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CAPITULO XIII

AMO NUEVO

SUMARIO -. |Anuncios de mi enajenación. Conviértome en caballo urbano. Mis primeras impresiones. Las pesebreras. Paseos terapéuticos. Revolcarse es una necesidad. Vida sedentaria. Cómo salgo de la inacción. Lo caro que costó una lección sobre el modo de atar una bestia.

Consternado y abatido quedó mi amo con la pérdida del pleito: no creo que hubiera podido quedarlo en superior grado si toda su fortuna se hubiese deshecho y si la miseria y el hambre hubieran tocado a sus puertas. Todos los desembolsos que antes del descalabro acostumbraba hacer, le parecían tan de primera necesidad como los indispensables para la subsistencia; hasta el que consistía en colocar productivamente la parte de su renta que de cuando en cuando destinaba, por no tener otra cosa peor que hacer con ella, a acrecer su capital.

No cesaba de lamentarse, y repetía que le era forzoso desprenclerse de muchas de sus cosas, aun de las que más quería; entre estas últimas íbamos contactos sus caballos, y le oí decir que, si lograra deshacerse de mí por lo que pudiera valer sin el defecto del coleo, haría el sacrificio de venderme.

Como fueron muchas las personas que le oyeron tales especies, éstas llegaron a oídos de otras que deseaban comprar caballo, lo que explica el suceso que voy a referir.

Cierto día festivo llegó a la hacienda un caballero, que al punto supe se llamaba el señor Avila y era comerciante de Bogotá, el cual iba a proponer a don Cesáreo que le vendiera un caballo bueno y muy manso. Refirióle que la vida sedentaria que llevaba en el almacén había quebrantado su salud, por lo cual los médicos le habían aconsejado que diariamente hiciese ejercicio a caballo. Expuso que él era ignorantísimo en materia de caballos y que, así, se atendría ciegamente al juicio de don Cesáreo en orden a la elección del que había de tomar y al precio que hubiera de pagar por él.

Yo admiré la ingenuidad con que el mercader confesó su falta de conocimientos hípicos.

Puedo decir que él es el único hombre de cuantos he conocido que ha hecho semejante confesión, aunque he conocido innumerables que no han puesto, para adquirir tales conocimientos, otro medio que el de montar una que otra vez en caballos mansos y doctrinados.

Dados los antecedentes del negocio, era imposible que el señor Avila y mi amo no se aviniesen; y he aquí que, al día siguiente al de la negociación, era yo propiedad del señor Avila y estaba instalado en una pesebrera de la capital.

Sentíame yo ese día tan aturdido, que no puedo definir la emoción que dominaba entre las que confusamente me poseían. Me halagaba yerme en situación tan nueva para mí, situación que me parecía más elevada y honrosa que la de un |caballo de hacienda. Yo era aún joven, y en la juventud siempre seduce la novedad. Me venía además una idea vaga de que, en la ciudad y bajo el dominio de un sujeto acaudalado y respetable, estaba yo más asegurado contra cualquier tentativa del Tuerto Garmendia.

Pero, por otra parte, al verme encerrado entre paredes y pisando empedrados, yo que estaba habituado a enseñorearme con la vista de todo el horizonte; a reputar mío un espacio amplio y abierto alrededor del sitio que ocupara; a respirar el aire libre, puro y embalsamado de las praderas; y a recrearme en compañía de amigos o de semejantes míos, suspiraba por la vida que, tal vez para siempre, había dejado.

No podía perdonarle a don Cesáreo el que, dando muestras de insensibilidad, me hubiera, por decirlo así, echado de su casa, por conseguir en cambio unas monedas. Entonces, más que nunca, me sentí maravillado de que los hombres estimen tanto el dinero, cuya utilidad no podemos comprender los animales; y entonces, más que nunca, ponderé la ventaja que les llevamos a los hombres no viéndonos agitados, atormentados y divididos por el anhelo de las riquezas.

Sin embargo de esto, yo gemía en mi interior acordándome de mi antiguo amo, y mucho más de la señora doña Macana, que había llorado a lágrima viva al yerme salir de Hatonuevo. A Emidio y a otras personas de la hacienda, así como a varios de mis compañeros, les consagré también muchos suspiros.

Las pesebreras en que fui colocado no eran de las mejores. Su dueño afectaba creer que lo mejor para que las bestias se mantengan gordas es el método y la sobriedad; sólo a horas determinadas se llenaban las pesebreras, aunque a otras aquejase el hambre a los parroquianos; y digo mal cuando digo que |se llenaban, pues nunca las vi llenas. La escasa yerba fresca y sabrosa que se nos daba iba revuelta con paja o tamo de trigo, alimento a que los caballos de la Sabana somos muy pocos aficionados. Lo escaso del crédito de que gozaba el establecimiento hacía que ninguna bestia permaneciera en él por mucho tiempo, de que resultó que, mientras estuve allí, no tuviera sino relaciones pasajeras con algunos caballos. Para colmo de males faltaba el aseo, y los malos olores y los mosquitos me atormentaban.

Mi nuevo amo principió con mucho fervor a poner en práctica el consejo de los facultativos. Todas las mañanas, lloviera o tronara, era yo llevado a la casa por el muchacho que en ella servía, que se llamaba Juan Luis, uno de la marrulleros más insignes que he conocido, pero aún más simpático y despabilado que marrullero.

Del primer paseo que dio el señor Avila quedó tan hechizado, que al apearse dijo a su mujer que nunca había de dejar pasar un día sin salir a caballo; que, merced a este paseo y al viaje que había hecho a Hatonuevo, se sentía vigorizado; que tenía muy buena gana de almorzar; que no comprendía cómo tantas personas que pueden dar tales paseos se privasen de ellos; y finalmente, que era preciso enviar algún regalo a don Cesáreo, pues no le quedaba duda de que sólo a la benevolencia y obsequiosidad de aquel bello sujeto debía el haberse hecho por un precio, relativamente moderadísimo, con un caballo que, en concepto suyo, era el cúmulo de las perfecciones que pueden adornar a un individuo de su especie.

Este elogio, lejos de halagarme, me avergonzó: pensé en el condenado coleo, y al acordarme de él, coleé, como había coleado cien mil veces sin que mi amo se percatara de ello o de que el colear era un feo vicio.

Al otro día el paseo fue más temprano, y más temprano aún al día siguiente: tal era el entusiasmo con que el señor Avila había tomado el método curativo que se le había prescrito. Unos días salíamos por la vía del norte hasta Chapinero o más adelante; otros días por la de occidente, hasta Fontibón; otros por la de Soacha o la de Yomasa; y aun hubo días que trepamos por el camino de Ubaque.

A mí me agradaban los paseos, y me habrían aprovechado, si el alimento que se me daba hubiera sido abundante: el trabajo de una o dos horas diarias es excelente para un caballo que come lo que necesita comer. Pero, la verdad sea dicha, como yo comía mucho menos empezó a cargarme la puntualidad con que mi amo se aplicaba su remedio; y, a ojos vistas, empecé a desmedrarme.

Esto último fue observado por cierto amigo del señor Avila, más instruido que él en cuanto a caballos; y aconsejó que se me trasladase a otras pesebreras de mejor reputación que aquellas de que yo era huésped en la actualidad. El consejo fue seguido, y no puedo negar que mi situación mejoró considerablemente. Entre otras ventajas de que empecé a gozar en mi nuevo alojamiento, merece particular mención la de que los vecinos que me tocó tener en los pesebres inmediatos al mío, que eran caballos muy tratables, permanecieron allí por mucho tiempo y consiguiente mente pude trabar amistad y platicar largamente con ellos.

Tal vez causará extrañeza al lector, si no es caballo, saber que entre las incomodidades que en la pesebrera me hacían suspirar más por mi vida de campesino, no ocupaba ínfimo lugar la posibilidad de revolcarme después del trabajo. No sabré explicarlo, ni habrá acaso quien lo explique, pero es lo cierto que el revolcarse al fin de una jornada o de cualquiera otra tarea produce un descanso, un deleite y bienestar indecibles. Parece que se aflojan los músculos que han trabajado y que entran en ejercicio los que habían estado ociosos. Por otra parte, el restregarse los lomos contra el suelo sustituye a la impresión desagradable que ha dejado el contacto con la silla y que el sudor hace más molesta, con otra tan deliciosa como la que experimenta todo el que siente comezón y se rasca a su gusto. A muchos hombres les he oído decir que al sentir gran cansancio nos han tenido envidia a los que solemos revolcarnos, y aun nos han imitado.

Una mañana no fue por mí Juan Luis, y a la siguiente tampoco. Supe que de esta omisión del paseo tenía la culpa un catarro de mi amo. Días después, nueva omisión: era que había trasnochado en un espectáculo y no se había podido levantar temprano. Otra vez fue el mal tiempo y otra el correo lo que no permitió montar a mi dueño. Llegó día en que dejó de salir porque le dio pereza; y otro, y otro, y otro sucedió lo mismo. Los días en que no había paseo llegaron a ser más frecuentes que aquellos en que lo había. En fin, a los dos o tres meses de haber comenzado a hacerlos, mi amo no volvió a salir a caballo.

-Esta es, le decía su médico al señor Avila, la historia de todos los enfermos a quienes se prescribe el paseo a pie o a caballo: al principio, mucho fervor y mucha puntualidad; luego se empieza a hacer demasiado caso de los estorbos que se presentan y aun a verlos venir con agrado; entran la pereza y el aburrimiento, y al cabo prevalecen los hábitos antiguos.

-Usted tiene razón, replicaba el señor Avila; pero no puede negarse que hacer todos los días un viaje largo o corto sin ir a otra cosa que a |volver, agotaría la paciencia de un santo; y todo el mundo ha experimentado que lo que se hace y se repite por obligación, aunque sea en sí cosa placentera y sabrosa, viene a producir hastío y fastidio invencible.

Pero el señor Avila, abrigando uno de esos propósitos que nunca se cumplen, aguardaba hallarse alguna vez en disposición de continuar haciendo ejercicio a caballo, y quería conservarme en su poder. Entretanto yo me fastidiaba soberanamente y experimentaba en mi cuerpo los abominables efectos de la inacción. El dueño y el administrador de las pesebreras ignoraban que un caballo que no se monta hay que dejarlo cada día por alguna o algunas horas en libertad de hacer ejercicios. Milagro fue que a mí no me hubieran acometido las mismas dolencias que aquejaban a mi amo, que eran efecto de la vida sedentaria y que habían ciado ocasión a que él me comprara.

En muchas semanas, sólo una vez salí del forzado reposo, y eso fue del modo que voy a explicar. Juan Luis se pirraba por montarme. En los días en que el señor Avila cabalgaba, me sacaba de la pesebrera o de la casa llevándome del diestro, y apenas doblada una esquina se detenía para encaramárseme. Las primeras veces que lo intentó, yo me oponía a aquella truhanada y me rehuía de manera que, haciendo centro en mi cabeza, describía círculos con el anca. Pero la bestia que ha sido hecha para vivir sujeta a los hombres, tarde o temprano es supeditada por la porfía con que cualquiera de ellos, sea grande o pequeño, poderoso y esforzado o desvalido y enclenque, trata de acostumbrarla a hacer algo que le repugne. Juan Luis me habituó al cabo a dejarme montar, y con ello se granjeó alabanzas de los amos, por la ligereza con que desempeñaba el oficio de traerme a la casa. La holganza en que yo me encontraba cuando hubieron cesado los paseos era para Juan Luis tan enojosa como para mí mismo: si él hubiera sido el enfermo, seguro está que las higiénicas excursiones se hubieran interrumpido.

Apretado al fin por la gana de montar concibió y llevó a cabo un atrevido proyecto. En la tarde de cierto día de fiesta pidió licencia a la señora de la casa y la obtuvo de ella para ir a ver a una hermana suya que estaba muy mala en el hospital. Para la gente de la clase de Juan Luis, nadie está malo: el que no está sano está |muy malo.

Dirigióse a las pesebreras y me pidió en nombre del señor Avila. Sacóme, echóme |jetera | 1 con el lazo que servía de cabestro, cabalgó y emprendió una excursión por los alrededores de la ciudad, huyendo de los sitios en que le parecía deberse temer el peligro de ser visto por personas conocidas del señor Avila. Por los lados del sur y del oriente recorrimos aquellos arrabales en que abundan los tejares y en que la tierra en lugar de producir frescas, aromáticas y lozanas plantas que alegren la vista con sus flores y que con sus semillas fecunden el suelo que les da vida, no producen más que barro. ¡Qué triste me pareció el aspecto de esos lugares! En ellos está la tierra como desollada y llena de heridas, y parece que de allí huye la vida.

El higiénico paseo le excitó a Juan Luis el apetito y la sed. Se detuvo a la puerta de una venta de las del barrio de Las Cruces, en la que había gran concurrencia y un jaleo infernal. Me ató a una columna dejando el cabestro tan largo que rozaba el piso, y echando un mal nudo. Mientras él se refocilaba en la tienda, varios mozos maleantes que, ya más que refocilados, se hallaban en la puerta, me espantaron y me hicieron dar una vuelta, con lo que el cabestro se me enredó en las patas. Sobreexcitado por las cosquillas que me hacía el lazo y por la zambra que armaron aquellos tunos, me encabrité, salté, tiré del lazo y, al tirar, apreté la manea que ya me ligaba los brazos; me agité y sacudí desapoderadamente, hasta que caí con violencia. Juan Luis, lleno de afán y de espanto, pugnaba por desatarme, pero ni él ni nadie habría sido capaz de deshacer el perverso nudo. Ya, atraídos por la hulla, habían salido y me rodeaban todos los parroquianos de la venta, y uno de ellos sacó su cuchillo y cortó el lazo. Yo me levanté magullado y aturdido, y, siempre aguijado por el trozo de cabestro que había quedado y que me tocaba las patas, corrí sin saber a dónde. Varias de las personas con quienes me encontraba trataban de atajarme, pero yo no podía contenerme.

Divagué, no sé cuánto tiempo, por calles y encrucijadas, y al cerrar la noche, habiendo sido guiado por un instinto ciego, llegué a la puerta de mis pesebreras. Introdujéronme en mi departamento, no sin observar que yo llegaba harto asendereado.

Juan Luis, según lo supe más tarde por haber oído ciertas conversaciones, pensó no volver a la casa del señor Avila; pero, considerando que, si se fugaba, no podría sacar su ropa; y esperando que alguna casualidad lo librara de reconvenciones y castigos, volvió a la casa.

Al día siguiente, el dueño de las pesebreras mandó avisar al señor Avila que yo, después de haber sido sacado por Juan Luis, me había apárecido solo y lleno de tumores y escoriaciones. Interrogado Juan Luis, negó que él me hubiera sacado y perjuró que había pasado la tarde del domingo en el Hospital. Un dependiente de mi amo verificó un careo entre Juan Luis y los mozos de las pesebreras, en el que aquél se vio compelido a confesar que él era quien me había sacado. Reconvenido por su amo, explicó el suceso diciendo que, al salir del Hospital, se había encontrado con unos parientes que habían venido de su pueblo; que éstos tenían vehemente deseo de conocerme por que habían oído que yo era un caballo hermosísimo; que me había sacado hasta la calle, sin alejarse de la puerta de las pesebreras; que allí habían formado tumulto unos paseantes que iban borrachos, los que adrede me habían espantado; que yo había huido arrebatándole el cabestro y que todas las diligencias que habían hecho él y sus compañeros por alcanzarme, y luego para descubrir mi paradero, habían sido infructuosas.

Requerido en seguida para que explicara por qué no había dado oportunamente aviso de lo que había ocurrido, dijo que él lo iba a dar el lunes, pero que, cuando había salido a comprar la leche, se había encontrado con uno de sus compañeros de la víspera, y por él había sabido que yo había vuelto a las pesebreras.

Esta explicación pareció poco plausible. El señor Avila fluctuó entre castigar él mismo al galopín, ponerlo en manos de la policía o simplemente echarlo de la casa. Las vacilaciones dieron tiempo para que la cosa se enfriara y para que se calmara todo enojo; de que resultó que se abrazase el más benigno y menos enfadoso de los tres dictámenes; esto es, el de expulsar a Juan Luis.

Así aprendió (o debio aprender) éste, entre otras cosas, que a un caballo se le debe atar alto y en corto y de tal suerte que, al tirar del cabo suelto del cabestro, el nudo se deshaga fácil y totalmente.

1 |Jetera. Lazada hecha con el cabestro, que entra en la boca de la bestia y le cubre el barboquejo. Echada la jetera. el cabestro viene a servir de rienda.

 

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