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CAPITULO VI

ESCUELA Y BAUTIZO


SUMARIO-. |Vengo a ser alumno de un buen maestro. Parrafada científica. Una escena campestre. Obtengo mi diploma. Perplejidad de don Cesáreo acerca del destino que haya de darme. Mi exhibición en la capital. Su afrentoso resultado. Se trata de bautizarme.

Yo había rogado a Morgante que me refiriera la historia de las campañas que había hecho, mas él excusó siempre toda conversación concerniente a ellas; en lo cual, si no me engaño, se mostró caballo cuerdo y de buen gusto. Para desagraviarme de dicha falta de condescendencia, me prometió la relación de un viaje que había hecho a los Llanos de Casanare, que él llamaba el infierno de los caballos.

Pero como hubiese ido dejando para luego el cumplimiento de tal promesa, ésta no vino a cumplirse hasta después de algunos años.

Cierto compadre suyo le había predicado mucho a don Cesáreo que no pusiera sus caballos en otras manos que en las de un tal don Antero, viejo picador que había cerrado ya su estudio, pero que, mediante los empeños que él mismo podía interponer, haría excepción, a lo menos por una vez, en favor de mi amo, el cual vino muy gustoso en que se le llamase.

Ya yo había recobrado mis carnes y un vigor más grande que el que había perdido en poder del excomulgado Geroncio, y vi llegar la hora tan temida en que habían de terminar los más tranquilos y venturosos días de mi juventud, que fueron los que pasé en El Paisaje, en compañía de mi querido amigo y sesudo consejero Morgante y del títere de Merengue, a quien también había cobrado entrañable cariño.

Fui presentado a don Antero, quien, después de examinarme, declaró que yo era un bonito potro y que de mí se podía sacar un buen caballo si se me manejaba bien. Echáronme la silla para que don Antero me probase, y sucedió lo que ya el lector sabe; y en esta ocasión, todavía se ofendió a los mosquitos con un juicio temerario. Pero cuando me montó un mozo para |pasearme, es decir, para ver si brincaba, se vio patentemente que yo... ¡ay!... que yo era coleador.

La maldición que don Cesáreo le echó a Geroncio y las blasfemias con que la sazonó, armonizaban muy poco con su fisonomía monjil, e hicieron que nos espeluznáramos hasta los animales que las oímos.

Trasladado al pueblo de don Antero, pueblo que pertenecía a jurisdicción distinta de la de |Hatonuevo, empecé lo que puedo llamar mis estudios superiores. Don Antero pecaba de blando como su antecesor pecaba de duro. Decía que con la suavidad y el cariño se podía hacer de un caballo todo lo que se quisiera, máxima que, si en rigor no es aplicable a todos los casos, lo es en la mayor parte de los que se le presentan a un picador.

No era aquel un profesor consumado en el manejo, pero poseía en alto grado el don sin el cual nadie puede ejercitarse con provecho en este difícil arte, sobre todo en lo que mira al pasado del caballo.

Consiste ese don en una percepción sutil de lo que no puedo designar con otro nombre que con el de |matices del movimiento. Mediante esa facultad, desenvuelta por el ejercicio, el picador verdadero consigue con imperceptibles toques del bocado y con ligeros movimientos de su cuerpo lo que los falsos picadores no lograrán jamás con las sofrenadas, los azotes, los espolazos y demás barbaridades.

Cuando el caballo es fino, esto es, cuando el paso es en él natural, como lo es en mí y en la generalidad de los caballos de mi tierra, el picador no necesita hacer otra cosa que ejercitar a la bestia en el paso o pasos que haya heredado, evitando con esmero que se |retrabe, es decir, que tome el paso de dos y dos | 1 .

Cuando estaba finalizando mis estudios, tuve coyuntura de ver una función de que había oído hablar a mi madre y a que deseaba vivamente asistir como mero espectador. Mi madre había tomado muchas veces parte activa en, ella y le había cobrado singular antipatía.

En las inmediaciones de la manga en que me había colocado don Antero, se hallaba una |montonera, esto es, un cercado en que las gavillas de trigo, formaban muchas hacinas (vulgo, |montones). A corto trecho se había formado la éra, sorrapeando el suelo para ponerlo igual y resistente, y levantando una provisional cerca de madera que cerraba un círculo de unos siete metros de diámetro. Una montonera se forma de varias hacinas y no ofrece a la contemplación sino los despojos áridos de lo que fuera poco antes verde y risueña pompa de la campiña; semeja una agrupación de cabañas ciegas, inhabitadas y silenciosas, de color opaco y uniforme; y, sin embargo, en una montonera se apacienta la vista deliciosamente, tal y como se recrea delante del paisaje más fresco y más ameno.

En una madrugada en que el cielo resplandecía cuajado de estrellas, vinieron muchos peones y se entregaron a la tarea de pasar el trigo de una de las hacinas a la era en la que iban extendiéndolo. El cielo se iba poniendo rosado hacia el oriente; corrían vientecillos suaves trayendo los aromas de mil plantas y el olor de la majada que deleita a los hombres que aman el campo; el viento cambiaba a menudo, y a intervalos traía los rumores de una fuente que a no gran distancia se precipitaba por entre riscos; las aves y todos los animales que viven con el hombre llenaban el aire de cantos y de voces apacibles; y parecía como si toda la naturaleza quisiera solemnizar el acto en que un hombre iba a recibir en sus manos el más precioso de los dones que le prodiga el seno de la tierra.

El estrépito de muchas pisadas me hizo mirar en la dirección en que se percibían, y vi venir numerosa yeguada, a la que se hizo entrar en la era. En la confusión que había producido la precipitada marcha, las crías se habían separado de las madres y unas y otras relinchaban a competencia. Colocado un peón en el centro de la era, obligó a la manada a extenderse por las orillas, y se puso a arrearla con silbidos, con chasquidos del zurriago y con gritos, para que con los cascos quebrantara la mies. Así trabajaron las yeguas largo rato y, cuando ya el sol brillaba a alguna altura del horizonte, se las hizo salir, y se sacó el tamo de encima de la parva. Volvieron luego las yeguas a su labor, y bien se echaba de ver lo duro de ésta, observando que había menguado el ardimiento con que al principio se había desempeñado la tarea; ya no se relinchaba, se ijadeaba bastante; los potricos empezaban a quedarse atrás y algunas yeguas provectas y marrulleras se iban arrimando bonitamente al centro, en donde se daban algún respiro mientras el aguijador daba una vuelta y las hacía continuar al trote. De la parva, ya muy triturada, se levantaba un polvo sutil que, penetrando en las narices, hacía estornudar a los animales.

Varias veces se repitió la operación de sacar a las yeguas para |destamar, y mientras descansaban al lado de la era, los potricos aprovechaban la ocasión para exprimir las ubres maternas.

Desempeñada por las yeguas toda su tarea, se traspaleó y se empezó a aventar lo que quedaba de la mies; y era delicioso ver cómo de las porciones arrojadas al aire con las palas, el viento se llevaba la paja, mientras el grano caía como lluvia de oro, formando al caer un ruido que alegraba los corazones.

Cuando terminó la trilla, me quedé considerando que si ella ofrecía el espectáculo más animado y, al propio tiempo el más apacible, daba a mis congéneres un trabajo harto fatigoso; y que mi madre tenía sobrado motivo para mirarlo con poca simpatía.

Don Antero, después de haberme montado muchas veces, aunque siempre por pocas horas, y de haber hecho infructuosamente constantes esfuerzos para corregirme de mi maldecido defecto, mandó decir a mi amo que ya me tenía arreglado; que es como si dijéramos que me había expedido mi diploma de caballo de silla. Don Cesáreo dispuso que don Antero viniera en persona a hacer entrega de la mía. Aunque la noticia, que él ya aguardaba, de que el coleo estaba en todo su vigor, enfrió todo el entusiasmo que en él hubieran podido excitar los elogios que de mí hizo el viejo picador, y la gallardía con que yo exhibí en su presencia las habilidades que me adornaban, no dejó de mostrarse satisfecho y de pagarle a don Antero sus servicios sin regatear demasiado. Comprometiólo además a que pasara unos días en |Hatonuevo, dándole a entender que lo hacía por el agrado de gozar de su compañía; pero movido allá en sus adentros por el deseo de hacerlo montar, como por agasajo, algunos caballos que necesitaban lecciones de un jinete bien diestro.

Cuando experimentó verdadera satisfacción fue cuando, después de haberme dejado descansar por ocho días, me montó; pero mientras más prendas descubría en mí, más se aumentaba su despecho contra el villano que había tenido la culpa de que tales prendas hubieran quedado empañadas para siempre.

Mi dueño empezó a titubear sobre si me conservaría destinándome a su servicio, o si me vendería. Lo inclinaban a lo primero mis estimables cualidades; y a lo segundo la esperanza de que éstas contribuirían a seducir a algún comprador bastante cándido para no advertir mi defecto, o para no hacer caso de él aunque llegara a advertirlo. Este último partido tenía para don Cesáreo un atractivo particular, porque, si lograba venderme bien, se procuraría dos gustos: el de guardar en su caja la suma que dieran por mí y el de |meter un clavo, como él decía, esto es, el de conseguir un triunfo, por medio de artimañas.

Mientras se decidía por uno de los dos partidos, dispuso que me montara su mujer, a fin de poder, cuando se presentara el caso, asegurar sin mentira que yo era un caballo de señora; porque, aunque don Cesáreo como buen tratante en caballos, no se distinguía mucho por su amor a la verdad, tenía por sistema el decir de cuando en cuando alguna que viniese en abono de sus demás aseveraciones.

Pretendiendo tentar el vado, quiso también que yo, montado por don Antero, fuera presentado en las calles de la capital, así como los padres de una muchacha la presentan a la sociedad cuando quieren salir de ella y dar a entender con disimulo que está a disposición de quien quiera llevársela.

En Bogotá hay siempre aficionados que paran la atención en los nuevos caballos que se presentan: los inteligentes están en acecho de ocasiones para hacer un buen negocio, como suelen hacerlo si los dueños de los caballos que les llaman la atención no son muy expertos: los aficionados legos andan siempre tentados del antojo de tener un buen caballo en que se puedan lucir; y, aunque jamás hayan de satisfacer tal antojo, se regodean contemplando una bestia hermosa y distinguida, rumiando la ilusión de que son dueños de ella y la de que, si no adquieren esa bestia, es porque aguardan hacerse con otra mejor.

Contaba don Antero que en toda su vida no se había visto en aprieto como el que lo martirizó, mientras estuvo exhibiéndome por los parajes públicos de la capital. Yo estaba bastante bien adiestrado para que a mi jinete no le fuera necesario ir moviéndome la rienda ni estimulándome de ninguna manera; pero como yo no había visto nunca una población como Bogotá; como en las calles me sentí aturdido por el estruendo de los carros, por las voces y el andar de la muchedumbre que iba y venía, y se cruzaba por dondequiera; como entre los objetos que iba viendo por entre una especie de niebla que casi me cegaba, había algunos que me sorprendían, me puse torpe, indeciso y renuente; don Antero consideraba que, si me hacía sentir el bocado o me amenazaba con el talón o con el azote, yo haría público lo que con más diligencia debía ocultarse. Mi jinete, usando de una prudencia que nunca podré encarecer bastante, me llevó como pudo y sin que ocurriera novedad desde la Plaza de Bolívar hasta la extremidad norte de la tercera Calle Real. Allí en un almacén, estaban haciendo tiempo tres o cuatro aficionados de los más inteligentes; y, como fuesen conocidos de don Antero, lo obligaron a que se detuviera. Después de haberme examinado aquellos señores con gran prolijidad y de haber dado vuelta en torno de mi cuerpo para contemplarme bien, hicieron a don Antero muchas preguntas sobre mi origen y mis condiciones y llegaron a indagar si mi dueño me daría por cierta suma que a mí me pareció exorbitante, con lo que me llené de orgullo. Despidióse al cabo don Antero, y cuando con un suavísimo toque a la rienda me significó que debía seguir ¿me atreveré a decirlo?, coleé. Mis admiradores soltaron la más insultante carcajada; y un condenado pilluelo, que arrimado a la puerta del almacén había estado presenciándolo todo, prorrumpió en alta voz: "Mírenlo, si es obispo. Vean cómo va echando bendiciones". Este es el chiste con que en la Sabana de Bogotá se hace irrisión del caballo que tiene la desgracia de... de hacer lo que yo hacía.

Al saber mi amo cuál había sido el sonrojo que don Antero y yo habíamos padecido, tuvo gran pesadumbre, pero aún no decidió lo que debiera hacerse conmigo.

Para ver de encubrir mi defecto se probó si usándome con retranca y atando a ésta la cola, se disimularían sus movimientos; y se vio que aquello aumentaba en mí el prurito de colear y no cubría el vicio sino muy imperfectamente. Se consultó con varias personas experimentadas sobre si convendría hacerme cortar el nervio de la cola, y unánimemente declararon que esa bárbara operación tendría efectos contrarios al aseo y al buen parecer y que mi parte posterior haría la más desairada figura si mi cola quedara colgando como un inanimado manojo de cerdas.

Como no era imposible que yo me quedara sirviendo en la hacienda, se pensó en bautizarme, esto es, en ponerme nombre. Tratóse de esta cuestión cierto día de fiesta en que, de paseo, habían venido dos hijos de don Cesáreo, que estaban estudiando en la capital y que, según se decía, eran muy dados a las letras.

Don Antero expuso el dictamen de que, siendo yo moro | 2 , y debiendo más tarde volverme rucio claro, o totalmente blanco, no admitía duda que yo debía llamarme el |Porcelano. Desechando este nombre, fueron propuestos el de |Rigoleto y el de |Ernani por aquel de los estudiantes que era más filarmónico, pero no gustaron. Sucesivamente se propusieron el de |Mudarra, el de Aben-Humeya y el de Mac-Mahon. Contra la adopción del primero se objetó que la gente rústica, a quien disonaría el que un animal macho llevase nombre acabado en |a, convertiría el nombre en |Mudarro; de los otros dos se dijo que vendrían a transformarse en Benjumea y en |Mamón. De la discusión resultó, por supuesto, lo que resulta de casi todas las discusiones, es decir, no resultó nada; y vino a suceder que, no en virtud de resolución ninguna, sino por la fuerza de los acontecimientos, yo no tuve al principio de mi carrera otro nombre que el genérico de los caballos de mi color, y fui conocido por |El |Moro.

1 |Paso de dos y dos. Es la marcha en que la bestia mueve a la vez el brazo y la pierna derechos, alternando con el brazo y la pierna izquierdos.
2 |Caballo moro. Caballo tordo.

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