CAPITULO XX
DILEMAS Y FIESTAS
SUMARIO-.
|Qué será mejor entre servir a caballeros o servir a
gente rústica. La paz. Acto de nobleza con que me captó el afecto
mi amo. Cómo celebraron unos fieles el Viernes Santo. Felices
pascuas. Abusos de un depositario y su castigo. Vuelvo al hogar. La
casa de don Bernabé. Idilio.
Viviendo en tanto retiro y sosiego, combatía el fastidio de mis
largos ocios repasando los sucesos de mi vida y rumiando las
especies que de las conversaciones con mis amigos me habían quedado
más grabadas en la memoria. Mi actual situación me hizo pensar en
ciertos coloquios y discusiones en que se había ventilado esta
cuestión: ¿Qué le conviene más a un caballo, servir a personas de
alcurnia, ricas y delicadas, o pertenecer a gente campesina y
humilde?
Yo había oído exponer razones de mucho peso a los que sostenían
que la suerte de los caballos de la gente acomodada era preferible
a la de los otros. Así lo sentía Morgante; pero en este punto su
dictamen no era de tanto peso como en otros, porque ¿cómo podía él
comparar la situación de que su buena suerte no lo había dejado
decaer nunca, con la de las bestias de los pobres? "El
caballo, decía él, que se halla en poder de un labriego, está
sujeto a las mismas estrecheces que su dueño, pasa por los
altibajos que él, y naturalmene ha de verse abrumado con un trabajo
mayor que el que tiene que sobrellevar el caballo de un
rico".
"Los ricos, se le contestaba, cuidan con prolijidad y
alimentan profusamente a sus caballos lo más del tiempo; pero
fácilmente incurren en descuido que a éstos les cuesta muy caro;
los ricos están asediados por atenciones que les hacen olvidar
frecuentemente la de cuidar de sus bestias; y sucede que éstas,
después de haberse estado hartando por años, tengan que ayunar al
traspaso por días o por semanas. Descansan largamente, y el día
menos pensado se ven sujetas a una tarea desproporcionada a su
aliento.
"Su caballo le representa al labriego un valor que él
estima tanto como el de su labranza, y no ahorra esfuerzo para
conservarlo en buen estado, en lo cual casi siempre le ayudan su
familia y su servidumbre.
"A todo esto se agrega que el caballo no se siente de
ordinario ligado por el afecto con un amo que está muy arriba;
mientras que con facilidad cobra cariño a los hombres que están más
cerca de la naturaleza, y se muestra más dócil para con ellos. De
esto dan pruebas todos los animales que, estando sueltos en un
potrero, se entregan más fácilmente a cualquier rapazuelo campesino
que a personas de condición más elevada"
Con todas esas cosas andaba yo a vueltas en mi interior, y
discurría que en breve había de poder formar juicio completo acerca
de la cuestión.
Aquello de que con los pobres podamos congeniar y avenirnos
mejor, me hacía recordar la observación que le oí a no sé qué
caballo extranjero, de que allá en esos países adelantadísimos (no
me acuerdo cómo se llaman), el tener bestias de silla y el
montarlas es lujo y regalo que solamente los ricos se pueden
permitir. Al dicho caballo extranjero le hacía títere el que aquí
puedan los pobres poseer caballos, emplearlos como elemento de su
industria y procurarse el placer de cabalgar.
No sé cuánto tiempo había corrido, pero sí sé que no había sido
poco, desde que quién sabe si derrotado o victorioso, había yo
dejado la honrosa profesión de las armas. Con bastante sorpresa, me
vi cierta mañana ensillado y montado por don Bernabé; y con placer
indecible me hallé en campo abierto y en movimiento. La paz ha
venido, me dije; y me afirmé en esta dulce creencia cuando vi
muchos caballos paciendo sosegadamente en las dehesas.
Al llegar a la plaza del pueblo en cuyos términos radicaba la
estancia de don Bernabé, fue éste detenido por varios amigos que
estaban tertuliando en corrillo.
-¡Caramba, exclamó uno, caramba con el
|patoncito en que
se ha
|armado
|
1
don Bernabé!
-Así sí es bueno ir a guerrear!, añadió otro.
-Ese
|mocho, agregó un tercero, se lo cogió mi compadre
por lo menos a un General.
-Nada, nada, les contestó mi amo con una sonrisita socarrona. Si
este caballito se lo había comprado yo a un señor chiquinquireño; y
con
|miles trabajos lo hemos tenido escondido todo este
tiempo.
-¿Y cómo le fue de campaña, padrino? Por aquí dijeron que usted
había sido de los derrotados en...
-Enredos, enredos. A mí sí me tuvieron allá unos días,
|esque para que les sirviera de baquiano; pero con las
mojadas me picó el reumatismo y me tuve que retirar.
Cuando íbamos alejándonos del corrillo, alcancé a oír que uno de
los tertulianos decía:
-A mí no me la mete el viejo: el caballo es
|quiteño
|
2
.
-O quién sabe si será
|topacio, concluyó el compadre.
Don Bernabé siguió montándome, y siempre se mostró muy
satisfecho de mis servicios. La
|señá Pioquinta me montaba
también, ya para ir al mercado, ya para concurrir a la misa
parroquial en aquellos días festivos en que tocaba a su marido
quedarse cuidando de la casa.
El precio en que podía estimárseme era demasiado considerable
para que don Bernabé, que vivía modestísima y económicamente, se
decidiera a conservarme en su servicio, una vez que me declaró cosa
suya. Es probabilísimo que hubiera tratado de venderme no mucho
después de terminada la guerra; pero un suceso que voy a referir le
inspiró tal cariño hacia mí, que en mucho tiempo no miró siquiera
como posible el renunciar a mi posesión.
No he conocido campesino ninguno que, al oír rumor de cazadores
o de cualesquiera personas que persiguen una pieza de caza, sea
venado, conejo o armadillo, no sienta invencible sobreexcitación y
no abandone cualquier faena o entretenimiento, bien para tomar
parte en la cacería, bien para ver su resultado.
Cierto día alcanzó don Bernabé a oír ladridos y voces que le
dieron a entender que, por una colina cercana a su casa, se iba
persiguiendo a un zorro. Oír aquello, montar y hacerme partir a
carrera todo fue uno. Cuando llegamos a la cumbre de la colina, ya
el zorro y sus perseguidores la habían traspuesto y se habían
metido entre malezas al pie de la eminencia.
Descendiendo desatentadamente en seguimiento de los cazadores,
doy en un hoyo disimulado con hierbas tupidas, y sin saber cómo, me
siento volcado, descansando en el suelo sobre la silla. Me levanto
azoradísimo, y don Bernabé queda suspendido de la montura.
Sorprendido y conturbado, voy a huir a carrera, y aun llego a
moverme para disparar; pero viendo que mi amo no se desprende de
mí, me contengo y me pongo a temblar. Don Bernabé, en un paroxismo
de miedo y de congoja, ora levanta fervientes deprecaciones, ora me
habla con acento blando y suplicante, sirviéndose de cariñosos
diminutivos, para que, calmándome, lo libre de la desastrosa muerte
que tan de cerca lo amenaza.
Pasa tiempo. Yo no quiero arrastrar a mi amo; no quiero, no;
pero me estremezco y me angustio como él, porque algo que es más
poderoso que mi querer me impulsa a emprender la carrera, y me
parece que mi voluntad va a quedar sojuzgada.
Por fin llega alguien. ¿Pero quién? Una chica de cosa de doce
años que ha sido atráída por la bulla de los cazadores, y que quién
sabe si será capaz de ayudar a mi pobre dueño. Este le pide
auxilio; ella se me acerca, y yo retrocedo y bufo. Por fin me toma
el cabestro, y don Bernabé le manda que me baje el tapaojos. Pero
aun así no es fácil que lo salve, porque tiene el pie engargantado
en el estribo, y la pierna ceñida con la ación, que dio una vuelta
en contorno de ella cuando yo di la que originó la catástrofe.
La vocería de los cazadores se acerca otra vez, y si llegan a
donde nos hallamos, todo está perdido. En este conflicto supremo,
don Bernabé consigue solevantarse un poco, y la muchacha hace por
la centésima vez, y ya con feliz resultado, el esfuerzo necesario
para deshacer la maldita vuelta, y sacar el pie del estribo.
Mi amo, refiriendo este espantoso lance, decía que toda la culpa
la había tenido el haber montado llevando el pie reumático envuelto
en unas vendas de bayeta, y tan abultado, que, al tiempo de la
caída, no pudo salir del estribo. "No se da cosa peor,
añadía sentenciosamente, que un calzado, o cualquier otra cosa, que
no deje soltar fácilmente los estribos".
De entonces en adelante, don Bernabé repetía mucho:
"Después de Dios y María Santísima, a lo que le debo la
vida es a la nobleza de este caballito". Y, cuando alguien
le proponía que me vendiera, solía declarar que, en atención a
ello, nunca se desharía de mí.
Ya pensaba yo que la fortuna había cesado de hacer girar para mí
su rueda; pero estaba escrito que mi vida había de ser un
encadenamiento de aventuras y peripecias.
Había llegado la Semana Santa. El jueves se trasladó a la
parroquia toda la familia para permanecer allí hasta que se cantase
|Gloria. A mí se me envió a la estancia, y se dispuso que un
muchacho que solía servirle a mi amo, cuidara de la casa en las
noches del jueves y el viernes, y me echara mis piensos, sin
perjuicio de que él asistiera a las funciones de aquellos dos
días.
El viernes, a eso de las dos de la tarde, turbó el silencio que
reinaba en todos aquellos contornos el ruido de unos pasos
cautelosos, y no tardé en ver aparecer dos hombres de muy
sospechosa catadura que se me acercaron; me tomaron del cabestro y
me sacaron de la estancia buscando los senderos menos trillados y
más cubiertos por las ramas. Caminaron conmigo obra de una hora, y
al cabo de ella llegaron a un sitio rodeado de espesuras, en el que
los estaban aguardando otros tres hombres que custodiaban tres
caballos y cinco mulas. Se viajó esa tarde y la noche siguiente por
veredas y atajos, sin que al principio pudiera yo adivinar hacia
dónde nos dirigíamos.
Los cinco hombres se habían acomodado sobre otras tantas
cabalgaduras, y a mí me había tocado sustentar el peso del que
parecía de más cuenta. Ibamos trepando unos cerros, y pude al cabo
advertir que nos íbamos encaminando a uno de los pueblos del
oriente de Cundinamarca.
Yo había oído muchas veces que por ese lado acostumbraban los
cuatreros conducir las bestias que robaban, para sacarlas a los
Llanos de San Martín, en los que hallaban completa seguridad para
sus personas y para los productos de su honrada industria:
recordando esta especie y contemplando las fachas de los
conductores y su manera expeditiva de viajar, pues iban
desembarazados de equipaje, de bastimentos y de cuanto pudiera
servirles de estorbo, caí en que aquella gente eran ladrones y en
que mis compañeros y yo estábamos destinados a perecer, si no en
los Llanos de Casanare, de que Morgante me había hecho formar idea
tan halagüeña, sí en los de San Martín, hermanos gemelos de los
otros.
Rayaba la aurora cuando, en las afueras del pueblo, nos
detuvimos, y dos de los señores ladrones fueron a la descubierta.
Volvieron trayendo la fausta nueva de que no sólo se hallaba la
población en calma y silencio, sino que un mal cercado corral de
cierta casa situada hacia el lado por donde debíamos salir, y
aislada de las demás habitaciones, se veía una bestia blanca, que
estaba diciendo
|cogedme. Prosiguióse la marcha con gran
cautela, y cuando hubimos llegado a un costado del corral
susodicho, nos detuvimos mientras uno de los bergantes abría un
portillo para sacar por él la blanca bestia.
Pero el hombre pone y Dios dispone. Los hombres, es decir, los
ladrones, habían puesto que a esa hora estuvieran todos los
habitantes del lugar sumidos en profundo sueño; y Dios había
dispuesto que en la casa del Alcalde, que era mismitamente la que
se asaltaba, la señora Alcaldesa y sus hijas estuviesen vistiendo
una imagen que debía figurar en la procesión del Sábado Santo.
Los ladrones, que de liturgia habían sabido lo bastante para
elegir la hora en que todos los habitantes de la casa de don
Bernabé debían hallarse en la iglesia de la parroquia, y que acaso
habían hecho aquella elección tomando en cuenta que el Viernes
Santo es el día de su patrono Gestas, no supieron lo bastante para
advertir que la madrugada del Sábado Santo es una hora abominable
para la ejecución de una empresa como la que ellos tenían entre
manos.
La cautela empleada para sacar la bestia habría bastado y
sobrado para que el gatuperio pudiera consumarse, si la familia
alcaldesca hubiera estado entregada a las dulzuras del sueño; pero
hallándose, como se hallaba, en vela, no pudo faltar quien
percibiese el ruido, ni menos quien alcanzase a notar que la bestia
blanca iba saliendo fuera del cercado. Cundió la alarma. El Alcalde
y dos mozos que lo acompañaban salieron armados, aquél de trabuco y
éstos de truculentos garrotes. Los cuatreros, más prontos que la
vista, saltaron sobre las bestias que hallaron más a la mano y
emprendieron la fuga. A mí me tocó quedar abandonado y a merced del
Alcalde, el cual me depositó al día siguiente en manos de un
vecino. De los ladrones fueron cogidos dos que se extraviaron al
salir del pueblo.
El depositario no pecaba de escrupuloso, y en poder suyo trabajé
y ayuné bastante. Cuando me tuvo bien trasijado y despeado (pues
don Bernabé me tenía sin herraduras y me hacían buena falta), el
grandísimo ganapán concibió el desatinado propósito de echarme
carga. Muchas señales de paciencia y de mansedumbre había yo dado
en los últimos tiempos; pero a esta prueba no pude resistir.
Mientras me echaban la carga, teniendo los ojos tapados, nada pude
intentar; mas apenas me destaparon los ojos, les disparé a los
arrieros unos pares de coces; y brinqué como no había brincado
desde que aquel follón de marras me
|prendió al pecho.
Derribé la carga y, con ella en la barriga, espanté a las otras
bestias hasta tal punto que dos de ellas dieron con sus cargas en
el suelo. En fin, gracias a mi energía, hubo la de Mazagatos en
aquel patio en que habían osado profanar mi lomo.
¡Qué sabroso es para un caballo no estar obligado, como lo está
un hombre, a perdonar las injurias! En mi pecho hervía el deseo de
vengar el último ultraje que se me había inferido; y la suerte no
tardó en ofrecerme coyuntura de ver satisfecho mi anhelo, y hasta
de verlo colmado sin que a mí pudiera quedarme reato.
El depositario había hecho sobre mí una excursión, y volvía para
su casa por un camino malísimo que lluvias recientes habían hecho
intransitable. Llegamos a un punto en que yo esperaba poder pasar
sin manifiesto peligro, escogiendo la parte del camino más baja y
fangosa; pero el jinete me forzó con la rienda y la espuela a tomar
una ladera gredosa y demasiado inclinada; no hubo remedio: las
cuatro patas se me deslizaron y, dando una soberbia costalada, le
rompí una pierna a mi jinete.
Allí lo dejé dando ayes, y bonitamente me encaminé a una
estancia que habíamos dejado atrás y en la que yo había visto
abundancia de hierbas frescas y aromáticas, tras las cuales se me
habían ido los ojos. No me fue difícil meterme en la estancia; pero
yo había echado la cuenta sin la huéspeda. ¿De qué me podía servir,
estando embridado, pasearme por aquel lujoso suelo? Pasé una noche
toledana, encabestrado, como aquel día que siguió al del gran
desaguisado del Tuerto Garmendia, y padecí el suplicio que dicen
que sufrió no sé qué caballero que estaba muriéndose de sed y
viendo el agua a dos deditos de sus labios sin poderla probar.
Pisoteé bestialmente un maizal y unas hortalizas, y lo dejé todo en
un estado que daba grima. Amaneció, y el dueño de la heredad,
arrebatado de ira al ver el estrago que yo había causado en ella,
me apaleó y me llevó al coso del pueblo.
El coso es un establecimiento público en que los animales
vulgares purgan el delito de haber metido el diente en mies ajena.
¡Pero que yo, yo, el Moro, el que estaba retratado con la
incomparable Mercedes, el noble bridón del Alférez Camilo, me
hubiera visto encerrado en un coso!
Al cabo fui rescatado y volví a casa del perniquebrado
depositario.
Allí me junté con un caballito sabanero muy ladino y muy
avispado con quien había contraído amistad en ese mismo lugar, y él
me contó que al pueblo, del cual había venido hacía poco, había
llegado un sujeto, averiguando el paradero de un caballo rucio que
le habían robado desde la Semana Santa.
-¿Y da las señas de ese caballo?, le pregunté con sumo
interés.
-Sí, y por esas señas juzgo que usted es el caballo buscado.
-¿Y cuáles son las del sujeto?
-Me es muy fácil pintárselo a usted con todos sus pelos y
señales, porque me fijé mucho en él.
-Veamos, pues, ¿cuáles son esas señas?
-Estatura mediana; color rubio empañado por el sol y el viento;
pómulos arrebolados y salientes; las mejillas hundidas como si se
las estuviese chupando. Con la boca hace hociquillo como si siempre
estuviera para dar un beso. Ruana de listas de colores, sombrero de
jipijapa de copa muy baja.
-No diga usted más, no diga usted más. Es don Bernabé.
Al cual debió de costarle muchos pujos el recabar de la
autoridad que yo le fuera entregado, porque, contra su costumbre,
permaneció fuera de su casa por muchos días.
En el viaje de regreso purgó el pecado de cicatería con que
siempre traía gravada su conciencia, manteniéndome sin herraduras,
con verse precisado a cabalgar, no en mí, que estaba despeado, sino
en una yegua que, durante mi ausencia, había comprado, y que fue la
caballería de que se sirvió a la ida.
Decía don Bernabé que a él no le gustaba herrar los caballos
porque se acostumbraban a estar herrados; y que, además, en sus
tiempos, no habiendo casi quién supiera herrar, sólo se herraban
cuando habían de servir para fachendear en las calles de la
capital. Con el propio criterio hubiera podido decir que no le
gustaba darles de comer porque se acostumbraban a comer; ni usar de
los fósforos porque en su tiempo no se encontraban.
La yegua recién adquirida, que se llamaba la Alcancía, era rucia
como yo, barrigona, de largo y estirado cuello con
|valona
|
3
, y de
orejas largas y divergentes. Su compañía me fue de mucha utilidad
en todo el tiempo que permanecí en poder de don Bernabé, pues con
su conversación me ayudaba a divertir mis ocios.
Mi recuperación fue muy festejada por la familia; y yo mismo
sentí hondamente, como ya la había sentido otra vez, aquella suave
emoción que una
|vuelta al hogar ha hecho en todos tiempos
palpitar dulcemente los corazones sensibles.
¡Con qué delectación tan sabrosa volví a ver aquella rústica
vivienda, aquella estancia y aquellas escenas apacibles que, sin
turbar el ánimo, recrean a los que saben gozar de los espectáculos
que ofrece la madre naturaleza!
En la casa todo respiraba amable sencillez: en la reducida sala,
en la que abusivamente me colé más de cuatro veces para recoger
granitos de maíz, alternaban la pesada mesa de gran cajón asegurado
con su cerrojo, y los taburetes labrados con hacha y forrados en
cuero crudo, con los tercios de papas, de maíz y de trigo, que
también servían de asientos. En el testero fronterizo a la puerta
estaba
|el altar, compuesto de viejas estampas de santos, de
pedazos de papel pintado, de espejitos minúsculos, de rótulos
pintarrejados, de oraciones impresas y de plumas de pavo real. De
estacas clavadas en las paredes pendían rejos de enlazar, un amero,
un tiple y los sombreros y las ruanas domingueras. Adornaban
también las paredes algunos hacecillos de espigas de trigo y unas
mazorcas de maíz, muestras de la última cosecha. Las puertas de las
alcobas no tenían madera sino delgadas cortinas.
En las columnas del corredor estaban aseguradas algunas patas de
venado que servían de ganchos para colgar zamarros, zurriagos y
aparejos de bestias de carga.
En un tramo que formaba escuadra con el de la sala, estaba la
cocina, delante de cuya puerta se veía el patio humedecido por el
agua que muy a menudo derramaba Resura de una olla y de una artesa
que lavaba allí muchas veces cada día.
En otro lado del patio se hallaba gran parte del año una tosca
mesa, sentadas delante de la cual, en taburetes ennegrecidos por la
vejez, dos indias jornaleras, sin distraerse nunca de su ocupación,
estaban escogiendo trigo, valiéndose, ya del amero, ya de las
manos, a guisa de quien cuenta plata.
Cerraba el patio, por los dos costados en que no había edificio,
una hilera de
|arbolocos
|
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interpolados con rosales silvestres que se
enredaban y aun se enmarañaban en una cerca formada de cañas de
maíz, cerca que por su innata debilidad y por hallarse siempre
deteriorada, daba lugar a los frecuentísimos regaños de la
|señá Pioquinta a las dos sirvientas porque dejaban que los
marranos y el burro invadieran el patio.
En ciertas épocas del año nos era permitido a los cuadrúpedos
que habitábamos la estancia vagar por casi toda ella, y arrimado yo
a la casa me entretenía observando las costumbres de los compañeros
de di versas especies que allí tenía.
Los dos cerdos, atentos en todos los instantes de su descansada
vida a las cuestiones del condumio y del regalo, y apretados
siempre por la necesidad del baño, lo tomaban a la continua; pero,
como no hallaban un pozo de agua pura, se revolcaban o se tendían
voluptuosamente entre el barro; sin dejar, eso sí, de gruñir, como
si nunca les pareciese bien ni la comida que Resura les echaba, ni
el nido de fango que ellos mismos se aparejaban.
Los perros, Corbatín y Confianza, se echaban al sol en el patio;
de golpe, con ademán de quien se acuerda que tiene una diligencia
que desempeñar, se levantaban y partían a trote hasta cualquier
punto; se volvían al mismo que habían dejado, en el que, con los
ojos y con las narices, buscaban sitio adecuado para colocar la
cabeza; y, como hallaban que todos eran iguales, se decidían por
cualquiera, se echaban y se enroscaban sirviéndoles los brazos de
almohada. Pero las moscas venían a turbar su reposo, y ellos, con
rápido volver de cabeza, con más rápido chasquido de lengua y con
ligerísimo abrir y cerrar de boca, trataban de cazarlas. Otras
veces se volvían panza arriba dando unos gruñidos de satisfacción
que excitaban la envidia de los que los oían. Si percibían algún
rumor extraño, sacudían la pereza en un santiamén, y acudían a ver
si era llegada la ocasión de cumplir con su deber de defender la
casa.
El pavo suspendía la eterna faena de recoger y alargar el cuello
y de andar mirando hacia todos lados, para hacer la rueda. Henchido
de vanidad y poniéndose colorado como unas brasas, echaba la cabeza
tan atrás como le era posible, y con visible esfuerzo extendía su
abanico de plumas tratando de rozar el suelo con las más bajas y
haciendo ruido como de bombo, para advertir a todos los que podían
mirarlo que no debían privarse del soberbio espectáculo que tenía
la magnanimidad de ofrecerles gratis. Después de marchar
pompeándose y volviéndose a diversos lados como para no dejar
chasqueado a ningún espectador, deshacía la rueda, y volvía a todas
partes miradas con que preguntaba: ¡Eh! ¿Qué tal les he parecido a
ustedes?
Las palomas, ora en el suelo, ora sobre el techo de la casa, se
camelaban con blandos arrullos y giraban mostrándose unas a otras
por ambos lados y cuidando de no mover la cabeza, como si temieran
chafar el pulido plumaje.
En aquella hora de inefable y melancólico encanto en que la
naturaleza y los animales se preparan para el descanso nocturno, el
toro con mugidos profundos y pausados que parecían salir de una
tinaja, seguidos de un
|allegro de bramidos agudos,
aparentaba estar gobernando una grey numerosa, no la muy reducida
que encabezaba, la cual sólo se componía de una yunta de bueyes y
de una vaca con su mamoncillo y con otra cría.
Las gallinas, después de haber garruleado todo el santo día,
repartiendo avisos, advertencias, amonestaciones y regaños con
aquella riqueza de lenguaje que les es peculiar a los individuos de
su ralea y que les hace hallar tan gran variedad de frases
expresivas y bien acentuadas, se daban las buenas noches y
empezaban a mirar hacia todos lados con ademán de quien se cree
rodeado de asechanzas, y a buscar en el gallinero o en un cerezo de
fuera del patio, el sitio en que habían de pasar la noche; ya
parecía que habían dado con el que buscaban, cuando emprendían
nuevos paseos y vueltas. Una y diez veces se paraban, tendían el
cuello hacia un lado e, inmóviles, ponían el oído como para
percibir bien un rumor lejano y sospechoso; hacían ademán de ir a
dar un paso y permanecían con la pata levantada, temerosas de hacer
ruido; al fin, muy quedito, ponían la pata en el suelo y, con aire
de maliciosa cautela, miraban con un solo ojo, que parecía estar
descubriendo señales (visibles únicamente para ellas) de la
aproximación de un enemigo. Al cabo clavaban la vista en el lugar
que habían elegido, encogían las zancas, y con estrepitoso aleteo
ganaban el sitio en que habían determinado pernoctar.
Ese sitio, elegido por cada gallina después de tan prolijo
examen y de tan maduras deliberaciones, venía a ser el mismo, ni
más ni menos, en que habían pasado la noche anterior y acaso todas
las del año. Allí solían refunfuñar y armar reyertas unas con otras
sobre derechos al goce de tal o cual parte del gallinero o de las
ramas del cerezo.
Desde una colina cercana se dilataba a veces por los ámbitos de
la campiña la voz sonora, pura y musical de un muchacho que les
gritaba a otros diciéndoles que unos cerdos se habían entrado a la
labranza; o que, cuando subieran, llevaran el azadón, que se le
había quedado a
|Mano Pedro junto al salvio; o que no fueran
a dejar abierta la puerta del rastrojo.
Venía luego el alto silencio de la noche, interrumpido sólo por
el croar de las ranas, por ladridos lejanos, por el canto de los
desvelados gallos, y por los gorjeos de una avecilla que, engañada
por resplandores fugitivos que semejaban relámpagos, creía que
todavía era tiempo de despedirse de la luz vespertina o que ya era
el de saludar a la de la aurora.
Dichosos, dichosos mil veces los que habitan en el campo si
conocieran los bienes de que está en su mano disfrutar!
|
5
.
|
1
|
|Armarse en una cosa es, en
lenguaje sabanero, adquirirla.
|
|
2
|
|Quiteño no significa en este pasaje
|natural de
Quito, sino quitado.
|
|
3
|
|Valona. Crin del cuello recortada en la forma en que
suelen llevarla las mulas.
|
|
4
|
|Arboloco.
|Polymia pyramidalis
|.
|
|
5
|
Aquí el Moro, sin saberlo, citó un pasaje de Virgilio.
|