LV
Durante un año tuve dos veces cada mes cartas de María. Las
últimas estaban llenas de melancolía tan profunda, que comparadas
con ellas, las primeras que recibí parecían escritas en nuestros
días de felicidad.
En vano había tratado de reanimarla diciéndole que esa tristeza
destruiría su salud, por más que hasta entonces hubiese sido tan
buena como me lo decía; en vano. "Yo sé que no puede faltar mucho
para que yo te vea -me había contestado-; desde ese día ya no podré
estar triste; estaré siempre a tu lado... No, no; nadie podrá
volver a separarnos".
La carta que contenía esas palabras fue la única de ella que
recibí en dos meses.
En los últimos días de junio, una tarde se me presentó el señor
A..., que acababa de llegar de París y a quien no había visto desde
el pasado invierno.
-Le traigo a usted cartas de su casa -me dijo después de
habernos abrazado.
-¿De tres correos?
-De uno solo. Debemos hablar algunas palabras antes -me observó
reteniendo el paquete.
Noté en su semblante algo siniestro que me turbó.
-He venido -añadió después de haberse paseado silencioso
algunos instantes por el cuarto- a ayudarle a usted a disponer su
regreso a América.
-¡Al Cauca! -exclamé, olvidado por un momento de todo, menos de
María y de mi país.
-Sí -me respondió- pero ya habrá usted adivinado la causa.
-¡Mi madre! -prorrumpí desconcertado.
-Está buena -respondió.
-¿Quién, pues? -grité asiendo el paquete que sus manos
retenían.
-Nadie ha muerto.
-¡María! ¡María! -exclamé, como si ella pudiera acudir a mis
voces, y caí sin fuerzas sobre el asiento.
-Vamos -dijo procurando hacerse oír el señor A...-; para esto
fue necesaria mi venida. Ella vivirá si usted llega a tiempo. Lea
usted las cartas, que ahí debe venir una de ella.
"Vente -me decía- ven pronto, o me moriré sin decirte adiós. Al
fin me consienten que te confiese la verdad: hace un año que me
mata hora por hora esta enfermedad de que la dicha me curó por unos
días. Si no hubieran interrumpido esa felicidad, yo habría vivido
para ti.
"Si vienes... sí, vendrás, porque yo tendré fuerzas para
resistir hasta que te vea; si vienes hallarás solamente una sombra
de tu María; pero esa sombra necesita abrazarte antes de
desaparecer. Si no te espero, si una fuerza más poderosa que mi
voluntad me arrastra sin que tú me animes, sin que cierres mis
ojos, a Emma le dejaré para que te lo guarde, todo lo que yo sé te
será amable: las trenzas de mis cabellos, el guardapelo en donde
están los tuyos y los de mi madre, la sortija que pusiste en mi
mano en vísperas de irte, y todas tus cartas.
"Pero, ¿a qué afligirte diciéndote todo esto? Si vienes, yo me
alentaré; si vuelvo a oír tu voz, si tus ojos me dicen un solo
instante lo que ellos solo sabían decirme, yo viviré y volveré a
ser como antes era. Yo no quiero morirme; yo no puedo morirme y
dejarte solo para siempre".
-Acabe usted -me dijo el señor A... recogiendo la carta de mi
padre caída a mis pies-. Usted mismo conocerá que no podemos perder
tiempo.
Mi padre decía lo que yo había sabido ya demasiado cruelmente.
Quedábales a los médicos sólo una esperanza de salvar a María: la
que les hacía conservar mi regreso. Ante esa necesidad mi padre no
vaciló; ordenábame regresar con la mayor precipitud posible, y se
disculpaba por no haberlo dispuesto así antes.
Dos horas después salí de Londres.
LVI
Hundíase en los confines nebulosos del Pacífico el Sol del
veinticinco de julio, llenando el horizonte de resplandores de oro
y rubí; persiguiendo con sus rayos horizontales hasta las olas
azuladas que iban como fugitivas a ocultarse bajo las selvas
sombrías de la costa. La
|Emilia López, a bordo de la cual
venía yo de Panamá, fondeó en la bahía de Buenaventura después de
haber jugueteado sobre la alfombra marina acariciada por las brisas
del litoral.
Reclinado sobre el barandaje de cubierta, contemplé esas
montañas a vista de las cuales sentía renacer tan dulces
esperanzas. Diez y siete meses antes rodando a sus pies, impulsado
por las corrientes tumultuosas del Dagua, mi corazón había dicho un
adiós a cada una de ellas, y su soledad y silencio habían
armonizado con mi dolor.
Estremecida por las brisas, temblaba en mis manos una carta de
María que había recibido en Panamá, la cual volví a leer a la luz
del moribundo crepúsculo. Acaban de recorrerla mis ojos...
Amarillenta ya, aún parece húmeda con mis lágrimas de aquellos
días.
"La noticia de tu regreso ha bastado a volverme las fuerzas. Ya
puedo contar los días, porque cada uno que pasa acerca más aquel en
que he de volver a verte.
"Hoy ha estado muy hermosa la mañana, tan hermosa como esas que
no has olvidado. Hice que Emma me llevara al huerto; estuve en los
sitios que me son más queridos en él; y me sentí casi buena bajo
esos árboles, rodeada de todas esas flores, viendo correr el
arroyo, sentada en el banco de piedra de la orilla. Si esto me
sucede ahora, ¿cómo no he de mejorarme cuando vuelva a recorrerlo
acompañada por ti?
"Acabo de poner azucenas y rosas de las nuestras al cuadro de la
Virgen, y me ha parecido que ella me miraba más dulcemente que de
costumbre y que iba a sonreír.
"Pero quieren que vayamos a la ciudad, porque dicen que allá
podrán asistirme mejor los médicos: yo no necesito otro remedio que
verte a mi lado para siempre. Yo quiero esperarte aquí: no quiero
abandonar todo esto que amabas, porque se me figura que a mí me lo
dejaste recomendado y que me amarías menos en otra parte. Suplicaré
para que papá demore nuestro viaje, y mientras tanto llegarás,
adiós".
Los últimos renglones eran casi ilegibles.
El bote de la aduana, que al echar ancla la goleta, había salido
de la playa, estaba ya inmediato.
-¡Lorenzo! -exclamé al reconocer a un amigo querido en el
gallardo mulato que venía de pie en medio del Administrador y del
jefe del resguardo.
-¡Allá voy! -contestó.
Y subiendo precipitadamente la escala, me estrechó en sus
brazos.
-No lloremos -dijo enjugándose los ojos con una de las puntas de
su manta y esforzándose por sonreír: nos están viendo y esos
marineros tienen corazón de piedra.
Ya en medias palabras me había dicho lo que con mayor ansiedad
deseaba yo saber: María estaba mejor cuando él salió de casa.
Aunque hacía dos semanas que me esperaba en Buenaventura, no habían
venido cartas para mí sino las que él trajo, seguramente porque la
familia me aguardaba de un momento a otro.
Lorenzo no era esclavo. Compañero fiel de mi padre en los viajes
frecuentes que éste hizo durante su vida comercial, era amado por
toda la familia, y gozaba en casa fueros de mayordomo y
consideraciones de amigo. En la fisonomía y talante mostraba su
vigor y franco carácter: alto y fornido, tenía la frente espaciosa
y con entradas; hermosos ojos sombreados por cejas crespas y
negras; recta y elástica nariz; bella dentadura, cariñosas sonrisas
y barba enérgica.
Verificada la visita de ceremonia del Administrador al buque, la
cual había precipitado suponiendo encontrarme en él, se puso mi
equipaje en el bote, y yo salté a éste con los que regresaban,
después de haberme despedido del capitán y de algunos de mis
compañeros de viaje. Cuando nos acercábamos a la ribera, el
horizonte se había ya entenebrecido: olas negras, tersas y
silenciosas pasaban meciéndonos para perderse de nuevo en la
oscuridad: luciérnagas sinnúmero revoloteaban sobre el crespón
rumoroso de las selvas de las orillas.
El Administrador, sujeto de alguna edad, obeso y rubicundo, era
amigo de mi padre. Luego que estuvimos en tierra, me condujo a su
casa y me instaló él mismo en el cuarto que tenía preparado para
mí. Después de colgar una hamaca corozaleña, amplia y perfumada,
salió, diciéndome antes:
-Voy a dar disposiciones para el despacho de tu equipaje, y
otras más importantes y urgentes al cocinero, porque supongo que
las bodegas y repostería de la
|Emilia no vendrían muy
recargadas: me ha parecido hoy muy retozona.
Aunque el Administrador era padre de una bella e interesante
familia establecida en el interior del Cauca, al hacerse cargo del
destino que desempeñaba, no se había resuelto traerla al puerto,
por mil razones que me tenía dadas y que yo, a pesar de mi
inexperiencia, hallé incontestables. Las gentes porteñas le
parecían cada día más alegres, comunicativas y despreocupadas; pero
no encontraría grave mal en ello, puesto que después de algunos
meses de permanencia en la costa, el mismo Administrador se había
contagiado más que medianamente de aquella despreocupación.
Después de un cuarto de hora que yo empleé en cambiar por otro
mi traje de a bordo, el Administrador volvió a buscarme: traía ya
en lugar de su vestido de ceremonia, pantalones y chaqueta de
intachable blancura; su chaleco y corbata habían empezado una nueva
temporada de oscuridad y abandono.
-Descansarás un par de días aquí antes de seguir tu viaje -dijo
llenando dos copas con brandy que tomó de una hermosa
frasquera.
-Pero es que yo no necesito ni puedo descansar -le observé.
-Toma el brandy; es un excelente Martell; o ¿prefieres otra
cosa?
-Yo creí que Lorenzo tenía preparados bogas y canoas para
madrugar mañana.
-Ya veremos. Conque ¿prefieres ginebra o ajenjo?
-Lo que usted guste.
-Salud, pues -dijo convidándome.
Y después de vaciar de un trago la copa:
-¿No es superior? -preguntó guiñando entrambos ojos; y
produciendo con la lengua y el paladar un ruido semejante al de un
beso sonoro, añadió-: ya se ve que habrás saboreado el más añejo de
Inglaterra.
-En todas partes abrasa el paladar. ¿Conque podré madrugar?
-Si todo es broma mía -respondió acostándose descuidadamente en
la hamaca, limpiándose el sudor de la garganta y de la frente con
un gran pañuelo de seda de India, fragante como el de una novia-.
Conque abrasa ¿eh? Pues el agua y él son los únicos médicos que
tenemos aquí, salvo mordedura de víbora.
-Hablemos de veras: ¿Qué es lo que usted llama su broma?
-La propuesta de que descanses, hombre. ¿Se te figura que tu
padre se ha dormido para recomendarme tuviera todo preparado para
tu marcha? Va para quince días que llegó Lorenzo, y hace ocho que
están listos los bogas y ranchada la canoa. Lo cierto es que he
debido ser menos puntual, y habría logrado de esa manera que te
dejaras ajonjear por mí dos días.
-¡Cuánto le agradezco su puntualidad!
Rióse ruidosamente impulsando la hamaca para darse aire,
diciéndome al fin:
-¡Malagradecido!
-No es eso: usted sabe que no puedo, que no debo demorarme ni
una hora más de lo indispensable; que es urgente que llegue yo a
casa muy pronto...
-Sí, sí; es verdad; sería un egoísmo de mi parte -dijo ya
serio.
-¿Qué sabe usted?
-La enfermedad de una de las señoritas... Pero recibirías las
cartas que te envié a Panamá.
-Sí, gracias, a tiempo de embarcarme.
-¿No te dicen que está mejor?:
-Eso dicen.
-¿Y Lorenzo?
-Dice lo mismo.
Pasado un momento en que ambos guardábamos silencio, el
Administrador gritó incorporándose en la hamaca:
-¡Marcos, la comida!
Un criado entró luego a anunciarnos que la mesa estaba
servida.
-Vamos -dijo mi huésped poniéndose en pie- hace hambre; si
hubieras tomado el brandy tendrías un buen apetito. ¡Hola! -agregó
a tiempo que entrábamos al comedor y dirigiéndose a un paje-: si
vienen a buscarnos, di que no estamos en casa. Es necesario que te
acuestes temprano para poder madrugar -me observó señalándome el
asiento de la cabecera.
El y Lorenzo se colocaron a uno y otro lado mío.
-¡Diantre! -exclamó el Administrador cuando la luz de la hermosa
lámpara de la mesa bañó mi rostro-: ¡qué bozo has traído!, si no
fueras moreno se podría jurar que no sabes dar los buenos días en
castellano. Se me figura que estoy viendo a tu padre cuando él
tenía veinte años; pero me parece que eres más alto que él: sin esa
seriedad, heredada sin duda de tu madre, creería estar con el judío
la noche que por primera vez desembarcó en Quibdó. ¿No te parece
Lorenzo?
-Idéntico -respondió éste.
-Si hubieras visto -continuó mi huésped dirigiéndose a él- el
afán de nuestro inglesito luego que le dije que tendría que
permanecer conmigo dos días... Se impacientó hasta decirme que mi
brandy abrasaba no sé qué. ¡Caracoles!, temí que me regañara. Vamos
a ver si te parece lo mismo este tinto, y si logramos que te haga
sonreír. ¿Qué tal? -añadió después que probé el vino.
-Es muy bueno.
-Temblando estaba de que me le hicieras gesto porque es lo mejor
que he podido conseguir para que tomes en el río.
La jovialidad del Administrador no flaqueó un instante durante
dos horas. A las nueve permitió que me retirase, prometiéndome
estar en pie a las cuatro de la mañana para acompañarme al
embarcadero. A darme las buenas noches, agregó:
-Espero que no te quejarás mañana de las ratas como la otra vez:
una mala noche que te hicieron pasar les ha costado carísimo: les
he hecho desde entonces guerra a muerte.
LVII
A las cuatro llamó el buen amigo a mi puerta, y hacía una hora
que lo esperaba yo, listo ya para marchar. El, Lorenzo y yo nos
desayunamos con brandy y café mientras los bogas conducían a las
canoas mi equipaje, y poco después estábamos todos en la playa.
La Luna, grande y en su plenitud, descendía ya al ocaso, y al
aparecer bajo las negras nubes que la habían ocultado, bañó las
selvas distantes, los manglares de las riberas y la mar tersa y
callada con resplandores trémulos y rojizos, como los que esparcen
los blandones de un féretro sobre el pavimento de mármol y los
muros de una sala mortuoria.
-¿Y ahora hasta cuándo? -me dijo el Administrador
correspondiendo a mi abrazo de despedida con otro apretado.
-Quizá volveré muy pronto -le respondí.
-¿Regresas, pues, a Europa?
-Tal vez.
Aquel hombre tan festivo me pareció melancólico en ese
momento.
Al alejarse de la orilla la canoa ranchada, en la cual íbamos
Lorenzo y yo, grito:
-¡Muy buen viaje!
Y dirigiéndose a los dos bogas:
-¡Cortico! ¡Laureán!... cuidármelo mucho, cuidármelo como cosa
mía.
-Sí, mi amo -contestaron a dúo los dos negros. A dos cuadras
estaríamos de la playa, y creí distinguir el bulto blanco del
Administrador, inmóvil en el mismo sitio en que acababa de
abrazarme.
Los resplandores amarillentos de la luna, velados a veces,
fúnebres siempre, nos acompañaron hasta después de haber entrado a
la embocadura del Dagua.
Permanecía yo en pie a la puerta del rústico camarote, techumbre
abovedada, hecha con matambas, bejucos y hojas de rabihorcado, que
en el río llaman rancho. Lorenzo, después de haberme arreglado una
especie de cama sobre tablas de guadua bajo aquella navegante
gruta, estaba sentado a mis pies con la cabeza apoyada sobre las
rodillas y parecía dormitar. Cortico (o sea Gregorio, que tal era
su nombre de pila bogaba cerca de nosotros refunfuñando a ratos la
tonada de un bunde. El atlético cuerpo de Laureán se dibujaba como
el perfil de un gigante sobre los últimos celajes de la Luna ya
casi invisible.
Apenas si se oían el canto monótono y ronco de los bamburés en
los manglares sombríos de las riberas y el ruido sigiloso de las
corrientes, interrumpiendo aquel silencio solemne que rodea los
desiertos en su último sueño, sueño siempre profundo como el del
hombre en las postreras horas de la noche.
-Toma un trago, Cortico, y entona esa canción triste -dije al
boga enano.
-¡Jesú!, mi amo, ¿le parece triste?
Lorenzo escanció de su chamberga pastusa cantidad más que
suficiente de anisado en el mate que el boga le presentó, y éste
continuó diciendo:
-Será que el sereno me ha dado carraspera; -y dirigiéndose a su
compañero-: compae Laureán, el branco que si quere despejá el pecho
para que cantemo un baile alegrito.
-¡A probalo! -respondió el interpelado con voz ronca y sonora-:
otro baile será el que va a empezar en el escuro. ¿Ya sabe?
-Po lo mesmo, señó.
Laureán saboreó el aguardiente como conocedor en la materia,
murmurando:
-Del que ya no baja.
-¿Qué es eso del baile a oscuras? -le pregunté.
Colocándose en su puesto entonó por respuesta el primer verso
del siguiente bunde, respondiéndole Cortico con el segundo, tras de
lo cual hicieron pausa, y continuaron de la misma manera hasta dar
fin a la salvaje y sentida canción.
Se no junde ya la luna;
Remá, remá.
¿Qué hará mi negra tan sola?
Llorá, llorá.
Me coge tu noche escura,
San Juan, San Juan.
Escura como mi negra,
Ni má, ni má.
La lú de su s'ojo mío
Der má, der má.
Lo relámpago parecen,
Bogá, bogá.
Aquel cantar armonizaba dolorosamente con la naturaleza que nos
rodeaba; los tardos ecos de esas selvas inmensas repetían sus
acentos quejumbrosos, profundos y lentos.
-No más bunde -dije a los negros aprovechándome de la última
pausa.
-¿Le parece a su mercé mal cantao? -preguntó Gregorio, que era
el más comunicativo.
-No, hombre, muy triste.
-¿La juga?
-Lo que sea.
-¡Alabao! Si cuando me cantan bien una juga y la baila con este
negro Mariugenia... créame su mercé lo que le digo: hasta lo'
s'ángele del cielo zapatean con gana de bailala.
-Abra el ojo y cierre el pico, compae -dijo Laureán-; ¿ya
oyó?
-¿Acaso soy sordo?
-Bueno, pué.
-Vamo a velo, señó.
Las corrientes del río empezaban a luchar contra nuestra
embarcación. Los chasquidos de los herrones de las palancas, se
oían ya. Algunas veces la de Gregorio daba un golpe en el borde de
la canoa para significar que había que variar de orilla, y
atravesábamos la corriente. Poco o poco fueron haciéndose densas
las nieblas. Del lado del mar nos llegaba el retumbo de truenos
lejanos. Los bogas no hablaban. Un ruido semejante al vuelo
rumoroso de un huracán sobre las selvas venía en nuestro alcance.
Gruesas gotas de lluvia empezaron a caer después.
Me recosté en la cama que Lorenzo me había tendido. Este quiso
encender luz, pero Gregorio, que le vio frotar un fósforo, le
dijo:
-No prenda vela, patrón, porque me deslumbro y se embarca la
culebra.
La lluvia azotaba rudamente la techumbre del rancho. Aquella
oscuridad y silencio eran gratos para mí después del trato forzado
y de la fingida amabilidad usada durante mi viaje con toda clase de
gentes. Los más dulces recuerdos, los más tristes pensamientos
volvieron a disputarse mi corazón en aquellos instantes para
reanimarlo o entristecerlo. Bastábanme ya cinco días de viaje para
volver a tenerla en mis brazos y devolverle toda la vida que mi
ausencia le había robado. Mi voz, mis caricias, mis ojos, que tan
dulcemente habían sabido conmoverla en otros días, ¿no serían
capaces de disputársela al dolor y a la muerte? Aquel amor ante el
cual la ciencia se consideraba impotente, que la ciencia llamaba en
su auxilio, debía poderlo todo.
Recorría, en mi memoria lo que me decía en sus últimas cartas:
"La noticia de tu regreso ha bastado a volverme las fuerzas... Yo
no puedo morirme y dejarte solo para siempre".
La casa paterna en medio de sus verdes colinas, sombreada por
sauces añosos, engalanada con rosales, iluminada por los
resplandores del Sol al nacer, se presentaba a mi imaginación:
eran los ropajes de María los que susurraban cerca de mí; la brisa
del Zabaletas, la que movía mis cabellos; las esencias de las
flores cultivadas por María, las que aspiraba yo... Y el desierto
con sus aromas, sus perfumes y sus susurros era cómplice de mi
deliciosa ilusión.
Detúvose la canoa en una playa de la ribera izquierda.
-¿Qué es? -pregunté a Lorenzo.
-Estamos en el Arenal.
-¡Oopa! Un guarda, qué contrabando va -gritó Cortico.
-¡Alto! -contestó un hombre, que debía estar en acecho, pues dio
esa voz a pocas varas de la orilla.
Los bogas soltaron a dúo una estrepitosa carcajada, y no había
puesto punto final a la suya Gregorio, cuando dijo:
-¡San Pablo bendito!, que casi me pica este cristiano. Cabo
Ansermo, a busté lo va a matá un rumatismo metío entre un
carrizar. ¿Quién le contó que yo subía, señó?
-Bellaco -le respondió el guarda- las brujas. ¿A ver que
llevas?
-Buque de gente.
Lorenzo había encendido luz, y el cabo entró al rancho, dando de
paso al negro contrabandista una sonora palmada en la espalda a
guisa de cariño. Luego que me saludó franca y respetuosamente, se
puso a examinar la guía, y mientras tanto Laureán y Gregorio, en
pampanilla, sonreían asomados a la boca del camarote.
El primer grito de Gregorio al llegar a la playa alarmó a todo
el destacamento: dos guardas más con caras de mal dormidos, y
armados de carabinas como el que aguardaba agazapado bajo las
malezas, llegaron a tiempo de libación y despedida. La enorme
chamberga de Lorenzo tenía para todos, a lo cual se agregaba que
debía estar deseosa de habérselas con otros menos desdeñosos que
sus amos.
Había cesado la lluvia y empezaba a amanecer, cuando después de
las despedidas y cuchufletas picantes sazonadas con risotadas y
algo más, que se cruzaban entre mis bogas y los guardas,
continuamos viaje.
De allí para adelante las selvas de las riberas fueron ganando
en majestad y galanura: los grupos de palmeras se hicieron más
frecuentes: veíase la pambil de recta columna manchada de púrpura;
la milpesos frondosa brindando en sus raíces el delicioso fruto; la
chontadura y la guatle; distinguiéndose entre todas la naidí de
flexible tallo e inquieto plumaje, por un no sé qué de coqueto y
virginal que recuerda talles seductores y esquivos. Las más con sus
racimos medio defendidos aún por la concha que los había abrigado,
todas con penachos color de oro, parecían con sus rumores dar la
bienvenida a un amigo no olvidado. Pero aún faltaban allí las
bejucadas de rojos festones, las trepadoras de frágiles y lindas
flores, las sedosas larvas y los aterciopelados musgos de los
peñascos. El naguare y el piáunde, como reyes de la selva,
empinaban sus copas sobre ella para divisar algo más grandioso que
el desierto: la mar lejana.
La navegación iba haciéndose cada vez más penosa. Eran casi las
diez cuando llegamos a Callelarga. En la ribera izquierda había una
choza, levantada, como todas las del río, sobre gruesos estantillos
de guayacán, madera que como es sabido, se petrifica en la humedad:
así están los habitantes libres de las inundaciones, y menos en
familia con las víboras, que por su abundancia y diversidad son el
terror y pesadilla de los viajeros.
Mientras Lorenzo, guiado por los bogas, iba a disponer nuestro
almuerzo en la casita, permanecí en la canoa preparándome para
tomar un baño, cuya excelencia dejaban prever las aguas
cristalinas. Mas no había contado con los mosquitos, a pesar de
que sus venenosas picaduras los hacen inolvidables. Me atormentaron
a su sabor, haciéndole perder al baño que tomé la mitad de su
orientalismo salvaje. El color y otras condiciones de la epidermis
de los negros, los defienden sin duda de esos tenaces y hambrientos
enemigos, pues seguí observando que apenas se daban por
notificados los bogas de su existencia.
Lorenzo me trajo el almuerzo a la canoa, ayudado por Gregorio,
quien se las daba de buen cocinero, y me prometió para el día
siguiente un tapado.
Debíamos llegar por la tarde a San Cipriano, y los bogas no se
hicieron rogar para continuar el viaje, vigorizados ya por el tinto
selecto del Administrador.
El Sol no desmentía ser de verano.
Cuando las riberas lo permitían, Lorenzo y yo, para
desentumirnos o para disminuir el peso de la canoa en pasos de
peligro confesados por los bogas, andábamos por algunas de las
orillas cortos trechos, operación que allí se llama playear; pero
en tales casos el temor de tropezar con alguna guascama o de que
alguna chonta se lanzase sobre nosotros, como los individuos de esa
familia de serpientes negras, rollizas y de collar blanco lo
acostumbran, nos hacía andar por las malezas más con los ojos que
con los pies.
Era inútil averiguar si Laureán y Gregorio eran curanderos, pues
apenas hay boga que no lo sea y que no lleve consigo colmillos de
muchas clases de víboras y contras para varias de ellas, entre las
cuales figuran el guaco, los bejucos atajasangre, siempreviva,
zaragoza, y otras yerbas que no nombran y que conservan en
colmillos de tigre y de caimán ahuecados. Pero eso no basta a
tranquilizar a los viajeros, pues es sabido que tales remedios
suelen ser ineficaces, y muere el que haya sido mordido, después de
pocas horas, arrojando sangre por los poros, y con agonías
espantosas.
Llegamos a San Cipriano. En la ribera derecha y en el ángulo
formado por el río que da nombre al sitio, y por el Dagua, que
parece regocijarse con su encuentro, estaba la casa, alzada sobre
postes en medio de un platanal frondoso. No habíamos saltado
todavía a la playa y ya Gregorio gritaba:
-¡Ña Rufina! ¡Aquí voy yo! -Y en seguida-: ¿Dónde cogió esta
viejota?
-Buena tarde, ño Gregorio -respondió una negra joven,
asomándose al corredor.
-Me tiene que da posada, porque traigo cosa buena.
-Sí, señó; suba pué.
-¿Mi compañero?
-En la Junta.
-¿Tío Bibiano?
-Asina no ma, ño Gregorio.
Laureán dio las buenas tardes a la casera y volvió a guardar su
silencio acostumbrado.
Mientras los bogas y Lorenzo sacaban los trastos de la canoa, yo
estaba fijo en algo que Gregorio, sin hacer otra observación, había
llamado viejota: era una culebra gruesa como un brazo fornido, casi
de tres varas de largo, de dorso áspero, color de hoja seca y
salpicada de manchas negras; barriga que parecía de piezas de
marfil ensambladas, cabeza enorme y boca tan grande como la cabeza
misma, nariz arremangada y colmillos como uñas de gato. Estaba
colgada por el cuello en un poste del embarcadero, y las aguas de
la orilla jugaban con su cola.
-¡San Pablo! -exclamó Lorenzo fijándose en lo que yo veía-; ¡qué
animalote! Rufina, que se había bajado a alabarme a Dios, observó
riéndose, que más grandes las habían muerto algunas veces.
-¿Dónde encontraron ésta? -le pregunté.
-En la orilla, mi amo, allí en el chípero -me contestó
señalándome un árbol frondoso distante treinta varas de la
casa.
-¿Cuándo?
-A la madrugadita que se fue mi hermano a viaje, la topó armaa,
y él la trajo para sacarle la contra. La compañera no estaba ahí,
pero hoy la vi yo y él la topa mañana.
La negra me refirió en seguida que aquella víbora hacía daño de
esta manera: agarrada de alguna rama o bejuco con una uña fuerte
que tiene en la extremidad de la cola, endereza más de la mitad del
cuerpo sobre las rocas del resto: mientras la presa que acecha no
le pasa a distancia tal que solamente extendida en toda su longitud
la culebra, pueda alcanzarla, permanece inmóvil, y conseguida esa
condición, muerde a la víctima y la atrae a sí con una fuerza
invencible: si la presa vuelve a alejarse a la distancia precisa,
se repite el ataque hasta que la víctima expira: entonces se
enrolla envolviendo el cadáver y duerme así por algunas horas.
Casos han ocurrido en que cazadores y bogas se salvan de ese género
de muerte asiéndole la garganta a la víbora con entrambas manos y
luchando con ella hasta ahogarla, o arrojándole una ruana sobre la
cabeza; mas eso es raro, porque es difícil distinguirla en el
bosque, por asemejarse armada a un tronco delgado en pie y ya seco.
Mientras la verrugosa no halla de dónde agarrar su uña, es del todo
inofensiva.
Rufina, señalándome el camino, subió con admirable destreza la
escalera formada de un solo tronco de guayacán con muescas, y aun
me ofreció la mano, entre risueña y respetuosa, cuando ya iba yo a
pisar el pavimento de la choza, hecho de tablas picadas de pambil,
negras y brillantes por el uso. Ella, con las trenzas de pasa
esmeradamente atadas a la parte posterior de la cabeza, que no
carecía de cierto garbo natural, follao de pancho azul y camisa
blanca, todo muy limpio, candongas de higas azules y gargantilla de
lo mismo, aumentada con escuditos y cavalongas, me pareció
graciosamente original, después de haber dejado por tanto tiempo de
ver mujeres de esa especie; y lo dejativo de su voz, cuya gracia
consiste, en gentes de la raza, en elevar el tono en la sílaba
acentuada de la palabra final de cada frase; lo movible de su talle
y sus sonrisas esquivas, me recordaban a Remigia en la noche de sus
bodas. Bibiano, padre de la núbil negra, que era un boga de poco
más de cincuenta años, inutilizado ya por el reumatismo, resultado
del oficio, salió a recibirme, el sombrero en la mano, y apoyándose
en un grueso bastón de chonta: vestía calzones de bayeta amarilla y
camisa de listado azul, cuyas faldas llevaba por fuera.
Componíase la casa, como que era una de las mejores del río, de
un corredor, del cual, en cierta manera, formaba continuación la
sala, pues las paredes de palma de ésta, en dos de los lados,
apenas se levantaban a vara y media del suelo, presentando así la
vista del Dagua por una parte y la del dorrnido y sombrío San
Cipriano por la otra: a la sala seguía una alcoba, de la que se
salía a la cocina, cuya hornilla estaba formada por un gran cajón
de tablas de palma rellenado con tierra, sobre el cual descansaban
las tulpas y el aparato para hacer el fufú. Sustentado sobre las
vigas de la sala, había un tablado que la abovedaba en una tercera
parte, especie de despensa en que se veían amarillear hartones y
guineos, adonde subía frecuentemente Rufina por una escalera más
cómoda que la del patio. De una viga colgaban atarrayas y catangas,
y estaban atravesadas sobre otras, muchas palancas y varas de
pescar. De un garabato pendían un mal tamboril y una carrasca, y
en un rincón estaba recostado el carángano, rústico bajo en la
música de aquellas riberas.
Pronto estuvo mi hamaca colgada. Acostado en ella veía los
montes distantes no hollados aún, que iluminaba la última luz
amarilla de la tarde, y las ondas del Dagua pasar atornasoladas de
azul, verde y oro. Bibiano, estimulado por mi franqueza y cariño,
sentado cerca de mí, tejía crezneja para sombreros, fumando en su
congola, conversándome de los viajes de su mocedad, de la difunta
(su mujer), de la manera de hacer la pesca en corrales y de sus
achaques. Había sido esclavo hasta los treinta años en la mina del
Iró, y a esa, edad consiguió, a fuerza de penosos trabajos y de
economías, comprar su libertad y la de su mujer, que había
sobrevivido poco tiempo a su establecimiento en el Dagua.
Los bogas, con calzones ya, charlaban con Rufina; y Lorenzo,
después de haber sacado sus comestibles refinados para acompañar el
sancocho de nayo que nos estaba preparando la hija de Bibiano,
había venido a recostarse silencioso en el rincón más oscuro de la
sala.
Era casi de noche cuando se oyeron gritos de pasajeros en el
río: Lorenzo bajó apresuradamente y regresó pocos momentos después
diciendo que era el correo que subía; y había tomado noticia de que
mi equipaje quedaba en Mondomo.
Pronto nos rodeó la noche con toda su pompa americana: las
noches del Cauca, las de Londres, las pasadas en alta mar, ¿por qué
no eran tan majestuosamente tristes como aquéllas?
Bibiano me dejó, creyéndome dormido, y fue a apurar la comida.
Lorenzo encendió vela y preparó la mesita de la casa con el menaje
de nuestra alforja.
A las ocho todos estaban, bien o mal, acomodados para dormir.
Lorenzo, luego que me hubo acomodado con esmero casi maternal en la
hamaca, se acostó en la suya.
-Taita -dijo Rufina desde su alcoba a Bibiano, que dormía con
nosotros en la sala-: escuche su mercé la verrugosa cantando en el
río.
En efecto, se oía hacia ese lado algo como el cocleo de una
gallina enorme.
-Avísale a ño Laureán -continuó la muchacha- para que a la
madrugada pasen con mañita.
-¿Ya oíte, hombre? -preguntó Bibiano.
-Sí, señó -respondió Laureán, a quien debía de tener despierto
la voz de Rufina, pues según comprendí más tarde, era su novia.
-¿Qué es esto grande que vuela aquí? -pregunté a Bibiano,
próximo ya a figurarme que sería alguna culebra alada.
El murciélago, amito -contestó-; pero no haya miedo que le pique
durmiendo en la hamaca.
Los tales murciélagos son verdaderos vampiros que sangran en
poco rato a quien llega a dejarles disponibles la nariz o las yemas
de los dedos; y realmente se salvan de su chupadura los que duermen
en hamaca.
LVIII
Lorenzo me llamó a la madrugada: vio mi reloj y eran las tres. A
favor de la luna, la noche parecía un día opaco. A las cuatro,
encomendados a la Virgen en las despedidas de Bibiano y de su hija,
nos embarcamos.
-Aquí canta la verrugosa, compae -dijo Laureán a Cortico luego
que hubimos navegado un corto trecho- saque afuerita, no vaya a tá
armaa.
Todo el peligro para mí era que la víbora se entrase a la canoa,
pues estaba defendido por el techo del rancho; pero agarrado por
ella alguno de los bogas, el naufragio era probable.
Pasamos felizmente; mas, la verdad sea dicha, ninguno
tranquilo.
El almuerzo de aquel día fue copia del anterior, salvo el
aumento del tapado que Gregorio había prometido, potaje que preparó
haciendo un hoyo en la playa, y una vez depositado en él, envuelto
en hojas de bijao, la carne, plátanos y demás que debían componer
el cocido, lo cubrió con tierra y encima de todo encendió un
fogón.
Era increíble que la navegación fuese más penosa en adelante que
la que habíamos hecho hasta allí; pero lo fue: en el Dagua es donde
con toda propiedad puede decirse que no hay imposibles.
A las dos de la tarde, hora en que tomábamos dulce en un
remanso, Luareán lo rehusó, y se internó en el bosque algunos pasos
para regresar trayendo unas hojas: después de estregarlas en un
mate lleno de agua, hasta que el líquido se tiñó de verde, coló
éste en la copa de su sombrero y se lo tomó. Era zumo de hoja
hedionda, único antídoto contra las fiebres, temibles en la costa
y en aquellas riberas, que reconocen como eficaz los negros.
Las palancas, que cuando se baja el río sirven mil veces para
evitar un estrellamiento general, son menos útiles para subirlo.
Desde Fleco, a cada paso caían al agua Gregorio y Laureán, siempre
después del consabido golpe de aviso, y entonces el primero
cabestreaba la canoa asiéndola por el galindro, mientras el
compañero la impulsaba por la popa. Así se subían los chorros o
cabezones inevitables; pero para librarse de los más furiosos había
pequeños caños llamados arrastraderos, practicados en las playas, y
más o menos escasos de agua, por los cuales subía la canoa rozando
con el casco los guijarros del cauce y balanceándose algunas veces
sobre las rocas más salientes.
Los botaderos empeoraron de condición por la tarde: como fuesen
más y más descolgadas las corrientes a medida que nos acercábamos
al Saltico, los bogas al cambiar de orilla impulsaban
simultáneamente la canoa subiendo al mismo tiempo de un salto
sobre ella, para empuñar las palancas; y abandonándolas en el
instante, una vez atravesado el río, impedían que nos arrebatara el
raudal, enfurecido por haber dejado escapar una presa ya suya.
Después de cada lance de esta especie, se hacía necesario arrojar
de la canoa el agua que le había entrado, operación que ejecutaban
los bogas instantáneamente amagando dar un paso y volviendo a traer
el pie avanzando hacia el firme, con lo cual salían de en medio de
éstos plumadas de agua. Tales evoluciones y portentos gimnásticos
asombraban ejecutados por Laureán, aunque él, por su estatura, con
ceñirse una guirnalda de pámpanos, habría podido pasar por el dios
del río; pero hechos por Gregorio, quien salvo su cara risueña
siempre, parecía presentar la figura recortada de su compañero, con
sus piernas que formaban al andar casi una "o", y cuyos pies
encorvados hacia adentro eran más que pies, instrumentos de
achicar, aquellos prodigios de agilidad causaban terror.
Pernoctamos aquel día en el Saltico, pobre y desapacible caserío
a pesar del movimiento que le daban sus bodegas. Allí hay un
obstáculo para la navegación, y es generalmente el término de viaje
de los bogas que vienen del Puerto, así como los que subían del
Saltico llegaban solamente al Salto, y a este punto los que bajaban
diariamente de Juntas.
La misma tarde arrastraron mis bogas por tierra la canoa, ya sin
rancho, para ponerla en la playa donde debía embarcarme al día
siguiente. Del Saltico al Salto, los peligros del viaje salieron de
la esfera de toda ponderación.
En el Salto hubo de repetirse el arrastramiento de la canoa para
vencer el último obstáculo que allí merece el honor de tal
nombre.
Los bosques iban teniendo a medida que nos alejábamos de la
costa, toda aquella majestad, galanura, diversidad de tintas y
abundancia de aromas que hacen de las selvas del interior un
conjunto indescriptible. Mas el reino vegetal imperaba casi solo:
oíase de tarde en tarde y a lo lejos el canto del paují; muy rara
pareja de panchanas atravesaba a veces por encima de las montañas
casi perpendiculares que encajonaban la vega; y alguna primavera
volaba furtivamente bajo las bóvedas oscuras, formadas por los
guabos apiñados o por los cañaverales, chontas, nacederos y
chíperos, sobre los cuales mecían las guaduas sus arqueados
plumajes. El martín pescador, única ave acuática habitadora de
aquellas riberas, rozaba por rareza los remansos con sus alas, o se
hundía en ellos para sacar en el pico algún pececillo
plateado.
Desde el Saltico encontramos mayor número de canoas bajando, y
las más capaces de ellas tendrían ocho varas de largo, y
escasamente una de ancho.
El par de bogas que manejaba cada canoa, balanceándose y
achicando incesantemente el delantero, el de la popa sentado a
veces, tranquilos siempre, apenas divisados al descender por en
medio de los chorros de una revuelta lejana, desaparecían en ella y
pasaban muy luego velozmente por cerca de nosotros, para volver a
verse abajo y distantes ya, como corriendo sobre las espumas.
Los peñascos escarpados de la Víbora, Delfina con su limpio
riachuelo, que brotando del corazón de las montañas parece que
mezcla después tímidamente sus corrientes con las impetuosas del
Dagua, y el derrumbo del Arrayán, fueron quedando a la izquierda.
Allí hubo necesidad de hacer alto para conseguir una palanca, pues
Laureán acababa de romper su último repuesto. Hacía una hora que un
aguacero nutrido nos acompañaba, y el río empezaba a traer cintas
de espumas y algunas malezas menudas.
-La niña tá celosa -dijo Cortico cuando arrimamos a la
playa.
Creí que se refería a una música tristísima y como ahogada, que
parecía venir de la choza vecina.
-¿Qué niña es ésa? -le pregunté.
-Pue Pepita, mi amo.
Entonces caí en la cuenta de que se refería al hermoso río de
ese nombre que se une al Dagua abajo del pueblo de Juntas.
-¿Por qué está celosa?
-¿No ve sumercé lo que baja?
-No.
-La creciente.
-¿Y por qué no es Dagua el celoso? Ella es muy linda y mejor que
él.
Gregorio se rio antes de responderme:
-Dagua tiene mal genio. Creciente de Pepita e, porque el río no
baja amarillo.
Subí al rancho mientras los bogas hacían sus prevenciones,
deseoso de ver qué instrumento tocaban allí: era una marimba,
pequeño teclado de chontas sobre tarros de guadua alineados de
mayor a menor, y que se hace sonar con bolillos pequeños aforrados
en vaqueta.
Una vez conseguida la palanca y llenada la condición
indispensable de que fuese de biguare o cueronegro, continuamos
subiendo con mejor tiempo ya y sin que los celos de Pepita se
hiciesen importunos.
Los bogas estimulados por Lorenzo y la gratificación que les
tenía yo prometida por su buen manejo, se esforzaron a fin de
hacerme llegar de día a Juntas. Poco después dejamos a la derecha
la campiñita de Sombrerillo, cuyo verdor contrasta con la aspereza
de las montañas que la sombrean hacia el sur. Eran las cuatro de la
tarde cuando pasamos al pie de los agrios peñascos de Medialuna.
Salimos poco después del temible Credo; y por fin dimos dichoso
término a la inverosímil navegación saltando a una playa de
Juntas.
El amigo D..., antiguo dependiente de mi padre, me estaba
esperando, avisado por el correísta que nos dio alcance en San
Cipriano, de que yo debía llegar aquella tarde. Me condujo a su
casa, en donde fui a esperar a Lorenzo y a los bogas. Estos
quedaron muy contentos con "mi persona", como decía Gregorio.
Debían madrugar al día siguiente, y se despidieron de mí de la
manera más cordial y deseándome salud, después de apurar dos copas
de cognac y de haberme recibido una carta para el
Administrador.
LIX
Al sentarnos a la mesa manifesté a D... que deseaba continuar el
viaje la misma tarde si era posible, suplicándole venciese
inconvenientes. El pareció consultar a Lorenzo, quien se apresuró
a responderme que las bestias estaban en el pueblo y que la noche
era de luna. Le di orden para que sin demora preparase nuestra
marcha; y en vista de la manera como lo resolví, D... no hizo
observación de ninguna especie.
Poco rato después me presentó Lorenzo los arreos de montar,
manifestándome por lo bajo cuánto le complacía el que no
pernoctásemos en Juntas.
Arreglado lo necesario para que D... pagase la conducción de mi
equipaje hasta allí y lo pusiera en camino nuevamente, nos
despedimos de él y montamos en buenas mulas, seguidos de un
muchacho que, caballero en otra, llevaba al arzón un par de
cuchugos pequeños con mi ropa de camino y algo de avío que se
apresuró a poner en ellos nuestro huésped.
Habíamos vencido más de la mitad de la subida de la Puerta,
cuando se ocultaba ya el Sol. En los momentos en que mi
cabalgadura tomaba aliento, no pude menos de ver con satisfacción
la hondonada de donde acababa de salir, y respiré con deleite el
aire vivificador de la sierra. Veía ya en el fondo de la profunda
vega la población de Juntas con sus techumbres pajizas y
cenicientas: el Dagua, lujoso con la luz que entonces lo bañaba,
orlaba el islote del caserío, y rodando precipitadamente hasta
perderse en la revuelta del Credo, espejeaba a lo lejos en las
playas de Sombrerillo.
Por primera vez después de mi salida de Londres me sentía
absolutamente dueño de mi voluntad para acortar la distancia que
me separaba de María. La certeza de que solamente me faltaban por
hacer dos jornadas para terminar el viaje, hubiera sido bastante a
hacerme reventar durante ellas cuatro mulas como la que cabalgaba.
Lorenzo, experimentado de lo que resulta de tales afanes en tales
caminos, trató de hacerme moderar algo el paso, y con el justo
pretexto de servir de guía, se me colocó por delante a tiempo que
faltaba poco para que coronáramos la cuesta.
Cuando llegamos al Hormiguero, solamente la luna nos mostraba la
senda. Me detuve porque Lorenzo había echado pie a tierra allí, lo
cual tenía en alarma a los perros de la casa. Recostándose él sobre
el cuello de mi mula, me dijo sonriendo:
-¿Le parece bueno que durmamos aquí? Esta es buena gente y hay
pasto para las bestias.
-No seas flojo -le contesté-: yo no tengo sueño y las mulas
están frescas.
-No se afane -me observó tomándome el estribo-: lo que quiero es
ventear estos judas, no sea que se nos achajuanen por estar tan
ovachonas. Justo viene con mis mulas para Juntas -continuó
descinchando la mía- y según me dijo ese muchacho que encontramos
en la Puerta, debe toldar esta noche en Santana, si no consigue
llegar a Hojas. Donde lo encontremos, tomamos chocolate e iremos a
dormir un ratico por ahí donde se pueda. ¿Le gusta así?
-Por supuesto: es necesario llegar a Cali mañana en la
tarde.
-No tanto: dando las siete en San Francisco iremos entrando;
pero yendo a mi paso, porque de no, daremos gracias en llegar a San
Antonio.
Hablando y haciendo, bañaba los lomos de las mulas con buchadas
de anisado. Sacó fuego de su eslabón y encendió cigarro; echó una
reprimenda al muchacho, que venía atrasándose, porque dizque su
mula era cueruda, y emprendimos nuevamente marcha mal despedidos
por los gozques de la casita.
No obstante que el camino estaba bueno, es decir, seco, no
pudimos llegar a Hojas sino pasadas las diez. Sobre el plano que
corona la cuesta blanqueaba una tolda. Lorenzo, fijándose en las
mulas que ramoneaban en las orillas de la senda, dijo:
-Ahí está Justo, porque aquí andan el Tamborero y el Frontino,
que nunca desmanchan.
-¿Qué gente es ésa? -le pregunté.
-Pues machos míos.
Silencio profundo reinaba en torno de la caravana arriera: un
viento frío columpiaba los cañaverales y mandules de las faldas
vecinas, avivando a veces las brasas amortiguadas de dos fogones
inmediatos a la tolda. Junto a uno de ellos dormía enroscado un
perro negro, que gruñó al sentirnos y ladró al reconocernos por
extraños.
-¡Avemaría! -gritó Lorenzo, dando así a los arrieros el saludo
que entre ellos se acostumbraba al llegar a una posada-. ¡Calla,
Barbillas! -agregó dirigiéndose al perro y echando pie a
tierra.
Un mulato alto y delgado salió de entre las barricadas de
zurrones de tabaco, que tapiaban los dos costados de la tolda por
donde ésta no llegaba hasta el suelo: era el caporal Justo. Vestía
camisa de coleta con pretensiones a blusa corta, calzoncillos
bombachos, y tenía la cabeza cubierta con un pañuelo atado a la
nuca.
-¡Olé!, ñor Lorenzo -dijo a su patrón reconociéndolo; y agregó-:
¿éste no es el niño Efraín?
Correspondimos a sus saludos, Lorenzo con un pampeo en la
espalda y una chanzoneta, yo lo más cariñosamente que el estropeo
me lo permitía.
-Apéense -continuó el caporal-; traerán cansada alguna mula.
-Las tuyas serán las cansadas -le respondió Lorenzo- pues vienen
a paso de hormiga.
-Ahí verá que no. ¿Pero qué andan haciendo a estas horas?
-Caminando mientras tú roncas. Déjate de conversar y manda al
guión que nos atice unas brasas para hacer chocolate.
Los otros arrieros se habían despertado, así como el negrito que
debía atizar. Justo encendió un cabo de vela, y después de
colocarlo en un plátano agujereado, tendió un cobijón limpio en el
suelo para que yo me sentase.
-¿Y hast'onde van ahora? -preguntó mientras Lorenzo sacaba de
sus cojinetes provisiones para acompañar el chocolate.
-A Santana -respondió-. ¿Cómo van las muletas? El hijo de la
García me dijo al salir de Juntas que se te había cansado la
rosilla.
-Es la única maulona, pero ten con ten, ahí viene.
-No vayas a sacar carga de fardos en ellas.
-¡Tan fullero que era yo! Y qué buenas van a salir las
condenadas: eso sí la Manzanilla me hizo en Santa Rosa una de
toditicos los diablos: quien la ve tan tasajuda y es la más
filática; pero ya va dando: con los atillos la traigo desde
Platanares.
La olleta del chocolate hirviendo entró en escena, y los
arrieros a cual más listo ofrecieron sus matecillos de cintura para
que lo tomásemos.
-¡Válgame! -decía Justo mientras yo saboreaba aquel chocolate
arrieramente hecho y servido, pero el más oportuno que me ha venido
a las manos-. ¿Quién iba a conocer al niño Efraín? Al reventón
llevará a ñor Lorenzo; ¿no?
En cambio de su agua tibia de calabazo dimos a Justo y a sus
mozos buen brandy, y nos dispusimos a marchar.
-Las once irán siendo -dijo el caporal alzando a ver la luna,
que bañaba con blanca luz las altivas lomas de los Chancos y
Bitaco.
Vi el reloj y efectivamente eran las once. Nos despedimos de los
arrieros, y cuando nos habíamos alejado media cuadra de la tolda,
llamó Justo a Lorenzo: éste me alcanzó pocos instantes después.
LX
Al día siguiente a las cuatro de la tarde llegué al alto de las
Cruces. Apeéme para pisar aquel suelo desde donde dije adiós para
mi mal a la tierra nativa. Volví a ver ese valle del Cauca, país
tan bello cuanto desventurado yo... Tantas veces había soñado
divisarlo desde aquella montaña, que después de tenerlo delante con
toda su esplendidez, miraba a mi alrededor para convencerme de que
en tal momento no era juguete de un sueño. Mi corazón palpitaba
aceleradamente como si presintiese que pronto iba a reclinarse
sobre él la cabeza de María; y mis oídos ansiaban recoger en el
viento una voz perdida de ella. Fijos estaban mis ojos sobre las
colinas iluminadas al pie de la sierra distante, donde blanqueaba
la casa de mis padres.
Lorenzo acababa de darme alcance trayendo del diestro un hermoso
caballo blanco que había recibido en Tocotá para que yo hiciese en
él las tres últimas leguas de la jornada.
-Mira le dije cuando se disponía a ensillármelo, y mi brazo le
mostraba el punto blanco de la sierra al cual no podía yo dejar de
mirar-; mañana a esta hora estaremos allá.
-¿Pero allá a qué? -respondió.
-¡Cómo!
-La familia está en Cali.
-Tú no me lo habías dicho. ¿Por qué se han venido?
-Justo me contó anoche que la señorita seguía muy mala.
Lorenzo al decir esto no me miraba, y me pareció conmovido.
Monté temblando en el caballo que él me presentaba ensillado ya,
y el brioso animal empezó a descender velozmente y casi a vuelos
por el pedregoso sendero.
La tarde se apagaba cuando doblé la última cuchilla de las
montañuelas. Un viento impetuoso de occidente zumbaba en torno de
mí en los peñascos y malezas desordenando las abundantes crines del
caballo. En el confín del horizonte a mi izquierda no blanqueaba ya
la casa de mis padres sobre las faldas sombrías de la montaña; y a
la derecha, muy lejos, bajo un cielo turquí, se descubrían lampos
de la mole del Huila medio arropado por brumas flotantes.
Quien aquello crió, me decía yo, no puede destruir aún la más
bella de sus criaturas y lo que él ha querido que yo más ame. Y
sofocaba de nuevo en mi pecho sollozos que me ahogaban.
Ya dejaba a mi izquierda la pulcra y amena vega del Peñón, digna
de su hermoso río y de mis gratos recuerdos de infancia. La ciudad
acababa de dormirse sobre su verde y acojinado lecho: como bandadas
de aves enormes que se cernieran buscando sus nidos, divisábanse
sobre ella, abrillantados por la luna, los follajes de las
palmeras.
Hube de reunir todo el resto de mi valor para llamar a la puerta
de la casa. Un paje abrió. Apeándome boté las bridas en sus manos y
recorrí precipitadamente el zaguán y parte del corredor que me
separaba de la entrada al salón: estaba oscuro. Me había
adelantado pocos pasos en él cuando oí un grito y me sentí
abrazado.
-¡María! ¡Mi María! -exclamé estrechando contra mi corazón
aquella cabeza entregada a mis caricias.
-¡Ay!, ¡No, no, Dios mío! -interrumpióme sollozando.
Y desprendiéndose de mi cuello cayó sobre el sofá inmediato: era
Emma. Vestía de negro, y la luna acababa de bañar su rostro lívido
y regado de lágrimas.
Se abrió la puerta del aposento de mi madre en ese instante.
Ella, balbuciente y palpándome con sus besos, me arrastró en los
brazos al asiento donde Emma estaba muda e inmóvil.
-¿Dónde está, pues, donde está? -grité poniéndome en pie.
-¡Hijo de mi alma! -exclamó mi madre con el más hondo acento de
ternura y volviendo a estrecharme contra su seno-: en el cielo.
Algo como la hoja fría de un puñal penetró en mi cerebro: faltó
a mis ojos luz y a mi pecho aire. Era la muerte que me hería...
Ella, tan cruel e implacable, ¿por qué no supo herir?...
LXI
Me fue imposible darme cuenta de lo que por mí había pasado, una
noche que desperté en un lecho rodeado de personas y objetos que
casi no podía distinguir. Una lámpara velada, cuya luz hacían más
opaca las cortinas de la cama, difundía por la silenciosa
habitación una claridad indecisa. Intenté en vano incorporarme:
llamé, y sentí que estrechaban una de mis manos; torné a llamar, y
el nombre que débilmente pronunciaba tuvo por respuesta un sollozo.
Volvíme hacia el lado de donde éste había salido y reconocí a mi
madre, cuya mirada anhelosa y llena de lágrimas estaba fija en mi
rostro. Me hizo casi en secreto y con su más suave voz, muchas
preguntas para cerciorarse de si estaba aliviado.
-¿Conque es verdad? -le dije cuando el recuerdo aún confuso de
la última vez en que la había visto, vino a mi memoria.
Sin responderme, reclinó la frente en el almohadón, uniendo así
nuestras cabezas.
Después de unos momentos tuve la crueldad de decirle:
-¡Así me engañaron!... ¿A qué he venido?
|-¿Y yo?
|-me interrumpió humedeciendo mi cuello con
sus lágrimas.
Mas su dolor y su ternura no conseguían que algunas corriesen de
mis ojos.
Se trataba, sin duda, de evitarme toda fuerte emoción, pues poco
rato después se acercó silencioso mi padre, y me estrechó una mano,
mientras se enjugaba los ojos sombreados por el insomnio.
Mi madre, Eloísa y Emma se turnaron aquella noche para velar
cerca de mi lecho, luego que el doctor se retiró prometiendo una
lenta pero positiva reposición. Inútilmente agotaron ellas sus más
dulces cuidados para hacerme conciliar el sueño. Así que mi madre
se durmió rendida por el cansancio, supe que hacía algo más de
veinticuatro horas que me hallaba en casa.
Emma sabía lo único que me faltaba saber: la historia de sus
últimos días... sus últimos momentos y sus últimas palabras. Sentía
que para oír esas confidencias terribles, me faltaba valor, pero no
pude dominar mi sed de dolorosos pormenores, y le hice muchas
preguntas. Ella sólo me respondía con el acento de una madre que
hace dormir a su hijo en la cuna:
-Mañana.
Y acariciaba mi frente con sus manos o jugaba con mis
cabellos.
LXII
Tres semanas habían corrido desde mi regreso, durante las cuales
me retuvieron a su lado Emma y mi madre, aconsejadas por el médico
y disculpando su tenacidad con el mal estado de mi salud.
Los días y las noches de dos meses habían pasado sobre su tumba
y mis labios no hablan murmurado una oración sobre ella. Sentíame
aún sin la fuerza necesaria para visitar la abandonada mansión de
nuestros amores, para mirar ese sepulcro que a mis ojos la
escondía y la negaba a mis brazos. Pero en aquellos sitios debía
esperarme ella: allí estaban los tristes presentes de su despedida
para mí, que no había volado a recibir su último adiós y su primer
beso antes que la muerte helara sus labios.
Emma fue exprimiendo lentamente en mi corazón toda la amargura
de las postreras confidencias de María para mí. Así, recomendada
para romper el dique de mis lágrimas, no tuvo más tarde cómo
enjugarlas, y mezclando las suyas a las mías pasaron esas horas
dolorosas y lentas.
En la mañana que siguió a la tarde en que María me escribió su
última carta, Emma, después de haberla buscado inútilmente en su
alcoba, la halló sentada en el banco de piedra del jardín: dábase
ver lo que había llorado: sus ojos fijos en la corriente y
agrandados por la sombra que los circundaba, humedecían aún con
algunas lágrimas despaciosas aquellas mejillas pálidas y
enflaquecidas, antes tan llenas de gracia y lozanía: exhalaba
sollozos ya débiles, ecos de otros en que su dolor se había
desahogado.
-¿Por qué has venido sola hoy? -le preguntó Emma abrazándola-:
yo quería acompañarte como ayer.
-Sí -le respondió-; lo sabía; pero deseaba venir sola; creí que
tendría fuerzas. Ayúdame a andar.
Se apoyó en el brazo de Emma y se dirigió al rosal de enfrente a
mi ventana. Luego que estuvieron cerca de él, María lo contempló
casi sonriente, y quitándole las dos rosas más frescas, dijo:
-Tal vez serán las últimas. Mira cuántos botones tiene: tú le
pondrás a la Virgen los más hermosos que vayan abriendo.
Acercando a su mejilla la rama más florecida, añadió:
-¡Adiós, rosal mío, emblema querido de su constancia! Tú le
dirás que lo cuidé mientras pude -dijo volviéndose a Emma, que
lloraba con ella.
Mi hermana quiso sacarla del jardín diciéndole:
-¿Por qué te entristeces así? ¿No ha convenido papá en demorar
nuestro viaje? Volveremos todos los días. ¿No es verdad que te
sientes mejor?
-Estémonos todavía aquí -le respondió acercándose lentamente a
la ventana de mi cuarto: la estuvo mirando olvidada de Emma, y se
inclinó después a desprender todas las azucenas de su mata
predilecta, diciendo a mi hermana-: Dile que nunca dejó de
florecer. Ahora sí vámonos.
Volvió a detenerse en la orilla del arroyo, y mirando en torno
suyo apoyó la frente en el seno de Emma murmurando:
-¡Yo no quiero morirme sin volver a verlo aquí!
Durante el día se la vio más triste y silenciosa que de
costumbre. Por la tarde estuvo en mi cuarto y dejó en el florero,
unidas con algunas hebras de sus cabellos, las azucenas que había
cogido por la mañana; y allí fue Emma a buscarla cuando ya había
oscurecido. Estaba de codos en la ventana; y los bucles
desordenados de la cabellera casi le ocultaban el rostro.
-María -le dijo Emma después de haberla mirado en silencio unos
momentos- ¿no te hará mal este viento de la noche?
Ella, sorprendida al principio, le respondió tomándole una mano,
atrayéndola a sí y haciendo que se sentase a su lado en el
sofá:
-Ya nada puede hacerme mal.
-¿No quieres que vayamos al oratorio?
-Ahora no: deseo estarme aquí todavía; tengo que decirte tantas
cosas...
-¿No hay tiempo para que me las digas en otra parte? Tú, tan
obediente a las prescripciones del doctor, vas así a hacer
infructuosos todos sus cuidados y los nuestros: hace dos días que
no eres ya dócil como antes.
-Es que no saben que voy a morirme -respondió abrazando a Emma y
sollozando contra su pecho.
-¡Morirte! ¿Morirte cuando Efraín va a llegar?...
-Sin verlo otra vez, sin decirle... morirme sin poderlo esperar.
Esto es espantoso -agregó estremeciéndose después de una pausa-;
pero es cierto: nunca los síntomas del acceso han sido como los que
estoy sintiendo. Yo necesito que lo sepas todo antes que me sea
imposible decírtelo. Oye: quiero dejarle cuanto yo poseo y le ha
sido amable. Pondrás en el cofrecito en que tengo sus cartas y las
flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y los de mi
madre; esta sortija que me puso en vísperas de su viaje; y en mi
delantal azul envolverás mis trenzas... No te aflijas así -continuó
acercando su mejilla fría a la de mi hermana-; yo no podría ya ser
su esposa... Dios quiere librarlo del dolor de hallarme como estoy,
del trance de verme expirar. ¡Ay!, yo podría morirme conforme,
dándole mi último adiós. Estréchalo por mí en tus brazos y dile que
en vano luché por no abandonarlo... que me espantaba más su
soledad que la muerte misma, y...
María dejó de hablar y temblaba en los brazos de Emma; cubrióla
ésta de besos y sus labios la hallaron yerta; llamóla y no
respondió; dio voces y corrieron en su auxilio.
Todos los esfuerzos del médico fueron infructuosos para volverla
del acceso, y en la mañana del siguiente día se declaró impotente
para salvarla.
El anciano cura de la parroquia ocurrió a las doce al
llamamiento que se le hizo.
Frente al lecho de María se colocó en una mesa adornada con las
más bellas flores del jardín, el crucifijo del oratorio, y lo
alumbraban dos cirios benditos. De rodillas ante aquel altar
humilde y perfumado, oró el sacerdote durante una hora; y al
levantarse, le entregó uno de los cirios a mi padre y otro a Mayn
para acercarse con ellos al lecho de la moribunda. Mi madre y mis
hermanas, Luisa, sus hijas y algunas esclavas se arrodillaron para
presenciar la ceremonia. El ministro pronunció estas palabras al
oído de María:
-Hija mía, Dios viene a visitarte: ¿quieres recibirlo?
Ella continuó muda e inmóvil como si durmiese profundamente. El
sacerdote miró a Mayn, quien, comprendiendo al instante esa mirada,
tomó el pulso a María, diciendo en seguida en voz baja:
-Cuatro horas lo menos.
El sacerdote la bendijo y la ungió. Los sollozos de mi madre,
mis hermanas y las hijas del montañés acompañaron la oración.
Una hora después de la ceremonia, Juan se había acercado al
lecho y se empinaba para alcanzar a ver a María, llorando porque no
lo subían. Tomólo mi madre en sus brazos y lo sentó en el
lecho.
-¿Está dormida, no? -preguntó el inocente reclinando la cabeza
en el mismo almohadón en que descansaba la de María, y tomándole en
sus manitas una de las trenzas como lo acostumbraba para
dormirse.
Mi padre interrumpió esa escena que agotaba las fuerzas de mi
madre y que los asistentes presenciaban contristados.
A las cinco de la tarde, Mayn, que permanecía a la cabecera
pulsando constantemente a María, se puso en pie, y sus ojos
humedecidos dejaron comprender a mi padre que había terminado la
agonía. Sus sollozos hicieron que Emma y mi madre se precipitasen
sobre el lecho. Estaba como dormida; pero dormida para siempre...
¡muerta!, ¡sin que mis labios hubiesen aspirado su postrer
aliento, sin que mis oídos hubiesen escuchado su último adiós, sin
que algunas de tantas lágrimas vertidas por mí después sobre su
sepulcro, hubiesen caído sobre su frente!
Cuando mi madre se convenció de que María había muerto, ante su
cadáver, bañado de la luz de los arreboles de la tarde que
penetraba en la estancia por una ventana que acababa de abrir,
exclamó con voz enronquecida por el llanto, besando una de esas
manos ya fría e insensible:
-¡María!... ¡Hija de mi corazón!... ¿Por qué nos dejas así?...
¡Ay!, ya nunca más podrás oírme... ¿Qué responderé a mi hijo cuando
me pregunte por ti? ¡Qué hará, Dios mío!... ¡Muerta!, ¡muerta sin
haber exhalado una queja!
Ya en el oratorio, sobre una mesa enlutada, vestida de gro
blanco y recostada en el ataúd, mostraba en su rostro algo de
sublime resignación. La luz de los cirios brillando en su frente
tersa y sobre sus anchos párpados, proyectaba la sombra de las
pestañas sobre las mejillas: aquellos labios pálidos parecían
haberse helado cuando intentaban sonreír; podía creerse que
alentaba aún. Sombreábanle la garganta las trenzas medio envueltas
en una toca de gasa blanca, y entre las manos, descansándole sobre
el pecho, sostenía un crucifijo.
Así la vio Emma a las tres de la madrugada, al acercarse a
cumplir el más terrible encargo de María.
El sacerdote estaba orando de rodillas al pie del ataúd. La
brisa de la noche, perfumada de rosas y azahares, agitaba las
llamas de los cirios, gastados ya.
"Creí -decía Emma- que al cortar la primera trenza iba a
mirarme tan dulcemente como solía si reclinada la cabeza en mi
falda le peinaba yo los cabellos. Púselas al pie de la imagen de la
Virgen y por última vez le besé las mejillas... Cuando desperté dos
horas después... ¡ya no estaba allí!".
Braulio, José y cuatro peones más condujeron al pueblo el
cadáver, cruzando esas llanuras y descansando bajo aquellos bosques
por donde en una mañana feliz pasó María a mi lado amante y amada
el día del matrimonio de Tránsito. Mi padre y el cura seguían paso
ante paso el humilde convoy... ¡ay de mí!, ¡humilde y silencioso
como el de Nay!
Mi padre regresó al medio día lentamente y ya solo. Al apearse
hizo esfuerzos inútiles para sofocar los sollozos que lo ahogaban.
Sentado en el salón, en medio de Emma y mi madre y rodeado de los
niños que aguardaban en vano sus caricias, dio rienda a su dolor,
haciéndose necesario que mi madre procurase darle una conformidad
que ella misma no podía tener.
"Yo -decía él- yo autor de ese viaje maldecido, ¡la he muerto!
Si Salomón pudiera venir a pedirme su hija, ¿qué habría yo de
decirle?... Y Efraín... y Efraín...
¡Ah! ¿Para qué lo he llamado? ¿Así le cumpliré mis
promesas?".
Aquella tarde dejaron la hacienda de la sierra para ir a
pernoctar en la del valle, de donde debían emprender al día
siguiente viaje a la ciudad.
Braulio y Tránsito convinieron en habitar la casa para cuidar de
ella durante la ausencia de la familia.
LXIII
Dos meses después de la muerte de María, el diez de septiembre,
oía yo a Emma el final de aquella relación que ella retardó el
mayor tiempo que le fue posible. Era de noche ya y Juan dormía
sobre mis rodillas, costumbre que había contraído desde mi
regreso, porque acaso adivinaba instintivamente que yo procuraba
reemplazarle en parte el amor y los maternales cuidados de
María.
Emma me entregó la llave del armario en que estaban guardados,
en la casa de la sierra, los vestidos de María y todo aquello que
más especialmente había ella recomendado se guardara para mí.
A la madrugada del día que siguió a esa noche me puse en camino
para Santa R... en donde hacía dos semanas que permanecía mi padre,
después de haber dejado prevenido todo lo necesario para mi regreso
a Europa, el cual debía emprender el diez y ocho de aquel mes.
El doce a las cuatro de la tarde me despedí de mi padre, a quien
había hecho creer que deseaba pasar la noche en la hacienda de
Carlos, para de esa manera estar más temprano en Cali al día
siguiente. Cuando abracé a mi padre, tenía él en las manos un
paquete sellado, y entregándomelo me dijo:
-A Kingston: contiene la última voluntad de Salomón y la dote de
su hija. Si mi interés por ti -agregó con voz que la emoción hacía
trémula- me hizo alejarte de ella y precipitar tal vez su muerte...
tú sabrás disculparme... ¿Quién debe hacerlo si no eres tú?
Oído que hubo la respuesta que profundamente conmovido di a esa
excusa paternal tan tierna como humildemente dada, me estrechó de
nuevo entre sus brazos. ¡Aún persiste en mi oído su acento al
pronunciar aquel adiós!
Saliendo a la llanura de... después de haber vadeado el Amaime,
esperé a Juan Angel para indicarle que tomase el camino de la
sierra. Miróme como asustado con la orden que recibía; pero
viéndome doblar sobre la derecha, me siguió tan de cerca como le
fue posible, y poco después lo perdí de vista.
Ya empezaba a oír el ruido de las corrientes del Zabaletas;
divisaba la copa de los sauces. Detúveme en la asomada de la
colina. Dos años antes, en una tarde como aquella, que entonces
armonizaba con mi felicidad y ahora era indiferente a mi dolor,
había divisado desde allí mismo las luces de ese hogar donde con
amorosa ansiedad era esperado. María estaba allí... Ya esa casa
cerrada y sus contornos solitarios y silenciosos: ¡entonces el amor
que nacía y ya el amor sin esperanza! Allí, a pocos pasos del
sendero que la grama empezaba a borrar, veía la ancha piedra que
nos sirvió de asiento tantas veces en aquellas felices tardes de
lectura. Estaba, al fin, inmediato al huerto confidente de mis
amores: las palomas y los tordos aleteaban piando y gimiendo en los
follajes de los naranjos: el viento arrastraba hojas secas sobre el
empedrado de la gradería.
Salté del caballo, abandonándolo a su voluntad, y sin fuerzas ni
voz para llamar, me senté en uno de esos escalones desde donde
tantas veces su voz agasajadora y sus ojos amantes me dijeron
adioses.
Rato después, casi de noche ya, sentí pasos cerca de mí: era una
anciana esclava que habiendo visto mi caballo suelto en el
pesebre, salía a saber quién era su dueño. Seguíale trabajosamente
Mayo: la vista de ese animal, amigo de mi niñez, cariñoso
compañero de mis días de felicidad, arrancó gemidos a mi pecho:
presentándome la cabeza para recibir un agasajo, lamía el polvo de
mis botas, y sentándose a mis pies aulló dolorosamente.
La esclava trajo las llaves de la casa y al mismo tiempo me
avisó que Braulio y Tránsito estaban en la montaña. Entré al salón,
y dando algunos pasos en él sin que mis ojos nublados pudiesen
distinguir los objetos, caí en el sofá donde con ella me había
sentado siempre, donde por vez primera le hablé de mi amor.
Cuando levanté el rostro, me rodeaba una completa oscuridad.
Abrí la puerta del aposento de mi madre, y mis espuelas resonaron
lúgubremente en aquel recinto frío y oloroso a tumba. Entonces una
fuerza nueva en mi dolor me hizo precipitar al oratorio. Iba a
pedírsela a Dios... ¡ni El podía querer ya devolvérmela en la
tierra! Iba a buscarla allí donde mis brazos la habían estrechado,
donde por vez primera mis labios descansaran sobre su frente... La
luz de la luna que se levantaba, penetrando por la celosía
entreabierta, me dejó ver lo único que debía encontrar: el paño
fúnebre medio rodado de la mesa donde su ataúd descansó: los restos
de los cirios que habían alumbrado el túmulo... ¡el silencio sordo
a mis gemidos, la eternidad muda ante mi dolor!
Vi luz en el aposento de mi madre: era que Juan Angel acababa de
poner una bujía en una de las mesas: la tomé, mandándole con un
ademán que me dejase solo, y me dirigí a la alcoba de María. Algo
de sus perfumes había allí... velando las últimas prendas de su
amor, su espíritu debía estarme esperando. El crucifijo aún sobre
la mesa: las flores marchitas sobre su pena: el lecho donde había
muerto, desmantelado ya: teñidas todavía algunas copas con las
últimas pociones que le habían dado. Abrí el armario: todos los
aromas de los días de nuestro amor se exhalaron combinados de él.
Mis manos y mis labios palparon aquellos vestidos tan conocidos
para mí. Halé el cajón que Emma me había indicado; el cofre
precioso estaba allí. Un grito escapó de mi pecho, y una sombra me
cubrió los ojos al desenrollarse entre mis manos aquellas trenzas
que parecían sensibles a mis besos.
Una hora después... ¡Dios mío!, tú lo sabes. Yo había recorrido
el huerto llamándola, pidiéndosela a los follajes que nos habían
dado sombra, y al desierto que en sus ecos solamente me devolvía su
nombre. A la orilla del abismo cubierto por los rosales, en cuyo
fondo informe y oscuro blanqueaban las nieblas y tronaba el río, un
pensamiento criminal estancó por un instante mis lágrimas y enfrió
mi frente...
Una persona de quien me ocultaban los rosales,
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pronunció
mi nombre cerca de mí: era Tránsito. Al aproximárseme debió
producirle espanto mi rostro, pues por unos momentos permaneció
asombrada. La respuesta que di a la súplica que me hizo para que
dejase aquel sitio, le reveló quizá con su amargura todo el
desprecio que en tales instantes tenía yo por la vida. La pobre
muchacha se puso a llorar sin insistir por el momento; pero
reanimada, balbució con la voz doliente de una esclava quejosa:
-¿Tampoco quiere ver a Braulio ni a mi hijo?
-No llores, Tránsito, y perdóname -le dije. ¿Dónde están?
Ella estrechó una de mis manos sin haber enjugado todavía sus
lágrimas, y me condujo al corredor del jardín, en donde su marido
me esperaba. Después de que Braulio recibió mi abrazo, Tránsito
puso en mis rodillas un precioso niño de seis meses, y arrodillada
a mis pies sonreía a su hijo y me miraba complacida acariciar el
fruto de sus inocentes amores.
LXIV
¡Inolvidable y última noche pasada en el hogar donde corrieron
los años de mi niñez y los días felices de mi juventud! Como el ave
impelida por el huracán a las pampas abrasadas intenta en vano
sesgar su vuelo hacia el umbroso bosque nativo, y ajados ya los
plumajes regresa a él después de la tormenta, y busca inútilmente
el nido de sus amores revoloteando en torno del árbol destrozado,
así mi alma abatida va en las horas de mi sueño a vagar en torno
del que fue hogar de mis padres. Frondosos naranjos, gentiles y
verdes sauces que conmigo crecísteis, ¡cómo os habéis envejecido!
Rosas y azucenas de María, ¡quién las amará si existen! aromas del
lozano huerto, ¡no volveré a aspiraros! Susurradores vientos,
rumoroso río... ¡no volveré a oíros!
La media noche me halló velando en mi cuarto. Todo estaba allí
como yo lo había dejado; solamente las manos de María habían
removido lo indispensable, engalanando la estancia para mi
regreso: marchitas y carcomidas por los insectos permanecían en el
florero las últimas azucenas que ella le puso. Ante esa mesa abrí
el paquete de las cartas que me había devuelto al morir. Aquellas
líneas borradas por mis lágrimas y trazadas cuando tan lejos estaba
de creer que serían mis últimas palabras dirigidas a ella; aquellos
pliegos ajados en su seno, fueron desplegados y leídos uno a uno; y
buscando entre las cartas de María la contestación a cada una de
las que yo le había escrito, compaginé ese diálogo de inmortal amor
dictado por la esperanza e interrumpido por la muerte.
Teniendo entre mis manos las trenzas de María y recostado en el
sofá en que Emma le había oído sus postreras confidencias, dio las
dos el reloj; él había medido también las horas de aquella noche
angustiosa, víspera de mi viaje; él debía medir las de la última
que pasé en la morada de mis mayores.
Soñé que María era ya mi esposa: ese castísimo delirio había
sido y debía continuar siendo el único deleite de mi alma: vestía
un traje blanco vaporoso, y llevaba un delantal azul, azul como si
hubiese sido formado de un jirón del cielo; era aquel delantal que
tantas veces le ayudé a llenar de flores, y que ella sabía atar tan
linda y descuidadamente a su cintura inquieta, aquel en que había
yo encontrado envueltos sus cabellos: entreabrió cuidadosamente la
puerta de mi cuarto, y procurando no hacer ni el más leve ruido con
sus ropajes, se arrodilló sobre la alfombra, al pie del sofá:
después de mirarme medio sonreída, cual si temiera que mi sueño
fuese fingido, tocó mi frente con sus labios suaves como el
terciopelo de los lirios del Páez: menos temerosa ya de mi engaño,
dejóme aspirar un momento su aliento tibio y fragante; pero
entonces esperé inútilmente que oprimiera mis labios con los suyos:
sentóse en la alfombra, y mientras leía algunas de las páginas
dispersas en ella, tenía sobre la mejilla una de mis manos que
pendía sobre los almohadones: sintiendo ella animada esa mano,
volvió hacia mí su mirada llena de amor, sonriendo como ella sola
podía sonreír; atraje sobre mi pecho su cabeza, y reclinada así,
buscaba mis ojos mientras le orlaba yo la frente con sus trenzas
sedosas o aspiraba con deleite su perfume de albahaca.
Un grito, grito mío, interrumpió aquel sueño: la realidad lo
turbaba celosa como si aquel instante hubiese sido un siglo de
dicha. La lámpara se había consumido; por la ventana penetraba el
viento frío de la madrugada; mis manos estaban yertas y oprimían
aquellas trenzas, único despojo de su belleza, única verdad de mi
sueño.
LXV
En la tarde de ese día, durante el cual había visitado todos los
sitios que me eran queridos, y que no debía volver a ver, me
preparaba para emprender viaje a la ciudad, pasando por el
cementerio de la parroquia donde estaba la tumba de María. Juan
Angel y Braulio se habían adelantado a esperarme en él, y José, su
mujer y sus hijas me rodeaban ya para recibir mi despedida.
Invitados por mí me siguieron al oratorio, y todos de rodillas,
todos llorando, oramos por el alma de aquella a quien tanto
habíamos amado. José interrumpió el silencio que siguió a esa
oración solemne para recitar una súplica a la protectora de los
peregrinos y navegantes.
Ya en el corredor, Tránsito y Lucía, después de recibir mi
adiós, sollozaban cubierto el rostro y sentadas en el pavimento; la
señora Luisa había desaparecido; José, volviendo a un lado la faz
para ocultarme sus lágrimas, me esperaba teniendo el caballo del
cabestro al pie de la gradería; Mayo, meneando la cola y tendido en
el gramal, espiaba todos mis movimientos como cuando en sus días de
vigor salíamos a caza de perdices.
Faltóme la voz para decir una postrera palabra cariñosa a José y
a sus hijas; ellos tampoco la habrían tenido para responderme.
A pocas cuadras de la casa me detuve antes de emprender la
bajada a ver una vez más aquella mansión querida y sus contornos.
De las horas de felicidad que en ella había pasado, sólo llevaba
conmigo el recuerdo; de María, los dones que me había dejado al
borde de su tumba.
Llegó Mayo entonces, y fatigado se detuvo a la orilla del
torrente que nos separaba: dos veces intentó vadearlo y en ambas
hubo de retroceder: sentóse sobre el césped y aulló tan
lastimosamente como si sus alaridos tuviesen algo de humano, como
si con ellos quisiera recordarme cuánto me había amado, y
reconvenirme porque lo abandonaba en su vejez.
A la hora y media me desmontaba a la portada de una especie de
huerto, aislado en la llanura y cercado de palenque, que era el
cementerio de la aldea. Braulio, recibiendo el caballo y
participando de la emoción que descubría en mi rostro, empujó una
hoja de la puerta y no dio un paso más. Atravesé por en medio de
las malezas y de las cruces de leño y de guadua que se levantaban
sobre ellas. El Sol al ponerse cruzaba el ramaje enmarañado de la
selva vecina con algunos rayos, que amarilleaban sobre los
zarzales y en los follajes de los árboles que sombreaban las
tumbas. Al dar la vuelta a un grupo de corpulentos tamarindos quedé
enfrente de un pedestal blanco y manchado por las lluvias, sobre el
cual se elevaba una cruz de hierro: acerquéme. En una plancha negra
que las adormideras medio ocultaban ya, empecé a leer:
"María"...
A aquel monólogo terrible del alma ante la muerte, del alma que
la interroga, que la maldice... que le ruega, que la llama...
demasiado elocuente respuesta dio esa tumba fría y sorda, que mis
brazos oprimían y mis lágrimas bañaban.
El ruido de unos pasos sobre la hojarasca me hizo levantar al
frente del pedestal: Braulio se acercó a mí, y entregándome una
corona de rosas y azucenas, obsequio de las hijas de José,
permaneció en el mismo sitio como para indicarme que era hora de
partir.
Púseme en pie para colgarla de la cruz, y volví a abrazarme a
los pies de ella para dar a María y a su sepulcro un último
adiós...
Había ya montado, y Braulio estrechaba entre sus manos una de
las mías, cuando el revuelo de un ave que al pasar sobre nuestras
cabezas dio un graznido siniestro y conocido para mí, interrumpió
nuestra despedida: la vi volar hacia la cruz de hierro, y posada ya
en uno de sus brazos, aleteó repitiendo su espantoso canto.
Estremecido, partí a galope por en medio de la pampa solitaria,
cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche.