CAPITULO XXII
DE MAL EN PEOR
SUMARIO-.
|Prevenciones para la romería. Cupido las facilita.
Partimos. La naturaleza no nos acompaña en nuestro regocijo. Primer
contratiempo. Segundo y tercero. Nos juntamos con un religioso y
con un laico. Cuarto percance. Percance quinto. Encuentro
alarmante. Entrevista fraternal. Alarma superlativo. Quieren
comprarme. Un caballo jubilado. Un despenamiento.
Todo llega, y como llega todo, llegó el dia en que había de
comenzarse la preparación próxima para el suspirado viaje a
Chiquinquirá. Dispúsose que la casa y Nicanor quedasen a cargo de
una comadre de la
|señá Pioquinta; una señora de las del
pueblo inmediato suministró galápago para Rosita; y con un vecino
del propio pueblo, celebró don Bernabé no sé qué complicada
negociación, mediante la cual aquél daba caballo para la mi chica,
no gratuitamente pero de manera que a mi amo no le costaba
desembolso ni que bramo alguno.
La Alcancía, que debía ir montada alternativamente por los dos
consortes, era ya madre de un potrico, el cual por de contado debía
figurar en el personal de la expedición.
Faltaba aún un elemento indispensable para que el viaje fuera
una romería genuina y no un mero paseo. Faltaban los músicos, que,
a todo tirar, no podían bajar de dos, uno para que acompañara a los
romeros tocando el tiple, y otro para que acompañara a éste,
tocando el
|alfandoque o las
|chuchas
|
1
. La cosa iba ofreciendo algunas
dificultades, pero éstas quedaron allanadas como por encanto,
apenas un mozo muy listo y apuesto, que se llamaba Jeremías y que
era un poco pariente de don Bernabé, hube sabido la necesidad que
se trataba de satisfacer. Jeremías tocaba el tiple que lo hacía
hablar, y como se hallase de tiempo atrás prendado de Rosita, le
vino rodado el ofrecerse como compañero; y ofreció también como tal
a un hermanito suyo capaz de desempeñar la otra parte de la
orquesta.
La parsimonia era una de las cualidades salientes de mis dueños;
pero tratóse de la expedición a Chiquinquirá, y viéranlos ustedes
gastar sin duelo para acopiar bastimentos, como si se estuviesen
previniendo para un viaje de muchas semanas a través de algún
yermo.
Los avíos se acomodaron en un par de
|petacas
|
2
que debían ser cargadas
por el burro de la casa. De arriero no había absoluta necesidad,
dado que una acémila tan tratable como el jumento podía ser
manejada por don Bernabé con auxilio de los demás
peregrinantes.
Caballeros los tres amos, don Bernabé en la Alcancía, Rosita en
un rucio melado y la
|señá Pioquinta en el humilde servidor
de ustedes; en una madrugadita muy opaca y lluviosa, y con el
camino fangoso y resbaladizo se emprendió la primera jornada. A
pesar de lo poco favorable de las circunstancias para las
expansiones del ánimo, todas las fisonomías, plácidas y risueñas,
expresaban la más pura satisfacción.
Los músicos que, como Meregilda y Resura, iban pédibus andando,
en cuanto lo permitían la latitud y las escabrosidades del sendero,
se mantenían al lado de Rosita y, desentendiéndose de que
|música,
|miel y
|ventana
|no
|pegan
|por
|la
|mañana, hacían vibrar las aguanosas
auras matinales con el
|torbellino
|
3
más arrebatado y estimulante.
En la presente ocasion, como en todas aquellas en que yo cargaba
a mi ama, llevaba el clásico sillón a que ella no había querido
sustituír el moderno galápago inglés. Es el sillón una verdadera
silla, poco diferente del mueble del mismo nombre que, colocado en
el suelo, sirve de asiento. Está forrado de paño rojo y guarnecido
con galón blanco o amarillo. La que anda caballera en sillón va
vuelta hacia un lado del camino, y tan encumbrada, que la tablilla
sobre la cual apoya los pies queda casi a la altura del espinazo de
la bestia. La
|señá Pioquinta, sobre la mantilla, que le
formaba capucha, llevaba ruana listada con forro de bayeta azul
celeste, y todo iba coronado por el sombrero dominguero. En las
jornadas en que iba sobre la yegua, yo la contemplaba y, a mi
parecer, tenía un aire augusto y patriarcal que inspiraba respeto y
envidia.
Era ya tan raro el uso del sillón, que la vista de! de mi ama,
junto con la de otras particularidades del grupo que formábamos,
atraía sobre él intensas miradas de curiosidad, y donaires y
chocarrerías de la gente que lo veía pasar por las poblaciones y
por otros parajes concurridos.
El primer día, antes de que llegásemos a la venta en que se
debía almorzar, empezó a desencapotarse el cielo, y a orearse la
ropa de las viandantes, que venía pegada a las carnes, no obstante
que todas iban aparentemente protegidas contra la lluvia por las
ruanas que llevaban encima de las mantillas.
En la venta mencionada, yo, que era un poco conocedor en achaque
de amores, eché de ver cuál era el móvil que había impulsado a
Jeremías a hacer su oportuno ofrecimiento. Todas las cuatro hembras
se habían detenido a la sombra de un alar, un poco lejos de la
tienda; Jeremías mandó servir chicha, las convidó y ellas se
remilgaron y se hicieron de pencas. Instó más, y entonces fueron
encaminándose hacia la tienda, como con recelo o cortedad y dando
tiempo cada una para que otra tomase la delantera. A la puerta de
la tienda se pararon bien pegaditas a la pared, medio taperujadas
con las mantillas, y hubo necesidad de nuevas porfías para que,
poquito a poco y siempre como con desconfianza, fuesen entrando. La
|señá Pioquinta fue quien primero enlabió la totuma, después
de haber soplado sobre el líquido que contenía, a fin de hacer
salir por el borde los cuerpos extraños que sobrenadaban en la
superficie. El anfitrión cuidó de hacer beber a Rosita en totuma
especial, para posar él en seguida los labios en donde la
preopinante había posado los suyos.
Cuando, después de haber almorzado, nos pusimos en movimiento,
ya el cielo resplandecía sereno y despejado: el aire estaba
diáfano, y al través de él y en el confín septentrional del
horizonte se divisaban las sierras azules que habíamos de
trasponer. Este espectáculo renovó el regocijo en los pechos de los
sencillos peregrinos; y, como para expresar ese afecto, los
rústicos instrumentos se hacían oír con aires cada vez más
vivos.
Aún no clareaba el segundo día cuando don Bernabé, con la
oficiosa ayuda de los músicos, se puso a recoger las bestias en la
manga en que habíamos pasado la noche. La Alcancía, yo y el jumento
fuimos fácilmente hallados y cogidos, a pesar de que la madrugada
estaba oscura; pero el caballo de Rosita no pareció, ni aun después
que hubo amanecido. Hiciéronsele reclamaciones al dueño de la
posada, y él perjuró que la manga era segura y que jamás por jamás
se había escapado de ella animal alguno. Montado en mí don Bernabé,
y en la yegua el hermano del Jeremías salieron a buscar al rucio
melado por todos los potreros y sembrados circunvecinos, hasta que
lo columbraron en cierto potrero; trataron de entrar, pero hallaron
la puerta cerrada con candado. Buscaron el portillo por donde el
prófugo debía haberse entrado y no encontraron ninguno: la cerca,
que era de piedra, estaba recién reparada y en estado floreciente.
¿Cómo había ido a dar allí el demonio del rucio melado? Esto fue lo
que mi amo no pudo averiguar. Yo sí tuve explicación del fenómeno
la noche siguiente, en la que el mismo me declaró que él no se
dejaba encerrar en ninguna parte; que el pasto era de todos; que él
no comprendía por qué lo habían de obligar a roer pelambreras
cuando había terrenos cubiertos de hierba, y que él sabía saltar
cercas y zanjas como un perro.
Yo me acordé entonces de otros caballos conocidos míos, dotados
de la misma recomendable cualidad que adornaba al rucio melado.
Fue forzoso acudir al dueño del potrero en de manda de la llave,
y resultó a la postre que la segunda jornada no se emprendió hasta
las nueve de la mañana.
Mal empezó el día, y mal debía seguir, y todo por culpa del
rucio melado. Rosita sabía poco de equitación; y, a veces, aburrida
de ir al paso de los pedestres, se adelantaba a más andar y
guardaba a la comitiva a la sombra de un árbol; en uno de los ratos
en que su caballo iba andando de prisa, tropezó éste con bastante
fuerza, con lo que asustó a Rosita; y tras el tropezón, se alborotó
e hizo movimientos irregulares y bruscos. Repúsose del susto la
damisela, y in escamarse con lo ocurrido, volvió, no obstante
algunas amonestaciones maternas, a tomar la delantera; el caballo,
al doblar un recodo del camino, descubrió de súbito un montón de
piedras, que debieron de antojársele osamenta caballuna, y,
espantado, se rehuyó violentamente; Rosita, aunque bastante
desconcertada, no habría caído, pero el melado siguió agitadísimo,
andando a saltos y al cabo dio con ella en tierra. Por fortuna,
para Rosa, todo paró en una leve desolladura en las manos y en el
afán que le sobrecogió al representarse a su fantasía las
consecuencias de una caída cabeza abajo.
Cuando se hubo recobrado la calma y proseguido la marcha, don
Bernabé observó cuerdamente que ese
|rango debía de haber
sido montado por jinetes torpes, de los que atosigan a la
cabalgadura a azotes y a espolazos cada vez que tropieza o que se
espanta, con lo cual la acostumbran a alborotarse cuando le sucede
una de esas cosas, y a huir del castigo que se le ha enseñado a
aguardar.
Este castigo, pensaba yo, además de ser inconducente, es
injusto, dado que ni tas bestias ni los hombres tropiezan ni se
asustan porque quieren tropezarse o asustarse. Estas son cosas que
a uno le
|suceden: no son cosas que
|uno
|hace.
En la tarde de aquel mismo día, que fue calurosísima,
emparejaron con nosotros un religioso que llevaba paraguas abierto,
y un músico que lo acompañaba; y entrambos trabaron conversación
con don Bernabé.
Como el acompañante hubiese manifestado extrañeza al observar
que Jeremías y su hermano tocaban con tesón, sin curarse de la
fatiga, el religioso le hizo saber que la costumbre de llevar
música en las romerías de nuestro tiempo es piadosa memoria que se
hace de las más antiguas, las cuales dizque se solemnizaban, no
sólo con instrumentos músicos, sino también con el canto de himnos
sagrados.
En esto, el potrico de la Alcancía, que sin cesar iba diableando
por el camino, vio que su señora madre se había parado para no sé
qué menester, y queriendo aprovecharse de tal coyuntura para
|exprimir el seno materno, fue a arrimársele, y lo hizo con
tan poca maña, que metió la cabeza por entre las riendas y el
cuello del caballo de Su Paternidad, el cual caballo se apartó muy
mal guisado y quiso seguir su camino. El potro, pugnando por
desasirse, tiró de las riendas y se encabritó; el caballo hizo lo
propio, y puso en mortal apuro al Reverendo Padre, el cual dejó
caer el paraguas a los pies de su cabalgadura, introduciendo así un
elemento más de desorden y de confusión. Las mujeres hacían
aspavientos, y, a chillidos, invocaban a la Virgen de Chiquinquira;
mi amo y los otros varones animaban al Padre a que se mantuviera
firme, y despizcándose por darle socorro y por deshacer el enredo,
alborotaban más al caballo y al potrico. Al fin esta tragedia tuvo
desenredo, sin que nadie pudiera fundadamente preciarse de haber
contribuido a que éste fuera feliz.
El Padre, pálido y tembloroso, declaró que era muy arriesgado
viajar en compañía de un animal tan loco como el potrico, y él y su
compañero picaron y siguieron a buen paso. Obra de media hora haría
que se habían despedido cuando vimos que, en revolucionaria
carrera, despojado de varios de sus arreos y arrastrando la brida,
venía hacia nosotros el caballo del músico. Don Bernabé y los de a
pie lo detuvieron, lo embridaron y siguieron con él, llevándolo del
diestro y haciendo conjeturas, a cual más negra, sobre la suerte
que debía haber corrido el jinete. A cada paso encontrábamos
despojos: aquí el cojinete; más allá la maleta de la ropa; luego la
bolsa con el clarinete, y en seguida un estribo. Todo lo iban
recogiendo Jeremías y su hermano con aplauso de don Bernabé, que
decía sentenciosamente que en un camino es necesario que todos nos
ayudemos unos a otros.
Más adelante topamos con el Padre, que, viniendo a un pasito muy
reposado, pretendía alcanzar y atajar al caballo de su compañero. A
éste se le halló tendido al pie de una cerca, muy magullado y
contuso; pero más atribulado por la pérdida del clarinete y de sus
otros cachivaches que por las dolencias que lo aquejaban. Decía que
de éstas podía sanar de balde, mientras que de aquella pérdida no
se podía resarcir sin desembolso de dinero. Ya tranquilizado con la
certeza de que nada se había perdido, contó con voz desmayada y
doliente que había ido a darle de beber a la bestia a un arroyo,
quitándole la brida sin desmontarse; que el caballo se había
azorado al sentir el freno en las rodillas, que había disparado y
lo había derrocado en un pedregal.
Buena lección, discurrí yo en mis adentros, para los que
acostumbran la animalada cine ha cometido ese pobre hombre.
Llegamos a Chiquinquirá en época que lo era de grande afluencia
de gente de diversas regiones. Yo me vi en un potrero inmediato a
la ciudad, mezclado con multitud incontable de bestias de todas las
procedencias, razas, condiciones y ataduras imaginables. Entre
ellas columbré cierto caballo que había visto en poder de uno de
los virotes de la pandilla de Garmedia, y esta falta circunstancia
me hizo tener como fácil y probable que el Tuerto se hallará entre
la turba de holgazanes y gente de bronce que había yo visto
hormiguear en la población. Por una vereda que atravesaba el
potrero, vi luego pasar al dueño de la bestia sospechosa, y con
ello se apoderó de mí gran sobresalto, aunque discurría que quizás
aquel belitre no habría caído en que yo era el Moro de marras, pues
en los últimos tiempos yo había perdido casi todo el pelo negro y
era ya rucio blanco.
En todo caso, yo nada podía hacer para proveer a mi seguridad, y
me puse a aguardar lo que la suerte me tuviera reservado.
De mis negras cavilaciones vino a distraerme un incidente
desagradable. Anclaba yo cabizbajo y apartado de todas las otras
bestias cuando se me acercó un macho rucio que no había visto
antes; el cual, dirigiéndome con cierto airecillo de gazmoñería, me
dijo con acento muy dulzarrón:
-Lo alcancé a ver, hermanito, y vine a saludarlo.
-Hum, hum, le respondí.
-¿No me conoce?... Yo sí lo conocía y tenía muchos deseos de
tratarlo.
Yo le volví la grupa, callado como un pez.
-Si de veras soy su hermano, porfió el mulo: soy el hijo de la
Dama, el que tuvo cuando usted estaba ya grandecito.
-Bien, bien.
Y me puse a pacer, aunque no sentía apetito.
-Conque es orgulloso ¿no? Yo no soy más que un pobre macho;
pero, aunque le pese, los dos somos de una misma sangre.
Yo, dándole siempre el anca, pude hacer cierto ruido, el que
mejor podía expresar el desdén y la antipatía con que miraba al
bastardo.
-Yo no pensaba que fuera tan déspota, concluyó; y me dejó en
paz.
La aparición de cada una de las innumerables personas que
entraban a coger bestias avivaba la zozobra que me consumía; y ésta
me hizo salir de tino una madrugada en que, a la luz de la luna,
descubrí que unos jinetes andaban recorriendo el potrero, como en
busca de alguna bestia. El grupo me pareció ser el que tan impreso
llevaba siempre en la Fantasía, el del Tuerto Garmendia. Con sus a
láteres. Cuando se me acercaron un poco, sin advertir que yo no
debía atraerme su atención, eché a correr. Como, según parecía,
trataban de ver de cerca cada una de las bestias, a fin de
reconocer la que buscaban, corrieron, me acorralaron y se pusieron
a discutir sobre si yo sería el caballo que necesitaban; se me
acercaron mucho y declararon que no era ese. En tal momento sentí
lo que debe sentir el que ve asegurada la felicidad de toda su
vida; pero al mismo tiempo renegué, impaciente, de la vergonzosa
debilidad que me hacía vivir atormentado por el temor de un peligro
tal vez imaginario. En lo sucesivo debía yo experimentar si mis
recelos carecían o no de fundamento.
Apercibidos estábamos ya para tomar la vuelta de nuestra casa y
aguardábamos el momento de partir en el patio de la casa en que don
Bernabé y su familia se habían hospedado, cuando el dueño de
aquélla, que había simpatizado con el mío y que le daba el
tratamiento de tocayo, le dijo señalándome:
-¿Cuánto vale el rucito?
-Quién sabe, tocayo; me han estado ofreciendo por él ocho cargas
de trigo y ciento cincuenta pesos, y no he querido darlo.
-¿Quiere vendérmelo por doscientos pesos?
-Tal vez no, tocayo: ya le digo lo que me han ofrecido por
él.
-Pero es que está un poco viejo.
Y entonces me dio un pellizco en un cachete y aguardó a ver
cuánto tardaba en deshacerse el pliegue que me había hecho en el
pellejo.
-Nueve años, dijo mi amo, nueve años es lo más que puede
tener.
Entonces el tocayo me abrió la boca y me examinó los
dientes.
-Nada, tocayo, repuso; mírele los dientes y los colmillos.
Doscientos pesitos le doy, porque me ha gustado; pero no me alcanza
a servir dos años.
-Y que es el del sillón de Pioquinta.
-¿Sabe, tocayo? Le doy aquella muleta parda y ochenta pesos.
-No puede ser, tocayo. Si me da la muleta y los doscientos
pesos.
La
|señá Pioquinta escuchaba atentamente ese diálogo; y en
el movimiento de sus labios se conocía que estaba rezando porque no
se realizara el negocio.
En fin, la negociación, que se prolongó mucho, terminó sin que
don Bernabé aceptara ninguna de las propuestas de su tocayo; pero
sirvió para que yo me enterase de que muy en breve podía ser
enajenado y cambiar de situación. Con grandes extremos había en
otro tiempo encarecido don Bernabé el agradecimiento que me debía;
¿pero sería mucho que un hombre se mostrara tornadizo para con una
pobre bestia, cuando es tan común que todos ellos se muestren
ingratos para con sus semejantes?
No era verosímil que mi amo quisiera correr el riesgo de que yo,
llegando a extrema vejez, me hiciera invencible: todo dependía ya
de que hallara quién ofreciera por mí precio subido.
De nuevo me asaltó el temor que ya otras veces me había
torturado, de que mis últimos días fueran tan amargos como los de
muchos de mis semejantes que había visto destinados a trabajos
viles y abrumadores, o abandonados en las vías públicas. A don
Bernabé no le permitía lo limitado de sus facultades imitar a
cierto vecino suyo, pudiente y generoso, que había jubilado a un
caballo para recompensar los buenos servicios que, mientras se tuvo
sano y vigoroso, prestó a su familia y a él mismo.
Con este caballo solía yo conversar cuando él se arrimaba a la
cerca que dividía su potrero de la estancia de mi amo. Como yo,
había sido moro, y estaba ya blanco como un lirio. Aunque le
sobraba alimento, se encontraba flacucho y extenuado porque había
perdido casi todos los dientes; tenía hinchadas y entorpecidas las
coyunturas; permanecía echado lo más del día, y cuando el hambre y
la sed lo compelían a levantarse, lo hacía pujando y quejándose.
Gracias a la generosidad de su amo, su vida se había prolongado más
allá del término ordinario de la de sus semejantes. En la época a
que me voy refiriendo, hacía diez años que no trabajaba.
No; yo no me atrevía a esperar tan buena suerte, por más que la
gratitud obligase a mi amo para conmigo, y consideraba que acaso
habría de tener que bendecir la mano que me quitara la vida para
abreviar las penas que habían de amargar sus postrimerías.
Acordábame de varias bestias que había visto
|despenar; y,
con suma viveza, se me representaba la imagen de una pobre yegua
que despenaron en Hatonuevo. Se le había quebrado una pierna y se
la veía padecer atrozmente; le dieron una puñalada en el pecho,
pero fue tan mal dirigida, que no hizo más que encrudecer sus
torturas; entonces don Cesáreo mandó traer su escopeta y se la
descargó en la nuca; la yegua, en una convulsión suprema, se
levantó sobre las tres patas que le quedaban y en seguida se
desplomó inanimada.
|
1
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|Alfandoque o chucha. Tubo de madera cerrado por ambos
cabos que por dentro lleva pedrezuelas, granos u otra cosa
equivalente. Sacudido a compás, marca el de lo que se toca en el
tiple.
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|
2
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|Petacas. Cajas de caña forradas en cuero crudo. Cada
petaca se compone de dos piezas casi iguales: una encaja en la otra
y le sirve de tapa.
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|
3
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|Torbellino. Aire musical indígena compuesto de unas
pocas notas que se repiten invariablemente a tiempos iguales.
|