CAPITULO V
MERENGUE Y SU CHARLA
SUMARIO-:
|Gracioso engaño que sufre don Cesáreo. Más datos sobre
la vida de Merengue. Defecto de que adolece disertación de Morgante
acerca de él. Merengue, continuando su historia, pinta una escena
de familia.
Mis recelos eran infundados. El patrón sólo quería ver en qué
estado nos hallábamos y hacernos almohacear y peinar. Mostróse
satisfecho; varias veces me vio colear, pero no hizo otra cosa que
reñir a un muchacho porque con su descuido en limpiar la
caballeriza había dado lugar a que los mosquitos se multiplicaran
intolerablemente. Ordenó que se nos diese un buen pienso de salvado
y que en seguida nos soltasen a nuestro potrero.
Una vez en él, me atreví a hacer a Morgante unas Preguntas que,
de tiempo atrás deseaba dirigirle, pero que se me habían atravesado
en la garganta por el respeto que me inspiraba aquel digno
caballo:
- ¿Usted y su compañero son de propiedad de don Cesáreo? ¿A qué
han debido el privilegio de venir a pacer en El Paisaje, potrero
que el amo no permite, excepto en casos muy extraordinarios, que
sea pisado más que por los bueyes que están cebándose?
-Mi compañero y yo, me contestó Morgante, pertenecemos al doctor
Barrantes. Este es un abogado de buena y muy merecida fama que está
defendiendo a don Cesáreo en un pleito de mucha monta que lo
preocupa por extremo. Don Cesáreo no pierde ocasión de obligar a su
abogado: siempre le está enviando primicias de sus cosechas,
corderos cebados, manzanas exquisitas u otros regalos. Viendo que
nosotros no estábamos muy bien en la pesebrera en que nos tenían,
le instó a nuestro dueño que nos enviase a su hacienda,
prometiéndole que nos cuidaría con esmero y que nos mandaría
oportunamente a la ciudad, siempre que se nos necesitase.
-Entonces, repuse, el doctor tiene un niño y éste es el amo de
Merengue.
-Así es la verdad, respondió, pero no es uno sólo el niño que lo
monta. Uno grandecito monta solo y es capaz de manejarlo; de suerte
que con frecuencia acompaña a su padre en los paseos, y aun espera
le cumpla la promesa que le ha hecho de traerlo a
|Hatonuevo,
atendiendo a la invitación que don Cesáreo está reiterándole
siempre con vivas instancias.
Al niño Carlitos, que es el más pequeño, lo saca por las calles
a caballo un hombre formal que acude a la casa para varios
menesteres. Este va a pie y lleva del diestro al caballito,
ofreciendo materia de observaciones a las mujeres y a los
muchachos. Estos últimos a veces ponen a prueba la vigilancia del
conductor, tratando de arrear o de espantar a Merengue.
-El amito, interrumpió éste, tiene las piernas tan cortas que no
le sobresalen de la coraza, y sólo se sostiene a fuerza de
agarrarse de la cabeza de la sillita.
Merengue se aprovechó de estar en uso de la palabra para
referirnos otras particularidades acerca de los servicios que
prestaba a los niños, confesando ingenuamente sus imperfecciones,
entre las cuales se contaba la de no tener paso; me refirió que en
cierto viaje de unas tres leguas que había hecho con Eduardito (el
mayor de los niños), éste se había estropeado tanto, que el
alborozo con que había principiado la jornada se había trocado en
llanto mucho antes de terminarla; que los calzones se le habían
recogido, que las piernas y otras partes del cuerpo se le habían
excoriado hasta el punto de quedarle pegadas a la ropa y aun a la
silla, y finalmente, que el doctor Barrantes se había visto forzado
a llevar al niño en la delantera de la silla y a buscar un muchacho
que, montándose en Merengue, lo condujera a la casa.
-Lo que callas, probablemente por modestia, le dijo Morgante, es
que tienes el resabio de resistirte, cuando no vas tras de otra
bestia, a salir del sitio en que te montan y de otros sitios en que
se te antoja pararte, encabritándote, andando hacia atrás y
levantando las ancas cuando te azotan. Este defecto desluce todas
tus buenas prendas y es uno de los que despojan a un caballo de
todo el valor que pudiera tener.
Aquí di yo un suspiro, y, a ser posible, me hubiera puesto
colorado. Pero, ¡admírese el lector!, con vergüenza y todo, di un
par de coleos; y para disimular, hice ademán de morderme el
costado, como para espantar unos mosquitos que no había.
-Tengo una excelente excusa, dijo Merengue: ese defecto lo
tienen todos los chirriquitines como yo.
-Cálla, mentecato, replicó el otro: el que pequen los demás no
es excusa del pecado: tú mismo confiesas que tu resabio es un
detecto, y así no puede disculparte ni aun la ignorancia.
-¿Y por qué, pregunté, es esa nulidad tan común en los
caballitos pequeños?
-Por dos razones, repuso Morgante: la primera es la de que, en
ellos hay, como en las mulas, cierto instinto que los hace egoístas
y regalones, esto es, que los induce a procurarse conveniencias y a
ahorrarse incomodidades aun a costa del buen desempeño de su
oficio; la segunda es la de que lo corto de su alzada, no permite
de ordinario que los monten y los eduquen buenos amansadores, sino
muchachos inexpertos e incapaces de doctrinarlos.
-Ya es tiempo, dije a Merengue,, de que usted me acabe de
referir su historia; tengo curiosidad de saber si Romualdo
Chinchilla dio con usted y cómo pasó del dominio de un carbonero al
de un abogado.
-Con mucho gusto le explicaré a usted ambas cosas, me respondió.
Chinchilla no hizo por encontrarme, porque una desgracia que
acaeció la misma noche en que me separé de la recua, le dio a
entender que sería inútil buscarme. El camino de la estancia de
Romualdo iba en un trecho bastante largo por entre la orilla del
río de La Calera y una larga grieta que estaba anunciando el
derrumbamiento de aquella parte del camino. Las aguas del río
habían ido derrumbando poco a poco el barranco a cuyo pie corrían;
en aquella aciaga noche, la creciente acabó de socavarlo y además
ahondó la grieta, con lo que aquel trozo del camino no pudo
resistir el peso de las bestias y de las personas que, sin advertir
el riesgo a que se exponían, entraron en él y cayó en el torrente
con estruendo espantable, sumergiendo en sus hinchados y bramadores
raudales a tres de las bestias de carga y a aquella hija de
Romualdo que había sido mi amansadora. ¡Pobrecita! El caballo que
más tarde me refirió esta lúgubre historia me decía que nunca
podría olvidar ni el penetrante alarido que dio aquella niña al
despeñarse, ni la respiración anhelosa y los pataleos de las
bestias que por algunos instantes pugnaron desesperadamente por
salvarse.
Romualdo, al echarme de menos al día siguiente al de la
catástrofe, tuvo por cierto que yo era de los que habían
perecido.
Obra de cuatro meses haría que estaba yo a cuerpo de rey en la
hacienda de don Manuel, quien no se había cansado de practicar
indagaciones, siempre infructuosas, a fin de descubrir quién era mi
dueño; yo había engordado como un lechón, y todos decían que
parecía una bolita; el pelo tosco y aborrascado que antes me cubría
el cuerpo había desaparecido y mi piel relumbraba como raso. Don
Manuel hizo que me montara uno de sus hijos, no sin que antes me
probara un muchacho de los que servían en la hacienda. De aquella
especie de examen resultó que fui declarado muy manso, que tenía
regular boca, y en fin, que era un caballito
|de
|silla. Mejor hubieran acertado si hubieran dicho que era un
caballito de enjalma.
Pocos días después conocí a Morgante, por haber ido en él su
dueño a visitar a don Manuel. El señor Barrantes me vio, y como
tuviera de muy atrás el propósito de comprar un caballito para sus
niños, rogó a don Manuel que me vendiera. Este no podía complacerlo
por la sencilla razón de que yo no era suyo; pero prometió que, si
alguna vez se averiguaba quién era mi dueño, haría lo posible para
que el doctor quedara servido.
Todavía
|estuve perdido algunas semanas más, al cabo de
las cuales parecí por fin. Cierto día, estando yo en un potrero que
demora a orilla del camino por donde transitan los carboneros de La
Calera, tuve la humorada de colocar las quijadas sobre un punto de
la cerca en que ésta se hallaba muy rebajada, y me puse a mirar a
los que pasaban; ya hacía rato que me encontraba en mi punto de
observación, cuando vi que venía una recua de bestias con cargas de
carbón, fijé la atención en ellas y reconocí con un sentimiento que
era mezcla de placer y de miedo, a varios de mis antiguos
compañeros; un ligero relincho que me arrancó aquella emoción, hizo
que los conductores de la recua me mirasen; uno de ellos dio voces
llamando a Romualdo, que iba ya muy adelante, lo hizo retroceder y
le mostró mi cabeza, que era la única parte de mi cuerpo que se
podía divisar desde el camino.
-"¡Pero es puro al Conejito" (este es el
nombre con que se me había bautizado en mi tierra), exclamó mi amo
y se me acercó un poco.
-"¡Ooora esque puro!" dijo el que me había
visto primero. "¿No ve que es el mesmo Conejo? Mírele las
dos manchitas blancas en la frente".
Yo tenía, efectivamente, una mancha blanca entre los dos ojos, y
otra más pequeña en la nariz. Si en vez de ver mi cabeza sola, me
hubieran visto todo el cuerpo, seguro está que me hubieran
conocido.
Cerciorado de que yo era yo, o, hablando en los términos que usa
el doctor Barrantes, verificada mi identidad, Romualdo acordó
seguir hasta Bogotá, y al retorno, entrar en la casa de la hacienda
a tratar de recuperarme. Así lo hizo, y de ahí resultó que yo fuera
comprado por don Manuel para mi actual señor, por una suma que creo
que alcanzó a indemnizar a Romualdo de toda la pérdida pecuniaria
que había sufrido en aquella noche del descalabro.
Don Manuel me envió al siguiente día a la ciudad. Mi entrada en
la casa del doctor Barrantes fue para toda ella una gran
fiesta.
Al tiempo de mi llegada, no estaban en casa más que la señora,
el niño Carlitos y las criadas. La que abrió la puerta para recibir
a mi conductor, sin oir a derechas el recado que enviaba don
Manuel, partió a correr gritando por todas partes:
"Vengan, vengan y verán qué cosa tan
chusca!".
Todas las mujeres iban saliendo muertas de curiosidad, y al
verme prorrumpían en las más expresivas exclamaciones. ¡Ay! ¡Qué
cosa tan primorosa! ¡Si esto es un prodigio! ¡Es un ángel!, dijo la
cocinera, y al punto la miraron las otras medio risueñas y medio
escandalizadas, y ella se puso colorada. La más avispada anhelaba
hacerme cariños, pero tenía recelo de acercárseme, y le preguntó al
mozo que me había traído si yo sería bravo. Una vez satisfecha de
mi docilidad me acarició y me sobó a todo su gusto, y sus
compañeras la miraron. De tal suerte se familiarizaron conmigo, que
no tardé en tener montado al niño Carlitos, no sin que de cada lado
hubiese una persona teniéndolo de los bracitos, ni sin que la
señora y la cocinera repitiesen: "¡Cuidado, cuidado; miren
que puede sucederle algo al niño!" "Si es
mansitico, es una oveja", decía el mozo; y el atrevimiento
llegó hasta hacerme andar con el niño encima en contorno del
patio.
Eduardito estaba en la escuela y el doctor Barrantes en su
escritorio. Dos criadas salieron con los encargos de hacer venir al
primero y de decirle al segundo que viniese lo más pronto posible,
porque en la casa le tenían una sorpresa.
A Eduardito no le ocultó la sirvienta el objeto de la llamada, y
apenas se enteró de él, la dejó atrás, y corrió desaforadamente
hasta que, dándole a la puerta de la casa un empellón soberano, se
halló junto a mí. Lo primero que hizo fue enfadarse porque Carlitos
estuviera montado; luego me abrazó, me besó y me palpó todo el
cuerpo. Preguntóle a mi conductor si yo era mansito, si sabía
correr bien aprisa y cómo me llamaba. A esta última pregunta no
pudo contestar porque ignoraba que yo tuviese nombre.
El doctor Barrantes vino a casa mucho más temprano de lo que
acostumbraba, y el verme recibió la más agradable sorpresa. Cuando
el mozo quiso marcharse, diciendo que se le hacía tarde, el doctor
le dio una buena propina, y la señora y las criadas se mostraron
escandalizadas de que pretendiera irse sin comer: él participaba de
la simpatía que yo había inspirado y del agasajo y la obsequiosidad
de todos los de la casa. Eduardo no tuvo sosiego durante la comida:
se levantaba de su asiento y corría a la cocina a conversar con el
muchacho y a hacerle más preguntas atañederas a mí y a todo lo que
conmigo tenía relación, y luego bajaba al patio a mirarme y a
tocarme. Al venir a una de aquellas visitas me trajo pan; y se
mostró muy impaciente al ver que yo no sabía comerlo; me lo
introducía en la boca, pero yo, después de recibirlo como por mera
condescendencia y mantenerlo entre los labios con cierto movimiento
tembloroso, lo dejaba caer.
Terminada la comida de señores y criados, se pensó en la mía.
Una sirvienta trajo un tercio de hierba que había comprado, tercio
que por de fuera mostraba ser de cebada, pero que por dentro
contenía
|guascas,
|rabancá
|
1
, malvas y ortiga. A eso de las ocho de la
noche, se cayó en la cuenta de que yo no había bebido, y toda la
gente, con excepción del doctor, se ocupó afanosamente en hacer que
yo apagara la sed, que en efecto me atormentaba bastante. Púsoseme
delante una artesana con agua, pero como ésta se movía, y
moviéndose, reflejaba la luz de la vela que alumbraba la escena, yo
acercaba el hocico al agua y me retiraba asustado resoplando
ruidosamente. Levantaban la artesa pretendiendo hacerme sumergir el
hocico en el agua; y yo me apartaba desazonado. Alguien propuso, y
su racional dictamen fue seguido, que se me dejase allí la artesa,
por ser muy probable que hallándome solo y sin luz me atreviese a
beber.
No habiendo pesebre en la casa, me echaron la hierba en el
suelo, donde la pisé mucho, y aun hice algo peor que pisarla; por
lo cual mi cena de aquella noche estuvo muy lejos de ser opípara. A
la mañana siguiente muy temprano, vinieron los niños y las criadas
a verme, y como notaron que yo había dejado la hierba en el suelo,
trataban de forzarme a comerla, poniéndome la mano sóbre la cabeza
y pugnando por hacérmela bajar hasta que mi hocico tocara con el
pasto.
-Lo que te sucedió con ese pienso, interrumpió Morgante, sucede
con toda la hierba que se les administra a los caballos en las
casas de una población. El caballo no prevé que va a hacerle falta
la hierba que inutiliza con las patas y de esos otros modos que tú
has insinuado, ni se aprovecha más que de una pequeña parte de la
que le destinan; y por desgracia, no sé si el olor de la hierba o
el empezar a comerla le excita ciertos órganos, con lo que hace en
el sitio en que está su alimento, cosas que tal vez no haría en
otra parte sino mucho más tarde. Y son pocas las personas, es decir
las personas humanas, que saben que, cuando falta pesebre, la
hierba debe extenderse por la orilla de una pared, desenmarañándola
bien; y que a una bestia no hay que echarle de una vez cantidad
considerable de pasto.
-Usted debería añadir, dijo Merengue, que aquellos efectos que
usted atribuye al olor de la hierba y al hecho de empezar a
comerla, los produce también el de entrar en los corredores o
patios de las casas, mayormente si aquéllos están esterados.
Morgante no hizo caso de esta impertinencia, e hizo la
observación de que, para un caballo campesino, no hay ratos peores
que los que pasa en Bogotá. Fuera de que todo lo que ve y lo que
oye le es extraño y de que se siente como gallina en corral ajeno,
ni el pasto ni el agua que se le da le parecen cosa de comer ni de
beber, ni le satisface, ni impide que vuelva trasijado a su
potrero.
Merengue terminó su historia, que por cierto fue un poco larga y
pesada, refiriéndome que el día que siguió al de su entrada al
servicio de los niños Barrantes, había sido colocado en las mismas
pesebreras en que mantenían a Morgante; que éste se había reído
mucho, por supuesto para adentro, que es como los caballos podemos
reírnos, al ver a Merengue y al oír que era del doctor Barrantes;
que había deseado vivamente quedar cerca del mismo Morgante para
poderse informar del carácter y condiciones de sus nuevos amos, que
tan diferentes eran de los que había tenido en sus primeros años;
pero que la fatalidad había querido que todos los puestos
inmediatos al que ocupaba su futuro amigo, estuviesen al menos por
entonces destinados a otras bestias, por lo que no había podido
entrar en comunicación con él desde luego; pero al fin lo logró al
cabo de muchos días.
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1
|
|Guascas y
|rabancá. Llámase así unas plantas que
en algunas partes se producen espontáneamente en los cebadales y
trigales, y que no son útiles para el forraje. El nombre técnico de
las guascas es
|galinsoga
|parviflora y el del rabancá,
|brassica
|napus.
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