CAPITULO X
CONGRESO CABALLUNO
SUMARIO-.
|Forzado silencio. Fastídiome de contar mis trabajos
y propongo nuevo tema. Especulaciones sobre la vaquería. El
Estuche. Más especulaciones. Gordura y flacura. Se levanta la
sesión. La juventud aspira a instruirse. El Molino tiene la
palabra. Preámbulos y requilorios. Un oyente menos.
En los primeros días de mi residencia en el potrero de San
Félix, tuve que reprimir mi apetito de charlar con mis amigos,
porque sobre él prevalecía el de embaular hierba en mi pobre
bandullo. Merengue, que, según creo, pasaba días enteros sin comer
por no permitírselo su pletórica obesidad, me iba acompañando por
dondequiera que yo pacía, me entretenía con su amena cháchara, y me
hacía preguntas que yo contestaba con ligeros movimientos de
cabeza. Morgante, que era la prudencia misma, sólo se me acercaba
dos o tres veces cada día, para informarse acerca de mi salud y
para decirme alguna cosita que pudiera agradarme.
Cuando merced a los remedios que don Cesáreo me hacía aplicar,
al descanso, y sobre todo, al buen pasto, comencé a echar barriga y
a mudar pelo, principiaron las sabrosas pláticas, en las cuales mis
dos amigos íntimos y otros de menos confianza que yo había
encontrado en San Félix, se impusieron en todos los deplorables
sucesos que habían enturbiado mi existencia desde que yo había sido
robado. Escuchaban mis relaciones horrorizados y suspensos, y se
estremecían discurriendo que a ellos podía haberles tocado o podía
tocarles en lo sucesivo suerte tan negra como la que a mí me había
cabido.
Este tema de conversación llevaba trazas de no agotarse nunca,
pues a ninguno de mis oyentes dejaban de ocurrírsele todos los días
nuevas preguntas y nuevos comentarios.
Yo me fastidié al cabo de tanto repetir y rumiar lo que más
olvidado quisiera tener; y, para que variásemos de asunto, expuse
la observación que había hecho de que el caballo de uno de los
amigos de Garmendia, con ser de raza ordinaria, feo y rechoncho,
nos llevaba ventaja a los que con él solíamos andar en excursiones
largas y laboriosas, siempre que se tratase de mostrar agilidad,
vigoroso esfuerzo, aliento infatigable, firmeza para sostenerse en
los senderos resbaladizos, obediencia perfectísima a la rienda,
rapidez en la carrera y desprecio de los peligros.
-Si no estoy engañado, dijo un Alazán tostado, caballo muy viejo
y de tanta experiencia como Morgante, ese animal ha sido educado en
alguna de aquellas antiguas y grandes haciendas de Cundinamarca o
de Boyacá, en que hay crías de ganado bravo o arisco y de yeguas
cerreras; en una palabra, creo que ha sido caballo de vaquería.
-¿Como era el caballo?, preguntó un pajizo que formaba parte de
la tertulia. Era, dije, un caballo bayo mono
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, careto y tresalbo, tan grande
como usted.
-¡Acabáramos! repuso el Pajizo. ¿No está marcado en la pierna
izquierda con un fierro que representa algo como una calavera de
caballo?
-Sí, señor; esas señas le corresponden.
-Entonces lo conozco, y hasta fui compañero suyo hace algunos
años; recuerdo que se llamaba el Estuche. Como dice el señor (y
señaló al Alazán tostado), ese bayo nació y sirvió algunos años en
la hacienda de X, donde se empleaban siempre muchas bestias en la
vaquería, y donde nunca había ninguna que, o continuamente, o en
las ocasiones en que era menester, no trabajara en la vaquería.
-¿Y sobresalía en efecto por las cualidades que le he
atribuido?
-No sobresalía entre los caballos de aquella hacienda, porque
casi todos eran todavía mejores que él; pero debe sobresalir entre
otros que no hayan tenido aquella disciplina.
-En la vaquería, continuó el Pajizo, se ejercitan todos los
músculos y todas las facultades del caballo. Adquiere fuerza en el
lomo y en los cuatro remos; se habitúa a andar por suelos
escabrosos y resbaladizos en circunstancias desfavorables, como
cuando, pisando sobre ellos, sujeta o arrastra a la arción a un
animal indómito, con lo cual el andar por fragosidades o por
laderas de greda humedecida viene a ser para él cosa de juego.
Siente la acción de la rienda tan a menudo y en tal variedad de
ocasiones y de actitudes, que aprende a obedecerle como una máquina
obedece al impulso de su motor. El oficio que desempeña lo
acostumbra a correr, a saltar, a atropellar los obstáculos y a
arrostrar los peligros que se le presentan de improviso. Hasta su
vista se hace más perspicaz y penetrante.
-En los Llanos de Casanare, observó Morgante, vi que las bestias
llegan a adquirir en la vaquería tanta inteligencia, que el jinete
puede dejar el caballo solo sujetando la res que ha enlazado,
mientras él se desmonta y se ocupa en otro menester.
-Díganme ustedes ahora, intervino el Alazán tostado, si con un
caballo doctrinado en la vaquería, podrá compararse uno a quien se
ha enseñado únicamente a andar a paso moderado, siempre siguiendo
un camino más o menos recto, trillado y liso, sin tener que
revolver sino pocas veces y todas éstas con pausa y comodidad; sin
hacer uso de sus fuerzas más que para resistir el peso del jinete,
ni que correr o saltar sino en ocasiones rarísimas y nunca sin
precauciones y cuidado. Y lo peor es que mientras más digno de
estimación sea un potro, más se le ahorra todo ejercicio fuerte o
extraordinario, y más pronto es exclusivamente destinado para el
servicio de su dueño o de otras personas que no pueden o no saben
hacer con él otra cosa que dejarlo andar hacia adelante.
-No es extraño, no, concluyó el Pajizo, que muchos campesinos
prácticos a quienes he oído discurrir sobre la materia profesen la
opinión de que, conforme van subdividiéndose las haciendas
antiguas, y consiguientemente reduciéndose las crías de ganado y de
yeguas, y ocupando las razas de animales mansos y de fácil manejo
el lugar que antes ocupaban los cerriles y bravíos, vayan
desapareciendo los caballos recomendables por las cualidades, tan
apetecidas por los jinetes de nuestra tierra, que, según se nos
dice, distinguían al Estuche.
-Pero las ventajas de la vaquería, prorrumpió un rucio gordiflón
y apoltronado que no había llegado a terciar en la conversación,
serán para nuestros jinetes; que, lo que es para nosotros, el
sistema que modernamente se ha introducido es infinitamente
preferible. Cuando me amansaron a mí, el principal cuidado de mi
dueño no era el de que yo resultara capaz de servir bien en
cualquier género de trabajo: todo el punto fincaba en que yo me
mantuviera siempre gordo; y desde que salí de manos del picador,
tampoco se ha atendido sino a que no me enflaquezca; cosa que creo
hará que todos los circunstantes envidien la suerte que me ha
tocado.
-Te la envidiaríamos, grandísimo remolón, le dijo el Alazán
tostado, que lo trataba con mucha llaneza, si nos sintiéramos
destinados a pasar una vida muelle y regalona como la de los
cerdos, y a no servir en el mundo más que para criar carne y grasa;
pero los caballos de raza noble nos sentimos llamados a fines más
altos y participamos del orgullo que inspira al hombre el deseo de
sobresalir entre sus semejantes por algo más que por el peso y el
volumen del cuerpo.
-Y, a propósito, interrumpió Morgante, he oído a algunos
hombres, y yo también he observado, que los animales destinados a
la actividad y a la lucha, señaladamente el hombre, el caballo y el
perro no son aptos para ejercer cumplidamente las funciones a que
su naturaleza los llama, ni pueden aprovechar todas las fuerzas y
todas las facultades de que los ha dotado, cuando están cargados de
carnes y de grasa. He oído también que, por allá en regiones muy
remotas, hay unos hombres que se llaman los árabes y los tártaros,
para cada uno de los cuales el caballo es como una parte de su
propio ser; y en cuya vida desempeña el caballo papel tan
importante, que sin él no se podría ni imaginar. Y dicho sea de
paso, nosotros descendemos de los caballos árabes, y naturalmente,
debemos participar de su condición. Pues bien, en los países que
habitan esos hombres, nunca se alimenta el caballo más que lo
preciso para no perecer de hambre, y sólo por rareza se ve una
bestia gorda. Sin embargo, en cuanto a vigor, ligereza, agilidad y
aliento, no hay en nuestra tierra caballos que puedan competir con
aquéllos.
-Eso lo dice usted, le respondió el amarranado Rucio, porque
usted siempre está flaco y no tiene esperanza de engordar.
De esta sandez nadie hizo caso; y, como ya el pali que se
hubiese prolongado más de lo que a los estómagos les parecía
razonable, nos dispersamos, dirigiéndose cuál al bebedero, cuál a
los sitios en que blanqueaban las flores del carretón y
amarilleaban las de la chisacá
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, cuál a otros ya repelados y aparentemente
áridos en que se sabían que habían de hallar pastos menos lozanos
pero más jugosos.
Días después, en tertulia compuesta de los mismos caballos que
habíamos platicado sobre la vaquería, volvió ese asunto a estar
sobre el tapete. Tres o cuatro caballos nuevos que conocían muy
poco inundo confesaron que ellos casi no habían visto vaqueros
funcionando.
-Yo, dijo uno, estaba cierto día en la plaza de un pueblo de los
de abajo de la Sabana, y vi que un hombre montado y acompañado de
dos de a pie, trajo a la plaza, enlazado, un novillo, que debían
matar al día siguiente; el pueblo se veía desierto; pero no bien se
hubo el novillo dejado ver en la plaza, pareció que la tierra
brotaba por dondequiera mozos y chicuelos, los que en alegres
grupos y metiendo gran bulla, dieron a la solitaria población el
más animado aspecto. Todos se quitaron las ruanas para servirse de
ellas como de capas de torear; y todos corrían hacia el novillo,
pero guardando respetuosa distancia. Sólo dos de los currentes lo
llamaron y lo sortearon de veras, arrostrando el peligro de las
cornadas y el que parecía mayor, de ser cogidos por el rejo.
Entretanto el que había traído el novillo seguía sus movimientos; y
arcionando, lo detenía cuando intentaba salirse de la plaza, o lo
arrastraba hacia el centro cuando se obstinaba en permanecer
arrimado a una pared, lo mismo que cuando hacía ademán de meterse
en alguna tienda. Yo me admiré de que el caballo del vaquero
tuviera tanta fuerza como era menester para contener al novillo o
para hacerlo andar a pesar suyo.
Esta ha sido la única vez que he visto función de vaquería.
-Pues yo, prorrumpió otro de los novatos, ni aun eso he visto, y
juzgo que algunos de mis compañeros se hallan en el mismo caso que
yo; por lo cual le quedaríamos muy reconocidos a aquel de los
circunstantes que quisiera y pudiera hacernos el favor de
ofrecernos una pintura de las grandes funciones en que nuestros
congéneres lucen su habilidad en campo vasto.
Todos los caballos machuchos se miraron unos a otros, y alguno
de ellos carraspeó, como si, en el acto de ir a hablar, le hubiese
parecido que el hacerlo era presunción y petulancia y se hubiera
tragado las palabras ya medio formadas.
Tras un silencio embarazoso, el Alazán tostado mostró con cierto
ademán discreto un caballo mohino que, en tiempos para él más
prósperos, había sido morcillo, y que para disimular la emoción que
le causaba el prever que se le había de invitar a tomar la palabra,
estaba con la pierna derecha muy estirada y con el hocico sobre el
anca izquierda, fingiendo rascarse con los dientes desesperadamente
una sarna que creo no tenia. No sé cuál otro aclaró lo que con
aquella seña había querido significar el Alazán tostado, y se formó
un concierto de instancias encaminadas a recabar del Mohino que
contara todo lo que supiese respecto de las grandes funciones en
que caballos y vaqueros hacen prueba de su destreza.
-Yo, dijo modestamente el Mohino, me creo el más indigno de
ocupar la atención de este auditorio; pero deseo corresponder a la
benevolencia con que se me invita a hablar, y tengo entendido que
puede hallarse aquí alguno que ignore varias particularidades de
que yo estoy al tanto, gracias a mi extrema vejez y a haber oído
las tradiciones que fielmente se han conservado en la hacienda en
que nací y en que pasé lo mejor de mi vida.
Animado el Mohino por toda la tertulia a desembuchar sin empacho
lo que de su boca se esperaba oír, manifestó que, ante todo querría
hacer una descripción parcial del teatro de los hechos que se
proponía relatar, y que desde luego renunciaba al aplauso a que
podría parecer acreedor, pues todo lo que iba a decir se lo había
oído leer a su primer dueño.
-Un día, concluyó, en que mi amo, dejándome atado a un árbol, se
sentó sobre la hierba en un sitio amenísimo en que debía hacer una
comida campestre con su familia y con varios amigos, les leyó a
éstos las descripciones y los relatos que ustedes van a oír. Yo las
escuché atentísimamente, y así no deben maravillarse de que las
reproduzca de un modo casi textual ni de que me explique muy por lo
fino. Ni es raro que alguna vez dé muestras de prodigiosa memoria,
quien como yo, teniendo muy pocas ideas y muy poco en qué pensar,
concentra en ocasión determinada todas sus facultades en un solo
punto.
Ruego a los que van a favorecerme con su atención no pierdan de
vista que muchas expresiones de que voy a valerme, que pueden
parecer un poco afectadas en boca de un caballo, no son mías sino
de mi amo.
Un potrico, moro como yo, vivaracho, impaciente y nervioso,
fastidiado con lo largo del preámbulo, volvió las ancas, se retiró
un poco y... en fin, se puso a morder hierba y al cabo se alejó y
no oyó ni una palabra. ¡Allá se las haya!
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|Bayo
|mono. Caballo de
color amarillo caído, con las crines, la cabeza entera o en parte
de ella, el espinazo, la bragadura y las extremidades, negros o muy
oscuros.
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Chisacá, Spilanthus mutissü.
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