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Capítulo VI
La lámina


En la semana siguiente pagó Clotilde la visita a su querida vecina; y como para Juanita no había en la Soledad otro placer que el retiro, la lectura y el baño, después de almuerzo la invitó al Silencio.

Era el Silencio un charco excavado por una quebrada que golpeaba repartiendo sus aguas en varias porciones, perdiendo el color del cristal por los rechazos de las piedras sobre que se estrellaban. Todo el recinto lo cubría con sus brazos horizontales una extraordinaria ceiba, el único de los árboles que tiene su copa más delgada que la mitad del tronco, la cual se eleva como torneada columna hasta la altura de veinte o más varas castellanas. El cajeto y el amé rodeaban por más abajo las orillas del charco, y en la margen había helechos. Era hondo el pozo, y en él se podía nadar con toda la comodidad apetecible.

Fuera del golpear de las aguas en los contornos de aquel charco, no se oía sino el quejumbroso arrullo de la pechiblanca, que de tiempo en tiempo despide un sonido en |sol de flauta; |¡hu! ¡hu! que es el melancólico gemido de todas las palomas; sintiéndose también a ratos el chillido periódico de la guapa que vela su nido, colgado de un gajo de la ceiba a manera de un bolsillo, con un cabestro de una vara de largo, tejido de muy finos bejuquillos. Para llegar al Silencio se camina por una senda impenetrable a los rayos del sol, y a las miradas de los pasajeros, con excepción del ciudadano Dimas y del ciudadano Elías, que todo lo penetran por sus fueros de cazadores raizales.

Clotilde tenía sus principios propios acerca del baño, como los tenía acerca del baile, que ambas cosas tropezaban con su habitual pudor.

Después del baño siempre leía Juanita, mientras se le secaba el pelo. Clotilde era más escrupulosa para las novelas que Juanita: sólo leía las que su padre y sus hermanos le indicaban: las demás eran como prohibidas. ¿Qué adelantamos nosotras en nuestro retiro, le decía a su amiga, con enardecer la imaginación con pinturas exageradas, y nuestro corazón con emociones apasionadas? Los hombres viajan, varían de objetos y disipan o disminuyen la idea fuerte de que se impresionan. ¿Pero nosotras?...

Habían llevado libros; pero mientras se oreaban los trajes y se secaba el pelo, lo que hizo Juanita fue contarle sus celos a su amiga, capítulo de sus aventuras que hasta entonces le había ocultado, por muy doloroso tal vez. Sentadas sobre un pequeño barranco alfombrado de menudos helechos, con el pelo suelto y la peinilla en la mano, casi tocadas por las flores entre rosadas y blancas del amé, que las cubrían por encima; Juanita comenzó así su narración.

— Me había dicho Jacinta, mi criada, que el segundo tomo de mi Ivanhoe estaba en la tienda de la Lámina y que, a la hora de misa podríamos pedírselo desde la puerta, si yo quería. Y | yo me había figurado que seria una tienda como esas que llaman del Arbol, del Buey o del Tigre, que hay en los Portales de arrubla.

Efectivamente, al pasar una mañana a las siete, mi criada me indicó la referida tienda. Puse, sin advertírselo, un pie en una grada de piedra, y al llevar el otro al otro lado del umbral, vi peinándose a la tendera, joven, blanca, de ojos bellísimos aunque rodeados de ligeras sombras, y de traje muy casero, al parecer, la cual me dijo en el acto:

— ¡Siga usted!

— Dispénseme usted, le dije, echando un pie atrás con precipitación.

— Es aquí, mi señora, en donde está su libro, me dijo la criada, no tan pasito que la joven no lo entendiese.

— Ahora se hace obligatorio que usted me diga el objeto de su llegada, pues veo que estoy comprometida a causa de algunas sospechas... me dijo la joven.

— Era que me habían dicho que usted tenía un libro...

— Tengo algunos, es verdad.

— ¿Un Ivanhoe?

— Con una lámina iluminada.

— ¿El segundo tomo?

— Cabal... y mientras lo alcanzo, puede usted tener la bondad de sentarse.

Yo me quedé parada y mientras la joven trasteaba sobre una mesa donde había frasquitos, peines, frutas, flores y libros, y pasaba a rebuscar en una caja, recorrí ligeramente con la vista la estrecha tienda de la joven; ahora conozco que hice mal, mi querida Clotilde y que ninguna otra señora lo habría hecho; pero lo hice sin advertir, sin caer en cuenta, por mi misma inocencia.

Era la tienda una pieza de siete varas en cuadro, a lo sumo, de paredes en parte empapeladas y en parte cubiertas de grabados de modas, de retratos de granadinos ilustres y de granadinos ridículos, como, por ejemplo, una lámina de tres bobos. Entre los ilustres había también caricaturas de aquellos que han pasado por las dos faces del prisma de la vida, auge y caída. Estaba en el frente una cama de vistosas cortinas y lazos de cinta, y de un lado estaba un canapé de zaraza y al otro la referida mesa. En un rincón se determinaba por la ceniza y el hollín, un fogón que estaba situado en un Pequeñísimo departamento de cocina, y en su inmediación, al pie de un tinajero, funcionaba, como cocinera, una mujer que no inspiraba curiosidad ninguna. En el rincón opuesto se veía un ropero, del que colgaban trajes de lujo, y un sombrero a la pastora.

— Aquí tiene usted el libro, me dijo la joven.

— Mil gracias, le dije yo tratando de salir de pronto.

— Me interesa, sin embargo, que usted sepa de qué manera vino ese libro a mis manos, no sea que usted juzgue mal de mí.

— No tenga usted cuidado: estoy segura de que usted lo compraría.

— No, señora: el libro, aunque ha sido extraído del poder de usted, no ha sido comprado por mí.

— Pues no puedo dar con la persona que lo ha sacado de mi poder.

— Yo puedo mostrársela, si usted gusta, para que en lo venidero no se fíe usted de nadie.

— Pues no seria malo conocerla, por sí o por no.

— Aquí está, dijo la joven, volviendo un retrato que tenía allí puesto al revés contra la pared.

— ¿El? dije yo, a punto de caerme, porque mis piernas no me podían sostener.

— Siéntese, me dijo la joven, con mucho cariño.

— ¿Qué tiene usted, mi señora?

— Es que el aroma de las azucenas de su florero...

— Pues recuéstese en el canapé y que la criada corra por entero el bastidor de percala, con que nos ocultamos de las miradas de los que transitan por la calle.

— De ninguna manera, porque me voy.

— Está usted indispuesta de manera que no puede dar ni un solo paso... caería usted en la calle... Huela usted este frasquito...

— Y por qué le regalaron a usted ese libro? le pregunté como involuntariamente, cuando me vi restablecida de mi acceso.

— Fue que me trajo ese señor libros para leer y se debió de olvidar de la entrega de éste, y deseaba yo devolvérselo a usted desde que vi su nombre, porque yo sé lo que es una obra manca.

— ¿Y me conocía usted?

— Sí, señora, porque usted vivió encima de mi casa, y yo debajo de usted.

— ¿Cómo?

— Fui arrendataria por muchos meses de una de las tiendas de don Cosme, el padre de usted; y el cuarto de usted quedaba casualmente encima. Así es que cuando daban alguna serenata en la calle o tocaban el piano, a mí me tocaba mi parte.

— Pues me voy, le dije yo entonces, tomando mi cotidiano y mi camándula de sobre la mesa, donde la había yo puesto sin saber lo que hacía, y muy arrepentida de haber entrado a la tienda.

— Si usted no está muy de prisa...

— Mucho; porque salí a misa, y tocan en La Concepción en este instante. ¡Me voy!

— Pero le importa saber a usted un secreto.

— Lo doy por sabido.

— Es sobre su vida: ¡créamelo usted!

— Otro día, porque me voy a misa.

— Seria tarde, mi señora, me dijo, con una expresión de respeto, de interés y de ternura, de esas que arrancan aún las prevenciones más fuertes.

— ¿De mi vida, decía usted? le pregunté, cayéndome de nuevo en el canapé, temblando de miedo y de vergüenza.

— Sí, señora, y yo la aprecio a usted mucho, para despreciar esta ocasión de salvarla.

— Pues, dígamelo; pero pronto, porque me voy.

— ¿No es verdad, mi señora, que ha muerto del tifo una criada de la casa de usted, en la semana pasada?

— ¡Cierto!

— ¿Y que uno de los niños estuvo desahuciado?

— ¿Pero a qué conduce todo esto? ¡Dios mío!

— Que yo puedo evitar ese mal de que está contagiada su casa. Pero es menester que usted me atienda mis explicaciones sin afán y... si usted me dispensa, sin prevenciones.

— ¿Prevenciones, yo? ¿con usted?

— Es verdad, usted es muy señora. Usted me ha mirado sin irritarse, por lo menos sin dar a conocer el odio. Se ha hecho indiferente como si tal cosa no hubiese pasado, como si no me hubiese nunca conocido.

— Sí, como que la vi un día en la puerta de su tienda... y así una que otra vez, pero no la recordaba bien; lo cierto es que hoy no la conocía.

— Sí, señora, la prudencia o bien sea el verdadero señorío; porque ese día que ese señor me alzó a mirar llevándolas del brazo a usted y a la otra señorita de su casa, y que yo contesté con poca discreción, la vi palidecer a usted; pero después ni una mirada, ni un gesto siquiera... porque usted es verdaderamente señora... ¿Conque me recuerda? Pues como le decía, yo fui arrendataria de una de las tiendas de debajo de la casa de usted, y no hace sino unos pocos días que me fui a otra parte, y con pena, porque es cierto que la calle me gustaba infinito. Yo tenía buenas vecinas, y entre ellas Dolores, la otra criada de usted, que solía hacerme sus visitas, siempre que podía, la pobre.

Es una vida muy particular la nuestra: guarecidas como las ratas entre los cimientos de las mejores casas de Bogotá, somos como de nación separada. Teniendo relaciones intimas con la sociedad, la sociedad nos desdeña; así es que no se ve que nadie nos salude por la calle, como si fuéramos judías de los tiempos antiguos.

Pues bien, una de mis vecinas era la niña Modesta, que no se metía ni en bueno ni en malo, que bien puede arder la cuadra que a buen seguro que ella diga "esta boca es mía". Da gusto ir a visitarla porque su tienda es un jardín: tiene tazas de rosas, de zulias, de hortensias, y hasta una olla con una mata de plátano.

— ¿Y con qué objeto va usted a describirme las tiendas?

— Porque es menester así, para un denuncio terrible que afecta la existencia de su familia; sobre todo la preciosa vida de usted.

— Pero dígamelo presto, porque me voy.

— La otra de mis antiguas vecinas es la curtidora, que con su propio guargüero y el de una guacamaya y dos pericos de cabeza colorada que tiene, atruena toda la cuadra, y hasta las que le siguen. Allí deposita un Curtidor sus pieles frescas, y aun ella, que es un poco descuidada, conserva comúnmente atados de ropa mugrienta; aparte de que el rincón en que duerme el marrano que está cebando, no se barre nunca.

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|La Comunista es una mujer muy trabajadora; aplancha, cocina masato, Suele sacar aguardiente, compra menudos para hacer almuerzos los domingos, y tiene fábrica de labrar estaño, o fundición, en donde se funden Soldaditos, generales, coches y cruces. Esta tienda queda debajo del cuarto de Dolores, quien me ha dicho que de noche parece un horno; y fue la que primero cayó con tifo; porque hemos de estar, mi señora, añadió la joven, en que yo conozco a palmos la casa de usted, y todo lo que pasa sobre el tifo, y algunas cosas más.

La otra tienda es la que llaman El Museo; ahí vive la niña Mónica, llamada la directora, quien, fuera de su loro, tiene una cría de palomas y de gatos, dos toches, cuatro pericos chicos, un gallo, y cuatro compañeras, jóvenes de bastante mérito.

Ahora, yo vivía sola, con mi loro y con mi criada, sin dar que decir en la vecindad, bien que yo no valga nada. Me llaman la Lámina; no sé por qué será.

Con que ahora le digo, que si usted puede comprometer a su papá a que les arriende esas tiendas a algunos artesanos, aunque tenga que rebajarles, o a que las meta al cuerpo de la casa para almacenes, o para algunos parientes pobres, es seguro que se acaba el tifo en casa de usted. Y todavía no es eso solo, sino las malas consecuencias de lo que las criadas y las niñas vean u oigan... o piensen acerca de nosotras.

Ya miraba yo a la Lámina de una manera distinta. Su habla dulce, su locución que no carecía de gracia y civilidad, en bien que me acababa de hacer y el miramiento con que me trataba; todo iba ya labrando profundas simpatías, que yo moderaba de mi parte, porque así debía ser.

— ¡Ahora si que me voy! le dije, porque ¡qué dirán en casa!

— ¡Ave Maria!

— Falta lo más interesante de mi denuncia, me dijo entonces la Lámina, porque ha de saber usted, continuó ella, que el curtidor, que se las echa de polvorero, tiene escondidas en la tienda de la curtidora unas cuantas arrobas de pólvora desde la revolución de abril, y esa mujer deja la hornilla prendida muchas noches, y los fósforos regados, y la vela acabándose en ocasiones en el candelero de lata. ¿Y quién quita que usted vuele un día como el señor Ricaurte?... ¡No lo permita Dios! y para que esto se evite, es que yo se lo comunico a usted.

Ahora, si yo fui a esa tienda, me dijo la Lámina, fue por esto: yo vivía muy feliz en el cantón de Cáqueza con toda mi familia, en una estancia propia: la casa era muy bonita, y teníamos en el patio, donde lavábamos, una alberca entre naranjos, y una mata de plátano guineo, donde anidaban los toches y los cardenales. Todos los contornos estaban empradizados de grama que pastaban los caballos de nuestro servicio y unas vacas que yo misma recogía para ordeñarlas con mis hermanas. Se atrasó mi padre en sus negocios, y nos vinimos con mi madre a la capital. A los seis meses murió mi madre, y yo quedé en la misma casita, protegida por uno que se me había vendido por pariente. A pocos días los paseos, trajes y regalos vinieron a ahogar mis sentimientos naturales; y los libros, las prohibiciones y los ejemplos a disipar las ideas religiosas. Sin embargo, yo me fastidiaba del ocio, pues con mis manos, en compañía de mi hermana, ganaba la subsistencia en mi país, lo mismo que todas las estancieras de mi clase; al principio yo repugnaba, por un instinto de vergüenza y de pudor, cosas compradas tan caro.

Mas el tiempo, la inclinación, la costumbre sobre todo, me pusieron una venda que no me dejó ya ver mi violenta situación.

Yo carecía de amistades y de todo trato, porque mi protector no era sino mi carcelero, inexorable, siempre que se trataba de llaves; y si alguien entraba por casualidad en la casa, la vista de las pistolas sobre la mesa, del sable en la pared, del garrote en el rincón, y sobre todo, de sus vejas y de sus inflados labios, lo hacían retroceder en el acto.

Esta vida, al fin, me fastidió, me cansó, me desesperé, y saliéndome una noche a las siete con un lío de ropa debajo del brazo, di por casualidad con una mujer que me dijo dónde había una tienda desocupada, y dándole con qué la pagase adelantada, la ocupé, conservando a la mujer de criada o compañera. Un caballero que pasaba todos los días por la puerta, que era la de la tienda de la casa de usted, por algunos descuidos míos solía verme, siempre triste y siempre leyendo, porque mi tutor me acostumbró a la sola ocupación de leer novelas.

Por fin entró el dicho caballero en la tienda; era bien parecido y sumamente afable. Yo era desgraciada, joven, muy pobre, y sin familia de quién esperar algo, ni a quién deshonrar, Don Alcibíades fue desde luego para mí mucho más apreciable que mi carcelero. Entre los muchos libros que me dio a leer, uno fue el lvanhoe, y no sé por qué no se lo llevó a su dueño.

Yo no sé, mi querida Clotilde, continuó Juanita, qué clase de ascendiente iba adquiriendo la Lámina sobre mi espíritu. La escena debía ser odiosa naturalmente: el primer personaje era un impostor. La Lámina, infeliz o no, era una rival, es verdad; pero yo le debía dos denuncias de vital importancia; su desgracia no había consistido en ella… no puedo explicarte lo que mi corazón sentía. ¡Ay de mí! ¡Alcibíades era la causa de todos estos contrastes!

— Sí, Juanita: ¡Alcibíades, que sin querer casarse, sin amarte tal vez, te indispuso con tu familia, te privó de tu quietud y te hizo incurrir en estos comprometimientos, y hoy tal vez ni se acordará de ti!

— ¡Y lo desgraciada que me ha hecho! repuso Juanita; pero oye la conclusión de esta triste historia.

— Don Alcibíades, continuó la Lámina, no se portó bien conmigo; yo le había cobrado cariño conformándome con que él no me perteneciera o confiando en que sí, yo no sé, por mayor; y se fue para Europa sin despedirse siquiera de mi; yo he llorado por él; ¿pero qué son las lágrimas en mi estado actual? ¿qué mi porvenir...? Y cuando me acuerdo de mi estancita, del lavadero, de mis propiedades, y comparo todo con estas cuatro paredes alquiladas, con este fogón y estas cortinas, con este tinajero y este ropero, y cuando pienso en la cama del hospital que me espera...

Al decir esto la Lámina, continuó diciéndole Juanita a su amiga, se cubrió los ojos con un pañuelo de batista, y parecía que se esforzaba por ahogar sus sollozos; pero luego que estuvo algo tranquila, continuó:

— Y sin tener ya los consuelos de las creencias y de las esperanzas; porque tanta lectura y tantos raciocinios falsos de mi carcelero, por fin me condujeron a un indiferentismo tal, que nada me atrae.

— Pero todavía es tiempo, le dijimos a la vez, Jacinta y yo.

— De nada, porque dudando una vez...

— ¡Desgraciada! Exclamé, no desespere usted de la misericordia de Dios: escoja usted otra clase de vida, que en la Nueva Granada ninguno se muere de hambre.

— Cierto, mi señora contestó ella: no es de hambre materialmente de que se muere aquí, como dicen Los Misterios de Paris que sucede en Europa; es el hambre de figurar, el hambre de lucirse la que puede conducir al despeñadero, cuando no sea alguna pasión desordenada... Y después... ¡Ah! usted no sabe lo que es el hambre de una alma abandonada por todos... En mi tierra todas trabajan; en mi tierra hay celo por la buena conducta; por eso hay salud, matrimonios, y hay también mucha limpieza en las calles y mucho orden en todo. Y aquí también, si quisieran, podría dar una disposición el gobierno, para que nosotras viviésemos en un barrio aparte, y entonces vería usted cómo los ricos nos hacían casatiendas, porque para ellos valdría esto más que tenemos debajo de sus casas y entre sus familias dando mal ejemplo.

— ¡Cuándo! si aquí defienden tanto las garantías...

— Pero me voy, le dije a la Lámina, adiós, adiós.

— Adiós, mi señora, me dijo ella, y me alargó la mano. Yo cogí mi Ivanhoe y mi camándula y me salí pronto. En la misa me acordé varias veces de la pobre Lámina y rogué a Dios por su conversión; después la he recordado con alguna frecuencia.

— ¡Pobrecita! dijo Clotilde, ya verás que ella no tiene la culpa. Si pusieran los ricos cigarrerías, o cualquier clase de fábricas en que se ocupasen las desgraciadas, no habrían tantas mujeres perdidas.

Cuando esta relación se concluyó estaba ya seco el pelo de las señoritas y hasta sus trajes de baño. Luego que llegaron a la casa grande, se sirvió la comida; por la tarde se fue Clotilde con su padre, y Juanita se quedó en la Soledad, de donde no volvió a salir hasta las fiestas de la parroquia.

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