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CAPITULO XXIV

DE CAPA CAIDA

SUMARIO-. |Una boda. La trata de bestias. Cómo descubrí cuándo es lícito mentir y quitar lo ajeno. Cambio de profesión. Disgresión retrospectiva. Mi nueva carrera de estudios termina a la carrera. Soy rebautizado. Mi compañero oficial. Está en un tris que me cure del coleo. Una de mis prendas se trueca en defecto. Dos tragedias. Comienzo a decaer. Néstor (alias, "el Mocho").

Todo pasa, y como pasa todo, pasó la peregrinación a Chiquinquirá y pasó tiempo suficiente para que quedase olvidada y para que aquello de los amores de Jeremías llegase a su última sazón. Por más señas, yo llevé a Rosita a la iglesia el día del casorio, tan |aseñoritada y tan peripuesta cual no la había visto nunca. Fue porque nunca se había propuesto su madrina, como se lo propuso entonces, repulirla y emperifollarla con lo mejorcito que la parroquia podía dar de sí.

Aquella época de mi vida fue señalada por las tentativas de venta o enajenación, y por los conatos de compra que repetidas veces me pusieron a dos dedos de mudar de dueño.

Testigo de las conferencias, negociaciones, propuestas y regateos que tuvieron lugar en diferentes ocasiones; de los elogios, algo más que exagerados, que de mí hacía mi amo; de las relaciones poco ajustadas a la verdad con que daba a entender a los que trataban de comprarme, que por mí habían ofrecido el oro y el moro, vine a enterarme de una particularidad que me chocó infinito.

Don Bernabé era un hombre bueno, bueno como el pan, que pagaba puntualmente cuanto debía, que velaba a fin de que en su casa reinasen las buenas costumbres, y que se complacía en prestar servicios y en socorrer a los desgraciados, siempre que el hacerlo no hubiere de costarle sensible menoscabo en sus intereses. Y sin embargo, siempre que se trataba de adquisiciones o enajenaciones de bestias, no hacía escrúpulo de decir mentiras ni de callar y disimular los defectos de los animales que vendía. No tengo para qué advertir que esto que observaba en mi amo, lo observaba en casi todos los que ventilaban con él alguno de dichos negocios, así como lo había notado en muchos tratantes de caballos.

Aunque la religión y la moral son cosas que no rezan conmigo, y creía poseer no escasas nociones de lo que ellas son, y tenía para mí que, si es malo mentir para una cosa, igualmente malo debía ser mentir para todas las demás; y que, si es malo privar a un hombre de lo suyo habiéndoselas como se las habían habido el Tuerto Garmendia y aquellos devotos de Gestas que pretendieron trasladarme a los Llanos, debía ser igualmente malo despojar a otro de lo que le pertenece, valiéndose de maulas y de trapacerías.

Acaso algunos de los vendedores se inclinaban a discurrir como yo, pues los oí vindicarse calurosamente cuando se les hacía el cargo de haber ocultado las roñas de los animales vendidos, asegurando que los habían puesto a la vista de los compradores; y aun afirmando que se los habían dejado montar. Dicho sea de paso, que esto no me satisfacía, porque si con ver la bestia o con servirse de ella por pocas horas, no se habían descubierto sus defectos, quedaba patente que éstos no eran de los que se advierten con sólo mirar o experimentar ligeramente al animal que adolece de ellos; de suerte que el vendedor, que no puede ignorar esta última circunstancia, engaña tanto mostrando y dejando probar la bestia, como engañaría si no lo hiciera.

En resolución, yo vine a persuadirme (y ésta fue la particularidad que me chocó) de que mentir, ocultar la verdad y quitar lo ajeno eran cosas malas, excepto en aquellos casos en que se trata de enajenar una bestia.

Tan de carrera iba el tiempo, y tan de prisa iba blanqueando mi pelo, que don Bernabé no ocultaba ya el ansia de deshacerse de mí. Yo llegué a acostumbrarme tanto a ser ofrecido en venta, que no bien veía que se me acercaba una persona desconocida, iba arriscando el labio para mostrar los dientes.

Por mí se habían ofrecido sumas de dinero, mezquinas unas y menos exiguas otras; unas a plazo y otras al contado; unas puras y otras mezcladas con valores tales como cargas de trigo o de maíz, bueyes, ovejas, arreos de montar, carros inválidos y hasta perros.

Finalmente, cuando menos lo pensaba, me vi en poder de un empresario de carruajes, llamado don Borja, y trasladado a un potrero que éste tenía en arrendamiento, y que distaba poco de Bogotá.

Sólo el lector que haya pasado de la clase de hombre civil a la de militar, o de ésta a aquélla; de la de sirviente a la de amo, o al contrario; de la de sacristán a la de garitero, o viceversa, puede hacerse cargo de lo radical del cambio que se efectuó en mi modo de vivir cuando fui convertido en caballo de tiro. Parecióme que había pasado a habitar un mundo nuevo, y que yo no era yo.

He conversado con caballos extranjeros, no solamente en la ocasión de que he hablado más arriba, sino en otras varias, y estoy informado de que esto de transformar de golpe y porrazo a un caballo de silla en caballo de tiro, como quien transforma en coronel a un notario, especuliaridad de nuestra tierra.

Parece que cuando en ella se generalizó el uso de los carruajes de alquiler, era arco de iglesia y empresa de romanos el conseguir una bestia de tiro y mucho más el educar un potro para ese oficio; merced a lo cual, se ocurrió al expediente de encomendárselo a los caballos maduros, ya traqueados y curtidos bajo la silla, los cuales, si no sobresalían por las prendas que deben distinguir a los de tiro, a lo menos se prestaban ser enganchados y a tirar del carruaje, haciéndolo rodar mal o bien en determinada dirección, sin que hubiera mayor peligro de un desbocamiento de los animales o de un desnucamiento de los racionales. Los caballos de raza, que comúnmente se manifiestan más dúctiles o acomodadizos que los de veta plebeya, han despuntado siempre más que éstos como bestias de tiro, cualquiera que haya sido el ministerio a que se les haya dedicado en sus primeros años.

El sistema primitivo se fue desenvolviendo con el tiempo hasta tal punto, que, para que un caballo fuera declarado idóneo para el tiro, no se exigía de él otra condición que la de que fuera barato.

Sucesivamente han ido mejorando las cosas, y llevan trazas de mejorar mucho más; pero el sistema primitivo no se ha abolido del todo, ni ha de abolirse mientras en la Sabana y en las comarcas circunvecinas haya caballos viejos o tan enfermos de los pies que ninguna persona pueda montados sin poner sus huesos en inminente peligro.

Veamos cómo fue mi estreno. Una tarde fui llevado a la casa en que mi nuevo dueño habitaba y guardaba sus carruajes. Allí se le presentaron una señora, ya cotorrona, y su marido, a solicitar un ómnibus para las siete de la mañana siguiente.. El ómnibus debía llevarlos a una población distante algunas leguas de la capital.

-Está bien, dijo mi amo; a las siete en punto tendrán ustedes el ómnibus a la puerta de su casa.

-A las siete muy en punto, dijo el caballero: mire usted que nos urge infinito partir a esa hora.

-Sí, señor: no tenga usted cuidado.

-Pero lo que más le encargo, intervino la señora, es que nos haga poner unos caballos bien mansitos.

-¿Como no?, mi señora. Todos los que tengo son muy mansos; y además escogeré para ustedes la pareja de más confianza.

-Sí, porque yo estoy fatal de los nervios, y cualquier susto me podría matar.

-Pierda cuidado, pierda cuidado, mi señora.

-Y que vamos con Carmelita y con todos los niños, y ya ve...

-Esté usted tranquila: cada uno de mis caballos es como una oveja.

No habrían ciado la señora y su marido veinte pasos después de despedirse, cuando don Borja llamó a un cochero y le dijo:

-Mañana tiene usted que irse con esa familia, y es bueno que probemos este rucio.

-¿Y si saliera pícaro, y fuera y rompiera el ómnibus?

-Nada: lo que hay que hacer es ponerlo con el |Cambalache, que ese no deja |despedir al otro; y usted vaya con cuidado.

-Pues, señor: al otro día a las seis y media de la mañana estaba yo enganchado con el Cambalache, que era un caballote de color indefinible, feo, huesudo, lanoso y de crines abundantísimas, enmarañadas y repartidas a la diabla hacia los dos lados del cuello.

Yo había visto cien mil y más veces caballos de tiro enganchados y trabajando; pero eso no fue parte a estorbar que yo sudara y temblara de afán aguardando el instante crítico en que, puestos en movimiento mi compañero y yo, habíamos de hacer venir sobre nosotros la espantable mole a que estábamos pegados, y de empezar a sentir el estruendo medroso de aquella máquina cuando rodara por sobre las desiguales piedras del pavimento.

El tener los ojos casi cubiertos por las anteojeras aumentaba mis terrores, pues imaginaba sorpresas y peligros que me amenazaban por los costados.

Estremecióse el carruaje, y yo me estremecí más al sentarse el cochero en el pescante; no supe de mí, y quedé tan entregado al ciego instinto como si aquella fuese la primera vez que me hallara en manos de hombres que trataran de emplearme en su servicio. No sé lo que pasó al principio, ni lo que hice, ni lo que fue de mí, sino cuando me sentí comprimido entre una pared y la lanza del ómnibus. La escena pasaba a cosa de cien pasos de la casa de donde habíamos arrancado. Estábamos rodeados de curiosos, y el amo regañaba desentonadamente al cochero y disponía lo que debía hacerse. Seguimos al cabo, pero yo andaba azoradísimo, daba corcovos y dejaba atrás el Cambalache, de lo que resultaba que fuésemos formando una curva. Para que tomáramos la recta el cochero azotaba al Cambalache, pero los trallazos me estimulaban a mí mucho más que a él, y el estrellamiento contra las paredes se repitió dos veces. Don Borja, que nos había seguido, ordenó al cochero que, no obstante que ya eran las siete y media, nos llevara a dar una larga vuelta, y esto, según toda verosimilitud, para que yo adquiriese en quince o veinte minutos los hábitos y la doctrina que se me debería haber infundido e inculcado en quince o veinte semanas.

El cansancio me hizo dócil a la rienda, y el cochero nos llevó a la casa de los viajeros, a eso de las ocho y media.

Dejo a la consideración del lector cuál sería el talante con que fuimos recibidos. El caballero, que estaba fosco como un animal montaraz recién cogido, puso al cochero y a su patrón como chupa de dómine, y el cochero le contestó con aspereza que la tardanza se había debido a que el caballo rucio había dado mucho que hacer. También dejo a la consideración del lector qué entrañas se les pondrían a la señora nerviosa y a la señora Carmelita al oir tan espantosa nueva de boca del cochero. Empezaron a pedirle explicaciones acerca de lo que de mí afirmaba, y él, que estaba torvo y bilioso con el tráfago de aquella mañana, con la repasata que el caballero le había endilgado, y sobre todo con oírse llamar |cochero | 1 (pues las señoras le dieron más de una vez este tratamiento), les contestaba a medias palabras y con todo el desabrimiento que cabe en las de un ganapán mal criado y peor humorado.

El caballero tuvo que sustituir a las persuasiones blandas con que al principio había procurado animar a las señoras a que montasen, otras expresiones más conformes con el humor que lo dominaba; y cuando al cabo hubo montado la familia, las señoras, con voz temblona rogaban a los vecinos que las encomendaran a Dios, e invocaban ellas mismas a toda la corte celestial.

El arranque no fue muy a propósito para tranquilizarlas. Cuando el cochero movió las riendas para hacernos partir, salí con demasiada viveza, y cuando me contuvo, me levanté de manos. No obstante el mal resultado de la primera prueba, el viaje se hizo felizmente, y con éste y otros dos en que arrastré un coche vine a quedar graduado de caballo de tiro. Entonces pensó el amo en ponerme nombre y en señalarme compañero. Esta vez fui bautizado con el de el |Cheque; mi compañero debía ser en lo sucesivo un rucio blanco llamado el |Album. Gran fortuna habría sido para mí que este colega se hubiera mostrado capaz de comprender las ventajas y los encantos de la amistad, y al propio tiempo, diestro y laborioso. La voluntad de nuestro dueño nos ligaba materialmente en las horas de trabajo, y el hábito en las de libertad: en aquellas, siendo buenos amigos, nos habríamos ayudado uno a otro, y nuestra tarea habría sido más llevadera; en éstas, ya que cierto instinto nos hacía inseparables, nos habría servido de solaz una conversación franca y amena. Pero el tal Album era un taimado haragán, que, cuando íbamos enganchados, |no cogía el tiro; trotaba con garbo y cabeceaba, fingiendo pedir rienda, pero cuidando en realidad de dejarme a mí todo el trabajo. Cuando el cochero era inteligente y no perezoso, lo castigaba con la fusta y lo obligaba a tomar en la faena la parte que le correspondía; pero a los malos cocheros no se les daba una higa de que la tarea no se repartiese equitativamente entre los dos caballos.

El trato con mi colega carecía de todo atractivo, porque, amén de que no sabía hablar más que de sí mismo, su humor era desigual: hoy, se manifestaba cariñoso y campechano, y si mañana iba yo a hablarle jovial y amistosamente, se me mostraba indigesto y desabrido.

Desde los primeros días había yo notado con indecible satisfacción que, en la nueva carrera que se me había hecho tomar, el coleo, tormento de todas mis horas, era un defecto infinitamente menos feo y notable que en mi antigua condición de caballo de silla.

En cierta ocasión un amigo de mi amo, contemplando el tronco que firmábamos el Album y yo, decía que, siendo como éramos, bastante parecidos y ambos de buena estampa, quedaríamos de muy buen ver si se nos cortase la cola. Al oír yo esto, todos los nervios de la mía se contrajeron y se declararon en rebelión, e hice con ella evoluciones imposibles, como si a la vez me hubieran picado todos los insectos que pululan en la tierra.

Mientras mi amo y su amigo estuvieron discutiendo el punto, de puro cansancio cesé de colear; y, sin dejar de horripilarme pensando en la amputación, gocé anticipadamente del deleite que había de inundarme cuando me sintiera imposibilitado para menear el rabo. Pero esos contrarios sentimientos quedaron instantáneamente apagados con la observación que puso término al debate. "No hay duda, dijo don Borja, que la pareja quedaría muy |chic si se le hiciese esa operación; pero la cosa no vale la pena de que yo me prive, sabe Dios por cuántos días, del servicio de estos animales, cuando éste (y me mostró a mí) no trota ni podrá ya aprender a trotar, con lo que nunca ha de venir a ser un caballo de tiro elegante".

De esta manera, mi hábito de andar al paso, que había constituido una de mis prendas más recomendable cuando ejercía mi primera profesión, vino a ser obstáculo para que me brillara en la actual.

El incidente que acabo de referir me hizo pensar en la presuntuosa extravagancia de ciertos hombres que pretenden enmendarle la plana a la naturaleza, árbitro infalible y eterna maestra en materia de belleza y de gusto, cercenándole al caballo una parte del cuerpo, tal como la cola, que parece haberle sido dada principalmente para hermosearlo, si bien le es asimismo necesaria para defenderse de los insectos enemigos.

Yo, al saber que no sería mutilado y que había de colear hasta el fin de mis días, sentí a la vez júbilo y tristeza, y los sentí tan neta y distintamente como si hubiera sido un caballo el que se alegraba y otro el que se afligía.

El concepto que sobre mí tenía formado don Borja fue parte para que yo no fuera nunca considerado como caballo de lujo ni destinado sino cuando una extrema necesidad lo pedía, a arrastrar carruajes de corte por las calles de la ciudad. Las pocas veces que llevé señoras y caballeros vestidos de gala a asistir a una boda o a presenciar un espectáculo, así como las muchas que formé parte de un acompañamiento fúnebre, me entraban pujos de vanidad y trataba de ostentar gentileza; pero me acordaba de que mi modo de andar no era compatible con la arrogancia caracteristica de un cumplido caballo de tiro, y me ponía a suspirar por los tiempos en que me era dado pavonearme juzgándome objeto de admiración para la gente y de envidia para mis semejantes.

Así como en otro tiempo la torpeza o la perversidad de un jinete me servía de tormento o me hacía figurar en escenas trágicas o ridículas, la mala educación e incapacidad de algunos cocheros me hizo tomar parte en aventuras que no puedo recordar sin desagrado.

Estábamos de viaje por un camino público. Ibamos bajando una pendiente fuerte y larga, y el cochero, que ignoraba o tenía en olvido la regla a que debería haberse ajustado, nos aguijó desde el principio del descenso. El Album tropezó, e impelido por la velocidad que llevábamos y por el peso del ómnibus, no pudo rehacerse y cayó. Rompióse la lanza, y yo, que me sentí detenido por mi compañero, giré tomándolo como centro, y me hallé entre un laberinto de correas y de no sé cuántas cosas. El carruaje paró bruscamente, quedó atravesado en el camino y estuvo a punto de volcar. Yo, estupefacto y tembloroso, habría disparado si, mientras hacía mal encaminados esfuerzos para desembarazarme, no hubiera dado tiempo a varios de los que ocupaban el carruaje para desmontarse y tomarme de las riendas.

Harto más espeluznante que ésta, fue otra aventura en que felizmente no tomé parte, pero que fue para mí de desastrosas consecuencias.

Al lado de un coche de don Borja, que iba ocupado por un matrimonio y tres niños, íbamos el Album y yo conducidos por un muchacho. Eramos relevo para cuando la pareja que iba trabajando rindiese la tarea que le estaba señalada.

El coche se detuvo junto a una ventana, y el cochero se apeó, lo mismo que los viajeros. Después de haber tomado en la venta un tente-en-pie, la señora y los niños se acercaron al coche y montaron. Cuando vio esto el caballero, les dio voces, advirtiéndoles que, sin que el cochero estuviera en el pescante, no debían haber montado. El cochero contradijo, asegurando que los caballos eran unas ovejas, y no dejó que la señora y los niños se apeasen. En esto, y mientras el caballero y el cochero se ocuparon en pagar lo que habían consumido, uno de los caballos se puso a frotarse la cabeza contra la del otro. Con este movimiento, tiró de las riendas e hizo que se deslizaran por sus ancas hasta el suelo, de modo que, al caer, le tocaron las piernas. El se azoró y comunicó su agitación al compañero; caminaron un poco, y cuando sintieron que no había quién los sujetase, apretaron el paso; las riendas siguieron haciéndole cosquillas al que primero se había alborotado, y éste apretó a correr llevándose tras sí al compañero, que ya estaba también despavorido y fuera de sí. El caballero sonrió a pie desapoderadamente, pretendiendo, enloquecido, alcanzar el coche y salvar su familia. El cochero montó en mí y me hizo partir a escape. Ibamos encontrando el aire que cortábamos en la carrera, como saturado del terror de los que tratábamos de salvar y repleto de chillidos y alaridos sobreagudos. Espantosos eran los vaivenes y los tumbos del coche cuando tropezaba con obstáculos. En los momentos en que íbamos a alcanzar lo, vimos que el caballo de la izquierda le tomaba ventaja al de la derecha, con lo que iba haciéndolo arrimar a la orilla. Al fin lo acosó y lo precipitó en la zanja que limitaba el camino; él mismo fue arrastrado, y el coche volcó sobre la zanja. Por fortuna, ésta contenía barro cubierto de |buchón | 2 , y el golpe no fue seco.

La imperdonable falta del cochero no ocasionó muertes; pero sí fracturas, dislocaciones, contusiones, heridas y cardenales a porrillo. El coche, por de contado, quedó también fracturado, dislocado y contuso; la infeliz familia tuvo que tomar la vuelta a su casa en un carro de bueyes que acertó a pasar oportunamente por el teatro de la tragedia; y yo, a todo correr, traje al cochero hasta la ciudad para que tomara otro carruaje y trasbordara a él a los náufragos de la zanja.

Esta catástrofe marcó el punto en que yo debía comenzar a decaer. Ya no estaba la soga para muchos tirones, y aquel infausto día me hicieron correr con exceso. Cuando llegué a la ciudad, me agitaba el pecho una terrible palpitación; la dilatación de mis narices y el jadeo precipitado y violento, anunciaron que yo estaba encalmado (vulgo |asoleado), y se me dio una copiosa sangría. Desde esa fecha, mi respiración fue penosa y empecé a enflaquecer de manera que ni el dilatado reposo ni los buenos pastos me hacían recobrar mis antiguas carnes. Y lo peor fue que, al decaer físicamente, quedé colocado en muy baja categoría: perdí mi posición social, como quien dice.

Antes de referir lo que empezó a acontecerme desde que quedé en la condición de caballo barato quiero retratar a Néstor, el muchacho que nos traía y nos llevaba a los caballos de don Borja, del potrero a la cochera y de la cochera al potrero. Tendría diez y seis años, y era larguirucho y delgado. Se había criado en la ciudad, entre los granujas que pululan en ella, los cuales lo llamaban de mote |el Mocho. Este apodo era la única herencia que le había dejado su madre, |la Mocha, que en buena lid había dejado media oreja entre los dientes de la otra potencia beligerante.

Néstor (alias, |el Mocho) no empuñó el rejo de enlazar ni se encaramó sobre una bestia hasta después que impulsado por noble ambición y enamorado de la vida carruajera, por haber hecho viajes de doscientos metros agarrado a la zaga o al estribo de un carruaje, se le había presentado a don Borja solicitando colocación y declarándole que estaba dispuesto a desempeñar cualquier oficio a que quisiera destinarlo.

Fue admitido, y tres días después del de su admisión tiraba el rejo sobre un grupo de bestias acorraladas y arremolinadas en un ángulo del potrero, y dejaba enlazada la que quería; montaba en pelo agarrándose de las crines del caballo, abrazándole el cuerpo con las piernas y subiendo a pujos hasta quedar caballero.

Al principio funcionaba en el traje en que había venido, que se componía de tres piezas: sombrero redondo de fieltro, que, agujereado por la copa, podía servir indistintamente de sombrero o de golilla; los restos de un sobretodo de paño, color de tabaco, que, si alguna vez había sido nuevo, lo había sido en poder de un individuo de más que mediana estatura; y unos pantalones en los cuales no se distinguía cuál era remiendo y cuál tela original.

Sacrificando sus primeros ahorros, y mediante varios cambios o permutas, proveyó mejor su guardarropa, que era su propia persona; y, cuando se hubo ganado la confianza de don Borja, tuvo a su disposición una silla de montar que había servido a cinco generaciones de muchachos de su misma categoría, y unos zamarros coetáneos de la silla.

Se veía a Néstor en pleno ejercicio de sus atribuciones y tal como debería retratársele si se le retratara, dejándose zarandear por el galope largo, estrepitoso y muy levantado de un caballo grande, seco y rabón; con un sombrero de color leonado, de ala gacha y copa tan ancha, que, entre ella y la frente, servía como de cuña un pañuelo hecho pelota que impedía al sombrero invadir la jurisdicción de las orejas; una ruana tan desgolletada, que a menudo se escurría hombros abajo; y los ya mencionados zamarros, cuyas extremidades inferiores, guarnecidas de calandrajos, y colgando hasta casi tocar el suelo, duplicaban aparente mente la longitud de las piernas del que los iba luciendo.

No he querido que el nombre y la personalidad del |Mocho queden envueltos en las tinieblas del olvido, porque él fue uno de los últimos, si no el postrero, de los seres humanos con quienes tuve roce y comunicación, que pareció estimar mis buenas cualidades y que me hizo demostraciones de afecto.

Los más de los payos a quienes he visto manejar bestias han tenido la aviesa costumbre de espantar y de pegarle con la jáquima o de arrojársela, a aquella a que acaban de quitársela para dejarla suelta. Con esto han enseñado a muchas a tratar de escaparse arrebatadamente, aun sin que hayan acabado de soltarlas.

Néstor y Emidio han sido de los poquísimos que, al desenjaquimarme, han procedido como debe un inteligente mozo de caballos.

1 Los cocheros de la Sabana pretenden no ser designados más que con el nombre de postillones.
2 |Buchón. Planta acuática, de hojas gruesas formadas de células llenas de agua. Su nombre técnico es |trianea.

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