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CAPITULO VIII

DE TODO UN POCO

SUMARIO-. |Prendido al pecho. Urgencia de marcharnos. Hacemos lunes. Nos vamos, pero... nos quedamos. Nos vamos, nos vamos, pero volvemos a quedarnos. Me hacen sacar fuerzas de flaqueza. El grande asunto que apremiaba a Garmendia. Quebranto el ayuno. Conozco tierras nuevas y nuevas aguas. Viaje por agua. ¡Tierra! En mies ajena. Oigo un diálogo alarmante. Continúo mi viaje. Dulces afectos y risueñas esperanzas. En la puerta de Hatonuevo.

Por muchas semanas he tenido suspendido este trabajo. Continuarlo es volver a saborear las amarguras de los días más negros de mi vida. Paréceme que, al volver a ellos con la memoria, torno a sentir las angustias y los martirios que llenaron todas sus interminables horas. Pero la voz secreta y misteriosa que me impele a hacer la relación de mi vida, me manda |renovar un dolor infando, y fatalmente tengo que obedecer a ella.

Cuando salimos de la casa de Hatonuevo, no estaban esperando ningunos amigos al |amigo don Lucio: mal podían estar cuando él había asegurado que estaban.

Después de dejar en su casa la bestia que llevaba delante, siguió Garmendia camino de cierto pueblo, en cuya plaza se desmontó. Atóme a la baranda del corredor exterior de una casa, sin quitarme el freno y sin reparar en que me dejaba al rayo de un sol que hacía ver chiribitas, y sobre un empedrado escabrosísimo, que había de maltratarme cruelmente los cascos, por estar yo entonces sin herraduras. El Tuerto desapareció y no volví a verlo hasta cerca del anochecer; vino a mostrarles a unos amigos que lo acompañaban la que él llamaba |reciente compra. Propuso a uno de ellos que me montase para probarme, y él, que no deseaba otra cosa, estuvo al punto sobre mi lomo.

-¿A que no le prendes al pecho?, le dijo al jinete uno de los circunstantes..

-¿Que no? Ahora verás. Y me abrazó con las piernas, clavándome las espuelas en el pecho con todas sus fuerzas.

Mi primer movimiento fue el de mirar con el rabo del ojo los instrumentos del martirio que se me hacía sufrir; pero sentí aquella contracción espasmódica que acompaña y produce la |brincada. La que yo eché en aquella ocasión fue violenta y prolongada; pero el pícaro que me había |prendido se mantuvo firme como si hubiera echado raíces en la silla.

Me volvieron a atar y tornaron a desaparecer, y yo estuve clavado en el sitio en que me dejaron hasta cerca de la media noche, padeciendo los tormentos de la rabia impotente, el cansancio, el hambre, la sed y, en las últimas horas, el frío. Además me dolían las patas, las heridas de los ijares, la boca y la nariz, despedazados por el freno y el bozal.

Cuando hube llevado a Garmendia a otra casa del mismo pueblo, en la que iba a pasar el resto de la noche, me soltaron en una manga repelada, en la que no había más agua que la de un caño en que dos cerdos habían hecho varios hoyos para revolcarse en ellos.

Oí que Garmendia dio orden de que a la mañana siguiente me cogiesen y ensillasen muy temprano, por que tenía mucho que hacer.

Pasé la noche buscando hierba en los mismos lugares en que ya otras muchas bestias la habían buscado inútilmente, y acudiendo al arroyo a hacer esfuerzos por vencer la repugnancia que me inspiraba el cenagoso líquido. Me ensillaron y me pusieron el freno poco después del amanecer, y me dejaron atado a la puerta de la casa, no sobre un empedrado, como el día anterior, sino sobre un fangal, en el que permanecieron hundidos mis pies. |Mi don Lucio tardó cinco horas en levantarse. El malestar que yo sentía era tan intolerable que casi me alegré de verlo, pues esperaba que como |tenía mucho que hacer, me montaría y siquiera me haría variar de suplicio.

Pero él salió hasta el extremo de la calle; se puso a conversar con unos polizones y con dos de sus amigos que encontró allí; luego anduvo ganduleando con ellos por otras calles y tomó aguardiente en dos tiendas. Repetía que tenía que irse y que se le había hecho tarde, pero no llegaba a desprenderse de los compañeros. Llegó a ponerse los zamarros y a soltar el cabestro, pero entonces uno de los camaradas le dijo que si iba con él al billar, él lo acompañaría luego. Fuéronse al billar, y yo estuve oyendo por cosa de dos horas los golpes de las bolas. Cuando volvieron cayeron en la cuenta de que no habían almorzado, discutieron largamente sobre si almorzarían o no en el pueblo, resolvieron el punto afirmativamente y se encaminaron a la casa en que habían de almorzar. A eso de las dos de la tarde parecía que ya se iba a emprender la jornada; pero el vagamundo que debía acompañar al Tuerto había olvidado hacer traer su caballo, y hubo que esperar a que se lo trajeran. Por fin montaron. Mi aborrecido jinete me dio el rasgón y la sentada de ordenanza; me dejó andar un poquito, y se volvió hacia la plaza, en la que topó con otros virotes que andaban también a caballo. Dirigiéronse todos a una tienda, tomaron cerveza y encendieron cigarros; montaron y picaron en ademán de ir a emprender el viaje; pero al pasar por otra tienda, se desmontaron, volvieron a beber, y salieron con aire de quien está ya expedito y listo para marcharse. Ya montados, empezaron a altercar: unos instaban para que toda la comparsa tomara él camino de cierta venta distante en donde la chicha estaba muy buena; otros invitaban a los demás a seguir para un pueblo inmediato en que vivían no sé qué muchachas; el punto no llegó a decidirse; la discusión, que se había acalorado, les secó los gaznates, y hubo que volver a una de las tiendas a refrescárselos. En seguida se disolvió el grupo, desapareciendo algunos y tomando varios la dirección de la venta y varios la del pueblo de que habían hablado. Garmendia se quedó todavía con sólo un compañero, anduvo y desanduvo muchas calles buscando a no sé cual de los que se habían desaparecido; lo encontró, pero mientras conversaba con él se le perdió aquel con quien lo había buscado. En esto se aparecieron inopinadamente tres de los que habían partido para el pueblo en que iban a ver muchachas; el Tuerto los reconvino groseramente increpándoles el que con el fin de escaparse de él y de escabullírsele, habían fingido la intención de irse a aquel pueblo; uno de los tres entró en explicaciones con ánimo pacífico; Garmendia no las aceptó; dividiéronse todos los de la pandilla en dos parcialidades, se engrescaron y armaron una chamusquina de todos los demonios.

Anocheció. Garmendia resolvió quedarse en el pueblo. Me desensillaron y fui a dar a la misma manga que la noche anterior. Allí habría yo muerto de sed, pero llovió copiosamente, se recogió alguna agua limpia en las partes más bajas de la manga y pude beber a contento.

Si la relación que acabo de hacer de lo que sucedió en los dos primeros días que pasé en poder del Tuerto, ha sido tan monótona y tan enojosa como ha visto el lector, ¿cómo serían para mí esos dos días y otras dos noches en que se repitieron las mismas escenas y en que apuré las propias amarguras?

El jueves siguiente a aquel domingo aciago en que caí en las uñas de Garmendia, como a éste se le hubiese agotado el dinero que había traído y como se hubiesen ausentado los |cuartos, esto es, los compañeros con quienes contaba para el juego, declaró de nuevo que tenía mucho que hacer y emprendió la jornada. En cuatro días de riguroso ayuno y de forzado reposo sobre empedrados y fangales, yo había perdido el vigor y la salud; los pies me dolían agudamente y no podía ponerlos en el suelo sin experimentar estremecimientos que me hacían colear frenéticamente. El Tuerto se empeñó en curarme y en restituírme el aliento a fuerza de |rasgones y de |latigazos; y, renegando como un condenado contra el viejo don Cesáreo, que le había metido carísimo un caballo, sin advertirle que era coleador, me magulló el rabo y el anca a garrotazos.

Yo tenía curiosidad de saber cuál era la incumbencia tan importante de que Garmendia hablaba siempre al anunciar su partida, y cuando hubimos llegado al término del viaje, descubrí que todo se reducía a ver un gallo que le habían ponderado mucho y que pertenecía a un viejo con quien aquel holgazán había contraído amistad en las galleras de la comarca.

En hablar ociosidades y naderías sobre gallos, y en murmuraciones contra medio género humano, pasó Garmendia ese jueves, y se fue a dormir en una venta inmediata a la casa del viejo gallero. Esa noche me soltaron en una manga en que había tan poca hierba como en la de las noches anteriores. Yo, que casi no había pasado un bocado desde la madrugada del sábado, estaba como enloquecido por el hambre; hallé un |paso en la zanja que mediaba entre la manga y un buen potrero; me aproveché de él y me puse a comer desesperadamente. La hierba era de la mejor calidad, pero muy escasa; y, buscando sitio en que abundara, me alejé mucho de la manga. En el extremo opuesto del potrero, encontré portillo; pasé por él y seguí andando y comiendo alternativamente. Cuando rayó el día, me hallé en una especie de península: yo había acertado, no sé como, durante la noche, que había sido oscurísima, a tomar el único camino seco que comunicaba aquel punto con los terrenos que había recorrido. No me pesó encontrarme allí, pues se me figuró que en ese sitio no había el Tuerto de dar conmigo. Corría el mes de mayo y las lluvias que ya habían sido copiosas y muy continuadas, iban arreciando día por día. Las aguas que casi por todas partes rodeaban el prado en que yo estaba paciendo muy a mi sabor, crecían visiblemente. De los juncos cuyo pie divisaba el día anterior, ya sólo se veían las puntas; las hileras de sauces y de eucaliptos que, a trechos, engalanaban las praderas y que yo había visto dibujarse sobre el fondo verde del césped, descollaban ahora sobre la blanca y reluciente superficie de las aguas y se retrataban en ella formando paisajes encantadores. Bandadas de patos y de otras aves acuáticas subían del sur de la Sabana atraídas por las lagunas formadas por el desbordamiento del río. Todo me anunciaba el peligro que iba a correr, pero yo no lo conocí. Durante la noche del sábado, las aguas subieron hasta cubrir el camino por donde yo había entrado en la península; me veía como encerrado, pero el espacio en que podía pacer era todavía regular, y no llegué a pensar que pudiera faltarme.

Cuando yo era joven, creía que ninguno de los contratiempos que les sobrevenían a los demás podía caer sobre mí; así como, ahora que soy viejo, creo que han de sobrevenirme hasta aquellos que a nadie le sobrevienen.

Por fin, en la tarde del lunes concebí algún recelo, mas no tan vivo que me hiciera pensar en las dificultades que tendría para salir a sitio no inundado. Antes que la aurora del día siguiente me hubiera puesto a la vista la situación a que había llegado, el agua que empezó a cubrirme los cascos y que iba subiendo sensiblernente, me advirtió que yo estaba privado de alimento y amenazado tal vez de peligro aún más inmediato que el de perecer de hambre.

Pasé las primeras horas del martes en zozobra mortal; el instinto de la conservación me aconsejaba permanecer clavado en el paraje en que la inundación me había sorprendido, que era, por lo pronto, el más seguro; pero el desasosiego que me poseía me forzaba a dar pasos, ya en una dirección, ya en otra, oliendo el agua y buscando salida, como si, pocas horas antes, no hubiese visto que por dondequiera había de encontrar aguas profundas. En una ocasión en que anduve más, me desorienté; y queriendo volver al sitio de que me había apartado, di con uno en que el piso era inclinado y resbaladizo y en que no me era dable sostenerme sino con esfuerzos constantes que me iban dejando sin aliento; mas, por desesperados que fueran aquellos esfuerzos, no estorbaban que yo perdiese terreno gradualmente. En medio de esta agonía. divisé una garza que se abatió sobre un punto no muy distante, y que se puso a pescar, dando señales de tener las patas sobre el suelo. Arrojéme a nado hacia donde estaba aquella ave, y, más fácilmente y en menos tiempo de lo que yo había pensado, llegué a desalojarla. Seguí su vuelo con la vista, esperando que me guiara a otro punto más cercano a la orilla del agua, pero mi esperanza quedó burlada: el ave giró por encima un rato y fue luego a perderse en el horizonte. La prueba que había hecho me dio a conocer que yo podía nadar por bastante tiempo, y esto calmó mi turbación. Dirigí una intensa mirada en contorno y columbré la parte superior de una cerca de piedra que las aguas habían cubierto casi enteramente. Entonces discurrí: en donde hay asiento para una cerca debe haberlo para un caballo; me di algún descanso, y echándome resueltamente al agua, gané el bajío y me coloqué junto a la cerca. Encima de ésta vegetaban el liquen que llaman barba de piedra | 1 y otra planta compuesta de hojas y tallos carnosos y mollares, que llaman |chupahuevo o |Echeverría. El hambre me obligó a probar de entrambas. La primera me pareció un pasto excelente para los caballos de bronce que, según dicen, adornan las plazas de ciertas ciudades muy remotas; la segunda, con su jugo viscoso, me habría hecho vomitar si hubiera algo capaz de hacer vomitar a un caballo. De allí se divisaban las puntas de los maderos de la puerta que interrumpían la cerca y pude llegar hasta esa puerta; un poco apurado me vi al tratar de hacer pie, porque encontré un barrizal, y el lodo estaba pegajoso; pero al fin asenté las patas sobre un piso firme y alcancé a ver tierra libre de la inundación, a una distancia que podía recorrer nadando. Ni siquiera tuve que nadar hasta la orilla, pues por largo trecho caminé sin que el agua me llegara al vientre.

Me hallé en un potrero en que, al parecer, no había animal alguno, y no pensé en otra cosa que en hartarme de pasto. Al día siguiente, los pasos que, sin dejar de pacer, iba dando para buscar las hierbas que más me gustaban, me llevaron a una parte del potrero que estaba sembrado de maíz; entré en el maizal, y a poco oí los gritos de una chicuela que le avisaba a alguno que había un animal haciendo daño. Vinieron pronto un muchacho y la chica que había dado el aviso, los cuales, dirigéndome improperios y tirándome piedras y terrones, me hicieron salir a un camino público. Pací algo en sus orillas, y luego traté de orientarme. Hatonuevo está situado al pie de unas colinas, y descubrí, con regocijo que no podría pintar, que esas colinas no estaban distantes. Tomé el camino que me pareció debía llevarme a mi querencia; pero, después de haberlo seguido por mucho rato, descubrí que recodaba hacia la parte opuesta a Hatonuevo. En el recodo había una ventana y oí lo que hablaban dos mozos que se hallaban a la puerta.

-¿Si será éste, decía el uno, el caballo que me encargó don Lucio?

-¿De qué color dijo que era?, repuso el otro.

-Dijo que era moro.

|Ah malhaya un rejo, para cogerlo y ganarle a don Lucio unas buenas albricias!

-¡A don Lucio sí que le cogería usted albricias! Me las como en...

Como yo había apretado el paso, aunque disimuladamente, desde que empecé a oír la conversación, no percibí el fin de la frase. Fingiéndome muy espantado por la presencia de un gozque que salió de la venta a ladrarme, tomé el galope, y, pasada una revuelta del camino, el galope se convirtió en carrera. Por una vereda, volví al camino que había seguido primero y comencé a andar por él en dirección opuesta a la anterior; y, palpitándome violentamente el pecho, de miedo y de satisfacción, llegué a un punto que con Geroncio había frecuentado mucho, y de donde podía ir en derechura a Hatonuevo.

Me apresuro, llego a una eminencia, y me detengo a respirar. Allí está la casa... Ahí estará mi amo, mi buen amo, que estuvo dispuesto a sacrificarse por mí, exponiéndose a almorzar con una piara de patanes inmundos... Más allá está El Paisaje... Columbro unos bultos... Si serán unos bueyes... Si serán mi Morgante y mi Merengue... Siento como un aire fresco y sabroso que me llena los pulmones, que se difunde por todo mi cuerpo y lo llena de vida nueva.

¿Pero qué veo por este otro lado?... Vienen tres hombres a caballo... ¡Si uno de ellos fuera el Maldito!... No; dos son más pequeños, el otro es como él, pero ese no es su sombrero gacho... Sin embargo... Y creo que me miran mucho... ¡Ah! el uno es Cantalicio, su satélite inseparable... ¡Maldición! ¡Es el Tuerto con un sombrero de castor!...

Corro, y corro, y corro. Me detengo un instante para mirar hacia atrás, y veo que mis perseguidores corren y que gradualmente se acorta la distancia que me separa de ellos. Pero la puerta de Hatonuevo está ya cerca. ¿Cómo no he de encontrar allí algún amparo? Llego. ¡Maldición! ¡Maldición! La puerta está cerrada. Me vuelvo para acá y para allá, y torno cien veces al medio de la puerta. Siento el lazo que me ciñe el pecho y la cruz. ¿Cómo no? Cantalicio pasa por el primer enlazador de la Sabana. Huyo brincando; el rejo se atesa... En fin, ya estoy en las garras de mi verdugo.

1 Barba de piedra. Cladonia rengifena.

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