FIORILLO, Heriberto. Nada es mentira.
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LO QUE USTED NO VIO DE LA PELEA 
CARDONA VERSUS PALMA

 

No sé por qué faltó usted a la pelea, señor 1-12 pero gracias, dondequiera que se encuentre. Y me atrevo a llamarlo así, como si se tratara de un agente secreto o de una nueva marca de desodorante, porque es ese bendito número la única referencia que tengo sobre su persona. Corresponde a una silla azul, reservada para usted en la zona técnica del coliseo Humberto Perea de Barranquilla, donde el sábado se enfrentaron por el título mundial de los supergallos nuestro campeón Ricardo Cardona y el argentino Sergio Palma. Como usted no fue, yo me senté en su lugar. Miento, y quiero serle franco: yo me senté ahí con la (primero leve, después fortalecida) esperanza de que usted no llegara. Y usted, señor 1-12, no llegó. Tal vez se aburrió a última hora o prefirió quedarse viendo el combate por televisión, en su casa tranquilo, con la brisa del abanico eléctrico golpeándole en el pecho, una cerveza fría en la mano, los pies sobre un taburete y las pantuflas al lado del perro, junto a la poltrona.

A las 9 y 35 de la noche, cuando sonó el primer campanazo de la pelea, pude tener yo la seguridad de su ausencia. Entonces estiré bien las piernas para que el racimo humano, que se bamboleaba en cuclillas al otro lado del corredor, no tuviera la brillante idea de gatear y colocarse justo delante de mi puesto. Porque no crea que su asiento era algo del otro mundo. Tampoco. Estaba en toda la punta de la primera fila, después de la banca para locutores y fotógrafos. Era metálica, pero desnivelada un poco hacia el piso. Si usted hubiera ido, tal vez se habría sentido un poco incómodo. Fíjese que se lo cuento todo sin egoísmo, a la larga ya la pelea pasó y yo podría permanecer callado. Es la verdad. Yo me quedé con su silla, pero usted hizo seguramente suya la comodidad. Mire, así a la izquierda de su puesto 1-12 estaba el corredor de ingreso a la zona técnica y por allí, siempre tropezándome las piernas o machucándome los zapatos, entraban y salían Pedro, Juan y Diego, o sea los boxeadores, los técnicos, los jueces, sus ayudantes, las acomodadoras, los colegas de la prensa, la radio y la televisión, colombianos y extranjeros, sus equipos de trabajo, los miembros de la Comisión de Boxeo, los soldados y tanto etcétera que ahora tengo que detallarle. Esa zona técnica, que es para periodistas, jueces, organizadores y protagonistas del espectáculo, estaba llena esa noche de personajes que resultaban insólitos en aquel contexto. Yo vi a un ex alcalde de Barranquilla con una tarjeta de prensa pegada a un bolsillo de la camisa (él, que sólo ha agarrado una máquina de escribir para teclear discursos). Vi a Fornari y a Comesaña, jugadores de fútbol, con una escarapela similar. Vi señoras apoltronando su ignorancia boxeril en sitios de honor. Fotógrafos sin cámara, pero con membrete y asiento. Cincuenta sillas juntas para el Concejo de la ciudad, que ha podido sesionar allí con semejante quórum. Por eso nadie dio razón de nuestras boletas, ni de las boletas de tantos colegas que como nosotros se acreditaron por télex con anticipación, mensajes todos embolatados, remitentes consolados por los organizadores con un pase apenas de entrada a la zona técnica, sin derecho a silla después de un carameleo de varias horas por parte de quienes manejaban la oficina de prensa. Y no lo vi yo solo. Lo vio un montón de gente que andaba por ahí. Lo habría visto usted, si hubiera ido.

Pero mejor no. Siéntase afortunado. Dicen que la pelea se observó bien por televisión. Por eso no le voy a hablar mucho acerca de ella. No es mi interés competir tampoco con los diarios. Déjeme contarle lo que pasó antes del combate, recordarle algunas cosas.

A las seis y media de la tarde ya estaba casi lleno el coliseo. Afuera, las colas seguían circulando en orden y un carro de bomberos permanecía estacionado cerca a las casetas que venden pólvora de Navidad, levantadas sobre aquellas que estallaron unos días atrás, cuando vino el Presidente y elevaron por los aires los despojos humeantes, carbonizados, absolutamente irreconocibles, de ocho personas que atendían esos negocios. Las autoridades suspendieron la venta de explosivos durante dos días en el lugar, viernes y sábado, para prevenir cualquier otro accidente. Pero esa tarde, lo que había era conato de baile en el coliseo. Se llevaron un mamotreto de música, un picó repleto de salsa que sazonó los oídos del público, hasta que se inició la primera pelea entre Manuel Julio de Colombia y Armando Pérez de la Argentina, que ganó el primero por decisión.

Cuando éstos comenzaron a cruzarse golpes, eran las 8 y 45. El programa se había retrasado ya tres cuartos de hora. Los de la televisión, que usted después observó elegantes, asomados a la pantalla de su sala, empezaron a sudar la gota gorda enfundados en sus sacos de paño (ilógicos aquí, adecuados allá) con la angustia de que la pelea de fondo, la de Cardona y Palma, no alcanzase a entrar justo a tiempo, como estaba convenido. La lona causaba a esas alturas un poco de inquietud. Parecía regada con aceite. El argentino Pérez cayó en varias ocasiones, no por los golpes de Julio sino por los resbalones de aquel ballet no intencionado que debió representar.

No hubo más nerviosismo evidente sino cuando faltaban escasos segundos para el inicio del combate estelar. Entonces los organizadores se dieron cuenta que no había micrófono para anunciarlo. Y no lo hicieron. Así, mucha gente se quedó sin saber que Cardona había nacido en San Basilio de Palenque hacía 27 años, que pesaba 122 libras, lo mismo que su rival, un muchacho de escasos 23 años, oriundo de El Chaco, al norte de la Argentina, con 10 centímetros de altura menos que el campeón, y de nombre Víctor Sergio Palma.

A esas alturas, usted —señor 1-12— habría gritado varias veces, de haber estado en mi lugar (era lo contrario, para ser exactos). Unos vecinos sin puesto, cansados por la incomodidad, me habían convertido prácticamente en árbol, colgándose sobre mi cabeza, tronco y extremidades, intentando un acomodo imposible. En el apretujamiento, otros fanáticos eran más atentos: pasaban, lo arrastraban a uno unos cuantos metros y se excusaban con una mirada de desprecio o una carcajada. A Elías Chegwin, un personaje local que no pierde oportunidad para promover su civismo por la ciudad, no lo dejaron subirse al ring y tuvo que conformarse con una bandera de Barranquilla en cada esquina del cuadrilátero y pegar otras por miles, diminutas y engomadas, sobre el pecho de los aficionados. Su propósito era entonar el himno de la ciudad, reproducirlo por los altoparlantes (había traído el disco), citando un decreto que obligaba a hacerlo antes de todo espectáculo público. El día anterior durante el pesaje oficial de los boxeadores en el salón Tajamar del Hotel Royal (donde se alojaron ambas cuerdas y todos los periodistas visitantes) lo habíamos visto repartiendo folletos que hablaban de Dios y de Barranquilla, pegando otras banderas y echando cuentos sobre el cura García Herreros.

Después de los himnos (el público saludó a los argentinos con pañuelos blancos y éstos, incluyendo periodistas y fotógrafos, gritaron con pasión el himno de su país) todo el mundo se había sentado ya, respondiendo a unas órdenes ensordecedoras que venían de atrás, acompañadas a veces de papeles, vasos de cartón y malas palabras, cuando de pronto se subió al escenario una morena joven de franela y vestido de baño, mostrando un letrero con el número del round y sus nalgas descomunales al aire libre, cosa que levantó pasiones dormidas, gota de sexo que se mezcló a la violencia, y entonces se oyó un grito distinto que comenzó como un susurro colectivo, agudo bramido de dolor en coro, bobería (sería mejor decir babería) erótica que duró hasta que la muchacha, toda risa y candor, dio la vuelta sobre el ring y salió por un costado, para retornar después de cada round y anunciar el siguiente, en medio del mismo ronquido de pasión.

Es posible que durante estos minutos intermitentes de harakiri visual, a usted la televisión lo haya puesto a mirar comerciales. Lo que anunciaba la muchacha no estaba seguramente incluido en el programa. Tal vez el locutor supo recordar a los televidentes el número de cada asalto, pero eso lo sabe usted más que yo. Por mi parte, vi cuando los jueces mandaron llamar la atención de la muchacha, pidiéndole que no se demorara tanto en sus paseos, que diera su vuelta más rápido porque estaba prolongando los descansos.

Más tarde un Cardona elástico, frío, preciso, colocando su jab de izquierda sobre la cara de Palma, rama convertida en roble, boxeador inteligente y bravo que puso al campeón en aprietos durante varios rounds porque no sólo vino a dar pelea sino a llevarse el título, primero que a nivel mundial se disputaba en Barranquilla, noveno en Colombia, pero ya en el quinto, asalto de muerte, los ojos del argentino empezaron a lavarse con la sangre que brotaba de sus cejas, primero la izquierda, rojo sobre el verde de la pupila que había aprendido a leer comics a los cinco años y a amar el boxeo a través de una pelea vista por televisión en una casona del barrio Caballito de Buenos Aires, donde su madre trabajaba como doméstica. Y en el round número once, mientras un vendedor de paletas gritaba aun Cardona arrinconado ˇjob, job! en lugar de ˇjab, jab! (trabajo por golpe en directo), uno creyendo que el gaucho cantante, también poeta y compositor, iba a conseguir lo imposible con su andanada de golpes al plexo y al rostro del palenquero, pero nada, nuestro negro es recursivo y sabe aguantar golpes. Al final se ganará 50 mil dólares, por 15 mil del argentino, será su pelea 24 y la 42 para Palma. El morocho habrá defendido bien su corona en esta quinta oportunidad. Al soñador de El Charco, el que hizo sus primeros guantes con un arrume de trapos y una camiseta, el menor de siete hermanos que recogían algodón en su pueblo, le queda mucha vida por delante. Y, claro, le queda Santos Zacarías, usted sabe, su entrenador, que lo aceptó en su gimnasio hace unos nueve años, que lo quiere tanto como quiere al boxeo y casi tanto como adora a Gardel, fanático este Zacarías, que deja cualquier cosa por encerrarse en su pieza a escuchar la voz de Carlitos en francés o en italiano o, por supuesto, en español, salida con nostalgia de esa carpeta llena de discos que carga de un lado a otro, más quince casetes, para amanecer con el corazón pegado a su radiola portátil.

Esto no tenía por qué contárselo yo a usted, señor 1-12. Esto es ya trabajo periodístico averiguado el día anterior a la pelea, cuando nos metimos también en la habitación de Cardona y nos contó que a él no le gustaba hablar mucho con la prensa porque a veces ésta no decía la verdad o se metía con su vida privada. Entonces nos repitió que iba a ganar, que quería dedicar esa pelea a Micaela, su mamá, que nunca va a sus combates, ni los escucha siquiera por radio, mejor lejos dice, allá en el patio de su casa, barriendo el piso, poniendo velas a los santos, rezando para que su hijo siga de campeón.

Lo demás ya es vox populi, pero hay algo que quiero contarle ahora de último, antes de que usted se ponga a mirar de nuevo las fotos de la pelea. Faltaban unos segundos para el inicio del combate por el título, cuando ahí, frente a mí, se paró un señor alto, grueso, moreno, de ojos dormidos y voz ronca, que vestía un entero marrón oscuro y que ya había visto yo dando órdenes y vueltas por el hotel con un sombrero en la cabeza y un maletín en la mano. Conocía a todo el mundo. Lo saludaban con afecto, le daban golpecitos en la barriga, y él se sonreía. Alguien entonces le alargó una silla de madera más alta que la mía (que la suya, señor 1-12, quise decir) y el hombre de marrón la colocó en ese mismo sitio, justo delante de mí, y lo vi sentarse altote, monumental, casi tan arriba como cuando estaba de pie, pared humana que puso a brincar nerviosas mis miradas por encima de su hombro inquieto, de un lado a otro, diapasón enorme y por encima toda su anatomía de luchador que se levantaba emocionado al ritmo de la pelea.

Después lo averigüé. Aquel hombre fornido, de maletín, saco y sombrero, se llama Julio Guerrero Caraballo y fue él quien organizó toda la velada. Fue él quien pujó lo imposible para realizarle a Barranquilla este combate por título mundial. Pero, para que vea, mi ya querido 1-12, cómo estaría yo de buenas: no sólo me embolataron mi boleta con todo y télex. Tenía también que venir el mismo organizador del evento a sentarse delante de mí y ˇno dejarme ver la pelea!

 

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