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FIORILLO, Heriberto. Nada es mentira.
© Derechos Reservados de Autor
VIDA EN EL JUMBO DE LA MUERTE
¿S
ección de fumar o no fumar? preguntó la
despachadora, inexpresiva, sin levantar los ojos del tiquete aéreo.
De
no fumar, por favor contestó el pasajero de turno, Hugo Bernal Cortés, al otro
lado del mostrador, mientras colocaba su maleta encima de la rampa del equipaje.
En el diagrama que tenía sobre la mesa, la
muchacha reparó los números y la ubicación de los asientos dentro del avión. Por fin,
tecleó el 47F en la pantalla de su terminal y alargó el pasabordo a su interlocutor, que
lo guardó en seguida, junto con otros papeles, dentro de un bolsillo interior del saco.
Muchas
gracias añadió Bernal, como por costumbre, sin imaginar el verdadero y postrer
sentido de aquella frase.
Atraída por el golpe seco y singular de sus
zapatos (mediasbotas con tacón cubano), la despachadora se le quedó mirando entonces y
le vio caminar en ellos rumbo a la salida 1 del aeropuerto Charles de Gaulle.
Blanco, de baja estatura y algo grueso, Hugo
Bernal llevaba aquella noche del 26 de noviembre un vestido entero marrón, camisa beige
manga larga y corbata vino tinto. Había arribado casi cuatro horas atrás a París desde
Estocolmo en un 747 de la Air France y esperaba con impaciencia el vuelo 011 de Avianca,
que lo regresaría con rapidez a los brazos de su familia.
Con 32 años, ingeniero electrónico y empleado
de la Ericsson en Colombia, Bernal había tomado una especialización de cinco semanas por
cuenta de la empresa en la capital de Suecia y, ahora, ya concluída su misión, sólo
quería volver a casa.
En principio, sus planes habían sido otros. Su
mujer iba a viajar en esos días a encontrarse con él en algún lugar de Europa para
conocer juntos varias ciudades del Viejo Continente, pero Bernal empezó a pensarlo mejor
y concluyó que el costo era demasiado alto para el escaso tiempo que tendrían, así que
llamó a su señora por teléfono, le explicó sus razones y canceló la gira, prometiendo
regresar lo más pronto posible a Colombia. Entonces fue a una agencia de viajes en
Estocolmo y pidió cupo en la conexión que lo trasladaría más pronto a Bogotá. El
Boeing de la Air France lo dejó en París, donde esperó el avión de Avianca que iba a
llevarlo, tras una pequeña escala en Madrid, a la capital de Colombia.
A Bernal, el aeropuerto parisino lo intimidaba.
Allí no había querido comprar nada, aparte de un par de muñecas y un juego de platos en
miniatura para sus sobrinas. El terminal era tan grande que, para no perderse, decidió
seguir a cuatro parejas de suecos que venían también rumbo a Colombia.
Una azafata rubia y madura, vestida con el
tradicional traje de la aerolínea, de color lila y florecitas, le ha señalado su asiento
allá al fondo, a dos puestos de una ventana.
Bernal lleva cuatro años montando en avión. La
primera vez se sintió extraño pero luego se fue acostumbrando y aprendió a reconocer
casi todos los movimientos de la nave durante el vuelo. Su oficio le ha llevado a visitar
distintas ciudades colombianas y las capitales de México, Argentina, El Salvador y otros
países de Latinoamérica. A Suecia había arribado el 22 de octubre pasado.
El despegue del 011 de Avianca ha sido anunciado para las
11:15 de la noche, pero algo lo está demorando. Sus pasajeros tuvieron que esperar ya
como una hora en el estante 4, mientras despachaban otra aerolínea repleta de africanos
con exceso de equipaje. Y fueron testigos del alegato en escándalo de dos israelíes que
no lograron subir al avión de Avianca. Con ellos, la despachadora fue imperturbable.
Ustedes
no reconfirmaron sus tiquetes les dijo. Y los dejó en París.
La verdad es que el HK 2910 de Avianca arribó
desde las 3:15 de la tarde a París, pero fue demorado a la espera de 57 pasajeros que llegaron de Francfort y que
debieron viajar a Colombia desde Alemania en otro avión de Avianca, aún en reparación
dentro de los hangares técnicos de la KLM en Ámsterdam. Estos pasajeros han sido traidos
en un vuelo regular de Lufthansa y se han sumado a los 115 que, como Hugo Bernal,
abordaron el 011 en la capital francesa. Dos vuelos de Avianca en uno. Los tripulantes del
otro aparato viajarán en este como pasajeros.
Una azafata del 011 ha pedido veinte minutos
más de paciencia por los altoparlantes del avión mientras un español residenciado en
Suecia se acomoda junto a Bernal y el resto de los pasajeros venidos de Francfort toma sus
asientos. El tiempo ha transcurrido con lentitud. El avión despega.
Yo sentí
de todas formas algo muy extraño dice Bernal cuando arrancó ese avión. No se lo manifesté a nadie
en ese momento, pero lo sentí. Pensé que era una cosa nada normal, porque primero se
inclinó un poco hacia la derecha y luego corrigió en seguida. Este es un 747, me dije,
un avión fuerte y estable, que no se ladea tan fácilmente. Después, al normalizarse el
vuelo, aquel detalle se me olvidó.
Una semana atrás, Elizabeth Neger había tenido
en París un mal presentimiento, el relámpago mental de un incendio que sólo había
compartido con su marido, Patrick, ahora a su lado en la fila 31, junto a sus dos hijos,
Cathy, de cuatro años y Ludovic, de apenas once meses. La familia viajaba a Bogotá, a la
casa de los padres de Elizabeth, con quienes pensaban celebrar pasado mañana,
precisamente, el segundo cumpleaños del pequeño Neger.
Elizabeth se muestra nerviosa. Ludovic dormita
en sus brazos y Cathy ocupa el asiento junto a la ventanilla, del lado izquierdo de la
nave. A los 45 minutos de viaje la situación es normal. En uno de los puestos traseros,
más allá de las alas, viaja Carmen Navas, una economista venezolana de 31 años, que
reside en Francfort y está casada con un alemán de apellido Gorlich. Carmen viaja a
pasar la Nochebuena con sus familiares en Caracas y charla durante el vuelo con un
estudiante de geofísica que regresa a Colombia después de haber seguido un curso de
sismología en Alemania. Carmen no tiene hijos. Su esposo habrá de reunirse con ella el
próximo lunes en Caracas.
Los auxiliares de vuelo sirven la comida. Carne
o pescado. También jamón, licores, café y bizcochos. Hugo Bernal, el bogotano de la
47F, pide sólo coca cola y tostadas. Se siente mal del estómago. Las salsas excesivas de
la cocina sueca le han complicado el aparato digestivo, quiere cuidarse y prefiere
entonces darle un vistazo a la revista El Mundo al
Vuelo de Avianca, en la que anuncian la película Herencia de Valientes para el trayecto
Madrid-Caracas. Un artículo de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, publicado
allí, se titula El tiempo todo lo cura y, entre artículos varios sobre Santa
Marta, San Blas y algunas miniaturas, se deja leer un verso agradecido de la poetisa
boliviana Yolanda Bedregal, que dice: Si quieres mirar al mundo, desde los cielos
azules, donde la angustia se achica y se agranda la esperanza, trépate a una nube blanca
sobre las alas de Avianca.
En el jumbo viajan ciudadanos de varios países. Cinco
parejas de suecos llevan el propósito de adoptar niños colombianos, también va una
excursión de italianos a Machu-Picchu y varios escritores y críticos latinoamericanos
(Manuel Scorza, Jorge Ibargüengoitia, Marta Traba y Ángel Rama) con destino a un
encuentro sobre la hispanidad que celebra Bogotá. El alboroto de los niños que corretean
de manera intermitente por el avión, compite con la música estridente de los
altoparlantes.
El 011 atraviesa territorio español.
Señores pasajeros interrumpe
la dulce voz de una auxiliar dentro de
contados instantes estaremos aterrizando en el aeropuerto internacional de Barajas-Madrid.
Les rogamos abrochar sus cinturones de seguridad, colocar en posición vertical los
espaldares de sus sillas y no fumar hasta tanto el avión haya detenido completamente sus
turbinas en plataforma. A los pasajeros que se quedan en Madrid, el capitán Tulio
Hernández y su tripulación confían en que hayan tenido un feliz vuelo...
En su silla, Carmen Navas no encuentra el
cinturón de seguridad. Una azafata le descubre con simpatía que se ha sentado sobre él.
Otras dos auxiliares que conversan toman asiento frente a los puestos de los Neger,
abrochan sus cinturones y se preparan para el descenso. Patrick, que es policía en su
país, se lamenta de no haber traido una novela de Simenon para repasarla durante el viaje
y habla del inspector Maigret con una de las auxiliares.
Noté que
el avión descendía a gran velocidad recuerda. Las azafatas charlaban animosas. Nuestros asientos
estaban junto a una de las puertas de emergencia. Creo que al primer impacto, que fue
leve, levantó a las azafatas de sus puestos. Elizabeth me gritó que había fuego en una
de las alas del avión. Entonces todos nos acurrucamos, apretando a nuestros hijos, cerca
de la puerta...
Yo venía
conversando dice Hugo Bernal con el
español y oímos de pronto algo por los altavoces. Algo que no debió ser alarmante o no
juzgamos de importancia porque seguimos conversando. Sentí sí que el avión iba un poco
acelerado. Empezó a balancearse de un lado para el otro. Soy católico y siempre, antes
de cada vuelo, rezo mentalmente, hago una especie de conversación con Dios, como si fuera
un amigo. Cuando sentí el primer impacto, creí que estábamos aterrizando, pero vi luego
las llamas en el ala. Entonces me abracé con desesperación al asiento delantero y le
gritaba a Dios en mi pensamiento: No, Dios mío, no puedes quitarme la vida de esta
manera. No así.... Entre un impacto y otro transcurrieron dos o tres segundos. Yo
pensaba en mis hijos.
A escasos 45 segundos de tocar tierra en la
pista 33, la principal del aeropuerto de Barajas, el jumbo 747 de Avianca perdió altura,
golpeó rodando el tren de aterrizaje sobre una loma, en medio de la densa oscuridad de la
noche sin estrellas y fue a dar a un segundo promontorio que lo recibió de costado, con
un motor en llamas hecho pedazos.
La voltereta de la enorme nave fue colosal,
espectacular. Dio casi una vuelta completa sobre su nariz y cayó de espaldas, trenes
arriba, partiéndose en cuatro partes, estallando...
Sentí que
aterrizábamos -dice Patrick no sobre
una pista lisa, sino sobre un terreno fabricado en piedra. Después dio la impresión de
que el avión se volvió a elevar. Fueron dos o tres segundos y luego se produjo un ruido
brusco, terrible, una explosión que rompió la puerta de emergencia y me sacó disparado
por los aires mientras una lluvia de proyectiles golpeaba mi cara y mi cuerpo. Creo que
entonces perdí el conocimiento...
Un grito desgarrador y colectivo es apagado
brutalmente en la desolada negritud por un nuevo golpe, el más violento de todos. Ese
jumbo, esa nave arrogante que había sido diseñada para saltar con ventaja desde un
continente a otro, no había tenido ni fuerzas para brincar aquel pequeño promontorio de
pocos metros. Estaba herido de muerte. Luego vendría el desastre, el relámpago final.
¿Cuánto tiempo
transcurrió? se pregunta Hugo Bernal. ¿Dos segundos? ¿Diez minutos? De momento me quedé
como atontado, pero cuando recuperé la conciencia me hallé suspendido boca abajo con mi
cinturón de seguridad. Parecía estar colgado del techo, pero no era el techo sino que el
avión había dado la vuelta. En aquella posición extraña me di cuenta de que había una
ventanilla como a la altura de mi pie. Vi el vidrio del fondo medio roto. Entonces, sin
dudarlo, comencé a darle patadas al plástico, con los tacones de mis zapatos. Logré
vencer la resistencia de la placa, agujereándola. Pero había mucho humo a mi derecha y
aún no estaba yo afuera. Me bajé al nivel de la ventanilla, temiendo asfixiarme, y
terminé de destrozar la ventana de salida...
Cuando
volví en mí, me encontré en mitad del campo cuenta Patrick, había trozos
del avión e incendios por doquier. Creí que todo era parte de una pesadilla y enterré
las manos en la arena blanda para convencerme de que estaba viviendo una realidad.
Entonces caminé en dirección al avión, llamando a mi esposa: To! ¡To!,
grité, ¡¿Dónde estás?! y vi la silueta de una mujer que me contestó a lo
lejos: ¡Aquí estoy!... ¡Aquí!.... Vi a su lado a dos niños, ¡que eran
mis hijos y que también estaban vivos...! Eran ellos. Llevaban todavía sus pijamas
puestos. Eran mis hijos. Y corrí a abrazarlos. Desconcertado, los tomé de la mano y
comenzamos a alejamos de allí. Aquello no tardaría en explotar. Escuché el llanto de
otra niña y pude descubrirla, aterrorizada, entre los restos esparcidos del aparato...
Metí un brazo por
la ventana narra Bernal y luego la
cabeza. Después con grandes esfuerzos el otro brazo. En ese momento el fuego estaba muy
cerca de mí. Al borde de la asfixia pero también sobreviviente de la tragedia,
Carmen Navas encuentra a Hugo Bernal dándole patadas a la ventanilla y se le acerca. El
le grita y ella le ayuda un poco. Pateando y empujando, Hugo se escurre hasta el exterior.
Carmen Navas lo sigue, pero camina en otra dirección, hasta que se topa con un auto de la
policía. Estaba como en otro planeta, diría después. Sólo alcanzaba
a repetir: "7-4-7...7-4-7..."
Mientras tanto, con el temor de que el jumbo
estallase antes de él encontrarse a salvo, Hugo Bernal echa a correr sin rumbo fijo y cae
en la oscuridad tres o cuatro veces. A unos doscientos metros del siniestro y después de
haber sentido varias detonaciones a sus espaldas, Bernal decide sentarse en el suelo. Las
llamas iluminan el pasto y la arena. En la hondonada sólo queda parte de la cola, del
fuselaje y del tren de aterrizaje. El resto se ha desprendido como papel de adorno en el
camino, entre explosiones que hieren y causan muertes. De pronto, Bernal ve sombras que se
mueven y descubre a los Neger. Los niños lloran. Ludovic, el pequeñito, tiene el pijama
bañado en sangre y una herida profunda a la altura de la nuca. En todos hay quemaduras y
cortadas. Bernal se echa en brazos a Billitis, una niña recién hallada por Patrick. Sus
padres acaban de morir en el accidente. Así, Patrick, Bernal y Elizabeth, cada uno con un
niño a cuestas, continúan alejándose del sitio, hasta que son tropezados felizmente por
carros de la policía. Cuando Bernal llega al hospital y se somete al primer chequeo
médico, nadie entre los expertos puede explicarse cómo ha logrado resultar ileso. No
tiene un rasguño. Ni uno solo. Y apenas le duele el cuello. Por eso le darán de alta y
él no atinará sino a quedarse ahí de pie, a las puertas del hospital, esperando por los
demás sobrevivientes. Serán once en total y al verlos entrar, Hugo Bernal sentirá que
como ellos ha vuelto a nacer. Entonces pensará en sus hijos, en estar pronto a su lado y
abrazarlos.
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