INDICE

Capítulo V
El trapiche del retiro


Don Demóstenes se había quedado esperando la explosión del Retiro, como el cantero que en las minas echa taladro, pisa el saco, y prende luego la mecha. Veamos, pues, qué cosa es el Retiro. La explosión que esperaba era la contestación de una carta, según lo verá el que se tome el trabajo de leer este capitulo.

El Retiro es un trapiche que está metido en las quiebras de un terreno montuoso, al cual no se llega impunemente, como decía Calipso, de su isla, porque está fortificado, especialmente en el invierno, con fosos llenos de barro y con angosturas y bejucadas. La obra principal se llama ramada, y es un cuerpo de edificio ancho y muy prologado. y sin más paredes que los estantillos o bastiones, la cual abriga la máquina de exprimir la caña, las hornillas, y los cuerpos humanos, que en ocasiones amanecen por allí botados, cuando la molienda es apurada en extremo.

Los contornos de esta fábrica del Retiro harían reventar de pena el corazón de una radical porque los grupos del bagazo, el tizne de la humareda, la palidez de los peones, el sueño, la lentitud y la desdicha, no muestran allí sino el más alto desprecio de la humanidad. Las tres razas, a saber, la africana, la española y la india, con sus variedades, se encuentran allí confundidas por el tizne, la |cachaza, los herpes y la miseria ,de tal manera, que no son discernibles ni aún por un norteameicano que es cuanto pudiera decirse: tal es la degradación de los proletarios del trapiche del Retiro.

Pero un diamante resplandecía en aquel sitio de miserias y desdichas, y era la señorita Clotilde, que se había puesto al frente de los negocios domésticos, desde que su delicada madre no pudo resistir a las malas influencias de los miasmas, de la soledad y de las plagas de los trapiches. El corazón de Clotilde no se había encallecido con la Frecuente vista de los molidos en el trapiche, ni de los quemados en los calderos, ni de los cuadros de estúpido libertinaje, que se tienen como un mal necesario. Por el contrario, sus lágrimas rodaban sobre la lepra, y se oían sus tiernos suspiros al racionar a la joven que, separada de su madre para sacar su tarea de trapiche, dormía sobre el bagazo entre la butal peonada.

Pero no era sobre las aras de la |plata que don Blas, el tierno padre de Clotilde, hacía el sacrificio de su hija. Era que no había encontrado quién le administrase su hacienda, aun cuando ofrecía la tercera parte de las ganancias, porque él conocía que, pagando una miseria, no se encuentra administrador para un trapiche.

La señorita vivía sin amigas ni trato humano porque las arrendatarias habían sido educadas en el seminario del trapiche, que es como crearse en los cuarteles: pero contaba con una vecina a legua y media de distancia, que era su único consuelo. Era Juanita, la hija de don Cosme, el dueño del trapiche de nuestra Señora de la Soledad, el cual, aunque de distinta opinión que don | Blas, conservaba con éste regular armonía y se visitaban cada tres o cuatro meses, cuando sus negocios lo requerían. La señorita Juanita, a pesar de sus sufrimientos de nervios y del corazón, era hermosa y de facciones muy agradables, aunque sombreadas constantemente por las huellas del dolor.

La huerta y las aves, el baño y algunas veces la lectura, eran el alivio de Clotilde en las horas desocupadas; pero hacía tres días que ni aun el cuidado de los árboles le gustaba. Unos toches que estaba criando con esmero; las criadas y hasta las trapicheras habían notado la displicencia con que su señora lo miraba todo. Era la causa de esto una carta que había recibido de la parroquia.

Juanita era su paño de lágrimas, como decía la misma Clotilde, y en consecuencia, se resolvió a escribirle una esquela que decía:

"Mi querida Juanita: Necesito que me vuelvas una visita que me debes. Me ha sucedido una cosa de tanta gravedad que ni aún confiarla puedo al sigilo de una carta. Tengo aflicción, incertidumbre, miedo... no sé. Ven corriendo al consuelo de mi afligido corazón. Di que estoy mala. ¡No dejes de venir por cuanto hay en el mundo! Yo te contaré, Juanita.

Tu amiga, CLOTILDE".

 

A las once del día siguiente se presentó Juanita en el Retiro con su acostumbrado traje negro, todo salpicado de barro, y su velillo despedazado por las |chamizadas que embarazan el camino. La acompañaban su padre y uno de sus hermanos. Los cariños y los abrazos de la primera visita seria imposible describirlos; baste decir que las lágrimas vinieron en refuerzo de tan excesiva alegría.

— ¿Conque qué ha sido? preguntó Juanita a su vecina, cuando ya estuvieron en su cuarto.

— Perdóname, Juanita, tú sabes que en estos desiertos no tengo más consuelo que tu amistad.

— Por supuesto, Clotilde; ¿pero qué es?

— Una cosa muy grave.

— ¿Alguna enfermedad?... Y se me pone que es en el corazón.

— ¡No seas tonta!

— ¿Por fin asomé fuego a la cumbre del frío Tolima? ¡Por fin...!

— ¡Entonces no te digo nada!

— Di, di cualquiera cosa que sea, que puede suceder que yo te consuele.

— Una carta: ¿me lo crees?

— ¿De don Narciso?

— El no me ha vuelto a decir nada... ni aun ha venido en las dos semanas pasadas.

— ¿Y entonces?

— Un Señor que está en la parroquia.

— Ya lo sabía yo, porque una arrendataria me lo dijo, y hasta sabía que te |echó flores

— Cuando llegamos a desmontarnos en casa de Manuela, lo encontramos allí posado. Mal hecho de doña Patrocinio, ¿no te parece?

— Pero allí posó también Alcibíades... Manuela es muy formal: les oye y coquetea; pero de allí no pasa. ¡Pero la carta, la carta!

— Vamos a la huerta para leerla más a gusto.

Al entrar no más, encontraron un camino de hormigas de a cuarta de ancho, y a otros pasos el esqueleto de un naranjo dejó suspensa a Clotilde,

— ¡Qué fuerza de destrucción! exclamó juntando las manos, con el más compasivo ademán. Hace dos días que este naranjo ostentaba en sus hojas y flores más vida que una muchacha a los quince. Lo que es la unión, el plan y, la constancia, ¿no, Juanita?

— Ojalá que estos bichos no fueran tan constantes!... ¿No le has hecho remedio?

— ¡Pu!... Papá les ha dado píldoras de antimonio, le ha quemado azufre, les ha pisado las bocas de los hormigueros, y les ha hecho todo lo que los periódicos han aconsejado; pero ellas no se han dado por notificadas. Yo sólo he visto acabarse un hormiguero cavándolo, y quemando la hormigas una por una.

— Pero la carta...

— Vamos a sentamos debajo de los pomarrosos, que son más tupidos que los mangos.

Así que las dos amigas se sentaron en un sitio obscurecido por la densa ramazón de los árboles, oyó Juanita leer lo siguiente:

"Parroquia de... junio 8 de 1856

"Desde el domingo, día en que tuve la dicha de conocer a usted, no he, cesado de admirar las perfecciones que la adornan: esto es un deber. Lo que es divino tiene que arrastrar el culto de los humanos, La dicha de acercarse a usted y de poder tributarle homenajes, es cuanto un mortal puede apetecer.

La amistad de usted sería la felicidad suprema para el más rendido servidor de usted —D".

— ¿Qué te parece? preguntó Clotilde a su bella amiga.

— Que no es nada.

— ¿Cómo?

— ¡Nada, nada!... ¡Si vieras las cartas de Alcibíades! ¡Eso sí que es puro fuego! ¡Eso sí es hablar al corazón! Pero ésta no da ni muestras de estar  flechado el candidato.

— ¿Y entonces, por qué me escribe?

— Porque no tiene con quién conversar en la parroquia, por matar el tiempo, y (como dicen ellos) por tentar el vado.

— ¡Imposible! Yo no lo puedo creer.

— ¡Lo que oyes, Clotilde! será rico o tunante y piensa divertirse...

— No digas eso, Juanita: ni es creíble tampoco.

— Estás muy boba todavía, Clotilde. Y bien ¿te gusta?

— ¡Es muy buen mozo! Y si vieras con qué gracia se viste. No tiene audacia en sus miradas, y si no engaña su fisonomía, es un hombre | humanitario.

— ¿Te gusta más que don Narciso?

— Su fachada deslumbra: pero no sabemos...

— ¡Adiós del otro!

— ¡No, Juanita, no es que yo lo prefiera; eso no! pero tiene don Demóstenes un no sé qué...

— ¿Y de palabra te dijo algo?

— ¡Ni sé, porque fue tal la vergüenza! ya ves, metida una por aquí entre el monte...

— Dices bien... ¿Qué hiciera yo para conocerlo?... Pero, sufriría...¡Tengo tan presentes mis males! ¡Con aquella facilidad que una le abre su corazón a una persona desconocida y le entrega su suerte, su existencia!...

— Sí, Juanita, parece increíble.

— Pero tan cierto es, que aquí estoy yo que lo diga. Es porque no hay plaza segura en el sitio, si adentro hay partidarios de quien la ataca.

— ¿Como? Juanita.

— El corazón, ¿no ves, Clotilde? Bien pudiera la educación, la inteligencia la reflexión, ser una impenetrable muralla; pero ¡cuántas veces en el corazón mismo se abre la brecha y las fortificaciones caen! Por eso se ven conquistas de un día para otro. ¡Cuántas lágrimas me acusan hoy los contentos de que goza Elvira, después de dos años de casada con el que yo desprecié por Alcibíades! Así te digo, Clotilde, que si es tiempo todavía, tengas presente que a don Narciso lo conoces, que hace años que te quiere, que simpatiza con tu familia, y que...

— ¡Juanita, por Dios!

— Es que no sabemos lo que puede suceder de un momento a otro: el amor es traidor en ocasiones.

— No te comprendo, no sé si hasta me injurias.

— ¿Injuriarte?... Tú eres la que profieres una injuria contra tu amiga.

— ¿A esto fue que vinimos al asilo sagrado de la amistad? ¿Para esto es que dos corazones se abren? dijo Clotilde, estrechando en sus brazos a su amiga y vertiendo un río de lágrimas, como si se tratase de la muerte de una persona querida.

— Estás conmovida, le dijo Juanita, cálmate y escúchame... Yo me espanto hoy como la cierva que una vez se ha escapado en una de estas sendas enmarañadas, de una de las |trampas de lazo que ponen nuestros arrendatarios, y vuelve a ser cogida. Recuerdo todo lo que de Alcibiades me decían tus hermanos; ellos, que sabían más del mundo que lo que yo podía saber en las cuatro paredes de mi cuarto.

— ¿Y qué hacemos de la carta?... Yo lo que siento es el haberla abierto sin licencia de papá... Tengo algunos borradores escritos, ¿me ayudas a contestarla?

— ¿Animándolo a sostener correspondencia?

— ¡No, no. Juanita!... Para qué echarme a cuestas ese trabajo, cuando yo no pienso...

— Es lo más fácil, Esta noche si quieres.

— ¡Corriente!

Los dos trapicheros y el hijo de uno de ellos se habían quedado en el corredor conversando sobre la profesión.

Habían comenzado por elecciones; pero como don Cosme era un liberalón de siete suelas, y se lo iba entripando a don Blas, que era poco tolerante, tuvieron a bien el doblar la hoja.

— ¿Y qué tal de peones? le preguntó don Cosme a su comprofesor.

— Me llueven, le dijo don Blas,

— A mí se me iban escaseando; pero le mandé picar el rancho a un arrendatario que se me estaba altivando, y temblando o no temblando, están todos ahora obedientes. No hay cadena tan poderosa como la de la tierra... Me obedecen de rodillas el día que yo quiera. Porque figúrese usted que les arrendáramos aire, así como les arrendamos la tierra que les da el sustento ¡con cuánto mayor respeto nos mirarían estos animales!

 — ¿Pero y aquello de la protección al proletario y del socorro a los pobres?

— ¡Bah, bah, bah...! Eso fue en la cámara de provincia que lo dije, y en un artículo que escribí; ¿pero usted no me vio después comprar tierras en el Magdalena y poner esclavos a que me cosechasen tabaco y me sembrasen pastales; y después vender aquello y comprar un trapiche?

— ¡Sólo que así! le contestó don Blas.

— ¿Y de cañas qué tal, se |parará usted?

— ¿Pararme?... Tengo siete hanegas de cañas, tan buenas que ningunas les igualan.

—Y yo tengo catorce.

— ¡Magnífico!

— ¿Y cuánto muele usted?

— Cien botijas por semana.

— Es muy poco esto, cuando yo, con menos mulas y con menos peones, muelo ciento cincuenta.

— ¿Y no sabe usted que el trapiche del Purgatorio se parará desde la semana entrante?

— Sí, señor, y que el de la Hondura está en vísperas de pararse.

— ¡Pues viva la patria! porque entonces se nos |alza la miel a los que nos quedamos andando.

Mientras que los señores trapicheros conversaban de esta suerte, las dos señoritas habían pasado a tratar del socialismo, cosa que les parecerá muy extraña a mis lectores.

— ¿Y cómo es eso? Juanita, preguntaba Clotilde a su amiga.

— Pues que hay una escuela que quiere que hagamos nuestro 20 de julio, y nos presentemos al mundo con nuestro gorro colorado, revestidas | del goce de nuestras garantías políticas.

— Será que dicen.

— Que escriben... Desean que votemos, que seamos nombradas jurados y representantes, y todo eso.

— ¿Y para qué?

— Para elevarnos a nuestra dignidad, dicen.

— Conque respetaran nuestras garantías de mujeres, conque hubiera como en los Estados Unidos, una policía severa en favor de las jóvenes...

— ¿Cómo, niña?

— ¡Pues no ves que porque nos ven débiles y vergonzosas, y colocadas en posiciones difíciles nos tratan poco más o menos; y ahora ¡a las pobres!... eso da lástima. ¿Hay infamias por las que no hagan pasar a estas desdichadas arrendatarias, nada más que por ser mujeres pobres?... Por eso te digo, Juanita, que con que nos trataran con la dignidad debida a nuestro sexo, aunque no nos invistieran de los derechos políticos, no le hacia. ¿No has reparado cómo nos trata don Diego? ¿Y hasta el beato de don Eloy?

— No... lo que me parece es que son muy tratables.

— ¡Eso de dar tanto la mano, y apretársela a una tanto y sobársela!...

— Eso ¿qué tiene?

— Que acabando de apearse de su mula, corren el riesgo de haber enderezado la silla y cogido el sudadero con la mano...

— ¿Pues hay más que pedir permiso y correr a bañarse una de pronto cuando le dan la mano?

—Y que tienen también el resabio de saludar a las chicas con uno o dos años de descuento en su propia edad.

— ¿Cómo, Clotilde?

— Con palmaditas o cariñitos, como a las chicas.

— ¿Y si nos gusta?

— ¿Y si nos gusta?... ¿Y | ahora sus equívocos y sus chancitas, que le hacen salir a una los colores a la cara?

— Eso es porque son jocosos, nada más.

— Eso es porque no respetan ellos nuestras garantías de pudor, que son la base de nuestra soberanía; y luego nos halagan con la esperanza de hacernos |juradas... Ahí está la pobre de Pía tan graciosa y tan joven, condenada a la degradación por causa del dueño de tierras, forzándola a asistir al trabajo del trapiche, entre una peonada corrompida, sin reglamentos ni inspección de ningún género. ¡Pobre Pía! cuando solía venir a trabajar a este trapiche, yo la cuidaba y la aconsejaba basta donde podía.

— ¡Pero si te digo que en esta materia todo el mundo es Popayán!

— Pero en algunos se hace más notable, porque siempre están hablando de libertad, y de fraternidad, y de protección a las clases desvalidas.

Por la noche, cuando todos estuvieron acostados, y las amigas instaladas en el cuarto de Clotilde, se abrió la sesión sobre el negocio de la carta.

— Aquí está el proyecto de contestación, dijo Clotilde, lleno de borrones y de majaderías; pero tú me ayudarás, sin duda.

— A ver, dijo Juanita.

"Señor don Demóstenes...

— Te |pelaste, exclamó Juanita. El |don no es castellano granadino; por lo menos; no lo es oficialmente. |Don no se escribe nunca.

— ¿Pero no se habla? ¿Y como se habla, no dice la ortografía que se ha de escribir?

— Entonces los bobos serán los republicanos que abolieron el |don de los discursos y de los oficios y lo usan de palabra.

— No tan bobos, que el |real no lo abolieron, sino que lo adoptaron, y con alma, vida y corazón... Pues dejémoslo sin borrar y sigamos.

"Señor don Demóstenes, continuó leyendo Clotilde, contestando a la muy apreciable de usted, le doy las gracias por las perfecciones que usted se digna atribuirme, y por la oferta de su amistad, Mas, si la carta de usted fuese una manifestación amorosa, que, por supuesto, tiende al matrimonio...

— ¡No, niña de Dios! Eso hay que borrarlo, aunque sea con el codo, porque ellos nos levantan que andamos siempre a caza de casamiento.

— Pues lo borramos, |y adelante.

Corregida y enmendada la carta, la copió Clotilde en muy regular letra y la pegó con oblea blanca, porque no hubo de otro color, y la guardo para mandarla con Manuela, que debía venir al otro día por cuatro totumadas de miel para su fabrica.

La vela se estaba acabando, y al abrir la ventana que daba al campo, oyeron las tiernas amigas un canto que no sonaba muy lejos. Pusieron atención y oyeron lo que sigue:

|
|
Dicen que los celos matan.
Los celos no matan, no;
Pues si los celos mataran,
Ya me hubiera muerto yo.
 
Me decías que tenéis una:
No solo una, sino dos,
De lo que vide aprendí:
¿Por qué me enseñásteis vos?

A estos acentos acompañaba el crujido de la máquina del trapiche, que resonaba como el canto más lúgubre que pudiera producir un concierto de los infiernos para el tormento de las almas.

— Es muy tarde, dijo Clotilde. ¿No oyes el canto en diálogo de los dos trapicheros...? Es que ya pusieron |la molienda del primero.

— ¿Por qué será tan triste todo lo del trapiche?

— ¿No ves, Juanita, que se trabaja contra las estaciones, contra la sazón, contra la humanidad, contra la razón, finalmente?

— ¿Cómo así, Clotilde?

— Se muele todo el año caña pasada o biche; se hace envilecer y degradar el ente físico y moral con las trasnochadas y el desenfreno; se raciocina sobre los datos falsos de arruinar los animales, los hombres y las cosas para obtener de prisa lo que por el orden natural sucedería por caminos más seguros y con más lucro pecuniario.

— Sobre lo último desearía que te explicases.

— Tú eres trapichera como yo, mi querida Juanita, conoces los secretos de nuestra profesión, y sabes que yo no exagero. Fuera de las dificultades de los caminos para las mulas cargueras, en que se les hace brincar zanjas con cargas de a doce o catorce arrobas, a rodar por los despeñaderos, te citaré un solo caso de mal raciocinio. ¿Hay, por ejemplo, que hacer un puente para que pasen las mulas. Pues bien, se hace de balso o de guarumo para tener que reconstruirlo tres veces en un año, o se manda echar bagazo sobre el chorro o manantial. ¿Surge el mismo obstáculo a pocos días para las bestias? Pues se echa más bagazo. Se forma un piélago de barro, que embaraza más el paso? Pues se repite la operación, hasta inutilizar el terreno y tener que echar por otra parte.

— Es verdad, el bagazo es la |materia prima de los trapicheros para puentes, para alumbrado, para techos, para cobertores y sábanas, para tapones, para leña y para adornos.

— ¡Niña! exclamó Clotilde, son las dos de la mañana, y nosotras trasnochándonos de cuenta de gusto, escribiendo cartas sin estar enamoradas.

— Pues durmamos, dijo Juanita.

Por la mañana, antes del almuerzo, fueron las dos amigas al trapiche, que distaba poco de la casa de habitación. El espectáculo de unas peonadas, tendidas en el bagazo, y de un |chino que estaba desnudo, desayunándose con caña, sarnoso, barrigudo y lleno de bubas, fue lo suficiente para hacer volver la cara a Clotilde, a tomar por otra entrada.

Mientras las señoritas visitaban la alberca de la miel, la cocina y un caedizo en donde estaba acostado un peón que se había quemado en un fondo de miel hirviendo, en la quebrada conversaba Antoja Mónica, que ya había llenado su calabaza de agua, con Rosa, que estaba de cañera, y amolaba su machete en la piedra del lavadero.

—Antoja Mónica, ¿no sabe que le van a agrandar a la cabuya?

— ¿Más? Antoja... Tras de tener ya 18 brazadas de los brazos de ese condenado capitán, que así los diablos lo han de medir a él en los infiernos.

— ¡Y otra cosa...! Que en la casa grande están bravos con los que vivimos |mal, como dicen los blancos.

— ¡Esos son cuentos! Ellos por no quedarse sin peones, no nos hacen casar jamás. Y que hay otra cosa...

— ¿Qué? Antoja.

— Que en la casa grande hay también amor.

— ¿De veras? Mónica.

|

|— Pus sí.

— ¿Y eso?

|

|— Misiá Clotilde.

— Ahí sí meto yo mi brazo en la candela, y no se me arde, dijo Rosa.

— Conque la misma criada de la casa grande, que lo vido y me lo contó, no hace nada...

— ¿Pero qué vio?

— Escribiendo una carta para un cachaco que está |posao en la casa de la niña Manuela, mudando temperamento y recogiendo cucarachas.

— Serán cuentos; o la carta será en contra. Ya verá usted cómo eso no es asma... y hasta luego, que se me hace tarde.

— ¿Y qué afán nos corre? todavía no son ni las ocho siquiera: el día no es el que trabaja sino es el peón.

Juanita hizo una visita de dos días a su vecina, y por cierto que la dejó consolada.

anterior | índice | siguiente