XXXIV
No todas las personas que nos aguardaban estaban en el corredor:
no descubrí entre ellas a María. Algunas cuadras antes de llegar a
la puerta del patio, a nuestra izquierda y sobre una de las grandes
piedras desde donde se domina mejor el valle, estaba ella de pie, y
Emma la animaba para que bajase. Nos les acercamos. La cabellera de
María, suelta en largos y lucientes rizos, negreaba sobre la
muselina de su traje color verde mortiño: sentóse para evitar que
el viento le agitase la falda, diciendo a mi hermana, que se reía
de su afán:
-¿No ves que no puedo?
-Niña -le dijo mi padre entre sorprendido y risueño- ¿cómo has
logrado subirte ahí?
Ella, avergonzada de la travesura, acababa de corresponder a
nuestro saludo y contestó:
Como estábamos solas...
-Es decir -le interrumpió mi padre- que debemos irnos para que
puedas bajar. ¿Y cómo bajó Emma?
-Qué gracia, si yo le ayudé.
-Era que yo no tenía susto.
-Vámonos, pues -concluyó mi padre dirigiéndose a mí- pero
cuidado...
Bien sabía él que yo me quedaría. María acababa de decirme con
los ojos: "No te vayas". Mi padre volvió a montar y se dirigió a la
casa: mi caballo siguió poco a poco el mismo camino.
-Por aquí fue por donde subimos -me dijo María mostrándome unas
grietas y hoyuelos en la roca.
Al acabar yo mi maniobra de ascenso, me extendió la mano,
demasiado trémula para ayudarme, pero muy deseada para que no me
apresurase a estrecharla entre las mías. Sentéme a sus pies y ella
me dijo:
-¿No ves qué trabajo? ¿Qué habrá dicho papá?. Creerá que estamos
locas.
Yo la miraba sin contestarle: la luz de sus ojos, cobardes ante
los míos, y la suave palidez de sus mejillas, me decían, como en
otros momentos, que en aquél era ella tan feliz como yo.
-Me voy sola -repitió Emma, a quien habíamos oído mal su
primera amenaza; y se alejó algunos pasos para hacernos creer que
iba a cumplirla.
-No, no; espéranos un instante no más -le suplicó María
poniéndose en pie.
Viendo que yo no me movía, me dijo:
-¿Qué es?
-Es que aquí estamos bien.
-Sí; pero Emma quiere irse y mamá estará esperándote: ayúdame a
bajar, que ahora no tengo miedo. A ver tu pañuelo.
Lo retorció agregando:
-Lo tienes de esta punta, y cuando ya no me alcances a dar la
mano, me cojo yo de él.
Persuadida de que podía arriesgarse a bajar sin ser vista, lo
hizo como lo había proyectado, diciéndome ya al pie del
peñasco:
-¿Y tú ahora?
Buscando la parte menos alta de la piedra salté al gramal, y le
ofrecí el brazo para que nos dirigiésemos a la casa.
-Si no hubiera llegado, ¿qué habrías hecho para bajar?,
loquilla.
-Pues habría bajado sola: iba a bajar cuando llegaste; pero temí
caerme porque hacía mucho viento. Ayer también subimos ahí, y yo
bajé bien.
-¿Por qué se han demorado tanto?
-Por dejar concluidos algunos negocios que no podían arreglarse
desde aquí. ¿Qué has hecho en estos días?
-Desear que pasaran.
-¿Nada más?
-Coser y pensar mucho.
-¿En qué?
-En muchas cosas que se piensan y no se dicen.
-¿Ni a mí?
-A ti menos.
-Está bien.
-Porque tú las sabes.
-¿No has leído?
-No, porque me da tristeza leer sola, y ya no me gustan los
cuentos de las
|Veladas de la Quinta, ni las
|Tardes de la
Granja. Iba a volver a leer
|Atala, pero como has dicho
que tiene un pasaje no sé cómo...
Y dirigiéndose a mi hermana que nos precedía algunos pasos:
-Oye, Emma... ¿Qué afán de ir tan aprisa?
Emma se detuvo, sonrió y siguió andando.
-¿Qué estabas haciendo antenoche a las diez?
-¿Antenoche? ¡Ah! -repuso deteniéndose- ¿por qué me lo
preguntas?
-A esa hora estaba yo muy triste pensando en esas cosas que se
piensan y no se dicen.
-No, no; tú sí.
-¿Sí qué?
-Sí puedes decirlas.
-Cuéntame lo que tú hacías, y te las diré.
-Me da miedo.
-¿Miedo?
-Tal vez es una bobería. Estaba sentada con mamá en el corredor
de este lado, haciéndole compañía, porque me dijo que no tenía
sueño: oímos como que sonaban las hojas de la ventana de tu cuarto,
y temerosa yo de que la hubiesen dejado abierta, tomé una luz del
salón para ir a ver qué había... ¡Qué tontería: vuelve a darme
susto cuando me acuerdo de lo que sucedió!
-Acaba, pues.
-Abrimos la puerta, y vimos posada sobre una de las hojas de la
ventana, que agitaba el viento, un ave negra y de tamaño como el de
una paloma muy grande: dio un chillido que yo no había oído nunca;
pareció encandilarse un momento con la luz que yo tenía en la mano,
y la apagó pasando sobre nuestras cabezas a tiempo que íbamos a
huir espantadas. Esa noche me soñé... Pero ¿por qué te has quedado
así?
-¿Cómo? -le respondí, disimulando la impresión que aquel relato
me causaba.
Lo que ella me contaba había pasado a la hora misma en que mi
padre y yo leíamos aquella carta malhadada; y el ave negra era la
misma que me había azotado las sienes durante la tempestad de la
noche en que a María le repitió el acceso; la misma que,
sobrecogido, había oído zumbar ya algunas veces sobre mi cabeza al
ocultarse el sol.
-¿Cómo? -me replicó María- veo que he hecho mal en referirte
eso.
-¿Y te figuras tal?
-Si no es que me lo figuro.
-¿Qué te soñaste?
-No debo decírtelo.
-¿Ni más tarde?
-¡Ay!, tal vez nunca.
Emma abría ya la puerta del patio.
-Espéranos -le dijo María- oye, que ahora sí es de veras.
Nos reunimos a ella, y las dos anduvieron asidas de las manos lo
que nos faltaba para llegar al corredor. Sentíame dominado por un
pavor indefinible; tenía miedo de algo, aunque no me era posible
adivinar de qué; pero cumpliendo la advertencia de mi padre, traté
de dominarme, y estuve lo más tranquilo que me fue dable, hasta que
me retiré a mi cuarto con el pretexto de cambiarme el traje de
camino.
XXXV
El día siguiente, doce de diciembre, debía verificarse el
matrimonio de Tránsito. Después de nuestra llegada se mandó decir
a José que estaríamos entre siete y ocho en la parroquia. Habíase
resuelto que mi madre, María, Felipe y yo seríamos los del paseo,
porque mi hermana debía quedarse arreglando no sé qué regalos que
debían enviarse muy de mañana a la montaña, para que los
encontrasen allí los novios a su regreso.
Aquella noche, pasada la cena, mi hermana tocaba guitarra
sentada en uno de los sofás del corredor de mi cuarto, y María y
yo conversábamos reclinados en el barandaje.
-Tienes -me decía- algo que te molesta, y no puedo adivinar.
-Pero, ¿qué puede ser? ¿No me has visto contento? ¿No he estado
como esperabas que estaría al volver a tu lado?
-No; has hecho esfuerzos para mostrarte así; y sin embargo yo he
descubierto lo que nunca en ti: que fingías.
-¿Pero contigo?
-Sí.
-Tienes razón; me veo precisado a vivir fingiendo.
-No, señor, yo no digo que siempre, sino que esta noche.
-Siempre.
-No; ha sido hoy.
-Va para cuatro meses que vivo engañando...
-¿A mí también?... ¿A mí? ¡Engañarme tú a mí!
Y trataba de verme los ojos para confirmar por ellos lo que
temía; mas como yo me riese de su afán, dijo como avergonzada de
él:
-Explícame eso.
-Si no tiene explicación.
-Por Dios, por... por lo que más quieras, explícamelo.
-Todo es cierto.
-¡No es!
-Pero déjame concluir: para vengarme de lo que acabas de
pensar, no te lo diré si no me lo ruegas por lo que sabes tú que
yo más quiero.
-Yo no sé qué será.
-Pues entonces convéncete de que te he engañado.
-No, no; ya voy a decirte; pero ¿cómo te lo puedo decir?
-Piensa.
-Ya pensé -dijo María después de un momento de pausa.
-Di pues.
-Por lo que quieras más, después de Dios y de tu... que yo deseo
que sea a mí.
-No; así no es.
-¿Y cómo entonces? ¡Ah! Es que lo que dices es cierto.
-Di de otro modo.
-Voy a ver; mas si no quieres esta vez...
-¿Qué?
-Nada; oye: no me mires.
-No te miro.
Entonces se resolvió a decir en voz muy baja.
-Por María que te...
-Ama tanto -concluí yo, tomando entre mis manos las suyas que
con su ademán confirmaban su inocente súplica.
-Dime ya -insistió.
-He estado engañándote; porque no me he atrevido a confesarte
cuánto te amo en realidad.
-¡Más todavía! ¿Y por qué no me lo has dicho? -Porque he tenido
temor...
-¿Temor de qué?
-De que tú me ames menos, menos que yo.
-¿Por eso? Entonces el engañado eres tú.
-Si yo te lo hubiera dicho...
-¿Y los ojos no dicen esas cosas sin que uno quiera?
-¿Lo crees así?
-Porque los tuyos me lo han enseñado. Dime ahora la causa por
que has estado así esta noche. ¿Has visto al doctor en estos
días?
-Sí.
-¿Qué te ha dicho de mí?
-Lo mismo que antes: que no volverás a tener novedad; no hables
de eso.
-Una palabra y no más: ¿qué otra cosa ha dicho? El cree que mi
enfermedad es la misma de mi madre... y acaso tenga razón.
-¡Oh!, no: nunca lo ha dicho. ¿Y no estás, pues, buena ya?
-Sí; y a pesar de ello muchas veces... muchas veces he pensado
con horror en ese mal. Pero tengo fe en que Dios me ha oído: le he
pedido con tanto fervor que no me vuelva a dar...
-Quizá no con tanto como yo.
-Pídele siempre.
-Siempre, María. Mira: sí es cierto que hay una causa para que
te haya parecido que me esforzaba esta noche por estar sereno; pero
ya ves que me la has hecho olvidar hace largo rato.
Le referí la noticia que habíamos recibido hacía dos días.
-¡Y esa ave negra! -dijo luego que concluí; y volvía con terror
la vista hacia mi cuarto.
-¿Cómo puedes preocuparte tanto con una casualidad?
-Lo que soñé esa noche es lo que me preocupa.
-¿Persistes en no contarme?
-Hoy no; algún día. Conversemos un rato con Emma antes de irte:
es tan buena con nosotros...
A la media hora nos separamos prometiéndonos madrugar mucho para
emprender nuestro viaje a la parroquia.
Antes de las cinco llamó Juan Angel a mi puerta. Felipe y él
hicieron tal ruido en el corredor previniendo arreos de montar y
asegurando caballos, que antes de lo que esperaban acudí en su
ayuda.
Preparado todo, abrió María la puerta del salón: presentándome
una taza de café, de dos que llevaba Estéfana, me dio los buenos
días, y llamó en seguida a Felipe para que recibiese la otra.
-Hoy sí -dijo éste sonriendo maliciosamente-. Lo que es el
miedo; y el Retinto está furioso.
Ella estaba tan hechicera como mis ojos debieron de decírselo:
un gracioso sombrero de terciopelo negro, adornado con cintas
escocesas y abrochado bajo la barba con otras iguales, que en el
ala dejaba ver, medio oculta por el velillo azul, una rosa
salpicada aún de rocío, descansaba sobre las gruesas y lucientes
trenzas cuyas extremidades ocultaba: arrezagaba con una de la
manos la falda negra, que ceñía bajo un corpiño del mismo color, un
cinturón azul con broche de brillantes, y una ancha capa se le
desprendía de los hombros en numerosos pliegues.
-¿En cuál caballo quieres ir? -le pregunté.
-En el Retinto.
-¡Pero eso no puede ser! -respondí sorprendido.
-¿Por qué? ¿Temes que me bote?
-Por supuesto
-Si yo he montado otra vez en él. ¿Acaso soy yo como antes?
Pregúntale a Emma si no es verdad que yo soy más guapa que ella.
Verás qué mansito es el Retinto conmigo.
-Pero si no permite que se le toque; y haciendo tanto tiempo que
no lo montas, puede espantarse con la falda.
-Prometo no mostrarle siquiera el fuete.
Felipe, caballero ya en el Chivo, que tal era el nombre de su
caballito castaño, lo atosigaba con sus espolines nuevos,
recorriendo el patio.
Mi madre estaba también apercibida para partir: la coloqué en su
rosillo predilecto, único que, según ella, no era una fiera. No
estaba yo muy tranquilo cuando hice montar en el Retinto a María:
ella, antes de saltar de la gradilla al galápago, le acarició el
cuello al caballo, inquieto hasta entonces: éste se quedó inmóvil
esperando su carga, y mordía el freno, atento hasta al más leve
ruido del ropaje.
-¿Ves? -me dijo María ya sobre el animal-; él me conoce: cuando
papá lo compró para ti, tenía enferma esta mano, y yo hacía que
Juan Angel lo curara bien todas las tardes.
El caballo estornudaba desasosegado otra vez, porque seguramente
conocía aquella voz acariciadora.
Partimos, y Juan Angel nos siguió conduciendo sobre la cabeza de
la silla el lío que contenía los vestidos que necesitaban en el
pueblo las señoras.
La cabalgadura de María, ufana con su peso, parecía querer lucir
el paso más blando y airoso: sus crines de azabache temblaban sobre
el cuello arqueado, y cayendo por medio de las orejas breves e
inquietas, le velaban importunas los brillantes ojos. María iba en
él con el mismo aire de natural abandono que cuando descansaba
sobre una mullida poltrona.
Después de haber andado algunas cuadras, pareció haberle perdido
completamente el miedo al caballo; y notando que yo iba
intranquilo por el brío del animal, me decía de modo que mi madre
no alcanzase a oírla:
-Voy a darle un fuetazo, uno solo.
-Cuidado con hacerlo.
-Es uno solamente, para que veas que nada hace. Tú eres ingrato
con el Retinto, pues quieres más a ese rucio en que vas.
-¡Ahora que ése te conoce tanto, no será así!
-En éste ibas la noche que fuiste a llamar al doctor.
-¡Ah!, sí; es un excelente animal.
-Y después de todo, no lo estimas en lo que merece.
-Tú menos, pues quieres mortificarlo inútilmente.
-Vas a ver que no hace nada.
-¡Cuidado, cuidado, María! Hazme el favor de darme el fuete.
-Lo dejaremos para después, cuando lleguemos a los llanos.
Y se reía de la zozobra en que con tal amenaza me ponía.
-¿Qué es? -preguntó mi madre, que iba ya a nuestro lado, pues yo
había acortado el paso con tal fin.
-Nada, señora -respondió María-: que Efraín va persuadido de que
el caballo me va a botar.
-Pero si tú... empecé a contestarle, y ella, poniéndose
disimuladamente el mango del fuetecito sobre los labios en ademán
de que callase, me lo entregó en seguida.
-¡Y por qué vas tan valiente hoy! -le preguntó mi madre-. La
otra vez que montaste en ese caballo le tuviste miedo.
-Y hubo que cambiártelo -agregó Felipe.
-Ustedes me están haciendo quedar malísimamente -contestó María
mirándome sonrojada-: el señor estaba convencido ya de que yo era
guapísima.
-¿Conque no tienes miedo hoy? -insistió mi madre.
-Sí tengo -respondióle-; pero no tanto, porque el caballo se ha
amansado; y como hay quien lo regañe si se alborota...
Cuando llegamos a las pampas, el sol, rasgadas ya las nieblas
que entoldaban las montañas a nuestra espalda, envolvía en
resplandores metálicos los bosques que en fajas tortuosas o en
grupos aislados interrumpían a distancia la llanura: las linfas de
los riachuelos que vadeábamos, abrillantadas por aquella luz
corrían a perderse en las sombras, y las lejanas revueltas del
Zabaletas parecían de plata líquida y orladas por florestas
azules.
María dejó entonces caer el velillo sobre su rostro, y al través
de la inquieta gasa de color de cielo, buscaba algunas veces mis
ojos con los suyos, ante los cuales todo el esplendor de la
naturaleza que nos rodeaba me era casi indiferente.
Al internarnos en los grandes bosques, atravesada la llanura,
hacía largo rato que María y yo guardábamos silencio; solamente
Felipe no había interrumpido su charla haciendo mil preguntas a mi
madre sobre cuanto veía.
En un momento en que María estuvo cerca de mí, me dijo:
-¿En qué piensas tanto? Vuelves a estar como anoche, y hace un
rato que no era así. ¿Es pues tan grande esa desgracia que ha
sucedido?
-No pensaba en ella; tú me haces olvidarla.
-¿Es tan irremediable esa pérdida?
-Tal vez no. En lo que he estado pensando es en la felicidad de
Braulio.
-¿En la de él solamente?
-Me es más fácil imaginarme la de Braulio. El va a ser desde hoy
completamente dichoso; y yo voy a ausentarme, yo voy a dejarte por
muchos años.
Ella me había escuchado sin mirarme, y levantando al fin los
ojos, en los cuales no se había apagado el brillo de felicidad que
en aquella mañana los iluminaba, respondió alzando el velillo:
-¿Esa pérdida no es pues muy grande?
-¿Y por qué insistes en hablar de ella?
-¿No lo adivinas? Solamente yo he pensado así, y esto me
convence de que no debo confiarte mi pensamiento. Prefiero que no
estés contento por haberme visto alegre hoy después de lo que me
contaste anoche.
-¿Y esa noticia te causó alegría?
-Tristeza cuando me la diste; pero más tarde...
-Más tarde ¿qué?
-Pensé de otro modo.
-Lo cual te hizo pasar de la tristeza a la alegría.
-No tanto, pero...
-Estar como estás hoy.
-¿No digo? Yo sabía que no te podía gustar verme así, y no
quiero que me creas capaz de una tontería.
-¿A ti? ¿Y te imaginas que eso puede llegar a suceder?
-¿Por qué no? Yo soy una muchacha capaz, como cualquiera otra,
de no ver las cosas serias como deben verse.
-No; tú no eres así.
-Sí, señor, sí; por lo menos hasta que me disculpe. Pero
hablemos un rato con mamá, no sea que extrañe que converses mucho
conmigo y mientras tanto yo me resolveré a contártelo todo.
Así lo hicimos; mas después de un cuarto de hora, mi caballo y
el de María volvieron a aparearse. Salimos de nuevo a la campaña y
veíamos blanquear la torrecilla de la parroquia y colorear los
techos de las casas en medio de los follajes de los huertos.
-Di, María -le dije entonces.
-Ya ves que estás deseoso tú mismo de disculparme. ¿Y si el
motivo que te voy a decir no es suficiente? Mejor hubiera sido no
estar contenta; pero como no has querido enseñarme a fingir...
-¿Cómo enseñarte lo que no sé?
-¡Qué buena memoria! ¿Has olvidado lo que me decías anoche? Voy
a aprovecharme de esa lección.
-¿Desde hoy?
-Desde ahora no -respondió sonriéndose de la misma gravedad que
trataba de aparentar-. Oye, pues yo no he podido prescindir de
estar contenta hoy, porque luego que nos separamos anoche, pensé
que de esa pérdida sufrida por papá, puede resultar... Y ¿qué
pensaría él de mí si supiera esto?
-Explícate, y yo te diré qué pensaría.
-Si esa suma que se ha perdido es tanta -se resolvió a decirme
entonces, peinando las crines del caballo con el mango del fuete,
que ya le había devuelto- papá necesitará más de ti..., él
consentirá en que le ayudes desde ahora...
-Sí, sí -le respondí dominado por su mirada tímida y anhelosa al
confesarme lo que tanto recelaba la pudiera mostrar culpable.
-¿Conque es verdad que sí?
-Relevaré a mi padre de la promesa que me tiene hecha de
enviarme a Europa a terminar mis estudios; le prometeré luchar a
su lado hasta el fin por salvar su crédito; y él consentirá; debe
consentir... Así no nos separaremos tú y yo nunca... no nos
separarán. Y entonces pronto...
Sin levantar los ojos me significó que sí; y al través de su
velillo, con el cual jugaba la brisa, su pudor era el pudor de un
ángel.
Cuando hubimos llegado al pueblo, vino Braulio a saludarnos y a
decirnos que el cura nos estaba esperando. Mi madre y María se
habían cambiado los vestidos, y salimos.
El anciano cura, al vernos acercar a su casita situada al lado
de la iglesia, nos salió al encuentro, invitándonos a almorzar con
él, de lo cual nos excusamos cuan finamente pudimos.
Al empezarse la ceremonia, el rostro de Braulio, aunque algún
tanto pálido, denunciaba su felicidad. Tránsito miraba tenazmente
al suelo, y contestó con voz alterada al llegarle el turno; José,
colocado al lado del cura, empuñaba con mano poco firme uno de los
cirios; y sus ojos, que pasaban constantemente del rostro del
sacerdote al de su hija, si no se podía decir que estaban
llorosos, sí que habían llorado.
Al tiempo que el ministro bendecía las manos enlazadas de los
novios, Tránsito se atrevió a mirar a su marido: en aquella mirada
había amor, humildad e inocencia; era la promesa única que podía
hacer al hombre que amaba, después de la que acababa de pronunciar
ante Dios.
Oímos todos la misa, y al salir de la iglesia nos dijo Braulio
que mientras montábamos saldrían ellos del pueblo; pero que no los
alcanzaríamos muy lejos.
A la media hora dimos alcance a la linda pareja y a José, quien
llevaba por delante la vieja mula rucia en que había conducido con
los regalos para el cura, legumbres para el mercado y la ropa de
gala de los muchachos. Tránsito iba ya solamente con su vestido de
domingo, y el de novia no le sentaba mejor: sombrerito de jipijapa,
por debajo del cual caían las trenzas sobre el pañolón negro de
guardilla morada: la falda de zaraza rosada con muchos boleros y
ligeramente recogida para librarla del rocío de los gramales,
dejaba ver a veces sus lindos pies, y el embozo, al descubrirse, la
camisa blanca bordada de seda negra y roja.
Acortamos el paso para ir con ellos un rato y esperar a mi
madre. Tránsito iba al lado de María, quitándole del faldón las
pelusas que había recogido en los pajonales: hablaba poco, y en su
porte y rostro se descubría un conjunto tal de modestia,
reconocimiento y placer, que es difícil imaginar.
Al despedirnos de ellos prometiéndoles ir aquella tarde a la
montaña, Tránsito sonrió a María con una dulzura casi hermanal:
ésta retuvo entre las suyas la mano que le ofrecía tímidamente su
ahijada, diciéndole:
-Me da mucha pena el pensar que vas a hacer todo el camino a
pie.
-¿Por qué, señorita?
-¿Señorita?
-Madrina, ¿no?
-Sí, sí.
-Bueno. Nos iremos poco a poco; ¿verdad? -dijo dirigiéndose a
los montañeses.
-Sí -respondió Braulio-; y si no te avergüenzas hoy también de
apoyarte en mí para subir los repechos, no llegarás tan
cansada.
Mi madre, que con Felipe nos dio alcance en ese momento, instó a
José para que al día siguiente llevase la familia a comer con
nosotros, y él quedó comprometido a empeñarse para que así
fuese.
La conversación se hizo general durante el regreso, lo que María
y yo procuramos para que se distrajese mi madre, quien se quejaba
de cansancio, como siempre que andaba a caballo. Solamente al
acercarnos a la casa me dijo María en voz que sólo yo podía
oír:
-¿Vas a decir eso hoy a papá?
-Sí.
-No se lo digas hoy.
-¿Por qué?
-Porque no.
-¿Cuándo quieres que se lo diga?
-Si pasados estos ochos días no te habla nada de viaje, busca
ocasión para decírselo. ¿Y sabes cuál será la mejor? Un día después
de que hayáis trabajado mucho juntos: se le conoce entonces a él
que está muy agradecido por lo que le ayudas.
-Pero mientras tanto no podré soportar la impaciencia en que me
tendrá el no saber si acepta.
-¿Y si él no conviene?
-¿Lo temes?
-Sí.
-¿Y qué haremos entonces?
-Tú, obedecerle.
-¿Y tú?
-¡Ay!, quién sabe.
-Debes creer que aceptará, María.
-No, no; porque si me engañara, sé que ese engaño me haría un
mal muy grande. Pero hazlo como te digo: así puede ser que todo
salga bien.
XXXVI
Habíamos llegado. Extrañé ver cerradas las ventanas del aposento
de mi madre. Le había ayudado a ella a apearse y estaba haciendo lo
mismo con María a tiempo que Eloísa salió a recibirnos,
insinuándonos por señas que no hiciésemos ruido.
-Papá -dijo- se ha vuelto a acostar, porque está enfermo.
Solamente María y yo podíamos suponer la causa, y nuestras
miradas se encontraron para decírsela. Ella y mi madre entraron al
instante a ver a mi padre; yo las seguí. Como él conoció que nos
habíamos preocupado, nos dijo en voz balbuciente por el
escalofrío:
-No es nada; tal vez me levanté sin precaución, y me he
resfriado.
Tenía las manos y los pies yertos, y calenturienta la
frente.
A la media hora, María y mi madre se hallaban ya en traje de
casa. Se sirvió el almuerzo, pero ellas no asistieron al comedor.
Al levantarme de la mesa, llegó Emma a decirme que mi padre me
llamaba.
La fiebre había tomado incremento. María estaba en pie y
recostada contra una de las columnas de la cama: Emma a su lado y
mi madre a la cabecera.
-Apaguen algunas de esas luces -decía mi padre a tiempo que yo
entraba.
Sólo una había, y estaba en la mesa que le ocultaban las
cortinas.
-Aquí está ya Efraín -le dijo mi madre.
Nos pareció que no había oído. Pasado un momento, dijo como para
sí:
-Esto no tiene sino un remedio. ¿Por qué no viene Efraín para
despachar de una vez todo?
Le hice notar que estaba presente.
-Bueno -continuó- tráelas para firmarlas.
Mi madre apoyaba la frente sobre una de las manos. María y Emma
trataban de saber, mirándome, si existían realmente tales
cartas.
-Así que usted esté más reposado se despachará todo mejor.
-¡Qué hombre!, ¡qué hombre! -murmuró; y se quedó en seguida
aletargado.
Llamóme mi madre al salón y me dijo:
-Me parece que debemos llamar al doctor: ¿qué dices?
-Creo que debe llamársele; porque aunque la fiebre pase, nada se
pierde con hacer que venga, y si...
-No, no -interrumpió ella-: siempre que alguna enfermedad le
empieza así, es grave.
Luego que despaché un paje en busca del médico, volví al lado de
mi padre, quien me llamaba otra vez.
-¿A qué hora volvieron? -me preguntó.
-Hace más de una hora.
-¿Dónde está tu madre?
-Voy a llamarla.
-Que no sepa nada.
-Sí, señor, esté usted tranquilo.
-¿Pusiste esa posdata a la carta?
-Sí, señor.
-¿Sacaste del armario aquella correspondencia y los recibos?
Lo dominaba, de seguro, la idea de remediar la pérdida que había
sufrido. Había oído mi madre este último diálogo, y como él
pareciese quedarse dormido, me preguntó:
-¿Ha tenido tu padre alguna molestia en estos días? ¿Ha recibido
alguna mala noticia? ¿Qué es lo que no quiere que yo sepa?
-Nada ha sucedido, nada que se le oculte a usted -le respondí
fingiendo la mayor naturalidad que me fue posible.
-Entonces, ¿qué significa ese delirio? ¿Quién es el hombre de
quien parece quejarse?... ¿De qué cartas habla tanto?
-No puedo adivinarlo, señora.
Ella no quedó satisfecha de mis contestaciones; pero yo no debía
darle otras.
A las cuatro de la tarde llegó el médico. La fiebre no había
cedido, y el enfermo continuaba delirando en unos ratos,
aletargado en otros. Todos los remedios caseros que para el
supuesto resfriado se le aplicaron habían sido hasta entonces
ineficaces.
Habiendo el doctor dispuesto que se preparase un baño de tina y
lo necesario para aplicarle a mi padre unas ventosas, fue conmigo a
mi cuarto. Mientras confeccionaba una poción, traté de saber su
concepto sobre la enfermedad.
-Es, probablemente, una fiebre cerebral -me dijo.
-¿Y ese dolor de que se queja en la región del hígado?
-No tiene que ver con lo otro, pero no es despreciable.
-¿Le parece a usted muy grave el mal?
-Así suelen empezar estas fiebres, pero si se atacan en tiempo,
se logra muchas veces vencerlas. ¿Se ha fatigado mucho su padre en
estos días?
-Sí, señor; estuvimos hasta ayer en las haciendas de abajo y
tuvo mucho que hacer.
-¿Ha tenido alguna contrariedad, algún disgusto serio?
-Creo que debo hablar a usted con la franqueza que exigen las
circunstancias. Hace tres días recibió la noticia de que un negocio
suyo con cuyo buen éxito necesitaba contar, se había
desgraciado.
-¿Y le hizo aquello mucha impresión? Discúlpeme usted si le
hablo de esta manera; creo indispensable hacerlo. Ocasiones tendrá
usted durante sus estudios, y más frecuentemente en la práctica,
para convencerse de que existen enfermedades que proviniendo de
sufrimientos del ánimo se disfrazan con los síntomas de otras, o se
complican con las más conocidas por la ciencia.
-Puede usted estar casi seguro de que esa desgracia de que le he
hablado ha sido la causa principal de la enfermedad. Es sí
indispensable advertir a usted que mi madre ignora lo ocurrido,
porque mi padre así lo ha querido para evitarle el pesar que era
consiguiente.
-Está bien: ha hecho usted perfectamente en hablarme de ese
modo: esté cierto de que yo sabré aprovecharme prudentemente del
secreto. ¡Cuánto siento todo eso! Ahora iremos por camino más
conocido. Vamos -agregó poniéndose en pie, y tomando la copa en que
había mezclado las drogas-: creo que esto hará muy buen efecto.
Eran ya las dos de la mañana. La fiebre no había cedido un
punto.
El doctor, después de velar hasta esa hora, se retiró suplicando
lo llamásemos si se presentaba algún síntoma alarmante.
La estancia, alumbrada escasamente, estaba en profundo
silencio.
Permanecía mi madre en una butaca cerca de la cabecera: por el
movimiento de sus labios y por la dirección de sus miradas, fijas
en un
|eccehomo, colgado sobre la puerta que daba entrada del
salón al aposento, podía conocerse que oraba. Ya, por las palabras
que del delirio de mi padre había anudado, nada de lo ocurrido se
le ocultaba. A los pies de la cama, arrodillada sobre un sofá, y
medio oculta por las cortinas, procuraba María volver el calor a
los pies del enfermo, que se había quejado nuevamente de frío.
Acerquéme a ella para decirle muy quedo:
-Retírate a descansar un rato.
-¿Por qué? -me respondió levantando la cabeza, que tenía
apoyada en uno de los brazos: cabeza tan bella en el desaliño de
la velada como cuando estaba adornada primorosamente en el paseo de
la mañana anterior.
-Porque te va a hacer mal pasar toda la noche en vela.
-No lo creas; ¿qué hora es?
-Van a ser las tres.
-Yo no estoy cansada: pronto amanecerá: duerme tú mientras
tanto, y si fuere necesario te haré llamar.
-¿Cómo están los pies?
-¡Ay!, muy fríos.
-Deja que te reemplace ahí algún rato, y después me
retiraré.
-Está bien -respondió levantándose con tiento para no hacer el
menor ruido.
Me entregó el cepillo, sonriendo al enseñarme cómo debía tomarlo
para frotar las plantas. Luego que hube tomado su puesto, me
dijo:
-No es sino por un momento, mientras voy a ver qué tiene Juan y
vuelvo.
El chiquito había despertado y la llamaba, extrañando no verla
cerca. Se oyó después la voz callada de María, que decía ternezas a
Juan, para lograr que no se levantase, y el ruido de los besos con
que lo acariciaba. No tardó el reloj en dar las tres: María tornó a
reclamarme su asiento.
-¿Es tiempo de la bebida? -le pregunté.
-Creo que sí.
-Pregúntale a mi madre.
Llevando ésta la poción y yo la luz, nos acercamos al lecho. A
nuestros llamamientos abrió mi padre los ojos, notablemente
inyectados, y procuró hacerles sombra con una mano, molestado por
la luz. Se le instó para que tomase la bebida. Incorporóse
volviendo a quejarse de dolor en el costado derecho: y después de
examinar con mirada incierta cuanto le rodeaba, dijo algunas
palabras en las cuales se oyó "sed".
-Esto la calmará -le observó mi madre presentándole el vaso.
El se dejó caer sobre las almohadas, diciendo al llevarse
entrambas manos al cerebro:
-¡Aquí!
Logramos de nuevo que hiciera un esfuerzo para levantarse; pero
inútilmente.
El semblante de mi madre dejaba conocer lo que aquella
postración la acobardaba.
Sentándose María al borde de la cama y apoyada en las almohadas,
dijo al enfermo con su voz más cariñosa:
-Papá, procure levantarse para tomar esto; yo voy a
ayudarle.
-Veamos, hija -contestó con voz débil.
Ella consiguió recostarlo en su pecho, mientras lo sostenía por
la espalda con el brazo izquierdo. Las negras trenzas de María
sombrearon aquella cabeza cana y venerable a que tan tiernamente
ofrecía ella su seno por cojín.
Una vez tomada la poción, mi madre me entregó el vaso y María
volvió a colocar suavemente a mi padre sobre las almohadas.
-¡Ay! ¡Jesús! ¡Cómo se ha postrado! -me dijo ésta en voz muy
baja, luego que estuvimos cerca de la mesa donde colocaba ella la
luz.
-Esa bebida es narcótica -le indiqué por tranquilizarla.
-Pero el delirio no es tan constante ya. ¿Qué te ha dicho el
doctor?
-Que es necesario esperar un poco para hacer remedios más
enérgicos.
-Vete a acostar, que con nosotras hay ya; oye, son la tres y
media. Yo despertaré a Emma para que me acompañe, y tú conseguirás
que mamá descanse también un rato.
-Te has puesto pálida; esto va a hacerte muchísimo daño.
Ella estaba frente al espejo del tocador de mi madre, y se miró
en él pasándose las manos por las sienes para medio arreglarse los
cabellos al responderle:
-No tanto: verás cómo nada se me nota.
-Si descansas un rato ahora, puede ser; te haré llamar cuando
sea de día.
Conseguí que las tres me dejaran solo, y me senté a la
cabecera.
El sueño del enfermo continuó intranquilo, y a veces se le
percibían palabras mal articuladas del delirio.
Durante una hora desfilaron en mi imaginación todos los cuadros
horrorosos que vendrían en pos de una desgracia, en la cual no
podía detenerme a pensar sin que se contrajera mi corazón
dolorosamente.
Empezaba a amanecer; algunas líneas luminosas entraban por las
rendijas de las puertas y ventanas; la luz de la lámpara fue
haciéndose más y más pálida; se oían ya los cantos de los coclíes y
los de las aves domésticas.
Entró el doctor.
-¿Lo han llamado a usted? -le pregunté.
-No; es que necesito estar aquí ahora. ¿Cómo ha continuado?
Le indiqué lo que había yo observado; tomó el pulso, mirando al
mismo tiempo su reloj.
-Absolutamente nada -dijo como para sí-. ¿La bebida?
-añadió.
-La ha tomado una vez más.
-Démosle otra toma; y para no incomodarlo de nuevo, le
pondremos ahora los cáusticos.
Hicímoslo todo ayudados por Emma.
El médico estaba visiblemente preocupado.
XXXVII
Después de tres días, la fiebre resistía aún a todos los
esfuerzos del médico para combatirla: los síntomas eran tan
alarmantes, que ni a él mismo le era posible ocultar en ciertos
momentos la angustia que le dominaba.
Eran las doce de la noche. El doctor me llamó disimu-ladamente
al salón para decirme:
-Usted no desconoce el peligro en que se halla su padre: no me
queda ya otra esperanza que la que tengo en los efectos de una
copiosa sangría que voy a darle, para lo cual está preparado
convenientemente.
Si ella y los medicamentos que ha tomado esta tarde no producen
de aquí al amanecer una excitación y un delirio crecientes, es
difícil conseguir ya una crisis. Es tiempo de manifestar a usted
-continuó después de alguna pausa- que si al venir el día no se
hubiere presentado esa crisis, nada me resta por hacer. Por ahora,
haga usted que la señora se retire, porque, suceda o no lo que
deseo, ella no debe estar en la habitación: es más de medianoche, y
ése es un buen pretexto para suplicarle tome algún descanso. Si
usted lo juzga conveniente, ruegue también a las señoritas que nos
dejen solos.
Le observé que estaba seguro de que ellas se resistirían y que
dado que se consiguiera, aquello podía desconsolar más a mi
madre.
-Veo que usted se hace cargo de lo que está pasando, sin perder
el valor que el caso requiere -me dijo examinando escrupulosamente,
a la luz de la bujía inmediata, las lancetas de su estuche de
bolsillo-. No hay que desesperar todavía.
Salimos del salón para ir a poner por obra lo que él estimaba
como último recurso.
Mi padre estaba dominado por el mismo sopor: durante el día y lo
corrido de la noche no había cesado el delirio. Su inmovilidad
tenía algo de la que produce el agotamiento de las últimas fuerzas:
casi sordo a todo llamamiento, solamente los ojos, que abría con
dificultad algunas veces, dejaban conocer que oía; y su respiración
era anhelosa.
Mi madre sollozaba sentada a la cabecera de la cama, apoyada la
frente en los almohadones y teniendo entre las manos una de las de
mi padre. Emma y María, ayudadas por Luisa, que aquella noche había
venido a reemplazar a sus hijas, preparaban los útiles para el baño
en que se iba a dar la sangría.
Mayn pidió la luz; María la acercó a la cama: por el rostro le
rodaban como a su pesar algunas lágrimas mientras el médico estuvo
haciendo el examen que deseaba.
A la hora, terminado ya todo lo que el doctor estimaba como
extremo recurso, nos dijo:
-Cuando el reloj dé las dos y media, debo estar aquí; pero si me
vence el sueño, que me llamen.
Señalando en seguida al enfermo, añadió:
-Se le debe dejar en completa calma.
Y se retiró después de haber dicho casi risueño alguna chanza a
las muchachas sobre la necesidad que tienen los viejos de dormir a
tiempo: jovialidad digna de agradecérsele, pues que no tenía más
objeto que tranquilizarlas.
Mi madre volvió a ver si lo que durante una hora se había estado
haciendo producía algún efecto consolador; pero logramos
convencerla de que el doctor estaba lleno de esperanzas para el
día siguiente; y abrumada por el cansancio, se durmió en el
departamento de Emma, donde quedó Luisa haciéndole compañía.
Dio las dos el reloj.
María y Emma sabían ya que el doctor deseaba la manifestación de
ciertos síntomas, y espiaron largo tiempo con anhelosa curiosidad
el sueño de mi padre.
El enfermo parecía más tranquilo, y había pedido una vez agua,
aunque con voz muy débil, bastante inteligible, lo cual les hizo
concebir esperanza de que la sangría produjera buenos
resultados.
Emma, después de inútiles esfuerzos para evitarlo, se durmió en
la poltrona que estaba a la cabecera de la cama. María, reclinada
al principio en uno de los brazos del pequeño sofá que ocupábamos,
había dejado caer sobre éste, rendida al fin, la cabeza, cuyo
perfil resaltaba en el damasco color de púrpura de los almohadones;
habiéndosele desembozado el pañolón de seda que llevaba, negreaba
rodado sobre el nevado linón de la falda, que con los boleros
ajados parecía, a favor de la sombra, formada de espumas. En medio
del silencio que nos rodeaba se percibía su respiración, suave como
la de un niño que se ha dormido en nuestros brazos.
Sonaron las tres. El ruido del reloj hizo hacer un ligero
movimiento a María como para incorporarse; pero fue más poderoso
otra vez el sueño que su voluntad. Hundida la cintura en el ropaje
que de ella descendía a la alfombra, quedaba visible un pie casi
infantil, calzado con una chinela roja salpicada de
lentejuelas.
Yo la contemplaba con indecible ternura, y mis ojos, vueltos
algunas veces hacia el lecho de mi padre, tornaban a buscarla,
porque mi alma estaba allí, acariciando esa frente, escuchando los
latidos de ese corazón, esperando oír a cada instante alguna
palabra que me revelase alguno de sus sueños, porque sus labios
como que intentaban balbucirla.
Un quejido doloroso del enfermo interrumpió aquel enajenamiento
aliviador de mi espíritu; y la realidad reapareció tan espantosa
como era.
Acerquéme al lecho: mi padre, que se apoyaba en uno de sus
brazos, me miró con tenaz fuerza, diciéndome al cabo:
-Acércame la ropa, que es muy tarde ya.
-Es de noche, señor -le respondí.
-¿Cómo de noche? Quiero levantarme.
-Es imposible -le observé suavemente-. ¿No ve usted que le
causaría mucho daño?
Dejó caer otra vez la cabeza en los almohadones, y pronunciaba
en voz baja palabras que no entendí, mientras movía las manos
pálidas y enflaquecidas, cual si estuviese haciendo una cuenta.
Viéndole buscar alguna cosa a su lado, le presenté mi pañuelo.
-Gracias -me dijo, cual si hablase con un extraño; y después de
enjugarse los labios con él, buscó sobre la colcha que lo cubría,
un bolsillo para guardarlo.
Volvió a quedarse dormido algunos momentos. Me acercaba a la
mesa para saber la hora en que el delirio había empezado, cuando
él, sentado en la cama y descorriendo las cortinas que le
ocultaban la luz, dejó ver la cabeza lívida y de asombrado mirar,
diciéndome:
-¿Quién está ahí?... ¡Hola! ¡Hola!
Sobrecogido de cierto espanto invencible, a pesar de lo que
prometía aquel delirio tan semejante a la locura, procuré
reducirlo a que se acostara. Clavando él en mí una mirada casi
terrible, preguntó:
-¿No estuvo él aquí? En este momento se ha levantado de esa
silla.
-¿Quién?
Pronunció el nombre que yo me temía.
Pasado un cuarto de hora, incorporóse otra vez diciéndome con
voz más vigorosa ya:
-No le permita que entre; que me espere. A ver la ropa.
Le supliqué que no insistiera en levantarse, pero en tono
imperativo replicó:
-¡Oh! ¡Qué necedad!... ¡La ropa!
Se me ocurrió que María, que había ejercido sobre él en momentos
semejantes tan poderosa influencia, podría ayudarme; mas no me
resolví a separarme del lecho, temeroso de que mi padre se
levantase. El estado de debilidad real en que se hallaba le
impedía permanecer mucho tiempo sentado; y volvió a reclinarse
aparentemente tranquilo. Entonces me acerqué a María, y tomándole
la mano que le pendía sobre la falda, la llamé muy quedo. Ella, sin
apartar la mano de la mía, se incorporó sin abrir los ojos; mas
luego que me vio se apresuró a cubrirse los hombros con el
pañolón, y poniéndose en pie me dijo:
-¿Qué se necesita, ah?
-Es -le respondí- que el delirio ha empezado, y deseo que me
acompañes por si el acceso es muy fuerte.
-¿Cuánto tiempo hace?
-Va para una hora.
Se acercó al lecho casi contenta por la buena noticia que yo le
daba, y alejándose en puntillas de él, vino a decirme:
-Pero está dormido otra vez.
-Ya verás que eso dura poco.
-¿Y por qué no me habías despertado antes?
-Dormías tan profundamente, que me dio pena hacerlo.
-¿Y Emma también? Ella tiene la culpa de que me haya dormido
yo.
Se acercó a Emma y me dijo:
-Mira qué linda está. ¡Pobre! ¿La llamamos?
-Ya ves -le contesté- que da lástima despertar a quien duerme
así.
Le tomó el labio inferior a mi hermana, y cogiéndole después con
ambas manos la cabeza, la llamó inclinándose hasta que se tocaron
sus frentes. Emma despertó casi asustada, pero sonriendo al punto,
tomó en las suyas las manos con que María le acariciaba las
sienes.
Mi padre acababa de sentarse con más facilidad de la que hasta
entonces había tenido. Permaneció unos momentos silencioso y como
espiando los ángulos oscuros del aposento. Las muchachas lo miraban
aterradas.
-¡Voy allá! -prorrumpió él al fin-; ¡voy en este instante!
Buscó algo sobre la cama, y dirigiéndose de nuevo a quien creía
lo esperaba, añadió:
-Perdone usted que lo haga esperar un instante.
Y dirigiéndose a mí:
-¡Mi ropa!... ¿Qué es esto? ¡La ropa!
María y Emma permanecían inmóviles.
-Es que no está aquí -le respondí- han ido a traerla.
-¿Para qué se la han llevado?
-La habrán ido a cambiar por otra.
-Pero ¿qué demora es ésta? -dijo enjugándose el sudor de la
frente-. ¿Los caballos están listos? -continuó.
-Sí, señor.
-Vaya y diga a Efraín que lo espero para que montemos antes de
que se haga tarde. ¡Muévase, hombre! Juan Angel, el café. ¡No,
no... esto es intolerable!
Y se acercaba al borde de la cama para saltar al suelo. María
aproximóse a él diciéndole:
-No, papá, no haga eso.
-¿Que no qué? -le respondió con aspereza.
-Que si se levanta se impacientará el doctor, porque le hará a
usted mal.
-¿Qué doctor?
-Pues el médico que ha venido a verlo, porque usted está
enfermo.
-Yo estoy bueno, ¿oyes? ¡Bueno!, y quiero levantarme. ¿Ese niño
dónde está, que no aparece?
-Es necesario que yo llame a Mayn, dije al oído a María.
-No, no -me contestó, deteniéndome de una mano y ocultándole con
su cuerpo aquel ademán a mi padre.
-Pero si es indispensable.
-Es que no debes dejarnos solas. Dile a Emma que vaya a
despertar a Luisa para que lo llame.
Lo hice así, y Emma salió.
Mi padre insistía, irritado ya, en levantarse. Hube de
alcanzarle la ropa que pedía y me resolví a ayudarle a vestirse,
cerrando antes las cortinas. Saltó de la cama inmediatamente que se
creyó vestido. Estaba lívido, contraído el ceño; agitábale los
labios un temblor constante cual si estuviese poseído de ira, y sus
ojos tenían un brillo siniestro al girar en las órbitas buscando
algo por todas partes. El pie sangrado le impedía andar bien a
pesar de que había aceptado mi brazo para apoyarse. María, en pie,
las manos cruzadas sobre la falda y dejando conocer en su rostro el
afán y el dolor que la angustiaba, no se atrevía a dar un paso
hacia nosotros.
-Abra esa puerta -dijo mi padre acercándose a la que conducía al
oratorio.
Le obedecí. El oratorio estaba sin luz. María se apresuró a
precedernos con una, y colocándola cerca de aquella bella imagen de
la Virgen que tanto se le parecía, pronunció palabras que no oí, y
sus ojos suplicantes se fijaron arrasados de lágrimas en el rostro
de la imagen. Mi padre se detuvo en el umbral. Su mirada se hizo
menos intranquila, y se apoyó con mayor fuerza en mi brazo.
-¿Desea usted sentarse? -le pregunté.
-Sí... bueno... Vamos -respondió con voz casi suave.
Lo había vuelto yo a acomodar en la cama cuando entró el doctor:
se le refirió lo que había pasado y se mostró contento, después de
pulsarlo.
A la media hora, se acercó Mayn otra vez a examinar al enfermo,
que dormía profundamente: preparó una poción y entregándosela a
María, le dijo:
-Usted va a darle esto, instándole para que lo tome con esa
dulzurita que tenemos.
Ella tomó la copa con cierto temor, y nos acercamos a la cama
llevando yo la luz. El doctor se ocultó tras de las cortinas para
observar al enfermo sin ser visto.
María llamó a mi padre con su más suave acento. El, luego que
despertó, se llevó la mano al costado, quejándose al mismo tiempo;
fijóse en María, que le instaba para que tomase la poción, y le
dijo:
-Por cucharadas; no puedo levantarme.
Ella empezó a darle así la bebida.
-¿Está dulce? -le preguntó.
-Sí, pero basta con eso ya.
-¿Tiene mucho sueño?
-Sí. ¿Qué hora es?
-Va a amanecer.
-¿Tu mamá?
-Descansando un rato. Tome unas cucharadas más de esto y
dormirá muy bien después.
El significó con la cabeza que no. María buscó los ojos del
médico para consultarle, y él le hizo seña para que le diera más de
la bebida. El enfermo se resistía y ella le dijo, haciendo ademán
de que probara el contenido de la copa:
-Si es muy agradable. Otra cucharada, otra, y no más.
Los labios de mi padre se contrajeron intentando sonreír, y
recibieron el líquido. María se los enjugó con su pañuelo,
diciéndole con la misma ternura con que solía despedirse de Juan
después de dejarlo acostado.
-Bueno, pues: ahora a dormir mucho.
Y cerró las cortinas.
-Con una enfermera como usted -le observó el doctor a tiempo que
ella colocaba la luz sobre la mesa- no se moriría ninguno de mis
enfermos...
-¿Es decir que ya?... -le interrumpió ella.
-Respondo de todo.
XXXVIII
Pasados diez días, mi padre estaba convaleciente, y la alegría
había vuelto a nuestra casa. Cuando una enfermedad nos ha hecho
temer la pérdida de una persona amada, aquel temor aviva nuestros
más dulces afectos hacia ella, y hay en los cuidados que le
prodigamos, alejado ya el peligro, una ternura capaz de desarmar a
la muerte misma.
Había recomendado el médico que se procurase al espíritu del
enfermo la mayor tranquilidad posible. Se evitaba cuidadosamente
hablarle de negocios. Luego que pudo levantarse, le instamos que
eligiera un libro para leer en algunos ratos y escogió
el
|
|Diario de Napoleón en Santa Elena, lectura que
siempre lo conmovía hondamente.
Reunidos en el costurero de mi madre, nos turnábamos para leerle
Emma, María y yo, y si lo notábamos alguna vez dominado por la
tristeza, Emma tocaba la guitarra para distraerlo. Otras veces
solía él hablarnos de los días de su niñez, de sus padres y
hermanos, o nos refería con entusiasmo los viajes que había hecho
en su primera juventud. En ocasiones se chanceaba con mi madre
criticando las costumbres del Chocó, por reír al oírla hacer la
defensa de su tierra natal.
-¿Cuántos años tenía yo cuando nos casamos? -le preguntó una
vez, después de haber hablado de los primeros días de su
matrimonio y de un incendio que los dejó completamente arruinados
a los dos meses de verificado aquél.
-Veintiuno -respondió ella.
-No, hija; tenía veinte. Yo engañé a la señora (así llamaba a su
suegra) temeroso de que me creyese muy muchacho. Como las mujeres,
cuando sus maridos empiezan a envejecer, nunca recuerdan bien los
años que ellos tienen, fácil me ha sido luego rectificar la
cuenta.
-¿Veinte años no más? -preguntó Emma admirada.
-Ya lo oyes -respondió mi madre.
-Y usted, ¿cuántos, mamá? -preguntó María.
-Yo tenía dieciséis: un año más de los que tienes tú.
-Pero dile que te cuente -dijo mi padre- la importancia que se
daba para conmigo desde que tuvo quince, que fue entonces cuando yo
resolví casarme con ella y hacerme cristiano.
-A ver, mamá -dijo María.
-Pregúntale a él primero -respondió mi madre- a qué se resolvió
por eso que él llama la importancia que para con él me daba.
Todos nos volvimos hacia mi padre, y él dijo:
-A casarme.
Interrumpió aquella conversación la llegada de Juan Angel, que
venía del pueblo trayendo la correspondencia. Entregó algunos
periódicos y dos cartas, ambas firmadas por el señor A..., y una de
ellas de fecha bastante atrasada.
Luego que vi las firmas, se las pasé a mi padre.
-¡Ah!, sí -dijo devolviéndomelas-; esperaba cartas de él.
La primera se reducía a anunciar que no podría emprender su
viaje a Europa sino pasados cuatro meses, lo cual avisaba para que
no se precipitasen los preparativos del mío. No me atreví a dirigir
una sola mirada a María, temeroso de provocar una emoción mayor que
la que me dominaba; pero vino en mi ayuda la reflexión que hice
instantáneamente de que si mi viaje no se frustraba, me quedaban
aún más de tres meses de felicidad. María estaba pálida, y
pretextaba buscar algo en su cajita de costura, que tenía sobre las
rodillas. Mi padre, completamente tranquilo, esperó a que yo
concluyese la lectura de la primera carta para decir:
-Qué se va a hacer: veamos la otra.
Leí los primeros renglones, y comprendiendo que iba a serme
imposible disimular mi turbación, me acerqué a la ventana como para
ver mejor, y poder dar así la espalda a los que oían. La carta
decía literalmente esto, en su parte sustancial:
"Hace quince días que escribí a usted avisándole que me veía
precisado a retardar por cuatro meses más mi viaje; pero habiéndose
allanado cuando y como yo no lo esperaba, los inconvenientes que se
me habían presentado, me apresuro a dirigirle esta carta con el
objeto de anunciarle que el 30 del próximo enero estaré en Cali,
donde espero encontrar a Efraín para que nos pongamos en marcha
hacia el puerto el dos de febrero.
"Aunque tuve el pesar de saber que una grave enfermedad lo había
tenido a usted en cama, poco después recibí la agradable noticia de
que estaba ya fuera de peligro. Doy a usted y a su familia la
enhorabuena por el pronto restablecimiento de su salud.
"Espero, pues, que no habrá inconveniente alguno para que usted
me proporcione el placer de llevar la grata compañía de Efraín, por
quien, como usted sabe, he tenido siempre tan particular cariño.
Sírvase mostrarle esta parte de mi carta".
Cuando volví a buscar mi asiento, encontré las miradas de mi
padre fijas en mí. María y mi hermana salían en aquel momento al
salón, y ocupé la butaca que la primera acababa de dejar, por estar
este asiento más a la sombra.
-¿Cuántos tenemos hoy? -preguntó mi padre.
-Veintiséis -le respondí.
-Nos queda solamente un mes; es necesario no dormirse.
Había en el acento con que pronunció aquellas palabras, y en su
semblante, toda la tranquilidad que revela una resolución
inmutable.
Un paje entró a avisarme que estaba listo el caballo que una
hora antes le había mandado preparar.
-Cuando vuelvas de tu paseo -díjome mi padre- contestaremos esa
carta, y la llevarás tú mismo al pueblo, puesto que mañana debías
de todos modos dar una vuelta a las haciendas.
-No me demoraré -dije saliendo.
Necesitaba disimular lo que sufría; llamar en la soledad aquella
dulce esperanza que me había halagado para dejarme luego solo ante
la realidad del temido viaje; necesitaba llorar a solas, para que
María no viera mis lágrimas... ¡Ah!, si ella hubiese podido saber
cuántas brotaban de mi corazón en aquel instante, tampoco habría
esperado ya.
Descendí a las anchas vegas del río, donde acercándose a las
llanuras es menos impetuoso: formando majestuosas curvas, pasa al
principio por en medio de colinas pulcramente alfombradas, de las
que ruedan a unírsele torrentes espumosos, y sigue luego
acariciando los follajes de los carboneros y guayabales de la
orilla; se oculta después bajo las últimas cintas montañosas donde
parece darle en murmullos sus últimos adioses a la soledad, y al
fin piérdese a lo lejos, muy lejos en la pampa azul, donde en aquel
momento el Sol al esconderse tornasolaba de lila y oro su
raudal.
Cuando regresé ascendiendo por los tortuosos senderos de la
ribera, la noche estaba engalanada ya con todos los esplendores
del estío. Las albas espumas del río pasaban resplandecientes, y
las ondas mecían los cañaverales como diciendo secretos a las auras
que venían a peinarles los plumajes. Los no sombreados remansos
reflejaban en su fondo temblorosas las estrellas; y donde los
ramajes de la selva de una y otra orilla se enlazaban formando
pabellones misteriosos, brillaba la luz fosfórica de las
luciérnagas errantes. Sólo el grillar de los insectos nocturnos
turbaba aquel silencio de los bosques; pero de tiempo en tiempo el
bujío, guardián de las negras espesuras, revoloteaba a mi alrededor
haciéndome oír su silbido siniestro.
La casa, aunque iluminada ya, estaba silenciosa cuando entregué
en la gradería el caballo a Juan Angel.
Me esperaba mi padre paseándose en el salón: la familia se
hallaba reunida en el oratorio.
-Has tardado -me dijo mi padre-: ¿quieres que escribamos esas
cartas?
-Quisiera que antes habláramos algo sobre mi viaje.
-A ver -me contestó sentándose en un sofá.
Yo permanecí en pie cerca de una mesa y dando la espalda a la
bujía que nos alumbraba.
-Después de la desgracia ocurrida -le dije- después de esa
pérdida, cuyo valor puedo valuar, estimo indispensable manifestar
a usted que no lo creo obligado a hacer el sacrificio que le exige
la conclusión de mis estudios. Antes de que los intereses de la
casa sufrieran este desfalco indiqué a usted que me sería muy
satisfactorio en adelante ayudarle en sus trabajos; y a su negativa
de entonces nada pude replicar. Hoy las circunstancias son muy
distintas: todo me hace esperar que usted aceptará mi ofrecimiento;
y yo renuncio gustoso al bien que usted quiere hacerme enviándome a
concluir mi carrera, porque es un deber mío relevar a usted de esa
especie de compromiso que para conmigo tiene contraído.
-Todo eso -me respondió- está hasta cierto punto juiciosamente
pensado. Aunque haya motivos para que hoy más que antes te sea
temible ese viaje, no puedo dejar de conocer, a pesar de todo, que
te dominan al hablar así nobles sentimientos. Pero debo advertirte
que mi resolución es irrevocable. Los gastos que el resto de tu
educación me cause en nada empeorarán mi situación, y una vez
concluida tu carrera, la familia cosechará abundante fruto de la
semilla que voy a sembrar. Por lo demás -añadió después de una
corta pausa, durante la cual volvió a pasearse por el salón- creo
que tienes el noble orgullo necesario para no pretender cortar
lastimosamente lo que tan bien has empezado.
-Haré cuanto esté a mi alcance -le contesté completamente
desesperanzado ya-; haré cuanto pueda para corresponder a lo que
usted espera de mí.
-Así debe ser. Vete tranquilo. Estoy seguro de que a tu regreso
ya habré conseguido llevar a cabo con fortuna los proyectos que
tengo para pagar lo que debo. Tu posición será, pues, muy buena
dentro de cuatro años, y María será entonces tu esposa.
Permaneció silencioso otra vez por algunos momentos, y
deteniéndose al fin delante de mí, dijo:
-Vamos pues a escribir; trae aquí lo necesario, no sea que me
haga mal salir al escritorio.
Había acabado de dictarme una larga y afectuosa carta para el
señor A..., y quiso que mi madre, que se presentó en ese momento en
el salón, la oyera leer. Esto era en el fondo lo que leía yo a
tiempo que María entró trayendo el servicio de té para mi padre,
ayudada por Estéfana:
"Efraín estará listo para marchar a Cali el treinta de enero; lo
encontrará usted allí y podrán seguir para Buenaventura el dos de
febrero, como usted lo desea".
Seguían las fórmulas de estilo.
María, a quien daba yo la espalda, puso sobre la mesa y al
alcance de mi padre el plato y taza que llevaba. Quedó al hacerlo
iluminada de lleno por la luz de la mesa; estaba casi lívida: al
recibir la tetera que le presentaba Estéfana, se apoyó con la mano
izquierda en el espaldar de la silla que yo ocupaba, y tuvo que
sentarse en el sofá inmediato mientras mi padre se servía el
azúcar. El le presentó la taza y ella se puso en pie para llenarla,
pero le temblaba la mano de tal manera, que viendo mi padre que el
té se derramaba, miró a María diciéndole:
-Basta... basta, hija.
No se le ocultaba a él la causa de aquella turbación. Siguiendo
a María con la mirada mientras ella se dirigía apresuradamente al
comedor, y fijándola después en mi madre, le hizo esta pregunta que
sus labios no tenían necesidad de pronunciar:
-¿Ves esto?
Todos quedamos en silencio; y a poco salí yo con pretexto de
llevar al escritorio los útiles que había traído.