INDICE

 

¿POR QUE NO CANTO?
A Domingo Díaz Granados

 

¿Por qué no canto? ¿Has visto a la paloma

Que cuando asoma en el oriente el sol

Con tierno arrullo su canción levanta,

Y alegre canta

La dulce aurora de su dulce amor?

 

Y ¿no la has visto cuando el sol se avanza

Y ardiente lanza rayos del cenit,

Que fatigada tiende silenciosa

Ala amorosa

Sobre su nido, y calla, y es feliz?

 

Todos cantamos en la edad primera,

Cuando hechicera inspíranos la edad,

Y publicamos necios, indiscretos,

Muchos secretos

Que el corazón debiera sepultar.

 

Cuando al encuentro del placer salimos,

Cuando sentimos el primer amor,

Entusiasmados de placer cantamos

Y evaporamos

Nuestra dicha al compás de una canción.

 

Pero después . . . . nuestro placer guardamos,

Como ocultamos el mayor pesar;

Porque es mejor en soledad el llanto,

Y crece tanto

Nuestra dicha en humilde oscuridad!

 

Sólo en oscuro, retirado asilo

Puede tranquilo el corazón gozar;

Sólo en secreto sus favores presta

Siempre modesta

La que el hombre llamó felicidad.

 

¿Conoces tú la flor de Batatilla,

La flor sencilla, la modesta flor?

Así es la dicha que mi labio nombra;

Crece a la sombra,

Mas se marchita con la luz del sol.

 

Debe cantar el que en su pecho siente

Que brota ardiente su primer amor;

Debe cantar el corazón que, herido,

Llora afligido,

Si ha de ser inmortal su inspiración.

 

Porque la lira, en cuyo pie grabado

Un nombre amado por nosotros fue,

Debe a los cielos levantar sus notas,

O hacer que rotas

Todas sus cuerdas para siempre estén.

 

Pero ¡cantar cuando insegura y muerta

la voz incierta triste sonará . . . .!

Pero cantar cuando jamás se eleva

Y el aire lleva

Perdida la canción, ¡triste es cantar!

 

¡Triste es cantar cuando se escucha al lado

De enamorado trovador la voz!

¡Triste es cantar cuando impotentes vemos

Que no podemos

Nuestras voces unir a su canción!

 

Mas tú debes cantar. Tú con tu acento

Al sentimiento más nobleza das;

Tus versos pueden fáciles y tiernos

Hacer eternos

Tu nombre y tu laúd . . . .  ¡Debes cantar!

 

¡Canta, y arrulle tu canción sabrosa

Mi silenciosa, humilde oscuridad!

¡Canta, que es sólo a los aplausos dado

Con eco prolongado

Tu voz interrumpir . . . . Debes cantar.

 

Pero no puedes, como yo he podido,

En el olvido sepultarte tú;

Que sin cesar y por doquier resuena

Y el aire llena

La dulce vibración de tu laúd.

 

No hay sombras para ti. Como el cocuyo

El genio tuyo ostenta su fanal;

Y huyendo de la luz, la luz llevando,

Sigue alumbrando

Las mismas sombras que buscando va.

anterior | índice | siguiente