APARIENCIAS
I
Hace poco más de un año tuvo lugar en Bogotá una simpática
fiesta que miró la sociedad con agrado sumo: la unión de dos
jóvenes dignos, en verdad, el uno del otro. Eran sus nombres Juan y
Manuelita.
La ceremonia matrimonial no se celebró con la vanidosa pompa que
ha convertido las fiestas nupciales en objeto de exhibición de un
lujo repugnante, bueno para divertir á los curiosos desocupados, y
que retrae á los jóvenes modestos ó incapaces de tal esplendor, de
entrar en el gremio de las gentes de hogar.
No por eso el matrimonio de nuestra bella pareja dejó de estar
concurrido y de ser celebrado con cordial regocijo por propios y
extraños: ¡si prometía tanta dicha el proyectado hogar! ¡si tanto
amor bullía en aquellos dos inocentes corazones!
Con efecto, Juan y Manuelita estaban enamorados hasta lo íntimo
del alma. Y el uno y el otro bien lo merecían: era él un joven
gallardo como pocos; era un buen mozo á pedir de boca. Mas su
belleza era varonil, no de esas que andan reñidas con la alteza del
carácter ó la fuerza necesaria para sostener las luchas con las
arduas tareas de la vida. Además, era hombre culto y dueño de
condiciones morales de alta valía. Era Manuelita criatura
encantadora: en su rostro, espiritual como el de una virgen de
Rafael reflejábase la inocencia de su alma de niño. Sonreían sus
ojos, inundados de dicha, aquella alegre mañana, alegre y apacible
como estaba ella. Su rostro, empalidecido por las fuertes emociones
que agitaban su corazón, de cuándo en cuándo se sonrojaba, como si
lampos fugaces de felicidad brillasen á intervalos en el cielo de
sus ensueños de amor.
Podrá hallarse rara vez pareja más semejante y más
encantadora.
Manuelita es no sólo una mujer hermosa. Su educación fue
completa, cuanto pudo serlo, si se atiende á las condiciones
propias de su sexo. Si lucen en un salón las dotes de su espíritu
seriamente cultivado y sus raras facultades de inspirada artista,
es en su casa la grave matrona que gobierna sabiamente la diminuta
república sometida á su cuidado: en ella pone en planta las
rigurosas leyes de la economía doméstica, no menos rigurosas, no
menos fecundas, que los grandes principios de la economía política.
Todo en la vida se corresponde: si un Estado necesita, por parte de
su jefe, espíritu previsivo, prudente y moderado, un hogar ha
menester, para ser bien conducido, dotes de gobierno por parte de
la esposa, que es su inmediato administrador. No sólo eso;
Manuelita posee virtudes que inspiran respeto y veneración: piedad
sincera, caridad ardiente, pudorosa modestia. Es por cierto esta
mujer un regalo de la felicidad.
Añádase á lo dicho que nuestros dos esposos poseen bienes de
fortuna suficientes á alejar todo temor respecto de las estrecheces
de la miseria, y fácilmente se comprenderá que nada faltaba en el
nuevo hogar para que habitase la dicha allí. Hay más: las dos
familias son en todo y por todo dignas la una de la otra, así por
su posición como por sus dotes de educación y carácter: la más
completa cordialidad las unió desde el momento en que enlazaron su
suerte los dos simpáticos jóvenes.
Con tales antecedentes, no debemos extrañar que en aquel nido de
amor derramase la dicha á manos llenas sus dones y sus encantos.
¡Qué rara y admirable conformidad de caracteres! ¡Qué singular
armonía de afecto y de virtudes!
II
Pasaron algunos meses, y la más inalterable tranquilidad reinaba
en el venturoso hogar. Mas sucedió que Juan dio en llegar á la casa
en horas avanzadas de la noche. Por otra parte, empezó Manuelita a
notarlo un tanto preocupado. Y como él pasaba encerrado horas
enteras en su cuarto, crueles sospechas vinieron á herir con su
espina el alma, sobrado impresionable, de la amante esposa.
Esto la afligía hondamente; mas no decía á su esposo jamás una
palabra, porque ella consideraba como una vulgaridad el aparecer
celosa, y pensaba que el solo hecho de mostrar sospecha alguna de
haber bajado en su amor, la degradaba á sus ojos. Concentróse en sí
misma, y, sin compartir con nadie su amargo dolor, devorábalo en
silencio.
Una invencible melancolía se apoderó poco á poco de la antes
alegre muchacha, y enturbió su ceño de modo de parecer que su dulce
carácter se había transformado. A solas derramaba copiosas
lágrimas; y como no había mano que las enjugase, tenían la amargura
de las penas calladas.
Notó Juan el cambio efectuado en el carácter de su amada
Manuelita, lo cual atribuyó á haberse ella hastiado de su nuevo
género de existencia, o á haberse arrepentido de su matrimonio.
Varias veces vio en su rostro las huellas de las lágrimas que á
solas derramaba. Como tenía conciencia de no haber faltado en nada
á sus deberes de esposo, parecíale caprichosa tan extraña conducta,
y hasta depresiva de su dignidad. Creía merecer el amor de aquella
á quien había hecho depositaría de su corazón, y al hallar en ella
los signos de un desamor incomprensible, resintióse su orgullo
profundamente. La injusticia de la conducta de Manuelita le impuso
silencio: hubiera considerado que era rebajarse á sus propios ojos
el descender á pedir explicaciones superfinas.
Juan continuó tratando á Manuelita con la atención y galantería
que acostumbraba; mas ella, perspicaz de suyo, comprendía que esto,
más que espontánea muestra de amor sincero, era sólo el
cumplimiento de deberes impuestos por la civilidad.
Poco á poco el trato de los dos esposos se iba haciendo más
reservada y
|,pudiera decirse, más incoloro: uno y otro
esquivaban hallarse reunidos. Manuelita se ocultaba en lo más
retirado de su habitación, para poder a solas devorar su dolor y
derramar sus lágrimas sin testigos importunos. Encerrábase Juan en
su cuarto de estudio; y allí, sentado en una poltrona, se pasaba
horas enteras meditabundo, apoyada la frente en la mano y con los
ojos fijos en el suelo.
Una vez entró, quién sabe con qué objeto, Juan á la pieza donde
de ordinario moraba Manuelita. Ella no lo sintió: ¡tan absorta
estaba en sus pensamientos! Vio que lloraba, recostada en una
butaca: gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, empalidecidas
ya. Estas lágrimas cayeron en su alma como gotas de plomo
derretido: eran, á su juicio, amargas protestas de arrepentimiento.
Herido en lo más sensible de su corazón, al punto volvió la
espalda, y evitando hacer ruido, salió de la pieza. Encerrado en su
cuarto, se entregó de lleno á la más amarga desesperación;
sentimientos tumultuosos se agitaban en su seno, y pensamientos
sombríos brotaban de su alma. En un instante de profundo
abatimiento, lágrimas ardientes saltaron de sus ojos, y sollozos,
que apenas podía reprimir, se escapaban de su pecho, colmado
ya.
Este cambio de su esposa hacíale insoportable la permanencia en
casa, por lo cual salía al comenzar la noche y no volvía de
ordinario sino en horas avanzadas. ¿Qué era lo que iba á hacer á la
calle? á aturdirse por ahí de cualquier modo.
III
Tales horas de soledad eran para Manuelita un suplicio
insoportable. Se ponía casi siempre á tocar piano, como si
intentase ahogar en torrentes de armonía sus amargos pensamientos.
Hería á las veces las teclas con tal impetuosidad, que parecía
quererlas despedazar; otras, modulaba sonidos suaves,
imperceptibles casi, como las quejas de un arroyuelo; juntaba luego
su voz a estas vagas melodías, fina y suave, tímida como ellas, y
cantaba para sí sola aires impregnados de melancolía; temblábale á
veces la voz como un sollozo ahogado.
Otras noches se ponía á escribir en un
|memorándum que
acostumbraba llevar, hacía largo tiempo, de sus impresiones
diarias. Pasemos la vista por sus apuntamientos de los últimos
días.
" 12 DE NOVIEMBRE
Hoy he sufrido mucho. Es tanta la tristeza que se apodera á
veces de mí, que quisiera poder ahogarla en un mar de lágrimas.
¡Qué oscura vaguedad la de mi espíritu! quiero distraerme leyendo;
tomo uno de mis autores favoritos, ésos que en mis días felices me
acompañaban horas enteras enseñándome siempre cosas nuevas y
agradables, y me sucede que en un momento me canso y me hastío:
nada comprendo de lo que leo, ni puedo fijarme en un mismo asunto;
paso una hoja y otra, y jamás encuentro nada queme llame la
atención; tomo luego otro autor, y me pasa lo mismo.
Nada peor que el estado del alma cuando no halla en torno sino
vacío y oscuridad. Esto se parece a lo que nos pasa en algunas
pesadillas: vamos andando por sobre un terreno tan inconsistente,
que se nos hunden los pies, y no encontramos punto de apoyo; y nos
hundimos.... y nos hundimos. ... y sólo bailamos en torno la
vaguedad del vacío. ¡Ay! nada más horrible que el vacío del
corazón!....
Yo amo, amo mucho, ó quizás amé; y el desencanto ha roto, una en
pos de otra, mis hermosas ilusiones.
Ayer se descargó una fuerte granizada; el patio quedó cubierto
de una capa blanca. Yo veía caer los pétalos de mis geranios y mis
azucena» á los duros golpes que recibían, y como que era poco lo
que sentía el destrozo de mis flores, de ellas, tan mimadas un
tiempo por mí. Mas qué mucho, si una borrasca, mil veces más
destructora, ha despedazado las flores de mi alma, de este verjel
sagrado de inocencia y amor, que cultivaba yo con tanta fe, con
esperanza tan dulce!....
Nada más doloroso que un desencanto: una pobre mujer se aferra a
sus afectos con cierta ávida ansiedad, como si la amenazasen con
arrebatárselos: ¡infeliz! como no vive sino de amor, se apega su
vida al ídolo que su Alma forjó. ¿Por qué se nos crió tan
sensibles, y al propio tiempo tan débiles?.. ..
He estado todo el día de lo más aburrida: ni en el piano he
podido hallar distracción alguna á esta profunda tristeza. En la
mesa Juan no me dirigió la palabra sino cuando más unas dos veces,
y eso para hablarme de cosas baladíes: paréceme triste, sombrío,
preocupado. ¿Qué será lo que tiene? ¡ay de mí! si fuese lo que me
temo, quisiera más bien morir primero que convencerme de tan negra
felonía.... No lo permitas, ¡Dios mío! ó prívame ahora mismo de la
existencia. ¿Para qué vivir después?...
DIA 13
Hoy he llorado mucho. Vino anoche Juan muy tarde; estaba
taciturno. Sintió sin duda que estaba yo despierta, y se acostó sin
haberme dirigido una palabra. Suspiraba de cuándo en cuándo, y se
llevaba la mano á la frente. ¿Qué tiene, pues, este hombre
misterioso? tal vez.... ¡ay! tal vez un amor contrariado. ¡Y yo le
sirvo de estorbo, mi presencia le importuna!.... ¡Y no poderle
odiar, amarle tanto!.... Corazón mío, corazón sencillo, demasiado
inocente tal vez, ¿por qué conservas este amor tan tierno, tan
puro, que nació en ti cuando ilusiones angelicales te acariciaban?
¿por qué no dejas de palpitar, si es que ya no puedes buscar el
olvido?....
Juan sufre, tal parece, alguna pena: lo noto cada día más
taciturno. A veces quisiera explicarle lo que está pasando en mí;
mas no me atrevo, porque el temor de una repulsa grosera, ó de que
desaparezca la última ilusión que aun tengo, impone profundo
silencio á mis labios. Tal vez será mejor seguir sufriendo á solas,
devorando conmigo mi amargo pesar.
Me ha parecido muy triste el turpial-¡pobre!-tal vez comprende
la soledad de mi espíritu, y quiere llorar conmigo á su modo.
DIA 14
El turpial amaneció muerto. Me ha causado esta desgracia un
profundo pesar. Juan me lo regaló poco antes de casarnos. ¿Si esto
será un aviso? Como esa simpática ave, que cantaba tan dulcemente y
estaba tan alegre de continuo, ¿morirá mi corazón al recibir el
golpe fatal del desengaño?... Me ha arrancado muchas lágrimas la
muerte inesperada de mi pobre turpial. Era algo para mí como un
compañero, casi como un hijo; y era, sobre todo, un símbolo
viviente de mi dicha.... ¡ay! evaporada ya. ¡Cómo cantaba mi
infeliz amigo, y más cuando el día se mostraba triste! Le pasaba
quizás lo que á mí, que tengo momentos en que quisiera cantar
llorando, pero en alta voz, muy alta, tan alta, que pudiese
aturdirme á mí misma.
Cuando le dije á Juan que el turpial había muerto, ninguna
muestra dio de dolor. Este hombre ha perdido hasta el corazón, ó
será más bien que lo ha dejado fuera de casa. No le amo ya; le
detesto.... Mas al trazar esta frase me ha acometido tan fuerte
temblor, y los sollozos me ahogan de tal manera, como si hubiese
cometido un crimen, algo como una profanación. ¿Conque no le amo? y
esta ternura queme inunda el alma al solo recuerdo de que me amaba
¿qué nombre tiene? ¿cómo llamarla?...
Vino la muchacha á preguntarme que si enterraba el turpial. ¡Ay!
ese animalito se lleva parte de mi corazón. ¡Qué no sentirá una
madre al ver que ya le arrancan el cadáver de su hijito, ese pedazo
de sus entrañas, para ir á hundirlo en el polvo!....
¡Dios mío! por volver á ser lo que era yo cuando Juan me regaló
ese turpial, daría con placer lo que me resta de vida. Entonces el
amor en toda la fuerza de sus encantos, hoy el desengaño, el negro
vacío, la amargara del alma; entonces un jardín poblado de flores y
aves, cuyo perfume embriagaba mi espíritu visionario, y cuyos
cantares arrullaban mis ensueños de ansiedad infantil; hoy un
desierto arenal, más triste que la tumba, árido, vacío.... A este
estado de mi espíritu es preferible la muerte.
DIA 15
Está descifrado el enigma. Se acabó toda ilusión, toda esperanza
ha muerto, No creo que pueda resistir este golpe. ¡Y yo que le
amaba como mujer ninguna ha amado jamás!
Ahora sí puedo explicarme la causa de las ausencias nocturnas de
este traidor, y su tenaz retraimiento, y su empeño de estar solo, y
sus suspiros insoportables. Hasta creo que llora á veces, porque un
día le noté los ojos enrojecidos. ¡Ah! si vertieras las lágrimas
que yo he vertido por ti, parte siquiera de las que merece tu
felonía, perdieras tal vez los ojos, como yo los perderé, porque
aun me falta mucho, mucho por llorar.
Pero no; seré fuerte; llamaré los derechos de mi dignidad; sabré
sobreponerme á este amor insensato que me rinde el corazón.
Encontré hoy en uno de sus bolsillos una esquelita que dice:
Querido Juan. Eres hombre afortunado: no dudes de tu triunfo. No
oirás de mí una queja porque mi rival me haya vencido; que es justo
tu triunfo, pues lo debes a tus prendas, que vencen voluntades y
arrastran corazones. La esquiva diosa te coronará. Esta noche....
¿Que otra cosa quiero saber? ¡La
|esquiva diosa
|! Sí,
alguna pérfida que me ha robado su corazón, ¡ay! ese corazón que
era mío, mío solo, que era mi tesoro, mi felicidad.... ¡Dios mío,
me vuelvo loca! Esto es con mucho superior á mis fuerzas."
IV
Esa noche llegó Juan más tardo que de costumbre. Manuelita, que
estaba acostada hacía algunas horas, se hallaba aún despierta; pero
al sentir que llegaba, fingió estar dormida. Él venía muy agitado:
notábase en sus mejillas cierta palidez, denunciadora de haber
sufrido su alma luchas intensas. Suspiros ahogados se escapaban de
su pecho, y á veces se llevaba la mano á los ojos, como queriendo
estancar lágrimas rebeldes.
Al día siguiente Juan se despertó muy tarde, pues había dormido
poco. Preguntó por Manuelita, y se le dijo que había salido desde
antes de las seis. Supúsose desde luego que se habría ido á misa al
templo vecino. Pero pasaban las horas y ella no volvía. Todo al
punto lo comprendió el desdichado joven: ¡lo había abandonado su
esposa, y se había acogido á la casa de sus padres!
En ese instante la rabia se apoderó de su corazón; pero pasado
un rato, una honda tristeza reemplazó a, aquel ímpetu de su orgullo
herido. Encerróse en su cuarto, y se puso á llorar cual lo hiciera
un niño. De cuándo en cuándo escribía en su libro íntimo algunas
líneas; pero dejaba la pluma cuando los sollozos no le permitían
continuar. Veamos de paso algunas de esas líneas.
"Hoy hace seis meses, hoy precisamente, que llevé al
altar á la mujer amada de mi corazón. ¡Qué día tan dichoso aquél!
,"me inundaba el alma la felicidad; parecíame un sueño
tanta ventura. Cuando ella y yo recibimos el pan de los ángeles, mi
espíritu se elevó á regiones misteriosas: creí haber entrado en el
edén celestial, donde es el amor completo, inmutable. Veníanme á la
memoria estos versos de uno de mis más quejidos poetas:
Y cual si alas súbito adquiriera
O en las suyas me alzara un serafín,
Mi alma rompió la corporal barrera,
Y huyó contigo, de una en otra esfera,
Con un vuelo sin fin!
Buscando allá con incansable anhelo
Para ti, para mí, para los dos,
Del tiempo y de la carne tras el velo,
Ese misterio que llamamos cielo,
La eternidad de Dios!
Para fijar allí, seguro y fuerte,
Libre de todo mundanal vaivén,
Libre de los engaños de la suerte,
Libre de la inconstancia y de la muerte.
De nuestro amor el bien I
Y, en un rapto de gloria, de improviso,
Lo que mi alma buscaba hallar creí:
Una secreta voz del paraíso
Dentro de mí gritóme: iDios lo quiso;
Sea tuya allá y aquí!
Sí, en aquel momento, dado todo á Dios, mi espíritu comprendió
lo que es amar con el alma. Mi esposa había colmado mi corazón.
Hubiera entonces visto llegar la muerte sin ningún temor, con tal
de que nos hubiese herido aun tiempo mismo. Y este amor tan puro,
noble, espiritual, no fue de un momento: ha subsistido el mismo
dentro de mi alma. ¡Y soy desgraciado! esa tierna criatura en quien
cifré yo todas mis esperanzas, toda mi ventura, ¡ay, me aborrece!
Demasiado pronto le pasé el vértigo de lo que yo, ciego, creí ser
amor, y que no era tal vez sino una alucinación de su pueril
vanidad, ó un sueño de su mente acalorada.
Conozco que mi presencia le causa enojo, y me veo en el caso de
alejarme de ella. Nada hay más grato que las primeras horas de la
noche pasadas al lado de la esposa querida en coloquios inocentes,
ó en pasatiempos festivos. Pues bien: yo no puedo tener ese goce;
huyo de mi hogar, y voy á matar el tiempo por ahí con gente
insulsa, cuyo manjar predilecto es de ordinario la murmuración.
Antes gustaba yo de la buena sociedad; pero hoy comprendo que me
repugna: ¿cómo presentarme entre gente delicada, con este tedio que
me devora, y con este mal humor que me hace insoportable y á veces
descomedido? Tentaciones me dan de entregarme al juego ó á la
bebida, á algún vicio que me aturda, que me hunda, que me
anonade.
Yo con el cariño de mi amada Manuelita hubiera sido capaz de
nobles y grandes cosas; sin él, me siento incapaz hasta de llevar
la carga de la existencia. ¡Ay! ¿para qué vivir? ¿qué es la vida
sin objeto?...,
No sé de qué provendrá el odio implacable de esa mujer hacia mí.
En nada la he ofendido; al contrario, he procurado ser muy atento
con ella, hasta en aquellos momentos en que estoy poseído de airado
despecho. Nunca ha descubierto en mí sentimientos indignos ó vicios
rastreros. Soy el mismo que un día la llevó al altar; el mismo á
quien ella juró eterno amor; el mismo con quien era tan tierna y
cariñosa....
¡Y me abandona! ¡y huye de mí como huyera de un ser
degradado!... Pues bien: que sea como quiere. No daré un solo paso
que pueda humillarme; no iré á satisfacerla por faltas que no tengo
conciencia de haber cometido; callaré, sufriré; llevaré mi
infortunio con altiva dignidad. Que a mi casa no vuelva, si es que
no quiere volver: jamás pondré tampoco mis pies en la suya. Orgullo
por orgullo, desdén por desdén. No soy un hombre vulgar á quien
pueda despedirse como á un miserable.
¿Pero podré olvidarla?.... ¿Cómo arrancar de mi corazón su
imagen, tan bella, tan dulce?.... ¡Singulares absurdos los del
amor! Hoy que quisiera poder odiarla, la amo acaso más que nunca.
¡Qué no diera por volver á aquellos primeros días, en que una
caricia suya me colmaba de placer! Tal vez mi amor era un crimen
ante Dios, por demasiado exclusivo y absorbente, y El, por
castigarme, lo ha convertido en manantial de infortunio. ¡Perdón,
Dios mío; perdón! ¡Aniquílame, ó arrancado mi alma esta pasión que
me devora!"
V
Quedó luego pensativo, con la frente sostenida por la mano
izquierda, que descansaba sobre el papel. Sus lágrimas, que
goteaban silenciosas, humedecían las últimas líneas que había
escrito, como si quisiese su alma borrar con su propio jugo estas
frases impregnadas de amargo dolor.
Estando así, sintió llamar á la puerta. Repasóse como pudo; se
lavó el rostro y se lo enjugó, y luego salió á abrir.
Era D. Luis, el padre de Manuelita. Saludáronse los dos con
alguna sequedad. D. Luis tomó asiento.
-Desde esta mañana (dijo) está Manuelita en casa. Díme, por
Dios, qué ha habido.
-Por mi parte nada (repuso Juan). Ignoro el motivo que haya
tenido para dar este paso. Hace días la noto triste, algo más,
desesperada. Hasta creo que ya me odia; mas juro á usted, señor,
que sin razón por su parte.
-¿Sin razón? Ella se queja de que la tienes abandonada, y hasta
se avanza á creer que le eres infiel. He aquí esta carta. Y sacó la
esquela que Manuelita encontró en el bolsillo de Juan.
Leyóla éste sorprendido; y luego, exhalando una fuerte
carcajada, dijo, con el rostro radiante de alegría:
-Ahora me lo explico todo. ¡Pobre Manuelita! ¡cuánto habrá
sufrido! Lo que son las
|apariencias....
-¿Qué hay, pues? preguntó D. Luis con impaciencia.
-Hace meses formamos algunos jóvenes una Sociedad literaria.
Decretóse el primer premio, una medalla de oro, al socio que
presentase la mejor obra dramática. Escribí yo una pieza á la cual
di por título
|Amor y Esperanza, y mostréla á algunos de mis
amigos. Fidel, autor de esta esquela, hizo también un drama
precioso; pero el mío agradó más. La Sociedad nombró un jurado que
calificase los dos trabajos. El jurado resolvió que fuesen
ejecutados los dos dramas en presencia de personas invitadas al
efecto. Dediquéme, pues, á ensayar el mío, en lo cual empleaba las
horas primeras de cada noche. He aquí explicadas mis ausencias
nocturnas. Como fuese Manuelita la musa que me inspiró mi
composición dramática, pensaba yo sorprenderla llevándola á una
segunda representación, que tendrá lugar pronto, para regalarle en
público la medalla, en testimonio de que á ella debo mi triunfo. He
aquí por qué guardé secreto para con ella. Tuvo lugar anoche la
representación de prueba: mi triunfo fue espléndido. Vea usted la
medalla.
-¿Por qué una vez que la viste preocupada, no procuraste que te
explicase los motivos de su tristeza?
-¿Qué quiere usted? ¡La inexperiencia á qué errores no puede
conducirnos! Cuando noté que estaba disgustada y melancólica, sentí
ofendido mi amor propio, porque pensé que todo ello obra era de un
desamor que creía no merecer; llegué hasta á pensar que algún
motivo especial era la causa de su despego, y sentí en mi corazón
el mordisco de los celos. Me refugié en el silencio, pues mi
conciencia en nada me acusaba, y el orgullo me impedía avanzar
explicaciones que podían rebajarme á mis propios ojos. ¡Qué
tontería! ¿no? ¿Pero por qué Manuelita no me dijo tampoco nada? Sí
tenía quejas de mí. ¿por qué no me hizo cargos?
-Le pasó exactamente lo mismo que á ti: cierto orgullito tonto
le impuso silencio; acaso llegó á pensar que el manifestarte celos
era bajar de su puesto de mujer delicada.
-¡Qué lindo par de troneras! (dijo Juan dando palmadas y riendo
á boca llena). ¡A cuánto nos expusimos por frioleras, por caprichos
pueriles!.. .. Pero vamos á ver á Manuelita: hay que sacarla cuanto
antes del infierno en que nos hundimos de puro amor. A toda prisa
se encaminaron Juan y D. Luis á la casa de éste. Estaba Manuelita
en el oratorio, en el cual había pasado horas enteras gimiendo y
orando en voz baja. Cuando menos pensó, sintióse abrazada por Juan,
quien reía sin decir palabra.
-¡Suelta! ¿qué es esto? dijo Manuelita, sonriendo al mismo
tiempo en que se veían brillar gruesas lágrimas en sus
pestañas.
-Bribona, repuso Juan; que tenemos que reírnos mucho de nosotros
por tontos y simples; y quo tienes que pedirme perdón por lo mucho
que me hiciste sufrir.
Llevóse D. Luis á Manuelita para la sala, y allí, en presencia
de doña Antonia, su esposa, explicó largamente todo lo ocurrido.
Siguieron al punto largas risotadas.
Los padres de Manuelita obligaron á los esposos á ponerse de
rodillas enfrente el uno del otro, y á pedirse mutuamente perdón
por sus tonterías. Todo esto se hacía en medio de bromas y risas
interminables.
VI
Ahora, hijos, dijo D. Luis, asumiendo de pronto la gravedad que
le era característica, escachad un sermoncico.
Jamás debe haber entre los esposos secretos ni de chanza: ha de
leer el uno en el alma del otro como en la suya propia. Todo
placer, toda pena, toda esperanza, todo temor, hasta los mas
triviales pensamientos, han de ser patrimonio común entre aquellos
que unieron su vida para siempre,
Tú, Juan, nunca guardes misterio alguno para la que es compañera
de tu existencia: no debe tu corazón estar cerrado para ella, ó más
bien, dale la llave para que entre cuando quiera como en casa
propia. Cualquier desazón que tengas en tus luchas con el mundo,
cualquier motivo de satisfacción que halague tu amor propio, todo
trasmíteselo á aquella que debe ser para ti un segundo
|yo.
Tu esposa debe tener conocimiento de tus amistades, de tus
negocios, basta de tus malas pasiones, si las tienes. Conocí á un
hombre muy rico; murió repentinamente, y su familia quedó en
absoluta miseria: era tan reservado para con su esposa, que ella
nada sabía de sus negocios; resultaron, pues, muchos acreedores y
ningún deudor. Apenas se pudo pagar con lo que quedó.
¡Qué! ¿la madre de nuestros hijos, la mitad de nuestro ser,
puede por ventara ser extraña á nuestros actos? Separemos entonces
una mano de otra, y que obre cada una por cuenta propia; separemos
entonces un ojo del otro, y que mire cada uno distinto objeto. Nada
de reservas, ni por chanza, para con tu esposa.
-Y tú, Manuelita, dijo doña Antonia; ten siempre presente que el
hombre es la cabeza, la mujer el corazón. El corazón siente, la
cabeza piensa. Nunca tengas un secreto para con tu esposo. Yo te
decía de continuo que para mí no tuvieses nada oculto, y siempre
fuiste franca conmigo, cosa que por cierto te ha servido mucho.
Pues bien, desde hoy tu esposo es el verdadero dueño de tu alma.
Ten para conmigo cuantos secretos quieras, pues ya no tengo derecho
á tu intimidad; pero ninguno, ninguno en absoluto, para el dueño de
tu corazón.
Ese orgullito que te inspiró en esta emergencia que acaba de
pasar, y que pudo haber tenido resultados funestos, es simplemente
una necedad.
La mujer que usa orgullo para con su esposo, procede en todo
como una insesata: ella ya no se pertenece, ya es toda de ese
hombre.
Los jóvenes oyeron el
|sermoncico con toda formalidad. La
dicha les brotaba por los ojos en relámpagos de amor.
Dos noches después Manuelita asistió á la representación de
|Amor y Esperanza. En más de una ocasión, al ver allí
historiados sus castos amores, lágrimas de ventura corrieron por
sus mejillas.
Terminada la función, Juan le puso en el cuello la medalla que
simbolizaba su espléndido triunfo. Fidel, que estaba al lado de
Juan, dijo á Manuelita:
-Desafío á este tronera para una nueva lid; pero siempre que yo
tenga una musa como la que le inspiró tan hermosos versos. No supe
que combatía, como Jacob, con un ángel.