XLVII
Mi padre había resuelto ir a la ciudad antes de mi partida,
tanto porque los negocios lo exigían urgentemente, como para
tomarse tiempo allá para arreglar mi viaje.
El catorce de enero, víspera del día en que debía dejarnos, a
las siete de la noche y después de haber trabajado juntos algunas
horas, hice llevar a su cuarto una parte de mi equipaje que debía
seguir con el suyo. Mi madre acomodaba los baúles arrodillada sobre
una alfombra, y Emma y María le ayudaban. Ya no quedaban por
acomodar sino vestidos míos: María tomó algunas piezas de éstos que
estaban en los asientos inmediatos, y al reconocerlas preguntó:
-¿Esto también?
Mi madre se las recibió sin responder, y se llevó algunas veces
el pañuelo a los ojos mientras las iba colocando.
Salí, y al regresar con algunos papeles que debían ponerse en
los baúles, encontré a María recostada en la baranda del
corredor.
-¿Qué es? -le dije-. ¿Por qué lloras?
-Si no lloro...
-Recuerda lo que me tienes prometido.
-Sí, ya sé: tener valor para todo esto. Si fuera posible que me
dieras parte del tuyo... Pero yo no he prometido a mamá ni a ti no
llorar. Si tu semblante no estuviese diciendo más de lo que estas
lágrimas dicen, yo las ocultaría... pero después, ¿quién las
sabrá...?
Enjugué con mi pañuelo las que le rodaban por las mejillas,
diciéndole:
-Espérame, que vuelvo.
-¿Aquí?
-Sí.
Estaba en el mismo sitio. Me recliné a su lado en la
baranda.
-Mira -me dijo mostrándome el valle tenebroso-: mira cómo se han
entristecido las noches; cuando vuelvan las de agosto, ¿dónde
estarás ya?
Después de unos momentos de silencio, agregó:
-Si no hubieras venido, si como papá pensó, no hubieses vuelto
antes de seguir para Europa...
-¿Habría sido mejor?
-¿Mejor?... ¿Mejor?... ¿Lo has creído alguna vez?
-Bien sabes que no he podido creerlo.
-Yo sí, cuando papá dijo eso que le oí de la enfermedad que
tuve; ¿y tú nunca?
-Nunca.
-¿Y en aquellos diez días?
-Te amaba como ahora: pero lo que el médico y mi padre...
-Sí; mamá me lo ha dicho. ¿Cómo podré pagarte?
-Ya has hecho lo que yo podía exigirte en recompensa.
-¿Algo que valga tanto así?
-Amarme como te amé entonces, como te amo hoy; amarme mucho.
-¡Ay!, sí. Pero aunque sea una ingratitud, eso no ha sido por
pagarte lo que hiciste.
Y apoyó por unos instantes la frente sobre su mano enlazada con
la mía.
-Antes -continuó, levantando lentamente la cabeza- me habría
muerto de vergüenza al hablarte así... Tal vez no hago bien...
-¿Mal, María? ¿No eres, pues, casi mi esposa?
-Es que no puedo acostumbrarme a esa idea; tanto tiempo me
pareció un imposible...
-¿Pero hoy? ¿Aún hoy?
-No puedo imaginarme cómo serás tú y cómo seré yo
entonces...
-¿Qué buscas? -preguntóme sintiendo que mis manos registraban
las suyas.
-Esto -le respondí, sacándole del dedo anular de la mano
izquierda una sortija en la cual estaban grabadas las dos
iniciales de los nombres de sus padres.
-¿Para usarla tú? Como no usas sortijas, no te la había
ofrecido.
-Te la devolveré el día de nuestras bodas: reemplázala mientras
tanto con ésta; es la que mi madre me dio cuando me fui para el
colegio: por dentro del aro están tu nombre y el mío. A mí no me
viene; a ti sí, ¿no?
-Bueno, pero ésta no te la devolveré nunca. Recuerdo que en los
días de irte se te cayó en el arroyo del huerto: yo me descalcé
para buscártela y como me mojé mucho, mamá se enojó.
Algo oscuro como la cabellera de María y veloz como el
pensamiento cruzó por delante de nuestros ojos. María dio un grito
ahogado, y cubriéndose el rostro con las manos, exclamó
horrorizada:
-¡El ave negra!
Temblorosa se asió de uno de mis brazos. Un escalofrío de pavor
me recorrió el cuerpo. El zumbido metálico de las alas del ave
ominosa no se oía ya. María estaba inmóvil. Mi madre, que salía del
escritorio con una luz, se acercó alarmada por el grito que acababa
de oírle a María: ésta estaba lívida.
-¿Qué es? -preguntó mi madre.
-Esa ave que vimos en el cuarto de Efraín.
La luz tembló en la mano de mi madre, quien dijo:
-Pero niña, ¿cómo te asustas así?
-Usted no sabe... Pero yo no tengo ya nada. Vámonos de aquí
-añadió llamándome con la mirada, ya más serena. La campanilla del
comedor sonó y nos dirigíamos allá cuando María se acercó a mi
madre para decirle:
-No le vaya a contar mi susto a papá, porque se reirá de mí.
XLVIII
A las siete de la mañana siguiente ya había salido de casa el
equipaje de mi padre, y él y yo tomábamos el café en traje de
camino. Debía acompañarlo hasta cerca de la hacienda de los señores
de M..., de los cuales iba a despedirme, lo mismo que de otros
vecinos. La familia estaba toda en el corredor cuando acercaron los
caballos para que montáramos. Emma y María salieron de mi cuarto en
aquel momento, lo cual me llamó la atención. Mi padre, después de
besar en una de las mejillas a mi madre, les besó la frente a
María, a Emma y a cada uno de los niños hasta llegar a Juan, quien
le recordó el encargo que le había hecho de un galapaguito con
pistoleras, para ensillar un potro guaucho, que era su diversión en
aquellos días.
Detúvose de nuevo mi padre delante de María, antes de bajar la
escalera, y le dijo en voz baja, poniéndole una mano sobre la
cabeza y tratando inútilmente de conseguir que lo mirara.
-Es convenido que estarás muy guapa y muy juiciosa; ¿no es
verdad, mi señora?
María le significó una respuesta afirmativa, y de sus ojos que
velaba el pudor, intentaron deslizarse lágrimas que ella enjugó
precipitadamente.
Me despedí hasta la tarde, y estando cerca de María mientras
montaba mi padre, ella me dijo de modo que ninguno otro la
oyera:
-Ni un minuto después de las cinco.
De la familia de don Jerónimo, solamente Carlos estaba en la
hacienda; me recibió lleno de placer, y tratando de obtener de mí,
desde el punto en que me abrazó, que pasara todo el día con él.
Visitamos el ingenio, costosamente montado, aunque con poco
gusto y arte; recorrimos el huerto, hermosa obra de los
antepasados de la familia, y fuimos por último al pesebre,
adornado con media docena de valiosos caballos.
Fumábamos de sobremesa, después del almuerzo, cuando Carlos me
dijo:
-Por lo visto, me será imposible verte antes de que nos digamos
adiós, con tu cara alegre de estudiante, con aquella que ponías
para atormentarme al contarte algún capricho desesperador de
Matilde. Pero al cabo, si estás triste porque te vas, eso
significa que estarías contento si te quedaras... ¡Diablo de
viaje!
-No seas malagradecido -le respondí-; desde que yo regrese
tendrás médico de balde.
-Cierto, hombre. ¿Crees que no lo había previsto? Estudia mucho
para volver pronto. Si mientras tanto no me mata un tabardillo
atrapado en estos llanos, es posible que me encuentres hidrópico.
Estoy aburriéndome atrozmente. Todo el mundo quiso aquí que fuera a
pasar la nochebuena en Buga; y para quedarme tuve que fingir que me
había dislocado un tobillo, a riesgo de que tal conducta me
despopularice entre la numerosa turba de mis primas. Al fin tendré
que pretextar algún negocio en Bogotá, aunque sea a traer soches y
ruanas como Emigdio... a traer cualquier cosa.
-¿Como una mujer? -le interrumpí.
-¡Toma! ¿Te imaginas que no he pensado en eso? ¡Mil veces! Todas
las noches hago cien proyectos. Figúrate: tirado boca arriba en un
catre desde las seis de la tarde, aguardando a que vengan los
negros a rezar, a que me llamen después a tomar chocolate, y
oyendo luego conchabar desenraíces, despajes y siembras de caña...
A la madrugada de todos los días, el primer olor de bagazal que me
llega a las narices deshace todos mis castillos.
-Pero leerás.
-¿Qué leo? ¿Con quién hablo de lo que lea? ¿Con ese cotudo de
mayordomo que bosteza desde las cinco?
-Saco en limpio que necesitas urgentemente casarte; que has
vuelto a pensar en Matilde y que proyectas traerla aquí.
-Al pie de la letra; eso ha sucedido así. Después que me
convencí de que había cometido un dislate intentando casarme con
tu prima (Dios y ella me lo perdonen), vino la tentación que dices.
Pero, ¿sabes lo que suele sucederme? Después de costarme tanto
trabajo como resolver uno de aquellos problemas de Barcho,
imaginarme bien que Matilde es ya mi mujer y que está en casa,
suelto la carcajada al suponerme qué sería de la infeliz.
-Pero, ¿por qué?
-Hombre, Matilde es de Bogotá como la pila de San Carlos, como
la estatua de Bolívar, como el portero Escamilla: tendría que
echárseme a perder en la trasplanta. ¿Y qué podría yo hacer para
evitarlo?
-Pues hacerte amar de ella siempre; proporcionarle todos los
refinamientos y recreaciones posibles... en fin, tú eres rico, y
ella te sería un estímulo para el trabajo. Además, estas llanuras,
estos bosques, estos ríos, ¿son por ventura cosas que ella ha
visto? ¿Son para verse y no amarse?
-Ya me vienes con poesías. ¿Y mi padre y sus campesinadas? ¿Y
mis tías con sus humos y gazmoñerías? ¿Y esta soledad? ¿Y el
calor?... ¿Y el demonio?...
-Aguárdate -le interrumpí riéndome-; no lo tomes tan a
pechos.
-No hablemos más de eso. Apúrate mucho para que vuelvas pronto a
curarme. Cuando regreses, te casarás con la señorita María, ¿no es
así?
-Dios mediante...
-¿Quieres que yo sea tu padrino?
-De mil amores.
-Mil gracias. Es, pues, cosa convenida.
-Haz que traigan mi caballo -le dije después de un rato de
silencio.
-¿Te vas ya?
-Lo siento; pero en casa me esperan temprano: ya ves que está
muy próximo el viaje... y tengo que despedirme hoy de Emigdio y de
mi compadre Custodio, que no están muy cerca.
-¿Te vas el treinta precisamente?
-Sí.
-Te quedan sólo quince días; no debo detenerte. Al fin te has
reído de algo, aunque haya sido de mi tedio.
Ni Carlos ni yo pudimos ocultar el pesar que nos causaba aquella
despedida.
Vadeaba el Amaimito a tiempo que oí se me llamaba, y divisé a mi
compadre Custodio saliendo de un bosque inmediato. Cabalgaba en un
potrón melado, de rienda todavía, sobre una silla de gran cabeza:
llevaba camisa de listado azul, los calzones arremangados hasta la
rodilla y el capisayo atravesado a lo largo sobre los muslos.
Seguíale, montado en una yegua bebeca agobiada por los años y por
cuatro racimos de plátanos, un muchacho idiota, el mismo que
desempeñaba en la chagra funciones combinadas de porquero,
pajarero y hortelano.
-Dios me lo guarde, compadrito -me dijo el viejo cuando estuvo
cerca-. Si no me empecino a gritarlo, se me escabulle.
-A su casa iba, compadre.
-No me lo diga. Y yo que por poco no salgo de estos
montarrones, dándome forma de topar esa maneta indina que ya se
volvió a horrar: pero en el trapiche me las ha de pagar todas
juntas. Si no acierto a pasar por el llanito de la puerta y a ver
los gualas, hasta ahora estaría haraganeando en su busca. Me fui
de jilo, y dicho y hecho: medio comido ya el muleto, y tan
bizarrote que parecía de dos meses. Ni el cuero se pudo sacar, que
con otro me había servido para hacer unos zamarros, que los que
tengo están de la vista de los perros.
-No se le dé nada, compadre, que muletos le han de sobrar y años
para verlos de recua. Vámonos, pues.
-Nada, señor -dijo mi compadre empezando a andar y
precediéndome-; si es cansera; el tiempo está de lo pésimo. Hágase
cargo: la miel a real; la rapadura, no se diga; la azucarita que
sale blanca, a peso; los quesos, de balde; y los puercos tragándose
todo el maíz de la cosecha, y como si se botara al río. Los
balances de su comadre, aunque la pobre es un ringlete, no dan ni
para velas; no hay cochada de jabón que pague lo que se gasta; y
esos garosos de guardas, tras del sacatín que se las pelan... Qué
le cuento: le compré al amo don Jerónimo el rastrojo aquel del
gaudualito; pero ¡qué hombre tan tirano! ¡Cuatrocientos patacones y
diez ternerotes de aparta me sacó!
-¿Y de dónde salieron los cuatrocientos? ¿Del jabón?
-¡Ah! Usté para temático, compadre. Si rompimos hasta la
alcancía de Salomé para poder pagarle.
-¿Y Salomé sigue tan trabajadora como antes?
-Y si no, ¿dónde le diera el agua? Labra tiras de lomillo que es
lo que hay que ver, y ayuda en todo: al fin hija de su mamá. Pero
si le digo que esa muchacha me tiene zurumbático, no le miento.
-¿Salomé? Ella tan formalita, tan recatada...
-Ella, compadre; así tan pacatica como la ve.
-¿Qué sucede?
-Usté es caballero de veras y mi amigo, y se lo voy a contar, en
vez de írselo a decir al señor cura de la Parroquia, que yo creo
que de puro santo no tiene ni malicia y se le pasea el alma por el
cuerpo. Pero aguárdese y paso yo primero este zanjón, porque para
no embarrarse en él, se necesita baquía.
Y volviéndose al bobo, que venía durmiéndose entre los
plátanos:
-Ve el camino, tembo, porque si se atolla la yegua, con gusto
pierdo los guangos por dejarte ahí.
El cotudo rió estúpidamente y dio por respuesta algunos
rezongones inarticulados. Mi compadre continuó:
-¿Usté si conoce a Tiburcio, el mulatico que crió el difunto
Murcia?
-¿No es el que se quería casar con Salomé?
-Allá llegaremos.
-No sé quién lo crió. Pero vaya si lo conozco: lo he visto en
casa de usted y en la de José, y aun hemos cazado algunas veces
juntos: es un guapo mozo.
-Ahí donde lo ve, no le faltan ocho buenas vacas, su punta de
puercos, su estancita y dos buenas yeguas de silla. Porque ñor
Murcia, aunque vivía renegando que daba miedo, era un buen hombre,
y le dejó todo eso al muchacho. El es hijo de una mulata que le
costó al viejo una rebotación de tiricia que por poco se lo lleva,
pues a los cuatro meses de haber comprao la zamba en Quilichao, se
le murió; y yo supe el cuento, porque entonces me gustaba jornalear
algunas veces en la chagra de ñor Murcia.
-¿Y qué hay de Tiburcio?
-Allá voy. Pues señor, va para ocho meses que empecé a notar que
al muchacho no le faltaban historias para venir a vernos; pero
pronto le cogí la mácula, y conocí que lo que buscaba era ocasión
de ver a Salomé. Un día se lo dije por lo claro a Candelaria, y
ella me salió con la repostada de que tal vez me había caído nube
en los ojos y que el cuento era rancio. Me puse en atisba un sábado
en la tardecita, porque Tiburcio no faltaba los sábados a esa hora,
y cate usté que vi a la muchacha salirle al encuentro apenas lo
sintió, y no me quedó pizca de duda... Eso sí, nada vi que no fuera
legítimo. Pasaron días, y Tiburcio no abría la boca para hablar de
casamiento; pero yo pensaba: cateando que estará a Salomé, y bien
guanábano será si no se casa con ella, pues no es ninguna mechosa,
y tan mujer de su casa no hay riesgo de que la halle. Cuando de
golpe dejó de venir Tiburcio, sin que Candelaria pudiera sacarle a
la muchacha el motivo; y como a mí me tiene Salomé el respeto que
debe, menos pude averiguarle; y desde antes de nochebuena Tiburcio
no se asoma allá. ¿Si será usté amigo del niño Justiniano, hermano
de don Carlitos?
-No lo veo desde que éramos chicos.
-Pues quítele las patillas que ha echado don Carlos, y ahí lo
tiene individual. Pero ojalá fuera como el hermano; es el mismo
patas; pero bonito mozo, para qué es negarlo. Yo no sé ónde vio él
a Salomé: tal vez sería agora que estuve empeñao sobre hacer el
cambalache con su padre, porque el niño ese vino a herrar los
terneros, y desde el mesmo día no me deja comer un plátano a
gusto.
-Eso no está bueno.
-Yo, que se lo cuento con riesgo de que su comadre, si lo sabe,
me diga un día, que esté lunática, que soy un garlero, sé lo que
hago. Pero no hay mal que no tenga su cura: he estado dando y
cavando hasta dar en el toque.
-A ver, compadre; pero dígame antes (y dispense si hay
indiscreción en preguntárselo), ¿qué cara le hace Salomé a
Justiniano?
-Déjeme, señor; si eso es lo que me tiene día y noche como si
durmiera yo sobre pringamoza... Compadre, la muchacha está
picada... Por no matarla... Y la pela que le doy si se me mete el
mandinga... Lo quiere, niño; por eso le cuento a usté todo para que
me saque con bien.
-¿Y en qué ha conocido usted que está enamorada Salomé?
-¡Válgame! No habré visto yo cómo le bailan los ojos cuando ve
al blanquito y que toda ella se pone como azogada, si le pasa agua
o candela, porque parece que él vive con sequía, y que fumar es lo
único que tiene que hacer; pues por candela y agua arrima a casa
arreo arreo; y no hace falta los domingos en la tarde en casa de la
vieja Dominga ¿no la conoce?
-No.
-Pues estoy por decirle que es de las que usan polvos; y ya no
hay quién le quite de la cabeza a Candelaria que esa murciélaga fue
la que le ojeó el mico aquel tan sabido y que tanto lo divertía a
usté; porque el animalito boqueó sobándose la barriga y dando
quejidos como un cristiano.
-Algún alacrán que se habrá comido, compadre.
-¡Deónde! Si trabajo costaba para que probara comida fría:
convénzase que la bruja le hizo maleficio; pero no era allá donde
yo iba. Enanticos que fui a buscar la yegua me encontré a la vieja
en el guayabal, que iba para casa, y como ando orejero, todo fue
verla y me le aboqué por delante para decirle: "Vea, ña Dominga,
devuélvase, porque allá tienen las gentes oficio en lugar de estar
en conversas. Van dos viajes con éste que le he dicho que me choca
verla en casa". Toda ella se puso a temblar, y yo que la vi
asustada, pensé al golpe: este retobo no anda en cosa buena. Salió
con éstas y las otras; pero la dejé como en misa cuando le dije:
"Mire que yo soy malicioso, y si la cojo a usté en la que anda, yo
la desuello a rejo, y si no lo hago, que me quiten el nombre".
La exaltación de mi compadre había llegado al colmo.
Santiguándose continuó:
-¡Jesús, creo en Dios Padre! Esa cangalla es capaz de hacerme
perder, un día que se me revista la ira mala. Es buen hacer,
blanco: tener un hombre de bien su hija que tantas pesadumbres le
ha costao, y que no ha de faltar quien quiera hacerlo abochornar a
uno de lo más querido.
Mi irascible compadre estaba próximo a un acceso de
enternecimiento, y yo, a quien no habían parecido salvas y
repiques sus últimas palabras, me apresuré a decirle:
-Veamos el remedio que usted ha encontrado para el mal, porque
ya voy creyendo que es cosa grave.
-Pues ory verá: su mamá le propuso el otro día a mi mujer que le
mandara a Salomé por una semanas para que la muchacha aprendiera a
coser en fino, que es todo lo que Candelaria desea. Entonces no se
pudo... Yo no lo conocía a usté como agora.
-¡Compadre!
-Por la verdá murió Cristo. Ya el caso es diferente: quiero que
su mamá me tenga allá unos meses a la muchacha, que por ahí no ha
de ir a buscarla ese enemigo malo: Salomé se ajuiciará y será lo
mismo que decirle al que quiera alborotármela que se vaya a la
punta de un cuerno. ¿Le parece?
-Por supuesto. Hoy mismo le hablaré a mi madre; y ella y las
muchachas se pondrán muy contentas. Yo le prometo que todo se
allanará.
-Dios se lo pague, compadre. Entonces yo me daré formas de que
usté hable hoy un rato solo con Salomé, como quien no quiere la
cosa: le propone que vaya a su casa y le dice que su mamá le está
esperando. Usté me cuenta luego lo que le saque, y así nos saldrá
todo derecho como surco. Pero si la muchacha se encapricha, sí le
juro que un día de estos la encajo en uno de mis mochos, y al
beaterio de Cali va a dar, que ahí no se me le ha de asentar una
mosca, y si no sale casada, rezando y aprendiendo a leer en libro
la tengo hasta que San Juan agache el dedo.
Pasábamos por el rastrojo recién comprado por Custodio y éste me
dijo:
-¿No ve qué primor de tierra y cómo está el espino de mono, que
es la mejor señal del buen terreno? Lo único que lo daña es la
falta de agua.
-Compadre -le respondí-, si ya puede usted ponerle toda la que
quiera.
-No embrome; entonces no lo vendo ni por el doble.
-Mi padre consiente en que usted tome tanta cuanta necesite de
los potreros de abajo: yo le hice ver lo que usted me recomendó; y
él extrañó que no le hubiese pedido antes el permiso.
-Pero qué memoria la suya, compadrito: mire que aguardar a las
últimas para avisármelo... Dígamele al patrón que se lo agradezco
en mi alma; que ya sabe que no soy ningún ingrato, y que aquí me
tiene con cuanto tengo para que mande. Candelaria va a estar de
pascuas: agua a mano para la huerta, para el sacatín, para la
manguita... Supóngase que la que pasa por la casa es un hilito, y
eso revuelta por los puercos de mi compañero Rudecindo, que lo que
es hozar y dañarme las quinchas, no vagan; de forma que para cuanto
limpio hay que hacer en casa, tienen que empuntar al mudo con la
yegua cargada de calabazos al Amaimito porque para tomar el agua de
la Honda, mejor es tragar lejía, de la pura caparrosa que
tiene.
-Es cobre, compadre.
-Eso será.
La noticia del permiso que le concedía mi padre para tomar el
agua refrescó al chagrero hasta el punto de hacer que el potrón en
que iba luciera la trastraba en que decía el picador lo estaba
metiendo.
-¿De quien es ese potro?, no tiene el fierro de usted.
-¿Le gusta? Es del abuelo Somera.
-¿Cuánto vale?
-Pues para no andar con vueltas ni regodeos, le confesaré que
don Emigdio no quiso cuatro medallas; y éste es un ranga delante
del rucio-negro mío, que ya lo tengo de freno, y manotea al paso
llano, y saca la cola que es un gusto: ¡así me costó amansarlo,
para una semana entera me baldó este brazo, porque no hay otro que
le gane en lo canónigo; y un remache en el dos y dos... Engordando
lo tengo, pues tras la última tambarria que le di quedó en la
espina.
Llegamos a la casa de Custodio, y él taloneó el potro para darse
trazas de abrir la puerta del patio. Apenas dio ésta tras de
nosotros el último quejido y un golpe que hizo estremecer al
caballete pajizo, me aconsejó mi compadre:
-Andele vivo y con tiento a Salomé a ver qué le saca.
-Pierda cuidado -le respondí haciendo llegar al corredor mi
caballo, al cual espantaba la ropa blanca colgada por allí.
Cuando traté de apearme ya le había tapado mi compadre la cabeza
al potro con el capisayo, y estaba teniéndome el estribo y la
brida. Después de amarrar las cabalgaduras entró gritando:
-¡Candelaria! ¡Salomé!
Sólo los bimbos contestaban.
-Pero ni los perros -continuó mi compadre- como si a todos se
los hubiera tragado la tierra.
-Allá voy -respondió desde la cocina mi comadre.
-¡Hu turutas!, si es que aquí está tu compadre Efraín.
-Aguárdeme una nada, compadrito, que es porque estamos bajando
una raspadura y se nos quema.
-¿Y Fermín dónde se ha metido? -preguntó Custodio.
-Se fue con los perros a buscar el puerco cimarrón -respondió la
voz melodiosa de Salomé.
Esta se asomó de pronto a la puerta de la cocina, mientras mi
compadre se empeñaba en ayudarme a quitar los zamarros.
Era pajiza la casita de la chagra y de suelo apisonado, pero muy
limpia y recién enjalbegada: así rodeada de cafetos, anones,
papayuelos y otros árboles frutales, no faltaba a la vivienda sino
lo que iba a tener en adelante, esperanza que tan favorablemente
había mejorado el humor de su dueño: agua corriente y cristalina.
La salita tenía por adorno algunos taburetes forrados de cuero
crudo, un escaño, una mesita cubierta por entonces con almidón
sobre lienzos, y el aparador, donde lucían platos y escudillas de
varios tamaños y colores.
Cubría una alta cortina de zaraza rosada la puerta que conducía
a las alcobas, y sobre la cornisa de ésta descansaba una
deteriorada imagen de la Virgen del Rosario, completando el
altarcito dos pequeñas estatuas de San José y San Antonio,
colocadas a uno y otro lado de la lámina.
Salió a poco de la cocina mi rolliza y reidora
|
comadre,
sofocada con el calor del fogón y empuñando en la mano derecha una
cagüinga31. Después de darme mil quejas por mi inconstancia,
terminó por decirme:
-Salomé y yo lo estábamos esperando a comer.
-¿Y eso?
-Aquí llegó Juan Angel por unos reales de huevos, y la señora me
mandó decir que usted venía hoy. Yo mandé llamar a Salomé al río,
porque estaba lavando, y preguntóle lo que le dije, que no me
dejará mentir: "Si mi compadre no viene hoy a comer aquí, lo voy a
poner de vuelta y media".
-Todo lo cual significa que me tienen preparada una boda.
-No lo habré visto yo comer con gana un sancocho hecho de mi
mano; lo malo es que todavía se tarda.
-Mejor, porque así tendré tiempo de ir a bañarme. A ver, Salomé
-dije parándome a la puerta de la cocina, a tiempo que mis
compadres se entraban a la sala conversando bajo-: ¿qué me tienes
tú?
-Jalea y esto que le estoy haciendo -me respondió sin dejar de
moler-. Si supiera que lo he estado esperando como el pan
bendito...
-Eso será porque me tienes muchas cosas buenas.
-¡Una porcia! Aguárdeme una nadita mientras me lavo, para darle
la mano, aunque será ñanga, porque como ya no es mi amigo...
Esto decía, sin mirarme de lleno, y entre alegre y vergonzosa,
pero dejándome ver, al sonreír su boca de medio lado, aquellos
dientes de blancura inverosímil, compañeros inseparables de húmedos
y amorosos labios: sus mejillas mostraban aquel sonrosado que en
las mestizas de cierta tez escapa por su belleza a toda
comparación. Al ir y venir de los desnudos y mórbidos brazos sobre
la piedra en que apoyaba la cintura, mostraba ésta toda su
flexibilidad, le temblaba la suelta cabellera sobre los hombros, y
se estiraban los pliegues de su camisa blanca y bordada.
Sacudiendo la cabeza echada hacia atrás para volver a la espalda
los cabellos, se puso a lavarse las manos, y acabándoselas de secar
sobre los cuadriles, me dijo:
-Como que le gusta ver moler. Si supiera -continuó más paso- lo
molida que me tienen. ¿No le digo que lo he estado esperando?
Colocada de manera que de afuera no podían verla, continuó
dándome la mano:
-Si usté no se hubiera estado un mes sin venir, me habría hecho
un bien. Vea a ver si mi taita está por ahí.
-Ninguno está. ¿No puedo hacerte el mismo bien ahora?
-¡Ya quién sabe!
-Pero di a ver. ¿No estás persuadida de que lo haré de mil
amores?
-Si le dijera que no, sería una mentirosa, porque desde que tomó
tanto empeño para que ese señor inglés viniera a verme cuando me
dio el tabardillo y muchísimo interés porque yo me alentara, me
convencí de que sí me tenía cariño.
-Me alegro de que lo conozcas.
-Pero es que lo que yo tengo que contarle es tantísimo, que así
de pronto no se puede, y antes un milagro es que ya no esté mi mamá
aquí... Escuche que ahí viene.
-No faltará ocasión.
-¡Ay señor!, y yo no me conformo con que se vaya hoy sin
decírselo todo.
-Conque, ¿va a bañarse, compadrito? -dijo entrando Candelaria-.
Entonces voy a traerle una sábana bien olorosa y orita mismo se va
con Salomé y su ahijado; antes ellos traen un viaje de agua, y ésta
lava unos coladores, que con el viaje del mudo por los plátanos y
lo que ha habido que hacer para usté y para mandar a la Parroquia,
no ha quedado sino la de la tinaja.
Al oír la propuesta de la buena mujer, me persuadí de que ella
había entrado de lleno en el plan de su marido, y Salomé me hizo al
descuido una muequecita expresiva, de modo que con labios y ojos me
significó a un mismo tiempo: "ahora sí".
Salí de la cocina y paseándome en la sala mientras se preparaba
lo necesario para el viaje al baño, pensaba que sobrada razón tenía
mi compadre en celar a su hija, pues a cualquiera menos malicioso
que él podía ocurrírsele que la cara de Salomé con sus lunares, y
aquel talle y andar, y aquel seno, parecían cosa más que cierta,
imaginada.
Interrumpió aquellas consideraciones Salomé, que parándose a la
puerta, con un sombrerito raspón medio puesto, dijo:
-¿Nos vamos?
Y dándome a oler la sábana que llevaba colgada de un hombro,
añadió:
-¿Qué olor tiene?
-El tuyo.
-A malvas, señor.
-Pues a malvas.
-Porque yo tengo siempre siempre muchas en mi baúl. Camine y no
vaya a creer que es lejos: lo vamos a llevar por debajo del
cacaotal; al salir del otro lado, no hay que andar sino un
pedacito, y ya estamos allá.
Fermín, cargado con los calabazos y coladeras, nos precedía.
Este era mi ahijado; tenía yo trece años y él dos cuando le serví
de padrino de confirmación, debido ello al afecto que sus padres me
habían dispensado siempre.
XLIX
Salíamos del patio por detrás de la cocina cuando mi comadre nos
gritaba:
-No se vayan a demorar, que la comida está en estico.
Salomé quiso cerrar la puertecita de trancas por donde habíamos
entrado al cacaotal; pero yo me puse a hacerlo mientras ella me
decía:
-¿Qué hacemos con Fermín, que es tan cuentero?
-Tú lo verás.
-Yo sé: deje que estemos más allá, y yo lo engaño.
Cubríanos la densa sombra del cacaotal, que parecía no tener
límites. La belleza de los pies de Salomé, que la falda de pancho
azul dejaba visibles hasta arriba de los tobillos, resaltaba sobre
el sendero negro y la hojarasca seca. Mi ahijado iba tras de
nosotros arrojando cáscaras de mazorca y pepas de aguacate a los
cucaracheros cantores y a las nagüiblancas que gemían bajo los
follajes. Al llegar al pie de un cachimbo, se detuvo Salomé y dijo
a su hermano:
-¿Si irán las vacas a ensuciar el agua? Seguro, porque a esta
hora están en el bebedero de arriba. No hay más remedio que ir en
una carrera a espantarlas: corre, mi vida y ves que no se vayan a
comer el socobe que se me quedó olvidado en la horqueta del
chiminango. Pero cuidado con ir romper los trastos o a botar algo.
Ya estás allá.
Fermín no se dejó repetir la orden: bien es verdad que se le
había dado de la manera más dulce y comprometedora.
-¿Ya vido? -me preguntó Salomé acortando el paso y mirando hacia
las ramas con mal fingida distracción.
Se puso luego a mirarse los pies cual si contara sus lentos
pasos; y yo interrumpí el silencio que guardábamos diciéndole:
-A ver, qué es lo que hay y con qué te tienen molida.
-Pues ahí verá que me da no sé qué contarle.
-¿Por qué?
-Si es que se me hace hoy como muy triste y... ahora tan
serio.
-Es que te parece. Empieza, porque después no se ha de poder. Yo
también tengo algo muy bueno que contarte.
-¿Sí?, usté primero, pues.
-Por nada -le respondí.
-¿Conque así es la cosa? Pues oiga; pero prométame no decir
nadita de lo que...
-Por supuesto.
-Pues lo que sucede es que Tiburcio se ha vuelto un veleta y un
ingrato y que anda buscando majaderías para darme sentimientos;
ahora hace cosa de un mes que estamos de malas sin haberle dado yo
motivo.
-¿Ninguno? ¿Estás bien segura?
-Mire... se lo juro.
-¿Y cuál te ha dicho él que tiene para estar así después de
haberte querido tanto?
-¿Tiburcio? Lambido que es: él no me quiere a mí nada; al
principio no sabía yo porqué se ponía malmodoso cada rato, y
después caí en la cuenta de que todo era porque se figuraba que yo
le hacía buena cara al primero que veía. Dígame usté, ¿eso se puede
aguantar cuando una es honrada? Primero dio en creer una bobería y
usté anduvo en la danza.
-¿Yo también?
-¡Cuándo se iba a librar!
-¿Y qué creía?
-Para qué es decirle si ya se lo figurará: todo porque lo vio
venir unas veces a casa y porque yo le tengo cariño. ¿Cómo no se lo
había de tener, no?
-¿Y se convenció al fin de que pensaba un disparate?
-Así me costó de lágrimas y buenas palabras para traerlo a
razón.
-Créeme que siento haber sido causa de eso.
-No se le dé nada, porque si no hubiera sido con usté, no habría
faltado otro de quien echar malos juicios. Oiga, que no le he dicho
lo mejor. Mi taita le amansaba potros al niño Justiniano, y él
tuvo que venir a ver unos terneros que tenía en trato: en una de
las ocasiones en que el blanco vino, lo encontró aquí Tiburcio.
-¿Aquí?
-No se haga el bobo; en casa. Para castigo de mis pecados lo
volvió a encontrar otra vez.
-Creo que van dos, Salomé.
-Ojalá hubiera sido eso sólo: también lo encontró un domingo en
la tarde que vino a pedir agua.
-Son tres.
-Nada más, porque aunque ha venido otras veces, Tiburcio no lo
ha visto, pero a mí se me pone que se lo han contado.
-¿Y todo te parece nada en dos platos?
-¿Usté también da en lo mismo? ¡Y agora! ¿Yo tengo la culpa de
que ese blanco dé en venir? ¿Por qué mi taita no le dice que no
vuelva, si es que se puede?
-Es que hay cosas sencillas, difíciles de hacer.
-Ah, pues: eso mismo le digo yo a Tiburcio; pero todo tiene su
remedio, y de eso no me atrevo a hablarle.
-Que se case pronto contigo, ¿no es esto?
-Si tanto me quiere... Pero él ya cuando... y es capaz de creer
que yo soy alguna cualquiera.
Salomé tenía los ojos aguados, y después de dar unos pasos más,
se detuvo a enjugarse las lágrimas.
-No llores -le dije: yo estoy cierto de que no cree tal: todo
eso es obra de los celos y nada más; verás cómo se remedia.
-No lo piense; menos tibante había de ser. Porque le han dicho
que es hijo de caballero, ya nadie le da al tobillo en lo
fachendoso, y se figura que no hay más que él... ¡Caramba!, como
si yo fuera alguna negra bozal o alguna manumisa como él. Ahora
está metido donde las provincianas, y todo por hacerme patear,
porque mucho que lo conozco: bien que me alegraría de que ñor José
lo echara a la porra.
-Es necesario que no seas injusta. ¿Qué tiene de particular que
esté jornaleando en casa de José? Eso quiere decir que aprovecha el
tiempo; peor sería que pasara los días tunando.
-Mire que yo sé quién es Tiburcio. Menos enamorado había de
ser...
-Pero porque le parezcas bonita tú, en lo cual maldita la gracia
que hace, ¿han de parecerle también bonitas cuantas ve?
-Por eso.
Yo me reí de la respuesta, y ella torciendo los ojos, dijo:
-¡Velay! ¿Y eso que cosquillas le hace?
-Pero ¿no ves que estás haciendo lo mismo con Tiburcio,
exactamente lo mismo que lo que hace contigo?
-¡Válgame Dios! ¿Yo que hago?
-Pues estar celosa.
-¡Eso sí que no!
-¿No?
-¿Y si él lo ha querido? A mí nadie me quita de la cabeza que si
ñor José lo consintiera, ese veleidoso se casaría con Lucía, y a no
ser porque Tránsito es ajena ya, hasta con ambas, si lo
dejaran.
-Pues sábete que Lucía quiere desde que estaba chiquita a un
hermano de Braulio que pronto vendrá; y no te quepa duda, porque
Tránsito me lo ha contado.
Salomé se quedó pensativa. Llegábamos ya al fin del cacaotal, y
sentándose en un tronco, me dijo meciendo con los pies colgantes
una mata de buenastardes:
-Conque diga, ¿qué le parece bueno hacer?
-¿Me das permiso para referirle a Tiburcio lo que hemos
conversado?
-No, no. Por lo que usté más quiera, no lo vaya a hacer.
-Si solamente te pregunto si lo consientes.
-¿Todito?
-Las quejas sin los agravios.
-Si es que cada vez que me acuerdo de lo que se figura él de mí,
no sé ni lo que digo... Vea: se me pone que es mejor no contarle,
porque si ya no me quiere, después andará diciendo que me cansé de
llorar por él, y que lo quise contentar.
-Entonces, convéncete, Salomé, de que no hay modo de remediar
tus penas.
-¡Ah trabajo! -exclamó poniéndose a llorar.
-Vamos, no seas cobarde -le dije apartándole las manos de la
cara-: lágrimas de tus ojos valen mucho para que las derrames a
chorros.
-Si Tiburcio creyera eso, no me pasaría yo las noches llorando
hasta que me quedo dormida, de verlo tan ingrato y ver que por él
mi taita me ha cogido tema.
-¿Qué quieres apostar conmigo a que mañana en la tarde viene
Tiburcio a verte y a contentarte?
-¡Ay!, le confieso que no tendría con qué pagarle -me respondió
estrechándome la mano en las suyas, y acercándola a su mejilla-.
¿Me lo promete?
-Muy desgraciado y tonto debo ser si no lo consigo.
-Vea que le cojo la palabra. Pero por vida suya no vaya a
contarle a Tiburcio que hemos estado así tan solitos y... Porque
vuelve a dar en lo del otro día, y eso sí era echarlo todo a
perder. Ahora -añadió empezando a subir el cerco- voltéese para
allá y no me vea saltar, o saltemos juntos.
-Escrupulosa andas; no lo eras tanto.
-Si es que todos los días le cojo más vergüenza. Súbase
pues.
Mas como sucedió que Salomé, para caer al otro lado, encontró
dificultades que no encontré yo, quedóse sentada encima de la cerca
diciéndome:
-Miren al niño; diga algo. Pues ahora no he de bajar si no se
voltea.
-Déjame que te ayude; ve que se hace tarde y mi comadre...
-¿Acaso ella es como aquél?... Y asina, ¿cómo quiere que me
baje? ¿No ve que si me enredo?...
-Déjate de monadas y apóyate aquí -le dije presentándole mi
hombro.
-Haga fuerza, pues, porque yo peso como... una pluma -concluyó
saltando ágilmente-. Me voy a poner creidísima, porque conozco
muchas blancas que ya quisieran saltar así talanqueras.
-Eres una boquirrubia.
-¿Eso es lo mismo que piquicaliente? Porque entonces voy a
entromparme con usté.
-¿Vas a qué?
-¡Adiós!... ¿Y no entiende?, pues que voy a enojarme. ¿Qué
hiciera yo para saber cómo es usté cuando se pone bien bravo? Es
antojo que tengo.
-¿Y si después no podías contentarme?
-¡Ayayay! No habré visto yo que se le vuelve el corazón un yuyo
si me ve llorando.
-Pero eso será porque conozco que no lo haces por
coquetería.
-¿Que no lo hago qué? ¿Cómo es el cuento?
-Co-que-te-ría.
-Y eso ¿qué quiere decir? Dígame, que de veras no sé... sólo que
sea cosa mala... Entonces me la tiene muy guardadita, ¿ya
l'oye?
-¡Buen negocio!, mientras tú la desperdicias.
-A ver, a ver: di'aquí no paso si no dice.
-Me iré solo -le respondí dando unos pasos.
-¡Jesús!, era yo capaz hasta de revolverle l'agua. ¿Y con qué
sábana se secaba?... Nada, dígame qué es lo que yo desperdicio. Ya
se me va poniendo qué es.
-Di.
-Será... ¿será amor?
-Lo mismo.
-¿Y qué remedio? ¿Porque quiero a ese creído? Si fuera blanca,
pero bien blanca; rica pero bien rica... sí que lo querría a usté;
¿no?
-¿Te parece así? ¿Y qué hacíamos con Tiburcio?
-¿Con Tiburcio? Por amigo de tenderle l'ala a todas, lo
poníamos de mayordomo y lo teníamos aquí -dijo cerrando la
mano.
-No me convendría el plan.
-¿Por qué? ¿No le gustaría que yo lo quisiera?
-No es eso, sino el destino que te agrada para Tiburcio.
Salomé rió con toda gana.
Habíamos llegado al riecito, y ella después de poner la sábana
sobre el césped que debía servirme de asiento en la sombra, se
arrodilló en una piedra y se puso a lavarse la cara. Luego que
acabó, iba a desatarse de la cintura un pañuelo para secarse, y le
presenté la sábana diciéndole:
-Eso te hará mal si no te bañas.
-Casi... casi que vuelvo a bañarme; y que está l'agua tan
tibiecita; pero usté refrésquese un rato; y ora que venga Fermín,
mientras usté acaba, doy una zambullida yo en el charco de
abajo.
En pie ya, se quedó mirándome, y sonreía maliciosa mientras se
pasaba las manos húmedas por los cabellos. Al fin me dijo:
-¿Me creerá que yo me he soñado que era cierto todo lo que le
venía diciendo?
-¿Que Tiburcio no te quería ya?
-¡Malaya!, que yo era blanca... Cuando desperté, me entró una
pesadumbre tan grande, al otro día era domingo y en la parroquia no
pensé sino en el sueño mientras duró la misa: sentada lavando ahí
donde usté está, cavilé toda la semana con eso mismo y...
Interrumpieron las inocentes confidencias de Salomé los gritos
de "¡chino, chino!", que hacia el lado del cacaotal daba mi
compadre llamando a los cerdos. Salomé se asustó un poco, y mirando
en torno, dijo:
-Y este Fermín que se ha vuelto humo... Báñese pronto, pues, que
yo voy a buscarlo río arriba, no sea que se largue sin
esperarnos.
-Espéralo aquí, que él vendrá a buscarte. Todo eso es porque has
oído a mi compadre. ¿Te figuras que a él no le gusta que
conversemos los dos?
-Que conversemos sí, pero... según.
Saltando con suma agilidad sobre las grandes piedras de la
orilla, desapareció tras de los carboneros frondosos.
Los gritos del compadre seguían y me hicieron pensar que la
confianza de él en mí tenía sus límites. Sin duda nos había seguido
de lejos por entre el cacaotal, y solamente al perdernos de vista
se había resuelto a llamar la piara. Custodio ignoraba que su
recomendación estaba ya diplomáticamente cumplida, y que a los mil
encantos de su hija, alma ninguna podía ser más ciega y sorda que
la mía.
Regresé a la casa al paso de Salomé y de Fermín, que iban
cargados con zumbos de calabaza: ella había hecho un rodete de su
pañuelo y colocado en la cabeza sobre él el rústico cántaro, que
sin ser sostenido por mano alguna, no impedía al donoso cuerpo de
la conductora ostentar toda su soltura y gracia de movimientos.
Luego que saltó Salomé como la vez primera, me dio las gracias
con un "Dios se lo pague" y su más chusca sonrisa, añadiendo:
-En pago de esto, estuve echando del lado de arriba mientras se
bañaba, guabitas, flores de carbonero y venturosas; ¿no las
vio?
-Sí, pero creí que alguna partida de monos estaría por ahí
arriba.
-Lo desentendido que es usté; y que en ainas me doy una caída
por subirme al guabo.
-¿Y eres tan boba que creas que no caí en la cuenta de que eras
tú quien echaba río abajo las flores?
-Como Juan Angel me ha contado que en la hacienda le echan rosas
a la pila cuando usté va a bañarse, yo eché al agua lo mejor que en
el monte había.
Durante la comida tuve ocasión de admirar, entre otras cosas, la
habilidad de Salomé y mi comadre para asar pintones y quesillos,
freír buñuelos, hacer pandebono y dar temple a la jalea. En las
idas y venidas de Salomé a la cocina, puse yo a mi compadre al
corriente de lo que en realidad quería la muchacha y de lo que yo
pensaba hacer para sacarlos a uno y otro de trabajos. No le cabía
al pobre el gusto en el cuerpo; y hasta algunas chanzas sobre la
buena voluntad con que me servía a la mesa, le dirigió a mi
compañera de paseo, que era mucho lograr después de su enojo con
ella.
Pasadas las horas de calor, a las cuatro de la tarde, era la
casa una revuelta arca de Noé: los patos empezaron a atravesar por
orden de familias la salita; las gallinas a amotinarse en el patio
y al pie del ciruelo, donde en horquetas de guayabo descansaba la
canoíta en que estaba comiendo maíz mi caballo; los pavos criollos
se pavoneaban inflados y devolviendo los gritos de dos loras
maiceras que llamaban a una Benita, que debía ser la cocinera y
los cerdos chillaban tratando de introducir las cabezas por entre
los travesaños de la puerta de golpe. A todo lo cual hay que añadir
los gritos de mi compadre al dar órdenes y los de su mujer
espantando los patos y llamando las gallinas. Fueron largas las
despedidas y las promesas que me hizo mi comadre de encomendarme
mucho al Milagroso de Buga para que me fuera bien en el viaje y
volviera pronto. Al despedirme de Salomé, me apretó mucho la mano,
y mirándome tal vez más afectuosamente, me dijo:
-Mire bien que con usté cuento. A mí no me diga adiós para su
viaje de porra... porque aunque sea arrastrándome, al camino he de
salir a verlo, si es que no llega de pasada. No me olvide... vea
que si no, yo no sé qué haga con mi taita.
Hacia el otro lado de una de las quebradas que entre las
quingueadas cintas de bosque bajan ruidosas el declivio, oí una
voz sonora de hombre que cantaba:
Al tiempo le pido tiempo
y el tiempo tiempo me da,
y el mismo tiempo me dice
que él me desengañará.
Salió del arbolado el cantor, y era Tiburcio, que con la ruana
colgada de un hombro y apoyado en el otro un bordón de cuya punta
pendía un pequeño lío, entretenía su camino contando por instinto
sus penas a la soledad. Calló y detúvose al divisarme, y después de
un risueño y respetuoso saludo me dijo luego que me acerqué:
-¡Caramba! que sube tarde y a escape... Cuando el Retinto
suda... ¿De dónde viene así sorbiéndose los vientos?
-De hacer unas visitas, y la última, para fortuna tuya, fue a
casa de Salomé.
-Y hacía marras que no iba.
-Mucho lo he sentido. Y ¿cuánto hace que no vas tú?
El mozo, con la cabeza agachada, se puso a despedazar con el
bordón una matita de lulo, y al cabo alzó a mirarme
respondiendo:
-Ella tiene la culpa. ¿Qué le ha contado?
-Que eres un ingrato y un celoso, y que se muere por ti: nada
más.
-¿Conque todo eso le dijo? Pero entonces le guardó lo mejor.
-¿Qué es lo que llamas mejor?
-Las fiestas que tiene con el niño Justiniano.
-Oyeme acá: ¿crees que yo pueda estar enamorado de Salomé?
-¿Cómo lo había de creer?
-Pues tan enamorada está Salomé de Justiniano como yo de ella.
Es necesario que estimes a la muchacha en lo que vale, que para tu
bien, es mucho. Tú la has ofendido con los celos, y con tal que
vayas a contentarla, ella te lo perdonará todo y te querrá más que
nunca.
Tiburcio se quedó meditabundo antes de responderme con cierto
acento y aire de tristeza:
-Mire, niño Efraín, yo la quiero tantísimo, que ella no se
figura las crujidas que me ha hecho pasar en este mes. Cuando uno
tiene su genio como a mí me lo dio Dios, todo se aguanta menos que
lo tengan a uno por cipote (perdonándome su mercé la mala palabra).
Yo, que le estoy diciendo que Salomé tiene la culpa, sé lo que le
digo.
-Lo que sí no sabes es que contándome hoy tus agravios se ha
desesperado y ha llorado hasta darme lástima.
-¿De veras?
-Y yo inferido que la causa de todo eres tú. Si la quieres como
dices, ¿por qué no te casas con ella? Una vez en tu casa, ¿quién
había de verla sin que tú lo consintieras?
-Yo le confieso que sí he pensado en casarme, pero no me
resolví: lo primero porque Salomé me tenía siempre malicioso, y el
dos que yo no sé si ñor Custodio me la querría dar.
-Pues de ella ya sabes lo que te he dicho; y en cuanto a mi
compadre, yo te respondo. Es necesario que obres racionalmente, y
que en prueba de que me crees, esta tarde misma vayas a casa de
Salomé, y sin darte por entendido de tales sentimientos, le hagas
una visita.
-¡Caray con su afán! ¿Conque me responde de todo?
-Sé que Salomé es la muchacha más honesta, bonita y hacendosa
que puedes encontrar, y en cuanto a los compadres, yo sé que te la
darán gustosísimos.
-Pues ahí verá que me estoy animando a ir.
-Si lo dejas para luego y Salomé se despecha y la pierdes, de
nadie tendrás que quejarte.
-Voy, patrón.
-Convenido, y es inútil exigirte me avises cómo te va, porque
estoy cierto de que me quedarás agradecido. Y adiós, que van a ser
las cinco.
-Adiós, mi patrón, Dios se lo pague. Siempre le diré lo que
suceda.
-Cuidado con ir a entonar donde te oiga Salomé esos versos que
venías cantando.
Tiburcio rio antes de responderme.
-¿Le parecen insultos? Hasta mañana, y cuente conmigo.
L
El reloj del salón daba las cinco. Mi madre y Emma me esperaban
paseándose en el corredor. María estaba sentada en los primeros
escalones de la gradería, vestida con aquel traje verde que tan
hermoso contraste formaba con el castaño oscuro de sus cabellos,
peinados entonces con dos trenzas con las cuales jugaba Juan medio
dormido en el regazo de ella. Se puso en pie al desmontarme yo. El
niño suplicó que lo paseara un ratico en mi caballo, y María se
acercó con él en los brazos para ayudarme a colocarlo sobre las
pistoleras del galápago, diciéndome:
-Apenas son las cinco; ¡qué exactitud! si siempre fuera
así...
-¿Qué has hecho hoy con tu Mimiya? -le pregunté a Juan luego que
nos alejamos de la casa.
-Ella es la que ha estado tonta hoy -me respondió.
-¿Cómo así?
-Pues llorando.
-¡Ah! ¿Por qué no la has contentado?
-No quiso, aunque le hice cariños y le llevé flores; pero se lo
conté a mamá.
-¿Y qué hizo mamá?
-Ella sí la contentó abrazándola, porque Mimiya quiere más a
mamá que a mí. Ha estado tonta, pero no le digas nada.
María me recibió a Juan.
-¿Has regado ya las matas? -le pregunté subiendo.
-No, te estaba esperando. Conversa un rato con mamá y Emma,
agregó en voz baja, y así que sea tiempo, me iré a la huerta.
Temía ella siempre que mi hermana y mi madre pudiesen creerla
causa de que se entibiase mi afecto hacia las dos; y procuraba
recompensarles con el suyo lo que del mío les había quitado.
María y yo acabamos de regar las flores. Sentados en un banco de
piedra, teníamos casi a nuestros pies el arroyo, y un grupo de
jazmines nos ocultaba a todas las miradas, menos a las de Juan, que
cantando a su modo, estaba alelado embarcando sobre hojas secas y
cáscaras de granadilla, cucarrones y chapules prisioneros.
Los rayos lívidos del sol, que se ocultaba tras de las montañas
de Mulaló medio embozado por nubes cenicientas fileteadas de oro,
jugaban con las luengas sombras de los sauces, cuyos verdes
penachos acariciaba el viento.
Habíamos hablado de Carlos y de sus rarezas, de mi visita a la
casa de Salomé, y los labios de María sonreían tristemente, porque
sus ojos no sonreían ya.
-Mírame -le dije.
Su mirada tenía algo de la languidez que la embellecía en las
noches en que velaba al lado del lecho de mi padre.
-Juan no me ha engañado -agregué.
-¿Qué te ha dicho?
-Que has estado tonta hoy... no lo llames... que has llorado y
que no pudo contentarte; ¿es cierto?
-Sí. Cuando tú y papá íbais a montar esta mañana, se me ocurrió
por un momento que ya no volverías y que me engañaban. Fui a tu
cuarto y me convencí de que no era cierto, porque vi tantas cosas
tuyas que no podías dejar. Todo me pareció tan triste y silencioso
después que desapareciste en la bajada, que tuve más miedo que
nunca a ese día que se acerca, que llega sin que sea posible
evitarlo ya... ¿Qué haré? Dime, dime qué debo hacer para que estos
años pasen. Tú durante ellos no vas a estar viendo todo esto.
Dedicado al estudio, viendo países nuevos, olvidarás muchas cosas
horas enteras; y yo nada podré olvidar... me dejas aquí, y
recordando y esperando voy a morirme.
Poniendo la mano izquierda sobre mi hombro, dejó descansar por
un instante la cabeza sobre ella.
-No hables así, María -le dije con voz ahogada y acariciando con
mi mano temblorosa su frente pálida-; no hables así; vas a destruir
el último resto de mi valor.
-¡Ah! Tú tienes valor aún, y yo hace días que lo perdí todo. He
podido conformarme -agregó ocultando el rostro con el pañuelo- he
debido prestarme a llevar en mí este afán y angustia que me
atormentan, porque a tu lado se convertía eso en algo que debía ser
la felicidad... Pero te vas con ella, y me quedo sola... y no
volveré a ser ya como antes era... ¡Ay! ¿Para qué viniste?
Sus últimas palabras me hicieron estremecer, y apoyando la
frente sobre las palmas de las manos, respeté su silencio,
abrumado por su dolor.
-Efraín -dijo con su voz más tierna después de unos momentos-;
mira, ya no lloro.
-María -le respondí levantando el rostro, en el cual debió ella
ver algo extraño y solemne, pues me miró inmóvil y fijamente- no te
quejes a mí de mi regreso; quéjate al que te hizo compañera de mi
niñez; a quien quiso que te amara como te amo; cúlpate entonces de
ser como eres... quéjate a Dios. ¿Qué te he exigido, qué me has
dado que no pudiera darse y exigirse delante de El?
-¡Nada! ¡Ay, nada! ¿Por qué me lo preguntas así?... Yo no te
culpo; pero ¿culparte de qué?
|... Ya no me quejo...
-¿No lo acabas de hacer de una vez por todas?
-¿No, no... ¿Qué te dije, qué? Yo soy una muchacha ignorante que
no sabe lo que dice. Mírame -continuó tomando una de mis manos-: no
seas rencoroso conmigo por esa bobería. Yo tendré ya valor...
tendré todo; de nada me quejo.
Recliné de nuevo su cabeza en mi hombro, y ella añadió:
-Yo no volveré jamás a decirte eso... Nunca te habías enojado
conmigo.
Mientras enjugaba yo sus últimas lágrimas, besaban por primera
vez mis labios las ondas de cabellos que le orlaban la frente, para
perderse después en las hermosas trenzas que se enrollaban sobre
mis rodillas. Alzó las manos entonces casi hasta tocar mis labios
para defender su frente de las caricias de ellos; pero en vano,
porque no se atrevían a tocarla.
LI
El veintiocho de enero, dos días antes del señalado para mi
viaje, subí a la montaña muy temprano. Braulio había venido a
llevarme, enviado por José y las muchachas que deseaban recibir mi
despedida en su casa. El montañés no interrumpió mi silencio
durante la marcha. Cuando llegamos, Tránsito y Lucía estaban
ordeñando la vaca Mariposa en el patiecito de la cabaña de Braulio,
y se levantaron a recibirme con sus agasajos y alegría de
costumbre, convidándome a entrar.
-Acabemos antes de ordeñar la novillona -les dije recostando mi
escopeta en el palenque-; pero Lucía y yo solos, porque quiero
conseguir así que se acuerde de mí todas las mañanas.
Tomé el socobe, en cuyo fondo blanqueaban ya nevadas espumas, y
poniéndolo bajo la ubre de la Mariposa, logré al fin que Lucía,
toda avergonzada, lo acabase de llenar. Mientras esto hacía, le
dije mirándola por debajo de la vaca:
-Como no se han acabado los sobrinos de José, pues yo sé que
Braulio tiene un hermano más buen mozo que él, y que te quiere
desde que estabas como una muñeca...
-Como otro a otra -me interrumpió.
-Lo mismo. Voy a decirle a la señora Luisa que se empeñe con su
marido para que el sobrinito venga a ayudarle; y así, cuando yo
vuelva, no te pondrás colorada de todo.
-¡Eh, eh! -dijo dejando de ordeñar.
-¿No acabas?
-Pero, ¿cómo quiere que acabe, si usté está tan zorral?... Ya no
tiene más.
-¿Y esas dos tetas llenas? Ordéñalas.
-Ello no; si esas son las del ternero.
-¿Conque le digo a Luisa?
Dejó de oprimir con los dientes el inferior de sus voluptuosos
labios para hacer con ellos un gestito que en lenguaje de Lucía
significaba "a ver y cómo no", y en el mío "haga lo que
quiera".
El becerro, que desesperaba porque le quitaran el bozal, hecho
con una extremidad de la manea, y que lo ataba a una mano de la
vaca, quedó a sus anchas con solo halar la ordeñadora una punta de
la cuerda; y Lucía, viéndolo abalanzarse a la ubre, dijo:
-Eso era lo que te querías; cabezón más fastidioso...
Después de lo cual entró a la casa llevando sobre la cabeza el
socobe y mirándome pícaramente de soslayo.
Yo desalojé de una orilla del arroyo una familia de gansos que
dormitaban sobre el césped, y me puse a hacer mi tocado de mañana
conversando al mismo tiempo con Tránsito y Braulio, quienes tenían
las piezas de vestido de que me había despojado.
-¡Lucía! -gritó Tránsito-; tráete el paño bordado que está en el
baulito pastuso.
-No creas que viene -le dije a mi ahijada; y les conté en
seguida lo que había conversado con Lucía.
Ellos reían a tiempo que Lucía se presentó corriendo con lo que
se le había pedido, contra todo lo que esperábamos; y como
adivinaba de qué habíamos tratado, y que de ella reían sus
hermanos, me entregó el paño volviendo a un lado la cara para que
no se la viese ni verme ella, y se dirigió a Tránsito para hacerle
la siguiente observación:
-Ven a ver tu café, porque se me va a quemar, y déjate de estar
ahí riéndote a carcajadas.
-¿Ya está? -preguntó Tránsito.
-¡Ih! hace tiempos.
-¿Qué es eso de café? -pregunté.
-Pues que yo le dije a la señorita, el último día que estuve
allá, que me lo enseñara a hacer, porque se me pone que a usté no
le gusta la gamuza; y por eso fue que nos encontró afanadas
ordeñando.
Esto decía colgando el paño, que ya le había devuelto yo, en una
de las hojas de la palma
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de helecho pintorescamente
colocada, en el centro del
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patio.
En la casa llamaban la atención a un mismo tiempo la sencillez,
la limpieza y el orden: todo olía a cedro, madera de que estaban
hechos los rústicos muebles, y florecían bajo los aleros macetas de
claveles y narcisos con que la señora Luisa había embellecido la
cabañita de su hija: en los pilares había testas de venados, y las
patas disecadas de los mismos servían de garabatos en la sala y la
alcoba.
Tránsito me presentó, entre ufana y temerosa, la taza de café
con leche, primer ensayo de las lecciones que había recibido de
María; pero felicísimo ensayo, pues desde que lo probé conocí que
rivalizaba con aquel que tan primorosamente sabía preparar Juan
Angel.
Braulio y yo fuimos a llamar a José y a la señora Luisa, para
que almorzasen con nosotros. El viejo estaba acomodando en jigras
las arracachas y verduras que debía mandar al mercado el día
siguiente, y ella acabando de sacar del horno el pan de yuca que
iba a servirnos para el almuerzo. La hornada había sido feliz como
lo demostraban no solamente el color dorado de los esponjados
panes, sino la fragancia tentadora que despedían.
Almorzábamos todos en la cocina: Tránsito desempeñaba lista y
risueña su papel de dueña de casa. Lucía me amenazaba con los ojos
cada vez que le mostraba con los míos a su padre. Los campesinos,
con una delicadeza instintiva, desechaban toda alusión a mi viaje,
como para no amargar esas últimas horas que pasábamos juntos.
Eran ya las once. José, Braulio y yo habíamos visitado el
platanal nuevo, el desmonte que estaban haciendo y el maizal en
filote. Reunidos nuevamente en la salita de la casa de Braulio, y
sentados en banquitos alrededor de una atarraya, le poníamos las
últimas plomadas; y la señora Luisa desgranaba con las muchachas
maíz para pilar. Ellas y ellos sentían como yo, que se acercaba el
momento temible de nuestra despedida. Todos guardábamos silencio.
Debía de haber en mi rostro algo que los conmovía, pues esquivaban
mirarme. Al fin, haciendo una resolución, me levanté, después de
haber visto mi reloj. Tomé mi escopeta y sus arreos, y al colgarlos
en uno de los garabatos de la salita, le dije a Braulio:
-Siempre que aciertes un tiro bueno con ella, acuérdate de
mí.
El montañés no tuvo voz para darme las gracias.
La señora Luisa, sentada aún, seguía desgranando la mazorca que
tenía en las manos, sin cuidarse de ocultar su lloro. Tránsito y
Lucía, en pie y recostadas a un lado y otro de la puerta, me daban
la espalda. Braulio estaba pálido. José fingía buscar algo en el
rincón de las herramientas.
-Bueno, señora Luisa -le dije a la anciana inclinándome para
abrazarla- rece usted mucho por mí.
Ella se puso a sollozar sin responderme.
En pie sobre el quicio de la puerta, junté en un solo abrazo
sobre mi pecho las cabezas de las muchachas, quienes sollozaban
mientras mis lágrimas rodaban por sus cabelleras. Cuando
separándome de ellas me volví para buscar a Braulio y José,
ninguno de los dos estaba en la salita; me esperaban en el
corredor.
-Yo voy mañana -me dijo José tendiéndome la mano.
Bien sabíamos él y yo que no iría. Luego que me soltó de sus
brazos Braulio, su tío me estrechó en los suyos, y enjugándose los
ojos con la manga de la camisa, tomó el camino de la roza al mismo
tiempo que empezaba yo a andar por el opuesto, seguido de Mayo, y
haciendo una señal a Braulio para que no me acompañase.
LII
Descendía lentamente hasta el fondo de la cañada: sólo el canto
lejano de las gurríes y el rumor del río turbaban el silencio de
las selvas. Mi corazón iba diciendo un adiós a cada uno de esos
sitios, a cada árbol del sendero, a cada arroyo que cruzaba.
Sentado en la orilla del río veía rodar sus corrientes a mis
pies, pensando en las buenas gentes a quienes mi despedida acababa
de hacer derramar tantas lágrimas; y dejaba gotear las mías sobre
las ondas que huían de mí como los días felices de aquellos seis
meses.
Media hora después llegué a la casa y entré al costurero de mi
madre, en donde estaban solamente ella y Emma. Aun cuando haya
pasado nuestra infancia, no por eso nos niega sus mimos una tierna
madre: nos faltan sus besos; nuestra frente, marchita demasiado
pronto quizá, no descansa en su regazo; su voz no nos aduerme; pero
nuestra alma recibe las caricias amorosas de la suya.
Más de una hora había pasado allí, y extrañado de no ver a María
pregunté por ella.
-Estuvimos con ella en el oratorio -me respondió Emma- ahora
quiere que recemos cada rato; después se fue a la repostería: no
sabrá que has vuelto.
Nunca me había sucedido regresar a la casa sin ver a María pocos
momentos después; y mucho temí que hubiese vuelto a caer en aquel
abatimiento que tanto me desanimaba, y para vencer el cual la había
visto haciendo en los últimos ocho días constantes esfuerzos.
Pasada una hora, durante la cual estuve en mi cuarto, llamó Juan
a la puerta para que fuera a comer.
Al salir encontré a María apoyada en la reja del costurero que
caía al corredor.
-Mamá no te ha llamado -me dijo el niño riendo.
-¿Y quién te ha enseñado a decir mentiras? -le respondí-: María
no te perdonará ésta.
-Ella fue la que me mandó -contestó Juan señalándola.
Volvíme hacia María para averiguarle la verdad, pero no fue
preciso, porque ella misma se acusaba con su sonrisa. Sus ojos
brillantes tenían la apacible alegría que nuestro amor les había
quitado; sus mejillas, el vivo sonrosado que las hermoseaba durante
nuestros retozos infantiles. Llevaba un traje blanco, sobre cuya
graciosa falda ondulaban las trenzas al más leve movimiento de su
cintura o de sus pies, que jugaban con la alfombra.
-¿Por qué estás triste y encerrado? -me dijo-: yo no he estado
así hoy.
-Tal vez sí -le respondí por tener pretexto para examinarla de
cerca aproximándome a la reja que nos separaba.
Ella bajó los ojos fingiendo anudar de nuevo los largos cordones
de su delantal de gro azul; y cruzando luego las manos por detrás
del talle, se recostó contra una hoja de la ventana diciéndome:
-¿No es verdad?
-Lo dudaba, porque como acabas de engañarme...
-¡Vea qué engaño! ¿Y puede ser bueno estarte así encerrado para
salir después hecho una noche?
-Me gusta verte tan valiente. ¿Y será bueno dejarte ver dos
horas después de que he llegado?
-¿Y las doce son horas de venir de la montaña? También es que yo
he estado muy ocupada. Pero te vi cuando venías bajando. Por más
señas no traías escopeta, y Mayo se había quedado muy atrás.
-Conque ¿muchas ocupaciones?, ¿qué has hecho?
-De todo: algo bueno y algo malo.
-A ver.
-He rezado mucho.
-Ya me decía Emma que a todas horas quieres que te acompañe a
rezar.
-Porque siempre que le cuento a la Virgen que estoy triste, ella
me oye.
-¿En qué lo conoces?
-En que se me quita un poco esta tristeza y me da menos miedo
pensar en tu viaje. Te llevarás tu Dolorosita, ¿no?
-Sí.
-Acompáñanos esta noche al oratorio y verás cómo es cierto lo
que te digo.
-¿Qué es lo otro que has hecho?
-¿Lo malo?
-Sí, lo malo.
-¿Rezas esta noche conmigo y te cuento?
-Sí.
-Pero no se lo dirás a mamá, porque se enojaría.
-Prometo no decírselo.
-He estado aplanchando.
-¿Tú?
-Pues yo.
-Pero, ¿cómo haces eso?
-A escondidas de mamá.
-Haces bien en ocultarte de ella.
-Si lo hago muy rara vez.
-Pero, ¿qué necesidad hay de estropear tus manos tan...?
-¿Tan qué?... ¡Ah!, sí; ya sé. Fue que quise que llevaras tus
más bonitas camisas aplanchadas por mí. ¿No te gusta? Sí me lo
agradeces, ¿no?
-¿Y quién te ha enseñado a aplanchar? ¿Cómo se te ha ocurrido
hacerlo?
-Un día que Juan Angel devolvió unas camisas a la criada
encargada de eso, porque dizque a su amito no le parecían buenas,
me fijé yo en ellas y le dije a Marcelina que yo iba a ayudarle
para que te parecieran mejor. Ella creía que no tenían defecto,
pero estimulada por mí, le quedaron ya siempre intachables, pues no
volvió a suceder que las devolvieras, aunque yo no las hubiese
tocado.
-Yo te agradezco muchísimo todos esos cuidados; pero no me
imaginé que tuvieras fuerzas ni manos para manejar una plancha.
-Si es una muy chiquita, y envolviéndole bien el asa en un
pañuelo, no puede lastimar las manos.
-A ver cómo las tienes.
-Buenecitas, pues.
-Muéstramelas.
-Si están como siempre.
-Quién sabe.
-Míralas.
Las tomé en las mías y les acaricié las palmas, suaves como el
raso.
-¿Tienen algo? -me preguntó.
-Como las mías pueden estar ásperas...
-No las siento yo así. ¿Qué hiciste tú en la montaña?
-Sufrir mucho. Nunca creí que se afligirían tanto con mi
despedida, ni que me causara tanto pesar decirles adiós,
particularmente a Braulio y a las muchachas.
-¿Qué te dijeron ellas?
-¡Pobres! Nada, porque las ahogaban sus lágrimas: demasiado
decían las que no pudieron ocultarme... Pero no te pongas triste.
He hecho mal en hablarte de esto. Que al recordar yo las últimas
horas que pasemos juntos, te pueda ver como hoy, resignada, casi
feliz.
-Sí -dijo volviéndose para enjugarse los ojos-; yo quiero estar
así... ¡Mañana, ya solamente mañana!... Pero como es domingo,
estaremos todo el día
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juntos: leeremos algo de lo que nos
leías cuando estabas recién venido; y debieras decirme cómo te
agrada más verme, para vestirme de ese modo.
-Como estás en este momento.
-Bueno. Ya vienen a llamarte a comer... Ahora, hasta la tarde
-agregó desapareciendo.
Así solía despedirse de mí, aunque en seguida hubiésemos de
estar juntos, porque lo mismo que a mí, le parecía que estando
rodeados de la familia, nos hallábamos separados el uno del
otro.
LIII
A las once de la noche del veintinueve me separé de la familia y
de María en el salón. Velé en mi cuarto hasta que oí al reloj dar
la una de la mañana, primera hora de aquel día tanto tiempo temido
y que al fin llegaba; no quería que sus primeros instantes me
encontrasen dormido.
Con el mismo traje que tenía me recosté en la cama cuando dieron
las dos. El pañuelo de María, fragante aún con el perfume que
siempre usaba ella, ajado por sus manos y humedecido con sus
lágrimas, recibía sobre la almohada las que rodaban de mis ojos
como de una fuente que jamás debía agotarse.
Si las que derramo aún, al recordar los días que precedieron a
mi viaje, pudieran servir para mojar esta pluma al historiarlos; si
fuera posible a mi mente tan sólo una vez, por un instante
siquiera, sorprender a mi corazón todo lo doloroso de su secreto
para revelarlo, las líneas que voy a trazar serían bellas para los
que mucho han llorado, pero acaso funestas para mí. No nos es dable
deleitarnos por siempre con un pesar amado: como las del dolor, las
horas de placer se van. Si alguna vez nos fuese concedido
detenerlas, María hubiera logrado hacer más lentas las que
antecedieron a nuestra despedida. Pero, ¡ay!, todas, sordas a sus
sollozos, ciegas ante sus lágrimas, volaron, y volaban prometiendo
volver.
Un estremecimiento nervioso me despertó dos o tres veces en que
el sueño vino a aliviarme. Entonces mis miradas recorrían ese
cuarto ya desmantelado y en desorden por los preparativos de viaje,
cuarto donde esperé tantas veces las alboradas de días venturosos.
Y procuraba conciliar de nuevo el sueño interrumpido, porque así
volvía a verla tan bella y ruborosa como en las primeras tardes de
nuestros paseos después de mi regreso; pensativa y callada como
solía quedarse cuando le hacía mis primeras confidencias, en las
cuales casi nada se habían dicho nuestros labios y tanto nuestras
miradas y sonrisas; confiándome con voz queda y temblorosa los
secretos infantiles de su castísimo amor; menos tímidos al fin sus
ojos ante los míos, para dejarme ver en ellos su alma a trueque de
que le mostrase la mía... El ruido de un sollozo volvía a
estremecerme; el de aquel que mal ahogado había salido de su pecho
esa noche al separarnos.
No eran las cinco todavía cuando después de haberme esmerado en
ocultar las huellas de tan doloroso insomnio, me paseaba en el
corredor, oscuro aún. Muy pronto vi brillar luz en las rendijas del
aposento de María, y luego oí la voz de Juan que la llamaba.
Los primeros rayos del Sol al levantarse, trataban en vano de
desgarrar la densa neblina que como un velo inmenso y vaporoso
pendía desde las crestas de las montañas, extendiéndose flotante
hasta las llanuras lejanas. Sobre los montes occidentales, limpios
y azules, amarillearon luego los templos de Cali, y al pie de las
faldas blanqueaban cual rebaños agrupados los pueblecillos de Yumbo
y Vijes.
Juan Angel, después de haberme traído el café y ensillado mi
caballo negro, que impaciente ennegrecía con sus pisadas el gramal
del pie del naranjo a que estaba atado, me esperaba lloroso,
recostado contra la puerta de mi cuarto, con las polainas y los
espolines en las manos: al calzármelos, su lloro caía en gruesas
gotas sobre mis pies.
-No llores -le dije, dando trabajosamente seguridad a mi voz-:
cuando yo regrese, ya serás hombre, y no te volverás a separar de
mí. Mientras tanto, todos te querrán mucho en casa.
Era llegado el momento de reunir todas mis fuerzas. Mis espuelas
resonaron en el salón, que estaba solo. Empujé la puerta entornada
del costurero de mi madre, quien se lanzó del asiento en que estaba
a mis brazos. Ella conocía que las demostraciones de su dolor
podían hacer flaquear mi ánimo, y entre sollozo y sollozo trataba
de hablarme de María y de hacerme tiernas promesas.
Todos habían humedecido mi pecho con su lloro. Emma, que había
sido la última, conociendo qué buscaba yo a mi alrededor al
desasirme de sus brazos, me señaló la puerta del oratorio, y entré
a él. Sobre el altar irradiaban su resplandor amarillento dos
luces: María, sentada en la alfombra, sobre la cual resaltaba el
blanco de su ropaje, dio un débil grito al sentirme, volviendo a
dejar caer la cabeza destrenzada sobre el asiento en que la tenía
reclinada cuando entré. Ocultándome así el rostro, alzó la mano
derecha para que yo la tomase: medio arrodillado, la bañé en
lágrimas y la cubrí de caricias; mas al ponerme en pie, como
temerosa de que me alejase ya, se levantó de súbito para asirse
sollozante de mi cuello. Mi corazón había guardado para aquel
momento casi todas sus lágrimas.
Mis labios descansaron sobre su frente... María, sacudiendo
estremecida la cabeza, hizo ondular los bucles de su cabellera, y
escondiendo en mi pecho la faz, extendió uno de los brazos para
señalarme el altar. Emma, que acababa de entrar, la recibió
inanimada en su regazo, pidiéndome con ademán suplicante que me
alejase. Y obedecí.
LIV
Hacía dos semanas que estaba yo en Londres, y una noche recibí
cartas de la familia. Rompí con mano trémula el paquete, cerrado
con el sello de mi padre.
Había una carta de María. Antes de desdoblarla, busqué en ella
aquel perfume demasiado conocido para mí de la mano que lo había
escrito: aún lo conservaba; en sus pliegues iba un pedacito de
cáliz de azucena. Mis ojos nublados quisieron inútilmente leer las
primeras líneas. Abrí uno de los balcones de mi cuarto, porque
parecía no serme suficiente el aire que había en él... ¡Rosales del
huerto de mis amores!... ¡montañas americanas, montañas mías...!
¡noches azules! La inmensa ciudad, rumorosa aún y medio embozada en
su ropaje de humo, semejaba dormir bajo los densos cortinajes de un
cielo plomizo. Una ráfaga de cierzo azotó mi rostro penetrando en
la habitación. Aterrado junté las hojas del balcón; y solo con mi
dolor, al menos solo, lloré largo tiempo rodeado de oscuridad.
He aquí algunos fragmentos de la carta de María:
"Mientras están de sobremesa en el comedor, después de la cena,
me he venido a tu cuarto para escribirte. Aquí es donde puedo
llorar sin que nadie venga a consolarme; aquí donde me figuro que
puedo verte y hablar contigo. Todo está como lo dejaste, porque
mamá y yo hemos querido que esté así: las últimas flores que puse
en tu mesa han ido cayendo marchitas ya al fondo del florero: ya no
se ve una sola; los asientos en los mismos sitios; los libros como
estaban y abierto sobre la mesa el último en que leíste; tu traje
de caza, donde lo colgaste al volver de la montaña la última vez;
el almanaque del estante mostrando siempre ese 30 de enero ¡ay, tan
temido, tan espantoso y ya pasado! Ahora mismo las ramas florecidas
de los rosales de tu ventana entran como a buscarte y tiemblan al
abrazarlas yo diciéndoles que volverás.
"¿Dónde estarás? ¿Qué harás en este momento? De nada me sirve
haberte exigido tantas veces me mostraras en el mapa cómo ibas a
hacer el viaje, porque no puedo figurarme nada. Me da miedo pensar
en ese mar que todos admiran, y para mi tormento te veo siempre en
medio de él. Pero después de tu llegada a Londres vas a contármelo
todo: me dirás cómo es el paisaje que rodea la casa en que vives;
me describirás minuciosamente tu habitación, sus muebles, sus
adornos; me dirás qué haces todos los días, cómo pasas las noches,
a qué horas estudias, en cuáles descansas, cómo son tus paseos, y
en qué ratos piensas más en tu María. Vuélveme a decir qué horas de
aquí corresponden a las de allá, pues se me ha olvidado.
"José y su familia han venido tres veces desde que te fuiste.
Tránsito y Lucía no te nombran sin que se les llenen los ojos de
lágrimas; y son tan dulces y cariñosas conmigo, tan finas si me
hablan de ti, que apenas es creíble. Ellas me han preguntado si a
donde estás tú llegan cartas que se te escriban, y alegres al saber
que sí, me han encargado te diga en su nombre mil cosas.
"Ni Mayo te olvida. Al día siguiente de tu marcha recorría
desesperado la casa y el huerto buscándote. Se fue a la montaña, y
a la oración, cuando volvió, se puso a aullar sentado en el cerrito
de la subida. Lo vi después acostado a la puerta de tu cuarto: se
la abrí, y entró lleno de gusto; pero no encontrándote después de
haber husmeado por todas partes, se me acercó otra vez triste, y
parecía preguntarme por ti con los ojos, a los que sólo les faltaba
llorar; y al nombrarte yo, levantó la cabeza como si fuera a verte
entrar. ¡Pobre! Se figura que te escondes de él como lo hacías
algunas veces para impacientarlo, y entra a todos los cuartos
andando paso a paso y sin hacer el menor ruido, esperando
sorprenderte.
"Anoche no concluí esta carta porque mamá y Emma vinieron a
buscarme; ellas creen que me hace daño estar aquí, cuando si me
impidieran estar en tu cuarto, no sé qué haría.
"Juan se despertó esta mañana preguntándome si habías vuelto,
porque dormida me oye nombrarte.
"Nuestra mata de azucenas ha dado la primera, y dentro de esta
carta va un pedacito. ¿No es verdad que estás seguro de que nunca
dejará de florecer? Así necesito creer, así creo que la de rosas
dará las más lindas del jardín".