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ELVIRA

 

I

En el hotel cenaban una noche Antonio, Julián y el que esto escribe.Se hallaban solos los tres en un salón retirado en el departamento interior del edificio. Alumbraban dos lámparas la pieza, lujosamente amueblada; dos hermosos espejos daban frente á la puerta de entrada, y reflejaban sobre el techo y las paredes la luz que recibían en su tersa superficie; láminas de admirable pureza de líneas y sombras, representativas de las escenas de |Pablo y Virginia, decoraban los muros color de ciclo pálido. Adornaban la mesa dos grandes ramilletes perfumados, cuyas flores, frescas todavía, parecían recién desprendidas de sus tallos. Si á esto se agrega que en uno de los departamentos vecinos se oían de cuándo en cuándo las blandas armonías de un piano pulsado por alguna artista anónima, quien tal vez distraía tristes recuerdos patrios tocando aires natales usados en su país, se comprenderá que los tres sujetos en referencia se estaban dando un rato agradable.

El alférez de esta fiesta de amistad era Julián, oriundo de Medellín, quien, habiendo terminado sus estudios de medicina, había querido despedirse de sus amigos predilectos de la capital de la República con una opípara cena.

Era Julián un mozo de imaginación traviesa, ocurrente sin esfuerzo, y que reía con entusiasmo cuando algún chiste le hacía gracia, y miraba la vida con el cariñoso apego de quien contempla delante un hermoso porvenir, libre de nubes, de sombras y tropiezos. Era su padre un fuerte capitalista. Le había prometido enviarle á pasar en Europa una larga temporada luego como acabase sus estudios. Se sabe que entre nosotros la carrera de medicina no se tiene por completa en tanto que quien la haya terminado no vaya á Europa á darse un baño en ese vasto mar de saber y de experiencia. La despedida de Julián á sus amigos tenía, pues, carácter de ausencia muy larga, si no eterna.

Era Antonio el mayor de los tres comensales: tendría quizás treinta años, aunque revelaba su aspecto muchos más. Algunas canas resaltaban ya en sus bigotes negros y poblados, y sus mejillas ajadas dejaban ver las huellas de sufrimientos hondos, prematuros. Era su voz un tanto trémula, y la pronunciación dificultosa: conocíase fácilmente que había ya abusado de los licores embriagantes. Tenía anteojos azules, y un gran sombrero de fieltro, que ni por un momento se quitó, cubríale la parte superior del rostro.

Entró varias veces á servirles colaciones y licor una muchacha de interesante presencia, aunque vestida casi pobremente. Sus facciones un tanto marchitas y cubiertas de vaga palidez, conservaban aún restos de anterior y singular belleza, que fue, sin duda, noble y distinguida. Su cabellera, blonda y un tanto ensortijada hacia las sienes, se recogía en una hermosa trenza que le caía por la espalda; sus ojos, anchos y rasgados, eran azules, mas de un azul tan subido, que á quien no los hubiese observado de cerca le habrían parecido negros; nariz delgada y recta; sedosas y largas pestañas; frente ancha; labios pensativos; dentadura perfecta. Tenaz melancolía sombreaba aquel hermoso rostro, comunicándole cierto vago romanticismo. Conocíase que desempeñaba funciones ajenas de su antigua posición: no eran sus maneras las de una sirvienta vulgar; dejaba traslucir al través de su humilde estado restos de un orgullo mal reprimido. Levantaba los ojos rara vez para mirar á aquel que le dirigía algunas palabras, y cuando contestaba, lo hacía en rápidos monosílabos.

-Interes ante muchacha, dijo Julián mirándola fijamente á tiempo en que desaparecía al otro lado de la puerta. Dos veces la he visto aquí, y aun creo conocerla. ¿Cuál será su nombre?

-Susana, repuso Antonio con voz más trémula que de ordinario.

-¿Conque tu la conoces?

-Mucho. Al decir esto, Antonio llenó de brandy una copa, é invitó a sus amigos á tomar. Ellos colmaron las suyas. Antes de apurar su copa, dijo Julián:

-Por la bella mujer cuya existencia es, sin duda, un misterio. Amo yo esas beldades cubiertas de nubes que apenas las dejan entrever, como un sol de invierno velado por vapores impenetrables.

Bebieron. Antonio estaba visiblemente conmovido.

-Si la conoces, por qué no nos relatas su historia? Presumo que sea interesante . No puedo creer que esta muchacha haya sido siempre una sirvienta.

-Bien. Sé que hablo con caballeros. De lo contrario, no levantaría yo el velo que cubre secretos dolorosos... Pero antes humedezcamos el gaznate. Antonio volvió á beber.

 

II

Era Yo muchacho, continuó; y con motivo de relaciones contraídas á favor de vecindad de hogares, conocí á los padres de Susana. Él se llamaba D. Ramón: era un excelente caballero, un hombre de bien á carta cabal, digno de propicia suerte-si lo que llamamos |suerte cultivase siempre relaciones con la justicia. Era tan laborioso, que sólo su organización de hierro podía resistir las largas tareas á que por semanas enteras se entregaba. Y, no obstante, poco mejoraba de fortuna; mas ¿cómo había de mejorar? Un abismo no se colma. Pocos hombres he visto tan amantes de su hogar como este buen patriarca: ninguna otra cosa le llamaba la atención; su alma habitaba dentro de las cuatro paredes, como suele decirse; amaba á su esposa con ternura, y la trataba con miramientos y consideraciones que rayaban en humildad. Sus placeres se reducían á proveer á su familia de lo necesario, y aun algo más, pues de ordinario era rumboso, particularmente cuando era cuestión de recibir en su casa personas amigas. Era hombre de carácter pronto y susceptible; pero al propio tiempo tan dócil, que unas pocas reflexiones bastaban á hacerlo volver sobre sus pasos. Apenas si he visto persona más manejable por medio de la persuasión y la dulzura.

El carácter de doña Clelia, su esposa, formaba contraste con el suyo. Era hija de un español insufrible, que miraba á los habitantes de este país como á gentes de raza envilecida, y no se dignaba tratar sino á los muy pocos que no desmerecían en absoluto el |don. La hija creció á su lado, alimentando su espíritu con tales ideas: su educación se redujo á poca cosa,-á saberse de coro la lista de sus antepasados hasta el vigésimo abolengo; á aprender á mirar á las gentes con desdén de princesa; á cuidar sus manos del contacto de objetos vulgares; á cubrirse con telas costosas; á esperarlo todo de la excelencia de su prosapia. No hay, pues, por qué extrañar que viniese á ser más tarde una mujer vanidosa, dominante, indómita y adoradora del fausto. No sé cómo pudo verificarse aquel matrimonio, a no ser que en ello hubiese intervenido el diablo, pues D. Ramón jamás ha campanilleado de noble, y su fortuna apenas era mediana.

Con semejante esposa ¿qué matrimonio hubiera podido prosperar? A duras penas, y a fuerza de paciencia por parto de D. Ramón, púdose conservar en armonía, a lo menos aparente, el hogar por algún tiempo. Una preciosa niña vino á calmar un tanto las amarguras del pobre señor, reconciliándolo con la vida y haciéndole llevadera la pesada carga que gravitaba sobre sus hombros. Diese á esta niña el nombre de Elvira....

Dime, Julián, ¿en tus estudios de clínica práctica no has visto alguna vez una muchacha alta, delgada, rubia, de cabellos crespos, ojos grandes, con un lunar en la mejilla derecha, y de ceño altivo y amargo? Está tísica. Hace tanto que no la veo, que ni la conocería ya.

-Aguarda, dijo Julián, poniéndose en la frente, en línea vertical, el dedo índice, y cerrando los ojos por algunos momentos. Ya caigo.... ¿No era su pronunciación, un tanto ceceosa?

-Si. Esa es.... ¿Qué suerte ha corrido?

-Murió hará un mes. ¡Pobre criatura! El corazón me decía que debía de ser una muchacha decente y de historia misteriosa. Varias veces vi correr por sus mejillas lágrimas calladas.

-i Ay! ¡que descanse en paz!..., dijo Antonio exhalando un profundo suspiro. ¡La hubieras visto tú aquel 20 de Julio en que cautivaba las miradas con su belleza deslumbradora, con sus vestidos de un lujo oriental, con su altivo continente de reina rodeada de vasallos!.... La hubieras visto cuando, en un coche tirado por una pareja fogosa, recorría el 24 por la tarde los camellones de Chapinero, acompasada de su madre, de su hermana menor y de este pobre diablo que te habla!....

-¡Conque tú!.... exclamó Julián mirando fijamente el rostro de su amigo.

-Pero se me volvió á secar el gaznate, repuso Antonio, llenando otra vez su copa. No me acompaséis, que vosotros no tenéis para qué.... humedecer á cada momento la lengua. Y apuró el trago con avidez.

 

III

Aquella tarde, continuó, ha quedado indeleblemente grabada en mi memoria. Con pretexto de unas carreras de caballos que se celebraron en una despejada planicie que yace á poca distancia de aquel caserío, concurrió allí lo más hermoso de la sociedad bogotana. Veíanse elegantes caballos, lujosamente enjaezados, cruzar en todas direcciones á voluntad de jinetes tan hábiles como apuestos; en coches descubiertos paseaban, vistosamente ataviadas, señoritas que formaban grupos encantadores, semejantes á canastillas de flores recién abiertas. La tarde era cómplice de tanto boato y placer: lujosa también ella, desplegaba toda la magnificencia de un cielo sin nubes; las serranías que por el Occidente limitan la sabana, estaban embozadas en transparentes gasas azules, y algunas nubecillas de oro pálido ribeteaban sus perfiles indecisos, como antorchas tranquilas de volcanes lejanos. Allá, muy lejos, se divisaba la cumbre del Huila, enrojecida por los rayos del sol medio hundido en su ocaso. Absorto contemplaba yo todo aquello: el lujo de los mortales y el lujo de la naturaleza. Amaba, y creíame amado: la presencia de la mujer que poseía mi alma, me inspiraba recogimiento é instintos de adoración. Hubiera, en aquellos momentos, sido capaz de nobles acciones, de sacrificios heroicos. Elvira se llevaba, sin duda, la palma en aquel primoroso certamen dé belleza y elegancia. Un sombrerillo de paja italiana cubría en parte sus crespos cabellos, que, como rebeldes á dejarse aprisionar, asomaban en bucles sobre la ancha frente; un jubón de terciopelo oprimía su delgado talle; una falda de raso descendía de su cintura, dejando descubiertos los diminutos pies, primorosamente calzados en zapatos de seda opalina. La luz del sol poniente bañaba, al través de un velo de gasa salpicada de florecillas rojas, aquel rostro angelical, ligeramente sonrosado por la emoción del placer y por el calor de la tarde. Sentíame dichoso: no me hubiera cambiado por el mas poderoso de los monarcas. Mas, de súbito, una nube importuna vino a empañar el cielo de mi felicidad: Julio Carreño, que montaba un arrogante caballo tordo, se aproximó á nuestro coche, y saludó á Elvira con cierta mortificante familiaridad; y ella le correspondió el saludo con cariñosa sonrisa. Desde luego noté que sus miradas eran menos dulces, y su rostro menos amable. Olvidaba deciros que Elvira era ya mi prometida. .. Pero esta maldita lengua se seca á cada instante.

Al punto apuró otro trago de brandy.

 

IV

Estos recuerdos me ahogan, continuó después de haber saboreado el ardiente licor; pero yo acabaré por ahogarlos á ellos. Me aparté de la vía de mi relato. Tenía Elvira tres años cuando vino al mundo otra niña no menos preciosa, Susana, esa infeliz sirvienta que habéis visto.

-Bien estaba yo, dijo Julián, en que conocía este rostro: su hermana se le parecía.

-D. Ramón, continuó Antonio, no cabía de gozo con sus dos hijas. Mas, como los gastos de la casa eran superiores á lo que su asiduo trabajo le producía en Bogotá, hubo de aceptar un empleo que le dio una casa de comercio en Ambalema. Tuvo el valor de separarse de sus hijitas para ir á sepultarse en aquel infierno. Cuanto ganaba lo enviaba á su esposa; pero ni esto, que no era poco, era bastante á cubrir los gastos de un lujo insensato y de un despilfarro sin tasa. Por fortuna, el buen sujeto tenía techo propio; que de no, habríale sido imposible sostener su familia en esta ciudad.

Cada dos ó tres meses obtenía licencia de sus patrones para venir á pasar con su familia dos ó tres días. La llegada de su esclavo ningún placer despertaba en el corazón de doña Clelia. Casi siempre el infeliz emprendía viaje para su destierro con el corazón lacerado por los sinsabores que le ocasionaba su esposa, quien sin cesar se quejaba de la ruin estrechez en que la tenía. Pero amaba tanto á sus dos preciosos serafines, que la dicha de verlos compensaba en su corazón las amarguras que lo atormentaban.

Las muchachas fueron creciendo sin recibir casi ninguna educación moral. Por cierto que los ejemplos de su madre no eran los más á propósito para sembrar en sus corazones aquellas primeras santas simientes, que son las que, más tarde, deciden del carácter y de la suerte de una mujer. Nada puede influir tanto en el alma de una niña como las lecciones prácticas que la madre, sacerdotisa y maestra del hogar, dicta con su palabra y con su ejemplo. Desde pequeñuelas fueron contrayendo hábitos de lujo, y cuando pusieron el pie en el mundo, esa pasión maldita, la más avasalladora del alma de la mujer, las dominó por completo. A los ojos de una niña en quien tal sentimiento domina, nada merece atención, nada tiene valor, que no sea la vanidad de un pomposo vestido.

¡Y pensar que esta pasión dicta leyes en leí mayor parte de nuestros hogares!... Elvira y Susana rompían trajes costosos cual lo hubieran hecho las hijas de un millonario. Y como eran tan bellas, tan pronto como hicieron su entrada primera en el mundo elegante, oyeron en torno suyo murmurar aplausos, y á porfía recibieron adulaciones entusiásticas. Con menos se infla la vanidad de una pobre niña. Nada de extraño tiene, pues, el que las dos inocentes criaturas, que en su hogar no oían sino frases despreciativas de las gentes que no blasonan de sangre azul, y sólo elogios en las calles y en las tertulias, se dejasen poseer de un orgullo insensato.

Fácil les fue contraer relaciones con gentes de brillo y boato. Visitaban y eran visitadas. Jóvenes elegantes, de ésos que valen tanto cuanto los vestidos y los dijes que llevan encima, frecuentaban la casa como buenos amigos. Yo era del número de los visitantes. Por aquel tiempo concluí mi carrera: no tenía mala fama como hombre de estudios; había coronado con brillo mis tareas, y poseía en verdad algunas ideas en la mente y nobles aspiraciones en el corazón. Decían las gentes que yo era un joven de porvenir. Todo esto hizo que Doña Clelia me recibiese en su casa con, marcada preferencia, lo cual me granjeó algunos enemigos. Mi pasión por Elvira se inflamaba día por día. Yo estaba ciego, loco de atar; habría sido capaz de cualquier virtud, hasta de cualquier crimen, por esa mujer fascinadora. Mi propósito era noble: habíala elegido mi corazón por compañera de mi vida.

¡Ay! ¡Elvira me amaba! Cuando me convencí de esto, ví abierto ante mis ojos el mundo de la dicha... ¿Por qué mueren tan pronto las hermosas ilusiones de la juventud? ¿Por qué es la felicidad un sonoro vocablo que halaga el oído y el alma, y calla luego para siempre?.... Elvira, debo á ti mi primer sueño de amor: los pocos días de ventura que en mi existencia he saboreado, y que nunca volverán ya, porque el corazón es un árbol cuyas flores no se renuevan, á tí te los debo. ¡Bendita seas! ¡Que Dios te haya perdonado el mal que me hiciste, como yo te lo perdono con toda mi alma!....

Pero estoy muy romántico. Y esta lengua, que se me enreda por falta de humedad.... Aquí está el remedio. Y apuró otro trago.

Tenía la pronunciación muy dificultosa: apenas se le entendía lo que hablaba.

 

V

Acercábase, continuó, el 20 de Julio de 187..., que con tanta pompa se celebró aquí. Púsose la ciudad en movimiento: ¡qué vértigo por gozar! ¡qué furor! ¡qué locura por ostentar grandezas!

Vivía frente á la casa de doña Clelia la familia Carreño, gente de gran prestigio en la alta sociedad por sus inmensas riquezas. Apenas habrá habido en Bogotá mujeres más ostentosos: su casa era un palacio; vestían como reinas. Pocas eran las atenciones que rendían á sus lindas vecinas, lo cual mortificaba grandemente á Doña Clelia. Era que las Carreños se consideraban en más alta posición: esto la hería y le inspiraba aspiraciones á que sus hijas las superasen en lujo, como las superaban en belleza. Siempre andaba averiguando lo que hacían sus vecinas en punto de refinamiento de goces, para imitarlas. El programa de las Carreños para las cestas era cual correspondía á gentes vanas y capaces de satisfacer, sin mayores sacrificios, sus más extravagantes antojos. Propúsose doña Clelia hacer otro tanto. ¿Cómo quedarse atrás? ¿cómo permitir que alguien fuese superior a sus hijas? ¿Por que ha de dejarse el pobre vencer en ostentación por el capitalista? Todo para en gastar dinero; y el pobre ha de gastar tanto como el rico: apenas habrá cosa más natural y sencilla..... Las muchachas estaban medio locas con los proyectos de la madre: ostentarían telas preciosas; tomarían palco en la plaza mayor; pasearían en magnífico coche; concurrirían al teatro; asistirían á los bailes... ¡Iban á dar golpe! ¡Qué perspectiva! ¡qué felicidad!

El 12 de Julio vino don Ramón á hacer a la familia su acostumbrada visita. Le vi la tarde del día de su llegada. El excelente caballero me dispensaba cordial cariño: sabía y aprobaba mis pretensiones; me trataba con el afecto y la confianza de un padre. Estaba pálido y demacrado.

-¿Qué tiene usted? le pregunté. ¿Ha estado enfermo?

-Sí: he sufrido unas fiebres. El clima de Ambalema y el excesivo trabajo me está matando. Pero que remedio: la vida es lucha.

Exhaló un profundo suspiro, y alzó al cielo una rápida pero expresiva mirada.

Al día siguiente volví si la casa de Doña CIelia. Las muchachas tenían los ojos humedecidos. Don Ramón estaba tendido en un sofá que servía para recibir en el corredor visitas de confianza. Al verme se puso en pie, y me tendió la mano: nótela, al estrecharla entre las mías, ardiente y trémula.

-Deseaba verle, me dijo en voz baja. Tengo necesidad de hablar con usted. Despídase, con cualquier pretexto, dentro de un rato. Le espero en el atrio de la catedral. Dicho esto, tomó su sombrero y salió.

Doña Clelia refunfuñaba en la alcoba. Alcancé á percibir tal cual palabra. "Miserable.... Plebeyo ruin.... Cuna noble.... Humillarlas.... Carreños"....

Hablé por breves momentos con Susana, y me despedí pretextando cualquier cosa.

Encontré a don Ramón en el atrio.

-Deseaba hablar con usted, me dijo: necesito desahogar mi corazón con un amigo que me comprenda y justificar mi conducta, cualquiera que ella pueda ser, para ante usted, á quien estimo y amo. ¡Oh! ¡si usted fuese algún día una sombra para mis pobres hijas!....

Faltóle la voz, y rápidamente se enjugó los ojos.

-Estoy sufriendo horriblemente, continuó: jamás había pasado una noche tan amarga. He sido pisoteado, insultado, abofeteado en el alma. Clelia pretende que las muchachas ostenten en estas malditas fiestas que van á hacer aquí, un lujo impropio de ellas. Díjome que debíamos gastar ahora que la ocasión lo pedía.

-Bien, hija: gastemos lo que podamos: tu sabes cuánto gozo yo en ver á las muchachas vestidas decentemente, y en que se diviertan cuando ello es posible. En previsión de esto, traje unos reales que he podido ahorrar de mis sueldos de dos años para el caso de una necesidad urgente.

-¿A cuánto asciende eso?

-A quinientos pesos.

-¡Bah! repuso con una carcajada que me hirió el corazón. Con eso no hay para los trajes de un día.

-¡Cómo ¡repliqué aparentando calma. ¿Se acaba un traje en un día no sabía yo que las muchachas destrozaran tanto.

-Se conoce sin trabajo, me dijo montada en ira, tu origen vulgar. Nada sabes de la alta sociedad. Apenas habrá cosa más plebeya que una señorita se presente en los círculos de tono con un mismo vestido por dos veces.

-Sí, soy vulgar, contéstele, sin poder ya reprimirme En prueba de ello, toca esta mano: está gruesa, áspera...ay! al fin como mano de peón. ¿Sabes por qué? porque ya llevo años largos de trabajo para el decente sostén de mi familia. Yo no aprendí á robar; y me afano por ganar un pan honrado.

- Con quinientos pesos no hay para nada. ¡Pobres muchachas! tratadas por la gente con desprecio, como si fuesen unas cualesquiera; aquí encerradas en estas cuatro paredes como canalla montuna, cuando pudieran lucir su belleza en círculos dignos de ellas y de mí. Y todo porque á su padre le duele dar lo necesario; y Dios sabe en qué gastará el dinero que coge.

-Lo gasto en esto: en beber riquísima agua de Ambalema; en comer plátano y yuca, y rarísimas veces un pedazo de carne de cuya delicadeza y exquisita fragancia no podrías formarte idea; en dormir en muelle cama, consistente en un ruin junco y la |ruana de uso diario; en frecuentar la culta sociedad de los peones, compañeros míos de faenas y afanes; en deslustrar riquísimos vestidos, que consisten en unos pantalones y en una chaqueta raídos, y en unos botines de grave antigüedad; en pasar buena parte de la noche en tertulia agradable conmigo mismo, sentado en un poyo de un corredor, pensando en mis hijitas y pidiéndole á Dios les otorgue más dicha que á su padre. En eso gasto el dinero, y con razón se me insulta por quien lleva en verdad vida bien diferente.

- !La insultada soy yo yo! Y prorrumpió en desaforados sollozos. Bien me decía mi padre que la gente decente es siempre víctima de la canalla.

-Basta, hija: no hagas un escándalo, que las que pierden más son nuestras hijas. ¿A cuánto ascenderán vuestros gastos de fiestas?

-A ver.... (Y se quedó pensativa, haciendo cuentas con los dedos). Creo que á unos tres mil pesos; y eso ahorrando y recortando de cuantos modos se pueda.

Cruzó en esto una idea por mi mente, que juzgué oportuna para un golpe maestro.

-No hallo más recurso que vender la casa.

-En eso mismo he pensado, replicóme con una sangre fría verdaderamente desconcertadora.         

Quédeme de una pieza. Me figuró que al proponerle la venta de la casa, ante tal despropósito retrocedería asustada; y resultó que estaba de acuerdo.

-¿Y has pensado bien en ello? No tenemos más que este pobre techo: siquiera nadie viene á arrojarnos á la calle, y el pan de cada día nunca nos ha faltado. ¿Qué les dejaré á mis hijas cuando cierre los ojos?

-Como es tan linda la casucha.... Dijo mirando con hiriente desprecio los objetos que la rodeaban. Techos elevados; florones salientes; doradas cornisas; ventanas de moda.... ¡Vaya, vaya! ¿qué mejor se quisieran las muchachas?

Otra idea, que también juzgué oportuna, cruzó de súbito por mi mente.

-Vamos, le dije, casi sonriente ya, porque el enojo me inspiraba frío desdén por todo: haré, pues, lo que digan las muchachas: que ellas decidan esto. Y las llamé.

Comparecieron al punto. Sin duda sabían de qué se trataba, pues estaban un poco llorosas ambas. Esto me infundió esperanza.

-Estamos, hijas, en un proyecto, les dije paseándome. Ya sabéis que va á haber fiestas.... es decir, calaveradas. Yo quiero que estéis contentas, y me comprometo á ser vuestro compañero por donde queráis llevarme.

-¡Elegante compañía! dijo CIelia, interrumpiéndome con grosera brusquedad.

Confieso á usted que la sangre se me subió á las mejillas, y se estremeció de dolor mi corazón al verme puesto en ridículo en presencia de mis hijas. Mas haciendo un esfuerzo supremo sobre mí mismo, conseguí dominarme por completo.

-Déjame hablar, hija, que después te dejaré yo. Tal lo dije acercándomele, y poniéndole la mano extendida en la parto superior de la frente.

-Yo os acompañaré por todas partes, continué con dulzura: juntos veremos todo cuanto hubiere digno de verse; y os daré gusto en todo. Os compraré trajeas bonitos y decentes. Hasta si queréis, haremos una tertulia aquí en reunión con algunas familias amigas. Todo esto se puede hacer con lo que tengo disponible, que son quinientos pesos. Mas CIeIia ha echado sus cuentas, y cree que gastaréis tres mil, lo menos. De ser así, veríame en el caso de vender la casa. Yo me someto á vuestra decisión. Pensad en que este techo nos cubre va yá para largos años; que nacisteis aquí, y aquí gozasteis de las dulces venturas de la infancia; aquí crecisteis, y quiero que aquí me cerréis los ojos. Pensad que nada más que esta casita podré dejaros cuando muera. Pensad qué será de nosotros cuando andemos le Herodes á Pilato en busca de un trecho donde vivir, y tengamos que sufrir duros ultrajes, y que vernos lanzados á la calle. ¿Y todo por qué? por una diversión de pocos días; por ostentar grandezas que en verdad no tenemos; por hombrearnos con gentes que reirán de nosotros; por querer imitar á aquella necia rana que pretendió volverse tan ancha como el buey. Mas, á pesar de todo, cumpliré mi palabra: lo que las dos digáis, eso se hará.

Las muchachas quedaron cabizbajas y un tanto corridas. La madre les dijo, en voz  baja, algunas frases que apenas me fue dado percibir: oí algo como |Carreños.

De súbito cambiaron de semblante; y con una impavidez que me heló la sangre, dijeron que estaban por la venta de la casa.

-Bueno, hijas, les dije con amable sonrisa: mañana tendréis aquí el dinero.

He contado á usted todo esto, á fin de que no extrañe lo que he determinado hacer, y de que haya más tarde quien justifique mi conducta, cuando personas maldicientes me hagan cargos.

-¿Y piensa usted vender la casa? le pregunté sorprendido.

-O la vendo ó me doy un balazo, me contestó con resolución abrumadora y se despidió.

VI

Fui al día siguiente á visitar á Elvira. Hállelas contentísimas y entregadas á una bulla encantadora. Susana se asomó á la ventana, miró al balcón dé las Carreños, y bajó luego riendo á carcajadas y diciendo:

-¡Ahora sí que nos miren con desprecio! ¡Qué bobas y qué feas!

Todo lo comprendí al punto. Seguí conversando, y vine á saber que disponían de cinco mil pesos para gastos de fiestas. Intenté hacerles algunas observaciones, pero no me resolví: ¡quién iba á turbar tanta felicidad! ¡quién iba á romperse la cabeza contra un muro de bronce!....

-Yo en tu lugar, observó Julián, habría hecho esto: tomar mi sombrero, hacer una reverencia muy cuca, y.... adiós, amigas mías; hasta el valle de Josafat!

-Es que tu no sabes lo que es un amor ciego, irresistible, ardiente; ¡ay! y tal era mi amor por Elvira. Esa pasión colmó mi existencia y absorbió mi alma. Mira, pero sin reírte de este pobre loco: la amo todavía; ni la tumba podrá arrancarla de mi corazón. Si dejara de amarla, dejaría de existir....

Supe al día siguiente que D. Ramón no había vuelto á la casa. Preguntóle por él á Elvira, quien me dijo con una de esas hechiceras sonrisas suyas que no he vuelto a sorprender en otros labios:

-Mi papacito tuvo una ligera diferencia con mamá, y se fue sin despedirse de .nosotras. ¡Pobrecito! es tan bueno, que varias veces se ha ido molesto, ya pocos días hemos recibido cartas suyas tan dulces, que nos han hecho llorar.

Llegó el 17, día destinado para dar principio á las fiestas.

Como ya era público que Elvira estaba comprometida conmigo, no tuvo á mal doña Clelia que yo las acompañase en las funciones de fiestas.

Habían tomado en alquiler un hermoso palco del centro de las galerías de la casa llamada |de los portales. A él fuimos á ver los fuegos artificiales del 17 por la noche. La iluminación de la plaza era soberbia. Elvira estaba bella, deslumbradora: un manto blanco de pieles del polo enbríale los hombros, cayéndole hasta cerca de los pies; el traje era rosado, adornado de encajes color crema; guantes oscuros oprimían sus redondas manos. El traje de Susana era menos lujoso, pero más elegante quizás. ¡Oh! no podréis firmaros una idea completa de lo que era esta muchacha, con su franca sonrisa, con su boca de guinda, con sus cabellos blondos, con sus ojos parleros. Esta que habéis visto es sólo una sombra de la que tantas veces me prodigó sonrisas al decirme gracejos picarones.

Estábamos distraídos conversando sobre cualquier cosa, cuando de súbito un vivo resplandor nos deslumbre, y algo como un bramido salió de entre la tierra. Elvira y Susanita exhalaron un grito. Era que un volcán artificial había estallado. El cielo se cubrió de una lluvia de estrellas de diversos colores que inundaron de luz la extensión de la plaza. Resonó por los palcos un aplauso general y también por la plaza. Mis amables compañeras palmeteaban y reían á boca llena, cuando hubo pasado el susto.

Largo sería de enumerar los prodigios del arte pirotécnico en aquella noche encantadora. Globos de diversos colores poblaban el espacio. Cohetes innumerables se cruzaban, y descendían luego en chorros de llamas. Momentos hubo en que me puse á pensar cómo sería la lluvia de fuego que descendió del cielo sobre las ciudades nefandas una noche en que sus infelices habitantes se embriagaban sin medida en la copa del deleite.

Elvira y Susana gozaron aquella noche sorpresas que jamás habrían imaginado. Los ojos de mi amada chispeaban de placer, y en más de una ocasión se encontraron con los míos, y dulces me dijeron lo que yo en ellos buscaba. Mi dicha llegó á su colmo.

Esa noche soñé con palacios encantados, semejantes á los jardines de Armida.

Al día siguiente hubo gran parada. El ejército, vestido ricamente, ejecutó vistosas evoluciones que mantenían absorto y en curiosa expectativa á un concurso numeroso. Cuando tuvo lugar el tiroteo general, el espantoso ruido aturdía los oídos. Elvira se puso pálida y trémula. Risueña, abandonada á impresiones apacibles, pródiga de sonrisas decidoras, así la había conocido; pero dominada por emociones violentas, tímida en presencia de algo aterrador, era nueva para mí. Con las mejillas empalidecidas y los ojos fijos en aquel volcán aturdidor, semejaba una estatua de marfil que hubiese representado el pánico de una escena solemne. Hícele burla por su espanto, y ella me sonrió con cierta dulce tristeza que armonizaba con la palidez de su rostro.

Esa noche concurrimos al teatro. Diose la |Flor de un día. Los melodiosos versos de Camprodón sacudían mi alma como una suave corriente galvánica. Hubo momentos en que vi rodar lágrimas por las mejillas de Elvira, lágrimas de ternura excitada por la magia de aquella blanda poesía. Así, conmovida por sentimientos delicados, capaz de impresiones íntimas, sensible al lenguaje de las almas excelsas, completaba mi ideal de la mujer soñadora. Esa noche la amé más, si aun en mi pecho podía caber más amor. Yo estaba de pie á su lado: cada hermoso verso lo repetían nuestros ojos en ese dulce idioma cuyas frases se dicen y se escuchan  sólo una vez en la vida.... ¿Pero qué se hizo mi copa? Aquí estás, esquiva: no te veía ya; y se ha puesto mi lengua seca como una estopa. Con ansia febril apuró un nuevo trago.

-Este brandy es superior. No me lo parecía tanto al principio. Mas ¿qué tenéis, oh vosotros, hombres estatuas, que no me acompañáis en este recuerdo tributado á la mujer ideal que me hizo poeta de corazón, ya que no de pluma, en esa tierna noche que nunca jamás huirá de mi mente?

En diciendo esto, volvió á llenar su copa. Nosotros hicimos lo mismo, y todos tres tomamos.

Julián no decía chistes ya: nos tenía conmovidos nuestro amigo infeliz.

 

VII

La noche siguiente, continuó Antonio, tuvo lugar, en casa de doña Clelia, una ruidosa tertulia. ¡Qué raros son los misterios de la vanidad de la mujer! El objeto principal que con esta costosa fiesta se propuso doña Clelia, fue desplegar gran lujo á los ojos de la familia Carreño. Por tanto, las primeras invitadas fueron ellas, quienes concurrieron gustosas. No me podía convencer de que fuesen sinceras las atenciones y el cariño que les prodigaban doña Clelia y sus hijas, pues repetidas veces habíales oído hablar de ellas con desdén, y hasta con reconcentrado odio.

Estaba el salón pomposamente ataviado. Una araña, cuyo alquiler, según supe por boca de la señora, costaba por esa noche ochenta pesos, pendía del techo: en sus innumerables prismas de cristal, que, formando simétricas figuras, colgaban vistosos de las ruedas, se refractaba la luz, produciendo vivos y cambiantes matices, que sin cesar se renovaban. La lumbre inundaba ésa y las piezas contiguas. Los muebles eran sorprendentes: costaba su alquiler quinientos pesos. Una alfombra bellísima ahogaba el ruido de los pasos de los festivos bailarines. Nada dejaba qué desear la música: en los intervalos, la guitarra de Mata nos regalaba armonías que imitaban las quejas de las brisas cuando gimen en los follajes frondosos. De cuándo en cuándo el olor de resinas aromáticas quemadas en pebeteros en las piezas contiguas á la sala, inundaba la atmósfera tibia que respirábamos. Momentos hubo en que cerré los ojos, y soñaba hallarme en un jardín enriquecido de aromas y poblado de dulces ruiseñores. ¡Ah! y en ese mi edén nada faltaba de cuanto puede idealizar la vida; y mi Eva encantadora, en todo el esplendor de su belleza, tierna, pura, amorosa, de ojos decidores, de sonrisas de cielo, arrebataba mi alma á regiones no conocidas de quien no ha amado como en aquella noche amaba yo. ¿Habría también allí serpiente, tentadora?....

Elvira y Susanita estaban incomparables. Una hermosa camelia ornaba los cabellos de mi amada; artísticamente arreglados por un peluquero francés, cubrían la parte superior de su frente de bruñido mármol; un traje de terciopelo color de púrpura desvanecida, semejante al de las gasas que ciñen las sienes de la aurora en una lujosa alborada de diciembre, oprimía su talle, que cimbraba al ejecutar los movimientos de la danza, y descendía en profusos pliegues hasta el nacimiento del pie, coquetamente aprisionado en un zapatico de raso perla. Llevaba Susana traje azul pálido; y una sobrefalda de gasa rosada descendía de su cintura fina é inquieta. Traviesos como los de una ardilla asustada, sus ojos chispeantes, que no eran ésos, medio apagados ya, que habéis visto, pasaban por sobre todo sin fijarse en nada: no amaba todavía, y su corazón jugaba con sus impresiones pueriles, como el céfiro retozón con las espumas de un río.

Las Carreños estaban lujosamente vestidas: el oro y los diamantes brillaban en sus brazos y en sus cuellos, velados apenas por gasas transparentes. Mas la belleza de sus dos competidoras las eclipsaba por completo. El triunfo de mis encantadoras amigas fue espléndido, y ellas, lo ostentaban en su continente de reinas altivas.

Julio Carreño.... Pero ¿quién era Julio Carreño? Figuraos un mozo alto, rollizo, moreno, de figura vulgar: frente estrecha, cabellos abundantes y ensortijados, manos y pies enormes, labios gruesos, bigotes poblados y retorcidos, voz áspera y golpeada, como de quien está acostumbrado á tratar con sirvientes sumisos. Tenía un pendiente de oro, de subido precio, y adornado de dijes cuyos diamantes brillaban al menor movimiento suyo. Relucían en su pechera cuatro hermosos diamantes, y en el meñique de la mano izquierda tenia un anillo en que se vela un solitario enorme. Decididamente el mozo valía más de lo que pesaba. Sus modales eran los de un jayán: insoportable altanería gobernaba sus maneras; hablaba, cuando se dignaba hacerlo, con tal desprecio hacia sus oyentes, que parecía un sultán rodeado de esbirros. ¡Ah serpiente! tus diamantes fueron la fatal manzana....

Invitó á Elvira á bailar una polka. Yo permanecí, durante la pieza, en el asiento de ella. Observé que conversaban los dos. Paráronse á descansar á poca distancia de mí. Hablábale él con su altanería de costumbre, y ella sonreía con los ojos tenazmente velados por sus largas y sedosas pestañas, mas no sin fijarlos de vez en cuando en el rico diamante que adornaba la mano del opulento galán.

Sentíame abrasar por el fuego de los celos. Yo, que hubiera querido apartar á Elvira de las miradas del mundo para gozar á solas de sus encantos; yo, que sentía envidia hasta de una bella flor que adornase sus cabellos, hasta de un soplo de viento que acariciase su rostro; yo veía á mi adorada escuchando palabras insidiosas, y sometida al encanto del vil lenguaje del oro!

Fue hora de pasar al comedor. Di el brazo á Elvira. Signifiquéle en rápidas palabras mis sospechas respecto de aquel hombre. Rió la hermosa, y me dijo al oído, en voz baja, con el más seductor de sus acentos:

-No seas bobo: ese señor sólo sabe manejar sus peones. ¿Crees que estoy ciega para no distinguir al hombre de corazón del patán envanecido de su oro y sus diamantes?

-Más bajo, dije, más bajo! no sea que alguien te escuche..

Era que mi corazón temía que sus palabras llegasen á oídos indignos de su acento arrobador; era que en aquel momento la felicidad suprema se deslizaba en el fondo de mi ser, semejante á una ola del mar sobre la abrasada arena de una playa retostada por ardiente sol....

Pero esta lengua.... A la salud de aquellas generosas mujeres que niegan sus oídos al idioma del oro. Y apuró otro trago.

 

VIII

El comedor, continuó, saboreando el licor, estaba indescriptible. Vistosos cortinajes decoraban las ventanas y las puertas; altos tazones de flores adornaban las consolas y embalsamaban la atmósfera; lámparas veladas por pantallas azules, repartían su luz, semejante al dormido resplandor de una tarde de invierno; ramilletes enormes, formados de rosas, claveles y camelias, sembrados de violetas perfumadas, y atados por cintas de variados colores, gallardeaban en las mesas, cubiertas de colaciones, de frutas y de cuanto puede halagar el fácil apetito. No se sentaba nadie: las damas, conducidas por galantes caballeros, y haciéndose viento-con anchos abanicos, recorrían las mesas, tomando lo que les parecía ó más gustoso ó más bello.

Había el buen humor subido ya de punto. Alguien propuso un brindis: siguiéronse discursos de diversas calidades; hubo hasta coplas improvisadas, de esas, casi siempre ramplonas, que sacan á relucir ingenios de ocasión. Hasta Julio peroró: de pie en una gran silla de asiento de terciopelo, espetónos con voz campanuda y muñeras cómicamente graves, unos cuantos despropósitos, capaces de hacer reír á la Historia y la Gramática si se hubiesen hallado allí presentes. Llegó mí turno. Yo dejó fama en el colegio de improvisador fecundo y fácil: en mis buenos tiempos, cuando yo era criatura racional, estaba adornado de dotes oratorias nada comunes. La dicha me inspiraba en aquellos momentos; y el deseo de poner á mi rival en ridículo á los ojos de mi amada, fue poderoso estímulo á esmerarme. Estuve feliz, inspirado, elocuente; un silencio profundo acogía mis palabras, de cuándo en cuándo interrumpidas por aplausos frenéticos. Las glorias de la patria enardecían mi palabra fluida, y me daban ideas cuya grandeza me sorprendía á mí mismo. Al bajar de la tribuna improvisada, se me recibió con abrazos y con gritos de entusiasmo. AI punto mis ojos buscaron á Elvira: los suyos brillaban inundados de lágrimas, y me dijeron más, mucho más, de lo que yo creía merecer. Desde luego fui el rey de la tertulia. Elvira vencía á las Carreños con sus raros encantos: yo vencí á Julio con mi talento. ¡Ay! triunfos bien efímeros! nuestros rivales estaban fuertemente resguardados detrás de impenetrable atrincheramiento de oro.

La luz de la aurora penetraba por las celosías entreabiertas, cuando empezó á disiparse la bulliciosa concurrencia. Fui yo de los últimos en retirarme á mi habitación.

Quince días habían pasado, días dichosos para mí, que alumbraba el amor y la esperanza engalanaba. Sólo una nube veía en el ciclo de mi dicha: pasábase Julio largas horas en el balcón de su casa mirando á las ventanas de sus bellas vecinas. Mal podía yo verle con buenos ojos; y como se sonreía con picante malicia cuando me veía entrar á visitar á mi prometida, empecé á sentir por él un odio mortal.

D. Ramón aun no había escrito. Empezaban las muchachas á alarmarse, temiendo que acaso estuviese enfermo, pues cuando le vieron la vez ultima, les había parecido muy pálido y trémulo.

Hallé una tarde á doña Clelia y las muchachas muy tristes y con señales de haber llorado aquel día. Temí que tal vez hubiesen recibido noticias alarmantes de D. Ramón.

-¿Qué hay? pregúntele á Elvira, tomando un asiento al lado suyo.

-¡Ah! respondió con los ojos velados por las lágrimas. Esta mañana vino un señor, y nos dijo que era dueño de la casa, y que debíamos dársela dentro de cuatro días. ¡Dios mío! y mi padre nos ha abandonado: vé esta carta que nos trajo el dueño de la casa.

Yo la leí en alta voz por exigencia de Elvira, pues aunque ellas ya la habían leído, les parecía que soñaban, y querían convencerse de lo cierto. Las infelices muchachas escuchaban mi voz trémula y casi ahogadla, cubierto con las manos el rostro, y derramando en silencia gruesas lágrimas. Conservaba doña Clelia cierta fría serenidad que no acierto á decir si era estúpida ó magnánima. Como yo era casi ya un miembro de la familia, me permitieron la carta, y pude por esta razón sacar una copia de ella. Aquí la tengo.

Sacó una cartera de cuero de Rusia, y después de trasegar entre varios papeles, encontró lo que buscaba.

-Héla aquí. Oíd lo principal de su contenido:

"Va para veinte años que soy un triste siervo. Mucho he trabajado, mucho he sufrido; he devorado amarguras y ultrajes indecibles. Clelia, nunca me has amado tu: ¿para qué, pues, te uniste á este desgraciado? ¿sólo por tener á quién explotar? ¿sólo por el vano gusto de llamarte mujer casada? ¡Te amaba yo tanto....! bien lo sabes tú: á veces por merecer una sonrisa tuya, desempeñé para contigo humildes funciones de pobre sirviente. Mas colmóse la copa de mis sufrimientos: te dejo ya en paz; no te mortificará más la presencia de este hombre que te cometió la grave ofensa de confiarte su honra y su porvenir, haciéndote compañera de  pobre existencia.

Soy un vulgar plebeyo: la noble dama, pues, ya no tendrá de hoy más la vergüenza de ver á su lado a un miserable, indigno de una muestra, si no de cariño, siquiera de lástima. Soy un ente inútil ya para mi familia, cuyos gustos no puedo ni podré satisfacer: mejor será, por tanto, que vosotras quedéis libres de este enfadoso estorbo.

"A fuerza de trabajo y ahorro pude juntar con qué comprar un techo donde pudieras vivir con alguna dignidad; y con mis propias mano» le hice reparaciones y lo adorné como pude, á fin de que mi esposa tuviese las mayores comodidades que yo podía proporcionarle. Quizás esta afición mía al trabajo te acabó de convencer de que yo era un miserable peón, un miembro de la canalla. No, Clelia, mil veces no: el trabajo no degrada; es un bien, un santo goce; es una muestra de nobleza de alma. Atribuyo la mayor parte de los sinsabores de mi infeliz matrimonio á tu ociosidad, á tu amor desenfrenado por los goces baladíes. Lo que me aflige más es que tu has contagiado á nuestras pobres hijas de estos mismos hábitos y de estas perniciosas aficiones. Recuerda que no me dejaste darles una educación cual yo la deseaba: las coloqué varias veces en colegios de toda mi confianza, y tú, con mil pretextos, las retiraste de ellos, no sé si por contrariarme, ó porque crees que, lo mismo que el trabajo, el estudio degrada á los nobles. Yo hice cuanto pude por cumplir mis sagrados deberes de padre: echo sobre ti la responsabilidad ante Dios, ante los hombres y ante tu propia conciencia, de lo que acaso suceda algún día á mis hijas por falta de ideas severas sobre la ardua misión de la mujer en la vida.

" Bajo ese techo querido, obra él casi todo de mis manos (lo digo lleno de noble orgullo), bajo ese querido techo nacieron mis hijitas; exhaló su último aliento tu madre, santa mujer á quien no has imitado; corrieron años felices para mí, que gozaba á las veces jugando con esos serafines, tan dulces y tan bellos, que triscaban en mi cuarto haciéndome diabluras, porque yo me enojase, y por tener luego el gusto de contentarme cantándome á media lengua versos picarones, ó contándome consejas de brujas y duendes. Ese techo querido encierra los recuerdos más gratos de mi vida, y en él pensaba acabar mis días fatigosos, rodeado de mi esposa y de mis tiernas hijas. Ese sagrado abrigo ya no es nuestro: obligado por ti, lo he vendido. Ya hay, pues, con qué paséis unos sabrosos días de fiestas, entre tanto que el esposo y el padre va, como un proscrito, á hundir en extranjero suelo su infortunio y su vergüenza. ¡Que seáis muy dichosas! Tal vez cuando en una noche de teatro ó de baile estéis gozando de mayores delicias, el miserable proscrito esté por ahí debajo de algún alar del camino, y al pensar en vosotras humedezca con su llanto la paja que le sirva de lecho.

"Yo hubiera podido soportar la miseria, y el peso de mi vida en Ambalema, y el continuo trabajo en un clima insufrible: todo, sí; lo que no puedo soportar es el insulto en presencia de mis hijas. Cuando tú te burlaste de mí porque les dije que quería acompañarlas en las malditas fiestas, dando á entender que yo era un vil estafermo ó un estorbo ridículo, no sé qué sentí: pude haberte estrangulado. El profundo respeto que tengo por mis hijas, logró contenerme. Jamás me he sentido más valiente que cuando pude vencerme, y convertí mi enojo en una suave sonrisa. ¡Clelia, Clelia! ¡tú no sabes de cuánto es capaz un hombre que se le pisoteado en presencia de seres queridos!

"La casa es de D. Juan Castro, el cual irá á pedirla y á poner en tus manos esta carta quince días después de transcurridas las fiestas. Le supliqué me otorgase esto plazo, para no amargarles á mis hijas las fugitivas horas de placer que soñaban, últimos goces que yo les podía proporcionar con el sudor de mi rostro.

"Esta tarde te dejé en la mesa cinco mil pesos, y le dije á Susanita que de ello te avisara. Ya ves que te di más de lo que me pedías. Para juntar esta suma, tuve que vender también todos los muebles. Con este dinero habrá para que gocen mucho las pobres muchachas. ¡Ay! si me fuese dado prolongar esos goces! ...

"No averigües por mí: ignoro qué rumbo habré de tomar; ni siquiera tal vez conservaré mi nombre.

"¡Elvira, Susanita, perdonadme! anoche me entré con pasos ahogados á vuestra alcoba: habíais dejado lumbre. Estabais dormidas; tan dormidas como cuando reposabais en la cuna, y yo contemplaba con grato embeleso vuestro sueño de ángeles, y jugaba con vuestras manecitas de nieve. Os contemplé un momento ¡ay! pudiendo apenas reprimir los sollozos que me ahogaban el pecho. Acerquéme temblando, como si fuera á cometer un crimen, y os di un beso en la frente. No sé si algunas lágrimas mías humedecieron vuestro plácido rostro. Alcé en aquel instante á Dios el corazón, y le dije tantas.... ¡ay!.. .. tantas cosas!.... Y luego desprendí de la pared vuestros retratos, que quiero me acompañen hasta mi último día. Cuando en país extranjero, rodeado de personas extrañas, y oyendo palabras quizás de otra lengua, sienta ya que se aproxima mi hora postrera, los haré fragmentos, no sea que vayan luego á recibir miradas profanas. Después me salí paso ante paso, y evitando el causar ruido, cual lo hubiera hecho un ladrón que en su seno llevara los dineros robados.

"¡Perdonadme, hijas mías! Cuando os pregunté, tras serias reflexiones, si queríais que la casa fuese vendida y dijisteis que sí, comprendí que las lecciones de vuestra madre ya habían penetrado vuestro ser, y que me era imposible labrar vuestra ventura. Antes de que se llegue el día en que alguna de vosotras irrespete las canas de su padre, y él se vea en el caso de matarla ó matarse, preferible es mil veces que él muera de una Tez para vosotras, huyendo para siempre de vuestro lado.

"¡Elvira, Susanita, adiós para siempre!... ¡Ay! jamás el crimen...

"Seguían después unas manchas amarillas. Se comprende que las lágrimas le impidieron continuar.

-¿Después de esto qué piensan ustedes hacer? pregúnteles cuando hube concluido la lectura.

-Estas muchachas, repuso doña Clelia, se han acobardado mucho. No es para tanto: cuando una puerta se cierra, mil se abren.

Me causó esta sangre fría tanta indignación, que apenas la pude disimular. Mas doña Clelia era madre de Elvira, y este título la hacía sagrada á mis ojos.

-Cuente usted conmigo. Soy pobre; mas haré por que á su familia nada le falte á mi lado. Haga usted la cuenta de que le ha quedado un hijo en estado de poder trabajar, y resuelto á ser el apoyo de la familia. ¿Y no soy casi su hijo? Mas, como las gentes podrían murmurar del honor de Elvira, al ver á un extraño viviendo en su casa, debe ser mi esposa cuanto antes sea posible.

-Lo que diga Elvira.

Descubrióse el rostro, y me miró con ojos colmados de cariño, de ternura y gratitud. Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas como perlas regadas sobre una tela de raso. -Como quieras, me dijo, intentando sonreír.

-Bien: dentro de ocho días serás mi esposa, le dije con acento determinado.

-¿Tan pronto? Espera un mes. Tengo que preparar algunas cosas.

-Lo mismo da, mi vida. Dentro de un mes.

Salí lleno de gozo: iba ya á ver colmadas las nobles aspiraciones de mi corazón.

  

X

Volví al día siguiente.

Hablé de buscar otra casa; mas Doña Clelia me dijo que pensaba continuar en la misma, por lo menos mientras no se hallase otra mejor. Comprendí desde luego que aún le restaba parte considerable del dinero recibido; mas, habiéndole hecho mañosamente algunas preguntas, vine á saber que no sólo se había gastado todo, sino que había quedado debiendo el alquiler íntegro de los muebles. Por el pronto no pude explicarme el misterio. Elvira me recibió con notable sequedad. Pensé desde luego que esto provendría del estado de su alma.

Rara vez iba yo por la noche á la casa: no quería que por mi causa se pensase mal de aquella familia que no tenía la sombra de un hombre que la hiciese respetar. Esa noche tuve el capricho de ir no sé con qué pretexto. Hallé de visita a Julio. Si hubiera encontrado un crótalo pronto á inocularme su letal veneno, hubiera sentido menos terror. Elvira se inmutó visiblemente: su emoción la vendía. Hablé poco, muy poco, y me despedí á otro rato.

El corazón se me salía del pecho. Pude comprender aquello que pretendía Doña Clelia., de habitar la misma casa en tanto que no se hallase otra mejor; y el súbito cambio de Elvira para conmigo. Era que las había Julio visitado la noche anterior y les había ofrecido tal vez su protección, Tanta perfidia me encendió la sangre. Parecíame aquello un sueño. ¿No eran sino una treta para engañarme, por si se podía sacar de mí algún provecho, aquellos conceptos despreciativos que de Julio emitió Elvira á mi oído la noche del baile? ...

Propúsome no volver; mas al día siguiente no pude resistir al deseo de verla siquiera por última vez, y abrumarla de cargos, y lanzarle al rostro su proceder infame. No salió ese día ella á recibirme: tuve, pues, que explicarme con doña Clelia. Tranquilizóme ésta diciéndome que Julio pretendía honradamente á Susanita; que yo no tenía por qué temer nada; que Elvira no olvidaría sus compromisos conmigo. Salí satisfecho y agradecido. Reprendíame á mí mismo mis suspicaces sospechas. Pasaron algunos días, y se acercaba la fecha que se me dio de plazo.

Hablé sobre esto á Elvira, quien tuvo la desfachatez de decirme que ya había resuelto otra cosa. Vi en su mano derecha una hermosa sortija de diamantes. Comprendílo todo: estaban jugando con mi candidez.

No sé qué más la dije: sólo sé que entonces pude haber cometido cualquier crimen. Destilaba hiél mi corazón; las lágrimas saltaban de mis ojos; mis sienes palpitaban con violencia. Apresuré el paso lo más que pude por llegar pronto á mi habitación. ¡Dios mío! necesitaba llorar á solas!

Habitaba yo solo en una pieza de un hotel. Entré, y cerré la puerta por dentro con llave. Los sollozos me ahogaban, y un torrente de lágrimas inundó mis mejillas: de codos en la mesa, lloré largo rato. Una sombra oscureció mis ojos, y un pensamiento inicuo se apoderó de mi alma entenebrecida. Tomé con mano trémula, mas firme, mi |revólver, que estaba en el estante detrás de mis libros. Fijé los ojos inconscientemente en las cortinas del lecho, y columbré la imagen de la Dolorosa, prendida en la cabecera. Una plegaria entonces, á pesar mío, se escapó de mis labios; y un rayo de luz rompió las tinieblas de mi pobre alma. Caí de rodillas ante la bendita imagen, que despertaba en mi mente dulces recuerdos de infancia.....

Pero no te rías, Julián: tu no has sufrido aun las tormentas del dolor, y no puedes comprender cuánto consuelo trae á un espíritu lacerado una mirada elevada al cielo por el corazón.

Regalóme mi madre esa imagen al darme su bendición, cuando me vine para Bogotá: conserva todavía las huellas de sus lágrimas. Cuando la tentación del mal te combata, me dijo, invoca á la Madre de Dios pensando en mí. Y cuando el dolor golpee á tu pecho, pídele consuelo, ó siquiera valor para soportar tu pena." Estas palabras de mi buena madre acudieron á mi mente en aquellos momentos supremos; y oré, oré mucho, oré con lágrimas de mis ojos y con gemidos de mi corazón. Sentí aliviado mi espíritu del peso que le agobiaba, y ya pude pensar en la locura que había intentado cometer. Me salvó mi madre...... ¡Dichoso el que tiene una madre santa que con sus consejos le aliente, y le inspire con sus virtudes!

 

XI

Pasaron algunos meses. Yo envejecí cual si hubiesen transcurrido algunos años. La imagen de Elvira vivía presente siempre en mi memoria.

La vi una noche en teatro. Estaba muy bien vestida; y allá, en el fondo del palco, se distinguía entre sombras la figura de Julio. ¡Ay! sentí que una serpiente me mordía el corazón.

Otra ocasión lo encontré en la calle de Florián. Montaba un soberbio alazán. Yo quería hallar un pretexto para batirme con él, pero sin que apareciera que lo había por despecho de mi triste derrota. Me hice, pues, el distraído, y me dejé atropellar por su fogoso caballo. Le insulté, y él me insultó. Al otro día le envié mi esquela de desafío. Me contestó el infame que él ocupaba alta posición social, y mal podía descender á batirse con un pelafustán. Intenciones tuve entonces de matarlo como á un perro; mas me detuvo el horror que me ha inspirado siempre el crimen alevoso.

Más tarde doña Clelia, privada de sus hijas, murió ciega y de miseria, en una pobre casucha de los afueras déla ciudad. ¡Ah! no tuvo siquiera la infeliz el humilde consuelo de que una mano amiga le cerrase los ojos. ¿Y Elvira?.... ¡ay! abandonada por el más miserable de los hombres, arrastró una existencia deplorable, y se acogió por fin al hospital. Susana buscó servicio en calidad de doméstica; y.... ya la habéis visto; nos sirve como una humilde aldeana que hubiese venido á alquilar el trabajo de sus manos.

Pero cuéntame algo, Julián, de los últimos días de mi Elvira, tu que presenciaste en parte sus padecimientos físicos; ya que los del alma sólo Dios los sabe.

-Yo, repuso Julián, tenía á mi cargo, á fuer de practicante, el salón en que Elvira agonizaba. Como te dije, siempre me llamaba la atención por sus hermosas facciones, y más que todo por la dignidad de sus maneras aristocráticas y por su grave melancolía: varias veces vi correr por sus mejillas torrentes de lágrimas silenciosas, como destilan, sin ruido, de un peñasco hilos de agua cristalina. La enfermedad adquirió alarmante desarrollo desde que, según me dijo una Hermana, la paciente había tejido una ligera entrevista con una mujer que pidió permiso para verla. Tal vez le dijo la noticia de la muerte de su madre con todos sus tristes detalles. La lividez de su rostro era cada día más y más notable. Yo comprendí muy bien que dolores morales eran la causa de su agravación. Comuniqué esta sospecha con mi profesor de clínica, y él me dijo: " La .historia de esa infeliz es muy dolorosa.... ¡Hay tantos misterios, tantos, en la vida!" Nada más me dijo, y no me atreví á hacerle nuevas preguntas. Adquirió la enfermedad su completo desarrollo, y la ciencia fue impotente á ponerle un dique. Contemplé su agonía. Noté que el sacerdote que la asistió salió con los ojos humedecidos. Murió sin quejarse: con los ojos fijos en el cielo, y con las manos cruzadas sobre el pecho, acabó lentamente como un cirio que á solas se consume.

Antonio apoyó la frente en sus brazos cruzada sobre la mesa, y por largo espacio quedó silencioso.

  

XII

En aquel momento volvióse á hacer oír el piano de la italiana: tocaba la agonía de |Traviata, Aquellas dolorosas gotas de armonía, que caen en el alma como gotas de llanto, hicieron en nosotros profunda impresión. De súbito Antonia se puso en pie: ya apenas podía sostenerse. Con voz enronquecida se puso á cantar, acompasando la música, estas palabras:

 

Addio! del paasato bei sogni ridenti,

Le rose del volto giá sonó pallenti;

L' amore d'Alfredo perfino mí manca,

Conforto, soategno dell' anima stanca.

Conforto! Sostegno!

Ah! della Traviata sorridi al desio!

A leí, deh perdona, tu accoglila, o Dio!

Or, tutto, tutto fini,

Le gioie, dolori fra poco avran fine;

La tomba ai mortali di tutto é confine!

Non lagrima o flore avrá la mía fossa,

Non croce, col nome, che copra quest' ossa!

 

Luego avanzó hacia un sofá, y dejóse caer como una masa inerte. "Rodó el sombrero de la cabeza y cayeron los anteojos á causa del brusco golpe. Quedó dormido de espaldas con la cabeza hacia atrás, en el ancho sostén del asiento. Su frente blanca y escasa de cabellos, estaba cubierta de copioso sudor. Sus facciones tomaron un aspecto cadavérico que nos causó tristeza.

A la sazón entró Susana, trayendo en la mano una hermosa fuente de cristal con dulces y frutas. Fijó sus bellos ojos en el rostro de Antonio, y exhaló un débil grito. Cayósele la fuente, que se convirtió en fragmentos trémula y pálida, se inclinó al suelo á recoger los pedazos, buscando por pretexto á su emoción el haber roto el bello utensilio. Levantóse luego, y salió rápidamente. Cuando la habimos perdido de vista, oímos en el pequeño corredor que conducía á la cocina, sollozos que en vano trataba de ahogar.

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