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BIEN POR MAL

 

I

A principios del mes de Junio de 187... me hallaba en P***, villa pintoresca de tierra caliente. Aquel rica naturaleza desplegaba el esplendor de su lujo tropical. Ostentaban las siembras toda la fecundidad de aquel abundoso suelo, y las gentes vivían en no interrumpido gozo, al fin como quien ve asegurada su vida, y en el alma lleva el regocijo de una tierra mimada por un sol generoso, y en su rostro la alegría de un cielo sonriente.

No lejos del poblado corre un hermoso río; hay paisajes en sus riberas que se resisten á ser descritos: ¡es tan suave la frescura de sus opacas sombras, y tan delicado el verde de sus céspedes, y el olor de sus flores tan grato, tan quejosos los murmurios de sus ondas al romperse en las piedras de los declivios!

Habitaba en la villa doña Inés viuda de Noguera, matrona de excelentes condiciones morales, que bien se merecía el respeto y el cariño que aquellas sencillas gentes le tributaban á competencia. Siendo aun joven contrajo una enfermedad que la obligó á trasladarse á aquel lugar, afamado por la bondad de sus aguas. Era madre de un niño, pequeñuelo todavía, miembro único de familia que allí la acompañaba, pues su esposo se quedó en el lugar de su habitual residencia, por ver de reunir recursos para enviarle; mas cuando sus negocios se lo permitían, venía á visitar á su esposa y á su hijo.

El chico valía un tesoro: carácter apacible, maneras suaves, inteligencia apta para todo aprendizaje, corazón colmado de amor por su madre. Amábanle las gentes, principalmente el cura, quien, tan pronto como pudo conocerle á fondo, comprendió que en aquel niño había materiales de sobra para formar un ciudadano eminente. Hacía para cuatro años que la señora de Noguera habitaba aquel lugar, cuyo clima le había probado muy bien. Vino un antiguo amigo un día a visitarlas fue haciéndola poco á poco sabedora de su terrible desgracia: había el señor Noguera muerto durante un viaje que tuvo necesidad de emprender á Casanare con motivo de un negocio de ganados.

La viuda y Luis, su hijo, sólo en los consuelos de la fe cristiana pudieron hallar lenitivo á su dolor. El amoroso niño redobló su ternura para con su madre en aquellos días de amargo pesar: era cosa admirable que en tan cortos años cupiesen cuidados tan ingeniosos por aliviar un dolor que él mismo apenas podía soportar.

El cura contemplaba con admiración los actos de ternura filial de aquel niño, cuya grave conducta parecía la de un hombre maduro ya, y que fuese sabedor de los secretos de un alma herida por la desgracia.

-Señora, díjole un día: Dios ha querido mitigar su pena infundiendo en ese niño sentimientos superiores á un corazón infantil. ¡Valor y esperanza! La, Providencia vela por usted. Corre de mi cuenta, la educación de Luis.

-¡Gracias, gracias, señor! exclamó doña Inés con voz temblorosa, dichoso mi hijo, único amor que me resta en el mundo; por lo que hace á mí... en ello se cifran todos los anhelos de mi corazón. Dios, se encargará de pagar á usted esta noble acción.

Quedó resuelto, en suma, que el niño partiría dentro de breve tiempo á principiar sus estudios en un colegio que entonces había en la ciudad cabecera de la provincia.

Llegó el día de la partida. Hubo doña Inés de llamar en su auxilio todo el valor de su espíritu, templado al calor de grandes infortunios, para poder resolverse á separarse de su hijo. Luis derramó abundantes lágrimas al pedir, de rodillas, á su madre la bendición. Ella, resignada en apariencia, moderó cuanto pudo su intenso dolor, y, al dársela, pronunció con voz firme estas palabras:

Nunca olvides que tu madre moriría de vergüenza el día en que supiese haberte manchado tu con una acción infame. El alma de tu padre seguirá tus pasos. Tu gratitud hacia el noble sacerdote que hoy ejerce sobre ti la benéfica acción de la Providencia, se expresará en tu conducta, si ella fuere levantada y digna.

Cuando Luis hubo partido, Doña Inés rompió á llorar, libre ya del temor de causarle desaliento con muestras intempestivas de maternal ternura: á solas, en su aposento, vertió copiosas lágrimas y desahogó su pecho en profundos sollozos.

Las familias amigas la acompañaban, turnándose, de suerte que no le dejaban sino breves momentos de soledad. Abundaban allí las almas excelentes, y las virtudes de la matrona eran estimadas: era que entre aquellas gentes aun no había tomado asiento el helado espíritu del egoísmo, mortal enemigo de los sentimientos tiernos, que engrandecen el alma y dulcifican la vida.

 

II

Era el señor M*** el magnate principal de la villa: poseía riquezas considerables. Carlos, su hijo, apenas unos dos años mayor que Luis Noguera, también entró al colegio donde éste iba á empezar sus estudios. Hicieron desde el principio contraste los dos alumnos conterráneos: consagrado el uno, de vasta inteligencia, de carácter nobilísimo, había rápidos progresos en su aprendizaje, y se captaba el cariño de maestros condiscípulos; el otro, desaplicado, inepto, soberbio y díscolo, perdía el tiempo y sembraba sólo antipatía y desprecio. Comprendió bien pronto lo desventajoso de su posición: sentíase humillado ante el prestigio de Luis, á quien cobró desde luego profundo rencor.

Mimado desde niño, como que era hijo único, pensaba Carlos merécelo todo; y, además, como abundaba en recursos de dinero, juzgábase con derecho á humillar á todo el mundo. Lo que le causaba mayor indignación era el ver las preferencias de que era objeto el buen Luis, el |monigote, como él le llamaba, quizás haciendo alusión á los servicios que le prestaba el anciano párroco de la villa. Más de una vez ofendió al inofensivo joven, quien oponía al rencor de su gratuito enemigo tan sólo la suavidad de sus maneras y la noble circunspección de su carácter.

La conducta recíproca de los dos jóvenes no se escapó á los ojos del director del colegio: propúsose estar en guardia para salir en defensa del más amado de sus discípulos. Comprendió Luis fácilmente las disposiciones de ánimo, respecto de él., de su maestro; y puso todos los medios que estuvieron á su alcance por que no llegase el caso de que éste Interviniese.

Los progresos de Luis eran más que sorprendentes: ensanchábase su alma al paso que se nutría con el pan de la verdad. Mas no eran estas las condiciones que más le enaltecían: era su corazón, incapaz de contener el odio en su seno, y sólo sensible á todo lo generoso; era su carácter, sencillo y á par firme, dulce, sin el empalago de una fingida amabilidad; era el ardiente amor que profesaba á su madre, sentimiento que absorbía todos los demás de su alma, comunicándoles su candor y su ternura.

Su reputación bien pronto comenzó á ganar terreno ante la consideración de los habitantes de la ciudad, que veían en este joven los gérmenes de un hombre que habría de ocupar posición distinguida en su patria,

Todo lo sabía la madre: las penalidades de su viudez y las amarguras de su pobreza se le hacían llevaderas cuando pensaba en el brillante porvenir de su hijo. Como hacen siempre las madres sensatas, que saben que la humildad es el fundamento de todas las virtudes, jamás tenía un elogio para el distinguido joven, y antes bien en sus cartas mostrábasele severa, y con cualesquier pretextos le reprendía las menores faltas que notaba por acaso en las de él. ¡Misteriosas compensaciones las de la fortuna! Más de una vez, al saberse las honrosas distinciones de que el huérfano era objeto, madres poseedoras de cuantas ventajas brindan las comodidades, envidiaban la viuda la dicha gloriosa de tener tal hijo.

  

III

Pasaron seis años.

Habiendo concluido Luis las materias que se enseñaban en el colegio, pensó en volver al lado de su buena madre, cuya salud quebrantada desmejoraba á ojos vistas.

Era una hermosa tarde de fines de Diciembre. El sol ocultaba parte de su disco entre nubes purpúreas que engalanaban su lecho; hacía ostentación el valle del lujo y primores de su vegetación, dorada por los postreros fulgores de la tarde; parejas de aves viajeras cruzaban el espacio é iban á perderse, como puntos negros, perceptibles apenas, en la azul transparencia de las sierras lejanas.

Doña Inés, acompañada de una sirvienta, estaba sentada en la gradería del puente del río. Acaso era indiferente á las bellezas del paisaje que á sus ojos se desplegaba. El rumor de las aguas se perdía en la pradera, como un trueno lejano, á lo largo del valle cubierto de mieses, en, sazón ya. Fijaba, sin parpadear, sus ávidas miradas en el último recodo del camino, por si veía aparecer á aquel á quien aguardaba. Asomó por fin. Oyóse un doble grito. Bien pronto el apuesto joven, abandonando su cabalgadura, se lanzó en los brazos de su dichosa madre.

En silencio, apenas interrumpido por los latidos de su corazón, se confundían hijo y madre en estrecho abrazo, derramando dulces lágrimas. Repuestos un tanto de su primera emoción, se sucedían las preguntas unas tras otras, y rápidos diálogos alimentaron buen rato la solicitud de aquellas dos almas inflamadas en el más puro de los sentimientos que pueda albergar el pecho del hombre.

Siguieron los dos para el poblado cuando la noche empezaba á ennegrecer los perfiles de los cerros que yacen hacia el Oriente, á pie Luis, y doña Inés apoyada en su brazo. La sirvienta conducía el caballo del cabestro. Como es costumbre en las poblaciones de tierra caliente, muchas familias estaban disfrutando de las brisas de la noche á las puertas de sus habitaciones en amigables coloquios y bulliciosa alegría. Cuando pasaba la matrona con su hijo, se apresuraban las gentes á salirles al encuentro, y á ella la felicitaban y á Luis le daban la bienvenida. Habíase el joven desarrollado mucho físicamente y venía hecho ya todo un gallardo mozo. Precedíale su fama, y le tenía aparejados los corazones para brindarle acogimiento amigo.

No quiso doña Inés que Luis tocase á su habitación sin haber saludado primero á su protector: dirigiéronse, pues, á casa del cura. Alegróse el buen señor al ver á su protegido.

-Hombre, díjole abrazándolo y mirándolo después de los pies á la cabeza; si te hubiese encontrado por ahí, no te habría conocido: ¡sí has echado tamaño cuerpo! Y ese bozo.... ¡vaya! estos muchachos nos hacen más viejos de lo que pensamos. ¿No es esto, señora Inés? Y reía á boca llena el excelente anciano, colmado su corazón de tierno regocijo.

Instalados en los asientos de la pieza de estudio del párroco, tomó la conversación un aire más serio: hablóse del colegio, de los estudios de Luis, de los proyectos del cura sobro la carrera que pensaba darle.

-Debo decirte, hijo mío, que estoy satisfecho de ti: he seguido tus pasos, y nada de reprensible encuentro en tu conducta. Bien, muy bien: me hallo ventajosamente recompensado de los pocos esfuerzos que he hecho por ti. Hay, eso sí, que perseverar, porque en un momento se puede perder el fruto de la lucha de largos años. Cuidado, sobre todo, con engreírte.

Luis, dominando lo mejor que pudo su emoción, le dio las gracias por sus beneficios, y prometióle corresponder á ellos haciéndose digno del nuevo padre que la Providencia le había deparado.

Había en sus palabras el noble vigor de un pensamiento firme. Era elocuente su sencillo acento, fiel expresión de conceptos brotados del fondo del alma.

En silencio lloraba doña Inés en un ángulo de la pieza, apenas iluminado por la pálida lumbre de un quinqué: acariciaba la dicha su corazón tras lentos años de amargos padecimientos.

-Vamos, no es para tanto, señora Inés, díjole el cura sonriente: la permanencia de Luis en la capital no puede ser muy larga, pues dará término á sus estudios en breve tiempo, que voluntad le sobra. Y luego tendrá usted á su lado á un sujeto de provecho, que será su consuelo, su firme apoyo.

La señora enjugó sus lágrimas sonriendo y burlándose de ti misma: ¡tan fáciles son de enjugar las que la dicha agolpa á los ojos! Despidiéronse del cura, y al punto se dirigieron á su humilde vivienda. Gran parte de la noche la pasaron conversando. Ella quería que Luis le hablase de todo: de sus maestros, de sus condiscípulos, de sus triunfos obtenidos en los exámenes públicos, de las familias de .la ciudad; y el joven se complacía en hacerle relaciones de cuanto en aquellos momentos acudía á su memoria.

-A propósito, dijo ella, hace ocho días llegó Carlos. Veo que su carácter ha variado mucho; paréceme un tanto engreído. No sé por que se trata con sumo desprecio, hasta me niega el saludo.

No quiso Luis hacerla sabedora del odio gratuito que Carlos le había cobrado hacía largo tiempo ya: no juzgó deber mezclar á las gratas emociones de aquellos momentos nada que tuviese dejos de amargura.

  

IV

Salió Luis al día siguiente á dar un paseo por las calles del pueblo. Cuantas personas lo reconocían se le acercaban, dándole la bienvenida y prodigándole muestras de cariño. Hay ocasiones en que uno se consuela al ver que la virtud conquista aplausos: revela el hombre, á veces, nobles instintos que denuncian su origen excelso. Luis se complacía al reconocer en jóvenes ya formados, amigos suyos de infancia, y para todos tenía palabras halagadoras y expresiones de gratitud por la deferencia de que era objeto de parte de aquellas gentes sencillas.

Al pasar por frente á una ventana á medio entornar, vio á una señorita cuya fisonomía no le fue extraña.

-¿Quién es aquella señorita? preguntó al amigo con quien hablaba en aquel momento.

-¿No recuerdas ya á Isabel, a quien llamabas la Reina? -Qué hermosa está, observó Luis por lo bajo, dirigiendo hacia la ventana una mirada furtiva.

Isabel conoció á Luis; comprendió que hablaba de ella, se ruborizó y se apartó de la ventana.

Era Isabel una joven distinguida entre las del lugar por su belleza, por su regio talante, que desde pequeña le mereció el título de Reina que le dieron los chicuelos, y por su bello carácter, que la hacía amar de cuantos la trataban. Hija única, sus padres la mimaban amorosos.

Desde el momento en que Carlos la vio, sintióse fuertemente impresionado. Se hizo presentar en la casa de ella, donde fue recibido con galante cortesía. Esto le infundió valor y esperanza, si bien Isabel le demostraba atención, mas no simpatía. Repitió sus visitas, y su pasión fue encendiéndose momento por momento. Don Lucas, padre de Isabel, comprendió lo que pasaba. Parecióle buen partido.

Tan pronto como Isabel reconoció á Luis, pensó en sus felices días de infancia, en que tantas veces jugó con el huérfano: eran muy gratos esos recuerdos á el alma impresionable de la hermosa niña. No le era desconocida la historia de los últimos años del joven, y sentía admiración hacia él, que volvía á su hogar condecorado con bellos títulos de gloria. 

Había recibido Isabel educación no vulgar: de viva inteligencia, de corazón entusiasta por lo bello, eran sus entretenimientos amenas lecturas, revisadas antes por su padre, sujeto no muy instruido, mas sí de sólidos principios morales.

Carlos continuó frecuentando la casa: contaba con el apoyo de los padres de Isabel, quienes siempre se cuidaban de recibirle con halagadora amabilidad. Mas notaba de parte de ella poco entusiasmo por su persona, no obstante el creerse dueño de atractivos irresistibles. Sus conversaciones con la familia rodaban de continuo sobre proyectos de ostentosas grandezas para el porvenir. Pretendía deslumbrar á Isabel con el esplendor del lujo. Ella, desde luego, comprendiólo todo: le repugnaba la idea que de su carácter había podido formarse el opulento mozo, y oía indiferente, y á las veces fingiendo distracción, sus fantásticos proyectos. Esta indiferencia lo desconcertaba: había creído vencer por estos medios, omnipotentes a juicio de almas como la suya, y se hallaba con que en ella ninguna impresión causaban tales cosas.

La madre de Isabel fue una tarde á casa de doña Inés á hacerle la visita de felicitación por la venida de Luis: la acompañaba su hija. Muy agradable fue el rato para las visitantes. La dicha que ostentaba el rostro de la viuda, la animada y pintoresca conversación de Luis, la noble dignidad de estas dos almas, que inspiraban simpatía y al par admiración, el mutuo amor de sus corazones.... todo esparcía en aquel sencillo hogar cierta atmósfera de dicha que en vano se busca á veces en otros que engalanan las pompas del lujo.

Madre é hija salieron dulcemente impresionadas. Pensaba Isabel no sentir por Luis sino admiración; pero este sentimiento ejercía sobre su alma atractivo indefinible.

Al día siguiente presentóse Luis en casa de D. Lucas. Tímido al principio, fue poco á poco cobrando valor, animado por las muestras de confianza que se le daban, hasta que al cabo se halló en su campo, animábase por grados su conversación: chispeante, espiritual, unas veces tierno, otras imponente, empezó á ejercer, sin saberlo él mismo, un dominio irresistible sobre sus amables interlocutores. No se cansaban de oírle: le tocaba D. Lucas diferentes puntos, sólo con el propósito de hacerlo discurrir. La inteligencia del joven se apoderaba de cualquier asunto que le fuese presentado. Dos horas duró la visita.

La impresión que Luis dejó en el alma de Isabel, no era tal vez amor, era apenas simpatía, pero una simpatía que empezó á dominarla con el despotismo de un sentimiento avasallador. Ni ella misma se daba cuenta de lo que experimentaba por vez primera en su vida: parecíale ver realizado el ideal que forjara su alma al soñar con un porvenir de casta ventara.

¿Y Luis?... Sentimientos nuevos para él habían brotado en su corazón. Hasta entonces sólo había saboreado las fruiciones de una gloria naciente y los goces sencillos de una conciencia pura. Comprendió, de súbito, que á su alma se abría una región desconocida aún.

Carlos estuvo en casa de D. Lucas la noche de aquel mismo día. La conversación rodó sobre grandezas y boato, temas obligados del petulante mozo.

-Hablando de otra cosa, le dijo don Lucas, ¿ha visto á su condiscípulo Noguera? Aquí estuvo hoy.

-Sí, ¿eh? replicó Carlos sin poder disimular la impresión desagradable que tal noticia le causaba. Pocas veces le he visto. ¡Pobre muchacho! Estoy trabajando por ver de conseguirle un destinito de escribiente en la Alcaldía. Quizá sirva para esto, y con el pequeño sueldo pueda, en parte, remediar su mucha miseria.

Isabel tembló de ira. Por fortuna el salón estaba un tanto oscuro, que si no, habríase hecho visible la palidez que cubrió su frente. Miró á Carlos de pies á cabeza y sintió por él profundo desprecio. -Me parece inteligente, observó don Lucas.

-Así... así... Tiene alguna verbosidad. Y... volviendo á otra cosa, ¿muy preparada está usted, señorita Isabel, para el San Juan? Dicen que habrá disfraces, y baile, y paseo al río.

-Poco hemos pensado en eso, respondió Isabel con marcada indiferencia. Haré en todo caso lo que disponga mamá.

La conversación fue languideciendo por momentos, hasta que el visitante puso término á ella despidiéndose.

-¡Siempre en mi camino ese pelafustán! se dijo Carlos, en la calle ya. ¿A qué habrá venido á esta casa? Por fortuna D. Lucas no es tan torpe para aceptar semejante petardo.

Esa noche estuvo inquieto y se desveló. La incuestionable superioridad de Luis lo alarmaba.

 

V

Este estuvo esa noche inquieto también; pero causas muy diversas fueron las que lo desvelaron. ¿Qué tengo? se decía. ¿Qué es esto que nunca había cruzado por mi mente? ¿Amo á Isabel? ¡No, mil veces no! Fuera esto una locura. ¿Qué pudiera ofrecerle un pobre huérfano?..... Mas ¡cuan dulce me será verla con frecuencia y hacerle comprender que soy su amigo! Esto no es más que amistad.

Amaneció un poco pálido. Notólo doña Inés; mas él calmó su inquietud diciéndole sentirse bien.

Esa tarde pasó el joven por frente de la ventana de Isabel. Ambos se ruborizaron al cambiarse un saludo. Cada tarde hacía lo mismo. Vino á ser para él una necesidad el pasar por allí á determinada hora, y á la misma estaba Isabel en la ventana. ¿Esto sería también una necesidad para el alma de la hermosa?... No quería pensar Luis que aquello fuese otra cosa que simpatía de amistad.

Repitió otro día su visita en casa de D. Lucas. Estuvo esta vez más espontáneo. Largo rato habló con Isabel de su amistad de niños. Sus almas se complacían en recorrer, enlazadas por el vínculo siempre grato de los recuerdos comunes, las praderas de la infancia, cuyas flores exhalan perfumes que halagan la mente.

Esos recuerdos de goces infantiles llegan siempre al corazón cargados de emociones gratas, como llegan á los oídos del viajero que torna á su aldea los ecos de la campana que despide á la tarde.

-¿Recuerda usted cómo la llamábamos? le preguntó Luis.

-Sí, la Reina; y si no recuerdo mal, fue usted el inventor de tan peregrino nombre. ¿De dónde sacó esa idea?

-De.... de ... algún presentimiento.

Isabel comprendió la extensión de estas palabras, y se ruborizó visiblemente.

La señora madre cambió el rumbo de la conversación, y pronunció incidentalmente el nombre de Carlos. Sintióse Isabel contrariada.

-A propósito, dijo la señora con intención; nadie puede conocer mejor que usted á Carlos, pues fue su condiscípulo. ¿Cómo lo juzga usted?

Cuidóse Luis de emitir respecto de su enemigo concepto alguno desfavorable; antes, en cuanto cupo en lo verosímil, hizo elogios suyos.

Isabel lo escuchaba sorprendida. Viniéronle á la mente las palabras depresivas de Carlos respecto de Luis; y comprendió el contraste del carácter de los dos. Adivinó de un golpe las condiciones morales del nobilísimo joven. Hasta entonces había conocido la elevación de su alma; conocía ahora la hidalguía de su corazón.

A poco rato despidióse Luis.

Ya en la calle, iba pensando en que eran mas inertes sus impresiones de lo que se había imaginado: el nombre de amistad cuadraba mal, á su entender, á este sentimiento vivo, íntimo, que se estaba apoderando de su alma.

Luis era soñador: con sus veinte años, su carácter generoso, su corazón impresionable y su mente ardorosa, tenía de sobra para lanzarse en el mundo encantado que habitan las almas amantes. Bastaba á su dicha el amor de Isabel y el de su madre.... Pero ¡ay! el mundo no es un idilio, y la sociedad ha creado necesidades que no se satisfacen con ideales hermosos y con sentimientos nobles.

Esta triste reflexión asaltó la mente de nuestro joven amante. Sus poéticos proyectos vinieron al punto á tierra. Pensó en su estado de suma pobreza; pensó en que á su madre debía consagrar cuanto sus fuerzas pudiesen dar de suyo; consideró que Isabel gozaba de holgura en su tranquilo hogar; comparóse con Carlos, hombre opulento, capaz de rodear á aquella á quien hiciese su esposa de cuantos halagos la riqueza brinda á sus favorecidos, y hallóse débil para entrar en lucha, y nulo para sostener tan desigual competencia.

-Debo ahogar esta pasión, se decía paseándose á solas bajo los árboles de la plaza; debo poner un dique á este sentimiento que se va apoderando de todo mi ser. Quiérelo así mi suerte: debo rendirme á su voluntad.

Al hacerse tales reflexiones, llenáronse de lágrimas sus ojos, y palpitaba con violencia su corazón. ¡Es tan hermosa la ilusión primera con que el amor regala á un alma virgen!

Resolvió retirarse poco á poco de la casa de Isabel.

¿Qué pensaba ella entre tanto? Su corazón estaba fuertemente impresionado; y una mujer que ama por primera vez, no se detiene á hacer cálculos. Ama y espera: eso es todo.

No dejó Carlos de comprender que en su pretendida se había efectuado un cambio desde que Luis estaba frecuentando la casa. Su odio por su rival tomó enormes proporciones, y, lejos de extinguirse su pasión, se encendió más en vista de la lucha que se le presentaba. Como los padres de Isabel lo recibían con cariño, sus visitas se hicieron más frecuentes. Entre tanto las de Luis disminuían notablemente. Rara tarde pasaba por la calle, y cuando lo hacía, apenas tenía para Isabel un saludo respetuoso.

Esta conducta inesperada de Luis la hacía sufrir. Ignoraba su causa. ¿Sería veleidoso? no: en su elevado carácter no podía caber tal debilidad. ¿O sospecharía de ella que amaba á Carlos? ¿Temería ser desechado en vista del partido, ventajoso á ojos vulgares, del opulento amante? Estas dudas le causaban tormentos indecibles.

 

VI

Llegó el 24 de Junio, día consagrado á la festividad de San Juan Bautista. Sábese que en los pueblos de tierra caliente esta fiesta se celebra con locos regocijos.

Desde el amanecer, las gentes, al grito de |¡San Juan! se entregaron á un entusiasmo universal. A las nueve de la mañana comenzaron los disfraces. Era de verse aquella baraúnda de tipos del país, y aun de países extranjeros, que colmaban la plaza. Ya es una partida de llaneros: los trajes, el acento, los modales, todo en suma, era fiel imitación de las costumbres de los habitadores de Casanare; ya es una recua de mulas conducidas por socórranos, que van al |reino | á vender sus azucares; ya es un grupo de italianos que van de casa en casa ofreciendo sus servicios de remenderos. De súbito se presenta una góndola tripulada por bellas pescadoras: llevan guitarras, y entonan canciones marinas que transportan el alma á las riberas del Adriático, á la poética Venecia. La góndola iba movida por ruedas invisibles; de suerte que la ilusión no podía sor más completa. Tenían los cantares la vaga melancolía que reina en las desiertas playas del mar.

Aquella fiesta popular, en que todas las condiciones se nivelaban, y nadie era indiferente al general regocijo, ofrecía mil encantos y sorprendentes novedades al viajero que la contemplaba por vez primera. Él sabía bien que escenas semejantes no volverían tal vez á presentarse en el cuadro de su vida azarosa.

Tal parecía que la naturaleza tomaba parte en la fiesta de aquellos felices mortales. Ni una nube manchaba el azul transparente del cielo; el sol, que empezaba ya á descender del zenit, derramaba en la llanura haces de viva lumbre; en alas del viento llegaban á intervalos los rumores del río.

Se oyó de súbito la voz de una corneta: era la señal de marcha. Las gentes se encaminaron á la vega. Voces femeniles, acompañadas de instrumentos de cuerdas, entonaban sentidos bambucos, que los ecos devolvían en vagos murmullos.

En una explanada pintoresca, á orillas del río, que cercan rocas coronadas por arbustos vestidos de enredaderas, hizo alto la bulliciosa comitiva. Era este el punto destinado á la fiesta de la tarde. Allí aguardaba un refresco servido bajo el alar que una roca saliente formaba á macera de un amplio cobertizo.

El sitio comunicó mayor expansión á los ánimos, y el vino inspiró á oradores noveles que de la manera posible dieron expresión á las impresiones que los agitaban. Alguien pronunció en voz alta el nombre de Luis Noguera, que fue aclamado por todos con repetidas instancias. No pudo eximirse de tal compromiso, y se puso en pie. Profundo silencio sucedió de súbito á la algazara general. Empezó Luis á hablar con voz casi apagada por la emoción; pero poco á poco fue cobrando brío, y bien pronto su elocuencia empezó á ejercer sobre su auditorio una fascinación desconocida. Frenéticos aplausos interrumpían de cuándo en cuando al orador. Los variados sentimientos que éste excitaba en los ánimos, se pintaban en los semblantes; su voz resonaba en los corazones como una música celestial. Expresó su gratitud por la acogida benévola que él y su madre hallaron en aquella hospitalaria población, y por los consuelos que les habían prodigado cuando el infortunio los sumió en la orfandad; bendijo á las buenas almas que, durante su ausencia, habían aliviado el dolor de la viuda solitaria; auguró días de gloria para el pueblo que sabía cumplir de tal manera con el más bello de los preceptos de la ley cristiana; ofrendó, como débil retorno á tanto bien, todo el amor de su alma á su patria adoptiva, y el tributo de su gratitud, que sería inextinguible.

Cuando hubo terminado, buscó con la mirada á su madre, en cuyo rostro brillaban gruesas lágrimas. Luego sus ojos se encontraron con los de Isabel, también humedecidos. En ese momento los dos se revelaron cuanto hasta entonces habían tratado de ocultarse. Carlos los espiaba: ninguna duda quedóle ya.

Luego que hubo concluido el rústico banquete, fueron las damas conducidas á la meseta que, á manera de murallas, cercan las rocas. La música entonó una alegre pieza de baile, y al punto los galanes invitaron aballar a las señoritas. Como todos, ellos y ellas, estaban disfrazados, aquello presentaba contrastes graciosos y vistosas perspectivas.

El sol, al final de su diurna carrera, teñía de púrpura y oro el ocaso; sus rayos horizontales ribeteaban de perfiles luminosos las rocas que formaban la fila occidental, y derramaban en los grupos de los bailarines matices indecisos. El río, que majestuoso deslizaba sus ondas á pocos pasos de allí, mezclaba sus rumores á los ecos de la música; las aguas, azules en los remansos y espumosas en los rápidos, ofrecían á los rojizos reflejos de la luz crepuscular, que al través de los follajes movibles de las palmeras hasta ellas penetraba, matices fantásticos que el más hábil pincel en vano intentara imitar.

Carlos invitó á Isabel á bailar una pieza; ella, venciendo como pudo su repugnancia, que el enamorado joven no dejó de notar, aceptó la invitación. Al terminarse la pieza, díjole con voz que la rabia hacía trémula:

-Isabel, todo lo sé; lo he adivinado todo. Lástima sería que el gracioso sainete que usted me está haciendo representar, terminara en tragedia.

Isabel se estremeció y guardó silencio.

Estaba hechicera con su traje de veneciana: había sido una de las tripulantes de la góndola. La falda de su traje, color de cielo pálido, apenaste llegaba un poco abajo de la rodilla; sus pies, primorosamente calzados en borceguíes amarillos, parecían, al deslizarse en el verde gramal, dos turpiales que jugaran en el follaje de una palmera. Era realmente la reina de la fiesta.

Poco después de haber bailado con Carlos, la invitó Luis. Al tender la mano á éste, un ligero temblor revelaba su emoción, no quiso Carlos bailar en esta vez, y se puso en acecho á observar lo que pasase entre los dos amantes. Luis procuró internarse en lo más espeso de los grupos de bailarines. Todas sus resoluciones se desvanecieron en aquel instante de dicha suprema, en que por primera vez sentía palpitar sobre su pecho el corazón de la mujer que había iniciado el suyo en los dulces misterios del amor. Las juiciosas reflexiones que se hiciera sobre lo difícil de su posición social; el recuerdo de su madre, á quien era deudor de todo su ser, de su alma toda; el temor de que los padres de su amada lo rechazasen, persuadidos de que él nunca podría competir con Carlos en bienes de fortuna; el ridículo que vendría sobre él al ser vencido en esta lucha insensata, en que seguramente triunfaría el más fuerte.... todo desapareció á los ojos de su espíritu en estos momentos de dulce embriaguez, como al abrir los ojos á la luz del día se desvanecen los sueños que forjó nuestra mente.

-Isabel, le dijo con voz perceptible apenas, hay momentos en la vida en que la dicha nos abre sus misteriosos arcanos. Al decir esto sintió que la mano de la hermosa temblaba en la suya.

-Yo ignoro, continuó, el idioma en que se expresa esto que pasa en mí, y que jamás había ni siquiera presentido. Perdone usted, pues, mi torpeza y mi osadía. Básteme una palabra pronunciada en sus oídos, como la pronunciaría en el secreto de mi conciencia: necesito decirla, aunque la esperanza me niegue sus halagos. Isabel,.... yo la amo.

-Sí, sí.... balbució ella, yo lo sabía ya.

-¿Lo arrostraría usted todo? ¿Ha pensado alguna vez en que soy muy desgraciado? ¿en que nada más que mi inmensa ternura podría yo ofrecerle?

-He pensado en que nadie en el mundo vale á mis ojos más que usted.

-¡Gracias, gracias, amada mía! Espéreme usted: trabajaré como un esclavo por merecerla, subiré á la cumbre, y un día, no lejano quizás.... En este momento calló la música.

A tiempo de sentarse, Isabel le dijo á Luis casi en secreto:

-Cuidado con Carlos: me ha dicho palabras amenazantes. Luis palideció. ¿Era cobarde? No. Mas presentaba el amor á sus ojos tan bella la vida!....

Hacía apenas ocho días que había llegado a la villa. Una noche, como á las diez, las campanas del templo tocaron á fuego. Una casa no distante de la plaza se había incendiado. Él acudió presuroso al lugar de la catástrofe, donde se reunió bien pronto numeroso gentío. Hiciéronse esfuerzos para apagar las llamas, mas fueron inútiles todos. El fuego, avivado por los vientos del estío que descendían de la sierra, cobró vigor invencible, y á pocos momentos sus lenguas rugientes se apoderaban hambrientas del reseco pajizo. La lumbre bañaba de color siniestro todo el caserío. Cuando se vio que ya no era cosa posible evitar que fuese la casa consumida por el fuego, las gentes se apresuraron á sacar á la calle los objetos de más precio. Poco faltaba ya por hacer. Las llamas rugían como fiera provocada; empezaron los techos á ceder, y se desplomaban con horrible fracaso. Oyóse de súbito un grito de mujer. "¡Mi hijo!" exclamó la esposa del dueño de la casa. "¡Mi hijo va á perecer devorado por las llamas! ¡Dios mío. Dios mío, cómo pudimos olvidarlo....!" De un salto Luis se lanzó a la horrorosa hoguera, y desapareció envuelto en llamas ennegrecidas. ¡Qué temeridad! decían algunos. ¡Va á perecer ese pobre joven! Pasó breve rato, que fue para todos de horrible ansiedad, y Luis apareció, los vestidos incendiados y el rostro atezado por las cenizas, trayendo al niño, casi asfixiado ya, y lo puso en los brazos de la desolada madre. Estrechóle ella contra su seno, bañándole la frente con sus lágrimas y devorándolo á besos. Pronto dio el niño señales de vida: abrió los ojos y empezó á gemir: estaba salvo.

El hombre que tal hizo no era por cierto un cobarde: mal pudiera esa grande alma desmayar ante el peligro.

Apagóse la tarde. Las bulliciosas gentes emprendieron camino hacia el poblado. Iba festivo Luis: no dudaba un punto del amor de Isabel; contemplaba el porvenir al través de gasas de color de rosa. Isabel saboreaba en silencio su dicha: las palabras de su amado vibraban en su mente como los acordes de un arpa en las cóncavas bóvedas de un templo.

-Qué pensativa has venido, díjole D. Lucas al entrar á la casa. ¿Estás malita?

-Sí, me duele la cabeza y estoy fatigada, contestó Isabel, temerosa de que en su rostro se viesen las emociones de su alma.

Doña Inés, apoyada en el brazo de su hijo, estaba admirada de verle tan festivo, á él, de suyo inclinado á la melancolía.

-¡Qué alegre has venido!

-Sí, madre; éste ha sido para mí uno de los días más felices de mi vida.

Lejos de amortiguar el que sentía por su santa madre, su amor á Isabel lo avivaba más: eran dos fibras gemelas, enlazadas en su corazón: no podía vibrar la una sin que al punto la otra sus pirase al unísono.

 

VII

Llegó Carlos al pueblo antes que los demás. Cambióse los vestidos,  y salió á la calle.

Luis, luego que hubo dejado en la casa á su madre, salió también: había menester respirar el aire libre de la llanura, y á solas soñar, por testigos los árboles y las lumbreras del cielo.

La luna asomaba tímida por detrás de las brumosas serranías del Oriente, velada por nieblas enrarecidas; su luz bastaba apenas á dar forma á los objetos situados á corta distancia del espectador. Los sotos callaban; sólo se oía á intervalos el aleteo de alguna ave asustada, ó un suspiro del viento en los ramajes frondosos de los árboles cercanos; el cielo ostentaba su velo lujoso de las noches de verano en las tierras calientes; tal cual cocuyo cruzaba la atmósfera é iba á buscar las sombras que se albergan al abrigo de matorrales espesos. Allá abajo, en la hondonada, dejaba el río ver á trechos sus ondas abrillantadas, y las brisas traían sus rumores, que se acallaban luego, como ahogados bajo el manto de la noche silenciosa.

Luis vagaba aquí y allí, á la merced de sus pensamientos. Ora subía jadeante por las rocas cubiertas de helechos trepadores; ora absorto se detenía, y contemplaba en silencio el hermoso panorama que se extendía á lo lejos. A veces hablaba cual si alguien le escuchase: la interlocutora de su alma febril era la hermosa niña en cuyos ojos había sorprendido los secretos del amor, y de cuyos labios acababa de oír palabras indecisas, que aun resonaban en su corazón, revelándole arcanos reservados para él.

Felicidad suprema del primer amor; embriaguez de un alma virgen que columbra en sus sueños el santuario abierto sólo á los corazones puros; coloquios pudorosos de una fantasía infantil que se estremece al beso de la dicha inocente; lenguaje de las noches mudas y solemnes, que no es dado interpretar sino á almas embebecidas en sus visiones de casta ventura; pompa de la creación que se deja contemplar en todo el brillo de su esplendor por aquellos seres privilegiados á quienes dio el Señor ojos para verla, corazón para sentirla.... ¡Qué no pasaría por el alma ferviente del joven poeta en aquellos momentos de soledad, cuando buscaba en el misterio de la noche un confidente de sus pensamientos!

Al dar vuelta á una colina, divisó un bulto. Alguien, oculto en la maleza, había oído las palabras que á veces se escaparon de los labios del soñador, y el nombre de Isabel pronunciado entre suspiros. Tanta ventura había herido el corazón del espía, como el agudo hierro de una flecha enherbolada.

Pensó Luis que aquel bulto sería un labrador a quien la noche había sorprendido en la vereda, y quiso llevar sus pasos a otro paraje donde pudiese hallarse sin testigos inoportunos.

Pocos momentos después Carlos entraba á su cuarto. Si alguien le hubiese visto cuando hubo encendido lumbre, la lividez de su rostro le habría revelado su crimen.

 

VIII

Doña Inés aguardó á Luis hasta muy avanzada la noche, No podía explicarse qué causa lo retenía fuera de la casa, porque él no acostumbraba llegar tarde á recogerse. Al amanecer dejó el lecho, pues no había logrado conciliar el sueño ni por un instante.

Un labrador trajo al pueblo la fatal noticia: había encontrado no lejos del camino público el cadáver de un joven.

Rápidamente cundió la noticia por la población. Multitud de gente acompañó al Alcalde al sitio del crimen. Luis estaba tendido al pie de una ancha piedra, helado y rígido ya. La bala había penetrado por la sien izquierda. Nadie podía explicarse tan raro acontecimiento: ¡era tan amado el excelente joven! ¿Quién pudo haberle muerto? ¿Habría atentado él mismo contra su existencia? Pero todos le habían visto festivo como nunca la tarde anterior, y no eran sus ideas compatibles con tal hecho, ¡y amaba con tanta ternura á su madre!.... Estaban perplejos todos; una ansiedad anhelosa los dominaba. Los semblantes revelaban cuánta era la simpatía que se había conquistado el malogrado joven; no se oían sino encomios á sus virtudes y á sus precoces talentos.

El cadáver fue conducido al pueblo. La conmoción era general; hasta la plebe daba muestras de profundo dolor. Cuando las campanas anunciaron la llegada del cadáver, se sintió en el seno de todas las familias una especie de estupor. Jamás crimen como éste, atendida la condición de la inocente víctima, había tenido lugar allí.

¿Doña Inés?.... ¡Dios lo sabe! Sólo . El puede penetrar el arcano de ciertos dolores capaces de apagar de súbito la llama de una existencia. Hízose conducir á la Casa Municipal, donde el cadáver había sido depositado. Al ver á su hijo, el rostro ensangrentado y lívido, inerte, lanzó un grito agudo y se arrojó sobre él. Estrechábale la cabeza sobre su corazón, y le besaba la frente. Ni una lágrima asomaba á los párpados de la madre infeliz: el dolor había estancado la fuente de ese bálsamo que tanto alivia el alma. Más pálida que un busto de mármol, fija la honda mirada en el rostro de su hijo, semejaba la estatua de la orfandad de pie al lado de la muerte. Nadie se atrevía á romper aquel silencio solemne, ni á separarla de allí: tan grande pena imponía respeto á los circunstantes.

Isabel en su oratorio gemía á los pies de una imagen de la Dolorosa. D. Lucas no se explicaba el dolor de su hija por la muerte de aquél que apenas había sido un amigo de la familia; mas ella al cabo le reveló su secreto, confesándole su amor, primero y último de su corazón. El caballero al punto comprendió el misterio del asesinato, y voló á dar al Alcalde cuenta de lo ocurrido.

Bien pronto se supo en el pueblo quién era el asesino. La indignación encendió en ira á cuantos tuvieron noticia del atentado. Carlos no parecía en ninguna parte, por mas que, de orden de la autoridad, se le buscó todo el día.

Isabel no se apartaba del lado de doña Inés, consolándola por cuantos medios le sugería su ternura. Una hija no habría sido más amorosa que lo era la amante de Luis con la desgraciada viuda. Pensaba que era la causa de la muerte de él, y pretendía suplir de alguna manera en el alma de la madre la presencia del hijo.

El cura se atribuló cuando supo lo ocurrido, y voló en busca de doña Inés. Cuando ésta le vio, se postró á sus pies, y un torrente de lágrimas, primeras que vertieron sus ojos después del golpe fatal, los bañaba gota á gota. El noble anciano la levantó, y llorando también, prodigábale consuelos que él mismo necesitaba.

Las exequias estuvieron pomposas: la multitud colmaba el templo, y hasta dejarlo cubierto bajo la losa eterna acompañó, al cadáver. Sollozando como un niño, el venerable anciano bendijo por vez última la tumba del que él llamaba el amigo predilecto de su corazón.

 

IX

Tres días habían pasado. La ira del pueblo contra el asesino aumentaba por momentos, y estalló al fin en forma de asonada: pedíase á gritos la cabeza de Carlos. El Alcalde procuraba en vano calmar la muchedumbre prometiéndole que el criminal, así que fuese hallado, sería sometido á la acción inexorable de la justicia: había sed de sangre, y nada se respetaba ya. Emprendióse pesquisa, al entrar la noche, en todas las casas déla población. Imposible de todo punto que escapara el desgraciado.

Hallábase Doña Inés en su cuartito de habitación. Lágrimas calladas corrían de sus ojos, y temblaban sus labios murmurando plegarias.

Un hombre se le aparece de súbito. Pálido como un espectro, desordenada la cabellera, el traje enlodado, estaba inconocible. Era Carlos.

-¡Perdóneme usted en nombre de Luis, y sálveme, señora! le dijo en voz baja. No me queda mas recurso que acogerme al amparo generoso de usted. Ya no puedo estar seguro sino aquí.

Temblaba la señora como sacudida por una corriente eléctrica, y sin poder sostenerse cayó de rodillas sobre una butaca. Hondos sollozos alzaban su pecho. Sus ojos se levantaron hacia el cielo, velados por gruesas lágrimas. Algo decía su pensamiento, pues sus labios trémulos parecían articular palabras que le subían del fondo del corazón. Púsose de pronto en pie: su semblante, sereno ya, como si hubiese descendido á sus entrañas una lluvia de consuelo, revelaba haber formado una resolución inquebrantable.

-Pierda usted cuidado, le dijo con voz firme: le salvaré. Quédese aquí, á donde nadie vendrá á buscarle. Voy á hablar con su padre sobre los medios de ponerle en salvo. Y salió al punto, dejando entornada la puerta. Cuando el padre de Carlos la vio en su casa, pensó que la pobre madre iba con el fin de abrumarlo de cargos.

-Nada tema usted, señor, le dijo Doña Inés con semblante tranquilo. Vengo á salvar á Carlos.

-¡Cómo! ¿Usted?....

-Sí; lo acabo de dejar en mi pieza de habitación, única parte donde no le amenaza ningún peligro. Es preciso que usted me preste su ayuda esta noche, á las doce, estaremos él y yo en el camino del Sur: es necesario que allí nos espere un compañero con caballos escogidos. Todo depende de su actividad.                                                         

Doña Inés se despidió, e iba á bajar la escalera, cuando la detuvo el opulento señor.

-No sé yo qué nombre dar á usted, señora. ¡Que Dios la bendiga! ¡Que esta generosa acción abra de par en par á el alma de su hijo las puertas del cielo!

Cuando hubo la señora acabado de bajar la escalera, oyó un sollozo. El potentado magnate gemía como un niño.

Doña Inés estuvo á las doce con Carlos en el punto designado. Iba él vestido con ropas de Luis, que le había dado ella para evitar así que fuese conocido. Ya estaba allí un paje con dos briosos caballos. Al despedirse de su salvadora, besóle las manos humedeciéndolas con sus lágrimas.

-¿Cómo pagarle, señora? Si pudiese algún día....

En este momento oyóse ruido de gentes.

Montó al punto Carlos, y partió al galope. Estaba en salvo al amanecer, en camino para Europa.

 

X

Doña Inés tornó á su casa. Sentía aliviada su alma, algo más, alegre. Pensó desde aquel momento en Luis con menos pena, con regocijo casi.

Hizo llamar al cura, y tuvo con él una entrevista secreta. Salió el anciano festivo, como si hubiese vuelto á la vida su Luis adorado.

Tres días después, á las once de la noche, el cura, sentado al pie del lecho de doña Inés, aliviaba la agonía de la moribunda, bendiciendo los últimos momentos de su vida. La buena mujer expiró sonriente, y sus postreras palabras fueron: "¡Hijo de mi alma.... ya voy á ti! ..."

El anciano, de rodillas, oraba vertiendo abundantes lágrimas. Puesto en pie, besó las manos de la muerta, y salió murmurando: "¡Profundos arcanos los de la virtud!... "

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