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CAPITULO IV

AMIGOS NUEVOS

SUMARIO-. |Bienestar material y malestar moral. Meláncolicas reflexiones y propósito descabellado. Adquiero dos buenos amigos y sigo un excelente consejo. Cualidades de mis nuevos amigos. Merengue da principio a su tono. Alarmante interrupción de su relato.

En |El |Paisaje, potrero de ceba a donde me llevaron. había animal ninguno de mi especie, con lo que, por primera vez en mi vida, me hallé en absoluta soledad. No reputaba yo como compañeros a los bueyes que en número de sesenta u ochenta, e imitando, aunque sin saberlo, la conducta que según he oído decir, deben observar los hombres, se preparaban en el retiro para la muerte. Los bueyes con su nunca desmentida gravedad, con su aire de honradez, de integridad y de cordura, me inspiraban tal respeto,  que nunca me habría atrevido a entrar en relaciones con ellos; ni me parecía probable que con ellos pudiera comunicarme por los mismos medios de que nos servimos los caballos en nuestro trato recíproco.

Gracias a aquel aislamiento en que me hallaba caí en una negra melancolía y me entregúe a las más desconsoladoras cavilaciones.

Di en repasar los sucesos de mi vida, de esta vida tan corta todavía y ya acibarada con tantos padecimientos. Meditaba sobre la crueldad e injusticia del trato que me habían dado los hombres; se me representaban al vivo las escenas en que yo había tenido parte, siempre como víctima, y otras en que había visto maltratar inicuamente a seres de mi especie; ponderaba la insensibilidad de que hizo prueba mi primitivo dueño cuando me entregó a un extraño sin dar muestra alguna de sentimiento, sin hacerme una caricia y sin dirigirme una palabra de cariño; recordaba al odioso Geroncio, que, antes de saber si yo merecería castigo, me aplicaba el más riguroso; me llenaba de indignación contemplando que los buenos hombres que habían sido testigos de mis quebrantos sólo en un caso habían acudido a auxiliarme, y en un caso sólo había habido quien manifestase compasión al verme sufrir. Lejos de mostrarse compadecidos, por lo común habían convertido mis cuitas en materia de chacota y de grosero entretenimiento

Discurria también que si nuestros tiranos nos procuran el alimento y otras conveniencias, no lo hacen generosamente, por benevolencia ni por afecto, sino porque les interesa conservarnos y mantenernos en un estado en que podamos servirles. Pensaba, finalmente, que las plantas que produce la tierra para sus tentarnos son tan nuestras como el aire y como la luz del sol, y que el hombre, lejos de hacernos favor cuando las destina a nuestro servicio, comete una iniquidad cuando pone límites y cortapisas al uso que de ellas podemos hacer.

Estas y otras insanas cavilaciones me hicieron al cabo concebir una idea que tuve por original y extravagante pero que ha debido ocurrírseles a muchos de los animales sujetos al hombre. ¿Por qué, me dije, no he de huir de los hombres y de los lugares que ellos habitan, para ir a vivir a mis anchas en alguna comarca que no se halle infestada con su odiosa presencia? Yo soy bastante ágil para saltar los vallados y las zanjas que encuentre en mi camino y bastante fuerte para salvar montañas y para atravesar ríos. En el Viaje único y bastante corto que he hecho en mi vida, he visto presentárseme sucesivamente muchas llanuras dilatadas y muchas y muy lejanas sierras; y a varios de mis semejantes les he oído hablar de tierras a donde no han llegado sino después de caminar por semanas enteras al través de terrenos despoblados. El mundo es sin duda bastante espacioso para brindar morada y sustento a los animales que quieran vivir libres e independientes.

Al principio no admití esta idea más que como una de tantas que pueden servir para dar ejercicio a la fantasía y entretenimiento al ánimo; pero a fuerza de rumiarla, vine a familiarizarme con ella y a formar el proyecto de pasar a nado el río que por un costado cerraba el potrero, y de empezar a caminar con constancia y siempre en una misma dirección hasta que diese con la que para mí había de ser patria adoptiva.

Sabe Dios si yo habría puesto por obra mi descabellada resolución, y cuántos trabajos me habría aparejado mi temeridad, si durante el tiempo que yo había resuelto dejar transcurrir antes de cometerla, a fin de recobrar el vigor que Geroncio me había hecho perder, no me hubiera deparado la suerte un amigo prudente y experto que me apartara de mi loco designio.

Cierto día, cuando menos lo esperaba, vinieron a sacarme de mi melancólica abstracción dos relinchos que sonaron muy cerca del punto donde yo estaba. Levanté la cabeza y quedé agradablemente sorprendido al ver que se me acercaban dos caballos, grande el uno, zaino y de bizarra estampa; roano el otro, extraordinariamente pequeño y muy gracioso. Correspondíles el saludo relinchando muy expresivamente y les salí del encuentro con satisfacción nada fingida. El haber hallado en ellos una compañía y trato agradable y afectuoso disipó en parte la murria que tan marchito me tenía, y me dispuso a oír con docilidad las instrucciones y los consejos que el zaino empezó a darme, desde que, establecida la confianza entre los dos, conoció mi situación y se enteró del designio que yo me preparaba a llevar a cabo.

El zaino, que, según me dijo se llamaba Morgante, era un caballo que frisaba en los trece años, pero que merced a su vigorosa complexión, y a haber estado la mayor parte de su vida en poder de amos inteligentes y solícitos, conservaba su salud y sus facultades. Era más despejado y de mejores explicaderas que todos los caballos que yo había tratado; en la guerra y en largos viajes había tenido ocasiones abundantes de conocer a los hombres y a los caballos; y, en suma, era el individuo de la especie que mejor podía aconsejar a un potro como yo, que aunque presumía de muy experimentado y muy corrido, tenía los cascos a la jineta corno cualquiera otro de su misma edad.

Este buen amigo me convenció sin mucho trabajo de que el intento que yo abrigaba, era una insensatez de a folio. Hízome ver en primer lugar que cualquiera que fuese el camino por donde huyera, mi dueño no tardaría en descubrir mi paradero, y en hacerme coger, ya por medio de sus propios agentes, ya por el de las autoridades. Añadió que si, por rara casualidad, lograba burlarme de las pesquisas de don Cesáreo, en ninguna parte había de faltar quien se apoderara de mí como de cosa sin dueño. Me demostró que los caballos no podemos vivir independientes y que el único arbitrio que está en mano de un individuo de nuestra especie, no ya para ser feliz, pues en la tierra (y esto lo dijo suspirando) no se puede encontrar la felicidad, sino para procurarse algún bienestar, es someterse de buena voluntad al dueño o al jinete a quien le toque obedecer, y hacerse digno de su estimación ejercitando en su servicio las habilidades y exhibiendo las dotes que más aprecian y apetecen los hombres en un individuo de nuestra raza. Un caballo manso, exento de resabios, vivo y de suave movimiento, va por lo común, si no esta enfermo y si no es monstruosamente feo, a manos de un amo que, ya que no por cariño, por miedo de perderlo o de perder parte de su valor, tiene cuidado de él y se abstiene de abusar de sus fuerzas. Y no es raro que un hombre se apasione por un caballo que le sirva bien: he visto varias veces al dueño de una bestia de poco valor rehusar una cantidad exorbitante que le ofrecen por ella, únicamente porque le ha cobrado cariño y se lo han cobrado su mujer y sus hijos. He visto también, y tú verás tal vez en las haciendas, caballos viejos e inutilizados a quienes jubilan y mantienen desinteresadamente en atención a sus antiguos servicios. Por último, si se hubiera realizado tu sueño, habrías ido a pasar en algún desierto trabajos más crueles que los que has pasado en manos de Geroncio.

No necesito afirmar que antes de que Morgante acabara de discurrir, me tenía superabundantemente convencido y aun medio avergonzado de mi falta de seso.

El roanito, que con Morgante había venido al potrero, era jovial, vivaracho y bullicioso: varias veces había interrumpido a su compañero con observaciones propias para confirmar más su dictamen, y noté que debía de haber oído a menudo a personas dadas a las chanzas y a los donaires, porque se esforzaba por decir chistes. Habiéndole yo cobrado bastante afecto, me dolía que, con ese vano prurito, desluciera sus amables prendas; y no pude dejar de amonestarlo sobre ese particular. Morgante dijo que él ya lo había hecho otras veces, explicándole que a los animales no les es dado ni producir ni apreciar las especies que los hombres llaman graciosas, jocosas o grotescas; y que, aun entre los hombres, la facultad de producirlas y la de apreciarlas, no se desarrolló sino mediante la cultura; por lo cual los salvajes no entienden ni de chistes ni de chanzas; y los que se hallan en un estado medio entre la civilización y la barbarie, sólo celebran los chistes demasiado toscos y se enfadan fácilmente con los que con ellos se chancean.

Yo había observado en el caballito roano otras rarezas que no sabía explicarme, y sobre ello le moví conversación a Morgante.

-"Nada es más obvio, me dijo: |El Merengue, que así se llama, nació de padres demasiado humildes y fue criado como caballo de la más baja y abatida condición, y gracias a las visicitudes de la fortuna, él ha tenido la de venir a ocupar una de las posiciones que son más envidiables: hoy es caballito de niño".

Esto me picó la curiosidad, y en una clara y hermosa madrugada en que El Merengue y yo habíamos dormido ya nuestras dos horitas, le hice presente mi deseo de que refiriera su historia. El, que era chiflado y parlachín, gustaba infinito de ser escuchado y sobre todo de hablar de sí mismo, y no se hizo repetir la insinuación.

-"Nací, dijo, en La Calera, que, como usted debe saberlo, es un distrito montuoso situado al oriente de Bogotá y cuyos moradores son, en su mayor parte, leñadores y carboneros. Ellos mismos transportan a la capital los productos de su industria, y lo hacen en bestias de carga de la peor calidad, las cuales se crían y pacen en los mismos montes de donde sacan la leña. Por de contado, entre ellas nunca se ha visto una sola que esté gorda y lucida.

Los vecinos de La Calera que van a Bogotá con sus recuas, se reúnen en caravanas para volverse a su tierra. Cuando usted vaya a la ciudad y lo hagan salir por el camino del norte, tendrá sobradas ocasiones de ver aquellas alegres partidas de viajeros: usted verá muchos hombres y muchas mujeres cabalgando en las bestezuelas de carga. Las mujeres van sentadas sobre las tiznadas enjalmas, sin estribo y sin apoyo ninguno. Los hombres van a horcajadas, con las piernas excesivamente abiertas, gracias a lo abultado de las enjalmas, y dejando oscilar los pies. Llevan los sombreros con fundas de cuero de ternero, que usan como precaución indispensable contra las lluvias y lloviznas que son frecuentísimas en la húmeda región en que tienen su domicilio. En las dos primeras leguas del camino van a toda la carrera de las bestias, arreando con gritos y con chasquidos de los zurriagos a las que van de vacío; y sólo se detienen en una que otra venta en que alguno de los de la partida convida a tomar un refrigerio a los que ya lo han obsequiado o a sus particulares amigos y allegados; cuando salen de la venta aguijan con más ahínco a sus cabalgaduras para alcanzar a los que van adelante. Así llegan al pie de la serranía que tienen que trasmontar, y el viaje se hace desde ese punto con menos precipitación y menos bulla, si bien no cesan la conversación, los gritos y las carcajadas.

Yo nací en La Calera de una yegua de mi mismo color, perteneciente a Romualdo Chinchilla, uno de los carboneros que poseían más bestias de carga. A los dos años de edad fui declarado apto para entrar en ejercicio de las a que estaba destinado. Eduquéme, como se educan muchos, empezando de una vez a hacer lo que debía seguir haciendo toda mi vida. Algo amusgué las orejas y fruncí el cuerpo cuando sentí encima la primera carguita de leña, pero con Romualdo no se podían gastar chanzas. Su zurriago me hizo tomar sin más requilorios el camino de Bogotá, y yo, que al anochecer de un domingo era potro, fui en la mañana del lunes un caballo de carga hecho y derecho. Tampoco tardé en ser caballo de... silla, iba a decir, pero iba a decir mal, porque fui montado sin silla y con enjalma, nada menos que por una muchacha de unos diez años, la que, sirviéndose del cabestro de la cabezada a guisa de rienda, me enseñó lo poquísimo que he aprendido en materia de boca. Puede decirse que lo que sé, lo sé empíricamente.

Tres o cuatro años haría que yo estaba acarreando leña, carbón y carboneros, cuando acaeció el suceso que vino a decidir de mi destino. Ibamos cierto día todos los de la recua, camino de La Calera, cuando, antes que tomásemos la cuesta, sobrevino, acompañado de furiosa tempestad, el aguacero más copioso que en aquellos lugares se ha visto, y nuestros dueños se guarecieron en las casas que hallaron más a la mano; ya casi había anochecido cuando continuamos el viaje, y yo, que había traído a lomo a uno de los muchachos de la comparsa, seguí de vacío y arrastrando el cabestro de |fique | 1 , que mi jinete, por negligencia, no había recogido ni había atado al cuello, como debía haberlo hecho. Cerró la noche, y yo, espantado con el estruendo de un torrente que las aguas habían formado en cierto punto del camino, me extravié un poco, y, al dar un rodeo para volver a tomar la senda que seguían mis compañeros, hice que el lazo que iba arrastrando se enredase en un espino seco, a bastante distancia del sendero y me dejase en incapacidad de seguir caminando; tiré con todas mis fuerzas, pero con ello sólo conseguí apretar más las lazadas que me sujetaban. Relinché entonces a todo relinchar, pero la recua iba ya muy arriba y nadie oyó aquellas voces con que yo pedía socorro. Velé toda aquella aciaga noche y pasé el día siguiente echándome unos ratos para descansar, y moviéndome otros en diferentes direcciones para ver de conseguir mi libertad. Al anochecer del otro día, sentí con inefable delicia que unos transeúntes, que habían debido oírme relinchar, se me acercaban. Eran unos mozos que, no siendo de La Calera, no podían conocerme. Uno de ellos, que habría sospechado por qué estaba yo allí, fue a desatarme, pero sus compañeros se lo estorbaron diciéndole que mi dueño me había, sin duda, atado a aquella mata mientras iba a hacer alguna cosa en las cercanías, y que en todo eso era mejor no meterse con lo ajeno, no fuera que luego recayeran sobre ellos sospechas de haber intentado robarme. Renuncio a pintar el amargo desconsuelo con que vi alejarse a los que ya yo había bendecido como salvadores, así como los tormentos que el hambre, la sed y la impaciencia me hicieron experimentar en dos noches y un día que permanecí en aquel suplicio. Al amanecer del segundo día, me puse por la milésima vez a buscar algo con qué engañar el hambre y tome en la boca unos bejucos repugnantes y medio podridos que estaban enredados al pie del espino; halléles al masticarlos cierto sabor que no les había hallado las otras veces que los había probado, y era un saborcillo a cosa salada que no me pareció desagradable; incitado por él masqué mucho rato, hasta que formé un bocado que, no sin repugnancia pude tragar. Las quijadas me dolían y no quise por lo pronto seguir masticando aquel alimento, sino que me dirigí, también por la milésima vez, hacia una mata de buena yerba que me había provocado mucho que estaba dos dedos más allá del punto a donde el condenado cabestro me permitía llegar; esta vez sentí con sorpresa que podía pasar de ese límite, mordí la mata con delicia inexplicable y di un paso, y dos, y tres, y empecé a trotar, pareciéndome un sueño eso de sentirme dueño de mis movimientos.

Ya usted habrá caído en que aquella cosa salada que yo había mascado y triturado era el lazo de mi cabezal, que se había confundido con los bejucos. Ese lazo estaba muy sucio, y es sabido que toda mugre es salada, cualesquiera que sean su origen y su naturaleza.

La libertad que había recobrado era bien dulce pero ella no mitigaba el hambre y la sed que me devoraban; esta última necesidad era la que más me apretaba, y el instinto y la memoria me advirtieron que como podía satisfacerla pronto era bajando al camino del norte, en el que había de hallar un arroyo de aguas abundantes y cristalinas que lo atravesaba. Un cuarto de hora haría que estaba yo como clavado en medio del arroyo, bebiendo a largos tragos y la cabeza de cuando en cuando para saborear el fresco y regalado líquido, cuando me vi enrollado en una numerosa partida de bestias enjalmadas y sin carga que muchos arrieros iban aguijoneando con grande afán; uno de los zurriagazos que ellos iban distribuyendo con prufusión me cayó en el anca y me hizo seguir envuelto en la tropa de bestias; corrí con ellas un buen trecho, pero al cabo y gracias a una parada de los arrieros y a la fatiga y a la inanición que me aquejaban, vine a quedarme atrás, con lo que los arrieros pudieron advertir que yo no era harina de su costal, y me dejaron en paz. Algo que quizá sería el amor patrio me incitaba a dirigirme cuanto antes a mi querencia; pero otra cosa, que indudablemente era la gazuza, me obligó a detenerme para pacer a la orilla del camino, en la que, como a menudo sucede en sitios muy frecuentados, se hallaba provisión de pasto, escaso, pero de excelente calidad.

El sitio en que yo me había puesto a sacar la tripa de mal año no distaba diez pasos de la puerta de un potrero que estaba abierta; vi que en él, y principalmente hacia la entrada, estaban el |triguillo y el carretón que decían: "Comedme"; no pude resistir a la tentación; me instalé en el potrero como en mi propia casa y me di un hartazgo cual nunca había imaginado que podría dármelo en mi vida. A la mañana siguiente fui descubierto por un muchacho de la hacienda a que pertenecía el potrero, y llevado a presencia del patrón, excelente sujeto llamado don Manuel, el cual dispuso que, mientras se averiguaba a quien pertenecía yo, se me diese hospitalidad, previa la diligencia de quitarme la enjalma y el bozal, que después de más de ochenta horas de llevarlos, me fastidiaban sobremanera.

A este pasaje de su narración había llegado El Merengue, y ya había amanecido, cuando fuimos interrumpidos por dos muchachos de a caballo que, dándonos los silbidos especiales de que se usa en toda la Sabana para aguijar a los caballos cuando se echa la recogida, nos intimaron que debíamos ir a la corraleja. Debo advertir que Morgante se nos había reunido Unos momentos antes y que fue, lo mismo que el chiquitín, testigo de un acto mío que me llenó de vergüenza y de despecho: no bien vi caballos ensillados y montados, coleé maquinalmente.
Aquella ida a la corraleja me causó alguna zozobra: yo estaba muy bien hallado con mi potrero y con la buena compañía de que en él disfrutaba, y no sería maravilla el que el amo hubiese determinado privarme de una y otra cosa y acaso poner punto a mis vacaciones.

1 |Fique. Fibra que se saca de una variedad del |agave |americana. Fique se llama también la planta.

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