La cuestión judía
En un elogioso y poco conocido texto sobre María, publicado en
1937 como homenaje al centenario de Isaacs, Jorge Luis Borges
afirma: "Isaacs no era más romántico que nosotros. No en
vano lo sabemos criollo y judío, hijo de dos sangres
incrédulas...". La opinión sobre el peculiar romanticismo
del autor de María coincide con la que ya hemos expuesto y su
condición de criollo es también evidente; no ocurre lo mismo con su
pretendida filiación judía, por diversas razones discutible.
En realidad, el tema del judaísmo de Isaacs es algo que cae en
el abuso, sostenido en parte por una crítica torpe y en parte por
iniciativa del propio autor. El orgullo no justificado por todo lo
judío se torna aquí chocante e incluso sospechoso, pues demostrado
está que la pasión de Isaacs por el Antiguo Testamento y lo que
implica es posterior a la publicación de María, libro que contrasta
en todo con la misma Biblia, ya que a la edulcorada pastoral del
primer texto se opone la severa reflexión sobre la condición humana
del segundo, a tenor de la férula moral mosaica. ¿Qué actitud
asumirán Efraín y María ante una lectura que concilia el incesto
con el onanismo, el fratricidio con el adulterio, el voyeurismo con
la sodomía? El contraste es aún mayor cuando el propio autor nos
presenta a una pareja de enamorados que, atosigados por
sentimientos aparentemente inmaculados, derraman torrentes de
lágrimas al evocar a Chactas ante la tumba de Atala. ¿Qué tiene que
ver la púdica María con la tremenda y perturbadora eclosión sensual
de la sulamita, tal como pretenden hacerlo creer algunos exegetas
del sionismo literario? Está claro que Isaacs busca sublimar a
posteriori una estirpe con la que poco tiene que ver ya que su
padre, que sí era de origen judío, repudió su religión y adoptó la
fe cristiana para poder casarse con una mujer de hondas
convicciones católicas. Ni siquiera en Saulo, pese al tono
orientalista, se puede rastrear un estrato hebreo profundo, pues el
poema cae pronto en el repertorio de motivos que ya en esa época
(1881) había puesto en marcha el primer modernismo: joyas,
perfumes, lugares y nombres míticos ("Al oírse la cítara
de oro / del hijo de Juvan en el desierto, / despiertan en las
vastas soledades / agrestes ruiseñores, / y en deliquios de amor
lloran las flores").
Isaacs consagró tanto las presuntas virtudes de su
"raza" que a nombre de una poco probable arcadia
patriarcal, se erigió en el apologista a ultranza de la causa
semita —"El autor estaba inserto en el tronco de
Sem", afirma tan retórica como equivocadamente Luis
Alberto Sánchez—, causa no tan politizada entonces como
ocurrió años después, cuando en vida del escritor se desató el
escándalo internacional motivado por la estafa de los banqueros
judíos involucrados en el Affaire Panamá y que conllevó la ruina de
cientos de pequeños inversores. Paradójicamente, el edén semita que
Isaacs se empeñaba en ver en la sociedad de Antioquia es contestado
por una opinión implacable recogida por el poeta mayor de esa
región, Gregorio Gutiérrez González, contemporáneo de Isaacs, en su
texto Felipe: "Raza de mercaderes que especula / con todo
y sobre todo. Raza impía, / por cuyas venas sin calor circula / la
sangre vil de la nación judía; / y pesos sobre pesos acumula / el
precio de su honor, su mercancía, / y como sólo al interés se
entiende, / todo se compra allí, todo se vende...".
Es muy probable que la preocupación de Isaacs por lo judío
estuviera apoyada en un propósito diferenciador, aunque no de tipo
antropológico sino literario: era una forma de ser distinto y esa
alteridad no implicaba necesariamente una confesión de superioridad
ante sus compatriotas, pese a que creyera estar más cerca de Sión
que de Cali, sino de afirmación temática apoyada en los ancestros
repudiados por su padre: no hay que olvidar que las mitificaciones
librescas y la transformación del pasado son elementos inequívocos
de la parafernalia romántica. Sin embargo, el idilio de Isaacs no
puede desvincularse del todo de cierta visión del Génesis, pues
incluso en El Paraíso la cuota edénica y tribal, regida por el amor
y la sabiduría del patriarca en medio de una flora y una fauna que
resaltan la peculiaridad del hábitat, remite al orden primigenio de
convivencia donde hasta la proximidad del parentesco está despojada
de culpa. Salomón el padre de María, es primo del padre de Efraín,
lo que implica un cierto vínculo entre los enamorados pero que no
alcanza a enturbiar la perspectiva de una boda. De todas formas, no
escapa al lector la constatación de un hecho: Isaacs, que reclama
para sí la identidad judía, extiende a todo lo que ama esta misma
pretensión: da por sentado que él y su familia son judíos como
también lo presupone para el antioqueño José, su mujer Luisa y sus
hijas Lucía y Tránsito. María, la protagonista, hija de Salomón y
de Sara, sí es judía étnica y culturalmente ya que sus padres lo
eran y sólo tras la muerte de Sara, Salomón, seguro de que
"haría desdichada a mi hija dejándola judía",
ruega la conviertan al cristianismo, por lo que la niña deja de
llamarse Ester y se transforma en María. ¿Sabiduría de Salomón?
¿Mero oportunismo? También el padre de Isaacs abjuró para casarse
con una católica. ¿Acaso la coartada del converso no es la de
refinar en la nueva fe su fanatismo primitivo?
Conscientes de la incertidumbre que conlleva la presunción de
paternidad —evidente en la actitud de casi todas las culturas
y consagrada en la sentencia Pater semper incertus fuit— los
judíos, para salvaguardar de cualquier duda la legitimidad de su
tradición y su ancestro, optaron muy sensatamente por definir como
judío sólo al "hijo de mujer judía", ya que
—presuponían— la madre es la única que sabe quién es el
verdadero padre del hijo que da a luz. Al amparo de esta tradición,
y considerando la identidad colombiana de la madre del autor,
difícilmente podría argumentarse a favor de Isaacs como de
"un semita de estirpe británica", consideración
que sí es aplicable en todo a su padre, George Henry Isaacs. Las
pretensiones de Isaacs son, en consecuencia, meras sublimaciones de
un pasado que entroniza románticamente: María es la mitificación de
un amor perdido como perdida es la estirpe del padre, por lo que,
en una especie de compensación el escritor extiende su jurisdicción
mítica a todo lo que ama.
Por otra parte, el juego simétrico que se advierte como una de
las constantes de la novela permite homologar la obsesión judía y
el episodio de los ashantis. Como algo inherente al panel de temas
del romanticismo, tanto los judíos como los ashantis son elementos
exóticos, sobre todo en el contexto colombiano, de la misma forma
que exóticos son los Cantos de Ossian en Werther o los natchez en
la narrativa de Chateaubriand. En María, la primera filiación de
judíos y ashantis está justificada por el exotismo y la segunda
obedece a su carácter de comunidades dispersas por el mundo y
acuciadas por la persecución: no hay que perder de vista el hecho
de que María es antes que nada un nombre sobrepuesto al original de
Ester —tampoco deben olvidarse las connotaciones que la
homónima heroína hebrea tuvo en épocas de cautiverio— y que
ella y el hijo de Nay y Sinar —nombres de indudable resonancia
bíblica—, sirven par unir las dos historias extranjeras en el
pasado de la anécdota. Nay, la superviviente de un pueblo
perseguido, se convierte en el aya de Ester, la superviviente de
otro. Las dos mujeres se reencuentran en una tierra extraña
—que bien puede ser la tierra prometida, El Paraíso— y se
adaptan al nuevo medio al punto de cambiar su identidad, su nombre.
Tras largas peripecias a lo largo del mundo, judíos y ashantis se
reúnen en el seno de un país paradisiaco donde la leche y la miel
bíblicas encuentran un sucedáneo —y no es un chiste— en
la caña de azúcar. Sin embargo, las interpretaciones no deben ir
más allá de lo meramente coincidencial, pues querer buscar
herméticos significados de esta novela en la Cábala, como pretenden
algunos, o de panteizar el Valle del Cauca, como sugiere un ex
presidente colombiano, es sacar las cosas de su lugar. A todo esto,
¿a quién puede extrañar la dedicatoria "A los hermanos de
Efraín"? La frase encierra un homenaje y la advertencia
implícita de que no hay que olvidar la historia si se quiere
sobrevivir, pues la escritura guarda todos los detalles de esa
pasión que la tribu debe conocer. ¿No es ésta una de las
aspiraciones de la más remota tradición judía? Perpetuarse como
pueblo a través del lenguaje, sacralizar el texto, sublimar el amor
por el dolor de la pérdida.
La biblioteca de
El Paraíso
En una época lastrada por esa perniciosa idea de la originalidad
llamada inspiración, y que el romanticismo convirtió en categoría
autónoma y autosuficiente, Isaacs se manifiesta, sorprendentemente
y contra todos los usos establecidos en su medio, como un escritor
que nutre su literatura de literatura. Las referencias
bibliográficas que se pueden encontrar en María son innumerables,
no sólo las que se infieren de la lectura de la anécdota central,
sino también aquellas que son comprobables a través de referencias
explícitas en el argumento.
De otra parte la aparente inocencia formal de María está
hábilmente salpicada por elementos propios más de un aventajado
conocedor de su oficio que de un sentimental desesperado. Por eso,
la naï veté con que a menudo se ha calificado esta novela obedece
también a una estratagema de alguien que so pretexto de narrar una
historia presuntamente desmayada y pueril se permite jugar con
elementos literarios nuevos que crean un curioso conflicto entre el
dinamismo formal y la capciosa estolidez de la trama. Algunos de
esos elementos son el empleo de un repertorio realista —a
despecho del costumbrismo vigente en el país y que tan bien
cultivaban sus amigos y mentores de "El
Mosaico"— para recrear el escenario de una historia
insobornablemente romántica. En este sentido, ¿cómo tildar de
ingenuo un estilo que da muestras de tanta destreza como el
capítulo en el que Efraín, tras el ataque epiléptico de María, en
medio de la tormenta, sale en busca del doctor Mayn? No hay que
olvidar que la tormenta tiene aquí un estricto doble sentido,
psicológico y telúrico, fiel a una de las convicciones más
consultadas por el romanticismo: la de que el espacio exterior no
es más que una metáfora del yo. Algo similar cabe decir de los
capítulos dedicados a la cacería y a la travesía fluvial al regreso
de Londres, ejemplos de una escritura eficaz no sólo por la límpida
descripción sino por la sabia ordenación de las secuencias.
Otras manifestaciones de la pericia de Isaacs son la ruptura de
la linealidad del discurso temporal para dar cabida en un salto
anecdótico de varios capítulos a la exótica historia de Nay y
Sinar, verdadero ejercicio de novela dentro de la novela; el
evidente afán del autor por jugar con las posibilidades semánticas
del cliché, el localismo y el neologismo; el fascinante empleo del
elemento simbolista del ave negra con toda su carga de significado
a lo largo de cuatro estratégicas situaciones, lo que conlleva por
lo menos una triple sincronía de caracteres románticos, realistas y
simbolistas. El ave de mal agüero, con todas sus implicaciones
librescas —un caso significativo es el que posteriormente
ofrece Altamirano en El zarco: el bandido colgado del árbol donde
recurrentemente el búho cantaba una monodia trágica—, se salva
del tópico fácil gracias al hábil empleo que de su concurso hace
Isaacs, con lo que supera el sensus literalis de la figura y accede
al sensus allegoricus. Pero no sólo Poe y Coleridge presiden el
motivo del ave, sino que también Rafael Pombo, el más importante de
los poetas románticos de Colombia, es un punto de referencia
obligado; en su poema Melancolía Pombo escribe algo que parece
magistral comentario a la situación de Efraín tras la muerte de
María: "y así como ella expiró, / ignorada, humilde, pura,
/ muere en tu nido, ave oscura / y como tú, muera
yo...".
Un último ejemplo que une en un mismo fragmento la destreza
formal y la situación de los personajes es el que en el capítulo VI
le sirve a Isaacs para canalizar la exaltación casi atormentada del
amor de Efraín por María, para lo cual hace uso de la técnica de
los dos puntos que se abren sin pausa, como el corazón y el deseo
del protagonista. La fuerza de los sentimientos de Efraín consigue
que el doble punto se abra en siete ocasiones como siete esclusas
de significado en un breve párrafo, lo cual nos remite a la técnica
que cien años después Juan Goytisolo llevara a su plenitud en la
novela Reivindicación del conde don Julián, aunque en esta ocasión
no es el corazón del amante quien habla sino la historia
traicionada de un país. En ambos casos la inocencia queda excluida
por completo.
Fue Vergara y Vergara el primero en constatar lo obvio: el marco
de referencias literarias en el que se apoya la anécdota de la
novela de Isaacs. El autor de Las tres tazas afirmó en una temprana
reseña —que a partir de la tercera edición figuró como prólogo
de María— la presencia evidente de dos piezas claves de la
literatura francesa en la obra de Isaacs: Paul et Virginie, de
Saint-Pierre (apreciable no sólo en los propósitos lacrimógenos de
la dedicatoria, sino también en las desgracias de la joven pareja
de protagonistas), y Atala, de Chateaubriand (perceptible en el
clima general, en menciones expresas, y sobre todo, en la exótica
historia de Nay y Sinar). A estas dos insoslayables referencias se
han ido sumando otras aportadas por la crítica, aunque lo que aquí
interesa es el escrutinio que conforma la biblioteca que alienta el
idilio de los protagonistas.
Ya en el capítulo XII se impone la figura de Chateaubriand:
Efraín lee en voz alta el Genio del Cristianismo y constata:
"Entonces pude valuar toda la inteligencia de María: mis
frases quedaban grabadas indeleblemente en su memoria, y su
comprensión se adelantaba casi siempre con triunfo infantil a mis
explicaciones". En páginas posteriores se narra la
conmoción que produce en el ánimo de los enamorados la lectura de
Atala y el desenlace de este libro no está exento de timbres
premonitorios. Efraín coteja entonces la actitud de María con la de
la heroína de Chateaubriand y descubre que su novia es
"tan bella como la creación del poeta, y yo la amaba con
el amor que él imaginó". El orden temático se diversifica
y aparecen a continuación referencias a Buffon, cuyas obras sobre
historia natural le permiten a Efraín trazar un balance de la flora
y fauna de la región. Hay también citas por alusión, como las de
Telemaco (Fénelon) y Cabrion (Eugène Sue). Sin embargo, es Carlos
el amigo de Efraín, quien en el capítulo XXII hace el catálogo de
títulos y autores que descansan en los estantes de la biblioteca:
Frayssinous, Blair, Shakespeare, Calderón (y un volumen de teatro
español), Tocqueville (y su Democracia en América), Ségur y las
obras Cristo ante el siglo, la Biblia, Don Quijote y una gramática
inglesa. Más adelante se citan otros títulos, algunos
inidentificables, como una imitación de la Virgen: sería genial que
tal texto resultara apócrifo, sobre todo a tenor del carácter de
María.
La heroína confiesa su gusto por la lectura sólo en presencia de
Efraín y es esta la razón por la cual en su ausencia se aburre con
"los cuentos de las Veladas de la Quinta" (Les
veillées du château,de la condesa de Genlis) y un libro de título
casi homónimo, Las tardes de la Granja (Les soirées de la
chaumière, de F.G. Ducray-Duminil), cargados de consejos
didácticos. Tras la enfermedad del padre de Efraín el libro elegido
para amenizar su convalecencia es el Diario de Napoleón en Santa
Elena, aunque el inventario más completo es el elaborado por Carlos
y que Efraín considera una abierta
"fiscalización" de sus gustos. Se da por sentado
que el afán autobiográfico de Isaacs lo lleva a otorgarle a su
héroe sus lecturas preferidas, ya que los libros citados eran
propiedad del autor y, junto a otros no censados, pasaron a
engrosar la Biblioteca Nacional de Bogotá, a principios de este
siglo. Los escritores frecuentados por Isaacs pueden ser múltiples,
aunque a la vista de ciertas coincidencias o menciones expresas o
veladas cabe agregar los nombres de Goethe, Byron y Víctor Hugo.
Algunos críticos añaden títulos como Graciela y Rafael, de
Lamartine, e incluso Lucía de Lammermoor, de Walter Scott, pero de
seguir por esta vía la lista sería infinita.
Borges afirmaba que ordenar el anaquel de una biblioteca es una
forma de hacer autocrítica y tal opinión adquiere aquí toda su
verdad, sobre todo si tenemos en cuenta la
"vindicación" que Borges mismo hizo de María el
año del centenario del nacimiento de Isaacs y que constituye un
colofón elocuente de lo dicho hasta ahora y un rotundo juicio de
valor: "Ayer, el día veinticuatro de abril de 1937, de dos
y cuarto de la tarde a nueve menos diez de la noche, la novela
María era muy legible. Si al lector no le basta mi palabra, o
quiere comprobar si esa virtud no ha sido agotada por mí, puede
hacer él mismo la prueba, nada voluptuosa por cierto, pero tampoco
ingrata...".