CAPITULO XIV
VIDA NUEVA
SUMARIO-.
|Cometo algo como un sacrilegio. Móntame mi ama y el
diablo hace que no pueda portarme bien con ella. Me veo reemplazado
por un mal rocín. En un potrero. espectáculo lastimoso y tristes
reflexiones. Un jinete a pedir de boca. Bello proyecto y más bella
realización. El día más glorioso. Blandos arrullos. Por qué no
obsequio al lector con una descripción del Salto de
Tequendama.
Por allá entre los entresijos de la memoria, se me había quedado
trasconejada una aventura que dio origen a un gran susto y a muchas
carcajadas reprimidas.
En la temporada en que don Cesáreo y doña Macaria me montaban a
menudo, se recibió en Hatonuevo la visita de unas religiosas
extranjeras, y como éstas fuesen muy aficionadas a montar, don
Cesáreo dispuso para agasajarlas que diesen con él un paseo por los
potreros, no todas a la vez, pues no había más que dos sillas, o
sea galápagos, de mujer, sino de dos en dos.
Tocóme a mí cargar nada menos que con la superiora, señora muy
acatada y reverenciada de cuantos la trataban. Cuando partimos de
la casa yo vi salir adelante y muy aprisa el caballo de la otra
religiosa, con lo cual sentí gana de ir a paso más vivo de lo que
convenía a un jinete como el que llevaba. La venerable señora entró
en cuidado, y don Cesáreo picó para ponérsele al lado y tratar de
tranquilizarla; el haberme alcanzado el caballo de mi amo me avivó
más; en esto un largo rosario lleno de cruces y medallas que pendía
de la cintura de la religiosa, empezó a hacer ruido y aun a darme
golpecitos; apreté más el paso, y el miedo de la señora llegó a lo
sumo. Extendió la mano buscando la de don Cesáreo, y éste se la
alargó; así asidos, siguieron por un rato; al fin, al dar los dos
caballos un salto muy corto y ligero para pasar una zanjita, la
religiosa, por apoyarse más en la mano que tenía agarrada que en la
silla, cayó al suelo y rodó un poco, con lo que su blanco hábito
quedó a trechos con manchas de color de la hierba y de color de
tierra.
Un jinete que se apoya en algo que esté fuera de la bestia en
que va montado, pierde el equilibrio; y, si no puede afirmarse en
la silla apretando las piernas (como no puede hacerlo quien va a
mujeriegas), viene al suelo indefectiblemente.
Después de la barrabasada de Juan Luis volví a aquel reposo que
me era tan antipático. Ya hacía tiempo que de mi cuerpo había
desaparecido todo vestigio de los magullamientos y lastimaduras,
cuando la señora doña Paz, mujer de mi amo, determinó ir con su
marido, con sus hijas mayores, Mercedes y Matilde, y con los niños
y niñas, a una hacienda en que residía una hermana de aquella
señora. El señor Avila declaró que doña Paz no podía hacer el viaje
de ninguna manera más cómoda y segura que yendo en mí; la señora,
que había nacido y se había criado en una de las comarcas de
Colombia en que las mujeres no aprenden a montar y que sólo había
cabalgado para subir del Magdalena a la Sabana, lo rehusaba
porfiadamente y aseguraba que se moriría de miedo si llegaba a
verse sobre un caballo; pero la pertinacia de su marido fue mayor
que la de ella, y quedó acordado que yo llevaría a la dama sobre mi
lomo.
Llegó el día señalado para la expedición. Las señoras no
quisieron montar en la casa, para no dar en las calles un
espectáculo que habría llamado demasiadamente la atención; y los
caballos fuimos trasladados a una quinta, en cuyo patio se efectuó
la laboriosa operación de hacer montar a las señoras. Doña Paz
quiso que me paseasen para ver si yo era bien mansito, y me montó a
mujeriegas uno de los mozos que nos habían llevado, el cual se
cubrió las piernas con una ruana grande que debía hacer las veces
de amazona. Yo me reí para adentro de estas precauciones e hice
todo lo posible para inspirar confianza a mi señora. En la obra de
ayudarle a montar tomaron parte todos los presentes: uno tenía el
taburete que debía servir de escalón; otro sostenía el galápago por
mi lado derecho; otros dos me tenían de la rienda; otro guardaba
los guantes, el pañuelo y el latiguillo para entregarlos a doña Paz
cuando estuviera ya bien acomodada. Una persona apretó las cinchas
después que hubo subido; otra, haciendo que previamente le pusiera.
la mano izquierda en el hombro y que con la derecha se apoyará en
el galápago, le arregló las faldas; otra, finalmente, alargó y
acortó el estribo hasta que mi señora, que ignoraba cómo le
convenía llevarlo, declaró de puro fastidiada, que ya estaba en el
punto debido.
Durante esta escena doña Paz respiraba sonora y angustiosamente,
temblaba un poco, hacía exclamaciones y se encomendaba
fervorosamente a los santos.
Partimos. Al principio todo anduvo tan a pedir del deseo que mi
ama empezó a cobrar ánimo y a alabar mi mansedumbre y la suavidad
de mis movimientos; pero nos vino de cara una ráfaga que le
arrebató el sombrero a Matilde y me lo echó a los pies. Yo,
espantado, me paré un instante, puse la barba contra el pecho y
agucé las orejas. Doña Paz no cayó, pero volvió a ponerse nerviosa.
Más adelante vi una casa que que daba a la orilla del camino y a
cuya puerta había caballos, y procediendo (lo confieso) como un
caballo vulgar y mal nacido y dando por sentado que debíamos entrar
a aquella vivienda, empecé a saborear el bocado y acercarme a ella
andando de lado, cosa con que mi señora se creyó perdida. Ella
trataba de encaminarme bien, pero no acertaba a hacerlo.
Las mujeres, y aun los hombres, cuando no han aprendido a
montar, manejan la brida desmañadamente, separando el codo del
cuerpo y levantándolo y llevando las riendas altas y flojas.
Finalmente, doña Paz pudo seguir; pero estaba de Dios que, en
aquel viaje, perdiera yo para con mi señora el buen crédito de que
no sin justicia disfrutaba. Ella había exigido como condición para
ir a caballo, que un mozo campesino que hacía de paje fuera
constantemente a su lado. Yo me
|amadriné al caballo en que
él iba; y, como el mozo se hubiera adelantado para cumplir cierta
orden que se le dio, yo relinché, y mi relincho puso más espanto en
el pecho de mi ama, que hubiera podido ponerle el rugido de una
fiera: ella creía que el relincho era señal de rebeldía y de
irritación contra el jinete.
Y o fue éste el único percance: ya tal vez iba latiendo con
regularidad el corazón de mi señora cuando un maldito insecto
penetró en uno de mis oídos y empezó a hacerme sentir un cosquilleo
intolerable; arrisqué la oreja y me puse a sacudir muy a menudo la
cabeza, en lo que doña Paz vio nuevos peligros. En resolución, ella
declaró que de ninguna manera seguiría en un caballo que iba
matándola a sustos y que, a seguir en él, prefería echar a andar a
pie. En esta ocasión ya no valieron ruegos ni persuaciones, y el
señor Avila, después de madura deliberación, no halló solución
mejor para el problema que se le presentaba, que disponer que su
consorte montara en el caballo del criado, que éste montase en el
que llevaba al mismo señor Avila, que no era muy bueno, y que él
seguiría sobre mi lomo. El caballo del criado era lerdo por todo
extremo, y desde que se hizo el cambio hubimos de seguir paso ante
paso, lo que nos quemaba la sangre a mí y a los demás caballos de
raza que iban en la expedición, y ocasionaba a los jinetes grave
incomodidad e impaciencia.
La estancia en la hacienda término del viaje fue para mí
deleitable, pues nada deseaba yo tanto después del largo encierro
en las pesebreras como esparcirme a mis anchas en un potrero.
Felizmente aquel en que me hospedaron era de los mejores de la
Sabana.
Cuando, rebasando del grupo de cerezos y nogales que le servía
como de portada, pude dominar la extensión del potrero, se me
ensanchó el ánimo y la vista se me recogió. Hacia la entrada la
hierba estaba más tupida, lozana y floreciente, por ser aquella la
parte más hollada y más nutrida por el abono con que la próvida
naturaleza ha dispuesto que los animales restituyan a la tierra los
elementos de la vida.
La llanura, interrumpida únicamente por pequeñas eminencias,
estaba cubierta por un inmenso y alegre tapiz de fondo verde
-azulado y claro- formado por las gramas, y lucía labores de plata
y oro con que lo recamaban el trébol y la chisacá en primaveral y
lujosa florescencia.
Algunos árboles, esparcidos en desorden, ofrecían su sombra a
los huéspedes de la dehesa.
Cerrábala por uno de sus costados el río, que a la sazón estaba
desbordado y se ensenaba en los sitios más bajos de sus márgenes.
Por la citerior corría una hilera de sauces que, fornidos y
poderosos,
|como árboles que crecen al borde de las aguas,
habían vencido con su peso a la tierra que los sustentaba y se
inclinaban atrevidamente sobre el río.
Por entre su ramaje se veía rechispear inquieta la luz del sol,
reverberando en las ondas menudas y movedizas que el viento
levantaba.
Mientras estuve en esta hacienda tuve ocasión de ver caballos
desempeñando una de las tareas más penosas a que los hombres han
podido sujetar a mis semejantes. Había una máquina, no sé si de
aventar trigo o de trillarlo, a la que se daba movimiento por medio
de un mecanismo que, más bien que para un fin industrial, parecía
inventado para castigar y martirizar a los infelices animales. El
caballo, encerrado en un recinto de que no puede salir, se ve
forzado a dar eternamente un paso sobre una tabla que baja con el
peso de la bestia; ésta da otro paso sobre una nueva tabla que se
le presenta y que baja corno la primera, atrayendo a la que le
sigue; pisada ésta, baja y hace venir otra sobre la cual tiene el
caballo que poner las manos. Aquel movimiento, que semeja una cruel
pesadilla, y que es igual al que hace un caballo que va subiendo,
no puede suspenderlo sin caer. Un caballero que se hallaba de
visita en la hacienda y que estuvo contemplando aquel suplicio,
dijo que se parecía al de un tal Sísifo, personaje que yo no había
oído nombrar; y que recordaba unos versos de un señor Olmedo,
igualmente desconocido para mí, versos que, si mal no me acuerdo,
decían, hablando de un caballo:
-
- Ufano, da en fantástica carrera
- Mil y mil pasos sin salir del
puesto.
A mí me pareció oportuna la cita, aunque no era aplicable en
cuanto a lo de la ufanía.
Uno de los pobres caballos que tenían destinados para aquella
ímproba labor era cojo: no podía prestar otros servicios, y lo
obligaban a hacer aquél, que no podía dejar de prestar aunque lo
hiciese a costa de esfuerzos violentos y de vehementes dolores.
Este espectáculo, como antes lo habían hecho otros igualmente
capaces de lastimar mi sensibilidad, me sugirió la desconsoladora
reflexión de que yo podía llegar al estado miserable a que habían
venido aquellos caballos. Una vez inutilizado por los años o por
algún accidente, mi suerte podía ser la de ellos, u otra tal vez
peor. Para cuando yo sea muy viejo o para cuando esté baldado no
puedo abrigar otra esperanza que la de haber inspirado cariño al
amo en cuyo poder envejezca o quede inválido, y la de que él sea
tan bueno que desinteresadamente me mantenga hasta el fin de mis
días.
Mi ama volvió a la ciudad en una yegua muy mansa y muy dócil,
pero muy zonza y muy fea. A mí me tocó al regreso cargar con
Mercedes, la mayor de las Avilas, joven despierta y alegre, que no
había montado muchas veces en su vida, pero a quien reconocí por
jinete consumado apenas estuvo sobre mi espalda. Durante el viaje,
para aprovecharse de mis buenas prendas, picaba y se adelantaba por
largos trechos, aguardaba a los demás de la comitiva y volvía a
adelantarse. Tan pagada quedó de mí, que, a fin de volverme a
montar, y antes de que llegáramos a la ciudad propuso a su padre
que, dentro de breve término y convidando algunas personas,
encabezase un paseo al Salto Tequendama. El señor Avila, que era
hombre campechano, y que mimaba a su hija cuanto ella merecía ser
mimada, que parece no era poco, convino en ello; y así fue que,
desde que llegamos a Bogotá, se hicieron los preparativos y las
invitaciones para el paseo.
El día fijado partimos por la tarde para el pueblo de Soacha, en
el que debíamos pernoctar. Formaban la comitiva del señor Avila sus
hijas y sus hijos y seis o siete personas extrañas. No me
sorprendió que doña Paz no fuese de la comparsa, pues bien sabido
me tenía que el montar a caballo no era su pasión dominante.
No nos habíamos alejado gran cosa de la ciudad cuando empecé a
oír calurosos elogios de la figura que hacíamos Mercedes y yo. Ya
yo estaba enterado de que, ajuicio de los hombres, no hay para una
mujer ocasión de ostentar sus atractivos y de extremar su gentileza
como la de ir bien montada. Por otro lado, también me constaba que
lo que más realzaba la hermosura y las buenas partes de un caballo
es llevar sobre sí una mujer bella que monte con soltura y
gallardía. Por tanto, aquellos elogios me inflaron sobre manera, y
tanto más cuanto tenía para mí que eran merecidísimos. Yo no puedo
juzgar de la belleza de las mujeres; pero, según lo que en aquella
y en otras muchas ocasiones oí a los hombres, Mercedes era una de
las muchachas más garridas de su tiempo.
No puedo ponderar mi satisfacción ni el ahínco con que procuré
hacer brillar todas las prendas que debía a la naturaleza y a la
educación. Pompeándome soberbiamente, simulaba una fogocidad capaz
de poner en cuidado a los buenos jinetes, y obedecía a la rienda
adivinando el pensamiento de mi señorita. Llevaba la cabeza, como
siempre, quieta y erguida, pero logré enarcar el cuello más que de
costumbre.
El velo de la linda amazona, sus amplias faldas y mis crines,
impelidos hacia atrás, cuando el viento nos venía de cara, se
agitaban y ondeaban airosamente.
Lo que no pude ¡ay! fue abstenerme de colear. A trueque de no
colear aquel día hubiera yo consentido en permanecer por una semana
en poder del Tuerto Garmendia.
Todo elogio que de mí hacían las personas conocedoras de
caballos que iban observándome, terminaba con la exclamación que
tantas veces me había atormentado los oídos: "¡Que lástima
que sea coleador!"
Mercedes estaba para casarse, y se cae de su peso que el novio
era de los del paseo. Juntos éste y aquélla y casi siempre
separados de los demás, hicieron el viaje de ida y vuelta, y me
ofrecieron coyuntura para imponerme en lo que son los coloquios de
los enamorados. Yo había imaginado que tales coloquios se
compondrían de finos y delicados conceptos, y que en ellos se
descubriría cierta seriedad, puesto que, todo bien considerado, en
ellos se trata de lo más serio y más trascendental que hay en la
vida de los hombres. ;Qué desengaño! Ni los mismos novios ni yo
podríamos decir qué fue lo que hablaron: tan insustancial fue todo
ello. Allí hubo quejas recíprocas y mil veces repetidas sobre
imaginados y rnenudísimos agravios y desdenes. Burbujeaban
preguntas tales como ¿me quieres?, ¿me adoras?, ¿me idolatras?, y
lloviznaban respuestas sazonadas con
|mi amor, mi lucero, ángel
mío, mi cielo, mi encanto, mi gloria.
Y cuenta, que los enamorados no eran ningunos palurdos ni
ningunos cursis: él era doctor y mucho más; ella sabía discurrir
sobre literatura y sobre artes por modo tan encumbrado y tan por lo
fino, que, cuando hablaba de eso yo no podía entender una jota.
Enajenados los dos amantes, repitieron que aquel había sido el
día más dichoso de su vida; protestaron que jamás se olvidarían de
ninguno de los objetos que, en lo sucesivo, pudieran recordárselo;
y encarecieron el afecto que siempre me habían de profesar a mí que
tanto había contribuido a hacerlo delicioso.
Ni fue sólo el amartelado galán quien declaró que, montada sobre
mí, Mercedes se había mostrado en la plenitud de su deslumbradora
belleza. Ya en unos términos, ya en otros, todos los de la comitiva
expresaron ese mismo concepto. Hubo quien propusira que se nos
retratara, y la proposición fue acogida con aplauso y
entusiasmo.
Pocos días después se puso por obra el sacar el retrato; yo no
lo vi, porque cuando se hizo, el fotógrafo nos dejó ir sin
mostrárnoslo, pero supe que de él había resultado un cuadrito
precioso y que Mercedes, no queriendo que su imagen completa fuera
a andar en manos extrañas, volvió la cabeza y dispuso los pliegues
del velo de manera que no quedasen retratadas sus facciones.
Entre los placeres de aquel paseo no puedo contar el que me
habría procurado la vista del Tequendama: desde el paraje en que
quedamos atados los caballos, mientras nuestros jinetes bajaron su
orilla, no podía contemplarse, y hubimos de contentarnos con oír el
estruendo solemne de la catarata, y con sentirnos, cuando avanzó el
día, envueltos en las nieblas con que, como con velo que oculta
misterios augustos, se cubre el Tequendama cuando pasa la hora de
ofrecerse a la contemplación de los mortales. Hé aquí por qué no
puedo regalar al lector, como desearía hacerlo, con una descripción
del Salto de Tequendama.