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CAPITULO XXI

DISQUISICIONES Y OTRAS MENUDENCIAS

SUMARIO-. |Alquialado. Vuelvo a fiestas. Disquisición sobre la embriaguez y sobre los borrachos. Peligro en que me veo de pasar una noche toledana. Matado. Sobre las romerías en general. Proyecto de una romería particular. En un potrero. Lastimoso espectáculo. Lo que es un caballo "puntero".

Yo, en mi calidad de cosa, había pasado ya por casi todas las situaciones. Había sido adquirido por accesión, comprado, robado, recobrado, dado a prueba, prestado, expropiado, ocupado como botín de guerra, hurtado y depositado.

Sólo me faltaba ser alquilado.

Y lo fui.

Iban a celebrar unas |fiestas de plaza en un lugarón de que no distaba mucho la casa de don Bernabé; y a varios mozalbetes de la capital se les antojó ir a divertirse en ellas. A uno de los tales, que quería ir en buen caballo, le aconsejó un estudiante de la Universidad, oriundo del pueblo en cuya jurisdicción vivíamos, que ocurriese a don Bernabé. Hízolo así y, mediante la intervención del padre del estudiante, convino en alquilarme para uno solo de los días de las fiestas. No parecía cosa suya el exponerme a los riesgos que podía correr; don Bernabé era por extremo apegado a todo lo que poseía y mirado y precavido como el que más en cuanto al modo de manejar su modesta fortuna. cero se le ofreció por mi alquiler una suma tan considerable, que no pudo resistir a la tentación.

Recibióme el mancebito, a quien sus compañeros llamaban Pepe, en un sitio hasta donde había podido llegar en un ómnibus, y. allí me ensilló y me montó.

Resultó ser de aquellos jinetes presumidos, miedosos, pero amigos de bizarrear y lustrearse, que se regodean montando un caballo al que, con cierto modo de manejar la rienda y con algunos talonazos disimulados, se le pueda hacer tomar la apariencia de potro díscolo y zahareño; pero que puede calmarse y convertirse en la caballería más reposada y segura, con sólo que el jinete lo apetezca. Pronto descubrió el mío que yo era de esos caballos, y durante todo el día se aprovechó a satisfacción de su descubrimiento.

Por desgracia suya y mía, la montura que se había procurado era |matadora; yo lo eché de ver muy presto; y ya puede barruntar el lector qué efecto producirán el escozor y la incomodidad que empecé a experimentar. Aquel día llegó el rabeo a su máximum de actividad.

Pepe no paró mientes en ello, y antes de que llegásemos al pueblo no me dejó andar sino caracoleando, haciendo piernas y saltando zanjitas. También apostó a correr con varios de los otros caballeretes.

Uno de éstos iba sobre un caballito muy cenceño y de bonita estampa, que ni podía llevar el mismo paso que los demás, ni pudo competir con ninguno, ni tuvo aliento para resistir a las fatigas de aquel día. Caballo y caballero iban muy finchados, prometiéndose llevar la palma entre todos los caballos y los caballeros que habían de exhibirse en las fiestas. Fijábanse en que el primero no andaba sino a saltitos, haciendo escarceos y fingiendo que no se dejaba sujetar por la brida sino merced a la destreza del jinete. Buen chasco se llevaron, pues desde los comienzos de la jornada ya fueron objeto de las zumbas y de los gracejos de todos los de la comparsa.

Cuando llegamos al pueblo de las fiestas ya habían pasado los |encierros, y mientras llegaba la hora de los toros tuve más que suficiente tiempo para hacer observaciones. A la entrada del lugar, por ambos lados del camino, y en un solar que formaba parte de uno de los costados de la plaza, se habían levantado toldos o tiendas de campaña y se habían colocado mesas de juego. En aquéllas se servían almuerzos y se despachaban, amén del licor nacional, alma y vida, alfa y omega de toda aquella jarana, mistela, |guarrús, |masato | 1 , dulces y bizcochos.

En las mesas de juego dominaba, sobre los otros, el de la lotería; y por sobre la algazara que por todas partes se levantaba, prevalecían las voces de los pilletes que la cantaban.

En torno de cada toldo, y aun dentro de él, se juntaba la rústica y bullidora turba. De entre ella brotaba una algarabía compuesta de voces simultáneas, las más de las cuales no eran atendidas ni entendidas por nadie. De entre las palabras que fluían a raudales, sólo dos se distinguían de cuando en cuando: |la chicha y el cuartillo.

Había allí muchos mozos camelando a las muchachas, que remilgadas y vergonzosicas admitían el único obsequio que sus desmañados galanes acertaban a hacerles, el cual consistía en brindarles bebidas y en apurar la que había sido brindada, después que, ligeramente y como por no hacer desaire, los rojos (o no rojos) labios de las encogidas beldades habían tocado el borde del vaso o de la totuma.

A intervalos se suscitaba entre la plebe que en expectación de novedades vagueaba por la plaza, alegre vocería y silbidos penetrantes. Era que un galopín había empezado con gentil denuedo a trepar por la cucaña (vulgo, |vara |de |premio), había ha el empeño superior a sus fuerzas, y descendía rápidamente.

Mi jinete, seguido de sus compañeros, mariposeaba por dondequiera, siempre a paso largo, envueltos todos en nubes de polvo y abrasados por un sol de fuego. El don Pepe entraba a una tienda a caballo, llegaba al mostrador, pedía brandy o anisado para sí y para sus compinches; bebían, salían, encendían cigarrillos y seguían corre que te corre, hasta que alguno proponía nueva libación. El que tomaba la delantera repetía la hazaña de penetrar a caballo en la tienda, |y... da capo.

Cada vez que se encendían los cigarrillos y se continuaba el movimiento parecía que ya los de la comparsa iban a ejecutar un nuevo y fatal designio; pero nada: vuelta a las carreras, y a los giros, y a las tiendas y a los cigarrillos. ¡Cómo me acordaba yo de los tiempos del Tuerto Garmedia!

¡Toro, toro!

Al oír esta aclamación conmovedora huye mucha parte del gentío y, se apresura a buscar en las barreras y junto a las puertas y a las ventanas, sitios en que, sin riesgo, se puede gozar del espectáculo La plaza queda medio despejada, pero casi todos los jinetes permanecen en ella.

El toro, en el primer ímpetu de su furor, corre por junto a las paredes y a las barreras buscando en quién desfogarlo; acomete a las ruanas y a los sombreros con que, a mansalva, lo provocan los concurrentes que se hallan en lugar seguro. Se aploma al cabo en una esquina, escarba y, con los ojos, dispara centellas; parece que no quiere aventurar otra salida sin tener bien asegurado el golpe y escogida la víctima. Muchos hombres se quitan la ruana y con ella lo convidan a una suerte; pero cuando el toro se resuelve a embestir, se hace el vacío en torno suyo; vuelve a pararse y a escarbar; los de a caballo se le vienen, tratando de obligarlo a ponerse en movimiento, y si se menea escapan a carrera. Por fin, y gracias a los ánimos que infunde la bebida, hay mozos que sortean el toro; con esto se alientan otros, y no tardan en caer tres o cuatro, a quienes sus compañeros levantan, más o menos asendereados, los abrazan por la espalda y los sacuden violentamente para reducirles y ajustarles los huesos y las vísceras que con el trompazo y el revolcón hayan salido de su lugar.

Ya no se puede entrar a las tiendas: a la puerta de cada una se ha improvisado una barrera; pero los de la cabalgata, con atinada previsión, se han prevenido con botellas de licores, de las cuales beben con la debida frecuencia.

Don Pepe, alentado por las libaciones y confiado en mi agilidad, va animándose a provocar al toro, y llega hasta a pasar por delante de sus astas y a tocárselas con una ruana que lleva en la mano. A veces el fiero bruto no hace más que inclinar la cabeza; a veces me asesta una cornada y parte a darme alcance, pero yo dejo burlada su arrogancia.

Muy a pechos tomé aquel entretenimiento que brindaba satisfacciones a mi vanidad y en el cual no hallaba mayor peligro. Yo había vivido muchas veces en íntima familiaridad con los toros, y no concebía que pudieran hacerme daño.

Por clásica que fuera la función y por sensacionales que fuesen los lances que ella ofrecía, los señoritos se aburrieron, y con razón, pues, si bien se apuraba el caso, todo se reducía a aguardar: aguardar a que alguien se atreviera a hacer una suerte; aguardar a que el toro se determinara a embestir; aguardar que cierto ganapán que había prometido montar en el toro se decidiese a ponerlo por obra; aguardar que, con complicadas y tumultuosas maniobras, se metiese al coso o toril al toro que había llenado su misión sobre la plaza; aguardar que con otras maniobras semejantes, se le diese sucesor.

Acordaron los donceles salirse de la plaza, y a malas penas lograron que se despejara y se abriera una de las puertas de la barrera. Ya en la calle, se dieron a marearnos a los caballos con el fastidioso ir y venir y detenerse en las tiendas y continuar el jaleo en que habían estado antes de los toros.

Ya me lo tenía muy advertido uno de los caballos sesudos y observadores con quienes yo había intimado: de todos los percances que pueden sobrevenirle a una bestia, ninguno puede compararse con el de tener que cargar con un borracho. A un ebrio le queda de hombre todo lo que de ridículo, tozudo y aborrecible puede caber en la criatura humana. En la embriaguez se pone en juego todo lo avieso, ruin y miserable que puede afrentar y envilecer.

El jinete más diestro, si está bebido, se pone inútil y torpe para manejar su cabalgadura, y la maltrata ociosamente.

Bien lo experimenté aquella tarde, en la que el zarramplín que me montaba parecía un Tuerto Garmendia reencarnado en un hominicaco desmañado y babieca.

Dura suele ser la condición de los brutos de mi especie; pero ¿qué penalidades y qué miserias no quedarán compensadas con la fortuna de no podernos embriagar?

Parecía como si aquellos calvatruenos, aconsejados por el diablo, se hubieran propuesto dar, en breve espacio, ejemplos de todas las chambonadas que puede cometer un jinete incapaz. Desmontáronse dos a la puerta de una tienda, no ataron sus caballos y los dejaron a la buena de Dios. Por de contado, los caballos tomaron las de Villadiego, y uno de los dos jinetes pagó con las setenas su tontería, pues tuvo que pagarles largamente a unos mozos que le cogieron la bestia, y perdió un estribo y el |encauchado | 2 , prendas que fueron robadas quién sabe dónde, merced a la fuga del caballo.

El otro no pudo ser habido antes de que cayera la tarde; y es muy probable que tomara el camino de una hacienda distante, que era su querencia.

Otro de los de la trulla montó sin echar de ver que el caballo estaba atado a una columna; fue a hacerlo andar, y el caballo se irritó, forcejeó, se encabritó y al cabo dio una gran costalada, de la que el jinete salió harto bien librado, dado que sólo salió con dos descalabraduras de las de padre y muy señor mío.

Entre otras donosas travesuras, nuestros aprendices de tunantes hicieron la de tumbar los bolos con que estaban jugando unos patanes. Con esto se armó la gorda, y el don Pepe recibió una pedrada en la cabeza que le hizo perder la poca que le quedaba. Buscáronle una posada y lo llevaron a dormir la mona.

Yo quedé atado a un árbol en el corral. Mi jinete había anunciado que por la noche concurriría a un baile a que lo habían invitado; pero no estaba la Magdalena para tafetanes. Yo volví a acordarme de los tiempos de mi cuativerio garmendiano, y concebí serio temor de pasar una noche sin cena y con freno.

Pero para un caballo no se da cosa como pertenecer a un amo solícito y apreciador de sus bienes. Como don Bernabé hubiese sabido de boca de un vecino lo borrascosas que estaban las fiestas, y barruntado lo que conmigo iba a acontecer, montó en la Alcancía y se puso en camino para acudir a mi rescate.

¡Ira de Dios! ¡Qué sofocón fue el de aquel hombre, tan manso y tan benigno de ordinario, cuando a eso de las nueve de la noche, dio conmigo y vio en qué situación me había dejado el perillán de don Pepito! Maldijo la hora en que había cometido la borricada de alquilarme, maldijo al canalla que a ello lo había inducido, y maldijo al salvaje que, después de haberme exprimido el alquiler, pensaba pagar mis servicios con una truculenta trasnochada.

Pero éste, en realidad, no pensaba en eso, ni podía pensar en cosa alguna. Don Bernabé lo encontró dormido como un leño, en una cama en que había dejado ya claras señales (y otras no muy claras) de haber bebido más de lo que su estómago podía comportar.

-¡Grandísimo perdulario!, le gritó don Bernabé, usted tiene que pagarme mi caballo: ahí me lo ha dejado medio muerto.

-¿Qué -qué -qué? balbuceó Pepe.

-Que usted es un tunante, y que me tiene que pagar mi caballo.

-No, no; ahora no monto.

-¡Borracho de los diablos! ¡Miren cómo lo tiene el aguardiente!

-No, gracias; no bebo, no bebo.

-Eso es. Hágase el gracioso.

-Hombre, Martín, déjame dormir: no seas sobado.

-¿A que cojo una tranca y le quito las ganas de embromar?

Al fin, la inercia y el entontecimiento del borracho pudieron más que los coléricos ímpetus de mi amo y partimos para nuestra casa.

Yo había estado matado; pero lo había estado en la campaña, y mis mataduras podían sobrellevarse, porque ¿qué eran sino gloriosas heridas recibidas por la patria o por no sé qué cosa muy decantada y estupenda? Pero estar matado por haberle servido a un botarate, fue cosa con que, en mucho tiempo, no pude conformarme.

Y si en unas pocas horas en que ocasionalmente he estado alquilado, le decía yo el día siguiente a mi compañera la Alcancía, me han dejado en situación tan lastimosa, ¿qué suerte será la de las bestias de alquiler? Al que se sirve de una bestia alquilada nada le importa que ella perezca de hambre y de sed; no se le da un ardite de que el trabajo la agobie; ni se le da nada si la |mata de muerte o si la |mata de matadura.

Por aquel tiempo don Bernabé y su familia estaban madurando un gran proyecto que había sido concebido muchos años antes.

Hay ciertas cosas que cada hombre sabe que ha de hacer o que han de sucederle por lo menos una vez, como morirse, casarse o vacunarse. Los campesinos de la Sabana de Bogotá y de muchas otras comarcas cuentan entre tales cosas el hacer una romería a |Chiquinquirá | 3 . A ninguno le falta ocasión de hacer una promesa, dado que a ninguno le faltan aprietos, sustos, penas, deseos y aspiraciones. Item más: a los campesinos pobres, que sienten como todo el mundo la comezón de viajar y de conocer tierras, no se les ocurre hacer otra peregrinación que aquélla, ni ellos creen que buenamente se pueda emprender otra.

Don Bernabé y la |señá Pioquinta tenían, pues, meditada una expedición para cumplir cierta promesa hecha desde luengos años; pero en ninguno de los anteriores al que corría se había podido incluir en el presupuesto de gastos la partida necesaria. Muchas veces había destinado don Bernabé para ese fondo, ya cierta cría de uno de sus animales, ya una parte del producto de una sementera; y la |señá Pioquinta el de uno de sus marranos y el valor de una ruana de las que solía tejer. Como siempre sucede que los tiempos actuales están trabajosos, no había llegado el de poner por obra el piadoso designio. Los fondos, que sí se habían conservado intactos y que habían ido creciendo, eran los que, para el anhelado viaje habían ido reuniendo en una alcancía Rosita, Meregilda y Resura, las que temblaban de ser condenadas a quedarse, si cuando llegara el tiempo de emprender la romería faltaba dinero para costearles el viaje.

Mis servicios iban a ser indispensables y, como yo estaba muy mal traído, gracias al buen humor de don Pepillo, mi amo tuvo por conveniente que yo descansara bastante; ocurrió a un pudiente hacendado vecino, con quien tenía gran amistad, y obtuvo permiso para colocarme en un potrero de muy ricos y jugosos pastos.

Allí tuve ocasión de observar un contraste que me hizo la impresión más profunda.

Desde una orilla del potrero se dominaba cierto camino público, y en él vi desde el primer día un desventurado jamelgo que iba arrastrando penosamente los restos de una existencia que, de seguro, había sido harto amarga, y estaba próxima a extinguirse. Su dueño, hallándolo ya inútil para todo servicio, lo había arrojado al camino, en donde el mísero, con los dientes gastados, mermados y flojos, pugnaba por roer las orillas que recuas enteras y hatajos de ganado que transitaban por allí, repelaban a porfía casi diariamente.

El caballejo, que parecía haber sido castaño, tenía en parte del cuerpo el pelo hirsuto, largo y lanudo; en otras partes se le veían calvas negras y escamosas producidas por la sarna, y mataduras de diferentes edades, unas enconadas y purulentas, otras cubiertas de costras que se iban levantando por los bordes, otras cicatrizadas. El cuero marchito y agujereado dejaba adivinar la forma del esqueleto y de cada uno de los huecos que lo componían. Tenía el infeliz los ojos apagados, las cuencas profundísimas, los menudillos monstruosamente hinchados, las cuartillas tendidas, los cascos prolongados, de figura de calzadores. Para andar buscando briznas de hierba tenía que asentar en el suelo los espolones, y lo mismo para estar de pie y para tomar ciertas posturas imposibles en que se le veía cuando pugnaba desesperadamente por rascarse con los dientes la sarna que le devoraba las piernas y los lomos.

Como era natural su situación empeoro en breve, y los gallinazos, con su acierto nunca desmentido, hicieron el diagnóstico funesto. Desde entonces velaron sobre el enfermo con tenacidad incontrastable, ora cerniéndose por sobre el sitio en que agonizaba, ora posándose en los árboles y en las cercas, a respetuosa distancia, pero sin perderlo de vista.

Llegó a la postre un día en que el paciente no pudo levantarse. Los voraces pájaros se le fueron acercando recelosos, y advirtieron que todavía podía defenderse. Pasó tiempo, y el más atrevido de los pajarracos le picó un ojo. Sacudióse el desdichado con desesperación, pero los esfuerzos lo acabaron de postrar. Cuando expiró, ya no tenía ojos y se le veía desgarrada la piel en varias de las partes más sensibles del cuerpo.

En los mismos días en que estuve contemplando estas escenas tuve largos coloquios con un caballo bayo naranjado, barrigón y peludo, que parecía vivir sólo para saborear las delicias de una existencia epicúrea y sibarítica.

Como ya había notado que al tal bayo no se le imponía tarea de ningún linaje, le pregunté a qué feliz circunstancia debía su envidiable privilegio.

-Es, me contestó, que yo soy puntero, y que en estos días no ha habido viaje.

-¿Y qué cosa es ser puntero?

-¿Usted no tiene noticia de los caballos que desempeñan las importantes funciones que están encomendadas a los individuos del gremio a que pertenezco?

-Ninguna. Ni aun había oído nunca la palabra puntero.

-¿Pero dónde ha vivido usted? Puntero es el caballo destinado a ir siempre a la cabeza de una recua, ya vaya cargada, ya vaya de vacío: ora se componga de mulas, ora de muletos.

-Y bien, un puntero ¿qué oficio va desempeñando?

-¡Toma! Pues encabezando, guiando la manada de bestias. Sin él, éstas se desbandarían y no seguirían el rumbo debido.

-De modo que un puntero está obligado a conocer todos los caminos.

-No: eso sería ocioso. Al puntero lo lleva del cabestro un muchacho.

-Entonces no me parece el destino muy importante.

-¡Como que no le parece a usted muy importante! (y esto lo dijo ya muy enfurruñado).

-No se me acalore. Es que esto de tener que vivir rozándose con mulas...

-¿Y qué? Las mulas son conmigo dóciles y sumisas. Una que otra se toma tal vez la libertad de hacer ademán de morderme o de cocearme; pero esto no es más que una muestra de cariñosa confianza, y no un acto de rebeldía contra mi autoridad.

Acabáramos, pensé yo: a este mentecato lo que le cautiva es el amor a un mando que imagina ejercer. Cavilé después sobre lo que son las flaquezas caballunas, que a cada bestia le hacen reputar el oficio que desempeña como el más indispensable y el de más cuenta.

Luego me contó el bayo por qué trámites había venido a parar en puntero.

-Yo nací, me dijo, en un distrito de la tierra caliente. Allí crecí y allí trataron de amansarme; pero soy vivo de genio, y a mí no me gusta dejarme embromar de nadie. Mordía y coceaba a los que me cogían y a los que me ensillaban, y cuando tenía encima un jinete, me clavaba en un sitio. Si con azotes o con la espuela hacían por estimularme, yo tiraba mordiscos y coces a las piernas del que me montaba. Mi dueño, desesperanzado de amansarme, me hizo servir en un trapiche; allí sí no había remedio: por más que me ensoberbeciera y me rebelara, era inevitable tirar del mayal. Con esto creyeron haberme domado; pero la primera vez que me montaron se convencieron de que conmigo no podían gastarse bromas. Fui vendido, y Sucesivamente pasé a poder de muchos dueños. Llegué a manos de uno que no halló comprador por haberse ya extendido demasiado mi buena fama, y ese fue el que me destinó para puntero.

Yo me quedé meditando. Comparaba la suerte de este haragán inútil y presuntuoso con la que había tocado a aquel desdichadísimo rocín que había agonizado y fallecido en la vía pública, el cual, según lo atestiguaba la hoja de servicios que llevaba en el espinazo y en los lomos, había sido de grande utilidad para sus dueños.

-"Con qué desigualdad, concluí, reparte sus dones la naturaleza!".

1 El |guarrús y el |masato son bebidas un poco espesas, medio fermentadas, en cuya composición entran el arroz y el maíz.
2 |Encauchado. Ruana de tela impermeable, que se usa cuando llueve.
3 |Chiquinquirá. Población importante del Departamento de Boyacá en Colombia, en que se venera una imagen milagrosa de la Virgen.

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