ELVIRA
I
En el hotel cenaban una noche Antonio, Julián y el que esto escribe.Se hallaban solos los tres
en un salón retirado en
el departamento interior del
edificio. Alumbraban dos lámparas la pieza, lujosamente amueblada; dos hermosos espejos daban
frente á la
puerta de entrada, y reflejaban sobre el techo y las paredes la luz que
recibían en su
tersa superficie; láminas de admirable
pureza de líneas y sombras, representativas de las escenas de
|Pablo y Virginia,
decoraban los muros color de ciclo pálido.
Adornaban la mesa dos grandes ramilletes perfumados, cuyas flores, frescas todavía, parecían recién
desprendidas de sus tallos. Si á esto se agrega que en uno de los
departamentos
vecinos se oían
de cuándo en
cuándo las
blandas armonías de un piano pulsado por alguna artista anónima, quien tal vez
distraía tristes recuerdos patrios tocando aires natales usados en su país, se comprenderá
que los tres sujetos en referencia se estaban dando un rato
agradable.
El alférez de esta fiesta de amistad era Julián, oriundo de Medellín, quien, habiendo
terminado sus estudios de medicina, había querido
despedirse de sus amigos predilectos de la capital de la República
con una opípara cena.
Era Julián un mozo de imaginación traviesa, ocurrente sin esfuerzo, y que reía
con entusiasmo cuando algún chiste le hacía gracia, y miraba la
vida con el cariñoso apego de quien contempla delante un hermoso porvenir, libre de nubes,
de sombras y tropiezos. Era su padre un fuerte capitalista. Le
había prometido enviarle á pasar en Europa una larga temporada luego como acabase sus estudios. Se sabe que
entre nosotros la carrera
de medicina no se tiene por completa en tanto que
quien la haya terminado no vaya á Europa á darse un baño en ese vasto mar de saber y
de experiencia. La despedida de Julián á sus amigos tenía, pues,
carácter de ausencia muy larga, si no eterna.
Era Antonio el mayor de los tres comensales: tendría quizás
treinta años, aunque revelaba su aspecto muchos más. Algunas canas
resaltaban ya en sus bigotes negros y poblados, y sus mejillas
ajadas dejaban ver las huellas de sufrimientos hondos, prematuros.
Era su voz un tanto trémula, y la pronunciación dificultosa:
conocíase fácilmente que había ya abusado de los licores
embriagantes. Tenía anteojos azules, y un gran sombrero de fieltro,
que ni por un momento se quitó, cubríale la parte superior del
rostro.
Entró varias veces á servirles colaciones y licor una muchacha
de interesante presencia, aunque vestida casi pobremente. Sus
facciones un tanto marchitas y cubiertas de vaga palidez,
conservaban aún restos de anterior y singular belleza, que fue, sin
duda, noble y distinguida. Su cabellera, blonda y un tanto
ensortijada hacia las sienes, se recogía en una hermosa trenza que
le caía por la espalda; sus ojos, anchos y rasgados, eran azules,
mas de un azul tan subido, que á quien no los hubiese observado de
cerca le habrían parecido negros; nariz delgada y recta; sedosas y
largas pestañas; frente ancha; labios pensativos; dentadura
perfecta. Tenaz melancolía sombreaba aquel hermoso rostro,
comunicándole cierto vago romanticismo. Conocíase que desempeñaba funciones ajenas de su antigua posición: no eran sus
maneras las de una sirvienta vulgar; dejaba traslucir al través de su humilde
estado restos de un orgullo mal reprimido.
Levantaba los ojos rara vez para mirar á aquel que le dirigía algunas palabras, y cuando contestaba,
lo hacía en rápidos monosílabos.
-Interes
ante muchacha, dijo
Julián mirándola
fijamente á tiempo en
que desaparecía
al otro lado de
la puerta. Dos veces la he visto aquí, y aun creo conocerla. ¿Cuál será su
nombre?
-Susana, repuso Antonio con voz más
trémula
que de ordinario.
-¿Conque tu
la conoces?
-Mucho. Al
decir esto, Antonio llenó de brandy una copa, é
invitó a sus amigos á tomar.
Ellos colmaron las suyas. Antes de apurar su copa, dijo Julián:
-Por la bella
mujer cuya existencia es, sin duda, un misterio.
Amo yo esas beldades cubiertas de nubes que apenas las dejan entrever, como un sol de invierno
velado por vapores impenetrables.
Bebieron. Antonio estaba
visiblemente conmovido.
-Si la conoces, por qué
no nos relatas
su historia? Presumo que sea interesante
. No puedo creer que esta muchacha haya sido siempre una
sirvienta.
-Bien. Sé que
hablo con caballeros. De lo contrario, no levantaría yo el velo que cubre secretos
dolorosos... Pero antes humedezcamos el
gaznate. Antonio
volvió á beber.
II
Era Yo muchacho, continuó; y con motivo de relaciones contraídas á favor de vecindad de
hogares, conocí á
los padres de Susana. Él se llamaba D.
Ramón: era un excelente caballero, un
hombre de bien á carta cabal, digno de propicia suerte-si lo que
llamamos
|suerte cultivase siempre relaciones con la justicia. Era tan
laborioso, que sólo su organización de hierro podía resistir las
largas tareas á que por semanas enteras se entregaba. Y, no obstante, poco
mejoraba de fortuna; mas ¿cómo había de mejorar? Un abismo no se colma. Pocos
hombres he visto tan amantes de su hogar como este buen patriarca:
ninguna otra
cosa le llamaba la atención; su alma habitaba dentro de las cuatro paredes, como
suele decirse;
amaba á su esposa con ternura, y la trataba con miramientos y
consideraciones
que rayaban en humildad. Sus
placeres se
reducían á proveer á su familia de lo necesario, y aun algo más, pues
de ordinario era
rumboso,
particularmente
cuando era cuestión de recibir en su casa personas amigas. Era
hombre de carácter pronto y susceptible; pero al propio
tiempo tan
dócil, que unas
pocas
reflexiones bastaban á hacerlo volver sobre sus pasos. Apenas
si he visto persona más manejable por
medio de la persuasión y la dulzura.
El carácter de doña
Clelia, su esposa, formaba contraste con el suyo.
Era hija de un
español insufrible, que miraba á los
habitantes de este país como á gentes de raza envilecida, y no se
dignaba tratar sino á los muy pocos que no desmerecían en absoluto el
|don.
La hija creció á
su lado,
alimentando su espíritu con tales ideas: su educación se redujo á
poca cosa,-á saberse de coro la lista de sus
antepasados hasta el vigésimo abolengo; á aprender á mirar á las gentes con desdén de
princesa; á cuidar sus manos del contacto de objetos vulgares; á cubrirse con telas costosas; á
esperarlo todo
de la excelencia de su prosapia. No hay, pues, por qué
extrañar que viniese á ser más tarde una
mujer vanidosa,
dominante,
indómita y adoradora del fausto. No sé cómo pudo verificarse aquel
matrimonio, a no ser que en ello hubiese intervenido el diablo,
pues D. Ramón jamás ha campanilleado de noble, y su fortuna apenas
era mediana.
Con semejante esposa ¿qué matrimonio hubiera podido prosperar? A
duras penas, y a fuerza de paciencia por parto de D. Ramón, púdose
conservar en armonía, a lo menos aparente, el hogar por algún
tiempo. Una preciosa niña vino á calmar un tanto las amarguras del
pobre señor, reconciliándolo con la vida y haciéndole llevadera la
pesada carga que gravitaba sobre sus hombros. Diese á esta niña el
nombre de Elvira....
Dime, Julián, ¿en tus estudios de clínica práctica no has visto
alguna vez una muchacha alta, delgada, rubia, de cabellos crespos,
ojos grandes, con un lunar en la mejilla derecha, y de ceño altivo
y amargo? Está tísica. Hace tanto que no la veo, que ni la
conocería ya.
-Aguarda, dijo Julián, poniéndose en la frente, en línea
vertical, el dedo índice, y cerrando los ojos por algunos momentos.
Ya caigo.... ¿No era su pronunciación, un tanto ceceosa?
-Si. Esa es.... ¿Qué suerte ha corrido?
-Murió hará un mes. ¡Pobre criatura! El corazón me decía que
debía de ser una muchacha decente y de historia misteriosa. Varias
veces vi correr por sus mejillas lágrimas calladas.
-i Ay! ¡que descanse en paz!..., dijo Antonio exhalando un
profundo suspiro. ¡La hubieras visto tú aquel 20 de Julio en que
cautivaba las miradas con su belleza deslumbradora, con sus
vestidos de un lujo oriental, con su altivo continente de reina
rodeada de vasallos!.... La hubieras visto cuando, en un coche
tirado por una pareja fogosa, recorría el 24 por la tarde los
camellones de Chapinero, acompasada de su madre, de su hermana
menor y de este pobre diablo que te habla!....
-¡Conque tú!.... exclamó Julián mirando fijamente el rostro de
su amigo.
-Pero se me volvió á secar el gaznate, repuso Antonio, llenando
otra vez su copa. No me acompaséis, que vosotros no tenéis para
qué.... humedecer á cada momento la lengua. Y apuró el trago con
avidez.
III
Aquella tarde, continuó, ha quedado indeleblemente grabada en mi
memoria. Con pretexto de unas carreras de caballos que se
celebraron en una despejada planicie que yace á poca distancia de
aquel caserío, concurrió allí lo más hermoso de la sociedad
bogotana. Veíanse elegantes caballos, lujosamente enjaezados,
cruzar en todas direcciones á voluntad de jinetes tan hábiles como
apuestos; en coches descubiertos paseaban, vistosamente ataviadas,
señoritas que formaban grupos encantadores, semejantes á
canastillas de flores recién abiertas. La tarde era cómplice de
tanto boato y placer: lujosa también ella, desplegaba toda la
magnificencia de un cielo sin nubes; las serranías que por el
Occidente limitan la sabana, estaban embozadas en transparentes
gasas azules, y algunas nubecillas de oro pálido ribeteaban sus
perfiles indecisos, como antorchas tranquilas de volcanes lejanos.
Allá, muy lejos, se divisaba la cumbre del Huila, enrojecida por
los rayos del sol medio hundido en su ocaso. Absorto contemplaba yo
todo aquello: el lujo de los mortales y el lujo de la naturaleza.
Amaba, y creíame amado: la presencia de la mujer que poseía mi
alma, me inspiraba recogimiento é instintos de adoración. Hubiera,
en aquellos momentos, sido capaz de nobles acciones, de sacrificios
heroicos. Elvira se llevaba, sin duda, la palma en aquel primoroso
certamen dé belleza y elegancia. Un sombrerillo de paja italiana
cubría en parte sus crespos cabellos, que, como rebeldes á dejarse
aprisionar, asomaban en bucles sobre la ancha frente; un jubón de
terciopelo oprimía su delgado talle; una falda de raso descendía de
su cintura, dejando descubiertos los diminutos pies, primorosamente
calzados en zapatos de seda opalina. La luz del sol poniente
bañaba, al través de un velo de gasa salpicada de florecillas
rojas, aquel rostro angelical, ligeramente sonrosado por la emoción
del placer y por el calor de la tarde. Sentíame dichoso: no me
hubiera cambiado por el mas poderoso de los monarcas. Mas, de
súbito, una nube importuna vino a empañar el cielo de mi felicidad:
Julio Carreño, que montaba un arrogante caballo tordo, se aproximó
á nuestro coche, y saludó á Elvira con cierta mortificante
familiaridad; y ella le correspondió el saludo con cariñosa
sonrisa. Desde luego noté que sus miradas eran menos dulces, y su
rostro menos amable. Olvidaba deciros que Elvira era ya mi
prometida. .. Pero esta maldita lengua se seca á cada instante.
Al punto apuró otro trago de brandy.
IV
Estos recuerdos me ahogan, continuó después de haber saboreado
el ardiente licor; pero yo acabaré por ahogarlos á ellos. Me aparté
de la vía de mi relato. Tenía Elvira tres años cuando vino al mundo
otra niña no menos preciosa, Susana, esa infeliz sirvienta que
habéis visto.
-Bien estaba yo, dijo Julián, en que conocía este rostro: su
hermana se le parecía.
-D. Ramón, continuó Antonio, no cabía de gozo con sus dos hijas.
Mas, como los gastos de la casa eran superiores á lo que su asiduo
trabajo le producía en Bogotá, hubo de aceptar un empleo que le dio
una casa de comercio en Ambalema. Tuvo el valor de separarse de sus
hijitas para ir á sepultarse en aquel infierno. Cuanto ganaba lo
enviaba á su esposa; pero ni esto, que no era poco, era bastante á
cubrir los gastos de un lujo insensato y de un despilfarro sin
tasa. Por fortuna, el buen sujeto tenía techo propio; que de no,
habríale sido imposible sostener su familia en esta ciudad.
Cada dos ó tres meses obtenía licencia de sus patrones para
venir á pasar con su familia dos ó tres días. La llegada de su
esclavo ningún placer despertaba en el corazón de doña Clelia. Casi
siempre el infeliz emprendía viaje para su destierro con el corazón
lacerado por los sinsabores que le ocasionaba su esposa, quien sin
cesar se quejaba de la ruin estrechez en que la tenía. Pero amaba
tanto á sus dos preciosos serafines, que la dicha de verlos
compensaba en su corazón las amarguras que lo atormentaban.
Las muchachas fueron creciendo sin recibir casi ninguna
educación moral. Por cierto que los ejemplos de su madre no eran
los más á propósito para sembrar en sus corazones aquellas primeras
santas simientes, que son las que, más tarde, deciden del carácter
y de la suerte de una mujer. Nada puede influir tanto en el alma de
una niña como las lecciones prácticas que la madre, sacerdotisa y
maestra del hogar, dicta con su palabra y con su ejemplo. Desde
pequeñuelas fueron contrayendo hábitos de lujo, y cuando pusieron
el pie en el mundo, esa pasión maldita, la más avasalladora del
alma de la mujer, las dominó por completo. A los ojos de una niña
en quien tal sentimiento domina, nada merece atención, nada tiene
valor, que no sea la vanidad de un pomposo vestido.
¡Y pensar que esta pasión dicta leyes en leí mayor parte de
nuestros hogares!... Elvira y Susana rompían trajes costosos cual
lo hubieran hecho las hijas de un millonario. Y como eran tan
bellas, tan pronto como hicieron su entrada primera en el mundo
elegante, oyeron en torno suyo murmurar aplausos, y á porfía
recibieron adulaciones entusiásticas. Con menos se infla la vanidad
de una pobre niña. Nada de extraño tiene, pues, el que las dos
inocentes criaturas, que en su hogar no oían sino frases
despreciativas de las gentes que no blasonan de sangre azul, y sólo
elogios en las calles y en las tertulias, se dejasen poseer de un
orgullo insensato.
Fácil les fue contraer relaciones con gentes de brillo y boato.
Visitaban y eran visitadas. Jóvenes elegantes, de ésos que valen
tanto cuanto los vestidos y los dijes que llevan encima,
frecuentaban la casa como buenos amigos. Yo era del número de los
visitantes. Por aquel tiempo concluí mi carrera: no tenía mala fama
como hombre de estudios; había coronado con brillo mis tareas, y
poseía en verdad algunas ideas en la mente y nobles aspiraciones en
el corazón. Decían las gentes que yo era un joven de porvenir. Todo
esto hizo que Doña Clelia me recibiese en su casa con, marcada
preferencia, lo cual me granjeó algunos enemigos. Mi pasión por
Elvira se inflamaba día por día. Yo estaba ciego, loco de atar;
habría sido capaz de cualquier virtud, hasta de cualquier crimen,
por esa mujer fascinadora. Mi propósito era noble: habíala elegido
mi corazón por compañera de mi vida.
¡Ay! ¡Elvira me amaba! Cuando me convencí de esto, ví abierto
ante mis ojos el mundo de la dicha... ¿Por qué mueren tan pronto
las hermosas ilusiones de la juventud? ¿Por qué es la felicidad un
sonoro vocablo que halaga el oído y el alma, y calla luego para
siempre?.... Elvira, debo á ti mi primer sueño de amor: los pocos
días de ventura que en mi existencia he saboreado, y que nunca
volverán ya, porque el corazón es un árbol cuyas flores no se
renuevan, á tí te los debo. ¡Bendita seas! ¡Que Dios te haya
perdonado el mal que me hiciste, como yo te lo perdono con toda mi
alma!....
Pero estoy muy romántico. Y esta lengua, que se me enreda por
falta de humedad.... Aquí está el remedio. Y apuró otro trago.
Tenía la pronunciación muy dificultosa: apenas se le entendía lo
que hablaba.
V
Acercábase, continuó, el 20 de Julio de 187..., que con tanta
pompa se celebró aquí. Púsose la ciudad en movimiento: ¡qué vértigo
por gozar! ¡qué furor! ¡qué locura por ostentar grandezas!
Vivía frente á la casa de doña Clelia la familia Carreño, gente
de gran prestigio en la alta sociedad por sus inmensas riquezas.
Apenas habrá habido en Bogotá mujeres más ostentosos: su casa era
un palacio; vestían como reinas. Pocas eran las atenciones que
rendían á sus lindas vecinas, lo cual mortificaba grandemente á
Doña Clelia. Era que las Carreños se consideraban en más alta
posición: esto la hería y le inspiraba aspiraciones á que sus hijas
las superasen en lujo, como las superaban en belleza. Siempre
andaba averiguando lo que hacían sus vecinas en punto de
refinamiento de goces, para imitarlas. El programa de las Carreños
para las cestas era cual correspondía á gentes vanas y capaces de
satisfacer, sin mayores sacrificios, sus más extravagantes antojos.
Propúsose doña Clelia hacer otro tanto. ¿Cómo quedarse atrás? ¿cómo
permitir que alguien fuese superior a sus hijas? ¿Por que ha de
dejarse el pobre vencer en ostentación por el capitalista? Todo
para en gastar dinero; y el pobre ha de gastar tanto como el rico:
apenas habrá cosa más natural y sencilla..... Las muchachas estaban
medio locas con los proyectos de la madre: ostentarían telas
preciosas; tomarían palco en la plaza mayor; pasearían en magnífico
coche; concurrirían al teatro; asistirían á los bailes... ¡Iban á
dar golpe! ¡Qué perspectiva! ¡qué felicidad!
El 12 de Julio vino don Ramón á hacer a la familia su
acostumbrada visita. Le vi la tarde del día de su llegada. El
excelente caballero me dispensaba cordial cariño: sabía y aprobaba
mis pretensiones; me trataba con el afecto y la confianza de un
padre. Estaba pálido y demacrado.
-¿Qué tiene usted? le pregunté. ¿Ha estado enfermo?
-Sí: he sufrido unas fiebres. El clima de Ambalema y el excesivo
trabajo me está matando. Pero que remedio: la vida es lucha.
Exhaló un profundo suspiro, y alzó al cielo una rápida pero
expresiva mirada.
Al día siguiente volví si la casa de Doña CIelia. Las muchachas
tenían los ojos humedecidos. Don Ramón estaba tendido en un sofá
que servía para recibir en el corredor visitas de confianza. Al
verme se puso en pie, y me tendió la mano: nótela, al estrecharla
entre las mías, ardiente y trémula.
-Deseaba verle, me dijo en voz baja. Tengo necesidad de hablar
con usted. Despídase, con cualquier pretexto, dentro de un rato. Le
espero en el atrio de la catedral. Dicho esto, tomó su sombrero y
salió.
Doña Clelia refunfuñaba en la alcoba. Alcancé á percibir tal
cual palabra. "Miserable.... Plebeyo ruin.... Cuna noble....
Humillarlas.... Carreños"....
Hablé por breves momentos con Susana, y me despedí pretextando
cualquier cosa.
Encontré a don Ramón en el atrio.
-Deseaba hablar con usted, me dijo: necesito desahogar mi
corazón con un amigo que me comprenda y justificar mi conducta,
cualquiera que ella pueda ser, para ante usted, á quien estimo y
amo. ¡Oh! ¡si usted fuese algún día una sombra para mis pobres
hijas!....
Faltóle la voz, y rápidamente se enjugó los ojos.
-Estoy sufriendo horriblemente, continuó: jamás había pasado una
noche tan amarga. He sido pisoteado, insultado, abofeteado en el
alma. Clelia pretende que las muchachas ostenten en estas malditas
fiestas que van á hacer aquí, un lujo impropio de ellas. Díjome que
debíamos gastar ahora que la ocasión lo pedía.
-Bien, hija: gastemos lo que podamos: tu sabes cuánto gozo yo en
ver á las muchachas vestidas decentemente, y en que se diviertan
cuando ello es posible. En previsión de esto, traje unos reales que
he podido ahorrar de mis sueldos de dos años para el caso de una
necesidad urgente.
-¿A cuánto asciende eso?
-A quinientos pesos.
-¡Bah! repuso con una carcajada que me hirió el corazón. Con eso
no hay para los trajes de un día.
-¡Cómo ¡repliqué aparentando calma. ¿Se acaba un traje en un día
no sabía yo que las muchachas destrozaran tanto.
-Se conoce sin trabajo, me dijo montada en ira, tu origen
vulgar. Nada sabes de la alta sociedad. Apenas habrá cosa más
plebeya que una señorita se presente en los círculos de tono con un
mismo vestido por dos veces.
-Sí, soy vulgar, contéstele, sin poder ya reprimirme En prueba
de ello, toca esta mano: está gruesa, áspera...ay! al fin como mano de peón. ¿Sabes
por qué? porque ya llevo años largos de trabajo para el decente sostén de mi familia.
Yo no aprendí á
robar; y me afano por ganar un pan honrado.
- Con quinientos pesos no hay para nada. ¡Pobres muchachas!
tratadas por la gente con desprecio, como si fuesen unas
cualesquiera; aquí encerradas en estas cuatro paredes como canalla
montuna, cuando pudieran lucir su belleza en círculos dignos de
ellas y de mí. Y todo porque á su padre le duele dar lo necesario;
y Dios sabe en qué gastará el dinero que coge.
-Lo gasto en esto: en beber riquísima agua de Ambalema; en comer
plátano y yuca, y rarísimas veces un pedazo de carne de cuya
delicadeza y exquisita fragancia no podrías formarte idea; en
dormir en muelle cama, consistente en un ruin junco y la
|ruana de uso diario; en frecuentar la culta sociedad de los
peones, compañeros míos de faenas y afanes; en deslustrar
riquísimos vestidos, que consisten en unos pantalones y en una
chaqueta raídos, y en unos botines de grave antigüedad; en pasar
buena parte de la noche en tertulia agradable conmigo mismo,
sentado en un poyo de un corredor, pensando en mis hijitas y
pidiéndole á Dios les otorgue más dicha que á su padre. En eso
gasto el dinero, y con razón se me insulta por quien lleva en
verdad vida bien diferente.
- !La insultada soy yo yo! Y prorrumpió en desaforados sollozos.
Bien me decía mi padre que la gente decente es siempre víctima de
la canalla.
-Basta, hija: no hagas un escándalo, que las que pierden más son
nuestras hijas. ¿A cuánto ascenderán vuestros gastos de
fiestas?
-A ver.... (Y se quedó pensativa, haciendo cuentas con los
dedos). Creo que á unos tres mil pesos; y eso ahorrando y
recortando de cuantos modos se pueda.
Cruzó en esto una idea por mi mente, que juzgué oportuna para un
golpe maestro.
-No hallo más recurso que vender la casa.
-En eso mismo he pensado, replicóme con una sangre fría
verdaderamente desconcertadora.
Quédeme de una pieza. Me figuró que al proponerle la venta de la
casa, ante tal despropósito retrocedería asustada; y resultó que
estaba de acuerdo.
-¿Y has pensado bien en ello? No tenemos más que este pobre
techo: siquiera nadie viene á arrojarnos á la calle, y el pan de
cada día nunca nos ha faltado. ¿Qué les dejaré á mis hijas cuando
cierre los ojos?
-Como es tan linda la casucha.... Dijo mirando con hiriente
desprecio los objetos que la rodeaban. Techos elevados; florones
salientes; doradas cornisas; ventanas de moda.... ¡Vaya, vaya! ¿qué
mejor se quisieran las muchachas?
Otra idea, que también juzgué oportuna, cruzó de súbito por mi
mente.
-Vamos, le dije, casi sonriente ya, porque el enojo me inspiraba
frío desdén por todo: haré, pues, lo que digan las muchachas: que
ellas decidan esto. Y las llamé.
Comparecieron al punto. Sin duda sabían de qué se trataba, pues
estaban un poco llorosas ambas. Esto me infundió esperanza.
-Estamos, hijas, en un proyecto, les dije paseándome. Ya sabéis
que va á haber fiestas.... es decir, calaveradas. Yo quiero que
estéis contentas, y me comprometo á ser vuestro compañero por donde
queráis llevarme.
-¡Elegante compañía! dijo CIelia, interrumpiéndome con grosera
brusquedad.
Confieso á usted que la sangre se me subió á las mejillas, y se
estremeció de dolor mi corazón al verme puesto en ridículo en
presencia de mis hijas. Mas haciendo un esfuerzo supremo sobre mí
mismo, conseguí dominarme por completo.
-Déjame hablar, hija, que después te dejaré yo. Tal lo dije
acercándomele, y poniéndole la mano extendida en la parto superior
de la frente.
-Yo os acompañaré por todas partes, continué con dulzura: juntos
veremos todo cuanto hubiere digno de verse; y os daré gusto en
todo. Os compraré trajeas bonitos y decentes. Hasta si queréis,
haremos una tertulia aquí en reunión con algunas familias amigas.
Todo esto se puede hacer con lo que tengo disponible, que son
quinientos pesos. Mas CIeIia ha echado sus cuentas, y cree que
gastaréis tres mil, lo menos. De ser así, veríame en el caso de
vender la casa. Yo me someto á vuestra decisión. Pensad en que este
techo nos cubre va yá para largos años; que nacisteis aquí, y aquí
gozasteis de las dulces venturas de la infancia; aquí crecisteis, y
quiero que aquí me cerréis los ojos. Pensad que nada más que esta
casita podré dejaros cuando muera. Pensad qué será de nosotros
cuando andemos le Herodes á Pilato en busca de un trecho donde vivir, y tengamos que sufrir duros ultrajes, y que vernos
lanzados á la
calle. ¿Y todo por qué? por una diversión de pocos días; por ostentar
grandezas que
en verdad no
tenemos; por hombrearnos con gentes que reirán de nosotros; por
querer imitar á aquella necia rana que pretendió volverse tan ancha
como el buey. Mas, á pesar de todo, cumpliré mi palabra: lo que las
dos digáis, eso
se hará.
Las muchachas quedaron cabizbajas y un tanto corridas. La
madre les dijo, en voz baja, algunas frases que apenas me fue dado percibir: oí algo
como
|Carreños.
De súbito cambiaron de semblante; y con una impavidez que me heló la sangre, dijeron que
estaban por la venta
de la casa.
-Bueno, hijas, les dije con amable sonrisa: mañana tendréis aquí
el dinero.
He contado á usted todo esto, á fin de que no extrañe lo que he
determinado
hacer, y de que
haya más tarde
quien justifique mi conducta, cuando
personas maldicientes me hagan cargos.
-¿Y piensa usted vender la casa? le pregunté
sorprendido.
-O la vendo ó me doy un balazo, me contestó con resolución abrumadora y se
despidió.
VI
Fui al día siguiente á visitar á Elvira. Hállelas contentísimas
y entregadas á una bulla encantadora. Susana se asomó á la ventana,
miró al balcón dé las Carreños, y bajó luego riendo á carcajadas y
diciendo:
-¡Ahora sí que nos miren con desprecio! ¡Qué bobas y qué
feas!
Todo lo comprendí al punto. Seguí conversando, y vine á saber
que disponían de cinco mil pesos para gastos de fiestas. Intenté
hacerles algunas observaciones, pero no me resolví: ¡quién iba á
turbar tanta felicidad! ¡quién iba á romperse la cabeza contra un
muro de bronce!....
-Yo en tu lugar, observó Julián, habría hecho esto: tomar mi
sombrero, hacer una reverencia muy cuca, y.... adiós, amigas mías;
hasta el valle de Josafat!
-Es que tu no sabes lo que es un amor ciego, irresistible,
ardiente; ¡ay! y tal era mi amor por Elvira. Esa pasión colmó mi
existencia y absorbió mi alma. Mira, pero sin reírte de este pobre
loco: la amo todavía; ni la tumba podrá arrancarla de mi corazón.
Si dejara de amarla, dejaría de existir....
Supe al día siguiente que D. Ramón no había vuelto á la casa.
Preguntóle por él á Elvira, quien me dijo con una de esas
hechiceras sonrisas suyas que no he vuelto a sorprender en otros
labios:
-Mi papacito tuvo una ligera diferencia con mamá, y se fue sin
despedirse de .nosotras. ¡Pobrecito! es tan bueno, que varias veces
se ha ido molesto, ya pocos días hemos recibido cartas suyas
tan dulces, que nos han hecho llorar.
Llegó el 17, día destinado para dar principio á las fiestas.
Como ya era público que Elvira estaba comprometida conmigo, no
tuvo á mal doña Clelia que yo las acompañase en las funciones de
fiestas.
Habían tomado en alquiler un hermoso palco del centro de las
galerías de la casa llamada
|de los portales. A él fuimos á
ver los fuegos artificiales del 17 por la noche. La iluminación de
la plaza era soberbia. Elvira estaba bella, deslumbradora: un manto
blanco de pieles del polo enbríale los hombros, cayéndole hasta
cerca de los pies; el traje era rosado, adornado de encajes color
crema; guantes oscuros oprimían sus redondas manos. El traje de
Susana era menos lujoso, pero más elegante quizás. ¡Oh! no podréis
firmaros una idea completa de lo que era esta muchacha, con su
franca sonrisa, con su boca de guinda, con sus cabellos blondos,
con sus ojos parleros. Esta que habéis visto es sólo una sombra de la que tantas veces me
prodigó sonrisas al decirme gracejos picarones.
Estábamos distraídos conversando sobre cualquier cosa, cuando de
súbito un vivo resplandor nos deslumbre, y algo como un
bramido salió de entre la tierra. Elvira y Susanita exhalaron un
grito. Era que un volcán artificial había estallado. El cielo se
cubrió de una lluvia de estrellas de diversos colores que inundaron
de luz la extensión de la plaza. Resonó por los palcos un aplauso
general y también por la plaza. Mis amables compañeras palmeteaban
y reían á boca llena, cuando hubo pasado el susto.
Largo sería de enumerar los prodigios del arte pirotécnico en
aquella noche encantadora. Globos de diversos colores poblaban el espacio. Cohetes
innumerables se cruzaban, y descendían luego en chorros de llamas.
Momentos hubo en que me puse á pensar cómo sería la lluvia de fuego
que descendió del cielo sobre las ciudades nefandas una noche en que sus
infelices
habitantes se
embriagaban sin medida en la copa del deleite.
Elvira y Susana gozaron aquella noche sorpresas que jamás
habrían imaginado. Los ojos de mi amada chispeaban de placer, y en
más de una ocasión se encontraron con los míos, y dulces me dijeron
lo que yo en ellos buscaba. Mi dicha llegó á su colmo.
Esa noche soñé con palacios encantados, semejantes á los
jardines de Armida.
Al día siguiente hubo gran parada. El ejército, vestido
ricamente, ejecutó vistosas evoluciones que mantenían absorto y en
curiosa expectativa á un concurso numeroso. Cuando tuvo
lugar el tiroteo general, el espantoso ruido aturdía los oídos.
Elvira se puso pálida y trémula. Risueña, abandonada á impresiones apacibles,
pródiga de sonrisas decidoras, así la había conocido; pero dominada
por emociones violentas, tímida en presencia de algo aterrador, era
nueva para mí. Con las mejillas empalidecidas y los ojos fijos en
aquel volcán aturdidor, semejaba una estatua de marfil que hubiese
representado el pánico de una escena solemne. Hícele burla por su
espanto, y ella me sonrió con cierta dulce tristeza que armonizaba
con la palidez de su rostro.
Esa noche concurrimos al teatro. Diose la
|Flor de un día.
Los melodiosos versos de Camprodón sacudían mi alma como una suave
corriente galvánica. Hubo momentos en que vi rodar lágrimas por las
mejillas de Elvira, lágrimas de ternura excitada por la magia de
aquella blanda poesía. Así, conmovida por sentimientos delicados,
capaz de impresiones íntimas, sensible al lenguaje de las almas
excelsas, completaba mi ideal de la mujer soñadora. Esa noche la
amé más, si aun en mi pecho podía caber más amor. Yo estaba de pie
á su lado: cada hermoso verso lo repetían nuestros ojos en ese
dulce idioma cuyas frases se dicen y se escuchan sólo una vez en
la vida.... ¿Pero qué se hizo mi copa? Aquí estás, esquiva: no te
veía ya; y se ha puesto mi lengua seca como una estopa. Con ansia
febril apuró un nuevo trago.
-Este brandy es superior. No me lo parecía tanto al principio.
Mas ¿qué tenéis, oh vosotros, hombres estatuas, que no me
acompañáis en este recuerdo tributado á la mujer ideal que me hizo
poeta de corazón, ya que no de pluma, en esa tierna noche que nunca
jamás huirá de mi mente?
En diciendo esto, volvió á llenar su copa. Nosotros hicimos lo
mismo, y todos tres tomamos.
Julián no decía chistes ya: nos tenía conmovidos nuestro amigo
infeliz.
VII
La noche siguiente, continuó Antonio, tuvo lugar, en casa de
doña Clelia, una ruidosa tertulia. ¡Qué raros son los misterios de
la vanidad de la mujer! El objeto principal que con esta costosa
fiesta se propuso doña Clelia, fue desplegar gran lujo á los ojos
de la familia Carreño. Por tanto, las primeras invitadas fueron
ellas, quienes concurrieron gustosas. No me podía convencer de que
fuesen sinceras las atenciones y el cariño que les prodigaban doña
Clelia y sus hijas, pues repetidas veces habíales oído hablar de
ellas con desdén, y hasta con reconcentrado odio.
Estaba el salón pomposamente ataviado. Una araña, cuyo alquiler,
según supe por boca de la señora, costaba por esa noche ochenta
pesos, pendía del techo: en sus innumerables prismas de cristal,
que, formando simétricas figuras, colgaban vistosos de las ruedas,
se refractaba la luz, produciendo vivos y cambiantes matices, que
sin cesar se renovaban. La lumbre inundaba ésa y las piezas
contiguas. Los muebles eran sorprendentes: costaba su alquiler
quinientos pesos. Una alfombra bellísima ahogaba el ruido de los
pasos de los festivos bailarines. Nada dejaba qué desear la música:
en los intervalos, la guitarra de Mata nos regalaba armonías que
imitaban las quejas de las brisas cuando gimen en los follajes
frondosos. De cuándo en cuándo el olor de resinas aromáticas
quemadas en pebeteros en las piezas contiguas á la sala, inundaba
la atmósfera tibia que respirábamos. Momentos hubo en que cerré los
ojos, y soñaba hallarme en un jardín enriquecido de aromas y
poblado de dulces ruiseñores. ¡Ah! y en ese mi edén nada faltaba de
cuanto puede idealizar la vida; y mi Eva encantadora, en todo el
esplendor de su belleza, tierna, pura, amorosa, de ojos decidores,
de sonrisas de cielo, arrebataba mi alma á regiones no conocidas de
quien no ha amado como en aquella noche amaba yo. ¿Habría también
allí serpiente, tentadora?....
Elvira y Susanita estaban incomparables. Una hermosa camelia
ornaba los cabellos de mi amada; artísticamente arreglados por un
peluquero francés, cubrían la parte superior de su frente de
bruñido mármol; un traje de terciopelo color de púrpura
desvanecida, semejante al de las gasas que ciñen las sienes de la
aurora en una lujosa alborada de diciembre, oprimía su talle, que
cimbraba al ejecutar los movimientos de la danza, y descendía en
profusos pliegues hasta el nacimiento del pie, coquetamente
aprisionado en un zapatico de raso perla. Llevaba Susana traje azul
pálido; y una sobrefalda de gasa rosada descendía de su cintura
fina é inquieta. Traviesos como los de una ardilla asustada, sus
ojos chispeantes, que no eran ésos, medio apagados ya, que habéis
visto, pasaban por sobre todo sin fijarse en nada: no amaba
todavía, y su corazón jugaba con sus impresiones pueriles, como el
céfiro retozón con las espumas de un río.
Las Carreños estaban lujosamente vestidas: el oro y los
diamantes brillaban en sus brazos y en sus cuellos, velados apenas
por gasas transparentes. Mas la belleza de sus dos competidoras las
eclipsaba por completo. El triunfo de mis encantadoras amigas fue
espléndido, y ellas, lo ostentaban en su continente de reinas
altivas.
Julio Carreño.... Pero ¿quién era Julio Carreño? Figuraos un
mozo alto, rollizo, moreno, de figura vulgar: frente estrecha,
cabellos abundantes y ensortijados, manos y pies enormes, labios
gruesos, bigotes poblados y retorcidos, voz áspera y golpeada, como
de quien está acostumbrado á tratar con sirvientes sumisos. Tenía
un pendiente de oro, de subido precio, y adornado de dijes cuyos
diamantes brillaban al menor movimiento suyo. Relucían en su
pechera cuatro hermosos diamantes, y en el meñique de la mano
izquierda tenia un anillo en que se vela un solitario enorme.
Decididamente el mozo valía más de lo que pesaba. Sus modales eran
los de un jayán: insoportable altanería gobernaba sus maneras;
hablaba, cuando se dignaba hacerlo, con tal desprecio hacia sus
oyentes, que parecía un sultán rodeado de esbirros. ¡Ah serpiente!
tus diamantes fueron la fatal manzana....
Invitó á Elvira á bailar una polka. Yo permanecí, durante la
pieza, en el asiento de ella. Observé que conversaban los dos.
Paráronse á descansar á poca distancia de mí. Hablábale él con su
altanería de costumbre, y ella sonreía con los ojos tenazmente
velados por sus largas y sedosas pestañas, mas no sin fijarlos de
vez en cuando en el rico diamante que adornaba la mano del opulento
galán.
Sentíame abrasar por el fuego de los celos. Yo, que hubiera
querido apartar á Elvira de las miradas del mundo para gozar á
solas de sus encantos; yo, que sentía envidia hasta de una bella
flor que adornase sus cabellos, hasta de un soplo de viento que
acariciase su rostro; yo veía á mi adorada escuchando palabras
insidiosas, y sometida al encanto del vil lenguaje del oro!
Fue hora de pasar al comedor. Di el brazo á Elvira. Signifiquéle
en rápidas palabras mis sospechas respecto de aquel hombre. Rió la
hermosa, y me dijo al oído, en voz baja, con el más seductor de sus
acentos:
-No seas bobo: ese señor sólo sabe manejar sus peones. ¿Crees
que estoy ciega para no distinguir al hombre de corazón del patán
envanecido de su oro y sus diamantes?
-Más bajo, dije, más bajo! no sea que alguien te escuche..
Era que mi corazón temía que sus palabras llegasen á oídos
indignos de su acento arrobador; era que en aquel momento la
felicidad suprema se deslizaba en el fondo de mi ser, semejante á
una ola del mar sobre la abrasada arena de una playa retostada por
ardiente sol....
Pero esta lengua.... A la salud de aquellas generosas mujeres
que niegan sus oídos al idioma del oro. Y apuró otro trago.
VIII
El comedor, continuó, saboreando el licor, estaba
indescriptible. Vistosos cortinajes decoraban las ventanas y las
puertas; altos tazones de flores adornaban las consolas y
embalsamaban la atmósfera; lámparas veladas por pantallas azules,
repartían su luz, semejante al dormido resplandor de una tarde de
invierno; ramilletes enormes, formados de rosas, claveles y
camelias, sembrados de violetas perfumadas, y atados por cintas de
variados colores, gallardeaban en las mesas, cubiertas de
colaciones, de frutas y de cuanto puede halagar el fácil apetito.
No se sentaba nadie: las damas, conducidas por galantes caballeros,
y haciéndose viento-con anchos abanicos, recorrían las mesas,
tomando lo que les parecía ó más gustoso ó más bello.
Había el buen humor subido ya de punto. Alguien propuso un
brindis: siguiéronse discursos de diversas calidades; hubo hasta
coplas improvisadas, de esas, casi siempre ramplonas, que sacan á
relucir ingenios de ocasión. Hasta Julio peroró: de pie en una gran
silla de asiento de terciopelo, espetónos con voz campanuda y
muñeras cómicamente graves, unos cuantos despropósitos, capaces de
hacer reír á la Historia y la Gramática si se hubiesen hallado allí
presentes. Llegó mí turno. Yo dejó fama en el colegio de
improvisador fecundo y fácil: en mis buenos tiempos, cuando yo era
criatura racional, estaba adornado de dotes oratorias nada comunes.
La dicha me inspiraba en aquellos momentos; y el deseo de poner á
mi rival en ridículo á los ojos de mi amada, fue poderoso estímulo
á esmerarme. Estuve feliz, inspirado, elocuente; un silencio
profundo acogía mis palabras, de cuándo en cuándo interrumpidas por
aplausos frenéticos. Las glorias de la patria enardecían mi palabra
fluida, y me daban ideas cuya grandeza me sorprendía á mí mismo. Al
bajar de la tribuna improvisada, se me recibió con abrazos y con
gritos de entusiasmo. AI punto mis ojos buscaron á Elvira: los
suyos brillaban inundados de lágrimas, y me dijeron más, mucho más,
de lo que yo creía merecer. Desde luego fui el rey de la tertulia.
Elvira vencía á las Carreños con sus raros encantos: yo vencí á
Julio con mi talento. ¡Ay! triunfos bien efímeros! nuestros rivales
estaban fuertemente resguardados detrás de impenetrable
atrincheramiento de oro.
La luz de la aurora penetraba por las celosías entreabiertas,
cuando empezó á disiparse la bulliciosa concurrencia. Fui yo de los
últimos en retirarme á mi habitación.
Quince días habían pasado, días dichosos para mí, que alumbraba
el amor y la esperanza engalanaba. Sólo una nube veía en el ciclo
de mi dicha: pasábase Julio largas horas en el balcón de su casa
mirando á las ventanas de sus bellas vecinas. Mal podía yo verle
con buenos ojos; y como se sonreía con picante malicia cuando me
veía entrar á visitar á mi prometida, empecé á sentir por él un
odio mortal.
D. Ramón aun no había escrito. Empezaban las muchachas á
alarmarse, temiendo que acaso estuviese enfermo, pues cuando le
vieron la vez ultima, les había parecido muy pálido y trémulo.
Hallé una tarde á doña Clelia y las muchachas muy tristes y con
señales de haber llorado aquel día. Temí que tal vez hubiesen
recibido noticias alarmantes de D. Ramón.
-¿Qué hay? pregúntele á Elvira, tomando un asiento al lado
suyo.
-¡Ah! respondió con los ojos velados por las lágrimas. Esta
mañana vino un señor, y nos dijo que era dueño de la casa, y que
debíamos dársela dentro de cuatro días. ¡Dios mío! y mi padre nos
ha abandonado: vé esta carta que nos trajo el dueño de la casa.
Yo la leí en alta voz por exigencia de Elvira, pues aunque ellas
ya la habían leído, les parecía que soñaban, y querían convencerse
de lo cierto. Las infelices muchachas escuchaban mi voz trémula y
casi ahogadla, cubierto con las manos el rostro, y derramando en
silencia gruesas lágrimas. Conservaba doña Clelia cierta fría
serenidad que no acierto á decir si era estúpida ó magnánima. Como
yo era casi ya un miembro de la familia, me permitieron la carta, y
pude por esta razón sacar una copia de ella. Aquí la tengo.
Sacó una cartera de cuero de Rusia, y después de trasegar entre
varios papeles, encontró lo que buscaba.
-Héla aquí. Oíd lo principal de su contenido:
"Va para veinte años que soy un triste siervo. Mucho he
trabajado, mucho he sufrido; he devorado amarguras y ultrajes
indecibles. Clelia, nunca me has amado tu: ¿para qué, pues, te
uniste á este desgraciado? ¿sólo por tener á quién explotar? ¿sólo
por el vano gusto de llamarte mujer casada? ¡Te amaba yo tanto....!
bien lo sabes tú: á veces por merecer una sonrisa tuya, desempeñé
para contigo humildes funciones de pobre sirviente. Mas colmóse la
copa de mis sufrimientos: te dejo ya en paz; no te mortificará más
la presencia de este hombre que te cometió la grave ofensa de
confiarte su honra y su porvenir, haciéndote compañera de pobre
existencia.
Soy un vulgar plebeyo: la noble dama, pues, ya no tendrá de hoy
más la vergüenza de ver á su lado a un miserable, indigno de una
muestra, si no de cariño, siquiera de lástima. Soy un ente inútil
ya para mi familia, cuyos gustos no puedo ni podré satisfacer:
mejor será, por tanto, que vosotras quedéis libres de este enfadoso
estorbo.
"A fuerza de trabajo y ahorro pude juntar con qué comprar un
techo donde pudieras vivir con alguna dignidad; y con mis propias
mano» le hice reparaciones y lo adorné como pude, á fin de que mi
esposa tuviese las mayores comodidades que yo podía proporcionarle.
Quizás esta afición mía al trabajo te acabó de convencer de que yo
era un miserable peón, un miembro de la canalla. No, Clelia, mil
veces no: el trabajo no degrada; es un bien, un santo goce; es una
muestra de nobleza de alma. Atribuyo la mayor parte de los
sinsabores de mi infeliz matrimonio á tu ociosidad, á tu amor
desenfrenado por los goces baladíes. Lo que me aflige más es que tu
has contagiado á nuestras pobres hijas de estos mismos hábitos y de
estas perniciosas aficiones. Recuerda que no me dejaste darles una
educación cual yo la deseaba: las coloqué varias veces en colegios
de toda mi confianza, y tú, con mil pretextos, las retiraste de
ellos, no sé si por contrariarme, ó porque crees que, lo mismo que
el trabajo, el estudio degrada á los nobles. Yo hice cuanto pude
por cumplir mis sagrados deberes de padre: echo sobre ti la
responsabilidad ante Dios, ante los hombres y ante tu propia
conciencia, de lo que acaso suceda algún día á mis hijas por falta
de ideas severas sobre la ardua misión de la mujer en la vida.
" Bajo ese techo querido, obra él casi todo de mis
manos (lo digo lleno de noble orgullo), bajo ese querido techo
nacieron mis hijitas; exhaló su último aliento tu madre, santa
mujer á quien no has imitado; corrieron años felices para mí, que
gozaba á las veces jugando con esos serafines, tan dulces y tan
bellos, que triscaban en mi cuarto haciéndome diabluras, porque yo
me enojase, y por tener luego el gusto de contentarme cantándome á
media lengua versos picarones, ó contándome consejas de brujas y
duendes. Ese techo querido encierra los recuerdos más gratos de mi
vida, y en él pensaba acabar mis días fatigosos, rodeado de mi
esposa y de mis tiernas hijas. Ese sagrado abrigo ya no es nuestro:
obligado por ti, lo he vendido. Ya hay, pues, con qué paséis unos
sabrosos días de fiestas, entre tanto que el esposo y el padre va,
como un proscrito, á hundir en extranjero suelo su infortunio y su
vergüenza. ¡Que seáis muy dichosas! Tal vez cuando en una noche de
teatro ó de baile estéis gozando de mayores delicias, el miserable
proscrito esté por ahí debajo de algún alar del camino, y al pensar
en vosotras humedezca con su llanto la paja que le sirva de
lecho.
"Yo hubiera podido soportar la miseria, y el peso de mi
vida en Ambalema, y el continuo trabajo en un clima insufrible:
todo, sí; lo que no puedo soportar es el insulto en presencia de
mis hijas. Cuando tú te burlaste de mí porque les dije que quería
acompañarlas en las malditas fiestas, dando á entender que yo era
un vil estafermo ó un estorbo ridículo, no sé qué sentí: pude
haberte estrangulado. El profundo respeto que tengo por mis hijas,
logró contenerme. Jamás me he sentido más valiente que cuando pude
vencerme, y convertí mi enojo en una suave sonrisa. ¡Clelia,
Clelia! ¡tú no sabes de cuánto es capaz un hombre que se le
pisoteado en presencia de seres queridos!
"La casa es de D. Juan Castro, el cual irá á pedirla y á poner
en tus manos esta carta quince días después de transcurridas las
fiestas. Le supliqué me otorgase esto plazo, para no amargarles á
mis hijas las fugitivas horas de placer que soñaban, últimos goces
que yo les podía proporcionar con el sudor de mi rostro.
"Esta tarde te dejé en la mesa cinco mil pesos, y le dije á
Susanita que de ello te avisara. Ya ves que te di más de lo que me
pedías. Para juntar esta suma, tuve que vender también todos los
muebles. Con este dinero habrá para que gocen mucho las pobres
muchachas. ¡Ay! si me fuese dado prolongar esos goces! ...
"No averigües por mí: ignoro qué rumbo habré de tomar;
ni siquiera tal vez conservaré mi nombre.
"¡Elvira, Susanita, perdonadme! anoche me entré con pasos
ahogados á vuestra alcoba: habíais dejado lumbre. Estabais
dormidas; tan dormidas como cuando reposabais en la cuna, y yo
contemplaba con grato embeleso vuestro sueño de ángeles, y jugaba
con vuestras manecitas de nieve. Os contemplé un momento ¡ay!
pudiendo apenas reprimir los sollozos que me ahogaban el pecho.
Acerquéme temblando, como si fuera á cometer un crimen, y os di un
beso en la frente. No sé si algunas lágrimas mías humedecieron
vuestro plácido rostro. Alcé en aquel instante á Dios el corazón, y
le dije tantas.... ¡ay!.. .. tantas cosas!.... Y luego desprendí de
la pared vuestros retratos, que quiero me acompañen hasta mi último
día. Cuando en país extranjero, rodeado de personas extrañas, y
oyendo palabras quizás de otra lengua, sienta ya que se aproxima mi
hora postrera, los haré fragmentos, no sea que vayan luego á
recibir miradas profanas. Después me salí paso ante paso, y
evitando el causar ruido, cual lo hubiera hecho un ladrón que en su
seno llevara los dineros robados.
"¡Perdonadme, hijas mías! Cuando os pregunté, tras serias
reflexiones, si queríais que la casa fuese vendida y dijisteis que
sí, comprendí que las lecciones de vuestra madre ya habían
penetrado vuestro ser, y que me era imposible labrar vuestra
ventura. Antes de que se llegue el día en que alguna de vosotras
irrespete las canas de su padre, y él se vea en el caso de matarla
ó matarse, preferible es mil veces que él muera de una Tez para
vosotras, huyendo para siempre de vuestro lado.
"¡Elvira, Susanita, adiós para siempre!... ¡Ay! jamás
el crimen...
"Seguían después unas manchas amarillas. Se comprende
que las lágrimas le impidieron continuar.
-¿Después de esto qué piensan ustedes hacer? pregúnteles cuando
hube concluido la lectura.
-Estas muchachas, repuso doña Clelia, se han acobardado mucho.
No es para tanto: cuando una puerta se cierra, mil se abren.
Me causó esta sangre fría tanta indignación, que apenas la pude
disimular. Mas doña Clelia era madre de Elvira, y este título la
hacía sagrada á mis ojos.
-Cuente usted conmigo. Soy pobre; mas haré por que á su familia
nada le falte á mi lado. Haga usted la cuenta de que le ha quedado
un hijo en estado de poder trabajar, y resuelto á ser el apoyo de
la familia. ¿Y no soy casi su hijo? Mas, como las gentes podrían
murmurar del honor de Elvira, al ver á un extraño viviendo en su
casa, debe ser mi esposa cuanto antes sea posible.
-Lo que diga Elvira.
Descubrióse el rostro, y me miró con ojos colmados de cariño, de
ternura y gratitud. Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas como
perlas regadas sobre una tela de raso. -Como quieras, me dijo,
intentando sonreír.
-Bien: dentro de ocho días serás mi esposa, le dije con acento
determinado.
-¿Tan pronto? Espera un mes. Tengo que preparar algunas
cosas.
-Lo mismo da, mi vida. Dentro de un mes.
Salí lleno de gozo: iba ya á ver colmadas las nobles
aspiraciones de mi corazón.
X
Volví al día siguiente.
Hablé de buscar otra casa; mas Doña Clelia me dijo que pensaba
continuar en la misma, por lo menos mientras no se hallase otra
mejor. Comprendí desde luego que aún le restaba parte considerable
del dinero recibido; mas, habiéndole hecho mañosamente algunas
preguntas, vine á saber que no sólo se había gastado todo, sino que
había quedado debiendo el alquiler íntegro de los muebles. Por el
pronto no pude explicarme el misterio. Elvira me recibió con
notable sequedad. Pensé desde luego que esto provendría del estado
de su alma.
Rara vez iba yo por la noche á la casa: no quería que por mi
causa se pensase mal de aquella familia que no tenía la sombra de
un hombre que la hiciese respetar. Esa noche tuve el capricho de ir
no sé con qué pretexto. Hallé de visita a Julio. Si hubiera
encontrado un crótalo pronto á inocularme su letal veneno, hubiera
sentido menos terror. Elvira se inmutó visiblemente: su emoción la
vendía. Hablé poco, muy poco, y me despedí á otro rato.
El corazón se me salía del pecho. Pude comprender aquello que
pretendía Doña Clelia., de habitar la misma casa en tanto que no se
hallase otra mejor; y el súbito cambio de Elvira para conmigo. Era
que las había Julio visitado la noche anterior y les había ofrecido
tal vez su protección, Tanta perfidia me encendió la sangre.
Parecíame aquello un sueño. ¿No eran sino una treta para engañarme,
por si se podía sacar de mí algún provecho, aquellos conceptos
despreciativos que de Julio emitió Elvira á mi oído la noche del
baile? ...
Propúsome no volver; mas al día siguiente no pude resistir al
deseo de verla siquiera por última vez, y abrumarla de cargos, y
lanzarle al rostro su proceder infame. No salió ese día ella á
recibirme: tuve, pues, que explicarme con doña Clelia.
Tranquilizóme ésta diciéndome que Julio pretendía honradamente á
Susanita; que yo no tenía por qué temer nada; que Elvira no
olvidaría sus compromisos conmigo. Salí satisfecho y agradecido.
Reprendíame á mí mismo mis suspicaces sospechas. Pasaron algunos
días, y se acercaba la fecha que se me dio de plazo.
Hablé sobre esto á Elvira, quien tuvo la desfachatez de decirme
que ya había resuelto otra cosa. Vi en su mano derecha una hermosa
sortija de diamantes. Comprendílo todo: estaban jugando con mi
candidez.
No sé qué más la dije: sólo sé que entonces pude haber cometido
cualquier crimen. Destilaba hiél mi corazón; las lágrimas saltaban
de mis ojos; mis sienes palpitaban con violencia. Apresuré el paso
lo más que pude por llegar pronto á mi habitación. ¡Dios mío!
necesitaba llorar á solas!
Habitaba yo solo en una pieza de un hotel. Entré, y cerré la
puerta por dentro con llave. Los sollozos me ahogaban, y un
torrente de lágrimas inundó mis mejillas: de codos en la mesa,
lloré largo rato. Una sombra oscureció mis ojos, y un pensamiento
inicuo se apoderó de mi alma entenebrecida. Tomé con mano trémula,
mas firme, mi
|revólver, que estaba en el estante detrás de
mis libros. Fijé los ojos inconscientemente en las cortinas del
lecho, y columbré la imagen de la Dolorosa, prendida en la
cabecera. Una plegaria entonces, á pesar mío, se escapó de mis
labios; y un rayo de luz rompió las tinieblas de mi pobre alma. Caí
de rodillas ante la bendita imagen, que despertaba en mi mente
dulces recuerdos de infancia.....
Pero no te rías, Julián: tu no has sufrido aun las tormentas del
dolor, y no puedes comprender cuánto consuelo trae á un espíritu
lacerado una mirada elevada al cielo por el corazón.
Regalóme mi madre esa imagen al darme su bendición, cuando me
vine para Bogotá: conserva todavía las huellas de sus lágrimas.
Cuando la tentación del mal te combata, me dijo, invoca á la Madre
de Dios pensando en mí. Y cuando el dolor golpee á tu pecho, pídele
consuelo, ó siquiera valor para soportar tu pena." Estas
palabras de mi buena madre acudieron á mi mente en aquellos
momentos supremos; y oré, oré mucho, oré con lágrimas de mis ojos y
con gemidos de mi corazón. Sentí aliviado mi espíritu del peso que
le agobiaba, y ya pude pensar en la locura que había intentado
cometer. Me salvó mi madre...... ¡Dichoso el que tiene una madre
santa que con sus consejos le aliente, y le inspire con sus
virtudes!
XI
Pasaron algunos meses. Yo envejecí cual si hubiesen transcurrido
algunos años. La imagen de Elvira vivía presente siempre en mi
memoria.
La vi una noche en teatro. Estaba muy bien vestida; y allá, en
el fondo del palco, se distinguía entre sombras la figura de Julio.
¡Ay! sentí que una serpiente me mordía el corazón.
Otra ocasión lo encontré en la calle de Florián. Montaba un
soberbio alazán. Yo quería hallar un pretexto para batirme con él,
pero sin que apareciera que lo había por despecho de mi triste
derrota. Me hice, pues, el distraído, y me dejé atropellar por su
fogoso caballo. Le insulté, y él me insultó. Al otro día le envié
mi esquela de desafío. Me contestó el infame que él ocupaba alta
posición social, y mal podía descender á batirse con un pelafustán.
Intenciones tuve entonces de matarlo como á un perro; mas me detuvo
el horror que me ha inspirado siempre el crimen alevoso.
Más tarde doña Clelia, privada de sus hijas, murió ciega y de
miseria, en una pobre casucha de los afueras déla ciudad. ¡Ah! no
tuvo siquiera la infeliz el humilde consuelo de que una mano amiga
le cerrase los ojos. ¿Y Elvira?.... ¡ay! abandonada por el más
miserable de los hombres, arrastró una existencia deplorable, y se
acogió por fin al hospital. Susana buscó servicio en calidad de
doméstica; y.... ya la habéis visto; nos sirve como una humilde
aldeana que hubiese venido á alquilar el trabajo de sus manos.
Pero cuéntame algo, Julián, de los últimos días de mi Elvira, tu
que presenciaste en parte sus padecimientos físicos; ya que los del
alma sólo Dios los sabe.
-Yo, repuso Julián, tenía á mi cargo, á fuer de practicante, el
salón en que Elvira agonizaba. Como te dije, siempre me llamaba la
atención por sus hermosas facciones, y más que todo por la dignidad
de sus maneras aristocráticas y por su grave melancolía: varias
veces vi correr por sus mejillas torrentes de lágrimas silenciosas,
como destilan, sin ruido, de un peñasco hilos de agua cristalina.
La enfermedad adquirió alarmante desarrollo desde que, según me
dijo una Hermana, la paciente había tejido una ligera entrevista
con una mujer que pidió permiso para verla. Tal vez le dijo la
noticia de la muerte de su madre con todos sus tristes detalles. La
lividez de su rostro era cada día más y más notable. Yo comprendí
muy bien que dolores morales eran la causa de su agravación.
Comuniqué esta sospecha con mi profesor de clínica, y él me dijo:
" La .historia de esa infeliz es muy dolorosa.... ¡Hay
tantos misterios, tantos, en la vida!" Nada más me dijo, y
no me atreví á hacerle nuevas preguntas. Adquirió la enfermedad su
completo desarrollo, y la ciencia fue impotente á ponerle un dique.
Contemplé su agonía. Noté que el sacerdote que la asistió salió con
los ojos humedecidos. Murió sin quejarse: con los ojos fijos en el
cielo, y con las manos cruzadas sobre el pecho, acabó lentamente
como un cirio que á solas se consume.
Antonio apoyó la frente en sus brazos cruzada sobre la mesa, y
por largo espacio quedó silencioso.
XII
En aquel momento volvióse á hacer oír el piano de la italiana:
tocaba la agonía de
|Traviata, Aquellas dolorosas gotas de
armonía, que caen en el alma como gotas de llanto, hicieron en
nosotros profunda impresión. De súbito Antonia se puso en pie: ya
apenas podía sostenerse. Con voz enronquecida se puso á cantar,
acompasando la música, estas palabras:
Addio! del paasato bei sogni ridenti,
Le rose del volto giá sonó pallenti;
L' amore d'Alfredo perfino mí manca,
Conforto, soategno dell' anima stanca.
Conforto! Sostegno!
Ah! della Traviata sorridi al desio!
A leí, deh perdona, tu accoglila, o Dio!
Or, tutto, tutto fini,
Le gioie, dolori fra poco avran fine;
La tomba ai mortali di tutto é confine!
Non lagrima o flore avrá la mía fossa,
Non croce, col nome, che copra quest' ossa!
Luego avanzó hacia un sofá, y dejóse caer como una masa inerte.
"Rodó el sombrero de la cabeza y cayeron los anteojos á
causa del brusco golpe. Quedó dormido de espaldas con la cabeza
hacia atrás, en el ancho sostén del asiento. Su frente blanca y
escasa de cabellos, estaba cubierta de copioso sudor. Sus facciones
tomaron un aspecto cadavérico que nos causó tristeza.
A la sazón entró Susana, trayendo en la mano una hermosa fuente
de cristal con dulces y frutas. Fijó sus bellos ojos en el rostro
de Antonio, y exhaló un débil grito. Cayósele la fuente, que se
convirtió en fragmentos trémula y pálida, se inclinó al suelo á
recoger los pedazos, buscando por pretexto á su emoción el haber
roto el bello utensilio. Levantóse luego, y salió rápidamente.
Cuando la habimos perdido de vista, oímos en el pequeño corredor
que conducía á la cocina, sollozos que en vano trataba de
ahogar.