X
A mi regreso, que hice lentamente, la imagen de María volvió a
asirse a mi memoria. Aquellas soledades, sus bosques silenciosos,
su flores, sus aves y sus aguas, ¿por qué me hablaban de ella? ¿Qué
había allí de María? En las sombras húmedas, en la brisa que movía
los follajes, en el rumor del río... Era que veía el Edén, pero
faltaba ella; era que no podía dejar de amarla, aunque no me amase.
Y aspiraba el perfume del ramo de azucenas silvestres que las hijas
de José habían formado para mí, pensando yo que acaso merecerían
ser tocadas por los labios de María: así se habían debilitado en
tan pocas horas mis propósitos de la noche.
Apenas llegué a casa, me dirigí al costurero de mi madre: María
estaba con ella; mis hermanas se habían ido al baño. Después de
contestarme el saludo, María bajó los ojos sobre la costura. Mi
madre se manifestó regocijada por mi vuelta; pues sobresaltados en
casa con la demora, habían enviado a buscarme en aquel momento.
Hablaba con ellas ponderando los progresos de José, y Mayo quitaba
con la lengua a mis vestidos los cadillos que se les habían
prendido en las malezas.
Levantó María otra vez los ojos, fijándolos en el ramo de
azucenas que tenía yo en la mano izquierda, mientras me apoyaba
con la derecha en la escopeta; creí comprender que las deseaba,
pero un temor indefinible, cierto respeto a mi madre y a mis
propósitos de por la noche, me impidieron ofrecérselas. Mas me
deleitaba imaginando cuán bella quedaría una de mis pequeñas
azucenas sobre sus cabellos de color castaño luciente. Para ella
debían ser, porque habría recogido durante la mañana azahares y
violetas para el florero de mi mesa. Cuando entré a mi cuarto no vi
una flor allí. Si hubiese encontrado enrollada sobre la mesa una
víbora, no hubiera yo sentido emoción igual a la que me ocasionó la
ausencia de las flores: su fragancia había llegado a ser algo del
espíritu de María que vagaba a mi alrededor en las horas de
estudio, que se mecía en las cortinas de mi lecho durante la
noche... ¡Ah! ¡Conque era verdad que no me amaba! ¡Conque había
podido engañarme tanto mi imaginación visionaria! Y de ese ramo que
había traído para ella, ¿qué podía yo hacer? Si otra mujer, bella y
seductora, hubiese estado allí en ese momento, en ese instante de
resentimiento contra mi orgullo, de resentimiento con María, a ella
lo habría dado a condición de que lo mostrase a todos y se
embelleciera con él. Lo llevé a mis labios como para despedirme por
última vez de una ilusión querida, y lo arrojé por la ventana.
XI
Hice esfuerzos para mostrarme jovial durante el resto del día.
En la mesa hablé con entusiasmo de las mujeres hermosas de Bogotá,
y ponderé intencionalmente las gracias y el ingenio de P... Mi
padre se complacía oyéndome: Eloísa habría querido que la
sobremesa durase hasta la noche. María estuvo callada; pero me
pareció que sus mejillas palidecían algunas veces, y que su
primitivo color no había vuelto a ellas, así como el de las rosas
que durante la noche han engalanado un festín.
Hacia la última parte de la conversación, María había fingido
jugar con la cabellera de Juan, hermano mío de tres años de edad a
quien ella mimaba. Soportó hasta el fin; mas tan luego como me puse
en pie, se dirigió ella con el niño al jardín.
Todo el resto de la tarde y en la prima noche fue necesario
ayudar a mi padre en sus trabajos de escritorio.
A las ocho, y luego que las mujeres habían ya rezado sus
oraciones de costumbre, nos llamaron al comedor. Al sentarnos a la
mesa, quedé sorprendido al ver una de las azucenas en la cabeza de
María. Había en su rostro bellísimo tal aire de noble, inocente y
dulce resignación, que como magnetizado por algo desconocido hasta
entonces para mí en ella, no me era posible dejar de mirarla.
Niña cariñosa y risueña, mujer tan pura y seductora como
aquellas con quienes yo había soñado, así la conocía; pero
resignada ante mi desdén, era nueva para mí. Divinizada por la
resignación, me sentía indigno de fijar una mirada sobre su
frente.
Respondí mal a unas preguntas que se me hicieron sobre José y su
familia. A mi padre no se le podía ocultar mi turbación; y
dirigiéndose a María, le dijo sonriendo:
-Hermosas azucenas tienes en los cabellos: yo no he visto de
esas en el jardín.
María, tratando de disimular su desconcierto, respondió con voz
casi imperceptible:
-Es que de estas azucenas sólo hay en la montaña.
Sorprendí en aquel momento una sonrisa bondadosa en los labios
de Emma.
-¿Y quién las ha enviado? -preguntó mi padre.
La turbación de María era ya notable. Yo la miraba; y ella debió
de hallar algo nuevo y animador en mis ojos, pues respondió con
acento más firme:
-Efraín botó unas al huerto; y nos pareció que siendo tan raras,
era lástima que se perdiesen: ésta es una de ellas.
-María -le dije yo-, si hubiese sabido que eran tan estimables
esas flores, las habría guardado... para vosotras; pero me han
parecido menos bellas que las que se ponen diariamente en el
florero de mi mesa.
Comprendió ella la causa de mi resentimiento, y me lo dijo tan
claramente una mirada suya, que temí se oyeran las palpitaciones de
mi corazón.
Aquella noche, a la hora de retirarse la familia del salón,
María estaba casualmente sentada cerca de mí. Después de haber
vacilado mucho, le dije al fin, con voz que denunciaba mi emoción:
"María, eran para ti; pero no encontré las tuyas".
Ella balbucía alguna disculpa cuando tropezando en el sofá mi
mano con la suya, se la retuve por un movimiento ajeno a mi
voluntad. Dejó de hablar. Sus ojos me miraron asombrados y huyeron
de los míos.
Pasóse por la frente con angustia la mano que tenía libre, y
apoyó en ella la cabeza, hundiendo el brazo desnudo en el
almohadón inmediato. Haciendo al fin un esfuerzo para deshacer ese
doble lazo de la materia y del alma que en tal momento nos unía,
púsose en pie; y como concluyendo una reflexión empezada, me dijo
tan quedo que apenas pude oírla: "Entonces... yo recogeré todos los
días las flores más lindas"; y desapareció.
Las almas como la de María ignoran el lenguaje mundano del amor;
pero se doblegan estremeciéndose a la primera caricia de aquel a
quien aman, como la adormidera de los bosques bajo el ala de los
vientos.
Acababa de confesar mi amor a María; ella me había animado a
confesárselo, humillándose como una esclava a recoger aquellas
flores. Me repetí con deleite sus últimas palabras; su voz
susurraba aún en mi oído: "Entonces, yo recogeré todos los días
las flores más lindas".
XII
La Luna, que acababa de elevarse llena y grande bajo un cielo
profundo sobre las crestas altísimas de los montes, iluminaba las
faldas selvosas blanqueadas a trechos por las copas de los
yarumos, argentando las espumas de los torrentes y difundiendo su
claridad melancólica hasta el fondo del valle. Las plantas
exhalaban sus más suaves y misteriosos aromas. Aquel silencio,
interrumpido solamente por el rumor del río, era más grato que
nunca a mi alma.
Apoyado de codos sobre el marco de mi ventana, me imaginaba
verla en medio de los rosales entre los cuales la había
sorprendido en aquella mañana primera; estaba allí recogiendo el
ramo de azucenas, sacrificando su orgullo a su amor. Era yo quien
iba a turbar en adelante el sueño infantil de su corazón: podría ya
hablarle de mi amor, hacerla el objeto de mi vida. ¡Mañana!,
¡mágica palabra la noche en que se nos ha dicho que somos amados!
Sus miradas, al encontrarse con las mías, no tendrían ya nada que
ocultarme; ella se embellecería para felicidad y orgullo mío.
Nunca las auroras de julio en el Cauca fueron tan bellas como
María cuando se me presentó al día siguiente, momentos después de
salir del baño, la cabellera de carey sombreado suelta y a medio
rizar, las mejillas de color de rosa suavemente desvanecido, pero
en algunos momentos avivado por el rubor; y jugando en sus labios
cariñosos aquella sonrisa castísima que revela en las mujeres como
María una felicidad que no les es posible ocultar. Sus miradas, ya
más dulces que brillantes, mostraban que su sueño no era tan
apacible como había solido. Al acercármele noté en su frente una
contracción graciosa y apenas perceptible, especie de fingida
severidad de que usó muchas veces para conmigo cuando después de
deslumbrarme con toda la luz de su belleza, imponía silencio a mis
labios, próximos a repetir lo que ella tanto sabía.
Era ya para mí una necesidad tenerla constantemente a mi lado;
no perder un solo instante de su existencia abandonada a mi amor; y
dichoso con lo que poseía, y ávido aún de dicha, traté de hacer un
paraíso de la casa paterna. Hablé a María y a mi hermana del deseo
que habían manifestado ellas de hacer algunos estudios elementales
bajo mi dirección: ellas volvieron a entusiasmarse con el proyecto,
y se decidió que desde ese mismo día se daría principio.
Convirtieron uno de los ángulos del salón en gabinete de
estudio; desclavaron algunos mapas de mi cuarto; desempolvaron el
globo geográfico que en el escritorio de mi padre había
permanecido hasta entonces ignorado; fueron despejadas de adornos
dos consolas para hacer de ellas mesa de estudio. Mi madre sonreía
al presenciar todo aquel desarreglo que nuestro proyecto
aparejaba.
Nos reuníamos todos los días dos horas, durante las cuales les
explicaba yo algún capítulo de geografía, leíamos algo de historia
universal, y las más veces muchas páginas del
|Genio del
Cristianismo. Entonces pude valuar toda la inteligencia de
María: mis frases quedaban grabadas indeleblemente en su memoria, y
su comprensión se adelantaba casi siempre con triunfo infantil a
mis explicaciones.
Emma había sorprendido el secreto y se complacía en nuestra
inocente felicidad. ¿Cómo ocultarle yo en aquellas frecuentes
conferencias lo que en mi corazón pasaba? Ella debió de observar mi
mirada inmóvil sobre el rostro hechicero de su compañera mientras
daba ésta una explicación pedida. Había visto ella temblarle la
mano a María si yo se la colocaba sobre algún punto buscado
inútilmente en el mapa. Y siempre que sentado cerca de la mesa,
ellas en pie a uno y otro lado de mi asiento, se inclinaba María
para ver mejor algo que estaba en mi libro o en las cartas, su
aliento, rozando mis cabellos, sus trenzas, al rodar de sus
hombros, turbaron mis explicaciones, y Emma pudo verla enderezarse
pudorosa.
En ocasiones, quehaceres domésticos llamaban la atención de mis
discípulas, y mi hermana tomaba siempre a su cargo ir a
desempeñarlos para volver un rato después a reunírsenos. Entonces
mi corazón palpitaba fuertemente. María, con la frente
infantilmente grave y los labios casi risueños, abandonaba a las
mías alguna de sus manos aristocráticas sembradas de hoyuelos,
hechas para oprimir frentes como la de Byron; y su acento, sin
dejar de tener aquella música que le era peculiar, se hacía lento y
profundo al pronunciar palabras suavemente articuladas que en vano
probaría yo a recordar hoy; porque no he vuelto a oírlas, porque
pronunciadas por otros labios no son las mismas, y escritas en
estas páginas aparecerían sin sentido. Pertenecen a otro idioma,
del cual hace muchos años no viene a mi memoria ni una frase.
XIII
Las páginas de Chateaubriand iban lentamente dando tintas a la
imaginación de María. Tan cristiana y llena de fe, se regocijaba al
encontrar bellezas por ella presentidas en el culto católico. Su
alma tomaba de la paleta que yo le ofrecía, los más preciosos
colores para hermosearlo todo; y el fuego poético, don del Cielo
que hace admirables a los hombres que lo poseen y diviniza a las
mujeres que a su pesar lo revelan, daba a su semblante encantos
desconocidos para mí hasta entonces en el rostro humano. Los
pensamientos del poeta, acogidos en el alma de aquella mujer tan
seductora en medio de su inocencia, volvían a mí como eco de una
armonía lejana y conocida que torna a conmover el corazón.
Una tarde, tarde como las de mi país, engalanada con nubes de
color de violeta y lampos de oro pálido, bella como María, bella y
transitoria como fue ésta para mí, ella, mi hermana y yo, sentados
sobre la ancha piedra de la pendiente, desde donde veíamos a la
derecha en la honda vega rodar las corrientes bulliciosas del río,
y teniendo a nuestros pies el valle majestuoso y callado, leía yo
el episodio de
|Atala, y las dos, admirables en su
inmovilidad y abandono, oían brotar de mis labios toda aquella
melancolía aglomerada por el poeta para "hacer llorar al mundo". Mi
hermana, apoyado el brazo derecho en uno de mis brazos, la cabeza
casi unida a la mía, seguía con los ojos las líneas que yo iba
leyendo. María, medio arrodillada cerca de mí, no separaba de mi
rostro sus miradas, húmedas ya.
El Sol se había ocultado cuando con voz alterada leí las últimas
páginas del poema. La cabeza pálida de Emma descansaba sobre mi
hombro. María se ocultaba el rostro con entrambas manos. Luego que
leí aquella desgarradora despedida de Chactas sobre el sepulcro de
su amada, despedida que tantas veces ha arrancado un sollozo a mi
pecho: "¡Duerme en paz en extranjera tierra, joven desventurada! En
recompensa de tu amor, de tu destierro y de tu muerte, quedas
abandonada hasta del mismo Chactas", María, dejando de oír mi voz,
descubrió la faz, y por ella rodaban gruesas lágrimas. Era tan
bella como la creación del poeta, y yo la amaba con el amor que él
imaginó. Nos dirigimos en silencio y lentamente hacia la casa. ¡Ay,
mi alma y la de María no sólo estaban conmovidas por aquella
lectura: estaban abrumadas por el presentimiento!
XIV
Pasados tres días, al bajar; una tarde de la montaña, me pareció
notar algún sobresalto en los semblantes de los criados con quienes
tropecé en los corredores interiores. Mi hermana me refirió que
María había sufrido un ataque nervioso; y al agregar que estaba aún
sin sentido, procuró calmar cuanto le fue posible mi dolorosa
ansiedad.
Olvidado de toda precaución, entré a la alcoba donde estaba
María, y dominando el frenesí que me hubiera hecho estrecharla
contra mi corazón para volverla a la vida, me acerqué
desconcertado a su lecho. A los pies de éste se hallaba sentado mi
padre: fijó en mí una de sus miradas intensas, y volviéndola
después sobre María, parecía quererme hacer una reconvención al
mostrármela. Mi madre estaba allí; pero no levantó la vista para
buscarme, porque, sabedora de mi amor, me compadecía como sabe
compadecer una buena madre en la mujer amada por su hijo, a su
hijo mismo.
Permanecí inmóvil contemplándola, sin atreverme a averiguar cuál
era su mal. Estaba como dormida: su rostro, cubierto de palidez
mortal, se veía medio oculto por la cabellera descompuesta, en la
cual se descubrían estrujadas las flores que yo le había dado en la
mañana: la frente contraída revelaba un padecimiento insoportable,
y un ligero sudor le humedecía las sienes: de los ojos cerrados
habían tratado de brotar lágrimas que brillaban detenidas en las
pestañas.
Comprendiendo mi padre todo mi sufrimiento, se puso en pie para
retirarse; mas antes de salir se acercó al lecho, y tomando el
pulso de María, dijo:
-Todo ha pasado. ¡Pobre niña! Es exactamente el mismo mal que
padeció su madre.
El pecho de María se elevó lentamente como para formar un
sollozo, y al volver a su natural estado exhaló sólo un suspiro.
Salido que hubo mi padre, coloquéme a la cabecera del lecho, y
olvidándome de mi madre y de Emma, que permanecían silenciosas,
tomé de sobre el almohadón una de las manos de María, y la bañé en
el torrente de mis lágrimas, hasta entonces contenido. Medía toda
mi desgracia: era el mismo mal de su madre, que había muerto muy
joven atacada de una epilepsia incurable. Esta idea se adueñó de
todo mi ser para quebrantarlo.
Sentí algún movimiento en esa mano inerte, a la que mi aliento
no podía volver el calor. María empezaba ya a respirar con más
libertad, y sus labios parecían esforzarse en pronunciar alguna
palabra. Movió la cabeza de un lado a otro, cual si tratara de
deshacerse de un peso abrumador. Pasado un momento de reposo,
balbució palabras ininteligibles, pero al fin se percibió entre
ellas claramente mi nombre. En pie yo, devorándola mis miradas, tal
vez oprimí demasiado entre mis manos las suyas, quizá mis labios la
llamaron. Abrió lentamente los ojos, como heridos por una luz
intensa, y los fijó en mí, haciendo esfuerzo para reconocerme.
Medio incorporándose un instante después, "¿qué es?", me dijo
apartándome; "¿qué me ha sucedido?", continuó, dirigiéndose a mi
madre. Tratamos de tranquilizarla, y con un acento en que había
algo de reconvención, que por entonces no pude explicarme, agregó:
"¿Ya ves? Yo lo temía".
Quedó, después del acceso, adolorida y profundamente triste.
Volví por la noche a verla, cuando la etiqueta establecida en tales
casos por mi padre lo permitió. Al despedirme de ella, reteniéndome
un instante la mano, "hasta mañana", me dijo y acentuó esta última
palabra como solía hacerlo siempre que interrumpida nuestra
conversación en alguna velada, quedaba deseando el día siguiente
para que la concluyésemos.
XV
Cuando salí al corredor que conducía a mi cuarto, un cierzo
impetuoso columpiaba los sauces del patio; y al acercarme al
huerto, lo oí rasgarse en los sotos de naranjos, de donde se
lanzaban las aves asustadas. Relámpagos débiles, semejantes al
reflejo instantáneo de un broquel herido por el resplandor de una
hoguera, parecían querer iluminar el fondo tenebroso del valle.
Recostado en una de las columnas del corredor, sin sentir la
lluvia que me azotaba las sienes, pensaba en la enfermedad de
María, sobre la cual había pronunciado mi padre tan terribles
palabras. ¡Mis ojos querían volver a verla como en las noches
silenciosas y serenas que acaso no volverían ya más!
No sé cuánto tiempo había pasado, cuando algo como el ala
vibrante de un ave vino a rozar mi frente.
Miré hacia los bosques inmediatos para seguirla: era un ave
negra.
Mi cuarto estaba frío; las rosas de la ventana temblaban como si
se temiesen abandonadas a los rigores del tempestuoso viento: el
florero contenía ya marchitos y desmayados los lirios que en la
mañana había colocado en él María. En esto una ráfaga apagó de
súbito la lámpara, y un trueno dejó oír por largo rato su
creciente retumbo, como si fuese el de un carro gigante despeñado
de las cumbres rocallosas de la sierra.
En medio de aquella naturaleza sollozante, mi alma tenía una
triste serenidad.
Acababa de dar las doce el reloj del salón. Sentí pasos cerca de
mi puerta y muy luego la voz de mi padre que me llamaba.
"Levántate", me dijo tan pronto como le respondí, "María sigue
mal".
El acceso había repetido. Después de un cuarto de hora hallábame
percibido para marchar. Mi padre me hacía las últimas indicaciones
sobre los nuevos síntomas de la enfermedad, mientras el negrito
Juan Angel aquietaba mi caballo retinto, impaciente y
asustadizo.
Monté; sus cascos herrados crujieron sobre el empedrado, y un
instante después bajaba yo hacia las llanuras del valle buscando el
sendero a la luz de algunos relámpagos lívidos... Iba en solicitud
del doctor Mayn, que pasaba a la sazón una temporada de campo a
tres leguas de nuestra hacienda.
La imagen de María, tal como la había visto en el lecho aquella
tarde, al decirme ese "hasta mañana" que tal vez no llegaría, iba
conmigo, y avivando mi impaciencia me hacía medir incesantemente
la distancia que me separaba del término del viaje, impaciencia
que la velocidad del caballo no era bastante a moderar.
Las llanuras empezaban a desaparecer, huyendo en sentido
contrario a mi carrera, semejantes a mantos inmensos arrollados
por el huracán. Los bosques que más cercanos creía, parecían
alejarse cuando avanzaba hacia ellos. Sólo algún gemido del viento
entre los higuerones y chiminangos sombríos, el resuello fatigoso
del caballo y el choque de sus cascos en los pedernales que
chispeaban interrumpían el silencio de la noche.
Algunas cabañas de Santa Elena quedaron a mi derecha, y poco
después dejé de oír los ladridos de sus perros. Vacadas dormidas
sobre el camino empezaban a hacerme moderar el paso.
La hermosa casa de los señores de M..., con su capilla blanca y
sus bosques de ceibas, se divisaba en lejanía a los primeros rayos
de la luna naciente, cual castillo cuyas torres y techumbres
hubiese desmoronado el tiempo.
El Amaime baja crecido con las lluvias de la noche, y su
estruendo me lo anunció mucho antes de que llegase yo a la orilla.
A la luz de la Luna, que atravesando los follajes de las riberas
iba a platear las ondas, pude ver cuánto había aumentado su raudal.
Pero no era posible esperar: había hecho dos leguas en una hora, y
aún era poco. Puse las espuelas en los ijares del caballo, que con
las orejas tendidas hacia el fondo del río y resoplando sordamente
parecía calcular la impetuosidad de las aguas que se azotaban a sus
pies: sumergió en ellas las manos, y como sobrecogido por un terror
invencible, retrocedió veloz girando sobre las patas. Le acaricié
el cuello y las crines humedecidas y lo aguijoneé de nuevo para que
se lanzase al río; entonces levantó las manos impacientado,
pidiendo al mismo tiempo toda la rienda, que le abandoné, temeroso
de haber errado el botadero
|
(2)
de las crecientes. El subió por la ribera
unas veinte varas, tomando la ladera de un peñasco; acercó la nariz
a las espumas, y levantándola en seguida, se precipitó en la
corriente. El agua lo cubrió casi todo, llegándome hasta las
rodillas. Las olas se encresparon poco después alrededor de mi
cintura. Con una mano le palmeaba el cuello al animal, única parte
visible ya de su cuerpo, mientras con la otra trataba de hacerle
describir más curva hacia arriba la línea de corte, porque de otro
modo, perdida la parte baja de la ladera, era inaccesible por su
altura y la fuerza de las aguas, que columpiaban guaduales
desgajados. Había pasado el peligro. Me apeé para examinar las
cinchas, de las cuales se había reventado una. El noble bruto se
sacudió, y un instante después continué la marcha.
Luego que anduve un cuarto de legua, atravesé las ondas del
Nima, humildes, diáfanas y tersas, que rodaban iluminadas hasta
perderse en las sombras de bosques silenciosos. Dejé a la
izquierda la pampa de Santa R., cuya casa, en medio de arboledas
de ceibas y bajo el grupo de palmeras que elevan los follajes sobre
su techo, semeja en las noches de luna la tienda de un rey
oriental colgada de los árboles de un oasis.
Eran las dos de la madrugada cuando después de atravesar la
villa de P..., me desmonté a la puerta de la casa en que vivía el
médico.
XVI
En la tarde del mismo día se despidió de nosotros el doctor,
después de dejar casi completamente restablecida a María y de
haberle prescrito un régimen para evitar la repetición del acceso,
aunque prometió visitar a la enferma con frecuencia. Yo sentía un
alivio indecible al oírle asegurar que no había peligro alguno, y
por él, doble cariño del que hasta entonces le había profesado,
solamente porque tan pronta reposición pronosticaba a María. Entré
a la habitación de ésta, luego que el médico y mi padre, que iba a
acompañarlo en una legua de camino, se pusieron en marcha.
Estaba acabando de trenzarse los cabellos viéndose en un espejo
que mi hermana sostenía sobre los almohadones. Apartando
ruborizada el mueble me dijo:
-Estas no son ocupaciones de enferma, ¿no es verdad?, pero ya
estoy buena. Espero no volver a ocasionarte un viaje tan peligroso
como el de anoche.
-En ese viaje no ha habido peligros -le respondí.
-¡El río, sí, el río! Yo pensé en eso y tantas cosas que podían
sucederte por causa mía.
-¿Un viaje de tres leguas? ¿Esto llamas?...
-Ese viaje en que has podido ahogarte, según refirió aquí el
doctor, tan sorprendido, que aún no me había pulsado y ya hablaba
de eso. Tú y él al regreso habéis tenido que aguardar dos horas
para que bajase el río.
-El doctor a caballo es una maula; y su mula pacienzuda no es lo
mismo que un buen caballo.
-El hombre que vive en la casita del paso -me interrumpió María-
al reconocer esta mañana tu caballo negro, se admiró de que no se
hubiese ahogado el jinete que anoche se botó al río a tiempo que él
le gritaba que no había vado. ¡Ay! No, no, yo no quiero volver a
enfermarme. ¿No te ha dicho el doctor que no tendré ya novedad?
-Sí -le respondí-; y me ha prometido no dejar pasar dos días
seguidos en estos quince sin venir a verte.
-Entonces no tendrás que hacer otro viaje de noche. ¿Qué habría
yo hecho si...
-Me habrías llorado mucho, ¿no es verdad? -repliqué
sonriéndome.
Miróme por algunos momentos, y yo agregué:
-¿Puedo acaso estar cierto de morir en cualquier tiempo
convencido de...
-¿De qué?
Y adivinando lo demás en mi mirada:
-¡Siempre, siempre! -añadió casi en secreto, aparentando
examinar los hermosos encajes de los almohadones.
-Y yo tengo cosas muy tristes que decirte -continuó después de
unos momentos de silencio-; tan tristes, que son la causa de mi
enfermedad. Tú estabas en la montaña... Mamá lo sabe todo; y yo oí
que papá le decía a ella que mi madre había muerto de un mal cuyo
nombre no alcancé a oír; que tú estabas destinado a hacer una bella
carrera; y que yo... ¡ah! yo no sé si es cierto lo que oí... será
que no merezco que seas como eres conmigo.
De sus ojos velados rodaron a sus mejillas cálidas, lágrimas que
se apresuró a enjugar.
-No digas eso, María, no lo pienses -le dije-; no; yo te lo
suplico.
-Pero si yo lo he oído, y después fue cuando no supe de mí...
¿Por qué, entonces?
-Mira, yo te ruego... yo... ¿Quieres permitirme te mande que no
hables más de eso?
Había dejado ella caer la frente sobre el brazo en que se
apoyaba y cuya mano estrechaba yo entre las mías, cuando oí en la
pieza inmediata el ruido de los ropajes de Emma, que se
acercaba.
Aquella noche, a la hora de la cena, estábamos en el comedor mis
hermanas y yo esperando a mis padres, que tardaban más tiempo del
acostumbrado. Por último se les oyó hablar en el salón como dando
fin a una conversación importante. La noble fisonomía de mi padre
mostraba, en la ligera contracción de las extremidades de sus
labios y en la pequeña arruga que por en medio de las cejas le
surcaba la frente, que acababa de sostener una lucha moral que lo
había alterado. Mi madre estaba pálida, pero sin hacer el menor
esfuerzo para mostrarse tranquila, me dijo al sentarse a la
mesa:
-No me había acordado de decirte que José estuvo esta mañana a
vernos y a convidarte para una cacería; mas cuando supo la novedad
ocurrida, prometió volver mañana muy temprano. ¿Sabes tú si es
cierto que se casa una de sus hijas?
-Tratará de consultarte su proyecto -observó distraídamente mi
padre.
-Se trata probablemente de una cacería de osos -le respondí.
-¿De osos? ¡Qué! ¿Cazas tú osos?
-Sí, señor; es una cacería divertida que he hecho con él
algunas veces.
-En mi país -repuso mi padre- te tendrían por un bárbaro o por
un héroe.
-Y sin embargo, esa clase de partidas es menos peligrosa que la
de venados, que se hace todos los días y en todas partes; pues
aquélla, en lugar de exigir los cazadores el que tiren a
derrumbarse desatentados por entre breñas y cascadas, necesita
solamente un poco de agilidad y puntería certera.
Mi padre, sin dejar ver ya en el semblante el ceño que antes
tenía, habló de la manera como se cazan ciervos en Jamaica y de lo
aficionados que habían sus parientes a esa clase de pasatiempo,
distinguiéndose entre ellos, por su tenacidad, destreza y
entusiasmo, Salomón, de quien nos refirió, riendo ya, algunas
anécdotas.
Al levantarnos de la mesa, se acercó a mí para decirme:
-Tu madre y yo tenemos que hablar algo contigo; ven luego a mi
cuarto.
A tiempo que entraba a él, mi padre escribía dando la espalda a
mi madre, que se hallaba en la parte menos alumbrada de la
habitación, sentada en la butaca que ocupaba siempre que se detenía
allí.
-Siéntate -me dijo él, dejando por un momento de escribir y
mirándome por encima de los espejuelos, que eran de vidrios
blancos y fino engaste de oro.
Pasados algunos minutos, habiendo colocado cuidadosamente en su
lugar el libro de cuentas en que estaba escribiendo, acercó un
asiento al que yo ocupaba, y en voz baja habló así:
-He querido que tu madre presencie esta conversación, porque se
trata de un asunto grave sobre el cual tiene ella la misma opinión
que yo.
Dirigióse a la puerta para entornarla y botar el cigarro que
estaba fumando, y continuó de esta manera:
-Hace ya tres meses que estás con nosotros y solamente pasados
dos más podrá el señor A... emprender su viaje a Europa, y con él
es con quien debes irte. Esa demora, hasta cierto punto, nada
significa; tanto porque es muy grato para nosotros tenerte a
nuestro lado después de seis años de ausencia a que han de seguir
otros, como porque observo con placer que aun aquí, es el estudio
uno de tus goces predilectos. No puedo ocultarte, ni debo hacerlo,
que he concebido grandes esperanzas, por tu carácter y aptitudes,
de que coronarás lúcidamente la carrera que vas a seguir. No
ignoras que pronto la familia necesitará de tu apoyo, con mayor
razón después de la muerte de tu hermano.
Luego, haciendo una pausa, prosiguió:
-Hay algo en tu conducta que es preciso decirte no está bien; tú
no tienes más que veinte años, y a esa edad un amor fomentado
inconsideradamente podría hacer ilusorias todas las esperanzas de
que acabo de hablarte. Tú amas a María, y hace muchos días que lo
sé, como es natural. María es casi mi hija y yo no tendría nada que
observar si tu edad y posición nos permitieran pensar en un
matrimonio; pero no lo permiten, y María es muy joven. No son
únicamente éstos los obstáculos que se presentan; hay uno quizá
insuperable, y es de mi deber hablarte de él. María puede
arrastrarte y arrastrarnos contigo a una desgracia lamentable de
que está amenazada. El doctor Mayn se atreve casi a asegurar que
ella morirá joven del mismo mal a que sucumbió su madre: lo que
sufrió ayer es un síncope epiléptico, que tomando incremento en
cada acceso, terminará por una epilepsia del peor carácter
conocido: eso dice el doctor. Responde tú ahora, meditando mucho lo
que vas a decir a una sola pregunta; responde como hombre racional
y caballero que eres; y que no sea lo que contestes dictado por una
exaltación extraña a tu carácter, tratándose de tu porvenir y el de
los tuyos. Sabes la opinión del médico, opinión que merece respeto
por ser Mayn quien la da; te es conocida la suerte de la esposa de
Salomón: si nosotros consintiéramos en ello, ¿te casarías hoy con
María?
-Sí, señor -le respondí.
-¿Lo arrostrarías todo?
-¡Todo, todo!
-Creo que no solamente hablo con un hijo sino con el caballero
que en ti he tratado de formar.
Mi madre ocultó en ese momento el rostro en el pañuelo. Mi
padre, enternecido tal vez por esas lágrimas y acaso también por la
resolución que en mí encontraba, conociendo que la voz iba a
faltarle, dejó por unos instantes de hablar.
-Pues bien -continuó-; puesto que esa noble resolución te anima,
convendrás conmigo en que antes de cinco años no podrás ser esposo
de María. No soy yo quien debe decirte que ella, después de haberte
amado desde niña, te ama hoy de tal manera, que emociones intensas,
nuevas para ella, son las que, según Mayn, han hecho aparecer los
síntomas de la enfermedad: es decir que tu amor y el suyo necesitan
precauciones y que en adelante exijo me prometas, para tu bien,
puesto que tanto así la amas, y para bien de ella, que seguirás los
consejos del doctor, dados por si llegaba este caso. Nada le debes
prometer a María, pues que la promesa de ser su esposo una vez
cumplido el plazo que he señalado, haría vuestro trato más íntimo,
que es precisamente lo que se trata de evitar. Inútiles son para ti
más explicaciones: siguiendo esa conducta, puedes salvar a María;
puedes evitarnos la desgracia de perderla.
-En recompensa de todo lo que te concedemos -dijo volviéndose a
mi madre- debes prometerme lo siguiente: no hablar a María del
peligro que la amenaza, ni revelarle nada de lo que esta noche ha
pasado entre nosotros. Debes saber también mi opinión sobre tu
matrimonio con ella, si su enfermedad persistiere después de tu
regreso a este país... pues vamos pronto a separarnos por algunos
años: como padre tuyo y de María, no sería de mi aprobación ese
enlace. Al expresar esta resolución irrevocable, no es por demás
hacerte saber que Salomón, en los tres últimos años de su vida,
consiguió formar un capital de alguna consideración, el cual está
en mi poder destinado a servir de dote a su hija. Mas si ella muere
antes de casarse, debe pasar aquél a manos de su abuela materna,
que está en Kingston.
Mi padre se paseó algunos momentos por el cuarto. Creyendo yo
concluida nuestra conferencia, me puse en pie para retirarme; pero
él, volviendo a ocupar su asiento e indicándome el mío, reanudó su
discurso así:
-Hace cuatro días que recibí una carta del señor de M...
pidiéndome la mano de María para su hijo Carlos.
No pude ocultar la sorpresa que me causaron estas palabras. Mi
padre se sonrió imperceptiblemente antes de agregar:
-El señor de M... da quince días de término para aceptar o no su
propuesta, durante los cuales vendrán a hacernos una visita que
antes me tenían prometida. Todo te será fácil después de lo pactado
entre nosotros. Buenas noches, pues -dijo poniéndome afectuosamente
la mano sobre el hombro-: que seas muy feliz en tu cacería; yo
necesito la piel del oso que mates para ponerla a los pies de mi
catre.
-Está bien -le respondí.
Mi madre me tendió la mano, y reteniendo la mía me dijo:
-Te esperamos temprano; ¡cuidado con esos animales!
Tantas emociones se habían sucedido agitándome en las últimas
horas, que apenas podía darme cuenta de cada una de ellas, y me era
imposible hacerme cargo de mi extraña y difícil situación.
¡María amenazada de muerte; prometida así por recompensa a mi
amor, mediante una ausencia terrible; prometida con la condición de
amarla menos; yo obligado a moderar tan poderoso amor, amor
adueñado para siempre de todo mi ser, so pena de verla desaparecer
de la Tierra como una de las beldades fugitivas de mis sueños, y
teniendo que aparecer en adelante ingrato e insensible tal vez a
sus ojos, sólo por una conducta que la necesidad y la razón me
obligaban a adoptar! Ya no podría yo volver a oírle aquellas
confidencias hechas con voz conmovida; mis labios no podrían tocar
ni siquiera el extremo de una de sus trenzas. Mía o de la muerte,
entre la muerte y yo, un paso más para acercarme a ella sería
perderla; dejarla llorar en abandono era un suplicio superior a
mis fuerzas.
¡Corazón cobarde!, no fuiste capaz de dejarte consumir por aquel
fuego que mal escondido podía agostarla... ¿Dónde está ella ahora,
ahora que ya no palpitas; ahora que los días y los años pasan sobre
mí sin que sepa yo que te poseo?
Cumpliendo Juan Angel mis órdenes, llamó a la puerta de mi
cuarto al amanecer.
-¿Cómo está la mañana? -le pregunté.
-Mala, mi amo; quiere llover.
-Bueno. Vete a la montaña y dile a José que no me espere
hoy.
Cuando abrí la ventana, me arrepentí de haber enviado al
negrito, quien silbando y tarareando bambucos iba a internarse en
la primera mancha del bosque.
Soplaba de la sierra un viento frío y destemplado que sacudía
los rosales y mecía los sauces, desviando en su vuelo a una que
otra pareja de loros viajeros. Todas las aves, lujo del huerto en
las mañanas alegres, callaban, y solamente los pellares
revoloteaban en los prados vecinos, saludando con su canto al
triste día de invierno.
En breve las montañas desaparecieron bajo el velo ceniciento de
una lluvia nutrida, que dejaba oír ya su creciente rumor al
acercarse azotando los bosques. A la media hora, turbios y
estrepitosos arroyos descendían peinando los pajonales de las
laderas del otro lado del río, que acrecentado, tronaba iracundo, y
se divisaba en las lejanas revueltas amarillento, desbordado y
undoso.
XVII
Diez días habían pasado desde que tuvo lugar aquella penosa
conferencia. No sintiéndome capaz de cumplir los deseos de mi padre
sobre la nueva especie de trato que según él debía yo usar con
María, y preocupado dolorosamente con la propuesta de matrimonio
hecha por Carlos, había buscado toda clase de pretextos para
alejarme de la casa. Pasé aquellos días ya encerrado en mi cuarto,
ya en la posesión de José, las más veces vagando a pie por los
alrededores. Llevaba por compañero en mis paseos algún libro en que
no acertaba a poder leer, mi escopeta, que nunca disparaba, y a
Mayo, que me seguía fatigándose. Mientras dominado yo por una honda
melancolía dejaba correr las horas oculto en los sitios más
agrestes, él procuraba en vano dormitar enroscado sobre la
hojarasca, de donde lo desalojaban las hormigas o lo hacían saltar
impaciente los tábanos y zancudos. Cuando el viejo amigo se cansaba
de la inacción y el silencio, que le eran antipáticos a pesar de
sus achaques, se me acercaba, y recostando la cabeza sobre una de
mis rodillas, me miraba cariñoso, para alejarse después y
esperarme a algunas varas de distancia en el sendero que conducía a
la casa; y en su afán por que emprendiésemos marcha, una vez
conseguido que yo lo siguiera, se propasaba hasta dar algunos
brincos de alegría, juveniles entusiasmos en que, a más de olvidar
su compostura y senil gravedad, salía poco airoso.
Una mañana entró mi madre a mi cuarto, y sentándose a la
cabecera de la cama, de la cual no había salido yo aún, me
dijo:
-Esto no puede ser: no debes seguir viviendo así; yo no me
conformo.
Como yo guardara silencio, continuó:
-Lo que haces no es lo que tu padre ha exigido; es mucho más; y
tu conducta es cruel para con nosotros y más cruel aún para con
María. Estaba persuadida de que tus frecuentes paseos tenían por
objeto ir a casa de Luisa con motivo del cariño que te profesan
allí; pero Braulio, que vino ayer tarde, nos hizo saber que hacía
cinco días que no te veía. ¿Qué es lo que te causa esa profunda
tristeza que no puedes dominar ni en los pocos ratos que pasas en
sociedad con la familia, y que te hace buscar constantemente la
soledad, como si te fuera ya enojoso el estar con nosotros?
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
-María, señora -le respondí-, debe ser completamente libre para
aceptar o no la buena suerte que le ofrece Carlos; y yo, como amigo
de él, no debo hacerle ilusorias las esperanzas que fundadamente
debe de alimentar de ser aceptado.
Así revelaba, sin poder evitarlo, el más insoportable dolor que
me había atormentado desde la noche en que supe la propuesta de los
señores de M... Nada habían llegado a ser para mí delante de
aquella propuesta los fatales pronósticos del doctor sobre la
enfermedad de María; nada la necesidad de separarme de ella por
muchos años.
-¿Cómo has podido imaginar tal cosa? -me preguntó sorprendida mi
madre-. Apenas habrá visto ella dos veces a tu amigo: justamente
una en que estuvo aquí algunas horas, y otra en que fuimos a
visitar a su familia.
-Pero, madre mía, poco es el tiempo que falta para que se
justifique o se desvanezca lo que he pensado. Me parece que bien
vale la pena de esperar.
-Eres muy injusto, y te arrepentirás de haberlo sido. María, por
dignidad y por deber, sabiéndose dominar mejor que tú, oculta lo
mucho que tu conducta la está haciendo sufrir. Me cuesta trabajo
creer lo que veo; me asombra oír lo que acabas de decir. ¡Yo, que
creí darte una grande alegría y remediarlo todo haciéndote saber
lo que Mayn nos dijo ayer al despedirse!
-Diga usted, dígalo -le supliqué incorporándome.
-¿Para qué ya?
-¿Ella no será siempre... no será siempre mi hermana?
-Tarde piensas así. ¿O es que puede un hombre ser caballero y
hacer lo que tú haces? No, no; eso no debe hacerlo un hijo mío...
¡Tu hermana! ¡Y te olvidas de que lo estás diciendo a quien te
conoce más que tú mismo! ¡Tu hermana! ¡Y sé que te ama desde que os
dormía a ambos sobre mis rodillas! ¿Y es ahora cuando lo crees?,
ahora que venía a hablarte de eso, asustada por el sufrimiento que
la pobrecita trata inútilmente de ocultarme.
-Yo no quiero, ni por un instante, darle motivo a usted para un
disgusto como el que me deja conocer. Dígame qué debo hacer para
remediar lo que ha encontrado usted reprobable en mi conducta.
-Así debe ser. ¿No deseas que la quiera tanto como a ti?
-Sí, señora; y así es, ¿no es verdad?
-Así sería, aunque me hubiera olvidado de que no tiene otra
madre que yo, de las recomendaciones de Salomón y la confianza de
que él me creyó digna; porque ella lo merece y te ama tanto. El
doctor asegura que el mal de María no es el que sufrió Sara.
-¡El lo ha dicho!
-Sí, tu padre, tranquilizado ya por esa parte, ha querido que yo
te lo haga saber.
-¿Podré, pues, volver a ser con ella como antes? -pregunté
enajenado
-Casi...
-¡Oh! Ella me disculpará; ¿no lo cree usted? ¿El doctor ha dicho
que no hay ya ninguna clase de peligro? -agregué-; es necesario
que lo sepa Carlos.
Mi madre me miró con extrañeza antes de responderme:
-¿Y por qué se le había de ocultar? Réstame decirte lo que creo
debes hacer, puesto que los señores de M... han de venir mañana,
según lo anuncian. Dile esta tarde a María... Pero, ¿qué puedes
decirle que baste a justificar tu despego, sin faltar a las órdenes
de tu padre? Y aunque pudieras hablarle de lo que él te exigió, no
podrías disculparte, pues que para hacer lo que has hecho en estos
días hay una causa que por orgullo y delicadeza no debes descubrir.
He ahí el resultado. Es forzoso que yo manifieste a María el
motivo real de tu tristeza.
-Pero si usted lo hace, si he sido ligero en creer lo que he
creído, ¿qué pensará ella de mí?
-Pensará menos mal que considerándote capaz de una veleidad e
inconsecuencia más odiosa que todo.
-Tiene usted razón hasta cierto punto; pero yo le suplico no
diga a María nada de lo que acabamos de hablar. He incurrido en un
error, que tal vez me ha hecho sufrir más a mí que a ella, y debo
remediarlo; le prometo a usted que lo remediaré: le exijo solamente
dos días para hacerlo como se debe.
-Bien -me dijo levantándose para irse-; ¿sales hoy?
-Sí, señora.
-¿A dónde vas?
-Voy a pagar a Emigdio su visita de bienvenida; y es
imprescindible, porque ayer le mandé a decir con el mayordomo de
su padre que me esperara hoy a almorzar.
-Mas volverás temprano.
-A las cuatro o las cinco.
-Vente a comer aquí.
-Sí. ¿Está usted otra vez satisfecha de mí?
-Cómo no -respondió sonriendo-. Hasta la tarde, pues: darás
finos recuerdos a las señoras, de parte mía y de las muchachas.
XVIII
Ya estaba yo listo para partir cuando Emma entró a mi cuarto.
Extrañó verme con semblante risueño.
-¿A dónde vas tan contento? -me preguntó.
-Ojalá no tuviera que ir a ninguna parte. A ver a Emigdio, que
se queja de mi inconstancia en todos los tonos, siempre que me
encuentro con él.
-¡Qué injusto! -exclamó riendo-. ¿Inconstante tú?
-¿De qué te ríes?
-Pues de la injusticia de tu amigo. ¡Pobre!
-No, no; tú te ríes de otra cosa.
-De eso es -dijo tomando de mi mesa de baño una peinilla y
acercándoseme-. Deja que te peine yo, porque sabrá usted, señor
constante, que una de las hermanas de su amigo es una linda
muchacha. Lástima -continuó, haciendo el peinado ayudada de sus
graciosas manos- que el señorito Efraín se haya puesto un poquito
pálido en estos días, porque las bugueñas no imaginan belleza
varonil sin frescos colores en las mejillas. Pero si la hermana de
Emigdio estuviese al corriente de...
-Tú estás muy parlera hoy.
-¿Sí?, y tú muy alegre. Mírate al espejo y dime si no has
quedado muy bien.
-¡Qué visita! -exclamé oyendo la voz de María que llamaba a mi
hermana.
-De veras. Cuánto mejor sería ir a dar un paseo por los
picachos del boquerón de Amaime y disfrutar del... grandioso y
solitario paisaje, o andar por los montes como res herida,
espantando zancudos, sin perjuicio de que Mayo se llene de
nuches... ¡pobre!, que está imposible.
-María te llama -le interrumpí.
-Ya sé para qué es.
-¿Para qué?
-Para que le ayude a hacer una cosa que no debiera hacer.
-¿Se puede saber cuál?
-No hay inconveniente: me está esperando para que vayamos a
coger flores que han de servir para reemplazar éstas, dijo
señalando las del florero de mi mesa; y si yo fuera ella no
volvería a poner ni una más ahí.
-Si tú supieras...
-Y si supieras tú...
Mi padre, que me llamaba desde su cuarto, interrumpió aquella
conversación, que continuada, habría podido frustrar lo que desde
mi última entrevista con mi madre me había propuesto llevar a
cabo.
Al entrar en el cuarto de mi padre, examinaba él en la ventana
la máquina de un hermoso reloj de bolsillo, y decía:
-Es una cosa admirable: indudablemente vale las treinta
libras.
Volviéndose en seguida hacia mí, agregó:
-Este es el reloj que encargué a Londres; míralo.
-Es mucho mejor que el que usted usa -observé examinándolo.
-Pero el que uso es muy exacto, y el tuyo muy pequeño: debes
regalarlo a una de las muchachas y tomar para ti éste.
Sin dejarme tiempo para darle las gracias añadió:
-¿Vas a casa de Emigdio? Di a su padre que puedo preparar el
potrero de guinea para que hagamos la ceba en compañía; pero que su
ganado debe estar listo, precisamente, el quince del entrante.
Volví en seguida a mi cuarto a tomar mis pistolas. María, desde
el jardín y al pie de mi ventana, entregaba a Emma un manojo de
montenegros, mejoranas y claveles; pero el más hermoso de éstos,
por su tamaño y lozanía, lo tenía ella en los labios.
-Buenos días, María -le dije apresurándome a recibirle las
flores.
Ella, palideciendo instantáneamente, correspondió cortada al
saludo, y el clavel se le desprendió de la boca. Entregóme las
flores, dejando caer algunas a los pies, las cuales recogió y puso
a mi alcance cuando sus mejillas estaban nuevamente
sonrosadas.
-¿Quieres -le dije al recibir las últimas- cambiarme todas éstas
por el clavel que tenías en los labios?
-Lo he pisado -respondió bajando la cabeza para buscarlo.
-Así pisado, te daré todas éstas por él.
Permanecía en la misma actitud sin responderme.
-¿Permites que vaya yo a recogerlo?
Se inclinó entonces para tomarlo y me lo entregó sin
mirarme.
Entre tanto Emma fingía completa distracción colocando las
flores nuevas.
Estrechéle a María la mano con que me entregaba el clavel
deseado, diciéndole:
-¡Gracias, gracias! Hasta la tarde.
Alzó los ojos para verme con la más arrobadora expresión que
pueden producir, al combinarse en la mirada de una mujer, la
ternura y el pudor, la reconvención y las lágrimas.
XIX
Había hecho yo algo más de una legua de camino, y bregaba ya por
abrir la puerta de golpe que daba entrada a los mangones de la
hacienda del padre de Emigdio. Vencida la resistencia que oponían
sus goznes y eje enmohecidos, y la más tenaz aún del pilón,
compuesto de una piedra tamaña enzurronada, la cual, suspendida del
techo, daba tormento a los transeúntes manteniendo cerrado aquel
aparato singular, me di por afortunado de no haberme atascado en
el lodazal pedregoso, cuya antigüedad respetable se conocía por el
color del agua estancada.
Atravesé un corto llano en el cual el rabo de zorro, el
friegaplato y la zarza dominaban sobre los gramales pantanosos;
allí ramoneaban algunos caballejos molenderos rapados de crin y
cola, correteaban potros y meditaban burros viejos, tan lacrados y
mutilados por el carguío de leña y la crueldad de sus arrieros, que
Buffon se habría encontrado perplejo al tener que
clasificarlos.
La casa, grande y antigua, rodeada de cocoteros y mangos,
destacaba su techumbre cenicienta y alicaída sobre el alto y
tupido bosque del cacaotal.
No se habían agotado los obstáculos para llegar, pues tropecé
con los corrales rodeados de tetillal; y ahí fue lo de rodar
trancas de robustísimas guaduas sobre escalones desvencijados.
Vinieron en mi auxilio dos negros, varón y mujer: él, sin más
vestido que unos calzones, mostraba la espalda atlética luciente
con el sudor peculiar de la raza; ella con follao de fula azul y
por camisa un pañuelo anudado hacia la nuca y cogido con la
pretina, el cual le cubría el pecho. Ambos llevaban sombrero de
junco, de aquellos que a poco uso se aparaguan y toman color de
techo pajizo.
Iba la risueña y fumadora pareja nada menos que a habérselas con
otra de potros a los cuales había llegado ya su turno en el mayal;
y supe a qué, porque me llamó la atención el ver no sólo al negro
sino también a su compañera, armados de rejos de enlazar. En gritos
y carrera estaban cuando me apeé bajo el alar de la casa,
despreciando las amenazas de los perrazos inhospitalarios que se
hallaban tendidos bajo los escaños del corredor.
Algunas angarillas y sudaderos de junco deshilachados y montados
sobre el barandaje bastaron a convencerme de que todos los planes
hechos en Bogotá por Emigdio, impresionado con mis críticas, se
habían estrellado contra lo que él llamaba chocheras de su padre.
En cambio habíase mejorado notablemente la cría de ganado menor, de
lo cual eran prueba las cabras de varios colores que apestaban el
patio; e igual mejora observé en la volatería, pues muchos pavos
reales saludaron mi llegada con gritos alarmadores, y entre los
patos criollos o de ciénaga, que nadaban en la acequia vecina, se
distinguían por su porte circunspecto algunos de los llamados
chilenos.
Emigdio era un excelente muchacho. Un año antes de mi regreso al
Cauca, lo envió su padre a Bogotá con el objeto de ponerlo, según
decía el buen señor, en camino para hacerse mercader y buen
tratante. Carlos, que vivía conmigo en aquel entonces y se hallaba
siempre al corriente hasta de lo que no debía saber, tropezó con
Emigdio, yo no sé dónde, y me lo plantó por delante un domingo de
mañana, precediéndolo al entrar en nuestro cuarto para decirme:
"¡Hombre!, te voy a matar del gusto: te traigo la cosa más
linda".
Yo corrí a abrazar a Emigdio, que parado a la puerta, tenía la
más rara figura que imaginarse puede. Es una insensatez pretender
describirlo.
Mi paisano había venido cargado con el sombrero de pelo, color
café con leche, gala de don Ignacio, su padre, en las semanas
santas de sus mocedades. Sea que le viniese estrecho, sea que le
pareciese bien llevarlo así, el trasto formaba con la parte
posterior del largo y renegrido cuello de nuestro amigo, un ángulo
de noventa grados. Aquella flacura; aquellas patillas enralecidas y
lacias haciendo juego con la cabellera más desconsolada en su
abandono que se haya visto; aquella tez amarillenta, descaspando
las asoleadas del camino; el cuello de la camisa hundido sin
esperanza bajo las solapas de un chaleco blanco cuyas puntas se
odiaban; los brazos aprisionados en las mangas de una casaca azul;
los calzones de cambrún con anchas trabillas de cordobán, y los
botines de cuero de venado alustrado eran causa más que suficiente
para exaltar el entusiasmo de Carlos.
Llevaba Emigdio un par de espuelas orejonas
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(3)
en una mano y una voluminosa
encomienda para mí en la otra. Me apresuré a descargarlo de todo,
aprovechando un instante para mirar severamente a Carlos, quien
tendido en una de las camas de nuestra alcoba, mordía una almohada
llorando a lágrima viva, cosa que por poco me produce el
desconcierto más inoportuno.
Ofrecí a Emigdio asiento en el saloncito; y como eligiese un
sofá de resorte, el pobre sintiendo que se hundía, procuró a todo
trance buscar algo a qué asirse en el aire; mas, perdida toda
esperanza, se rehizo como pudo, y una vez en pie, dijo:
-¡Qué demonios! A este Carlos no le entra el juicio. ¡Y ahora!
Con razón venía riéndose en la calle de la pegadura que me iba a
hacer. ¿Y tú también?... ¡Vaya! Si esta gente de aquí es el mismo
demontres. ¿Qué te parece la que me han hecho hoy?
Carlos salió de la alcoba, aprovechándose de tan feliz ocasión,
y ambos pudimos reír ya a nuestras anchas.
-¡Qué, Emigdio! -dije a nuestro visitante-: siéntate en esta
butaca, que no tiene trampa. Es necesario que críes correa.
-Sí es
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(4)
-respondió Emigdio sentándose con desconfianza cual si temiese un
nuevo fracaso.
-¿Qué te han hecho? -rió más que preguntó Carlos.
-¿Hase visto? Estaba por no contarles.
-Pero, ¿por qué? -insistió el implacable Carlos, echándole un
brazo sobre los hombros-; cuéntanos.
Emigdio se había enfadado al fin, y a duras penas pudimos
contentarlo. Unas copas de vino y algunos cigarros ratificaron
nuestro armisticio. Sobre el vino observó nuestro paisano que era
mejor el de naranja que hacían en Buga, y el anisete verde de la
venta de Paporrina. Los cigarros de Ambalema le parecieron
inferiores a los que aforrados en hojas secas de plátano y
perfumados con otras de higo y de naranjo picadas, traía él en los
bolsillos.
Pasados dos días, estaba ya nuestro Telémaco vestido
convenientemente y acicalado por el maestro Hilario; y aunque su
ropa a la moda le incomodaba y las botas nuevas le hacían ver
candelillas, hubo de sujetarse, estimulado por la vanidad y por
Carlos, a lo que él llamaba un martirio.
Establecido en la casa de asistencia que habitábamos nosotros,
nos divertía en las horas de sobremesa refiriendo a nuestras
caseras las aventuras de su viaje y emitiendo concepto sobre todo
lo que le había llamado la atención en la ciudad. En la calle era
diferente, pues nos veíamos en la necesidad de abandonarlo a su
propia suerte, o sea a la jovial impertinencia de los talabarteros
y buhoneros, que corrían a sitiarlo apenas lo divisaban, para
ofrecerle sillas chocontanas, arretrancas, zamarros, frenos y mil
baratijas.
Por fortuna ya había terminado Emigdio todas sus compras cuando
vino a saber que la hija de la señora de la casa, muchacha
despabilada, despreocupadilla y reidora, se moría por él.
Carlos, sin pararse en barras, logró convencerlo de que
Micaelina había desdeñado hasta entonces los galanteos de todos los
comensales; pero el diablo, que no duerme, hizo que Emigdio
sorprendiese en chicoleos una noche en el comedor a su cabrión y a
su amada, cuando creían dormido al infeliz, pues eran las diez,
hora en que solía hallarse él en su tercer sueño; costumbre que
justificaba madrugando siempre, aunque fuese tiritando de
frío.
Visto por Emigdio lo que vio y oído lo que oyó, que ojalá para
su reposo y el nuestro nada hubiese visto ni oído, pensó solamente
en acelerar su marcha.
Como no tenía queja de mí, hízome sus confidencias la noche
víspera del viaje, diciéndome, entre otros muchos desahogos:
-En Bogotá no hay señoras: éstas son todas unas... coquetas de
siete suelas. Cuando ésta lo ha hecho, ¿qué se espera? Estoy hasta
por no despedirme de ella. ¡Qué caray!, no hay nada como las
muchachas de nuestra tierra; aquí no hay sino peligros. Ya ves a
Carlos: anda hecho un altar de
|corpus, se acuesta a las once
de la noche y está más fullero
|
(5)
que nunca. Déjalo estar; que yo se lo haré
saber a don Chomo para que le ponga la ceniza. Me admira verte a ti
pensando tan sólo en tus estudios.
Partió pues Emigdio, y con él la diversión de Carlos y de
Micaelina.
Tal era, en suma, el honradote y campechano amigo a quien iba yo
a visitar.
Esperando verlo venir del interior de la casa, di frente a
retaguardia oyendo que me gritaba al saltar una cerca del
patio:
-¡Por fin, so maula!, ya creía que me dejabas esperándote.
Siéntate, que voy allá.
Y se puso a lavarse las manos, que tenía ensangrentadas, en la
acequia del patio.
-¿Qué hacías? -le pregunté después de nuestros saludos.
-Como hoy es día de matanza y mi padre madrugó a irse a los
potreros, estaba yo racionando a los negros, que es una friega;
pero ya estoy desocupado. Mi madre tiene mucho deseo de verte; voy
a avisarle que estás aquí. Quién sabe si lograremos que las
muchachas salgan, porque se han vuelto más cerreras cada día.
-¡Choto! -gritó; y a poco se presentó un negrito medio desnudo,
pasas monas
|
(6)
, y un
brazo seco y lleno de cicatrices.
-Lleva a la canoa ese caballo y límpiame el potro alazán.
Y volviéndose a mí, después de haberse fijado en mi cabalgadura,
añadió:
-¡Carrizo con el retinto!
-¿Cómo se averió así el brazo ese muchacho? -pregunté.
-Metiendo caña al trapiche: ¡son tan brutos éstos! No sirve ya
sino para cuidar caballos.
En breve empezaron a servir el almuerzo, mientras yo me las
había con doña Andrea, madre de Emigdio, la que por poco deja su
pañolón sin flecos, durante un cuarto de hora que estuvimos
conversando solos.
Emigdio fue a ponerse una chaqueta blanca para sentarse a la
mesa; pero antes nos presentó una negra engalanada el azafate
pastuso con aguamanos, llevando pendiente de uno de los brazos una
toalla primorosamente bordada.
Servíanos de comedor la sala, cuyo ajuar estaba reducido a
viejos canapés de vaqueta, algunos retablos quiteños que
representaban santos, colgados en lo alto de las paredes no muy
blancas, y dos mesitas adornadas con fruteros y loros de yeso.
Sea dicha la verdad: en el almuerzo no hubo grandezas; pero se
conocía que la madre y las hermanas de Emigdio entendían eso de
disponerlos. La sopa de tortilla aromatizada con yerbas frescas de
la huerta; el frito de plátanos, carne desmenuzada y roscas de
harina de maíz; el excelente chocolate de la tierra; el queso de
piedra; el pan de leche y el agua servida en antiguos y grandes
jarros de plata no dejaron que desear.
Cuando almorzábamos alcancé a ver espiando por entre una puerta
medio entornada a una de las muchachas; y su carita simpática,
iluminada por unos ojos negros como chambimbes
|
(7)
, dejaba pensar que lo que
ocultaba debía de armonizar muy bien con lo que dejaba ver.
Me despedí a las once de la señora Andrea; porque habíamos
resuelto ir a ver a don Ignacio en los potreros donde estaba
haciendo rodeo, y aprovechar el viaje para darnos un baño en el
Amaime.
Emigdio se despojó de su chaqueta para reemplazarla con una
ruana de hilo; de los botines de soche para calzarse alpargatas
usadas; se abrochó unos zamarros blancos de piel melenuda de
cabrón; se puso un gran sombrero de Suaza con funda de percal
blanco, y montó en el alazán, teniendo antes la precaución de
vendarle los ojos con un pañuelo. Como el potrón se hizo una bola y
escondió la cola entre las piernas, el jinete le gritó: "¡Ya venís
con tus fullerías!", descargándole en seguida dos sonoros latigazos
con el manatí palmirano que empuñaba. Con lo cual, después de dos o
tres corcovos que no lograron ni mover siquiera al caballero en su
silla chocontana, monté y nos pusimos en marcha.
Mientras llegábamos al sitio del rodeo, distante de la casa más
de media legua, mi compañero, luego que se aprovechó del primer
llanito aparente para tornear y rayar el caballo, entró en
conversación tirada conmigo. Desembuchó cuanto sabía respecto a
las pretensiones matrimoniales de Carlos, con quien había reanudado
amistad desde que volvieron a verse en el Cauca.
-¿Y tú qué dices? -acabó por preguntarme.
Esquivé mañosamente darle respuesta; y él continuó:
-¿Para qué es negarlo? Carlos es muchacho trabajador: luego que
se convenza de que no puede ser hacendado si no deja antes a un
lado los guantes y el paraguas, tiene que irle bien. Todavía se
burla de mí porque enlazo, hago talanquera y barbeo muletos; pero
él tiene que hacer lo mismo o reventar. ¿No lo has visto?
-No.
-Pues ya lo verás. ¿Me crees que no va a bañarse al río cuando
el sol está fuerte, y que si no le ensillan el caballo no monta;
todo por no ponerse moreno y por no ensuciarse las manos? Por lo
demás es un caballero, eso sí: no hace ocho días me sacó de un
apuro prestándome doscientos patacones que necesitaba para comprar
unas novillonas. El sabe que no lo echa en saco roto; pero eso es
lo que se llama servir a tiempo. En cuanto a su matrimonio... te
voy a decir una cosa, si me ofreces no chamuscarte.
-Di, hombre, di lo que quieras.
-En tu casa como que viven con mucho tono; y se me figura que
una de esas niñas criadas entre holán, como las de los cuentos,
necesita ser tratada como cosa bendita.
Y soltó una carcajada y prosiguió:
-Lo digo porque ese don Jerónimo, padre de Carlos, tiene más
cáscaras que un sietecueros y es bravo como un ají chivato. Mi
padre no lo puede ver desde que lo tiene metido en un pleito por
linderos y yo no sé qué más. El día que lo encuentra tenemos que
ponerle por la noche fomentos de yerbamora y darle friegas de
aguardiente con malambo.
Habíamos llegado al lugar del rodeo. En medio del corral, a la
sombra de un guásimo y al través de la polvareda levantada por la
torada en movimiento, descubrí a don Ignacio, quien se acercó a
saludarme. Montaba un cuartago rosillo y cotudo, enjaezado con un
galápago cuyo lustre y deterioro proclamaban sus merecimientos. La
exigua figura del rico propietario estaba decorada así: zamarros de
león raídos y con capellada; espuelas de plata con rodajas
encascabeladas; chaqueta de género sin aplanchar y ruana blanca
recargada de almidón; coronándolo todo un enorme sombrero de
jipijapa, de esos que llaman cuando va al galope quien los lleva:
bajo su sombra hacían la tamaña nariz y los ojillos azules de don
Ignacio, el mismo juego que en la cabeza de un paletón disecado,
los granates que lleva por pupilas y el prolongado pico.
Dije a don Ignacio lo que mi padre me había encargado acerca del
ganado que debían cebar en compañía.
-Está bien -me respondió-. Ya ve que la novillada no puede ser
mejor; todos parecen unas torres. ¿No quiere entrar a divertirse
un rato?
A Emigdio se le iban los ojos viendo la faena de los vaqueros en
el corral.
-¡Ah Tuso! -gritó-; cuidado con aflojar el pial
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(8)
¡A la cola! ¡A la cola!
Me excusé con don Ignacio, dándole al mismo tiempo las gracias;
él continuó:
-Nada, nada; los bogotanos les tienen miedo al Sol y a los toros
bravos; por eso los muchachos se echan a perder en los colegios de
allá. No me dejará mentir ese niño bonito hijo de don Chomo: a las
siete de la mañana lo he encontrado de camino aforrado con un
pañuelo, de modo que no se le veía sino un ojo, ¡y con paraguas!...
Usted, por lo que veo, siquiera no usa esas cosas.
En ese momento gritaba el vaquero, que con la marca candente
empuñada iba aplicándosela en la paleta a varios toros tendidos y
maniatados en el corral: "Otro... otro...". A cada uno de esos
gritos seguía un berrido, y hacía don Ignacio con su cortaplumas
una muesquecilla más en una varita de guásimo que le servía de
fuete.
Como al levantarse las reses podía haber algunos lances
peligrosos, don Ignacio, después de haber recibido mi despedida,
se puso en salvo entrando a una corraleja vecina.
El sitio escogido por Emigdio en el río era el más adecuado para
disfrutar del baño que las aguas del Amaime ofrecen en el verano,
especialmente a la hora en que llegamos a su orilla. Guabos
churimbos, sobre cuyas flores revoloteaban millares de
esmeraldas
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(9)
, nos
ofrecían densa sombra y acolchonada hojarasca donde extendimos las
ruanas. En el fondo del profundo remanso que estaba a nuestros pies
se veían hasta los más pequeños guijarros y jugueteaban sardinas
plateadas. Abajo, sobre las piedras que no cubrían las corrientes,
garzones azules y garcitas blancas pescaban espiando o se peinaban
el plumaje. En la playa de enfrente rumiaban acostadas hermosas
vacas; guacamayas escondidas en los follajes de los cachimbos
charlaban a media voz; y tendida en las ramas altas dormía una
partida de monos en perezoso abandono. Las chicharras hacían
resonar por dondequiera sus cantos monótonos. Una que otra ardilla
curiosa asomaba por entre el cañaveral y desaparecía velozmente.
Hacia el interior de la selva oíamos de rato en rato el trino
melancólico de las chilacoas.
-Cuelga tus zamarros lejos de aquí -dije a Emigdio-; porque si
no, saldremos del baño con dolor de cabeza.
Riose él de buena gana, observándome al colocarlos en la
horqueta de un árbol distante:
-¿Quieres que todo huela a rosas? El hombre debe oler a
chivo.
-Seguramente; y en prueba de que lo crees, llevas en tus
zamarros todo el almizcle de un cabrero.
Durante nuestro baño, sea que la noche y la orilla de un hermoso
río dispongan el ánimo a hacer confidencias, sea que yo me diese
trazas para que mi amigo me las hiciera, confesóme que después de
haber guardado por algún tiempo como reliquia el recuerdo de
Micaelina, se había enamorado locamente de una preciosa ñapanguita,
debilidad que procuraba esconder a la malicia de don Ignacio, pues
que éste había de pretender desbaratarle todo, porque la muchacha
no era señora; y en fin de fines raciocinó así:
-¡Como si pudiera convenirme a mí casarme con una señora, para
que resultara de todo que tuviera que servirle yo a ella en vez de
ser el servido! Y por más caballero que yo sea, ¿qué diablos iba a
hacer con una mujer de esa laya? Pero si conocieras a Zoila...
¡Hombre!, no te pondero; hasta le harías versos... ¡Qué versos!, se
te volvería la boca agua: sus ojos son capaces de hacer ver a un
ciego; tiene la risa más ladina, los pies más lindos, y una cintura
que...
-Poco a poco -le interrumpí-: ¿es decir que estás tan
frenéticamente enamorado que te echarás a ahogar si no te casas con
ella?
-¡Me caso aunque me lleve la trampa!
-¿Con una mujer del pueblo? ¿Sin consentimiento de tu padre?...
Ya se ve: tú eres hombre de barbas, y debes saber lo que haces. Y
Carlos ¿tiene noticia de todo eso?
-¡No faltaba otra cosa! ¡Dios me libre! Si en Buga lo tienen en
las palmas de las manos y a boca, qué quieres. La fortuna es que
Zoila vive en San Pedro y no va a Buga sino cada marras.
-Pero a mí sí me la mostrarías.
-A ti es otra cosa; el día que quieras te llevo.
A las tres de la tarde me separé de Emigdio, disculpándome de
mil maneras para no comer con él, y las cuatro serían cuando llegué
a casa.
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2.
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Lugar donde se toma el vado.
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3.
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Espuelas grandes usadas en la Sabana de Bogotá.
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4.
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Modismo que consiste en repetir en tono de mofa la última parte
de la última palabra del interlocutor.
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5.
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Provincialismo, por presumido.
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6
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Provincialismo, por de color de mono.
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7.
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Cierta semilla muy negra y redonda.
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8.
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Cuerda con que maniatan las reses para echarlas a tierra
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9.
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Insectos así llamados por el color de sus alas.
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