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CAPITULO VII

EL TUERTO GARMENDIA

SUMARIO-. |Autobosquejo del autor interpolado con teorías muy metafísicas. Pintura del Tuerto Garmendia. Visita que hace a mi amo. Cómo mi amo salió de sus perplejidades cuando menos lo pensaba.

Una vez que en esta narración he llegado a la época en que yo me había desarrollado y educado todo lo que había de desarrollarme y de educarme, es tiempo de que trate de ofrecer al lector mi propia pintura.

Procedo de estirpe generosa: mi padre descendía del Guainás, orgullo de las márgenes del Cauca; y mi madre, del Tundama, gloria del valle que riega el Sogamoso.

Ya he dicho que nací moro, por lo cual en mi infancia parecía negro: raros eran los pelos blancos que anunciaban que a mí me había de suceder lo que a los individuos de la especie humana, esto es, que con los años, el pelo que me cubría había de irse emblanqueciendo. Mi alzada es la de aquellos caballos que, siendo grandes, no vienen a ser incómodos para el jinete por una excesiva altura; y lo largo de mi cuerpo guarda perfecta proporción con la altura. Soy cenceño y todas mis formas son ligeras. La cruz muy hacia atrás, la cabeza descarnada y pequeña, llenas las cuencas, los ojos vivos, las orejas pequeñas, empinadas e inquietas, la crin escasa y sedosa, el casco acopado. Dos son los defectos de mi configuración: soy un poco anquiderribado (vulgo, |caído |de |ancas), y otro poco propenso a llevar la cabeza levantada, sin enarcar bastante el cuello. Mis brazos estriban en el suelo con firmeza, camino garbosamente, quieta la cabeza, sin levantar las manos con afectación y moviendo las piernas con soltura. Andando en manada con otras bestias, voy casi siempre delante de todas.

Nunca he sabido lo que es echar paso de dos y dos. Mi paso más natural es el |gateado, en el cual parece que, de una vez, no se mueve sino una de las cuatro patas; para descansar o para hacer descansar al jinete, cuando éste merece atenciones, suelo tomar el |trochado, paso en que se mueven simultáneamente el brazo y la pata opuestos, pero sin librar bruscamente el peso del cuerpo sobre los pies, como se hace cuando se trota, sino sosteniendo ligeramente el cuerpo sobre un brazo y una pata, mientras se pisa con los otros.

A veces tomo otro paso, que es el que debe tomar un caballo bien criado cuando lleva a una señora, y que aparentemente se asemeja al de dos y dos, pero en el cual no asentamos pesadamente y produciendo sacudimiento la mano y la pata de un mismo lado. Sé galopar corto, asentado y parejo, pero los jinetes entendidos cuidan de que no ejercite esta habilidad, por que el hábito de galopar es incompatible con la conservación del buen paso. Mi carrera es tan veloz como puede serlo en un caballo no adiestrado en un circo, y sé saltar con agilidad y suavemente.

De mi brío no hablaré sin exponer primero lo que es el brío, tal como yo lo comprendo y lo siento. El brío no es, como acaso lo imagina el vulgo de los hombres, ni un temor constante del castigo ni una muestra de impaciencia o de enojo contra el jinete.

El hombre y aquellos brutos que nacen para llevar vida activa, sienten en los primeros años de su edad un irresistible impulso interior e instintivo que los incita al movimiento y al ejercicio de las facultades que les son peculiares. De ahí vienen la inquietud y la travesura de los niños y muchas de las locuras de los jóvenes; de ahí vienen los retozos y los correteos sin objeto de los becerros, de los potros, de los cachorros, de otros muchos animales y hasta de los pollinos.

Como creo que ninguno de mis lectores habrá dejado de sentir ese impulso natural, creo también que ni uno solo dejará de entenderme si le digo que el brío no es otra cosa que ese mismo impulso, impulso que no deja de animar a un caballo de calidad en todo el tiempo de su vida.

Nada tiene de singular el que en la constitución del caballo entre la necesidad del movimiento: esta necesidad le es común con otros brutos, pues bien sabemos que el león enjaulado gira incesantemente en el reducido espacio de que puede disponer, y que lo mismo se observa en otros muchos animales montaraces.

En cuanto a dejarme dominar más o menos por ese impulso, o lo que es lo mismo, en cuanto a sacar a lucir mi brío o moderarlo, yo procedo según el juicio que formo del jinete. Con un buen jinete, ágil y gallardo, me complazco en mostrarme fogoso y en hacer alarde de todas mis buenas cualidades. La pasión que siente el hombre por el caballo y el placer con que lo monta, no proceden únicamente del odio a la distancia y de la necesidad de la expansión, ni de la fascinación que ejerce el movimiento rápido: el caballo, considerado sólo como vehículo, no tendría más atractivo que un coche o que otro inanimado aparato de los que facilitan la locomoción. El principal hechizo que tiene el caballo para el hombre, consiste en que éste, cuando va montado, se ufana y se envanece, sintiéndose a la par más vigoroso y más gallardo, y se figura su persona embellecida con lo que embellece a su cabalgadura; goza tanto ostentanto los atractivos de que cree adornada su propia persona como ostentando los ajenos que temporalmente hace suyos. Y es de notarse que el caballo que antes de ser montado le parecía a su jinete desprovisto de perfecciones, suele parecerle más o menos elegante cuando va sobre él.

El caballo, a su vez, siente la propia elación que posee a su jinete; y puede decirse que, en ciertos momentos, el espíritu que anima al jinete y el que anima al caballo no son sino un solo y mismo espíritu. El jinete y el caballo se compenetran.

Cuando conozco que mi jinete es torpe y desgarbado; cuando echo de ver que se trata de jornada larga y laboriosa, me contengo dentro de ciertos límites, si bien me suelo complacer en asustar al jinete a quien cobro señalada antipatía; cuando me monta una mujer procuro convertirme en una máquina, pero en máquina inteligente y obsequiosa que sabe servir al pensamiento.

Cuando considero cuál es el ascendiente que ejerce la mujer sobre el caballo; cuando recuerdo que he visto caminar con sosiego y con aire pacífico, con tal que lleven a una mujer sobre sus lomos, a varios caballos que sólo los jinetes consumados podían montar sin peligro, me convenzo de que no hay exageración en nada de lo que dicen los hombres, cuando encarecen el poder y el prestigio que, en cada uno de ellos y en su sociedad, ejerce lo que ellos llaman la hermosa mitad del linaje humano.

Fuera del brío genuino, hay otro, falso y artificial, que es el de los caballos inertes y apáticos por naturaleza, a los cuales han enseñado los picadores a temer la espuela, el azote y los ruidos y movimientos súbitos capaces de asustarlos. Las bestias que tienen ese brío se animan cuando se las aguija, dan un repelón y en seguida van acortando gradualmente el paso y entregándose a su flojedad nativa, hasta que, estimuladas de nuevo, se agitan aturdidamente con desordenados movimientos, para volver poco después a reclamar el castigo. Tales bestias afectan creer que su jinete tiene asuntos que tratar con cuantas personas encuentra, pues siempre que ven venir alguna, aflojan el paso, y al fin se paran si no han sentido los efectos del enojo que su torpeza excita siempre en el jinete.

Graciosos lances ocurren cuando en un camino se encuentran dos individuos que cabalguen en bestias de las que creen que en todo encuentro es de rigor pararse y dar lugar a un coloquio. Cada uno piensa que el otro tiene algo que decirle; se saludan con tibieza; se preguntan mutuamente con los ojos qué se ofrece; entre atufados y corridos no hallan qué decirse, y al cabo siguen de mal talante su camino, sospechando cada cual que el otro ha querido bromear con él.

Protesto que no ha sido la vanidad quien me ha dictado este mi |autobosquejo. Para formarlo no he tenido que hacer otra casa que repetir lo que acerca de mis cualidades he oído infinitas veces a los conocedores que han tenido ocasión de considerarlas. Veo que al alabar algunas me he quedado corto si comparto lo que he dicho con lo que las han decantado mis dueños cuando han tratado de venderme.

Sé que no estoy, como los hombres, moralmente obligado a guardar modestia; pero sé también que el mundo, gran patrono de vicios y de desórdenes morales, confundiendo por única vez sus máximas con las que emanan de los principios más elevados, condena a los vanidosos y los castiga con el azote más duro que tienen en sus manos, que es la burla. Contemplando estas cosas, yo no me habría atrevido a dejar de ser modesto.

En el capítulo anterior habíamos dejado a mi amo don Cesáreo indeciso en orden al destino que había de darme. Ahora voy a referir cómo, sin que él hubiera salido de su perplejidad, vine a pasar a manos de otro dueño o, para hablar con propiedad, de otro tenedor. Pero para que se comprenda bien lo grave y lo terrible de esta crisis, es indispensable que yo presente a los lectores un retrato del |Tuerto |Garmendia.

El Tuerto Garmendia, por una irrisión de la suerte, había recibido en las fuentes bautismales el nombre de |Lucio. Era hijo único de cierto campesino acomodado que residía en uno de los pueblos comarcanos, y andaría en la época a que me refiero en los treinta y dos años. Se había tratado de educarlo, pero se fugó del primer colegio en que se le colocó y fue expulsado del segundo. Apenas si sabía leer lo impreso y garrapatear su nombre. Sus razonamientos iban siempre puntuados con vizcaínos, empedrados de voces indecentes y salpicados de obscenidades. Si quería declarar una idea que pudiera expresarse de más de un modo, él escogía, sin equivocarse nunca en la elección, el modo más grosero y más vulgar; y si uno de tales modos era obsceno, seguro estaba que dejase de preferirlo. Era un mozallón fornido y muy esforzado. Le atravesaba la frente, de la sien izquierda a la ceja derecha, un mechón de pelo. Su ojo izquierdo era reventón y parecía que sobre la pupila le había caído una gota de sebo. Sus carnes eran abundantes y flojas; su color, el del pergamino. Su tez parecía siempre sudosa o más bien embadurnada de grasa. Los pelos de la barba se le podían contar desde lejos. El ala de su enorme sombrero se desmayaba y formaba un pico por el lado derecho, merced a la tosquedad con que lo trataba. Cada vez que usaba de una de sus cosas, la manejaba como si esa fuera la última en que había de servirse de ella. Destapaba las botellas de brandy y de cerveza degollándolas de un revés de su cuchillo. Se preciaba mucho de jinete y de vaquero, y efectivamente sobresalía como tal en todo lo que exigiera fuerza y brutal atrevimiento. Usaba zamarros | 1 excesivamente anchos y resobados, de cuero de pelo muy largo; y espuelas en que se había gastado el hierro de quien pudiera hacerse una buena barra. Cuando iba a caballo, los zamarros pendían sobresaliendo del estribo más de un palmo. Su zurriago era hecho de un disforme garrote de guayacán. Nunca dejaba su cuchillo, que le pendía de un cinturón barnizado por la mugre y lustrado por el uso continuo. También tenía un trabuco, pero sólo lo llevaba consigo en ocasiones solemnes. Su padre lo había habilitado más de una docena de veces; pero él había disipado el dinero sin llegar a emprender ninguna especulación. Una vez se había metido a carnicero y había encontrado el oficio muy de su agrado, porque se reservaba siempre el matar las reses; y aun adrede les daba mal la puñalada para recrearse a espacio viéndolas agonizar. Mas las otras tareas del oficio se le hicieron insoportables; lo dejó y actualmente no tenía otro que el de jugador; pero, a ratos perdidos, se ocupaba también en beber y en toda especie de entretenimientos igualmente edificativos. De las siete noches de la semana pasaba seis y media fuera de su casa, y si alguna vez entraba en ella de día era para pedirle dinero a su padre, que ya había resuelto negárselo, y a quien, con este motivo, el muy descastado le había alzado la mano más de una vez.

Su madre, fuera de ser madre, era tonta, y le proporcionaba dinero. Entrábale primero su hijo con zalamerías, pero en seguida, si no recababa de ella inmediatamente todo lo que venía a pedirle, la injuriaba y la amenazaba. La infeliz había ya empeñado o vendido las alhajuelas que tenía, y vivía sobrecogida por miedo de que su marido se informase de los desatinos que había cometido para alimentarle sus vicios al que era azote de su casa.

Se decía que el Tuerto había cometido varios asesinatos y que sus víctimas habían sido mujeres y hombres indefensos. Por lo demás, no había mandamiento del Decálogo ni artículo del Código Penal que él no hubiese violado. Las autoridades y las poblaciones se habían conmovido con cada uno de los atentados de Garmendia, pero nadie se había atrevido a proceder contra él. ¡Ay del que lo hubiera acusado, del testigo que hubiera depuesto en contra suya, y del juez que le hubiera levantado un sumario!

No se si habría exageración en lo que el público decía contra Garmendia; lo que sé es que él se jactaba públicamente de haber quitado de en medio a todo el que le |había debido alguna; de todas las fechorías que se le achacaban y aun de algunas más.

Eran las nueve de la mañana de un domingo. Yo estaba atado cerca de la puerta de la casa, en la que no respirábamos más vivientes que don Cesáreo, un pajecito y yo. El resto de la gente de la casa estaba en el pueblo. De repente llegó a la puerta el Tuerto Garmendia y, con su voz áspera y destemplada, llamó a don Cesáreo. A éste, según lo advertí sin trabajo, le hizo mal estómago la aparición de Garmendia.

Ofrecióle asiento con toda la política que pudo, y haciendo de tripas corazón, se le mostró atento y obsequioso, porque, como toda la gente de la comarca, le tenía miedo.

-Vengo, le dijo el Tuerto, a que me venda un buen patón.

-Ay, mi amigo don Lucio, respondió mi amo: cuánto siento que usted haya venido en tan mala ocasión: no tengo ahora ni un solo caballo de qué disponer.

-Hum, hum, ¿y la partida de patones que le he visto en el potrero?

-Esos... esos... esos... son ajenos.

-Vea, don Cesáreo, el que quiero que me venda es este moro que tiene ahí cogido

-Pero, mi querido don Lucio, si ese es el caballo de Macaria: es el único que le gusta; y, además, no tengo otra bestia en que ella pueda montar.

-Si no hace nadita que vi que lo estaban amansando. ¡Ella qué va a montar en ese potrejón!

-Es que es muy manso; ya lo ha montado muchas veces.

-Nada, don Cesáreo; yo me llevo el moro: me gusta y se lo pago bien.

-No puede ser; no puede ser, nunca he pensado venderlo.

-Usted nunca ha querido hacer un negocio conmigo.

-Tendría el mayor gusto en que hoy hiciéramos uno; pero ya le digo...

-¿Es que usted está pensando que mi plata no vale lo que vale la de cualquiera otro?

-No se me amostace, mi don Lucio; usted debe estar seguro de que yo le tengo aprecio...

-Que aprecio, ni qué... (aquí dijo una expresión que por respeto a los lectores tengo que omitir).

-Mire, mire, por Dios, mi amigo, lo que le digo es la pura verdad. Si usted quisiera más bien uno de los caballos que están en el potrero...

-¿No dice que son ajenos?

-Pero... pero... pero es que tengo recomendación de vender algunos de esos.

-No me haga tan cotudo. Yo estoy cansado de saber que esos son los mochos viejos y dañados que usted hace convalecer para metérselos a los p... (aquí también omito una palabra). Pero yo no soy de los que se dejan clavar por un viejo miserable. ¿Ya lo oye?

Don Cesáreo se requemaba de ira. Se le había enronquecido la voz, y la cara se le ponía alternativamente muy pálida y muy encendida. Se echaba de ver que, de mil amores, habría pateado y echado de su casa a aquel bellaco; pero mi dueño amaba sobre todas las cosas la tranquilidad; y, como todos los que aspiran únicamente a ese bien, era débil por todo extremo. Guardó silencio después de haber sido insultado por su salvaje interlocutor, y éste continuó:

-¿Sabe lo que hay, don Cesáreo? Que usted está pensando que yo me quedo con su plata.

-No, don Lucio; por Dios, no diga eso: si yo sé muy bien que usted es un hombre honrado...

-Pues entonces, véndame |El Moro.

-¡Válgame Dios! Déjeme siquiera consultarlo con Macaria: el caballo no es propiamente mío sino de mi mujer.

-Nada. Disculpas. Póngale precio y ahorita mismo me lo llevo.

-Hasta eso: ni he pensado nunca lo que pueda valer ese caballo.

Yo era todo oídos para no perder una sílaba de aquel diálogo, de cuyo resultado pendía mi destino. Nada sabía yo entonces acerca de la índole y de los antecedentes del Tuerto; pero para conocer lo grave del infortunio que me amenazaba, me había bastado contemplar su cara. Ya un sudor frío había comenzado a bañarme todo el cuerpo.

-Pues sepa, prosiguió Garmendia, ya con voz alterada por la cólera, que no me voy sin el Morito.

-Nada, mi don Lucio, ¿sabe lo que hemos de hacer? Usted se aguarda a almorzar con nosotros y después hablamos.

-No puedo: allí no más me están esperando unos amigos.

Don Cesáreo sabía que los camaradas y los compañeros habituales del Tuerto sólo eran mejores que él porque no podía haber nadie peor ni siquiera igual. Con todo, hizo por mí el sacrificio, que nunca olvidaré, de decirle a Garmendia que ellos también podían venir a almorzar. Por fortuna esta amable invitación no fue aceptada.

-No se puede; no se puede. Mire, don Cesáreo, usted no me emboba. Usted no me deja el caballo porque cree que soy un tramposo; y a mí nadie me trata de tramposo. ¿Ya lo oye?

El miedo, la indignación y la angustia me habían reducido a tal estado, que ya me fue imposible seguir oyendo el diálogo. No volví a oír ni a ver nada hasta el momento maldecido en que sentí que el odioso Tuerto me echaba encima su silla sin poner sobre el asiento los estribos ni la cincha y dejándomela caer sobre los lomos desde muy alto.

Montó, me dio un rasgón | 2 con las espuelas, me dejó andar un corto trecho, me dio una sentada que estuvo a punto de hacerme ir de espaldas; y despidiéndose de don Cesáreo le dijo: "Por sus quinientos morlacos (pesos) no tenga cuidado, que una noche de estas los gano, y...".

El ruido de un zurriagazo con que, para hacerlo seguir adelante, envolvió al caballejo en que había venido, impidió oír el fin de esta frase. Poco se perdió, porque era bien sabido que de la promesa que ella encerraba nunca había de volver a acordarse.

1 |Zamarros. Especie de pantalones muy anchos, de cuero bien adobado, o de tela gruesa e impermeable, que teniendo vano lo que podría cubrir lo interior de los muslos y la parte posterior del tronco, defiende de la lluvia las piernas y los verdaderos pantalones de roces dañinos.
2 |Rasgón. Fuerte espolazo en los ijares.

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