CAPITULO I
LLEGO A ESTE MUNDO
SUMARIO -.
|Mi primer mal paso en la carrera de la vida. Lo
caro que me cuesta mi salvación. Cambio de domicilio. Empieza a
rayar mi mala estrella. Buena sociedad. La recogida. Me hacen la
limpieza. Competencia entre naturales y forasteros. Me doy a
filosofar
¡Que tribulación! En un pantano de los muchos que se hallan a
las orillas del Funza, se ve medio sumergido un potrico de doce
horas de edad. En sus ojillos negros y vivos se pintan la angustia
y la sorpresa que le ocasiona el descubrir que el mundo, en donde
ha acabado de aparecer, creyendo no hallar en él más que las gratas
sensaciones que le produjeron el espectáculo de la naturaleza, el
movimiento y los primeros tragos de leche, sólo ofrece peligros y
amarguras. Con la desmaña propia de su tierna edad, brega por salir
del atolladero pero de cuando en cuando se le agotan las fuerzas y
deja caer la linda cabecita sobre un
|mogote
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, como desalentado y resuelto a
rendirse a su destino. La madre, con las orejas aguzadas,
sacudiéndose los costados con la cola, sudorosa y agitada, corre ya
para un lado, ya para otro, relincha, trata de penetrar hasta el
paraje en que su cría va a perecer, huele el suelo, retrocede y
vuelve cien veces a los mismos puntos por donde inútilmente ha
procurado entrar. Pero, aunque lo consiguiese, ¿qué auxilio podría
prestar al objeto de sus ansias? Este renueva sus esfuerzos para
salvarse, pero cada uno de los que hace sirve para ahondar más el
hoyo en que agoniza.
De repente se oyen pisadas de caballos; la yegua descubre que se
acerca el mayordomo de la hacienda y que lo acompaña un amansador.
En su pecho angustiado batallan la esperanza de que vengan a salvar
a su hijo y la innata esquivez que la obliga a huir siempre que la
gente se le acerca; la esquivez triunfa, y la yegua se aleja, no
sin detenerse de vez en cuando a relinchar y a mirar hacia el sitio
funesto. Los dos jinetes llegan hasta la orilla del pantano; nada
ven, porque unos juncos les ocultan la cabecita del potro, que es
lo único que le queda fuera del fango, y se alejan rápidamente. Un
mozo que llega a la margen opuesta del río y que ha visto lo que
está pasando, los llama a grandes gritos, que hacen renacer la
confianza en el acongojado pecho de la madre; pero corre el viento
en la dirección menos favorable, y nadie oye aquellas voces.
¡Pobre potrico! ¡Pobre madre!
El amansador, que está enseñando a revolver al potro en que
cabalga, le hace dar una vuelta que lo deja mirando hacia el río,
columbra al mozo que grita y hace señas; llama al mayordomo; ambos
se enteran de lo que ha sucedido; corren al lugar de la desgracia,
se desmontan y sacan al potro del atolladero.
Pero éste no puede saborear el placer de verse en salvo: para
sacarlo, le tiran de las orejas y de la cola con toda la fuerza
necesaria para vencer el peso de su cuerpo y para despegarlo del
lodo glutinoso en que estaba sepultado. Siente que se le arrancan
aquellos miembros y sabe de una vez todo lo que es el dolor.
Aquel potrico era yo.
Ya antes de haberme abismado, andaba titubeante y haciendo
pinitos sobre las pernezuelas, que no podían con el cuerpo. ¡Cómo
quedaría de descuajaringado después del truculento ajetreo! ¡Y qué
grima no pondría el mirarme el cuerpo embadurnado y el ver destilar
de mis costados el flúido cenagoso! La crin se había pegado al
cuello, y éste parecía visiblemente grácil y endeble
Hízoseme sufrir un lavatorio que miré, no como favor, sino como
nuevo tormento con que, por pura maldad, se me martirizaba.
Por la tarde vino a verme con el mayordomo el dueño de la
hacienda en que vi la luz, es decir, la luz de las estrellas, pues
yo nací a media noche. A esa hora vi estrellas; pero vi más cuando
me sacaron del pantano. La hacienda está situada en la sabana de
Bogotá y se llama
|Ultramar. Su dueño, don Próspero Quiñones,
había aguardado con sumo interés mi venida al mundo, pues fincaba
grandes esperanzas en lo que había de nacer de la
|Dama, que
así llamaban a mi madre.
Oí la conversación que tuvieron, y de ella inferí que mi amo
estaba vivamente desazonado por lo que había sucedido, cosa de que
no se me daban dos ardites, pues yo, gracias a los malos
tratamientos que me habían hecho sufrir los que me sacaron del
pantano y al ejemplo de mi madre, que se mostraba arisca para con
los hombres, había empezado a mirar a éstos como enemigos.
Lo que me confundía era ver hombres montados en seres de mi
especie; pues no entendía cómo, siendo aquéllos enemigos de los
caballos, podían unirse con estos de una manera tan íntima; ni cómo
los caballos consentían en dejarse montar.
Lo que oí a mi amo y al mayordomo pudo, según lo comprendí mucho
más tarde inspirarme temores de morir, pero entonces, no tenía yo
la menor idea de la muerte: yo había luchado ya con ella como con
un enemigo invisible y desconocido.
Con grandes cuidados nos trasladaron a mi madre Y mí a una
|manga
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inmediata a la casa del amo, a fin de poder cuidar de mí con más
esmero. Mucho me maravilló la vista de la casa y la de muchos otros
objetos que se me presentaron y que no había podido ver en mi
potrero natal. Sentíame muy quebrantado y molido; pero lo que más
me atormentaba era el dolor de las orejas y sobre todo de la cola.
¡Ay, aún no sabía yo que este último era no sé si principio, o más
bien negro presagio y fatídico anuncio de los males que me había de
ocasionar esta desdichada parte de mi cuerpo!
A poco tiempo y sin mayor dificultad, me restablecí
perfectamente y fui llevado con mi madre a un potrero grande en que
había muchos potros y yeguas.
¡Qué aspecto ofrecía yo, tan diferente del que, recién
desembarrancado, había ofrecido! En mi semblante hallaban todos
cierta expresión de candorosa travesura. En mi cabeza, pequeña y
graciosa, lucían los vivos y curiosos ojuelos, y facciones de tal
primor, que parecían solicitar caricias. El cuerpecito corto,
rollizo y bien trabado; el tupé empinado entre las orejas; la crin
corta y erguida; el pelo de ésta y el de la cola fino, brillante y
undoso; la cola delicada y airosa como las más airosas plumas. Las
personas que podían acercárseme se regodeaban rasando con la palma
mi piel suave y aterciopelada.
En el potrero pasaba días muy agradables retozando, siempre que
me lo pedía el cuerpo, con los demás potros, y oyendo las
conversaciones que, a la sombra de unos cerezos y a la hora de la
siesta, acostumbraban tener las yeguas; yo no entendía bien todas
esas pláticas, pero ello es que me servían de distracción y que
ellas empezaron a hacerme conocer el mundo. En ese potrero también
había pantanos, aunque de poca profundidad, y me mortificaba por
extremo el ver que mi madre y otras yeguas por las cuales
experimentaba cierta simpatía, se metiesen a pacer en él. Buenos
ayunos me impuse por no seguir a mi madre cuando incurría en esa
que, a mi juicio, era una inaudita temeridad.
Lo que turbaba algunas veces mi bienestar era la
|recogida
de las yeguas en la
|corraleja o corral grande y bien
cercado. Por lo menos dos veces cada mes, disponía el amo que se
|echase la recogida, ya para hacerles a los potros y
potrancas que estaban creciditos ciertas operaciones de que hablaré
luégo, ya para
|apartar o pasar a otro potrero a los que
debían venderse o ser
|quebrantados
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, o ya para coger alguna de las yeguas que
estaban domadas y servían para la silla.
La traslación a la corraleja se hacía corriendo
desatentadamente, y estrechándose con violencia unos animales a
otros en las puertas y en los puentes, y sin reparar en los
tropiezos y obstáculos que ofreciera el camino. Por de contado, las
crías perdíamos de vista a las madres, y desde la salida del
potrero empezábamos a relinchar sin intermisión. En la corraleja no
había tampoco orden ni sosiego: apenas se presentaban en ella los
|enlazadores
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emprendíamos una carrera circular y vertiginosa, en que todos
sufríamos estrujones, golpes y a veces caídas; y en que (según me
lo decían entonces las yeguas de más meollo) una bestia padece y se
desmedramá que en un largo viaje que haga con su jinete.
No era raro que en el
|rejo
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que tiraba un enlazador o en aquel con que
ya estaba enlazado algún animal, nos enredásemos los demás, lo cual
producía aumento de confusión y de aquella mezcla de susto, de afán
y de cólera que tanto nos agitaba en los días de recogida.
Las tumultuosas escenas que he pintado se hacían más peligrosas
y más repugnantes en las épocas lluviosas, en las cuales la
corraleja se convertía en un fangal grande y profundo.
Al cabo me tocó a mí sufrir las operaciones a que he hecho
referencia. Un mozo me enlazó del pescuezo y con el rejo dio dos
vueltas en el
|bramadero
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. Yo me alejé ciego y loco de espanto y de
furor, y cuando el rejo quedó tirante y me vi detenido de golpe,
sufrí el más horrible sacudimiento. El lazo me comprimía las fauces
y me hacía respirar con ruido y esfuerzo indecible; corrí alrededor
del bramadero, perdiendo a ratos la vista y casi el sentido. La
primera vez que, por falta de aliento, me paré tirando del rejo con
todas las fuerzas que me quedaban; con las piernas tan echadas
hacia adelante que casi tocaba el suelo con el vientre, vino el
mayordomo con una jáquima en la mano y trató de ponérmela; pero yo
manoteé y me sacudí con tanta desesperación, que, para sujetarme,
resolvieron
|echarme a la pata o enlazarme de una pata. Uno
de a caballo me enlazó la izquierda y
|tiró a la
arción
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, como si
quisiera arrancármela; en medio de mi martirio me quedó el coraje
suficiente para sacudirme. Mi resuello era ya un estertor de
agonizante; y las señoras y las criadas de la casa, que, a la
puerta de la corraleja, estaban presenciando la tragedia,
gritaban:
"¡Lo ahorcan, lo ahorcan! ¡Aflójenle, por
Dios!" De súbito sentí que me tiraban de la cola (¡de la
cola, mi dedo malo!) para el lado izquierdo, y caí al suelo con
estruendo. Por un rato no supe de mí, y cuando recobré el sentido,
tenía puesta la jáquima y me estaban trasquilando. Cortáronme
también las superfluidades de los cascos y me soltaron. Me levanté
aturdido y con los ojos turbios, y me dirigí hacia donde, más por
el oído y por el olfato que por la vista, advertí que se hallaba el
grupo de las yeguas. Si entonces hubiera tenido la presunción y la
arrogancia que sentí años después, me hubiera avergonzado de
dejarme ver en la ridícula figura que hacía después del
trasquilamiento. Yo no tenía en qué mirarme, pero mis compañeros de
rasura me servían de espejo.
La segunda vez que me cogieron para atusarme no hubo necesidad
de que me echaran a la pata; cuando estuve completamente sofocado,
caí, y un mozo se me sentó en el pescuezo; me agarró una oreja con
la mano izquierda; y, con la derecha, me asió de las quijadas y me
levantó el hocico, con lo cual, aunque me quedó libertad para
patalear, no pude levantarme.
El mismo día en que esto sucedió, vi derribar veguas y potros de
otras dos maneras. Habían venido a la hacienda unos
|vaqueros
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de
Sogamoso, diestros, esforzados, ágiles, fanfarrones y petulantes, y
declararon en voz alta que los vaqueros de la Sabana no sabían
manejar animales. Esto picó vivamente el amor propio de los mozos
de la hacienda, y uno de éstos, que se llamaba Damián, dijo que iba
a enseñarles a los forasteros a
|barbear.
Tenían en ese punto enlazada una potranca cerrera, y Damián se
le dirigió,
|yéndose por el rejo, asió con la zurda la oreja
izquierda del animal; y, con la mano derecha, le agarró la quijada
y se la torció levantándola al mismo tiempo que tiraba la oreja
hacia abajo. La potranca perdió el equilibrio, cayó, y Damián se le
sentó en el pescuezo. Los forasteros miraron esa hazaña con el
mayor desprecio. Enlazaron una yegua cerrera y aseguraron el rejo
en el bramadero; uno se acercó a la yegua, le agarró la oreja
izquierda con su mano del mismo lado; le echó la pierna derecha por
encima del lomo; y mientras el animal corcoveaba, con la diestra le
tomó la quijada y le volvió el hocico hacia arriba; la yegua vino
al suelo, y el vaquero le quedó sentado encima del cuello sin haber
soltado ni la oreja ni la quijada.
Ahora filosofemos un poco. El caballo ha sido hecho para vivir
con el hombre y para servirle; así lo prueban la facilidad con que
se doma y el hecho de que mientras los individuos de las castas o
familias caballares que caen bajo la mano del hombre van
adquiriendo perfecciones y desarrollo que jamás alcanzarian
permaneciendo en su prístina salvajez, las razas que no salen de
ésta van en decadencia progresiva. El natural crecimiento de los
cascos y de las crines balda y degrada en pocos años al caballo que
vive independiente del hombre.
Pero los instintos que nos hacen aptos para ser útiles
compañeros de los hombres, se amortiguan y se embotan cuando no son
cultivados desde temprano. Los potros de la comarca en que yo he
vivido han pasado los tres primeros años de su vida lejos de los
racionales; no han tenido modo de habituarse a su vista y a su
trato y, lo que es peor, las raras veces que se han rozado con
hombres, han recibido de éstos malos tratamientos que forzosamente
se los han hecho mirar como enemigos.
Recuerdo que cierto día estuve un rato reunido en una manga con
dos poderosos caballotes que habían venido a la hacienda tirando de
un coche. Yo les pregunté de qué hacienda eran, y ellos se echaron
a reír.
-"De qué hacienda, dice usted?" me contestó
uno de los dos. "Nosotros estamos nacidos en
Inglaterra".
Y al decir esto, se le llenaba la boca y erguía la cabeza Con
arrogancia.
-Pero bien, esa no es una hacienda?
-¡Hacienda! (Y aquí echó un vizcaíno malísima mente
pronunciado).
-Inglaterra, terció el otro, acabando de pasar un riquísimo
bocado de
|carretón, o sea trébol, Inglaterra es un distante
país y mucho civilizado; y aunque allí también hay haciendas, el
sistema de criando las caballas está diferente de como esto.
Este diálogo ofreció coyuntura para que ambos caballos me
impusiesen (aunque me costó trabajo entenderles) en todo lo tocante
a la manera de criar y de doctrinar los potros en aquel país.
-Pues señor, concluí yo, nada tiene de extraño que aquí sea
menester echar recogida, enlazar, usar del bramadero, barbear y
estropear a los potros; ni que éstos y los caballos ya formados
vivamos en pugna con nuestros dueños y huyamos de ellos y de toda
criatura humana siempre que se nos presentan a la vista.
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En ciertas tierras bajas y
anegadizas, la holladura de los animales forma grietas tortuosas
que se cruzan en todas direcciones, cortando el césped. El agua
permanece en las hendeduras y deja el césped dividido en pequeñas
porciones bastante firmes para que se pueda andar por sobre ellas.
A estas porciones se da en la Sabana de Bogotá el nombre de
|mogotes. Adviértase que esta nota es del editor y que del
editor son todas las demás que se hallan en la presente obra.
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|Manga. Potrero reducido, regularmente inmediato a la
casa principal de una hacienda.
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3
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|Quebrantar un potro. Montarlo por primera vez o comenzar
a desbravarlo.
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|Enlazador. El que coge un animal echándole desde lejos
un lazo al cuello o a otra parte del cuerpo.
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5
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|Rejo. Cuerda o soga con que se enlaza. Es una correa de
cuero crudo retorcida, y de diez a veinte metros de longitud.
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6
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|Bramadero o botalón. Madero grande y fuerte que está
hincado en el suelo de la corraleja.
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7
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|Tirar a arción o arcionar. Dar vuelta con el rejo en la
cabeza de la silla para sujetar o hacer mover al animal enlazado,
aprovechando para ello la fuerza del caballo.
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8
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|Vaquero. Hombre amaestrado para la vaquería, esto es,
para el manejo de los animales bravos o ariscos de la especie
vacuna y de la caballar.
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