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CAPITULO XI

CONTINUA LA SESION

SUMARIO-. |Descripción que hace el Mohino de la hacienda en que nació, de los rodeos y de las otras funciones. Punto y aparte. Relación de Morgante que no me es lícito reproducir. Mala disposición de mi ánimo. La naturaleza gime conmigo. Empacho que desazona al Mohino. Tacto con que dos prudentes caballos lo sacan de él.

-La hacienda en que nací, comenzó el Mohino, es una de las de la Sabana de Bogotá. Comprende una parte alta y montuosa denominada por la gente de la comarca |el Páramo, y otra parte baja y llana, bañada por el río Funza. Picos elevados, agrios peñascales, cañadas profundas, suaves recuestos y cimas anchas y casi planas cubiertas de un césped semejante al de los potreros ribereños, diversifican infinito el aspecto de la parte alta. En algunas explanadas cubiertas de vegetación de un verde caído y negruzco, que a partes deja descubierta una tierra negra y porosa, despunta el parduzco y triste frailejón | 1 . De lo más eminente de las sierras descienden arroyos de aguas purísimas, que a veces se esconden en las hondonadas con triste murmullo y salen luego a disfrutar de la luz del sol.

Uno de esos arroyos se precipita de unas rocas, cae en una gran pila natural, y al estrellarse, se desata en gotas menudas, forma arco-iris, lleva una como melena de espuma y con su estruendo llena la hondonada. Las aguas rebosan y, al seguir su curso, pasan por debajo de un puente cuyo piso igual y cuyo arco bastante perfecto harían atribuir al hombre aquella fábrica, si lo escarpado de los peñascos que pone en comunicación permitiese suponer que en algún tiempo se había transitado por el sitio en que se encuentra.

Por encima de las otras cumbres y dominando dos valles, yergue su cima un cerro que, por su figura cónica, se apellida el |Pan de Azúcar. Es hermoso ver desde esta cima, en mañanas despejadas, cómo las nubes abandonan su región y se posan sobre las dos planicies, formando dos mares blancos, encerrado el más pequeño entre montañas elevadas, e ilimitado el otro por el lado de occidente, donde se confunden con el cielo.

Al declinar el día, sobre todo cuando una lluvia general y copiosa ha dejado diáfana la atmósfera, se ve desde el |Pan de Azúcar otro bello cuadro. En su primer término se descubre la Sabana, con sus dos ciudades, sus pueblos y caseríos, sus sembrados y sus ricas dehesas, sus lagunas y su tortuoso río; en segundo término del cuadro, las nubes del poniente, tomando formas y colores que cada vez parecen nuevos y más brillantes, se confunden con las sierras lejanas y añaden a las poblaciones, a los bosques y a los lagos verdaderos, ciudades, selvas y piélagos fantásticos.

Las faldas occidentales de la serranía, que en su suave declive vienen a confundirse con la llanura, están empradizadas; mas la verde alfombra que las cubre parece a trechos despedazada, y bordada en ciertos parajes con labores caprichosas. Tal ilusión producen las vetas de casquijo, las sementeras y los tallares que dan a su aspecto pintoresca variedad.

El ganado, que en su mayor parte era bravo, dividido en hatajos, pacía o ramoneaba diseminado en el páramo. Estaba hecho a tomar sal en los salegares, sitios en que había piedras aparejadas para que las reses lamieran en ellas la sal. A estos parajes concurría el ganado siempre que se le llamaba gritándole |toy, toy, toy. Estos gritos llevaban un aire triste y prolongado, y un ritmo lento, y los ecos de los montes los multiplicaban repitiéndolos melancólicarnente. Las vacas, apenas los oían, bramaban llamando a los becerros, y éstos con las vacas y los toros se reunían en el salegar inmediato a sus querencias.

De ordinario, se les dejaba retirarse sosegadamente, o sólo se les inquietaba para enlazar alguna vaca vieja que debía bajarse a pasar sus penúltimos días en un potrero de ceba, o unos toros que se habían vendido para que fuesen a solemnizar unas fiestas luciendo en ellas su fiereza.

Pero cuando había llegado el tiempo de |los rodeos, la cosa terminaba de muy diverso modo.

Los rodeos eran una función clásica y solemne que se celebraba anualmente en las haciendas |de cría, reuniendo todo el ganado para herrar y señalar los terneros que hubieran nacido en el curso de los últimos doce meses.

|Herrar los animales es aplicarles un hierro candente que deja marcado en su piel el fierro de la hacienda; y señalarlos es hacerles alguna cortadura, con la que, o se les cercena cierta parte de las orejas, o se les hace una berruga o colgajo en alguna parte determinada del cuerpo.

Señalado día para los rodeos, se congregaban y se apercibían para la solemnidad, no sólo los vaqueros de la hacienda, sino otros muchos que, con invitación o sin ella, venían de los lugares circunvecinos.

Reunido un hatajo de ganado en su salegar respectivo, era rodeado por un cordón de vaqueros de a pie y de a caballo, los cuales, después que las reses habían consumido su ración de sal, y a una orden del patrón o del mayordomo, las arreaban y las hacian encaminarse hacia la llanura, a fin de que quedasen encerradas en un potrero mientras llegaba el día de la |fierra.

No es dable ver ni aun imaginar cosa de más animación que la atropellada marcha de aquella turba heterogénea, que ya rompía con ímpetu las malezas más enmarañadas, ya trepaba por riscos escabrosos haciendo rodar el pedrisco; ya descendía tumultuosamente a las cañadas, en donde el estrépito de aquel río animado, la vocería, el ladrar de los perros y el bramar del ganado iban a reunirse con el estruendo de los torrentes.

En medio de aquella turbulencia aturdidora era común que una res se aprovechara del claro que los accidentes del terreno hacían dejar a los vaqueros que rodeaban el hatajo, y disparase intrépidamente por entre breñas y jarales. Entonces varios vaqueros a todos los cuales les hacía cosquillas en las manos el rejo de enlazar ocioso, abandonando sus puestos, emprendían la persecución de la res fugitiva, sordos a las reconvenciones que a gritos les dirigían el amo y el mayordomo. Estas defecciones daban lugar muchas veces a que todo el hatajo rompiese la fila de vaqueros y se dispersara.

Lo que llevo descrito se repetía en cada uno de los salegares, y a esto seguía la |rebusca, que tenía por objeto reducir a viva fuerza, esto es, por medio del rejo de enlazar a las reses que, por ser más ariscas que las demás, no habían caído en la |recogida general. Para tal operación, digna de ocupar a los vaqueros más afamados, se echaba mano de los mejores caballos. En esta y en otras faenas semejantes no era raro que hubiese que |lajear | 2 a un toro furioso y pujante, andando por una torrentera de las muchas que servían de trochas, en que el piso se componía de dos planos inclinados convergentes en una línea, y de ordinario tan resbaladizos como si estuvieran cubiertos de jabón. También ocurría que, para escapar de la acometida de una res, fuera preciso correr por sendas como la que acabo de pintar y asperezas horribles, teniendo muchas veces que romper malezas tupidas. Ha de saberse que un vaquero fincaba su honra en no soltar el rejo, sucediera lo que sucediera. Yo vi amarrar seco a tres pasos de un precipicio, sin que el vaquero hiciese caso de que él y el toro iban cuesta abajo, ni de que su caballo pisaba sobre un gredal humedecido por las lluvias.

-Pero esos hombres debían ser unos |matroces | 3 interrumpió no sé cuál de los oyentes.

-¿ |Matroces? ¡Qué! si yo los vi llorar como chiquillos y temblar como azogados una vez que se vieron en peligro de ser reclutados: la vista, de un soldado o la de una arma de fuego los ponía a punto de desmayarse.

Repetidas las maniobras de la rebusca cuanto era menester para reducir todo el ganado del Páramo a uno o dos potreros, podía darse comienzo a las tareas de contarlo, de apartar los becerros que hubieran de ser marcados con el fierro y señalados, y de apartar también los toretes y las vacas viejas que habían de quedarse en los potreros bajos para ser vendidos.

Una |apartazón, sea de ganado bravo, sea de ganado manso, es operación de gran movimiento, en la que el caballo aprende más en materia de boca que en ninguna otra. Un vaquero de a pie hace de portero en la puerta que comunica dos corralejas; el que dirige la operación va designando los animales que han de entrar a la que está desocupada; los vaqueros, |voleando | 4 | el rejo o dando zurriagazos, tratan de separar y de encaminar a la res hacia la puerta; tal vez se deja dirigir, pero antes que. ella, llegan otras; el portero se esfuerza por espantar a las intrusas, abriéndole campo a la que debe entrar, y, si entra, le da muy ufano un sonoro zurriagazo; pero, de cada veinte casos, en diez y nueve, sucede que el portero, por alejar de la puerta a los animales que no deben pasar, aleja de ella a los que debían hacerlo. A esta dificultad suele añadirse la de que unos vaqueros arriman a la puerta un hatajo, al mismo tiempo que otros, por distinto lado, tratan de arrimar otro; los dos hatajos se confunden y se alborotan y queda perdido mucho trabajo. En esta brega, el vaquero para, revuelve, y aguija el caballo cien veces por minuto; lo hace correr en un espacio de dos varas, y girar en un redondel del tamaño de un plato.

Dos o tres bostezos que se les soltaron a otros tantos de los circunstantes, fueron parte a que el Mohino interrumpiera su razonamiento.

-Temo, dijo después de una breve pausa, haber fastidiado a ustedes, y por otra parte, creo que será bueno que tomemos un piscolabis. Ya saben ustedes que yo no puedo comer sino muy despacio, gracias a los portillos que se han abierto en mis encías, y lo que hoy he comido no ha sido todo lo que reclaman mi flaqueza y mis achaques.

El Pajizo miró al cielo como para ver qué tan alto estaba el sol, y declaró que era hora de tomar las once, con lo que, inclinando la cabeza, más para empezar a escoger hierbecitas que para manifestar nuestro asentimiento, principiamos a esparcinos por el potrero.

Aquella tarde me sentí triste, y para ver de espantar la murria, renové las instancias con que en vano había importunado otras veces a Morgante, a fin de que me refiriera las campañas en que se había encontrado. Esta vez condescendió mi amigo, pero exigió de mí formal promesa de que guardaría secreto sobre lo que me iba a contar.

Mediante la palabra que empeñé de no soltar ninguna acerca de ello, me hizo una interesante relación, que siento no poder reproducir para entretenimiento y solaz del lector. Morgante había hecho sus campañas sirviéndole a un jefe, curcunstancia que le había sido favorable para poder hacer detenidas observaciones sobre la suerte de las bestias que en esta tierra llaman de brigada. Dicha relación me tuvo suspenso, pero cuando hubo concluido, noté que, lejos de disiparse con ella mi melancolía, ésta se había hecho más negra. Lo que oí en aquella ocasión me hacía temblar considerando que yo podía alguna vez ser declarado elemento de guerra, como están expuestos a serlo todos los caballos paisanos míos, hasta los que pertenecen a ministros diplomáticos. Desde aquel día me dominó un horror por la milicia y por la guerra, comparable únicamente con el que me infundía la idea de volver a caer en las garras del Tuerto Garmendia, horror que, dicho sea de paso, nunca dejaba de asaltarme y constituía para mí una verdadera obsesión.

En aquella tarde, era tal mi abatimiento, que cuando Morgante se separó de mí, sin dejar yo de experimentar profunda repugnancia por la soledad, no tuve ánimo para seguir a mi amigo.

Anochecía. El círculo del horizonte se había reducido, y Hatonuevo estaba como encerrado en una bóveda formada por nubarrones densos, pardos o cobrizos aquellos a donde alcanzaban algunos reflejos del poniente; y negros otros, en donde ya reinaban las sombras de la noche; truenos sordos se dilataban pavorosamente por aquel espacio entenebrecido más, y reforzando sus bramidos. En los intervalos, el silencio parecía más fúnebre que aquellos ruidos estupendos y medrosos.

¿Esta hosquedad de la naturaleza sería presagio de desventuras? Mi melancolía me inclinaba a pensarlo. Pero qué, ¿no se complace a veces la naturaleza en reír y en ostentar su alegre pompa en las horas de mayor calamidad? ¿Muchas de las más amargas lágrimas que derraman los humanos no brillan a los rayos más puros del sol? ¿Por qué un cielo encapotado no ha de cobijar alguna vez escenas apacibles y corazones tranquilos?

Tras una noche, que para mí fue larguísima, amaneció un día nebuloso y frío. Todos los caballos del potrero parecían mustios y taciturnos, y no se dio puntada en orden a que se continuara la relación del Mohino. Este, que había probado el placer de ser escuchado, y que naturalmente deseaba seguir saboreándolo, pero que era modesto y nada petulante, no osaba poner de manifiesto sus deseos; pero andaba inquieto y se acercaba, ya a un grupo de caballos, ya a otro; dirigía miradas interrogadoras; y, en fin, dejaba adivinar que estaba que no se le cocía el pan por despotricar lo que faltaba de su relato.

Así pasó el día, y durante la noche Morgante y el Alazán tostado recorrieron el potrero, y con fino disimulo para no ir a ofender al Mohino, hicieron entender que al día siguiente era preciso que todos nos reuniésemos y que invitásemos al venerable narrador a continuar sus relaciones. Ellas pueden, me dijeron a mí, ser o no ser interesantes; pero no hay que dejar desairado a nuestro pobre compañero; y, en fin, es necesario |salir de eso.

Dicho y hecho. Al otro día, después del desayuno, se reunió la tertulia, y el Mohino, conciliándose nuestra atención con un exordio que, a no dudarlo, tenía prevenido desde la antevíspera, y sin encubrir la satisfacción que, como autor, no podía dejar de sentir al lograr un auditorio, prosiguió su razonamiento en los términos que verá el lector en el capítulo siguiente.

1 Frailejón. Ezpeletia.
2 |Lajear. Manejar a caballo una res por medio del rejo.
3 |Matraces. Valentones desalmados.
4 |Volear. Hacer girar al aire la lazada que se hace en la extremidad del rejo. Esto se practica, ya para espantar y avivar a los animales, ya para disponerse a arrojar dicha lazada (vulgo |lazo) a la cabeza o pie de un animal.

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