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FIORILLO, Heriberto. Nada es mentira.
© Derechos Reservados de Autor
SHAKIRA MUJER
La entrevista ha terminado y Shakira observa los
papeles intrusos, los míos, sobre la mesa de vidrio en la sala de su apartamento. El
título de una revista con una monografía sobre Don
Quijote llama su atención.
¿Es tuya? me inquiere y yo
asiento, medio avergonzado en el orgullo, con un leve movimiento de testa.
¿Cuál es tu escritor favorito? y
ahora el interrogatorio continúa suyo, en merecida revancha. (Hemos conversado una hora
larga. Bueno, ella improvisa que es una maravilla y yo me he sostenido en cambio al
bastón de un cuestionario previo y que soslayo con discreción cada vez que me sorprendo
volando tras la paloma de su pensamiento).
¿Shakespeare? digo así, no sé si
en honesta manifestación de duda o más bien con el ánimo vil de recuperar, fuera de
juego, el privilegio de formular las preguntas. Pero ella es árabe desde el tuétano de
sus ancestros y sabe cabalgar oronda sobre un tema al que no soltará su rienda.
¿Te gustan sus versos?
Debí contestar que sí, aunque no recuerdo la convención
del modo porque su pregunta desbocaba ya mi atención a través del túnel de la memoria.
Meses atrás, ella misma había mencionado la importancia de leer a Borges antes de
escribir la letra de sus Pies descalzos y me
daba ahora, en esa pregunta, una respuesta generosa: la nota clave, el principio y el
final de esta entrevista.
Esta será nuestra primera charla y sé que no
voy a preguntarle por su próximo disco. Shakira escribe en primavera sus canciones para
verano. Ahora vive en Miami, sí, pero lo suyo es de corazón, no comida rápida. A
propósito, Shakira almuerza. Después nos dirá que está preocupada por las calorías
que se le suben a las mejillas y buscan dar a su rostro la forma de una luna. Es de buen
apetito y, como la nostalgia empieza por la comida, le hace mucha falta el sabor de
Barranquilla.
Me hace mucha falta el mar, gris y todo pero es
nuestro mar. Me hacen falta las huevas de pescado, la mojarra (esa mojarra que se come
ahí uno con sabor a arena, indiscutiblemente única y distinta a todas las demás que uno
se pueda comer en cualquier otra parte del mundo). Me hace falta el corozo, pero me hacen
falta sobre todo mis amistades y el resto de familia que todavía vive allí.
Hablamos, mientras viene Shakira, con su padre. Hace
muchos años él, William Mebarak, atendía una joyería de su propiedad en la calle de
San Blas, en Barranquilla, frente al hotel que entonces mi padre administraba. Se habían
vuelto amigos y en ocasiones papá me llevaba de la mano a visitarlo. La verdad es que
casi no lo recordaba. Yo era muy pequeño y mi rostro quedaba prácticamente pegado a la
vidriera inferior donde se exhibían las joyas. A esa edad uno no ve las caras de los
adultos, a menos que lo alcen o que se dignen ellos agacharse para contemplarnos a su
medida. Así que mientras aquellos dos adultos conversaban, yo me concentraba en seguir
las manecillas de los relojes y en comparar las formas de los demás objetos que mostraba
el escaparate. Por eso casi no distingo la fisonomía de Mebarak. No recuerdo, por
ejemplo, sus habituales gafas oscuras, a las que cantó en su primera canción Shakira. Lo
que sí recuerdo, en cambio, son los matices de su voz pausada y virtuosa, rodando musical
y precisa como una cascada de perlas sobre el submundo de objetos brillantes contra el que
yo me apretaba. Y recuerdo que en casi todas aquellas ocasiones también mi padre era un
escucha. El señor Mebarak tenía el don de la palabra.
Mi papá para mí es el idealismo, mi mamá es
el realismo; mi papá es la locura, mi mamá es la cordura. Yo me identifico mucho con
ambos porque tengo ambas partes: yo soy aire pero también soy tierra y por eso los
necesito a ambos. Ahora, creo que de mi papá heredé la inquietud por las letras y
quizás el don de la palabra.
Por ese lado, el paterno, todo lo árabe.
Shakira tiene ojos grandes y luminosos, tan negros como su cabello, y sobre los ojos una
sola ceja larga que serpentea y que ella suele afeitar en su centro, sobre la nariz, para
normalizarla en dos. Si usted ha visto sus conciertos, recordará sus caderas formidables
y las ondulaciones de su cuerpo, y si ha escuchado sus discos, reconocerá el vibratto
largo y ciertos quiebres particulares en su voz. Todo eso es árabe. (Si ha visto las
fotos en su último álbum, descubrirá que tiene torcidito el segundo dedo del pie). En
su familia hay poetas, pintores y otros compositores. Su abuelo tocaba la flauta, su
abuela el piano y su padre soltaba a volar, desde el tocadiscos, la música de sus
antepasados. Pero a Shakira nadie la enseñó a bailar.
Yo nací bailando árabe y esa es una prueba
contundente de que la memoria genética existe. Mis padres no son los mejores bailarines
del mundo. No bailan mucho y yo nací un trompo. Desde que yo tengo uso de razón no puedo
escuchar unos tambores porque ya estoy bailando. Ahora, sobre lo que canto: yo hago pop,
pero digo que soy una cantante pop con un corazón rockero. Mis papás no son muy rockeros
que digamos. Yo le tomé gusto al bolero gracias a ellos, pero el primer cassette que tuve
en mis manos fue uno de Donna Sommers, luego vino Miguel Bosé, pero mi influencia musical
más marcada viene de un proceso de exploración motivado por mi amor a la música, como
cuando descubrí a Cat Stevens o a Janis Joplin, que podrían asociarse más a la época
de mis padres, porque tampoco son mis contemporáneos.
Shakira, que significa en árabe mujer con
gracia, nació hace 21 años bajo el signo de Acuario. Cree en el sentido sicológico del
horóscopo, mas no en el esotérico. Opina con Amado Nervo que el ser humano es el
arquitecto de su propio destino, pero acepta que meterse donde no la han llamado, como
ella acostumbra, es condición propia de su signo. De su madre, Nidia Ripoll, dice haber
heredado la intuición y una eterna preocupación por el dolor ajeno. Más que la pobreza,
lo que más preocupa a Shakira es la inconciencia social.
Creo que todos tenemos una responsabilidad con
nosotros. Que durante mucho tiempo nos hemos engañado pensando que este mundo ya no tiene
solución, que quienes pueden suministrarnos las soluciones a nuestros problemas son los
señores de saco y corbata que están allá en el senado, en el congreso, y no es
definitivamente así. Yo creo que cada cual, desde su ángulo, puede trabajar y aportar
muchas cosas valiosas a su sociedad. Tú como periodista, yo como cantante, el señor que
barre la calle, si la barre con la conciencia de que está permitiendo que el suelo que
pisen otros sea limpio y bello, para él y para los demás, y creo que si esa conciencia
social la tuviéramos todos, este mundo tendría la mitad de los problemas que hoy en día
tiene.
Por encima de la medicina, la sicología, el
arte, la filosofía y la antropología, que le gustaron, Shakira escogió siempre la
música. A los 10 años lo sabía. De vez en cuando todavía pinta o esculpe figuras en
barro. Cada actividad tiene su encanto, pero la música es su vocación. Escribir lo que
cante y cantar lo que escriba. Esa fue su decisión. Eso es lo que hoy la llena.
Me siento feliz de que Dios me haya dado esa
bendición, porque puedo comunicar y transformar. Porque la música es uno de esos
métodos inconscientes a través de los cuales la gente cambia. La gente se alegra y no
sabe por qué, y eso es lo más hermoso. No sé por qué estoy contenta
Shakira pone en primera persona una tercera que pueden ser todas escuché una
canción romántica hace dos minutos y no sé por qué estoy romántica y tengo ganas de
llorar y no sé por qué voy a llamar a ese hombre que me dejó plantada ayer y le voy a
decir que está bien, que lo perdono porque acabó de escuchar una canción en la
radio. Una canción que le transmitió un sentimiento más poderoso y fuerte que
ella. Eso es lo mágico, lo místico, lo misterioso de la música.
Te busqué
por las calles
en donde tu madre
en cuadros de Botero
en mi monedero
en dos mil religiones
te busqué
hasta en mis canciones.
Dónde estás,
corazón.
Con sus Pies
descalzos, Shakira arribó al ápice de la popularidad. Buena parte del mundo la
escuchó. Millones y millones de copias vendidas. Un centenar de premios y distinciones.
Si es por récords, ningún músico nacional ha acumulado tanto en el horizonte universal.
Mucho menos en tan poco tiempo. Y con un sólo disco.
Pies
descalzos es un disco honesto y personal. Ese disco soy yo con mis virtudes, con mis
defectos, mostrando mi vulnerabilidad. Es un disco sensible, hecho con el corazón y con
la más hermosa de las ingenuidades. Es un disco ingenuo.
La vida te da sorpresas. En 1994, lo que
llamamos el país nacional había conocido a Shakira como actriz, en el papel de Luisa
María, en la telenovela El oasis. Pero entonces
el ojo de la crítica (si hay una crítica con ojo) que desconocía sus canciones y su
esfuerzo, no quiso fijarse tampoco en sus condiciones histriónicas sino en su derrièrre, y la hizo elegir por el público con el
ofensivo título de La cola del 94. Ofensivo, porque nadie es capaz de asumir
ese honor. No se trata de un título sino de un apodo. De todas maneras, mi reflexión de
cronista es tardía. Aquella tarde, como entrevistador, el humor era otro y le pregunté
guasonamente a Shakira si semejante premio le había parecido justo. Ella capturó al
vuelo la ambigüedad de mi pregunta.
Justo sí, porque en verdad yo era la que más
cola tenía entre las concursantes, pero uno como artista a veces se sacrifica por
complacer al público, y el público me quería ver en ese concurso. La revista me
incluyó y en ese momento creí que debía ser complaciente y quejarme no podía. Mas,
ahora que lo analizo, creo que me pasé de complaciente. No me siento orgullosa de que me
hubieran incluido en ese concurso. Creo que es parte de mi proceso de aprendizaje y sé
que una cosa así no volverá a sucederme. Por lo menos, no permitiré que me suceda. Me
hubiera gustado que resaltaran otras cualidades que tengo, un aspecto de mi personalidad y
no una parte de mi cuerpo como la cola, los pies o las piernas...
Doce años atrás, el profesor de canto en el
colegio La Enseñanza no dejaba entrar a Shakira Isabel en el coro de la institución y
algunas amigas de la niña Mebarak asociaban su maravilloso vibratto vocal con el berrear
de una chiva.
Como a los ocho o nueve años los niños suelen
tener la voz blanca, como se dice y mis compañeritas esperaban que yo cantara suavemente,
tenue, romántica, tierna, como cantan todos los niños a esa edad. Pero mi voz era algo
así como la de Pedrito Fernández, por decirte algo, una voz con mucho vibratto y con
mucha potencia. Eso a ellas les causaba mucha gracia y aún hoy día hablamos de eso y nos
burlamos, porque son las mismas amigas que crecieron conmigo y todavía conservo. El
profesor de canto decía que mi voz era demasiado fuerte, que iba a desarmonizar el resto
del coro. Nunca me dejó cantar y yo sufrí mucho. Frente a ellos defendía mi voz pero me
iba a la casa a llorar. ¡Qué tal si en esos momentos no hubiera tenido el apoyo de mis
padres! Después empecé a concursar y a traerle los trofeos al profesor y se los mostraba
así en la cara y cuando comencé a tener nombre, saliendo en uno que otro artículo de
periódico, entonces ya ahí sí él quería que entrara al coro, pero no. Nunca hice
parte del coro del colegio. Después todos se convencieron de que era bueno conservar la
técnica del vibratto. Si mi voz no tuviera vibratto no tendría el sello personal que hoy
creo tener.
Shakira revela que el ochenta por ciento del
contenido de sus canciones es autobiográfico. Experiencias y razonamientos propios. El
resto, la vida de otros que llaman su atención, que la hacen sentir y escribir. Pero su
narrador lo conjuga casi todo en segunda persona. Shakira le canta al otro, a su ser
amado. Antología, por ejemplo, es muy personal,
pero Estoy Aquí es apenas solidaria con lo que
vivió un amigo. No obstante, aquel ochenta por ciento ratifica una certeza: ella es una
mujer romántica. Una romántica que se enamora, y se desenamora, con facilidad. Me entero
que escribió la letra de Dónde estás, corazón en quince minutos.
Lo hice yo creo de la desesperación que uno
puede sentir en algún momento, cuando se encuentra enamorado. Quizás en ese instante me
encontraba enamorada.
Le pregunto si sus noviazgos son tan rápidos y
me dice que no. Que sus novios como que se amañan con ella y no la quieren soltar.
Entonces la que se suelta es otra.
Es que yo idealizo mucho el amor y espero no
equivocarme porque sigo aún insistiendo en esa noción del amor que tengo. Al hombre con
el que espero estar algún día el resto de mi vida lo concibo como alguien que piense en
mis intereses, para que yo también pueda pensar en los suyos y así preocuparnos cada uno
por el otro, mutuamente. Pienso que eso es lo que se va perdiendo con los años. Se tienen
confianza y ya ninguno de los dos cede. Se olvidan de agradarse y complacerse. De seguir
conquistando a la otra persona. Entonces es cuando el amor empieza a desmoronarse como un
castillo de naipes...
Quizás nos enamoramos sin amar me
aventuro a decirle.
Yo creo que me he enamorado y creo haber amado,
pero aún no con A mayúscula. El amor que me gustaría experimentar algún día es ese
que da sin esperar recibir nada. Y yo siempre espero. Un amor como el de una madre:
incondicional. Quizás cuando tenga un hijo sentiré ese amor, pero me gustaría vivirlo
sentimentalmente en pareja. Algún día. Veremos si sucede. Amar, confiar tanto en una
persona que sin esperar recibir nada, ya esté dando lo que tú algún día
soñaste.
Mío será el esmero, pero suyo el
elogio.
Ella, argumento de sí misma, excede
lo que pueda repetir un vulgar papel.
WILLIAM SHAKESPEARE
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