombre; íbase derecho al fondo del alma, al asiento del corazón.

Estaba esta amistad revestida de cierto encantador espiritualismo. Tenían los dos amigos unas mismas creencias religiosas, y las practicaban juntos: jamás una discrepancia, nunca una contradicción. Un hecho imprevisto acabó de afianzar el íntimo cariño de estas dos almas gemelas.

Había no lejos del caserío, á la vera del camino, una triste barraca en que habitaba un ciego sin otra compañía que un niño y un perro.

Salió Ricardo un día á pasear á alguna distancia del pueblo, por gozar á solas de la melancólica belleza de una tarde de verano. El sol, medio hundido entre cortinajes de oro pálido, bañaba las serranías con esa luz indecisa que el vulgo apellida |sol de los venados. Las brisas no mecían los follajes. Los ladridos de loa perros; los cantares lejanos de los labriegos que volvían de su labor en busca del reposo del hogar; los chillidos de los grillos en los matorrales húmedos: todo formaba un confuso ruido que la extensión de la llanura apagaba, y que sin ecos se perdía á lo lejos, como los vagos susurros de una muchedumbre que ora en voz baja en un vasto templo. La poética imaginación del joven contemplaba absorta aquel cuadro de la naturaleza soñolienta. La Campana de la aldea dio de súbito el toque de la oración de la tarde. Algo debió de decir esta voz divina á su corazón, pues al punto se descubrió y oró alzando al cielo

Recuerdos de infancia; memorias de los seres queridos que la tierra nos oculta ya; juegos de niños en torno de la madre que amorosa les sonríe; delirios misteriosos de nuestro amor primero.... todo eso se agolpa á la mente en ese momento de religiosa solemnidad, en que la campana de nuestra aldea nos recuerda que es hora de pensar en Dios, implorando su misericordia y bendiciendo sus beneficios.

El corazón de Ricardo estaba conmovido; rebosaba en sentimientos de amor y ternura; y sentía necesidad de compartirlos con alguien. Divisó la cabaña del ciego, y se dirigió á ella: ansiaba hacer el bien. Se entró sin hacer ruido. El ciego estaba moribundo. A su lado, de rodillas, lloraba el niño, su compañero; el perro miraba con profunda atención el rostro del agonizante; y, sosteniendo la cabeza de éste, con una rodilla en tierra y vuelta la espalda á la puerta, estaba Miguel. La luz indecisa del sol poniente luchaba con la oscuridad del interior de la cabaña, haciendo apenas visibles los objetos. Ricardo cayó de rodillas al lado de su amigo, cuyos labios murmuraban en aquel momento la plegaria de los agonizantes.

-No hace un momento pensaba en ti, le dijo Miguel luego que hubo concluido su oración.

-Aquí me tienes. ¿Me necesitabas para algo?

-Quería que presenciases conmigo esta escena. ¡Es tanto lo que se aprende al lado de un moribundo! ... Mira: ya acabó. ¡Dichosa alma! no había yo visto nunca una agonía más tranquila.

Los dos jóvenes dieron al muchacho algunas monedas, y se dirigieron al pueblo en busca de alguna persona que viniese á acompañar el cadáver por esa noche. En el camino nada so dijeron: bastante hablaban sus corazones. Al día siguiente dieron loa pasos conducentes á la inhumación del cadáver.

Este incidente estrechó aún más los vínculos de aquella noble amistad. Los lazos contraídos á favor de los graves sentimientos que inspira la virtud, unen los corazones más íntimamente que los formados en horas de placer y orgía.

 

III

Quiso Ricardo que su amigo contrajese relaciones de amistad con su familia, y al efecto le invitó varias veces á su casa. Miguel repugnaba presentarse en la casa de aquella familia, porque comprendía que la suya no podía hombrearse con ella, con motivo de la inmensa distancia que las separaba respecto de bienes de fortuna. Sin embargo, temeroso de que su amigo echase á mala parte su negativa, accedió por fin á sus instancias.

Como Ricardo había hablado repetidas veces de las prendas de alma y corazón del excelente joven, la familia le recibió muy bien: todos á porfía le manifestaron cordial deferencia y le inspiraron confianza. Él salió satisfecho y agradablemente desengañado de las prevenciones que le habían hecho temer, de parte de aquellas opulentas gentes, orgullo y desprecio.

-Mucho me ha gustado tu familia, díjole á Ricardo, quien salió á acompañarle á alguna distancia de la casa. Te confieso mi pecado: temía yo tratarla, porque me figuraba que sería gente engreída, de esa que cree degradarse con las relaciones de los que no estamos á su nivel. ¡Qué desengaño tan agradable! ni siquiera noté lujo en el ajuar de la habitación.

-¡Qué lujo ni qué niño muerto, hombre! Mis padres saben que unos pocos bienes de fortuna no autorizan para halagar el egoísmo con la ostentación de vanidades pueriles.

Miguel se sintió aliviado de un peso que antes le abrumaba: vio de súbito anulada la distancia que le separaba de su amigo. La modestia venía á igualar la condición de las dos familias.

Esa tarde, durante la comida, hizo á su madre y su hermana grandes elogios de la familia de Ricardo y de las virtudes de éste. Al día siguiente se lo presentó. La cordialidad se estableció sin dificultad alguna entre el excelente joven y doña Matilde y Julia, madre y hermana de Miguel, quienes componían toda su familia.

Ricardo repitió su visita á la noche siguiente. Causábanle encanto la paz y el amor que reinaban en este inocente hogar. "He aquí, pensaba, resuelto á mis ojos el arduo problema de la felicidad. Estas gentes, pobres y humildes, gozan de una paz que en vano se buscaría en hogares opulentos."

Por la conversación que tuvo esa noche con doña Matilde y Julia, en tanto que Miguel se había retirado á escribir unas cartas que debían ser enviadas al siguiente día, conoció algunas de las intimidades de este dichoso hogar. Doña Matilde había perdido á su esposo hacía diez años, quedo pobre y con sus dos hijos en estado de recibir educación. Milagros debió de hacer la digna matrona, milagros de abnegación y prudencia. Lo cierto es que Julia recibió una más que mediana educación; y Miguel adquirió conocimientos nada comunes. Desde que fue capaz de trabajar, él se constituyó en jefe de su familia, consagrando sus heroicos esfuerzos á la subsistencia de aquellos dos seres amados que la Providencia había confiado á su protección. La más dulce ternura estrechaba estos corazones nacidos para los afectos delicados, y la paz derramaba en aquel nido de amor encantos que no aciertan á comprender las almas que se agitan en las luchas de la ambición.

Todo esto lo comprendió Ricardo. Redoblóse su afecto y su admiración hacia su amigo. La vida que esta familia llevaba era sencilla, puede decirse que humilde. Mas ¿qué significa un poco de fausto ante la dulce tranquilidad de almas contentas con su suerte, porque están contentas consigo mismas? ¿No es sencilla la felicidad, como lo es la naturaleza como lo son las obras predilectas de Dios?

Las visitas de Miguel á casa de Ricardo se hicieron más frecuentes: bien pronto fue amigo íntimo de la aristocrática familia. La madre de Ricardo le significó deseos de tratar á Doña Matilde y Julia. Pocos días después las dos familias cultivaban relaciones estrechas.

Las hermanas de Ricardo le cobraron á Julia profundo cariño. Su instrucción, sus maneras y sus virtudes lea inspiraban admiración y respeto.

Miguel comenzó á notar en el carácter de Julia cierto cambio que no dejó de alarmarle. Ella, tan modesta poco antes, que se sentía satisfecha con un traje de vaporosa muselina y una fresca flor en los cabellos, empezó á entristecerse al comparar sus vestidos con los de las señoritas Polancos; sentíase humillada siempre que salía á paseo en compañía de éstas, y observaba que las gentes tenían para con ellas mayores atenciones. Sábese que una mujer, por reflexiva y seria que sea, nunca logra hacerse superior á ciertas pequeñas mortificaciones del amor propio.

Por vez primera en su vida, la noble niña comprendió que en el mundo elegante las dotes del alma y el corazón tienen valor muy escaso cuando ricos atavíos no vienen á enaltecerlas; y sintió por vez primera en su pecho candoroso la aleve mordedura de la vanidad. Vaga melancolía reemplazó en su rostro el infantil regocijo que de continuo lo animaba y subía del fondo de su corazón á dar á sus ojos lumbre de ventura. Ella que antes veía la vida al través de los sueños de su fantasía de niña y cultivaba la dicha como las flores de su jardincito, se estremeció de algo que no acertó á comprender si era miedo, al columbrar en parte las realidades del mundo.

Esta mal disimulada tristeza la notó Miguel, y fácilmente adivinó su causa. Comprendió haber obrado con imprudencia al poner en contacto su humilde familia con gentes que le eran superiores en rango. Mas por desgracia era tarde. Ya no era posible retroceder en el arduo camino emprendido en mala hora.

Ricardo era para con él cada vez más fino: llegó hasta á hacerle obsequios que no pudo rechazar por temor de ofender la delicada susceptibilidad de su generoso amigo.

 

IV

Una tarde la casa de Miguel se hallaba en movimiento inusitado.

Doña Matilde y Julia estaban afanadas en el arreglo de vestidos y adornos. Concluido el traje de Julia, ésta se lo probó; acercóse luego á un espejo, y halló ser más bella de lo que se había imaginado. Jamás había pensado en llamar la atención; pero en aquel momento conoció que bien podía atraer miradas y conquistar aplausos.

Una familia amiga de las Polancos vino de la ciudad á hacerles una visita de algunos días. Resolvióse hacer un baile. Ricardo invitó con instancias á Miguel y su familia. El modesto joven, que no halló modo de eximirse de concurrir, tuvo que hacer sacrificios superiores á sus fuerzas, á fin de que su madre y su hermana se presentasen en el baile con la decencia que las circunstancias demandaban. Compró en la ciudad telas costosas; y por primera vez en su vida hubo de valerse, para el arreglo de los vestidos de Julia, de las habilidades de una modista.

Aquella tarde Julia se atavió con esmero, como si hubiese estado acostumbrada á este género de atenciones. Y realmente quedó bella. Era alta y delgada. Sus cabellos castaño-oscuros se rizaban en hermosos bucles. Sobre la blancura mate de su rostro brillaban dos ojos grandes y negros, cuya vivacidad revelaba la inteligencia que bullía en su frente aristocrática. Era su belleza de aquellas que no sorprenden al primer golpe de vista, pero que ganan con ser analizadas. Poseía una seriedad, natural en ella como lo era en Miguel, que comunicaba á su fisonomía el aire imponente de la altivez de una reina.

El baile estuvo bellísimo, y la concurrencia sostuvo hasta el fin su espontáneo buen humor. Sólo Miguel, si bien se manifestaba complacido, no se hallaba satisfecho: notaba que la familia López miraba con desdén á doña Matilde y Julia, como si extrañase el verse en sociedad con gentes vulgares. Algunas hablillas secretas, acompañadas de ademanes imprudentes, le hicieron ver claro: tratábase con desprecio á las dos |advenedizas. Una cosa le mortificó todavía más: Ricardo se mostraba demasiado deferente respecto de Julia; violos conversar durante una pieza que bailaron juntos, y notó luego en ella cierta tristeza pensativa que en vano trataba de ocultarle.

Era Julia, sin duda, la reina del baile por su distinguida belleza y por sus maneras cultas. Comprendiólo así Margarita, y notó que Ricardo le prodigaba atenciones. Desde luego se puso de mal humor, y la miraba con ojos de mal encubierta cólera.

Era Margarita la hija menor de don José López, conspicuo capitalista. La familia López, una de las más acatadas de la alta sociedad, era la visitante de las Polancos. Margarita amaba á Ricardo hacía algún tiempo; mas éste, conocedor del mal carácter de ella, fruto de los mimos de que en su casa era objeto, procuraba esquivar cuanto le era posible el contraer compromisos serios.

Esa noche, fuese obra de su buen humor, fuese que estaba realmente impresionado, exhibióse Ricardo entusiasta por los encantos de Julia. La cándida muchacha, que por vez primera entraba en el teatro del gran mundo; que hasta entonces no había amado sino á su hermano y su madre; que de súbito veía un nuevo horizonte abierto á los ojos de su alma infantil, alma sencilla, juguetona y cándida, sentía impresiones de que no tenía ni idea y que mantenían su espíritu en un estado de encantador embebecimiento. No conocía de la vida sino el lado hermoso; del mundo, tan sólo las flores perfumadas y las aves de vistoso plumaje y de gorjeos amorosos.

Nada se escapó á la perspicacia de Miguel: de un golpe comprendió la extensión del peligro. No le era posible retirar su familia, porque eso hubiera sido confesar tácitamente que no la estimaba digna de semejante círculo de relaciones; hubo, pues, de soportar hasta el término del baile.

Tan pronto como quedaron solas las dos opulentas familias, siguieron los comentarios de regla sobre los sucesos de la tertulia. Las López, y en especial Margarita, prodigaron punzantes cuchufletas dirigidas á ridiculizar á las dos advenedizas amigas de las Polancos.

-No era malo el traje, dijo Margarita, refiriéndose á Julia. Pero me ocurre una duda: ¿tendrá otro la pobrecita?

-Y no es fea la muchacha, observó al punto otra. ¡Infeliz! la conocí en un colegio, y daba compasión la traza con que se exhibía.

Las Polancos la defendían; mas echando mano de esa clase de defensas que más bien humillan, porque son inspiradas por una lástima hiriente. No osaban contrariar á sus amigas, y para ello reían también de los amargos gracejos de que era objeto Julia.

Sentíase Ricardo contrariado, pero disimulaba. No se atrevía á cargar con el peso del ridículo de que le habrían abrumado si se hubiese exhibido francamente admirador de los méritos de ella. Margarita se gozaba en herirle más y más por medio de agudos chistes. El campo quedó por suyo. La infeliz era, sin duda, un objeto despreciable.

La llegada á la casa de Doña Matilde, Miguel y Julia no fue agradable: él estaba pensativo, Julia melancólica, y la señora se afligía al notar en los dos antes bulliciosos muchachos, aquel aire de inusitado desabrimiento.

-Resueltamente, dijo él al entrar á la sala, jamás volveremos á reuniones de gentes grandes. Pero yo me tengo la culpa: he procedido como un insensato. ¿De qué le sirve á uno conocer el mundo en teoría.

-¿De modo, repuso Julia, que hemos de continuar en esta vida de soledad como si fuéramos gente montuna? Por mi parte preferiría un convento.

-Hemos sido objeto de irritante desprecio; se nos ha tratado como a gentes manchadas por la deshonra, dijo Miguel con voz temblorosa

-No exageres, observó Julia. Yo nada noté; todo lo contrario, recibí atenciones que creo no merecer.

Estas palabras confirmaron las sospechas de Miguel. No le quedaba duda: Julia amaba á Ricardo; las atenciones de éste le habían impresionado de tal manera, que no había tenido ojos para ver las muestras de desprecio que las señoras López poco se cuidaron de disimular

Doña Matilde puso término á esta conversación dando á los dos jóvenes la orden de acostarse, por ser ya demasiado tarde.

Miguel durmió poco: estaba fuertemente impresionado. Por vez primera había hallado en su hermana, tan sumisa siempre á sus menores deseos, espíritu de contradicción. Ella, tan satisfecha antes con el amor de su madre y su hermano, y con los humildes goces de una pobreza pacifica y digna, se había atrevido á decirle que á la vida que hasta entonces había llevado, prefería el retiro de un claustro. Por otra parte, ¿qué podía proponerse Ricardo con inquietar el corazón de la inocente criatura? ¿Qué sería de ella de ella si un amor sin porvenir llegaba á apoderarse de su alma?

Julia no cerró los ojos: palabras nunca oídas Por ella habían descendido al fondo de su corazón incauto, y resonaban en él con encanto jamás imaginado ni en sueños. A su primer paso en el mundo había encontrado flores hermosas. No era la felicidad eso que había saboreado hasta entonces en el seno de su hogar silencioso y oscuro: debía de ser algo como lo que en aquellos momentos adivinaba; algo capaz de saciar la avidez de un alma ansiosa. 

 

V

Pasaron algunos días. Ricardo menudeaba sus visitas á Julia, y se manifestaba más admirador de sus raras prendas. A Miguel no se ocultaba nada; presentimientos amargos le causaban miedo. Mas le faltó valor: fue débil para romper de un tajo el hilo de lo que más tarde podría ser una trama complicada. Teníalo tan fascinado el cariño de Ricardo, que no se atrevió á romper con él, y le parecía una especie de injustificable suspicacia el mostrarse desconfiado de su generoso amigo. Además, la conducta respetuosa de éste, que jamás se permitía nada que ofender pudiese el candor infantil de la inocente virgen, no daba asidero para un rompimiento brusco. Nunca se le oía la más ligera alusión que pudiese dar margen á creer que él se consideraba de esfera superior á la de sus nuevos amigos. ¿Qué pasaba realmente en el alma de Ricardo? ¿Amaba á Julia, ó tan sólo buscaba un pasatiempo que halagase su vanidad? A no dudarlo, era hombre de excelente corazón; estimaba en los demás las prendas reales; no se detenían sus ojos en la superficie de los caracteres; no estaba todavía materializada su alma. Era puro el interés que Julia le inspiraba: comprendía y estimaba la excelencia de sus virtudes, la nobleza de su carácter; y era esto lo que formaba su inmaculado ideal de la mujer perfecta. En su concepto, una compañera bella y virtuosa, como lo era Julia, bastaba para colmar la vida de encanto, de amor inmortal.

El trato que daba á Julia era decoroso, aun más, era tímido. En su presencia sentíase pequeño: tanta inocencia lo abrumaba de respeto; carácter tan noble le imponía admiración. Eran serios sus propósitos. Su ambición se reducía á hacerse un hogar modesto, que fuese la morada de virtudes tranquilas.

No se ocultó á, su padre lo que pasaba, y lo tomó muy á mal: deseaba el matrimonio de Ricardo con Margarita; y el raro capricho del atolondrado deshacía de un golpe sus ambiciosos proyectos. En tal virtud, resolvió que cuanto antes la familia regresase á la ciudad. Esperaba que Ricardo, colocado otra vez en el centro de sus aristocráticas relaciones, olvidaría sus caprichos.

En la víspera del viaje Ricardo fue á despedirse de sus amados amigos. En vano Julia trató de disimular la pena que en aquellos momentos la dominaba. Su primera sensación de dolor doblegaba su alma virgen.

Doña Matilde procuró hacer el rato menos desagradable; mas no pudo disipar la negra nube de melancolía que sombreaba los corazones. Hasta Miguel, cuyo carácter era casi inalterable, estaba taciturno: su cariño por Ricardo era ya para su alma algo como una necesidad. Al despedirse, hizo éste protestar de que siempre sería para ellos el mismo, y prometió venir á visitarlos con la posible frecuencia.

-¿Me permites, dijo á Miguel, que le deje á Julia este recuerdo de amigo?

Y se quitó de la mano izquierda un hermoso anillo de brillantes.

-No quisiera yo.... Me apena... Es cosa delicada... balbució Miguel, encendido como grana.

-Nada tiene esto de particular: un recuerdo de amistad en manera alguna ofende la más susceptible delicadeza. No creas que yo pretenda dejarle un valor: este anillo es para mí una prenda de cariño, de ternura, nada más; me lo regaló mi madre el día de mi primera comunión. Yo deseo que Julia lo conserve como si fuese una flor que tú le regalases al emprender un viaje.

-Acepto, repuso Miguel, en fuerza de la nobleza de sentimientos que te mueve á hacer esto; mas con una condición.

-¿Cuál?

-Que tu lo recibirás el día en que yo juzgue deber devolvértelo.

-Convenido, repuso Ricardo, quien al poner la preciosa joya en manos de Julia, le dijo con la más exquisita delicadeza:

-Que ese día nunca llegue. Y no llegará jamás, se lo prometo á usted. Que esta prenda de recuerdo simbolice á sus ojos los nobles propósitos de un corazón que....

Su voz se apagó. Era la primera vez que una franca declaración se escapaba de sus labios. Su amor era tímido porque era verdadero.

Julia estaba pálida. Una sombra, perceptible apenas, rodeaba sus ojos, velados tenazmente por sus largas pestañas. Al recibir el anillo, su mano temblaba, y acertó apenas á balbucir algunas palabras de agradecimiento.

La declaración estaba hecha. Ya no había misterio para ninguno de los dos amantes. Hasta Miguel confiaba en la sinceridad de esta pasión, nacida á impulsos de sentimientos generosos.

 

VI

Ricardo cumplió con la promesa que hiciera á sus amigos de volver á verlos. Al mes de haberse separado de ellos, se presentó en su casa. Sus relaciones con doña Matilde y Julia eran ya menos ceremoniosas: recibíasele con la confianza que inspira un viejo amigo.

En el transcurso de tres meses les hizo cuatro visitas. Su padre comprendía cuál era la causa de estas ausencias, que el joven disculpaba con ingeniosos pretextos.

Entre tanto, Margarita no descansaba en sus planes. Hízose amiga íntima de la hermana mayor de Ricardo; á todas horas estaban juntas, ya en la casa de la una, ya en la de la otra. Él comprendía el objeto de tal amistad. Repugnábale la presencia de esta mujer, en quien no hallaba cosa que llamase su atención, ni en lo moral ni en lo físico: vulgaridad en todo, vanidad, maledicencia, pasión desenfrenada por el lujo, ideas estrechas, amor por los placeres ruidosos: tal era, en suma, el fondo del carácter de la opulenta heredera. No obstante, por complacer á su hermana, la trataba con finura y á veces con deferencia.

El padre de Ricardo tenía proyectado, hacía largo tiempo, el enviarle á Europa á pasar allí una buena temporada; y como notase su necia pasión, que bien podía conducirle a, hacer una calaverada de marca mayor, resolvió que el viaje tuviese lugar inmediatamente.

El buen joven respetaba profundamente á su padre. Sin embargo, al saber su resolución, se atrevió á hacerlo objeciones, fundadas en que aun era demasiado joven para separarse ya del lado de sus padres, y lanzarse á oscuras en un mundo sembrado de escollos peligrosos para un joven inexperto.

El anciano, que adivinó el motivo verdadero de tales subterfugios, se puso furioso.

-Tienes dos días, le dijo, para preparar tu marcha: pasado mañana partirás sin remedio. Y le volteó la espalda.

El joven quedó como anonadado. Nada podía hacer ya: conocía el carácter inflexible de su padre, y no hallaba más camino que obedecerle. La familia al día siguiente estaba en movimiento preparando el viaje del infeliz Ricardo, quien, triste y silencioso, y pudiendo apenas contener sus lágrimas, se rendía resignado á la inexorable voluntad de su padre. La noche víspera de su partida se encerró en su cuarto y escribió una larga carta de despedida a Miguel. He aquí algunas de sus líneas:

"Mi padre, con una severidad que nunca había visto en él, me ha ordenado partir al punto para Europa. Debo obedecerle sin replicar, sin vacilar siquiera. Tú en mi lugar, harías otro tanto. Cualquiera que no fuese ni tú ni yo, hoy mismo se alzaría contra el querer de su padre. Sabes, porque me conoces, que yo no soy capaz de una acción semejante, indigna de un pecho siquiera agradecido. Parto, pues, amigo mío; y ni tiempo se me concede para ir á despedirme de ti, de tu madre, de tu hermana, de vosotros, que sois ya para mí.... te lo diré francamente, lo que más amo sobre la tierra.

"Acuérdate, Miguel, cuando al declinar el sol salgas á dar un paseo por la espaciosa llanura donde estaba la choza del cieguito; acuérdate de la tarde en que te hallé acompañando en su agonía al moribundo; acuérdate de las cosas que nos dijimos los dos esa noche sobre las negras realidades de la vida y las dulces esperanzas de las almas que elevan sus miradas al cielo. ¡Ahí nunca, mientras viva, olvidaré aquella escena: esa noche te oí palabras cuya solemne elocuencia no podrías estimar tú, insensible como eres á los altos dones de tu inteligencia; propósitos nacieron en mi corazón que jamás, confío en Dios, se escaparán del santuario de mi conciencia, purificado esa noche al contacto de tu alma generosa, sublime. Acuérdate de tu amigo cuando eleves tus preces en la capillita de la Virgen, y pídele á la dulce Estrella del mar por este infeliz proscrito que va á arrostrar las tempestades del océano y las más temibles aún de ese otro abismo que llaman |mundo civilizado.

"En poder de D. Julián Nates dejo unes reales. Pídeselos, y que te sirvan para atender á la subsistencia y la educación del hijito de nuestro ciego.

"En el Banco*** dejo una suma de alguna consideración. ¿Perdonarás a mi cariño si ofendo tu delicadeza? Si alguna vez te hallares en situación angustiosa, dispon como quieras de ella. Acepta esto, amigo mío, como un humilde recuerdo de aquel cuyo corazón te debe lo que en el mundo no puede tener precio: amor á la virtud y esperanzas inmortales.

"A esas santas criaturas que Dios te concedió por compañeras, díles á mi nombre muchas, muchas cosas; díles lo que sólo tú sabes decir; sé para ellas el intérprete de este tierno corazón que conoces tan á fondo, porque él es hijo tuyo, que formaste en horas de enseñanzas prácticas, de esas que dejan huellas imborrables.

"Mi amor no es un secreto para ti ni para ella. Díle que la esperanza más dulce de mi alma, que en mi largo viaje me acompañará y me sostendrá en mis luchas conmigo mismo, es la de poder más tarde pasar mi vida á su lado, vida modesta como lo es ella, lejos del fausto enemigo de la verdadera dicha, lejos del bullicio aturdidor del mundo, lejos de las ávidas miradas de círculos corrompidos por el refinamiento de la vanidad. Díle que me espere: quizás mi ausencia no sea muy larga. No sé cuánto durará mi permanencia en Europa: ello depende en un todo de la voluntad de mi padre. Mas ¿qué son unos años para corazones cuya ternura se siente capaz de desafiar los embates del tiempo?.... "¡Adiós, Miguel! ¡adiós, Julia! ¡adiós, virtuosa madre de esos dos ángeles!...."

Miguel leyó esta carta á sus dos compañeras, como le decía Ricardo. Más de una vez sus sollozos interrumpieron la lectura. Las lágrimas de Julia corrían silenciosas, y humedecían su falda de blanca muselina.

 

VII

Seis meses después recibió Miguel carta de Ricardo, escrita en París. Dábale cuenta en ella de las circunstancias de su viaje y de sus primeras impresiones recibidas en la metrópoli del gran mundo. Para Julia había palabras de ternura y afectuosas promesas.

Al cabo de un año se recibió otra carta, que fue la última. En ella hablaba Ricardo con entusiasmo de los refinamientos de la ciudad dichosa, sin dejar de tener de cuándo en cuándo una que otra expresión despreciativa para esta tierra atrasada, en que por desgracia suya había visto la luz. Para Julia, algunos pálidos recuerdos de amistad y cordiales deseos de que fuese dichosa.

Miguel lo comprendió todo: aquello estaba termínalo. Era deber suyo rodear á su hermana de mayor afecto, endulzando en lo posible la amargura de su alma. Él se creía el único responsable de todo, y quería resarcir á fuerza de ternura el daño que su imprudencia había causado á la inocente niña. Era él quien había acercado la llama al combustible: debía, si posible era, apagar el incendio.

Poco á poco, como quien paso ante paso se acerca á un objeto temido, fue procurando preparar á su hermana para un desengaño, hasta que al fin le reveló el fondo de su pensamiento. La infeliz escuchó en silencio, y pálida como una estatua de marfil, las reflexiones de su hermano, y al cabo rompió á llorar. Mas la esperanza, último recurso de un corazón que padece, vino á confortarla: no se arranca al primer esfuerzo una planta que ha echado raíces profundas.

Honda tristeza se fue apoderando de ella, tristeza muda, traidora, de esas que á sordas minan el alma y en sí mismas se concentran á devorar sus recuerdos. Su salud desmejoraba á ojos vistas: sus mejillas perdieron el suave sonrosado que tanto las embelleciera en sus días de inocente felicidad; en sus ojos se apagó aquel fulgor que á su pesar revelaba los más íntimos secretos de su corazón; sus cabellos, tan abundantes en otros días, se empobrecieron bien pronto. Ya no era sino una sombra de aquella joven hermosa y altiva sin presunción, inteligente y á la par modesta, cuya presencia inspiraba respetuosa simpatía.

La madre, que penetraba en lo íntimo del corazón de aquel pedazo de sus entrañas, contemplaba entristecida los progresos que la melancolía iba haciendo en la sensible criatura; en vano se esforzaba por darle valor, por distraerla, por ahogar la matadora pasión á fuerza de ternura y

 

VIII

Pasado algún tiempo, cuatro años después de su partida de Bogotá, tornó Ricardo al suelo nativo.

Imposible hubiera sido á quien hubiese conservado intacta la imagen del joven que paseaba con Miguel por las praderías de un rincón de la Sabana de Bogotá, en las tardes arreboladas de un lujoso Diciembre, imposible le hubiera sido reconocerle ahora. Su hermosa fisonomía, en que poco tiempo antes la vida ostentaba todo el vigor de su savia abundante, estaba demacrada; sus ojos apagados no eran aquellos que bullían brilladores, alumbrados por el amor; su frente revelaba el peso de la fría tristeza que abrumaba su corazón. Y más imposible le hubiera sido reconocerle si hubiese podido penetrar por un momento en ese corazón de veintiséis años, helado al soplo del escepticismo, sin afectos, sin ilusiones, sin más culto que el del deleite.

Cuando Miguel supo la llegada de su antiguo amigo, sintió placer y miedo: podía suceder que tornasen á su hogar aquellos días de dicha que habían huido como los arreboles al hundirse el sol; mas también podía suceder que un último desengaño extinguiese por completo la esperanza en el corazón de Julia, cuya vida pendía ya de ese débil hilo.

La tarde del día en que llegó la noticia á oídos de Miguel, estaba Julia sentada á la sombra de uno de los árboles del jardín.

-¿Qué me das por una buena noticia? le dijo su hermano, jugando con los ya escasos rizos de sus cabellos.

-¡Ricardo!.... exclamó ella; y un vivo sonrosado animó sus mejillas enflaquecidas.

-Sé que está en camino. Quizás llegue dentro de unos quince días.

-¿Aquí?

- No, á Bogotá. Vamos, ten valor. Su largo silencio no es favorable indicio de que venga fiel á sus promesas.

-Ya nada temo. Más amarguras no podría devorar mi alma. Para todo estoy prevenida. -Bien: sabe, pues, que ya está en Bogotá.

Ella exhaló un grito, y cayó de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos. Miguel la tomó en sus brazos y le besó la frente con inmensa ternura. Un acceso de tos acometió á la enferma, que venía sufriendo del pulmón hacía algún tiempo.

Pero pasaban días y días, y Ricardo no aparecía por allí. Ni siquiera se había dignado corresponder á la esquela de saludo que Miguel le envió tan pronto como supo su llegada. Un día vio Miguel en un periódico estas líneas:

"Han recibido la bendición nupcial el estimable caballero D. Ricardo Polanco y la interesante señorita doña Margarita López. La fiesta estuvo regia, cual correspondía á las dos aristocráticas familias que se han unido por medio del enlace de dos de sus más distinguidos miembros. Todo augura que en el nuevo hogar la dicha derramará sus dones á manos llenas."

Quedó anonadado. Ya había presentido un desenlace como éste; pero siempre lo sorprendió, como todo golpe que nos hiere en el fondo del alma.

¿Habría de ser realmente el nuevo hogar dichoso? Quién sabe. Ricardo no amaba ni podría amar á su esposa; pero en cambio, la rica heredera había acrecido su capital con unos cuantos miles de pesos. El joven esposo recibió una esquela concebida en estos términos:

En cumplimiento de una promesa que hice á usted, le envío ese anillo que usted recordará al punto de verlo, nunca ha adornado la mano de ningún miembro de mi familia: puede, pues, usted usarlo sin temor de que él revele secretos extraños.

"La suma que dejó usted en el Banco *** está allí todavía. Puede usted pedirla, juntamente con los intereses que haya devengado."

Ricardo sonrió con desprecio. Mas al colocarse el anillo en uno de sus dedos, una lágrima rebelde rodó por su negra barba. ¿Le recordaría aquella joya las tiernas emociones de su alma el día de su primera comunión, cuando aún creía y amaba con el dulce candor de la inocencia? ¿Recordaríale los encantos que un amor noble y puro regala al corazón, y que más tarde, cuando el hielo del escepticismo apaga la llama del entusiasmo, se nos presentan como una sonrisa irónica de falsa ventura?...

Miguel vaciló unos días sobre darle ó no á su hermana noticia del matrimonio de Ricardo; mas al fin se decidió á proceder con franqueza.

Ella, cuando se hubo convencido de la realidad, exhaló un sollozo ahogado; y luego bajó los ojos y se quedó pensativa, como si hablase consigo misma. A pocos momentos irguió la cabeza y sacudió los cabellos que le habían en parte cubierto la frente. Su rostro estaba sereno; ni una lágrima empañaba la brillantez de sus ojos. Cual si despertase de un pesado sueño, recobró sus fuerzas y se puso en pie. Tal parecía que con valor arrogante desafiaba al infortunio que cobarde la hería.

-¡Me engañaste, corazón iluso! yo te castigaré obligándote á devorar en silencio tu amargo dolor.

Tal se dijo sin cuidarse de que era escuchada. Y luego, alzando los ojos al rostro de Miguel, que enternecido la contemplaba, le dijo sonriente:

-Fue un engaño, nada más. ¿Acaso no podemos engañarnos todos? creí amar á un ángel, y me equivoqué. ¡Qué necia! ¿no?

-Perdóname, Julia: soy el responsable de todo. Sufrí también un engaño. Yo debí pensar que una |amistad desigual no puede producir sino frutos amargos. El mundo es así; y debemos aceptarlo tal como es.

-¡Perdonarte! ¿de qué? ¿No has sido tú para mí, no eres siempre mi ángel guardián, la luz de mis ojos, el sostén de mi vida? Perdona á la pobre ilusa este error que ha sido funesto á nosotros todos. Mas ya nada hay que temer: estoy curada; mira cómo me río de mí misma.

Y rió á carcajadas. Mas un golpe de tos interrumpió su risa. Fue en esta vez el acceso más fuerte y sostenido, una gota de sangre manchó sus labios.

Su espíritu se erguía con majestuosa altivez, pero su cuerpo estaba herido de muerte.

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