BIEN POR MAL
I
A principios del mes de Junio de 187... me hallaba en P***,
villa pintoresca de tierra caliente. Aquel rica naturaleza
desplegaba el esplendor de su lujo tropical. Ostentaban las
siembras toda la fecundidad de aquel abundoso suelo, y las gentes
vivían en no interrumpido gozo, al fin como quien ve asegurada su
vida, y en el alma lleva el regocijo de una tierra mimada por un
sol generoso, y en su rostro la alegría de un cielo sonriente.
No lejos del poblado corre un hermoso río; hay paisajes en sus
riberas que se resisten á ser descritos: ¡es tan suave la frescura
de sus opacas sombras, y tan delicado el verde de sus céspedes, y
el olor de sus flores tan grato, tan quejosos los murmurios de sus
ondas al romperse en las piedras de los declivios!
Habitaba en la villa doña Inés viuda de Noguera, matrona de
excelentes condiciones morales, que bien se merecía el respeto y el
cariño que aquellas sencillas gentes le tributaban á competencia.
Siendo aun joven contrajo una enfermedad que la obligó á
trasladarse á aquel lugar, afamado por la bondad de sus aguas. Era
madre de un niño, pequeñuelo todavía, miembro único de familia que
allí la acompañaba, pues su esposo se quedó en el lugar de su
habitual residencia, por ver de reunir recursos para enviarle; mas
cuando sus negocios se lo permitían, venía á visitar á su esposa y
á su hijo.
El chico valía un tesoro: carácter apacible, maneras suaves,
inteligencia apta para todo aprendizaje, corazón colmado de amor
por su madre. Amábanle las gentes, principalmente el cura, quien,
tan pronto como pudo conocerle á fondo, comprendió que en aquel
niño había materiales de sobra para formar un ciudadano eminente.
Hacía para cuatro años que la señora de Noguera habitaba aquel
lugar, cuyo clima le había probado muy bien. Vino un antiguo amigo
un día a visitarlas fue haciéndola poco á poco sabedora de su
terrible desgracia: había el señor Noguera muerto durante un viaje
que tuvo necesidad de emprender á Casanare con motivo de un negocio
de ganados.
La viuda y Luis, su hijo, sólo en los consuelos de la fe
cristiana pudieron hallar lenitivo á su dolor. El amoroso niño
redobló su ternura para con su madre en aquellos días de amargo
pesar: era cosa admirable que en tan cortos años cupiesen cuidados
tan ingeniosos por aliviar un dolor que él mismo apenas podía
soportar.
El cura contemplaba con admiración los actos de ternura filial
de aquel niño, cuya grave conducta parecía la de un hombre maduro
ya, y que fuese sabedor de los secretos de un alma herida por la
desgracia.
-Señora, díjole un día: Dios ha querido mitigar su pena
infundiendo en ese niño sentimientos superiores á un corazón
infantil. ¡Valor y esperanza! La, Providencia vela por usted. Corre
de mi cuenta, la educación de Luis.
-¡Gracias, gracias, señor! exclamó doña Inés con voz temblorosa,
dichoso mi hijo, único amor que me resta en el mundo; por lo que
hace á mí... en ello se cifran todos los anhelos de mi corazón.
Dios, se encargará de pagar á usted esta noble acción.
Quedó resuelto, en suma, que el niño partiría dentro de breve
tiempo á principiar sus estudios en un colegio que entonces había
en la ciudad cabecera de la provincia.
Llegó el día de la partida. Hubo doña Inés de llamar en su
auxilio todo el valor de su espíritu, templado al calor de grandes
infortunios, para poder resolverse á separarse de su hijo. Luis
derramó abundantes lágrimas al pedir, de rodillas, á su madre la
bendición. Ella, resignada en apariencia, moderó cuanto pudo su
intenso dolor, y, al dársela, pronunció con voz firme estas
palabras:
Nunca olvides que tu madre moriría de vergüenza el día en que
supiese haberte manchado tu con una acción infame. El alma de tu
padre seguirá tus pasos. Tu gratitud hacia el noble sacerdote que
hoy ejerce sobre ti la benéfica acción de la Providencia, se
expresará en tu conducta, si ella fuere levantada y digna.
Cuando Luis hubo partido, Doña Inés rompió á llorar, libre ya
del temor de causarle desaliento con muestras intempestivas de
maternal ternura: á solas, en su aposento, vertió copiosas lágrimas
y desahogó su pecho en profundos sollozos.
Las familias amigas la acompañaban, turnándose, de suerte que no
le dejaban sino breves momentos de soledad. Abundaban allí las
almas excelentes, y las virtudes de la matrona eran estimadas: era
que entre aquellas gentes aun no había tomado asiento el helado
espíritu del egoísmo, mortal enemigo de los sentimientos tiernos,
que engrandecen el alma y dulcifican la vida.
II
Era el señor M*** el magnate principal de la villa: poseía
riquezas considerables. Carlos, su hijo, apenas unos dos años mayor
que Luis Noguera, también entró al colegio donde éste iba á empezar
sus estudios. Hicieron desde el principio contraste los dos alumnos
conterráneos: consagrado el uno, de vasta inteligencia, de carácter
nobilísimo, había rápidos progresos en su aprendizaje, y se captaba
el cariño de maestros condiscípulos; el otro, desaplicado, inepto,
soberbio y díscolo, perdía el tiempo y sembraba sólo antipatía y
desprecio. Comprendió bien pronto lo desventajoso de su posición:
sentíase humillado ante el prestigio de Luis, á quien cobró desde
luego profundo rencor.
Mimado desde niño, como que era hijo único, pensaba Carlos
merécelo todo; y, además, como abundaba en recursos de dinero,
juzgábase con derecho á humillar á todo el mundo. Lo que le causaba
mayor indignación era el ver las preferencias de que era objeto el
buen Luis, el
|monigote, como él le llamaba, quizás haciendo
alusión á los servicios que le prestaba el anciano párroco de la
villa. Más de una vez ofendió al inofensivo joven, quien oponía al
rencor de su gratuito enemigo tan sólo la suavidad de sus maneras y
la noble circunspección de su carácter.
La conducta recíproca de los dos jóvenes no se escapó á los ojos
del director del colegio: propúsose estar en guardia para salir en
defensa del más amado de sus discípulos. Comprendió Luis fácilmente
las disposiciones de ánimo, respecto de él., de su maestro; y puso
todos los medios que estuvieron á su alcance por que no llegase el
caso de que éste Interviniese.
Los progresos de Luis eran más que sorprendentes: ensanchábase
su alma al paso que se nutría con el pan de la verdad. Mas no eran
estas las condiciones que más le enaltecían: era su corazón,
incapaz de contener el odio en su seno, y sólo sensible á todo lo
generoso; era su carácter, sencillo y á par firme, dulce, sin el
empalago de una fingida amabilidad; era el ardiente amor que
profesaba á su madre, sentimiento que absorbía todos los demás de
su alma, comunicándoles su candor y su ternura.
Su reputación bien pronto comenzó á ganar terreno ante la
consideración de los habitantes de la ciudad, que veían en este
joven los gérmenes de un hombre que habría de ocupar posición
distinguida en su patria,
Todo lo sabía la madre: las penalidades de su viudez y las
amarguras de su pobreza se le hacían llevaderas cuando pensaba en
el brillante porvenir de su hijo. Como hacen siempre las madres
sensatas, que saben que la humildad es el fundamento de todas las
virtudes, jamás tenía un elogio para el distinguido joven, y antes
bien en sus cartas mostrábasele severa, y con cualesquier pretextos
le reprendía las menores faltas que notaba por acaso en las de él.
¡Misteriosas compensaciones las de la fortuna! Más de una vez, al
saberse las honrosas distinciones de que el huérfano era objeto,
madres poseedoras de cuantas ventajas brindan las comodidades,
envidiaban la viuda la dicha gloriosa de tener tal hijo.
III
Pasaron seis años.
Habiendo concluido Luis las materias que se enseñaban en el
colegio, pensó en volver al lado de su buena madre, cuya salud
quebrantada desmejoraba á ojos vistas.
Era una hermosa tarde de fines de Diciembre. El sol ocultaba
parte de su disco entre nubes purpúreas que engalanaban su lecho;
hacía ostentación el valle del lujo y primores de su vegetación,
dorada por los postreros fulgores de la tarde; parejas de aves
viajeras cruzaban el espacio é iban á perderse, como puntos negros,
perceptibles apenas, en la azul transparencia de las sierras
lejanas.
Doña Inés, acompañada de una sirvienta, estaba sentada en la
gradería del puente del río. Acaso era indiferente á las bellezas
del paisaje que á sus ojos se desplegaba. El rumor de las aguas se
perdía en la pradera, como un trueno lejano, á lo largo del valle
cubierto de mieses, en, sazón ya. Fijaba, sin parpadear, sus ávidas
miradas en el último recodo del camino, por si veía aparecer á
aquel á quien aguardaba. Asomó por fin. Oyóse un doble grito. Bien
pronto el apuesto joven, abandonando su cabalgadura, se lanzó en
los brazos de su dichosa madre.
En silencio, apenas interrumpido por los latidos de su corazón,
se confundían hijo y madre en estrecho abrazo, derramando dulces
lágrimas. Repuestos un tanto de su primera emoción, se sucedían las
preguntas unas tras otras, y rápidos diálogos alimentaron buen rato
la solicitud de aquellas dos almas inflamadas en el más puro de los
sentimientos que pueda albergar el pecho del hombre.
Siguieron los dos para el poblado cuando la noche empezaba á
ennegrecer los perfiles de los cerros que yacen hacia el Oriente, á
pie Luis, y doña Inés apoyada en su brazo. La sirvienta conducía el
caballo del cabestro. Como es costumbre en las poblaciones de
tierra caliente, muchas familias estaban disfrutando de las brisas
de la noche á las puertas de sus habitaciones en amigables
coloquios y bulliciosa alegría. Cuando pasaba la matrona con su
hijo, se apresuraban las gentes á salirles al encuentro, y á ella
la felicitaban y á Luis le daban la bienvenida. Habíase el joven
desarrollado mucho físicamente y venía hecho ya todo un gallardo
mozo. Precedíale su fama, y le tenía aparejados los corazones para
brindarle acogimiento amigo.
No quiso doña Inés que Luis tocase á su habitación sin haber
saludado primero á su protector: dirigiéronse, pues, á casa del
cura. Alegróse el buen señor al ver á su protegido.
-Hombre, díjole abrazándolo y mirándolo después de los pies á la
cabeza; si te hubiese encontrado por ahí, no te habría conocido:
¡sí has echado tamaño cuerpo! Y ese bozo.... ¡vaya! estos muchachos
nos hacen más viejos de lo que pensamos. ¿No es esto, señora Inés?
Y reía á boca llena el excelente anciano, colmado su corazón de
tierno regocijo.
Instalados en los asientos de la pieza de estudio del párroco,
tomó la conversación un aire más serio: hablóse del colegio, de los
estudios de Luis, de los proyectos del cura sobro la carrera que
pensaba darle.
-Debo decirte, hijo mío, que estoy satisfecho de ti: he seguido
tus pasos, y nada de reprensible encuentro en tu conducta. Bien,
muy bien: me hallo ventajosamente recompensado de los pocos
esfuerzos que he hecho por ti. Hay, eso sí, que perseverar, porque
en un momento se puede perder el fruto de la lucha de largos años.
Cuidado, sobre todo, con engreírte.
Luis, dominando lo mejor que pudo su emoción, le dio las gracias
por sus beneficios, y prometióle corresponder á ellos haciéndose
digno del nuevo padre que la Providencia le había deparado.
Había en sus palabras el noble vigor de un pensamiento firme.
Era elocuente su sencillo acento, fiel expresión de conceptos
brotados del fondo del alma.
En silencio lloraba doña Inés en un ángulo de la pieza, apenas
iluminado por la pálida lumbre de un quinqué: acariciaba la dicha
su corazón tras lentos años de amargos padecimientos.
-Vamos, no es para tanto, señora Inés, díjole el cura sonriente:
la permanencia de Luis en la capital no puede ser muy larga, pues
dará término á sus estudios en breve tiempo, que voluntad le sobra.
Y luego tendrá usted á su lado á un sujeto de provecho, que será su
consuelo, su firme apoyo.
La señora enjugó sus lágrimas sonriendo y burlándose de ti
misma: ¡tan fáciles son de enjugar las que la dicha agolpa á los
ojos! Despidiéronse del cura, y al punto se dirigieron á su humilde
vivienda. Gran parte de la noche la pasaron conversando. Ella
quería que Luis le hablase de todo: de sus maestros, de sus
condiscípulos, de sus triunfos obtenidos en los exámenes públicos,
de las familias de .la ciudad; y el joven se complacía en hacerle
relaciones de cuanto en aquellos momentos acudía á su memoria.
-A propósito, dijo ella, hace ocho días llegó Carlos. Veo que su
carácter ha variado mucho; paréceme un tanto engreído. No sé por
que se trata con sumo desprecio, hasta me niega el saludo.
No quiso Luis hacerla sabedora del odio gratuito que Carlos le
había cobrado hacía largo tiempo ya: no juzgó deber mezclar á las
gratas emociones de aquellos momentos nada que tuviese dejos de
amargura.
IV
Salió Luis al día siguiente á dar un paseo por las calles del
pueblo. Cuantas personas lo reconocían se le acercaban, dándole la
bienvenida y prodigándole muestras de cariño. Hay ocasiones en que
uno se consuela al ver que la virtud conquista aplausos: revela el
hombre, á veces, nobles instintos que denuncian su origen excelso.
Luis se complacía al reconocer en jóvenes ya formados, amigos suyos
de infancia, y para todos tenía palabras halagadoras y expresiones
de gratitud por la deferencia de que era objeto de parte de
aquellas gentes sencillas.
Al pasar por frente á una ventana á medio entornar, vio á una
señorita cuya fisonomía no le fue extraña.
-¿Quién es aquella señorita? preguntó al amigo con quien hablaba
en aquel momento.
-¿No recuerdas ya á Isabel, a quien llamabas la Reina? -Qué
hermosa está, observó Luis por lo bajo, dirigiendo hacia la ventana
una mirada furtiva.
Isabel conoció á Luis; comprendió que hablaba de ella, se
ruborizó y se apartó de la ventana.
Era Isabel una joven distinguida entre las del lugar por su
belleza, por su regio talante, que desde pequeña le mereció el
título de Reina que le dieron los chicuelos, y por su bello
carácter, que la hacía amar de cuantos la trataban. Hija única, sus
padres la mimaban amorosos.
Desde el momento en que Carlos la vio, sintióse fuertemente
impresionado. Se hizo presentar en la casa de ella, donde fue
recibido con galante cortesía. Esto le infundió valor y esperanza,
si bien Isabel le demostraba atención, mas no simpatía. Repitió sus
visitas, y su pasión fue encendiéndose momento por momento. Don
Lucas, padre de Isabel, comprendió lo que pasaba. Parecióle buen
partido.
Tan pronto como Isabel reconoció á Luis, pensó en sus felices
días de infancia, en que tantas veces jugó con el huérfano: eran
muy gratos esos recuerdos á el alma impresionable de la hermosa
niña. No le era desconocida la historia de los últimos años del
joven, y sentía admiración hacia él, que volvía á su hogar
condecorado con bellos títulos de gloria.
Había recibido Isabel educación no vulgar: de viva inteligencia,
de corazón entusiasta por lo bello, eran sus entretenimientos
amenas lecturas, revisadas antes por su padre, sujeto no muy
instruido, mas sí de sólidos principios morales.
Carlos continuó frecuentando la casa: contaba con el apoyo de
los padres de Isabel, quienes siempre se cuidaban de recibirle con
halagadora amabilidad. Mas notaba de parte de ella poco entusiasmo
por su persona, no obstante el creerse dueño de atractivos
irresistibles. Sus conversaciones con la familia rodaban de
continuo sobre proyectos de ostentosas grandezas para el porvenir.
Pretendía deslumbrar á Isabel con el esplendor del lujo. Ella,
desde luego, comprendiólo todo: le repugnaba la idea que de su
carácter había podido formarse el opulento mozo, y oía indiferente,
y á las veces fingiendo distracción, sus fantásticos proyectos.
Esta indiferencia lo desconcertaba: había creído vencer por estos
medios, omnipotentes a juicio de almas como la suya, y se hallaba
con que en ella ninguna impresión causaban tales cosas.
La madre de Isabel fue una tarde á casa de doña Inés á hacerle
la visita de felicitación por la venida de Luis: la acompañaba su
hija. Muy agradable fue el rato para las visitantes. La dicha que
ostentaba el rostro de la viuda, la animada y pintoresca
conversación de Luis, la noble dignidad de estas dos almas, que
inspiraban simpatía y al par admiración, el mutuo amor de sus
corazones.... todo esparcía en aquel sencillo hogar cierta
atmósfera de dicha que en vano se busca á veces en otros que
engalanan las pompas del lujo.
Madre é hija salieron dulcemente impresionadas. Pensaba Isabel
no sentir por Luis sino admiración; pero este sentimiento ejercía
sobre su alma atractivo indefinible.
Al día siguiente presentóse Luis en casa de D. Lucas. Tímido al
principio, fue poco á poco cobrando valor, animado por las muestras
de confianza que se le daban, hasta que al cabo se halló en su
campo, animábase por grados su conversación: chispeante,
espiritual, unas veces tierno, otras imponente, empezó á ejercer,
sin saberlo él mismo, un dominio irresistible sobre sus amables
interlocutores. No se cansaban de oírle: le tocaba D. Lucas
diferentes puntos, sólo con el propósito de hacerlo discurrir. La
inteligencia del joven se apoderaba de cualquier asunto que le
fuese presentado. Dos horas duró la visita.
La impresión que Luis dejó en el alma de Isabel, no era tal vez
amor, era apenas simpatía, pero una simpatía que empezó á dominarla
con el despotismo de un sentimiento avasallador. Ni ella misma se
daba cuenta de lo que experimentaba por vez primera en su vida:
parecíale ver realizado el ideal que forjara su alma al soñar con
un porvenir de casta ventara.
¿Y Luis?... Sentimientos nuevos para él habían brotado en su
corazón. Hasta entonces sólo había saboreado las fruiciones de una
gloria naciente y los goces sencillos de una conciencia pura.
Comprendió, de súbito, que á su alma se abría una región
desconocida aún.
Carlos estuvo en casa de D. Lucas la noche de aquel mismo día.
La conversación rodó sobre grandezas y boato, temas obligados del
petulante mozo.
-Hablando de otra cosa, le dijo don Lucas, ¿ha visto á su
condiscípulo Noguera? Aquí estuvo hoy.
-Sí, ¿eh? replicó Carlos sin poder disimular la impresión
desagradable que tal noticia le causaba. Pocas veces le he visto.
¡Pobre muchacho! Estoy trabajando por ver de conseguirle un
destinito de escribiente en la Alcaldía. Quizá sirva para esto, y
con el pequeño sueldo pueda, en parte, remediar su mucha
miseria.
Isabel tembló de ira. Por fortuna el salón estaba un tanto
oscuro, que si no, habríase hecho visible la palidez que cubrió su
frente. Miró á Carlos de pies á cabeza y sintió por él profundo
desprecio. -Me parece inteligente, observó don Lucas.
-Así... así... Tiene alguna verbosidad. Y... volviendo á otra
cosa, ¿muy preparada está usted, señorita Isabel, para el San Juan?
Dicen que habrá disfraces, y baile, y paseo al río.
-Poco hemos pensado en eso, respondió Isabel con marcada
indiferencia. Haré en todo caso lo que disponga mamá.
La conversación fue languideciendo por momentos, hasta que el
visitante puso término á ella despidiéndose.
-¡Siempre en mi camino ese pelafustán! se dijo Carlos, en la
calle ya. ¿A qué habrá venido á esta casa? Por fortuna D. Lucas no
es tan torpe para aceptar semejante petardo.
Esa noche estuvo inquieto y se desveló. La incuestionable
superioridad de Luis lo alarmaba.
V
Este estuvo esa noche inquieto también; pero causas muy diversas
fueron las que lo desvelaron. ¿Qué tengo? se decía. ¿Qué es esto
que nunca había cruzado por mi mente? ¿Amo á Isabel? ¡No, mil veces
no! Fuera esto una locura. ¿Qué pudiera ofrecerle un pobre
huérfano?..... Mas ¡cuan dulce me será verla con frecuencia y
hacerle comprender que soy su amigo! Esto no es más que
amistad.
Amaneció un poco pálido. Notólo doña Inés; mas él calmó su
inquietud diciéndole sentirse bien.
Esa tarde pasó el joven por frente de la ventana de Isabel.
Ambos se ruborizaron al cambiarse un saludo. Cada tarde hacía lo
mismo. Vino á ser para él una necesidad el pasar por allí á
determinada hora, y á la misma estaba Isabel en la ventana. ¿Esto
sería también una necesidad para el alma de la hermosa?... No
quería pensar Luis que aquello fuese otra cosa que simpatía de
amistad.
Repitió otro día su visita en casa de D. Lucas. Estuvo esta vez
más espontáneo. Largo rato habló con Isabel de su amistad de niños.
Sus almas se complacían en recorrer, enlazadas por el vínculo
siempre grato de los recuerdos comunes, las praderas de la
infancia, cuyas flores exhalan perfumes que halagan la mente.
Esos recuerdos de goces infantiles llegan siempre al corazón
cargados de emociones gratas, como llegan á los oídos del viajero
que torna á su aldea los ecos de la campana que despide á la
tarde.
-¿Recuerda usted cómo la llamábamos? le preguntó Luis.
-Sí, la Reina; y si no recuerdo mal, fue usted el inventor de
tan peregrino nombre. ¿De dónde sacó esa idea?
-De.... de ... algún presentimiento.
Isabel comprendió la extensión de estas palabras, y se ruborizó
visiblemente.
La señora madre cambió el rumbo de la conversación, y pronunció
incidentalmente el nombre de Carlos. Sintióse Isabel
contrariada.
-A propósito, dijo la señora con intención; nadie puede conocer
mejor que usted á Carlos, pues fue su condiscípulo. ¿Cómo lo juzga
usted?
Cuidóse Luis de emitir respecto de su enemigo concepto alguno
desfavorable; antes, en cuanto cupo en lo verosímil, hizo elogios
suyos.
Isabel lo escuchaba sorprendida. Viniéronle á la mente las
palabras depresivas de Carlos respecto de Luis; y comprendió el
contraste del carácter de los dos. Adivinó de un golpe las
condiciones morales del nobilísimo joven. Hasta entonces había
conocido la elevación de su alma; conocía ahora la hidalguía de su
corazón.
A poco rato despidióse Luis.
Ya en la calle, iba pensando en que eran mas inertes sus
impresiones de lo que se había imaginado: el nombre de amistad
cuadraba mal, á su entender, á este sentimiento vivo, íntimo, que
se estaba apoderando de su alma.
Luis era soñador: con sus veinte años, su carácter generoso, su
corazón impresionable y su mente ardorosa, tenía de sobra para
lanzarse en el mundo encantado que habitan las almas amantes.
Bastaba á su dicha el amor de Isabel y el de su madre.... Pero ¡ay!
el mundo no es un idilio, y la sociedad ha creado necesidades que
no se satisfacen con ideales hermosos y con sentimientos
nobles.
Esta triste reflexión asaltó la mente de nuestro joven amante.
Sus poéticos proyectos vinieron al punto á tierra. Pensó en su
estado de suma pobreza; pensó en que á su madre debía consagrar
cuanto sus fuerzas pudiesen dar de suyo; consideró que Isabel
gozaba de holgura en su tranquilo hogar; comparóse con Carlos,
hombre opulento, capaz de rodear á aquella á quien hiciese su
esposa de cuantos halagos la riqueza brinda á sus favorecidos, y
hallóse débil para entrar en lucha, y nulo para sostener tan
desigual competencia.
-Debo ahogar esta pasión, se decía paseándose á solas bajo los
árboles de la plaza; debo poner un dique á este sentimiento que se
va apoderando de todo mi ser. Quiérelo así mi suerte: debo rendirme
á su voluntad.
Al hacerse tales reflexiones, llenáronse de lágrimas sus ojos, y
palpitaba con violencia su corazón. ¡Es tan hermosa la ilusión
primera con que el amor regala á un alma virgen!
Resolvió retirarse poco á poco de la casa de Isabel.
¿Qué pensaba ella entre tanto? Su corazón estaba fuertemente
impresionado; y una mujer que ama por primera vez, no se detiene á
hacer cálculos. Ama y espera: eso es todo.
No dejó Carlos de comprender que en su pretendida se había
efectuado un cambio desde que Luis estaba frecuentando la casa. Su
odio por su rival tomó enormes proporciones, y, lejos de
extinguirse su pasión, se encendió más en vista de la lucha que se
le presentaba. Como los padres de Isabel lo recibían con cariño,
sus visitas se hicieron más frecuentes. Entre tanto las de Luis
disminuían notablemente. Rara tarde pasaba por la calle, y cuando
lo hacía, apenas tenía para Isabel un saludo respetuoso.
Esta conducta inesperada de Luis la hacía sufrir. Ignoraba su
causa. ¿Sería veleidoso? no: en su elevado carácter no podía caber
tal debilidad. ¿O sospecharía de ella que amaba á Carlos? ¿Temería
ser desechado en vista del partido, ventajoso á ojos vulgares, del
opulento amante? Estas dudas le causaban tormentos indecibles.
VI
Llegó el 24 de Junio, día consagrado á la festividad de San Juan
Bautista. Sábese que en los pueblos de tierra caliente esta fiesta
se celebra con locos regocijos.
Desde el amanecer, las gentes, al grito de
|¡San Juan! se
entregaron á un entusiasmo universal. A las nueve de la mañana
comenzaron los disfraces. Era de verse aquella baraúnda de tipos
del país, y aun de países extranjeros, que colmaban la plaza. Ya es
una partida de llaneros: los trajes, el acento, los modales, todo
en suma, era fiel imitación de las costumbres de los habitadores de
Casanare; ya es una recua de mulas conducidas por socórranos, que
van al
|reino
|
á vender sus azucares; ya es un grupo de
italianos que van de casa en casa ofreciendo sus servicios de
remenderos. De súbito se presenta una góndola tripulada por bellas
pescadoras: llevan guitarras, y entonan canciones marinas que
transportan el alma á las riberas del Adriático, á la poética
Venecia. La góndola iba movida por ruedas invisibles; de suerte que
la ilusión no podía sor más completa. Tenían los cantares la vaga
melancolía que reina en las desiertas playas del mar.
Aquella fiesta popular, en que todas las condiciones se
nivelaban, y nadie era indiferente al general regocijo, ofrecía mil
encantos y sorprendentes novedades al viajero que la contemplaba
por vez primera. Él sabía bien que escenas semejantes no volverían
tal vez á presentarse en el cuadro de su vida azarosa.
Tal parecía que la naturaleza tomaba parte en la fiesta de
aquellos felices mortales. Ni una nube manchaba el azul
transparente del cielo; el sol, que empezaba ya á descender del
zenit, derramaba en la llanura haces de viva lumbre; en alas del
viento llegaban á intervalos los rumores del río.
Se oyó de súbito la voz de una corneta: era la señal de marcha.
Las gentes se encaminaron á la vega. Voces femeniles, acompañadas
de instrumentos de cuerdas, entonaban sentidos bambucos, que los
ecos devolvían en vagos murmullos.
En una explanada pintoresca, á orillas del río, que cercan rocas
coronadas por arbustos vestidos de enredaderas, hizo alto la
bulliciosa comitiva. Era este el punto destinado á la fiesta de la
tarde. Allí aguardaba un refresco servido bajo el alar que una roca
saliente formaba á macera de un amplio cobertizo.
El sitio comunicó mayor expansión á los ánimos, y el vino
inspiró á oradores noveles que de la manera posible dieron
expresión á las impresiones que los agitaban. Alguien pronunció en
voz alta el nombre de Luis Noguera, que fue aclamado por todos con
repetidas instancias. No pudo eximirse de tal compromiso, y se puso
en pie. Profundo silencio sucedió de súbito á la algazara general.
Empezó Luis á hablar con voz casi apagada por la emoción; pero poco
á poco fue cobrando brío, y bien pronto su elocuencia empezó á
ejercer sobre su auditorio una fascinación desconocida. Frenéticos
aplausos interrumpían de cuándo en cuando al orador. Los variados
sentimientos que éste excitaba en los ánimos, se pintaban en los
semblantes; su voz resonaba en los corazones como una música
celestial. Expresó su gratitud por la acogida benévola que él y su
madre hallaron en aquella hospitalaria población, y por los
consuelos que les habían prodigado cuando el infortunio los sumió
en la orfandad; bendijo á las buenas almas que, durante su
ausencia, habían aliviado el dolor de la viuda solitaria; auguró
días de gloria para el pueblo que sabía cumplir de tal manera con
el más bello de los preceptos de la ley cristiana; ofrendó, como
débil retorno á tanto bien, todo el amor de su alma á su patria
adoptiva, y el tributo de su gratitud, que sería inextinguible.
Cuando hubo terminado, buscó con la mirada á su madre, en cuyo
rostro brillaban gruesas lágrimas. Luego sus ojos se encontraron
con los de Isabel, también humedecidos. En ese momento los dos se
revelaron cuanto hasta entonces habían tratado de ocultarse. Carlos
los espiaba: ninguna duda quedóle ya.
Luego que hubo concluido el rústico banquete, fueron las damas
conducidas á la meseta que, á manera de murallas, cercan las rocas.
La música entonó una alegre pieza de baile, y al punto los galanes
invitaron aballar a las señoritas. Como todos, ellos y ellas,
estaban disfrazados, aquello presentaba contrastes graciosos y
vistosas perspectivas.
El sol, al final de su diurna carrera, teñía de púrpura y oro el
ocaso; sus rayos horizontales ribeteaban de perfiles luminosos las
rocas que formaban la fila occidental, y derramaban en los grupos
de los bailarines matices indecisos. El río, que majestuoso
deslizaba sus ondas á pocos pasos de allí, mezclaba sus rumores á
los ecos de la música; las aguas, azules en los remansos y
espumosas en los rápidos, ofrecían á los rojizos reflejos de la luz
crepuscular, que al través de los follajes movibles de las palmeras
hasta ellas penetraba, matices fantásticos que el más hábil pincel
en vano intentara imitar.
Carlos invitó á Isabel á bailar una pieza; ella, venciendo como
pudo su repugnancia, que el enamorado joven no dejó de notar,
aceptó la invitación. Al terminarse la pieza, díjole con voz que la
rabia hacía trémula:
-Isabel, todo lo sé; lo he adivinado todo. Lástima sería que el
gracioso sainete que usted me está haciendo representar, terminara
en tragedia.
Isabel se estremeció y guardó silencio.
Estaba hechicera con su traje de veneciana: había sido una de
las tripulantes de la góndola. La falda de su traje, color de cielo
pálido, apenaste llegaba un poco abajo de la rodilla; sus pies,
primorosamente calzados en borceguíes amarillos, parecían, al
deslizarse en el verde gramal, dos turpiales que jugaran en el
follaje de una palmera. Era realmente la reina de la fiesta.
Poco después de haber bailado con Carlos, la invitó Luis. Al
tender la mano á éste, un ligero temblor revelaba su emoción, no
quiso Carlos bailar en esta vez, y se puso en acecho á observar lo
que pasase entre los dos amantes. Luis procuró internarse en lo más
espeso de los grupos de bailarines. Todas sus resoluciones se
desvanecieron en aquel instante de dicha suprema, en que por
primera vez sentía palpitar sobre su pecho el corazón de la mujer
que había iniciado el suyo en los dulces misterios del amor. Las
juiciosas reflexiones que se hiciera sobre lo difícil de su
posición social; el recuerdo de su madre, á quien era deudor de
todo su ser, de su alma toda; el temor de que los padres de su
amada lo rechazasen, persuadidos de que él nunca podría competir
con Carlos en bienes de fortuna; el ridículo que vendría sobre él
al ser vencido en esta lucha insensata, en que seguramente
triunfaría el más fuerte.... todo desapareció á los ojos de su
espíritu en estos momentos de dulce embriaguez, como al abrir los
ojos á la luz del día se desvanecen los sueños que forjó nuestra
mente.
-Isabel, le dijo con voz perceptible apenas, hay momentos en la
vida en que la dicha nos abre sus misteriosos arcanos. Al decir
esto sintió que la mano de la hermosa temblaba en la suya.
-Yo ignoro, continuó, el idioma en que se expresa esto que pasa
en mí, y que jamás había ni siquiera presentido. Perdone usted,
pues, mi torpeza y mi osadía. Básteme una palabra pronunciada en
sus oídos, como la pronunciaría en el secreto de mi conciencia:
necesito decirla, aunque la esperanza me niegue sus halagos.
Isabel,.... yo la amo.
-Sí, sí.... balbució ella, yo lo sabía ya.
-¿Lo arrostraría usted todo? ¿Ha pensado alguna vez en que soy
muy desgraciado? ¿en que nada más que mi inmensa ternura podría yo
ofrecerle?
-He pensado en que nadie en el mundo vale á mis ojos más que
usted.
-¡Gracias, gracias, amada mía! Espéreme usted: trabajaré como un
esclavo por merecerla, subiré á la cumbre, y un día, no lejano
quizás.... En este momento calló la música.
A tiempo de sentarse, Isabel le dijo á Luis casi en secreto:
-Cuidado con Carlos: me ha dicho palabras amenazantes. Luis
palideció. ¿Era cobarde? No. Mas presentaba el amor á sus ojos tan
bella la vida!....
Hacía apenas ocho días que había llegado a la villa. Una noche,
como á las diez, las campanas del templo tocaron á fuego. Una casa
no distante de la plaza se había incendiado. Él acudió presuroso al
lugar de la catástrofe, donde se reunió bien pronto numeroso
gentío. Hiciéronse esfuerzos para apagar las llamas, mas fueron
inútiles todos. El fuego, avivado por los vientos del estío que
descendían de la sierra, cobró vigor invencible, y á pocos momentos
sus lenguas rugientes se apoderaban hambrientas del reseco pajizo.
La lumbre bañaba de color siniestro todo el caserío. Cuando se vio
que ya no era cosa posible evitar que fuese la casa consumida por
el fuego, las gentes se apresuraron á sacar á la calle los objetos
de más precio. Poco faltaba ya por hacer. Las llamas rugían como
fiera provocada; empezaron los techos á ceder, y se desplomaban con
horrible fracaso. Oyóse de súbito un grito de mujer. "¡Mi hijo!"
exclamó la esposa del dueño de la casa. "¡Mi hijo va á
perecer devorado por las llamas! ¡Dios mío. Dios mío, cómo pudimos
olvidarlo....!" De un salto Luis se lanzó a la horrorosa
hoguera, y desapareció envuelto en llamas ennegrecidas. ¡Qué
temeridad! decían algunos. ¡Va á perecer ese pobre joven! Pasó
breve rato, que fue para todos de horrible ansiedad, y Luis
apareció, los vestidos incendiados y el rostro atezado por las
cenizas, trayendo al niño, casi asfixiado ya, y lo puso en los
brazos de la desolada madre. Estrechóle ella contra su seno,
bañándole la frente con sus lágrimas y devorándolo á besos. Pronto
dio el niño señales de vida: abrió los ojos y empezó á gemir:
estaba salvo.
El hombre que tal hizo no era por cierto un cobarde: mal pudiera
esa grande alma desmayar ante el peligro.
Apagóse la tarde. Las bulliciosas gentes emprendieron camino
hacia el poblado. Iba festivo Luis: no dudaba un punto del amor de
Isabel; contemplaba el porvenir al través de gasas de color de
rosa. Isabel saboreaba en silencio su dicha: las palabras de su
amado vibraban en su mente como los acordes de un arpa en las
cóncavas bóvedas de un templo.
-Qué pensativa has venido, díjole D. Lucas al entrar á la casa.
¿Estás malita?
-Sí, me duele la cabeza y estoy fatigada, contestó Isabel,
temerosa de que en su rostro se viesen las emociones de su
alma.
Doña Inés, apoyada en el brazo de su hijo, estaba admirada de
verle tan festivo, á él, de suyo inclinado á la melancolía.
-¡Qué alegre has venido!
-Sí, madre; éste ha sido para mí uno de los días más felices de
mi vida.
Lejos de amortiguar el que sentía por su santa madre, su amor á
Isabel lo avivaba más: eran dos fibras gemelas, enlazadas en su
corazón: no podía vibrar la una sin que al punto la otra sus pirase
al unísono.
VII
Llegó Carlos al pueblo antes que los demás. Cambióse los
vestidos, y salió á la calle.
Luis, luego que hubo dejado en la casa á su madre, salió
también: había menester respirar el aire libre de la llanura, y á
solas soñar, por testigos los árboles y las lumbreras del
cielo.
La luna asomaba tímida por detrás de las brumosas serranías del
Oriente, velada por nieblas enrarecidas; su luz bastaba apenas á
dar forma á los objetos situados á corta distancia del espectador.
Los sotos callaban; sólo se oía á intervalos el aleteo de alguna
ave asustada, ó un suspiro del viento en los ramajes frondosos de
los árboles cercanos; el cielo ostentaba su velo lujoso de las
noches de verano en las tierras calientes; tal cual cocuyo cruzaba
la atmósfera é iba á buscar las sombras que se albergan al abrigo
de matorrales espesos. Allá abajo, en la hondonada, dejaba el río
ver á trechos sus ondas abrillantadas, y las brisas traían sus
rumores, que se acallaban luego, como ahogados bajo el manto de la
noche silenciosa.
Luis vagaba aquí y allí, á la merced de sus pensamientos. Ora
subía jadeante por las rocas cubiertas de helechos trepadores; ora
absorto se detenía, y contemplaba en silencio el hermoso panorama
que se extendía á lo lejos. A veces hablaba cual si alguien le
escuchase: la interlocutora de su alma febril era la hermosa niña
en cuyos ojos había sorprendido los secretos del amor, y de cuyos
labios acababa de oír palabras indecisas, que aun resonaban en su
corazón, revelándole arcanos reservados para él.
Felicidad suprema del primer amor; embriaguez de un alma virgen
que columbra en sus sueños el santuario abierto sólo á los
corazones puros; coloquios pudorosos de una fantasía infantil que
se estremece al beso de la dicha inocente; lenguaje de las noches
mudas y solemnes, que no es dado interpretar sino á almas
embebecidas en sus visiones de casta ventura; pompa de la creación
que se deja contemplar en todo el brillo de su esplendor por
aquellos seres privilegiados á quienes dio el Señor ojos para
verla, corazón para sentirla.... ¡Qué no pasaría por el alma
ferviente del joven poeta en aquellos momentos de soledad, cuando
buscaba en el misterio de la noche un confidente de sus
pensamientos!
Al dar vuelta á una colina, divisó un bulto. Alguien, oculto en
la maleza, había oído las palabras que á veces se escaparon de los
labios del soñador, y el nombre de Isabel pronunciado entre
suspiros. Tanta ventura había herido el corazón del espía, como el
agudo hierro de una flecha enherbolada.
Pensó Luis que aquel bulto sería un labrador a quien la noche
había sorprendido en la vereda, y quiso llevar sus pasos a otro
paraje donde pudiese hallarse sin testigos inoportunos.
Pocos momentos después Carlos entraba á su cuarto. Si alguien le
hubiese visto cuando hubo encendido lumbre, la lividez de su rostro
le habría revelado su crimen.
VIII
Doña Inés aguardó á Luis hasta muy avanzada la noche, No podía
explicarse qué causa lo retenía fuera de la casa, porque él no
acostumbraba llegar tarde á recogerse. Al amanecer dejó el lecho,
pues no había logrado conciliar el sueño ni por un instante.
Un labrador trajo al pueblo la fatal noticia: había encontrado
no lejos del camino público el cadáver de un joven.
Rápidamente cundió la noticia por la población. Multitud de
gente acompañó al Alcalde al sitio del crimen. Luis estaba tendido
al pie de una ancha piedra, helado y rígido ya. La bala había
penetrado por la sien izquierda. Nadie podía explicarse tan raro
acontecimiento: ¡era tan amado el excelente joven! ¿Quién pudo
haberle muerto? ¿Habría atentado él mismo contra su existencia?
Pero todos le habían visto festivo como nunca la tarde anterior, y
no eran sus ideas compatibles con tal hecho, ¡y amaba con tanta
ternura á su madre!.... Estaban perplejos todos; una ansiedad
anhelosa los dominaba. Los semblantes revelaban cuánta era la
simpatía que se había conquistado el malogrado joven; no se oían
sino encomios á sus virtudes y á sus precoces talentos.
El cadáver fue conducido al pueblo. La conmoción era general;
hasta la plebe daba muestras de profundo dolor. Cuando las campanas
anunciaron la llegada del cadáver, se sintió en el seno de todas
las familias una especie de estupor. Jamás crimen como éste,
atendida la condición de la inocente víctima, había tenido lugar
allí.
¿Doña Inés?.... ¡Dios lo sabe! Sólo . El puede penetrar el
arcano de ciertos dolores capaces de apagar de súbito la llama de
una existencia. Hízose conducir á la Casa Municipal, donde el
cadáver había sido depositado. Al ver á su hijo, el rostro
ensangrentado y lívido, inerte, lanzó un grito agudo y se arrojó
sobre él. Estrechábale la cabeza sobre su corazón, y le besaba la
frente. Ni una lágrima asomaba á los párpados de la madre infeliz:
el dolor había estancado la fuente de ese bálsamo que tanto alivia
el alma. Más pálida que un busto de mármol, fija la honda mirada en
el rostro de su hijo, semejaba la estatua de la orfandad de pie al
lado de la muerte. Nadie se atrevía á romper aquel silencio
solemne, ni á separarla de allí: tan grande pena imponía respeto á
los circunstantes.
Isabel en su oratorio gemía á los pies de una imagen de la
Dolorosa. D. Lucas no se explicaba el dolor de su hija por la
muerte de aquél que apenas había sido un amigo de la familia; mas
ella al cabo le reveló su secreto, confesándole su amor, primero y
último de su corazón. El caballero al punto comprendió el misterio
del asesinato, y voló á dar al Alcalde cuenta de lo ocurrido.
Bien pronto se supo en el pueblo quién era el asesino. La
indignación encendió en ira á cuantos tuvieron noticia del
atentado. Carlos no parecía en ninguna parte, por mas que, de orden
de la autoridad, se le buscó todo el día.
Isabel no se apartaba del lado de doña Inés, consolándola por
cuantos medios le sugería su ternura. Una hija no habría sido más
amorosa que lo era la amante de Luis con la desgraciada viuda.
Pensaba que era la causa de la muerte de él, y pretendía suplir de
alguna manera en el alma de la madre la presencia del hijo.
El cura se atribuló cuando supo lo ocurrido, y voló en busca de
doña Inés. Cuando ésta le vio, se postró á sus pies, y un torrente
de lágrimas, primeras que vertieron sus ojos después del golpe
fatal, los bañaba gota á gota. El noble anciano la levantó, y
llorando también, prodigábale consuelos que él mismo
necesitaba.
Las exequias estuvieron pomposas: la multitud colmaba el templo,
y hasta dejarlo cubierto bajo la losa eterna acompañó, al cadáver.
Sollozando como un niño, el venerable anciano bendijo por vez
última la tumba del que él llamaba el amigo predilecto de su
corazón.
IX
Tres días habían pasado. La ira del pueblo contra el asesino
aumentaba por momentos, y estalló al fin en forma de asonada:
pedíase á gritos la cabeza de Carlos. El Alcalde procuraba en vano
calmar la muchedumbre prometiéndole que el criminal, así que fuese
hallado, sería sometido á la acción inexorable de la justicia:
había sed de sangre, y nada se respetaba ya. Emprendióse pesquisa,
al entrar la noche, en todas las casas déla población. Imposible de
todo punto que escapara el desgraciado.
Hallábase Doña Inés en su cuartito de habitación. Lágrimas
calladas corrían de sus ojos, y temblaban sus labios murmurando
plegarias.
Un hombre se le aparece de súbito. Pálido como un espectro,
desordenada la cabellera, el traje enlodado, estaba inconocible.
Era Carlos.
-¡Perdóneme usted en nombre de Luis, y sálveme, señora! le dijo
en voz baja. No me queda mas recurso que acogerme al amparo
generoso de usted. Ya no puedo estar seguro sino aquí.
Temblaba la señora como sacudida por una corriente eléctrica, y
sin poder sostenerse cayó de rodillas sobre una butaca. Hondos
sollozos alzaban su pecho. Sus ojos se levantaron hacia el cielo,
velados por gruesas lágrimas. Algo decía su pensamiento, pues sus
labios trémulos parecían articular palabras que le subían del fondo
del corazón. Púsose de pronto en pie: su semblante, sereno ya, como
si hubiese descendido á sus entrañas una lluvia de consuelo,
revelaba haber formado una resolución inquebrantable.
-Pierda usted cuidado, le dijo con voz firme: le salvaré.
Quédese aquí, á donde nadie vendrá á buscarle. Voy á hablar con su
padre sobre los medios de ponerle en salvo. Y salió al punto,
dejando entornada la puerta. Cuando el padre de Carlos la vio en su
casa, pensó que la pobre madre iba con el fin de abrumarlo de
cargos.
-Nada tema usted, señor, le dijo Doña Inés con semblante
tranquilo. Vengo á salvar á Carlos.
-¡Cómo! ¿Usted?....
-Sí; lo acabo de dejar en mi pieza de habitación, única parte
donde no le amenaza ningún peligro. Es preciso que usted me preste
su ayuda esta noche, á las doce, estaremos él y yo en el camino del
Sur: es necesario que allí nos espere un compañero con caballos
escogidos. Todo depende de su
actividad.
Doña Inés se despidió, e iba á bajar la escalera, cuando la
detuvo el opulento señor.
-No sé yo qué nombre dar á usted, señora. ¡Que Dios la bendiga!
¡Que esta generosa acción abra de par en par á el alma de su hijo
las puertas del cielo!
Cuando hubo la señora acabado de bajar la escalera, oyó un
sollozo. El potentado magnate gemía como un niño.
Doña Inés estuvo á las doce con Carlos en el punto designado.
Iba él vestido con ropas de Luis, que le había dado ella para
evitar así que fuese conocido. Ya estaba allí un paje con dos
briosos caballos. Al despedirse de su salvadora, besóle las manos
humedeciéndolas con sus lágrimas.
-¿Cómo pagarle, señora? Si pudiese algún día....
En este momento oyóse ruido de gentes.
Montó al punto Carlos, y partió al galope. Estaba en salvo al
amanecer, en camino para Europa.
X
Doña Inés tornó á su casa. Sentía aliviada su alma, algo más,
alegre. Pensó desde aquel momento en Luis con menos pena, con
regocijo casi.
Hizo llamar al cura, y tuvo con él una entrevista secreta. Salió
el anciano festivo, como si hubiese vuelto á la vida su Luis
adorado.
Tres días después, á las once de la noche, el cura, sentado al
pie del lecho de doña Inés, aliviaba la agonía de la moribunda,
bendiciendo los últimos momentos de su vida. La buena mujer expiró
sonriente, y sus postreras palabras fueron: "¡Hijo de mi alma....
ya voy á ti! ..."
El anciano, de rodillas, oraba vertiendo abundantes lágrimas.
Puesto en pie, besó las manos de la muerta, y salió murmurando:
"¡Profundos arcanos los de la virtud!... "