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CAPITULO XXIII

NUEVOS APRIETOS

SUMARIO-. |Regreso. Un compañero. Incidente de una campaña. La caja militar. Al que de lo ajeno se viste... El tesoro. Cómo un recluta hubiera podido ser rescatado. Suerte de las bestias de carga. En calle angosta.

Hízose la mayor parte del viaje de retorno en compañía de un convecino de don Bernabé, que, con su familia, regresaba a la Sabana. Este convecino traía su bastimento en unas petacas que cargaba un caballo rosado | 1 , que, por ser de buena alzada y de no mal pelaje, parecía haber sido en mejores tiempos de categoría menos humilde que la de la acémila. Le comuniqué a dicho caballo esta observación, y él me explicó por qué curiosa manera había sido degradado.

-Yo era, me dijo, caballo de silla, y mi dueño hacía de mí la mayor estimación. Vino una guerra, y una |comisión |militar cayó de improviso sobre todas las bestias de mi amo. Incontinenti fui destinado al servicio de un escuadrón que estaba en marcha. Este cuerpo entró poco después en una refriega, sufrió rechazo, y entre dos luces, tomó posiciones en un lugarejo en que los jefes, a favor de la oscuridad de la noche, pudieron disponer espaciosamente la retirada. Conducían una carga de dinero en oro; y, como se tratase de escoger en la brigada la bestia que pareciera más vigorosa, para que la llevase, pusieron los ojos en mí, que, como recién alistado, estaba más lucio y fortachón.

Tomando en cuenta que se nos había de perseguir con mayor empeño si la fuerza vencedora u otras enemigas se percataban de que, entre el bagaje, iba cosa tan llamativa en todo tiempo, pero más apetitosa aún en el de guerra. se acordó que los sacos que contenían el oro, bien envueltos en encerados, fueran escondidos dentro de unos tercios de cal que por acaso se hallaron en el lugar; y que yo, con mi carga de cal, siguiese por atajos y custodiado por un piquete de soldados disfrazados de arrieros, hacia un paraje en que estaba acampada una fuerza respetable y amiga. Emprendióse el movimiento. Mis conductores, merced al descalabro de la víspera y a la idea que se les encajó en la cabeza de que todo el mundo había de adivinar que lo que conducían era un tesoro, iban poseídos de miedo cerval. Yendo nosotros por la falda de una sierra, al recodar uno de sus contrafuertes, quedamos inopinadamente a la vista de la columna vencedora, que iba desfilando por la cresta de la misma sierra. Mis conductores se creyeron perdidos, se dispersaron y me dejaron solo. Yo me puse a pacer y fui avanzando insensiblemente hasta que llegué a cierta explanada en que había una choza; los habitantes de ésta me estuvieron mirando como picados de curiosidad; registraron los alrededores tratando de descubrir quién me había llevado por allí; y, habiendo caído la tarde sin que tal cosa se descubriera, movidos por la compasión que les causaba el ver que yo iba a pasar la noche con mi carga, me tomaron del ronzal, me acercaron a la choza y me descargaron. A un lado de la vivienda se veía un cobertizo que habían levantado para resguardar un horno, el cual estaba ya desmoronándose, allí colocaron la carga. A la mañana siguiente dieron aviso de lo sucedido al dueño del terreno, que era un campesino acomodado, llamado don Tadeo, el cual vino muy diligente a ver qué cucaña le resultaba. No fue despreciable la que consiguió declarándose depositario de mi individuo y de mi aparejo, hasta que se averiguara, según le oí decir, a quién pertenecíamos. Llevónos consigo a su casa; y como yo había sido hallado con carga, por caballo de carga me tuvo y me confirmó, ignorando que yo era, con creces, mejor caballo de silla que los matalones en que él montaba.

La guerra fue motivo de que don Tadeo me tuviese por algún tiempo escondido entre matorrales; y cuando, por desgracia, vino la paz, empezó a llevarme a tierra caliente cargado de harina, de papas, de sal o de otros artículos, y a hacerme volver a la Sabana cargado de miel.

Por entonces no llegué a hacer el tercer Viaje, por que al segundo |me salió dueño, como suele decirse cuando el que lo es de un animal ilegitímamente ocupado durante una revolución, o a raíz de ella, lo encuentra por casualidad. Mi ocupante y el propietario tuvieron sus palabras, y ocurrieron a las autoridades del pueblo más cercano al lugar del encuentro; pero de todo ello vino a resultar que el que estaba gozando de mis servicios saneara su título, esto es, que me comprara.

Esta parte de la relación del Rosado me hizo discurrir que a mí también podía salirme dueño, y que hasta podían ser dos los que me salieran; mas al punto me ocurrió que no estaba en el orden natural el que me reclamasen, ni el señor Avila, que se acordaría de mí como de las nubes de antaño; ni la entidad a la cual había servicio en la guerra, dado que ésta, al no hallarme en las brigadas, me debió de llorar por muerto.

-¿Y usted supo, pregunté al Rosado, en qué vino a parar la carga de cal?

-Ah, respondió, lo que ha pasado con la carga de cal es muy curioso. Don Tadeo quiso ser el despositario de los costales, mientras se averiguaba a quién pertenecíamos ellos, los aparejos y yo. Desocupáronlos derramando su contenido en el suelo del cobertizo, sin que nadie hiciese alto en que entre la cal venían unos líos muy pesados. Tampoco hicieron caso de ellos, si acaso los vieron, unos peones que llevaron parte de la cal, con la que don Tadeo tuvo el buen pensamiento de blanquear su casa, sin duda mientras se averiguaba a quién pertenecíamos la cal, los costales, los aparejos y yo.

Sobre la cal restante y sobre lo que ella encubría fueron cayendo polvo, tierra que se desprendía de la pared, que se iba desconchando, y paja que descendía del techo, que se iba hundiendo. Las gallinas escarbaban sobre aquel montón de despojos, pero nunca ahondaban mucho porque la cal no permitía que allí subsistieran insectos de los que aquellas aves buscaban.

Los sacos de oro estaban al pie de un delgado tabique, y la cama del viejo dueño de la choza, al pie del mismo: sólo el tabique se interponía entre la cabeza del viejo y las pingües talegas; a un palmo de ellas pasaba el infeliz las largas noches, desvelado a causa de los achaques y aún más, de la miseria. El y su mujer no recibían otro auxilio que el muy mezquino que les podía procurar un muchacho de catorce a diez y seis años nieto suyo, que ganaba un exiguo jornal cuando don Tadeo le daba trabajo.

Un día cayó inopinadamente sobre aquel triste hogar una partida reclutadora enviada por el Alcalde, y se apoderó del muchacho. Los abuelos desechos en llanto y de rodillas delante del que encabezaba la partida, lograron, al parecer, ablandarlo. Llamó éste al anciano a Sitio repuesto y le dijo que cedería a sus ruegos si le daba cuatro pesos.

¡Cuatro pesos! El viejo nunca había visto reunida suma tan cuantiosa. Su mujer tenía un cuatrillo puesto a buen recaudo en una esquina del pañuelo que le cubría el pecho; en la choza no había más dinero: a lo menos así lo pensaban sus míseros moradores.

El muchacho fue a formar parte de un batallón que se estaba organizando. Sus abuelos no habrán muerto de hambre, porque de hambre nadie muere en esta bendita tierra, pero ¡cuáles no habrán sido sus amarguras!

No hace muchos meses, mi actual dueño me envió a llevar a don Tadeo algo que para él había traído de tierra caliente; pasé por las cercanías de la choza que está abandonada, y vi que el montón de escombros había crecido mucho y que sobre él comenzaban a brotar algunas hierbas.

-¿Y qué oficio le ha acomodado más a usted?, pregunté a mi interlocutor, el de caballo de silla o el de acémila?

-Las bestias de carga, me contestó, somos entre las bestias lo que la plebe o la clase obrera es entre los hombres; con la diferencia de que para los proletarios lo interesante y lo provechoso es que haya trabajo; y,  para los animales de carga, lo apetecible y lo perfecto es que no lo haya. Tan mal alimentados estamos cuando tenemos ocupación como cuando nos hallamos ociosos: y aun en los más de los casos, lo estamos mucho peor cuando hacernos viajes con carga, pues los potreros o las mangas que, en las posadas de los caminos y en las inmediaciones de los pueblos, se destinan para nosotros, están siempre mondos y repelados; mientras que, en los pocos días de descanso que se nos conceden, pacemos a veces en rastrojos o en orillas de los terrenos sembrados en que abunda la hierba.

-Pero a mí me parece, le observé, que es preferible llevar una carga que nunca se impacienta con quien la lleva y que no maneja brida, espuela ni látigo, a ir montado por un ser viviente que da sofrenadas, espolazos y azotes, y que desfoga en su cabalgadura el mal humor ocasionado por la fatiga y por los sinsabores que son inevitables en casi todos los viajes.

-Preferible sería, en realidad, repuso el Rosado, si la carga fuera colocada sobre nuestros lomos de modo que no nos causara más incomodidad que la de aguantar su peso: pero a ésta, que regularmente es la menos sensible, se agregan otras que son verdaderos martirios. Para que la carga no se ladee, no se sabe hacer otra cosa que apretar las cinchas y las cuerdas que la aseguran; y de modo tan bárbaro las aprietan, que casi les penetran en las carnes, y a menudo se las dilaceran. Por otra parte, la bestia así ceñida apenas puede respirar. El peso de la carga tiende a hacer bajar los dos como cojines que componen la enjalma, y por consiguiente la burda tela que los une oprime y roza el espinazo, de donde provienen las mataduras que en esa parte nos afligen. Si la paja con que se ha rellenado la enjalma no está repartida con perfecta igualdad y bien mullida, o si uno de los tercios pesa más que el otro, resultan las mataduras en los lomos. Y es sabido que matadura una vez abierta, casi nunca se cura sino en falso; por lo cual apenas se ve bestia de carga que no lleve algunas, ya en actividad, ya latentes. Los aparatos de que se usa para impedir que la carga se escurra hacia adelante o hacia atrás, no sirven más que para mortificarnos como las cinchas. En las subidas el peso se carga hacia la grupa; y en las bajadas oprime la cruz.

-¿Y sabe usted, pregunté yo, por qué no se acostumbra en nuestra tierra armar las enjalmas sobre barras, o para hablar con propiedad, hacer albardas? Si se usara de éstas, no habría para qué apretar las cinchas de la bestia de carga sino moderadamente como se aprietan las de la de silla.

-Ya yo había pensado en eso, repuso, observando que ciertas cargas, como las de agua y las de leche, sí se llevan sobre unos aparatos de madera que llaman angarillas y que dan idea de lo que usted dice. Y no sólo tendría esto las ventajas que usted le atribuye, sino también la de librar el espinazo de rozamiento fuerte, la de hacer que toda la parte del lomo que va en contacto con la carga, resista por igual el peso de ésta, y la de que sería infinitamente más fácil que ahora cargar y descargar una bestia. Para dar contestación a la pregunta que usted me hace, le diré que ignoro por qué no se ha tratado de introducir reforma en el modo de cargarnos, y que todas las bestias de carga daríamos un caluroso voto de aprobación al filántropo, o por mejor decir, |acemilófilo, que introdujese las que con tanta urgencia se necesitan.

La vida del Rosado había sido fecunda en aventuras, pero ningún lance había dejado en él tan indeleble impresión como el que, en los términos siguientes, me refirió una noche:

-Iba, me dijo, con una carga muy voluminosa y conducido por un arriero, hacia uno de los pueblos más distantes de los del oriente de Cundinamarca.

Por entre solitarias y dilatadas montañas serpentea horizontalmente un angostísimo camino. Es una cornisa, un eterno escalón formado artificialmente en las estribaciones de la serranía y que sigue las sinuosidades de ésta. Por esta vía va el viajero, poseído de vértigo, rozándose por un lado con la peña tajada; y por otro, viendo, sin poder apartar de él los ojos, el hambriento abismo que lo amenaza y lo atrae. Cada vez que el camino que tiene adelante recoda hacia una cañada le parece que allí va a faltar suelo y que allí va a recibirlo el espacio vacío que lo desvanece.

Tan estrecha es aquella senda, que si en ella un jinete se encuentra con otro, a malísimas penas puede seguir su viaje. Si el encuentro es de dos bestias cargadas, ninguna puede pasar adelante. Para evitar conflictos, los arrieros que frecuentan esa vía, acostumbran gritar de tiempo en tiempo a fin de que los que vienen se detengan en algún sitio de los muy escasos en que el sendero se ensancha un poco.

En la ocasión a que me refiero, y siguiendo ese camino, mi conductor, que era inexperto, no gritó, ni tampoco lo hizo otro arriero que venía hacia nosotros, o si dio gritos, éstos no fueron oídos. Dicho arriero traía delante una mula con carga no menos abultada que la mía. El encuentro se verificó en una de las peores angosturas; la mula y yo nos paramos mirándonos con cierto estupor; los dos arrieros arrojaron a la vez un expresivo vizcaíno; cada uno tomó este natural e inocente desahogo como insulto asestado a su persona. Ni era menester tanto para que armaran quimera, pues es sabido que todo hombre se siente aliviado cuando halla a quién echarle la culpa del contratiempo que lo mortifica. Los arrieros comenzaron a echársela recíprocamente del que tan perplejos los dejaba. Los ánimos fueron gradualmente caldeándose, las increpaciones y los improperios acentuándose, hasta que las bocas se cansaron de funcionar y vino el momento de llegar a las manos. Mi arriero, para haber a las suyas al otro, pasó a gatas por debajo de los tercios y por junto a mis piernas y a las de la mula. Interpuestas ésta y su carga entre mis ojos y los dos luchadores, poco me dejaban ver del combate que se trabó, combate espeluznante en que cada golpe y cada traspié podían hacer rodar a un hombre, y quizá a dos, a la vertiginosa sima a cuyo borde lidiaban; pero percibía el repugnante ruido de la cachetina y me sentía horrorizado.

Parece que triunfó el arriero de la mula. Con las mejillas echando lumbre, todo magullado y sangriento, despidiendo llamas por los ojos y resoplando como un animal, pasó por donde había pasado su antagonista. ¡Qué carnes se me pondrían al verlo arrimárseme, desenvainar su cuchillo y levantarlo sobre mi cuello con mano temblorosa a la vez que con rápido movimiento! Por muerto me di, por mil veces muerto; pero el hombre no la tomó conmigo sino con las cuerdas de mi aparejo.

Uno de los tercios cayó sobre la senda; el otro rodó dando tumbos, y el siniestro fragor que éstos levantaban fue debilitándose y al cabo se apagó antes de que el bulto llegara al fondo del abismo.

Empujado por el arriero vencedor hasta la orilla del camino, y colocado en ella el tercio que quedaba, la mula pudo pasar y seguir su rumbo con su bárbaro conductor.

El mío, mucho más marchito y acardenalado que el otro, se echó en el suelo, desahogando en denuestos la rabia que lo sofocaba, profiriendo juramentos de venganza y encareciendo lo apretado del trance en que lo ponía el no poder, perdido ya un tercio, cargarme con el que se había salvado.

¿Quién podrá creerlo? ¿Quién que no haya observado con cuánta presteza y facilidad se apagan los rencores de aquellos hombres en quienes el amor propio no se ha acendrado en las altas esferas en que reina una cultura refinada? El arriero de la mula, que sin duda se había percatado de lo riguroso del conflicto en que había puesto al mío, desanduvo un buen trozo del camino y vino a proponerle que, si le pagaba una peseta, le ayudaría a salir del aprieto. El otro, no sin refunfuñar mucho, aceptó el auxilio, y ambos acometieron la empresa de cargarme con el tercio. Para ello el arriero extraño escogitó el expediente de colocar y afianzar sobre cada costado de la enjalma un haz de ramas, y de poner el tercio encima de ellos sin que descansara sobre mi espinazo.

Cuando llegamos al poblado, la gente se admiraba del tamaño de mi conductor, y hubo quien exclamara: "¡Pero este arriero sí que es |ardiloso!; así sí aunque uno se tope con otras bestias en el volador, siempre puede pasar".

1 |Rosado. Parece que los caballos rosados o rosillos de Colombia son los que en España se llaman rubicanes.

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