CAPITULO XXV
SE ACERCA EL FIN
SUMARIO-.
|Con alas de cucaracha. Maravilloso encadena miento
de causas y efectos. "De caballo de regalo a rocín de
molinero". Alimentación mutua. Cómo expío todos mis
pecados de vanagloria. Veo a Merengue. Un remedio peor que la
enfermedad. Empresa de transportes.
Se dice en mi tierra que se hace una cosa
|con alas de
cucaracha cuando, para hacerla, no se echa mano de los
elementos o materiales debidos, sino de otros supletorios y
acomodaticios, o viejos, o de desecho, que no cuesten dinero o que
cuesten menos que los nuevos y más adecuados.
Con alas de cucaracha había establecido su
|agencia de
carruajes un don Alipio, menos conocido por este nombre que por
el apodo de
|Maravillas, con el que se le designaba tan
generalmente, que muchas veces oí a personas rústicas dirigírsele o
mentarlo, llamándolo
|don Maravillas; y a otras de más
cuenta, decirle
|señor Maravillas.
Había conseguido un ómnibus que pasaba por de los primeros que
fueron importados de los Estados Unidos; pero del que no podría
probar su identidad, pues entre las piezas que actualmente lo
componían, no se hallaba una sola de aquellas con que había salido
de la fábrica, ni había dos que se hubiesen estrenado en un mismo
carruaje.
Juntamente con el ómnibus campeaban en la flamante cochera tres
cosas que, a falta de nombre adecuado, eran designadas con el de
|coches, y cuyas piezas, lo mismo que los arneses
correspondientes, se veían siempre remendadas o aseguradas
provisionalmente con pedazos de rejo y con cordezuelas; y digo
|provisionalmente, porque cada amarradura debía ser
reemplazada por otra de laya igual en cuanto acabaran con ella el
tiempo y el uso, que todo lo destruyen.
Como era regular, las bestias de tiro de la empresa maravillesca
concordaban en edad y en calidad con el
|material
rodante.
Cómo se enlazan a veces los sucesos, viniendo unos a ser causa
de otros con que no parecen tener ni la más remota conexión! La
chambonada de la señora aquella que se montó en el coche sin
cochero fue causa de que a mí me hicieran correr desaforadamente;
las desaforadas carreras lo fueron de que yo enfermara; mi
enfermedad me puso enteco; y mi extenuación fue motivo de que don
Borja me vendiera y de que me vendiera por un precio de los que le
acomodaban al señor Maravillas.
Héteme, pues, en poder de este empresario, y revuelto, como lo
había estado allá en la flor de mis años, en el hospital que
sostenía don Cesáreo, con una manada de bestias inválidas o
caducas. Todas ellas estaban desmedradas y macilentas y todas
matadas en el pecho por obra de los collares demasiado grandes que
se les hacía llevar, gracias a la impericia de don Alipio y de los
mozos a quienes habilitaba de cocheros.
Siendo malos los caballos y estando faltos de vigor, no se les
hacía andar sino a poder de latigazos, con lo que iban
desmejorándose más cada día y perdiendo la mucha o poca disposición
que tuvieran para el desempeño del oficio. Sucedía que un caballo
de algún brío que había empezado bien, era enganchado con otro que
no quería o no podía tirar; entonces venía sobre entrambos la
granizada de azotes, de que resultaba que el menos malo se volviera
tan malo corno el peor.
Apenas se efectuaba una correría por la ciudad o un viaje fuera
de ella, sin que los caballos asustaran y desazonaran bravamente a
los que iban en el carruaje y divirtieran a los ociosos,
resistiéndose a caminar, sacudiéndose y haciendo desatinos, si el
cochero los vapuleaba.
Cuando el viaje era largo, don Alipio despachaba con el carruaje
un muchacho montado en uno de los peores caballos, el cual muchacho
arcionaba cuando la pareja resistía a arrancar o a seguir andando.
Esta operación se practicaba enganchando el rejo de enlazar en la
lanza y
|tirando a la arción hasta que el carruaje empujaba a
¡os caballos, los cuales, no sintiendo la resistencia del vehículo
y sí los azotes que arreciaban, solían ponerse en movimiento, y
siempre lo hacían a saltos y con ímpetu desordenado.
Cuando sobrevenían adversidades como las que llevo dichas, los
viajeros la tomaban con el cochero; y éste, o se encerraba en una
diplomática reserva, o gruñía excusas con el aire de la mayor
displicencia. Hacían, además, firmes propósitos de buscar a
Maravillas para decirle los nombres de las pascuas; pero él, como
sentía tranquila la conciencia, tenía buen cuidado de no ponérseles
delante a los agraviados hasta que ya se les hubiera evaporado la
corajina.
Muchas zurribandas tuve que sufrir yo mismo, y pasé mil veces
por el sonrojo de ser tenido por caballo resabiado; pues, aunque
nunca lo fui, el vulgo tenía que reputarme como tal, siempre que mi
compañero se obstinaba en no tirar.
Tengo que hacerme violencia para referir el lance que más me
humilló y de que con más vergüenza hago memoria.
Tocóme un día ser enganchado a uno de los armatostes que, al
rodar sobre el pavimento de las calles hacía el mismo desapacible
estrépito que habrían hecho sus piezas, si, disgregadas y echadas
en un gran zurrón hubieran sido arrastradas por un breñal.
Mi compañero era quizá el de peor trapío entre los de la manada.
Tenía enorme cabeza, y cuello corto y tenue, con crines que, en la
parte inmediata a la cruz, habían sido cortadas y se erguían tiesas
a casi un palmo de altura.
Había sido mohino claro; pero hacia el vientre y los ijares se
había desteñido y había quedado de color de hoja seca. En las
costillas y en la grupa la peluda piel le caía sobre puros huesos,
y sin embargo, tenía la barriga inflada y voluminosa. Parte de las
cerdas de la cola descendía hasta el suelo, y otra parte se le veía
recortada y formando escalones.
Haciendo un paréntesis comunicaré al lector la explicación que
el mismo mohino me había hecho del modo como había perdido ciertas
porciones de la cerda del cuello y del rabo.
-Estuve, me decía, por algunos días en uno de los potreros de la
hacienda llamada
|La Estanzuela, que parte límites con el
área de la ciudad. Allí me encontré en compañía de más de
doscientas bestias, muchas de las cuales eran mulas calentanas.
Estas se me fueron arrimando, y llegaron a gastar conmigo tanta
llaneza, que se entretenían en comerme la cerda. Lo propio les veía
hacer con otras bestias, a las que dejaban de la vista de Judas.
Por supuesto que muchas de las trasquiladoras eran a su vez
trasquiladas.
-Ahora advierto, dije entre mí, qué es lo que significa un dicho
que oí repetir hace tiempo y que atribuyen a un señor de mucho
ingenio:
|La Estanzuela es un establecimiento de alimentación
mutua.
Ahora vuelvo a tomar el roto hilo de mi narración.
En el fementido carruaje mi astroso compañero y yo traíamos del
campo una familia compuesta de dos viejas, un señor muy feo y una
señora coloradota, exuberante y llena de cintajos y arrequives,
quien, desde que entramos a la ciudad se estaba esforzando
desesperadamente por hacer callar a un chiquillo que traía, y que
chillaba como un endemoniado. En el pescante, acompañaba al cochero
una criada que traía dos pajaritos enjaulados.
En ese mismo día, y a esa hora misma ¡coincidencia fatal! se
verificaba por las calles que conducen a la Plaza Mayor, por las
más principales y públicas, un aparatoso desfile de coches con que
se solemnizaba la entrada de un personaje de mucho viso. Los
balcones estaban engalanados y rebosaban de gente, y por
dondequiera bullía la muchedumbre, que apenas dejaba paso a la
ostentosa comitiva. El aire estaba lleno de aclamaciones y de legre
música.
Ahora bien, o por mejor decir, ahora mal, el zopenco del
cochero, sin pensar en otra cosa que en ajustarse a las
instrucciones que había recibido acerca del rumbo que debía seguir,
nos llevó a desembocar en una de las calles susodichas; encontró la
bocacalle atestada de gente y empezó a pedir permiso para que lo
dejaran pasar. Muchos de los que allí estaban apiñados, eran gente
truhán y maleante que, por hacer una chulada, se empeñó en
conseguir que se nos abriese paso. Abriósenos y cuando menos lo
pensábamos nos vimos arrollados por los coches de la procesión,
cuatro o seis de los cuales habían pasado ya. Atrás venían otros;
así fue que quedamos incorpora dos en la pomposa hilera.
No bien nos vio allí la alboratada chusma, prorrumpió en gritos,
en risotadas y en silbidos atronadores. Todas las miradas se
apartaron de los elegantes carruajes y de las gentiles parejas de
caballos, para clavarse en nosotros.
Con el largo ajetreo y el ayuno de aquel día, ya no podíamos con
el rabo; y el cochero, para hacernos andar, aun a paso de
procesión, tenía que descargar sobre nosotros una granizada de
sonoros latigazos, que, por sí solos, habrían sobrado para llamar
la atención del grotesco grupo, que, con sus atalajes, formaba la
vetusta máquina.
Los aplausos burlescos y los dicharachos a que daba ocasión la
presencia de la india del pescante con los pajaritos, dominaban
todos los otros rumores que henchían el aire; pero, a intervalos,
se alcanzaba a oír a la criaturita, que, más sobreexcitada por todo
aquel belén, berreaba como un becerro.
La turba despiadada, ansiosa de bureo y de pábulo para la risa,
asaltaba el estribo y las ventanillas, escudriñaba el interior de
la caja, y hacía descomedida y oprobiosa irrisión de los cuitados
viajeros.
Y no hubo remedio. Penetrar por entre el gentío para cruzar la
calle y tomar otro rumbo, era más arduo que atravesar una muralla.
Fue preciso seguir el desfile y llegar a la Plaza, en la que una
muchedumbre incontable aguardaba a la comitiva. Viósenos allí de
golpe y estalló un concierto de tempestades.
Allí, allí mismo, había yo, en otro tiempo, alternado con los
bridones más soberbios; y, esponjado y desvanecido, me había
esforzado por ostentar las prendas que me adornaban y otras más de
que, en mi presunción, imaginaba estar dotado.
Haciendo este mismo viaje, que tan ignominioso remate tuvo, al
atravesar la plaza de cierto pueblo, se me presentó un espectáculo
que me contristó profundamente. El Merengue, aquel Merengue al que
vi pasar largo días de holganza, mimado por sus amos, exento de
inquietudes y gordo como un cebón, pasaba por dicha plaza cargado
con dos barriles de agua. Como yo nunca lo había visto amarrido y
demacrado, me habría sido imposible conocerlo si las manchitas
blancas que le agraciaban la cara no lo distinguieran tan
notablemente. A él lo iban arriando con un zurriago, y yo no podía
detenerme; lo saludé con un relincho, él me correspondió, pero creo
que no pudo conocerme. ¡Qué no habría yo dado por conversar con él!
¡Qué gratas ausencias no habríamos hecho de aquel amigo que temo no
volver a ver!
Por aquellos mismos días enfermé de un ojo, gracias a un
latigazo que en él había recibido. Cuando Don Alipio lo echó de
ver, trató de curarme introduciéndome en el ojo enfermo unos
polvos, colocándolos en un tubo y soplando. El primer día no opuse
resistencia; pero como la tal medicina me había causado escozor, la
segunda vez que intentaron aplicármela, me rehuí, tiré del cabestro
y me levanté de manos. Esto dio ocasión para que yo conociera un
tormento que no había sufrido jamás y que les había visto padecer a
varias bestias. Me echaron acial. Me tomaron el labio superior, me
lo introdujeron en la argolla de rejo de un zurriago y le dieron la
vuelta al palo, con lo que aquella sensibilísima parte de mi rostro
quedó tan apretada, y yo tan supeditado, que bien hubieran podido
quemarme a fuego lento sin que me sacudiera. Al otro día rehusé el
remedio y no me dejé tomar el labio; y entonces, como me habían
asegurado el labio con la argolla del zurriago, me aseguraron una
oreja.
Fue en vano que me atormentaran, porque la pupila me quedó
cubierta con una nube.
¡Tuerto, tuerto, tuerto! ¡Tuerto yo!
Habría preferido dos lectores saben muy bien por qué) quedarme
ciego, sordo, desorejado, cojo, manco, muerto. ¡Sí! ¡hasta muerto y
devorado por los gallinazos y los perros!
En la empresa de Maravillas todo iba en decadencia. Iban en
decadencia los sedicentes coches, y tan en decadencia, que ya los
carroceros habían declarado que no les cabía remiendo ni
composición; íbamos en decadencia los caballos, que amén de estar
decrépitos y quebrantados, comiamos demasiado poco; iba en
decadencia el mismo Maravillas, que ya no lograba que el público
acudiera a su agencia sino en casos de extrema necesidad. Así fue
que él se vio en la de adoptar una nueva especulación.
Ha fundado
|El Progreso,
|Empresa Colombiana de
Transportes para dentro de la ciudad.
De los despojos de aquellos que antaño fueron ómnibus y coches
ha hecho construir carros, y ha destinado los caballos a acarrear
por las calles, en esos vehículos, tejas ladrillos, madera, fardos,
muebles y todo lo acarreable.
¡Adiós buda! ¡Adiós anteojeras! Aquella ha sido reemplazada por
un afrentoso cabezal de fique; éstas serían ociosas: por más
espantado que me sienta, ya no puedo ni rehuírme ni desbocarme:
¡ojalá estuviera para tales lozanías!
Ayer vi un mozallón que ha sido constituído superintendente de
|El Progreso, y me dije: "Yo he visto esa cara,
¿pero dónde y cuándo?" Al cabo advertí que era Juan Luis,
el antiguo criado del señor Avila. Me costó trabajo conocerlo,
porque ha pelechado: ha echado bigote y ha echado pañuelo colorado
al cuello, ruana de paño y botines que sólo calza los días de
gala.
Por causa diametralmente opuesta a la que me estorbó conocer
presto a Juan Luis, a éste le costó trabajo conocerme a mí. Yo soy
ahora tuerto y estoy macilento y en la espina. Mi piel es ya blanca
como la del armiño, a lo menos en las partes de ella en que no
negrean calvas y lacras; tengo los ojos soñolientos; lacio y
pendiente el labio inferior; me falta casi toda la cerca del tupé y
de la raíz de la cola; el cuello se me ha atenuado y aparentemente
alargado.
De cada carro de los de
|El Progreso tira una sola bestia.
Como todas las de don Alipio, somos ya reputadas por de desecho;
como ninguna tiene qué perder, como los conductores son zafios
gañanes admitidos al servicio de Maravillas sin más condición ni
requisito que no ganar salario crecido; como el trabajo en que se
nos ocupa excede a nuestro aliento; y como, para masticar con las
ya deterioradas dentaduras los secos, malos y escasos alimentos de
que se nos provee, no podemos disponer de otras horas que de las de
la noche, siento que todo esto va a acabar pronto, y será lo
mejor.
Hoy he arrastrado un carro cargado de maderos pesadísimos, que,
saliendo por delante de la caja, me han obligado a llevar la cabeza
inclinada hacia el suelo, y me han magullado las caderas. He subido
con el carro desde la parte más baja hasta la más alta de la
ciudad. La fatiga y la flaqueza, así como las escabrosidades de las
calles, me han hecho ese trabajo excesivamente penoso. En una de
las calles más pendientes han abierto zanjas y han esparcido
piedras grandes. Allí me he detenido ya exánime y hasta he
retrocedido cediendo al peso del carro.
Los movimientos irregulares y mal dirigidos han hecho varias
veces que una rueda quede hundida en una excavación, o el carro
atravesado en la calle. Los transeúntes han puesto al conductor
cual no digan dueñas, y él se ha desfogado blasfemando,
denostándome y dándome azotes, palos y punzadas. Repetidas veces,
sintiendo las agonías de la muerte... doblando las rodillas.